LAS VACACIONES ESTIVALES DE GUILLERMO
—Muy agradable, ¿verdad? —dijo la madre de Guillermo, al abrir la puerta y entrar en la bien iluminada salita de estar.
—Muy agradable —asintió la madre de Pelirrojo, siguiéndola—. No hay vista al mar, claro, pero queda muy cerca.
Regresaron al vestíbulo, donde las maletas habían sido apiladas al pie de la escalera.
—Será mejor que deshagamos el equipaje —opinó la señora Brown. Se encaminó a la puerta de entrada y llamó—: Venid, chicos, y echad una mano con el equipaje.
Guillermo y Pelirrojo se acercaron lentamente desde la cerca.
—Es bonito, niños, ¿no creéis? —preguntó la señora Brown, radiante.
—Es una casa en un lugar —respondió Guillermo, sombrío—. Yo no entiendo por qué la gente quiere ir de una casa en un lugar a otra en otro.
—Son las vacaciones de verano, querido —explicó la señora Brown—. La gente suele hacerlo… Y ahora sube las maletas a los dormitorios y procura no dar golpes con ellas contra las paredes. Después las vaciaremos.
—Apuesto que aquí no se puede hacer nada —dijo Guillermo, agarrando el asa de una maleta.
—Empaquetar las cosas sólo para volver a desempaquetarlas —rezongó Pelirrojo, en una cuidada imitación del malhumor de Guillermo.
Los Brown y los Merrydew habían alquilado una casa amueblada cerca del mar para pasar una quincena de las vacaciones veraniegas. La señora Brown y la señora Merrydew, con Guillermo y Pelirrojo, habían llegado aquella tarde a primera hora, y sus esposos tenían que reunirse con ellas al anochecer, una vez terminada su jornada de trabajo.
—Desharemos ahora las maletas —indicó la señora Brown, cuando Guillermo y Pelirrojo bajaron—. Vosotros podéis salir y explorar el lugar. No pongas esa cara, querido. Estoy segura de que encontrarás muchas cosas que hacer en los quince días que vamos a pasar aquí.
—Un poco de cambio es beneficioso para todos nosotros —sentenció la señora Merrydew.
Guillermo emitió su risita breve y sarcástica, y Pelirrojo su no muy satisfactoria imitación de la misma.
—¡Y ahora id a tomar el aire! —ordenó la señora Brown.
Los dos se alejaron lentamente por la carretera. No habían tenido el menor deseo de alejarse de sus casas. No habían querido abandonar sus campos y bosques, su adorada campiña. Su partida había significado el abandono de varias actividades interesantes en una fase inconcluída y absolutamente desordenada: el campamento que estaban montando en el bosque de Coombe; los peldaños que estaban tallando en el flanco de la antigua cantera, como preparación para un concurso de alpinismo; la combinación de embalse y fuente que estaban construyendo en el arroyo que fluía junto al viejo establo (teóricamente, esta obra estaba terminada; sólo les faltaba solventar unas pocas dificultades de tipo práctico); el nuevo truco que le estaban enseñando a «Jumble»… El truco consistía en saltar a través de un neumático de bicicleta usado, y «Jumble» empezaba ya a tener una vaga idea de lo que se esperaba de él. Y para colmo, «Jumble» había tenido que quedarse en casa porque el propietario de la casa amueblada prohibía la presencia de «animalitos». Se había quedado con Douglas, quien estaba dispuesto a consagrar todo su tiempo a cuidarlo y entretenerlo, pero su ausencia venía a engrosar el caudal de enojo de Guillermo. Además, la perenne enemistad con Humberto había enviado a Guillermo y su pandilla un desafío en el que se les invitaba a encontrarse con él y los suyos detrás de su casa, el próximo martes por la tarde. Era evidente que se estaba tramando algún siniestro complot, y Guillermo había reunido a sus secuaces, dispuestos a aceptar el reto y prepararse para todo lo que pudiera acontecer.
Los dos caminaron por la carretera, ciegos y sordos ante todo lo que les rodeaba, sumidas sus mentes en sus problemas personales.
—Apuesto que alguien encontrará aquel campamento y se lo cargará todo —pronosticó Guillermo.
—Y tendremos que volver a construir toda aquella fuente —suspiró Pelirrojo.
—Y apuesto que «Jumble» habrá olvidado aquel truco. Sólo quiere hacerlo conmigo, y necesité «horas» para enseñárselo. Y apuesto que Douglas no lo cuidará como es debido.
—Sí lo hará —aseguró Pelirrojo, convencido—. Dijo que no le quitaría la «vista» de encima.
—Sí, y eso va a resultar muy irritante para el pobre «Jumble», con Douglas mirándolo todo el tiempo… Y apuesto que Humberto Lane creerá que nos hemos marchado porque le tenemos miedo.
—No, eso no —dijo Pelirrojo—. Él…
Se detuvieron. Habían llegado a un cruce de carreteras. Un rótulo pequeño y maltrecho indicaba: «A la playa».
