I
Lunes pascual
LOS HECHOS INSÓLITOS QUE RECUERDO en estas páginas sucedieron como los cuento, de un modo simple y por decirlo así, eficaz. (Eficaz en relación con el destino de Morel). Pero vamos por partes, es decir comencemos por el principio.
Ignacio había llegado a Francia con sus padres españoles cuando tenía dos años de edad. Hablaba y escribía con facilidad francés y español y se consideraba y era ciudadano de la nación francesa. El país da poco a poco a la gente inmigrada —a los metecos, como suelen llamarlos los nacionalistas a ultranza— una especie de domesticidad afablemente gala que llega a influir en los rasgos físicos. Y a él le gustaba parecer francés desde que murieron sus padres, él en el maquis luchando contra los alemanes y ella diez años después en un hospital de París. Por otra parte, Francia era todo lo que él había conocido en su vida.
Ignacio no había oído hablar en su casa sino de sangre, odio y miedo, reliquias de la guerra civil. Eso le había dado cierta cobardía física, no exactamente cobardía sino fatiga anticipada de la violencia. De cualquier violencia. Toda su ambición se cifraba en un buen pasar sin accidentes. Pero ¿quién puede prevenir los accidentes y menos evitarlos cuando vienen derechos? La verdad es que Ignacio Morel no había tenido ninguno grave todavía. La muerte de los padres entraba en el orden natural con guerra y todo.
El hecho es que Ignacio —Iñasssse, decían los franceses— se sentía especialmente satisfecho desde hacía algunos días. Nunca había dejado de pensar en sí mismo con algún respeto, pero aquel respeto era más confortador desde el último viernes. Con sus treinta años saludables y su profesión, que llevaba con decoro —profesor de liceo—, sentíase a gusto en su piel. La gente lo estimaba sin que aquella estimación llegara a proyectar sobre su silueta gris de hombre flaco y vibrador aureola alguna. También esto último —la falta de prestigios especiales— le gustaba a Ignacio. Era bueno pasar discretamente inadvertido. Es decir, que le gustaba ser tratado de un modo amablemente impersonal. Eso no quiere decir que encontrara placeres orgiásticos en el anónimo. Hay que distinguir. En todo caso, recordaba el consejo de Gracián: no ser sol, que se pone.
Habría sacrificado su gusto de la media sombra por una discreta reputación literaria, eso sí. La idea de lograr una nombradía de escritor, aunque fuera modesta —o quizá preferentemente modesta—, le atraía. Quien dice escritor dice pintor o músico, es decir, artista. Ser algo o alguien. Bueno, no demasiado. A veces en el tiempo que le dejaban libre las clases leía y escribía. No había publicado nada todavía, aunque había escrito algunos ensayos en los que se veían influencias inmediatas de otros autores. Pero escribía para sí mismo. Eso sí, con la esperanza de escribir algún día para el público. Cuando un ensayo no le salía a su gusto se decía: el género mío es la novela. Si ésta le fallaba pensaba en el teatro o en la poesía. Últimamente había probado fortuna escribiendo teatro. Comenzó medio en broma, pero cuando vio acabada su pequeña pieza en un acto no pudo evitar tomarla en serio. Se titulaba «Los cuatro enanitos».
Había tenido un motivo de complacencia con su obra teatral, que fue recitada a través del consabido magnetófono en el salón de actos del liceo. La obra era corta y el público aplaudió, tal vez porque no tuvo tiempo de aburrirse. Ignacio se había asegurado antes escribiendo aquella «tragedia para marionetas», o comedia o drama sobre uno de los fabliaux de la Alta Edad Media. No se atrevía aún a destapar la caja de Pandora de su fantasía, sino que siguió una pauta ya sabida. Era más seguro. Y había en aquello un homenaje a la tradición francesa, en la cual comenzaba a sentirse integrado.
También es verdad que esa pauta del fabliau no la siguió fielmente. No había en «Los cuatro enanitos» una sola frase, una sola palabra tomadas del fabliau. Todo era suyo menos el esqueleto, menos la estructura. En todo caso había debutado en público protegido por el ala tutelar de una gloriola ya establecida. Todo Argenteuil relacionado con el liceo estaba presente, especialmente las damas de las familias pudientes, que eran casi todas jóvenes y algunas bastante estimulantes.
Era Ignacio un poco introverso y nervioso, y a veces, cuando se veía obligado a sostener largamente una atención forzada, le temblaba un párpado. No creía que los demás se dieran cuenta de aquel temblor, pero se sentía incómodo e impaciente.
Lo que más le gustó en aquel acto público fue el silencio con que le escucharon. Ese silencio se sabe cuándo es genuino y cuándo forzado por la cortesía. Como decía Ignacio, en aquel silencio se advertían los bajos fondos del respeto. Esto del respeto siempre le preocupaba.
Una pequeña victoria fue.. Después de la lectura se formó espontáneamente una comisión de alumnos y de padres de alumnos para preparar la puesta en escena de la comedieta. En el paraninfo del liceo. No era cosa urgente; la representación no sería inmediata. De momento eran las vacaciones de la Pascua florida y habría que esperar hasta el otoño después de la larga pausa del verano. Tampoco él se forjaba ilusiones. Representar la obra tenía sus dificultades.
Pero no le disgustaba su pequeña comedia o tragedia. Bueno, tragedia para guiñol. Él prefería llamarla comedieta. En la comisión había dos señoras, y una de ellas le había dado la mano a Ignacio diciendo la palabra charmant. El autor se quedó pensando si lo decía por la obra o por él mismo. Ya se sabe que los artistas tienen inclinación al narcisismo. La mano de aquella señora era carnosa, blanda y tibia.
En su memoria desfilaban las sombras vagas, pero bien separadas y distintas, de aquellas personas, lo mismo que las sombras en el muro subterráneo de que habla Platón. Un poco más definidas, claro. Al fin la cueva de Platón era en este caso el salón de actos —el paraninfo— de un liceo. Paraninfo quiere decir, en griego, padrino de boda. También las palabras pueden ser ridículas, por inadecuación, pero el uso les da una segunda naturaleza, las salva a veces. Así con paraninfo.
Ignacio no había tenido aún sino amoríos de adolescente con chicas de buenas costumbres y alguna aventura a puerta cerrada con demimondaines de París. La mayor parte de sus citas con chicas del liceo —y con alguna profesora joven— habían sido citas con déficit. Así las llamaba él cuando gastaba en invitarlas y no había luego intimidad erótica.
Como digo, Ignacio había cumplido ya los treinta. Una amante, lo que se dice una amante al estilo de la tradición galante francesa, no la había tenido aún. Y creía que le hacía falta para completar su educación mundana. Una o dos experiencias deslumbradoras sí que las tuvo. Pero sin continuidad. Una de ellas había sido de veras memorable y no la olvidaba.
Cuando escribía tomaba Ignacio un acento escéptico y cínico, como si estuviera de vuelta de todas las ilusiones. Suele ser así con los novelistas principiantes, sobre todo al hablar de mujeres. En la comisión que se formó después del recitado no figuraba Marcelle Saint–Julien, y bien lo sentía Ignacio. Era una mujer sencilla, discreta, que nunca llamaba la atención, pero en la cual todo el mundo pensaba con algo más que simpatía.
Estaba casada Marcelle desde hacía siete años. Su marido era un comerciante próspero algo más viejo. Tenían una tienda de telas. Todos pensaban que aquel hombre y aquella mujer se merecían recíprocamente en todos los sentidos: social, económico, moral. De Saint–Julien, el marido, se contaba un rasgo de carácter realmente notable. Un amigo que vivía en Compiégne le pidió que comprara para él en París un billete de una lotería especial. Saint–Julien compró dos, uno para sí mismo. Escribió en el borde de uno de los billetes, con lápiz, su propio nombre y el de su amigo en el otro. Este salió premiado y Saint–Julien se lo envió aunque podría haber cambiado los nombres y quedarse con el premio.
Su amigo lo cobró como es de suponer. La gente llegó a enterarse y el hecho despertó un clamor de asombro. Algunos decían que aquél era el verdadero sentido de responsabilidad de la Francia honestamente burguesa. Por esta y otras razones en Argenteuil estaban todos orgullosos del matrimonio Saint–Julien, aunque no faltaba algún discrepante que decía que Saint–Julien se había conducido como un cuistre y que lo primero en la vida no era el honor ni la virtud, sino la agudeza y la inteligencia práctica. Por la inteligencia prosperaba la humanidad y no por sentimientos de honor más o menos trasnochados. Eso decían.
