Libertad animal


Supuse que mi inopinada escapada nocturna, con las demás circunstancias agravantes… —la hora a la que regresé, los restos de arena en mi calzado y en mi ropa, la perceptible atmósfera alcohólica reinante en nuestro dormitorio aquel sábado por la mañana—, supuse que la suma de todo esto me acarrearía alguna turbulenta discusión con mi esposa, pero me equivoqué de medio a medio. Ella se había levantado antes que yo. Cuando me presenté en la cocina (imagino que con un aspecto estragado, lastimoso) me sonrió y me ofreció zumo de naranja sin dar la menor muestra de contrariedad. También estaba allí Mario, llevándose compulsivamente a la boca sus cereales de chocolate, en colmadas y rápidas cucharadas.

—Ayer te ferdizte e farzido… —fueron las palabras reprobatorias con que mi hijo me recibió.

—¿Qué partido? —pregunté, completamente desconcertado, y procurando controlar un conato de náusea que se apoderaba en ese instante de mi estómago, mientras me dirigía, anhelante, hacia la cafetera.

—Buenos días, papá… —intervino sorprendentemente Virginia, con un propósito corrector, educativo, absolutamente inusual en ella.

—Bueeeeenooos díííías, papá —repitió mi hijo zumbonamente, rezumando sobre su bol del Increíble Hulk leche y cereales masticados. Luego aclaró—: el Barcelona-Inter… —me senté y di un primer sorbo a mi café con leche, sin responderle. Él continuó con el interrogatorio—: ¿Es que se te había olvidado?

Por supuesto que se me había olvidado. Se me había olvidado por completo. Así como también había olvidado llamar por teléfono a Virginia para decirle que volvería tarde.

—No —mentí con rotundidad—, me acordé del partido, pero había quedado con un amigo al que hacía mucho que no veía… Nos liamos a hablar… Bebimos cerveza…

—¿Con qué amigo? —preguntó él inmediatamente.

—Con qué amigo… —repetí, para darme tiempo. Decidí que sería mejor que Virgina oyera la parte más trivial de la verdad—: con uno de mi antiguo grupo… Valle… el bajo de los Divine. El único que ha terminado siendo músico de verdad.

—¿No vivía en México? —me interrogó entonces mi mujer, que estaba exactamente detrás de mí, trasteando en el lavaplatos.

—Sí… eso era también lo que yo creía. Pero parece que no. De México volvió enseguida. Al año o así. Ahora vive cerca de aquí. Tiene problemas, ¿sabes? Estuvimos hablando… hasta tarde. Perdona que no te avisara.

—No te preocupes, cariño —dijo ella, extrañamente conciliadora—; tu hija me lo advirtió. Me dijo que no vendrías a cenar.

Todo esto realmente me sorprendió. La conducta de mi esposa me dejó perplejo. Era como si de pronto nada le importara. O, mejor dicho, le importase aún menos que de costumbre. La verdad rara vez llega a nuestra vida de forma torrencial. Al contrario: suele filtrarse de manera más bien imperceptible, gota a gota, como el agua de las capas superiores alimenta un lago subterráneo en el corazón de una caverna. Claro que puede que usted considere que me extiendo demasiado, que me pierdo en detalles superfluos, explicando cómo, exactamente, sucedieron las cosas; pero yo no veo otro camino para que perciba de qué modo fui conducido a un estado de verdadera enajenación, de alienación profunda. Conducido. Creo que este participio, el cual podría parecer demasiado exculpatorio, sin embargo se ajusta a la verdad. Conducido expeditivamente por Valle; y algo más insidiosamente por parte de mi familia y de otras personas cercanas. La verdad no nos hace libres, ¿sabe? Yo creo que más bien nos convierte en sus esclavos. Y yo, progresivamente, empecé a sufrir esos días la revelación de la verdad acerca de mi propia vida. Creo que ese era, después de todo, su propósito. El propósito de Valle. Claro que él no contaba con sus inconscientes aliados. Ellos fueron los cooperadores necesarios para el completo logro de sus fines.

