El Rey del Baile de Fin de Curso

—Deberían castrarlo.

Mary Ann hizo esta declaración con pomposa serenidad, como si no pudiese existir otra opinión al respecto. Cheryl y Theresa asintieron de corazón. El objeto de la amenaza era Ronald James McGorvey, un ex bedel de colegio católico de cuarenta y tres años, condenado por abuso de menores, que acababa de mudarse con su anciana madre al número 44 de Blueberry Court, un modesto callejón por el que Sarah y Lucy pasaban a diario camino del parque.

Sarah estudió la cara medio en sombras de McGorvey —un hombre rollizo, de pelo fino y escaso y expresión nerviosa— en la octavilla mal impresa que ocupaba ahora la mesa de picnic. En los últimos dos días habían aparecido a centenares por todas partes, en postes de teléfono, sujetos a los limpiaparabrisas o metidas bajo la puerta de las casas. «GENTE DECENTE: ¡CUIDADO! —rezaba el titular—. ¡HAY UN PERVERTIDO ENTRE NOSOTROS!» La letra pequeña explicaba que McGorvey había sido acusado en repetidas ocasiones de exhibicionismo y que se lo suponía «principal sospechoso de la desaparición, todavía no resuelta, de una niña de 9 años en Rhode Island en 1995.»

—Rápido y limpio —continuó Mary Ann—. Un buen tajo y ¡chas!, fuera. Así no haría falta preocuparse de alertar a los vecinos.

—¿Sabes qué otra cosa podrías hacer? —dijo Sarah, imitando el tono intransigente de Mary Ann—. Clavar el pene cercenado sobre la entrada del colegio. Como advertencia para otros pervertidos.

Cheryl y Theresa, a quienes no se les escapaba un comentario sarcástico, rieron disimuladamente. Mary Ann lanzó a Sarah una mirada gélida.

—¿Te parece gracioso todo esto?

—Es que no acabo de creerme que quieras castrar a un tipo por exhibicionista.

—Si es preciso para proteger a mis hijos, no veo por qué no —replicó Mary Ann—. Además, probablemente es un asesino.

—Sospechoso y punto. En este país, significa que es inocente mientras no se demuestre lo contrario.

—Pero lo declararon culpable. ¿Por qué crees que estuvo en la cárcel, si no?

—Bueno, ¿y qué? Cumplió su condena. Ya ha pagado su deuda con la sociedad.

Sarah se sorprendió a sí misma de su enfoque legalista. En la facultad había sido una entusiasta defensora de la postura antipornografía de línea dura propugnada por Andrea Dworkin y Catherine MacKinnon, y había escrito un trabajo de sociología, «La normalización de los abusos: patriarcado y violación conyugal», que le valió una buena nota. Desde luego, no habría puesto reparos si el profesor de Estudios de la Mujer hubiera recomendado la castración de violadores incorregibles, pero Mary Ann empezaba a caerle tan mal que esto había primado sobre todo lo demás. Si Mary Ann hubiera hablado de la bondad hacia los animales y los niños pequeños, Sarah quizá habría enarbolado la bandera de la crueldad.

No eran sus opiniones per se lo que resultaba irritante, sino el aire presuntuoso con que las expresaba. Debajo de cada afirmación de Mary Ann había un detestable sentido de posesión de la verdad, de integridad personal, como si ella poseyera lo mejor de todos los mundos posibles. «¿Es esto lo que querías? —deseaba preguntarle Sarah—. ¿Este parque? ¿Ese cochazo? ¿Tus estúpidos pantalones de lycra? ¿El revolcón semanal con tu marido? ¿Esos hijos tan educados que se amilanan al oír tu voz?»

—Chas, chas —dijo Mary Ann, acompañándolo de un remedo de tijeretazo con los dedos índice y medio—. Problema resuelto.

—En algunos países les cortan la mano a los rateros —señaló Sarah—. Quizá deberíamos adoptar esa costumbre.