Recordaba Ignacio que al final de la lectura de su comedieta, Marcelle Saint–Julien se le acercó y le dijo sencillamente: «La obra me ha gustado». No solía ser locuaz Marcelle, pero en su laconismo era más expresiva que las otras. Luego le preguntó en qué casa había hecho la grabación. Ignacio dijo que en el taller de discos de gramófono de la calle La Motte, un lugar adonde solían ir últimamente chicos y chicas ye–ye.
Allí había encontrado Ignacio una vez a Marcelle comprando discos también. Resultó que tenían gustos parecidos. A los dos les gustaba esa música brasileña que llaman bossa nova y que a Ignacio le parecía un trasunto de lo que él mismo querría hacer en literatura: una melodía intelectualmente refinada con bajos fondos armónicos de jazz band. Se exasperaba a veces pensando en la dificultad de trasponer todas esas emociones desde el plano musical al de las letras y en «Los cuatro enanitos» lo había intentado sin conseguirlo.
No habló de nada especialmente sugestivo con Marcelle porque ella rehuía ocasiones de mostrarse demasiado personal lo mismo con los hombres que con las mujeres. Era su trato distante, aunque no frío. O frío aunque no distante. Mostraba esa neutralidad amable de la gente exenta de verdaderos problemas. Los que están de acuerdo con su destino y tienen todo lo que quieren aunque no sea mucho, se protegen de cualquier riesgo con cierta virtuosa impersonalidad. La impersonalidad —no anonimia— de Marcelle le gustaba a Ignacio. Era cómoda.
Estaba Ignacio satisfecho a medias de sí mismo por aquel pequeño diálogo con Marcelle. Recordó una expresión oída en alguna parte: «El orbe está sin terminar y son los artistas quienes prueban a terminarlo». ¿Sería él uno de esos artistas?
Pensando así se miraba el joven profesor en el espejo de la consola de su estudio (al sesgo) y alargando la mano ponía en marcha la cinta impresa con su lectura. Por la ventana se veía un día gris y neblinoso que no invitaba a salir. Las vacaciones de primavera lo enervaban, a veces. Quería oírse otra vez a sí mismo, es decir comprobar que la lectura grabada estaba de acuerdo con el texto, ya que había hecho a última hora correcciones y no sabía si las realizó antes o después de la grabación. Además, con el pretexto de la comprobación admiraba Ignacio su propia voz, el aplomo de los espacios y las modulaciones, y gozaba en fin de la obrita en sí. No era ambiciosa, pero la creía lograda. Solía decir —y en eso tenía razón— que cualquier objetivación (es decir creación de formas de realidad vivas) daba derecho a un autor incipiente a sentirse satisfecho. Él lo estaba, aunque con reservas. No era tan tonto para no tenerlas.
Recostado en su sillón, Ignacio escuchaba. Y miraba al techo, en el que había puesto algunas fotos ampliadas, fotos de mujeres. No estrellas de cine ni provocativos desnudos, sino sencillamente amigas a quienes había fotografiado con focos y ángulos insólitos y luego parecían flotar en el aire. Enseñó un día las primeras pruebas a un amigo pintor y éste le dijo mirándolas con ojos expertos: «¡Qué encuadre más raro!».
Añadió que aquellas fotos ampliadas debían ser puestas en el techo y no en las paredes. La verdad es que cuando Ignacio tomó las fotos había procurado que tuvieran un fondo de cielo abierto o de nubes y enfocaba las figuras desde abajo, a veces acostado en tierra, lo que le daba planos insólitos. Le gustaban aquellas fotos. Algo así querría intentar en su literatura.
Viendo aquellas fotos en el techo se decía Ignacio cosas raras. Por ejemplo: «Esa chica, Enriqueta, fue casi mi amante. Tuve con ella similicoitos verticales». Así llamaba a los abrazos entre puertas, complicados a veces hasta el orgasmo. Y suspiraba recordándolo. Con cualquiera de ellas podría haberse casado —se decía— pensando, sin embargo, que era más prudente seguir soltero.
El magnetófono seguía funcionando. La lectura de su comedieta se iniciaba con la descripción de la escena, según costumbre. Tenía Ignacio una voz pastosa y grave:
Ruego a mi amable auditorio que imagine la escena como una sala lujosa y desordenada en vísperas de un acontecimiento. ¿Qué acontecimiento? El más frecuente y sin embargo el más sensacional de la vida humana: una boda.
No es que el autor crea en lo excepcional o en lo vulgar de las bodas, ya que carece de experiencia personal. Pero es el acontecimiento por el que hay que pasar, puesto que uno ha nacido y ha crecido y tiene inclinaciones saludables. Eso piensan las mujeres y lo mismo pensamos muchos hombres. La realidad de cada día nos dice que no nos equivocamos.
En la sala hay un balcón al fondo que da sobre un parque en flor. Los parques de los palacios donde se prepara una boda están siempre en flor, y, además, entre las flores dominan las rosas cándidas y las venenosas adelfas, dos aspectos opuestos pero complementarios en los vastos niveles de la voluptuosidad.
Hay en la escena dos mujeres, una muy inocente y la otra (azafata o cosa así) más experta. A veces, sin embargo, dan la impresión contraria. La azafata está vistiendo a la joven virginal con su traje de novia. Sobre una silla, el velo y los ramitos del granado e impoluto azahar.
La niña, que se llama Güendoline, va a casarse esa misma noche. Y el diálogo va desarrollándose así:
GÜENDOLINE. ¿No es la cola demasiado larga?
DONCELLA. Debe arrastrar tres metros.
GÜENDOLINE. Con una cola como ésta, Nabi parecerá más pequeño todavía.
DONCELLA. Seguro, y será cosa de ver.
GÜENDOLINE. A veces mi novio me pone en situaciones delicadas.
DONCELLA. Ridículas.
GÜENDOLINE. No, sólo delicadas. Pero tengo que casarme.
DONCELLA. ¿Por qué?
GÜENDOLINE. Por lo que se casan todas. Estoy enamorada.
DONCELLA. Podrías haberte enamorado de uno de tu tamaño.
GÜENDOLINE. Lo que cuenta es el corazón.
DONCELLA. El corazón es parte del cuerpo. Y tu novio es demasiado pequeño, la verdad. Los enanos…
GÜENDOLINE. (Asustada). No digas esa palabra en esta casa. Mi novio no es enano.
DONCELLA. Pero cuando vais al cine y pedís dos entradas, te dan una de persona mayor y otra de niño. La de niño para tu novio.
GÜENDOLINE. (Avergonzada). ¿No es horrible?
DONCELLA. Por eso decía que el amor de Nabi debe de ser un amor… miniatura.
GÜENDOLINE. Yo te conozco. Piensas que me caso con Nabucodonosor porque es rico.
DONCELLA. ¿Rico? Tiene petróleo en Tejas, bosques de fuentes de petróleo. Naranjas en California. Miles de acres de naranjas. Cerdos en Chicago. Tres fábricas de conservas. Y bananas en Colombia. Miles de millones de bananas en Colombia. Acaba de venir de Jamaica, donde tiene plantaciones de azúcar, y ha hecho el viaje en su propio barco.
GÜENDOLINE. ¿Qué quieres decir?
DONCELLA. Trillones de bananas verdes.
GÜENDOLINE. Tú sabes muy bien que a mí el dinero me tiene sin cuidado (Yendo a una mesa donde están los regalos). ¿Has visto el último obsequio de Nabucodonosor? (Toma un estuche y lo abre). ¿Qué te parece?
DONCELLA. Un collar de diamantes.
GÜENDOLINE. Riviére. Se dice una rivière. Más de cincuenta mil dólares.
DONCELLA. Así y todo, un enano es un enano.
GÜENDOLINE. (Indignada). Idiota, tú no comprendes. Es pequeño, pero tiene alma de gigante.
DONCELLA. Poca cosa el alma.
GÜENDOLINE. ¡Qué sabes tú! El cura decía…
DONCELLA. Poca cosa. (Cantando).
Es la cosa tan chiquita
que la verdad yo no sé…
Jesús, María y José.
GÜENDOLINE. Es grande en su generosidad. Me ha regalado esta casa con jardines de estilo Victoriano, un Cadillac…
DONCELLA. Por cierto que tu coche viejo está en el garaje con el motor en marcha quemando gasolina.
GÜENDOLINE. ¿En cuál de los tres garajes?
DONCELLA. En el pequeño, ahí al lado. Y el motor funciona porque no se puede cerrar la llave ni tampoco se puede sacar. Se ha enganchado en alguna parte la llave maldita. Llamé al taller de reparaciones y un empleado me dijo que vendría, pero no sé si vendrá. Parecía estar borracho o loco, no sé.
