Viernes, 6 de febrero de 2009
09:41 am
12,5º C
Patio de la penitenciaría
(a 23 km de la capital, a 25 de Las Zalbias,
desvío hacia Santaelmira por la autovía A-9, salida 124)
El padre Justo Llorente Marcos cruzaba, con paso decidido, regular, casi marcial, el espacio exactamente cuadrado —suelo de cemento, cinco sumideros, dos tableros de baloncesto soportados por sendas estructuras fijas de hierro pintado de rojo— que separaba los módulos de preventivos F1 y F2, en dirección al módulo F3, también de preventivos. Este último consistía en un gran bloque gris de hormigón de seis plantas, con otras tantas franjas acristaladas a lo largo de toda la longitud de sus seis corredores; diseño que permitía distinguir con claridad, desde allí abajo, las puertas de todas y cada una de las celdas.
Justo Llorente era un hombre de pequeña estatura, vigoroso y con un vientre más pronunciado de lo que a él le habría gustado. Tenía cincuenta años, vestía un vaquero azul clásico y un gastado polo verde sin emblema de marca. Su rostro estaba dotado, como accidente más reseñable, de una gran nariz de boxeador (ligeramente deformada y del color de un fresón inmaduro) que no conjugaba muy bien con sus pequeños ojos atentos y vivaces, los cuales denotaban, sin margen de duda, unas considerables determinación e inteligencia.
—Puedes hablar con él en la sala de visitas de la planta baja. Tengo autorización para dejarlo salir de la celda el tiempo que necesites —le dijo el guardia, desde su garita de control acristalada y exageradamente atiborrada de monitores de circuito cerrado.
—Mmm… gracias. Prefiero verlo en su celda —dijo, mientras le entregaba al funcionario el teléfono móvil—, si no os importa, claro. Tengo mis razones…
El guardia sonrió —lo conocía bastante bien— y guardó el teléfono en una taquilla, sin cerrar la portezuela.
—Lo que tú mandes, padre. Ya lo sabes.
A continuación, ordenó a su compañero, más joven, que acompañase al capellán hasta la celda.
El encuentro fue sobrio, con apenas un tímido toque de cordialidad por las dos partes. El padre dio una amistosa palmada en el hombro de Juan Cáceres, a la que este correspondió con un triste intento de sonrisa. Inmediatamente, el franciscano sacó el pen drive del bolsillo pequeño de sus pantalones y se lo devolvió al interno.
—¿Ya lo ha leído? —preguntó este, extendiendo la mano para recibirlo, con palmaria incredulidad.
—Lo he leído casi dos veces. Algunas partes, más de dos veces.
Juan Cáceres inclinó la cabeza hacia un lado, en un gesto que lo mismo podría ser de admiración que de terne escepticismo. Se sentó en la cama. El sacerdote ocupó la única silla disponible.
—Quiero preguntarte algo… Tú rechazaste la asistencia de la psicóloga de la prisión. En cambio no has rechazado la mía…
—¿No me dijo que usted también era psicólogo?
—Sí. Pero ante todo soy sacerdote.
Juan Cáceres reflexionó un momento. Se tomó su tiempo para responder.
—Si tengo que hablar con alguien, prefiero que sea un cura. Además… usted me cae bastante bien… no me importa decírselo.
—Pero, por qué un cura —continuó el padre Llorente, sin perder el tiempo ni el rumbo agradeciendo el cumplido—; eso es lo que me gustaría que me dijeras. Quiero decir… ¿Te consideras cristiano? ¿Es asistencia espiritual lo que tú quieres?
Otra vez Juan se tomó su tiempo antes de responder.
—Prefiero hablar con usted, simplemente. Creo que está en mejores condiciones para comprenderme. Claro que no creo que eso me sirva para nada.
Esta vez el silencio fue más prolongado, y soportado equitativamente por los dos hombres. Luego volvió a hablar el cura:
—Muy bien, Juan. Yo también estoy a gusto contigo, pero preferiría que me dejaras intentar ayudarte espiritualmente. Que, además, es lo que se supone que debo hacer. Por lo que cuentas ahí —señaló hacia el minúsculo escritorio de madera, donde el preso había depositado el pen drive—, tu amigo, al final, encontró un camino. ¿No crees que también podría ser el tuyo?
