NOTA DE MARY SHELLEY SOBRE PROMETEO LIBERADO

El doce de marzo de 1818 Shelley se marchó de Inglaterra para no volver nunca más. Su motivo principal fue el deseo de que su salud mejorara bajo un clima más benigno. Sufrió mucho durante el invierno anterior a su partida, y esto fue determinante a la hora de tomar una decisión que hasta entonces no había sido definitiva. En diciembre de 1817 le había escrito a un amigo desde Marlow diciéndole:

«Mi salud ha empeorado enormemente. Mis sentimientos fluctúan entre una apatía perniciosa y un estado vehemente de aguda excitación tan poco natural que, sólo por referirme al órgano de la vista, tengo la sensación de que las mismas briznas de hierba y las ramas de árboles lejanos se presentan ante mí con claridad microscópica. Entrada ya la tarde me hundo en un estado de letargo e inmovilidad, y a menudo me quedo muchas horas en el sofá entre sueño y vigilia, preso de la más dolorosa irritabilidad de pensamiento. Tal es, con poca intermitencia, mi situación. Las horas dedicadas al estudio las selecciono con una cuidadosa precaución de entre tales periodos de sufrimiento. No es por eso por lo que pienso viajar a Italia, aunque supiera que Italia me aliviara, sino porque he sufrido un ataque pulmonar grave, y aunque de momento ha desaparecido sin dejar ningún vestigio considerable de su existencia, estos síntomas muestran a las claras que la verdadera naturaleza de mi enfermedad es tuberculosa. Supone una ventaja para mí que ésta sea de progresión lenta, y si se es lo suficientemente sensible a su mejora puede llegar a curarse en un clima templado. En caso de que la dolencia progresara de forma grave, tendría la obligación de irme a Italia sin demora. No se trata de que deba velar simplemente por mi salud, sino por mi vida; y no sólo por mi propio bien (yo me siento capaz de pisotear todo este quebranto), sino por el bien de los que ven en mi vida una fuente de dicha, unión, seguridad y honor, y por aquellos para los que mi muerte podría ser todo lo contrario.»

En casi todos los sentidos era provechoso su viaje a Italia. Dejaba atrás amigos con los que estaba muy unido; pero alrededor de él se amontonaban preocupaciones de mil clases en su país natal, muchas de ellas como consecuencia de su abundante generosidad; y, excepto la cooperación de uno o dos amigos, no obtenía compensación alguna. El clima le consumía la mitad de su existencia en un sufrimiento inevitable. Su satisfacción más querida, el libre disfrute de la Naturaleza, se veía entorpecida por la misma circunstancia.

Se fue directo a Italia, evitando incluso París, y no hizo ninguna parada hasta llegar a Milán. Shelley quedó encantado de la primera visión que tuvo de Italia; aquello parecía el jardín de las delicias, con el cielo más claro y brillante que jamás había visto. Escribió cartas con largas descripciones durante su primer año de residencia en Italia que, como obras, son las más hermosas del mundo y muestran con qué profundidad apreciaba y estudiaba las maravillas de la Naturaleza y el Arte de esa tierra divina.

El espíritu poético que llevaba dentro despertó rápidamente con toda su fuerza y con mayor belleza que en sus primeros intentos. Meditó tres temas como base para dramas líricos. Uno fue la historia de Tasso; de él queda un pequeño fragmento de un canto de Tasso. El segundo se basaba en el Libro de Job, cuya idea nunca abandonó, pero del que no queda vestigio entre sus papeles. El tercero era el Prometeo liberado. Los trágicos griegos le acompañaban entonces en sus divagaciones, y la sublime grandeza de Esquilo le llenaba de asombro y de dicha. El padre de la tragedia griega no posee el patetismo de Sófocles ni la variedad y ternura de Eurípides; el interés en que basa sus obras dramáticas a menudo se eleva por encima de las vicisitudes humanas hasta las pasiones y angustias de los dioses y los semidioses; esto fascinaba a la imaginación abstracta de Shelley.

Permanecimos un mes en Milán y visitamos el lago de Como durante ese intervalo. De allí pasamos sucesivamente por Pisa, Liorna, los baños de Lucca, Venecia, Este, Roma, Nápoles y vuelta a Roma, a donde regresamos a primeros de marzo de 1819. Durante todo este tiempo Shelley meditó sobre el tema de su drama y escribió algunas partes del mismo; también compuso otros poemas y mientras estuvimos en los baños de Lucca tradujo el Simposio de Platón. Pero, aunque diversificaba sus estudios, sus pensamientos se centraron en el Prometeo. Por fin, en Roma, bajo una primavera radiante y hermosa, dedicó todo su tiempo a la composición de esta obra. El lugar elegido como estudio —él lo menciona en su prólogo— fueron las grandiosas ruinas de los baños de Caracalla. Son poco conocidas por el viajero habitual de Roma. Shelley las describe en una carta con esa delicadeza poética y esa profundidad descriptiva que otorgan una belleza y un interés inigualables a sus impresiones paisajísticas.