—Vamos —sugirió Guillermo, encogiéndose de hombros—. Mejor será ir, puesto que ya estamos aquí.
Siguiendo un estrecho sendero, llegaron a lo alto de un acantilado.
Debajo de ellos se extendía la tranquila y casi inmóvil superficie del mar.
—El mar —anunció Pelirrojo.
—Bueno, ya lo veo —contestó Guillermo—. ¿Crees que no tengo ojos?
Contemplaba el mar con una expresión de aburrida indiferencia. Para Guillermo, el mar significaba tempestades, naufragios, piratas, contrabandistas, islas desiertas, torpedos, luchas desesperadas contra circunstancias desesperadas. Aquella rizada extensión donde reinaba la calma sólo le inspiraba desprecio.
—Podríamos tomar un baño —sugirió Pelirrojo, tentador.
—Ahora no —denegó Guillermo—, porque todavía no hemos sacado nuestras cosas de las maletas —volvió a encogerse de hombros—. Creo que bien podríamos acercarnos al agua.
Descendieron por el acantilado hasta llegar a la playa y caminaron por la arena.
—Ya habríamos terminado aquel campamento —rezongó Guillermo— y apuesto que no lloverá mientras estemos aquí y el embalse se secará y no quedará agua para terminar la fuente.
Se detuvieron. La arena se había terminado y el mar se adentraba entre dos altos promontorios del acantilado, formando una especie de rio. A cada lado, continuaban la playa y el acantilado. El agua, al entrar en aquel estrecho canal, formaba oleaje.
Parte del aburrimiento de Guillermo se disipó.
—Esto ya se parece un poco más a un mar —gruñó con cierta aprobación.
Contempló la continuación de la playa, al otro lado del brazo de mar. Toda clase de fragmentos y desechos yacían allí, junto con los restos de una merendola reciente: envases de cartón vacíos, periódicos y un saco viejo.
—Bien podríamos estar en una isla desierta —dijo—. Casi nos rodea el agua. ¡Corcho! —su excitación iba en aumento—. Vamos a «suponer» que nos encontramos en una isla desierta. ¿Cuál era aquel libro que alguien nos leyó una vez y en el que salía un tío en una isla desierta, que cogía cosas procedentes de un naufragio?
Frunciendo el ceño, Pelirrojo reflexionó por unos instantes.
—Robinson Crusoe —dijo por fin.
—Sí, eso es. Sacó del barco naufragado sierras, hachas y mosquetes y municiones y muchas cosas… ¡Ya «sé» lo que vamos a hacer! Nosotros seremos él en una isla desierta y los restos del naufragio estarán ahí, en el agua. Veo muchas cosas que pueden representar hachas y todo lo demás.
—Nos mojaremos —dijo Pelirrojo.
—Bueno, a él no le importaba mojarse y no creo que eso deba importarnos a nosotros. Nos quitaremos las sandalias para que nadie pueda decir que no hemos hecho lo que hemos podido.
Se quitaron las sandalias y empezaron a cruzar el canal. Pelirrojo perdió pie, se agarró a Guillermo y por unos momentos los dos quedaron sumergidos en la corriente.
—No importa —manifestó Guillermo al recuperar el equilibrio—. Ya nos hemos mojado y por tanto no debe preocuparnos mojarnos un poco más. ¡Vamos!
Vadearon hasta llegar a la otra orilla y empezaron a investigar los trastos esparcidos allí.
—Fíjate en eso —dijo Guillermo, cogiendo un listón de madera largo y astillado—. Será una sierra.
Pelirrojo había descubierto un par de barras de regaliz en el fondo de una bolsa de papel.
—Y aquí hay unas cuantas provisiones —anunció, entregando una barrita a Guillermo y metiéndose la otra en la boca.
—¡Y aquí un mosquete! —exclamó Guillermo, apoderándose de un trozo de madera largo y estrecho, llevado allí por la marea.
—Y aquí municiones —dijo Pelirrojo, recogiendo un puñado de piedrecillas.
—Y parte de una vela —explicó Guillermo, cogiendo el saco viejo—. Servirá para construir una tienda. Y ahora volvamos a la isla. ¡Vamos!
Cruzaron de nuevo, chapoteando, el canal.
—Es una lástima que no hayamos encontrado un perro o un loro —opinó Guillermo.
—O un negro llamado Viernes —añadió Pelirrojo.
—¡Mira! —gritó Guillermo, excitado.
Señalaba las huellas de unos pies desnudos, a lo largo de la playa.
—Eso no estaba antes aquí —dijo— y estos pies no son como los nuestros.
—Es Viernes —susurró Pelirrojo, impresionado.
—Troncho, ya lo creo que sí —dijo Guillermo—. Y… ¡Mira! ¡Ahí está!
Tras una de las rocas que había al pie del acantilado, había aparecido un chico. Tendría la misma edad de Guillermo y era esbelto y musculoso, con piel del color del café y unos ojos negros y brillantes.
—¡Es Viernes! —murmuró otra vez Pelirrojo.
