RACHEL
Martes, 23 de julio de 2013
Mañana
Tardo un rato en darme cuenta de qué es lo que siento al despertar. Se trata de una sensación de euforia, atemperada con otra cosa: un pavor innominado. Sé que estamos a punto de descubrir la verdad, pero no dejo de tener la sensación de que ésta será terrible.
Me siento en la cama con mi ordenador portátil, lo enciendo y espero impacientemente que arranque para entrar en internet. Todo el proceso parece interminable. Mientras tanto, oigo a Cathy deambular por el apartamento, fregando los cacharros del desayuno y subiendo la escalera para ir al cuarto de baño a lavarse los dientes. Al pasar por delante de la puerta de mi habitación se detiene un momento. Me la imagino con los nudillos alzados, a punto de llamar, pero parece pensarlo mejor y vuelve a bajar la escalera.
Entro en la página de noticias de la BBC. La noticia principal trata sobre los recortes en las prestaciones, y la segunda sobre otra estrella más de la televisión de los setenta acusada de abusos sexuales. No hay nada sobre Megan, ni tampoco sobre Kamal. Me siento decepcionada. Sé que la policía tiene veinticuatro horas para presentar cargos contra un sospechoso y ya han pasado. También es cierto que, en algunas circunstancias, pueden retener a alguien otras doce horas más.
Sé todo esto porque ayer estuve investigando. Después de que me echaran de casa de Scott, regresé aquí, encendí el televisor y me pasé la mayor parte del día viendo las noticias y leyendo artículos en internet. A la espera.
Hacia el mediodía, la policía dio el nombre de su sospechoso. En las noticias, hablaban de «pruebas descubiertas en la casa y el coche del doctor Abdic», pero no dijeron de qué se trataba. ¿Sangre, quizá? ¿El teléfono móvil de ella, todavía sin descubrir? ¿Ropa? ¿Una bolsa? ¿Su cepillo de dientes? Luego mostraron algunas fotografías de Kamal. Primeros planos de su rostro oscuro y bien parecido. Las fotografías que utilizaron no eran de la policía, sino personales: de vacaciones en algún lugar, sin sonreír pero casi. Parecía demasiado blando, demasiado guapo para ser un asesino, pero las apariencias pueden engañar; dicen que Ted Bundy se parecía a Cary Grant.
Estuve todo el día esperando más noticias; que hicieran públicos los cargos: secuestro, asalto o algo peor. Estuve esperando que dijeran dónde se encontraba ella, dónde la había tenido retenida. Mostraron fotografías de Blenheim Road, de la estación, de la puerta de la casa de Scott. Los comentaristas sopesaron las implicaciones más plausibles del hecho de que el teléfono móvil de Megan y sus tarjetas de crédito llevaran sin utilizarse más de una semana.
Tom me llamó varias veces. No descolgué. Sé lo que quería. Preguntarme si ayer por la mañana estuve en casa de Scott Hipwell. No todo gira a su alrededor. Esto no tiene nada que ver con él. En cualquier caso, supongo que me llamó por orden de ella y a esa mujer no le debo ninguna explicación.
Me pasé todo el día esperando que dijeran cuáles eran los cargos en contra de Kamal, pero nada: en vez de eso, hablaron más sobre el profesional de la salud mental que escuchaba los secretos y problemas de Megan, que se ganó su confianza y luego abusó de ella, que la sedujo y luego, ¿quién sabe?
Descubrí que se trata de un bosnio musulmán superviviente de la guerra de los Balcanes que llegó a Inglaterra como refugiado a los quince años. La violencia no le era extraña: había perdido a su padre y a sus dos hermanos mayores en Srebrenica. También había sido condenado por violencia doméstica. Cuantas más cosas descubría sobre Kamal, más me convencía de que había hecho bien en hablarle a la policía sobre él. Y en ponerme en contacto con Scott.
Me levanto y me pongo la bata, bajo a la planta baja y enciendo el televisor. Hoy no tengo intención de ir a ningún sitio. Si aparece Cathy de improviso, le diré que me encuentro mal. Me preparo una taza de café y me siento delante del televisor a esperar.
Tarde
Alrededor de las tres el aburrimiento se ha apoderado de mí. Ya estoy cansada de oír hablar sobre prestaciones y pedófilos de la televisión de los setenta. Me siento frustrada por no haber averiguado nada más sobre Megan o Kamal, así que voy a la licorería y me compro dos botellas de vino blanco.
Prácticamente me he terminado la primera botella cuando sucede. Por fin hay algo más en las noticias. Están emitiendo unas imágenes trémulas tomadas desde un edificio medio construido (o medio destruido). A lo lejos se ven explosiones. Siria o Egipto. Quizá Sudán. El sonido está apagado, no estoy prestando mucha atención. Y, de repente, lo veo: los titulares sobreimpresos al pie de la pantalla informan de que el gobierno se encuentra ante un desafío por los recortes en la asistencia jurídica, que Fernando Torres estará de baja un máximo de cuatro semanas a causa de un esguince en el tendón de la corva y que el sospechoso de la desaparición de Megan Hipwell ha sido puesto en libertad sin cargos.
