Por primera vez en mi vida, los hombres me limitan el espacio. No pueden mis pies ir a donde irían ni mis manos hacer lo que querrían. Sin embargo, hay una manera de salir de todo esto. Pero no basta con soñar. Hay que escribir. Si escribo mis recuerdos tengo la impresión de que pongo algo material y mecánico en el recuerdo y en el sueño. Voy a comenzar con la época de mi infancia en la que mis recuerdos aparecen articulados. Seguiré hasta contarlo todo, hasta hoy mismo.

Al cumplir diez años creí haber entrado en la época de las responsabilidades. Me alejé un poco de las peleas callejeras, de las luchas de grupos. Yo tenía el mío en la aldea. Ocho o diez chicos que combatían a mis órdenes. El grupo contrario más encarnizado lo mandaba el Colaso y su más terrible afiliado era Carrasco, que vivía en la casa al lado de la mía. Hacía, sin embargo, tres meses que yo no veía a ninguno de los dos. Este cambio obedecía a mi iniciación en la vida de estudiante y a que mi familia me dificultaba cada día más mi «vida privada». Había que estudiar y ya no se trataba de la escuela primaria sino de graves profesores que vivían en la capital y a quienes habría que presentarse para que establecieran mi capacidad en materias tan arduas como la geometría, la historia y el latín.

Para estudiar tenía que recluirme en casa y este cambio de vida hizo que los detalles de la vida familiar tomaran poco a poco relieve. Mi cuarto estaba en lo más alto de la casa y al lado había dos enormes graneros por los que se podía pasar al tejado del segundo piso. Las puertas de esos graneros estaban cerradas con llave para que los niños no entráramos, pero yo entraba y salía fácilmente volviendo a dejarlas cerradas. Maniobraba en las viejas cerraduras, de manera que aún hoy mismo me sorprende.

Para preparar mis lecciones de geometría solía despertar al amanecer, salir a los graneros y por ellos al tejado. El lugar no era muy a propósito para estudiar y me obligaba a ejercitar el riesgo porque las tejas estaban cubiertas de escarcha y en un plano muy inclinado. La primera vez resbalaron mis botas, caí y fui bajando. Me hubiera matado en las losas de un patio interior de no interponerse una chimenea que estaba frente a la ventana. Desde entonces aprendí a deslizarme sentado sobre dos retejeras hasta la chimenea. Una vez allí, me instalaba confortablemente al sol y abría los libros. Iba leyendo mis lecciones pero estaba atento a los gatos y a los pájaros. Los gatos me fueron conociendo y acabamos siendo grandes amigos. Los pájaros, en cambio, no se familiarizaban, por lo menos en aquella época.

Conocía naturalmente a los gatos de casa y los distinguía muy bien de los vecinos. Había uno de color rojizo a quien nadie quería en la familia. Era víctima de un lugar común que en su caso me parecía completamente injusto. Cuando alguien tenía algo malo que decir de un hombre o una mujer de pelo rojizo, guiñaba el ojo y recordaba: «ni perro ni gato de aquel color». La inquina de mi familia contra aquel animal procedía de ese prejuicio y el pobre lo sufría estoicamente. Dándose cuenta de que yo era el único que lo quería, me rodeaba de atenciones. Solía esperarme en el lugar donde el tejado, uniéndose con otro, caía sobre la vertiente contraria. A los gatos les gustan los lugares altos. Al oír maniobrar en la ventana venía pisando suavemente las tejas por los lugares donde no había escarcha. Yo resbalaba como un muñeco mecánico hasta tropezar con la chimenea y el gato se acercaba, ponía sus patas húmedas en mis libros abiertos señalando una declinación latina, un triángulo y pasando y volviendo a pasar para frotar su lomo contra mi barbilla y su rabo contra mi nariz. Quedaban otros gatos por las inmediaciones mirando al mío con admiración y yo vigilaba sus movimientos. Los llamaba cariñosamente, les mostraba la mano cerrada como si fuera a darles algo y cuando me convencía de que no serían mis amigos sacaba del bolsillo mi tirador de goma y les lanzaba pequeñas granizadas de metralla a veces muy certeras. Entonces se iban, pero sin ninguna alarma.

Desde aquel lugar yo veía la torre del monasterio de Santa Clara, que se alzaba ancha, cuadrada y llena de arabescos mudéjares por encima de las casas intermedias. Entre esa torre y mi atalaya había muchos tejados rojizos, negros, verdosos entre los cuales, a veces, se alzaban las columnitas de un solanar con ropa tendida. Y todos los días, invariablemente, a poco de jugar con el gato se oía el cimbel de la torre que volteaba con una especie de alarma atiplada. «Las monjas salen de sus celdas y van a la capilla», me decía yo. Y aquello era como una advertencia porque el capellán del convento era mi profesor. Se llamaba don Joaquín A. y tenía sus habitaciones al pie mismo de aquella torre. Era un hombre de cincuenta años y de aspecto rudo y melancólico. Mi padre decía que por el accidente que tuvo —se había roto una pierna y cojeaba bastante— había tenido que renunciar a sus ambiciones y recluirse en aquel puesto secundario. Su casa tenía varias habitaciones con puertas de cristales abiertas sobre una terraza cuajada materialmente de flores. La terraza asomaba por un balconcito a la plazuela de Santa Clara y una larga balaustrada ocupaba el costado del atrio del convento. Pavimento, paredes, columnas del portal, escalinata de entrada, todo era de ladrillo que con los años había tomado un color polvoriento. Algunas yerbitas verdeaban en las junturas. En el atrio había una campanita que rompía a gritar en cuanto alguien abría la puerta. El convento era de clausura, lo que quiere decir que las monjas no salían nunca y tampoco en sus recintos entraba nadie y mucho menos seres del sexo opuesto. Durante la mañana, que era cuando yo iba, solía estar todo aquello lleno de sol. En la tarde y sobre todo al oscurecer no hubiera yo dudado de que había fantasmas. El capellán con su aire tosco y melancólico debía entenderse con ellos.

Para ir al convento yo no tenía que salir verdaderamente a la calle. Por lo menos por la puerta principal. Bajaba al patio interior por la escalera descubierta de las cocinas, desde el patio iba a unas caballerizas, siempre vacías (una delicia para nuestros juegos), después, a un corral lleno de gansos y gallinas con los tejadillos poblados de palomas y desde allí, a un callejón pavimentado con anchas losas desiguales que iba a dar precisamente a la plaza de Santa Clara. Por un lado ese callejón —el callejón de las Monjas— estaba flanqueado de casitas muy pequeñas, apiñadas a la buena de Dios con balconcitos de madera carcomida. En una de esas casitas vivía una mujer que se llamaba (como la plaza y el convento). Clara. Era hermana del obispo —mi padre decía que era «prima» para aminorar la ofensa de aquel parentesco—, tenía sus cuarenta y ocho años y recibía de su hermano una pensión mensual que le pagaba mi madre. Toda la familia del obispo dedicó los mejores esfuerzos de su vida a convencer a Clara de que debía entrar en el convento, pero ella se reía de todos y repetía con mucha picardía: «Sí, monja, monja. De las de dos en celda». Se gastaba su pensión en trapos. Sobre todo ropa interior, y estaba siempre con una flor en el pelo. Cuando salía era para comprarse dulces en la confitería y vino en la taberna. Sus ropas exteriores eran muy feas, casi harapientas, y si alguna vecina le decía algo se alzaba la falda y le mostraba sus enaguas almidonadas y llenas de encajes, con orgullo. Cuando venía a casa a cobrar su pensión no pasaba de la puerta, pero los niños acudíamos a mirarla.

Todos los días al pasar yo ante su casa, si era invierno, rezongaba ella desde el balcón:

—Pobrecito, con las piernas moradas de frío. Con lo que me roban a mí ya podrían hacerle pantalones largos.

A veces, en la primavera se le exacerbaba su inquina contra el obispo: «Monja, monja —solía decir—, algún día atraparé a mi hermano donde cantan las perdices». Aquella amenaza contra el obispo me sugería a mí una escena divertida: el pobre obispo, un viejecito, a quien todo el mundo veneraba («un santo», decía mi padre), a golpes con su hermana en un cruce de caminos.

Estaba yo bastante adelantado en latín. Así como aquel era mi primer año en geometría era el tercero de latín, porque mi padre tenía la manía culta de que si no sabía latín no sabría bien nunca castellano. La diferencia consistía en que ahora estudiaba el latín para aprobar, es decir que ahora iba en serio. El profesor era terriblemente intransigente porque quería que «cuando fuera a examinarme supiera más latín que el profesor». Se refería al profesor civil del Instituto. Creía que sólo los curas podían saberlo verdaderamente.

Aquel día estudiábamos la Epístola 114 de Séneca y yo estuve muy torpe. Mosén Joaquín conservaba cierto mal humor cuando pasamos a la geometría. Y allí fue Troya. Como tantas otras veces los gatos tenían la culpa. Sobre el texto abierto se veían aún las huellas húmedas de sus manitas delanteras, como dibujos de trébol.

Al final de la clase mosén Joaquín me dijo: «Si a fin de curso sufres un fracaso, tu padre debe saber que eres tú y no yo el responsable». Cerró los ojos como para una gran determinación y balbuceó: «lo siento». Puso en el pequeño cuadernito de tapas de hule un signo cabalístico. Yo tenía que dejar el cuadernito abierto cada día sobre la mesa en el lugar de mi padre a la hora de comer. Y si habitualmente conocía el significado de las iniciales que el profesor ponía, aquel día no comprendí nada. Había un extraño garabato y un número 20. Muy intrigado llegué a casa. Era ya mediodía, pero no estaba mi padre. Mis hermanos, casi todos menores que yo, correteaban por los pasillos. En la cocina se afanaban las niñeras, las nodrizas, la famosa tía Ignacia que no era tía, pero habiendo visto nacer a mi madre, era tan importante como ella misma. En el comedor, que daba a un ancho patio interior, la mesa se ofrecía deslumbrante de blancura y cristales. Tenía el comedor maderas claras labradas alrededor de una amplia chimenea donde ardían los leños. Correspondía la chimenea justamente al lugar donde se sentaba mi padre y frente a ella se abría un balcón que dejaba verlas galerías de enfrente llenas de sol. Al lado del plato de mi padre se alzaba un sifón envuelto en malla metálica con un dispositivo para producir, con una cápsula de plomo llena de gas carbónico, la soda con la que mezclaba el vino. Aquella cápsula pasaría a ser mía, una vez usada.

Mis hermanos iban llegando. Los pequeños probaban a ponerse ellos solos la servilleta de cintas, para lo cual se la ponían a la espalda, ataban las cintas debajo de la barba y después, ya anudadas, les iban dando vuelta. La tía Ignacia comía con las sirvientas en la cocina y nos asomábamos porque aquel día usaba un enorme cucharón advirtiendo para hacernos reír: «y yo como tengo una boquita como un ángel, con una cucharita de café». Las sirvientas habían comido ya, pero la tía Ignacia solía comer al mismo tiempo que nosotros o después. Su marido no venía a casa casi nunca. Un día que la tía Ignacia discutía con la hornera, llegaron a indignarse tanto que la hornera (que le tenía envidia) le dijo que tenía «cara de carnaval» y la tía Ignacia replicó: «tendré cara de carnaval, pero me casé con el hombre más guapo del pueblo». Desde entonces, el marido de la tía Ignacia me parecía como un ser mítico. «El hombre más guapo del pueblo». Nunca había oído yo hablar de «hombres guapos». Mi hermana mayor que tenía tres años más que yo me confirmó que lo era verdaderamente.

La extraña contraseña de mi cuaderno fue fatal. Sucedió lo que hasta entonces no había podido suceder. El profesor me condenaba a veinte palos. Mi padre, al ver el cuaderno, dispuso que yo no comiera en la mesa con los demás y que subiera a mi cuarto a esperarle. Movía la cabeza con aire desolado. Tenía una gran energía en las cejas, en el ángulo de su nariz, y en el duro bigote recortado. «Tú vas a ser nuestra vergüenza y vilpendio. Pero no lo serás —añadió—, no lo serás, porque yo soy tu padre y no voy a tolerarlo». Yo estaba de pie a su lado, inmóvil. Algunas de mis pequeñas hermanas, sobre todo Maruja que tenía motivos de resentimiento conmigo, me medían con su mirada de una superioridad indecente. «Ah, ya te atraparé —me decía yo, humillado—, ya te atraparé, harpía». Mi padre vacilaba entre poner la cápsula en el sifón y continuar con su reprimenda. «¿Ese ejemplo das a tus hermanos? ¿Esa confianza das a tu padre?». ¿Qué ejemplo podía yo dar a Maruja? Una buena tunda le daría. Mi madre intervenía, piadosa, diciéndome que me marchara a mi cuarto, pero mi padre no había terminado. «¿No se te cae la cara de vergüenza? Pero, no. No tienes vergüenza. Míralo, con qué indiferencia escucha. Eres cínico. Estúpido y cínico. Y cada día lo serás más. Pero yo —y levantó la mano amenazador—, yo sabré evitarlo. Si no lo evito, Dios me pedirá cuentas a mí, y no estoy dispuesto a decirle que fuiste más fuerte y que no pude contigo. Y sabré evitarlo como sea, a cualquier precio». La reprimenda era más dramática que nunca. Yo había decidido no escucharle, pero no me atrevía a marcharme mientras no me lo ordenara. Pensaba en cosas indiferentes. A través de la idea, por ejemplo, de mis trampas de pájaros puestas en el corral, penetraba la voz de mi padre, grave y tozuda: «La miseria de la familia, la vergüenza de todos, una plaza de aprendiz de zapatero si no aprueba en el Instituto». En lugar de cosas indiferentes pensé en otras apasionantes. En Valentina. Yo estaba enamorado de Valentina, la hija menor del notario. Aquella imagen era impenetrable para las palabras de mi padre. Valentina tenía grandes ojos que no le cabían en la cara y sus dos trenzas cortas se levantaban sobre la cabeza, y en el lugar donde se unían, su madre le ponía un pequeño ramillete de flores de trapo, pequeñas, amarillas, verdes, rojas. Y cuando yo le hablaba, ella se ponía sobre un pie y sobre el otro, y a veces se rascaba con el zapato en la otra pierna aunque no tuviera necesidad. Allí se estrellaba verdaderamente mi padre. Su voz sonaba falsa y cuando más grave quería ser, era más artificial y sin sentido.

Como siempre que mi padre me reñía, el gato pelirrojo no tardó en llegar y saltarme al hombro. Mi padre gritaba y el gato ronroneaba pasando de un hombro al otro por el pecho o por la espalda, frotándose contra mi barba y mi occipucio. Maruja seguía haciendo alardes de comer bien para adular a mi padre. Concha ocultaba detrás de su servilleta de persona mayor una risa amistosa provocada por el gato.

Mi madre se levantó, vino a mi lado y me tomó del brazo. Aquello quería decir que la ira de mi padre alcanzaba el clímax. Me llevó fuera y fue subiendo conmigo a mi cuarto. Iba haciéndome recriminaciones pero con acento grave. «Tu padre no está bien de salud, no hay que darle disgustos». Yo, terriblemente ofendido por obligarme a salir de la mesa y humillado por la amenaza de los veinte palos, pensaba: «Mejor. ¿Su salud no es buena? Mejor. Si se muere, mejor. Ojalá se muera y todos seamos pobres y yo tenga que proteger a mi madre. Ya verán entonces quién soy yo». Pero como le contestara a mi madre con frases despreocupadas ella se alarmó:

—Hijo mío —me dijo tomándome completamente en serio— por ahora tu papel en la vida es obedecer.

—¿Obedecer?

—Oh, sí. Has nacido y como has nacido y estás en la vida no hay más remedio que obedecer.

—Ah, pues si lo sé, no nazco.

Yo estaba con la idea fija de los veinte palos. Mi padre quiso liquidar aquella cuenta antes de empezar a comer y dejaba oír sus pasos por las escaleras. Antes de que entrara, mi madre me besó y se fue. Los oí discutir en voz baja en el pasillo. Aquel beso de mi madre me produjo estímulos heroicos. Cerraría la puerta por dentro o me marcharía al tejado a donde mi padre no podía salir a buscarme o quizá me defendería con mi escopeta de aire comprimido. Pero mi padre ya estaba en el cuarto y llevaba en la mano una fusta. Me acogí otra vez al recuerdo de Valentina, pero si ese recuerdo era más fuerte que cualquier ofensa no tenía verdadera eficacia contra los dolores físicos. La idea de ser castigado en mi carne desnuda, con los pantalones bajos, era tan vergonzosa que el recuerdo de Valentina no hacía sino aumentar la humillación. Mi padre comenzó a golpearme con cierta fuerza. Yo aguanté sin pestañear.

—¿Tienes algo que decir? —me preguntó al final.

—Sí, eran veinte palos y no me has dado más que dieciocho.

Mi padre dio un portazo y se fue. Murmuraba entre dientes: «Serás un golfo, pero yo te enderezaré». Cuando me quedé solo sentí unos deseos enormes de ser un golfo. Serlo verdaderamente y justificar todo aquello de modo que mi padre fuera desgraciado por mi culpa y mi madre llorara por los rincones. Esas ideas se esfumaron poco después, cuando oí que se iban todos de paseo y aparecieron mi madre y la tía Ignacia, esta con una bandeja de comida a la que mi madre había añadido como postre, además de la manzana, unos dulces que las monjas de Santa Clara le enviaban a veces. Mi madre me miraba disimuladamente con una curiosidad inquieta. La tía Ignacia bromeaba:

—Aquí le traemos al reo la última voluntad.

Y me contaba un cuento. Los cuentos de la tía Ignacia eran siempre de un humor muy raro que no solía coincidir con la situación. Pero al final, alguien decía una frase muy expresiva que ella repetía imitando los gestos y el acento de tal modo que no había más remedio que reír. Ahora, la alusión a mi situación de reo le sugería un cuento de ahorcados. Mi madre no la oía y yo no oía a mi madre, que suspiraba. Toda mi atención era para la tía Ignacia. «Y entonces le pusieron el corbatín y lo amarraron al poste. Y el condenado advirtió al verdugo: “Rediós, no apriete usted tanto, que me va a ahogar”».

Aquel «rediós» que estaba prohibido en casa, pero que a la tía Ignacia se le toleraba, me hizo soltar la risa. Era como una venganza. La tía Ignacia, desde el fondo de su simplicidad se daba cuenta. Pero la historia no había terminado. El verdugo contestaba al reo: «De eso se trata, señor».

Yo devoraba mi comida. Pero el pobre reo que no podía concebir que lo quisieran matar me daba una pena tremenda. Mi madre me veía comer y suspiraba. Yo le pregunté si podría salir a jugar y ella me dijo que más valía que me quedara en casa y que podría jugar si venían amigos.

—Lo que quiere este —dijo la tía Ignacia— es una cosa que yo me sé.

—¿Qué? —preguntaba yo.

—Es un secreto.

—¿Cómo?

La tía Ignacia ponía una cara de payaso de circo para repetir alzando los hombros y dejando caer las manos sobre sus rodillas.

—Es un secreto… es un secretote.

Yo reía otra vez… Mi madre se marchó, sonriendo también. En cuanto se fue, la tía Ignacia me limpió los labios y me dijo:

—Va a venir Valentina.

Luego me llamó sinvergüenza y me contó otro cuento, también de ahorcados. Cada cuento de la tía Ignacia tenía su título y este se llamaba: «La justicia de Almudébar o que lo pague el que no lo deba». Se trataba de un sastre a quien iban a ahorcar en la plaza de Almudébar por haber hecho una muerte. Cuando estaba ya en el patíbulo le preguntaron si tenía algo que decir y el reo se dirigió al público: «Yo, salvo mi crimen, he sido siempre un buen vecino y amigo de todos y además soy el único sastre del pueblo. Cuando yo no esté, ¿quién va a haceros los trajes tan bien como yo? En cambio, tenéis dos herreros y con uno basta para las necesidades del pueblo». Y la gente empezó a decir que tenía razón y atraparon a uno de los herreros que estaba en la plaza y soltaron al sastre y ahorcaron al herrero.

Yo tampoco podía reírme al final porque me daba pena el herrero. La tía Ignacia terminó:

—Tienes que ser más persona decente, porque si no…

—Si no, ¿qué?

La tía Ignacia, con un aire muy serio, añadió amenazadora:

—Habrá bandeo.

Recordaba la humillación de los palos, aquellos golpes que establecían entre mi padre y yo una relación de reo y verdugo. Y me escocía la piel en el lugar castigado. La tía Ignacia recogió el servicio de comer y se fue. Iba a venir Valentina.

El ropero estaba abierto y dentro colgaban mis ropas. Estaba mi traje de panilla verde, que parecía terciopelo. Era mi traje preferido. Una chaqueta «cazadora» con cuatro bolsillos y cinturón, me llegaba casi a las rodillas dejando ver apenas dos dedos del pantalón. En la sombra parecía negra y asomaba entre las cortas solapas una cadenita de plata que correspondía al reloj. Aunque no me pusiera el traje iba todas las noches a darle cuerda al reloj y a mirar la hora. Descolgué la chaqueta y la puse sobre la cama. El reloj era muy plano y los números de la esfera eran amarillos. Mi hermana mayor dijo que eran de ámbar. La marca la formaban tres iniciales, M. Z. A. (Madrid, Zaragoza, Alicante), y alguien me había convencido de que el horario de los trenes se guiaba por mi reloj. Me gustaba mucho aquel traje, pero tenía una apariencia de fiesta y no había más remedio, si me la ponía, que frotarse las rodillas con agua y jabón, y a veces con un cepillo de hierbas y quizá con piedra pómez. Hice mi aseo lo mejor que pude, me puse calcetines blancos y zapatos de charol, me peiné, poniendo jabón en gran cantidad para aplastar las greñas, consulté la hora y fui bajando.

Ya dije antes que Valentina era morena. Su padre, el notario, se llamaba don Arturo V. Era amigo de mi padre y tenía otra hija dos años mayor que Valentina que se llamaba Pilar, rubia con una belleza como suele ser la belleza standard americana. Los cabellos amarillo claro, la piel blanca y una cierta pasividad en la expresión me la hacían profundamente antipática. Valentina tenía ojos rasgados, la boquita saliente y el óvalo perfecto con un color de piel aceitunado claro. Las dos eran bonitas, cada una en su estilo, pero yo que adoraba a Valentina tenía que odiar naturalmente a Pilar. Las dos tocaban el piano y solían en los días de gala ejecutar a cuatro manos lindas sonatas. Don Arturo era moreno y muy gordo.

Yo quería a Valentina, pero hasta aquella tarde no se lo dije. Afortunadamente, cuando llegó no habían vuelto aún del paseo mis hermanos. Me alegraba yo especialmente de que no estuviera Maruja porque temía que me pusiera en ridículo diciendo que había sido apaleado. Yo estaba atento a los rumores de la escalera. Sabía que Valentina no entraría si no bajaba alguien a recibirla, porque teníamos un mastín feroz atado con una cadena en el patio. Nunca había dado el perro muestras de enemistad con Valentina, pero ella estaba en su derecho teniéndole miedo. Yo bajé dos veces en falso. La primera encontré, sentado en la calle junto al portal, a un mendigo de aire satisfecho con mejillas sonrosadas y barbas y cejas hirsutas y blanquecinas. Sacaba de debajo de su capisayo latas de conservas vacías en las cuales metía cuidadosamente restos de comida. Reconocí en una de las latas algo que yo había dejado en el plato, y sentí una impresión de angustia ligada a un sentimiento de seguridad. Pero aquel mendigo, que no estudiaba latín ni geometría y cuyo padre había muerto ya hacía años, debía ser feliz.

Valentina apareció por fin corriendo calle abajo y al ver que yo estaba en la puerta se detuvo. Siguió andando con una lejana sonrisa, pero de pronto, cambió de parecer y echó a correr de nuevo. Cuando llegó comenzó a hablarme mal de su hermana Pilar. Me dijo que había querido llegar más pronto pero que la obligaron a estudiar el piano. Yo me creí en el caso de mirar el reloj y decirle a Valentina que los números de la esfera eran de ámbar. Aunque ella estaba enterada se creyó también obligada a preguntarme si me lo habían regalado el día de mi primera comunión. Yo le dije que sí y que la cadena era también de plata. Después entramos corriendo. Valentina cada dos pasos avanzaba otros dos sobre un solo pie, con lo cual las florecitas de trapo que llevaba en la cabeza bailaban alegremente. Al llegar junto al perro yo le advertí que no debía tener miedo. Me acerqué al animal que estaba tumbado, me senté en sus costillas, le abrí la boca, metí dentro el puño cerrado y dije:

—Estos perros son muy mansos.

Ella me miraba las rodillas y yo pensaba que había hecho muy bien en lavarlas. Valentina, escaleras arriba, con la respiración alterada por la impaciencia y la fatiga, me contaba que en la sonata de Bertini, su hermana Pilar tocaba demasiado deprisa para que no pudiera seguirla ella y ponerla en evidencia. Yo le pregunté si quería que matara a su hermana, pero Valentina me dijo con mucha gravedad:

—Déjala, más vale que viva y que todos vean lo tonta que es.

Valentina llevaba las dos orejitas descubiertas delante de las trenzas que se doblaban hacia arriba. Su cabello negro se partía en la nuca, exactamente encima del broche de una cadenita de oro de la que colgaba una medalla pequeña como una moneda de céntimo, con la imagen de la Virgen de Sancho Garcés Abarca. Detrás de la medalla estaban grabadas sus iniciales y la fecha del día de la primera comunión. Yo iba a preguntarle si se la habían regalado, pero eran preguntas que nos hacíamos demasiado a menudo y me abstuve. Una de las cosas que molestaban a Valentina era que sus padres llamaran a la hermana con una contracción cariñosa: Pili. En cambio, a ella la llamaban Valentina. Yo dije que aquel mismo día pondría el nombre de Pili a una gata vieja y que toda la familia la llamaría así y cuando aquel nombre se hubiera generalizado, invitaríamos a Pilar a merendar y yo llamaría a la gata para que todos se dieran cuenta. Valentina se reía.

Entrábamos ya por las habitaciones bajas y yo llamaba a Pili a voces. No se sabe por qué razón la gata acudió, lo que colmó nuestra felicidad. Con todo esto nos fuimos a la galería. Por el camino puse mi mano abierta en su oreja y la recorrí como si la dibujara con mi palma. Apretaba y aflojaba al mismo tiempo.

—Eso hace como las caracolas —le dije.

Añadí que las orejas de Pilar crecerían cada día tanto como en los elefantes. Valentina recordó que su madre había dicho un día que tenía las orejas muy bonitas, y luego se creyó obligada a explicarme cómo las lavaba, y de qué modo para secarlas había que usar una toalla siempre ligera porque con las de felpa no se puede.

—¿A quién quieren más, a Pilar o a ti?

Valentina decía que a ella no la quería nadie en su casa. Con aire superior le pregunté si su padre la había azotado alguna vez. Me dijo que no, pero que su madre le había dado buenos cachetes. No me parecía su madre un enemigo digno de mí y me limité a torcer la cabeza y a chascar la lengua. Pero Valentina añadía que no le había hecho daño nunca y que a veces tenía ella misma la culpa porque le gustaba hacerla rabiar. Se vio que estuvo a punto de hacerme a mí la misma pregunta, pero se contuvo porque sin duda le pareció innecesario. Luego soltó a reír. Se burlaba de sí misma:

—¡Qué tonta!

—¿Por qué?

—Iba a preguntarte si te habían azotado a ti.

—¡A mí! ¿Quién iba a golpearme? ¿Por qué?

En aquel momento yo me sentaba con dificultad en el suelo. Dije de pronto a Valentina con demasiado interés:

—Cuando venga Maruja no le hables.

—Ella viene siempre —dijo Valentina— y me levanta el vestido a ver qué llevo por debajo y después me dice lo que a ella le van a poner el domingo.

Yo palidecía de rabia. Levantarle el vestido no se podía hacer o podía hacerse solamente con un riesgo definitivo: ir al infierno por ejemplo. A veces, jugando con Valentina yo veía una parte de sus muslos, pero sabía muy bien que a una niña no se le levanta la falda. En los muslos de Valentina que yo había visto siempre sin querer tropezaba mi mirada con una prenda íntima blanca que tenía pequeñitos encajes y recibía la impresión de que las partes de su cuerpo que no se veían no eran de carne sino de una materia preciosa e inanimada. Desde que tenía el reloj me gustaba pensar que eran de ámbar. Tampoco pude nunca imaginar (ni siquiera había pensado en eso) que Valentina tuviera necesidades físicas como los demás. Bien sabía que a veces se perdía en el cuarto de baño con alguna de mis hermanas, pero el cuarto de baño es para los niños el lugar de las confidencias porque es el único sitio donde se les permite que se cierren por dentro.

Odiaba yo a Maruja pero no había conseguido transmitirle mis odios a Valentina. Al principio aquello me irritaba. Pronto comprendí que Valentina era tan buena que sería incapaz de odiar a nadie nunca. Viendo las cosas despacio ni siquiera odiaba a su hermana Pilar. Iba y venía con sus rositas en la cabeza, sonreía si yo la miraba, se lavaba las orejas cada mañana con un sistema personal. Pero yo la veía hoy de una manera diferente. Me coaccionaba la idea de que me hubieran apaleado. Me humillaba de tal forma ante mí mismo que Valentina crecía, crecía. Y además era seguro que Maruja se lo diría en cuanto llegara. Maruja tenía el don de la perfidia con sus ocho años escasos. Yo había llegado a temer su quisquillosa debilidad.

Pero me habían apaleado. La tarde avanzaba y mis hermanos iban a venir. Lo primero que harían sería preguntarme: «¿Has comido?». Aquello no podría menos de extrañar a Valentina. Después, quizá: «¿No te dejan salir a jugar?». Esto era menos revelador, pero Maruja aprovecharía cualquier oportunidad para ponerme en evidencia. A pesar de mi traje romántico yo me sentía flojo y débil. Para aquellos azotes nadie podía tener sino una compasión fea, animal. Claro es que un padre puede pegar a un hijo, pero yo era una entidad libre en la vida y ningún padre en el mundo podría justificar ponerme la mano encima. Acercándome a Valentina le dije:

—Dicen que soy tu novio.

—¿Tú quieres serlo? —preguntó ella.

—Yo sí. ¿Y tú?

—Yo, no importa. Si tú quieres, ya está. ¿Qué hay que hacer?

—No hablar con mis hermanas. Márchate ahora a tu casa.

—Vendrá a buscarme la doncella a las seis —decía ella sin comprender.

—Yo te acompaño. No quiero que estés con mis hermanas que no dicen más que tonterías. Yo te acompaño.

Me levantaba y la tomaba de la mano. «Si soy tu novia —dijo ella muy seria— tengo que hacer todo lo que tú mandas. Si dices que venga, vengo. Si dices que te bese, te beso».

—No, eso no —dije yo poniéndome terriblemente colorado, pero, dándome cuenta de que aquello había sido estúpido, la besé en la mejilla. Después la tomé de la mano y marchamos hacia la calle.

—Ahora vámonos a tu casa.

Era mi novia y tenía que obedecer pero quería decirme algo y no lo dijo. Le gustaba estar en mi casa conmigo y el hecho de que yo la devolviera a la suya donde dominaba Pilar no se lo explicaba. Cuando estuvimos en la calle, ella a mi lado, yo al de ella, cogidos de la mano, volvimos a sentirnos contentos. No nos habíamos alejado mucho cuando encontramos a Enriqueta, la hija del alcalde. Tenía doce años y yo la odiaba desde el año anterior. Me hice el distraído, pero ella nos miró con un desprecio irónico.

—Si vuelves a ver a Enriqueta —dije a Valentina— no la mires.

—¿Cómo voy a hacerlo? Si la veo es que la he mirado.

Pero ella misma me daba la solución: «La veo desde lejos y ya sé que es ella. Y cuando pase cerca, vuelvo la cara así despacio contra la pared». Lo hacía tan bien que tropezó y casi se cayó. Con el tropezón se le fueron de lado las florecitas del pelo. Yo se las quise arreglar, ella decía que si tuviera un espejo sería mejor, y resignados a que las llevara mal, seguimos andando. Venía en dirección contraria una mujer blanca y redonda, casi sin cejas y con los ojos saltones. Se detuvo, arregló las flores del pelo a Valentina, la llamó «amor mío». Yo la contemplaba no muy satisfecho. Las manos de aquella mujer parecían de caramelo.

—¿Qué me miras, celoso? —me dijo sonriendo.

Seguimos andando y yo oí que ella se detenía detrás a mirarnos y murmuraba ternuras.

Constantemente, yo volvía los ojos hacia Valentina que acusaba mi felicidad mirándome también como el que vuelve de un sueño y sonriendo. La cadenita de oro sobre el cuello moreno parecía que iba a dar calor si la tocaba.

—¿Te gusta Enriqueta? —me preguntó.

—No.

—Pues ya es linda, ya. Ya quisiera yo ser como ella.

Yo le rodeé la cintura con mi brazo y sentí su hombro contra mi pecho. Ella se volvía para mirarme con sonrisas rápidas.

Hubiéramos querido evaporarnos en aquella luz que era de ámbar como los números de mi reloj y sus muslos. Valentina hablaba de sí misma. Quería decir lo que le gustaba comer y añadía que cuando estaba acostada iba su madre a ponerle bien la ropa y ella se hacía la dormida para que la besara y su madre la besaba. Yo, oyendo aquello, no pude menos de besarla en el pelo. Y Valentina seguía hablando. Lo que más le gustaba, cuando volvía a casa después de estar toda la tarde corriendo, saltando, sudando, era quitarse los zapatos y poner el pie desnudo en unas zapatillas viejas que tenía. Recordando aquel placer Valentina cerraba los ojos. «Tengo que probarlo yo», me dije.

Pero el cielo nos enviaba una catástrofe. En una revuelta de la calle aparecía nuestro coche, un armatoste de tiempos de la abuela, lleno de críos. Mi padre en el pescante. Yo quise desviarme con Valentina, pero no había ninguna bocacalle a mano. Además, mi padre me había visto. Y al parar el coche frente a nosotros, Maruja sacó el bracito y señalándome con el dedo, gritó:

—¡Se ha puesto el traje nuevo y el reloj!

Mi padre me preguntó:

—¿Adónde vas?

—A acompañar a Valentina.

Después de un silencio lleno de amenazas mi padre ordenó:

—Vuelve a casa. Y cuando sepas las lecciones de mañana, si quieres salir, me pides permiso a mí.

Estaba yo tan humillado que no sabía qué contestar. Mi padre, decía a Valentina:

—Sube, hija mía.

Maruja demostraba con su impaciencia y sus palabras entrecortadas que tenía muchas cosas que contarle a Valentina.

—Voy a casa —dijo ella, recordando sus deberes de novia. Pero las cosas debían suceder de la peor manera.

—Sube. Te llevaremos a casa.