—No puede ser Viernes —explicó Guillermo— porque hoy no es viernes. Es miércoles.
—Será Miércoles, pues —manifestó Pelirrojo.
El niño se había acercado a ellos y los miraba con curiosidad.
—Tú eres Miércoles —le dijo Guillermo.
El chico les dirigió una sonrisa amistosa y asintió con la cabeza.
—Tú eres Miércoles —le dijo Guillermo.
—Yo ser Miércoles —admitió.
Pareció que el nombre le agradaba y le halagaba.
—Anda, ven con nosotros —invitó Guillermo—. Volveremos al lugar del naufragio y trataremos de encontrar algo más.
El recién llegado pareció hacerse cargo de la situación. Chapoteó por el agua con ellos y se rió encantado cuando tropezó con un pedrusco y se sumergió de cabeza.
—Yo ser Miércoles —anunció con orgullo, mientras se ponía otra vez de pie.
En la otra orilla, observó atentamente a Guillermo y Pelirrojo durante unos instantes, y después, con una súbita y centelleante sonrisa, empezó a imitarlos cogiendo un buen puñado de algas.
—Coles —explicó, radiante—. Coles del naufragio.
—Es muy inteligente —opinó Pelirrojo—. Ha sido una suerte encontrarlo… Espero que no sea un caníbal, sin embargo. El del libro lo era.
—Bueno, aunque lo sea le costará lo suyo comernos a los dos —dijo Guillermo, con una risita.
Le vieron excavar debajo de los empapados periódicos y sacar una botella de leche vacía.
—Un telescopio del barco naufragado —explicó, llevándoselo a un ojo.
—Sí, desde luego es muy inteligente —admitió Guillermo, con tono de seguridad—. Vamos. Recojamos más cosas.
Guillermo encontró más trozos de madera y Pelirrojo media toalla hecha jirones.
—Madera para construir una valla y mantener a raya a los animales salvajes —sugirió Guillermo.
—Y una bandera para hacer señales a los buques que pasen —dijo Pelirrojo.
—Es la del barco naufragado —explicó Miércoles.
Cargados con su botín, regresaron a la isla desierta.
—Aquel hombre del libro… —dijo Guillermo—. ¿Cómo se llamaba?
—Robinson Crusoe.
—Sí, eso es. Pues bien, se buscó una especie de cueva en las rocas y se hizo una valla de madera y entonces puso piedras muy grandes a lo largo de ella. ¡Mira! Aquí hay una especie de cueva. Se adentra en el acantilado. Vamos a reunir la madera para construir la valla y después buscaremos unas piedras.
Pelirrojo miró a su alrededor. La playa estaba desierta.
—Miércoles se ha marchado —señaló.
—Oh, está bien… —rezongó Guillermo—, nos las arreglaremos sin él. Empecemos a construir la valla.
Durante algún tiempo trabajaron en silencio, hasta que oyeron un grito de alegría y, al volverse, vieron a Miércoles que bajaba ágilmente por el acantilado con dos bolsas de papel en la boca.
Se acercó a ellos y depositó las bolsas a sus pies.
Vieron a Miércoles que bajaba ágilmente por el acantilado.
—Son del naufragio —explicó con orgullo.
Guillermo abrió las bolsas. Una contenía galletas y la otra tomates.
—¿De dónde lo has sacado? —inquirió Guillermo.
Pero Miércoles volvía a escalar otra vez el acantilado y casi se había perdido de vista.
—Las habrá cogido en algún sitio —sugirió Pelirrojo, con una nota de aprensión en su voz.
Guillermo se encogió de hombros.
—Bueno, será mejor que nos lo comamos —decidió—. De nada sirve que se echen o perder. Dejaremos aquí su ración por si regresa.
Dividió las galletas y los tomates en tres partes.
—Podría ser un espía, desde luego —admitió Guillermo—, enviado por alguna tribu nativa. A lo mejor se están escondiendo en algún lugar de la isla desierta y de un momento a otro pueden atacarnos —se metió dos galletas de chocolate en la boca y farfulló—: Tendremos que montar guardia y esperar oír su grito de guerra.
Acabaron los tomates y las galletas y siguieron trabajando en la construcción de la valla.
De pronto resonó otro grito exultante y vieron a Miércoles que de nuevo bajaba con soltura por el acantilado. De su hombro colgaba un deteriorado cesto de mimbre. Franqueó las rocas hasta llegar a ellos y puso el cesto a sus pies.
—Del naufragio —explicó, con una sonrisa radiante.
—Es un buen muchacho —dijo Guillermo—. No es un espía.
—Sí, pero está cogiendo cosas —protestó Pelirrojo—. No sé de dónde las coge, pero las está «cogiendo».
Guillermo entregó los tomates y las galletas a Miércoles.
—Come —le ordenó.
Obedientemente, Miércoles mordió un tomate.
—Es muy inteligente —comentó Guillermo, contemplando su adquisición con aires de propietario—. Y no es un espía ni un caníbal. Veamos qué hay en el cesto.
