CINCO

Los cinco muchachos, estirados en el césped, conversaban en voz queda, mientras Silvano proseguía pintando su cuadro "Los Bañistas". Sobre ellos navegaban despaciosamente las nubes bajas y espesas. El tiempo anunciaba lluvia, una tormenta quizás. No era un buen día para pintar, pero el maestro se afanaba en el trabajo. A pesar de las diferencias de la luz febril que distorsionaba las perspectivas y modificaba la gama pictórica, sugiriéndole a Silvano síntesis y pinceladas que no hubieran brotado de la luz tranquila, Tony, Kurt, Mario, Pepe Farfán y Liny posaban al amparo de la frescura de las hortensias que, agrupadas junto al arroyo como mujeres, rosadas, celestes, blancas, se defendían del calor. La tarde, viscosa, avanzaba entre remotos mugidos.

Los muchachos hablaban de María Lola. Kurt guardaba silencio; Tony la defendía lánguidamente, haciéndose aire con una pantalla de mimbre, y los otros tres la atacaban. En cuatro días, María Lola había dividido a "El Paraíso" en dos bandos antagónicos, muy desequilibrados, pues casi todos formaban contra ella. Tony no quería dar su brazo a torcer, ya que había sido el más entusiasta cuando se trató de recibirla, pero cualquiera que lo conociera un poco hubiera advertido que empezaba, en plazo tan breve, a cansarse de su invitada. En verdad, María Lola era insoportable. Su irritación, azuzada por la falta total de noticias del terrateniente, abría canales nuevos. En cuanto llegó dio a entender, bien claro, que en "El Paraíso", donde cada uno cuidaba su personalidad con celo quisquilloso, los problemas de los demás y sus importancias respectivas se tornaban secundarios y pueriles, frente al gran drama con altoparlantes que ella estaba viviendo y cuyas consecuencias últimas saltaban a la vista. Y, como es natural, los "paradisíacos" —María Lola los apodó así desde el primer momento, abundando en burlas sobre los paraísos artificiales, el Paraíso Perdido, el Limbo, las aves del paraíso, el paraíso y la tertulia, y otros temas obvios— reaccionaron contra sus sarcasmos, sin emplear muchas armas, por supuesto, dado el estado de la joven. María Lola se rió a carcajadas de "Benvenuto", punto sensible de Tony; se mofó de los trajes dibujados por Farfán, que no merecían sus ocurrencias; de la barba de Pepe, que le pareció ridícula; de los remilgos y parpadeos de Carlota Bramundo; de su gato; de la insignificancia de Lila Muñiz; de las acrobacias y desplantes de los bailarines, ufanos de sus figuras; de la timidez de Kurt; de la extravagancia nictálope de Tití; del mal carácter de Silvano, cuya pintura juzgaba anticuada; del snobismo sin puntería de Ferrari Espronceda; de las hadas de Lucy Landor; de las pretensiones de Don Boní al Jardín Zoológico; y de las ceremonias de Vicente, el mayordomo centenario En cuatro días, no dejó títere con cabeza. Los hostigó. La maternidad la había embellecido y la frustración había aguzado su sentido irónico. Movía de un grupo al otro su cuerpo abultado como una proa, y se dijera que no podía retener el fluir incesante de sus sátiras acerbas.

—Yo no la he conocido... normal... —dijo Liny, desperezándose—. Así, es insufrible.

—Normalmente —respondió Farfán, que integraba los círculos pseudo-artísticos-literarios que María Lola había desertado ante la tentación del estanciero—, normalmente es igual. Una mujer fastidiosa, cargante, llena de vueltas. En fin, es tu amiga, Tony, y vos sos el dueño de casa, pero te aseguro que yo, en tu lugar...

—¿Y lo que le dijo a Don Boní? —interrumpió Mario. Imitó la voz de la muchacha:

—Don Boní, estás pareciéndote cada vez más a Ferrari. Lo lógico era que Ferrari se pareciera cada vez más a vos, porque el mejor es el que enseña al otro. Y no... no... lo he oído contar en lo de mi hermana Mercedes: Don Boní está idéntico a ese perro de policía que anda con él.

Tony se echó a reír:

—No me negarás que es gracioso. ¡Ese perro de policía!

—No le veo la gracia. A vos te llama "El Benvenuto mal venuto".

—Es una idiota —y Tony, mortificado, se abanicó con la pantalla de mimbre—, pero a los idiotas hay que ayudarlos también... y yo creo...

—¡Kurt, levanta la cabeza! —gritó el maestro.

Silvano revolvió el pincel sobre la paleta, como si no oyera nada. Entre él y los muchachos, entre la desesperación siempre alerta de su vejez, de su enfermedad, y el mundo inalcanzable de los jóvenes, estaba su cuadro, como una zona neutral, equidistante, en la que los muchachos y él convivían, porque allí él era el más joven de todos, al enfrentar su actividad impulsiva y vehemente con el abandono desganado de los modelos, y allí se hablaba de igual a igual, el viejo dinámico y los muchachos anquilosados, inmóviles, el creador ágil y los muñecos sin ropas arrojados sobre el césped. Sí, su cuadro, sus "Bañistas", era su último intento de alzar el tinglado mitológico en el cual los pintados y el pintor entraban juntos, sin edad, eternos, como personajes de la misma pantomima armoniosa, infinitamente más bella, más rara y más poética que la invención de "Benvenuto Cellini".

