LA CIUDAD DE LOS DIOSES

—Copenhague es un centro global espiritual —dice el conde Rickardt Tre Løver—, la ciudad de los dioses, y la estoy oliendo.

La Dama Blanca está entrando en la bocana del puerto de Copenhague. Nos hallamos en la cubierta de proa con el conde Rickardt y los pocos pasajeros que han conseguido salir de la cama y superar las secuelas del bufé en Finøholm, seguido de los canapés y el champán de Bullimilla.

Es una mañana fría y despejada, el sol brilla con fuerza y el cielo es azul, al igual que el mar con sus blancas gaviotas.

—Empezará en el norte —dice el conde—. Con centros de bienestar y belleza en Selandia del Norte, dietas macrobióticas, yoga, flores de Bach y masaje balinés. Irá in crescendo con los centros de budismo tibetano, la academia sufí y los colegios católicos privados en Hellerup. El instituto Swedenborg y el instituto de Martinus y los teósofos de Frederiksberg. Alcanzaremos el éxtasis cuando lleguemos al centro: la catedral de Copenhague, la facultad de Teología, la iglesia católica de Bredgade, la iglesia ortodoxa, las escuelas de yoga del centro de la ciudad, las mezquitas y sinagogas. Y hacia el sur toma un giro ocultista. La Escuela Ocultista de Christiania, el Consorcio Satánico de Amager Strandvej, los institutos astrológicos de Gammel Køge Landevej. Para concluir de la manera más prodigiosa con Asathor y el gran lugar de sacrificios en el parque de Amager Fælled.

El conde inspira hondo.

—Lo huelo. El incienso. El aroma de la cocina sátvica. Los panes ácimos. Los carniceros halal de Nansensgade. Las velas encendidas a la santísima Virgen. El humo de los sacrificios de Kløvermarken. Y lo oigo. El sonido de las depuraciones intestinales. El gorgoteo de las vasijas nasales Neti. Las notas de la música eclesiástica. Las campanas de las iglesias. Los rezos a La Meca. He escrito una canción sobre ello.

Antes de que Rickardt haya levantado el archilaúd por encima de la borda, nos hemos puesto a cubierto.

Por lo demás, ha sido una mañana agradable. Hemos dormido como troncos y nos hemos despertado temprano, como si volviéramos a nacer. Nos hemos duchado, y no ha sido como en casa, en la residencia parroquial, donde una y otra vez uno se pregunta si es una cuestión de herencia o del medio ambiente que las duchas femeninas nunca duren menos de una hora y siempre vacíen el depósito de agua, porque en La Dama Blanca hay cantidades ilimitadas de agua caliente, y en nuestro camarote hay dos duchas, una para Tilte y otra para Basker y para mí, y pilas de toallas blancas y dos secadores de pelo. Utilizo los dos a la vez con Basker, y eso le confiere un aspecto que parece dar respuesta a la gran pregunta teológica sobre la localización del Paraíso, si es que existe: según Basker, si te hallas entre dos secadores a toda potencia, ya has llegado.

Luego nos enfundamos los trajes de nuestra orden y nos colamos en la clínica para darle los buenos días a Vibe, que sigue perfectamente fría. La trasladamos hasta el camarote de Rickardt, donde conseguimos meterla en el ataúd. Una vez le ponemos la tapa, respiramos aliviados y nos dirijimos al restaurante del barco.

Algunas grandes religiones sostienen que si te limitas a reclinarte en la silla todo se arreglará, y ésa es una postura por la que Tilte y yo sentimos cierta simpatía, y esta mañana son muchas las cosas que parecen arreglarse por sí solas. De camino al restaurante, Tilte repasa sus SMS y me cuenta que ha conseguido que una amiga le preste un pequeño apartamento para que no tengamos que dormir entre cartones en las calles de la gran ciudad, y cuando llegamos al restaurante nos encontramos con un bufé de desayuno que te hace desear llevar sombrero para poder arrodillarte ante las fuentes y descubrirte.

Estamos tan absortos en la comida que por un momento bajamos la guardia. Y cuando alzamos la vista de la macedonia de frutas, los cruasanes de mantequilla y las crujientes tortitas con sirope de arce y nata montada y un café que podría perfectamente ser un vestigio del primer propietario de La Dama Blanca, pues exhala el aroma de los mercados de especias de Arabia, cuando alzamos la vista de todo esto vemos que el restaurante se ha ido llenando poco a poco y que frente a nosotros tenemos la nuca de Anaflabia Borderrud.

No le pasa nada a la nuca de Anaflabia, en absoluto. Tanto la nuca como su pelo recogido constituiría una visión alentadora, aunque no, como en el caso de la nuca de Conny, algo por lo que estaría dispuesto a arriesgar la vida. El problema es que a su lado está sentada Vera, y a su lado la esposa de Thorkild Thorlacius, y a su lado Thorlacius en persona, y en este momento su mirada se cruza con la mía. Sus ojos están enfocados directamente en nosotros, y Tilte no lleva el velo bajado, se lo ha retirado para que no le entorpezca la ingesta de tortitas.

—¡Vaya, vaya! —dice Thorlacius. Y un poco más alto—: ¡Vaya!

Yo diría que si las circunstancias le hubieran permitido proferir otro «vaya», sin duda habría llamado la atención de más gente. Pero en ese instante sucede algo inesperado: Alexander Finkeblod aparece dando traspiés como un borracho, volcando sillas y mesas, y toma asiento al lado de Thorkild Thorlacius.

—Se ha cometido un crimen —dice.

Finkeblod es una persona que en cualquier momento es capaz de hacerse oír y llamar la atención. En esta ocasión, a este talento innato hay que añadir la circunstancia de que sus ojos están abiertos de par en par, tiene los pelos de punta como si hubiera metido los dedos en un enchufe y trae consigo a Baronesse, cuyo pelaje también está erizado, tanto que parece un puercoespín.

Así pues, ha atraído la atención de todo el comedor, también la de Katinka y Lars, sentados a la mesa vecina.

—He ido a ver al médico —dice—. ¡Esta mañana temprano!

Katinka se toma su tiempo para tragar el último bocado de un bollo de canela y comenta:

—Magnífica idea.

Resulta obvio que, a pesar del enamoramiento y del café y los bollos de canela, Katinka y Lars empiezan a estar un poco hartos de todo esto, sobre todo de Alexander Bister Finkeblod.

—Eran las cinco de la mañana —prosigue Alexander—. Desperté con la peristalsis perturbada. Calambres. Y lo primero que pensé fue: ¡los canapés! Y lo segundo: ¡tengo que acudir al profesor! Pero no sé cuál es su camarote.

Se nota que el alivio de Thorkild Thorlacius por no haber sido despertado a las cinco de la mañana para ocuparse de los problemas digestivos de Alexander Finkeblod le ha hecho olvidarnos momentáneamente.

—Así que salgo de la habitación y voy dando tumbos por los pasillos. De pronto me hallo delante de la clínica del barco. Caigo literalmente a través de la puerta. E imagínese mi alegría al encontrarme con la doctora. Le cuento los detalles. Le ruego que me realice una exploración. Me bajo los pantalones y me echo sobre la camilla. Pero ella se muestra completamente indiferente a mis dolores. Así que me dejo caer a sus pies. Le cojo la mano. Está fría como el hielo. Le busco el pulso en el cuello. No tiene. Entonces comprendo que está muerta.

Detrás de Alexander ha aparecido ahora Bullimilla, y se le nota que la sola insinuación de que sus canapés hayan podido ser la causa de una indisposición ha despertado su cólera.

—La mujer de la carroza —dice Thorkild Thorlacius—. Ella debía de ser la doctora del barco. Se lo advertí. «Se está muriendo, señora», eso fue lo que le dije.

Sin embargo, Alexander Finkeblod todavía no ha terminado.

—Atravieso el barco tambaleante. Transido de dolor. No me encuentro con nadie hasta que subo al puente de mando. El primer oficial. Él no me cree, pero consigo que me acompañe a la clínica. Entramos y la encontramos vacía de todo vestigio humano. El cadáver ha desaparecido.

Tilte y yo intercambiamos miradas. Por una afortunada coincidencia, Alexander estaba en el puente de mando mientras nosotros recogíamos a Vibe y la reinstalábamos en el ataúd. Es una de esas combinaciones que puede llevarle a uno a reconsiderar el concepto de justicia cósmica.

—Exijo una investigación. Se están burlando de mí. Insinúan que anoche bebí demasiado. Así que ahora he venido aquí a denunciar una muerte. Seguramente un crimen. Alguien se ha deshecho de un cadáver.

La Dama Blanca cabecea ligeramente, hemos arribado al muelle de Langelinie, una vibración zumbante recorre el casco y nos dice que han trincado la pasarela.

Katinka se levanta lentamente.

—Si me permite, resumiré la situación —dice—. La doctora moribunda del barco llega al muelle en una carroza. Sube a bordo y va a la cámara frigorífica del restaurante para echarse una cabezadita. Porque recordarán que fue allí donde la buscamos ayer. Desde allí se dirige a la clínica para atender su guardia y fallece. Y esta misma mañana a primerísima hora desaparece.

—Exacto —dice Thorkild—. Así debió de suceder.

—Sólo hay un pequeño fleco suelto: dónde está el cadáver —dice Katinka.

—Exacto —asiente Thorkild—. Ésa es la única pequeña duda que tenemos.

Desde mi silla frente a él reparo en que Thorkild Thorlacius está impresionado por la capacidad de Katinka de sintetizar los hechos. Sin embargo, le presta menos atención a la ironía policial reconcentrada que rezuma su tono.

—Ayer —dice Katinka—, cuando Lars y yo los soltamos (por cierto, una amarga equivocación por nuestra parte), usted —señala a Thorkild— se presentó como investigador del cerebro. Le propongo que en cuanto bajemos al muelle de Langelinie se lleve a sus compinches a un lugar donde puedan hacerse un exhaustivo examen mental. Y creo que debería llevarse también al señor del peinado tieso.

Esto último lo dice haciendo un gesto con la cabeza en dirección a Alexander Finkeblod. Con ello aparta la vista un instante de Thorkild Thorlacius.

Hay que andarse con cuidado al hacer algo así. Los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas nos han hecho ver a Tilte y a mí que Thorlacius posee un temperamento de armas tomar, actualmente reforzado por los golpes que el destino le ha infligido en los últimos tiempos. Y también está su pasado en el Club Académico de Boxeo.

Y, en efecto, se pone en pie de un brinco y lanza un croché al abdomen de Katinka.

Es un golpe propulsado con notable potencia. De haberla alcanzado, Katinka habría tenido un serio motivo de preocupación. Sin embargo, no llega a su destino porque una mano, tan pesada como un hacha de carnicero, cae sobre el brazo del catedrático y desvía su mortífera trayectoria. La mano pertenece a Bullimilla.

—¿Qué he oído decir de mis canapés? —dice furibunda.

Thorkild Thorlacius no es el más adecuado para contestar a esta pregunta, pero aun así lo hace, y su respuesta es un directo de izquierda a la sien de Bullimilla.

Tampoco éste alcanza su objetivo: por detrás, Karinka aferra la mano del catedrático, la retuerce y lo empuja contra la mesa. En ese mismo movimiento saca las esposas y, por segunda vez en las últimas veinticuatro horas, el catedrático tiene ambas manos esposadas a la espalda.

Tilte y yo hemos leído con sumo interés cómo alrededor de los grandes místicos se forma un séquito integrado por representantes del género opuesto, por ejemplo, las mujeres alrededor de Jesús, Buda y Ejnar Tampeskælver el Faquir, quien nunca sale a la calle sin ir acompañado por su madre y sus hijas y al menos dos jugadoras de élite. Mi hermana y yo hemos comentado que tal vez sea una constante que se actualiza cada vez que irrumpe una personalidad formidable, y esta teoría se ve reforzada alrededor de esta mesa, pues las mujeres que rodean a Thorkild Thorlacius no tienen la menor intención de quedarse mano sobre mano mientras se llevan al macho alfa.

De estar sentada su mujer libando su té de hierbas y mordisqueando su rebanada de pan crujiente sin mantequilla, de pronto la esposa de Thorlacius echa chispas y humo por la nariz y se abalanza sobre Katinka y Bullimilla.

Es el momento indicado para salir de allí sin hacernos notar. Mientras nos dirigimos hacia la puerta, veo que Lars coge por el brazo a la secretaria Vera, probablemente para impedir su huida.

—No soporto que me toquen —dice Vera, con una voz que habría llevado a Lars a soltarla de haberla oído. Pero está muy ocupado con la pelea de gatas que está a punto de alcanzar su punto álgido.

—Suéltala —interviene Anaflabia—. ¡Es mi secretaria!

—Me parece muy bien —replica Lars—, pero vosotras dos vais a acompañarme a comisaría, donde seréis interrogadas.

En ese momento, Vera demuestra cuán en serio va su afirmación de que no le gusta que la toquen, y lo hace dándole un rodillazo en el estómago.

Es lo último que Tilte, Basker y yo vemos antes de salir a cubierta.

No sólo nos aguarda un comité de bienvenida en el muelle de Langelinie, sino una muchedumbre de unas cien personas, entre ellas periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión, lo que, una vez más, dice algo sobre la importancia que tiene Finø para el conjunto del país.

Tilte y yo pretendemos perdernos entre el gentío, porque, si hemos llegado tan lejos sin ser reconocidos por Lars y Katinka, sería patético que ocurriera ahora. Así que somos los primeros en bajar por la pasarela.

Pero hemos subestimado a los periodistas, un sector de la población capaz de formar una barrera compacta como si Tilte y yo fuéramos a lanzar un tiro libre desde el punto de penalti. Se lanzan sobre nosotros como halcones y nos apuntan con sus micrófonos y nos preguntan qué fe profesamos y qué esperamos de la conferencia, y debo admitir que nos pillan descolocados.

En una encrucijada de tal envergadura, cuando todos tus planes se hunden, los grandes sistemas de entrenamiento espiritual dirían que precisamente así el mundo se halla a nuestros pies, fresco y abierto a toda su chocante imprevisión; los budistas zen, que hay que sentir la respiración; el hinduismo vedanta, que tienes que preguntarte quién es, en realidad, el que experimenta este colapso malabar; las monjas de los conventos de Santa Teresa de Ávila en Andalucía, que hay que esperar que se haga la voluntad de Dios. Y todo eso es lo que Tilte y yo intentamos hacer a la vez.

Sin embargo, es aquí donde entra en juego el despiste y la distracción, pues olvido sujetar a Basker, que se ha hartado de permanecer sentado y sumiso bajo las cortinas de Kalle Kloak y que ahora presencia un poco de acción. Así pues, se revuelve y corre pasarela arriba para encontrar un sitio alto con buenas vistas.

En ese momento, el peor de todos, aparecen Alexander Finkeblod, Thorkild Thorlacius y las tres mujeres, todos esposados, y detrás de ellos, Lars y Katinka.

