11.
Princesa Toilla

La princesa Toilla se puso la última horquilla y se miró en el espejo. Tal y como esperaba, el peinado la hacía parecer muy moderna. Ya era la cuarta vez que se retocaba el pelo ese día. Entonces miró aquellos ojos que la observaban desde el cristal. Siempre había intentado esconder sus miedos, dando una imagen de mujer sofisticada. Pero quizá no debería esforzarse tanto ese día porque la hechicera iba a hacerles una visita. Quizá debería dejar que la viera tal y como era en realidad. ¿Pero qué peinado dejaba ver a la mujer insatisfecha?
Sintió el picor de las lágrimas en los ojos y pestañeó varias veces para que no le estropearan el maquillaje. Tal vez pudiera ayudarla si era honesta con ella. La princesa Toilla recordaba el calor que había encendido sus mejillas al escuchar las palabras de la hechicera aquella noche en el palacio.
Entonces ni siquiera se había atrevido a mirar a la cara a su marido por miedo a que descubriera su secreto.
La princesa Toilla suspiró una vez más. ¡Qué injusto era todo…! Las mismas dudas que la asaltaban noche tras noche se apoderaron de ella en ese instante. ¿Acaso estaba haciendo lo correcto fingiendo ante su esposo? A fin de cuentas él no tenía la culpa de nada. Él siempre esperaba a oír sus gemidos falsos antes de dejarse llevar por el placer. Su cuerpo no estaba dispuesto a cooperar y no estaba segura de que la hechicera pudiera ayudarla. Y para colmo de males, sentía demasiada vergüenza como para confesarle su secreto.
El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos y de pronto se arrepintió del último cambio de peinado. Pero ya no había tiempo para ponerle remedio, así que se retocó por última vez mientras su esposo recibía a la hechicera.
Harmonia quedó desconcertada cuando conoció al encantador esposo de la princesa Toilla. No mostraba signos de conflicto interior y era atento y cariñoso con su esposa. La princesa saludó a la hechicera con una sonrisa genuina y después miró a su esposo con tanto amor que Harmonia se sonrojó.
La maga vaciló un momento. Había encontrado el problema rápidamente en los otros casos, pero ellos parecían muy enamorados. Y sin embargo, todas las mañanas los zapatos de la princesa Toilla también aparecían rotos. Harmonia suspiró ruidosamente.
—¿Ocurre algo? —le preguntó Toilla.
—No, querida —contestó la hechicera y le sonrió con una mezcla de simpatía y admiración. Si era capaz de esconder su propia infelicidad por el bien de su marido, debía de ser muy bondadosa—. Sólo era un poco de hipo —añadió con una carcajada—. Voy a escribir el remedio y me marcharé enseguida.
—Pero… —la princesa no sabía qué decir y se volvió hacia su marido.
Él se limitó a encogerse de hombros.
La joven se puso pálida. ¿Debía hablar o callar para siempre? Sabía que nunca podría hablar de su secreto, así que ahuyentó la tristeza y esbozó una sonrisa. Sus deficiencias no eran problema de la hechicera ni tampoco de su esposo.
—Sólo me sorprende lo rápido que… —la princesa se detuvo, sonrojada—. Me habéis hecho el diagnóstico.
—Oh, no os pasa nada malo, querida. Todo saldrá bien. ¡Ya lo veréis!
Anotó algo en un trozo de papel y se lo entregó al príncipe. La princesa Toilla esperó el suyo, pero la hechicera se puso en pie y se preparó para irse. Las lágrimas afloraron con tanta fuerza que la princesa tuvo que pestañear rápidamente para contenerlas, y a pesar de su decepción, fue la anfitriona perfecta hasta que la puerta se cerró tras la invitada. Cuando estaba a punto de salir de la habitación, su marido la llamó.
—¿No sentís curiosidad por lo que dice? —le preguntó su esposo, agitando el pedazo de papel.
—No mucha —contestó ella con indiferencia. Por una vez no estaba ocultando sus verdaderos sentimientos.
La joven salió de la habitación ante la mirada perpleja de su marido.
El príncipe leyó las instrucciones una y otra vez para asegurarse de que lo había entendido bien. No podía creer lo que veían sus ojos.
Por la noche, ya había tomado una decisión y estaba listo para ponerla en práctica. Mientras tanto, la princesa Toilla parecía haber olvidado que la hechicera les había hecho una visita.