Dejo el vaso en la mesa, cojo el mando a distancia y subo, subo, subo el volumen. No puede ser cierto. El reportaje sobre la guerra parece no terminar nunca y, a medida que prosigue, aumenta mi presión arterial. Cuando finalmente acaba, vuelven al estudio y la presentadora dice:
—Kamal Abdic, el hombre arrestado ayer en relación con la desaparición de Megan Hipwell, ha sido puesto en libertad sin cargos. Abdic, que era el psicólogo de la señora Hipwell, fue detenido ayer, pero ha sido liberado esta mañana pues, según la policía, no hay suficientes pruebas para presentar cargos en su contra.
Después de eso, ya no oigo qué más dice la locutora. Permanezco ahí sentada, con los ojos borrosos y un ruido sordo en los oídos mientras pienso «Lo tenían. Lo tenían y lo han soltado».
Más tarde subo al piso de arriba. He bebido demasiado y no puedo ver bien la pantalla del ordenador. Veo doble, triple. Sólo puedo leer si me tapo un ojo con la mano, pero me da dolor de cabeza. Cathy ha llegado a casa. Me ha llamado y yo le he dicho que estaba en la cama, indispuesta. Sabe que estoy bebiendo.
Tengo la barriga llena de alcohol. Me encuentro mal. No puedo pensar con claridad. No debería haber comenzado a beber tan pronto. No debería haber comenzado a beber, punto. Hace una hora he llamado a Scott, y luego otra vez hace unos minutos. Tampoco debería haber hecho eso. Sólo quiero saber qué mentiras le habrá contado Kamal a la policía, qué mentiras han sido tan estúpidos de creerse. Han metido la pata. Idiotas. Es culpa de esa mujer, Riley. Estoy segura.
Los periódicos no han ayudado. Ahora dicen que Kamal no tenía ninguna condena por violencia doméstica, que fue una equivocación. Están haciendo que él parezca la víctima.
Ya no quiero beber más. Sé que debería verter lo que queda por el fregadero, pues de otro modo mañana por la mañana la botella seguirá aquí y comenzaré a beber nada más levantarme, y en cuanto empiece no querré parar. Debería verter el vino que queda por el fregadero, pero sé que no lo voy a hacer.
Está oscuro y oigo que alguien dice su nombre. Primero en voz baja y luego más fuerte. Un tono enojado, desesperado, que llama a Megan. Se trata de Scott; es infeliz con ella. La llama una y otra vez. Creo que es un sueño. Intento aferrarme a él, pero cuanto más me esfuerzo, más confuso y más lejano se vuelve todo.
Miércoles, 24 de julio de 2013
Mañana
Llaman suavemente a la puerta y me despierto. La lluvia repiquetea en el cristal de la ventana; son las ocho pasadas, pero fuera todavía parece estar oscuro. Cathy abre la puerta ligeramente y echa un vistazo en la habitación.
—¿Estás bien, Rachel? —Repara en la botella que hay cerca de la cama y sus hombros se derrumban. Yo estoy demasiado avergonzada para decir nada—. ¿No vas a ir a trabajar? —me pregunta—. ¿Ayer fuiste?
No espera mi respuesta. Se da la vuelta y, mientras se aleja, dice:
—Si sigues así, conseguirás que te echen.
Debería decírselo ahora que ya está enfadada conmigo. Debería ir tras ella y contárselo: me despidieron hace meses por presentarme completamente borracha después de un almuerzo de trabajo de tres horas durante el cual me comporté de un modo tan grosero y poco profesional que la empresa terminó perdiendo el cliente. Cuando cierro los ojos, todavía puedo recordar las horas posteriores a ese almuerzo: la mirada de la camarera al darme la chaqueta, yo entrando en la oficina haciendo eses, la gente volviéndose para mirarme, Martin Miles llevándome a un lado («Creo que será mejor que te vayas a casa, Rachel»).
Suena un trueno y, tras el destello del relámpago, me incorporo de golpe. ¿Qué fue lo que pensé anoche? Echo un vistazo en mi pequeño libro negro, pero no he escrito nada desde que ayer al mediodía anoté unos datos sobre Kamal: edad, etnia, condena por violencia doméstica. Cojo un bolígrafo y tacho este último punto.
En la planta baja, me preparo una taza de café y enciendo el televisor. Anoche la policía celebró una rueda de prensa y ahora están emitiendo fragmentos en Sky News. El inspector Gaskill tiene mal aspecto: se le ve pálido y demacrado y humillado. Abatido. No menciona el nombre de Kamal, sólo dice que un sospechoso fue detenido e interrogado, pero que ha sido puesto en libertad sin cargos y que la investigación sigue abierta. Las cámaras enfocan entonces a Scott, que permanece en su asiento encorvado e incómodo, parpadeando bajo la luz de las cámaras y con una perceptible expresión de angustia en el rostro. Al verlo siento una punzada en el corazón. Habla en voz baja y sin levantar la mirada. Dice que todavía tiene esperanza y que, a pesar de lo que diga la policía, él se aferra a la idea de que Megan volverá a casa.