Juan negó tajantemente con la cabeza y respondió de inmediato, cerrando un momento los ojos. La inflexión de su voz fluctuaba entre el sarcasmo y la amargura:
—No… padre. Ese camino es imposible para mí —dijo, intercalando entre las dos frases un audible suspiro.
—Explícate. ¿Por qué crees que es imposible?
—Porque yo ya lo he recorrido, en sentido contrario.
El sacerdote sacudió inquisitivamente la cabeza, frunciendo las cejas. No dijo nada, pero era evidente que demandaba una explicación.
—Yo era un escéptico, un agnóstico…
—¿Ya no…?
—Ahora creo en algo. A la fuerza. Digamos que algo me ha sido brutalmente revelado. En realidad no es que crea, sería mejor decir que me encuentro ante una evidencia. Una evidencia verificada en mi propia vida. Sobre todo en los últimos meses. En todo lo que usted acaba de leer —el interno se puso de pie y miró hacia un cielo de plomo, semejante a una segunda pared, por entre los blancos barrotes de la ventana. El sacerdote lo miraba con analítica atención. Cáceres se dio la vuelta y continuó—: Como la mayor parte de la gente con pretensiones intelectuales, es decir… con una cultura estándar, superficial, yo veía hasta hace poco una incompatibilidad total entre la religión y la ciencia. Ya sabe que las ideas que predominan hoy en Europa son, más o menos, las ideas de las élites intelectuales de hace unos cincuenta o cien años. Siempre es así. La información viaja a la velocidad de la luz. El conocimiento, en carromato.
—Y si ya no ves esa incompatibilidad entre la razón y la fe —preguntó el padre Llorente—, ¿qué te impide buscar una respuesta a tu situación en Dios?
—No se precipite, padre. Tenga paciencia. Le voy a contestar a todo —el preso volvió a hacer una pausa antes de rea nudar sus explicaciones—, pero tenga un poco de paciencia. Mire… yo creía que el mundo estaba gobernado por el azar, sencillamente. Cuando uno se da cuenta de que estar vivo es una casualidad demasiado inverosímil… entonces empieza a sospechar que podría haber algo más. Poca gente llega nunca a ese nivel. El tema del azar se puso muy de moda en el siglo pasado, con la física cuántica. Todo el mundo habla de física cuántica, ¿no se ha dado cuenta? Cuando algún imbécil quiere lucir plumaje científico, darse pisto de filósofo vanguardista… se pone a graznar enseguida sobre física cuántica, porque eso pone muy cachonda a la grada. Heisenberg, Niels Bohr… Le suenan, ¿verdad? —el padre asintió, un poco a la defensiva—: Claro. También le suenan al panadero de mi barrio. Ese es el problema, ¿comprende? La simplificación, la banalización de todo. La física cuántica es importante, no lo niego, porque terminó con una física absolutista. Hizo el mundo más abierto. Dio cabida a lo imprevisible, tal vez a la libertad. El misterio, que parecía a punto de ser desvelado, se alejó… Pero hay algo más importante que nadie nombra. ¿Sabe qué es?
El cura empezaba a sentirse como un chiquillo que teme ser expulsado en cualquier momento de clase.
—Pues… no. La verdad es que no.
—El teorema de Gödel. Eso es mucho más importante que la monserga de la física cuántica. No ha oído hablar del teorema de Gödel, ¿verdad? —el franciscano negó tímidamente con la cabeza—. Claro… casi nadie lo ha oído. La física cuántica es un obstáculo para el demonio de Laplace de la ciencia moderna. Pero es una limitación teóricamente parcial. Un nuevo paradigma quizá podría superarlo. En cambio, el teorema de Gödel es una limitación absoluta, estructural del conocimiento. Lo que dijo Gödel, más o menos, es que… —Juan Cáceres se tomó unos segundos para encontrar una analogía digna de su actual eclosión de lucidez— toda explicación requiere una explicación. Ninguna es a la vez completa y consistente. La llave de las matemáticas es la lógica. Pero Gödel descubrió que la cerradura está puesta por fuera. Eso significa que aunque tengamos la llave buena, no se puede abrir desde dentro. Es una trampa. El enigma ahora… ha retrocedido hasta el infinito.