El príncipe entró en el dormitorio y encontró a su esposa frente al tocador, cepillándose el cabello. Se puso detrás de ella y le quitó el cepillo de las manos. Entonces siguió peinándola con sumo cuidado, mirando su reflejo en el espejo. Ambos sonrieron.
Entonces él se inclinó y le dio un beso en la mejilla.
—Venid a la cama, querida —susurró.
Ella lo siguió hasta la cama con un suspiro casi imperceptible. Él le quitó el camisón y lo arrojó sobre una silla.
—Acostaros, cerrad los ojos y relajaros. Tengo algunas cosas que hacer.
Ella lo miró extrañada y se encogió de hombros. Como siempre, sintió un cosquilleo por todo el cuerpo al estar cerca de él. Cerró los ojos y suspiró profundamente. ¿Cómo era posible que desperdiciara todo ese deseo que sentía por su esposo?
El príncipe regresó a la habitación y encendió velas por todas partes. La princesa notó algo raro. Esas velas proyectaban extrañas formas sobre las paredes. La joven contempló las siluetas vibrantes e insinuantes y se dio cuenta de que debían de ser retratos de momentos íntimos. Entonces se volvió hacia una de las velas, que no tenía nada de extraordinario, de no ser por el contenedor de metal, sobre el que habían recortado las imágenes que aparecían sobre las paredes.
La princesa se excitó profundamente ante aquella visión y la picó la curiosidad. ¿Qué había escrito la hechicera en aquel trozo de papel?
—Mantened lo ojos cerrados y relajaros —le dijo el príncipe en un falso tono autoritario.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo y una risita nerviosa escapó de sus labios. Había algo muy excitante en yacer desnuda, a merced de un amante de ensueño. La princesa no podía mantener los ojos cerrados con aquellas imágenes danzando por las paredes y de vez en cuando entreabría los párpados un segundo.
De pronto comenzó a oír una melodía lenta y desconocida. Aquella música era provocativa y extraña y entre los acordes de los instrumentos de oían sonidos difíciles de identificar. ¿Acaso eran voces? Sí, voces sensuales y misteriosas. ¿Era sólo su imaginación? No estaba segura, pero la combinación de imágenes y música estimulaba sus sentidos hasta límites insospechados. La princesa estaba embelesada con aquellas voces, que cambiaban de tono e intensidad. Asimismo, las siluetas de los amantes se transformaban en criaturas salvajes. Todos sus sentidos eran rehenes de la excitación que crecía en lo profundo de su ser.
Por fin su marido se acercó a ella y empezó a tocarle los hombros, los senos… Le acariciaba la piel sin prisa pero sin pausa, perdiéndose en sus curvas y explorando los recovecos de su hermoso cuerpo. Cuando las manos del príncipe llegaron a su entrepierna, las hipnóticas voces parecían decirle que se abriera una y otra vez, y ella obedeció de buena gana.
El príncipe presionó y masajeó su carne con los dedos, abriéndose camino entre los labios íntimos hasta entrar en la abertura húmeda. Entonces metió un dedo hasta dentro y alguien gimió. La joven no sabía si era ella misma o las voces, que parecían gemir al ritmo de los dedos de su esposo. La joven respiraba siguiendo la misma cadencia y su corazón latía en sincronía con los tambores.
—Quiero que me agarréis el dedo —dijo el príncipe.
Con gran esfuerzo, la princesa Toilla tensó el cuerpo alrededor de su dedo.
—Muy bien. Y ahora soltadlo.
Ella hizo lo que le pedía.
—Perfecto. Ahora volved a tensaros y relajad…
El príncipe le hizo repetir la operación muchas veces hasta que un escalofrío exquisito le recorrió el cuerpo.
—Quiero que hagáis estos ejercicios cada noche antes de venir a la cama. Como si os cepillarais el pelo.
—Mmmmm —dijo ella, contrayendo y relajando los músculos alrededor del dedo.
—Decidme que lo haréis.
—Lo haré. ¿Pero podré hacerlo con vuestro dedo?
Él se echó a reír.
—Si queréis os ayudaré con mi dedo.
El príncipe sacó algo de un vaso y se lo metió en la boca. Entonces escondió la cara entre las piernas de la princesa y empezó a lamer su humedad con la lengua fría. Ella soltó el aliento y levantó las caderas de la cama. Su esposo le agarró las caderas y le introdujo algo duro y frío, empujándolo con la lengua lo más dentro posible.
—¡Oh! —gritó ella súbitamente.
Aquella sensación era aguda, dolorosa. Pinchazos de hielo congelaban las paredes internas de su cuerpo mientras movía las caderas.