Y no hubo más remedio. Subió. Yo vi el coche dar la vuelta. Esperé en vano que se rompiera un eje, que el caballo (muy viejo también) se muriera de repente. Pero el coche se perdió otra vez en la vuelta de la calle y yo volví a casa envuelto en sudor frío. Subí las escaleras como un fantasma y me encerré en mi cuarto. Me quité la «cazadora» con una sensación de fracaso. Y me arrojé al lecho. No lloraba, pero mordía la cubierta de la cama hasta desgarrarla. Mi propia respiración daba contra la ropa del lecho y volvía sobre mi cara, abrasándome. Miré arriba. Había un cuadro muy antiguo del Niño Jesús, que se parecía a Maruja. Yo sabía que detrás de aquel cuadro había una especie de nicho con viejos papeles, inscripciones en pergamino, una cartera de piel sin curtir, dos pistoletes antiguos y un puñal que había sido, sin duda, construido con una lima porque conservaba entre los dos filos las estrías del acero. El día que descubrí aquello fue una fecha inolvidable. Conservaba el secreto y aunque no estaba seguro de poderlas usar, el hecho de tener aquellas armas me daba una gran fuerza. Saqué el puñal y lo guardé en el cinto. Luego descendí de la cama. No sabía qué hacer ni adónde ir. Imaginaba a Valentina oyendo las confidencias de Maruja. «Maruja le dirá que me han azotado, y ella me imaginará desnudo, recibiendo los golpes y llorando innoblemente».

Pasé a los graneros. En un rincón había ocho o diez colchones doblados y puestos contra el muro. Yo, que acariciaba en mi cintura el mango del puñal, me lancé sobre los colchones y comencé a apuñalarlos con rabia. Sentir penetrar la hoja del puñal, empujarla más adentro todavía, repetir el golpe, me daba una fresca sensación de justicia. Y así estuve varios minutos. La lana rebosaba por las heridas y algunos vellones salían enganchados en los gavilanes del puñal. Tenía los dientes apretados. Los dedos me hacían daño de tanto oprimir las cachas del arma. No pensaba en nadie.

No quedó un solo colchón sin seis o siete heridas graves. Volví a guardar el puñal en el cinto y miré, sofocado, alrededor. En un rincón estaba la tía Ignacia con una bolsa de alcanfor junto a un montón de mantas. Me miraba sin pestañear.

—Dios mío —dijo—. Sale a su bisabuelo materno, que se jugó la mujer a las cartas.

Me asomé a la ventana del tejado y salí a cuatro manos hasta ir a instalarme al lado de la chimenea. Había un cielo tierno, con nubecillas rosa rizadas. Volví a entrar y me fui a mi cuarto. Al pasar por el desván vi a la tía Ignacia revisando los destrozos en los colchones y yo le dije:

—Ojo con acusar a nadie, ¿eh?

—Ah, Santa Virgen, enseñarme a mí el cuchillo. A mí que le he cambiado mil veces los pañales.

No le enseñé cuchillo ninguno, pero ella debió ver el puñal en mi cinto y lo relacionó con mi voz amenazadora. Todo aquello me pareció muy extraño. Me metí en mi cuarto. Pasé revista a mi arsenal. La escopeta de aire comprimido, la linterna eléctrica de bolsillo, dos trompos, una caja de lápices de colores. Bah, de todo aquello sólo me interesaba la escopeta y la linterna. Y pensaba en Valentina y en Maruja. Quizá la tonta de Maruja que nunca escuchaba lo que le decían y que a veces, cuando la otra hablaba demasiado, comenzaba a gimotear y decía: «cállate, que ahora voy a hablar yo», quizás esa tonta hablaba más que nunca, porque Valentina no era demasiado habladora, por deferencia con las cuñadas. Imaginaba una venganza adecuada, pero todas tenían un reverso halagüeño para ella. Si la mataba le harían un entierro como otro que vi una vez. Caja blanca llena de cristalitos, con ocho grandes cintas colgando. Señores vestidos de negro y saludando por turno. Y todas las campanas del pueblo tocando. No. Era demasiado. Además, quizá fuera al cielo. Después de grandes dudas decidí encerrarla con una oca en la cochera. Una oca feroz que era lo que más temía en el mundo. Ella chillaría como una grulla. Encontré en mi arsenal, también, cuatro pequeños petardos que metí en mi bolsillo. Y bajé al corral. Antes pasé junto a mi cuarto cerrado con llave, al que mi padre llamaba pomposamente biblioteca y donde había montones de revistas, de periódicos sin abrir (con la faja puesta) y colecciones de El Museo de las Familias, encuadernado por años. Este Museo de las Familias era una revista de gran formato, de mediados del siglo XIX, llena de grabados. También había algunas docenas de libros. No nos dejaban entrar allí, pero yo tenía mi llave falsa escondida en el nicho, detrás del cuadro.

En el corral, la oca feroz vino hacia mí con la cabeza baja y las alas entreabiertas. Lo hacía con todo el que veía, pero cuando estaba cerca, según de quien se tratara, cambiaba de parecer y se retiraba vergonzosamente o atacaba. Al reconocerme a mí, alzó de nuevo el cuello, plegó sus alas y se fue, disimulando. Vi que estaba en forma y me fui hacia el palomar. Las palomas armaban en la mañana, al amanecer, un rumor de huracán con sus arrullos. Yo tomé maíz de un saco que había en la cochera y en cuanto me vieron se posaron en mis hombros, en mi cabeza, en mis manos, y al acabarse el maíz e ir a buscar más, me seguían en bandadas. Allí me estuve toda la tarde, hasta que regresó el coche. Entonces volví otra vez a mi cuarto, pero al asomarme al comedor vi que Maruja estaba frente a la chimenea calentándose las piernas. «Es inútil —me dije—, si le pregunto no me contestará y si la amenazo llamará a gritos a mi madre». Con la angustia de no poder averiguar nada por el momento me fui al tejado y arrojé uno por uno mis petardos a la chimenea. Pero me equivoqué y los arrojé por la de la cocina. Me di cuenta al oír abajo las explosiones y el escándalo de las sirvientas. Todavía no han podido comprender a estas fechas qué fue aquello, aunque la tía Ignacia, cuando la cocinera hablaba del diablo, sacudía la cabeza y decía: «Sí, sí. Un diablo que ha salido al bisabuelo materno».

Padre iba y venía con el periódico plegado y fajado en la mano, lamentándose: «en esta casa nadie lee nunca». Pero acababa por subir a la biblioteca, dejar el periódico en un montón con otros muchos y revisar en una caja de cinc si el tabaco de pipa, que solía mezclar con ron o coñac, estaba ya seco. Yo había pasado por aquel lugar antes que él y me había llevado a mi cuarto un tomo de versos de Bécquer. Leí al azar y no conseguía hallar ninguno a propósito para Valentina. Además no tenía sosiego para nada. ¿Qué había dicho Maruja a Valentina? Dejé el libro y aprovechando que mi padre seguía en la biblioteca, me fui al encuentro de mi hermana. Cuando me vio se puso a gritar:

—Mamá.

—Calla que no te hago nada. ¿Qué has hablado con Valentina? Yo sabía que las otras hermanas no le habrían dicho nada. Maruja alzó la cabeza:

—La verdad, le he dicho, que eres un presumido. Yo avanzaba con las de Caín.

—¿Y qué más?

—¡Mamá!

Llegaba mi madre y yo me fui otra vez a mi cuarto y volví a hojear el libro de Bécquer. «Volverán las oscuras golondrinas / de mi balcón los nidos a colgar». O aquel otro: «Por un beso yo no sé /qué daría por un beso». Y pensaba: «Mi novia me quiere más que a Bécquer la suya, porque Valentina me deja que la bese y hasta me ha dicho que me besaría ella si yo se lo mandaba». Me puse a copiar un poema corto que hablaba de «rumor de besos y batir de alas» y cuyo último verso decía: «Es el amor que pasa». Y después otro que terminaba también así: «Hoy la he visto, la he visto y me ha mirado / hoy creo en Dios». Pero cuando los hube copiado todos los dejé en mi mesita de trabajo, abrí el cajón, saqué un cuaderno de declinaciones latinas y escribí arriba con grandes caracteres: «LA UNIVERSIADA».

Me puse a pasear con objeto de ir hallando versos para La Universiada. De pronto se abrió la puerta y entró mi padre:

—¿Es así como estudias?

Se fue a mis libros. Lo primero que vio fue el cuaderno de La Universiada. Luego los versos de Bécquer. Como el libro lo había escondido, creyó quizá que aquellos poemas eran míos y me miró como si yo llevara un cuerno en la frente.

—Oh —dijo—, sólo esto nos faltaba.

Se marchó con los versos y el cuaderno, suspirando, sin golpear ya la puerta. Poco después vino a hurtadillas mi hermana mayor y yo le pregunté afanosamente lo sucedido con Valentina. Mi hermana me admiraba mucho porque viviendo en el último piso no tenía miedo. Me imaginaba allí estudiando de noche y no comprendía mi valor. Ella estudiaba también historia y solía hacerlo en el comedor, pero así y todo, si no había otras personas en la habitación y de pronto en el texto se hablaba de la muerte de un rey, cerraba el libro de golpe y salía corriendo hasta encontrar a alguien.

—¿Qué pasa? —le preguntaban.

—Nada —decía un poco avergonzada—. Es que se ha muerto Carlos V.

Aunque iba siendo mayor, esos miedos no los perdía. Ahora estaba delante de mí y yo la acuciaba con mis preguntas. Le extrañaba mi ansiedad y me aseguró que Maruja no había hablado dos palabras con ella porque se dedicó a acaparar a mi padre y a demostrarle a ella, por todos los medios, que aquel señor que llevaba el carricoche y que le hablaba con mimo, era el padre suyo y no el de Valentina. Para remate de pleito mi padre le había acariciado la mejilla a Valentina, lo que determinó que Maruja no le dirigiera ya a ella la palabra en todo el camino.

Yo agradecí aquello de tal forma que decidí inmediatamente estudiar. Mi padre se había ido, con los versos, en la más grande desesperación: «Oh —suspiraba—, ¡un poeta!». Cuando se convenció por mi madre de que eran copias se mostró más tranquilo y volvió a subir a mi cuarto. Era ya de noche. Salí al tejado con mi linterna eléctrica encendida. Me senté contra la chimenea, abrí un pequeño libro de geografía astronómica y comencé a leer y a mirar el cielo: «Las tres Marías, la Osa Mayor, las Cabrillas, la Osa Menor. La Estrella Polar. Y algunos de los planetas solares. Todos, no. Los que faltaban debían estar en el lado de la tierra donde era de día». Esa parte de la Geografía era de estudio no obligatorio, era voluntaria. Al saberlo yo le tomé una gran afición. Era lo único del curso que me interesaba.

Mi padre no me encontró en mi cuarto. Me buscó en vano por toda la casa. Por fin, me descubrieron en el tejado. «Para la astronomía es bueno poder consultar el cielo», decía yo. «Pero ese texto no es obligatorio, según dice el profesor». Yo no podía decirle que por eso mismo me interesaba tanto. Mi padre se marchó y le oí decir:

—Hay que tomar una determinación.

Al día siguiente, supe bien mis lecciones. En vista de eso, el profesor me llevó al cuarto de al lado y me enseñó unos pedruscos con espinas de peces grabadas.

—Estos son fósiles —me dijo.

Aquello revelaba que la tarde anterior había hecho una excursión. Estuvo explicándome, pero se dio cuenta de que eran para mí curiosidades prematuras y lo dejó diciendo: «Tengo ganas de que estudiemos historia natural». Mientras hablaba me miraba de reojo tratando de averiguar si había hecho mucha mella el castigo del día anterior. Mosén Joaquín era amigo mío y me trataba de igual a igual. Cuando averigüé, por indicios, que ponía una especie de orgullo personal en el hecho de que yo obtuviera buenas calificaciones, me di cuenta de que él necesitaba de mí y tomé una actitud casi protectora. Este fue el secreto de que desde entonces supiera más o menos mis lecciones y no fuera a clase sin haberlas leído por lo menos.

Cuando las relaciones con mi padre mejoraban, toda la familia parecía sentir un gran alivio. Mi madre, mis hermanos, la tía Ignacia. Mis hermanos charlaban por los codos en la mesa y si me ponía a hablar yo, se callaban. La única que parecía terriblemente ofendida con mi nueva situación era Maruja, que no podía tolerar que mi padre se dirigiera a mí sonriendo.

Valentina venía a menudo. Yo no podía ir a su casa con la misma frecuencia porque si su madre me quería su padre, en cambio, me tenía una gran antipatía. Sabía que yo había dicho algo contra él en mi casa y que todos habían reído. Yo no podía perdonarle a don Arturo que fuera el padre de Valentina. Lo zahería terriblemente. Había publicado un libro titulado: El amor. Ensayo para un análisis psicológico. Era su tesis de doctorado y había enviado a mi padre dos ejemplares, uno dedicado: «A don J. G. este libro de rancias ideas con un abrazo del Autor». Mi padre decía que era un libro muy bueno, pero cuando mi madre le preguntaba si lo había leído contestaba con vaguedades e insistía en que el libro era muy bueno. Yo estaba un día en el segundo corral, donde la tía Ignacia se entretenía a veces con los conejos y las cabras (teníamos tres de raza murciana), y trataba en vano de penetrar algunos conceptos de don Arturo abriendo las páginas aquí y allá. En un descuido las cabras lo despedazaron y se lo comieron. Afortunadamente no era un ejemplar dedicado. Días después cuando mi padre dijo en la mesa que era un libro francamente bueno yo afirmé y mi madre me miró extraña. Ya se alegraba Maruja del aire de reprimenda que iba tomando el asunto cuando yo dije muy serio: «Por lo menos para las cabras». Conté lo sucedido y mi padre dudaba entre la risa y la indignación. Yo se lo dije a Valentina, ella se lo contó a su madre y la noticia llegó a don Arturo. Trataron de tomarlo a broma, pero don Arturo no me perdonaba.

Mis amores con Valentina seguían su curso. Yo le di uno por uno los poemas que volví a copiar de Bécquer. Ella no tenía poetas amorosos en su casa, pero al sacar las hojas de los calendarios, a veces, había detrás frases de hombres célebres. O pequeñitos poemas de autores conocidos o anónimos, a veces muy eróticos:

Entre tus brazos, dulces cadenas,

el amor canta su himno letal.

Siempre que Valentina encontraba la palabra «amor» copiaba cuidadosamente el poema y lo metía en el bolsillo de su vestido para dármelo. Otro día era de un poeta moderno que decía poco más o menos: «Cuando te conocí y te amé sentí una espina en el corazón. El dolor de esa espina no me dejaba vivir ni me acababa de matar. Un día arranqué la espina. Pero ahora —¡ay!— ya no siento el corazón. Ojalá pudiera sentirlo otra vez, aunque tuviera la espina clavada». Y, como es natural, me emocionaba mucho y volvía al libro de Bécquer. Así transcurrían las semanas.

Mi padre, que me había prohibido salir al tejado, en vista de que no estudiaba si no era sentado contra la chimenea, decidió autorizarme, o por lo menos hacerse el desentendido. Y ahora salía con unos gemelos de campo que saqué de la biblioteca y con los cuales alcanzaba los tejados de la casa de Valentina. Cuando se lo dije decidió salir al tejado con los gemelos de su padre y acordé hacer un código de señales para hablar con ella en los días en que por alguna razón no podíamos estar juntos. Dibujé yo en una cartulina todas las figuras posibles con piernas y brazos hasta obtener el alfabeto. Además, había algunas actitudes que querían decir frases enteras. Los brazos en alto con las manos abiertas agitando los dedos quería decir: «He soñado contigo». Los brazos en cruz y las piernas abiertas era: «Pilar es imbécil». Yo sabía que esa actitud se iba a repetir mucho. Un brazo doblado con la mano en la cintura y el otro levantado sobre la cabeza era: «Iré a tu casa». Hice una copia exacta para mí y añadí una actitud que ella no usaría y que quería decir: «Rediós». Eso me parecía indispensable en mi papel viril.

Nuestro primer diálogo determinó que yo llegase a clase con hora y media de retraso. El profesor me advirtió que aquello no podía repetirse. Al salir el sol el día siguiente, Valentina y yo estábamos sobre el tejado. Ella me dio una noticia sensacional. Había llegado su primo. Yo contesté con el gesto de «rediós» y me puse muy elocuente, mientras los gatos aguzaban sus orejas mirándome sin saber si debían huir y las palomas describían anchos círculos con el sol irisado en sus alas. Yo tenía que ver inmediatamente al primo de Valentina, saber cómo era y cuánto tiempo iba a estar. Tenía los mismos años que yo y vivía en un pueblo próximo.

Mis lecciones fueron una verdadera catástrofe y aunque menos que el día anterior, también llegué tarde. El calendario avanzaba y se aproximaba la primavera, y con ella, los exámenes. Mis danzas en el tejado habían sido, quizá, observadas por la tía Ignacia y aunque no me había dicho nada yo veía el espanto reflejado en sus ojos y en la manera de tartamudear cuando le hablaba. El profesor se dio cuenta de que algo extraordinario me sucedía y me dijo que no quería mentir ni tampoco perjudicarme. Se abstuvo de anotar nada en el cuaderno. Yo le dejé como siempre en la mesa y mi padre se confundió creyendo que mis calificaciones eran las que, benévolamente, me había puesto el día anterior. Agradecido a mosén Joaquín, estudié un poco y corrí después a encontrar al primo de Valentina. Con objeto de hacerle impresión, guardé en mi cinto uno de los pistoletes. Valentina me esperaba por los alrededores de su casa y llamó a su primo. Era un muchacho con pantalones de golf y un chaleco elástico. Llevaba unas gafas muy gruesas y era un poco más alto que yo. Su piel blanca parecía azul en la sombra. Finalmente estaba muy bien peinado. Nos quedamos los dos a distancia, sin decirnos nada. Valentina me decía señalándolo: «Este es mi primo». Seguimos mirándonos en silencio y el primo balbuceó por fin, señalándome con el mentón:

—Este quiere reñir.

Valentina le aseguró que no. El chico seguía mirándome escamado. Yo le pregunté cómo se llamaba.

—Julián Azcona.

—¿Pariente del diputado?

Valentina contestó por él diciendo que sí. Su padre era un diputado liberal de quien hablaba muy mal mi padre. Yo le dije con palabras oídas en mi casa:

—Eres el hijo de un político nefasto.

Repitió retrocediendo:

—Este quiere reñir.

—Reconoce que eres el hijo de un político nefasto.

El chico dio otro paso atrás y afirmó. No sabía en realidad qué quería decir «nefasto». Valentina lo tranquilizó.

—Venía para que jugáramos los tres.

Por uno de los costados de la casa se alzaba una colina. Antes de ir hacia allí el primo dijo que iba a buscar su escopeta y volvió con una de salón que era el sueño dorado de mi infancia. Sin dejármela tocar, me dijo.

—Esta es de pólvora y dispara verdaderas balas. Yo sé que la tuya es de aire comprimido. Me lo ha dicho Valentina.

Yo le dije que no era mía, sino de mis hermanos pequeños, y con una indolencia muy natural saqué el pistolete de la cintura. El primo disimuló su sorpresa.

—Si yo cargo esto con pólvora mato a un caballo.

El primo consultaba a Valentina que afirmaba muy segura:

—Y un elefante.

Yo, con la mirada puesta en su escopeta, añadí:

—Y hago retroceder a un ejército. O por lo menos —concedí— lo detengo hasta que lleguen refuerzos.

El primo movía la cabeza, chasqueando la lengua:

—No, eso no lo creo.

—¿Que no? Me pongo en un puente muy estrecho donde no pueden pasar más que de uno en uno. Y dime tú qué es lo que sucede.

El primo miraba a Valentina que afirmaba muy seria con la cabeza.

—Y el puente, ¿dónde está? Porque no lo hay siempre, un puente.

Íbamos andando, pero nos detuvimos. Se adelantó el primo a hablar:

—Esta —dijo con cierta satisfacción señalando a Valentina— es mi prima.

Pisando su última palabra contesté:

—Y mi novia. Más es una novia que una prima.

El primo la miró una vez más, y una vez más, ella dijo que sí.

Entonces sonrió beatíficamente el primo y dijo:

—¡Qué tontería!

Valentina me cogió la mano. Pero todavía el primo tenía una cierta prestancia con aquella escopeta.

—¿Qué carga lleva? —le pregunté.

—Cartuchos.

Yo solté a reír y añadí acercándome de tal modo a su cara que mi respiración le empañó las gafas:

—¡Quiero decir, qué calibre!

El primo se puso colorado. «Ni siquiera sabe lo que es el calibre», le dije a Valentina. Seguíamos andando. El primo parecía tan confuso y tan incapaz de cualquier reacción como yo había creído. Transcurrido un largo espacio volvió a hablar de su escopeta. Se le veía agarrarse a aquella arma como al último reducto de su dignidad.

—Aunque a ti no te guste, la verdad es que esta escopeta lleva pólvora y bala, y si se le tira a una persona le entra en la carne y la mata.

Otra vez me reí y Valentina me secundó, aunque se veía que no comprendía la razón de mis risas.

—¿Está cargada? —le pregunté al primo.

—Sí.

—A ver la bala.

El primo sacó una del bolsillo y me la enseñó en la mano.

—Esto no es bala. Esto se llama balín.

—Con esto mataron —argumentó el primo— a un perro que tenía sarna.

Eché mano a su escopeta, pero él la atenazó, dispuesto a resistir furiosamente.

—No llores —le dije—, que no te la voy a quitar. Sólo quiero que veas que me río de tu escopeta.

Con el pulgar de mi mano izquierda tapé el cañón.

—Anda, tira.

El primo, con los ojos redondos miraba a Valentina y a mí sin comprender.

—No tiro, porque si tirara te volaría el dedo.

Llevé tranquilamente mi mano derecha al disparador y apreté el gatillo. Sonó el disparo y yo sentí en la mano un fuerte empujón hacia arriba y la mostré abierta al primo. No había el menor signo de lesión. Valentina estaba con la mano cerrada en sus labios, tratando de morderse el dedo índice. Mi amigo miraba mi mano sin comprender. Pero inesperadamente, la piel del pulpejo del dedo pulgar se abrió en una especie de estrella y comenzó a sangrar. Eran gruesas gotas que resbalaban por un costado y caían una tras otra, a tierra.

Yo frotaba mi índice con el pulgar sonriendo.

—¿Ves? Una picadura de mosquito. ¿Me ha volado la mano, Valentina?

El propietario de la escopeta estaba asustado y quería volver a casa.

—Ya has visto tú que no he sido yo —dijo a Valentina.

El balín debió haberse alojado contra el hueso de la falange, porque no había orificio de salida. Comenzaba a sentir un dolor sordo que no estaba localizado en la herida sino que abarcaba toda la mano. Pero la carita morena de Valentina, indecisa entre la risa y el llanto, me hacía olvidarlo todo.

Pensaba andando en dirección a la casa: «Ahora, después de lo sucedido, ya no me importaría que Valentina supiera lo de los azotes». Llevaba el dedo doblado hacia la palma de la mano y esta cerrada para protegerlo. Sentía a veces correr entre los dedos la gota de sangre, que al enfriarse se hacía más perceptible. El primo no había vuelto a desplegar los labios. Cuando llegamos frente a la casa dijo que tenía que hacer algo y se marchó, no sin que yo le advirtiera antes que si decía lo que había sucedido le acusaría a él de haberme herido con su escopeta y le encerrarían en la cárcel. Juró guardar el secreto, y después de aceptar otra vez que era el hijo de un político nefasto, desapareció por la puerta de la cochera.

—¿A los primos se les besa? —pregunté yo.

—Sólo cuando vienen y cuando se marchan.

Me molestaba la idea de que aquel chico viviera dos días en su casa. Valentina me preguntó:

—¿Te duele la mano?

Yo la mostré, ensangrentada desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Valentina se espantó, pero viéndome sonreír a mí, sonreía también.

Al llegar a mi casa fuimos al cuarto de baño. La tía Ignacia vigilaba que no hubiera nunca juntos en el baño un niño y una niña, pero esta vez no dijo nada. Valentina encontró algodón y comenzó a lavarme la mano. Yo dije que había un frasco de agua de colonia y que era mejor. Valentina no vaciló en aplicar un algodón a la herida y yo sentí, de pronto, que aquello me abrasaba. Me mordía el labio mientras mi frente se cubría de sudor y la punta de mi dedo pulgar ardía como una antorcha. Valentina acababa de lavarme la mano.

—¿Te duele mucho?

—Sí —dije apretando los dientes—, pero no importa porque es por ti.

Valentina no comprendía, ni yo estaba seguro de comprender mejor, pero ella no dudaba de que lo que yo decía fuera cierto.

—Ahora ya está.

Yo me levanté —me había sentado en el borde de la pila de baño— y advertí: «No lo digas a nadie». Valentina comprendía que los resultados de las travesuras, aunque fueran sangrientos, había que conservarlos en secreto para ahorrarse molestias. Ella no sabía qué hacer. Se ponía las manitas a la espalda, las cruzaba delante, se apoyaba en un pie y en otro sin dejar de mirarme a los ojos, como si quisiera decir muchas cosas y no supiera por dónde comenzar.

—¿Sufres por mí? —dijo al fin.

Y recordando una expresión religiosa le dije que el sufrimiento nos hacía dignos de alcanzar la gloria y otras muchas cosas. Valentina lo oía todo embelesada. Ni ella ni yo hablamos ya del primo. El dolor de mi herida —el balín lo notaba yo contra el hueso de mi falange a medida que se enfriaba— nos llevaba a otro plano. Yo saqué mi pañuelo del bolsillo, muy sucio y arrastrado. Ella buscó el suyo, que estaba más limpio. Y me lo puso arrollado al dedo. Yo mismo lo sostenía con la mano entreabierta. Ella me preguntaba si estaba mejor.

—Sí, mucho —dije yo gravemente, y añadí—: Pero, además, me queda libre todavía la mano derecha, que es la importante.

La mostraba en el aire, ilesa. Tomaba con ella el pistolete y explicaba cómo si venía el enemigo por la derecha apuntaba así o de otra forma si llegaba por la izquierda, de modo que la herida de la otra mano no me invalidaba en absoluto. Luego salimos.

Nadie reparaba en mi mano, que yo mantenía en una actitud natural, oculto el dedo discretamente. Valentina no se separaba un momento de mí, con la idea de alcanzar las cosas que yo deseaba, de suplir con sus manitas la mía inservible. Maruja nos miraba muy extrañada, dándose cuenta de que algo nuevo había entre nosotros. Mi hermana mayor, Concha, venía como siempre, protectora:

—Papá está muy disgustado. Ha preguntado varias veces dónde estabas. Lo mejor sería que te fueras a estudiar.

—¿Disgustado? —Y alzándome de hombros dije—: ¡Bah!

Mi hermana movió la cabeza con lástima y se fue. En otro desván del primer piso —mi casa estaba llena de desvanes— comenzaban a hacer teatro con los muñecos y el pequeño escenario de cartón. Fuimos allá, pero nosotros preferíamos otro teatro de donde éramos actores. Hacíamos obras improvisadas y aquel día el protagonista era un sillón, pero el sillón era yo. Me sentaba en un taburete con las piernas dobladas en ángulo recto, los brazos extendidos en el aire, encima me ponían una sábana con la que me cubrían por completo. Mi cabeza y mis hombros eran el respaldo del sillón, mis brazos extendidos en el aire eran los soportes laterales y mis muslos y rodillas, el asiento. Yo permanecía así, en silencio. Los otros perseguían por diversos delitos a un criminal.

Cuando el criminal se consideraba más seguro, venía tranquilamente a sentarse en el sillón y yo iba cerrando los brazos lenta, pero implacablemente, hasta atenazarlo por la cintura. El criminal había caído en la trampa y en vano gritaba. Cuando se daba cuenta de que todo intento de fuga sería inútil, comenzaba el interrogatorio. La próxima iba a ser Valentina. Me gustaba que viniera Valentina a mis rodillas, y tenerla abrazada.

Tardaron mucho en encontrarla porque tuvo la buena idea de esconderse bajo la sábana, a mi lado. Había venido solamente a preguntarme si sufría y a ver cómo estaba mi vendaje. Yo la retuve diciéndole que allí no la encontrarían, y ella se dobló sobre mis rodillas. Había que dar un pequeño chillido para orientar a sus perseguidores cada vez que estos preguntaban dónde estaba. Por fin la atraparon y acordaron todos que en aquel lugar no podía esconderse nadie, porque entonces la víctima conocía ya el misterio del sillón, y si sabía lo que iba a suceder, no se sentaría.

Se discutía terriblemente. Pero la criada que solía venir a buscar a Valentina estaba en la puerta. Era una mujer grande y brutal, con vello en el labio superior y un aire reposado.

—No puedo aguardar, porque ya es tarde —dijo.

Y después añadió:

—Y mañana es domingo.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Que tengo que madrugar para ir a ver a mi esposario.

Todos los domingos iba a ver a su «esposario» —así llamaba a su novio, que estaba en otro pueblo, a veinte kilómetros del nuestro— y debía madrugar. Los sábados repetía aquello a todo el que quería escucharla.

—Joaquina —le preguntaba yo—, ¿cómo se llama tu esposario?

—Por mal nombre, «el Lagarto» —decía ella muy seria.

Acompañé a Valentina hasta la calle. El patio tenía encendida la linterna mural, que proyectaba dos grandes conos de sombra en la pared. El perro dormitaba al pie de la escalera. Levantó la cabeza con ruido de cadenas y comenzó a gruñir porque en la noche era mucho más feroz, pero al reconocerme se calló y movió la cola. Yo me acerqué:

—León, trae la pata.

No me la daba. Yo me sentaba en su costillar y León no me daba la pata, atento a oler algo nuevo en mi cuerpo.

Probablemente la sangre de mi mano. Buscaba y buscaba cuidadoso y alerta, con una de las orejas a medio enderezar. Por fin encontró la mano y me lamió. Se daba cuenta de que yo iba herido.

Seguía lamiendo el dorso de mi mano con su grande lengua. Valentina llegó, aunque desde lejos, a tocarle la punta del rabo.

Al despedirnos, le dije a Valentina al oído que si comía nueve aceitunas antes de acostarse y bebía un vaso de agua soñaría conmigo. Yo lo haría también para soñar con ella.

Aquella noche no hubo que estudiar, pero al día siguiente, habiendo soñado con Valentina (no recordaba el sueño, pero me había dejado un sabor de fiesta, como el del día del santo de mi padre) salí al tejado, con mi código de señales en una mano y los gemelos en la otra. Estuve danzando más de una hora y atendiendo a las danzas de Valentina. Tres veces se puso una mano en la cintura y alzó la otra en el aire. Iba a venir. Yo le dije que iríamos a misa al convento, y que si ella iba estaríamos juntos. Sabíamos ya de memoria las figuras de nuestro código y las hacíamos deprisa, en una graciosa sucesión. Los gatos me miraban más espantados que nunca y ni siquiera el pelirrojo se atrevía a acercarse.

Mi mano seguía igual. Yo no pensaba en ella. La hemorragia había desaparecido y el dedo se me inflamaba deprisa. El pañolito de Valentina que antes me daba tres vueltas, ahora sólo me daba dos. Me dolía menos; pero si corría o hacía algún esfuerzo, sentía pulsaciones dolorosas. Sólo me preocupaba de él para ocultarlo.

Valentina y su madre vinieron a misa al convento y Pilar y su padre fueron más tarde a la parroquia. En la iglesia hablamos. Ella llevaba encima de sus florecitas verdes y blancas un pequeño velito negro, que se echó detrás de la oreja para oírme mejor —yo le hablaba en voz muy baja— y también quizá para mostrarme la oreja que estaba muy bien lavada siempre.

Pero —¡ay!— las cosas habían cambiado. Los padres de su primo iban a pasar el día en su casa para llevarse al muchacho al oscurecer, la criada no estaba para venir a buscarla a mi casa y su madre no la dejaría salir. Valentina, en cambio, me contaba el sueño que había tenido con las aceitunas y el vaso de agua. Mi mano estaba ya curada y yo iba a su casa y mataba a su primo, y el mismo padre del primo decía después: «Está bien muerto, porque era tan tonto como un pato». El primo tenía algo de pato y yo rompí a reír. En aquel momento mosén Joaquín (que era quien decía la misa) se volvía a decir dominus vobiscum y me miró con intención. La madre, que se inquietaba con nuestros cuchicheos, nos hizo callar. Al alzar la hostia las campanitas sonaban como cristal. Mosén Joaquín, grave y concentrado, alzaba la sagrada forma. Valentina ponía todo el aire contrito y devoto que su madre le había enseñado, pero me miraba a hurtadillas, y yo abría mi devocionario, buscando. No tardaba en encontrar varios renglones donde se repetía la palabra mágica: «Amor». Y leía haciéndome oír de Valentina:

—El corazón rebosante de amor busca un camino seguro, y en vano el amor le señala una ruta y otra ruta, y el corazón va ciego, ardiendo de ilusión e impaciencia, hasta encontraros a Vos.

Valentina buscaba en su librito blanco, que tenía broches dorados, y encontraba:

—Señor, Dios de los Ejércitos, vedme esclava a vuestros pies, hablando con vuestra voz y esperando vuestra mirada.

Aquello sonaba muy bien. Valentina me daba con el codo y me explicaba satisfecha:

—Hay que leer aquí, en la letra bastardilla, donde dice: «Voces del alma enamorada que busca a Dios».

La madre volvía a sisear. Nosotros abríamos de nuevo los devocionarios y Valentina identificaba el lugar deletreando el título «en bastardilla»: Voces del alma enamorada que busca a Dios. Para ella era más fácil que para mí, porque el alma es femenina y lo que decía venía a propósito. Yo decidí cambiar el género de mis oraciones, pero al decirle una frase muy linda se me atravesó una palabra inesperada: «holocausto». Y no sabía qué hacer con ella. Pronunciarla seguido y sin vacilar me fue imposible. Además no sabía lo que aquello quería decir, pero ya Valentina tomaba su vez:

—Mi carne pervertida va hacia el mundo de engaños, de los placeres, pero mi alma te busca y te encuentra, ¡oh mi Señor!

—El efluvio —leía yo con dificultad— inconsu… inconsútil de tu divino amor cura mis llagas.

Mi libro estaba lleno de raras palabras, pero buscando más encontré una parte de letra bastardilla también, que se titulaba: «Voces de Dios al alma enamorada». Se lo señalé a Valentina, muy contento, y le dije con inmodestia:

—Yo soy Dios, y tú el alma enamorada.

Ella se ponía a leer lo suyo y le daba una entonación solemne:

—Como las flores de los prados y la brisa del bosque, como el rumor del río y el aliento de la primavera, yo te siento a mi lado, ¡oh Señor!

—Huye del mundo y sus engaños, conserva tu pureza y elévate hasta mí.

—Como el sediento va a la fuente, como el triste va a la consolación, así voy yo a ti, ¡oh mi Amor!

—Ven a mí y duerme en mi regazo.