Lars tiene un ojo tan morado que alguien debería aconsejarles a él y Katinka que pospongan su boda al menos los cinco o seis meses que tardará en remitir la inflamación. Sin embargo, eso no le impide divisar a Basker, y Katinka también lo descubre. Lo ven y lo reconocen, y llegan a la conclusión de que entonces Tilte y yo no podemos estar muy lejos. Nos miran y nuestros disfraces los hacen titubear un instante, pero a continuación la lógica barre toda duda: saben que somos nosotros, los objetos de su vigilancia, los que se han fugado hace veinticuatro horas.

Hasta este momento, Lars sujetaba a Alexander y Thorkild, pero ahora los suelta y se precipita hacia nosotros.

En cierto modo es bonito, también para Tilte y para mí, ser testigos de lo ansioso que puede mostrarse un detective, incluso en una situación tan difícil, por cumplir con su deber. Es este afán lo que permite que los ciudadanos duerman tranquilamente por la noche.

Por desgracia, también es este afán lo que merma una visión de conjunto. Yo no dejaría a dos tipos como Alexander Finkeblod y Thorkild Thorlacius sin vigilancia, al menos en su actual estado anímico. Porque es precisamente una distracción como ésta la que puede propiciar que el tren descarrile.

Me vuelvo hacia los periodistas. No se han dado cuenta de gran cosa, y lo que han registrado no tienen posibilidad de comprenderlo. Siguen esperando nuestras respuestas.

—No somos más que comparsas —digo—. Acompañamos a estos dos grandes maestros derviches del trance, Alexander y Thorkild.

—Pero están esposados —advierte uno de los periodistas.

—Es para que no se lastimen a sí mismos cuando caen en trance —digo.

—Que es cuando entran en contacto con los difuntos —añade Tilte.

Tilte y yo no sabemos muy bien cuáles son las prioridades de los periodistas, pero resulta evidente que la danza en trance y el contacto con los difuntos ocupan uno de los puestos destacados de la lista, porque todos se desplazan en bloque hacia la pasarela, donde rodean a Lars y lo empujan contra la baranda.

Llegados a este punto, la buena forma física del poli consigue derribar a cinco o seis periodistas como si fueran bolos y por un instante dispone de amplias vistas. Pero a continuación queda atrapado de verdad. Y quienes lo atrapan son el lama Svend-Helge, Gitte Grisathemum, Sindbad al Blablab y su séquito, y casi parece fortuito, como si sólo pretendieran echar un vistazo por ahí, pero Tilte y yo descubrimos en sus rostros la retorcida misericordia que es, al fin y al cabo, signo de distinción de las grandes religiones.

Estamos a punto de volvernos y desaparecer entre la muchedumbre cuando el primer periodista alcanza a Thorkild Thorlacius y le pregunta si piensa que la danza en trance será un éxito en la conferencia y si le importaría ofrecer una muestra a los televidentes.

Nos quedamos cautivados, y por eso también oímos la segunda pregunta, ésta dirigida a Alexander Finkeblod: ¿últimamente ha establecido contacto con algún difunto?

Tras esta pregunta se oye un grito del que se deduce que Alexander, puesto que está maniatado, ha optado por propinarle una patada al periodista. Entonces en la pasarela estalla lo que llamaríamos una reyerta generalizada. Pero para entonces, Tilte y yo nos hemos metido un palito blanco en la boca y nos hemos hecho invisibles.

Nos escabullimos entre los espectadores y nos deslizamos a lo largo de los coches aparcados. Si has estado encerrado con una cuadrilla de tipos imprevisibles y de pronto tienes el amplio mundo a tus pies, te entran unas ganas irrefrenables de proferir gritos de júbilo, y en efecto nos disponemos a hacerlo cuando unos fuertes brazos nos sujetan por detrás y nos levantan del suelo.

Muchos en una encrucijada así habrían tirado la toalla, pero yo no. He marcado muchos goles desde posiciones imposibles, rodeado por cuatro defensas que podrían haber interpretado el papel de King Kong sin necesidad de disfraz. Sólo dispongo de una centésima parte de un milímetro para rotar. Pero para quien es fuerte en la fe, una centésima de milímetro basta, así que roto y le suelto una patada a nuestro captor.

Es como propinarle un puntapié a un neumático de tractor: no se mueve ni emite el más leve sonido. Sólo conozco a una persona que posee este tipo de resistencia, así que lo miro a los ojos, unos ojos azules de muñeca que pertenecen a mi hermano mayor Hans.

—Buen golpe, hermanito —susurra, y su voz trasluce que, a pesar de todo, le he cortado la respiración.

Entonces abre la puerta del coche junto al que nos hemos detenido, subimos, Hans se pone al volante y nos largamos de allí.

Aunque apenas hemos vislumbrado el rostro de Hans, es evidente que algo ha cambiado en él, también teniendo en cuenta la determinación con que ahora se comporta. Parte de la explicación la hallamos al instante: en el asiento trasero hay alguien con un jersey y unas deportivas que nos resultan familiares. La cantante café con leche de Blågårds Plads.

—Ya conocéis a Ashanti —dice Hans.

Seré absolutamente sincero: al oírlo recibo una especie de descarga eléctrica en el corazón. Y, pese a que sé muy bien que ahora mismo hay asuntos más apremiantes que atender, avanzamos por el muelle de Langelinie y las preguntas sobre esos asuntos se ven obligadas a agolparse haciendo cola en espera de respuesta, porque lo que colma este breve instante es algo muy distinto. Porque Hans ha pronunciado su nombre, Ashanti, de la misma manera que ella, la que fue mi amada, es decir, Conny, a quien ahora se ha llevado el viento, solía pronunciar el mío. Una manera inimitable que sólo surge cuando un ser humano abriga un amor verdadero por otro.

Así, tan seguro como decir amén en la iglesia, en este breve lapso de tiempo ha ocurrido algo entre ambos que le ha reamueblado la cabeza a Hans y lo ha hecho bajar de las estrellas a la tierra buena, y ahora está enamorado hasta el tuétano. Y aunque sea precisamente lo que Tilte y yo siempre le hemos deseado, no deja de ser impactante encontrarnos de frente con el hecho ya consumado. En el fondo nunca creí que fuera a sucederle. Sin admitirlo, contaba con que Hans siempre estaría ahí para cuidar de mí hasta el final, hasta el último día, y de pronto éste se halla tan cerca que deja de hacerme gracia y siento una punzada en el corazón.

El vehículo en que vamos es un Mercedes, una marca que últimamente Tilte y yo frecuentamos como si tal cosa. Hans dobla hacia el puente de Langelinie, se sube al carril bici, cruza el césped y detiene el coche. Tilte y yo, acurrucados en el suelo del asiento trasero, asomamos cautelosamente la cabeza. Vemos pasar taxis, luego las limusinas que han recogido a Gitte, el lama Svend-Helge y Sindbad al Blablab, después un coche fúnebre con el ataúd de Vibe, a continuación dos coches patrulla y finalmente un furgón negro con ventanillas de rejilla, donde va Alexander Finkeblod mirando las rejillas como si tuviera intención de destrozarlas a dentelladas para abalanzarse sobre los transeúntes.

—Hansito, tenemos que ir a Toldbodgade —dice Tilte—. ¿Está en una parte de la galaxia que serías capaz de encontrar sin echar mano de las cartas astronómicas?

Los hay que dirían que no es más que una burla ingeniosa. Pero bajo su inocente superficie capto algo más, capto que Tilte abriga los mismos sentimientos que yo para con Hans y la Bella. Se lo deseamos de todo corazón. Y nos aguarda una ardua tarea si queremos que lo de la infancia feliz acabe en el mismo estante de las copas ganadas.

Avanzamos por Esplanaden. Tilte hace una señal y nos detenemos. Ella se baja, entra en un quiosco y sale con una tarjeta telefónica. Todo un acto de sabiduría intemporal, pues aunque Katinka ha tenido una mañana movidita, una lumbrera como ella pronto descubrirá que le falta un teléfono y hará que lo bloqueen.

Tilte se sienta a mi lado. Cuando Hans se dispone a bajar el coche del bordillo, Tilte y yo divisamos algo que nos lleva a exclamar: «¡Alto!»

Esplanaden es una calle ilustre y sin duda un lugar de obligada visita para la Asociación por el Embellecimiento de la Capital en sus paseos por la ciudad. Seguramente, sus asociados se detendrán ante el edificio que se halla a nuestra espalda, porque irradia una atmósfera de distinción bien cuidada que nos lleva incluso a nosotros, tan bien acostumbrados en la residencia parroquial, a sentirnos como la niña de los fósforos del cuento navideño de H. C. Andersen, y eso a pesar de ir montados en un Mercedes.

En la fachada del edificio hay una puerta de cristal tan ancha como una puerta cochera, y en un lado una placa de mármol, que es lo que ha llamado nuestra atención, pues en la placa pone «Bellerad Shipping».

Resulta difícil explicar que ahora Tilte y yo actuemos como dos nadadores de natación sincronizada, lo único que puedo decirte es que nos aúna un impulso concordante hacia una finalidad superior, así que recurrimos a nuestra vasta experiencia en abrirnos camino hasta los lugares más recónditos con tal de vender lotería a beneficio del Club de Fútbol Finø.

—Retrocede tres metros —le dice Tilte a Hans—. Luego te apeas y nos sujetas la puerta a Peter y a mí. Y en cuanto bajemos, nos diriges un saludo militar. Y después nos abres la puerta de cristal.

Como ya he dicho antes, todo parece indicar que Hans ha experimentado un cambio fulgurante. Sin embargo, todavía no ha alcanzado el estadio avanzado en que uno pueda empezar a considerar llevarle la contraria a Tilte. Así que da marcha atrás, baja, nos abre la puerta y se lleva el canto de la mano a la frente. Y luego nos sujeta la puerta de cristal.

Entramos en una amplia recepción. Detrás de una mesa hay una mujer de unos treinta y pocos años, perteneciente al tipo de personas que, como nos enseñan las grandes religiones, suelen custodiar algo valioso con un cuchillo gurka o una espada flamígera. Sin embargo, ahora mismo ha bajado la guardia a causa del Mercedes, el saludo militar de Hans y las cortinas de Kalle Kloak drapeadas como en el Vedanta superior.

En situaciones como éstas, Tilte y yo tenemos un reparto de funciones predeterminado. Yo me ocupo de asediar a los defensas, mientras que Tilte permanece un poco atrás para aprovechar los rechaces, o sea, la segunda jugada.

Miro alrededor en busca de inspiración. En las paredes cuelgan fotografías de los barcos de la naviera. Lo primero en que reparas es en que no se trata de Optimists, esos veleros para principiantes, sino de buques contenedores y superpetroleros con un tonelaje de registro bruto a partir de cien mil. Lo segundo son sus nombres: por ejemplo, Tía Materna Lalandia Bellerad, Primo Segundo Gævørn Bellerad y Tío Paterno Padre Makler Bellerad.

De esta información extraigo dos cosas: los barcos de la compañía Bellerad no transportan cocos ni turistas por el río Gudenåen, sino combustible y mercancía pesada por el golfo Pérsico; y Bellerad es una persona que está orgullosa de su familia y muy unida a ella.

Me inclino hacia la guardiana del umbral.

—Soy de la embajada de Arabia Saudí —le digo—. Me acompaña la princesa Tilte Aziz. Hemos venido para comunicarle a Bellerad que ha sido honrado con la orden del rey Abdul Aziz.

Al lado de la mujer hay tres hombres de espaldas estudiando un mapamundi que cuelga de la pared. Se vuelven lentamente hacia nosotros.

Dos son calvos y fornidos y tienen tal aspecto que, por un instante, llego a pensar que tal vez no deberíamos haber seguido este impulso convergente y, en su lugar, habernos quedado en el coche.

Sin embargo, es el hombre del medio quien de pronto se convierte en el foco de nuestra atención. Sabemos que es el armador Bellerad en persona, y si me preguntas cómo podemos saberlo, no puedo más que contestarte que si algún día te encuentras frente a frente con Aníbal o Anaflabia Borderrud o Napoleón, es decir, antes uno de los grandes generales de la historia universal, tú tampoco tendrás ninguna duda.

Al menos contamos con la ventaja de haber atacado primero. Bellerad, los dos calvos y la mujer de la espada flamígera se han quedado pasmados. Por tanto, cabe la posibilidad de que Tilte y yo podamos obtener el aprobado en la primera y desnuda impresión del armador.

Tomamos nota de tres cosas: la primera, que Bellerad es un hombre que no difiere de la gran mayoría, pues, nada más oír que ha sido galardonado con una alta distinción que podrá mostrarle a la tía Lalandia, al primo Gævørn y al tío Makler, cae presa del nerviosismo. La segunda, que es un hombre que, gracias a su larga experiencia, sabe que cuando alguien le regala algo a alguien es porque el primer alguien espera conseguir el doble a cambio, y por lo tanto ahora ha de dilucidar la letra pequeña de la medalla. La tercera, que Tilte y yo nos olemos que Bellerad tiene algo que ocultar, y no se trata del secreto normal y corriente, tamaño mediano, que todos guardamos. El secreto de Bellerad es grande y retorcido. Tenemos la sensación de hallarnos ante un viejo elefante macho que ha sido expulsado de la manada por mal comportamiento y que ahora decide poner al mal tiempo buena cara, a la espera de que le llegue una ocasión para contraatacar.

—La medalla se concederá durante el Gran Sínodo —añado—. Acompañada de un beso en la mejilla del rey en persona. Y de la princesa.

Acto seguido reculamos hacia la puerta de cristal. Bellerad y sus dos hombres de confianza no son la clase de tipos a los que das la espalda de buena gana. Hans nos abre la puerta de cristal y luego la del coche, nos honra con otro saludo militar, rodea el Mercedes, se sienta al volante y nos incorporamos al tráfico de la calle.

Miro atrás una sola vez. Los cuatro han salido a la acera y nos siguen con la mirada.

Pasamos por delante de edificios de oficinas y varios destinos predilectos de la Asociación por el Embellecimiento de la Capital. Tilte señala con el dedo y doblamos a la izquierda. Ninguno dice nada, nos hemos quedado pensativos, y lo que estamos pensando es que ojalá Bellerad no haya descubierto que mamá y papá han hackeado su correspondencia privada, porque no parece la clase de individuo que se queda de brazos cruzados mientras otros leen sus cartas privadas, más bien parece alguien que tendría un lanzagranadas preparado para una ocasión así.

Vislumbramos algo que antaño fue un almacén, pero al que han dado una mano generosa de doscientos millones y ahora tiene todo el aspecto de un lugar que nunca verás por dentro, a no ser que aciertes un pleno al quince. Hans se mete en un parking subterráneo y nos detenemos ante una verja provista de un panel electrónico. Tilte marca un código en el móvil de Katinka y la verja se abre. Accedemos a un subsuelo de una categoría tal que las plazas de aparcamiento podrían perfectamente alquilarse como habitaciones de hotel con sólo levantar unos tabiques y montar una cama en cada una de ellas. Aparcamos y nos subimos en un ascensor de espejos y madera noble. Ascendemos como montados en un cohete y frenamos como el plumón de una gaviota. Salimos a un rellano con orquídeas en vasijas de mármol. De una de ellas Tilte saca una llave y entramos en el apartamento de dos habitaciones que le ha prestado una amiga.