GÜENDOLINE. ¿Has probado a sacar la llave?
DONCELLA. Hasta con una tenaza, pero todo ha sido inútil. (Se oye música en el parque).
VOZ ATIPLADA. (Cantando).
Qué viene de las Antillas
en su barquito velero
con bastón de albricias verdes
y una cinta en el sombrero
GÜENDOLINE. (Complacida). ¿Oyes?
VOZ ATIPLADA. (Cantando).
… que de Jamaica ha venido
por amores de una niña.
GÜENDOLINE. Canta bien esa mujer.
DONCELLA. No es mujer.
GÜENDOLINE. Ese niño.
DONCELLA. No es niño. Es un enanito que te está agradecido por casarte con otro de su especie, y viene ion sus amigos a darte serenata.
GÜENDOLINE. ¿Y de dónde ha salido tanto enano?
DONCELLA. Del circo. ¿No has visto el circo que han instalado al otro lado del parque?
GÜENDOLINE. Tal vez quieran que los invitemos a la boda.
DONCELLA. ¿Por qué no? (Asomándose al balcón). Allá están. Son tres, pequeñitos como muñecas. No, cuatro. Uno con una corbatita verde, otro con su lacito azul, otro blanco. Pero en lo demás, iguales. La cuarta es una muchacha.
VOZ ATIPLADA. (Cantando).
en un velero de nácar,
el mastelero de amores,
las jarcias de miel hilada.
DONCELLA. Son los mismos que estaban en la escalera de la alcaldía cuando fuisteis a buscar la licencia de matrimonio. Pero entonces estaban sólo los tres hombrecitos. Tu novio les dio veinte dólares y les ordenó que se marcharan.
GÜENDOLINE. No le gustó a Nabucodonosor encontrarlos allí. ¡No le gustó!
DONCELLA. Claro, a ningún escuerzo le gusta ver a sus iguales. Digas lo que quieras, podrías llevarlo en brazos a la boda. Y una boda es para toda la vida. Para siempre.
GÜENDOLINE. Eso, lo que Dios quiera.
DONCELLA. Mucho tiempo es siempre.
GÜENDOLINE. Más tiempo es nunca. Pero el futuro dirá.
DONCELLA. (Mirando por el balcón). Creo que viene Nabi. Sí, ahí está.
GÜENDOLINE. ¿Quién?
DONCELLA. Nabuco.
GÜENDOLINE. No lo llames así. Di el nombre entero: Nabucodonosor.
DONCELLA. No me alcanza el aliento. Ya no se oye la música. ¿Eh? Los enanitos gritan y corren. Tu novio los persigue con el bastón levantado. Pobres enanitos. Ahora corren cada cual por su lado. Uno se esconde detrás de un laurel, otro detrás de un rosal, otro detrás de una mata de apio y el de la mata de apio ha perdido la mandolina. Ahora tu novio grita.
VOZ DE NABI. Si vuelvo a oírlos cantar, les soltaré los perros.
DONCELLA. Ahora tu novio Nabuco… (respira) donosor viene para acá inflando el pecho como un pavo real. Se ha enfadado y viene con prisa. Es un día de prisas el día de la boda. Aquí está. Ya sube. (Corre al lado de la novia). No sé si ponerte el velo o esperar hasta el último instante. Tu novio querrá abrazarte y te desgranará el azahar.
GÜENDOLINE. Espera, porque dicen que da mala suerte. Ni el azahar ni el velo.
DONCELLA. (Con ironía). Hasta el último instante.
NABI. (Entrando con un ramo de flores). Hola, darling. ¿Estará todo listo? (Parece más pequeño con su manía de alzarse sobre la punta de los pies). Este ramo lo he escogido en la estufa tropical y es el que llevarás en mi boda, querida. (Tarareando sin darse cuenta:) «… que viene de las Antillas».
GÜENDOLINE. (Feliz). ¿No son miñones?
NABI. ¿De qué hablas?
GÜENDOLINE. De los tres músicos.
NABI. (Descuidado). Ah, es la canción de los enanos. Se me ha contagiado y la llevo en la cabeza como una semilla seca.
DONCELLA. Como una semilla en una calabaza seca.
NABI. ¿Qué dices?
DONCELLA. (Cantando). Que has venido de Jamaica…
GÜENDOLINE. ¿No son lindos?
NABI. No es manera esa de calificar a los hombres. Lindos. No es manera, querida, digo en una doncella inocente que se va a casar.
DONCELLA. ¿Hombres esas miniaturas?
NABI. Hombres como los demás. (Oyendo funcionar un motor en el garaje). ¿Qué pasa?
GÜENDOLINE. No se puede cortar el gas de mi viejo coche.
NABI. Yo lo haré.
GÜENDOLINE. Te digo que no se puede dar la vuelta a la llave.
NABI. Cortaré los hilos del contacto. Pero tengo guantes nuevos y me los ensuciaré. Podría quitármelos, pero me ensuciaré las manos con la grasa y llevo las uñas recién pulidas. ¿Qué hacer?
GÜENDOLINE. Va a venir un empleado del taller de reparaciones.
NABI. (A Güendoline). Amor mío, hoy es el día supremo de nuestra existencia. El amor nos une. Yo soy tal vez el hombre más rico del Sur. De todo el sur del planeta. El millonario austral. Tú eras de una familia humilde, pero ya digo que el amor iguala al más grande —yo en este caso— con la más solicitada y encantadora criatura.
DONCELLA. (Poniéndose algunos alfileres en la boca para recoger la cola del vestido). No lo iguala todo.
NABI. ¿Qué quieres decir?
DONCELLA. Nada.
NABI. No hables mientras tengas alfileres en la boca.
GÜENDOLINE. Ya ves que mi esposo se preocupa de ti. ¡Es tan bueno!
DONCELLA. Todavía no es tu esposo.
NABI. ¿Qué quieres decir? Seré su esposo por encima de los malos presagios de todas las azafatas del mundo. (Tarareando). ¡Qué ha venido de Jamaica! Esos músicos del circo… bueno, a mí eso de exhibir a esos pobres diablos en el circo por su extrema pequeñez me encocora.
DONCELLA. Je, je, je…
GÜENDOLINE. No te rías con los alfileres en la boca. Es una risa punzante.
NABI. Déjala que se los trague. (Pausa). ¿Has visto las instalaciones de fuegos artificiales en el parque? Hay cohetes voladores, galaxias azules, bombas reales y ruedas girándulas con los colores nacionales. Será hermoso cuando los enciendan después de la solemne ceremonia.
GÜENDOLINE. A mí me dan miedo las bombas reales.(Suena el teléfono y lo toma la Doncella).
NABI. No estoy para nadie.
DONCELLA. (Al teléfono). Es la residencia del señor Nabucono… (se interrumpe para respirar). Digo, Nabucodonosor Smith. ¿Cómo? ¿El director del Third National Bank? ¿No? ¿El Third and Four National Bank Incorporated?
NABI. (Cambiando de parecer). Dame el teléfono. (Tomándolo). Yo soy, desde luego, yo mismo en persona. (Afectando una voz grave). Oh, of course… ¿Dos firmas en el contrato? ¡Ah! ¿Debe salir el contrato en el avión de las ocho?… Está bien, voy ahora mismo. (Cuelga. A Güendoline). Querida, son altas finanzas. Volveré dentro de veinte minutos. Para entonces supongo que todo estará listo y podremos ir al templo, donde nos esperan los invitados. Toda la aristocracia del país. (Saliendo). Vuelvo en seguida. Procura estar vestida para cuando regrese.
GÜENDOLINE. (Mirando la puerta por donde ha salido). No me gusta. ¿No te parece que debía quedarse?
DONCELLA. Tiene que atender los negocios. Cuantos más negocios, mejor. Ojalá se acumulen los negocios y se demore la boda un día, un mes, un año. Y la aristocracia se canse de esperar y se vaya.
GÜENDOLINE. No seas bruta.
DONCELLA. (Alarmada). ¿Qué has dicho?
GÜENDOLINE. Bruta. Bru, bru. (Pausa). ¿Salió ya?
DONCELLA. (En el balcón). Sí. El hombre más pequeño del mundo en el coche más grande del mundo. Tiene gracia.
GÜENDOLINE. Todo tiene gracia en él. Y cuando está sentado no es tan pequeño. A mi lado, en el sofá…
DONCELLA. En el sofá… ¿Te acuerdas de aquella canción que cantábamos las chicas picaras en el parque para saltar a la comba? (Canturreando).
Me casé con un enano…
GÜENDOLINE. (Riendo a pesar de sí misma). ¡Qué diabla! Sal del balcón, que podrían oírte. Ven aquí. (Se oye otra vez música en el parque). Son los muñequitos que vuelven. Hace falta valentía.