Sus palabras suenan huecas y falsas, pero sin verle los ojos no sé exactamente por qué. No sé si no cree realmente que vaya a regresar a casa porque toda la fe que tenía se ha venido abajo a causa de los acontecimientos de los últimos días o porque en realidad sabe que nunca volverá a casa.
Y entonces lo recuerdo: ayer lo llamé por teléfono. ¿Una vez? ¿Dos? Corro al piso de arriba para coger mi móvil y lo encuentro entre las sábanas. Tengo tres llamadas perdidas: una de Tom y dos de Scott. Ningún mensaje. Tom llamó anoche, y también Scott la primera vez, pero más tarde, poco después de la medianoche. La segunda llamada de éste ha sido esta mañana, hace unos minutos.
Mi corazón se anima un poco. Esto son buenas noticias. A pesar de las acciones de su madre, a pesar de sus claras implicaciones («Muchas gracias por su ayuda, ahora déjenos en paz»), Scott todavía quiere hablar conmigo. Me necesita. Me siento momentáneamente inundada de afecto por Cathy, llena de gratitud por que haya tirado el resto del vino. He de mantener la cabeza despejada, por Scott. Necesita que piense con claridad.
Me doy una ducha, me visto y me preparo otra taza de café. Luego me siento en el salón con el pequeño libro negro a mi lado, y llamo a Scott.
—Deberías habérmelo dicho —dice en cuanto descuelga. Su tono es monótono y frío. Se me hace un nudo en el estómago. Lo sabe—. La sargento Riley habló conmigo después de dejar a Kamal en libertad. Él negó tener ninguna aventura con ella. Y, según Riley, la testigo que sugirió que había algo entre ellos era poco fiable. Se trataba de una alcohólica. Tal vez incluso mentalmente inestable. No me dijo su nombre, pero si no me equivoco, estaba hablando de ti.
—Pero… no —digo—. No. Yo no… Yo no había estado bebiendo cuando los vi. Eran las ocho y media de la mañana. —Como si eso quisiera decir algo—. Y, según las noticias, encontraron pruebas. Encontraron…
—Pruebas insuficientes.
Y tras decir eso cuelga.
Viernes, 26 de julio de 2013
Mañana
Ya no voy a mi oficina imaginaria. He dejado de hacer ver que todavía tengo trabajo. Apenas me molesto en salir de la cama. Creo que la última vez que me lavé los dientes fue el miércoles. Todavía sigo fingiendo que estoy enferma, aunque estoy segura de que no engaño a nadie.
No puedo soportar la idea de levantarme de la cama, vestirme, subir al tren, ir a Londres y deambular por las calles. Cuando brilla el sol ya es duro, pero con esta lluvia resulta imposible. Hoy es el tercer día de un frío aguacero torrencial e implacable.
Me cuesta dormir y ya no se debe sólo a la bebida, sino a las pesadillas. Estoy atrapada en algún lugar y sé que alguien se acerca y hay una salida, sé que la hay, sé que la he visto antes, sólo que no puedo encontrarla y cuando el tipo llega, no puedo gritar. Lo intento: aspiro aire y luego lo expulso, pero sólo consigo emitir un sonido ronco, como si estuviera muriéndome e intentara respirar.
A veces, en mis pesadillas, me encuentro en el paso subterráneo de Blenheim Road. La entrada está bloqueada y no puedo avanzar porque hay alguien allí, esperándome y me despierto aterrorizada.
Nunca van a encontrarla. A cada día, a cada hora que pasa estoy más segura de ello. Pasará a ser uno de esos nombres y la suya una de esas historias: perdida, desaparecida, sin cadáver. Y Scott ya no tendrá justicia ni paz. Nunca tendrá un cadáver que llorar; nunca sabrá qué le pasó. No habrá conclusión, no podrá pasar página. Permanezco despierta pensando en ello y me duele. No puede haber mayor sufrimiento, nada puede ser más doloroso que no llegar a saber nunca qué pasó.
Le he escrito. He admitido mi problema y luego he vuelto a mentirle diciéndole que lo tenía bajo control y que estaba recibiendo ayuda. Le he dicho que no soy mentalmente inestable. Ya no sé si eso es cierto o no. Le he dicho que tengo muy claro lo que vi, y que ese día no había estado bebiendo. Eso, al menos, es cierto. No me ha contestado. Tampoco esperaba que lo hiciera. Me ha apartado de su lado, me ha repudiado. Las cosas que quería decirle ya no puedo decírselas. Tampoco escribírselas, no suenan bien. Me gustaría que supiera lo mucho que siento que mi testimonio no fuera suficiente para que la policía arrestara a Kamal. Ese sábado por la noche debería haber visto algo, debería haber tenido los ojos abiertos.
Tarde
Estoy completamente empapada y aterida, tengo las puntas de los dedos pálidas y arrugadas, y sufro las punzadas en la cabeza de una resaca que ha empezado sobre las cinco y media. Algo de esperar teniendo en cuenta que he comenzado a beber antes del mediodía. He ido a comprar otra botella, pero el cajero automático ha frustrado mis planes con una respuesta que esperaba hacía tiempo: «No hay suficientes fondos en su cuenta».