Es cierto que hay dos habitaciones. Lo que Tilte no me había contado es que cada una tiene cien metros cuadrados. Y si aun así te sintieras limitado en tus movimientos, hay una terraza de toda la longitud del piso con vistas al puerto y las azules aguas.

Los muebles del salón son del tipo que suele firmar el ebanista personalmente, y parecen recién hechos, porque todo es nuevo, ni siquiera han tenido tiempo de colgar cuadros en las paredes.

Mi primer impulso es preguntarle a Tilte quién le ha prestado este piso, pero entonces una sospecha se cierne sobre mi cabeza como una negra nube. ¿Y si se lo ha prestado un admirador? Con un admirador de gustos tan selectos la cosa podría ir en serio. Eso significaría que más o menos dentro de un año mi hermana estará prometida y casada y se habrá ido de casa. Así pues, sólo faltará que Basker encuentre una dulce perrita y se vaya con ella. Entonces me quedaré solo. Mis padres han desaparecido, mis hermanos están en camino de hacerlo, atrás quedará Peter Finø en el más triste de los abandonos.

Nos hemos sentado muy juntos en los muebles de ebanista. De pronto Ashanti se levanta y cruza el piso hasta el extremo más alejado, donde la sala se convierte en cocina americana. Aunque no lo dice, intuyo que lo hace para dejarnos a los hermanos solos, y este gesto es de tal delicadeza que no queda más remedio que admirarla, a pesar de que tal vez su cometido último sea llevarse para siempre a nuestro hermano mayor.

Sin embargo, me invade cierta tristeza. Ninguno dice nada, y el sentimiento se incrementa, podría denominarse desconsuelo, y su razón de ser empieza a asomar. Por algún motivo, de pronto se hace evidente que Tilte, Hans y yo no estaremos juntos para siempre. Nos lo ha mostrado la relación entre Ashanti y Hans, pero no sólo tiene que ver con ellos, sino con que algún día llegaremos al último día, y entonces primero morirá uno, luego otro y finalmente el otro.

Tal vez dirás que qué más da, todo el mundo sabe que ha de morir, y es cierto, pero normalmente sólo lo sabemos con la cabeza. Eso de que debemos morir nunca sucede aquí y ahora, lo relegamos al futuro, a un momento tan lejano que apenas se atisba y, por lo tanto, no nos vemos obligados a tomarnos la muerte en serio.

Sin embargo, ese momento de repente está aquí y ahora.

Sé que conoces esta sensación, es algo que todo el mundo ha experimentado. No sé de dónde proviene, pero miro la mano de Hans, apoyada en el respaldo de la silla. Es grande y cuadrada, especial, y siempre está bronceada, y comprendo que llegará un día en que esta mano ya no me abrazará ni me levantará para que pueda ver el mundo desde arriba.

Miro a Tilte. Su rostro parece bronceado por el sol a pesar de que sólo estamos en abril, es algo que ha heredado de mamá. En su rostro no se ha instalado la edad, no puedes determinar si tiene siete o mil seiscientos años, pues es como si sus ojos siempre abarcaran un extenso período de tiempo. Y luego está su curiosidad —lo quiere saber todo de la gente— y su bondad, y a pesar de que se trata de una bondad ruda y basta, sólo es superada por la de nuestra bisabuela, que ha dispuesto de noventa y tres años para alcanzar su estado de gracia actual.

Algún día llegará el momento en que miraré esa bondad y esos ojos casi viejos por última vez, y es precisamente eso lo que repentinamente se ha hecho evidente en este apartamento lujoso. Y la tristeza se ahonda, como si la última vez fuera ahora mismo.

Pero entonces ocurre algo tan imperceptible que nadie se da cuenta. Ocurre que me quedo sentado, que no huyo del dolor y la angustia. Normalmente es insoportable. Ya es bastante doloroso saber racionalmente que vas a morir, pero sentirlo en el corazón es algo que los seres humanos no podemos aguantar. Tampoco yo, que no soy más valiente que tú. Pero cuando tienes una hermana con la que has empezado a explorar el camino hacia la puerta y lo has investigado de forma exhaustiva con estudios teológicos en la red y la biblioteca de Finø, llega un momento en que ya no soportas cerrar los ojos y evadirte. Por lo visto, para mí este momento ha llegado.

Así que le cedo sitio al sentimiento en toda su crudeza. Cuando uno hace eso llegan las primeras imágenes de la muerte, y por alguna razón me veo morir a mí el primero. Lo veo con toda claridad: estoy echado en una cama, despidiéndome de Hans y Tilte.

No sé de dónde provienen esas imágenes, porque cuando tienes catorce años resulta difícil verte a ti mismo morir de algo en concreto, pero tal vez muera de las secuelas de mis lesiones deportivas. Ya sabes, cuando juegas a un nivel tan alto como el exigido en el primer equipo del Club de Fútbol Finø acabas pagando un precio.

Aunque, para serte sincero, no es del todo cierto, pues las lesiones que he tenido no son de las que te llevarían al servicio de cuidados intensivos del hospital de Finø, pues siempre he bailado por encima de las entradas de los defensas como un elfo bailando sobre lirios silvestres; nunca he sufrido una lesión que fuera más allá de la más leve rotura fibrilar. Así pues, no sé de dónde procede la imagen de mi propia agonía, pero me veo despidiéndome de mis hermanos y abrazándolos y agradeciéndoles que me hayan permitido conocerles, y veo por última vez las manos cuadradas de Hans y la bondad de Tilte, y luego miro hacia la sensación de la muerte en sí.

Si haces eso se torna más real. Es como si estuviera ocurriendo ahora mismo, en esta suite de lujo que da al puerto de Copenhague, en un día soleado.

Intento no consolarme con que seguramente mi salvación se producirá en el último momento. No me consuelo pensando que lo único que ocurrirá será que se apagará la luz, o que Jesús me aguarda en algún lugar, o Buda, o quien sea que podamos imaginarnos que aparecerá con una sonrisa bondadosa en los labios y una aspirina en la mano y me dirá que, al final, no será tan malo. No me imagino nada, sólo siento la inevitable despedida.

Precisamente cuando siento que voy a perderlo todo sin excepción, que no quedará nada y que, por lo tanto, tampoco hay nada a lo que agarrarse, ocurre algo. Ha sucedido otras veces, y es algo muy pequeño y apacible, es esta quietud que hace que resulte tan difícil darse cuenta de la propia muerte, y por eso es preferible que alguien te lo muestre. A mí me lo ha mostrado Tilte, y ahora yo te lo muestro a ti: ocurre que vislumbro un destello de placidez y libertad. No hay nada que se transforme, estás sentado en el mismo sitio y nadie ha venido en tu ayuda, ningún serafín ni ningún ángel, ninguna hurí ni ninguna virgen ni ningún apoyo celestial. Simplemente estás ahí sentado viendo que vas a morir y sintiendo lo mucho que quieres a los que estás a punto de perder, y entonces ocurre: el tiempo se detiene. O mejor dicho: no existe. Toda Langelinie y Copenhague y Selandia es una habitación metida en una cápsula, y por un instante la cápsula desaparece, es lo único que ha ocurrido, la sensación de miedo y encierro ha desaparecido y sientes la libertad. Sientes que hay una manera de estar presente en el mundo, en este mundo que nunca morirá y en el que no tienes miedo porque la sensación de libertad es algo inextinguible. Naturalmente, todos moriremos, Hans y Basker y Tilte y yo mismo, con mi delicado cuerpo de futbolista. Sin embargo, hay algo a lo que es imposible ponerle palabras, pero de lo que participas y que nunca muere: el sentimiento.

Sé que en este instante me encuentro frente a la puerta. Y en realidad no es una puerta, porque una puerta ocupa un lugar, pero esto es todos los lugares a la vez. No pertenece a ninguna religión, no requiere que creas en nada ni adores nada ni observes ninguna regla. Sólo requiere tres cosas: que sientas tu corazón, que por un momento seas capaz de conformarte con tu destino —también con el injusto detalle de que tienes que morir— y que te quedes completamente quieto viendo cómo el balón entra en la portería.

Esto es lo que ahora experimento en este apartamento de dos habitaciones en una quinta planta.

Y detecto que Tilte debe de estar sintiendo algo muy parecido. Sin embargo, no estoy tan seguro en el caso de Hans, pues últimamente sus facultades intelectuales están mermadas, dudo que tenga cabida para una revelación, todo parece indicar que la cantora lo ocupa todo.

Dura un instante y es, como ya he dicho, apacible, nada digno de mención, ninguna fiesta. No es más que la conciencia de que si te enfrentas directamente a la certeza emocional de que tienes que morir de pronto asoma la libertad y el desahogo.

Está allí y al instante siguiente desaparece. Ashanti se ha acercado a la mesa para dejar un bocadillo delante de cada uno de nosotros.

—Buen provecho —dice—. Y como solemos decir en Haití: bon appetit.

Siento tener que decirlo, pero la sociedad del bienestar danesa no está repartida equitativamente. En ciertos lugares brilla por su ausencia y a mi alrededor, por ejemplo, siempre acecha la muerte por inanición.

No sé por qué es así, tal vez por mi edad, tal vez por mi rendimiento físico, tal vez porque arrastro un parásito desconocido en mi sistema digestivo, pero siempre tengo hambre. Desde pequeño. Cuando por entonces rezaba mis oraciones antes de dormir, pocas eran las veces en que no me imaginaba a Jesucristo preparándome un bocadillo, con su talento para el catering, pensaba, debe de hacer unos bocadillos de rechupete.

Como los que ahora nos sirve Ashanti, para los que debe haber comprado los ingredientes antes y que acaba de preparar, y un ambiente de profundo recogimiento se instala alrededor de la mesa.

El pan es fresco. Y pido disculpas, pero me veo obligado a decir aquí, en medio de la pitanza, que el cuero cabelludo de Conny tiene el mismo aroma. Y la corteza es crujiente, la miga prieta y flexible, con grandes agujeros.

Normalmente, se considera de mala educación inspeccionar un bocadillo, pero no puedo resistirme. Levanto la parte superior de la baguette y echo un vistazo a lo más sagrado de lo sagrado: le ha untado una capa gruesa de mantequilla, a la que ha añadido una capa de mayonesa que rezuma aroma a ajo y limón y a una especie tropical que debió de traerse de las junglas febriles de Haití. Encima, diferentes hojas de lechuga —la purpúrea, la amarga, la rizada, la crujiente— y rodajas de atún del mar del Norte, del que se pesca en las costas de Finø, ligeramente tostadas por fuera y rosadas por dentro. Encima, finos anillos de cebolla roja y unos pocos alcaparrones, y puedes llamarme mentiroso y bailar sobre mi tumba si no han estado en salmuera de aceite de oliva. Encima, brillantes huevas de salmón, enormes y naranjas, que revientan en la cavidad bucal dejando el sabor del Mar de las Oportunidades.

A estas alturas más de un cocinero habría tirado la toalla, pues el bocadillo ya tiene unos diez centímetros de grosor, pero la gacela cantora se ha esforzado por dar el do de pecho: la rebanada inferior tiene otra capa de la mayonesa caribeña, pero salteada de trocitos de oliva y pimiento rojo y verde.

Todo el conjunto presenta un admirable toque artístico, pues, aunque contiene suficientes calorías para que los All Stars de Finø disputen la Superliga danesa, se lo ve dotado de una ligereza casi ingrávida, como si los emparedados se dispusieran a salir flotando por la ventana y dar una vuelta de honor con las gaviotas por el puerto.

Ashanti deja un vaso alto al lado de cada plato y escancia un agua mineral de la fábrica de refrescos de Finø con un ligerísimo velo burbujeante de ácido carbónico natural, y cuando acaba de llenar un vaso hasta arriba mira un instante a los ojos de quien acaba de servir.

Yo soy el último, y cuando me mira a los ojos es como si descubriera algo en que ni siquiera yo he reparado: que soy el más joven. Sí, he mirado hacia lo más profundo de la existencia, he perdido a mis padres dos veces, juego en el primer equipo y he visto el gran amor salir y ponerse como el sol sobre Finø, pero aun así sigo teniendo catorce años. Y si hay algo que un chaval de catorce necesita, es que una mujer como Ashanti lo comprenda y le prepare un emparedado que lo salve de la muerte por inanición y lo mire con lo que me atrevería a denominar solicitud.

Entonces se sienta con nosotros. Ha llegado el momento de responder algunos grandes interrogantes.

—Recordaréis que le di mi número de teléfono a Ashanti —dice Hans—, justo antes de separarnos.

Tilte, Basker y yo lo miramos inexpresivos. Somos demasiado delicados para recordarle cómo consiguió realmente el número.

—Pues bien, me llamó una hora más tarde, cuando me encontraba en Klampenborg desenganchando los caballos. Fui a recogerla inmediatamente. Y desde entonces no nos hemos separado.

—Me ha leído sus poemas —dice Ashanti—. En el muelle de Skovshoved.

Buena muestra de nuestro autodominio es que Tilte y yo no demos un respingo. Muchas mujeres se habrían arrojado a las aguas del puerto tras escuchar los poemas de Hans sólo para escapar de ellos. Pero no la mujer que tenemos delante. Prueba incontestable del profundo amor que se está gestando antes nuestros ojos.

—Ashanti es sacerdotisa de la religión yoruba —nos informa Hans. Tiene la voz gruesa, en parte por la mayonesa, en parte por la admiración—. Se ha criado en Haití, pero asiste a la universidad aquí. Bailará en la conferencia...

—Las sagradas danzas de la santería —dice Ashanti.

—Danzas que preparan para el tránsito —apostilla Hans.

Volvemos a mirar a Ashanti. Sólo la manera que tiene de comer llevaría a Ifigenia Bruhn, la directora de la Academia de Bailde Ifigenia Bruhn de la plaza del pueblo de Finø, a lagrimear de alegría. Y aunque aún no la hemos visto bailar, la hemos visto caminar. Tiene unos andares que si de pronto diera un paseíto por las paredes y los techos no nos sorprendería nada. Así pues, personalmente yo no tendría tanta prisa por abandonar ese cuerpo si fuera mío. Pero todos buscamos la puerta a nuestra manera, no hay que entrometerse demasiado.

—¿De dónde habéis sacado el coche? —pregunta Tilte.

—Lo he tomado prestado —dice Hans—. Es de mi jefe, que está de viaje. No lo echará de menos. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Ahora sí damos un ligero respingo. Es posible que Hans haya oído hablar de las contravenciones a la ley, pero nunca ha acabado de creer que existieran. Y ahora ha robado un Mercedes.

Ha pasado una hora. Tilte y yo les hemos puesto al día breve pero minuciosamente. Sobre la mesa hemos desplegado los recortes de prensa y las facturas de la caja fuerte, y mientras hablamos la cabeza de Hans empieza a trabajar y al final se pone en pie, como dispuesto a destrozar algo, tal vez un par de ventanas, y de nuevo asoma en él un lado desconocido que sólo conocemos de las veces en que un par de turistas han cometido el grave error de ir tras su séquito femenino. La expresión «manso como un cordero» describe bastante bien la psicología de mi hermano.