Kurt alzó la cabeza. María Lola lo preocupaba. Para entender el proceso singular que se producía en el ánimo inquieto del discípulo, es necesario recordar las circunstancias de su vida y hay que tener en cuenta lo que "El Paraíso" significaba para él. En "El Paraíso" había hallado algo que, subconscientemente, siempre había ansiado y que definía por aproximación llamándolo "la solidaridad". Sí: "El Paraíso" representaba para Kurt la materialización del espíritu de solidaridad que constituía la raíz de su carácter generoso. Veía llegar allí, cotidianamente, a las mismas personas, y se repetía que lo que las ligaba, lo que hacía que Don Boní y Nelson Ferrari efectuaran, día a día, el viaje de Buenos Aires a la chacra, en un trencito infernal; lo que atraía a muchachos tan independientes y solicitados como Mario y Liny; lo que los reunía a todos, desde Carlota Bramundo hasta Lila, no era la posibilidad inverosímil de contribuir a la elaboración del "Benvenuto" improbable; ni tampoco la de bañarse en el arroyo de las hortensias; ni siquiera la de participar de comidas fastuosas en un medio de lujo, presidido por una mujer extraña; sino la presencia de un clima, de un atmósfera de solidaridad. Su sangre alemana fluía, impetuosa, romántica, al reclamo de la solidaridad. Creía en ella como un filósofo. Creía que sólo cuando los hombres provocaran y lanzaran a través del mundo una cálida corriente de solidaridad, el mundo se salvaría. Y así como bañaba en el arroyo su cuerpo fino, bañaba su alma clara en la frescura de la solidaridad recién descubierta que los vinculaba, que lo hacía sentirse semejante a Don Boní, a pesar de la diferencia de edades, y semejante a Tony, a pesar de la diferencia de educaciones. Y esa solidaridad surgía a su entender del hecho de que en "El Paraíso" todos fueran iguales, de que aquí, en oposición a lo que sucedía en el taller del maestro, se lo considerara a él, autónomamente, como una individualidad, tan rica e interesante como la del propio Silvano. En la Boca, el maestro lo era todo. Discípulos, admiradores, acólitos y compinches, giraban alrededor de él, de su despotismo, de su personalidad fuerte. Las peleas soeces, los insultos, las lágrimas, tenían por objeto conquistarlo o hacerle experimentar el despecho que suscitaba su desinterés. Verdad que Silvano lo distinguía a Kurt como a ninguno, pero, aunque el muchacho era sensible al privilegio —no siempre cómodo— de esa situación, desde niño había pugnado por escapar del ambiente de protección que lo circundaba, sofocándolo a veces, porque a lo que él aspiraba (y que entreveía, confusamente, dentro de la idea de lo que llamaba "solidaridad" y que le inspiraba "El Paraíso") era a un equilibrio coincidente en el cual cada uno ofrendaría de sí lo mejor, intercambiando liberalidades en un plano de justicia, para lograr la felicidad y la alegría de todos.

Kurt pensaba que para vindicar su vida y merecerla, cada uno debía llevar a cabo algo hermoso que fuera como la culminación de sus afanes y que entregaría a los demás pródigamente. Quienes cumplían esa tarea eran solidarios. Las capacidades eran distintas pero el ideal las nivelaba. Y se decía que en "El Paraíso" había encontrado eso, tan misterioso, tan necesario y tan sutil. Creía, ingenuamente, que los huéspedes de la chacra participaban de sus anhelos y que eso le infundía a "El Paraíso" una condición excepcional, sin captar que allí, como en cualquier parte, cada uno trabajaba para sí mismo. Imaginaba, sí, que en la chacra nadie dependía, nadie protegía a nadie, que cada uno era un ser aparte, profundamente vital, pero que todos formaban un conjunto, una fuerza solidaria de arquitectos, de constructores de la vida. Y lo que le hacía ver en "El Paraíso" lo que allí no existía, era su urgencia por encontrarlo.