Después de eso, he estado caminando sin rumbo bajo la lluvia durante más de una hora. Tenía para mí todo el centro peatonal de Ashbury. En un momento dado, he decidido que tengo que hacer algo. Debo corregir esta situación.
Ahora, empapada y casi sobria, voy a llamar a Tom. No quiero saber qué hice ni qué dije ese sábado por la noche, pero he de averiguarlo. Puede que hablar con él me refresque la memoria. Por alguna razón, estoy segura de que hay algo que se me está escapando. Algo vital. Puede que no sea más que un autoengaño, otro intento de demostrarme a mí misma que no soy inútil, pero quizá es real.
—Llevo desde el lunes intentando ponerme en contacto contigo —dice Tom cuando descuelga el teléfono—. Te he llamado a la oficina —añade, y se queda callado para asegurarse de que he captado lo que acaba de decir.
Ya estoy a la defensiva, avergonzada, ridiculizada.
—Necesito hablar contigo —digo—, sobre el sábado por la noche. Ese sábado por la noche.
—¿De qué estás hablando? Yo necesito hablar contigo sobre el lunes, Rachel. ¿Qué demonios estabas haciendo en casa de Scott Hipwell?
—Eso no es importante, Tom…
—Sí que lo es, joder. ¿Qué estabas haciendo ahí? Es que no te das cuenta de que podría ser… Es decir, no lo sabemos con seguridad, ¿verdad? Podría haberle hecho algo, ¿no? A su esposa.
—Él no le ha hecho nada a su esposa —le digo con gran seguridad—. No ha sido él.
—¿Cómo diablos vas a saberlo? ¿Qué está pasando, Rachel?
—Yo sólo… Has de creerme. Pero no es eso por lo que te he llamado. Necesito hablar contigo sobre ese sábado y el mensaje que me dejaste. Estabas muy enfadado. En él decías que había asustado a Anna.
—Bueno, lo hiciste. Te vio caminando a trompicones por la calle y tú comenzaste a insultarla a gritos. Después de lo que había pasado la última vez con Evie, se asustó mucho.
—¿Y qué hizo entonces? ¿Hizo algo?
—¿Cómo que «algo»?
—¿Me hizo algo a mí?
—¿Qué?
—Tenía un corte, Tom. En la cabeza. Estaba sangrando.
—¡¿Es que estás acusando a Anna de haberte hecho daño?! —Eso lo ha enfadado y ahora está gritando—. ¡En serio, Rachel, ya basta! En más de una ocasión he convencido a Anna para que no te denunciara a la policía, pero si sigues así, acosándonos e inventándote historias…
—No la estoy acusando de nada, Tom. Sólo estoy intentando averiguar qué pasó. Yo no…
—¿No te acuerdas? No, claro que no. Rachel nunca recuerda nada. —Tom suspira cansinamente—. Mira, Anna te vio, tú estabas borracha y te mostraste agresiva con ella. Llegó a casa asustada y me lo contó, así que fui a buscarte. Tú seguías en la calle. Creo que te habías caído. Estabas muy alterada. Te habías hecho un corte en la mano.
—No me hice nada en la mano…
—Bueno, tenías sangre en la mano. No sé cómo había llegado ahí. Me ofrecí a llevarte a casa, pero no querías escucharme. Estabas fuera de control. En un momento dado, te marchaste caminando y yo fui a buscar el coche. Cuando regresé, ya no estabas. Fui a la estación, pero no te vi. Luego di algunas vueltas. A Anna le preocupaba mucho que estuvieras rondando por ahí. Temía que regresaras e intentaras meterte en casa. Yo estaba preocupado por si te caías, o te metías en problemas… Conduje hasta Ashbury y llamé a tu casa, pero no estabas ahí. Luego te llamé al móvil un par de veces y te dejé un mensaje. Y sí, estaba enfadado. A esas alturas estaba realmente cabreado.
—Lo siento, Tom —digo—. Lo siento de verdad.
—Ya lo sé —afirma él—. Siempre lo sientes.
—Has dicho que le grité a Anna —señalo, encogiéndome al pensar en ello—. ¿Qué le dije?
—No lo sé —dice—. ¿Quieres que se lo pregunte? Tal vez te gustaría tener una charla con ella al respecto.
—Tom…
—Honestamente, ¿qué más da ahora?
—¿Viste a Megan Hipwell esa noche?
—No. —Ahora suena preocupado—. ¿Por qué? ¿Tú sí? No le hiciste nada, ¿verdad?
—No, claro que no.
Se queda un momento callado.
—Entonces ¿por qué me lo preguntas? Rachel, si sabes algo…
—No sé nada —digo—. No vi nada.
—Entonces ¿por qué estabas el lunes en casa de los Hipwell? Por favor, dímelo. Así podré tranquilizar a Anna. Está preocupada.
—Tenía que decirle algo a Scott. Algo que pensé que podría ser útil.