Pero ya no: ha pasado algo, en especial cuando se entera del embrollo de nuestros padres.

—Están planeando un robo de tesoros religiosos —se escandaliza Hans—. De cosas que significan mucho para mucha gente.

—Pero algo los ha llevado a cambiar de planes —precisa Tilte.

—Si han cambiado de planes es porque se les ha ocurrido algo que les dará más beneficios —objeta Hans—. Por lo tanto, me niego a echarles una mano. Opino que deberíamos dejar que las cosas sigan su curso, o sea, el curso hacia el desastre.

Ashanti interviene, y hay que concentrarse en el significado de sus palabras para no dejarse llevar por la musicalidad de su voz.

—No conozco a vuestros padres —dice—, pero percibo que los queréis. Eso es determinante. Cuando una vez amas a alguien, nunca dejas de hacerlo.

Ahora que ha dado rienda suelta a la lengua de pronto tiene sentido que sea suma sacerdotisa, resulta fácil imaginársela hechizando a toda una congregación. En cualquier caso, ha hechizado a Hans, que vuelve a sentarse.

Entonces suena el teléfono de Tilte, que en realidad es de Katinka, pero con una nueva tarjeta.

Mi hermana contesta y escucha; su semblante se torna grave. Tal vez un minuto más tarde concluye la conversación. Deja el teléfono sobre la mesa.

—Era Leonora —dice—. Está preocupada. Nos reuniremos con ella dentro de un cuarto de hora.

El Instituto de Estudios Budistas tiene su sede en Nikolaj Plads, detrás de la iglesia, y todo parece estar en calma. En la plaza, la gente está sentada a unas mesitas de café disfrutando de esa mezcla genuinamente danesa de quemaduras de segundo grado en el rostro y congelaciones en los dedos de los pies, porque al sol hace veintisiete grados y bajo las mesas hiela. Por fuera, el Instituto semeja una casa llena de vestigios de la historia de Dinamarca. Una puerta cochera parece pertenecer a una iglesia y una placa en la pared informa con letras doradas que aquí vivió el célebre poeta danés Sigurd Skallesmækker hasta su muerte prematura en 1779.

Sin embargo, una vez dentro la cosa cambia. Nos recibe un monje menudo vestido de rojo que nos conduce hacia el interior, y allí la casa se abre en un pórtico alrededor de un patio interior con una fuente en medio, y en cada esquina hay un guardia. En el coche, Tilte nos ha dicho que Leonora le ha contado que el lugar hace las veces de convento y universidad. Es aquí donde el Dalai Lama y el XVII Karmapa se alojarán durante la conferencia, y el lugar bulle de guardias. Los daneses, sin duda colegas de Lars y Katinka del servicio de inteligencia policial, llevan gafas de sol y pinganillos, mientras que los tibetanos son altos como jugadores de la NBA y anchos como luchadores de sumo.

Sin embargo, el lugar rezuma algo que te lleva a desear convertirte en monje; en realidad siempre me he sentido un poco así, y desde que Conny me abandonara el sentimiento se ha fortalecido. Si encuentro un convento con un primer equipo competitivo consideraré seriamente dar el paso, pero en ese caso también tendrá que existir una estrecha cooperación con un convento de monjas cercano, pues, aunque nunca habrá nadie en mi vida después de Conny y siempre estaré solo, no me gustaría tener que prescindir de la compañía femenina para el resto de mis días.

Nos conducen por unas escaleras y unos pasillos hasta que llegamos a una estancia con vistas a los tejados de la iglesia de Sankt Nikolaj, a la mesa está sentada Leonora con su PC y ya no parece la alegre y sonriente experta en coaching de antes.

Echa un rápido vistazo a Ashanti, pero Tilte y yo asentimos con la cabeza. Tomamos asiento alrededor de la pantalla.

—Cuando borras algún documento en un ordenador —dice Leonora—, generalmente no acabas de borrarlo del todo, aunque la gente lo crea. Lo que borras son punteros de ficheros o direcciones electrónicas, pero la información en sí se queda en otras partes del disco duro. Vuestros padres no lo sabían. Así que la hora que creyeron haber borrado sigue allí, oculta, pero intacta.

La imagen de la sala de exposiciones aparece en la pantalla, es de día, se ve a los operarios trabajar con las vitrinas y también en un escenario al fondo de la habitación. Leonora deja que la grabación corra a tiempo real. Se distingue el nombre de la empresa en los monos de los hombres y se presiente que la faena que están realizando es delicada: todos llevan guantes blancos y trabajan en silencio y con gran precisión, como si fueran técnicos de laboratorio. A medida que van acabando lo limpian todo con un aspirador y luego pasan trapos de microfibra por el suelo, y al terminar nada de tomarse una cerveza, sólo una sobria agua mineral con gas, de la que no se les cae ni una gota, y finalmente se llevan las botellas al abandonar la sala, tras lo cual ésta queda desierta e iluminada por el sol del atardecer.

Leonora avanza la secuencia, la luz se extingue poco a poco.

—Ahora es de noche —dice Leonora—, son las tres y pico.

Hay muy poca luz en la estancia, de la luna o de las farolas del patio del castillo, insuficiente para una cámara normal, pero a Voicesecurity sólo le satisface el mejor equipo.

Nos embarga un sentimiento solemne. Lo que estamos viendo es lo que nuestros padres creían haber borrado y que Leonora ha logrado reconstruir.

No veo las figuras hasta que están dentro de la sala, han entrado con sigilo; la primera señal es una tenue luz blanca sobre uno de los cuadrados negros que son los huecos de los pequeños elevadores sobre los que se colocarán las vitrinas. Entonces se oye una voz en medio de la oscuridad.

«¡Henrik! ¡Creo que hay ratones!» Es una mujer quien habla, casi sin resuello.

«Imposible, tesoro mío. Lo que has notado son ratas. Además, los ratones y las ratas casi nunca...»

Puesto que no se aprecia el rostro, sino sólo una cabellera rubia, nuestra atención se centra en la voz. Es potente, el hombre podría perfectamente engrosar el coro de la iglesia del pueblo de Finø como tenor ligero, lo que no le exigiría estar despierto a las tres de la mañana. Sin embargo, no acaba la frase porque la mujer lo ha interrumpido con un chillido, seguramente por culpa de las ratas.

Ahora aparecen otras dos figuras en la estancia.

«Ibrahim, ¿ya está todo?» Es Henrik.

Ibrahim suelta una risita ahogada.

«Todo en orden. Primero se oirá un leve pum, cuando las cajas caigan en la caja fuerte. Una vez estén en su sitio, el gran pum se producirá dentro de la caja fuerte. No resonará demasiado, pero será efectivo.»

«¿Por qué no podemos quedarnos un poco, Henrik?» Es la mujer.

«Es cuestión de principios, Blizilda. Lo divino exige que dejemos a un lado nuestro ego. Si destruyes en beneficio propio vas al Infierno. Mi madre dijo una vez...»

«Al menos exijo que me compensen por los zapatos. Mira cómo me han quedado los tacones...» Vuelve a ser Blizilda.

Uno no puede más que sentir pena por Henrik, es muy probable que a menudo ella lo interrumpa en mitad de la frase. Ahora resulta evidente, incluso en medio de la oscuridad, que está a punto de perder la paciencia.

«Yo diría que si se ha sido lo bastante estúpida para calzarse unos zapatos de tacón en una misión como ésta, hay algo que...»

«¿Has dicho estúpida, Henrik? ¿He oído bien? Porque si es así...»

Se produce un movimiento en la oscuridad y vemos que un tercer hombre se interpone entre ambos y se dirige a Ibrahim, que vuelve a reír quedamente.

«Pero ¿los diamantes no son en extremo duros? ¿Podemos estar seguros de que no saldrán indemnes y de que todo no acabará en fiasco?» Es una voz más nítida de acento extranjero, pero habla un danés tan bello y correcto que Alexander Finkeblod se habría alegrado al oírlo.

Ibrahim ríe entre dientes.

«Ellos muy duros. Pero temperatura en caja cerrada en momento explosión muy alta, diez mil grados. Diamantes esfumarse. Vapor de diamante. Pirólisis. Pura técnica. Cuando abran, queda nada. Quizás un poco de brillo en paredes. O un poco de polvo negro. Para aspirarlo.»

Se hace el silencio. El ambiente vuelve a distenderse. De nuevo algo blanco en la oscuridad: un pañuelo. Henrik se seca los ojos.

«Lo siento... —dice—. Es la emoción. Aquí jugaba yo de niño... —Se dispone a decir algo más, probablemente acerca de su madre, pero entonces se recompone—. Oremos.»

Al principio, el rezo es un murmullo desigual, los cuatro no rezan juntos, sino cada uno por su lado. Se prolonga medio minuto, luego se hace el silencio.

Y desaparecen. De la misma manera que no les vi entrar, tampoco los veo salir: de pronto la estancia está vacía, como si nunca hubieran estado allí.

Nos quedamos un rato en silencio. Será Hans quien verbalice finalmente lo que todos pensamos. Es un papel nuevo para él, pero mi hermano mayor es un hombre en constante y frenético desarrollo.

—Pretenden hacer saltar el tesoro por los aires. ¡Son terroristas!

Entonces mira a Ashanti. Y se da cuenta de que ella estará muy cerca del lugar donde alguien tiene intención de volar algo.

Probablemente en Haití tengan unos fabulosos bailarines de trance, pero en Finø no les vamos a la zaga, tal como demuestra Hans ahora mismo: se levanta con los ojos vidriosos, ha entrado en un trance del tipo frenético. Sus manos se abren y se cierran como si buscaran algo, quizás un par de pedruscos de los que exprimir un poco de jugo.

Algo lo detiene. No es más que un delgado brazo, pero pertenece a Ashanti, y eso basta para romper el trance. Conduce a Hans de vuelta a la realidad con vistas a Nikolaj Plads.

—Esto fue lo que borraron mamá y papá —dice Tilte—. Querían asegurarse de que nadie había descubierto su pequeña instalación debajo del suelo, sea la que sea. Así que revisaron las grabaciones y vieron esto. Entonces cambiaron sus planes.

Permanecemos sentados sin decir nada. Paralizados y mudos frente a la pantalla en negro. Hasta que finalmente Hans dice:

—Esto nos deja fuera del juego. Ya no se trata de un asunto familiar. Ahora cogemos el ordenador bajo el brazo y nos dirigimos tranquilamente a la comisaría de Store Kongensgade, allí ya habrá alguien que se haga cargo del embrollo. Y nosotros cinco nos vamos al campo, alquilamos una casa de veraneo con un sótano a prueba de bombas y escondemos la cabeza bajo el ala hasta que... —Hans se detiene, Tilte ha levantado la mano.

—La última secuencia, donde están rezando, ¿podemos volverla a ver?

Leonora teclea, retrocede la secuencia, la voz de Henrik vuelve a oírse:

«Oremos.»

Escuchamos las voces. Murmullos.

—Escuchad cada una de las voces —dice Tilte.

Logro identificar la de Henrik, que es quien está más cerca de la cámara. Está rezando un padrenuestro. Las otras voces se confunden.

—Una vez más —dice Tilte—. Pásala una vez más. Concentraros en una sola voz.

Ahora detecto un suave acento cantarín. Las palabras no son discernibles, pero como hijo de pastor diría que el sonsonete no pertenece a la liturgia danesa, podría ser oriental, como un raga.

Encuentro la voz de la mujer: oscura, ensimismada, plañidera. Y acompañada de un tintineo, de un rosario cristiano o un mala, el rosario hindú.

—No sólo proceden de diferentes países —dice Tilte pensativa—, sino también de diferentes religiones.

Hans se ha puesto en pie.

—Es imposible. Son terroristas. Y los terroristas siempre pertenecen a una misma religión cuando están reunidos. Además, no es un asunto al que tengamos que dedicarle más tiempo. Le compete a la policía, al servicio de inteligencia y la Interpol.

Tilte sigue sentada.

—Son las doce —dice—. Faltan ocho horas para que comience. Siete para que empiece a llegar la gente.

Hans comienza a convulsionarse, sospecha adónde quiere llegar Tilte.

—Si entregamos esto a la policía —dice nuestra hermana—, nos preguntarán de dónde lo hemos sacado. Entonces tendremos que traicionar a papá y mamá. Y descubrirán que estamos en busca y captura. Y se pondrá en marcha la maquinaria. Me enviarán a Læsø y Peter acabará en un centro de menores.

Hans se ha quedado patidifuso. Yo me acerco a la ventana, todavía inseguro sobre qué postura adoptar. En la plaza, enfrente, donde hemos aparcado el Mercedes del jefe de Hans, hay una furgoneta negra. Tal vez se deba a que tiene los cristales tintados que me fijo en ella y pongo en marcha automáticamente mi nemotecnia que en las vacaciones de cámping de nuestra familia me ha dado tantas victorias sobre mis hermanos en nuestros concursos de reconocimiento de matrículas. La matrícula del vehículo negro es te de Tilte y hache de Hans, y las primeras cifras son 5-17, mayo 17, la fecha en que el Club de Fútbol Finø ascendió a la Superliga de las Islas Pequeñas de Dinamarca, la DDSS.

—Dos horas —dice Tilte—. Estamos muy cerca. Concedámonos dos horas.

—¿Para qué las queréis? —pregunta Leonora.

—El hombre del pelo blanco —digo—. Henrik. Dijo que jugaba en el castillo cuando era niño. Podríamos mostrarle la grabación a Rickardt.

El conde Rickardt Tre Løver utiliza un largo habano a modo de batuta y ahora hace un gesto en dirección a la ventana panorámica.

—Todas las ciudades profundas tienen una plaza como centro espiritual. La plaza de la basílica de San Pedro. La de San Marcos. La de la iglesia del pueblo de Finø. La de la catedral de rhus. La que rodea la catedral de Chartres. La de la Mezquita Azul de Estambul. En Copenhague es Kongens Nytorv.

Estamos sentados en la terraza del hotel d’Anglaterre. Más allá de los cristales la vida sigue su curso normal. Los turistas intentan comprender cómo Copenhague puede hacer alarde de sol y primavera y al mismo tiempo tener escondido un gélido viento del norte en la chistera que les hace dudar si salir a dar un paseo por el centro en biquini o con un mono de esquiador. Frente a Krinsen hay aparcado un bus turístico rojo de dos plantas esperando a sus pasajeros, y sobre la mesa frente al conde hay unos sándwiches y una jarra de cerveza con mucha espuma.

—La Misión de Marineros del barrio de Nyhavn —prosigue el conde—. Las raíces cristianas del Teatro Real, Elverhøj, los ballets de Bournonville, son cosas muy profundas, evangélicas. Se perciben las vibraciones de la iglesia de Holmen.

Con la ayuda de un cuchillo, separa algunas partes de su sándwich de paté, carne curada, gelatina y aritos de cebolla. De una cajita de metal extrae con la punta del cuchillo un polvo que parece curry. Nos guiña el ojo a Tilte y a mí.