Aquello me parecía muy oportuno porque a Valentina le gustaba que la besaran dormida. Y ella leía entonces un párrafo largo:

—Todo mi ser tiembla ante tu grandeza, pero sabe que hay el camino del amor para llegar a ti, y a ti llego buscando paz, sosiego, amb… ambrosía, ¡oh Señor!, donde toda belleza se remansa para recibirme, ¡oh Señor del amor, del saber y de las dominaciones!

En lugar de leer yo, me incliné sobre Valentina:

—Lee eso otra vez.

Ella me obedecía dulcemente. Aquel final: «¡Oh, Señor del amor, del saber y de las dominaciones!» me dejaba confuso.

En aquel momento el órgano tocaba al otro lado de las altas celosías de la clausura.

—… del amor, del saber y de las dominaciones.

Yo había dejado caer mi libro (mi mano herida estaba torpe) y permitía con una falta absoluta de galantería que Valentina me lo recogiera. Al dármelo yo le besé la mano a ella. Valentina cerraba el suyo, sonreía, se levantaba para el final de la misa. Yo también. Me dijo:

—Esa parte yo me la aprenderé de memoria para decírtela cuando esté sola en mi casa.

Yo seguía sintiendo una extraña grandeza, que con las voces del órgano se desleía en la media sombra del templo. Hubiera podido volar. Y derrotar ejércitos aunque no hubiera un puente estrecho. Sin saber lo que pensaba ni lo que sentía contemplaba en la hornacina próxima del muro una imagen de San Sebastián casi desnudo y cubierto de saetas. Mosén Joaquín se volvía hacia nosotros haciendo crujir su alba almidonada: Ite missa est. Valentina se santiguaba. Llevaba un rosario de menudas cuentas amarillas arrollado a su muñeca. Iba vestida de blanco y su cara morenita, color ladrillo, parecía luminosa. Y yo la miraba. Ella me decía que cuando se hubieran marchado su primo y sus tíos, a la tarde, yo podía subir al tejado y hablarle. Yo añadí: «Aunque sea muy tarde, tú no dejes de subir al tejado. Si es de noche, yo llevaré mi lámpara de bolsillo y la pondré en el suelo para que me puedas ver».

—Pero ¿de noche se puede mirar con los gemelos?

—Sí, igual que de día.

Ella sonreía todo el tiempo, pero yo estaba muy serio. «Señor del amor, del saber y de las dominaciones». Hubiera abandonado todo, padres, hermanos, estudios, la seguridad de mi casa para andar por los caminos hasta el fin del mundo, o de mi vida, con Valentina al lado cogida de la mano, oyéndola decir aquello.

Le devolví el pañolito de mi dedo.

—Toma, ya no lo necesito porque no me sale sangre.

Ella lo guardó, pero me dijo:

—¿Y quién te va a curar hoy?

Me advirtió que debía ponerme otro algodón con agua de colonia. Y ella quería estar a mi lado para soplarme la herida.

Salíamos. En el vestíbulo besé a Valentina dos veces en la mejilla. Su madre —a quien yo quería mucho— me besó a mí. Yo comprobé que mi hermana mayor tenía razón al acusar a doña Julia de ponerse demasiados polvos en la nariz, y cuando yo iba a salir acudió el sacristán y me dijo:

—Mosén Joaquín, que te llama a la sacristía.

Volví a entrar en el templo. En la sacristía, que era muy pequeña y estaba detrás del altar, había un torno incrustado en el muro. Giraba sobre su eje y por allí enviaban las monjas al capellán el vino para la celebración, las hostias de consagrar, los pequeñitos trapos almidonados para el cáliz. También a través de aquel torno se oía una voz gangosa que llamaba de vez en cuando:

—Ave María Purísima.

Mosén Joaquín se acercaba con su fuerte voz de campesino:

—¿Qué hay?

La respuesta a aquella voz gangosa debía ser: «Sin pecado concebida», pero mosén Joaquín no parecía hacer una gran estima de las oficiosidades de las monjas. Ellas decían al otro lado algo con una voz lastimosa, como si se les acabara de morir alguien, y el cura contestaba un poco brutal. A mí aquello me divertía.

—Te llamaba —me dijo— para decirte que mañana no vamos a tener clase. Hay un eclipse y vamos a observarlo. ¿Tienes gafas ahumadas en tu casa?

—No.

—¿Y gemelos?

Le dije que sí y que los llevaría. Era un eclipse de sol. Después mosén Joaquín se me quedó mirando otra vez, extrañado:

—¿Cuántos años tienes?

—Diez y medio.

Seguía mirándome. Yo le pregunté lo que quería decir «holocausto» y me lo explicó, sonriendo. Después me invitó a subir a su terraza y me dio fruta y dulce. Tenía siempre sobre la mesa un encendedor mecánico y un cenicero atestado de colillas. Ahora el cenicero estaba limpio.

—¿Qué quieres ser tú en la vida? —me preguntó de pronto.

—Nada —repetí—. Lo que soy.

Mosén Joaquín abrió los ojos, sorprendido:

—¿Lo que eres?

—Sí.

Mosén Joaquín paseó con andar silencioso sobre la alfombra, acusando ligeramente su cojera.

—¿Y qué eres?

—¿Yo? —vacilaba.

—Sí. ¿Qué eres?

Se daba cuenta de que mi respuesta iba a ser dificultosa.

—¿No quieres contestarme?

—Pues, yo soy quien soy.

—Bien. De acuerdo. ¿Pero, en qué consiste ese «quien soy»?

En un arranque de despreocupada sinceridad le dije:

—Ya que usted insiste, se lo diré. Yo soy el Señor del amor, del saber y de las dominaciones.

Vi que quería reír y que se aguantó como si se diera cuenta de que iba a hacer algo muy impertinente. Para no reír tuvo que tomar una actitud casi severa:

—¿Y desde cuándo sabes tú que eres todo eso?

—Desde esta mañana.

Mosén Joaquín me dijo: «No dudo que lo eres, pero esas convicciones es muy difícil que las acepten los demás, y no deben salir de nosotros mismos, ¿eh?».

Yo no me resignaba.

—Hay alguien para quien soy todo eso, y me basta.

—¿Hay alguien? ¿Quién? ¿Una muchacha?

—Sí.

—¿Valentina, la niña del notario?

—Sí.

—No lo dudo, hijo mío. Pero cada hombre tiene que hacerse digno de lo que piensa sobre sí mismo. Quiero decir que tiene que trabajar, desarrollar las dotes que le ha dado Dios.

Yo estaba como borracho de mí mismo y eso era lo que el cura había visto en mí cuando entré en la sacristía.

Quedamos en que al día siguiente llevaría los gemelos y con la perspectiva de dos días sin estudiar marché a mi casa. Me fui por el callejón de las Monjas, pasé frente al balcón de la prima del obispo, que estaba, como siempre, con su flor en el pelo, y entré por la puerta trasera del corral.

Yo ocultaba mi mano herida. Nadie se había dado cuenta. Aquel secreto, que Valentina y yo compartíamos, me encantaba. Cerca del mediodía subí al tejado varias veces, pero ella no salía al suyo. Tuve que resignarme sentándome contra la chimenea, y busqué mi geografía astronómica para ver documentadamente en qué consistía aquello de los eclipses. No pude enterarme bien. Sólo sabía que los había totales y parciales. Mosén Joaquín no me había dicho cómo sería el del día siguiente y volví a su casa para preguntárselo, porque quería deslumbrar a mi familia. Me dijo que era parcial y que no sería apenas visible, sino como una ligera disminución de la luz. Consistiría en que la luna pasaría frente al disco solar.

—Pero tú, que eres el señor del saber, ¿no lo sabes?

Oí reír al cura entre espantado y benévolo.

Durante la comida yo di aquella noticia en la mesa. Al principio no me oían. Mi madre me dijo:

—Pon la otra mano sobre la mesa.

La puse, escondiendo el dedo, pero poco después, sin darme cuenta, volví a retirarla. Repetí lo del eclipse y mi padre puso atención de pronto:

—¿Cómo? ¿Un eclipse?

Explicaba. No sería total, se oscurecería ligeramente el sol y la luna pasaría por delante del disco solar. Mi hermana Maruja decía con la boca llena:

—Tonterías. De día no hay luna.

—Sí la hay, pero no la vemos —dijo Concha.

Mi padre apoyó aquella opinión. Mi madre volvió a decirme que comiera con las dos manos encima de la mesa y puse la izquierda al lado del plato, sin utilizarla porque no podía tomar con ella el tenedor. Cuando sirvieron carne, como yo no pude trincharla, dije que no tenía hambre. Mi madre insistía ferozmente y yo me veía perdido cuando mi padre intervino:

—No le obligues a comer si no quiere.

Como me hacía nuevas preguntas sobre el eclipse, exhibí todos mis conocimientos, hablando, de paso, de los planetas que estaban más cerca del sol que nosotros y de los que estaban más lejos. Cuando hablé del anillo de Saturno, Maruja dijo:

—Tonterías.

Mi padre pidió el periódico dispuesto, quizá, a leer lo del eclipse, y mi madre dijo que ella se acordaba de un eclipse total que hubo cuando tenía mi edad. Se hizo de noche al mediodía y las gallinas y palomas se iban a acostar, y la cocinera era tan tonta como ellas, porque preguntaba si hacía la comida o la cena. Maruja soltaba la risa. Mi padre dejó al lado de la servilleta el periódico sin abrir. Allí volví a verlo a la noche, a la hora de cenar. Durante la cena yo hablé del eclipse otra vez:

—¿Y cómo sabes tú eso? —preguntó Concha.

—Yo lo sé todo.

—¿Cómo todo? —preguntó mi padre.

Yo estaba de mal humor porque no había podido comunicarme con Valentina desde el tejado en toda la tarde. Todavía confiaba en la noche y había preparado, arriba, sobre la cama, mis gemelos y la linterna de bolsillo. Nadie podía hacerme explicar concretamente a lo que me refería diciendo «todo».

—Me recuerdas a Escamilla —dijo mi padre—, el viejo cochero, que cuando vienen los oradores religiosos cada año, para Cuaresma, va a la Iglesia y los escucha con la boca abierta, y al final se encoge de hombros y dice: «Bah, eso ya quería decirlo yo». Así lleva setenta años. También él lo sabe todo.

Yo estaba ofendido y no hablaba. Ocultaba mi mano, que me dolía de veras. Mi padre insistía:

—¿Cómo es que lo sabes todo?

Yo me levanté dejando de un golpe la servilleta sobre la mesa y arrastrando la silla hacia atrás:

—Por nada.

Pasó una brisa helada sobre la mesa. Yo me marché despacio y desaparecí hacia mi cuarto. Mi padre murmuraba:

—Esas no son maneras para su edad.

Pero yo tenía prisa por salir al tejado. Recogí mis instrumentos y salí a cuatro manos. En vano miraba con los gemelos. No veía nada. Desaparecían las perspectivas y la casa de Valentina se hundía en las sombras. Me confundí enfocando ventanas iluminadas donde se veían sombras dudosas. Oh, el cielo estaba despejado y no había luna. Quizá la hubiera más tarde. Pero Valentina no podría estar toda la noche allí. La obligarían a acostarse. Pensé que quizá ella me estaba observando y encendí la linterna. Producía una luz muy viva. La linterna era grande y aunque se llamaba «de bolsillo» no cabía en ninguno. Puesta entre dos tejas me iluminaba. Y seguro de que Valentina me veía con sus gemelos, estuve más de una hora abriendo los brazos, bajándolos, alzando una pierna, poniéndome en cuclillas y como todo lo hacía ya bastante deprisa, aquello era como una danza. Le repetía las «voces de Dios al alma enamorada».

Pero mi padre había subido a observarme. Vio todo aquello y se marchó sin decir nada.

Al día siguiente, a primera hora, subió a mi cuarto. Se veía que estaba preocupado. Suspiraba, me daba la razón en todo. Me decía «hijo mío» fácilmente. Luego supe que mi padre tenía la preocupación de un pariente que murió hacía tiempo en un manicomio y el temor de que alguno de los hijos pudiera «salir a él».

—Vístete deprisa —me dijo—, que vamos a salir.

Le obedecí, intrigado. Tenía yo la idea fija del eclipse, que era a las once. Mi padre no creía ya en eclipse alguno y lo consideraba una manía mía.

—¿Qué hacías anoche en el tejado? —me preguntó sin darle importancia—. ¿Era en relación con el eclipse?

Yo vi que me brindaba una buena explicación y le dije que sí. Mi padre suspiró, me acompañó al comedor donde tomé el desayuno y salimos a la calle.

Fuimos directamente a casa del médico, un viejo bondadoso y maniático. Acababa de levantarse, tenía el periódico desplegado y decía alegremente:

—Hoy hay un eclipse, don José.

Mi padre pareció muy sorprendido. Hizo una seña a la esposa del médico, que me llevó a una habitación inmediata y se quedaron los dos hablando. Cuando mi padre, que se negaba a decirse a sí mismo palabras terribles como la «locura» o la «idiotez», hablaba de «graves trastornos», el médico se ponía impaciente y decía sin oírle: «Ahora vamos a verlo». Teniéndome a mí allí todo lo que mi padre pudiera sugerirle le tenía sin cuidado. Y el buen médico insistía:

—Un eclipse. Con cristales ahumados, se verá.

Luego, señalando el periódico dijo que era curioso que los eclipses la «ciencia los anunciara con millones de años de anticipación» y que aquello le daba a él grandes esperanzas en el porvenir de la humanidad. Mi padre se obstinaba en llamarle la atención sobre «mi estado», pero él le interrumpía: «Ahora lo voy a ver». Odiaba los diagnósticos familiares. Se levantó y dijo a mi padre que era mejor que esperara allí, en la antesala.

Yo al ver venir el médico, pensé: «Mi padre se ha enterado de que tengo la mano herida y no ha querido hacerme reproches». Le agradecía aquella delicadeza. El médico entró diciendo a su mujer:

—Desnúdalo.

Ella era más joven que él y muy agradable. Me fue desnudando. A mí me avergonzaba un poco aquello, y cada vez que iba a protestar, el médico decía inapelable: «Desnúdalo». Miró si estaba encendida la chimenea. Ya desnudo desde la cintura se acercó y comenzó a auscultarme. Iba haciendo gestos de extrañeza. Parecía decepcionado. Luego me dijo, casi irritado:

—¿Dónde te duele?

Yo le mostré la mano: «Aquí». Expliqué a medias lo sucedido y él se puso a gesticular y dar voces al saber que llevaba dentro un balín. Salió fuera y le dijo a mi padre:

—¿Cómo no lo ha traído antes, don José? Es un abandono inexplicable. Y ni siquiera tengo rayos X.

Mi padre dudaba, oyéndolo:

—¿Rayos X?

—Sí. El pueblo no da para tanto. Pero en todo caso hay que intervenir inmediatamente. Si viene un día más tarde hubiera habido que amputar.

Mi padre no comprendía una palabra.

—Permítame —le decía.

Pero el médico no le «permitía». Los familiares del enfermo le molestaban.

—El chico parece valiente, pero sin anestesia voy a hacerle daño. Si tuviera una ampolla de cocaína, con eso me bastaría.

Yo veía que todo se complicaba.

—¿Podré ir a ver el eclipse? —pregunté tímidamente.

El médico se dijo: «Este es de los míos» y vacilando un poco, preguntó también.

—¿Eres valiente? —Y sin esperar la respuesta añadió—: Vamos allá.

La mujer me hizo sentarme en una silla y se puso detrás sujetándome la cabeza contra su pecho. El médico dijo:

—¿Llorarás mucho?

Yo le contesté con una sonrisa irónica que pareció complacerle. Fue todavía a otro armario y me dio un pañuelo grande de bolsillo.

—Si te duele, muerde aquí. No te importe romperlo.

Yo sentía el frío del acero dentro de mi dedo, donde el médico hendía y desgarraba. Gemía sordamente a veces, muy «en adulto». Llorar no se me ocurrió ni en broma. Supongo que mi padre oyéndome desde fuera no comprendía una palabra.

La operación terminó con la extracción del balín y el cosido del dedo. Me envolvieron la mano en gasas y algodones, la colgaron de mi cuello con un cabestrillo y el médico salió conmigo y con el balín en la punta de unas pinzas.

—Un héroe —iba diciendo—. Un verdadero héroe.

Mi padre, desconcertado, recibió en su mano el balín sin saber qué pensar y miraba mi brazo en cabestrillo. Exigió que le explicáramos, si era posible, lo que había sucedido. El médico se dirigió a mi padre:

—Muy fácil. Me ha traído al chico con un balazo y yo le he extraído el proyectil.

Mi padre me miraba con la boca abierta.

—Aquí estamos locos todos.

—Déjele en paz —le dijo el médico—. Déjele en paz por ahora y yo iré mañana a verlo.

—¿Puede venir a pie hasta casa? —preguntaba mi padre.

—Sí, pero antes le voy a dar un vasito de algo que tengo aquí dentro.

La mujer del médico, que me recordaba a la madre de Valentina, aunque no llevaba polvos en la nariz, salía con un vaso lleno de un líquido que agitaba con una varilla de cristal. El médico la rechazó.

—Nada de eso. A niños como tú no se les da agua de azahar sino un buen vaso de vino.

Dirigiéndose a mi padre añadió:

—Es el vino generoso con el que dice misa mosén Joaquín. Yo les envío a las monjas purgantes y ellas me mandan ese vino.

Mi padre no sabía si reír con él, lamentarse conmigo o insultarnos a los dos. La señora del médico venía con el vaso. El vino tenía un color blanco sucio y olía deliciosamente.

Después salimos. Por el camino se veía a mi padre impaciente por saber cómo había sucedido aquello, pero contenía su curiosidad. Cuando llegamos, se metió en la biblioteca y me dijo a mí que me acostara un poco. «Después hablaremos». Mi madre estaba al otro lado de la casa y no nos vio regresar. Iba yo pensando en Valentina y en salir al tejado, pero me encontré la ventana del desván cerrada y cruzada con dos travesaños de madera clavados de modo que no podía soñar siquiera en abrirla.

Bajé, rabiando, y me fui a casa de mi profesor con los gemelos en bandolera. Tuve que dar largas explicaciones sobre mi brazo. El eclipse no tuvo nada de espectacular. Mosén Joaquín había ahumado varios cristales, para mirar con ellos, pero, además, poniendo un poco de sombra de humo en las lentes de los gemelos, lo veíamos todo mucho más próximo y más claro. Mosén Joaquín me acercaba a los ojos un cristal, después otro, luego me decía que mirara con los gemelos. Y así se nos fue la mañana. La cosa fue aburrida.

Yo me fui a casa pensando en Valentina. Entré por el callejón de las Monjas y la encontré con una de mis hermanas paseando del brazo por un espacio descubierto frente a las cocheras. Al verme, las dos rompieron a reír. Yo no podía creer que mi brazo en cabestrillo fuera tan cómico, pero no se trataba de eso, sino de que llevaba la punta de la nariz negra del humo de los cristales que el profesor me había acercado. También una parte de la frente. Al saberlo yo traté de limpiarme, pero me dijeron que lo estaba extendiendo más y quedamos en que ellas me iban a lavar la cara. Todo tomó un aire de broma y yo me quedé con mi cara limpia, pero con un pequeño rencor contra mosén Joaquín. Yo empecé a molestar a mi hermana, aunque no era Maruja sino Luisa. Ella me dijo por fin:

—Tú lo que quieres es que yo me marche y quedarte con Valentina, porque es tu novia.

Nos quedamos solos. Valentina me preguntó si me habían hecho daño en casa del médico y le referí que me iban a cortar el brazo, pero que no tenían anestesia y que lo dejaron para otra vez.

—¿Te lo van a cortar de veras? —preguntaba ella con los ojos redondos.

—Sí, pero no importa, porque volverá a crecerme.

Y le conté el cuento de los ocho hermanos que tenían alas al nacer y para quienes una vieja como la tía Ignacia les tejía camisas con tela de araña. Cuando una camisa estaba terminada y se la ponía a uno de los pequeños, las alas se le caían y le crecían los brazos. Pero se murió la tía Ignacia sin terminar la última camisa que no tenía más que una manga y uno de los hermanos se quedó con un brazo y un ala. Eso de que pudieran caerse las alas y crecer los brazos con un motivo tan simple debía tranquilizarla.

Valentina no lo dudaba y yo la besé varias veces. Las palomas venían, pero no se acercaban tanto como otras veces porque estaba Valentina. Se apartó un poco y le mostré todas mis habilidades. Las palomas subían a mi hombro y luego trepaban agitando las alas hasta la mano que yo tenía en alto y tomaban allí su maíz. Cuando me cansé, me acerqué a Valentina diciéndole que no me gustaban porque todo lo hacían por la comida.

Valentina sacaba de su bolsillo un papel donde estaban escritas las palabras que el Alma decía al Esposo. Yo lo leí en voz alta, lo guardé como un tributo que se me debía y le dije recordando las explicaciones que el cura me había dado en la sacristía:

—Ahora tengo que hacerte holocausto.

—¿Y qué es?

—El homenaje que los antiguos hacían a lo que adoraban.

—¿Y tú me adoras?

—Sí.

—¿Y no me mandas que te bese? Si no me lo mandas yo no puedo besarte.

Efectivamente, cuando la besaba yo, nunca me devolvía el beso. Ahora yo le dije:

—Bésame.

Valentina me puso una mano en cada hombro y me besó en cada mejilla.

Fui otra vez a donde estaban las palomas y puse la mano en alto, con maíz. En seguida vinieron tres o cuatro. Agarré una por las patas. Era completamente blanca y agitaba desesperadamente sus alas.

—Anda a la cocina a buscar un cuchillo.

No se atrevía porque en su casa le habían dado una zurra por atrapar un cuchillo. Oh, una zurra —pensaba yo— a ella no le da vergüenza decirlo.

Le entregué la paloma. Valentina quería hacerse la valiente, pero tenía miedo de que la picara. Yo le dije cómo tenía que cogerla mientras entraba un momento en casa. Cuando la paloma aleteaba muy fuerte, ella cerraba los ojos y apretaba los dientes, pero sin soltar al animal.

Subí a mi cuarto y volví a bajar con el puñal. El profesor me había dicho que el «holocausto» tenía muchas formas y la más general era sacrificar palomas. Allí estaba yo con mi puñal.

—Y ahora, ¿qué vas a hacer?

—No tengas miedo que a ti no te hago nada.

—¿Qué tengo que hacer yo?

—Acuéstate aquí y cierra los ojos.

Valentina obedeció. Yo barrí despacio y cuidadosamente con un manojo de ramitas de olivo el suelo a su alrededor. Las huellas de las ramitas formaban en tierra como un halo. Valentina seguía sujetando las patas de la paloma con las dos manos sobre su cintura. El animal, resignado, no aleteaba ya. Cuando creí que todo aquello estaba muy limpio tomé con mi única mano la paloma, la sujeté por las alas contra la tierra bajo mi pie y le clavé el puñal. Por la parte del pecho, la paloma era más blanca todavía y la sangre era tan roja que parecía luminosa. La alcé con la mano y fui regando el suelo alrededor de Valentina. Después dejé caer sangre también sobre su pecho, sobre sus brazos y piernas y hasta sobre su cabello. La paloma había muerto ya y parecía un trapo viejo.

—¿Y ahora qué haces con la paloma?

Nos pusimos a quitarle las plumas para dársela al perro. Se la llevamos y el animal la recibió muy satisfecho. Fue después motivo de largas discusiones en la familia la presencia de los restos de la paloma entre las patas del perro. Nadie podía aceptar que un perro mastín atado con una cadena a la escalera cazara palomas, les quitara las plumas y se las comiera.

Corrimos por los corrales, las caballerizas, las galerías superiores y ya el traje, las piernas y los brazos de Valentina estaban secos, pero las manchas seguían. Eran ligeramente negruzcas. Vinieron a buscarla y se marchó. Yo me fui a mi cuarto. Estaba sudando, tenía los pies ardiendo en mis botas. Me las quité, después los calcetines y metí los pies en unas zapatillas viejas. Con los ojos cerrados de placer pensaba en Valentina. Habíamos quedado en que ella, cuando hiciera aquello pensaría también en mí.

Valentina, ensangrentada, llegó a su casa y produjo sensación. Su madre buscó, en vano, heridas insistentes. Pilar la miraba con desprecio. Valentina guardó el secreto. No hubo quien la hiciera confesar.

Yo me había recluido en mi cuarto. Mi madre hacía tiempo que me llamaba a voces. No contestaba, seguro de que al ver que no acudía me dejarían en paz, y abriendo mi cuaderno de latín continué con La Universiada. Es decir, volví a comenzar.

Todo era oscuro al principio

los pájaros y los peces y los árboles

los hombres aún no los había

pero si los hubiera también serían negros

porque no había luz para nadie.

Seguía escribiendo y buscando en mis cuadernos del génesis de la Biblia algo sobre la Creación, para no desentonar demasiado, el orden por lo menos, por el que fueron creadas las cosas.

Pero mi madre seguía llamándome y fui bajando. Mi madre me acarició la mano vendada preguntándome si me dolía, reacomodó el cabestrillo en mi pecho y viendo manchas de sangre en los puños de mi vestido se espantó:

—Esta no es sangre mía —le dije para tranquilizarla.

—¿Pues de quién?

—Del holocausto.

Tuve que hacer grandes esfuerzos para no contar a mi madre el origen de mi herida, de tal modo me instó con súplicas, ruegos y ofrecimientos. Yo no se lo decía porque me daba cuenta de que iría a decírselo a mi padre. Al final se declaró vencida y me rogó que no saliera al tejado.

Los días siguientes fueron empeorando. Valentina había sido castigada por sus manchas de sangre. No venía a casa. Yo no podía salir al tejado porque, además de estar la ventana clavada, mi mano vendada me limitaba los movimientos. Y el médico me levantó el apósito a los cinco días. Oh, durante ellos no vi a Valentina ni pude saber, sino por indicios muy vagos, que seguía castigada y que se pasaba el día sentada al piano, llorando mi ausencia y repitiendo escalas. Mi dedo estaba casi bien y no llevaba sino un guante con los otros cuatro cortados, para sujetar las ligeras tiras de gasa que lo envolvían. Mientras anduve con el cabestrillo había una cierta tolerancia.

El profesor se limitaba a explicarme cosas. Pero la mano estuvo bien un día y la ventana del tejado clavada y Valentina ausente y mi padre indignado porque no podía hacerme confesar el origen de aquella herida. Yo seguía sin estudiar. Mi padre, en una de sus excursiones a mi cuarto encontró el cuaderno de La Universiada y lo rompió. Los pedazos los arrojó a la chimenea. Yo aquel mismo día comencé de nuevo:

Todo era oscuro al principio

los árboles, los pájaros y los peces…

Conseguí que Concha hiciera llegar a Valentina una hoja muy grande de papel donde había dibujado una flor en colores muy vivos. De ella salían innumerables pétalos, cada uno coloreado de un modo distinto y en medio de cada pétalo, una sentencia de las Voces de Dios al Alma enamorada. Mi hermana me aseguró que había llegado a sus manos y que la pobre estaba condenada a no salir de casa. Mi hermana sabía muchos secretos de las personas mayores y me contó que el carácter de mi padre estaba agriado porque el Banco le reclamaba no sé qué garantías sobre unas operaciones hechas por otro propietario con su aval. Mi padre andaba siempre en líos bancarios. Casi a diario llegaban cartas de un Banco u otro y parece que debía una cantidad de dinero, en conjunto muy superior a las propiedades que teníamos. Sin embargo, nadie le había creado dificultades hasta entonces. Los mismos Bancos parecían tener interés en darle facilidades, y de vez en cuando mi padre presumía de que a propietarios más fuertes que él no les daban dinero si no llevaban la firma suya.

Mosén Joaquín iba otra vez cargándose de paciencia. Y un buen día estalló. Al darme el cuaderno, vi el famoso garabato con el número 30 al lado. Treinta azotes. Bueno. Eran días para mí de grandes decisiones y me gustó aquello porque me empujaba a hacer algo que cambiara el orden de mi vida. Afortunadamente, mi padre no estaba en casa cuando yo llegué ni iba a estar hasta la noche. De resultas del lío bancario se había ido al campo, a una finca de un amigo. Yo guardé mi cuadernito de hule y al caer la tarde metí en mi cinto los pistoletes, me colgué la escopeta de aire comprimido al hombro y con el cuaderno de La Universiada metido en el bolsillo del pantalón salí tranquilamente y me marché calle arriba.

Salí del pueblo, y dejando los caminos donde podía encontrar quizá personas conocidas eché a andar a campo través en dirección a unas montañas azules. Había dejado una carta diciendo que no pensaran más en mí y que iba a Zaragoza donde haría mi propia vida. Yo sabía, por haberlo oído decir, que detrás de unas montañas azules que se veían muy lejos, estaba Zaragoza. Creía poder llegar allí antes de la medianoche, pero había más de cien kilómetros de distancia.

No me preocupaba la separación de Valentina. Estaba seguro de que en cuanto le dijera dónde estaba, correría a mi lado. Seguía andando y todo me era dulce y familiar, el árbol verde, el arbusto seco, la piedra rojiza, las raíces del roble. Un poema se me iba formando en la imaginación y correspondía a una canción popular:

En el jardín de mi padre

ha nacido un arbolito…

Era muy tarde. Así y todo hubiera seguido andando, de no tropezar con el río, un río tan caudaloso que no se le podía pasar por ninguna parte. Busqué el puente en vano. Mejor hubiera sido —pensé— seguir por la carretera que va a dar al puente, pero tampoco la encontraba. Y tenía hambre. A mi casa no volvería por ninguna razón. Tampoco quería acercarme al pueblo porque debían estar buscándome.

Y en mis vacilaciones, vi detrás de mí bastante lejos, una casa cuya chimenea echaba humo. Era la casa de Valentina, pero por el lado opuesto al que solía presentar en la dirección de mi casa. Me puse a pensar en lo que podría hacer, pero antes de formar una idea clara me vi delante de la puerta. Tuve la fortuna de que detrás de la criada (la que solía ir a mi casa) apareciera doña Julia. A las seis oscurecía y serían las ocho. Le dije que no volvería por nada del mundo a mi casa y que quería vivir siempre cerca de Valentina. La madre me hizo pasar y recordaba que oyendo días pasados a Maruja, jugar con las muñecas en mi casa y hablar sola con ella, se sorprendió porque decía muy razonable: «Y si Pepe y Valentina se quieren, pues que sean novios y se casen». Yo miraba por todas partes sin ver a Valentina. Su madre me dijo que había ido a pasar el día con sus primas al pueblo inmediato y que en cambio estaba allí el primito. De un momento a otro llegaría Valentina con el tío en el coche y el tío se llevaría al primo. Pero ya este asomaba por el pasillo.

—Ya lo conozco —dije—. Ven, entra. ¿Quién eres tú?

La madre de Valentina nos miraba extrañada:

—¿No lo sabes? El hijo del señor Azcona.

—Perdone usted —intervine—. Que conteste él.

Y poniendo una gran intención pregunté otra vez:

—¿El hijo de quién?

—¿Yo?

—Sí.

Me miraba a la mano, sin comprender que la tuviera sin vendas y con los cinco dedos completos.

—El hijo —balbuceó— de un político nefasto.

Doña Julia se iba a reír a la cocina. Poco después volvía:

—Vendrán en busca tuya. He enviado a decir a tu casa que estás aquí.

—Yo no iré a mi casa.

—No. Nadie te obliga.

Poco después, llegaron Valentina y el «político nefasto». Yo me hice el distraído hasta que se marcharon. Con Valentina había también venido Pilar. Me miraba desde la altura de sus doce años y el notario iba y venía deteniéndose a veces delante de mí:

—Eso de escaparse de casa es de golfos.

En mi casa no hicieron nada para obligarme a regresar, por lo menos entonces. Cenamos solemnemente, presididos por el gordo notario. Antes de terminar, advirtió la criada que había traído de mi casa mis libros y los acababa de dejar allí al lado sobre un mueble. Después de cenar, don Arturo se fue al casino. Al otro lado de la mesa, Valentina simulaba hacer labores de niña. La madre nos contemplaba con ternura. Pilar entraba y salía denotando con sus andares desenvueltos y la manera de llamar a la criada o decir algo a su madre, una especie de abandono insolente. Leí el principio de mi Universiada. Valentina no entendía una palabra, pero sentíase envuelta en los destellos de mi entusiasmo y olfateaba todo aquello como una fierecilla. Cuando terminé, me preguntó por mis conflictos familiares. Su madre se puso a escucharme con una gran atención. Quería saber quizá si en mi determinación influía más el odio a mi padre o el amor a Valentina. Pilar se sentía ofendida por la indiferencia de aquellas tres personas y en cambio Valentina era muy feliz y yo lo percibía en la serena amistad de sus miradas. De pronto le dije a la madre:

—Doña Julia, yo quiero acostarme ya.

—¿Tan pronto?

—Sí, porque quiero hablar con Valentina. Dormiremos juntos, ¿verdad?

La madre no sabía qué contestar:

—Hijos míos —decía sonriendo.

Valentina se le colgaba del brazo:

—Sí, mamá.

Yo contemplaba a mi novia y pensaba en las ocasiones en que había dormido en la misma cama con amigos o hermanos. Siempre era molesto, pero la posibilidad de tener a Valentina a mi lado me producía una emoción próxima al llanto. La madre no contestaba y quizá, para aligerar la situación, pidió a Pilar que se sentara al piano. Pilar no quería tocar «para nosotros». Todavía si Valentina la acompañaba sería menos desagradable. Lo dio a entender sin decirlo. Valentina se levantó y fue a ocupar su puesto. A mí me molestaba tener que oír a Pilar al mismo tiempo que a Valentina. El piano sonaba de una manera fría y cristalina. Valentina estaba en el lado de las notas bajas. Se confundieron dos veces y las dos. Pilar quiso culpar a su hermana. Yo me dirigía a la madre porque con Pilar no quería cuestiones y advertía que sus manos eran más grandes, y por haber estudiado más tiempo dominaba ya la sonata y tocaba demasiado deprisa. Pilar me contestó de mala manera. Aunque con otras palabras, trató de decirme que yo era un mocoso y que me metiera en mis libros. La madre la reconvino:

—¡Pili!

Yo lo aproveché para murmurar:

—¡Pili! Así se llama la gata de mi casa.

Valentina soltó a reír y Pilar dijo que no tocaría más. La noche parecía entrar en dificultades y la mamá dispuso que nos acostáramos. Yo seguía creyendo que Valentina y yo dormiríamos juntos, pero la madre encontró una disculpa bastante razonable:

—Si os acostáis juntos vais a estar hablando toda la noche y no dormiréis.

Pilar se perdía otra vez por las cocinas:

—Dormir juntos. ¡En mi vida he oído cosa igual!