VOZ ATIPLADA. (Cantando).
La bella niña sureña…
GÜENDOLINE. Si no fuera por Nabi los invitaría a subir. ¿Qué te parece?
DONCELLA. (Mirando abajo). Ahí están, junto a la puerta. Uno de ellos baila sin dejar de tocar la mandolina. Otro canta. Y los tres van vestidos de negro. (Sorprendida). Son cuatro. Hay una enanita graciosa. Ahora los tres tocan la mandolina y ella baila. De veras, son encantadores. Vamos a llamarlos.
GÜENDOLINE. Les daremos de beber, a ver qué pasa.
DONCELLA. No, que les hará daño. Aunque… si se emborrachan su embriaguez será minusculita como en un juego de párvulos.
VOZ ATIPLADA. (Cantando).
Rodeada de marqueses
duques y damas de honor
va a desposarla esta noche
don Nabucodonosor
DONCELLA. (Llamando). Pst… pst… aquí. Mi señora los invita a subir. (A Güendoline). Ya vienen. Me gusta hacer cosas contra la ley. Eso me recuerda cuando fuimos al baile sin permiso de tu novio. Fue el domingo de carnaval y tú ibas por si acaso con un antifaz de seda blanco. ¿Te acuerdas? Estuvo bueno aquello. (Hacia la escalera). Aquí, suban pronto, que no tenemos mucho tiempo. (A Güendoline). Todavía conservo el disfraz de aquella noche y el antifaz porque los guardo para mí. Me los regalaste. ¿Te acuerdas? Fue allí donde se enamoró perdidamente de tu persona aquel tarambana.
GÜENDOLINE. Ingeniero. Dijo que era ingeniero.
DONCELLA. Trabaja en un taller de reparaciones. (Indiferente). Allí es donde he llamado por teléfono para que vengan a arreglar el auto. Es buen muchacho John. Y como es grande se puede permitir el lujo de tener un nombre corto: John. Ése es un nombre decente: John. Pero tu novio, como es tan cortito, tiene que tener un nombre largo: Nabucodonosor… (se detiene para respirar) …cito. No te asustes. Puede venir John y puede venir otro. Lo que sea sonará.
GÜENDOLINE. (Riendo contra su voluntad). Eres una bruja. Pero ¿qué pasa con los enanos?
DONCELLA. (Asomándose a la escalera). ¿Por qué no suben? ¿Cómo? ¿Si están los perros encerrados? No hay perros en la casa. Lo dijo mi señor solamente para meterles miedo.
GÜENDOLINE. (Temerosa). Hacemos cosas imprudentes. Ahora los enanos, luego John. ¿Es el mismo John quien va a venir? ¿Y sabe John que me caso esta noche? Si viene John, no quiero que me vea. Yo soy una novia decente.
DONCELLA. Pues escóndete si tienes miedo. O ponte el antifaz.
GÜENDOLINE. El domingo de carnaval lo llevaba. Si me ve con él me reconocerá en seguida.
DONCELLA. Tanto mejor.
GÜENDOLINE. ¡Calla!
(Entran los enanos, dos de ellos con la mandolina en la mano. Hacen una reverencia y esperan).
MENINA. (Al Enano I). Habla tú.
ENANO I. Señora, le damos las gracias por querer desposar a uno de los nuestros, el poderoso Nabucodonosor Smith, a quien felicitamos en esta memorable noche. Reciba nuestros parabienes. Pero nos sentimos en el caso de añadir que…
DONCELLA. (Interrumpiéndole). Ése es de Cuba, por el acento. ¿Y sabes lo que te digo?
ENANO II. En nombre de los meninos de las Islas Madeira yo me considero obligado a hacerles saber en el día de sus desposorios…
GÜENDOLINE. De Portugal. Es de Portugal.
ENANO II. Me uno a las palabras de mi compañero. En cuanto a éste… (Por el Enano III). En cuanto a éste… Anda, di algo.
ENANO III. (Tímido). Yo… yo me congratulo.
ENANO I. Es la única palabra española que sabe.
MENINA. Se la enseñé yo.
ENANO I. Es finlandés.
ENANO II. Ésta es la bailarina. En su nombre y en el nuestro propio…
GÜENDOLINE. ¿De dónde es ella?
ENANO II. De Rhode Island. Pero ahí donde la ve usted, es terrible.
GÜENDOLINE. Quedan invitados a la boda. Les advierto que tendrán que ocultarse entre la gente o detrás de los tiestos de flores de modo que mi marido no los vea. Tiene un genio violento mi marido, digo, mi novio.
ENANO I. Demasiado lo sabemos, señora.
MENINA. Entonces vamos a bailar para usted y después le comunicaremos el verdadero objeto de nuestra visita. ¿Qué bailo?
ENANO I. El fado de la nereida.
GÜENDOLINE. Bien, vamos a ver. A la una, a las…
(Se preparan todos. Cuando la Menina alza los brazos se oye en el parque la bocina del coche de Nabi. La Menina se queda con los brazos en el aire, escuchando asustada).
DONCELLA. Ahí está el maldito.
GÜENDOLINE. (Asustada). ¿Dónde los esconderemos?
ENANO I. Cabemos en cualquier parte.
VOZ DE NABI. (Fuera). ¡Güe… ny!
GÜENDOLINE. (Corriendo al balcón). Sí, amor mío.
VOZ DE NABI. Olvidé la cartera. Encima del piano, en el living–room, la encontrarás. Cógela y arrójala por la ventana.
GÜENDOLINE. Sí, querido, hoy todo lo olvidas.
VOZ DE NABI. Menos una cosa.
GÜENDOLINE. Yo, ¿verdad?
VOZ DE NABI. Pero estás inquieta. ¿Qué te pasa, ángel de mi gloria? ¿Por qué tiembla tu voz?
(La Doncella y los enanitos están congelados oyendo a Nabi y esperando que no considere necesario subir. La Menina sigue con los brazos en alto).
GÜENDOLINE. En un día como éste es natural que a mí me tiemble la voz, ¿tú comprendes? Espera, que voy a arrojarte la cartera. No subas, por favor, no subas, querido. ¡Te digo que no subas!
VOZ DE NABI. (Receloso). ¿Por qué no?
DONCELLA. (Oyendo abrir y volver a cerrar la puerta del coche). ¿Qué has hecho? Ahora va a subir. (A los enanitos). Por aquí.
GÜENDOLINE. Llévalos al garaje. Enciérralos en el garaje pequeño. Allí es seguro que no irá.
DONCELLA. ¡Pronto!
(Los cuatro enanitos salen de prisa con la Doncella, pero desde la puerta habla la Menina).
MENINA. Yo soy una artista demasiado importante para meterme en un garaje lleno de tufo de gasolina. Eso es malsano. Yo me iré a esperar a mis compañeros en el bar del circo. Volveré más tarde y bailaré. (Sale con los otros y la Doncella).
GÜENDOLINE. (En la puerta contraria). ¡Ay, maridito mío, qué decepción!
NABI. (Entrando). ¿Decepción?
GÜENDOLINE. Creí que volvías para quedarte y resulta que vienes sólo a buscar la cartera.
NABI. (Mirando alrededor). Se diría que en mi ausencia ha habido otras personas aquí. (Olfateando). Huele a música.
GÜENDOLINE. (Riendo). ¡Qué ocurrente! ¿Cómo puede oler a música?
NABI. ¿Dónde está la doncella?
DONCELLA. (Entrando falsamente tranquila). Aquí.
NABI. ¿Cómo?
DONCELLA. (Cogiéndose la falda y haciendo una pequeña reverencia). A tus gratas órdenes.
NABI. Hum… Juraría que había alguno más en este cuarto.
DONCELLA. Tu novia y yo… ah, y los de la rondalla del parque. Aquí están los cuatro.
NABI. Menos bromas con eso. No hay que recibirlos, no hay que escucharlos.
DONCELLA. Pues aquí están.
NABI. (Indignado). ¡Güendoline!
DONCELLA. (Bromista). Se han escondido debajo de las faldas de tu novia. Anda, Güeny, levántalas para que las vea. Tú no debes tener secretos para tu marido. Y levanta las faldas. (Güendoline, aturdida, no sabe que hacer). Alza tus faldas para que vea a los cuatro enanitos. (Güendoline lo hace). No los ves porque al oírme a mí se han colgado de su cintura. Son muy tallarines. Como trabajan en el circo…
NABI. Tú debías trabajar en el circo también. Eres una payasa.
DONCELLA. Se agradece.