—Mongui. Un hongo recogido anteayer en los verdes céspedes de los suburbios del norte. Secado y entregado por los gnomos hoy. ¿Por dónde iba? Sí, Kongens Nytorv. Fijaos cuán cerca estamos de la iglesia de Christiansborg y la iglesia de Mármol. El Instituto de Estudios Budistas. La iglesia de Ansgar y el Instituto Católico. Crea un magnífico campo.

Entonces se da cuenta de que nadie comparte su entusiasmo, ni Ashanti, ni Hans, ni Tilte, ni Basker ni yo.

Tilte le pone el ordenador delante.

—Rickardt —dice—. Hay algo que queremos enseñarte.

Hemos llegado cinco minutos antes con Ashanti en cabeza. El conde la ve a ella en primer lugar y eso le lleva a dejar el habano en el cenicero.

—Encantado de conocerla —dice—, es usted encantadora.

Nos ve a los demás, saluda y vuelve a Ashanti.

—¿Es usted extranjera? Podría enseñarle la ciudad. Tengo un Bentley descapotable esperándome.

—Me encantaría —responde Ashanti—. ¿Cree que habrá sitio para mi novio también?

Rickardt mira a Hans, a Ashanti, a Hans y a Ashanti. Se relame, y Tilte y yo advertimos que por su cabeza pasa un abanico de posibilidades que prefiero no mencionar porque este libro está pensado para toda la familia. Entonces se despereza y nos muestra el destello de un espíritu esculpido durante seis siglos de historia familiar noble.

—Tengo una idea mejor —dice—. Tú y Hans cogéis el coche y conducís en dirección norte por la carretera de Strandvejen. Dos jóvenes amantes en un Bentley abierto, eso sí es una experiencia religiosa.

En ese momento le sirven el sándwich y la jarra de cerveza, y luego es cuando ensalza Kongens Nytorv y cuando Tilte, acto seguido, le planta el PC delante de sus narices.

Transcurre un rato hasta que Rickardt identifica la estancia.

—Es la antigua iglesia del castillo —dice—. Dentro de un rato tengo que cantar allí.

Tilte avanza la secuencia. En la pantalla se hace la noche. Aparecen las cuatro figuras en la sala.

—Pero si son personas —dice el conde—. ¿Qué hacen allí a esas horas?

—Presta atención a las voces —dice Tilte.

Sube el volumen.

«Hay ratones», dice la voz femenina entre jadeos.

Rickardt sacude la cabeza, atónito. Tilte pasa la secuencia desde el principio. Ahora que la he visto varias veces, diviso las cuatro figuras cuando entran en la sala.

«Imposible. Lo que has notado son ratas.»

Algo llama la atención de Rickardt. La grabación prosigue.

«Lo siento. Es la emoción. Aquí jugaba yo de niño.»

Rickardt hace una señal y Tilte congela la imagen. Rickart mueve la pantalla para ver mejor.

—¡Qué espanto! —dice—. Es Henrik el Negro. ¿Qué hace él en la antigua iglesia del castillo?

Tilte posa una mano sobre su brazo.

—Rickardt —dice—, ¿por qué le llamas «Henrik el Negro»? Es rubio.

La mirada del conde se torna distante.

—Por sus guantes —dice—. Eran negros.

Nos hemos juntado un poco más alrededor de la mesa. Rickardt intenta concentrarse, los hongos de los gnomos no le ayudan precisamente. Echo un vistazo a Kongens Nytorv. El autobús turístico de dos pisos sigue solo, pero es un destino que muchos nos vemos obligados a aceptar. En cambio, los autobuses amarillos de la ciudad son los preferidos de todo el mundo. Entre los coches aparcados hay una furgoneta negra con los cristales tintados. Y las primeras letras de la matrícula son TH, seguidas de los números 5-17.

Naturalmente, es una casualidad, vivimos en un país libre. Antes estaba aparcada en Nikolaj Plads, ahora está aquí. No pasa nada. Sin embargo, éste es un caso en que no puedes evitar recelar.

—Ocurrió hace más de veinte años —empieza el conde—. Éramos un grupo de chicas y chicos desenfadados de Filthøj. Yo era el centro natural. Eran otros tiempos, los tiempos de la infancia dorada, pero de pronto todos nos separamos como arrastrados por los cuatro vientos. Algunos se casaron y otros acabaron en libertad condicional, o en una casa tutelada para jóvenes, o en rehabilitación o cumpliendo su primera sentencia. Henrik era una aportación muy vivificante para el grupo. Entonces se llamaba «Henrik el Santo», tenía unos padres muy creyentes. Entonces dejé de verlo durante diez años. Hasta que unas Navidades que fui a pasar en casa, me encontré con el castillo infestado de ratas. Una verdadera invasión. Llamamos a los exterminadores. ¿Y quién se presentó en el patio del castillo? Pues nada menos que Henrik. Fue un reencuentro de lo más entrañable. Ya tenía su propia empresa y un ejército de empleados. Pero como las ratas habían invadido el lugar de juegos de su infancia, quería encargarse él personalmente, por motivos sentimentales. Así que saqué una silla al patio y encendí un puro para disfrutar de la visión de un antiguo compañero de juegos trabajando. Henrik se paseaba lentamente por el patio, que es bastante grande. Traía una maleta con tapones de goma de diferentes tamaños, de los que se suelen utilizar en los laboratorios. Cada vez que encontraba un agujero, sacaba un tapón que encajase y, valga la redundancia, lo taponaba. Creo que encontró unos cincuenta hoyos, tal vez tardó una hora. Le bastó con dar una sola pasada por el patio para encontrar todos los agujeros. Dejó uno abierto, donde colocó un cartucho de gas de los que se solían utilizar para gasear a los topos, ahora está prohibido. Y me parece muy bien. Tenemos que ser compasivos con los animales. Pues bien, encendió el cartucho y se retiró rápidamente hasta otro agujero, donde se arrodilló. Entonces se puso unos guantes negros de goma. A continuación retiró el tapón del agujero. Tal vez transcurrió un minuto hasta que apareció la primera rata. Henrik la agarró con un movimiento rápido y seguro, y en el acto le rompió el espinazo. Hizo lo mismo con la siguiente. Y con la siguiente. Y la siguiente. Iba amontonándolas a su lado. El montón no hacía más que crecer. Al principio, las ratas se asomaban a intervalos, pero al final aparecían una detrás de otra. Y sin embargo, ninguna logró escapar. Y tampoco recibió ningún mordisco. Al final había ciento veintiocho ratas en el montón; los operarios las contaron antes de prenderles fuego. Entonces Henrik se quitó los guantes y rezó una breve oración. Fue una imagen que se me ha quedado grabada en la retina. El pelo rubio, las manos juntas. La oración. El montón de ratas muertas.

El conde ha revisitado su infancia feliz. Ahora vuelve al hotel d’Anglaterre.

—Volví a verlo en otra ocasión. En casa de uno de mis proveedores habituales. Debió de retrasarse en los pagos, me refiero al proveedor, porque de pronto Henrik estaba allí. Me metí debajo del sofá, así que no me reconoció. Entonces trabajaba en cobros en toda la ciudad de Copenhague, para las bandas de motoristas, los grupos de inmigrantes, la mafia polaca, empresas danesas. Nada de cicatería, a lo grande, magnánimo y de miras amplias. Mi proveedor pagó sin rechistar, muy pálido.

Rickardt pone el dedo sobre la imagen congelada.

—Es él. Esa voz fina. Tal vez podría haber sido cantante, un oficio muy honrado. ¿Quién sabe? A lo mejor podría haber llegado a hacerme los coros. Pero ¿qué hace en la iglesia del castillo? La verdad, me resulta sorprendente que vaya a participar en la conferencia.

—Ésa, mi pequeño Rickardt —dice Tilte—, es precisamente nuestra opinión.

Nos levantamos dispuestos a irnos. Mis ojos se clavan en el habano del conde. Él sigue mi mirada.

—Peter —dice—, ya sabes lo que te he prometido si no fumas. Un colocón guiado de Ketalar y una mamada cuando cumplas los dieciocho.

—¿Y la vitola? —digo—. ¿También me la regalas?

Todos me miran. Toco con cuidado la vitola dorada y roja del habano. Noto cierto desconcierto alrededor de la mesa. Se preguntan si la presión ha sido demasiada para Peter. ¿Le habrá hecho recular a lo que los místicos llaman regresión astral? La regresión astral consiste en que vuelves a la infancia y de pronto, a los catorce años, empiezas a coleccionar todo lo que brilla.

No les doy ninguna respuesta. Lo máximo que les concedo es una mirada enigmática tras mis largas y curvas pestañas.

Nos disponemos a salir, yo me detengo en la recepción. En la pared cuelgan unas fotografías enmarcadas y firmadas de diferentes celebridades que se han hospedado en el hotel. Reconozco a Cruyff, Pelé y Maradona. Y a Conny. Aparece sonriente en una gran fotografía, y en una esquina inferior ha escrito: «Gracias a la dirección y al personal por dos maravillosas semanas.»

Cuando una foto es buena el retratado se hace presente. Y lo que ahora está encumbrando a Conny a la fama es la manera en que se hace presente. Así pues, además de mis otras penas y preocupaciones, me encuentro ahora en la recepción del hotel d’Anglaterre con el corazón partido y desgarrado, si es que puede decirse de esta manera.

La presencia de Conny es tan patente que a punto estoy de no fijarme en el mensajero de uniforme verde que en este momento deja un cortapernos, una sierra de arco para metal y dos limas metálicas sobre el mostrador y dice:

—Es del Ministerio de Educación. Para entregar a Alexander Finkeblod.

Vaya, es algo a lo que tendré que echarle un ojo, a pesar de que mi corazón se esté desangrando. A continuación aparece un ayudante de camarero por la derecha, empuja una mesa con rueditas aderezada con un brunch para cinco personas, y la recepcionista deposita las herramientas sobre la mesa.

—Llévalo a la cuarta planta —dice—. Han reclamado una llamada que hay que pasarles de un tal A. Wiinglad. Diles que nuestra centralita echa humo y que no nos hemos olvidado de ellos, se la pasaremos en cuanto entre.

Seguramente conoces muy bien la situación en que el equipo contrario está atacando implacablemente, pero de pronto tu defensa les roba el balón y te hacen un pase perfecto al punto del penalti y tú te encuentras justo en el lado correcto de la línea de fuera de juego y de repente te ves avanzar directo al gol sin pensar en nada.

Es lo mismo que ocurre ahora: el ayudante de camarero avanza empujando el carro, yo les hago una señal a los demás, cojo las gafas de sol de Ashanti y sigo al chico a través de la recepción y subo tras él al ascensor.

Tiene unos años más que yo, y se le ha pegado una parte de la distinción del hotel. Sin embargo, me doy cuenta de que juega al fútbol. Resulta difícil determinar en qué posición exactamente, Ejnar el Faquir suele decir que el fútbol ejerce una notable influencia en el carácter de las personas. Yo pienso que el fútbol es un camino espiritual en el que entrenas una conciencia común con tus compañeros de equipo, la capacidad de concentración, la presencia y la pureza de espíritu puesta al servicio de una sola meta, a saber, meter el balón en la red de un pepinazo, y reconozco algo de esto en este chaval.

—¿Brøndby o FCK? —pregunto.

—FCK.

—Pues falta un cuarto de hora para el partido. Yo me pondré mi camiseta del FCK.

Suena bien. Para un natural de Finø sólo existe el Club de Fútbol Finø, pero es de buena educación hacer ver que se poseen conocimientos de un equipo de segunda categoría.

La distinción ha quedado borrada, ahora tengo a mi lado el principio de un compañero.

—Te dispones a servir a mi tío preferido, Finkeblod —le informo—. Hoy es su cumpleaños, vamos a gastarle una bromita, de ahí las herramientas. Tiene un agudo sentido del humor. Lo que haría que hoy fuera un día inolvidable para él sería que tú me prestaras tu chaqueta y me concedieras cinco minutos para que yo le sirva en tu lugar. ¿Qué me dices? —Del bolsillo saco un billete de quinientas coronas del dinero para los gastos de casa y dejo que brille a la luz del techo—. Cumple cincuenta —añado—. Y es la persona más amable y simpática del mundo.

El chico se quita la chaqueta. Me la pongo y luego me calo las gafas de sol de Ashanti. Los espejos del ascensor me dicen que incluso mi propia madre tendría que mirarme por segunda vez para reconocerme.

El chico me tiende la mano.

—Max —se presenta—. En el club AB me cantan «Maxito mete el gol ahora mismito».

—Peter. Significa «piedra» en latín. En Finø dicen que soy la piedra fundamental de los All Stars de Finø.

Entonces bajo del ascensor, llamo a la puerta, la abro y empujo el carrito hacia el interior de la habitación.

Entro en lo que parece una suite nupcial. En cualquier caso, no habría tenido ningún inconveniente en pasar mi noche de bodas aquí, de no ser porque mi vida está consagrada a los recuerdos.

La suite consta de dos grandes habitaciones con ventanas que dan a Kongens Nytorv y un confort que desafía al de La Dama Blanca.

A una mesa están sentados Anaflabia Borderrud y la esposa de Thorlacius-Drøbert; detrás de ellas, de pie, el gran especialista en cerebros.

Ninguno me mira. En parte se debe a que el personal en ciertos lugares selectos se vuelve invisible hasta confundirse con las alfombras, en parte a que toda su atención está dirigida a la comida de una manera casi diría que hipnótica, y se entiende el porqué. Es muy probable que no hayan probado bocado en todo el día, porque esta mañana, en el restaurante del barco, no consiguieron zamparse nada antes de verse involucrados en la batalla campal previa a ser esposados. Y ahora han conseguido huir con las manillas puestas, así que deben de haber quemado muchas calorías.

Tal como se les ve, no sólo tienen hambre. Languidecen.

También están conmocionados, se les nota en la manera en que los tres intentan ocultar las esposas, lo que también es comprensible. Despierta compasión y respeto pensar que debieron de huir de Lars y Katinka y llegar al hotel d’Anglaterre sin ser atrapados; eso dice mucho de lo que ciencia y religión son capaces cuando unen sus fuerzas.

Cuando empiezo a disponer la comida suena el teléfono. Thorkild Thorlacius lo coge; no le resulta fácil porque tiene las manos a la espalda, su mujer se ve obligada a sujetárselo. Reconozco la voz de la recepcionista que anuncia la llamada de Albert Wiinglad.

Puedes descubrir muchas cosas de una persona observando el lío que es capaz de montar a través del teléfono. Cuando Thorkild oye la voz en el otro extremo de la línea, intenta ponerse recto, como si lo hubieran pillado robando platija curada.

—Ah —dice—. Muy bien. Me alegro. Nos hallamos en el d’Anglaterre. Sí, sé que estamos en busca y captura. Sí, también sé que es la segunda vez. A decir verdad, en esta ocasión se debe a la incompetencia de la policía. Pensamos presentar una queja. Esperamos que esos dos detectives sean suspendidos de empleo y sueldo y acusados de arbitrariedad.