Juan Cáceres había pronunciado esta última parte de su discurso con las venas supraorbitales peligrosamente inflamadas, y esgrimiendo por momentos, ante los desconcertados ojos del franciscano, un libro de un tal Matthew Junglemind Junior que llevaba por título Gödel, Bach, Escher, Penrose, Arrabal y la quinta trompeta.
—Sí… —concedió el sacerdote—, la verdad es que es interesantísimo. ¿Pero qué importancia tiene todo eso para ti… en concreto?
—Importancia —repitió el preso, estampando el libro contra el tablero de madera—, ¡toda, padre! ¡Toda la importancia del mundo! Le estoy explicando cómo he superado mi agnosticismo. Le estoy explicando cómo me he convertido en un creyente. Mire… —Cáceres respiró hondo y volvió a sentarse, en un evidente esfuerzo de autocontención—, mire… la ciencia no puede, no podrá nunca explicarlo todo. Así que el enigma es ineluctable. Lógica y científicamente inaccesible. Hay que buscar otra forma de conocimiento. A mí ese otro camino me ha sido dolorosamente revelado. Me ha sido mostrado en la forma de una burla tan perfecta que en medio de mi sufrimiento me he visto obligado a reírme. A reírme de mí mismo, ¿lo entiende? He descubierto que las casualidades son significativas, como nos reveló Jung. El azar no es puramente azaroso, ¿sabe? Existe un campo de conocimiento posible más allá de la inferencia estadística… El mundo es significativo porque está diseñado para ser conocido. Ese es el enigma. Los positivistas lógicos intentaron comerse el misterio a pedazos, pero el misterio, enseguida, empezó a devorarlos a ellos desde dentro. El inductivismo es irrenunciable. Así que podemos intuir un plan.
—Sí. Eso es lo que los cristianos llamamos Providencia —lo interrumpió, de modo cautelar, el padre Llorente, un poco alarmado ante su excesiva exaltación.
Entonces, el interno enmudeció. Se lo quedó mirando con una especie de euforia febril. Luego estalló en una risa sorda, convulsiva, que le agitó violentamente el pecho, haciendo subir y bajar sus hombros, como si viajara en coche por un terreno pedregoso. Hundió los dedos en su cabello, clavándose los codos en los muslos. Agachó la cabeza y empezó a moverla negativamente entre las manos. (Parecía estar intentando sujetársela, a fin de evitar que el movimiento, contra su voluntad, se volviera demasiado violento). Poco a poco fue dejando de reír, hasta que recuperó un mínimo de sosiego.
—Providencia… —repitió, casi sin despegar los labios, mirando de nuevo hacia los barrotes—. Eso, padre, presupone buena intención. Un plan bueno y sabio. Una teodicea. Pero el plan no es bueno, ¿sabe? Escúcheme: yo no creo en Dios. No creo en el Dios cristiano. Yo creo en una Inteligencia Primordial… Eso sí, pero no en un Dios bondadoso.
—¿Y cómo definirías al Dios en el que tú crees? Si no es un Padre bueno… ¿qué otra cosa podría ser?
Juan Cáceres miró al capellán de modo fulminante. Parecía haber estado esperando exactamente aquella pregunta.
—Que qué podría ser… —sus ojos, brillantes, se movieron rápidamente en sus cuencas buscando una respuesta precisa, igual que dos dados redondos bailando en sendos cubiletes—. Que qué podría ser… —ahora también movía la cabeza—. Cualquier divinidad antigua, supongo, de las que se burlaban de los hombres. No sé qué podría ser. Yo lo imagino enroscado en el corazón de un sol frío. Sentimental. Malicioso. Grotesco. Destilando siempre un odio espeso y dulce, un odio lento, lento y homicida, que se infiltra en todo, que lo impregna todo.