Pero tiene razón. Será mejor dejar por ahora las especulaciones. Ya habrá tiempo para ellas. Es mejor volver a la relación estricta de los hechos. En esencia, lo que quiero decir con todo esto —ya lo habrá deducido— es que la actitud de mi mujer aquella mañana me hizo sospechar que algo extraño sucedía. Se me ocurrió, por primera vez, que ella acaso también tuviese algo que ocultar. Aunque en aquel momento, la verdad, esto no pasó de ser una vaga sospecha.

Los días siguientes, la siguiente semana, los acontecimientos realmente se precipitaron. Y quiero decir que se precipitaron sobre mí, como los cascotes de un edificio en demolición. El martes se presentaron en la tienda dos inspectores. Uno de ellos era veterinario. Me hablaron de una denuncia que había cursado una asociación ecologista de la cual yo jamás había oído hablar. Ni siquiera creo que realmente existiera. Dijeron que se me había denunciado por tener en malas condiciones a algunos de los animales, y me advirtieron de que si no les permitía realizar una inspección aquella misma mañana —¡en aquel preciso instante!—, luego debería someterme a otra mucho más rigurosa. Capté perfectamente el mensaje, así que me resigné a lo inevitable y les dejé obrar con libertad. Cuando terminaron, reconocieron que no habían encontrado ninguna deficiencia que se pudiera considerar una infracción grave, pero sí en cambio un cúmulo de pequeñas irregularidades que igualmente podrían llevarme a una orden de cierre si no las subsanaba en un plazo breve. Un plazo que en ningún caso debería exceder los veinte días hábiles, a contar desde ese momento. Esa misma tarde me presenté en el despacho de Alberto Maños. Tuve que esperar una media hora: estaba reunido. Finalmente conseguí hablar con él. Reconoció que sabía lo de la denuncia, pero negó que él tuviera nada que ver con ella:

—Sí… me han llamado esta mañana y me han preguntado si estaría el dueño en la tienda… Claro… he tenido que decirles que probablemente estarías. Pero no sé nada de esos ecologistas, te lo juro. No sé de qué van… ni cómo han podido enterarse.

Enterarse. Desde luego, no me cupo la menor duda de que estaba mintiendo, pero logré dominarme. Pensé que no me interesaba una política de abierto enfrentamiento. Pensé que, de momento, me convenía avenirme a aquella farsa amistosa. Más tarde, ya veríamos. Salí del despacho del gerente con la decisión firme de gastar todo el dinero necesario para que mi negocio fuese completamente irreprochable, desde cualquier punto de vista. Ese era, me pareció, el único camino seguro para evitar el cierre.

Cuando le conté a Virginia lo que había ocurrido, ella no pareció preocuparse demasiado, a pesar de las consecuencias económicas que podría acarrear todo el asunto a nuestra familia. Dijo que estaba segura de que en la siguiente inspección serían mucho más indulgentes, sin —por supuesto aducir la más mínima razón para justificar su optimismo. El miércoles 22 llamé a una empresa de reformas para que se encargasen de la instalación eléctrica. Dijeron que enviarían a alguien por la mañana, pero no se presentaron hasta el viernes, así que el jueves por la tarde mi ansiedad alcanzó cierto punto crítico. Llegué entonces a la desesperada convicción de que debía mantener una charla con Maños para, como suele decirse, poner las cartas de una vez boca arriba y aclarar definitivamente las cosas. Fue más fácil de lo que esperaba. Accedió inmediatamente a mantener una nueva entrevista conmigo, y se mostró por primera vez relativamente franco respecto a sus intenciones:

—Comprendo tu situación —dijo—, comprendo tus sospechas… Mira… si pudiera elegir, preferiría que en mi galería hubiera una serie de comercios y que otros no estuvieran, ¿comprendes? Cada uno tiene su propio gusto. No sé… hay que trabajar con algún tipo de criterio, con algún ideal. Pero lo mío no es perjudicaros a vosotros, como comprenderás. Esa no es mi función. Todo lo contrario. No voy a negarte que tenga ciertas ideas sobre ecología. Yo pienso que los animales deben estar en libertad. Esa es mi premisa básica. No me gusta el comercio con animales, lo reconozco. Entiendo que haya gente que quiera comprar una mascota. Lo entiendo… pero la mayoría no mantiene a sus animales en buenas condiciones. Tú sabes eso perfectamente. Lo sabes igual que yo. Ya ves que estoy siendo bastante sincero. Pero no he tenido nada que ver con esa denuncia, te lo aseguro…