Desde chico, había asistido a las tentativas de superación de su padre. El marmolero bávaro guardaba, detrás del gallinero, en una habitación minúscula caldeada por el sol y azotada por el frío, una escultura a la cual había consagrado largos años de labor y que resumía, en cierto modo, sus sueños de artista malogrado. Cuando terminaba su tarea uniforme de grabador de lápidas, se encerraba en el cuartujo y Kurt lo oía martillar hasta tarde. Sólo después, cuando el contacto con Silvano lo familiarizó con el arte auténtico, el muchacho comprendió que la obra de su padre —aquella complicada alegoría de la "Resurrección"— no valía nada estéticamente. Pero de pequeño lo maravillaba. Y aún ahora seguía maravillándolo por lo que implicaba como esfuerzo desamparado y dadivoso. A menudo había espiado por el ojo de la cerradura al bávaro cubierto de polvo, hermoso como una estatua antigua, que se empeñaba ante el bloque de mármol de cuyo blancor nacían las pequeñas figuras. Quizás, inconscientemente, más que la obra en sí, lo que lo fascinaba era la actitud paterna, su capacidad para aislarse de la torpeza y la mediocridad de la vida, y engendrar algo propio. El bávaro salía del cuarto secreto y se transformaba en un obrero modestísimo. Su ademán, su expresión cambiaban. Venían gentes distintas al taller, a encargarle inscripciones fúnebres sembradas de puntos de admiración y de puntos suspensivos, a solicitarle, por décima vez, de acuerdo con su tarifa humilde, que repitiera el modelo del ángel que inclina la urna, o el modelo de la mujer velada, o el modelo de la guadaña y el reloj de arena, y su padre cumplía con monótona precisión, sin discutir. Sus clientes eran sus protectores, los que lo ayudaban a ganarse el pan, y le hablaban patrocinándolo, pero en el cuartujo, el protector, el maestro era él. Por eso Kurt lo había seguido a Silvano, porque esperaba que Silvano le suministraría los elementos y el aire de solidaridad que le permitirían, a su vez, crear, realizarse, ser él mismo un individuo, diferente de la tribu infantil, blanca de yeso, que rodeaba a su padre entre las losas tumbales, como si el taller se hubiera llenado de silenciosos ángeles vivos. Y se encontró con que el pintor, en lugar de estimularlo y echarlo a volar, lo ahogaba. En el caserón de la Boca estaba como debajo de un fanal donde era difícil la respiración y donde sentía, por doquier, la presencia del maestro y de todo lo que el maestro arrastraba consigo de ansiedad herida, de desilusión mundana y de violencia dominadora. Como Kurt lo veneraba a Silvano y como su timidez y su pudor podían más que sus impulsos, no rompió los lazos que lo ataban, cada día más estrechos, a su protector. Creyó que la pintura, que la poesía podría liberarlo, pero su ignorancia y su falta de real inspiración se lo impidieron. Se dio cuenta entonces de que los dones, fruto de la arbitrariedad divina, se distribuyen al azar y caen, como la lluvia, súbitamente, en cualquier parte, en la parte que menos los merece. Él, que anhelaba ser útil, derramar a manos llenas el caudal de su generosidad contenida, advirtió que lo relegaban a un rincón del taller, donde cebaba el mate, y que su razón de ser en la vida consistía en acompañarlo a Silvano en sus correrías beodas e impedir que el maestro se perdiera. Eso, esa contribución a salvar al artista, era mucho, sin duda, pero Kurt aspiraba a más. Aspiraba a "existir" por algo que no fuera la gracia de su cuerpo y la luminosidad de su pelo, que le elogiaban siempre en los bares abarrotados de gente náufraga; aspiraba a tratar de contribuir, como su padre con la "Resurrección" que esculpía en su diminuto cuarto, con un aporte suyo, indiscutiblemente suyo, a embellecer la vida de los demás. No quería percatarse de que su colaboración a la belleza del mundo, a la cual cada uno allega, suntuoso o desvalido, lo que buenamente posee, consistía precisamente en ese cuerpo y en ese pelo que oía alabar alrededor y que para él contaban tan poco, casi nada, apenas como mera encuadernación del alma caritativa que llevaba adentro. Bastaba, en realidad, con que él estuviera callado, en la penumbra del bar o en la niebla del taller, en la mesa de los tristes borrachos nocturnos o entre los muebles apolillados de los Soria, como una dorada lámpara encendida, para que todo se iluminara y alcanzara la calidad resplandeciente de la gloriosa luz. Y, sin valorar ese privilegio, se debatía, pensando, maquinando, dejando los pinceles por la pluma, asegurándose, cuando de noche salía al balcón, que el maestro había pintado tantas veces, con sus geranios puestos en latas de aceite y sus rotas macetas, que su vida carecía de un fin y que estaba lejos de Dios. Pero ahora, en "El Paraíso", desde la llegada de María Lola, presentía que en lontananza, más allá de las brumas que lo habían envuelto desde que se sumó al séquito de Silvano, empezaba a dibujarse, con increíble felicidad, el puerto hacia el cual tendían sus energías sin rumbo. Acaso el motivo de su andar terrenal no fuera la invención de un cuadro o de un poema, como había soñado. Acaso el motivo fincara, únicamente, en proteger a otro ser, a uno solo, no en entregarse a todos por medio de la obra solidaria, sino en lograr esa solidaridad a través de una sola persona defendida, rescatada por él. Los otros la detestaban a María Lola. Chocaban con ella. No la entendían, no podían entenderla porque el interés vital de Tony, de Farfán, de Liny, demasiado ricos, buscaba otras rutas para prodigarse. No se detenían en el camino, a recogerla, a incorporarla a la caravana. Iban apurados, hablando, riendo, interpelándose, cada uno con su obra o con su proyecto de obra en las manos, como un cortejo de reyes magos, brillante y sonoro, que avanza hacia lo lejos, y sólo veían en la mujer deforme que los insultaba a un lado de la carretera, el gesto hostil. Él tenía las manos vacías y temblorosas; era el más mísero de la cabalgata vocinglera de "El Paraíso", con su cuerpo todavía adolescente por todo haber, su cuerpo que lo humillaba tanto; pero sabía que su capacidad de dar era mucha y estaba intacta, y el corazón le decía que esa mujer, esa pobre mujer orgullosa, lo necesitaba y que si él podía significar, para María Lola, la recuperación del equilibrio, ella podía representar para él algo semejante a una brújula hallada en la arena. Y además —porque todo este proceso torturador era complicado y oscuro y enredaba al muchacho en sus hilos múltiples, de suerte que él mismo, acostumbrado a analizar, se perdía en la fronda de sus ramificaciones—, además de su empeño por recobrar su personalidad, encadenada por la tiranía celosa de Silvano; de solidarizarse con los otros en una vaga tarea redentora; de renunciar a sus perspectivas de una obra intelectual incierta a cambio de redimir una sola alma extraviada; y de los otros muchos elementos mezclados y contradictorios que guerreaban y argüían en su interior, oprimiéndolo y trastornándolo, había que tener en cuenta, en este caso, un elemento trascendente —fundamental, aunque Kurt se esforzaba por disimulárselo y disminuirlo— que resultaba de la poderosa sensualidad de María Lola. Puede decirse que hasta esa oportunidad las mujeres no habían existido para Kurt. Su mundo, el mundo de Silvano, había sido un mundo de hombres, equívoco y violento, en el que las pasiones secretas o agresivas rondaban como lobos hasta asfixiarlo. Pero ahora, por primera vez, el amor que reclamaba su cuerpo —ese largo cuerpo arcano, complejo como un paisaje— y que le habían negado en el taller telarañoso de la Boca, surgía ante su desconcierto, en el instante de saturación más propicio, encarnado extrañamente en una muchacha ultrajada a quien podía liberar y proteger, una muchacha cuyo cuerpo deformado alejaba a los otros hombres, hartos de mujeres, en tanto que ese mismo cuerpo lo atraía a él y fascinaba, por lo que su madurez encerraba de misterioso, de fecundo y de vital. Por primera vez, así como la atmósfera solidaria que había creído descubrir en "El Paraíso" había colmado su soledad habitada por el absolutismo sufriente de Silvano, la presencia de una mujer pagana y absurda lo había inundado de una felicidad que no acertaba a definir y en la que convivían, unificados, su alma y su cuerpo, su necesidad de amparar, de saberse útil, libertador, rescatador, dueño de una fuerza individual que hasta entonces desconocía y añoraba, y su necesidad del amor de los cuerpos que lo asustaba y encendía y que se había fijado por fin en el ser aparentemente menos seductor.