—¿No viste a Megan ese sábado, pero tenías que decirle algo a Scott que podía ser útil?
Vacilo un segundo. No sé si debería contárselo o si sólo Scott debería saberlo.
—Se trata de Megan —digo—. Estaba teniendo una aventura.
—Un momento, ¿la conocías?
—Sólo un poco —digo.
—¿Cómo?
—De la galería.
—Ah —dice—. ¿Y quién es el tipo?
—Su psicólogo —le aclaro—. Kamal Abdic. Los vi juntos.
—¿De verdad? ¿El tipo que arrestaron? Pensaba que lo habían dejado libre.
—Lo han hecho. Y ha sido culpa mía. Me consideran una testigo poco fiable.
Tom se ríe. Lo hace de un modo amigable, no se está burlando de mí.
—Vamos, Rachel. Hiciste lo correcto informando a la policía. Estoy seguro de que la liberación no ha sido únicamente cosa tuya. —De fondo, puedo oír los balbuceos de su hija. Tom aparta el auricular del teléfono de su boca y dice algo que no puedo oír. Y luego, dirigiéndose otra vez a mí, añade—: He de irme. —Lo imagino entonces colgando el teléfono, cogiendo a su pequeña, dándole un beso y abrazando a su esposa. El puñal que tengo clavado en el corazón se retuerce cada vez más y más.
Lunes, 29 de julio de 2013
Mañana
Son las 8.07 y estoy en el tren. De vuelta a la oficina imaginaria. Cathy se ha pasado todo el fin de semana con Damien, y cuando la vi anoche, no le di la oportunidad de regañarme. Antes de que tuviera tiempo de hacerlo, comencé a disculparme por mi comportamiento y le dije que últimamente había estado algo deprimida, pero que estaba reponiéndome y había empezado a pasar página. Ella aceptó mis disculpas, o hizo ver que lo hacía y me dio un abrazo. Es la bondad personificada.
Megan ya casi no aparece en las noticias. En el Sunday Times había una columna sobre incompetencia policial en la que se referían brevemente al caso. Una fuente anónima de la Fiscalía General lo consideraba «otro caso más en el que la policía ha hecho una detención apresurada a partir de pruebas poco sólidas o deficientes». Estamos llegando al semáforo. Noto el familiar traqueteo, el tren ralentiza la marcha y levanto la mirada porque tengo que hacerlo, no puedo soportar la idea de no hacerlo, pero ya no hay nada que ver. Las puertas correderas están cerradas y las cortinas echadas. No hay nada que ver salvo la lluvia que cae a mares y el agua embarrada encharcándose al fondo del jardín.
De repente, decido bajar del tren en Witney. Tom no pudo ayudarme, pero tal vez el otro hombre, el pelirrojo, sí pueda. Espero que los pasajeros que han desembarcado desaparezcan escaleras abajo y me siento en el único banco cubierto del andén. Tal vez tenga suerte. Tal vez lo vea subiendo al tren. Podría seguirlo y hablar con él. Es lo único que me queda, mi último lanzamiento del dado. Si esto no funciona, no tendré más remedio que dejarlo estar.
Pasa media hora. Cada vez que oigo pasos en la escalera, se me acelera el corazón. Cada vez que oigo el repiqueteo de unos tacones altos, me sobresalto. Si Anna me ve aquí, podría meterme en problemas. Tom me lo ha advertido. En el pasado ha conseguido convencerla de que no involucrara a la policía, pero si sigo así…
Las nueve y cuarto. A no ser que el pelirrojo comience a trabajar muy tarde, hoy ya no lo voy a ver. Ahora está lloviendo con más intensidad y no me veo capaz de aguantar otro día deambulando por Londres sin propósito alguno. El único dinero que tengo es un billete de diez libras que le he pedido prestado a Cathy, y necesito hacer que me dure antes de reunir el valor necesario para pedirle un préstamo a mi madre. Desciendo la escalera con la intención de cruzar la estación e ir al andén opuesto para coger un tren de vuelta a Ashbury cuando, de repente, veo a Scott con el cuello del abrigo alzado. Está saliendo del quiosco que hay frente a la entrada de la estación.
Corro tras él y lo alcanzo en la esquina, justo delante del paso subterráneo. Cuando lo cojo del brazo se da la vuelta de golpe, sobresaltado.
—Por favor, ¿podemos hablar un momento? —le pregunto.
—¡Por el amor de Dios! —me gruñe—. ¿Qué cojones quieres ahora?
Yo retrocedo con las manos alzadas.
—Lo siento —digo—. Lo siento. Sólo quería pedirte perdón y explicarte…
El aguacero ha dado paso a una auténtica tormenta. Somos las únicas personas que están en la calle, ambos empapados hasta los huesos. Scott comienza a reírse. Alza las manos y suelta una carcajada.
—Está bien. Vamos a casa —dice—, aquí nos vamos a ahogar.