—Seguramente se acabarían los rateros —dijo Mary Ann, recabando risitas solidarias de Cheryl y Theresa.

Sarah no se hacía ilusiones de salir bien parada del envite, pero la tenía sin cuidado. Lo importante era que estaba dando su opinión, en vez de permitir que Mary Ann la hiciera callar y, por tanto, otorgar. Después del incidente de la semana anterior con las tortitas de arroz, casi había decidido cambiar de parque —tan pronto localizara uno cercano y que presagiara un contacto humano razonable—, y dicha decisión la había liberado de la ingrata tarea de fingir que encajaba con las otras madres.

—Mi hermano solía enseñarla —dijo de repente Theresa—. Cuando éramos adolescentes. Lo hacía en mi cuarto o en el asiento de atrás del coche, incluso durante la cena. Siempre se las apañaba para que nadie se diera cuenta de lo que hacía salvo yo.

—¿Se lo dijiste a alguien? —preguntó Cheryl.

—No. —Theresa meneó la cabeza como sorprendida por su propia respuesta—. No quería meterlo en líos. O quizá me daba miedo que alguien pudiera culparme a mí. No sé. Lo siguió haciendo hasta que terminó el instituto.

—Qué repugnante —dijo Mary Ann—. ¿Y nunca le pediste explicaciones?

—Una vez. Hace unos cinco años. Bebimos un poco y le pregunté por qué lo hacía. Él lo recordaba como cosa de una sola vez, una broma estúpida o algo así. Pero sucedía con frecuencia. No a diario ni todas las semanas, pero sí lo suficiente para contar con esa posibilidad.

Sarah no pudo evitar un sarcasmo:

—Deberían haberlo castrado.

—No es lo mismo —le espetó Mary Ann—. No lo hacía delante de desconocidos.

—Que nosotras sepamos —observó Cheryl.

—Ahora está casado —informó Theresa—. Su mujer va por el tercer embarazo. Y de todos mis hermanos, es con el que mejor me llevo. Para que veas.

«¿Para que veas qué?», quiso preguntar Sarah, pero no tuvo oportunidad. Cheryl estiró el brazo y tocó la mano de Theresa.

—Mira. —Lo dijo suavemente pero con apremio.

—¿Qué pasa? —Theresa miró rápidamente hacia los juegos. Courtney, Isabelle y Lucy se turnaban en el tobogán pequeño—. ¿Dónde?

—Allá —dijo Cheryl—. El Rey del Baile de Fin de Curso.

—Dios mío. —Theresa sonrió como si le hubieran dado una buena noticia—. Ha vuelto.

Sarah siguió la mirada de las otras más allá de los columpios, ansiosa por ver finalmente al Rey del Baile de Fin de Curso, el padre joven, apuesto y misterioso que había frecuentado el parque de Rayburn School durante semanas la primavera anterior, antes de desaparecer abruptamente. Su partida había dejado un vacío en las vidas de Cheryl, Theresa y Mary Ann. Apenas pasaba un día sin que alguna de ellas especulara sobre los posibles motivos de su ausencia y la probabilidad de su regreso.

—Quizá lo despidieron —dijo Theresa, bajando la voz como hace la gente cuando habla de un tema escandaloso.

—Ni siquiera sabes si tenía un empleo —señaló Mary Ann.

El Rey del Baile de Fin de Curso se acuclilló para sacar a su hijo, un niño delgado que llevaba un gorro de bufón rosa y morado, del asiento derecho de un cochecito doble. En el izquierdo iba un enorme oso de peluche. Con la facilidad con que se ejecuta un acto cotidiano, levantó en vilo al niño y lo depositó en el columpio para niños pequeños, que parecía un pañal de goma negro colgado de dos cadenas.

—Quizá necesitaba unas vacaciones —apuntó Cheryl.

—¿Vacaciones de qué? —Mary Ann ya estaba un poco exasperada.

—De ser el Rey del Baile de Fin de Curso —dijo Theresa.