Abrió el cesto y extrajo el contenido: una gorra vieja y grande, de mezclilla, una bufanda igualmente usada, una pipa de arcilla y de aspecto poco atractivo, y tres manzanas relucientes.
—Del naufragio —explicó otra vez Miércoles, con la boca llena de tomate.
Creía, al parecer, que sus palabras explicaban suficientemente la situación.
Después extendió la mano, cogió la gorra y se la puso, hundiéndosela hasta el punto de que tenía que inclinar la cabeza para sonreírles.
—Yo ser Miércoles —anunció, muy satisfecho.
Pelirrojo se echó al cuello la vetusta bufanda y Guillermo se puso en la boca la repelente pipa de arcilla. Por unos momentos se rieron de su aspecto, hasta que Guillermo se irguió y echó un vistazo al paisaje.
—Me está cansando un poco todo eso de salvar los restos del naufragio —explicó, sacándose la pipa de la boca, con un ademán grandilocuente—. Vamos a explorar el interior de la isla. Treparemos por el acantilado. ¡Vamos!
—Yo trepar —se ofreció Miércoles con entusiasmo, levantándose y colgándose de nuevo el cesto de su hombro.
No cabía duda de que Miércoles era un alpinista mucho más avezado que Guillermo y Pelirrojo. Éstos le siguieron, poniendo los pies allí donde lo hacía él y afianzándose en los mismos salientes.
En lo alto del acantilado, un prado conducía, al parecer, a un pueblecillo.
—Adelante —dictaminó Guillermo—. Vamos a explorar.
Siguieron un sendero a través del prado y llegaron a una cerca. Al otro lado de la misma había un camino rural que llevaba a un grupo de tiendas.
Pelirrojo empezó a quitarse la bufanda.
—Será mejor que te la dejes puesta —aconsejó Guillermo—. Será como una especie de disfraz.
Guillermo chupó con vigor su pipa de arcilla y Miércoles se caló todavía más la gorra sobre los ojos. Después, Miércoles descolgó el cesto que llevaba al hombro.
—Para comer —dijo—. Es del naufragio.
—¡Troncho, claro que sí! —exclamó Guillermo—. Las manzanas. Las había olvidado. Será mejor comérnoslas lo más rápidamente posible, antes que se estropeen.
Caminaron hacia las tiendas, comiendo cada uno su manzana.
Ante la tienda de comestibles, una mujer constituía el centro de un grupo de personas, mientras señalaba dramáticamente su carrito con la cesta de la compra.
—Encontré a la señora Smith y charlamos un rato aquí donde estoy ahora. Sólo le volví la espalda un par de minutos mientras hablaba con ella y… aunque parezca increíble, al darme la vuelta mis tomates y mis galletas habían desaparecido. Así, ¡desaparecido! Los había cogido alguien en esos pocos minutos en que yo volví la espalda. ¡Parece increíble!
—Es esa oleada de delincuencia —dijo otra mujer, con expresión sombría—. Está barriendo todo el país.
Los tres muchachos pasaron junto a ellas, volviendo la cabeza hacia otro lado.
—«Sabía» que él lo había cogido —dijo Pelirrojo—. No tardaremos en vernos en apuros a causa de él.
Siguieron caminando, hasta dejar atrás las tiendas, por una calle flanqueada por una alta pared de ladrillo, y se detuvieron ante una verja de aspecto imponente, en la que una placa rezaba: «Escuela Highlands. Director: Arnold J. Mercer, licenciado.»
—¡Atiza, una escuela! —exclamó Guillermo, disgustado—. Larguémonos de aquí cuanto antes.
Pero el edificio parecía ejercer una morbosa fascinación sobre Pelirrojo.
—Echémosle un vistazo —sugirió—. Sólo para ver cómo es. Ahora están de vacaciones y no habrá nadie.
Lenta y cautelosamente, franquearon la entrada y avanzaron por el camino, masticando todavía sus manzanas y estirando el cuello para atisbar más allá de la curva que ocultaba a medias el gran edificio cuadrado.
Lenta y cautelosamente, franquearon la entrada y avanzaron por el camino.
—¡Zambomba, tiene un aspecto espantoso! —murmuró Pelirrojo.
—Tiene el aspecto de una escuela —sentenció Guillermo—. En todas partes tienen el mismo aspecto.
—A mí no gustarme escuela —comentó Miércoles, arrugando la nariz bajo la inmensa gorra.
De pronto oyeron a sus espaldas un rugido de rabia y, al volverse, vieron que les seguía una figura pequeña y semejante a un cangrejo. La cara de aquel hombre estaba congestionada por el furor, y mientras corría movía los brazos como si fuesen las aspas de un molino de viento. Los rugidos de rabia seguían llenando el aire y, a pesar de su escasa altura y su silueta de cangrejo, el hombre avanzaba con sorprendente rapidez.