Silvano, siempre avizor, había olfateado, los últimos días, la cercanía de algo nuevo e inquietante que no conseguía ubicar. La actitud de su discípulo no había cambiado, pero algo flotaba en el aire. Y pintaba como si se drogara, para no pensar en nada que no fuera en la desesperación del color y de la forma, porque una vez que lograba penetrar en su cuadro, ninguna diversión, ninguna angustia, ni siquiera las punzadas de su enfermedad latente, podía distraerlo de él, y estaba allí como dentro de una amurallada ciudadela en la que las pasiones centelleantes, distintas, abstractas, inexplicables para los demás, no participaban de la triste lucha cotidiana y de sus miserias sabidas. Pintaba, a pesar de que las nubes se tornaban más y más espesas, violáceas y grises. De tanto en tanto, como hasta los de Kurt, llegaba hasta sus oídos una ráfaga de la conversación de los muchachos, y ambos, maestro y discípulo, seguían con la madeja de sus pensamientos y con la vehemencia de su pintura, cerca de los otros pero en verdad distantes.

Tony había tenido, la noche anterior, una idea para un cuento y la refería a los demás, deplorando, en el fondo, que no se le hubiera ocurrido un poco antes, pues entonces hubiera podido servírsela al príncipe Marco-Antonio Brandini, como contrapeso de sus relatos de la librería de las hadas y del baile en torno a la estatua de Aquiles que habían monopolizado la atención durante la visita del italiano. Ese cuento respondía al afán de Tony por que no lo consideraran "anticuado", con su Renacimiento, sus decoraciones, sus amistades aristocráticas y sus pirotecnias decadentes. Tony pensaba situarlo en el año 3000 y que con ello daba una prueba sobrada de su perspicacia abierta a las sugestiones de lo inusitado, de lo fantástico, de lo que sólo se atreven a urdir los espíritus realmente agudos. Describiría el conflicto amoroso de un muchacho del año 3000. En esa época, de acuerdo con la interpretación literaria de Tony, todavía no se habría logrado suprimir la muerte, condena del género humano, pese a los infinitos experimentos desarrollados en ese sentido durante las sucesivas centurias. Apenas si se habría conseguido postergar algunos años el término de la vida. Pero lo que sí se habría alcanzado, era la anulación de los estragos del tiempo —"les ravages du temps", dijo Tony— o sea que la gente llegaría a su plenitud física y luego no envejecería aparentemente, pues ni se le caería el pelo, ni le saldrían canas, ni se arrugaría, encorvaría, etc. El drama del muchacho imaginado por Tony consistía en que ignoraba la edad de la mujer de quien estaba enamorado. Lo que lo desorientaba era que en ciertas oportunidades procedía como si fuera muy joven, muy ingenua, y decía cosas que su adorador no sabía si debía interpretar como inocentadas propias de una adolescente, o como signos de chochera senil, pues era posible también que se tratara de una mujer centenaria, llena de conocimiento, cuya cabeza empezaba a flaquear. A lo mejor —a lo peor— resultaba que tenía ciento veinte años y que se moría dos o tres años después, de puro vieja, sumiéndolo en la consternación.

Farfán, Liny y Mario lo felicitaron por el planteo. Les parecía una idea original. Le instaron para que escribiera el cuento y no lo dejara perder como tantos temas suyos. Le urgieron para que lo enviara a la revista "Sur". Pero Kurt, el mudo, salió de su apatía:

—Lo único que debe importarle a tu personaje es su amor. Si está enamorado, en verdad enamorado, esos tres años, en el caso de que sea una mujer centenaria, o cien años, si se trata de una mujer de su edad, tienen igual valor. Lo importante es que los viva con ella. Lo importante en amor, creo yo, es la ineludible necesidad de la persona querida. Si está enamorado, no se parará a hacer esos cálculos y se irá con ella.

Calló, intimidado por lo que acababa de decir. Silvano detuvo el pincel sobre la tela:

—¿Y vos, qué sabes de amor, que te vemos tan informado?

Tony, picado por la réplica, chocante en un medio donde sus ideas eran acogidas con aplausos, buscó la alianza del maestro:

—No sabes nada.

El pintor, con una sonrisa maligna, reanudó la labor y se puso a cantar:

Voilá pourquoi, par le gros temps, je regarde la mer en pleurant...

Liny añadió:

—No sabes nada, nada.

El bailarín hablaba al azar, observando las anchas nubes en las cuales perseguía los rostros de sus amigos, de los profesores del colegio.

Detrás de uno de los árboles negros, de bronce patinado, que evocaban las estatuas desenterradas, se oyó la voz de María Lola. Tendida junto al arroyo de las hortensias, lo había escuchado todo.

—En el año 3000 —exclamó— la gente no podrá equivocarse, porque sólo las personas centenarias, chochas, dirán cosas ingenuas. Si la mujer de tu cuento es una chica, te aseguro que no dirá nada inocente. No lo dicen ahora... imagínate lo que será en el año 3000...

Se alzó, entre las hortensias, como un ser venido de otro mundo, y se aproximó a los muchachos que exhibían su desnudez vanidosa. El mono gris de la señora Tití saltó desde su hombro hasta su rama, se prendió con su cola blanquinegra y lanzó un chillido.

Kurt sintió que su sangre fluía con más fuerza. María Lola lo miró en los ojos:

—El único que ha hablado lógicamente es Kurt.

María Lola se apartó por el borde del agua, camino del grupo que formaban, a la sombra de la galena, Lucy Landor, Carlota Bramundo y Lila Muñiz. Hasta entonces no se había detenido a pensar en Kurt. No había pensado en ninguno de sus compañeros de "El Paraíso". No le interesaban. Demasiado embargada estaba con su propio dilema para dedicarles un minuto de atención. Los consideraba como un conjunto amorfo, de brazos, de piernas, de pelos alborotados. Y de repente, de esa reunión que siempre le parecía disfrazada, irreal, pues aún en los momentos en que no los usaban veía a sus participantes con los trajes de "Benvenuto Cellini", se destacaba al primer plano una figura, la de un muchacho fino y hermoso que pronunciaba rotunda y simplemente, como una fórmula mágica, las palabras que había ansiado oír desde que conoció al estanciero, las palabras directas sobre el verdadero amor.