Pero al día siguiente, Valentina me trajo el desayuno a la cama ni más ni menos que como se hacía con su padre. Me explicó que había desayunado ya y que le gustaba mucho el café con leche. Lo tomaba más azucarado que su hermana y no en tazón sino en un cacharro de tierra, una vulgar cazuela que tenía un borde hacia adentro contra el cual ella aplastaba con la cucharilla hasta seis bollitos, uno detrás de otro, antes de comerlos para que siempre quedara café con leche y beberlo al final. Pilar se burlaba de ella por aquella costumbre. Valentina repetía que cuando se levantaba, tenía un hambre feroz, y lo decía poniendo en sus ojos una expresión mística. Yo la oía hablar y sus palabras me llegaban entre el zureo de las palomas. Había tantas como en mi casa. Y mirándola sin oír ya lo que me decía, encontraba en ella la gracia de los ángeles de madera y también la locura de mis aventuras en las que siempre me veía saliendo triunfador o muerto. Cada gesto, cada palabra de Valentina, aun sin alcanzar su sentido, me producían una emoción concreta y la evocación de algo ya vivido o de algo que esperaba. Valentina se fue y yo me vestí y salí fuera. La madre de mi novia me dijo que tenía que hacer mi vida de escolar y no tuve más remedio que marchar a casa de mosén Joaquín. Es decir, me propuse ir, pero no llegué. Preferí marcharme a la colina y buscar grillos machos, que comenzarían pronto a cantar, porque ya se acercaba la primavera. Era yo muy diestro en esta cacería y cuando no tenía otro recurso a mano para obligarles a salir de la tierra me orinaba en los agujeros, que distinguía muy bien e inmediatamente salían a la superficie, aunque nunca por el mismo conducto sino por otro de al lado. Yo diferenciaba los machos porque eran más pequeños y tenían los élitros más duros al tacto. A fuerza de hablar de los grillos machos ya nadie decía entre los chicos que iba a cazar grillos sino simplemente «machos». Mucho antes de la hora de comer volví a casa con más de una docena en el seno, entre la camisa y la piel. Cuando estuve allí se los mostré a Valentina y quedamos en ir a buscar más por la tarde. Una parte del amplio jardín de su casa estaba dedicada a legumbres y las lechugas se abrían sobre la tierra con una fragancia húmeda. Como los grillos prefieren la lechuga a cualquier otro manjar, fuimos soltándolos allí, y como faltaba bastante tiempo para la comida, Valentina preguntó si nos dejaba su madre ir a coger «machos» a la colina. La madre nos dijo que sí, y no creyendo yo que fuera correcto andar orinando por los agujeros, delante de Valentina, me llevé una pequeña regadera llena de agua. A la hora de comer, volvíamos con dos docenas más, para lo cual recorrimos no sólo la colina sino el césped de una arboleda próxima. Los soltamos todos en el campo de lechugas donde debieron hacer un gran estrago y nos fuimos a comer. El padre de Valentina estaba de buen humor y quiso burlarse un poco de mí. Me habló de las cabras que comían libros y tuve por primera vez que afrontar en sociedad un juego de ironías.

En mi casa, la gente comía de una manera más bien ascética. Me refiero a los modales. Nunca se podía advertir en mi padre y menos en mi madre, la gula, el placer vicioso de comer. A los chicos también nos educaban así. Constantemente se oía: «Cierra la boca, no hagas ruido, dónde está tu otra mano, no mires el plato de otro, levanta ese pecho». No era raro ver alguno castigado a comer con un libro debajo del brazo para impedir que alzara el codo en las manipulaciones hasta darle en la oreja al vecino. Mal o bien, la comida tenía un cierto orden. Don Arturo comía disimulando eructos, siempre los bigotes mojados de sopa o de vino, suspirando después de beber y hablando con la boca llena mientras sus manos se multiplicaban entre los entremeses, sin abandonar el plato fuerte. Parecía borracho y no del vino, sino simplemente de la voluptuosidad de comer.

—Yo también me escapé de casa una vez —dijo.

Su mujer le pidió que lo contara y don Arturo insistía mucho en el miedo que tenía a su padre y claramente se veía que fue ese el único móvil. Añadía que al volver a su casa le dieron una azotaina que cambió la piel en la espalda. Al decir «la espalda» guiñaba un ojo, lo que les pareció muy gracioso a todos. Yo fui el único que no se rió y le dije que ni tenía miedo a mi padre ni me azotaría si algún día me veía desgraciadamente obligado a volver. Don Arturo me miró sorprendido y dijo:

—¡Hum! ¡Estos chicos!

Después de comer, don Arturo se marchó al casino otra vez y yo advertí a la madre de Valentina que hasta que «se encendían las luces» yo no acostumbraba a estudiar. Ella lo aceptaba y nos fuimos Valentina y yo al jardín. Vigilamos a nuestros grillos. La mayor parte se afanaban mordiendo las hojas más tiernas de las lechugas. Probablemente se sentían en un paraíso. Cuando vimos que no necesitaban de nosotros y estuvimos seguros de que no se marcharían porque las tapias del jardín eran muy altas, los abandonamos y yo fui a buscar mi escopeta de aire comprimido. Llevaba colgada del cinturón una bolsita con municiones —gruesos perdigones— y en el bolsillo, un trozo de papel de periódico que era necesario para mis planes de cazador. Antes de cargar la escopeta había que envolver bien en un minúsculo papel el perdigón de modo que hiciera presión contra las paredes de mi fusil. De esa forma, el proyectil salía, se deshacía del papel e iba a dar a donde yo lo dirigía. O por lo menos eso creía yo.

Con mi fusil cargado subimos al solanar, una gran galería descubierta donde había dos sillones plegables, otros de paja, una mesa resquebrajada por la intemperie y al fondo, varios cajones de embalar y trozos de tela de saco.

—¿No me has visto cazar gorriones?

Yo miraba a mi alrededor y mis ojos se detenían una y otra vez en el comedero de las palomas colgado en el muro, a gran altura. Era como un gracioso armario muy ancho, con varios soportes alrededor de un recipiente donde había trigo y maíz.

Allí no sólo acudían las palomas sino también los gorriones. Arrastramos tres cajones hasta un lugar estratégico y los cubrimos con tela de saco dejando dentro bastante espacio para instalarnos, sentados en el suelo. Iba a ser aquel nuestro lugar de acecho.

—Nos han visto los pájaros que andan por ahí —le dije— y ahora no vendrá ninguno. Hay que esperar hasta que esos se vayan y lleguen otros.

Por esa razón, yo dejé la escopeta cargada al lado, y nos pusimos a hablar en voz baja. El aliento de Valentina, al contestarme, me calentaba la mejilla y su pelo me rozaba el rostro.

Se oía la voz de su madre llamándonos, pero no contestábamos. Decidimos seguir callados hasta que se cansó y volvió adentro diciendo:

—¿Dónde estarán estos chicos? Yo preguntaba a Valentina:

—¿Y tu madre? ¿A quién quiere más?

—No sé. Pero es muy mala, mamá.

—¿Por qué?

—Porque no quiere que crezcamos.

—¿No?

—No. No quiere. Siempre dice que a medida que somos grandes le damos disgustos.

Aquello me parecía terriblemente perverso. Yo miraba por una rendija entre la tela de saco y el cajón.

—¿Vienen ya los pájaros? —preguntaba ella.

—Sí, ya vienen algunos.

Había dos con su corbata negra en el pecho. Uno de ellos estaba en un saliente del muro al final de una pilastra de ladrillo. El otro, en la barandilla del solanar. Los dos se cambiaban miradas recelosas.

—Estate quieta.

—¿Por qué?

—Verás. Hay dos machos ahí.

—¿A los grillos también les vas a tirar?

—No. Dos machos de gorrión.

—Ya decía yo. Porque si los grillos se dejan coger, no hay que matarlos.

Entraban y salían las palomas con un frufrú de sedas en sus alas. El gorrión de la columna de ladrillo saltó y se acercó un poco más al comedero. Valentina miraba también.

—Ya está ahí.

—No, espera. Cuando vea que no hay nadie llamará a los demás y entonces acudirán muchos.

—¿Cómo los llamará?

—Así: «chau-chau».

Valentina reía y repetía por lo bajo: «chau-chau». Pero en aquel momento el gorrión llamaba, efectivamente, y acudieron en bandada seis o siete hembras que fueron directamente al comedero. Acudieron muchos pájaros más y el comedero estaba materialmente cubierto. Alguna paloma se irritaba e iba sobre este o el otro gorrión, amenazadora. Pero el pájaro no hacía sino alejarse algunos pasos y revolotear un momento para cambiar de posición. Yo preparaba mi escopeta.

—Hay tantos —dije— que no sé adónde apuntar.

Apunté despacio al macho de la barandilla que estaba en el lugar del comedero más próximo a mí. Tiré. Valentina suspiró, aliviada:

—Ay, qué tonta.

—¿Por qué? —decía yo, mirando al comedero vacío y buscando en vano mi pieza en tierra.

—Porque tenía miedo.

—Ahora ya puedes hablar en voz alta. ¿No ves que se han escapado todos?

Valentina no dudaba un momento de que yo había hecho blanco y salía a buscar el pájaro.

—Le di —mentí yo—, pero en una pata y se pudo marchar volando.

Valentina me dijo que les apuntara a un ala y así no podrían volar. Con la sensación de fracaso volvimos a escondernos y atraje a mi lado a Valentina.

—Esos —dije por los pájaros fugitivos— están ya escarmentados y no volverán en todo el día. Ahora que es posible que vengan otros.

—¿Sólo comen trigo?

—¿Quiénes?

—Los pájaros.

—No. También comen mosquitos.

—Y los mosquitos, ¿qué comerán? —Se intrigaba Valentina, pero se daba un golpe con su manita en la frente—. Tonta de mí. Ya lo sé. Comen gente.

—¿Sí?

—Sí. Ayer me picó uno a mí.

Hablábamos en voz baja. A mí me encantaba hablar así con Valentina, porque parecía que habíamos hecho algo punible o que lo íbamos a hacer. La escopeta cargada de nuevo, esperábamos. Yo no me molestaba en mirar por la rendija porque sabía que era muy pronto para que volvieran. Valentina, que había visto a las palomas enfadarse con los pájaros y amenazarles, me preguntó:

—¿Una paloma se puede comer un gorrión?

—No. Las palomas sólo comen trigo.

—Y maíz.

—Sí. Y también migas de pan.

—Y a otro pájaro más pequeño, ¿no se lo comen?

—No, pero si le dan un picotazo lo pueden matar.

Esperábamos en silencio. Las palomas volvían, pero los gorriones no. Y Valentina decía:

—Para un gorrión, la paloma es como para nosotros un gigante.

—Sí.

—¿Tú has visto gigantes?

—Sí, una vez.

—¿Y los gigantes tampoco se comen a los hombres?

—No, pero pueden matarlos. Comerlos, no lo creo, en estos tiempos.

Aquello parecía tranquilizar a Valentina.

—¿Cuántos gigantes has visto?

—Dos. Gigante y giganta.

—¿Hablaban?

—Sí, pero entre ellos. A nosotros sólo nos hacen «uuuuh». Valentina tenía miedo y se acercaba más:

—¿Y cómo se llama el idioma de los gigantes?

—El giganterio.

Nos quedamos en silencio.

—Tú, todo lo sabes —me dijo.

Yo miraba alrededor. Ella se puso a mirar también.

—En la barandilla está el mismo pájaro.

—No es el mismo —le dije—. Lo parece, pero no es el mismo.

—¿En qué lo notas?

—En nada, pero no es el mismo, porque los que se han asustado no vendrán hasta que hayan dormido y durmiendo se hayan olvidado y sea otro día.

—Ah.

El gorrión era también un varón con buche gris condecorado. Cerca de él, en la misma barandilla, había una hembra, un poco más fina, más delgada, color de tierra. En el jardín se oyó otra vez la voz de mamá. Nosotros nos callamos. Valentina se reía mucho.

—Estos chicos. ¿Dónde se habrán metido? Y se iba para adentro.

—¿Sabes qué te digo? —dijo Valentina muy contenta—. Que así me gustaría estar siempre. Escondidos y que nos llamaran y que no contestáramos.

Yo le hacía señas de que se callara y volvía a preparar la escopeta, procurando no hacer el menor ruido. Mis precauciones causaban a Valentina una gran emoción. Suspiró y dijo: «Ay, qué tonta soy».

—Ahora no voy a tirarle al macho, porque son demasiado listos y cuando oyen el disparo dan un brinquito de lado y mientras el proyectil va por el camino, cambian de lugar. Las hembras son más tontas. Verás cómo después de tirar se están quietas mirando alrededor un ratito, luego, chillan y se van.

Apunté despacio. Contenía la respiración, iba a disparar. Valentina se ponía una manita en el pecho y suspiraba: «Ay, qué tonta». Tiré por fin. Todos volaron de nuevo sin que mi presa cayera a tierra y sin que siquiera saltaran plumas al aire o hubiera algún síntoma de haber herido a alguien.

—Esta escopeta funciona mal —dije— y siempre los hiere en una pata.

Se veía a los pájaros recelosos en las retejeras de los aleros próximos.

—Ahora tardarán más en volver.

Distraía a Valentina volviendo a hablarle de los gigantes. Como ella había visto cada año los gigantes de la procesión del Corpus, que eran lo menos siete u ocho y tan altos como su casa e iban por parejas, gigante y giganta y bailaban precisamente frente a su casa abriendo levemente los brazos al dar vueltas, Valentina creía que todos los gigantes eran así inofensivos o idiotas, pero yo le contaba cosas terribles para luego tranquilizarla con mi valentía.

Los pájaros no venían y yo seguía hablando en voz baja.

—El gigante Caralampio vendrá un día a mi casa si yo lo llamo y se llevará a Maruja.

—¿Y a Luisa también?

—No.

Valentina se quedaba callada y luego decía:

—Es muy lista Luisa para sus años, ¿verdad? Ya me gustaría que fuera mi hermana.

No volvían los pájaros y yo le dije a Valentina que para demostrarle que era un gran cazador iba a dejar los gorriones y a matar palomas.

—Eso es mucho más difícil —dijo ella—. Cada paloma vale por cuarenta gorriones.

Busqué el plomo más gordo que tenía, lo envolví en papel masticado, flexioné la escopeta de modo que quedó perfectamente cargada y apenas tuve que esperar porque las palomas habían pensado quizá que éramos inofensivos.

—Esas son las que más le gustan a papá —dijo Valentina señalando una de buche tornasolado y patas rojo vivo.

—Pues vamos a comenzar.

Disparé y la paloma dio un salto, quiso volar y cayó a tierra con un ala desplegada y el pico abierto. Salí a buscarla y vi que tenía un ala rota y que abría y cerraba el pico con el ritmo de los latidos de su corazón. Volví con ella al escondite y la arrojé como un trofeo volviendo a cerrar la tela de saco y preparar de nuevo la escopeta. Yo estaba radiante y Valentina balbuceaba muy excitada:

—Ahora otra. ¡Pum! Y otra. ¡Pum! Y otra.

—¿Qué haremos con ellas? —me decía yo viendo que había seis.

—Las llevaremos a la cocina.

Aquel día era uno de los que anunciaban la primavera ya próxima. El sol había dado de lleno sobre el jardín y había una atmósfera casi calurosa. Uno de los grillos comenzó a cantar y le siguieron tímidamente dos o tres. Nosotros descendíamos por la escalera del solanar cargados de palomas muertas, y nos dirigimos a la cocina. La madre que nos vio llegar, preguntó de dónde habíamos sacado aquello, y al ver su aire impaciente yo me di cuenta de que se nos venía encima la tormenta. Buscábamos la disculpa en vano y cuando Valentina decía que nos las habíamos encontrado en la calle, entraba el padre por la puerta del jardín. Al vernos se acercó a mí:

—Estas son las buchonas que compré en Zaragoza para la cría. ¿Qué ha pasado?

Alzaba dos de ellas cogidas por las alas y ensangrentadas.

Nadie contestaba. Nos mirábamos los unos a los otros y yo sentía una impresión rara como si me crecieran las orejas.

—¡Estoy preguntando qué ha pasado!

Sólo contestaba el grillo del jardín, al que se unían ya decididamente otros dos. Agitaba en la mano don Arturo las palomas, pruebas nefandas, y repetía.

—Yo mismo les preparé los nidos y habían comenzado a poner ya. Cincuenta pesetas me costaron. A diez la pareja.

Nadie contestaba. En lugar de tres grillos ahora cantaban diez. El notario lanzaba miradas feroces por la ventana:

—¿Qué pasa ahí afuera?

La madre se acercaba a mí conciliadora:

—Dime qué ha pasado. Dímelo a mí, Pepe.

—Las encontramos en la calle.

Don Arturo agarró mi escopeta y sacó del interior la baqueta donde se ponía la carga. Había hecho yo más de treinta disparos y estaba caliente.

—En la calle, ¿eh?

Su cabeza redonda se enrojecía. El color rojo comenzaba en la calva e iba descendiendo hacia la nariz. Me amenazó con el puño cerrado, lo que a mí me parecía verdaderamente excesivo, y volviéndose otra vez hacia la ventana exclamó bajo una algarabía de treinta o cuarenta grillos:

—¿Lo oigo yo o me lo hacen los oídos?

Los grillos, bien alimentados, cantaban con toda su fuerza.

Doña Julia se asomaba también a la ventana sin saber qué pensar: «¡Cielos! —decía— esto es una plaga».

Agitaba don Arturo delante de mis narices las dos palomas.

Yo me atreví a decirle:

—Con arroz, estarán muy buenas.

—¿Lo oyes, Julia? ¿Lo has oído?

Su mujer volvía de la ventana y se dirigía a mí:

—¿Qué has dicho?

Valentina tuvo un rasgo heroico.

—La verdad ha dicho. Que con arroz estarán muy buenas.

—Cállate tú, mocosa —intervino el padre.

Doña Julia se arrodillaba a mi lado y me cogía una mano:

—Vamos a ver, Pepe. Estás en nuestra casa, eres nuestro invitado… ¿Qué has dicho?

Valentina intervino otra vez repitiendo mis palabras. Don Arturo se encaró conmigo. Hablaba echándonos espuma en la cara a su mujer y a mí:

—¡Atrévete a repetirlo!

Yo callaba. Como insistía don Arturo en su provocación y yo comenzaba a sentirme en ridículo dije:

—Si usted no me deja estar en su casa, tengo la mía, que es más grande que esta y a mi padre que no tiene como usted…

—¿Qué es lo que tengo?

Me daba cuenta de que era demasiado y no decía nada, pero le miraba tan fijamente a su vientre, un vientre verdaderamente monstruoso, que doña Julia tenía ganas de reír.

—¿Qué quieres decir? —insistía el marido.

—Nada.

—Dímelo a mí, Pepito —insistía la madre.

—No, no lo dirá. Los instintos criminales van con la mentira y la simulación. ¿Y tú sabes, arrapiezo, lo que costaría cada ala de esas palomas si me las hicieran con arroz?

Los grillos ya no eran tres ni treinta sino toda una muchedumbre que invadía el aire de la tarde, penetraba por las ventadas hasta los últimos rincones de la casa y obligaba a don Arturo a alzar la voz:

—A tres pesetas cada ala —y lanzándose al jardín, esta vez no a la ventana sino a la puerta, gritó como un loco—: ¡Quién ha traído esa baraúnda a mi casa! ¿O es que me lo hacen los oídos?

Doña Julia aseguró para tranquilizarlo que no, que también ella lo oía.

Yo me acerqué a la cocina, arrojé dentro la paloma que me quedaba. Valentina hizo lo mismo con las suyas y tomándola por la mano me fui hacia el jardín.

—¿Adónde van ustedes?

Don Arturo agarró a mi novia por el vestido y tiró tan fuerte que casi cayó sentada en tierra. Yo dije a don Arturo, no muy seguro de mí:

—Con ella se atreverá. Con una muchacha indefensa.

Don Arturo daba vueltas sobre sí mismo agitando los brazos y pidiendo a su mujer que le hiciera una tisana con gotas de coñac. Yo creí que salía detrás de mí para alcanzarme, pero no por eso aceleré el paso. Me fui despacio, y cuando llegué a la puerta vi que don Arturo había subido al solanar y deshacía a puntapiés mi reducto de cazador.

—¿Quieres más pruebas, Julia?

Entre el solanar y el comedor había más de sesenta grillos cantando a una. Yo marché hacia mi casa, pero a medida que me alejaba del problema de las palomas iba entrando en el de mi padre. Acortaba el paso deseando llegar lo más tarde posible. Me di cuenta de que lo mejor hubiera sido esperar que estuvieran todos acostados, o por lo menos mis hermanos, porque las cosas que más me molestaban en mis conflictos domésticos eran la piedad de Luisa, la tristeza de Concha y sobre todo, la perfidia de Maruja. Dándome cuenta de que si callejeaba hasta la hora de cenar «de los mayores» iba a ser peor, entré en mi casa. Me dirigí a mi madre, que me recibió muy contenta:

—¿Te has dado cuenta, hijo mío, de que tu casa es esta?

Subí hasta mi cuarto, pero me di cuenta de que ella me seguía. Iba yo al desván para ver si la ventana estaba todavía clavada pero la idea de que mi madre entrara allí detrás de mí y viera los destrozos en los colchones, me hizo desistir. Me metí en mi cuarto y mi madre entró y cerró la puerta:

—¿Vas a estudiar?

Yo demostré repentinamente unas ganas enormes de estudiar, pero me encogí de hombros.

—No tengo libros.

Se habían quedado en casa de don Arturo. Y de noche, no era fácil que mi madre quisiera enviar a una criada. Me consideraba completamente a salvo. Pero media hora después estaba el jardinero de don Arturo con todos mis libros.

Yo me encerré en mi cuarto y dije: «un conflicto en casa de don Arturo y otro aquí». Comenzaba a sentirme deprimido, pero una voz se alzó dentro de mí: «¿No soy el señor del amor, del saber y de las dominaciones?». Sin embargo, la misma voz me decía después, que no bastaba con que yo lo creyera sino que tenían que aceptarlo los demás.

Por de pronto me decidí a estudiar. Pero me distraía recordando mis hazañas de aquella tarde, tratando de averiguar lo que sucedería a Valentina y renovando mis rencores contra don Arturo. Yo estudiaba en una mesita redonda que tenía un tapete multicolor hecho con tejido de alfombra. La lámpara era una de las viejas lámparas de petróleo reacondicionada para la electricidad. Conservaba el lugar del mechero por donde entraba el cordón, su ancho pie de cobre, hueco donde antes solían depositar el petróleo y la campana de porcelana blanca, ligeramente azulada. Esa campana recortaba sobre la mesa, la zona de la luz en un amplio nimbo. Y allí donde ese nimbo terminaba, comenzaban las sombras del cuarto, que tanto impresionaban a Concha. Pero en el entronque, entre esos dos misterios, en la zona donde la luz se separaba de la sombra, había todavía un halo amarillento en el que se hacían más vivos los colores del tapete afelpado. Y allí se veían cosas curiosas. Carrozas de gala, con lacayos enguantados, guirnaldas de flores, enanos bailando, gigantes tumbados, caídos y muertos probablemente. Algunas de estas cosas en proporciones tan minúsculas, tan pequeñas y lejanas que yo, sin darme cuenta, tomaba los gemelos y me ponía a mirar con ellos. La mayor parte de aquellas ilusiones se mantenían. Otras desaparecían, pero los gemelos descubrían un mundo todavía más pequeño. Entre los gruesos nudos de tejido que parecían colinas y montañas, había toda una vegetación. Hierbas, arbustos, árboles. La hierba era a veces azul o roja y los árboles, malva. Cualquier sombra podía ser completada con la imaginación, dotándola de piernas y brazos y animada, atribuyéndole una intención. Cuando aquel ejercicio me fatigaba, suspiraba muy desdichado y volvía a los libros. Yo hubiera querido estar sentado allí al pie de una de las colinas rojas bajo un árbol malva, esperando a Valentina. Y que ella llegara libre de sus padres y de los pianos fatigosos, instrumentos de tortura, negros como ataúdes. Yo encontraría por allí un arroyo donde beber cuando tuviéramos sed, y miel de colmena y manzanas.

Y quizá, de pronto, me veía yo allí también. Y el primo llegaba proclamando:

—¡Soy hijo de un político nefasto!

Pero yo me alejaba con Valentina y cogidos por la cintura nos repetíamos las Voces del Alma Enamorada. Recuerdo que, imaginándome a mí mismo con el libro de misa abierto, leía a la sombra de aquellos arbolitos rojos la letra bastardilla como si verdaderamente la leyera. Yo era el señor del amor y de las dominaciones. Ya el médico había dicho que era un héroe. Pero…, ¿el señor del saber? Aquello lo dudaba. En mi memoria se acumulaban versos nuevos de la canción de Valentina:

A la orilla del estanque

ven a mirarte la cara…

Terminé las lecciones —nunca las sabía del todo, pero quedaban hilvanadas y al día siguiente las aseguraba— y me quedó tiempo para La Universiada. Tuve que volverla a comenzar. Fui a buscar papel a la biblioteca tomando antes mi llave falsa de detrás del cuadro de la pared. Me deslicé como un ladrón y después de haber metido la llave en la cerradura, cuando estaba ya abriendo sentí que dentro había luz. Tuve miedo de que estuviera allí mi padre, retiré la llave y me fui otra vez a mi cuarto cautelosamente. Ya estaba en el último tramo de la escalera cuando oí que abrían la puerta y después de comprobar que no había nadie volvían a cerrarla.

Desde la ventana de mi cuarto se veía el pueblo donde vivía mi abuelo, al otro lado del río. En las horas de la mañana que daba el sol, de frente, parecía una de esas aldeas que se simulan en los «nacimientos» cerca del portal de Belén.

Para mí aquella aldea era una especie de paraíso, del cual no había que abusar por sus mismas excelencias. Mi abuelo era un viejo grande, huesudo, de manos rugosas. Reía poco o nunca. (Creo que no lo he visto nunca sonreír). Tenía alguna hacienda y en la aldea se le consideraba rico, pero vestía el calzón corto con medias de estambre azul de los campesinos y nunca había querido vestirse como en las ciudades. Por aquel simple detalle, mi padre lo consideraba en alguna forma inferior y merecedor de alguna clase de desdén aunque no lo habría dicho nunca en voz alta, primero por respeto a mi madre y luego por miedo a mi abuelo.

Mi abuelo no inspiraba respeto sino miedo, es decir, una mezcla de cariño y miedo como suele inspirar el mismo Dios.

Cuando se enfadaba mi abuelo y daba voces por algún motivo temblaban todos los cristales de las ventanas de la aldea, como en las tormentas. Es verdad que eso lo sabía yo sólo por habérselo oído decir a mi padre porque nunca lo había visto enfadado, a mi abuelo.

Me senté a la mesa y de nuevo me entregué a los pequeños paisajes. Las gentes aparecían por el tapete en la zona donde la luz de la lámpara se separaba de la sombra. Y en aquellos paisajes miniados veía a Valentina, ahora claramente. Iba vestida con el traje de los domingos, con el mismo traje de la misa en el convento. Veía, con los gemelos, hasta su rosario amarillo arrollado a la muñeca. Algunos de los tipos que iban por allí, saltaban como pulgas, pero ella se estaba quieta y me miraba. «Para esos seres, a excepción de Valentina —me dije—, yo debo ser una especie de Dios». En el dorso del libro fui apuntando todo lo que veía: un riachuelo, dos árboles, una pequeña carreta cargada de hierba entre la que asomaban flores. Un pájaro. Otro. Todos los pájaros en tierra y quietos. Se diría que uno de ellos era un pavo real con la cola sin desplegar o bien un faisán. Y Valentina avanzaba entre ellos —yo la veía muy bien con los gemelos— y alzando y bajando sus bracitos desnudos me decía: «Papá me ha pegado. Como ahora el que me ha pegado ha sido papá, ya puedes matarlo». Lo decía sonriendo con su carita morena, como siempre. Yo le prometía ir y después le preguntaba qué le parecían mis hazañas últimas. Ella se limitaba a contestar que «una paloma valía por cuarenta gorriones» lo que me dejaba bastante satisfecho. Pero yo buscaba a su padre en los paisajes miniados del tapete y no lo encontraba. Tenía una sensación de pereza muy dulce. Hacía poco tiempo que yo «cenaba con los mayores». Hasta entonces, yo cenaba como todos mis hermanos, a excepción de Concha, que tenía ya doce años, al caer la tarde (a las siete). Y a las ocho, estaba ya en la cama. Ahora serían ya las ocho y media, y todavía no había cenado. Yo me quedé dormido y cuando vinieron a buscarme, me llevé un gran susto.

Afortunadamente, mi padre, con sus preocupaciones, no tenía ganas de detenerse a analizar los hechos:

—Ah, ¿ya estás aquí?

Mis estudios comenzaron a ir mejor. Como no podía salir al tejado a estudiar y durante el día me era imposible estudiar en mi cuarto, los días de sol me iba al segundo corral, donde estaban las palomas y los gansos y me subía encima de las tejas de una choza a media altura del muro de las cocinas. Desde allí no veía la casa de Valentina, pero me hacía la ilusión de un panorama parecido al del tejado anterior, con palomas y gatos. Y estudiaba, pensando en Valentina.

Al otro lado del muro de enfrente, que ligaba con los corrales de la casa próxima, se alzaba una terracita con ropas puestas a secar. Y en esa terracita había algo muy interesante. Allí estaba Carrasco. Éramos de la misma edad y vecinos pero no habíamos hablado nunca. Sin embargo, no podíamos vernos sin lanzarnos el uno contra el otro en el combate más desaforado. Carrasco, cuando me veía a mí se mordía el dedo índice doblado, enseñaba los dientes arrugando la nariz y producía un sordo gruñido. Yo percibía ese gruñido y por él lo localizaba. Y aun antes de haberlo visto, iba como un rayo contra él. Muchas veces los vecinos nos separaban antes de llegar a las manos y otras, al ver que íbamos a pasar por el mismo sitio, lo sujetaban a él y me sujetaban a mí mientras pasábamos cerca. Yo ya lo había olvidado, porque desde hacía cuatro o cinco meses no peleábamos. Pero cuando él vio que yo lo había descubierto desde mi tejado, se puso el dedo doblado entre los dientes y comenzó a gruñir. El muro tenía diez metros de altura. Ni él podía bajar ni yo subir. Me amenazó con un tirador de gomas, le amenacé yo con mi pistolete vacío, que le llenó de admiración, y sin decirnos una palabra él guardó el tirador y yo el pistolete.

El sol de la tarde coloreaba una parte del muro de enfrente. Las palomas acudían a aquel tejadillo y me rodeaban. Yo estudiaba las montañas de Rusia con desaliento. No me interesaba otra montaña que el «Salto de Roldán», que se veía desde mi cuarto. Y miraba el muro de enfrente donde tres lagartijas de flancos palpitantes se calentaban al sol. Nunca había visto nada más lindo y fino que la cabeza de una lagartija. Su naricita de tierra cocida, su boca fina siempre cerrada, muy bien rematadita en punta, me encantaban. Me sacó de mi abstracción el gruñido de Carrasco. Alcé los ojos.

—Baja —le decía yo, riendo—. Baja, que aquí te espero.

—Te tengo abierta ya la fuesa.

Era la primera vez que nos hablábamos en nuestra vida.

—Baja —le insistía yo.

Parecía muy dispuesto. Si hubiera habido abajo paja o heno cortado como otras veces, habría bajado.

—Te tengo abierta la fuesa —repetía.

Yo saqué mi pistolete y apunté:

—Sal de ahí antes de que cuente diez.

Comencé a contar en voz alta. Al llegar a ocho desapareció. Yo estaba seguro de que se fue a la calle a esperarme. Tiempos atrás me esperaba a veces toda una mañana. Su ilusión era obtener un triunfo sobre mí, pero yo conocía ya sus trucos y menos la primera vez que me cogió de sorpresa y consiguió derribarme al suelo y ponerse rápidamente a caballo para que no le diera vuelta, las otras batallas habían quedado indecisas o con mi victoria. El odio que me tenía no he podido atribuirlo a nada concreto, pero luego he sabido en la vida que esos odios son los más venenosos.

Hacía calor aquella tarde y era ese calor de las aldeas lleno de silencios, en que las palomas buscan la sombra y el tiempo parece detenerse y adquirir profundidad en mil pequeños rumores. Yo sudaba y salí de mi atalaya considerando ya aprendidas las lecciones. En aquel momento se oía gritar mi nombre por una ventana.

—Pepe.

Era Concha y no necesitaba preguntar de qué se trataba. Valentina estaba en casa.

Cuando doña Julia venía a casa con sombrero y guantes mi madre la recibía en el salón. Si venía «paseando», sin guantes ni sombrero, se quedaban allí donde estaban y doña Julia ayudaba a mi madre a guardar ropa o a sacarla, cosas que eran las faenas rituales del hogar. Si mi madre iba a su casa con sombrero y guantes era recibida también en el salón. Cuando una de las dos se iba y advertía a la otra que «aquella visita no contaba» quería decir que no estaba obligada a devolvérsela. Todo aquello representaba un protocolo muy serio. Ese protocolo no obligaba a nadie más. Mi padre y don Arturo se veían por su parte en el casino.

Esta vez, venía con guantes y sombrero. Valentina también iba «de visita» y su etiqueta consistía en tres detalles: calcetines blancos con ligas elásticas, blancas también, zapatos negros de charol con hebilla blanca y las florecitas blancas y verdes del pelo. El salón era una gran sala al viejo estilo, rodeada de fantasmales butacas envueltas en fundas blancas. Había tres o cuatro óleos oscuros de los que solía decir mi padre que «el marco tenía mucho mérito».

Lo que a Valentina y a mí nos interesaba era una vitrina con figuras de marfil, abanicos de seda pintada y plumas —regalos de boda— y dos mantones de Manila llenos de aves del paraíso y de extrañas flores bordadas sobre blanco en amarillos y verdes tenues. Mirábamos la vitrina mientras nuestras madres se hacían cumplimientos y nos íbamos acercando paulatinamente a la puerta. Doña Julia se daba cuenta y lanzaba como una amenaza el nombre de su hija:

—¡Valentina!

Ella, como si hubiera sido sorprendida en delito, se acercaba un poco al centro de la sala y poco después volvíamos a desplazarnos lentamente. A la tercera tentativa, la madre la llamó a su lado, la tomó de la mano y la hizo sentarse en el suelo, sobre la alfombra. Yo me acerqué y me senté también. Antes de ir al «salón» tuve que fregarme bien las rodillas (eran la parte más ardua de mi toilette) y ponerme el traje de pana verde.

Doña Julia, muy comedida y fina de actitudes, decía a mi madre que el jardín de su casa sufría una verdadera invasión de grillos y que rompían a cantar al oscurecer y no paraban en toda la noche. No podían dormir. Querían hablar mal de mí y mi madre me decía de vez en cuando:

—Pepe, ¿no tienes nada que hacer? ¿No tienes que estudiar?

Entonces yo volvía a sentarme a su lado dispuesto a no dejarlas hablar.

—Tengo ganas —me decía Valentina— de que sea domingo otra vez.

Nos cambiábamos papelitos que traíamos escondidos. La madre de Valentina, que tenía puestos los ojos en nuestros movimientos, alargó la mano y atrapó el de su hija.

—¿Qué es eso? —decía mi madre sonriente.