—Sí, es un trabajo sucio —admitió Cheryl con una risita—, pero alguien tiene que hacerlo.

Por más ridículo que sonara, Sarah tenía que reconocer que el mote le iba muy bien. El Rey del Baile de Fin de Curso era alto y fornido, con un mechón de pelo rubio sobre la frente al estilo surfista. Su agradable aspecto tenía algo de impersonal, una blandura agradable que le recordaba a aquellos jóvenes que salían en los dominicales anunciando calzoncillos, confiados y risueños, con los brazos cruzados o señalando al vacío con gesto fascinado.

En cualquier caso, era fácil entender por qué había causado tanto revuelo. La mayoría de los hombres que aparecían por el parque en horas de trabajo eran tipos marginales: enanos cincuentones con barba y barriga, intelectuales afectadamente quisquillosos que insistían en bajar por el tobogán con sus críos, abuelos en funciones de canguro de emergencia, tímidos currantes que procuraban no mirar a nadie, y algún que otro tío moderno-guay-con-horario-flexible. Pero nadie como el Rey del Baile de Fin de Curso, que parecía haberse escapado del plató de una telenovela para llevar un poco de glamour a la vida de unas aburridas mamás jóvenes.

—¿Y de qué vive? —preguntó Sarah.

Ninguna lo sabía.

—Algún empleo debía de tener —insistió Sarah—. Antes de casarse.

—Por supuesto —concedió Mary Ann—. Pero no lo dijo.

—¿Y su mujer? ¿A qué se dedica?

—Es que en realidad no hablamos con él —explicó Cheryl.

—Ni siquiera sabemos cómo se llama —añadió Theresa.

—¿En serio? —En todo este tiempo, Sarah había imaginado que ocupaba el lugar del Rey del Baile de Fin de Curso en la mesa de picnic. Así se lo habían explicado las otras: «Se esfumó pocos días antes de que aparecieras tú»—. Yo creía que venía a menudo.

—Era todo muy raro —dijo Theresa—. No se integraba en el grupo, con las chicas.

—Nos ponía nerviosas —explicó Cheryl—. Tenías que pensar en qué ropa ponerte, maquillarte bien. Era agotador.

—¿Os tomasteis tantas molestias y ni siquiera habéis hablado con él? —Sarah no podía disimular la risa—. Esto parece los días del instituto.

—No venimos aquí a ligar —aclaró Mary Ann, puntillosa—. Venimos por nuestros hijos.

—Santo Dios —exclamó Sarah—. ¿En qué año vivimos? Se puede hablar con un hombre sin necesidad de ligar o coquetear, me parece.

—Es que intimida un poco —insistió Theresa—. No sé cómo explicarlo.

Sarah miró al Rey del Baile de Fin de Curso, que trataba de encajar el oso de peluche en el columpio contiguo al que ocupaba su hijo. Finalmente, embutido el oso en el asiento, empezó a empujar los dos columpios como si el niño y el peluche reclamaran por igual su atención de padre.

—¿Y ese cochecito doble? —preguntó—. ¿Es que tiene otro crío?

—Sólo hemos visto a ése —dijo Cheryl.

—Es una monada —comentó Theresa—. Con ese gorro extravagante…

«Quizá perdieron un hijo», pensó Sarah, y se preguntó si el Rey del Baile de Fin de Curso no sería en realidad un personaje trágico. Qué insensatez, cuchichear y reírse de un hombre con tan terrible carga sobre sus hombros. Por otra parte, se lo veía bastante animado, imitando una serie de animales de corral mientras serpenteaba entre los columpios. Las imitaciones eran bastante realistas —el gallo le salía francamente bien—, y las ejecutaba a pleno pulmón con un desenfado insólito en un hombre adulto. A Lucy parecía gustarle el espectáculo, pues salió del cajón de arena para observarlo de cerca.

—¡Mami! —gritó—. ¡Colúmpiame!