Se pasó las manos sobre el vientre y suspiró, cansada. Por primera vez desde que había asumido, para defenderse, la actitud de orgulloso desenfado con la cual enfrentaba el desdén del que ahora andaba por Escocia, comprando toros y borrándola de su memoria, como se descarta un recuerdo inoportuno, sentía vergüenza. Era como si, delicadamente, se hubiera insinuado una fisura en el escandaloso edificio que su despecho, su resentimiento y su ambición habían levantado, disimulando la pobreza trivial que escondía, con inscripciones lujosas relativas al amor. Y el edificio que fingía ser de piedra era de arena, y la arena comenzaba a escapar, en lluvia tenue, por la hendidura que se ensanchaba en sus cimientos más y más.

Sacudió la cabeza, negándose a aceptar esos conceptos disolventes cuya amenaza se cernía sobre su altanera personalidad, hecha de ostentación, de la acritud innata de saberse la fea de la familia, y de una exasperada necesidad de ternura. ¿Qué le importaba lo que predicaran estos o aquellos? ¿Qué le importaba nada que no fuera ella misma y su drama y las noticias que seguía aguardando con impaciente seguridad? Ella era María Lola y los demás no eran nadie, nadie, nadie... Pero... ¿cómo se llamaba?... Kurt... Al oírlo, emboscada en el mojado refugio de las hortensias, había detectado en su tono una pasión, un fervor distintos, entre las voces andróginas del coro de Tony para el cual nada valía nada. Y acaso, para ella, ¿algo que no fuera ella misma valía algo?... Kurt... Tenía el cuerpo largo y las piernas esbeltas, el pelo igual al de un amigo de sus hermanas de quien había estado enamorada de chica, y unos grandes ojos ardientes. ¿Cómo era posible que no lo hubiera distinguido antes, que lo hubiera confundido con Pepe Farfán y con el resto, con la comitiva que la había acompañado siempre, por bares y exposiciones, por remates y comidas, bromeando, disparatando, chismorreando, en tal forma que cuando apareció el estanciero, el gran vacuno inmóvil, su sobriedad recelosa —¡y sin embargo tan vacía!— se le antojó, por contraste, una verdad sólida como las piedras? Las piedras... donde hubo piedras no había más que arena que escapaba del reloj del tiempo...

Una leve sofocación la obligó a llevarse las manos a la garganta. Se acercó a Carlota Bramundo que, temerosa, pretendió no advertir su presencia, y le elogió su gato, su Schariar, su gato inmortal de "Las mil y una noche"; y a Lucy Landor le preguntó, suavizando el timbre, si era cierto, como le había referido su madre quien lo tenía de la bisabuela inglesa, que las hadas se vuelven invisibles comiendo semillas de helechos, "fern-seeds".

Las horas finales de ese día estuvieron pobladas de cavilación para varios de los "paradisíacos". Kurt siguió ahondando en sus meditaciones de muchacho cuyo amor florecía sin que él mismo, por falta de experiencia, comprendiera el juego de sus resortes y valorara su total alcance. María Lola, alterada, prolongó el examen de su situación desde un punto de vista opuesto al que hasta entonces había adoptado. Varias veces, asomada a su ventana, lo vio pasar a Kurt, que andaba bajo las ruinas de la pérgola, entre la columnata corintia, con su abierta camisa azul, y la imagen del muchacho rubio, hijo espiritual del pintor famoso, continuó adentrándose en su imaginación y ganando dominio, de manera que, al crepúsculo, María Lola tomó una pastilla que le habían recetado para serenarse —y que le hubiera convenido tomar más a menudo—, pues se percató con asombro de que Kurt empezaba a arrogarse el carácter de una obsesión nueva y tenaz, inesperadísima en las especiales circunstancias de la vida de la joven —aunque éstas podrían, en cierto modo, justificar su rápido crecimiento—, y francamente alarmante, por su repentina dulzura, para quien hubiera debido ser presa de sentimientos muy distintos. Tony también notó algo raro, una especie de invisible presencia sediciosa agitadora, y cuando lo quiso acompañar a Kurt en su taciturna caminata, en momentos en que las nubes de alguaciles sumadas al gruñir de los truenos remotos y a la lividez de los relámpagos, preludiaban la próxima lluvia, tropezó con el gesto poco comunicativo del muchacho, y se alejó hacia la escalinata esquelética, hacia el despedazado dragón de mármol, en medio de cuyas vértebras, que salpicaban los primeros goterones, y al compás del acordeón de Lucy Landor, Mario y Liny inventaban la pantomima de un baile de elfos. Y Silvano, en su dormitorio donde el tintero de Chopin contradecía espectacularmente a la abollada pava del mate, pensaba que lo único que poseía en verdad era su pintura, porque todo lo demás —y hasta ese discípulo a quien había creído, con la tonta obstinación de los viejos, formar a su semejanza y conquistar para su soledad y su melancolía—, todo lo demás se disolvía en sombras y en nieblas, pues si ignoramos qué hay en el secreto interior de una persona, qué madura allí, espinoso o terso, no podemos decir que esa persona nos pertenece. ¿Y cuándo, de quién, por cercano, por íntimo que sea, estamos en condiciones de decir que sabemos, a cada instante —mientras las imágenes se suceden y entrechocan, con súbitas fulguraciones, en la mente de quien nos preocupa, y su exterior nos ofrece la misma impavidez discreta—, qué pasa por esa mente, más extraña, más fantasiosa, más apartada, más incalculable e impenetrable que las lontananzas de Mongolia y aún que la sideral Betelgeuse? Se refugió, pues, en la fiel pintura, en ese cuadro que era su camarada de ruta, del jardín a su habitación y de su habitación al jardín, y a la luz de la lámpara, dejando de lado la espátula y el pincel, siguió pintando con sus propias manos, con sus dedos embadurnados de color —como dicen que hacía Leonardo da Vinci—, a modo de un escultor que modela, agregando aquí y allá pequeños relieves vigorosos que conservaban la marca de sus yemas ágiles, acariciando, arañando y presionando su obra, sus "Bañistas", como si el cuadro no fuera una estructura plástica surgida de su cabeza sino un ser humano, un resignado prisionero, y sintiéndose, por eso mismo, más entrañablemente dueño de lo que creaba.