NABI. (Completamente confiado). Es verdad que podrían esconderse debajo de una cesta. Pero ¿dónde estará mi cartera? (La Doncella sale a buscarla). Me molesta que vengan a darme serenata porque yo no soy como ellos.
DONCELLA. (Volviendo con la cartera). Tú no eres artista de circo, es verdad.
NABI. ¿Qué quieres decir?
DONCELLA. (Bailando).
… que vienes de las Antillas.
GÜENDOLINE. Todos los hombres deberían ser como tú, Nabi querido.
Nabi Gracias, Güeny.
DONCELLA. Je, je, je…
NABI. Y las mujeres como tú, preciosa.
GÜENDOLINE. Gracias, Nabi.
DONCELLA. ¿Y yo? A mí que me parta un rayo.
NABI. ¿Qué quieres decir?
DONCELLA. (Cantando).
… que has venido en un velero
con jarcias de plata y oro.
NABI. Ellos son los que vienen de lejos. Y viajan en tercera clase. ¡Bah! El del Caribe es español, pero estuvo en Francia, donde los llaman miñons. El portugués se llama Menino porque ése es el nombre que les dan en Lisboa. Menino quiere decir pequeño consejero de la reina. La verdad es que son pequeños, pero grandes de espíritu. Gigantescos de espíritu. Los reyes necesitaban de ellos. Y ya digo, a mí no me llegan a la cintura.
DONCELLA. La única que es medio dedo más pequeña que tú es la niña.
NABI. ¿Niña? Por lo menos tiene veinte años.
DONCELLA. Esa sí que es linda de veras.
NABI. La vi en el parque. Y repito que lo que importa es la estatura moral.
DONCELLA. (Cantando).
Ay, mi niña, yo no sé,
Jesús, María y José.
GÜENDOLINE. (Pensando en los enanos). ¿No se te hace tarde, querido?
NABI. Antes quiero ojear estos contratos.
GÜENDOLINE. Por el camino, querido. Así volverás más pronto.
NABI. No puedo conducir el coche y leer al mismo tiempo. El chófer está con el social expert decorando la limousine dorada y vendrá aquí (mira el reloj) a las nueve. Un momento, querida.
(Saca papeles de la cartera, hace un gesto pidiendo silencio y se aísla en un rincón desapareciendo casi entre los brazos de una butaca. A sus espaldas Güendoline y la Doncella comienzan una especie de pantomima. La Doncella señala la puerta por donde salieron los enanitos y hace extremos de dolor pensando en el garaje y recordando que deben de estar respirando gas carbónico. Güendoline afirma escandalizada y tose).
NABI. ¿Qué es eso, darling?
GÜENDOLINE. ¡Oh, nada!
NABI. Te oí toser. (Pausa). ¿No te encuentras bien?
GÜENDOLINE. Mejor que nunca, amado mío.
DONCELLA. No la pongas nerviosa a la pobre y termina de leer de una vez.
GÜENDOLINE. Es lo que yo digo, querido.
NABI. En la letra pequeña están los trucos. Hay que tener cuidado con la letra pequeña de los contratos. ¡A mí no hay quien me la dé! Un león, decías tú. Pero hay que ser también un zorro.
(Se abstrae leyendo. La Doncella vuelve a su mímica disimulada. Señala el garaje y hace como si fuera cayendo asfixiada. Luego se reanima y pasea por la escena, nerviosa. Güendoline mira hacia el lugar donde salieron los enanitos).
GÜENDOLINE. ¡Dios mío!
NABI. (Distraído). ¿Qué pasa?
DONCELLA. Tu señora ha dicho Dios mío. Todas las novias dicen Dios mío.
NABI. (Poniendo los papeles en la cartera). No te dejaría, querida, pero se trata de comprar en el Caribe una isla donde pasaremos los inviernos. Ya digo, es cosa de veinte minutos nada más, y después juntos para toda la eternidad.
DONCELLA. Je, je, je… Yo no creo mucho en la eternidad. (Empujándolo hacia la escalera). Déjanos, que tengo que acabar de vestir a la novia.
NABI. Cuidado con el garaje.
GÜENDOLINE. ¿Qué?
NABI. Que no entre nadie hasta que se ventile y menos que nadie tú, Güeny.
GÜENDOLINE. No entraré, Nabi.
DONCELLA. Vete de una vez, señor, señorito, señoritito.
(Se lo lleva y poco después vuelve sola). Quelle barbe!
(Va hacia el garaje, pero la novia le indica que espere hasta que se oiga el arranque del coche. Por fin, al oírlo, le manda con un gesto y expresión de terror que vaya. La Doncella obedece y Güendoline queda esperando llena de zozobra. La Doncella vuelve con el gesto desolado).
GÜENDOLINE. ¿Qué?
DONCELLA. Ven a verlo por ti misma.
GÜENDOLINE. ¿Has dejado abierta la puerta?
DONCELLA. De par en par. Ven conmigo.
GÜENDOLINE. Me da miedo.
DONCELLA. Los tres caiditos en el suelo.
GÜENDOLINE. No.
DONCELLA. Puede ser que vuelvan en sí. Tal vez sólo estén desmayados.
GÜENDOLINE. Esas cosas tan pequeñitas deben de morirse fácilmente, Dios mío. ¿Qué haremos?
DONCELLA. Los traeré aquí. (Saliendo). Pero aunque estén sólo desmayados, ¡vaya lío! (Sale).
GÜENDOLINE. (Sola). ¿Quién me mandaba a mí invitarlos? Esta noche se está poniendo negra como una pesadilla. Si los tres han muerto será horrendo, aunque su muerte sea una muerte chiquita. Si alguno de ellos vive será difícil también, porque podrá denunciarnos a la justicia. Sólo si viven aún los tres mi situación tendrá remedio. (Viendo entrar a la Doncella con el Enano I bajo el brazo). Ah, ahí está. ¿Vive?
DONCELLA. No sé. (Lo deja en el suelo). Los tres están como éste.
GÜENDOLINE. Tan muertos como mi abuela. ¡Pobrecito!
DONCELLA. No sé. Mírale el corazón.
GÜENDOLINE. ¿Sabes que no impresionan tanto?
DONCELLA. ¿Qué quieres decir?
GÜENDOLINE. Tanto como los muertos grandes, digo.
DONCELLA. A mí no me impresionan en absoluto porque me hago la idea de que están vivos. Al menos, éste. (Escucha el corazón). Seguro que vive. Éste era el que cantaba aquello de «que viene de las Antillas». Se han quedado los tres como pollitos. Sofocados los tres, hasta desmayarse.
GÜENDOLINE. ¿De veras viven?
DONCELLA. Al menos, éste. Digo, me parece.
GÜENDOLINE. Vamos a despertarlos y que se vayan al circo.
DONCELLA. Pero nos denunciarán y vendrá la policía. Déjame pensar.
(Se oye fuera la bocina de un automóvil y se repite la alarma, pero pronto comprenden que no puede ser Nabi).
VOZ DE JOHN. (Fuera). ¿Vive aquí monsieur Nabucodonosor, rey de Babilonia? Yo soy John el del garaje.
DONCELLA. (En el balcón). Sí, suba, corra usted. (A Güeny). ¿Por qué dice rey de Babilonia?
GÜENDOLINE. Él nos sacará de este mal paso. (Alarmada). Pero me reconocerá.
DONCELLA. Le prometiste aquella noche un beso. Se lo das y en paz. Yo le doy una docena al primero que se presenta.
GÜENDOLINE. Pero el día de la boda… se vería feo.
DONCELLA. Además, John está borracho y no se dará cuenta de que eres la del baile.
GÜENDOLINE. (Corriendo a esconderse). No quiero que me conozca. ¿Dónde está mi antifaz?
DONCELLA. En el tocador, en la caja de las cintas. (Güendoline sale). Con el antifaz te reconocerá mejor y por eso te lo quieres poner. (Hacia afuera). Eh, buen hombre. ¿No es usted John?
JOHN. (Entrando, no muy seguro sobre sus pies). Muchos John hay en este mundo, pero como yo no hay más que éste. (Exaltado). ¡Viva John el ingeniero! ¡Vivan todos los Johnes, John el Galán, Humble John y sir John Raleigh y también John Tenorio. Pero como yo sólo hay uno!
DONCELLA. Tú no eres ingeniero.
JOHN. ¿Pues qué soy, preciosa?
DONCELLA. Un mecánico ordinario. Y un pillo.
JOHN. Está bien. ¿Hay algo que reparar?
DONCELLA. Tantas cosas hay que reparar siempre en la vida… por ejemplo, corazones rotos.
