La atmósfera familiar de Pepe Garcés, cambia. Ya no es la vida fácil de la aldea ni el internado de Reus, seguro y ligero de responsabilidades, sino la ciudad moderna con sus prisas, sus problemas y su tendencia a desestimar al individuo en favor del grupo. Esto no hacía, sin embargo, mucha mella en Pepe Garcés, como verá el que leyere.

De los versos del autor incluyo en este cuaderno tres sonetos al principio y un poema al final, titulado por el mismo autor «Las horas amarillas». Sigue siendo el mismo poeta y se advierte que todos estos versos debieron ser escritos en un período no mayor de dos meses. Por eso mantienen un mismo estado de sensibilidad.

El primer soneto recuerda la fragancia idílica de la aldea y, aunque no se dice expresamente, está dedicado a Valentina:

Hacia el lago de las adolescencias

quiero llevarte para que despierte

bajo el yugo de cándidas presencias

tu vida nueva y mi vieja muerte.

Invertida en el agua quiero verte

y hallar cruzando tus indiferencias,

delfín del llanto en esperar inerte

con las demoras y las inminencias.

Ojos, lagos de nieblas y de preces,

si en la sombra lunar, como otras veces,

el bajel de mi afán la antigua estela

ha perdido, yo quisiera escalar

por niebla y sangre el alto luminar

donde toda memoria se congela.

El segundo parece reflejar el desorden de la sensibilidad de un joven llevado del campo a una ciudad populosa:

Tanta ventana fría, tanta fábula

con apariencias de genuina vida,

decir latino de los incunábula

y alegría de cifra no entendida.

Tanto balcón corrido y facistoles

y tapices en la estación florida

y esa sed de pureza en los faroles

urbanos por la luna desmentida.

Calle adelante y harto de las gentes,

contigo o con ella o con el

que era en los días aún no adolescentes,

sólo encuentro —memorias oferentes—

la puerta con el ramo de laurel

y un lambrequín dorado en el cancel.

El tercero resulta un poco confuso, pero la confusión es, a veces, un elemento lírico:

Fuera de los escolios y del hecho

dejadme estar en la hora reverente

y poner mis dos manos en el pecho

armillado del héroe yacente.

Ángeles los del dolo, centinelas

no podrán editarla omnipresente

libertad y en el halo de las velas

habrá una rara palidez creciente.

Aún después de la vida, madre mía,

nos pedirán aquel estoicismo

que nos condicionaba la alegría

y el mismo será sólo un atavismo

de los lejanos días de la orgía

sin futuro y del epicureísmo.

No sé en verdad qué orgías pudieron ser las de Pepe Garcés, quien de un modo u otro fue siempre fiel a esa noción grave y discretamente ascética que en su tierra aragonesa se tiene de la vida. Tal vez Pepe hablaba de sus orgías interiores, de las fiestas de su alma.

Estando en Reus, su familia se traslada a Zaragoza. He aquí, pues, a Pepe Garcés con el busto esculpido por el lego metido en una cajita de madera volviendo a la moderna y urbana Zaragoza, que habría sido más atractiva si Valentina estuviera en ella.