Era nada menos que una estrofa de un soneto de Baudelaire. Valentina lo había sacado de una revista que recibía su padre, aficionado a la literatura:

Deja mi corazón ebrio de primavera

cayendo en tus pupilas como en una quimera

dormitar a la sombra de tus largas pestañas.

Era lo más hermoso que me había enviado Valentina. Yo por mi parte seguía con Bécquer. También lo atrapó la madre y lo leía para sí:

Cuando me lo contaron sentí el frío

de una hoja de acero en las entrañas…

Continuaba el poema que yo había arreglado de modo que lo que me habían contado no era que ella me era infiel, sino que su padre la había zurrado. La madre quería mostrarse severa. Nos echaron a los dos de la sala y nos fuimos muy contentos. Y entonces nuestras madres se pusieron a hablar de nosotros.

Yo llevé a Valentina a mi cuarto, cerré la ventana, encendí la luz, agité con mis manos el tapete para desarreglar las luces y los colores y le fui indicando dónde la había visto, cómo ella alzaba los brazos y decía que su madre le había pegado, etc. La invité a mirar con los gemelos y estuvimos así largo rato. Luego le enseñé mi arsenal, mi parque de armas y municiones, una lata vieja de pólvora de caza de mi padre en la que yo había ido metiendo pequeñas cantidades de polvo explosivo que robaba de las nuevas.

—Antes de un mes —le dije— tendré bastante pólvora para volar tu casa.

Valentina me miraba vacilando:

—No. Ahora ya están bien fastidiados con los grillos. Te digo —insistió— que están bien, pero muy bien fastidiados.

Nos fuimos al corral, pasamos por allí al otro —a este lo llamábamos corraliza, porque había allí patos, ocas, palomas y cabras—. La tía Ignacia estaba dándoles su comida de la tarde. Seguía Carrasco en lo alto del muro. Se mordía el dedo y gruñía. Cuando yo iba a enseñarle el pistolete me dijo con una voz terriblemente adulta:

—El hijo del Colaso, que quiere hablarle.

Por si eso era poco, añadió cantando con un soniquete estúpido:

Ahora yo no quería reñir

y si quieres, seremos amigos.

Cuando creyó que lo había repetido bastante, me dijo sin cantar, que el Colaso estaba frente a la puerta de mi casa esperándome para hablarme. Yo propuse a Valentina salir a ver qué quería. Con mi brazo por sus hombros, y saltando cada tres pasos sobre un pie, fuimos hacia el patio.

El Colaso estaba efectivamente esperándome. Era el jefe del otro bando, aunque de todos mis enemigos era el único que decía que yo valía y que sería mejor conquistarme para su grupo que atacarme. La dificultad estaba en que si yo iba a su grupo llevando todo mi arsenal, podía exigir que me hicieran el jefe, lo que no tolerarían los ya existentes. Me volví hacia Valentina:

—Espérame aquí un momento y fíjate bien lo que pasa.

Salí y me fui con cara de pocos amigos hacia el Colaso.

—Los que están siempre riñendo es que son poca cosa —dijo, sentencioso.

—Yo no estoy siempre riñendo.

—No lo digo por ti.

La cuestión que lo traía era verdaderamente grave. Su grupo iba todos los días a la orilla del río a provocar a los chicos del pueblo inmediato. Llevaban hondas de cáñamo y buena provisión de piedras de medida adecuada. Los otros, tampoco se quedaban cortos desde el otro lado. Y comenzaba la pelea. Los últimos días, la batalla se decidió por los de nuestro pueblo, pero en cuanto el enemigo tenía más de tres bajas (chicos descalabrados que abandonaban la pelea y se iban a su casa chorreando sangre) salían sus padres con escopetas, se metían en unos botes ligeros, y avanzaban remando para ponerse a tiro. Los honderos del Colaso los atacaban y quizá le daban a alguno una buena pedrada, pero al llegar poco más o menos a la mitad del río (que era muy ancho), los padres de los lesionados se echaban las escopetas a la cara cargadas con sal de cocina y nos freían a tiros. Todos los chicos llevaban las pantorrillas arañadas por los granos de sal, que «se metían dentro de la piel y escocían terriblemente». Mientras los lesionados nuestros bailaban, con el escozor, los chicos del pueblo contrario, se reían y se burlaban. Y aquello se había repetido tres días seguidos y era completamente intolerable. Me pedían consejo aunque lo mejor sería que fuera con ellos. Aquella tarde no había pelea.

—Porque si no vienes tú con tus refuerzos, es inútil.

—¿Qué refuerzos? —preguntaba yo.

—Tu grupo y tú con tus armas.

Todos sabían que yo tenía pistoletes. Yo acepté citándolos para el día siguiente.

El Colaso se fue. Quedaba sellada la unidad nacional ante el peligro exterior. Yo volví junto a Valentina y le dije:

—Mis enemigos que vienen. Colaso y Carrasco y todos. Claro es que vienen, porque me necesitan.

—¿Para qué?

—Para una batalla que tendremos mañana. Valentina se quedaba como siempre, indecisa:

—¿No pueden matarte? He visto que el Colaso hacía así, como apuntando con una escopeta.

—Pero tiran con sal.

Pensaba cargar mis dos pistoletes con pólvora de caza y buena bala lobera.

—Yo iré también —decía ella.

—¿Cuándo se ha visto que las damas vayan a la guerra? —Van a curar a los heridos.

Ella, curándome a mí me parecía hermoso, pero no la autoricé. Después de lo sucedido en su casa iba a ser, por otra parte, muy difícil que la dejaran escaparse.

Subimos al comedor donde estaban merendando su madre, la mía y Concha. Yo iba abstraído con mis nuevas preocupaciones y Concha y mi madre lo observaron en seguida. Mi madre preguntaba, extrañada:

—¿Dónde os metéis?

Valentina echaba los brazos al cuello a su madre y le explicaba que tenía que casarse conmigo. Su madre se ofendía:

—Muy bien. ¿Ya no quieres casarte conmigo?

Aquel era un problema nuevo. Valentina salía de él muy bien:

—No. Porque tengo que casarme con un hombre. Tú con papá. Yo con Pepe. Y así todos.

—¿Por qué?

—Pues porque así es la vida.

Me molestaba el abrazo de Valentina a su madre, porque era un abrazo que me correspondía a mí.

—Vas a tener un marido poco político.

Valentina se dirigía a mí:

—Dice que vas a ser poco… po-lí-ti-co.

Era una palabra nueva que había que decir con cuidado.

Ella y yo allí, frente a frente, éramos más fuertes que las personas mayores. Y, además, yo pensaba en mi aventura del día siguiente con orgullo y aquello me permitía contemplar a los demás en actitud benévola. Verdaderamente, a la madre de Valentina ni a mi propia madre no podía sentirlas nunca como enemigos.

Quise llevarme a Valentina a la galería, pero su madre la retenía:

—No. Ahora se queda conmigo. Cuando os caséis ya la tendrás siempre para ti.

Concha servía chocolate, traía pasteles. Yo me despedí de Valentina dándole un beso y ya me marchaba cuando su madre me preguntó si la odiaba tanto que no la besaba a ella. Volví y le besé la mano. No me gustaba besarla en la cara porque siempre tenía polvos.

Me fui a preparar mi equipo.

Mi padre se había marchado otra vez a la finca del propietario que andaba con él en dificultades y yo tenía de momento el campo libre. Me fui a la biblioteca, donde él solía guardar sus objetos de caza. Encontré en seguida tres latas en forma de cantimplora llenas de pólvora. Otras cajas con cartuchos de una materia transparente que permitía ver la carga. Otra todavía con balas de plomo para los lobos y jabalíes. Tomé dos en cada mano y me fui a mi cuarto. Allí comprobé que las balas entraban holgadamente en el cañón de mi pistolete. Sobraba espacio. Me propuse hacer lo mismo que hacía al cargar la escopeta de aire comprimido, es decir, ajustar el proyectil al cañón con papel mascado. Y viendo que no me faltaba nada, lo escondí todo detrás del cuadro y me puse a pasear. Abrí la ventana de mi cuarto y me asomé calculando la distancia que la separaba del tejado y, convencido de que no podía pasar, pero no queriendo resignarme, fui al desván y me encontré con la sorpresa de que la ventana estaba abierta. Parece que mi madre había hecho desclavarla para ventilar la parte del desván que estaba destinada a las tinajas de compotas y mermeladas. Con los gemelos en bandolera salí al tejado y me instalé contra la chimenea. Comenzaba la puesta del sol. Un grillo se oía lejos. Me acordé de los que dejamos en el jardín de don Arturo y miré a mi alrededor. No había ningún gato, pero en cambio los pájaros se acercaban a sus albergues para dormir, con la algarabía de todos los días. Algunos gorriones se acercaban al agujero que aquí y allá habían dejado en el muro las vigas de la construcción y eran expulsados escandalosamente por otros que salían a defender su hogar. La tarde caía en un silencio impresionante. Todo era dulce y amarillo. Detrás del torreón de las monjas el cielo se llenaba de nimbos. Valentina marchaba camino de su casa y yo la imaginaba muy modosita acompañando a su madre, pero pensando en mí. Me sucedía lo que había de sucederme siempre en la vida cuando tenía una sensación placentera de mí mismo. Desaparecían las perspectivas, se disolvía también el pasado en una niebla confusa y no quedaba más que el presente. Pero de ese momento de delicia salían unas raíces poderosas hacia el fondo de mi ser y algo subía también como ramas y flores hacia el aire. Yo me sentía más fuerte y al mismo tiempo deshumanizado como una piedra o una viga. Y mirando la puesta de sol veía lo contrario que en el tapete de mi mesa de trabajo iluminada por la lámpara. En aquella puesta de sol que me encerraba como una inmensa campana de vidrio, encontraba las mismas fantasías, pero monstruosamente grandes. Aquella luz que inundaba también mi tejado, la chimenea y el muro donde los pájaros escandalizaban, entraba por mis ojos torrencialmente. Detrás del torreón de las monjas las nubes eran blancas como los lienzos puestos a secar. Otras nubes formaban figuras color de ámbar. A fuerza de mirar iba viendo la cabeza de mi abuela muerta, con su toca blanca en el lecho donde siempre estaba enferma. Yo recordaba también que la pobre solía decir:

—Ay, Dios mío, aparta de mí este cáliz.

Y ahora veía también a Valentina.

Tenía los gemelos y enfoqué, igual que había hecho con el tapete de mi mesa, los nimbos lejanos. Los gemelos recortaban la puesta de sol y excluían todas las imágenes a mi alrededor. Yo hubiera querido escapar a aquellas regiones donde todas las palabras mueren, donde todos los deseos se enriquecen en el silencio y llegaba a creer que por el tubo negro de los gemelos hubiera quizá podido llegar. Cuando oí el cimbal del convento que en aquel momento tocaba a oración dejé los gemelos colgando de mi hombro y hablé con los ojos cerrados.

—Dios mío, yo también soy el señor del amor y las dominaciones y un día seré —dije con modestia— el del saber, pero tú que lo puedes todo haz que se muera el padre de Valentina y el mío también y que su familia y la mía estén muy pobres y que Valentina y yo nos marchemos por los caminos para siempre. ¡Amén!

Después comprobé que me quedaba un petardo y lo arrojé por la chimenea, esta vez muy seguro de acertar con la del comedor. Estuve escuchando y como no oí nada bajé a ver lo que sucedía. La chimenea estaba apagada y Maruja estudiaba su catecismo a dos pasos del lugar donde cayó. ¡Lástima! Lo recogí y abriendo la boca y agrandándola con mis dedos hasta las orejas fui lentamente hacia mi hermana. Ella tiró su librito y corrió hacia la puerta.

—¡Mamá!

Escurrí el bulto hacia mi cuarto otra vez, pero de pronto me acordé de que faltaba algo por averiguar y me marché a la corraliza. Efectivamente, en cuanto llegué oí a Carrasco por encima del muro medianero:

—Ya lo sabes, mañana a las tres, en las vadinas.

La proximidad de la batalla me hacía más razonable. No niego que en medio de mis grandezas recordaba de pronto las escopetas de los padres de nuestros enemigos, cargadas solamente con sal, pero cuyos cristales, a veces gruesos como los mismos perdigones, se clavaban en las pantorrillas. Yo nunca caería en la miseria en la que habían caído Carrasco y el Colaso. Todos los chicos sabían que al recibir heridas de sal producían tanto escozor que era inevitable una especie de bailoteo, por lo menos en el primer momento. Rascarse era contraproducente. Lo mejor era bailar y en todo caso parece que aquella danza era inevitable. En eso estaba el fracaso de los últimos días, que a todos los tenía avergonzados. Anduve buscando en mi armario calcetines gruesos, muy largos, que se doblaban en el remate, pero que si me los ponía desdoblados antes de entrar en combate, me protegerían por completo la pierna. ¿Bastaría esa defensa? Tuve una inspiración y marché corriendo a la cocina. Volví con un puñado de sal gruesa y fui cargando el tubo de mi escopeta. Colgué los calcetines a los pies de mi cama y disparé. La sal quedaba entre las redes del tejido.

—Bueno, pero yo tiro demasiado cerca. A distancia no es fácil que la sal tenga tanta fuerza.

Además, mi plan era no dejarles disparar. Sorprenderlos antes de que llegaran a la mitad del río. Debía pensar en todo eso muy despacio, como pensaban los verdaderos soldados.

No pude cenar tranquilamente ni apenas dormir, con la impaciencia de las glorias que me esperaban.

Me desperté muy pronto. Por la tarde fue la batalla. El día era soleado. Me deslicé hacia las afueras vestido con el pantalón más viejo que encontré y un chaleco elástico roto por los codos. En la cintura, debajo del chaleco que la rebasaba, llevaba los dos pistoletes cargados con pólvora, balas y tacos de papel muy apretados. En un bolsillo del pantalón, una mecha de las que usan los campesinos para encender el cigarro. En el otro bolsillo, una inocente caja de cerillas que atrapé en la cocina. A primera vista, era el ser más inofensivo del mundo y sonreía irónicamente cuando pasaba alguien y me decía con aire paternal:

—¡Dios te guarde, Pepito!

Cuando llegué a las vadinas, estaban todos en orden de combate. Tres o cuatro se aguzaban los dientes con una lima que tenía el hijo del boticario. Solían hacerlo en las batallas usuales para dar mordiscos más feroces, y ahora, ante la probabilidad de que el enemigo desembarcara o de que nosotros pudiéramos pasar el río y llegar al cuerpo a cuerpo, la lima iba de mano en mano y se la oía raspar contra los incisivos.

Vino el Colaso como delegado del grupo aliado. Nuestro ejército era tan aguerrido que algunos heridos de días anteriores habían conseguido escapar de sus casas y aparecían de nuevo en el puesto del deber. Afrontaban no sólo el riesgo de la batalla sino las consecuencias, después, en la retaguardia. Al otro lado del río, amarrados a la roca, tres botes con sus remos se balanceaban suavemente. Por las últimas calles del pueblo enemigo, que se veían a trescientos metros de la orilla, desembocó una muchedumbre de chiquillos alborotando. No se oía bien lo que decían, pero seguramente repetían el estribillo por demás ofensivo y sucio que nos dedicaban a los de mi pueblo.

Salieron Carrasco y el Colaso, el chico de la estanquera y el del boticario, de la fila, y se pusieron delante advirtiendo que eran jefes.

—Si sois jefes —les dije yo—, ¿dónde están vuestras armas?

El enemigo gritaba más que nunca y llegaban las primeras piedras.

—¡Las hondas preparadas!

—Ya está —gritaron aquí y allá.

—¡Fuego a discreción!

El grupo de mis enemigos habituales era más aguerrido todavía que el de mis partidarios. Carrasco se mordía el dedo índice de la mano izquierda, gruñendo mientras con la derecha hacía girar la honda alzando el pie izquierdo para tomar impulso con todo el cuerpo.

—Parece una guerra de veras —decían aquí y allá, satisfechos. Nosotros tirábamos mejor y eso se notaba en que las piedras cruzaban el río rasantes, sin elevarse. Si una piedra dirigida en esas condiciones encontraba la cabeza de un enemigo, lo derribaba sin conocimiento. Esa experiencia la habíamos comprobado muchas veces y era nuestra consigna. Los otros podía decirse que tiraban por elevación.

Al chico del boticario le dieron en un tobillo y se dejó caer sobre los pies diciendo palabras feas como un verdadero soldado. Se dirigió a mí diciendo:

—Saca ya las pistolas.

Nuestros enemigos habían dejado de vociferar por aquello de que no se puede repicar y estar en la procesión, y ahora dedicaban toda su energía al combate. Carrasco, mordiéndose el dedo, había tumbado ya a dos y brincaba como un diablo agitando la honda vacía en el aire, y gritando:

—¡A estos ya no les vale la confesión!

Daba voces instruyendo a alguien que ponía una piedra demasiado grande en la honda. Le decía que las piedras pequeñas eran mejores porque llevaban más velocidad y además la víctima no las veía venir. Ese era su sistema y lo demostraba agitando la honda cargada en el aire, mordiéndose el dedo, alzando el pie izquierdo. Chascó el cuero:

—El rebote es peor que la pedrada. Se lleva todo lo que encuentra por delante. Mejor quiero yo diez pedradas que un rebote.

Atacábamos con furia. De los dos heridos enemigos, uno se levantaba con la cabeza ensangrentada y el otro seguía en tierra, inmóvil. Eran más torpes que nosotros y formaban grupos en los cuales se podía hacer blanco fácilmente.

El Colaso venía inquieto:

—Ya hay dos heridos y no tardarán en venir con las escopetas.

Continuó la pelea y a lo largo de dos horas no aparecieron en el otro lado las famosas reservas con armas de fuego. El enemigo no tenía veinte bajas pero no faltarían muchas. Nosotros teníamos al hijo del boticario que cojeaba pero seguía tirando, a Carrasco que le habían acertado en la cabeza de refilón y a un muchacho, hijo del barbero, a quien le dio una piedra en el antebrazo derecho, y cuando yo le preguntaba porqué no seguía tirando me lo mostró fracturado, colgando a un lado o a otro como una caña rota. Apretando los dientes de dolor decía:

—Toma la honda si la quieres, que mi brazo no sé que le pasa. Se me dobla hacia los dos lados. Tómala —insistía—, que es muy laminera.

Los demás seguían sin novedad disparando. Yo estaba de espaldas al enemigo cuando los míos advirtieron:

—¡Ahí va, ahí va!

Creí que se trataba de algún pedrusco que venía sobre mí pero por la actitud de algunos que se disponían a escapar, me di cuenta de que había llegado el momento. Vi efectivamente los dos botes llenos de campesinos y erizados de escopetas. Parecían mirarnos con asombro.

Los campesinos se extrañaban de nuestra calma. Yo saqué los dos pistoletes. Luego me arrepentí, porque necesitaba las dos manos para cada disparo y guardé uno de ellos. Con una cerilla preparé la mecha y con el pistolete en una mano y la mecha en la otra, aguardé.

—¡Tirar sobre las barcas!

Las piedras de nuestras hondas volaron rasando el agua. Se oyó el trompicar contra las maderas de las barcas. Dos o tres piedras dieron en el blanco y oímos duramente lamentos y voces de adultos. La primera barca nos soltó dos escopetazos. El estruendo fue tan grande que me sentí flaquear. Algunos corrieron, pero no se iban muy lejos. Yo me había levantado los calcetines haciendo que la doblez me cubriera hasta la misma rodilla. Al hijo del boticario, que solía tener mala suerte, le alcanzaron algunos granos de sal y bailaba la inevitable danza, que era más grotesca porque tenía el tobillo lesionado.

Yo grité con toda la fuerza de mis pulmones, que no era mucha:

—¡Atrás! ¡Vuélvanse atrás!

Me contestaron con otro escopetazo y entonces ya sin vacilar y no haciendo caso del escozor que sentía en la pierna acerqué la mecha al pistolete, estuve hurgando un rato con ella sin conseguir cebarlo y de pronto no sé qué sucedió, pero me voló el pistolete de las manos con un estampido mucho mayor que el de las escopetas. Las barcas se detuvieron. Después de mi disparo el silencio era tal que oía a Carrasco rascarse la cabeza.

—Ojo, que tiran con bala —dijo alguien en las barcas.

Enardecidos, los nuestros se levantaban y disparaban granizadas de piedra.

Yo estaba muy extrañado de que no hubiera muerto nadie ni naufragado ningún bote. Pero todavía me quedaba otro pistolete. La segunda vez disparé con los ojos cerrados. El estampido fue mayor todavía y los de las barcas, empujados además por nuestras hondas, viraron y enderezaron a toda prisa hacia la orilla contraria. Entre sus voces se oían las palabras «alcalde» y «guardia civil». Parece que algunos sintieron pasar mis balas junto a las orejas. Los chicos del otro pueblo, al oír mis disparos, salieron huyendo vergonzosamente. Dueños del campo nosotros, lanzamos grandes vítores y acordamos retirarnos en formación correcta. Mucho antes de llegar al pueblo, entró en aquel puñado de héroes un miedo incomprensible. Unos temían la zapatilla de su madre. Otros, el cuarto de las ratas y los más, el quedarse sin merienda. Nos disolvimos muy satisfechos y resolvimos conservar la unión sagrada de los dos grupos, recordando que todos debían sacrificarse por uno y uno por todos, y que la principal condición de nuestra alianza era el secreto con las innobles y estúpidas personas mayores.

Carrasco, mordiéndose el dedo, dijo:

—Yo soy coronel y Pepe almirante, porque esta ha sido una batalla naval.

Yo no me atrevía a confesar que había perdido los pistoletes. El diablo se los llevó con el estampido.

—¿Ha sido naval o no? —me insistió.

—Mixta. Naval y terrestre.

Nos disolvimos repitiendo nuestras recomendaciones sobre el secreto. Recomendaciones que fueron muy útiles porque los vecinos del pueblo de al lado protestaron ante las autoridades y al comenzar las investigaciones fueron detenidos —ni más ni menos como si fueran ya mayores— seis muchachos de nuestra banda, y durante varios días prestaron declaración ante un tribunal de menores que se formó en el municipio. Yo también tuve que ir, pero sin que me consideraran presunto delincuente como a los otros. En mi casa me hice el sorprendido con aquella invitación a declarar y afectaba indiferencia y extrañeza, aunque en el fondo yo veía que habíamos ido demasiado lejos y que podíamos acabar todos en un reformatorio. Mi padre, preocupado todavía por la amenaza del banco, no prestaba gran atención aunque había dado a entender, de una manera incidental, que si yo era culpable ejercería él la justicia por su mano, cortándome nada menos que el brazo con el que había delinquido.

Mi declaración ante la comisión investigadora consistió en negar todo lo que se pudiera referir a mí y en defender a mis compañeros. Dije que, según lo que había oído decir, mis amigos iban a jugar al río y varios campesinos del pueblo de al lado los atacaban a tiros de escopeta. El tribunal nos escuchaba con mucha atención. Lo formaban tres campesinos, entre ellos un concejal.

—¿A tiros de escopeta?

—Sí, y en ese caso, ¿qué iban a hacer mis amigos sino defenderse? Y se defendían a pedradas hasta que tenían que escapar.

—Todos tenemos cicatrices en las piernas —dijo uno.

Examinaron al hijo del boticario, que tenía las heridas aún abiertas, y cuando más preocupados estaban los del tribunal les dijimos que, naturalmente, los tiros eran de sal.

—Así y todo —dijo el concejal, moviendo la cabeza.

Yo temía que se hubieran enterado de mis disparos, pero no sabían nada. Los campesinos del pueblo próximo estaban en entredicho, porque resultaba poco arrogante mezclarse en un asunto de muchachos. Aquello de los disparos con sal que nadie había dicho aún —hasta ese extremo los muchachos se reservaban con los mayores— cambió por completo el rumbo de las cosas. Mis compañeros fueron puestos en libertad, considerando bastante castigo el haber estado tres días detenidos en un granero de la casa municipal, yo volvía a mi casa y los campesinos del pueblo inmediato fueron castigados por su alcalde a pagar multas de dos pesetas, por disparar —aunque fuera con sal— contra seres humanos y uno de ellos que no tenía licencia de caza perdió la escopeta y tuvo que pagar una multa de cinco pesetas. Nuestro triunfo fue completo, pero yo quedé muy advertido después de tres días de verdadero pánico (mi miedo no lo era al castigo, ni siquiera a la cárcel, lo que me resultaba esforzado y digno de mí, sino al escándalo en mi casa y, sobre todo, al regocijo de don Arturo).

Con todo eso, mi situación entre los muchachos era de verdadero privilegio, y yo lo sentía a cada paso. Carrasco se asomaba por el muro de la corraliza sin insultarme en la calle, si pedía a otro algo que tenía en las manos —una peonza, carpetas hechas con naipes o lo que fuera— se apresuraba a dármelo. Incluso con los chicos de los barrios más lejanos, con los que no jugábamos, yo tenía alguna autoridad. La voz había corrido y al pasar oía a veces: «Ese es Pepe, el de la plaza». Y dejaban sus juegos para mirarme. Yo me consideraba merecedor de todo aquello —ganar una batalla naval en un sitio donde no había mar no se veía cada día— y a veces me acercaba patriarcal y magnífico. Recuerdo que un día, uno de esos muchachos de los barrios extremos tenía un pájaro en la mano. Como me miraban como a un ser superior, yo tenía que comportarme como si lo fuera.

—Dame ese pájaro.

El chico me lo daba, pero se le veía dolido por tener que renunciar a él. Yo observaba al animalito con una gran destreza:

—¿No le has cortado las alas?

—No.

El pájaro estaba intacto. Su corazón latía fuertemente contra mis dedos. Alcé la mano y la abrí. El animalito dio un chillido de sorpresa y se lanzó al aire con todas sus fuerzas. La alegría y la sorpresa fueron tan grandes que repercutieron en su vientre y se vio caer en el aire, por el camino, una motita blanca. Se detuvo en el borde de un tejado y se volvió a mirarnos. Lanzó otro alegre chillido y echó a volar. El muchacho veía todo aquello y le faltaba poco para llorar. Yo saqué de mi bolsillo cinco céntimos y se los di:

—No creas —le dije— que te lo he quitado. Yo no quito las cosas. Te lo he comprado con dinero.

El muchacho se sintió generosamente pagado y se marchó con su presa, por si yo cambiaba de parecer.

Seguí disfrutando de mi popularidad y me daba tal placer, me devolvía una calma y una seguridad de mí mismo tan dulces, que verdaderamente iba siendo ya el señor de las dominaciones. Del amor lo era, hacía tiempo. De las dominaciones lo estaba siendo. Sólo me faltaba serlo también del saber. Y me puse a estudiar con la idea de que tenía que ponerme a la altura de mí mismo.

A Valentina no la había visto en ocho días. La pobre debía estar sentada al piano con sus escalas y arpegios. También en casa habían comenzado a recibir clase de piano Maruja y Luisa y se oía todo el día, hacia el lado de las galerías, el torpe teclear de la una y la otra. Luisa estaba disgustada con aquello, pero Maruja presumía y hablaba de que «ella estudiaba mucho» y en cambio yo no estudiaba nada, como si fuéramos iguales.

Cuando Valentina pudo venir, los dos teníamos ganas atrasadas de estar juntos. Ella se había enterado de lo sucedido en el río porque su padre habló de mí con desprecio acusándome de hechos terribles y ella preguntó a los chicos y se lo contaron. Valentina no me admiraba por eso más. Ya la había llevado a un plano delirante hacía tiempo y de ese plano ya no podía pasar.

—Pronto iré a Zaragoza —le dije.

—¿Me enviarás una postal?

—Sí. Una cada día.

—¿Con quién vas a ir?

—Con mosén Joaquín, porque él también tiene allí asuntos y da la casualidad de que vamos al mismo tiempo.

El cura estaba contento de mí y se las prometía felices si la bonanza continuaba. Había tratado de obtener mis confidencias en relación con los hechos últimos, pero vio que yo mantenía mi reserva y no insistió. «Estudiábamos los dos» porque mosén Joaquín tuvo el inteligente acuerdo de decirme un día que «había olvidado muchas cosas», que por otra parte las ciencias habían avanzado desde que él las estudió, y en definitiva, que él tenía que estudiar también cada día al mismo tiempo que yo. Yo encontraba un gran placer en hacer lo mismo que él hacía. Él en la mesa de su cuarto de trabajo al lado de la terraza en flor y yo en el tejado, sentado contra la chimenea. A veces me permitía decirle en plena clase: «Mosén Joaquín, usted se equivoca. No se ha fijado bien». Consultábamos el texto y veíamos que yo tenía razón. Ahora pienso que debía hacerlo a propósito.

Nuestra amistad iba creciendo. Un día me vio pasar por la plaza de Santa Clara, con Valentina. Había un tiovivo en otra plaza inmediata, a la parte opuesta del convento y yo la había invitado. Cuando nos vio mosén Joaquín que estaba en el balconcillo de su terraza sonrió muy amistosamente y nos saludó con la mano. En el tiovivo yo agoté mis monedas. Dio la casualidad de que la música era la misma para la que yo componía mis versos y fui cantándola. Terminaba coincidiendo justamente con los últimos acordes:

Agüil, agüil,

que viene el notario

con el candil.

Aquello último le gustaba mucho a Valentina.

El profesor nos vio regresar y de nuevo nos saludó con la mano. Al día siguiente dimos la clase paseando lentamente al sol. Yo veía que mosén Joaquín se había aficionado a mí. Me decía chistes, intercalaba cuentos.

Pero su entusiasmo lo llevó a hablarles a los jesuitas de una pequeña misión que estaba en el pueblo considerando, desde hacía algunos años, la posibilidad de montar un colegio. De momento no tenían sino una capilla y un viejo caserón por cuyas galerías descubiertas paseaban a veces a media tarde. A su capilla la llamaban «la Compañía». «Voy a la Compañía», «Vengo de la Compañía». Mi padre respetaba mucho a los jesuitas, pero no había cultivado nunca su amistad. Los consideraba demasiado mundanos. Prefería a los agustinos, los carmelitas, los benedictinos.

Un día, después de la clase, apareció en casa de mi profesor un jesuita con una gran barriga circundada por la fajita negra. Hablaron mosén Joaquín y él de cosas indiferentes para mí y cuando terminaba la clase el jesuita me invitó a acompañarle; yo acepté y salimos.

El fraile tomaba una actitud beatífica y protectora. Para remate de pleito cogió mi mano derecha y la puso entre las suyas, sobre su vientre. Y así andábamos, despacio, hablándome él con una condescendencia dulzona y maternal. Yo enloquecía ante la idea de que mis compañeros de pandilla pudieran verme de aquella manera. Miraba a mi alrededor sin encontrar afortunadamente a nadie. El fraile me iba diciendo, llevando el compás con sus lentos pasos:

—Nosotros tenemos juegos de fútbol, pero lo más raro, lo que tú no puedes siquiera imaginar, también lo tenemos.

—¿El qué? —pregunté yo intrigado.

—Linterna mágica de movimiento. Eso que llaman cinematógrafo.

Aquello me interesaba, pero si tenía que pagarlo con una exhibición con él por las calles, mi mano entre las suyas, andando lentamente al compás de su vientre inmenso, y oyéndole hablar como la tía Ignacia le hablaba a los hermanitos míos cuando comenzaban a dar los primeros pasos, renunciaba a todo. Aquel hombre quería estropear en un momento mi labor de años. Di un tirón de la mano y me marché corriendo, hasta meterme en mi casa. Al día siguiente le debía yo una explicación a mosén Joaquín y le conté lo sucedido. Mi profesor me miró de una manera extraña.

—Claro, esa no es manera de andar por la calle para un capitán de bandidos, ¿eh?

—Yo no soy capitán de bandidos —le dije gravemente.

—Pues, ¿qué eres?

—Ya se lo dije a usted un día.

Las semanas que siguieron fueron de una calma absoluta.

Yo estudiaba porque me sentía en el camino de ser verdaderamente el señor del saber, puesto que había días en que mis conocimientos eran mayores que los de mosén Joaquín, a quien mis padres consideraban como un hombre de gran cultura. Y mis amores con Valentina iban pasando al plano gustoso y plácido de la costumbre. Mi padre había resuelto la cuestión del banco, según me dijo mi hermana Concha con otra operación. Mi hermana hablaba de una victoria de mi padre, y así debía ser. Mi padre estaba contento y compró un pequeño cabriolet. Retiró definitivamente el viejo caballo, que se limitó desde entonces a comer avena y a pasear, y compró uno joven.

El placer de dejar las botas y ponerme unas zapatillas después de corretear era mucho mayor cada día, porque el sol era ya fuerte. Valentina y yo teníamos voluptuosidades, por lo tanto, mucho más frecuentes. Mi padre comenzaba a tener fe en mí y aunque sabía que estudiaba en el tejado y que danzaba en él a veces a la luz de la luna o del sol no lo tomaba demasiado a mal y renunciaba a descifrarlo. Pero yo me aislaba. «Cuando haya aprobado el curso —me decía— plantearé seriamente la cuestión del matrimonio a don Arturo». Ya sabía que cuando no había dinero bastaba con pedirlo al banco y si tardaban en darlo había que ir a pasar una semana a una finca en el campo, con un propietario pariente nuestro.

Mi hermana Maruja no quería ir nunca en la «zolleta» —así llamábamos al viejo coche y el nombre era un diminutivo de «zolle», que es el de la casa del cerdo— porque estaba sucio por fuera de las huellas de las palomas y las gallinas. A mí en cambio me gustaba ir allí con el viejo caballo, porque me dejaban conducirlo. Ya no tomaba en serio a Maruja porque mi conducta con los estudios me había dado un papel preeminente y le gastaba bromas constantes con la zolleta. Ella averiguaba noticias fragmentarias, informes confusos e iba con ellos a mi madre queriendo que otra vez cayeran sobre mí. Hablaba de que había hecho un trabuco y había matado con él a siete personas junto al río.

Mis compañeros no veían bien que los abandonara de aquel modo y comenzaban a conspirar, pero cuando ya la atmósfera se hizo irrespirable salí para Zaragoza con mosén Joaquín.

El tren tardó tres horas en llegar a la ciudad y fuimos a un hotel que se llamaba «Fornos», en el Arco de Cinegio. Nos llevó desde la estación con otros viajeros un inmenso coche ómnibus de caballos cuyas ruedas hacían demasiado estrépito sobre el adoquinado y cuyos mil cristales temblaban por todas partes. Mosén Joaquín me había tratado todo el camino como a un amigo. Ni una sola vez hablamos de estudios ni de textos ni de exámenes. Viendo a través de la ventanilla el paisaje que giraba lentamente como un disco alrededor de nosotros, me dijo: «¿Ves? En eso se nota la redondez de la tierra».