Los tres niños corrieron hacia la parte posterior del edificio. Una alta tapia rodeaba el jardín trasero, tan sólo interrumpida por una puerta pintada de verde. La puerta estaba cerrada. Miraron desesperadamente a su alrededor. La figura semejante a un cangrejo y los rugidos de furor les seguían de cerca, pero de pronto el cangrejo tropezó con un rastrillo caído en medio del camino y por un par de segundos perdió de vista a los muchachos.
—¡Pronto! —dijo Guillermo—. Todos detrás de eso.
Los tres se agazaparon detrás de una pila de estiércol que había junto a la tapia.
El cangrejo se había levantado y examinaba atentamente un pequeño cobertizo destinado a guardar las herramientas, sin dejar de proferir amenazadores gruñidos.
—En seguida lo tendremos aquí —susurró Guillermo—. Escondámonos bien.
A gatas, se introdujo en el montón de estiércol. Los demás hicieron lo mismo, cubriéndose lo mejor que pudieron con aquella materia oscura y húmeda.
El cangrejo pasó junto a la pila de abono, no sin dirigir un vistazo al espacio que había entre ella y la tapia, y siguió su camino sin dejar de gruñir ferozmente.
Guillermo volvió a salir y miró cautelosamente a su alrededor.
—No se le ve por ninguna parte —informó—. Lo mejor será salir aquí y largamos tan aprisa como podamos.
Poco a poco, surgieron los otros dos. Era un abono rico y jugoso y se había adherido a sus personas en forma de manchas y pegotes. Se sacudieron, sin conseguir grandes resultados. Miércoles se caló su gorra, tan desproporcionada como maloliente, hasta ocultar media cara y se echó a reír. Pelirrojo se envolvió el cuello con la bufanda. La pipa de Guillermo y los restos de las manzanas quedaron perdidos en el montón de materia descompuesta.
—No veo ni trazas de él —dijo Guillermo. Sus ojos se posaron, animados por la esperanza, en una hilera de matas y arbolillos que crecían a lo largo del campo de césped—. Podríamos arrastrarnos hasta el otro lado y saltar por encima de esa tapia. ¡Vamos! Arrastraos sobre el vientre, como los indios.
Reptaron de una mata a otra, en dirección a la casa. Esta maniobra les llevó cerca de un gran ventanal que se abría sobre el campo de césped. Guillermo, cuyo interés por sus semejantes era insaciable, se detuvo unos instantes, detrás de unas matas frondosas, para examinar cuanto era visible del interior de la habitación, a pesar de los peligros que pudieran acecharle.
Era una habitación grande, con las paredes revestidas de libros, un escritorio junto a la ventana y, en el centro, una pesada mesa de madera de roble ante la cual se sentaban tres hombres. Uno de ellos era corpulento y tenía una mirada penetrante; otro era alto, joven, de tez oscura, e iba elegantemente vestido; el tercero era de mediana edad, con cabellos grises despeinados y una faz cuadrada y amable, en la que se leía la preocupación. El hombre de la mirada penetrante se estaba arrellanando en una silla, como si acabase de llegar.
—Parece como si estuvieran hablando de algo interesante —comentó Guillermo—. Es lástima que no podamos oír lo que dicen.
Guillermo estaba en lo cierto. Los tres hombres hablaban de algo interesante.
—Vamos a ver, señor Mercer —estaba diciendo el hombre de la mirada penetrante, mientras sacaba una libreta del bolsillo—. Veamos los hechos. ¿Esperaba hoy al chico?
—Sí, inspector —contestó el hombre de la expresión preocupada—. Le esperaba esta mañana. Como usted sabe, mi escuela terminó los cursos la semana pasada, para comenzar las vacaciones de verano —el inspector asintió—. Pero, como también sabrá probablemente, siempre tengo aquí unos cuantos chicos durante las vacaciones estivales. Chicos cuyos padres se encuentran en el extranjero o que no pueden ocuparse de ellos. Aquí organizamos juegos, actividades diversas, excursiones… Como si fuese un hogar de vacaciones.
El inspector asintió de nuevo con la cabeza.
—Pues bien, ese chico —prosiguió el señor Mercer— tenía que llegar esta mañana para pasar en la escuela las vacaciones de verano. Tal vez será mejor que el señor Nassir —señaló con la mano al hombre de tez oscura y elegantemente vestido— explique la situación.
Era evidente que el hombre de la tez oscura no tenía ninguna objeción al respecto. Extendió las manos elocuentemente y explicó:
—Soy el secretario del embajador de nuestro país en el de ustedes y mi jefe acaba de recibir el nombramiento para este cargo y todavía no ha podido organizar sus asuntos domésticos. Deseaba dejar a su hijo al cuidado del señor Mercer para las vacaciones estivales, mientras él encontraba una casa y una escuela apropiadas en Londres. Está tan absorbido por las cuestiones políticas que aún no ha tenido tiempo para organizar su vida privada y…
De pronto, la puerta se abrió de golpe y apareció una figura pequeña y semejante a un cangrejo, con la cara contraída por el furor.