Scott pone agua a hervir y sube un momento al piso de arriba a buscarme una toalla. La casa está menos ordenada que hace una semana, y el olor a desinfectante ha sido reemplazado por algo más terroso. Una pila de periódicos descansa en un rincón del salón y hay tazas sucias en la mesita de centro y la repisa de la chimenea.
Scott reaparece con la toalla.
—Es un basurero, ya lo sé. Mi madre me estaba volviendo loco, limpiando y ordenando tras de mí todo el rato. Tuvimos una pequeña discusión. Ahora hace unos días que no viene. —Su móvil comienza a sonar. Él le echa un vistazo a la pantalla y luego vuelve a guardárselo en el bolsillo—. Hablando del rey de Roma. Nunca descansa.
Lo sigo hasta la cocina.
—Lamento lo que ha sucedido —digo.
Él se encoge de hombros.
—Lo sé. De todos modos, no es culpa tuya. Quiero decir, habría ayudado que no fueras…
—¿Una borracha?
Está de espaldas a mí, sirviéndome el café.
—Bueno, sí. Pero de todos modos tampoco tenían nada para acusarlo. —Me da la taza y nos sentamos a la mesa. Advierto que uno de los marcos de las fotografías que hay sobre el aparador lo han colocado boca abajo. Scott sigue hablando—. Encontraron cosas en su casa (pelo, células de piel), pero él no niega que ella hubiera estado ahí. Bueno, al principio sí lo hizo, pero luego admitió que Megan había estado en su casa.
—¿Por qué mintió?
—Exacto. Admitió que ella había estado en su casa dos veces, sólo para hablar. No dijo acerca de qué por lo de la confidencialidad entre médico y paciente. El pelo y las células de piel los encontraron en la planta baja. Nada en el dormitorio. Él jura que no estaba teniendo una aventura, pero es un mentiroso, así que… —Scott se pasa la mano por los ojos. Su rostro parece como si se hubiera replegado sobre sí mismo y tiene los hombros hundidos. Parece haberse encogido—. En su coche también encontraron un rastro de sangre.
—¡Oh, Dios mío!
—Sí, del mismo tipo que la de Megan. La policía no sabe si puede conseguir el ADN porque la muestra es muy pequeña. No dejan de decir que podría no ser nada. ¿Cómo no va a ser nada que haya un rastro de sangre en su coche? —Niega con la cabeza—. Tenías razón. Cuantas más cosas sé sobre este tipo, más seguro estoy. —Levanta la vista hacia mí y me mira directamente a los ojos por primera vez desde que hemos llegado—. Se la estaba follando y ella quería poner fin a la aventura, así que… él hizo algo al respecto. Es eso. Estoy seguro.
Ha perdido toda esperanza, y no lo culpo. Hace más de dos semanas que ella no enciende el móvil ni utiliza sus tarjetas de crédito para retirar dinero de un cajero. Nadie la ha visto. Ha desaparecido.
—Él le dijo a la policía que ella quizá había huido —dice Scott.
—¿El doctor Abdic?
Scott asiente.
—Le dijo a la policía que era infeliz conmigo y que quizá había huido.
—Está intentando eludir las sospechas y que piensen que eres tú quien le ha hecho algo a Megan.
—Ya lo sé. Pero ellos parecen creerse todo lo que ese cabrón les cuenta. Esa mujer, Riley, noto cuando ha hablado con él. A ella le gusta. El pobre y pisoteado refugiado. —Scott agacha la cabeza, abatido—. Y quizá tenga razón. Tuvimos una discusión tremenda. Pero me cuesta creer que… Ella no era infeliz conmigo. No lo era. No lo era. —Cuando lo dice por tercera vez, me pregunto si está intentando convencerse a sí mismo—. Aunque si estaba teniendo una aventura, es que sí lo era, ¿no?
—No necesariamente —digo—. Quizá fue una de esas cosas… ¿Cómo lo llaman? ¿Transferencia? ¿No es ésa la palabra que se utiliza cuando un paciente desarrolla sentimientos (o cree que lo hace) por su psicólogo? Se supone que éste ha de resistirse a esos sentimientos y señalarle al paciente que no son reales.
Scott me está mirando, pero tengo la sensación de que no escucha realmente lo que estoy diciendo.
—¿A ti qué te sucedió? —me pregunta entonces—. Dejaste a tu marido. ¿Estabas viendo a otra persona?
Niego con la cabeza.
—Al revés. Apareció Anna.
—Lo siento —dice, y se queda callado.
Sé qué va a preguntar a continuación, así que antes de que lo haga añado:
—Mi problema con la bebida comenzó antes. Mientras todavía estábamos casados. Eso es lo que querías saber, ¿no?
Vuelve a asentir.
—Estábamos intentando tener un bebé —digo, y se me hace un nudo en la garganta. A pesar de todo el tiempo que ha pasado, cada vez que hablo de ello las lágrimas acuden a mis ojos—. Lo siento.
—No pasa nada. —Se pone en pie, se dirige al fregadero y llena un vaso de agua. Luego lo deja sobre la mesa, delante de mí.
Me aclaro la garganta e intento contárselo del modo más desapasionado posible.