Después de aquella conversación las cosas me parecieron mucho más claras: evidentemente, todos los necios del mundo se habían conjurado contra mí al mismo tiempo. Expresiones como «preferiría que en mi galería no hubiera una serie de negocios», «no me gusta el comercio con animales» o «los animales deben estar en libertad» eran indicios lo suficientemente elocuentes acerca de una mente perturbada y obsesiva. El camino que me había trazado —aunque supusiera una considerable merma económica— seguía siendo el camino correcto: si convertía mi tienda en un modelo de lo que debería ser una tienda de mascotas, ya no quedaría ningún resquicio por donde atacarme.

Mariola asistía, no menos estupefacta que yo, a esta especie de intento de sabotaje. Ella fue el único respaldo efectivo —a pesar de su permanente melancolía— con el que pude contar en aquella sorda guerra contra el gerente Maños. Los dos comprendimos que se trataba exactamente de eso, de una guerra, cuando recibimos el siguiente ataque por un flanco del todo inesperado: el de los clientes. Aunque yo intentaba afrontar el asunto con toda la ecuanimidad posible, y me esforzaba en rehuir cualquier deriva paranoica, fue inevitable intuir la mano de Maños en varias de las reclamaciones que empezamos a recibir por aquellos días. Nos devolvieron una docena de hámsters que, al parecer, habían enfermado misteriosamente nada más salir de la tienda; y a varios periquitos afectados de psitacosis. Otro cliente vino a quejarse de nuestra comida para galápagos. También hubo problemas con unos cachorros de cocker que habíamos vendido la semana anterior. Mariola y yo fuimos resolviendo como pudimos todas estas quejas. El viernes empezamos con la reforma de la instalación eléctrica y, por esa razón, tuvimos que cerrar los primeros dos días de la semana siguiente —lo cual bien podía considerarse una primera victoria para aquel gerente lunático, Alberto Maños, paladín de la libertad de vertebrados e invertebrados—. Llegué a la conclusión de que necesitaba algún tipo de tregua. Pensé que no podía luchar en dos frentes a la vez. Como no creía que Valle fuera a cumplir su promesa a corto plazo —a pesar de la crudeza de su última amenaza, cuando nos despedimos en el aparcamiento del motel una semana antes—, supuse que debía concentrarme en Alberto Maños y sus sórdidas maniobras contra mi tienda. Eso era lo primero: salvar la tienda. De pronto se me ocurrió una idea atractiva y perturbadora: ¿por qué no llamar a Valle y contarle las últimas insidias del gerente? ¿Cómo reaccionaría ante eso? Quizá comprendería, de una vez, que mi vida ya era lo bastante miserable como para tomarse alguna molestia en acabar con ella. Y de todas formas, nada podía perder. La tentación era demasiado fuerte; así que lo llamé el sábado por la mañana (día 25 de octubre) desde la cubierta del Bóreas, que estaba amarrado en el punto 22-A del puerto deportivo de Las Zalbias. Apenas oí un par de veces la señal de llamada. Después, enseguida, su voz:

—Dime, Juan… Te advierto que no tengo mucho tiempo… Voy a salir…

—¿Tienes cinco minutos?

No respondió enseguida. Temí que lo hiciera negativamente. De pronto, la idea de compartir con él las rastreras maniobras de las que estaba siendo víctima se había vuelto imperiosa, urgente.

—Cinco minutos —me advirtió secamente. Así que le expliqué, del modo más compendioso que supe, lo que había ocurrido en las últimas jornadas.

Entonces, hubo un silencio demasiado largo. Supuse que tal vez habría algún problema con la cobertura:

—Valle… ¿estás ahí? —el silencio se prolongó todavía tres o cuatro segundos más. Y después, oí de nuevo su voz, clara y tranquila:

—¿Quieres que lo mate? —aquella pregunta me hizo gracia, y sólo el hecho de estar gravemente implicado en la situación impidió que me echase a reír—. Por supuesto —precisó de inmediato—, luego te mataría a ti. Eso no cambiaría. Pero te irías de este mundo con esa satisfacción. La de que ese hijo de puta se hubiera marchado primero. Piénsalo. No me importa cargármelo.