JOHN. Yo lo arreglo todo. Dime una cosa que haya que arreglar, hermosa. (Viendo al enanito). Vaya, un niño muerto. ¡Quién iba a pensarlo! Para esto sería mejor llamar al médico o al cura, digo yo. (Gravemente). Bueno, eso es cosa seria.
DONCELLA. No, sólo está desmayado. Es broma. Se le pasará.
GÜENDOLINE. (Entrando con el antifaz puesto). Ha sido una desgracia. Con el tufo del garaje. Es un enano del circo. ¡Pobrecito! No sabemos qué hacer con él.
JOHN. (Mirando a Güeny). Eh, una novia vestida para la boda y con la cara tapada. Esa voz yo la conozco. Por San John el Divino que la conozco. Rubia y con antifaz blanco. El domingo de carnaval. Por el diablo vivo que es la misma. ¡Buena polca marinera la que bailamos!
DONCELLA. ¿Te acuerdas?
JOHN. Güeny, me dijeron que te casabas y yo no sabía que… ¿Quién es tu novio? ¿Es ésta tu casa? Buena casa como hay Dios.
GÜENDOLINE. Yo no soy Güeny.
DONCELLA. Ella es Guadalupe, pero se hace llamar Güendoline. Es la moda.
JOHN. Mientras se averigua quién es cada cual, yo quiero un trago. Allá veo la botella, que me está guiñando un, ojo. (Por el enano). ¿Qué pasa con el muertito?
DONCELLA. El corazón funciona. A no ser que fuera el reloj. (Vuelve a escuchar). No es el reloj, sino el corazón.
JOHN. Dame el beso que me prometiste. ¿Te acuerdas de la polca marsellesa?
GÜENDOLINE. (Rehusando). Estás loco.
JOHN. Tengo mis cinco sentidos. Y más de cinco. Un poco borracho sí que estoy y voy a emborracharme más para consolarme.
GÜENDOLINE. ¿Consolarte de qué?
JOHN. De tu boda con otro. ¿Dónde está el otro? Traigo un par de cuernos para él.
GÜENDOLINE. ¡Ay, Santa Virgen! ¡Tiene el vino bravo!
DONCELLA. Si te llevas este enanito al circo y lo entregas allí mi señora te dará un beso cuando vuelvas y un vasito de ron. No pidas más. La verdad es que todavía no se ha celebrado la boda.
JOHN. ¿Y qué digo en el circo?
DONCELLA. Que lo has encontrado en el parque, desmayado. Un beso y un vaso.
GÜENDOLINE. Un beso, pero la botella es de mi marido y está todavía sin abrir. ¿Qué dirá si la abres tú?
JOHN. Un traguito no es cosa mayor. Venga la botella.
GÜENDOLINE. Mi novio verá que la has abierto.
JOHN. Me la llevo para siempre y me la bebo en casa, yo solo.
DONCELLA. Antes tienes que devolver el enanito al circo. El circo está al otro lado del parque. ¿No ves la bandera desde el balcón? Vas y vienes en tres minutos. ¡En dos, condenado!
JOHN. ¿Qué dirá la gente? ¡John el ingeniero metido a niñera!
DONCELLA. Un acto de caridad está siempre bien visto. Cuando vuelvas, mi señora cumplirá su promesa. Un abracito de esos que tú llamas envolventes y tres besos.
JOHN. Has dicho tres. El primero en los labios y los otros, los otros… Je, je, je… (Toma el enano bajo el brazo y sale de prisa. En la puerta se detiene, ríe guturalmente, mira a las dos mujeres y sale murmurando alegremente). Tres y la polca.
DONCELLA. Voy a traer el segundo y Dios quiera que esté vivo todavía. Le diremos a John que el enanito se ha escapado del circo y ha vuelto. Así pensará que sólo hay uno.
GÜENDOLINE. ¿Lo creerá?
DONCELLA. Está como un barril.
GÜENDOLINE. ¿No sería mejor decirle la verdad?
DONCELLA. Con la verdad no se va a ninguna parte. Lo contará en el circo y se enterará tu novio y nos llevarán al juzgado y pedirán daños y perjuicios.
GÜENDOLINE. Si ha muerto alguno de los enanitos, yo me tiro al río.
DONCELLA. Puedes tirarte, porque los tres están acabaditos.
GÜENDOLINE. ¿Por qué mentías, entonces?
DONCELLA. A ver si resucitan. A veces una mentira da la vida a las mujeres. ¿Por qué no a los enanos?
GÜENDOLINE. Dios nos asista.
DONCELLA. Quítate el antifaz, que John sabe muy bien quién eres.
GÜENDOLINE. Mientras lo tenga puesto cabe la duda. Es bueno que los hombres duden. ¡Ah, los hombres! Ni siquiera sabía que me casaba hoy. Ni siquiera sabe quién es mi novio.
DONCELLA. Yo se lo diré a su hora. (Sale).
GÜENDOLINE. (Para sí). ¡Ah, la picara! Si alguno de los meninos está muerto iremos todos a la cárcel y si están muertos los tres ¡para qué te voy a contar! Aunque estén vivos, si se entera mi novio perderá la fe en mí por haberle mentido. ¿Qué va a ser de mí? Y John borracho. La casa nuestra está aislada, pero alguno lo ha podido ver y si se divulga estaremos perdidas las dos. Nuestra honra en manos de un borracho y en las lenguas de los vecinos. (Viendo a la Doncella que vuelve con el Enano II y lo deja igual que al anterior en el suelo). ¿Le funciona el relojito?
DONCELLA. Sí que le funciona y al otro también, digo al tercero.
GÜENDOLINE. No mientas. ¿O es que mientes a propósito?
DONCELLA. A ver qué pasa. A veces pasan cosas buenas cuando una miente. Tres desmayos pequeñitos a la medida de cada uno, tres desmayos de juguete. (Besa al enano). Quiera Dios que todo termine bien. ¿Qué pasará con el otro? En el circo le harán la respiración artificial, digo yo.
GÜENDOLINE. Inútil todo. ¿Qué diremos a mi señor?
DONCELLA. Si hago todo esto es por ti.
GÜENDOLINE. Hija, qué manera de hablar.
JOHN. (Fuera, a grandes voces). ¡Güeny!
DONCELLA. (Saliendo al balcón). Chssssss… Silencio. (A Güeny). Déjame que hable yo. Tú conserva el antifaz si quieres, pero sonríe de vez en cuando.
JOHN. (Entrando). A pagar, niña de mi alma.
DONCELLA. No tan de prisa. Y tú, señora, no te escondas. (A John). ¿Por qué no lo llevaste al circo? Míralo donde está. Ha vuelto aquí antes que tú y se ha desmayado otra vez.
JOHN. Juro por Dios que lo llevé al circo y se quedó en manos de otra enanita que lloraba. ¿Sabes qué dijeron? Que estaba muerto. (Mirándolo). Está muerto.
DONCELLA. Si estuviera muerto no habría regresado.
JOHN. Es lo que yo digo. Pero bien muerto parece.
DONCELLA. Anda. El río pasa por detrás de la casa. Llévalo y arrójalo al agua. Así no volverá. Pero ¡pronto!
JOHN. ¿Yo? ¿Y la polca?
DONCELLA. Güendoline te espera. Mírala ahí, triste por culpa tuya.
GÜENDOLINE. (Suspirando afectadamente). ¡Ay! Bailaremos si quieres.
JOHN. Júralo, preciosa.
GÜENDOLINE. Mi palabra es de oro y si tú te portas bien…
JOHN. Lo llevaré al río, pero por mi puta abuela que no entiendo nada. (Toma el cuerpo y comienza a salir. En la puerta se detiene y canta a pleno pulmón):
Luna lunera
cascabeleraaaaaaaa…
Tengo buena voz, ¿eh? Una vez canté «Don Giovanni». Esta noche se va a nublar la luna cuando te tenga en mis brazos. Espérame, que vuelvo veloz como el rayo.
GÜENDOLINE. ¿Cómo es posible que lo crea?
DONCELLA. (Disponiéndose a salir hacia el garaje). Borracho y enamorado, dos veces idiota. Voy a traer el tercero y Dios quiera que tu novio no vuelva todavía.
GÜENDOLINE. (Sola). Esta bruja tiene salidas para todo. ¡Ay Dios mío qué trance! Rezaré. Por los clavos de las manos, por los brazos de la cruz, por la corona de espinas, padre nuestro, amén Jesús… (Suspira). Ahora me siento mejor. Por ahí viene con el tercero.
DONCELLA. (Entrando). Míralo con su boquita de pez. Se diría que está dormido. El corazón le funciona. Pon la mano. Tac–tac–tac–tac…
GÜENDOLINE. No funciona.