—Estábamos intentando tener un bebé, pero no lo conseguimos. Entonces caí en una depresión y comencé a beber. Vivir conmigo se convirtió en algo extremadamente duro y Tom buscó consuelo en otro lado. Ella estuvo más que contenta de ofrecérselo.
—Lo siento mucho, eso es terrible. Sé… Yo quería tener un hijo, pero Megan no dejaba de decir que todavía no estaba preparada. —Ahora es él quien se seca las lágrimas—. Es una de esas cosas… A veces discutíamos por ello.
—¿Era eso sobre lo que discutisteis el día que ella se marchó?
Él suspira y se pone en pie de golpe, empujando la silla hacia atrás.
—No —dice alejándose—. Fue por otra cosa.
Tarde
Cuando llego a casa, Cathy está esperándome en la cocina, mientras bebe un vaso de agua con cara de pocos amigos.
—¿Has tenido un buen día en la oficina? —me pregunta, y frunce los labios. Se ha enterado.
—Cathy…
—Damien tenía una reunión cerca de Euston. Al salir, se ha encontrado con Martin Miles. Como recordarás, se conocen un poco de cuando Damien trabajaba en Laing Fund Management. Martin se encargaba de las relaciones públicas de esa empresa.
—Cathy…
Alza la mano y da otro trago a su vaso de agua.
—¡Hace meses que no trabajas ahí! ¿Sabes lo idiota que me siento? ¿Lo idiota que se ha sentido Damien? Por favor, por favor, dime que tienes otro trabajo y que no me lo habías dicho. Por favor, dime que no has estado haciendo ver que ibas a trabajar y que no me has estado mintiendo día tras día durante todo este tiempo.
—No sabía cómo decírtelo…
—¿No sabías cómo decírmelo? ¿Qué tal: «Cathy, me han echado por ir a trabajar borracha»? ¿Qué te parece eso? —Me encojo y ella suaviza la expresión—. Lo siento pero, honestamente, Rachel… —Es demasiado buena—. ¿Se puede saber qué has estado haciendo? ¿Adónde ibas? ¿Qué hacías todo el día?
—Paseo. Voy a la biblioteca. A veces…
—¿Vas al pub?
—A veces. Pero…
—¿Por qué no me lo contaste? —Se acerca a mí y coloca las manos en mis hombros—. Deberías haberlo hecho.
—Estaba avergonzada —digo, y comienzo a llorar. Es lamentable y patético, pero no puedo dejar de llorar.
Sollozo y sollozo y la pobre Cathy me abraza y me acaricia el pelo mientras me dice que saldré de ésta y que todo irá bien. Me siento muy desdichada y me odio a mí misma más de lo que nunca he hecho.
Más tarde, sentada en el sofá y tomando té con Cathy, ella me dice lo que voy a hacer: dejaré de beber, actualizaré mi currículo, me pondré en contacto con Martin Miles y le suplicaré una recomendación. También dejaré de malgastar dinero en inútiles viajes de ida y vuelta a Londres.
—La verdad, Rachel, no entiendo cómo has podido mantener esta farsa durante tanto tiempo.
Me encojo de hombros.
—Por las mañanas, tomo el tren de las 8.04 y por las tardes regreso en el de las 17.56. Ésos son mis trenes. Son los que tomo. Así son las cosas.
Jueves, 1 de agosto de 2013
Mañana
Algo me tapa la cara. No puedo respirar. Me estoy ahogando. Cuando me despierto, respiro con dificultad y me duele el pecho. Me incorporo con los ojos abiertos como platos y veo algo moviéndose en un rincón de la habitación, una densa negrura que no deja de crecer, y casi suelto un grito, pero entonces me despierto del todo y me doy cuenta de que ahí no hay nada. Estoy sentada en la cama y tengo las mejillas cubiertas de lágrimas.
Ya casi ha amanecido. En la calle, la luz está comenzando a teñirse de gris y la lluvia de los últimos días sigue repiqueteando contra la ventana. Ya no voy a dormir otra vez, no con el corazón latiéndome con tal fuerza que casi duele.
No estoy segura, pero creo que hay algo de vino en la planta baja. No recuerdo haberme terminado la segunda botella. No la metí en la nevera, así que estará caliente. Cuando lo hago, Cathy las tira. Tiene tantas ganas de que mejore… Hasta el momento, sin embargo, las cosas no están saliendo según su plan. Hay un pequeño armario en el pasillo, donde se encuentra el contador del gas. Si quedaba algo de vino, debí de guardarlo ahí.
Salgo al pasillo y, a media luz, bajo la escalera de puntillas. Abro el pequeño armario y saco la botella: es decepcionantemente ligera, no debe de quedar más que un vaso, pero es mejor que nada. Me lo sirvo en una taza (por si aparece Cathy: así puedo fingir que es té) y tiro la botella a la basura (asegurándome de esconderla debajo de un cartón de leche y una bolsa de patatas fritas). En el salón, enciendo el televisor, le quito el sonido y me siento en el sofá.