—No puedo soportarlo —exclamó sacudiendo las caderas arriba y abajo.
La risa de su marido hizo crecer su desesperación. Parecía que la música provenía de su interior, derritiéndola con cada movimiento.
—¿Queréis más? —preguntó el príncipe.
—¡Sí! ¡Oh, sí!
La había estado lamiendo todo el tiempo, pero entonces le introdujo otro pedacito de hielo y lo empujó hacia dentro con la lengua.
—Oh, seguro que… —dijo ella con un gemido, pensando que habría alguna forma de domar ese placer.
—Sí —contestó él—. Ya llegaremos a eso. Frenad un poco.
Él siguió lamiendo su abertura palpitante y le metió otro hielo. La princesa gritó de placer al sentirlo. Entonces el príncipe, al ver que estaba lista, deslizó los dedos por su sexo húmedo en busca del bulto carnoso que estaba justo encima de su abertura. Tal y como había predicho la hechicera estaba hinchado y enrojecido. Entonces puso el dedo encima de él y empezó a frotarla. Su esposa detuvo el movimiento de las caderas y se quedó inmóvil.
—¿Os gusta? —preguntó él.
—Sí —contestó ella, suspirando.
—Decidme que os gusta.
Mientras la frotaba agarró un trocito de hielo.
—Me gusta.
Él le introdujo el hielo en la vagina.
—Decidme «quiero que sigáis tocándome».
—Quiero que sigáis tocándome.
Las voces de la música se hacían eco de sus gemidos y los tambores imitaban los latidos de su corazón. La princesa reanudó el movimiento de caderas, frotándose contra la mano de su esposo frenéticamente.
—Relajaros y disfrutad de la sensación —le dijo él—. Tenemos toda la noche. Me encanta tocaros.
La mente de la princesa nadaba en un mar de voces e imágenes. Lo quería dentro de ella y así se lo dijo.
—No. Esta noche no.
—Pero…
—Quizá después, pero sólo si os esforzáis y os portáis bien. Vais a esforzaros mucho, ¿verdad? —ella gimió y siguió moviendo las caderas contra su mano—. Decidme que vais a esforzaros mucho.
—Lo haré.
La princesa cerró los ojos, pero su mente dibujaba imágenes mucho más gráficas que las de las paredes. Trató de ahuyentar las visiones, pero era imposible. Había perdido el juicio y veía cosas que no podían ser naturales o posibles. Se frotó con violencia contra la mano de su esposo.
—Decidme que vais a esforzaros mucho —le dijo él y le metió otro hielo.
—Me esforzaré mucho —dijo ella y aceleró el ritmo de sus caderas.
En varias ocasiones había llegado a estar al borde algo, pero había retrocedido. Había llegado de nuevo y una vez más su mente iba a cambiar de dirección, pero la joven cerró los ojos y se concentró en aquellas imágenes de lujuria en las que hacía cosas inconfesables con su esposo. La música la ayudó a lanzarse al vacío.
—Lo haré. Lo haré… —murmuraba sin cesar.
—Eso es, princesa —le dijo él y metió otro hielo en su sexo tembloroso y caliente.
—Lo haré. ¡Oh!
El hielo heló su carne al caer por el precipicio, intensificando así el efecto del clímax. Puso la mano donde la acariciaba su marido y lo sujetó con fuerza, tratando de aferrarse a las olas de placer que bañaban su cuerpo y corrían por sus venas. Entonces se abrazó a su esposo, temblorosa y vulnerable.
La hechicera le había recomendado al príncipe que se concentrara sólo en el placer de su esposa, pero… ¿Cómo podría hacerlo?
La penetró con frenesí. Estar dentro de esa humedad satisfecha era algo extraordinario. Su cuerpo se estremeció violentamente mientras luchaba por retrasar el clímax, para así poder rozarse con los tiernos pétalos de su carne henchida. Para ella, sentirlo en su interior desencadenó ondas de placer, vestigios del éxtasis vivido. De pronto se dio cuenta de que realmente estaba haciendo el amor y se deleitó con aquel sentimiento glorioso.
El día siguiente fue muy largo y la princesa lo pasó soñando con lo que estaba por venir. Ésa sería su verdadera luna de miel. Por fin llegó la noche con su promesa de luz, música y pasión, y la princesa se apresuró a ir al dormitorio. Se dio un baño y cuando se acostó en la cama, totalmente desnuda, ya estaba excitada.