Al llegar, el cura se fue a ver algunos conocidos —profesores de colegios religiosos— que eran amigos, al parecer, de los que habrían de examinarme a mí. Yo salí al Arco de Cinegio y me aventuré por las calles próximas. Llevaba quince moneditas de plata de media peseta que me había dado mi madre. Fui a un estanco y compré cinco postales con vistas de la ciudad procurando que fueran siempre «con tranvías», compré también franqueo y seguí después inspeccionando el barrio. Por un lado llegué hasta la calle de Don Jaime, por otro, hasta la plaza de la Independencia y por otro, hasta la plaza de Sas. En el centro de esa plaza había un quiosco de periódicos, flores y pájaros. Me acerqué y me llevé una gran sorpresa viendo algunas ranas gigantes en cubos, tras de un enrejado. Pregunté el precio. Cada una valía diez céntimos y compré cinco. Una para Valentina, otra para mi hermana mayor, otra para el cura si la quería y dos para mí. Me fui con todo aquello al hotel, las dejé en la pila del baño y me puse a escribir la primera postal para Valentina.

«Aquí es distinto. Todas las calles tienen el suelo como en nuestros pueblos las habitaciones y los pasillos. Y, además, todo es amor por todas partes. En el vestíbulo del hotel hay muchos periódicos amarrados en un palo, como banderas y en letras grandes se lee a veces: El amor de mi vida, Amor de amores, Herida por el amor. Parece que todo eso sucede en los teatros. Un abrazo muy fuerte de tu inolvidable Pepe. Postdata: Ahora he visto frente al hotel un tranvía con un cartel que dice “Madrid”. Voy a ir a Madrid y desde allí te escribiré otra vez.—Vale.».

Puse la dirección y la eché en el mismo buzón del hotel.

Mosén Joaquín vino muy contento. Al día siguiente me examinaba. No hablamos de estudios ni de libros. Parecía que todo aquel lío de clases y declinaciones había quedado atrás en un plano remotísimo. Otra vez se marchó don Joaquín después de comer, dejándome al cuidado del administrador del hotel, con otros niños que había en el patio y bajo promesa de no salir del radio que conocía ya por mi excursión de la mañana. Pero yo tenía que ir a Madrid, entre otras cosas porque se lo había dicho a Valentina. Salí a la plaza de la Independencia y subí al tranvía que decía «Madrid». El cobrador me dio mi billete y estuvimos marchando por avenidas, calles, rondas y por fin, terrenos baldíos durante media hora. Cuando se detuvo fue bajando la gente. Todos llevaban maletines menos yo. Miré por las ventanillas y vi los techos metálicos de una estación de ferrocarril, muchos edificios cubiertos con pizarra y dos o tres chimeneas. El cobrador me advirtió:

—Hemos llegado.

—¿El tranvía vuelve? —pregunté yo.

El cobrador dijo que sí y bajó a dar vuelta al trole. Después dio vuelta también a los asientos. Yo miraba a mi alrededor y decía para mí mismo: «Esto es Madrid». Tuve que volver a pagar otro billete y al final del trayecto me encontré de nuevo frente al Arco de Cinegio y tuve la impresión de haber realizado una aventura nada peligrosa pero muy «de hombre». Y me puse a escribir otra carta para Valentina.

«Acabo de volver de Madrid. Tanto allí como en Zaragoza los chicos no parecen chicos. En el camino había una valla de madera con letras muy grandes que decía: La victoria del amor. Al volver he visto que han cambiado los carteles impresos de las puertecitas giratorias y en lugar de aquel que decía Herida por el amor han puesto otro que dice La última batalla. Te envío muchos abrazos de tu inolvidable Pepe. Postdata: Mañana me examino. Era otro día pero conseguí que lo adelantaran para volver más pronto.—Vale».

En la noche, las ranas rompieron a cantar y en la concavidad del baño su voz era atronadora. Aunque yo dormía y no me desperté, los camareros abrieron con su llave y me sacudieron hasta decirles dónde estaban. Se oían protestas a través de las paredes, en los pasillos. Quisieron quitármelas pero yo protesté. Saqué las ranas al balcón en el fondo de un florero, pero seguían molestando. Volvieron las protestas y advertí que no cantarían más. Las dejé otra vez en el baño con la luz encendida. Las ranas con la luz no cantaron ya.

Los exámenes fueron como una broma de familia, todos bien avenidos y sonrientes. Comencé con el latín y mosén Joaquín no pudo burlarse del profesor porque estaba enfermo y lo sustituyó el auxiliar, que era cura también. Mosén Joaquín creía que sólo los curas tenían derecho a saber latín.

Menos brillantes fueron los exámenes de geografía y geometría, pero los profesores parecían tener interés en demostrarme que les era simpático y se cambiaban sonrisas con mosén Joaquín, que aparecía sentado cerca del tribunal. Terminados los exámenes nos quedamos paseando por el claustro y aguardando las notas. Era ya mediodía y teníamos mucha hambre cuando un bedel apareció con un paquete de calificaciones. De mis tres exámenes obtuve dos sobresalientes y un notable. Mi profesor estaba radiante.

Escribí otra carta a Valentina:

«Te lo digo en confianza, pero ahora soy también el señor del saber. He sacado dos sobresalientes por unanimidad y un notable. Esta tarde vamos a ver una pieza de teatro en el salón Fuenclara, un teatro muy grande donde se dan obras edificantes, según mosén Joaquín. La obra se titula Santa Catalina de Siena y es lástima, porque mañana dan otra que se llama El divino amor humano y que parece a propósito para nosotros. Tú eres la primera persona que quiero que conozca el triunfo de tu inolvidable Pepe. Postdata: No enseñes esta carta más que a tu mamá, para que sea ella quien lleve la buena noticia.—Vale».

Por la tarde fuimos al teatro. Yo esperaba algo especial como combates en las colonias, con muchos muertos, pero todo se limitó a personas bien vestidas que se ponían una frente a otra y discutían. Luego pregunté y supe que «edificantes» eran las obras donde al final triunfaba la virtud.

Al día siguiente madrugamos para tomar el tren y llegar a casa a la hora de comer. Valentina no había recibido más que la primera postal, y las otras no llegaron sino al día siguiente. Además, mosén Joaquín había puesto un telegrama a mi padre. Todo el mundo lo sabía menos Valentina.

A mí me habían quedado para los exámenes de septiembre algunas asignaturas de las que no hacíamos ningún caso: gramática, caligrafía y educación física. La gramática era lo único que había que estudiar, pero nadie me lo recordó y se hacían ya los preparativos para el verano sin que tuviera siquiera el texto en casa. Mis amigos estaban deslumbrados pero seguían conspirando y llegaron hasta mi conocimiento algunas intrigas que me obligaron a intervenir si quería conservar mi autoridad. Uno de los que volvían a ponérseme enfrente era Carrasco. La base de las rebeldías estaba en que habían encontrado mis dos pistoletes vacíos en las vadinas del río. Y con ellos yo perdía mi fuerza. Me creían un cobarde.

Hacia el diez de junio todo estaba dispuesto para marchar al castillo de Sancho Garcés Abarca a veranear. Separarme de Valentina me pareció espantoso cuando doña Julia dijo que ellos se irían quince días en el mes de agosto a San Sebastián. San Sebastián era el sitio de moda, la playa distinguida. Volví a decirle a Valentina que los chicos de la ciudad eran como las cebollas, parecía que habían tenido la cabeza metida debajo de la tierra y salían blancos, con la piel brillante. Iban siempre de la mano de las personas mayores y tan bien peinados que era una vergüenza.

Mi madre decía que el castillo estaba muy confortable y en plena montaña, casi en las cumbres de Navarra. Sería saludable, sobre todo para los niños. Doña Julia me miraba a mí y decía:

—A Pepe le iría bien el mar porque es sedante.

Mi padre me distinguió con la misión de organizar el viaje. Habría que utilizar los dos coches y llevar en el viejo dos colchones y abundante ropa de cama. De los colchones uno era para la cama de mi madre y otro para la de Concha. Eran las únicas dos camas decorosas que había, aunque yo prefería las otras que se llamaban precisamente «camas de campaña», es decir, de campamento.

En la primera expedición marchamos todos con mi padre, menos mi hermana mayor, mi madre y la tía Ignacia. Mi padre se adelantó a caballo con un cabo de guardas rurales que hacía precisamente la vigilancia en el sector del castillo. El viejo cochero llevaba el cabriolet y yo le seguía en el coche viejo, en la zolleta donde entre cacerolas, colchones y mantas había instalado a Maruja, quieras que no. En la zolleta iban sólo las criadas y Luisa, que marchaban a mi lado en el pescante. El viejo animal parecía muy contento desde que estaban los caballos jóvenes con él y le gustaba alardear de energías y juventud. Llevaba tres campanillas colgando del atalaje, en el pecho, y la mañana fresca y temprana nos tenía a todos menos a Maruja de un excelente humor. Íbamos a instalarnos en el castillo antes del mediodía y por la tarde vendría mi madre, y la tía Ignacia en un segundo viaje.

En cuanto nos vimos en campo raso yo comencé a cantar. El castillo de Sancho Garcés se alzaba en lo más alto de una montaña cónica. Mi padre tenía la debilidad de decir a veces que nuestra familia procedía de allí. Sancho Garcés había sido rey de Navarra, que entonces abarcaba la mitad del Aragón actual.

El castillo tenía en ruinas las partes más importantes de lo que había sido en tiempos obra fuerte. Una muralla rodeaba por completo la parte más alta de la montaña y descendía en un escalón muy acentuado hacia el declive por el cual el alto pico de Sancho Garcés se ligaba a una cadena de montañas que se perdía por Navarra. La muralla había perdido más de la mitad de su altura y los grandes sillares habían rodado con el tiempo monte abajo. Lo que quedaba de la muralla no tenía, sin embargo, carácter ruinoso. En la parte central había una enorme explanada que había sido plaza de armas. Las partes que daban al Norte aparecían cerradas por construcciones muy sólidas, muros que en las puertas y ventanas mostraban un grosor, a veces, de más de dos metros. A un lado de la plaza, la capilla dejaba ver por todas partes la traza románica, y frente a la iglesia, al otro lado de la inmensa explanada, multitud de casas de piedra de una planta en torno a corrales y caballerizas, con sus portales de piedra románica y huellas claras de los oficios necesarios en un castillo donde a veces vivían seis u ocho generaciones sin salir de allí. Se dominaba desde el castillo una llanura de más de cien kilómetros en todas direcciones menos en una, la parte Norte, que era ya una continuación de crestas abruptas.

El resto de la familia vino antes de oscurecer. Desde el castillo se veía a lo lejos el pueblo, con el torreón de las monjas, que era tan alto como la misma torre de la parroquia. Con los gemelos se veía tan bien que se extrañaba uno de no oír el cimbal. En todo el castillo no había más habitantes que los viejos santeros que cuidaban la capilla y el cabo de guardas rurales que habitaba con su mujer y sus hijas en una parte de la aglomeración que tenía todo el aspecto de una aldea deshabitada.

En aquel conjunto bárbaro y romántico no se sabía dónde comenzaba la obra del hombre y terminaba la de la naturaleza. De pronto, en una piedra saliente al lado de la ventana, veía una pareja de aves de rapiña que daban su grito al verme y huían con un vuelo alto y blando. En las alturas de la torre del homenaje trunca detrás de la capilla, entre los jaramagos amarillentos y las plantas trepadoras, se posaban las cigüeñas viajeras que descansaban un momento camino de otras tierras. Al atardecer se oían a veces gruñidos de raposa.

Al día siguiente, mi padre madrugó y se marchó con la escopeta. Hacia las ocho oí disparos y me vestí para salir a inspeccionar. Nuevos disparos me orientaron y descubrí por fin con los gemelos a mi padre al pie de la montaña, en la ladera de una colina. Pero después vi en el campo de los gemelos que se echaba de nuevo la escopeta a la cara y disparaba. Resultaba muy gracioso el disparo. Salía de la escopeta un chorro de humo blanco, en silencio, y sólo largo rato después, cuando mi padre tenía la escopeta apoyada al brazo o estaba cargándola de nuevo, oía el disparo.

Bien dormido y descansado de las emociones del viaje, después de haberme despertado varias veces para oír el viento que parecía querer arrancar el castillo, encontraba la mañana fresca y luminosa y el viento parecía haberse callado. Fui dando vuelta a la capilla hasta acercarme a la torre del homenaje, cuadrada e inmensa. Había lugares en medio de la naturaleza brava cuidadosamente pavimentados con losas de más de un metro en cuadro. Un gran reloj de sol en la esquina ochavada del templo con una frase en latín: «Todas hieren, la última mata». Después recorrí la muralla que rodeaba la plaza de armas. Estuve calculando que en aquella plaza cabían formados más de cuarenta mil hombres. Había un lugar donde la horizontal del suelo se perdía e iniciábase una rampa que descendía hasta el sitio donde la muralla se cerraba en un arco toscamente labrado. Quedaba lo más alto de ese arco a la altura del suelo de la misma plaza, porque la rampa descendía rápidamente.

Me saludó desde lejos el cabo de guardas rurales, que iba vestido como cualquier otro campesino pero llevaba una ancha correa terciada con una chapa de cobre en el centro que decía: «División forestal, distrito de Ejea de los Caballeros». El cabo me dijo que iba a buscar agua al manantial del Bucardo. Era un agua que tenía mucho hierro.

Fue a enjalmar el mulo para marchar al manantial. Yo me fui con él contemplando de reojo, con una envidia que no podría describir, la carabina Remington de chapas cobrizas.

Le pregunté si había disparado alguna vez contra alguien. Me dijo que en toda su vida no había tenido ocasión y que deseaba y esperaba que la ocasión no llegase nunca.

Yo iba recogiendo saltamontes que metía dentro del seno, entre la camisa y la piel. Algunos se me escaparon por las aberturas más inverosímiles, pero comprobé que me quedaban cuatro o cinco, suficientes para meterlos entre las sábanas de Maruja. No hacían daño ninguno, pero ella se llevaría un buen susto. En el manantial había una bóveda pequeña, de piedra, hecha para evitar que el viento arrojara tierra. A la derecha de la pequeña bóveda había una imagen religiosa grabada en bajorrelieve. Al lado, con incisiones hechas en la piedra en letras románicas, decía: Sancta Maria.

—Esto —me dijo el guarda— lo hicieron los antiguos para preservar la fuente de los aires corrompidos que llegaban a veces por la parte de Francia.

—¿Eh? —le preguntaba yo sin comprender.

—Sí, y esto pasa también ahora. Cuando se bebe en estas fuentes hay que tener cuidado de no abrir demasiado la boca, porque los demonios, que van por los aires, esperan, al lado de los manantiales para entrar en el cuerpo del que bebe. Y si bostezas en esta montaña, aunque sea lejos del manantial, santíguate bien la boca, haz por lo menos tres cruces.

Añadía que algunas noches llegaban los demonios en legiones de cientos y gruñían pasando por encima de los tejados, y que el viento a veces «descrismaba alguno» contra la esquina de su casa.

—Sí. Yo los he oído esta noche —le dije, y era verdad.

Cargado el mulo subimos otra vez. Antes de llegar al arco de la muralla vimos que subía también mi padre. Llevaba varias perdices y conejos y debajo del sombrero de dril, protegiéndose el cuello y las orejas, se había puesto un pañuelo blanco, desplegado, que flotaba con la brisa. El cabo felicitaba a mi padre por sus triunfos de cazador, pero le recordaba que no había que esforzarse tanto, porque con un poco de habilidad y de paciencia podían matarse las perdices desde la ventana de su cuarto. Mí padre le hizo innumerables preguntas sobre las costumbres de esas aves y le regaló un conejo.

Yo subí a mí cuarto a escribirle a Valentina. Me quedaban dos de las postales de Zaragoza y se las escribí las dos. Puse también timbres de correo, aunque luego me dijeron que no hacían falta. Le advertía en las postales que «ya no estaba en aquella ciudad y que sí le escribía “desde allí” era porque me sobraba». Mí padre las leyó y me preguntó qué era lo que sobraba, la ciudad o las postales. Añadía en mí carta que el castillo era capaz para cuarenta mil guerreros y que sí un día venía con su madre, yo la vería desde que saliera de su casa, con los gemelos. «Aquí no hay amor —ni teatros, ni libros de poetas— pero he descubierto una fuente muy antigua a donde iban a beber los guerreros de Sancho Garcés». El agua tiene hierro y dicen que por eso es muy buena, pero no lo creo, porque aún no he visto a nadie chupando un cerrojo. En la pared de piedra había unas palabras que decían:

Santa María,

en el cielo hay una estrella

que a los navegantes guía.

Los dos versos últimos los añadía yo. Y terminaba como siempre: «tu inolvidable». Cuando mis cartas tenían algo lírico, mí padre las leía y las mostraba a mí madre, alarmado. Mí madre lo tranquilizaba y una vez me dijo:

—Te gusta la poesía y en eso has salido a mí.

Cualquier ventana daba siempre al vacío y tenía enfrente una perspectiva muy brava. En la lejanía alzábase un pico parecido al nuestro, con un castillo también de Sancho Garcés Abarca, cuyas ruinas descendían por las laderas. Era más grande que el nuestro, a veces las nubes lo rodeaban y aparecía por encima de ellas algún torreón. Pero estaba ya completamente inhabitable. No había además camino hasta él.

En la tarde, mí padre, que parecía animado por una necesidad impaciente de recorrerlo todo, andarlo todo, cazarlo todo, me invitó a salir. Nos metíamos en lugares inverosímiles entre arbustos y mata baja o resbalábamos por los roquedos con peligro. Al final, tuvimos que escalar todavía la altura de Sancho Abarca por senderos de cabras, porque estábamos lejos del camino. Llegamos al oscurecer, rendidos. Había sido una excursión de exploración de caza mayor. Nadie toleraba más de una hora la oscuridad de la noche sin caer rendido por el sueño, y a las nueve dormíamos. Otra vez, los mugidos del viento hacían temblar las paredes de mí cuarto y parecía, desde la comodidad de mis sábanas y el suave calor de mí cama que iba metido en un inmenso proyectil lanzado por el espacio.

Por la mañana, el cabo había traído correo y mí padre tuvo que vestirse el traje civilizado y marchar al pueblo. Dijo que volvería al oscurecer. Yo me quedé solo —quiero decir, como hombre— y decidí hacer una visita al castillo próximo.

Tardé en llegar más de dos horas. En las ruinas había lagartos que se tostaban al sol y al verme alzaban la cabeza vacilando entre marcharse o no. Todo estaba mucho más ruinoso de lo que parecía desde lejos. Encontré un llave oxidada, con herrajes complicados y me la guardé como trofeo. En aquel momento oí sonar una esquila de ganado. Fui en aquella dirección y tuve que salir del castillo, rodearlo y bajar los últimos exedras. Allí abajo había un pastor muy viejo cubierto de pieles y calzado con las mismas abarcas que sin duda usaron los de Sancho Garcés. Cerca de él, diseminadas por las ruinas, algunos centenares de ovejas.

—Buen día.

—A tu padre —me dijo de buenas a primeras— le gusta cazar. Allí hay bucardos.

Me señalaba con la vara un bosque próximo. Añadía: «Sí pasas por allí al volver a casa, brincará alguno». Por lo visto, el pastor conocía a mí padre o lo había tropezado en sus andanzas de cazador. O quizá el pastor lo sabía todo.

—¿Has venido a ver el castillo?

—Sí.

—¿Qué buscas aquí?

—Nada.

—Pues algo llevas en la mano.

Le mostré la llave. Se quedó mirando muy extrañado y como sin saber qué decir. Por fin habló:

—El señor de este castillo perdió una batalla. Sólo una.

Ya lo sabía yo por haberlo oído a mi padre. Perdió una batalla porque, estando acampado con sus tropas en un valle próximo, llegó el enemigo y cuando le dijeron que era necesario cambiar el emplazamiento del real para dar la batalla sobre seguro, vio que las golondrinas habían anidado en los palos de las tiendas de campaña:

—¿Cómo vamos a levantar el campo?

Por los nidos se asomaban los feos picos hambrientos de las crías. «¿Cómo vamos a levantar el campo?». Y el campo no se levantó. Y fueron a buscar al enemigo a otra parte y perdieron la batalla, aunque pudieron volver al campamento más de la mitad de las fuerzas y aguardar a que las crías pudieran volar. Entonces, levantaron el campo y volvieron al castillo, que estaba sitiado por el enemigo y rompieron el sitio y entraron. Así me lo había contado mi padre. El pastor dijo:

—Allá, en aquel montecico, hay un castillete y otro allá. Mira. Y el señor de este castillo tenía muchos hijos bastardos y uno solo legítimo, que se llamaba Garcés. Y los bastardos se llamaban así como de Dios, Esmeralda, de la Peña, del Castillo. Y el pueblo está lleno de esos nombres. Un día se acercaba la morisma por el valle y el combate que se preparaba para el amanecer del día siguiente parecía muy feo. Y el señor recorrió los castilletes que estaban puestos por aviso contra las barrancas. Y al llegar a aquel, gritó desde su caballo «Ave María. ¿Qué gente vive ahí dentro y cuál es su afán?».

—Aquí dentro —le contestó uno de los muchos hijos bastardos que estaban aguardando al enemigo— hay ciento veinte hijos de puta dispuestos a dar la vida por vos, nuestro padre y señor.

Y mirando lánguidamente las ruinas, el pastor añadió:

—Por eso al castillete le llaman por mal nombre «el fuerte de los hijos de puta».

Luego el pastor me regaló una bolsita de cuero que él mismo había curtido y labrado y que yo me puse al costado pendiente del cinturón.

—Si quieres ver cómo brincan los bucardos, pasa con cuidado por medio de aquel boscaje.

Descendí por el lado opuesto del castillo, entré en el bosque cuyos árboles se entrelazaban en lo alto hasta impedir la entrada de la luz y seguí conducido por un lejano resplandor. Pude llegar a tiempo de ver cómo se perdían entre los árboles un ciervo y tres cervatillos. En el centro, en un lecho de roca, se adormecía el agua de lluvia. Los cervatillos acudían allí a beber. Yo se lo dije a mi padre cuando llegué a casa y Maruja dijo que quería venir con nosotros. A mí me había desaparecido la inquina contra ella, pero por seguir con una antigua costumbre, trataba de molestarla con pequeñeces sin importancia. Aquel brillo que tenía en la nariz y que no era un brillo de nariz sino de objeto de metal, el mismo que tenía en su frente y en la punta de la barbilla era el objeto más frecuente de mis bromas. En el fondo de ellas había cierta ternura y mi madre así lo comprendía cuando ella iba a acusarme de «haberla insultado». Pero a los pocos días de estar allí sucedió algo que no puedo recordar sin espanto. Estábamos en el segundo piso de la parte principal del castillo. Había una barandilla de madera que corría de un lado a otro de una gran sala sobre la escalinata de piedra que subía desde el piso de abajo. Ella jugaba sentada en el suelo contra la barandilla y yo preparaba con cuerdas y palos una especie de armazón para el blocao que pensaba construir. Mi hermanilla estaba irritada conmigo y me insultaba constantemente. Su manera de insultar consistía en ir repitiendo mecánicamente todo el repertorio de insultos infantiles posible. Yo llegué a molestarme, fui hacia ella y a mitad de camino la vi desaparecer entre los barrotes y caer al vacío. Escuché un golpe blando y después un silencio completo. Se ha matado, pensaba yo. No me atrevía a asomarme a la escalera porque quería evitarme la comprobación. Oí llegar desoladas a mi madre, a la tía Ignacia y a una criada. Entonces descendí. Mi hermana estaba caída en los peldaños. No se veía sangre, pero parecía muerta. La tomaron en brazos y las voces se diseminaron por la casa. Yo me creía culpable del crimen, pero afortunadamente, el crimen no existía. Mi hermana volvió en sí poco después. Lo primero que dijo al abrir los ojos fue que yo la había tomado en brazos y levantándola por encima de la barandilla, la había arrojado al vacío. Oh, yo la escuchaba y no podía siquiera desearle que hubiera muerto, porque era tan frágil y tan indefensa que no podía deseárselo. Y sin embargo, era aquello lo que me podía haber salvado. Mi padre fue el único que rechazó las acusaciones. Cuando le oí decir que Maruja mentía comencé a sentir que quizá podríamos llegar a ser amigos. Maruja, viéndose fracasar, rompió a llorar amargamente y a decir que le dolía todo. No era cierto. No le dolía nada ni tenía lesión alguna. Un coscorrón en la cabeza, como otros que nos habíamos hecho sin perder el conocimiento ni acusar a nadie. (Bien es verdad que todavía no he comprendido cómo no se mató).

Dos días después, marchamos en busca de los ciervos. Nos habíamos acostado mi padre y yo el día anterior a las seis, con el sol todavía en las bardas. A las dos de la mañana estábamos ya de pie. Salimos. Descendimos en plena noche, después de cruzar dos vaguadas cubiertas de malezas y grandes rocas grises. Antes del amanecer rodeábamos el castillo próximo y al llegar a la entrada del bosque, el cielo comenzaba a encenderse con tintas de rojo cinabrio. Algunos segundos después, el firmamento entero era una cúpula color sangre de toro. Mi padre me daba prisa:

—Vamos, vivo, que si nos instalamos después de amanecer los ciervos nos verán.

Al otro lado de un pequeño estanque abierto en el claro del bosque construimos rápidamente, aprovechando la disposición natural de una roca y ramas de árbol, un blocao.

Mi padre me preguntaba en voz baja atisbando por las aspilleras:

—¿Por dónde los viste huir?

Yo le indicaba el lugar. «Es por ahí por donde huyen siempre —decía él—, ya que al ser sorprendido, un animal en peligro no huye sino por un lugar conocido».

Los oídos nos engañaban constantemente con la ilusión del follaje removido entre los árboles. El viento nos traía los más pequeños ruidos. Pero no acudía nadie. La tensión del primer momento desaparecía ya cuando oímos rumor de follaje aplastado. Mi padre preparó la escopeta y lo que apareció allí no fue ciervo ninguno sino un oso. Un oso grande y viejo que miraba en nuestra dirección recelando algo.

—¡Un oso!

Mi padre estaba tan asombrado como yo. Disparó los dos cañones a un tiempo y el animal, que no parecía tocado, alzó la cabeza y miró en nuestra dirección. Al mismo tiempo salió el pastor que yo había encontrado en las ruinas del castillo, se acercó al oso y le rascó debajo de la barba. El pastor, dirigiéndose hacia nosotros, que seguíamos escondidos y sin comprender nada, gritó:

—Ah, ¿qué mal les ha hecho Mateo?

Mi padre me miraba a mí y me dijo por fin:

—Hijo mío, pellízcame en el brazo.

Le pellizqué. El pastor decía ahora:

—Los bucardos no vienen aquí. Hay que subir más arriba.

Y se marchó tranquilamente con el oso. Más lejos, cerca de las ruinas del castillo se oían las esquilas del ganado.

Nosotros regresamos al castillo. No hablamos una palabra. Mi padre parecía muy preocupado y se limitaba a exclamar a veces:

—Esto es como lo que le pasó al tío Mónico.

Yo me daba cuenta de lo dramático de la situación y no me atrevía a preguntar qué era lo que pasó. Llegamos al mediodía al castillo. Mi padre entró en la capilla, por lo visto tratando de recurrir a Dios en sus confusiones. Yo también. Estaba la capilla sumida en una sombra húmeda deliciosa. Encendió mi padre la lámpara que había frente al altar y se arrodilló. La imagen, de alabastro, se remontaba a los tiempos en que el castillo lo habitaba Sancho Garcés y era mucho más antigua, según decía mi padre. Iba cubierta hasta el cuello por un manto en forma de cono bordado en plata y oro. La imagen era bastante grande para lo que suelen ser las imágenes de esa naturaleza en España y mientras mi padre rezaba yo observé que por el hombro de la imagen asomaba alguna cosa movediza. Puse en aquello toda mi atención. Era un lagarto. Más tarde vi que había también en los agujeros de la bóveda de la capilla ardillas color tabaco. El lagarto seguía en el hombro y parecía mirarnos a nosotros y a la luz de la lámpara intrigado. Olió la oreja de la imagen, descendió sobre su manto bordado en el que el lagarto parecía un adorno más y volvió lentamente al hombro.

Después se lo conté a mi padre. Estaba también la tía Ignacia, que se apresuró a decir:

—Aquello no era un lagarto, sino el diablo. En estos lugares hasta la virgen lleva el diablo en collicas.

Mi madre sonrió. Era menos religiosa que mi padre, al revés de lo que suele suceder en las familias. Yo me fui a la plaza de armas con un grueso cayado rematado en un pincho de hierro. Distraído me puse a golpear con el cayado una losa grande, cuyos límites se perdían entre la tierra y la menuda hierba. Noté que mis golpes sonaban a hueco y me fui a avisar al cabo. Este buscó una barra de hierro que los campesinos llaman barrón y que suelen usar como jabalina para lanzarla lejos, en sus juegos, pero a pesar de todo no conseguimos sino moverla un poco. Mi padre, intrigado, se fue a buscar otra palanca y entre los dos consiguieron levantar la piedra. Debajo apareció un orificio circular correctamente trazado, de más de un metro de diámetro. Mi padre y el cabo de guardas se miraron extrañados y este dijo que aquellas montañas estaban llenas de cuevas y que en una de ellas se guardaba el copón que usó Cristo en el monte de los Olivos. Arrojaron papeles encendidos con los que se iluminó el recinto. No se veían señales de haber tenido nunca agua. Los muros eran de sillería labrada y ajustada. El cabo se ofreció a bajar a explorar. Yo me ofrecí también, pero los dos estuvieron de acuerdo para rechazarme. Fueron a buscar una cuerda, una linterna y un pico. Se descolgó el cabo con la linterna colgada del cinturón y el pico a la espalda.

El cabo dio voces desde abajo diciendo que todo estaba limpio y en orden y que había una puerta tapiada que iba a abrir. Mi padre descendió también y poco después se oyó el ruido monótono de un pico separando las piedras de la argamasa. Yo protesté tanto que por fin me dejaron bajar. Descendí rápidamente. En cuanto cedió una parte del muro metieron la linterna y estuvieron curioseando. Allí comenzaba una galería, que se prolongaba a lo largo de más de cien metros. Acabaron de abrir y penetramos los tres. Yo quería ser el primero en avanzar para poder contárselo a Valentina, pero mi padre me llamaba constantemente y me obligaba a ponerme detrás. Mi padre ignoraba que era verdaderamente allí donde yo tenía miedo y acabé instalándome detrás del guarda, pero delante de él.

Yo lo miraba todo ansiosamente. Creía que el mundo se había hecho de dentro a afuera. Debajo de donde estábamos había otros subterráneos con restos de la vida anterior. Y me interesaba mucho lo que veía para mi Universiada, donde tendría que relatarlo. Mi padre, que no estaba muy fuerte en historia, exclamaba palpando el muro:

—¡Qué grandes, los romanos!

Luego añadía que si Roma nos invadió, los principales emperadores romanos fueron después españoles, como Trajano. Y contaba de él grandes prodigios.

Con objeto de conservar la orientación mi padre sacó un papel y comenzó a levantar el plano con el lugar por donde habíamos entrado. Llevaba trazas la galería de prolongarse cientos de metros. A la izquierda se abrían recintos cuadrangulares, bastante espaciosos. En el primero vimos una olla de barro. Dentro había monedas negruzcas que debajo de una capa de polvo fuertemente adherido se mostraban de plata. Las dejaron como estaban con el propósito de ir haciendo un inventario y volver más tarde a recogerlas. Eran del siglo IX, con gran decepción de mi padre, que quería que fueran romanas. Otro recinto que se abría un poco más adelante, tenía simplemente una cuerda colgada del techo y al pie, en el suelo, un montón de restos humanos y de trozos de tela podrida. Aquel encuentro era bastante para contener de momento la curiosidad de los tres, pero seguimos adelante.

La galería iba a dar a una glorieta en medio de la cual había un gran bloque de piedra, cuadrado. Lo golpearon con los bastones para ver si estaba o no hueco, pero era un bloque macizo. De aquella glorieta partían cuatro galerías más en otras tantas direcciones.

El guarda insistía en que en aquellas cuevas estaba el cáliz de la pasión de Cristo. Seguimos investigando, pero como la tarea era para más de un día y de una semana, decidimos salir. Al vernos a la luz del día nos encontramos al cura de una aldeíta próxima que venía a decirnos misa los domingos. Había dicho ya otras dos, una en su pueblo y otra en un santuario, y como había bebido dos buenos tragos de vino en ayunas, estaba un poco mareado. Tenía mucha prisa por decir la última y almorzar, y fuimos todos a la capilla. El santero estaba con su traje nuevo y le ayudó. No decía ninguna frase en latín, sino frases fonéticamente equivalentes en español. Por ejemplo, cuando debía decir: et cum spiritu tuo, decía: «según se mire es tuyo». La larga oración del «Oremus» fue algo que a mi padre le produjo una risa incontenible. Cuando alzaba la hostia, el santero oyó rascarse al perro del cabo y dejando la campanilla salió detrás del animal hasta echarlo: «Rediós, este no es lugar para que los perros se espulguen», decía. El cura y mi padre contenían la risa. Después mi padre decía, moviendo la cabeza: «Dios toma más en cuenta esos disparates que los rezos de muchos obispos».

A veces en aquellos días yo pensaba en mi abuelo a cuya casa hacía tiempo que no había ido. Pensaba en él como en un enemigo de mi padre, con ese instinto de los niños para descubrir la verdad de los afectos de los otros.

Mi abuelo no era enemigo de mi padre, desde luego, pero tampoco le había mostrado nunca sentimientos especialmente amistosos. Yo creo que mi padre recelaba de él. Hasta cierto punto mi padre tenía miedo de él y esa era la razón de que no fuera a verlo nunca. Por otra parte mi abuelo no salía de su pueblo sino para ir a visitar las cabañas en el valle bajo durante el invierno o en las altas sierras en verano. Las ovejas necesitan vivir durante el verano en tierras altas para que produzcan mejor lana, según había oído decir. Cuanto más frío el lugar, mejor lana protectora les daba la madre naturaleza.

Según el origen y la clase de desgracia que me aquejaba yo pensaba en Valentina o en mi abuelo. Si era una desgracia de carácter social (por ejemplo una derrota en mis batallas con los bandos de chicos contrarios) pensaba en mi abuelo. Si era una desventura dentro de casa (en mis relaciones con mi padre) pensaba en Valentina.

Mi abuelo era una especie de Júpiter tonante que vivía al otro lado del río.