Me dedico a zapear. No dan más que programas infantiles y publirreportajes hasta que, de repente, reconozco Corly Wood, una zona boscosa que hay cerca de casa. Corly Wood aparece bajo una lluvia torrencial: los campos entre la línea de árboles y el tren están completamente sumergidos.
No sé por qué tardo tanto en darme cuenta de qué es lo que está sucediendo en las imágenes. Durante diez, quince o veinte segundos me limito a mirar los coches, la cinta azul y blanca y la carpa blanca al fondo mientras mi respiración se vuelve cada vez más corta y rápida hasta que, al final, dejo completamente de respirar.
Es ella. Ha estado en el bosque desde el principio, al otro lado de las vías. He pasado por delante de esos campos cada día, mañana y tarde, sin sospechar nada.
En el bosque. Imagino una tumba cavada bajo la maleza y cubierta apresuradamente. Luego imagino cosas peores, cosas imposibles: su cuerpo colgado de una cuerda en lo más profundo del bosque, donde nunca hay nadie.
A lo mejor no es ella. Quizá se trate de otra persona. Pero sé que no puede tratarse de nadie más.
En un momento dado, aparece en pantalla un reportero de pelo moreno y engominado. Subo el volumen y dice lo que ya sé, lo que puedo sentir: no era yo la que no podía respirar, sino Megan.
—Así es —le dice a alguien del estudio con la mano en la oreja—. La policía ha confirmado que el cuerpo de una joven ha sido encontrado en las aguas que inundan un campo al final de Corly Wood, a menos de ocho kilómetros de casa de Megan Hipwell. Como sabrán, la señora Hipwell desapareció a principios de julio (el 13 de julio, para ser exactos) y desde entonces no ha sido vista. La policía dice que el cadáver, descubierto por unos paseadores de perros a primera hora de esta mañana, todavía ha de ser identificado, pero creen que se trata de Megan. El marido de la señora Hipwell ya ha sido informado.
El reportero se queda un momento callado. El presentador del noticiario le está haciendo una pregunta, pero las atronadoras pulsaciones del flujo sanguíneo que siento en los oídos no me permiten oírla. Me llevo la taza a los labios y me bebo hasta la última gota.
El reportero vuelve a hablar.
—Sí, Kay. Así es. Todo indica que el cadáver estaba enterrado en el bosque, posiblemente desde hace algún tiempo, y que las fuertes lluvias que han estado cayendo recientemente lo han desenterrado.
Es peor, mucho peor de lo que había imaginado. Visualizo su maltrecho rostro en el barro y sus pálidos brazos desnudos extendidos como si intentara salir de su tumba escarbando con las manos. Noto en la boca un líquido caliente, bilis y vino amargo, y salgo corriendo hacia el cuarto de baño del piso de arriba para vomitar.
Tarde
Me he pasado casi todo el día en la cama, tratando de poner en orden mis pensamientos acerca de lo que pasó el sábado por la noche a partir de recuerdos, flashbacks y sueños. En un intento de encontrarle sentido y verlo con claridad, lo he puesto todo por escrito pero el ruido que hacía el roce del bolígrafo en el papel era como si alguien estuviera susurrándome algo, lo cual me ha puesto de los nervios. En ningún momento he dejado de tener la sensación de que había alguien más en el apartamento, justo al otro lado de la puerta, y no he podido dejar de imaginarla a ella.
Casi tenía miedo de abrir la puerta del dormitorio, pero cuando finalmente lo he hecho, no había nadie, claro está. Luego he bajado a la planta baja y he vuelto a encender el televisor. Seguían emitiendo las mismas imágenes: árboles bajo la lluvia, coches de policía conduciendo por un sendero embarrado, la horrible carpa blanca, todo ello borroso y teñido de gris. Y, de repente, una imagen de Megan sonriendo a la cámara, todavía hermosa, incólume. Luego otra de Scott con la cabeza gacha, esquivando a los fotógrafos mientras intenta abrirse camino hasta la puerta de su casa junto a Riley. Y luego otra de la consulta de Kamal, aunque sin rastro alguno de éste.
No quería oír la banda sonora de estas imágenes, pero aun así he subido el volumen: lo que hiciera falta para silenciar el pitido de mis oídos. La policía ha dicho que la mujer, todavía no identificada formalmente, lleva muerta algún tiempo, posiblemente varias semanas. También que la causa de la muerte aún no se conoce, pero que no hay pruebas de que el motivo del asesinato fuera sexual.
Eso me parece una estupidez. Entiendo lo que quieren decir: que no creen que fuera violada (lo cual es una bendición, claro está), pero eso no significa que no hubiera un motivo sexual. A mí me parece que Kamal quería algo más y ella no. Megan intentó entonces poner fin a su aventura y él no pudo soportarlo. Eso es un motivo sexual, ¿no?
No puedo soportar seguir viendo el noticiario, de modo que vuelvo a subir al piso de arriba y, tras meterme debajo del edredón, vacío mi bolso y repaso las notas que he escrito en trozos de papel, todos los fragmentos de información que he conseguido recopilar, los recuerdos que han emergido de las sombras y me pregunto por qué estoy haciendo esto. De qué sirve.