Esa noche, durante la comida, Kurt estuvo excepcionalmente distraído. Desde el oro de su tabernáculo, la señora Tití, que vigilaba todo, reparó en su ensimismamiento. Enderezada sobre los almohadones, en el lecho veneciano, en medio de los exvotos barrocos, hacía pensar en un ídolo oriental, en un Buda agregado heréticamente al altar cristiano para confundir a los adoradores, y como utilizaba un par de palitos, de chop-sticks de madera de sauce, para comer el arroz del bol que alzaba remilgadamente, sus ademanes y su continuo enarcar, separar y torcer los dedos acentuaban la semejanza, al evocar en insólito cotejo el místico lenguaje de las manos budistas que los estudiosos han analizado con detención. A su lado, Miss Lucy prefería razonablemente el tenedor de plata inglesa.

Los comensales hablaron un rato del esbozado cuento de Tony, que su autor no escribiría jamás, y el tema del futuro los llevó a ventilar las probabilidades de la evolución de la especie. Don Boní expuso una teoría personal.

—Yo creo —dijo— como muchos otros autores (y sonrió de la broma, haciendo chispear la pulsera sacudida), que la vida ha empezado, en nuestro mundo, en el fondo del mar. Luego, poco a poco, ascendió a la superficie, y el molusco, el pez, se transformaron en hombre. Después, en nuestra época, siempre hacia arriba, el hombre se echó a volar y conquistó el aire. Hasta ahora necesita determinados aparatos para volar, pero esos mecanismos serán cada vez más simples, más pequeños, hasta que el hombre se transforme definitivamente en pájaro, en su evolución vertical que parte del fondo del mar. Así terminará la vida en la Tierra, despoblada por los hombres que se irán volando a otros planetas, en busca de una nueva etapa de su evolución. Pero allí las condiciones propias, atmósfera, clima, los destruirán, convirtiéndolos una vez más en seres rudimentarios, en medio hombres, en peces, en moluscos, hasta que, descendiendo, "déclassés", se refugien en el fondo del mar, donde recomenzará el proceso.

—Y la Tierra —preguntó Carlota Bramundo, abriendo los ojos de odalisca, empavonados de rimmel— ¿quedará deshabitada?

—Por un tiempo, sólo por un tiempo, porque esos moluscos, peces, hombres, pájaros, seguirán buscando planetas en su andanza, y en una de esas caerán de nuevo en la Tierra, donde el proceso volverá a desarrollarse. Y así infinitamente. El Universo no terminará nunca.

—En esa teoría hay una falla —dijo Tony.

—Toda buena teoría la tiene —replicó Don Boní—, de lo contrario no la discutirían, y una teoría que no se discute no sirve para nada.

—Los hombres-pájaros —señaló Tony— al llegar a otro planeta, no tienen necesariamente que degenerar: primero, porque habrán logrado tal perfección que sus conocimientos deberían permitirles triunfar sobre las condiciones nuevas; segundo, porque si esas condiciones son tan malas, nada les costará, antes de empeorar y meterse melancólicamente en el agua a ser moluscos, regresar a la Tierra; y tercero, porque en su vagancia de planeta en planeta, cumpliendo, te concedo, cada vez las mismas etapas de molusco a pájaro y de pájaro a molusco, por ahí aterrizarán en una estrella determinada, que debe existir en la inmensidad del cielo, en la que las condiciones sean favorables; entonces, en lugar de volver a ser moluscos, ¿qué harán?

—Entonces —dijo Pepe Farfán— serán dioses.

—¡Claro! —exclamó Don Boní, encantado con la idea, que no se le había ocurrido—. Serán dioses y se pelearán entre sí, como nos enseña la mitología, hasta que sobreviva uno solo. Y ese dios será Dios, con mayúscula, y en su carácter de Dios fabricará el elemento primero que colocará en el fondo del mar, en la Tierra, en cualquier planeta que llamaremos la Tierra, y que hará germinar al molusco originario.

—De nuevo hay una falla —arguyó Tony.

—Me alegro —dijo Don Boní—; de algo tenemos que hablar. Pero te encuentro muy pesado.

—La falla consiste en que, además de ese dios humano, existirá el Dios-Dios que lo ha precedido, que creó al molusco del cual desciende el dios humano. Y entonces ¿cuál será la situación del dios humano frente al Dios divino?

—El Dios divino —terció María Lola— se comerá al dios humano, al dios-bicho, como si se comiera una ostra.

—Y Él, Dios, será el que creará de nuevo la vida —gritó Lucy Landor, que pugnaba a la distancia por intervenir en la conversación—. Y hará primero las hadas y los duendes, que vinieron a la Tierra antes que el hombre.

—Cada loco con su tema —murmuró Ferrari.

—Y el hombre —prosiguió Tony— evolucionará eternamente, en su movimiento de ida y vuelta, hasta ser devorado y recreado por Dios. Vos, Don Boní, tendrás que reclamar el Jardín Zoológico millones de veces.

—Puede ser —contestó Don Boní— que alguna vez me lo devuelvan. Ojalá sea esta vez, aunque la Municipalidad de Buenos Aires parece esperar tranquilamente a que Dios nos coma a todos para resolver mi asunto.

—Ojalá sea —dijo Silvano, levantando con solemnidad la copa, porque sentía por el viejo señor encorsetado una simpatía real.

Don Boní se inclinó hacia Kurt e inquirió si había empezado a leer a Bergson. Tuvo que reiterar la pregunta, pues el muchacho, desde que María Lola hablara, se había sumido en sus pensamientos sin oír otra voz.

Carlota, su vecina, aprovechó para pellizcarle el muslo:

—Despabílese. Don Boní le está preguntando algo.

—¡Ah! —y Kurt enrojeció vivamente-...perdóneme... sí... sí... Bergson... (y por su mente pasó, fugaz, la imagen de los grandes coches que bloqueaban las calles de la Sorbona, llenos de emplumadas duquesas, cuando disertaba Bergson)... perdóneme... le he pedido el libro a Ferrari...

—¡No me llames Ferrari! —protestó Nelson—. Llámame Cacho.