En algunos días no volvimos a investigar en los subterráneos. Por la noche me desperté con frecuencia porque el viento producía un estruendo mayor que de costumbre y yo relacionaba aquel mugido con los misterios de las criptas descubiertas. Al día siguiente el cabo se presentó con una larga escalera de mano. Descendimos, mi padre, el cabo y yo. Reconocimos el terreno ya descubierto. A veces nos inquietaba un rumor lejano de pasos y nos deteníamos hasta comprobar que era el eco de nuestros mismos zapatos. Mi padre justificó la confusión diciendo que podía muy bien haber nidos de raposas por allí, pero el cabo dijo que las raposas preferían lugares poco profundos y situados cara al sol. Seguimos explorando. En una cava que terminaba uniéndose el techo con el pavimento hallamos una nueva tinaja con pergaminos y monedas. El valor de las monedas era muy discutible, pero teníamos todos la impresión de haber hallado un tesoro. Mi padre recogió los pergaminos para llevárselos a casa y advirtió que todo aquello pertenecía al Museo Provincial de Historia y que nadie debía tocarlo. En un rincón volvimos a encontrar restos humanos calcinados. Regresamos a la glorieta, desde donde descendía una amplia galería en rampa. A los dos lados había toda una hilera de nichos agrietados por donde nadie se atrevió a verter la luz de la linterna porque se veía a primera vista que se trataba de sepulturas. El aire no estaba húmedo, pero hacía frío. Al final de la rampa encontramos otra grande glorieta con galerías que se dividían en distintas direcciones. Acordamos marchar por la primera que se abría a la derecha. Al revés que la anterior, esta iba elevándose hasta terminar en un lugar donde se unía con la techumbre formando un ángulo muy agudo. Mi padre indicó al cabo que picara en el techo. Después de media hora de trabajo apareció la luz del día. El cabo decía que la salida había sido cegada a través del tiempo por la acumulación natural de tierra. Salimos y nos encontramos en medio de las casas de la servidumbre del castillo, en una pequeña plazuela rodeada de construcciones irregulares. Allí debían vivir los herreros, los pelaires, los maestros ballesteros, armeros, tejedores.

Habíamos invitado a mosén Joaquín, que llegó un día en la mañana y subía renqueando hasta lo alto del castillo. Allí se limpió el sudor, se sentó en una piedra antes de saludar a nadie y dijo a mi padre:

—Estos aires son los que me convienen a mí.

Allí mismo trajo la tía Ignacia un refrigerio. Dos perdices en adobo —preparadas con vinagre y aceite— y una botella de vino. El cabo se había acercado a besar la mano al cura, y contemplaba la bandeja atusándose el bigote. Mi padre lo invitó a comer. Igual que mosén Joaquín localizaba el vino por el sabor.

—Ese vino tiene ocho años y es de la finca de Almorávides, ¿verdad?

Mi padre le decía que no tenía ocho años sino diez. Lo envasaron el año que nací yo. En cuanto al origen, era cierto.

—Eso no es vino. Eso es teta —dijo el cabo.

Mi padre reía, sintiéndose adulado. Pero mosén Joaquín quería ir a la capilla. Allí fuimos los tres. Mosén Joaquín, al pasar frente a la imagen, se arrodilló un momento con la cabeza inclinada sobre el pecho para volver a decir después en cuanto se levantó:

—Es verdad, don José, el vino es de Almorávides.

Descendimos a los sótanos. No acabo de comprender por qué mosén Joaquín quería encontrar fósiles en aquel subterráneo. Como no los hallaba, absolutamente desinteresado de todo lo demás, quiso salir cuanto antes.

Por la tarde yo sentí que nadie reparaba en mí y me marché a las ruinas del castillo próximo esperando encontrar al pastor. Desde que lo había visto acariciando al oso no podía aguantar mi curiosidad. El pastor estaba como siempre debajo de un arco, el cuerpo al sol y la barbada cabeza a la sombra.

Me recibió con simpatía y yo le pregunté dónde estaba el oso.

—¿Qué oso?

—El que llevabas en el bosque el día que le disparamos desde nuestra espera.

—¿Qué espera? ¿Qué bosque?

Estuve explicándole y me escuchó con toda atención, pero negó que él tuviera un oso y mucho más que hubiera ido con él al bosque.

—Ahora bien, es muy posible que me vieras porque aquí hay lamias. Y las lamias hacen ver cosas que no son verdad.

Me explicó lo que eran. Espíritus del bosque, femeninos, que tienen pies de ganso con membranas entre los dedos, o de cabra, con pezuñas.

—¿Has visto alguna? —pregunté yo.

—Sí, más de una. Son las más guapas mujeres que he visto en mi vida. Tienen un agujerito sobre tal parte.

Se señalaba la barba cubierta de pelos. Añadía que no había que fiarse y que antes que nada era necesario mirarles los pies. Ellas acostumbraban llevar unas sayas muy largas para ocultarlos, pero entonces bastaba con atraerlas hacia un lugar donde la tierra estaba húmeda y mirar las huellas que dejaban.

—Lo que yo vi no era una mujer sino un hombre.

—¿Con un oso?

—Sí.

—Entonces era el sobrino del albéitar, que tiene un oso. Por nada del mundo lo hubiera hecho él, porque cada lamia suele tener el suyo, en el que cabalga, y hay tantas lamias como osos y si alguno tiene un oso amaestrado es que hay una lamia que tiene que andar a pie y lo perseguirá y cuando nazca un niño en su casa le pondrá un hueso de cementerio entre los pañales.

Nos quedamos los dos en silencio. El pastor fue a sacar de debajo de una piedra, que estaba caliente por haber tenido fuego, un trozo de carne entre astillas humeantes. Sacó del morral pan, sal y aceite, aderezó la carne muy bien y se puso a comerla. Me dijo que había cazado una liebre y que no le faltaba nunca caza fresca.

—¿Tienes escopeta? —le pregunté.

El pastor soltó a reír y dijo que cuando los conejos veían a un cazador con escopeta nueva, polainas, cartucheras y bufanda de lana al cuello —yo imaginaba a don Arturo— se ponían a bailar de contento. «Pero cuando ven esto (y mostraba su palo de pastor) piden confesión». Me ofreció de comer y yo acepté. Cuando terminamos me dijo:

—Ahora ven si quieres y te enseñaré la bodega.

Anduvimos unos veinte pasos y poniéndose él a cuatro manos apartó unos arbustos y se perdió entre dos rocas. Yo hice lo mismo con la angustia que siempre he sentido al imaginarme me a mí mismo en espacios demasiado estrechos, pero al otro lado de las rocas el pasadizo se convertía en una caverna que me recordó en seguida las galerías de nuestro castillo.

—Ven por aquí.

Yo le seguía y le vi alzarse junto al muro, meter las manos en una hornacina de aspecto sepulcral y asomar por un boquete del sepulcro roto el gollete de un odre. Tenía un brocal que se quitaba a rosca. Descolgó de su cintura una bota vacía, le quitó también el brocal y fue dejando caer del odre a la bota un chorro de vino cuyo olor percibía yo. Cerró de nuevo el odre y fuimos regresando en silencio. Ya fuera el pastor soltó a reír y me dijo:

—Pongo ahí el vino. No lo bebe más fresco el obispo.

—Pero ¿aquello no es una tumba?

El pastor se me quedó mirando en silencio.

—¿Te dan miedo los muertos?

Yo negué con la cabeza, pero el pastor quería convencerme:

—Treinta años llevo poniéndolo ahí. Ahí lo ponían también mi padre y mi abuelo. No se ha dado el caso de que cualquiera que sea el muerto que allí vive se nos haya bebido una gota.

Yo callaba. Después de beber él un trago me ofreció y bebí un poco. El vino estaba casi helado y el pastor me lo quitó antes de que yo hubiera terminado, diciendo:

—Ten cuidado, porque es un vino muy fuerte y si bebes mucho tendrás que quedarte a dormir la mona o tendré que llevarte yo a cuestas al castillo. Y ninguna de esas cosas es decente.

La tarde avanzaba y el cielo comenzaba a palidecer. El pastor consultó el sol y la distancia que me separaba del castillo.

—Si se hace de noche antes de llegar no tengas miedo, que cuando se ha bebido de este vino, las lamias no pueden hacer ningún mal.

Yo le dije si era por conjurar a las lamias por lo que ponía vino en el sepulcro.

—Sí, mocé, pero eso no hay que decirlo a nadie porque es una costumbre que yo heredé de mi padre y él de su abuelo y él de su bisabuelo y él de su tatarabuelo y así por el respective, hasta los tiempos en que andaba Dios por los caminos.

Yo, para demostrarle que le agradecía aquella revelación, le hice otra. Le conté que había descubierto los subterráneos del castillo y que había recorrido más de una legua por debajo de tierra recogiendo papeles y monedas antiguas y que uno de los pasadizos comunicaba con el castillo en cuyas ruinas estábamos.

—¿Tú solo? No lo creo.

—¿Por qué?

—Dices que has tenido que cavar en la tierra y abrir paredes. ¿Cuándo lo has hecho?

—Ayer.

—A ver tus manos —y cogiéndolas volvió las palmas para arriba—, ¿dónde están las huellas del pico?

Me dejó tan desarmado que me hubiera echado a llorar.

—Si hemos de ser amigos —añadió aún— menos embustes.

Yo quería demostrarle que había una parte de verdad en lo que le había dicho. Por lo menos el subterráneo comunicaba con el castillo. El pastor se daba cuenta de lo dramático que era para mí conseguir convencerle y aceptaba en parte mis palabras.

—No ese pasadizo, no. Será otro, pero ese no.

—¿Por qué?

—Porque ese lleva a los mismos infiernos. Mi abuelo quiso entrar una vez y le salió al paso un diablo que conocía toda la historia de mi familia. Le estuvo hablando de su padre y de su abuelo, y cómo eran sus nombres y sus maneras de pensar y a mi abuelo le entró después de aquel día un vacío en la entraña que le duró hasta que se murió. Por eso, ninguno de nosotros entra más lejos de la cuarta sepultura porque, y esto, mocé, no lo olvides, todo lo que es muy malo es bueno también si se toma en porción. Y si entras muy adentro te da un vacío y si sigues más adentro caes en los mismos infiernos. Pero si te quedas como yo, a la entrada y pones el vino en la sepultura, entonces tomas fuerza y las lamias no pueden hacerte nada.

Y palpando la bota movió la cabeza y añadió:

—Está demasiado frío, pasa sin sentir y allí por donde pasa da tanto gozo que no hay más remedio que seguir bebiendo. Y ahora ya lo ves, se te ha subido a la cabeza.

Tenía razón, pero hasta que lo dijo, yo no me di cuenta. No se podía decir que estuviera borracho, aunque no sabía a ciencia cierta lo que era la embriaguez. Desde luego, no me caía, ni siquiera me tambaleaba, hablaba normalmente, podía ir y venir sin que mi camino se me torciera y además, si el pastor había bebido mucho más y no estaba borracho, ¿por qué había de estarlo yo? Rechazando cualquier ayuda del pastor le agradecí sus buenos deseos y me marché. La mayor parte del camino de regreso la hacía corriendo. Ya de noche me di cuenta de que si corría tenía miedo y fui despacio inspeccionando cuidadosamente a un lado y a otro las sombras, aunque ya sabía que las lamias no me harían daño, suponiendo que me salieran al paso. Cantaba la canción de Valentina:

Agüil, agüil,

que viene el notario

con el candil.

Cuando llegué a casa estaban todos inquietos, aunque iban acostumbrándose a los sobresaltos por mi causa y a que se resolvieran siempre bien. Había nuevos invitados: el médico y su mujer. Me recibieron como a un viejo amigo. Mi padre no gustaba de estar solo demasiado tiempo y los había invitado a pasar sábado, domingo y lunes. El médico estaba encantado y su mujer trataba de decir a todo, con aire muy convencido, que era «muy lindo», como en un bazar. A ella, como a la tía Ignacia y a mi hermana Luisa, no le convencía la naturaleza sino en las fotografías.

Al final de la cena, mosén Joaquín, que había prometido leer la traducción del pergamino hallado en los subterráneos, sacó unos papeles. Al principio, el médico se agitó en la silla, pensando que iba a aburrirse, pero poco a poco, fue interesándose, apoyando un codo en la mesa, después el otro, acercándose al sacerdote y haciendo gestos afirmativos. El silencio era cada vez mayor. Concha y yo escuchábamos terriblemente interesados. El pergamino decía, en un estilo que recordaba un poco el latín original:

«Prefacio hecho por mí mismo a las ordenanzas de este castillo levantado según memoria escrita por Sancho Garcés Abarca para que sea leído una vez por mes en día viernes de nuestra Santa Madre y en hora de vísperas ante los capitanes y gente letrada por el maese de la orden de Santiago abajo firmante y el cual prefacio todos deben, como es su obligación, tener presente para ajustar a él su ánimo en tiempo de paz o de guerra según conviniera al santo servicio de Dios. Amén.

»De tres clases de hombres está hecha la fortuna y la gloria de esta tierra y en general de todas las tierras habitadas por gentes no bárbaras ni salvajes.

»Los unos que por su buen ánimo para tratar con el prójimo, su corazón amoroso de Dios y de los hombres, su sentimiento del bien y su disposición para ayudar a los demás han llegado a borrar de su alma todas las pasiones y los malos afectos y viven sin tener más presencia que la sombra de las virtudes. Esta clase de hombres son los santos.

»Los otros son los que por mucho estudio y experiencia y mucho pelear en juventud con moros y malos cristianos y porque Dios se sirvió distinguirles con ese privilegio llegaron a penetrar más que los comunes ojos en la entraña de las cosas y al sentir la nieve en sus cabellos, con la honra de los hijos y de las armas conquistadas y el amor del fuego supieron poner en buena retórica gozos santos y cantares profanos y crónicas famosas que pueden leer para edificación los hombres de mañana. El primero de estos hombres —digo de nuestro tiempo— es el rey Alfonso de Castilla y León. A esta clase de hombres, que llamaremos la segunda de los que hacen la patria en nuestra tierra y en toda otra, es la de los poetas.

»Finalmente, los terceros hombres más necesitados para fundar nuestra grandeza son aquellos que buscan esforzados hechos y el hierro enemigo para escribir con su sangre, que así podría decirse que han hecho muchos, la cifra de su escudo. Estos son los héroes.

»Los tres hombres, pues, más necesarios al fundamento de la grandeza son los santos, los poetas y los héroes. Muy rica puede ser una tierra sin esas virtudes, pero no alcanzará grandeza. Y Dios nuestro Señor no ha sido parco en otorgarnos esas tres clases de hombres a nosotros, que los tenemos cada día a nuestro lado y los vemos en la virtud, el saber y el heroísmo, edificándonos con sus hechos. Algunos hay que tienen más de una de esas cualidades, pero bien nos basta a cada uno tener una sola, porque si se posee totalmente como Dios gusta que los hombres posean las cosas, entonces no puede haber verdadero poeta sin toque de heroísmo, ni verdadero santo sin toque de poeta, ni ninguno en fin de los tres, sin alguna de las virtudes de los otros.

»La primera condición del santo es menospreciar los valores de cada día por aquellos que sólo hallan su puesto y realce en la eternidad. Y esa es también condición del héroe. Y del poeta. La primera condición del poeta es la verdad y la belleza, por las cuales dará la vida si es necesario y esa es la condición del héroe. La primera condición del héroe es no volver la cara al peligro sino ir a él con mejor ánimo cuanto más grande sea y más alta la gloria de vencer o morir. En estas cualidades están comprendidas también la belleza, la verdad y la santidad del amor a las causas justas. No se puede decir, pues, que cada cualidad vaya separada de las otras y sea en sí y por sí misma bastante para la grandeza, porque si así fuera se podrían oponer las unas a las otras, lo que no es posible.

»Y yo os digo que aquí en este castillo de Sancho Garcés, el héroe se cuenta primero y después, en el mismo lugar, el santo y el poeta. Y que de nuestro heroísmo depende el cuidado estímulo y crecimiento de las otras virtudes, que por más que algunos digan que son cualidades de paz, yo os digo que de guerra son también porque la guerra es como la parte más alta y esforzada de la vida y en ella las altas cualidades mejoran y se enaltecen, igual que en el punto de mayor curvatura del arco y de la ballesta todas las cualidades del hierro y la madera se ponen en tensión y en mejora. Y así os digo, oh, mis capitanes y caballeros, que las ordenanzas de este castillo que aquí siguen, tienen que estar impregnadas de estos sentimientos y hacer que nuestros privilegios conseguidos con largos siglos de lucha sean tenidos por tales sin soberbia, y el sometimiento aceptado sin humillación y la ley nuestra sea como ley de santos, de poetas y de héroes, firme y gustosa para todos y para el mejor bien de la patria y del interés de Dios y que todos vosotros, altos en fortuna, esfuerzo y nobleza, tengáis presentes aquellas palabras de San Paulo cuando dice: “Yo me doy a todos y en el pensar y sentir de todos desaparezco cada instante, pero no escucho otro juicio de mis actos ni acepto otra gloria que la que de Dios me viene”. Así debemos ser todos, que quizá Dios nos lleve por ese camino a la verdadera gloria de obtener en esta peña fuerte de Sancho Garcés algún hombre que, alcanzando en su más alto estadio las tres virtudes de heroísmo, santidad y saber o poesía, mejore el camino de los demás como hicieron San Paulo en Roma, El Cid en los campos del infiel y el Rey Alfonso en sus cristianos reinos. Amén».

Nadie había interrumpido a mosén Joaquín. Mi hermana Concha bostezaba, porque al principio creyó que aquello sería como Fabiola, que estaba leyendo y que hablaba de los amores de los romanos. Mi madre la mandó a dormir. Nos quedamos allí los hombres y mi madre y la esposa del médico, todos por igual encantados con la lectura. Yo no lo entendía por completo, pero en su conjunto aquel escrito calentaba como el vino del pastor.

—Hombres como aquellos, no los hay ya —dijo la mujer del médico.

Su marido protestó:

—Los hay.

Mi padre pensaba lo mismo. No creía que las grandezas pasadas volvieran. No creía que nada de lo que verdaderamente había muerto debía volver. Si murió era que le había llegado su hora. «Pero —añadió— la verdadera grandeza no muere nunca. Su fondo continúa por otros cauces».

—¡De acuerdo! —decía el médico enérgicamente. Añadía que en aquellos castillos, en aquellas comarcas, nacieron las libertades modernas de Europa. Allí y no en la revolución francesa, que sólo fue un pequeño asunto de comerciantes leídos.

Mi padre intervino para clamar contra el espíritu que la difusión del comercio —el engaño, la mentira, el pequeño crédito, la falsa honradez hecha siempre de represiones— había traído. «En estas tierras nacieron las libertades de Europa. Mientras se contenía la barbarie de África aquí y después en el mar —Lepanto—, las cortes aragonesas sentaban leyes en las que por primera vez se organizaba verdaderamente la libertad. De esas cortes ha nacido después la idea de la libertad en Francia, la antigua legislación inglesa. Las relaciones de la nobleza y la aristocracia con el pueblo y con los reyes. Los fueros en los que se formaban unidades jurídicas puras independientes de…», seguía hablando, pero yo no le escuchaba.

El cura movía la cabeza como en éxtasis:

—Oh, si todos nos atreviéramos a ser lo que por dentro somos más o menos.

—¿Qué cree usted que somos? —preguntó el médico.

—Héroes o santos o poetas. Todos nacemos con alguna de esas semillas en el corazón.

Yo dije que iba a contar algo muy importante sucedido en uno de los castillos avanzados, pero que antes necesitaba hacerles una pregunta.

—¿Qué quiere decir bastardo?

Me explicaron lo mejor que pudieron. Yo vi que había algún misterio que no debía esclarecer y sin conseguir enterarme del todo, comencé a contar lo que me había dicho el pastor. Al llegar a la frase: «Aquí dentro hay ciento veinte hijos de puta dispuestos a dar la vida por vos» todos soltaron a reír menos las señoras, que reaccionaron de manera muy distinta. Mientras mi madre me miraba como si no me hubiera visto nunca, la esposa del médico se puso colorada y dijo:

—¡Oh!…

Mi padre seguía riendo, pero, cuando todos se tranquilizaron, me preguntó repentinamente serio:

—¿Dónde has oído eso?

Yo hubiera guardado el secreto porque no entraba en mis normas decir todo lo que me sucedía, pero en aquel pergamino que el cura acababa de leer se hablaba de que el poeta era el hombre de la verdad y la belleza. Yo que tomaba aquello al pie de la letra le conté todo. Después añadí:

—¿Qué eran aquellos hombres del castillete? ¿Santos, poetas o héroes?

Mi madre seguía mirándome sin comprender.

—Este hijo…

Decidieron no hacerme caso. Mosén Joaquín era el único que me miraba de frente y a veces hacía rodar sobre el mantel una bolita, hecha con una miga de pan, hasta el otro lado, donde yo se la devolvía con un seco golpe. Yo preguntaba todavía:

—¿Seis siglos son muchos en la vida de los hombres?

—No. No son nada —dijo el médico.

—Entonces, ¿nosotros somos los mismos que construyeron este castillo?

—Poco más o menos.

—¿Y qué somos nosotros, papá? ¿Tú eres un bastardo?

No me contestaban. Hablaban de otra cosa. Yo me consideraba mitad héroe y mitad poeta. Lo dije. El médico y el cura me miraban con simpatía. Mi padre sacaba del bolsillo el plano de las excavaciones y lo extendía. Mi madre preguntó si habían quedado cerradas las salidas de los subterráneos y la mujer del médico pareció tranquilizarse, también, cuando dijeron que sí. El médico al oír lo de los esqueletos se acordó de que él necesitaba uno para su gabinete de estudio, pero no se atrevía a pedirlo al sepulturero porque eran muertos más o menos recientes. «Uno de los de abajo me convendría». Pero añadió que tendría que estar «completamente limpio». Yo pensé en el pastor. Le dije que conocía a alguien que se lo limpiaría, pero tendría que pagarle porque era muy pobre.

—Quince pesetas le daré, si verdaderamente me lo prepara.

Mi madre volvía a extrañarse:

—¿De dónde sacas tú esas relaciones?

Yo no le contestaba. Mi padre miraba al mapa. Había una galería que salía del croquis y continuaba hacia un costado prolongada imaginariamente.

—¿Y esa galería? —preguntó el cura.

—Está sin explorar. Hay sepulcros a los dos lados. Yo intervine:

—Llega hasta el otro castillo. Y los sepulcros también. Y en el último sepulcro hay vino fresco y el que bebe eso queda inmunizado contra las lamias.

—¡Bah! Vino fresco en un sepulcro. ¡Qué estupidez!

—Papá —dije—. Déjame a mí descubrir esa galería. A mí solo.

—¿Estás loco?

El cura se levantó y se fue a un diván apartado. Encendió un candelabro, sacó su librito de rezos y se puso a leer el ejercicio vesperal. Cuando se levantó yo me levanté también creyendo que quería hacer algún aparte conmigo pero al verle sacar su librito volví a mi silla decepcionado.

—Déjame ir al subterráneo.

Acordaron recorrer juntos al día siguiente la galería nueva hasta el fin. Sin duda, estaban estimulados por mis arrogancias.

—Yo creo —dije— que allí dentro duermen las lamias con sus osos. De día salen a recorrer el bosque. Pero yo no tengo miedo a las lamias.

Mi padre se levantó ya enfurecido y ordenó:

—A dormir.

Yo me levanté tranquilamente y me dirigí al médico:

—¿Quiere el esqueleto?

—Claro que sí, pero tú…

—No le haga caso —dijo mi padre.

El médico volvió al tema de las viejas grandezas:

—Hemos sido un pueblo fuerte. Un pueblo de santos, héroes y poetas como dice ese papel. Con fuerza en nuestro destino para influir en otros pueblos. Seguimos siéndolo, don José. No estamos dormidos. Ya verá usted cualquier día cómo despertamos. Pero ningún pueblo se hará ya grande con las armas.

—Quizá.

—Si ayer el catolicismo español supo conquistar el mundo hoy una idea nueva de lo humano saldrá también de nosotros. Es decir, que nuestro imperio puede y debe ser espiritual. Hoy el heroísmo no consiste ya en dar la vida avanzando con el regimiento. Hace muchos años que Gracián definió al héroe con más de santo y de poeta que de héroe mismo. En las luchas con las sombras, por el conocimiento.

Las Moradas de Santa Teresa —dijo desde lejos el cura.

Mi padre propuso jugar al «tresillo». Se hizo partida en seguida. Dos mujeres y dos hombres. Don Joaquín seguía en su rincón con el librito entre las manos. Yo me fui a la cama pero me dormí muy tarde. Trataba de madurar mi plan del día siguiente. Al principio llegué a pensar seriamente en irme a los sótanos, pero luego, cuando me quedé solo, fui dándome cuenta de que si lo había dicho delante de la gente era verdaderamente por vanagloria y ahora me parecía más difícil. Así y todo me propuse explorar la galería el día siguiente. Iría a ver al pastor, y aproximadamente a la misma hora que comenzaran a avanzar por un extremo de la galería, avanzaría yo por el otro. Nos encontraríamos en la mitad y les convencería de que tenía razón cuando dije que comunicaba con el castillo y que era bastante heroico para hacer aquello como un «bastardo» más. Esa palabra me pareció que representaba el heroísmo desordenado, pero arrollador.

Madrugué mucho, vi que los demás dormían y me fui a la fuente románica. Allí le escribí con lápiz otra carta a Valentina. Aquel día salía el cabo para el pueblo y la llevaría.

«Aquí estoy y ahora ya no son batallas navales sino subterráneos con esqueletos y ahorcados. Todo ha cambiado. Antes de que te vayas a San Sebastián quiero decirte que hay lamias que van montadas en osos y tienen el pie de oca, con membranas entre los dedos, o bien de cabra, con pezuñas. Yo sé lo que hay que hacer para que no hagan daño. Sólo no sé si sus osos muerden o no, pero lo averiguaré en seguida porque el pastor me lo dirá.

»Y esta tarde, yo te digo lo que voy a hacer. Pero esto de ahora no lo hacen las personas mayores porque el pastor mismo no se atreve. Voy a explorar yo solo la peor galería, toda larga y negra. Se tarda en andarla más de dos horas, y comunica un castillo con el otro. Así es. No te extrañaría si supieras que ahora soy un bastardo.

»Antes de emprender esa aventura te escribo para que sepas dónde está y qué es tu inolvidable Pepe. —Postdata: Deja esta carta olvidada sobre la mesa para que la vea tu padre».

La comida se alargó terriblemente. Yo no hablaba, al revés de la noche anterior. Mi padre estaba extrañado y preguntaba al médico si mi conducta no obedecería a una neurosis, porque de pronto estaba rebosante de cosas por decir y de pronto, sin motivo aparente, me quedaba mudo como una estatua.

—No está tan mudo —decía el médico—, porque lo que hace es preparar alguna diablura.

Aprovechando las demoras de la sobremesa y seguro de que iban a bajar a explorar la galería hacia las cinco (antes no, por la digestión, y después tampoco porque se haría muy tarde) yo me fui hacia el castillo próximo. Por el camino no sucedió nada digno de contar. Oí ladrar una raposa cerca, pero son animales inofensivos. Ni lamias ni osos me salieron al encuentro.

El pastor estaba inmóvil como siempre, el cuerpo al sol y la cabeza a la sombra.

—¿No te pasó nada ayer? —preguntó en cuanto me vio.

—Ya lo ves.

—Me alegro.

—Dame un poco de vino fresco.

—¿No te aficionarás, zagal?

—¿Yo? Dámelo.

Bebí un largo trago. «Contra las lamias», pensaba y recordando mis dudas sobre los osos, pregunté al pastor si los osos de las lamias mordían o no a los que estaban inmunizados contra ellas.

—El oso no hace sino lo que le manda la lamia —dijo el pastor.

Ah, menos mal. Luego le dije que me había preocupado de él, que si quería ganarse quince pesetas no tenía sino sacar un esqueleto que estuviera entero y limpiarlo y llevárselo al castillo antes de dos días, porque después, el médico se marcharía. El pastor movió la cabeza a un lado y otro negando:

—Eso es lo que yo gano cada tres meses. Eso y el vino y el pan y el aceite. Pero digo que no. Dile al médico que no. —¿Por qué?

—Porque no. Es como el barbero de mi pueblo, que me dijo un día: Tráeme un bucardo después de la muda de pelo. Tráemelo, y te daré dos pesetas.

—¿Para qué lo quiere? —le pregunté.

—Para hacerse una buena brocha con el pelo que el animal lleva en la barba. Pero el bucardo tiene que tener su barba y el hombre también. Los barberos sólo son necesarios para poner sanguijuelas cuando uno verdaderamente se muere.

—Pero ahora es distinto.

—¿Por qué?

—Porque es para la ciencia.

—Ah —se quedó meditando un momento y añadió—: No. Los muertos al hoyo. Que duerman en paz. Y los bucardos al boscaje.

—Los muertos se alegrarían de poder servir a los vivos.

—Ya sirven. Bastante sirven. Y el que no lo crea que venga a preguntarme a mí.

Comenzó a decir que el manantial de las aguas medicinales donde la gente se curaba la anemia pasaba por dos cementerios antiguos y recogía el agua que se filtraba de otro moderno. «Los muertos se lavan bien y después los que no se quieren morir se beben el agua. Y se ponen colorados y rollizos».

Yo no volví a hablar del asunto, tomé un poco más de vino y le pregunté si serían ya las cinco. Miró las sombras de un árbol y dijo:

—Ya pasó un palmo de las cinco.

—Entonces hasta la vista.

Me metí entre los arbustos. Fui al otro lado de la roca y penetré en la galería. Encendí la linterna. Había en los muros algunas partes que brillaban especialmente bajo la luz. Quizá chispas de cuarzo. Al principio, con el primer impulso anduve casi cien metros sin vacilar. Después observé que la galería descendía y llegué a pensar si el pastor tendría razón, si aquella galería iría a los infiernos, pero otra vez volvía a levantarse y subía en rampa suave. «Ahora va hacia el castillo», me dije. Me puse a cantar con el ritmo de la marcha, pero en el propio sonido de mi voz yo noté mi miedo. No volví a cantar. A veces, sintiendo el vino en mis venas, gritaba impetuoso a las sombras:

—¡Eh, yo también soy hijo de puta!

Sabía que esta última palabra era incorrecta, pero no alcanzaba bien su sentido y entre hombres no sonaba mal. Además quería ser a toda costa uno de aquellos ciento veinte que tampoco querían a su padre y lo defendían quizá para humillarlo. Porque yo comenzaba a ver que, entre otras cosas, «ser bastardo» quería decir «odiar al padre». Continué más animado y sentía en cada golpe de mi sangre el influjo del vino. Volvía a mirar atrás y no vi ya las rocas de la entrada. Sin darme cuenta había ido dando un viraje y la galería se perdía en una lenta curva de sepulturas y bóvedas. Continué sin mirar más que el espacio iluminado por la linterna. Todo era igual y ahora mi tranquilidad la sentía como un espectáculo que me daba una idea superior de mí mismo. Más adelante oí un rumor de risas y respiraciones entrecortadas: «Son las lamias». Y avancé resuelto sabiendo que no podían hacerme daño. No había tales lamias y el rumor lo producían filtraciones de agua. El pavimento aparecía encharcado. Y tuve que pasar mojándome hasta encima de los tobillos. Al llegar al otro lado tuve la impresión de que las filtraciones podían aumentar y aquel agua me impediría regresar si por algún encuentro inesperado me veía en el caso de retroceder. Pensando haber avanzado bastante grité para hacerme oír de mi padre, que seguramente andaba cerca.

—Papá.

El último eco sonó muy lejos. Yo creí que alguno de aquellos ecos sería la voz de mi padre o la del médico. Seguía avanzando más seguro de mí mismo. Miré incluso las tumbas de los dos lados y continué durante más de media hora. Oí otra vez rumor lejano de risa. «El agua», pensé, no muy seguro, pero justamente cuando me acercaba y podía comprobarlo la linterna comenzó a debilitarse. Se iba a apagar. Yo pensaba que no me quedaría luz para regresar y que lo mejor sería seguir lo más deprisa posible llamando ahora a mosén Joaquín. Eché a correr, pero me detuve porque si corría tenía miedo. Me limité a acelerar el paso.

—¡Mosén Joaquín!

No había previsto que se pudieran apagar las pilas de mi linterna, pero apenas iluminaban un metro delante de mí. Diez pasos más y se apagaron. Yo dejé caer la linterna al suelo lo que produjo un ruido que repercutió en las profundidades de las sombras, y me arrimé al muro. Con una mano en la pared seguía avanzando. Me sentía todavía con valor, pero era un valor vacío, más allá de mi conciencia. Seguí andando tanteando el muro. Sabía que las galerías estaban limpias y que podían continuar sin peligro, pero a veces sentía contactos en mis zapatos con ruidos ligeros y secos.

—Esos son huesos.

Continué, pero el muro se acababa. Mi mano palpaba el aire. «Aquí da la vuelta», pensé sintiendo un hormigueo frío en la espalda. Seguía la comba del muro y me di cuenta de que entraba en otro recinto. Era inútil tratar de orientarse. Mi voluntad era sin embargo fuerte, actuaba más allá de la conciencia como debe ser en los locos y como en ellos, sin ningún deseo concreto. Tropecé con los pies en algún sitio y vi que era un escalón de piedra. Estaba limpio, muy frío y muy húmedo. Me senté allí, tomé la cabeza entre mis manos y grité con los ojos cerrados:

—¡Valentina!

Multitud de ecos volvieron sobre mí desde las mismas bóvedas del lugar donde estaba. Decidí quedarme y esperar. Cerraba los ojos y los abría pero era lo mismo. No sentía mi cuerpo, el escalón de piedra ni mis manos en las rodillas. Todo podía suceder y sólo esperaba lo que verdaderamente sucedería y si sería favorable o adverso. ¿Miedo? Vivía ya en el miedo, respiraba el miedo, de él me sustentaba. Enfrente de mí, las sombras, en las que percibía algunos relieves, se movían. Una pareció mucho más alta. Encima de aquella sombra se veía un casco de guerrero ligeramente iluminado. Era amarillo, de cobre. Yo no he podido nunca saber si verdaderamente hablé y si verdaderamente me contestó, porque el diálogo se hacía sin palabras. Yo sentía lo que sentía el otro, y el otro sentía mis propios sentimientos y decía:

—¡Ah, cuánto trabajo!

—¿Por qué?

—También yo soy bastardo. Sancho Garcés era un criminal, y me envió aquí abajo y desde entonces no he podido salir.

—¿Sabes el camino?

—Sí, pero tú tienes que tomar mi mano. Si no no ando.

Yo me levanté y le di la mano. No sentía nada, pero la sombra dijo:

—Echa a andar y llévame.

Le obedecí, pero tropecé con el muro.

—Si he de ir yo delante y no sé el camino, ¿cómo es posible?

—Anda derecho. Yo te lo diré.

En cuanto tomé su mano comencé a oír ruidos de hierros por todas partes, entre otros, uno muy sostenido, como si alguien afilara la punta de su lanza sobre un yunque, con un martillo. Todo aquello me impidió ya oír a la sombra que hablaba para sí mismo o para otros:

—Yo no fui. Ay, Dios, que yo no fui y he de pagar por él.

Apenas se distinguía aquella voz. Yo le solté la mano y se hizo el silencio. Pero estaba otra vez en la galería y había alcanzado el lado opuesto de la abertura de aquel recinto. Seguro de que el muro ya no fallaba, seguí andando. «¿Dónde se habrá metido ese hombre? ¿Y quién era?».

Oí pasos detrás de mí.

—No te escapes.

Yo di un grito. Aquella frase me recordaba que estaba rodeado de cosas terribles de las que había que huir. «No te escapes». Era la misma sombra, con el casco débilmente luminoso.

El resto no se veía. Le di la mano:

—¿Eres héroe? —le pregunté—. ¿O santo, o poeta?