—¿Qué ocurre, Craig? —preguntó el señor Mercer, armándose de paciencia.
—¡Esos chicos, señor! ¡Esa peste! —farfulló Craig—. Me han robado el cesto, con mi gorra, mi bufanda y mi pipa dentro. Y también las manzanas que iba a presentar en la Exposición de Flores. Se estaban comiendo mis manzanas del concurso, los muy tunantes, y…
—Escúchame, Craig —le interrumpió el señor Mercer—. Nunca ganará usted un premio con esas manzanas Worcester suyas. Las del mayor Forrester las doblan en tamaño…
—Había preparado mi cesto para mi trabajo —insistió Craig, con una aguda nota de ira en su voz—, con mi gorra, mi bufanda y mi pipa, y…
—Craig —le atajó el señor Mercer—, ¿no ve que ahora estoy ocupado?
—Yo no puedo trabajar sin mi gorra, mi pipa y mi bufanda. Me da el reuma sin mi gorra y mi bufanda.
—Más tarde hablaremos de ello, Craig.
—Había ido hasta la verja para ir al trabajo con todo eso en mi cesto…
—Craig, ahora no me es posible ocuparme de esto.
—Y entonces pensé que no había dejado salir el gato, de modo que dejé el cesto y volví atrás para dejar salir al gato y cuando regresé había desaparecido… mi cesto con mi gorra, mi bufanda, mi pipa, mis manzanas del concurso y…
—Por favor, ahora retírese, Craig.
—Yo sabía que algunos de esos diablillos lo habían hecho y entonces les vi, tan frescos, llevando mi gorra y mi bufanda…
—¡Craig!
—Fumando en mi pipa, comiéndose mis manzanas…
El señor Mercer se levantó, se dirigió hacia su visitante, le empujó con firmeza hasta sacarlo de la habitación y cerró la puerta.
—Debo ofrecerles mis excusas por esta interrupción, caballeros —dijo, regresando a su silla—. Craig es el jardinero y sus servicios no tienen precio, pero tiene un carácter muy extraño —diría que es un poco subnormal— y no puede tragar a los niños del pueblo. Éstos lo pinchan y atormentan hasta que él se enfurece. Supongo que le habrán quitado su preciosa gorra y la bufanda. Las lleva siempre cuando trabaja, haga el tiempo que haga… Más tarde, ya me las arreglaré con él, desde luego, pero ahora volvamos al asunto que nos ocupa.
—Ciertamente —dijo el inspector, sin disimular su impaciencia—. Le ruego que continúe, señor Nassir.
—Todo estaba ya arreglado —prosiguió el señor Nassir— y yo tenía que traer hoy al niño a la Escuela Highlands. Por desgracia, una auténtica desgracia, nos quedamos sin gasolina a unos pocos kilómetros de aquí y yo eché a andar hacia un garaje frente al cual habíamos pasado poco antes. Cuando regresé con la gasolina —extendió los brazos en un ademán de desesperación— el niño se había marchado.
—Supongo que registraría concienzudamente aquel lugar —inquirió el inspector.
—Sí, desde luego. Desde luego, sí. Busqué a fondo por todas partes. Pero yo quería denunciar el hecho en seguida y por tanto vine a ver al señor Mercer para que me aconsejara.
—¿Se ha puesto en contacto con el padre del niño? —preguntó el inspector.
El señor Nassir negó frenéticamente con la cabeza.
—No, desde luego. Desde luego, no. Su cargo es tan delicado que requiere todo su tiempo y todas sus energías. Informarle acerca de la desaparición de Abdullah sería, como ustedes dicen, ponerle fuera de sus casillas. Quiere mucho a ese niño. Rompería todas esas delicadas negociaciones de las que dependen el destino y el futuro de nuestro país, para venir aquí y buscar al chico. A mí me despediría y me quedaría sin empleo. Sería víctima de un hundimiento físico y mental. No comería; no dormiría. No se ocuparía de nada más hasta haber encontrado al niño.
—Claro, claro —le apaciguó el inspector—. Permíteme ahora unas pocas preguntas más. ¿Vestía el niño algo que le distinguiera?
—Desde luego, no —suspiró el señor Nassir—. Se negó a ponerse el traje apropiado de franela que le habíamos comprado. Insistió en llevar los pantalones cortos y una camisa, ya que vio que otros niños de aquí vestían así. Discutimos con él, pero fue en vano. Es un niño muy obstinado. Encantador… pero obstinado. Por unos momentos dudé en consultar a la policía.
—¿Y por qué dudó? —preguntó el inspector.
—Intervienen más cosas de las que usted pueda saber —explicó el señor Nassir, con una voz reducida a un murmullo bajo y misterioso—. Actúan fuerzas ocultas, ruedas dentro de ruedas secretas, conspiraciones subterráneas, complots malignos…
—Lo que el señor Nassir quiere decir —intervino el director de la escuela— es que teme que el chico haya sido secuestrado.
—¿Secuestrado? —se sobresaltó el inspector.