Le agradecí a Valle su oferta, pero le dije que de momento intentaría solucionar el problema por mis propios medios. Satisfecha mi curiosidad, me di cuenta de que no tenía ningún sentido prolongar aquella conversación.

—Bien… creo que tienes prisa —le dije—, no te entretengo más —e inmediatamente corté la comunicación.

El frío llegó por esos días, un poco alevosamente, acompañado de viento y cargado de humedad. Suele ser así en Las Zalbias. En realidad, los inviernos son generalmente suaves, por el clima mediterráneo. La humedad y el viento son el único problema. Aquellos últimos días de octubre los pasé resfriado, mientras Mariola, Marc —un joven empleado ocasional que ya había estado con nosotros varios meses durante el invierno anterior— y yo mismo acometíamos todas aquellas reformas urgentes. Decidimos abrir únicamente por las tardes. Renovamos gran parte del material, mejoramos las instalaciones de los animales; pero yo sabía que difícilmente todo eso supondría una solución definitiva a nuestro problema. Empezaba a sentirme bastante deprimido. El miércoles, por fin, tuve que quedarme en casa tomando paracetamol y procurando interesarme en alguna de las películas de la televisión por cable. Mariola se quedó al frente de todo. Estuve llamándola cada hora esa mañana. Y me repitió una y otra vez lo mismo, evitando entrar en detalles: que todo iba bien y que tratase de descansar.

Comí con mi mujer y con Mario. Victoria estaba en la facultad y no regresaría hasta la noche.

—Tengo que llevar a tu hijo a gimnasia correctora —me advirtió Virginia mientras se preparaba un café—, ya sabes que ahora es dos veces por semana… Además… tengo cosas que hacer en la ciudad. Si no estoy a la hora de la cena te recuerdo que tienes pisto y croquetas en el frigo.

La perspectiva de quedarme solo en casa aquella tarde era demoledora, pero ni siquiera tuve fuerzas para lamentarme o protestar. Le dije, simplemente, que iba a dormir otra vez, y me escabullí como un espectro escaleras arriba. Un poco más tarde, los oí marcharse desde la cama. No llegué a dormir. Me incorporé después de una hora. Me tomé la temperatura varias veces esa tarde y comprobé que no bajaba nunca de 38. En una de esas ocasiones, el termómetro casi rozó los 39. Me encontraba realmente mal. Empecé a pensar en mi situación y eso no ayudó en nada a mejorar mi estado de ánimo. Dos locos me perseguían. Uno intentaba acabar con mi negocio; el otro —al menos era lo que él juraba— se proponía acabar con mi vida. Como es lógico, no pude evitar, en aquellas circunstancias, preguntarme si no sería todo producto de la fiebre. Se me ocurrió que debía existir alguna forma de conseguir que aquellos dos se eliminaran mutuamente. Me di cuenta de que empezaba a delirar; pero tal vez ese fuera el mejor modo de enfrentarme a mis problemas, de por sí bastante delirantes.

Comencé a vagar por la casa, mirando incrédulo todos los relojes; comprobando angustiado cómo sus manecillas tenaces iban amontonando oscuridad en las ventanas. En un momento dado, vi pasar a alguien por la acera de enfrente y me pareció que miraba hacia mi adosado. Era un tipo moreno y bastante alto, vestido con una especie de chándal. No pude verle bien la cara. Sentí miedo. Lo vigilé hasta asegurarme de que pasaba de largo. Me quedé unos cinco minutos asomado todavía a la ventana de mi cuarto, con la frente apoyada contra el cristal frío, hasta que el vaho formó delante de mis ojos una mancha tan grande que me impedía ver.

Y entonces ocurrió algo que no debería haber ocurrido. A usted, que posiblemente cree en las argucias del maligno (yo también), no le extrañará mucho que precisamente esa tarde el destino me reservara una jugarreta en cierto modo definitiva, la cual serviría para terminar de arrancarme cualquier vestigio de dignidad o de esperanza que a esas alturas pudiera quedarme.