Por regla general, Sarah procuraba quitarle la idea de ir a los columpios. Lucy se quedaba hipnotizada con el vaivén, y convencerla de que parara se convertía invariablemente en una compleja negociación llena de amenazas y chantajes, culminada casi siempre en una rabieta de campeonato. Pero en ese momento le pareció un bajo precio por la oportunidad de demostrar a las otras madres que era posible tratar a un hombre guapo como si fuera un ser humano, no una especie de objeto erótico unidimensional. Se levantó despacio del banco, aparentando fatiga.

—Está bien, cariño. Ya voy.

—Espera —le susurró Theresa. Buscaba algo en su bolso.

—¿Qué? —dijo Sarah.

Theresa sacó su billetero, sonriendo como una colegiala.

—Cinco pavos a que no consigues su teléfono.

El niño observó a Lucy con cierto escepticismo cuando ella empezó a columpiarse a su lado. Luego miró a Sarah con gesto incongruentemente serio para alguien que llevaba un gorro de terciopelo provisto de campanillas.

—¿Tú cuántos años? —preguntó.

—Lucy, cariño —dijo Sarah—. Dile a este niño tan simpático cuántos años tienes.

Lucy meneó la cabeza, negándose como siempre a hacer algo que facilitara el desarrollo normal de una relación.

—¡Yo tres! —gritó el bufón, sin dejarse amilanar por el silencio de Lucy. Levantó el número de dedos equivalente en el aire.

—Su cumpleaños fue en febrero —terció el Rey del Baile de Fin de Curso sonriendo amablemente a Sarah. De cerca, sus facciones eran más acusadas de lo que ella esperaba (los ojos un poquito juntos, dos dientes de abajo que se solapaban ligeramente), y esas imperfecciones daban un toque de humanidad al conjunto—. Pero todavía estamos con lo del orinal.

—Que me lo digan a mí —sonrió Sarah—. Lucy cumplió tres en abril. ¿Verdad, cariño?

Lucy no ratificó ni negó dicha afirmación. Se quedó mirando al niño, entre perpleja y horrorizada.

—A veces es un poco tímida —explicó Sarah.

—Aaron no —dijo el Rey del Baile de Fin de Curso—. Es muy parlanchín.

—¡Mi abuela vive en Nueva Jersey! —proclamó el niño, incapaz de guardarse un minuto más un hecho tan notable. Luego entornó los ojos y pareció ponerse serio—. Pero no tiene piscina.

—Su abuela de Florida sí tiene —informó su padre.

—¿Te gusta bañarte? —preguntó Sarah al niño.

—No gustan tiburones —dijo él—. Te comen.

—En realidad le encanta bañarse. Vamos casi todos los días a la piscina municipal. —El Rey del Baile de Fin de Curso le tendió la mano—. Por cierto, me llamo Todd.

—Yo, Sarah.

—No te había visto por aquí.

—Sólo hace unas semanas que vengo. Antes iba a ese parque que tiene un tiovivo viejo y ruidoso. El que está al lado de la heladería, ¿lo conoces?

Todd lo conocía bien. Él y Aaron solían cambiar de parque cada pocas semanas, por aquello de la variedad. Aunque, por supuesto, algunos parques eran más agradables que otros.

—Eres la primera persona que me dirige la palabra aquí —comentó, mirando hacia las otras madres, las cuales a su vez los observaban con indisimulada curiosidad, como si Sarah y Todd fueran imágenes en la pantalla de un cine.

—Me parece que las pones nerviosas —dijo ella—. No están acostumbradas a toparse con hombres guapos en el parque.

«Santo Dios —pensó al punto—. Estoy coqueteando con él, esto es increíble.»

Todd asintió reflexivo ante su análisis de la situación, sin sonrojarse ni rechazar el cumplido. Sarah supuso que cuando uno era tan guapo no tenía mucho sentido fingir sorpresa de que otros se fijaran en ello.

—Supongo que es un poco extraño —reconoció—. Por aquí no hay tantos padres que estén todo el día en casa.

—¿Qué hace tu mujer?