—Usted ya sabe lo que ocurre en estos nuevos países independientes —explicó el director—. Hay una pugna frenética por el poder. Los presidentes cambian de la noche a la mañana. Media docena de partidos tratan de hacerse con las riendas del país… El señor Nassir dice que el padre del muchacho tiene enemigos que pueden haberle seguido hasta Inglaterra. Él apoyó al actual presidente contra el anterior presidente y teme que el secuestro pueda ser una venganza realizada por los partidarios del presidente anterior.
—Ya comprendo… —dijo el inspector—. Veamos, ¿dónde dejó usted exactamente al niño, señor Nassir?
—No muy lejos de aquí —contestó el señor Nassir—. En realidad, casi habíamos terminado ya nuestro viaje, cuando por desgracia —una auténtica desgracia— observé que la aguja del indicador de la gasolina no marcaba y que me había quedado sin gasolina. El garaje estaba en la misma carretera, a poca distancia, y sólo me ausenté de dicho lugar por pocos momentos.
—¿Pasó entonces algún otro coche por la carretera? —quiso saber el inspector.
—De eso no puedo estar seguro. Entré en la oficina del garaje para explicar la situación. Pudo haber pasado algún coche, claro, mientras yo estaba hablando.
—Bien, no podemos perder más tiempo —dijo el inspector—. Debo alertar todo el distrito y, evidentemente, el padre del chico debe ser informado en seguida.
—¡No, no! —gimió el señor Nassir, juntando las manos en un ademán implorante—. Se lo ruego, se lo suplico… ¡todavía no! Está entregado a unas negociaciones delicadas. El destino de nuestro país tiembla en la balanza. Y yo… y yo perdería mi empleo, al que tengo en gran estima —abrió los brazos de par en par, en otro ademán elocuente—. ¡Oh, daría cuanto poseo en el mundo para ver de nuevo a ese niño!
—Puedo asegurarle que no se escatimarán esfuerzos para encontrarle —señaló el inspector—, pero…
La puerta se abrió de golpe y Craig apareció de nuevo, empujando ante él un objeto pequeño y de repelente aspecto. En su afán por conseguir justicia, Craig no se había entretenido en quitarle la gorra y la presa que su mano hacía en el cuello de la camisa había echado la gorra totalmente hacia adelante, ocultando por completo las facciones del niño. El resto de su persona estaba recubierto todavía por una gruesa capa de estiércol.
—¿Qué significa esto? —tronó el director de la escuela.
—¡He cazado a uno de ellos! —jadeó Craig—. ¡Al peor de todos, el muy granuja! Le he dicho que lo traería aquí. Le he dicho que usted le daría su merecido. Le he dicho…
La exasperación del director rompió todos los diques.
—¿Cómo se atreve a entrar aquí otra vez, y de ese modo? —gritó—. Llévese a ese chico del demonio. Acompáñelo hasta la verja y mándelo con viento fresco. Y en cuanto a ti —dirigió una mirada a la inmensa gorra—, ¡nunca más te «atrevas» a volver aquí! ¡Largo!
Con un rápido movimiento de anguila, el pequeño se libró de la garra de Craig y huyó por la puerta.
—Pero escuche, señor… —empezó a decir Craig.
—¡Márchese de una vez! —rugió el director.
Craig desapareció.
—De nuevo les ruego perdonen esta interrupción —dijo el señor Mercer—. Veamos, ¿qué más podemos hacer?
—Les concederé media hora antes de que ponga en marcha mis medios —anunció el inspector—. Si no aparece el chico antes de media hora, temo que deberemos informar a su padre y dar publicidad al asunto.
—Esto le matará —gimió el señor Nassir.
—No se preocupe, caballero —le tranquilizó el inspector—. Al fin y al cabo, el muchacho no puede estar muy lejos.
No estaba muy lejos. De hecho, se encontraba a pocos metros de la ventana de la habitación en la que se estaba hablando de él. Había vuelto a reunirse con Guillermo y Pelirrojo detrás de la mata de acebo.
—Me he escapado —jadeó, al unirse a ellos—. Me he escapado, pero él, por todos los sitios, nos sigue buscando. El…
—¡Silencio! —susurró Pelirrojo—. ¡Ahí viene otra vez!
Craig se acercaba con su paso de cangrejo, inspeccionando en el interior de las matas.
—Sé que estáis por ahí, granujas —gruñía—. ¡Esperad que os ponga la mano encima! Esperad y veréis lo que os pasa cuando os ponga la mano encima.
Sin dejar de refunfuñar y buscar, se encaminó hacia el otro extremo del jardín.
—¡Mirad! —murmuró Guillermo—. La puerta del garaje está abierta y en él hay un coche. Podemos llegar allí ocultándonos detrás de las matas. Metámonos en el coche y escondámonos en él. Apuesto que nadie va a salir en el coche. Están demasiado ocupados hablando en esa habitación. Nos meteremos detrás y nos quedaremos en él hasta que se canse de buscarnos; después nos las piraremos por la entrada. Nunca se le ocurrirá mirar dentro del coche. ¡Vamos!