DONCELLA. Lo digo a ver qué pasa.
GÜENDOLINE. Esta vez no sirve tu truco. La cosa no es tan fácil.
DONCELLA. ¡Quién iba a pensarlo!
GÜENDOLINE. ¿Qué haremos?
DONCELLA. Iremos a la cárcel. Primero tú.
GÜENDOLINE. ¿Yo? Yo no he hecho nada.
DONCELLA. Ni yo. (Pausa). Lo malo es la polca.
GÜENDOLINE. Se me nubla la vista con sólo pensarlo.
DONCELLA. Espera. Si te desmayas, que sea en brazos de tu esposo.
GÜENDOLINE. ¿No vuelve John?
DONCELLA. (Yendo al balcón). Creo que lo he oído. Sí, ahí viene corriendo. Tiene prisa el granuja. Aquí sube. (Disponiéndose a recibirlo con mal talante). Tú verás. (Viéndolo entrar). Eh, John, ¿qué broma es ésta? En un hombre como tú parece mentira.
JOHN. ¿Qué pasa?
DONCELLA. (Señalando al Enano III). Ahí lo tienes. Otra vez se ha escapado y ha llegado antes que tú. Y se ha desmayado otra vez con la fatiga, digo.
JOHN. Estaba muerto y lo tiré al río.
GÜENDOLINE. A lo mejor estaba sólo desmayado y el agua del río lo despertó.
JOHN. (Pensativo). Lo que yo me pregunto es por qué vuelve siempre aquí.
DONCELLA. Está enamorado de Güeny.
JOHN. ¿Ese escuerzo?
GÜENDOLINE. (Suspira). El tamaño no importa.
JOHN. (Mirándolo de cerca). Antes llevaba una corbata roja y ahora blanca. ¿Cómo es eso?
DONCELLA. Estás ebrio y no distingues. Llévatelo y yo estaré a la vista para no dejarlo entrar si vuelve. No vamos a estar toda la noche con la misma. Anda, corre.
GÜENDOLINE. Hazlo por mí, John. Cualquier otro lo haría por mí.
JOHN. Vas tú a ver. (Cogiendo al Enano III y disponiéndose a salir). Te aseguro que éste no volverá. Y luego… mi primer beso en la orejita, el segundo en la boca. El tercero… oh, el tercero…
GÜENDOLINE. Sí, sí. Mucho hablar y luego el enano se te escapa.
JOHN. Ahora le colgaré una piedra al cuello y se irá derecho al fondo.
DONCELLA. ¡Pronto! (John sale con el enano). Ufff, para piedra al cuello la muestra.
GÜENDOLINE. Ahora todo será fácil. ¿No crees?
DONCELLA. Falta arreglar el motor del coche.
GÜENDOLINE. Eso no es nada. Y que se marche John. No quiero volver a verlo. Al menos hasta que pase la luna de miel.
DONCELLA. ¿No quieres pagarle?
GÜENDOLINE. ¿Cuánto? ¿Y cómo?
DONCELLA. Lo prometido es deuda, rica mía. Y luego un par de besos no tiene malicia.
GÜENDOLINE. Eso depende. Él habla de la polca. ¿Qué quiere decir?
DONCELLA. (Pausa). Bien está que embauques a Nabi, pero a mí no me vengas con ésas.
GÜENDOLINE. Un beso con el antifaz puesto. Que Je quede la duda. Es importante la duda con los hombres.
DONCELLA. No necesitas ese truco. Lo tienes conquistado ya.
GÜENDOLINE. No hables así. Ahora todo está arreglado y resuelto. Quiero a Nabi. Mira qué casa, qué parque, qué vestido, qué rivière. (Canta):
con su cinta en el sombrero…
DONCELLA. El de la cinta es John. Vamos a abrir la botella y a darle un trago. Se lo merece el barbián.
GÜENDOLINE. ¿Qué dirá Nabucodonosor cuando vea que la botella está abierta?
DONCELLA. No se dará cuenta. Nadie se da cuenta de esas cosas. La noche vuelve a ser como antes y (bailando).
que huele a canela y ron
GÜENDOLINE. Pero…
DONCELLA. ¿Qué?
GÜENDOLINE. (Pensativa). Nada.
(Hay un largo silencio nervioso. Las dos escuchan los ruidos de afuera).
DONCELLA. Di algo.
GÜENDOLINE. ¿El qué?
DONCELLA. Algo.
GÜENDOLINE. Algo. Ya lo he dicho.
DONCELLA. No, mujer. Algo más.
GÜENDOLINE. Algo más. Bueno, estoy un poco tarumba con todo esto.
DONCELLA. Alegrémonos. ¡Victoria! ¡Viva John! Lo peor ya pasó.
GÜENDOLINE. Lo mejor tarda en llegar. ¿Llegará?
DONCELLA. ¿A qué llamas tú lo mejor? Yo diría que lo mejor es John.
GÜENDOLINE. Yo espero a mi novio. Es mi obligación de doncella sin culpa.
DONCELLA. Entonces, John para mí. Trato hecho.
GÜENDOLINE. No, eso no. Lo prometido es deuda como dices. ¿Le daremos la botella? ¿Y la polca? ¿Qué dirá mi esposo?
DONCELLA. No se enterará. Debe de tener un magín pequeñito. Aunque tal vez eso no tenga relación con el tamaño de la persona. (Se oye escándalo fuera). Alguien viene. (Corre al balcón). ¡Dios nos asista! Es el borracho John que, volviendo del río, ha encontrado a Nabucodonosor abajo. Lo persigue. El pobre Nabi entra en el zaguán. ¡A tiempo se le ha ocurrido volver a tu novio! El diablo los ha hecho tropezarse en la puerta. El señor grita y John lo persigue. (Corre a la puerta). Ya suben. El señor tiene miedo. Mucho miedo. Da voces. ¿No lo oyes? (Fuera se oye un grito de Nabi).
GÜENDOLINE. Esto no es broma, cielo santo.
DONCELLA. Lo ha debido matar.
GÜENDOLINE. ¿Quién a quién? Eso estaba diciendo. Llama a la policía, pero no, no la llames. Vendrán con pistolas. (Se oye otro grito). ¿Quién a quién?
DONCELLA. No la llamaré porque si viene se llevarán a John, al pobre John, que nos ha salvado.
GÜENDOLINE. Creo de todas formas que sería mejor llamarla. Anda.
(Se oye otro grito en la escalera).
DONCELLA. ¿Has oído? Al tercero va la vencida. Llámala tú. Es horrible lo que pasa.
GÜENDOLINE. No, tú.
DONCELLA. Tú eres el ama de la casa. De todas formas, estamos perdidas.
GÜENDOLINE. Nosotras no hemos hecho nada. Una broma inocente.
JOHN. (Entrando con un cuchillo en la mano). Se había escapado otra vez, pero ahora no le valió. Debió de salir del río el maldito. Y volvía como si tal cosa. Abajo quedó, digo, en la escalera, bien muerto. Lo llevaré al río otra vez y juro por los huesos de Mahoma que no volverá a salir. No era niño, sino enano. Enano del circo.
DONCELLA. ¿Muerto?
JOHN. Lo vacié de sangre al maldito. ¡Cómo gritaba!
DONCELLA. Déjalo. No lo lleves al río.
JOHN. ¿Pues adónde? Al circo ya lo llevé antes.
DONCELLA. Déjalo donde está. Digo, en la escalera. ¿No está en la escalera?
JOHN. Allí lo dejé de hocicos en el suelo. Gritaba: es un error, que soy el millonario Smith. Pero a mí con trucos. ¿Dónde se ha visto un millonario enano? Allí estará si no se ha marchado otra vez.
(Güendoline, con el antifaz todavía puesto, se pone a marcar en el teléfono el número de la policía).
DONCELLA. No, no llames. Bueno, sí. En todo caso ¿qué más da? Nos quedamos sin el millonario y sin el ingeniero. ¿Qué más da? Ya es inútil todo.
(John da vueltas sobre sí mismo tarareando una polca mientras cae el telón lentamente).
Acabado de oír su propio recitado, Ignacio se incorporó, alargó el brazo, cogió la pipa, sacó de una lata de tabaco un puñado de doradas hebras, encendió lentamente, lanzó el humo al techo y suspiró. «Poca cosa la comedieta», se dijo.
Luego llamó por teléfono a París, a su amigo Darlbeida, un bohemio argelino también de origen español. No estaba y dejó recado de que lo llamara. Al colgar el teléfono pensó Ignacio: «Darlbeida no me llamará por teléfono, sino que vendrá. Se considera superior a mí el argelino, y al ver que lo llamo querrá venir a hacérmelo sentir. Y a darme un sablazo».