—Cine. Está rodando un documental sobre veteranos de la Segunda Guerra Mundial. La gran generación, ya sabes, todo eso.

Salvar al soldado Ryan —dijo Sarah.

—Tom Brokaw —convino Todd.

—Bueno, yo creo que es estupendo que estés aquí. No hay razón para que los hombres no puedan cuidar de sus hijos tan bien como sus madres.

—Acabé Derecho hace dos años —dijo Todd tras dudarlo un instante—. Pero no hay manera de aprobar el examen para obtener el título profesional de abogado. Ya he suspendido dos veces.

—Es una prueba muy difícil —repuso ella, meneando la cabeza—. Recuerdo lo mucho que le costó a John Kennedy júnior.

Todd sintió un ramalazo de simpatía, como solía ocurrirle siempre que alguien mencionaba al hijo del malogrado presidente. Bastante había tenido el pobre chico con perder a su padre y luego morir en un accidente de aviación; ¿encima tendría que pasar a la historia como patrón de los exámenes suspendidos?

—No lo sé —dijo—. Es que cada vez que pienso en ello me entra una sensación de pánico. Es como una de esas pesadillas en las que de repente sabes que no has ido a clase de mates en todo el semestre y ahora viene el examen final.

—Quizá es que no quieres ser abogado.

Todd pareció sobresaltarse ante esa sugerencia.

—Puede que lo consiga —dijo—. Kathy y yo hemos acordado que intentaré una nueva convocatoria. Si fallo, tendré que buscarme otra ocupación para el futuro.

Hizo esta confesión desapasionadamente, nada avergonzado de admitir su fracaso. Los hombres no solían ser así; Richard desde luego no. Se preguntó si Todd era siempre tan franco o si la encontraba a ella especialmente idónea como interlocutora. En cualquier caso, no había en él nada que intimidara en lo más mínimo. Si acaso, parecía un poco solo, demasiado dispuesto a abrirte su corazón al menor indicio de interés, como muchas de las mamás jóvenes que ella conocía.

—Me he fijado en tu cochecito —dijo—. ¿Tienes otro niño?

—No, sólo Aaron. Lo compramos de segunda mano. La otra plaza viene bien para llevar la compra y eso. Bueno, al menos antes de que Don Oso decidiera acompañarnos.

—A Lucy no hay manera de meterla en un cochecito. Tenemos que ir andando a todas partes. Para recorrer tres manzanas tardamos media hora.

Continuaron charlando y empujando a sus hijos en los columpios unos quince minutos más, hasta que Todd consultó su reloj y descubrió que eran más de las doce. A diferencia de Sarah, él había desarrollado un sistema eficaz de poner fin a la sesión de columpio. Después de un aviso de cinco últimos minutos, anunció en voz alta el paso de cada minuto hasta que llegó el momento de los últimos diez empujones, que Aaron y él contaron juntos con entusiasmo. Luego dejó a su hijo perdiendo impulso mientras sacaba a Don Oso de su columpio y lo devolvía al cochecito. Al verlo ceñir la correa alrededor del oso de peluche, Sarah experimentó una inesperada punzada de tristeza.

«No te vayas —pensó—. No me dejes aquí con las otras.»

Como si la hubiera oído, Todd se incorporó y esbozó una tímida sonrisa, como si se dispusiera a hacerle una pregunta personal.

—Bueno —dijo—. Ha sido un placer hablar contigo.

—Igualmente.

Ella observó en silencio cómo agarraba a Aaron por las axilas para sacarlo del columpio. El pie del niño quedó atrapado en el armazón y Sarah corrió en su ayuda antes de que Todd se lo pidiese.

—Gracias —dijo él.

—De nada. Pasa muy a menudo. A veces creo que Lucy se queda enganchada a propósito.