El padre Llorente estaba visiblemente decepcionado. Hubo un nuevo y prolongado silencio entre los dos hombres. Se oyeron risas y voces masculinas que venían del patio. El capellán trataba de encontrar algo apropiado que decir; pero ante un discurso tan sofisticado, lleno de confusa y delirante erudición, pensó que sería mejor no atacar de frente, sino intentar encontrar alguna puerta lateral, alguna otra vía de acceso.
—Eso —dijo, señalando de nuevo hacia el pen drive— es muy literario. Está muy bien escrito. Muy bien… de verdad. Pero me parece que hay algunas cosas que no terminan de encajar. ¿Puedo hacerte alguna pregunta sobre eso?
El interno se limitó a asentir desde donde estaba. Sentado en la cama, con la espalda recta, miraba al franciscano con escrutadora seriedad y con un punto de desconfianza.
—Ahí cuentas cómo fuiste a buscar a tu amigo al salón de la congregación, donde asistía a los oficios religiosos de su comunidad… Anabaptistas, ¿no? También cuentas que lo estuviste esperando en tu coche, desde donde vigilabas la puerta; que lo viste salir, junto a los demás. Dices que viste cómo se despedía de ellos y empezaba a caminar calle abajo, hacia donde estabas tú. Pusiste el motor en marcha. Pero no se dio cuenta de nada hasta el final, hasta que arremetiste contra él para atropellarlo. Cuentas que Valle venía andando hacia ti por el centro de la calle. Eso… por ejemplo… es raro. Iba por la calzada, no por la acera. Me parece un poco extraño. ¿Cómo te descubrió a tanta distancia y dentro del coche? No sé. Yo diría que falta algo ahí. Me cuesta creer que lo mataras sólo por un impulso absurdo. Y luego… ese Nuevo Testamento que se encontró junto al cadáver… no lo mencionas en absoluto…
Juan Cáceres escuchaba todo aquello como desde una gran lejanía, con los ojos entornados, con la boca entreabierta y la mirada perdida. Antes de que el padre Llorente dejara de hablar, había empezado a mover negativamente la cabeza. Ahora había bajado los ojos y en la comisura de sus labios se insinuaba una sonrisa.
—Yo lo maté. No creo que nadie ponga eso en duda, padre —dijo, resignado—. No creo… Lo demás da igual. Son detalles. Son detalles que no pueden cambiar nada.
—Pero no eres tú el que debe decidir eso —objetó el cura—. Te han acusado de asesinato. Tu abogada está intentando cambiar esa acusación por la de homicidio negligente… Deberías compartir con ella cualquier elemento que pudiera servirte de atenuante. Por ejemplo, todo esto que me has permitido leer a mí. Piénsalo —el capellán se puso de pie y le tocó amistosamente en un hombro—. Si tú quieres seguiremos hablando. ¿Te parece que venga otra vez el lunes?
El interno lo miró, melancólico. Movió negativamente la cabeza.
—Déjelo. Para qué… Tendrá cosas mejores que hacer.
Entonces el sacerdote se sentó a los pies del camastro, a medio metro de él, más o menos. Los dos permanecieron en silencio unos segundos. Uno al lado del otro. Luego, el capellán empezó a hablar muy despacio, eligiendo con cuidado sus palabras:
—Mira… da la impresión de que lo has perdido todo. Y da la impresión de que te resignas a que sea así. Parece que no quieras recuperar nada. Así que yo te invito a que pierdas lo último que te queda. Te queda tiempo. Puede que mucho tiempo. Pues piérdelo conmigo.
Juan Cáceres sonrió ante aquella escolástica demostración de ingenio. Así que su interlocutor concluyó que probablemente seguirían hablando. Supuso que le había salido bien la jugada y que se saldría con la suya. Quizá todavía tuviera la oportunidad de hacer algo por aquella pobre alma torturada. Se levantó casi de un salto. Sonrió también y le tendió la mano al prisionero.
—Nos vemos el lunes por la mañana…
Juan Cáceres lo pensó un instante. Luego, se puso de pie —era casi una cabeza más alto que el sacerdote— y estrechó con fuerza aquella mano tendida.
—El lunes, bien… —dijo simplemente, con una escéptica sonrisa de gratitud.