Al principio concluyó el drama en tres actos. Y hasta que no pasaron varios meses, cuando estábamos en Florencia, no concibió la idea de que debía añadir un cuarto acto para completar la obra, una especie de himno jubiloso por el cumplimiento de las profecías con respecto a Prometeo.

La principal característica de la teoría de Shelley sobre el destino de la especie humana era que el mal no es inherente al sistema de la creación, sino que es algo accidental que podría ser expulsado. Esto también forma parte del cristianismo: Dios creó la tierra y al hombre perfectos, hasta que el hombre, mediante su caída,

«Trajo la muerte al mundo y toda la desgracia»

Shelley creía que la humanidad sólo tenía que desear que no existiera el mal para que éste desapareciera. No me corresponde a mí en estas notas señalar los argumentos que han rechazado esta opinión, sino mencionar el hecho de que Shelley albergaba esa creencia y mantenía hacia ella una verdadera devoción y un ferviente entusiasmo. Que el hombre podía perfeccionarse hasta el punto de poder expulsar el mal de su propia naturaleza y de, la mayor parte de la creación era la idea cardinal de su sistema. Y el asunto que más le gustaba tratar era la figura de Alguien en lucha contra el Principio del Mal, oprimido no sólo por éste sino por todos —incluso por los buenos, a los que se les engañaba para que creyesen que el mal era una parte necesaria de la humanidad—; víctima llena de entereza, de esperanza y de espíritu de triunfo que emanaban de su confianza en la fuerza suprema del Bien. Esto lo había desarrollado en su último poema cuando convirtió a Laón en enemigo y víctima de tiranos. Shelley ahora tomó una imagen más idealizada del mismo tema. Siguió a algunas autoridades clásicas en la configuración de Saturno como el principio del bien, de Júpiter como el principio del mal usurpador y de Prometeo como el regenerador que, incapaz de devolver a la humanidad la inocencia primitiva, utilizó el conocimiento como arma para vencer al mal y así guiar a la humanidad desde el estado de inocencia ignorante hasta el estado de virtud mediante la sabiduría. Júpiter castigó la temeridad del Titán encadenándolo a una roca del Cáucaso y haciendo que un buitre le devorara su corazón siempre renovado. En el cielo flotaba una profecía que auguraba la caída de Júpiter, el secreto del destronamiento que sólo conocía Prometeo; y el dios ofreció el cese de la tortura a condición de que se le comunicase ese secreto. Según la historia mitológica esto se refería al hijo de Tetis, que estaba destinado a ser más grande que su padre. Al revelar la profecía Prometeo obtuvo al fin el perdón por el delito de enriquecer a la humanidad con sus dones. Hércules mató al buitre y le liberó; y Tetis casó con Peleo, el padre de Aquiles.

Shelley adaptó el desenlace de esta historia a su peculiar visión. El hijo, más poderoso que su padre, nacido del matrimonio de Júpiter y Tetis, iba a destronar al Mal y a traer un reino más dichoso que el de Saturno. Prometeo desafía el poder de su enemigo y soporta siglos de sufrimiento, hasta que llega la hora en que Júpiter, ciego ante el hecho real, pero intuyendo en secreto que le reportará algún gran beneficio, se casa con Tetis. En ese momento el Poder Primordial del mundo le expulsa de su trono usurpado, y la Fuerza, en la persona de Hércules, libera a la Humanidad, tipificada en Prometeo, de las torturas generadas por el mal infligido o sufrido. Asia, una de las Oceánidas, es la esposa de Prometeo (según otras interpretaciones mitológicas era lo mismo que Venus y la Naturaleza). Cuando es liberado el benefactor de la humanidad, la Naturaleza vuelve a asumir la belleza de su esplendor y se une a su marido, el emblema de la raza humana, en una unión feliz y perfecta. En el cuarto acto el Poeta da un mayor alcance a su imaginación e idealiza las formas de la creación tal y como las conocemos nosotros, no como las consideraban los griegos. La Tierra maternal, progenitora poderosa, es reemplazada por el Espíritu de la Tierra, que guía nuestro planeta por los reinos celestes, mientras su bella y más débil compañera y servidora, el Espíritu de la Luna, recibe la felicidad en la esfera superior con la aniquilación del Mal.

Shelley desarrolla, especialmente en los poemas líricos del drama, sus teorías abstrusas e imaginativas sobre la Creación. Se necesita una mente tan sutil y profunda como la suya para comprender los significados místicos esparcidos por el poema. Éstos despistan al lector común debido a su abstracción y a la sutileza de matices, pero están lejos de ser vagos. Shelley tenía en proyecto escribir ensayos metafísicos en prosa sobre la naturaleza del hombre, que hubieran servido para explicar muchas de las oscuridades de su poesía; sólo quedan unos cuantos fragmentos dispersos de observaciones y comentarios. Él consideraba que estas visiones filosóficas de la Mente y la Naturaleza eran intrínsecas al apasionado espíritu de la poesía.

Los poetas más populares revisten el ideal con una imaginería sencilla y práctica. A Shelley le encantaba idealizar lo real, dotar al mecanismo del universo material de un alma y una voz, y otorgar esto también a las emociones y a los pensamientos más sutiles y abstractos. Sófocles fue su gran maestro en este tipo de imaginería.