Silenciosamente y en fila india, agazapándose detrás de los matorrales, llegaron hasta el garaje. Había en él un coche pequeño, de cuatro asientos.
—Metámonos detrás y nos taparemos con la alfombra —dijo Guillermo.
Se colocaron en la parte posterior del coche y se cubrieron con la gruesa alfombra de cuadros escoceses. No había mucho sitio y se encontraron apiñados y bastante incómodos.
—Saca el pie de mi cuello —se quejó Pelirrojo—. ¡No puedo respirar!
—¡Cállate! —siseó Guillermo.
Se acercaban unos pasos. Guillermo atisbó cautelosamente levantando una esquina de la alfombra. Habían entrado tres hombres en el garaje.
—¡Atiza! —suspiró, anonadado, volviendo a taparse con la alfombra.
—Sugiero que nos lleve hasta el lugar de la carretera en el que desapareció el pequeño —decía el inspector—. Bien puede haber encontrado el camino hacia allí, y también cabe que el personal del garaje sepa algo de él. Entre tanto, yo llamaré a la comisaría, si me permite utilizar su teléfono, señor Mercer y daré algunas instrucciones discretas. Después les seguiré en mi coche. No podemos perder más tiempo.
El director y el señor Nassir entraron en el coche y éste atravesó velozmente el pueblo hasta llegar a la carretera que discurría a lo largo de la cima del acantilado. Los tres niños estaban agazapados en la parte posterior del coche, silenciosos e inmóviles. Se habían puesto en manos del destino.
—¡Fue aquí! —exclamó de pronto el señor Nassir. El coche se detuvo—. Fue aquí donde tuve que echar a andar hacia el garaje. Desde aquí no se ve el garaje, pero…
—¿Qué «diablos» es esto? —gritó el director.
Súbitamente, había observado unos extraños culebreos debajo de la alfombra, al quitar vigorosamente Pelirrojo el pie que Guillermo apoyaba en su cuello. El señor Mercer tiró de la alfombra y extrajo del coche los tres niños. Abdullah fue el último. Se le había caído la gorra y sus delicadas aunque mugrientas facciones eran claramente identificables.
El señor Mercer tiró de la alfombra y extrajo del coche los tres niños.
—¡Abdullah! —chilló el señor Nassir, histéricamente.
Con un movimiento repentino e inesperado, Abdullah asestó un cabezazo al estómago del señor Mercer y echó a correr hacia el borde del acantilado. El director de la escuela quedó sentado en la hierba de la cuneta. El señor Nassir corrió ágilmente tras de la muy veloz figurilla, la cogió por el cuello de la camisa y regresó con su presa.
—Y ahora, Abdullah…
—Yo ser Miércoles —declaró Abdullah con vehemencia.
—Debes volver en seguida a la escuela. ¿Me has comprendido?
Abdullah se encogió de hombros. Se lo había pasado a lo grande, pero comprendía que las circunstancias le habían sobrepasado.
—Pero ante todo, Abdullah…
—Yo ser Miércoles —insistió Abdullah, con ojos centelleantes—. Yo ser «Miércoles».
—Está bien… ejem… Miércoles, debes pedir perdón a este señor —el director de la escuela había conseguido ponerse en pie— por tu conducta impropia de un caballero.
Abdullah inclinó la cabeza hacia el señor Mercer.
—Le perdono —dijo, y agregó con su repentina y simpática sonrisa—: «graciosamente».
Guillermo y Pelirrojo entraron en la sala de estar. Se habían cepillado toscamente el uno al otro, eliminando las porciones más despegables de la materia fertilizante, pero con todo seguían ofreciendo un espectáculo deplorable.
—¡Dios mío! —exclamó la señora Merrydew—. ¿Qué «habéis» estado haciendo? Id en seguida a lavaros y cambiaros.
—Desde luego, os habéis ensuciado mucho —dijo la señora Brown, con mayor benignidad—. Es evidente que habéis estado explorando a fondo los alrededores y espero que hayáis descubierto algo que hacer durante estas dos semanas.
La mente de Guillermo efectuó una revisión de aquella tarde. De mala gana y con obvio desagrado, el director había cedido ante la insistencia de Abdullah y había permitido que Guillermo y Pelirrojo fueran a la Escuela Highlands para jugar con él mientras durase su estancia allí. Camino de casa, habían visto el autocar que llevaba a los demás niños que iban a pasar sus vacaciones, o parte de ellas, en Highlands. Dos de ellos estaban enzarzados en una pelea. Otro tocaba una armónica. Otro estaba untando los cabellos de su vecino con el interior de una piel de plátano. Un muchacho que era el vivo retrato de Humberto Lane dirigió una mueca retadora a Guillermo al pasar. Era un autocar repleto de gloriosas posibilidades.
—Oh, si —contestó Guillermo mientras se volvía hacia la puerta—. Sí, creo que en esas dos semanas vamos a encontrar muchas cosas que hacer.