Volvió a pensar otra vez en su comedieta: «Es una broma, pero quizás algún día pueda añadir algo a las bellas letras de mi patria». Ésta le habría parecido a Darlbeida una idea bastarda, porque solía decir que lo primero que tenía que hacer un poeta de talento era tratar de destruir su propia patria. Nada menos.
—Pero ¿por qué? —preguntaba Ignacio, intrigado.
Y Darlbeida no explicaba más. Ignacio desdeñaba al argelino y al mismo tiempo se sentía atraído por la violencia de sus opiniones. Aquella contradicción no se la podía explicar Ignacio, o Iñasssse, como lo llamaba Darlbeida por mimetismo francés. Era Darlbeida musulmán, y como sus antepasados habían sido católicos se le podía considerar un renegado de tercera o cuarta generación. Su nombre quiere decir en árabe Casablanca y se supone que no era genuino sino adoptado. El apellido de sus padres era otro. A Ignacio le parecía Darlbeida una especie de chacal que imitaba a los perros de la urbe.
La debilidad de aquel renegado era el vino. Cuando le recordaba Ignacio que eso iba contra la ley coránica, decía el argelino que Mahoma prohíbe únicamente beber «el jugo fermentado de la uva», pero que la cerveza, el aguardiente y el whisky no se hacen con el zumo de la uva. Por su parte, Darlbeida despreciaba al aburguesado Ignacio, que perdía el tiempo explicando en su clase las combinaciones de pies fonéticos en la poesía griega y latina: anapestos, troqueos, yambos, etc. El argelino se reía de todo eso. De todas las cosas se burlaba el árabe con su acento africano y su mirada torva. Como el cuello de su camisa estaba siempre sucio, sus opiniones parecían menos sólidas.
Le había dicho Ignacio semanas antes que iba a escribir una comedia sobre los cuatro enanitos, y el argelino, que había leído aquel apólogo medieval, le dijo:
—Ese fabliau tiene un tono bobo de caja de música.
Porque el africano entendía de poesía. O creía que entendía. O decía que creía que entendía. A veces convencía a Ignacio, quien le contestó:
—Hay cajas de música que suenan bien.
—Son ejercicios para días de distribución de premios. En este mundo de hoy, al que nos han traído sin contar con nosotros, no tiene sentido ser profesor de liceo, como tú, sino corruptor de menores cuando se pretende escribir algo que valga la pena. Tu obrilla será…
Y escupió sobre el hombro. Era una costumbre sucia de Darlbeida, una manera marroquí de argumentar que en París resultaba comprometida. Dijo Ignacio:
—Todavía no la he escrito ni la has leído.
Al escribirla, Ignacio recordó que la nota disonante en una orquesta es la que mejor se oye y más tiempo se recuerda, y por eso puso en su comedieta dos o tres palabras procaces y había dejado algunos equívocos sugestivos como la botella abierta aludiendo a la virginidad. Estos matices le parecían arriesgados y valientes. Lo de la polca, también.
No sabía, sin embargo, de qué manera ni en qué dirección disonar a veces. No era Ignacio muy intrépido en esa materia. Y pensando en el argelino suspiraba y tiraba de la pipa, que iba llenando de humo bienoliente su estudio. Vivía como huésped en la casa bien cuidada de una familia también de profesores que había estado en Vietnam cuando este país era colonia francesa. Los señores de Maisonnave —así se llamaban— habían sido gente rica, pero perdida en su mayor parte la fortuna se acomodaban a sus posibles. Venían los dos de linaje universitario.
La profesión de Ignacio le venía también de casta. Su padre y su abuelo fueron profesores españoles de instituto. No podía imaginar lo que quería decir Darlbeida cuando hablaba de destruir la patria. ¿Para qué? ¿Es que se puede destruir la patria por razones poéticas? El argelino ponía como ejemplos destructores en España a Rojas en La Celestina, a Cervantes en El Quijote, en Rusia a Gógol, en Inglaterra a Dickens y en Francia a Baudelaire, a Verlaine y a Rimbaud. Pero ellos no pretendían destruir la patria, sino solamente algunas formas convencionales que se oponían a su concepto poético de la patria. Era diferente.
—Odia a la patria —dijo a media voz— porque es renegado.
No se entendían casi nunca el argelino y su amigo Ignacio. Así como Ignacio se sentía algunos días perfectamente y completamente francés —y aun parisiense—, Darlbeida revelaba a primera vista un fuerte exotismo oriental. Resultaba en París un météque genuino y sin atenuantes. En cambio, Ignacio podía pasar por un francés del mediodía.
Pensando en Darlbeida se decía: «Aquí está perdido. Debía volver a Argelia donde podría salvarse por alguna clase de comercio clandestino. Alquilándoles a los exasperados de la curiosidad (con alta comisión) mujeres estupefactas, adolescentes gideanos (de A. Gide), camellos ciegos que deben de ser los más caminadores de desiertos, ancianos budistas amarillos de fiebre y sobre todo fuentes de piedra para hacer los espejismos del Sahara más prometedores».
Darlbeida había dicho un día que se alegraba siempre que moría un amigo suyo sobre todo cuando sentía por él verdadero cariño. Morel creyó que aquello era monstruoso, pero luego pensó que también le sucedía a él. «No debe de ser tan terrible la muerte —pensó— cuando una cosa así —alegrarse de la muerte de un amigo— les sucede a personas honradas como yo. Porque aunque no se forjaba muchas ilusiones consigo mismo, se consideraba honrado. A mi edad todavía lo somos muchos hombres. Más tarde —después de los cuarenta— será difícil».
Es verdad que la experiencia que nos hace cautos —eso dicen— les —da a casi todos una cautela con dosis variables de bellaquería.
A pesar de todo volvía Ignacio a pensar en su comedieta y a gozar con el recuerdo del día en que había sido recitada. Acudieron allí toda clase de ciudadanos bienpensantes. Había también algunos estudiantes, entre ellos uno con granos en la cara y mirada recelosa detrás de gruesas gafas de miope. Cerca de él otro chico que reía constantemente con el menor pretexto y había acusado las pequeñas libertades de expresión de la comedieta con explosiones contenidas de gozo. Lo mismo la taciturnidad del uno que la jovialidad del otro irritaban a Ignacio. ¡Oh, esos jovenzuelos en la edad de los placeres solitarios!, pensaba.
Trataba de recordar en vano los nombres. Sólo recordaba el del chico de los granos: René. Solía llamarlo en broma René Bazin, pero el muchacho no sabía español y se sentía halagado por la broma. Obviamente Ignacio quería llamarlo no Bazin sino bacín. El otro no se daba cuenta.
Tenía el estudio lleno de exámenes sin corregir. Era la parte ardua del oficio y solía esperar hasta la fecha límite. Y menos mal que durante la vacación los estudiantes no le llamaban por teléfono ni le visitaban para molestarle con preguntas y problemas. Porque Ignacio no había aprendido a sacudirse de encima a los estudiantes, y entre ellos los había pesados como tábanos.
La persona a quien recordaba con mayor complacencia —de las que asistieron a la lectura— era Marcelle Saint–Julien. Aquel nombre le parecía distinguido a Ignacio, aunque Marcelle pertenecía sólo a la clase media mercantil. En alguna parte había leído que los apellidos de santos solían llevarlos judíos conversos, pero no había en ella rasgos semíticos y si los hubiera serían en el marido (en relación con el apellido) y no en el natal de ella, que ignoraba el profesor. Aunque ella fuera semita hay una aristocracia judía del saber, del vivir, del poder económico y también de los blasones, a veces mucho más antigua y genuina que la otra. Conocía Ignacio una familia judía en París que recordaba (con documentos a la vista) sesenta y tres generaciones. No había casa coronada en Europa con tanta antigüedad.
Y Marcelle tenía en su reposo natural una distinción de castellana borgoñesa propietaria de grandes viñedos. La recordaba en la sala el día de la lectura. Por cierto que al lado de Marcelle había otra dama que al felicitar a Ignacio lo llamó cher maitre. Así como suena. Más que por él lo hacía aquella señora por sí misma. Porque se sentía sofisticada y amiga de artistas.
Al oír aquella expresión Ignacio no pudo evitar una sonrisa, pero luego le quedó la duda de que Mme. Renoir —así se llamaba ella y lo curioso era que se parecía a la modelo que el pintor del mismo nombre usaba en todos sus desnudos—, le quedó la duda de que aquella señora lo dijera irónicamente. Aunque ¿por qué?
Esta posibilidad le hizo contraer por Mme. Renoir un recelo secreto y amargo.