Mientras Todd sujetaba a Aaron en el cochecito, Sarah contempló el oso, cuya cara tenía una expresión de alarma, como si fuese testigo de algo horrible pero no supiera cómo pedir socorro. Todd se encogió de hombros, dando a entender que se había acabado la charla. Sarah habló sin pensar:

—¿Conoces a esas de allá? —Señaló discretamente hacia la mesa de picnic—. ¿Sabes cómo te llaman?

—No. ¿Cómo? —Pareció intrigado.

—El Rey del Baile de Fin de Curso.

—Uf —gimió, como si fuera un insulto humillante—. Qué horror.

—Lo dicen como un cumplido. Para ellas eres un gran personaje.

—Ya. Bueno, imagino que podrían llamarme algo peor.

—Una de ellas ha apostado cinco dólares a que yo no conseguía tu número de teléfono —añadió Sarah, nuevamente asombrada de su osadía.

—¿Cinco pavos? —Todd sonrió—. ¿Qué te parece si vamos a medias?

—Creo que se podrá arreglar.

Todd se palpó de arriba abajo y mostró las palmas de las manos.

—¿Tienes un boli?

Sarah llevaba uno en la bolsa de pañales, pero no quería ir hasta allí a buscarlo. Además, se le había ocurrido otra idea.

—¿Sabes lo que las sorprendería de verdad? Que me des un abrazo.

Se quedaron los dos inmóviles un par de segundos. La osadía de Sarah empezó a flaquear. Entonces, Todd se acercó, su rostro de Rey del Baile de Fin de Curso enmarcado por el cielo azul del verano. Sonrió tímidamente y abrió los brazos.

Sarah no estaba acostumbrada a abrazar a alguien tan alto. Apretó la cara contra la clavícula de él, incómodamente cerca de la mancha de sudor que asomaba debajo de su brazo. Pero el olor acre que despedía el cuerpo de Todd le resultó extrañamente reconfortante.

—No está nada mal —susurró él.

Ella asintió con la cabeza pegada a su pecho y se demoró un poco en el abrazo, como si estuvieran bailando un tema lento en la fiesta de fin de curso. Estaba de espaldas al grupo de la mesa, de modo que sólo pudo imaginarse la consternación que estaría causando. Apartó la cabeza y lo miró.

—¿Sabes lo que sería muy divertido?

Más adelante, cuando lo pensara, no estaría segura de si él llegó a responder a la pregunta. Tal vez asintió o murmuró algo. En todo caso, hizo exactamente lo que Sarah pretendía que hiciera, como si ella lo hubiera planeado todo con detalle.

El primer beso fue a modo de ensayo, medio en serio medio en broma, como si estuvieran representando una obra, pero el segundo fue un beso con todas las de la ley, suave pero firme, y luego ardoroso, el tipo de beso que habría correspondido a las dos de la madrugada despidiéndose frente a la residencia de la universidad. Pero en un parque infantil y a plena luz del día, siendo dos casi completos desconocidos, fue una locura. Por suerte, uno de los dos tuvo la sensatez de apartarse, aunque después Sarah no recordaría cuál había sido.

—Dios santo —murmuró.

Todd se pasó la mano por la boca. Se había ruborizado.

—¡Uau! —dijo.

—Será mejor que te marches —dijo ella.

Todd asintió y se alejó sin decir palabra, empujando el cochecito por el césped verde e irreal del campo de fútbol. Sarah vio alejarse su ancha espalda mientras le fue posible y luego se volvió hacia su hija, que estaba sentada en el columpio ya quieto, mirando lo mismo que su madre y agitando los pies en el aire.

—Vámonos —le dijo Sarah.

Por una vez, Lucy se dejó levantar del columpio sin la menor protesta. Fueron hacia la mesa de picnic en silencio, cogidas de la mano. Sarah se notó las piernas flojas al acercarse a las otras madres, ruborizada de orgullo y vergüenza a la vez. Cheryl y Theresa estaban mirándola completamente perplejas. Mary Ann parecía furiosa.

—Seguro que a tu hija le habrá parecido muy instructivo —dijo.

—Se llama Todd —replicó Sarah—. Es abogado, y simpatiquísimo.