Odiaba su nombre y su apellido, aunque solía aclarar, a quien quisiera atenderlo, que lo de Nelson era porque descendía del héroe de Trafalgar... "de una travesura, naturalmente, de una picardía... y por desgracia, no con Lady Hamilton...", y que su madre era pariente, pero muy, muy pariente, de José de Espronceda, al que el ex-comisario apodaba, cuando aludía a él (y eso acontecía a menudo) "el Bardo", agregando con engolada voz cuatro versos de la estrofa inicial del "Canto a Teresa", como si ésta fuera un pasaporte y encerrara la filiación de su autor:

"¿Por qué volvéis a la memoria mía,

Tristes recuerdos del placer perdido,

A aumentar la ansiedad y la agonía

De este desierto corazón herido?"

Los declamó esa noche, a la luz romántica de los candelabros, marcando los versos como si tuviera en la diestra una invisible batuta, o por lo menos uno de los chop-sticks de la señora Tití.

—¿Cómo es, en verdad, el parentesco? —interrogó Tony malignamente, recalcando las palabras "en verdad". Ferrari Espronceda sonrió, magnánimo:

—No entiendo de genealogías, che —dijo—. No me importan. Mi madre lo llamaba al Bardo, "Tío José", y tenía un libro suyo, dedicado, que se perdió en una mudanza.

Había repetido esa doble mentira en tantas ocasiones y ante tantos auditorios, de la comisaría al café y, como la naranja, de la sala al comedor, que había concluido por creer (y nadie, ni siquiera sus sorprendidas hermanas, lo hubiera convencido de lo contrario, provocando con la réplica, por supuesto, su ofendido enojo) que su madre, su decorosa, humilde y tejedora madre, la cual nunca, pero nunca, nunca, en su larga vida, lo había mencionado a José de Espronceda, lo llamaba "Tío José", y que ella, casi iletrada, había poseído un ejemplar del poeta con su firma ostentosa en la primera página.

La señora Tití se abstrajo de la conversación. Replegada en su cama, jugando distraída con Rop, pensaba en Marco-Antonio. El príncipe asumía para ella el prestigio que sólo los protagonistas de las leyendas alcanzan. Cuando Don Boní se lo presentó, en Canes, hacía largos años, Brandini centelleaba de esplendor. Su yate, sus caballos, sus pinturas, sus antepasados, sus amistades, su íntima relación con Duma, la espléndida sudamericana a quien conocían todos en Europa, lo rodeaban entonces de un brillo que para Tití no había decrecido, si bien su intensidad había menguado mucho. Seguía viéndolo, como veinticinco años atrás, guiando el mail-coach, disfrazándose de César Borgia y conversando con la misma familiaridad galana con los señores hindúes de la Riviera y con los maítres-d'hotel de París. Bastaba citarlo entonces para poner en marcha una maquinaria compleja de fiestas famosas, visitas al Rey de España, cuadros ancestrales prestados a las exposiciones, ceremonias de la Orden de Malta y alhajas elegidas en Boucheron. El tiempo inexorable había transcurrido; el dandy maduro se había trocado en un anciano; el turista espléndido, recibido al pie de las escalinatas de los hoteles, en Baden-Baden, en Viena, en San Petersburgo, en Nueva York, era ahora el huésped de Ponce de León, en "El Ombú", y Duma había muerto, pero para Tití nada había cambiado. Cuando la señora conocía a alguien que le interesaba, era como si adquiriera su retrato al óleo y lo incorporara a su salón, y esa efigie continuaba intacta mientras el modelo declinaba y perecía. Ella tenía ojos únicamente para su retrato ideal. Adaptaba los datos que le referían, vinculados con las mutaciones de esa imagen en el tiempo, al retrato triunfal que ella misma había elaborado, de la diva ilustre, del señor cosmopolita, de la célebre mujer de mundo, y aunque las crónicas malévolas o inocentes hubieran debido destruir o por lo menos empañar la figura inicial que poseía, la señora se daba mañas para hacerlas coincidir con el personaje de su imaginaria colección pictórica, adecuando los sucesivos rasgos, contradictorios, deslucidos, con los que aseguraban la primitiva magnificencia del héroe, y tolerando, a lo sumo —con una indulgencia que participaba también del celoso afán de no perder lo suyo, lo adquirido—, que las afligentes novedades se agregaran al cuadro como retoques sin importancia o como veladuras y contrastes de claroscuro que enriquecían su carácter. Alejada de la vida mundana —que sólo había vivido, por múltiples razones, de reflejos, como consecuencia, en los últimos tiempos, del dinámico snobismo de Tony y de las charlas anacrónicas de Miss Lucy— y aislada, con sus deformadas memorias, en una existencia que más se parecía a un sueño novelesco que a la realidad, la señora Tití carecía de los directos recursos que le hubieran permitido ubicar las piezas humanas lógicamente en su ficticio ajedrez, a medida que los años transcurrían, de acuerdo con las jugadas burlonas del Destino, y se atenía a planteos remotos, sobrepasados ya, que a menudo eran falsos desde el principio, pues la madre de Tony gustaba de adornar decorativamente a las personas y solía colocarlas en casilleros que no les correspondían. En el caso de Marco-Antonio, el punto de partida había sido justo, pero la posición actual de esa pieza coronada en el tablero, difería totalmente de la que ocupara en las jugadas primeras y que Tití seguía atribuyéndole. Por eso su Marco-Antonio Brandini, su altivo retrato cortesano, era más semejante a las figuras arcaicas de la galería familiar del palacio de Roma, con quienes la señora terminaba por confundirlo, y que comenzaban en un Farinata Brandini-Colonna pintado por Andrea del Castagno, que al marchito príncipe actual, quien sólo conservaba en común con el soberbio hidalgo distante, cierta apariencia exterior de ademanes, de tics, de ropas y de aplomo, relampagueantes de recuerdos áureos. De manera que la actitud de Tití, al rechazar la peregrina propuesta de Marco-Antonio, revestía un valor mucho más vasto del que cabía suponer, puesto que ella había rehusado la mano del gran Marco-Antonio pretérito, del Marco-Antonio deslumbrador correspondiente a la época en que Tití era todavía joven, y no la del caballero caduco, arruinado, que trataba de apuntalar la congoja económica de su final. Claro que la señora tenía una idea vaga de esa situación melancólica, pues Don Boní se había encargado de difundirla en el comedor de "El Paraíso", de acuerdo con los rumores que preludiaban su circulación en Buenos Aires, pero Tití conseguía, de acuerdo con su propia concepción del príncipe, restar trascendencia a las informaciones contemporáneas y mantener incorrupta su antigua y noble concepción de la jerarquía de Marco-Antonio. Había vacilado antes de resolverse, mientras caminaban por el parque nocturno. La proposición de Marco-Antonio, fantástica, imprevisible, le había causado extraordinario placer. Era, en cierto modo, la culminación, el coronamiento de su vida azarosa. De suerte que, sin atreverse a mirar al anciano que marchaba a su lado gravemente, balanceándose con su capita, había titubeado al responder. ¡La princesa Brandini, ella! ¡Ella, Tití, la princesa Brandini-Sforza! ¡Qué tentación! ¡Y cuánto lo hubiera entusiasmado a Tony! ¡La princessa Brandini, Principessa Brandini, Madame la Princesse, Your Highness, con entradas especiales en el Vaticano! Pero... en ese momento, en la lobreguez de los pinos, en la vocinglería de las ranas, su vida entera desfiló ante sus ojos como una cabalgata confusa e impetuosa, y la señora Tití no se atrevió. No se atrevió a cortar la flor dorada que le ofrecían. Temió herirse. Tuvo miedo de las espinas que sin duda ocultarían sus pétalos. Ya una vez, cuando era muchacha, había osado retar al Destino, uniéndose en matrimonio con Don Máximo, y eso fue, en verdad, porque la imperiosa voluntad del padre de Tony actuó por los dos, por ella y por él, pues Tití se dejó llevar, maravillada y aterrorizada, entregando su albedrío en manos del hombre rico y fuerte. Pero aquello había sido muy distinto. Por lo pronto, Don Máximo sabía acerca de ella mucho más —casi todo— que Marco-Antonio Brandini. Sabía a qué atenerse. Podía sospechar lo poco que ignoraba. Y luego los años transcurridos habían avivado en el interior de la señora la llama permanente del miedo, que oscilaba sin cesar en el secreto de un sótano sórdido, denso de viejas sombras, de modo que el tiempo, en lugar de concederle, indulgente, una impunidad fundada en el dinero y en las relaciones, había acentuado su frágil flaqueza año a año y conquista a conquista, puesto que lo que ahora podía perder era incomparablemente mayor que lo que había tenido en su juventud, cuando su primer matrimonio. No se animó, pues, a aceptar la seductora oferta de Brandini, y el príncipe, que al comienzo no entendió que lo rechazaban y redobló, durante media hora, sus proposiciones, partió con una furia que sólo cedía en nivel a su asombro, ya que jamás le había pasado por la cabeza la idea absurda de que se negarían a recibir la áulica prerrogativa de su mano. Y Tití sufría de despecho, por haberse visto obligada a proceder de esa manera; pero el miedo acechante, torturador de su vida, le impedía volver sobre su cuerda resolución y la mantenía clavada en el lecho veneciano, donde se reñía un combate invisible que nadie, ni siquiera Tony, ni siquiera Miss Lucy, hubiera podido imaginar, y que únicamente Rop y Ulises, con el instinto de los irracionales, adivinaban, nerviosos.