Frente al hotel pasan dos coches patrulla con la sirena encendida. El penetrante ruido y tal vez una incipiente manía persecutoria ante cualquier cosa que huela a policía hace enmudecer a Thorkild Thorlacius. Reparo en la gran cantidad de policías que hay en Kongens Nytorv. Entonces percibo el orgullo y la tensión que envuelven a Copenhague debido a la celebración de Gran Sínodo, la ciudad parece vibrar.

Al tiempo noto, o mejor dicho, oigo otra cosa, en cierto modo banal pero también tan sorprendente que a bote pronto no acabo de entender qué es. El ruido de sirenas que inunda la suite nupcial y que ha obligado a Thorlacius a interrumpir sus quejas y lamentos también proviene del teléfono que su esposa sujeta en la mano.

El sonido se extingue y Thorkild Thorlacius vuelve en sí.

—Y esos niños fugitivos —prosigue—. Sí, ellos. Tenemos motivos para creer que se encuentran en Copenhague. Nos pareció verlos disfrazados a bordo del barco. Si quiere saber mi opinión profesional, constituyen un grave peligro para la población.

Su interlocutor le dice algo. Algo que obliga a Thorkild Thorlacius a sentarse.

—Ajá —dice.

Busca papel y lápiz, no es fácil con las manos a la espalda.

—¿Cómo que un código? —dice—. Suele bastar con mi nombre. Soy una personalidad conocida en los medios. Entre otros, la televisión.

Garabatea en un papelito y luego escucha algo que al parecer lo solivianta, ya que cuando al poco su interlocutor cuelga sin más, Thorkild intenta darle un cabezazo al auricular.

—Vaya falta de respeto —espeta—. Dice que nos quitemos de en medio, que no nos inmiscuyamos. Ha tenido la desfachatez de proponer que nos buscáramos otra afición que no sea agredir a la policía. Me ha dicho que me dedique al lapdance. ¿Qué es eso?

—Es por su naturaleza de jesuita —dice Anaflabia Borderrud—. Corre el rumor de que fue sacerdote católico antes de ingresar en la policía.

—En los ministerios se le conoce como «el Cardenal». —Es la voz de Alexander Finkeblod, y proviene de la habitación contigua, por eso todavía no lo he visto—. Ha llegado a lo más alto —prosigue—. Ocupa uno de los escalones más altos en la Interpol. Lo han llamado aquí para ocuparse de la seguridad durante la conferencia.

Su tono es ceremonioso. Osaría decir que los cargos superiores en organismos extranjeros aparecen entre los sueños más calenturientos de Alexander Finkeblod.

—Me dio un código con el que tenemos que identificarnos para que nos permitan entrar en la conferencia —dice Thorkild Thorlacius—. Nunca antes había tenido que identificarme en actos oficiales. Hablaré del asunto con mi muy buen amigo el ministro de Interior.

Destapo la fuente de los huevos revueltos calientes y pequeñas salchichas de cóctel. El aroma levanta a Thorkild Thorlacius de la silla.

Eso me brinda la oportunidad de hacer dos cosas. En primer lugar, meterme el papelito donde Thorlacius ha anotado el código de acceso en el bolsillo. Y luego colocarme de manera que pueda espiar la otra habitación. Alexander Finkeblod, que también debió de escapar de la policía, está echado en un diván, y la secretaria Vera, sentada a su lado, le está masajeando la cabeza.

Es una visión que me colma de dicha. Revela la fuerza transformadora que anima la relación entre hombres y mujeres. Hace apenas cuatro horas, no había razón para dudar de Vera cuando afirmó ante la policía que no soportaba tocar a los hombres. Y hasta este momento, yo y la gran mayoría de gente en Finø estábamos convencidos de que, aparte de la posible excepcion de Baronesse, no había ser humano dispuesto a acariciar voluntariamente a Alexander Finkeblod.

Ambos prejuicios acaban de quedar desvirtuados.

Y eso me proporciona un súbito entusiasmo que me hace perder una pizca de mi sólida imperturbabilidad. Impulsivamente me levanto un poco las gafas de sol para poder guiñarle el ojo a Finkeblod en señal de aprobación.

Uf, si no me he pasado de la raya al menos he llegado a ella. Así pues, me apresuro a sacar el carrito de la habitación, le devuelvo la chaqueta a Max, le coloco las gafas de Ashanti, meto las quinientas coronas en su pechera y le susurro:

—Nos vemos en la cancha.

Luego pulso el botón de llamada del ascensor.

A mis espaldas se oye un gorgoteo, un tintineo de esposas y una caída de algo pesado. Lo más probable es que Alexander Finkeblod haya intentado levantarse atropelladamente desde su posición horizontal.

—¡El camarero, el chico! ¡Es él! ¡Peter Finø! ¡Ese maldito mocoso!

Oigo que Anaflabia y Thorlacius intentan retenerlo.

—Tranquilo —dice Thorlacius—. Todos estamos bajo presión. Los estudios demuestran que en situaciones de severo estrés sufrimos alucinaciones...

Llega el ascensor, entro. Finkeblod sale de la habitación, y de nuevo debo expresar mi admiración por la solicitud con que el Ministerio de Educación selecciona a sus funcionarios: el hombre está atado de pies y manos y, aun así, se mueve como un proyectil. Con el torso aplasta a Max contra la pared. Anaflabia y Thorkild Thorlacius salen detrás de él con cara de espanto.

Max se quita las gafas de sol de Ashanti. Alexander mira fijamente el rostro que tiene delante.

—Es imposible —gimotea—. Hace un momento he visto la cara del chico fugado.

Las puertas del ascensor se cierran. Lo último que oigo es la voz de Max.

—¡Súelteme! Voy a llamar a la policía. Me parece que os tienen bien fichados, a juzgar por las esposas. Pero por quinientas coronas podría reconsiderarlo y olvidarme de lo ocurrido.

Hans, Tilte, Ashanti, Basker y yo estamos sentados en el coche y vemos Kongens Nytorv, en este momento un paisaje efímero para nosotros. En breve, Hans pondrá en marcha el coche y nos llevará a la comisaría de Store Kongensgade. De este modo, si lo hemos entendido bien, se impedirá que cuatro personas expolien tesoros religiosos por un valor de mil millones, y ésa es la parte positiva. Pero luego llegara la detención de mamá y papá, su juicio y su condena, y para mí una larga temporada en un centro de menores, y para Tilte una pensión juvenil vigilada, además de malos presagios para Basker, que en el mejor de los casos acabará en una residencia canina.

Hemos hecho todo lo que estuvo en nuestras manos. No pudimos hacerlo mejor.

Entre lo ya hecho y lo pendiente de hacer hay este breve intermedio. Me gustaría llamar la atención sobre él. Los estudios de Tilte y míos nos han enseñado que los más grandes místicos han señalado que los intermedios ofrecen una oportunidad especial para comprender que las preocupaciones son algo que uno mismo crea y que sólo hay un lugar para liberarse de ellas: el aquí y el ahora.

Al instante siguiente, el flujo de ideas te arrastra y la visión de Kongens Nytorv, del solitario autobús rojo de dos pisos, de los turistas, las palomas y la furgoneta negra cuya matrícula empieza por TH, te subyuga.

Pero entonces vuelves a tener la posibilidad de ponerte a salvo en el ahora, en el coche, y ver a tus hermanos y alegrarte de encontrarte aquí y ahora.

En este momento, Ashanti empieza a cantar muy quedamente, y no hay manera de discernir las palabras, pero me temo que se trata de una cancioncita vudú, ojalá que no sea una loa a Haití, un bebé en medio del envolvente mar Caribe. En cualquier caso, la voz de Ashanti llena el coche como una pócima mágica.

Intentamos seguirla en los estribillos, compuestos de varios versos, y finalmente dejamos que se extinga la última nota. Se podrán decir muchas cosas de nosotros, pero tenemos el temple de dirigirnos hacia el patíbulo cantando.

Hans posa las manos en el volante. El futuro ha llegado.

Entonces Tilte se inclina hacia delante.

—Todavía queda una hora —dice—. Acordamos dos horas.

Ninguno de nosotros recuerda haber participado en un pacto. Lo que sí recordamos es que Tilte dijo: «Dos horas.» Pero no es fácil oponerse a las fuerzas de la naturaleza.

—Tengo un recado que hacer —añade Tilte—. Nos vemos en el apartamento de Toldbodgade dentro de una hora. Luego se hará cargo la policía.

La conmoción nos acecha. Sin embargo, logramos volver a ponernos a salvo en el presente, donde, por lo que dicen, no deberían agobiarnos las preocupaciones. El primero en ponerse a salvo es Hans.

—Ashanti y yo aprovecharemos el tiempo para preparar a su familia —dice—. Han llegado con la delegación de Haití.

Se presiente la sabiduría que esconde este propósito. Papá y mamá de Puerto Príncipe se habían imaginado que en Copenhague casarían más que bien a su hijita, y de pronto comprobarán que el novio es un mirón de estrellas de dos metros tan pobre como un ratón de iglesia.

Tilte se dispone a bajar y yo toso discretamente.

Todos me miran. Es como en los cuentos: nadie cuenta con el hijo menor. Todos esperan que el pequeño Peter volverá en el coche a Toldbodgade y empleará el tiempo mientras Hans y la elegida hablan con los suegros para evitar estorbar y no hacerse notar.

De mis bolsillos saco la vitola del puro habano del conde Rickardt.

Es dorada. Con un dibujo en rojo de una mujer de perfil. Sobre la cabeza lleva un antiguo yelmo griego. Debajo pone: «Palas Atenea. Atenas. Abakosh.» Y un número de teléfono. Y una dirección en Gammel Strand. Saco el papel de la estancia secreta de la residencia parroquial. Se lo muestro a los demás para que vean lo que hay escrito con boli en la parte inferior: «pallasathene.abak@mail.dk».

Tiendo la mano hacia Tilte.

—Dame el teléfono de Katinka —pido.

Marco el número que aparece en la vitola. Pongo el altavoz del móvil.

Resulta difícil explicar con exactitud lo que tiene lugar en mi interior. Pero si tú también juegas al fútbol tal vez recuerdes que llega un momento en que por fin te atreves a avanzar solo. A mí me llegó durante la primera temporada en el primer equipo. Fue uno de los momentos mágicos de los que te he hablado. Me dieron un pase largo, pero los centrocampistas habían retrocedido hacia la línea defensiva y no tenía ningún apoyo. Sin embargo, sabía que tenía que tirar hacia delante. No fue una reacción lógica, no había tiempo de pensar, todo lo que podía sentir era que la puerta se estaba abriendo. Bajé el balón como si fuera un pajarito que se acomodaba en mi empeine, y luego sorteé a dos defensas que esperaban abatirme como a una mosca con un matamoscas, y luego finté al portero y entré en la portería con el balón al pie. Una vez allí comprendí que había ocurrido algo, que había traspasado una puerta. No la auténtica, la que conduce a la libertad, sino la que conduce a un vestíbulo, a la antesala de la verdadera libertad.

Y un momento de ésos sobreviene ahora, en el coche. Me doy cuenta de que esto es algo de lo que debo ocuparme yo mismo.

—Abakosh.

Es la voz de una mujer, y revela al menos dos cosas: un secreto y un plan que consiste en atraer a alguien interesado en descubrir de qué secreto se trata.

—Soy Peter —digo—. Quiero hablar con Palas Atenea.

—¿Tienes la contraseña, encanto?

Echo un vistazo al papel de papá y mamá.

—Brahmacharya —digo.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Luego vuelve la voz.

—Lo siento, pero Palas Atenea está ocupada. ¿Te paso con alguna de las otras diosas?

Driblo a ciegas con el presentimiento de estar en la buena senda.

—No. Ha de ser Palas Atenea —digo—. Tengo una cita con ella.

Un nuevo silencio. Oigo cómo se mueven sus dedos por el teclado.

—¿Podrías estar aquí dentro de un cuarto de hora?

—Allí estaré.

—Palas Atenea sólo podrá dedicarte veinte minutos.

—Pues veinte minutos con una diosa deberían compensar la finitud de un mortal. ¿No crees?

Eso derriba la distancia burocrática y la mujer suelta una risa ahogada.

—Desde luego —dice—. ¿Te envío un coche?

—Mi chófer acaba de aparcar mi Mercedes en Kongens Nytorv.

—¿Descorcho una botella de champán?

Los demás me miran.

—Si quieres —digo—. Pero te la beberás tú solita. Para mí tiene que ser sin alcohol. Ha empezado la temporada al aire libre y mi curva de rendimiento tiene que alcanzar el cénit en dos semanas. Y permanecer allí. Vivo como un monje.

—Nos encantará verte por aquí —responde ella.

Entonces colgamos. Abro la puerta del coche.

—Te acompañamos —dice Hans.

Sacudo la cabeza.

—Tienes que hablar con tus suegros, Hansito. Y eso ya es suficiente tarea.

—Sólo tienes catorce años —objeta Hans.

Me enderezo y sentencio:

—Llega un momento en la vida de un hombre en que debe seguir su propio camino.

Nunca he entendido la lógica que se esconde tras el callejero de Copenhague. Se llama Blågårds Plads, plaza de la Granja Azul, pero no hay ninguna granja azul. Se llama Kongens Nytorv, plaza Nueva del Rey, pero no hay ningún rey. Y se llama Gammel Strand, Playa Vieja, pero no hay ni asomo de una playa, y es posible que las casas alguna vez fueran viejas, pero todas han sido sometidas a un lifting que no sólo ha estirado la piel de las fachadas, sino que también ha sustituido todas las partes vitales de manera que parezca que se acabaron de construir ayer mismo y los propietarios han recibido las llaves hoy.

Y las llaves son doradas, en las placas de latón bruñido se leen nombres de agentes de cambio y bolsa y abogados de categoría superior habilitados para litigar en el Tribunal Supremo, y las puertas de las cocheras están reforzadas con verjas de hierro fundido y cámaras de vigilancia, y sobre la puerta que tengo enfrente hay dos, me refiero a cámaras de vigilancia.

En la placa pone «Abakosh» envuelto en una parra, pero no hay ningún botón en el interfono. Así pues, me coloco entre las dos cámaras y mientras espero me asalta la sensación, he de reconocerlo, de que tal vez pretendo abarcar más de lo que soy capaz de manejar.

No es una sensación frecuente en mí. Puedes preguntarle a quien quieras en Finø, todos te dirán que Peter Finø siempre actúa dentro de los límites de su natural comedimiento. Si alguien, por casualidad, te mencionara que una vez me presenté al concurso de Míster Finø en la playa del puerto, permíteme que insista en que fue a resultas de una maligna conspiración, y permíteme, además, que ponga punto y final a todos los rumores contándote exactamente qué fue lo que pasó. Todo obedeció a que Tilte había invitado a Kaj Molester Lander, condiscípulo suyo, a su vestidor para que pasara por el ataúd, y eso sólo se explica porque a veces el deseo vehemente de Tilte de ayudar a la gente a mejorar su carácter le impide ver los casos perdidos.