Esa vez el príncipe la hizo ponerse sobre él, a cuatro patas y en dirección opuesta. En esa postura tenía las caderas separadas en el aire, justo delante de la cara de su marido.
La princesa apoyó la cabeza sobre el abdomen de su esposo, aunque sabía que él estaba excitado y que deseaba que lo tocaran.
Él empezó como la noche anterior, acariciando su cuerpo de arriba abajo. Después introdujo un dedo dentro de su sexo húmedo y ella comenzó a practicar el ejercicio que habían ensayado previamente para fortalecer los músculos. Mientras tanto, él la alentó tal y como había hecho con anterioridad, acariciándole el trasero mientras deslizaba el dedo hacia dentro y hacia fuera. Ella se dio cuenta de que estaba mucho más excitada que antes, y sus caderas se meneaban al ritmo de la música mientras contraía y relajaba. De hecho llegó a pensar que esos ejercicios imitaban las contracciones del orgasmo a la perfección, aunque no fuera tan deprisa. ¿Estaba ayudándola ese ejercicio? Todo parecía indicar que el simple acto de hacerlo despertaba las capacidades de placer que dormían en su entrepierna.
—Tomaros vuestro tiempo —oyó decir a él, pero la música le pedía que se moviera más rápido y entonces se imaginó a su esposo mirándola.
Cuando terminó con los ejercicios, él la recompensó hundiendo su lengua dentro de su sexo mientras le quemaba la piel con su aliento caliente.
De repente oyó el tintineo del cristal y supo que él estaba tomando un cubito de hielo. Ella comenzó a gemir y lo hizo reír.
—¿Os gustan los cubitos de hielo?
—¡Sí! —admitió ella.
—Creo que tenéis que ganároslos.
—¡No! —gritó ella.
Ya sentía el temblor de sus labios íntimos, que intentaban alcanzar el hielo.
—Meted la mano entre las piernas.
Ella titubeó un momento y entonces se palpó hasta encontrar el lugar que habían descubierto la noche anterior.
—Ésa es mi princesa —le dijo él y le agarró la mano.
Entonces la ayudó a frotarse, y cada vez que ella lo obedecía le introducía otro cubito de hielo.
Mientras tanto, la princesa contemplaba con avidez una imagen erótica proyectada sobre la pared y masajeaba su pequeño botón mágico con ahínco. Y las voces seguían con sus cantos sensuales.
El príncipe la observaba desde un ángulo privilegiado. Verla tocarse y sacudir las caderas salvajemente era una tortura para él. Ella sabía que era imposible, pero sus labios íntimos parecían querer engullir el hielo y derretirlo en un torrente de humedad. Cuando el hielo se disolvía, él lamía sus pétalos de mujer, calmando su deseo. Mientras tanto la princesa siguió frotándose la entrepierna y así descubrió que podía hacerlo mucho mejor que su marido. Además, le encantaba que él la viera hacerlo.
Pero entonces las voces le dieron un mensaje nuevo. Con si estuviera en trance, levantó la cabeza y observó el miembro turgente entre las piernas de su marido. Instintivamente, lo cubrió con la boca y empezó a mover la cabeza arriba y abajo al ritmo de sus caderas, entrando en sincronía con la música turbadora. El príncipe gimió, pues ya no podía aguantar más, y entonces se dio cuenta de que ella estaba cerca del clímax y la ayudó a llegar con otro cubito de hielo, empujándolo muy dentro con el dedo y disfrutando de su humedad de seda.
La princesa sabía que sólo tenía que dejarse llevar por ese maremágnum de sonidos y sensaciones para experimentar esa vibración maravillosa, pero no se rindió aún. Comenzó a chuparlo con más fuerza y rapidez al tiempo que sacudía las caderas con desenfreno y se frotaba con frenesí. Con gran esfuerzo él agarró otro cubito de hielo. Aquel placer era embriagador.
De repente, el príncipe se puso detrás de ella y estuvo a punto de tirarla de la cama. La princesa se quedó a cuatro patas y siguió acariciándose. El príncipe le introdujo otro cubito y la penetró inmediatamente, empujándolo más adentro con cada embestida. Ella gritó de placer y se dejó llevar por un orgasmo intenso y magnífico, arrastrando al príncipe en el remolino de éxtasis.
La hechicera le había recomendado que practicara esos ejercicios con su esposa todas las noches tanto tiempo como fuera necesario, pero los zapatos de la princesa dejaron de gastarse y ellos aún siguieron practicándolos cada día.