En un cierto momento, tuve la deplorable idea de entrar en el cuarto de mi hija Victoria. Sentí el malévolo impulso de ponerme a curiosear entre sus cosas. Acabé (me avergüenza confesarlo) encendiendo su portátil y registrando su escritorio. Aquella tarde me sentía especialmente solo, abandonado. Creo que fue una especie de venganza, rastrera y humillante. Quise arrogarme un derecho del cual, por supuesto, carecía —y no me engañaba al respecto—, pero que, de algún modo, me tentaba con repentina y maligna virulencia. Fui repasando sus archivos y carpetas minuciosa, metódicamente. Había allí algunos documentos relacionados con sus estudios. También encontré juegos, música, fotografías… y una serie de grabaciones tomadas con cámara digital. Me entretuve con ellas un buen rato. En casi todas, aparecía ella rodeada de sus amigos. No las veía completas, claro. Las detenía a los pocos segundos, en cuanto mi curiosidad quedaba satisfecha. Victoria con su pandilla, en la rada del puerto de San José, en una bolera, en un cumpleaños… Me chocó no encontrar ni una sola en la que apareciese el chico con el que había estado saliendo hasta la primavera anterior. Esas debía de haberlas eliminado. De pronto di con una grabación que estaba bloqueada. Tenía por título «dem», lo cual yo traduje automáticamente como «demencial» o «demencia». Hacía falta una clave. Ocurre que se me da bastante bien la informática. Estuve probando, y, al final, conseguí abrirlo. Eran las siete menos cuarto de la tarde.

No pretendo convertir esto en una experiencia escandalosa para usted, pero es imprescindible que le explique, siquiera sumariamente, lo que encontré en aquel archivo. Se trataba, de nuevo, de Victoria con varios de sus amigos, en algún lugar bastante polvoriento y no muy bien iluminado que no logré identificar en absoluto. Tal vez, un garaje o un cobertizo. Eran cinco o seis chicas, más o menos, y cuatro chicos. Por la forma en que iban todos vestidos, debía de ser verano. Pero no el último, sino probablemente el anterior. Victoria no era la de ahora, sino la de sus quince o dieciséis años. Debí de intuir algo, de presentir algo, porque mi pulso se aceleró muy rápidamente. Decidí ver la grabación de principio a fin, sin saltarme nada. Los primeros cinco minutos se trataba de una sucesión de idioteces y de bromas que únicamente indicaban un grado considerable de aburrimiento. Un grupo de adolescentes aburridos en una tarde de verano, y poco más. Había en aquella habitación un gran tresillo de skay, desvencijado y claramente roto, particularmente en uno de sus brazos. Ese tresillo estaba ocupado por tres de las chicas y por un muchacho más bien gordo que no hacía otra cosa que sonarse continuamente los mocos. Debía de ser alérgico. Al parecer, se dedicaban a hablar de tonterías. Reían desganadamente de vez en cuando.

—Hay una tribu en el Amazonas de mujeres guerreras…

—Córtate…

—Tu madre podría ser una de ellas.

(Risas. Comentarios inaudibles).

—Tienes la gracia…

—¿Cuándo has estado tú en el Amazonas?

—Tienes la gracia en el ojete. ¿Te hablo yo de tu vieja?

—Tú no has estado en el Amazonas…

—No hace falta haber estado en un sitio para saber lo que es verdad y lo que no. Para eso hay… libros, hay…

—Grabaciones.

—Me la suda…

—Sí, eso… grabaciones.

—Yo quiero ver una grabación de mujeres guerreras.

—Sharnia la guerrera de Maltrhonn.

Risotadas. La cámara se movía. Los chicos salían y entraban en el encuadre sin ningún tipo de cuidado. El zoom avanzaba y retrocedía continuamente. De modo muy fugaz, pude distinguir a Victoria en un rincón, llenándose un vaso de plástico con un líquido que parecía ser cocacola.

—Enséñale tus mocos a Julia… que los saque… Enfoca, Julia. Así…

—Déjame en paz.

—¿Es verdad que los mocos tienen proteínas? ¿Lo habéis oído?

—¿Quieres comerte los mocos de Jaime?

—Cómete un moco de Jaime. Te pago un tripi… Grábalo. ¿Hay cojones?