A fin de colaborar con Tilte y aumentar las posibilidades de que Kaj, a pesar de todo, pudiera finalmente escudriñar su conciencia, si es que tiene, yo había grabado unas secuencias del Libro Tibetano de los Muertos y las había guardado en un reproductor MP3 puesto a dos tercios de la velocidad normal que luego escondí en el forro del ataúd. Una vez Kaj Molester se hubo acomodado en su interior y hubimos cerrado la tapa, lo puse en marcha con un mando a distancia.

La verdad es que era una grabación muy elocuente. A una velocidad más lenta de la normal, mi voz sonaba como si el príncipe de las tinieblas le estuviera hablando directamente; yo estaba convencido de que funcionaría.

Y así fue. Kaj Molester salió disparado del ataúd y bañado en sudor frío. Pero en lugar de aprovechar la situación para preguntarse de dónde provenía ese miedo, que suele ser la política que recomiendan las grandes tradiciones espirituales, Kaj Molester cruzó la calle a la carrera y se chivó a sus padres, quienes, un cuarto de hora más tarde, se presentaron en la residencia parroquial, y ésa precisamente fue la causa directa de que Tilte se viera obligada a devolver el ataúd.

En lugar de apreciar mis buenas intenciones, Tilte se amargó tanto que selló una alianza con Kaj Molester, algo que puede considerarse a la altura de las grandes traiciones de la historia universal.

Su malévolo plan consistía en que Kaj me llevara con engaños hasta el campo de entrenamiento prometiéndome que se pondría de portero para que yo pudiera ensayar mi famoso disparo con rosca con el empeine del pie. Mientras tanto, se estaba celebrando el concurso de Míster Finø y de pronto apareció Tilte corriendo para decirme que Ejnar Tampeskælver el Faquir me estaba buscando para otorgarme la copa al esfuerzo del Club de Fútbol Finø y concederme todos los honores que me merecía. Ejnar quería darme la copa personalmente sobre el escenario y por eso me pedía que me presentara con el equipamiento del club y, de ser posible, con la barriga al aire para resaltar el sudor que me había supuesto llegar hasta allí.

Yo suelo confiar en la gente, y con ese espíritu subí al escenario, sin saber que los reunidos, más de mil entre residentes y turistas, acababan de presenciar el desfile de nadadores noruegos y regatistas daneses de dos metros de estatura y cien kilos de peso, que se habían pavoneado por el escenario untados de aceite.

Así pues, esa vez no cuenta. Suelo tantear el terreno con mucha cautela.

—No aceptamos ni diarios ni publicidad.

Es la voz de la mujer en el interfono; los altavoces deben de estar instalados en la placa.

—Pues me alegra —digo—. Porque no tengo diarios ni publicidad. En cambio tengo una cita con Palas Atenea, así que deberías abrirme.

La puerta se abre. Sin embargo, he percibido cierto titubeo.

No sé si las casas de Gammel Strand siempre han sido entramadas y con pequeñas ventanas por fuera y como templos griegos por dentro, pero así es este portal.

La escalera es ancha como una carretera y está flanqueada por columnas, y todo es de mármol. Conduce hasta una recepción con más mármol, tras cuyo mostrador está sentada una mujer de pelo rubio, sandalias griegas y una toga tan escotada que uno se vería en un apuro si tuviera que decir si está desnuda o vestida.

En las paredes hay frescos, pero el estilo no es el mismo que el de la iglesia del pueblo de Finø, porque éstos representan a hombres y mujeres desnudos que beben vino tinto de algo que parecen boles de sopa, o que son azotados en el trasero con ramas de cuaresma, o que están sentados en bancos y sillas con expresiones tristes, tal vez porque piensan que pronto les llegará el turno de los azotes, tal vez porque no saben quién se ha llevado su ropa.

—Pareces muy joven.

Hay una tendencia filosófica que ha creado escuela en Finø, y también en otros lugares de Dinamarca, según la cual las rubias escotadas tienen un gran corazón pero una cabeza hueca. Ésta le da una estocada mortal a esta teoría: es fría como una nevera y da la sensación de procesar información a gran velocidad.

—La mayoría de los que me han dicho eso —replico—, ahora están ocupando espacio en los cementerios daneses.

No puede evitar una risita y, sin embargo, se enfrenta a un dilema, no sé cuál, así que sigo driblando a ciegas.

—Andrik te acompañará —dice al fin.

El hombre que de repente está detrás de mí se ha acercado con tal sigilo que no lo he oído. Él también viste una toga y tiene un pelo de estatua griega. No sabría decirte qué dios se supone que representa, el día que repasaron la mitología griega en el colegio yo estaba ausente. Sin embargo, si los psicópatas asesinos tienen un dios, él sería un buen aspirante a ocupar el puesto. Tiene la constitución de un decatleta, ojos azul celeste, e irradia la energía de uno de esos matones peligrosos que frecuentan los campos de fútbol, gente que transmite la sensación de poseer muchos dones que han puesto al servicio de una causa malvada.

Me abre una puerta y entramos en una estancia que borra la última esperanza de que esta casa tenga algo que ver con la antigua ciudad de Copenhague, si es que alguna vez albergué tal esperanza. Tiene al menos doscientos metros cuadrados y un techo de cristal a través del cual se ve el cielo azul, y hay suficientes plantas para convertirse en el gran invernadero del jardín botánico de rhus.

Sin embargo, no estamos en el jardín botánico, porque las plantas están dispuestas formando una especie de compartimentos. En cada compartimento hay una bañera de mármol donde se repantingan unos hombres a los que unas mujeres que podrían ser, aunque probablemente no lo sean, gemelas de la rubia de la recepción, les lavan las orejas. En medio de la vasta sala hay una mesa con botellas de champán en cubiteras, pero no tengo tiempo de averiguar cuál es la botella sin alcohol y, además, no tengo sed. También hay algo que recuerda a una nevera iluminada, equipada con higrómetro y una puerta de cristal. Tras el cristal hay cajas de puros habanos y apuesto lo que sea que las vitolas son iguales que las del puro del conde Rickardt.

Andrik abre otra puerta que conduce a un vestuario de mármol.

—Te desnudas aquí —me indica—. Y luego sigues recto hacia delante.

Sobre un banco hay una sábana de baño de rizo blanco del tamaño y el grosor de una piel de oso polar. Cuando Andrik desaparece, me echo la sábana alrededor de los hombros y entro en la siguiente estancia.

Aquí se acaba el mármol. En cambio hay bastante dorado y rojo, y dos tarimas. Sobre una de ellas hay una cama de matrimonio; sobre la otra, un bidé.

Una taza de café humea sobre una mesita, junto a unas gafas y una agenda de piel marrón.

Me acerco a la mesita. Oigo que en la habitación contigua alguien se está cepillando el pelo. Abro la agenda por la H de Hogar. Todo el mundo tiene un teléfono móvil, ya nadie es capaz de recordar los números de los teléfonos fijos; en cualquier caso nosotros en la residencia parroquial no tenemos.

Por lo visto, tampoco Palas Atenea. En Hogar aparecen ocho cifras que introduzco en mi teléfono móvil; ruego que la inteligencia policial no intervenga mi lista de contactos. No hay ninguna dirección. Cierro la agenda. No sé por qué lo he hecho. Tal vez para averiguar si las diosas también tienen una dirección privada.

Tomo asiento en una silla.

Palas Atenea hace su entrada.

Debe de medir uno ochenta y ocho sin zapatos. Una altura que sólo con que tenga un poco de habilidad con el balón la llevaría directamente al puesto de escolta del primer equipo femenino de baloncesto del Club de Fútbol Finø.

Sin embargo, no va descalza, lleva unos zapatos rojos de tacón alto que, como mínimo, añaden quince centímetros a su estatura. Además, lleva una peluca pelirroja y encima de la peluca el yelmo griego ya conocido de los puros habanos.

Aparte de eso, sólo luce unas braguitas rojas, mucho pintalabios y una amplia sonrisa que resulta tener una fecha de caducidad muy breve, pues al verme desaparece por completo.

Quiero subrayar que normalmente nunca describiría a una mujer desnuda en detalle, ni siquiera para mis adentros. Cuando hago una excepción, como ahora, es por razones pedagógicas, para que me quede bien claro a qué me enfrento.

Así pues, debo mencionar que las tetas de la mujer no sólo son grandes, sino tan grandes como dos pelotas de baloncesto tan hinchadas que podrías ponerles un cordel y venderlas como globos de helio a los niños en el parque de atracciones Friheden de rhus.

Se queda de pie mirándome de arriba abajo, luego recoge una especie de quimono de la cama, se envuelve en él y se sienta. Se retira el yelmo y lo deja sobre la mesa.

Por su expresión se desprende que ya no nos encontramos al sol del sur, sino al norte del círculo polar.

—A tu edad —dice—, necesitamos un permiso de tus padres.

—Pues va a ser difícil, porque han desaparecido. Es por eso que he venido. Dejaron el nombre de este lugar escrito en un papel.

Le paso la hoja con la anotación de mamá. Ella coge las gafas de la mesa, le echa un vistazo y me la devuelve.

—¿Cómo se llaman tus padres?

Le doy los nombres. Ella sacude la cabeza sin dejar de mirarme.

—No me suenan. ¿Quién te dio esta dirección?

No contesto. No quiero delatar al conde.

—¿Y la contraseña? —añade lentamente—. ¿De dónde la has sacado?

No puedo contestar sin revelar las fechorías de mamá y papá. Así que no contesto.

—Saberlo es importante para nosotros —dice con tono amenazante—. La contraseña. ¿Quién te la dio?

Ya no me fijo en su vestimenta ni en el pintalabios. Ahora sólo me quedo con la sensación de hallarme ante una persona provista de una gran fuerza de voluntad y que sabe cómo utilizarla.

Debe de haber pulsado algún timbre oculto porque de pronto el psicópata asesino está a mi lado y una vez más no lo he oído llegar.

—Andrik —dice la mujer—, este chico tiene una contraseña que no es suya. Y se niega a contarme de dónde la ha sacado.

Andrik asiente con la cabeza. Estoy entre dos personas muy preocupadas.

—Podría llevármelo a los baños de vapor para interrogarlo —propone Andrik.

No puedo hacer conjeturas acerca de su técnica de interrogatorio. Pero no parece demasiado probable que intente sonsacarme ofreciéndome caramelos de menta y palmadas de ánimo. Lo más factible es que me meta la cabeza bajo el chorro de vapor y que luego me rompa la crisma contra el suelo.

—Soy camarero —digo—. A uno de los clientes del restaurante donde trabajo se le cayó la vitola de un puro. La dirección y el número de teléfono estaban ahí. La contraseña anotada en la cara interior.

Me miran. La mujer asiente con la cabeza.

—Podría haber ocurrido así —dice—. Andrik, ¿serías tan amable de acompañarlo a la puerta? Por las escaleras de atrás.

El hombre no me toca, no hace falta, sólo se acerca ligeramente a mí y eso basta para que me ponga en marcha. La mujer abre una puerta en el otro extremo de la habitación.

Las llamadas escaleras de atrás tienen tal categoría que sólo los muy ricos soñarían con tener algo parecido ante la puerta principal de su casa. Cuando llegamos al rellano, la mujer carraspea.

—¿Cuánto hace que desaparecieron tus padres?

—Cuatro días.

Andrik y yo emprendemos el descenso. Ella vuelve a aclararse la garganta.

—Andrik. No es más que un niño.

El hombre asiente con la cabeza, me parece que con una leve decepción.

Cruzamos un patio donde hay palmeras en maceteros y un Jaguar Vintage rojo. Andrik debe de disponer de un mando a distancia, porque se abre una puerta doble y salimos a un callejón. Andrik mira en ambas direcciones, la calle está desierta. Me agarra del brazo y aprieta.

—O sea que eres un llorica —dice.

En esto se equivoca. La diminuta lágrima que ha aparecido en el rabillo de mi ojo se debe a la pena que siento al pensar en la venganza que indefectiblemente tendré que tomarme contra él en un futuro muy próximo por apretarme el brazo con tanta fuerza.

—Me parece que ésta será la primera y última vez que te vemos por aquí —dice—. ¿Lo has entendido?

—Claro —digo—. ¿Ellos sí tienen vía libre para entrar? —Y miro hacia la oscuridad del portal que acabamos de dejar atrás.

Es el truco más antiguo del mundo, pero también uno de los mejores. Si se emplea bien, ilustra magníficamente lo que todos los grandes místicos permiten aventurar: que las palabras crean la realidad.

Además, es la base de «la finta del basurero» tan conocida en el balonmano y el fútbol: miras hacia un lado y avanzas por el otro.

Andrik es rapidísimo, hay que concedérselo. Gira sobre los talones y echa un vistazo hacia el portal para ver quién se ha colado. Y es un hombre precavido, porque no suelta mi brazo.

Pero con eso no basta. La situación se le ha escapado de las manos.

Me desmarco, como he hecho tantas veces, apretujado entre tres defensas que podían haber realizado un trabajo de apisonadora si lo hubieran querido. Hago un giro sobre el pie izquierdo y le suelto un patadón en el trasero.

Es un hombre con una excelente forma física, sus nalgas son como balones de fútbol, prietas y maleables. Las alcanzo con el empeine.

Si desconoces los detalles más sutiles del fútbol, te diré que un gran chut no procede de la pierna, sino que arranca en los músculos del abdomen. Cuando es verdaderamente bueno, la pierna hace las veces de eje, y éste es uno de los mejores. Me acompaño de todo el cuerpo y le doy limpiamente. Andrik se precipita en medio de la oscuridad del portal del que ha salido.

Le lanzo la toalla blanca que todavía llevo sobre los hombros.

—Andrik —le digo—, ¿tú qué opinarías si los dos intentáramos recordar lo que es la compasión? Para que esto no se nos vaya de las manos.

No recibo respuesta, pero tampoco contaba con ello, pues ya se ha puesto en pie para perseguirme.

Tiene una velocidad decente. Sin embargo, él se ha hecho aquí, entre bañeras de mármol y botellas de champán, no en el césped de Finø, y sus nalgas apenas han empezado a recuperarse, así que lo dejo atrás antes de llegar a Højbro Plads.

Aun así, no reduzco la velocidad. Un tipo como Andrik sería muy capaz de subir a su coche y empezar a dar vueltas por el centro de la ciudad soltando espumarajos hasta encontrarme. Por tanto, sigo corriendo como una gacela, dejándome guiar por las sensaciones, ya que, ¿qué otra cosa puedo hacer en una ciudad desconocida? Corro por las callejuelas que discurren paralelas a Strøget hasta Kongens Nytorv, donde avanzo agachado entre los coches aparcados en el lado de Nyhavn.

Luego paso por delante del autobús rojo de dos pisos y atisbo al conductor.

Él no me ve, pues está besando a una mujer sentada en el asiento detrás del suyo. Y no se trata de un besito en la mejilla, sino de uno de esos besos donde todo lo que rodea a los amantes desaparece y pasan a primer plano los pétalos que caen suavemente, las mariposas y los violines que lloran de felicidad.