—No soy sino un pobre hombre. Todos son pobres hombres.

—Los héroes no hablan así, creo yo. Pero ¿eres santo?

—¿Dónde están los santos? Crucifijos de oro, casullas de oro, incensarios de oro, mitras de oro.

—¿Eres poeta?

—Sigue al frente. Los santos los hice yo. Algunos santos los he hecho yo. No era héroe, ni santo. Quizá poeta. Pero hacía imágenes cuando yo era viejo para pelear. Y la Virgen de Sancho Garcés la hice yo. Y dieron en decir que la había traído un ángel y cuando la gente decía que la había traído un ángel, yo también lo creía. Pero la había hecho yo, y entonces la Virgen comenzó a hacer milagros y la gente decía: nos ha dado victoria. La trajo un ángel y me ha curado las heridas. Todos decían que vino por los aires en brazos de un ángel y yo también lo creía, pero creyéndolo y todo me enviaron un día aquí abajo y sentí un golpe en la espalda. Probablemente me quisieron matar, pero no acertaron. Y aquí estoy; aquí estoy y no puedo salir.

—¿No sería que te mataron de veras?

La sombra no contestaba. Desapareció y yo la llamé: «¡Eh, el hombre del casco!», pero no venía. Decidí seguir, pero volví a tropezar y esta vez caí al suelo. No tenía ánimos para levantarme, pero no por miedo, aunque estaba en él, vivía de él, lo respiraba y me latía en las sienes. Otras sombras se agitaban delante de mí. También llevaban algo luminoso, pero no era un casco. Era un gorro pequeño y una pluma.

—¿Quién eres? —pregunté.

No sabía si lo decía yo o me lo preguntaban a mí.

Ahora vi que el que hablaba no era el de la pluma, sino, otro, más pequeño, que estaba delante. Poco a poco fue iluminándose por aquel lado y acerté a descubrir la capucha negra de un fraile vestido de blanco. El rostro no lo veía. Nunca veía el rostro de los aparecidos. Este no era tan pequeño como parecía a primera vista, sino encorvado. Viejo y encorvado.

—Hace seiscientos años me hicieron bajar porque estaban en favor de Sancho Garcés los frailes templarios. Me amarraron pies y cabeza en un cepo y pasado algún tiempo oí pasos detrás de mí. Creí que vendrían a renovar la comida de los halcones de caza, que estaban en un rincón con su cabeza cubierta por una caperuza de tela, pero sentí un mazazo en la cabeza y no volví a tener impresión ninguna hasta ahora que te veo a ti. ¿Quién eres?

Le dije quién era.

—¿Hay templarios? —preguntó con miedo.

—No los hay. No hay sino mosén Joaquín.

—Yo estuve amarrado de pies y cabeza sin que nadie me acusara de nada.

—¿Y lo mataron?

El fraile no contestó, su sombra fue perdiéndose. Yo me senté en el suelo y no sé el tiempo que estuve así. Por fin continué andando y transcurrió un largo espacio sin ver nada ni oír a nadie. Pero me encontré con una galería obstruida. Había que trepar por una grada y dejarse caer al otro lado, pero yo tenía miedo de dejarme caer en la oscuridad. Me senté y miré fijamente las sombras. Fijamente, sin pestañear, como había hecho antes. Oí primero el acezar de alguien que hacía un esfuerzo de lucha.

—A la poterna —decía—. Todos a la poterna.

Vi iluminarse una celada con la visera echada.

—¿Quién eres? —pregunté.

Repentinamente se calló. Después oí una voz lejana, que sin embargo era emitida a mi lado. Grité:

—¿Hay alguien?

—Sí, yo.

—¿Qué haces aquí?

—Estoy preso. Estoy preso y dormido. Sólo dormido pudieron apresarme, mi hermano y mi madre. Llevaba yo veinte años peleando contra los de Sancho Garcés desde el castillo de Ejea. Allí donde yo caía no quedaba sino la memoria del espanto. Pero siempre en buena ley de Dios. Y para concertar paces con el señor de este castillo decidieron entregarme. Esperaron que merced al filtro del sueño yo me quedara dormido y entonces me abandonaron a los de Sancho Garcés, y dormido me trajeron aquí.

Se quitó la celada y yo vi que debajo aparecían el hombro y el cuello tronchados.

—¿Te cortaron la cabeza durmiendo?

La sombra desapareció.

«Bien —me dije—. Al santo lo mataron, al poeta lo mataron, al héroe lo mataron. Yo soy bastardo, héroe y poeta. ¿Me matarán a mí? Aunque me maten, no tengo miedo». Subí por el túmulo de piedra y descendí con cuidado por el lado opuesto. Cuando sentí el suelo bajo mis pies, me dejé caer. Y otra vez seguí por la galería a oscuras.

No esperaba a nadie. Ni a mi padre, ni a don Joaquín. Estaba dispuesto a continuar allí eternamente. Otra vez oí el rumor de risas, pero las identifiqué como filtraciones de agua aún sin verlas. Sólo recordaba que aquel día era domingo. Esa idea tenía alguna relación con la presencia de mosén Joaquín en el castillo, pero tampoco recordaba exactamente quién era mosén Joaquín.

Otra sombra se perfilaba delante. Era un fraile muy gordo que reía y repetía:

—Ji, ji, ji, ji. Buen queso de cabras. Buena sangre de Nuestro Señor en barrito de alfar moro.

—Sal de ahí —grité.

—Ji, ji, ji. El vino es en la misa la sangre de Nuestro Señor. Justa nobleza es esa para un vino tan rico. Ji, ji, ji, ji.

El fraile gordo se alzaba los hábitos y bailaba con sus zancas desnudas.

—Déjame pasar, imbécil —le dije.

—¿Quién es el mocito? Ji, ji, ji.

—¿Y tú?

—Yo, el hermano despensero, el único personaje del castillo que murió por la voluntad del Señor de muerte natural, quiero decir, de indigestión. ¿Y el mocito? ¿Quién es?

—Un héroe. Un héroe bastardo.

—Héroe, santo o poeta… Ji, ji, ji, ji. Muchos hay aquí y sus cabezas cayeron una detrás de otra, antes de madurar. Yo, el único que murió a su hora.

Penetré fácilmente a través de su sombra. Lo oí bailar detrás y reír. No me molestó. Cuando yo estaba ya muy lejos todavía le oía:

—Ji, ji, ji.

Parecía burlarse, pero yo me sentía tan poderoso que nada podía impresionarme. Al rafe del muro corría algo como una serpiente, pero era tan larga que no podía ser una serpiente. Me incliné a tocarla y me di cuenta que era una cuerda. Al mismo tiempo que la toqué sentí una extraña evidencia.

—La cuerda de los ahorcados. Si la cortara, los trozos se convertirían en serpientes.

Al final de la galería, muy lejos, vi un resplandor. «¿Qué sombras vendrán ahí? ¿Más guerreros, más santos, más poetas? ¿Quizá los verdugos que vienen sobre mí?». Me acerqué y cuando menos lo esperaba oí voces familiares. Voces familiares en grupo. Mi padre, el médico, mosén Joaquín. Y otros. Quizá otros. Miré a mi alrededor, buscando la manera de huir. Aquello era verdaderamente espantoso. La galería no tenía transversales.

Di un grito y caí sin sentido.

En aquel grupo de exploradores iba también don Arturo, que había llegado a pasar el domingo al castillo, y también iba Valentina. Llevaban más de media hora caminando por la galería adelante y dándose ánimos con diálogos indiferentes. Pero al oír aquel grito y el ruido de un cuerpo que caía se detuvieron en seco. Don Arturo no pudo remediarlo y echó a correr. El médico daba grandes voces:

—¡Ha sido un grito humano!

Seguían sin avanzar. Yo lancé un largo gemido. Valentina gritaba:

—Ay, Dios mío, que ya me lo figuraba. Es Pepe.

En las sombras alcanzó a tientas una linterna apagada. Había otra que seguía encendida, pero el cabo no quería soltarla.

Llegaba mosén Joaquín con el mechero encendido. Valentina prendió la linterna. Mosén Joaquín decía a Valentina tratando de atraparla:

—Ven aquí.

Pero ella se negaba:

—Es Pepe. Ay, Dios mío, que ya me lo figuraba.

Se escapó y vino corriendo hacia mí. Parece que el que había dado la señal de la alarma era don Arturo. Detrás de Valentina avanzaba mosén Joaquín cojeando, pero no podía seguirla.

Desperté con una luz muy fuerte en los ojos. Tardé un poco en darme cuenta. Por fin me levanté. Yo la besaba y ella me iba contando cómo salieron de casa, cómo llegó, cómo a mi padre se le ocurrió invitarles a bajar a los subterráneos.

—¿Estás ahí? —dije yo con espanto.

—Sí.

—¿Ahí? —insistía yo.

Valentina me animaba:

—Vámonos por otro sitio.

Y marchaba llevando a Valentina de la mano. Ella conservaba la linterna, y viendo la seguridad con que yo desandaba camino, estaba muy contenta. El grupo avanzaba llamándonos. Echamos a correr. No tardamos en llegar al lugar donde las filtraciones de agua cubrían a lo ancho la galería. Valentina decía que podía pasar, pero yo la obligué a echarme los brazos al cuello —con la linterna a mi espalda— y la levanté apretándola contra mí. Su piel estaba caliente o quizá mi mano estaba demasiado fría. Al otro lado antes de soltarla, nos besamos otra vez.

Y sin más accidentes llegamos al final.

Había buscado en vano las sombras anteriores. Comencé a explicar a Valentina lo que me había sucedido, pero no conseguía recordarlo exactamente y sólo sabía que en el castillo mataban a los héroes, los santos y los poetas. Y los mataban a traición. Salimos y encontramos al pastor, al lado de un gran caldero con agua hirviendo. Atizaba fuego de leña debajo y a veces con su cayado agitaba lentamente, respetuosamente podría decirse, el cadáver de una vieja. Yo evité que Valentina lo viera. El pastor nos miraba sin comprender pero sin extrañarse demasiado:

—¿Estás seguro de que me pagarán el esqueleto?

Le dije que sí, y sin contestar las preguntas que me hacía sobre Valentina, a la que miraba constantemente a los pies nos fuimos hacia el castillo, despacio. Luego supe que llegaron a la salida los excursionistas y que el cabo abrió a golpes de pico la abertura hasta ensancharla lo bastante para que no tuvieran que ponerse a cuatro manos. El pastor, al ver que desde dentro de la galería alguien cavaba hacia afuera se fue al otro lado del castillo. Y cuando todos salieron y se encontraron con el caldero abandonado en el que hervía un cuerpo humano medio deshecho, retrocedieron con muy distintas reacciones. Mosén Joaquín sacó su libro de rezos, el médico se caló las gafas con manos temblorosas. Mi padre miró a su alrededor precavido y después de un largo silencio, en el que cada cual pensaba ser la víctima de un mal sueño, el notario dijo balbuceando:

—Hay que levantar acta.

Pero antes era encomendar a Dios a aquel pobre ser humano y apagar el fuego. El cabo extendía los leños a medio quemar y los pisaba o les echaba tierra encima.

Pero acudió el pastor.

—Eh, ¿qué hacen ahí?

Todos le miraban en silencio. El pastor señalando el caldero dijo:

—No quiere soltar la piel, la condenada.

Anochecía y Valentina y yo seguíamos nuestro camino hacia el castillo, con la linterna encendida. Ahora la llevaba yo y a la luz acudían libélulas, mariposas y otros insectos que daban vueltas enloquecidos. Yo mantenía la linterna separada de mi cuerpo, para facilitarles aquellas vueltas y evitar que me tropezaran, pero algunas mariposas se detenían en mi mano, en mi antebrazo desnudo y yo decía que me hacían cosquillas. Valentina quería también conocer aquellas cosquillas y tuve que prestarle la linterna. No la apagamos porque iba a ser de noche y carecíamos de cerillas para volver a encenderla.

En la lejanía, detrás del castillo de Sancho Garcés, la puesta del sol era lenta y esplendente de oros y verdes. A mí todas aquellas luces me embriagaban después de la oscuridad de los subterráneos. Íbamos hablando. Parecía que siempre hubiéramos estado andando así hacia un castillo, con la linterna encendida y hablando.

—¿Has tenido que pelear con los muertos? —preguntaba ella.

—Sí. Y ya me tenían envuelto, a la rueda de pan y canela.

—¿Te vencieron?

—No del todo. Sólo me desmayé.

Íbamos cogidos de la mano. Valentina daba débiles chillidos de alarma cuando las patas de una mariposa se agarraban demasiado a su brazo desnudo y acabó por darme otra vez la linterna.

—Yo, de los bichos —explicó—, sólo no tengo miedo a los machos.

Nos daba tanta pereza la idea de llegar al castillo y estar de nuevo entre personas mayores que nos sentamos al pie de un árbol, dejando la linterna a nuestro lado. Nos acostamos el uno al lado del otro y ella puso su cabeza en mi pecho, como para dormir. La linterna estaba a nuestro lado, encendida. Y Valentina lloraba y yo quise hacerme el valiente, pero también sentía que la garganta se me endurecía y que los ojos se me llenaban de lágrimas. Por fin nos quedamos dormidos. Yo soñé que Valentina y yo íbamos por los subterráneos y oía al fraile despensero gritar:

—Ji, ji, ji. Buen quesito de cabras, para mí.

Y a mí me iban a matar, pero Valentina no quería separarse y alguien decía:

—Bueno, los mataremos a los dos, porque ella también es heroína.

Nos iban a matar y estaba el fraile con la sotana arremanga, da, bailando y diciendo:

—Yo no era más que fraile, lego, pero estudiaba para cura en mi despensa. Toda mi vida estudié: Rosa Rosae, Musa Musae, y todos los verdaderos curas se burlaban de mí. Y yo comía mi quesito y bebía la Sangre de Cristo.

Dos que parecían verdugos se divertían con el fraile, pero este se ponía serio de pronto y decía señalando a Valentina:

—Esa también es heroína, que yo la vi.

Alguien nos zarandeaba, pero no conseguían separarnos. Mi padre, don Arturo, mosén Joaquín, el médico, todos estaban allí. La luz de la linterna los había orientado. Y mosén Joaquín repetía:

—Vais a enfriaros, muchachos.

—¡No, no, no! —gritaba Valentina, que seguía dormida.

—¿Eh? —decía el médico.

Yo tampoco estaba despierto aún.

—Si van a matarnos…

—¿Eh? ¿Quiénes?

Por fin nos despertaron. El médico nos trataba afablemente, pero todos los demás parecían ofendidos. No recuerdo concretamente lo que sucedió entonces, pero sí que llegamos al castillo como reos. Mi madre iba y venía diciendo a la mujer del médico:

—Ese hijo no es mío. Lo cambiaron en la cuna.

Todos estaban consternados menos Maruja, que acabó por acercarse a Valentina.

—Yo sólo te digo una cosa: si te casas con Pepe, te compadezco.

Valentina no supo qué contestar y se puso colorada. Después se marchó sin que yo pudiera despedirme de ella. Todavía no se lo he perdonado a don Arturo y a mi padre.

Yo pensaba en los subterráneos y tenía ganas de volver, pero…, ¿para qué? Si Valentina no podía venir a salvarme otra vez, los muertos, los frailes, las lamias perdían su interés. Y Valentina —esta idea me obsesionaba— se iba tres días después a San Sebastián con sus padres y su hermana, su odiosa hermana.

Mi padre no me hacía ningún caso. Seguía convencido de que había en mí algo que funcionaba mal, a pesar de todas las seguridades del médico. Los subterráneos quedaron cerrados y mi padre dijo que avisaría al museo provincial para que se hiciera cargo de todo aquello.

A veces mi padre me miraba como a un extraño y decía:

—No comprendo lo que pasa contigo. Esté quien esté y suceda lo que suceda, al final nadie habla más que de ti.

Un día, antes de regresar a casa, mi padre me llamó a su presencia y me dijo que le contara lo que había sucedido en los subterráneos y cómo entré y por qué iba solo y sin luz. Esta vez lo expliqué todo, con el fraile, el guerrero, el poeta que también hacía esculturas. Naturalmente, mi padre me miró más confuso que nunca. Pero si nada de aquello lo aceptaba, tenía que aceptar el caldero con un cuerpo humano hirviendo. A partir de aquello lo demás se le hacía verosímil.

Al día siguiente volvimos al pueblo, pero Valentina no estaba y yo lloré en los primeros días, de rabia. Poco a poco iba atendiendo otra vez a la realidad que me envolvía. Me di cuenta en seguida de que había perdido mi jefatura con los chicos del bando aliado y que los de mi bando estaban aterrorizados por Carrasco. Este asomaba por encima del muro y mordiéndose el dedo gruñía sin ningún respeto:

—Tengo abierta ya tu fuesa.

Yo tuve una vez la duda de que aquello pudiera ser verdad. Mi destino de héroe y de poeta era morir, pero no eran tipos como Carrasco los que mataban, sino verdugos con brazos de hierro en las oscuras cuevas de los castillos, mientras los gordos frailes despenseros bailaban.

Después del veraneo en San Sebastián, Valentina había ido a Bilbao a casa de unas tías con las que pasaría un par de meses. Para Navidad las tías irían a mi pueblo y traerían a Valentina a su casa. Yo veía en aquello una maniobra contra mí. Intrigué cuanto pude para averiguar su dirección y un día que vi a su madre en mi casa —en visita solemne, en el salón— fui a ella y se la pregunté. Ella me la dijo y me acarició el cabello. Ah, ella nos comprendía. Era la única que nos comprendía.

Yo envié a la dirección de Valentina cuarenta hojas de la Universiada y una carta exaltando las cualidades de su madre y llenando de injurias a su padre. Para poder ponerla en el correo tuve que robar de la biblioteca casi todos los timbres postales.

Recuerdo que al día siguiente hice con otros amigos una experiencia que repetíamos de vez en cuando. Cazamos un murciélago vivo y nos dedicamos a quemarle el hocico esperando oírle decir juramentos y palabras sucias. Aunque el animalito no hizo sino chillar y quejarse, todos creíamos haberlas oído. Cuando lo contaba yo a alguien él recordaba experiencias semejantes en las que también oyó exclamaciones soeces y blasfemias al murciélago. Ni él ni yo mentíamos. Estábamos seguros de haberlas oído.

Aquel mismo día, al salir de casa, me encontré a Carrasco esperándome en la esquina. Gruñía más que nunca, pero yo pasé por su lado sin mirarlo y no se atrevió a atacarme. Murmuró sin embargo:

—Con los difuntos del castillo, te atreves, pero no conmigo.

Aquel día era uno de los más fríos del otoño. Al caer la tarde el viento que se levantó anunciaba las primeras nieves en las montañas. Y yo volvía a casa fastidiado, insatisfecho.

Hubo un incidente. Al día siguiente, vino la Clara a cobrar su pensión pero no vino sola. Con ella, tímidamente, llegaba una viuda de cincuenta años. Cuando se oía la voz de la Clara en las escaleras, los chicos saltamos a curiosear hasta que mi madre nos echaba. Esta vez la Clara alzaba la voz pero no contra nosotros sino contra su vecina:

—Que si el aire del Norte, que si el frío del Norte, que si la hostia del Norte —gritaba.

La vecina aseguraba que no quería molestar y que todo el escándalo era promovido contra su voluntad. Ella ni siquiera hubiera venido.

Mi madre las hizo pasar, lo que pareció satisfacer mucho a la Clara. La vecina se anudaba el pañuelo bajo la barba. Mi madre le preguntaba:

—¿No es usted la señora Rita?

—La viuda de Agustín el joven, para servirle.

—La viuda, la viuda. Seis meses estuviste casada —gruñía la Clara—. Vaya un matrimonio. Seis meses.

—Y tres años antes de relaciones —añadió la viuda volviéndose a anudar el pañuelo.

Traían un grave pleito para que fallara mi padre, pero mi padre no estaba en casa. En su ausencia confiaba en mi madre. La viuda se había casado a los veinte años y ahora tenía cincuenta. Seis meses después de la boda, el marido murió de una pulmonía. La viuda se encerró en su casa y se ganaba la vida cosiendo. No salía, no daba que hablar. Su balconcito estaba cerrado. Vivía al lado de la casa de la Clara y tenía una pequeñita azotea un poco más alta que la de su vecina. Y la viuda, desde hacía treinta años, cuando creía que soplaba el viento del Norte, sacaba del armario una por una las prendas de vestir de su difunto marido y las colgaba en la terraza para que se orearan. Cada vez que llenaba su terracita con las ropas del difunto proyectaba sobre la de su vecina una sombra que según ella perjudicaba a su propia ropa interior mojada. Decía la Clara que su ropa tenía que secarse al sol para que estuviera blanca. Al principio, la Clara se quejaba de que le quitaba el sol. Ahora se obstinada en que aquella era la sombra del difunto que le daba mala suerte en su vida de soltera. La ropa del difunto y la ropa interior de la Clara acabaron por crear un conflicto a lo largo de los años y la Clara había trepado hasta la terraza de su vecina, arrojó la ropa del difunto al patio interior y arañó a la viuda. La Clara se quejaba de que cada tres o cuatro días, la viuda sacaba aquellas ropas y les daba «mala sombra» a sus enaguas. Mi madre quería tranquilizarla, pero no lo conseguía y como mi padre no estaba —él sabía de leyes y hubiera arreglado aquello— el conflicto iba en aumento. «Qué viento Norte, ni qué hostia —insistía Clara—. Por seis meses que estuvo casada tanto viento Norte». La cosa llevaba trazas de arrollar a mi madre cuando llegó la tía Ignacia.

—Vamos —decía—, nunca se ha visto cosa igual. Tanto ruido por unos calzones vacíos.

—Yo no decía nada —se disculpó la viuda.

—¿Eh? —decía la Clara, indecisa, sintiéndose más débil que la tía Ignacia.

—Vamos, márchate. Y tú —le dijo a la viuda que sollozaba—, no te pases la vida venteando el aire a ver si hay viento Norte o no. La ropa de tu marido, que en gloria esté, no lleva dentro marido ninguno.

La Clara, al llegar a la puerta a donde las empujaba la tía Ignacia pareció querer volver a alzar el gallo, pero la tía no se lo permitió:

—Vamos, lárgate, y no vengas con historias, que yo también sé decir hostia y rediós.

Mi madre se perdía por los pasillos riendo.

Me fui a la calle pensando en Carrasco, pero no lo encontré. Cuando volvía era casi de noche. El viento helado hacía oscilar la llama de gas de un farol temprano en la esquina. Y allí mismo, debajo del farol, había un viejo mendigo con los pies sin calcetines metidos en unas botas inmensas. El viejo tenía un poco de barba blanca. Se apoyaba en la pared y lloraba silenciosamente. Me acerqué, impresionado:

—¿Qué le pasa, buen hombre?

Entonces me di cuenta de que era ciego y llevaba colgado de la mano un trozo de cordel. Le habían robado el perro cortando la cuerda con una tijera y ahora estaba completamente desvalido. Acababa de decir esto cuando oí gruñir a Carrasco al otro lado de la calle. Tuve la inspiración de que había sido él, y acerté. Pero no quise de momento hacerme el enterado.

—¿Adónde quería ir usted?

—A recogerme en una cueva que hay en las afueras.

—Apóyese en mi hombro y ande sin cuidado, que yo lo llevaré.

El hombre, sin dejar de llorar, me puso la mano en el hombro. Echamos a andar, despacio. Carrasco brincaba en la acera de enfrente como un demonio, insultándome. Yo no le oía. Atravesamos todo el pueblo. Las gentes que nos veían pasar se hacían cruces, sin acabar de creerlo. Yo iba firme, grave y oía la letanía de gratitudes del pobre viejo que había dejado ya de llorar. Ahora suspiraba y decía: «Yo lo que quisiera, si Dios fuera servido, es rescatar a mi Pinto». Era un perro que, según decía, conocía muy bien las casas donde daban limosna y las cuevas a cubierto del viento.

Así anduvimos cruzando el centro del pueblo y salimos a las afueras. El hombre caminaba muy despacio y tardamos bastante en llegar. Una vez allí tuve que ir a las primeras casas del pueblo, ya de noche, a buscar cerillas para encender fuego, porque el pobre viejo estaba aterido. Al contar lo que sucedía, algunas campesinas me dieron patatas crudas y trozos de pan y una me llamó cuando ya había salido para darme sal en un papelito.

Yo permanecí algún tiempo en la cueva diciéndole al ciego cómo tenía que poner los pies para no quemarse, donde estaban las patatas asándose entre la ceniza caliente, etc…, y otra vez el pueblo entero anduvo movilizado en mi busca. Terminé muy tarde y cuando volvía cerca de medianoche, vi en la plaza de las Tres Cruces, junto a una de ellas, porque efectivamente había tres, sobre una plataforma con graderío de piedra, a Carrasco. Nos había seguido todo el camino.

—En tu fuesa he enterrado al perro del ciego. Allí te enterraré a ti.

Fui sobre él. Afortunadamente, aquella misma mañana había raspado las suelas de mis botas con el rallador de la cocina —precaución indispensable para no resbalar en la piedra en caso de pelea— y la luz de la luna iluminó la más feroz contienda de chicos de que se tenga memoria. Rodamos tres, cuatro veces, enlazados, una mano de Carrasco con las uñas clavadas en mi mejilla, yo echando su cabeza atrás por los pelos y golpeándolo en las narices, en la boca. Cuando se vio perdido, porque no conseguía darme la vuelta de nuevo, con la mano que le quedaba libre, se dedicó a desgarrarme el vestido. Ese era el último recurso de los cobardes, para que ya que no podían pegarnos ellos, nos castigaran luego en casa. Pero yo sangraba también por la mejilla y el cuello.

Acudió gente y nos separaron. A mí me llevaban dos campesinos de la mano. Se les veía satisfechos de ser ellos quienes me capturaron.

Mi padre me recibió paseando como una fiera por el patio.

—Se acabó… esto se acabó —repetía.

Al vernos llegar se puso a oír las veintisiete versiones de cada uno de mis acompañantes. Yo debía tener un aspecto lamentable, aunque ninguna de mis lesiones tenía la menor importancia. Llevaba el traje desgarrado, sucio de barro, el rostro y el cuello ensangrentados y un ojo morado. Nada era mi aspecto, sin embargo, al lado del de Carrasco, que andaba cojeando, llevaba una oreja desgarrada y debía marchar con las manos en alto para que se le cortara la hemorragia de la nariz.

Cuando todos se tranquilizaron me hizo subir mi padre delante repitiendo:

—Esto se acabó.

Había decidido enviarme interno a un colegio. Mi madre advertía que tenían que hacerme ropa interior, pero mi padre insistía:

—Mañana mismo.

Yo conté lo sucedido con el ciego callándome lo de Carrasco. Era precisamente lo del ciego lo que les indignaba. Fui a lavarme y vi mi cara que verdaderamente impresionaba. El cura había venido al oír los rumores que llegaron a él en forma alarmante. Al ver que la cuestión carecía de importancia y que las cosas, tal como las conté, eran sencillas y edificantes, tomó mi partido y se puso a defenderme. Mi padre parecía escucharle, pero al fin repitió:

—Mañana se va a un internado.

No fue el día siguiente. Hubo que preparar el viaje y yo fui a ver a mosén Joaquín a su casa. Me miraba como siempre, entre extrañado y divertido. Yo le pregunté por qué a los héroes los mataban.

—Te contestaré si me dices cómo se te ha ocurrido esa idea.

Le expliqué lo mejor que pude lo que me sucedió en el castillo y mosén Joaquín dijo:

—Son cosas demasiado altas para que las comprendas. Pero tú me has preguntado un día qué quería decir la palabra «holocausto». Eso es. Ahí está la respuesta. Estás impresionado por aquel pergamino que leímos. El final, no sólo del héroe sino también del poeta y del santo, es ese, casi siempre.

Yo quería más explicaciones. Con aquello no comprendía una palabra.

—No te diré más, hijo mío. Conserva esa palabra: holocausto.

—Ya la conservo.

—Contesta con ella tus dudas y un día, cuando seas más grande, tú mismo lo comprenderás.

Aquello no hacía sino aumentar el misterio. «Holocausto». La palabra sólo me recordaba a Valentina recibiendo la sangre de una paloma herida.

Seguían los preparativos de viaje. No íbamos a Zaragoza a los jesuitas sino a Reus, más lejos, donde había un colegio «mucho más eficiente», decía mi padre. No tenía simpatía mi padre por los jesuitas. Decía que a pesar de su fama no había conocido todavía en su vida uno solo verdaderamente inteligente. Los frailes de la Sagrada Familia les hacían una competencia terrible. Sus profesores, más preparados —citaba varios sabios conocidos—, sus instalaciones más confortables, su posición social más brillante y sin despertar suspicacias como los jesuitas. Cuando estaba todo dispuesto yo pregunté si se tenían noticias del ciego. Nadie sabía nada. Yo dije que no iría al colegio mientras no me demostraran que el ciego estaba protegido, y dos días después me dijeron que lo habían metido en un asilo.

Hacía frío. Mi padre, con un telegrama del director del colegio, el P. Miró, a quien conocían en casa, dispuso que nos pusiéramos en marcha inmediatamente. A medida que nos alejábamos, mi padre se dulcificaba. Cuando llegamos al tren, tomó dos billetes de segunda.

El viaje siguió tranquilizando a mi padre, aunque estuvo a punto de recaer ante algunas de mis preguntas. Pensando yo en la última carta que le había enviado a Valentina le pregunté:

—¿Los santos se casan?

Como había otras personas en el departamento, mi padre contuvo sus nervios y me dijo que no. Los santos no se casaban de ningún modo.

—¿Entonces es pecado casarse?

Mi padre dijo que no y que era una manera alta y noble de servir a Dios. Añadió que muchas personas casadas habían sido santos.

—¿Entonces los santos se casan? —insistí, queriendo saberlo lo más concretamente posible.

Mi padre abrió la llave del radiador de la calefacción hasta el máximo y pidió permiso a las damas para abrir las ventanillas. Después puntualizó sus respuestas diciendo que como santos, en su calidad de beatitud, nadie se casaba, pero que algunos casados habían sido santos. «Y desde luego —añadió— todos los casados son mártires». La frase fue celebrada con sonrisas que abrieron diálogos. Con esto, yo quedé olvidado y me dediqué a mirar por la ventanilla hasta llegar a Reus.

Fuimos a un hotel en una pequeña plaza recién regada, cuyo asfalto reflejaba las farolas, los ciclistas y los coches charolados, con llantas de goma, que pasaban silenciosos y sin otros ruidos que el acompasado de los cascos de los caballos. En el centro de la plaza, rodeada de edificios de piedra había una enorme estatua ecuestre del general Prim. A mí me encantaba la plaza, el hotel, y me habría quedado allí, pero mi padre llamó por teléfono y me dijo muy satisfecho:

—Te están esperando ya.

Tomamos un coche y un momento después estaba yo rodeado de frailes en la sala de recibir del Colegio de San Pedro Apóstol, enorme edificio en la Avenida de la Estación, que daba por tres frentes a otros tantos paseos poblados de madroños y algarrobos. El cuarto daba a una estrecha calle y tenía enfrente una fábrica de electricidad con dos altas chimeneas. Yo lo observé todo en cuanto bajé del coche.

Los frailes me envolvían en atenciones. Mi padre conferenció aparte con el P. Miró y dijo que él mismo se iba a encargar de comprarme los cubiertos reglamentarios y hacerlos grabar. Le dijeron el número que había que poner. Mi padre, muy contento de ver que se deshacía de mí, fue conociendo a todos los frailes… Yo oía detrás: «profesor de álgebra superior», «profesor de gramática latina», «profesor de lengua y literatura». Luego se cambiaban amables cumplidos. El padre prior, viendo que yo miraba a un patio desde donde llegaban voces y gritos, me dijo:

—Asómate si quieres. Hay fútbol, bicicletas, patines.

Cuando salí yo al patio después de haberse marchado mi padre, tres chicos que tendrían dos años menos que yo me miraban rendidos de admiración y decían:

—No ha llorado.

Yo fui bien acogido, aunque observé que todos se me acercaban y querían andar conmigo por curiosidad. Por todas partes había arcos románicos como los del castillo pero no eran de piedra sino de cemento y allí donde terminaban comenzaba el muro de ladrillo rojo para volver a abrirse encima en otra galería. Todo el edificio era por lo tanto rojo y gris. A mí me observaban pero yo no observaba menos a mi alrededor.

La cena estuvo bien, pero hubo que rezar antes y dar las gracias después. En el inmenso comedor había una pequeña tribuna de madera labrada donde mientras comíamos, uno de los alumnos leía en voz alta. «Mucho me gusta a mí —me dijo el de al lado— cuando me toca leer, porque entonces como al final yo solo y me dan buenas mermeladas y compotas y todo lo que quiero».

El convento era inmenso. Las escaleras como las del castillo. El eco de los pasos se perdía en las inmensas galerías. Yo había perdido a mi padre de vista y me quedaba libre y solo por anchos espacios sonoros. Cuando fui a mi cuarto —fuimos todos en dos hileras— rezamos alineados de pie en la galería y después, cada cual se metió en su celda. La mía tenía una ventana muy grande sobre el lado que daba al interior de la ciudad. Estaba cerrada y al abrirla, porque en el cuarto no había otra luz que la que entraba del pasillo por una pequeña mirilla a través de la puerta, retrocedí embelesado. En la noche, la ciudad parecía elevar al cielo centenares de brazos de luz. Reflectores dorados iluminaban fantasmalmente las veletas y las cruces de los más altos edificios y todas las aristas de las torres y de las cúpulas de la ciudad estaban cubiertas con millares de lámparas eléctricas amarillas que subían sobre el cielo negro para rematar en lo más alto con cruces sobre las cuales todavía había letras latinas que decían: IN HOC SIGNO VINCES.

Salí a los lavabos. Muchos chicos corrían cambiándose golpes a escondidas de un fraile solitario que vigilaba en la confluencia de las tres galerías.

Pregunté yo por qué la ciudad estaba iluminada.

—¿No te has enterado?

Vinieron otros a informarme. Estaban muy finos conmigo aquel primer día. La ciudad aparecía engalanada por las fiestas del centenario de Constantino el Grande.

Volví a mi celda y me acosté, dejando la ventana abierta. Se me perdía el horizonte en un juego de maravillas y frente a mi ventana precisamente, en lo alto, aislada, una cruz despertaba antiguos sentimientos.

—Verdaderamente —me decía— In hoc signo vinces.

Me acordé de mis aventuras del castillo. Yo era héroe y a los héroes los mataban. Yo era poeta y a los poetas los mataban. A los santos los sacrificaban también. Quizás a Constantino el Grande lo habían matado en un subterráneo oscuro.

¿Me matarían a mí? Acaricié la sábana cuya vuelta estaba fresca y suave, y mirando una vez más la noche elevándose en luminarias hacia un cielo que me parecía nuevo y recién estrenado me dije con una gran firmeza en el corazón: «Aunque me maten, ¿qué? Yo comprendo el holocausto. Le escribiré a mosén Joaquín». Pero era mentira. No comprendía nada.