He encontrado en uno de sus libros manuscritos algunos comentarios sobre un verso del Oedipus Tyrannus que muestran enseguida la sutileza crítica de la mente de Shelley y explican la percepción que tiene de esos «minúsculos y remotos matices del sentimiento, tanto relativos a la naturaleza exterior como a los seres vivos que nos rodean», de los que manifiesta, en la carta citada en la nota al poema The Revolt of Islam, su importancia para comprender lo que de sublime tiene el hombre.

«En el Shakespeare griego, Sófocles, encontramos la imagen:

Πολλάς δοδούςελθόντα φροντίδος πλάνοις,

Un verso de una profundidad poética casi insondable; sin embargo, ¡qué sencillas son las imágenes que lo recubren!

‘Llegar a muchos caminos en las divagaciones del prudente pensamiento’.

Si no se hubieran utilizado las palabras οδούς y πλάνοις, el verso se podría haber explicado en un sentido metafórico y no en sentido absoluto, pues decimos «caminos y medios» y «divagaciones» refiriéndonos a error y confusión. Pero significaban literalmente senderos o caminos, como los que pisamos con los pies; y vagabundeos, como los que hace el hombre cuando se pierde en un desierto o cuando deambula de ciudad en ciudad —como Edipo, quien dice este verso, cuyo destino era errar ciego pidiendo caridad. Este verso sugiere una imagen de la mente como un páramo de intrincados caminos, enorme como el universo, que aquí se ha convertido en su símbolo; un mundo dentro de un mundo, donde el que busca algún conocimiento sobre lo que debería hacer explora por todas partes, como rastrearía el universo externo en busca de algo valioso que estaba oculto de él en su superficie.»

Al leer la poesía de Shelley a menudo encontramos versos similares que se asemejan, pero sin imitarlos, a los de los griegos en este tipo de imágenes; pues, aunque adoptara el estilo, los dotó de una forma y un colorido que surgían de su propio genio.

En el Prometeo liberado Shelley cumple la promesa que cita en una carta en la Nota al poema The Revolt of Islam[1]. El tono de la composición es más tranquilo y majestuoso, la poesía es más perfecta en su conjunto y la imaginación está expresada a la vez con una belleza más agradable y con mayor variedad y atrevimiento. La descripción que hace de las Horas, tal como se ven en la cueva de Demogorgon, es un ejemplo de esto: satisface la mente como la visión más encantadora. Siempre nos gusta ver a un artista que nos presenta a la vista los

«… carros tirados por corceles con alas

irisadas que hienden las oscuras corrientes,

y en cada uno el auriga feroz que los hostiga.

Unos miran atrás como si los siguieran

demonios, mas no veo sino estrellas radiantes.

Otros, de ojos ardientes, se inclinan a beber

con labios codiciosos el viento de su ímpetu,

como si lo que amaran huyera por delante

y ahora mismo pudieran agarrarlo. Sus bucles

vuelan como el cabello brillante de un cometa.

Y prosiguen veloces.»

En todo el poema reina una suerte de divino y sosegado espíritu del amor que alivia a los que sufren y que es la esperanza de los ilusionados, hasta que se cumpla la profecía y el Amor, no mancillado por ningún mal, se convierta en la ley del mundo.

Inglaterra se había convertido para Shelley en una residencia dolorosa, tanto por la persecución a la que se sometía en esos días a todos los hombres de ideas liberales y la injusticia que había sufrido recientemente en el tribunal de Chancery, como por los síntomas de la dolencia que le hizo considerar como necesaria la idea de visitar Italia para prolongar su vida. Exiliado, y muy afectado al percibir que la mayoría de sus compatriotas sentía una aversión hacia él que su propio corazón no sentía por nadie, se refugió de esos pensamientos dolorosos e indignantes en los tranquilos dominios de la poesía y se construyó un mundo propio —con tanto más placer cuanto que esperaba convencer a más de uno de que la tierra podría llegar a ser así si la humanidad lo consentía. El encanto del clima romano le ayudó a revestir sus pensamientos de una belleza mayor de la que hasta entonces habían gozado. Y mientras paseaba por las ruinas que el deterioro unía a la naturaleza, o contemplaba las formas esculpidas que atestan el Vaticano, el Capitolio y los palacios de Roma, su alma se impregnaba de una belleza que se hacía parte de ella misma. Hay muchos pasajes en el Prometeo que muestran la intensa dicha que le supusieron tales estudios y ofrecen en las descripciones una belleza poética genuinamente suya. Sentía lo que un poeta debe sentir cuando le satisface el resultado de su labor; y escribió desde Roma: «Mi Prometeo liberado ya está concluido, y dentro de uno o dos meses lo enviaré. Es un drama que tiene unos personajes y un mecanismo todavía inéditos; creo que la ejecución es mejor que cualquiera de mis intentos anteriores.»

Debo mencionar, para información de los lectores más críticos, que las alteraciones verbales de esta edición de Prometeo están tomadas de una lista de erratas escrita por el propio Shelley.

M. S.