Así pues, me da tiempo de asegurarme. Sí, no me cabe ninguna duda. Es Lars, detective del servicio de inteligencia policial. Y la mujer es Katinka.

Por un lado, me resulta normal. Lars y Katinka han hecho realidad lo que les oí considerar a bordo de La Dama Blanca, y han cambiado de oficio.

Es comprensible. Es fácil imaginarse que muchas personas que tienen un empleo en el que corren el riesgo de ser derribados por tipos como Alexander Bister Finkeblod, Anaflabia Borderrud y Thorkild Thorlacius se apresurarían a reciclarse cuanto antes.

Por otro lado, el asombro y una idea se imponen, aunque no les concedo la atención que se merecen, pues la conciencia de tener a un asesino en serie como Andrik pisándome los talones me obliga a mantener un paso ligero.

Cruzo Amalienborg Slotsplads y enfilo una calle pequeña al final de la cual diviso el puerto. No he visto ni rastro de Andrik, así es la vida en el Olimpo, demasiado néctar y ambrosía y poco footing. Empiezo a tener ganas de que llegue el momento en que pueda contarles mis progresos a Tilte, Hans, Basker y Ashanti, aunque no parecen señalar en una dirección clara.

Doblo por Toldbodgade. Del parking subterráneo sale una furgoneta negra que se aleja de mí. Veo su matrícula, T de Tilte y H de Hans, y los números corresponden a la fecha en que el Club de Fútbol Finø ascendió a la Superliga. Corro detrás de ella como un poseso, pero la furgoneta dobla la esquina y desaparece.

No me queda mucho aire en los pulmones, pero poco después logro entrar por la puerta del edificio dando traspiés y subo las escaleras de seis en seis.

La puerta está cerrada, pero la llave no está echada. El piso está vacío. Pasan diez minutos de la hora acordada. Normalmente diez minutos no significan nada para Tilte, ella suele decir que las grandes religiones operan con dos categorías de tiempo: el tiempo profano, que es el que indican los relojes, y el tiempo sagrado, que es el que sigue su itinerario. Según mi opinión, no es más que una mala excusa para llegar a los sitios cuando a ella le da la gana. Sin embargo, ahora es distinto. Ahora sé que debería estar aquí.

Empiezo a intranquilizarme. Busco rastros que mi hermana haya podido dejar.

El apartamento todavía es analizable. En cuanto se haya instalado la gente, los matices más sutiles se perderán en la montaña de trastos que todos acostumbramos a acumular, al menos así es en la residencia parroquial. Pero aquí aún no se ha instalado nadie verdaderamente. Por eso lo veo.

Al lado del cabezal de la cama hay un par de hileras de fotografías enmarcadas que todavía nadie ha colgado. Están vueltas de cara a la pared. Entre la última y la penúltima hay un rectángulo de cartulina muy pequeño. Pero llama la atención, al menos para un especialista en limpieza y orden, algo que me atrevería a decir que soy.

Me pongo en cuclillas para recogerla. Me agacho tanto que abarco el suelo con la mirada.

Desde este ángulo se aprecian los reflejos de luz de una manera distinta. Por eso me doy cuenta de que al lado del fregadero de la cocina, en la otra estancia, la luz destaca una zona donde alguien ha derramado algo en el suelo. Lo han recogido, pero nadie ha lavado el suelo y, por lo tanto, ha quedao una película.

Me acerco, humedezco un dedo, lo paso por el suelo y lo saboreo. Ligeramente dulce y ácido. Zumo.

Abro el armario de la limpieza, donde está instalado el cubo de la basura. Encima de todo hay un trapo de cocina. Lo retiro, debajo aparece una copa de vino rota. Recojo un trozo de cristal, tiene restos amarillentos de pulpa de fruta. Vuelvo a dejarlo en el cubo.

La gente normal y corriente bebemos zumo en vasos normales y corrientes. Tilte bebe zumo en copas de vino, dice que es una bebida sagrada que debe ingerirse ceremoniosamente.

Tilte ha bebido de la copa que hay en el cubo de la basura. Pero a ella no se le suelen romper las copas. Y de caérsele una al suelo, jamás dejaría los trozos de cristal en el cubo sin antes envolverlos en papel de periódico, nadie que viva en una familia de seis lo haría, sobre todo teniendo cada día cuatro bolsas de basura llenas que nos turnamos en sacar. Así pues, todos sabemos que, de no hacerlo así, quien saque la siguiente bolsa de basura y la agarre por debajo correría el riesgo de hacerse un buen corte.

El miedo se está apoderando de mí.

Puesto que tengo problemas para pensar con claridad durante un breve lapso, vuelvo a la cama para recoger el rectángulo de cartulina del suelo. A fin de cogerla tengo que mover una fotografía. Cojo la cartulina y devuelvo la fotografía a su sitio.

Entonces vuelvo a cogerla, le doy la vuelta y la miro bien. Es un niño en pantalones cortos y botas de fútbol después de un partido pasado por agua, pues se ve que se ha revolcado en el barro de lo lindo.

En su camiseta pone: Finø All Stars.

El niño soy yo.

No sé quién ha organizado el cosmos, pero de vez en cuando se echa de menos un poco más de sensatez y sentido común. Como si no tuviera bastante con lo que tengo ya.

La fotografía fue tomada por mi hermano mayor Hans después de mi primer partido con los Finø All Stars, en que marqué un gol de chiripa, casi me da vergüenza cuando lo recuerdo, pero todo vale en el fútbol, también las carambolas.

Sólo hay dos copias de la fotografía. Una la tengo yo. La otra se la regalé a Conny.

Recojo los cuadros enmarcados del suelo, uno por uno. Carteles de cine. Carteles del baile de fin de curso de la Academia de Baile de Ifigenia Bruhn en Finø Torv. Fotografías de niñas. Conozco muy bien a estas niñas. Son Smilla, Filla y Mandrilla, las tres hijas de la hermana de Conny.

Me acerco a la ventana, para al menos moverme y hacer que circule una parte de mi desasosiego.

Habrá los que, en un momento así, serían capaces de recordar el consejo unánime de los grandes místicos y mirar hacia dentro en busca de la puerta, tal vez tú lo seas, yo no. Me siento muy confundido. Si hay algo seguro en todo esto, es que este piso pertenece a Conny.

Miro sin ver nada. Sin embargo, algo debo de ver porque diviso un coche que se mete por la rampa del parking subterráneo.

Un Jaguar Vintage rojo.

Naturalmente, es muy improbable que sea el que he visto hace un rato en el patio de Palas Atenea.

En el alféizar de la ventana hay un teléfono. Levanto el auricular.

Marco el número de información, le doy el número de teléfono fijo que encontré en la agenda de Palas Atenea a la operadora y le pido la dirección.

—Es la de usted —dice la mujer.

Entonces se corrige a sí misma.

—No, disculpe. Es en la planta de abajo. Este número está registrado en la cuarta planta.

Tengo que apoyarme contra el alféizar de la ventana para mantener el equilibrio.

—¿A qué nombre está registrado?

—Maria. Maria y Josef Andrik Fiebelbitsel.

—¿No habrá también por casualidad un niño Jesus Fiebelbitsel?

—No sale ninguno —dice ella.

Solo en el apartamento, de pronto sé que alguien ha secuestrado a Tilte. Y tiene que ver con nuestra visita a Bellerad Shipping. Debieron de seguirnos desde allí.

Este pensamiento ejerce un efecto multiplicador sobre mí, algo que hasta ahora sólo me ha ocurrido un par de veces al año y sólo en el terreno de juego. En la siguiente jugada nadie podrá detenerme y, si hay un par de edificios de apartamentos de por medio, lo lamento mucho, pues sólo quedarán cascotes y gente sin hogar.

No siento que sea yo mismo quien tire de los hilos. Me llega desde fuera, del espacio sobre el puerto.

No espero a Hans. Salgo por la puerta, bajo una planta y llamo a la puerta.

Abre el bruto de Andrik. En el breve lapso de tiempo transcurrido desde que nos separamos le ha dado tiempo para ducharse; todavía tiene el pelo mojado. Y también para recoger a los niños en la guardería, porque los mellizos de unos tres años están pegados a sus piernas.

Pero como cabía esperar, no ha tenido tiempo de recuperarse de la coz recibida, se le nota en el dolor que trasluce la postura en que se mantiene de pie. Y en sus ojos asoma una expresión ligeramente dolorida. Una expresión que, al verme, se demuda en algo que no sería exacto denominar puro asombro, pero que tampoco es conmoción, sino probablemente un término medio entre ambos extremos.

—Quería hablar con Maria —digo.

Palas Atenea aparece, justo detrás y por encima de su marido, porque aunque se ha bajado de los zapatos de tacón y ha dejado el yelmo y la peluca, le saca una cabeza.

Los mellizos se dan cuenta de que la situación es tensa.

—Papá, ¿es peligroso? —pregunta un mellizo.

Andrik sacude la cabeza. De momento pospone hacer uso de la palabra.

Me dirijo directamente a Palas Atenea. Siempre se ahorra tiempo si te saltas los mandos intermedios y hablas directamente con la dirección.

—¿Puedo entrar?

Palas Atenea niega con la cabeza.

—Muy bien. Entonces volveré dentro de diez minutos y me invitaré a entrar. Seguido de seis policías fornidos con una orden judicial.

Me miran fijamente y se echan a un lado. Y yo entro.

El piso es el hermano mayor del de arriba. La disposición es la misma, pero aquí hay más espacio, más terraza y al menos dos habitaciones más. Palas Atenea me conduce hasta una de ellas y cierra la puerta.

Es una especie de jardín de invierno. Hay muebles de jardín, un techo de cristal, parras con racimos de uvas verdes, una pequeña pila de granito con un angelito desnudo y un surtidor de agua, vistas sobre el puente hasta Holmen y Langelinie.

—Nos han prestado el piso de arriba —digo—. Acabo de volver a casa, alguien ha secuestrado a mi hermana Tilte. Han dejado pistas. Tú sabes algo sobre la gente cuya contraseña utilicé. Necesito que me facilites sus datos.

Sus manos no tiemblan cuando saca un cigarrillo del paquete. Pero sólo es porque se concentra.

—Cada año mueren muchos jóvenes fumadores pasivos —le recuerdo.

Palas Atenea enciende el cigarrillo, lenta y concienzudamente, y suelta el humo evitando lanzármelo a la cara.

—Podrás soportarlo —dice—. Te he calado. Serías capaz de soportar que te pasara un carro de combate por encima. Y el carro saldría mal parado. ¿Cuántos años tienes?

—Veintiuno.

—Ajá. Pero aparentas catorce.

—Mi corazón es joven.

—¿Es cierto que le propinaste una patada a Andrik?

—Él me estrujó el brazo. —Me subo la camiseta y le muestro las marcas.

—A mí también suele hacérmelo. Pero te digo una cosa: a veces hay que devolver los golpes. He sido condenada siete veces por violencia de género. En el trabajo consigo contenerme, pero no en medio del tráfico. Por culpa de algún imbécil que le da a la bocina antes de que el semáforo se ponga verde. O que se acerca demasiado a la parte trasera de mi coche. Me saca de quicio, no puedo evitarlo. Me bajo hecha un basilisco, abro la puerta de sus coches y les suelto una hostia. Mi padre fue boxeador. En casa se repartían muchas bofetadas. Y eso te queda dentro como un patrón de conducta habitual. Aunque nunca he pegado a ningún niño.

Le da una calada al cigarrillo. La gente mantiene distintas relaciones con el humo, la mayoría conecta el piloto automático cuando fuma. Palas Atenea; no, disfruta cada calada con todo el cuerpo.

—¿Sabes qué es Abakosh?

—Un burdel —digo.

—Pero de una categoría superior. Andrik y yo dirigimos otros cinco, pero éste es nuestro buque insignia. Está diseñado alrededor de los misterios griegos. Ofrecemos a nuestros clientes una breve introducción a la meditación y profundización interior, forma parte del servicio. Disponemos de un amplio surtido de disfraces, como el vestuario de un teatro. Monjes, monjas, huríes, ángeles, dakinis, vírgenes María, Kwannon Bosato, mitras, sombreros de lama. Cubrimos cualquier necesidad. Y tenemos un éxito extraordinario. Por lo demás, la ubicación del establecimiento es la mejor: cerca del parlamento Folketinget, de la iglesia de Holmen, de las sedes centrales de los bancos, los ministerios en Slotsholmen, los bufetes de abogados del centro de la ciudad y las redacciones de los diarios de tirada nacional. Ganamos dinero a espuertas. Y hacemos feliz a la gente, le alegramos la vida. Andrik se ocupa de las mujeres. Una tercera parte de nuestra clientela es femenina.

Apaga el cigarrillo lentamente, y en su movimiento de pronto detecto ira.

—La parte mala, el dorso de la moneda, es que a veces monto en cólera. Amo a Andrik, ¿sabes? Tres meses al año lo envío a nuestra casa de campo en Tisvilde. Para no tener que ver a ningún hombre fuera del horario de trabajo. Durante esos meses viene a la ciudad cada dos fines de semana para visitar a los niños.

Nuestras miradas se cruzan, ella la sostiene, se desabrocha la camisa y se saca los pechos del sujetador.

—¿Sabes cuántas horas de operación hay en estos melones? Dieciocho. Tres operaciones, tres implantes en cada uno. Tienen una vida de diez años, tal vez quince. Los tengo muy doloridos. No permito que nadie me los toque, ni siquiera Andrik. Me dolían tanto que lloraba cada vez que daba el pecho a los mellizos. ¿Habías estado antes en un burdel?

Niego con la cabeza.

Palas Atenea se ha puesto en pie. En su interior sucede algo que no acabo de entender, estamos dando vueltas alrededor de algo hacia lo que nos dirigimos, pero no sé qué es.

—Vale. Entonces lo arreglaremos de la siguiente manera: te lo daré todo. Puedes metérmela por donde quieras, te la puedo chupar o sobar, puedes darte un baño con aceites esenciales o puedo azotarte el culete. Pero todo con condón y nada de besos. Y antes habremos dejado el corazón en el guardarropa. Ya sabes, nada de sentimientos. Cuando me preparo para una sesión siempre cumplo un ritual: en el vestidor tengo una cajita con una fotografía de los mellizos, e imagino que me saco el corazón y lo dejo en esa cajita. ¿Comprendes? Y funciona. Aunque, eso sí, durante tres meses al año odio a los hombres.

—Tengo una hermana —digo.

—No me van las mujeres.

—A ella tampoco. Pero tiene puntos de vista interesantes acerca de la ira. Basados en profundos estudios de los clásicos espirituales. Ella podría ayudarte.

—Nadie puede hacer nada, el mundo es como es.

En eso se equivoca. La mera idea de lo que alguien como Tilte podría hacer con un lugar como el Abakosh y una mujer como Palas Atenea me aturde. Pero me abstengo de mencionarlo. Todo a su tiempo, como dice el Antiguo Testamento, y ahora mismo no hay tiempo para distracciones.