La cosa iba degenerando cada vez más. Las conversaciones entrecruzadas eran ya completamente caóticas y sólo en parte inteligibles. Sólo a ráfagas:

—Por lo menos mi madre no va al Sagitario los sábados a follar con los pescadores.

—No sé qué tienen de… ¿Te molan más los…?

—… eso se llama antropología, mi hermano tiene una asignatura…

—… quería un camaleón por mi cumpleaños, pero mi padre no los soporta. Está loco. Es psiquiatra, pero está loco. Mi madre me ha prometido que me lo va a comprar ella el año que viene, pase lo que pase y diga él lo que diga.

—Mañana podríamos ir a ver Batman.

—¡Joder! Esto sabe más a vino que a cocacola. Deja ya la puta cámara…

Después venía otro bloque. Se notaba que había pasado algún tiempo, porque se apreciaba una disminución de la luz natural. En un rincón del cobertizo podía distinguirse algo que parecía ser una lancha neumática cubierta con una lona. Un chico y una de las chicas, medio desnudos ambos, estaban allí besándose y acariciándose con verdadera dedicación. Otra de las chicas reía y decía:

—Sandra, mira aquí… saluda a la cámara.

Y la primera respondía:

—Vete a la mierda —mientras levantaba en toda su longitud el dedo corazón, sacando el brazo por debajo de la axila de su novio. Otra pareja estaba compartiendo un porro en el tresillo. Reían como un par de orangutanes, del modo más inmotivado. De pronto una de las chicas, más bien menuda, con el pelo liso y corto, y con cara y cuerpo de jugadora de waterpolo, acaparó la atención de los demás con una propuesta inesperada:

—¡Eh, Sandra! ¿Por qué no jugáis Sonia y tú a «el último gana»?

—¿Y qué coño es eso? —preguntaba la otra desde el fondo de la estancia, arrellanándose sobre la lona de la neumática, en un tono afectadamente hastiado.

—¿De verdad no lo sabéis? ¿No habéis jugado nunca? —la expectación de los demás crecía notoriamente—. Tú le haces una paja a su novio. Ella se la hace al tuyo. El que aguante más tiempo sin correrse gana. ¿De verdad no lo conocéis?

No todos, desde luego —y sobre todo, no todas—, estaban de acuerdo con aquella extravagante y sucia sugerencia. Parecía haber algo de resistencia; aunque más bien débil en realidad. Se producía, entre risas y palmas, una pequeña discusión que duraba pocos segundos. La excitación general crecía. Después, venía un nuevo corte. El siguiente bloque comenzaba con las dos jóvenes parejas preparadas ya para entrar en competición. Había un chico flaco y rubio, de piel muy blanca, desnudo y casi inverosímilmente empalmado, con cara de no creerse nada de lo que sucedía con él o a su alrededor. Tenía el culo apoyado —al igual que las manoscontra el respaldo del tresillo. El objetivo apenas se mantenía fijo dos o tres segundos y era imposible distinguir nada con claridad, pero no era necesaria mucha más claridad para que la situación resultase bastante grotesca. La que al parecer se llamaba Sandra movía de un lado a otro el pene de aquel muchacho, con gran soltura, como si se tratara de la palanca de una videoconsola. Él, perplejo, se miraba fijamente el glande. Parecía que esperaba verlo iluminarse en cualquier momento, igual que una bombilla de Navidad. Había otras dos chicas que se asomaban de vez en cuando por encima del respaldo para seguir de cerca los acontecimientos; pero inmediatamente volvían a caer juntas sobre el asiento del tresillo, riendo, tapándose la cara.

La otra pareja estaba formada por una adolescente —semejante a una delicada muñeca rubia, de grandes y redondos ojos verdes—, quien parecía incluso más joven que la tal Sandra, y el novio de esta última: un chico alto y atlético, el cual se diría algo mayor y más seguro de sí mismo que el primero. Estos dos estaban sentados sobre la lona de la lancha. Ella le había bajado, con asombrosa soltura, delante de la cámara, los pantalones y el slip. Entre las piernas del maromo aparecía entonces un pene oscuro, grueso, nervudo, claramente torcido y a media erección, que se desenroscaba y estiraba junto a un muslo peludo como una culebra en libertad; hasta que terminaba de endurecerse y adquiría el aspecto de una curvada porra de bronce.

—Esperad —decía la briosa y autoritaria directora de ceremonias—, ¿estás grabando? Esperad… no vale tocarlos hasta que yo diga…

Consultaba algo en su móvil. (Quizá tuviera allí un cronómetro).

Créame si le digo que varias veces estuve a punto de cortar y marcharme sin terminar de ver aquella grabación. ¿Puede imaginar lo que representa para un padre asistir a una escena tan denigrante protagonizada, entre otros descerebrados adolescentes, por su propia hija? La ira se abría paso cada vez con más fuerza en medio del cúmulo de sentimientos amargos que se agolpaban en mi cerebro. Lo único que mitigaba mi furia era el hecho de que, hasta entonces, Victoria no participase en aquel sórdido concurso más que en calidad de espectadora.

Le ahorraré detalles banales, irrelevantes. En síntesis, sus intercambiadas novias masturbaban a aquellos dos adolescentes como dos verdaderas profesionales, por lo que se podía apreciar, modulando el ritmo y tocándoles en otras partes de sus cuerpos. Reinaba un patente clima de ebriedad, morbo e histeria en aquel cobertizo. El chico musculoso, el que parecía más confiado, sorprendentemente se corría primero. En un segundo plano, entre un avance y un retroceso rápido del zoom, podía notarse cómo saltaba su semen en varias rápidas y copiosas emisiones, obligando a su compañera ocasional a retirar su sonriente cara para que no la salpicase. La otra pareja seguía a lo suyo sin inmutarse. Se oían risas y comentarios chuscos. Aquel quedaba tumbado y como desfallecido sobre la lona de la lancha, mientras ella pedía algo para limpiarse los dedos. Entonces, otra de las chicas decía (refiriéndose evidentemente al virtual ganador de la prueba):

—Pues este no se va a correr nunca… míralo.

Y parecía ser cierto, porque mientras Sandra frotaba su pene a conciencia, él miraba a un lado y a otro sin ver nada, con los ojos extraviados, boqueando como un pez fuera del agua. Lo que ocurrió a continuación me dejó como si me hubieran lanzado encima un chorro de nitrógeno líquido. Estuve a punto de vomitar. Estuve a punto de caer desmayado sobre la alfombra del cuarto de mi hija Victoria. Ella se había portado de un modo relativamente discreto casi todo el tiempo que duraba la grabación, de modo que nada me había preparado realmente para aquel inesperado desenlace. Era ella, precisamente, mi hija Victoria, la que se levantaba y relevaba a la otra chica, apartándola para hacerse con aquel miembro díscolo, irreductible. Sandra, bastante exhausta, se retiraba y la dejaba hacer. El chico, con aquel cambio, abría desmesuradamente los ojos. Parecía incluso asustado. Victoria empezaba a estimularlo muy suavemente, acariciándole el glande con la yema del pulgar, rozándole los testículos, los muslos, la barbilla con los nudillos, y susurrándole algo que no se oía en absoluto. Al cabo de un minuto, o cosa parecida, el muchacho se corría violentamente en su mano salpicándole la ropa. Los demás aplaudían y reían. Y ahí terminaba la grabación.

Lo más incomprensible para mí no era tanto el lamentable contenido del archivo (supongo que alguien podría decir que el asunto no era demasiado grave, ya que no se trataba de prácticas de «alto riesgo»), sino el hecho de que Victoria lo hubiese conservado. Esto sí que no podía comprenderlo de ningún modo. ¿Acaso estaba orgullosa? ¿Lo consideraba una especie de trofeo? ¿O tal vez se proponía rentabilizarlo económicamente? Después de ver eso, apenas conseguí cenar algo. Cuando llegaron Virginia y Mario me encerré en mi cuarto y permanecí allí en un farragoso y torturado duermevela, hasta la mañana siguiente. Evité hablar con mi mujer aquella noche, so pretexto de un fuerte dolor de cabeza. Anhelaba de pronto encontrarme muy lejos, tal vez en alguna hermética ciudad del norte, como Riga. Me sentía humillado, asqueado.