Miss Lucy Landor se puso de pie y fue a cambiar los discos. Pronto, las voces de Caruso y de Titta Ruffo crecieron en el aire, enlazadas, como una voluta, como una armoniosa columna salomónica en torno de la cual los exvotos de madera dibujaban su policromada ronda, creando una amplia arquitectura antigua, plateresca, teatral, de balaustres, de terrazas, de estatuas, de pajes y de quitasoles.

Silvano la reconoció enseguida. Era el fin del segundo acto de "Otelo", la escena del Moro y de Yago. Cantaba Caruso:

Si pel ciel marmóreo giuro! Per le attorte folgori!

Per la Morte e per l'oscuro mar sterminator!

D'ira e d'impeto tremendo presto fia che sfolgori

Questa man ch'io levo e siendo!

Y Titta Ruffo contestaba:

Non v'alzate ancor!

Testimon é il Sol ch'io miro, che m'irradia e m'inanima,

L'ampia Terra e il vasto spiro del Creato Ínter,

Che a Otelo io sacro ardi, core, braccio ed anima

S'anco ad opere cruenti s'armi, il suo voler!

El pintor recordó que había asistido a una representación de la ópera, en el Teatro Colón, hacia 1927 o 1928, con Zanelli, la Alfani-Tellioni y ese mismo Titta Ruffo. En esa época iba mucho al Colón, a oír las obras desde infinitas alturas, cerca de la vertiginosa araña. Su amistad con la cuidadora del toilette y con los acomodadores —algunos de los cuales, especialmente musculosos, le habían servido de modelos—, le facilitaba siempre un asiento, y allá arriba, mezclado con los vociferantes melómanos escrutadores de partituras —como en las iglesias, cuando escuchaba conciertos sacros— gozaba un reposo estupendo, incomparable. Sólo la música y su pintura, entrelazadas como las voces de Caruso y de Titta Ruffo en el disco, sobrevivían en medio de las anestesiadas sensaciones. Pero ahora un nuevo ingrediente se mezclaba a su emoción. Ahora, en el comedor de "El Paraíso", conjeturaba extravagantes presencias en el "Otelo" de Verdi. Algo indefinible anudaba su angustiosa sustancia a las voces majestuosas. Y ese algo —Silvano lo intuía sin precisarlo— se vinculaba estrechamente con la señora Tití, con la misteriosa inquietud que lo había embargado al conocerla y que desde entonces había experimentado varias veces, sin llegar a discernir el motivo. Entre el "Otelo" verdiano y la señora, existía un nexo. Ahí estaba la clave de la incógnita desazonante que no lograba develar y que le dejaba en la garganta un gusto amargo y en el ánimo una ansiosa turbación.

—Si, peí ciel marmóreo giuro! per le attorte folgori!-cantaban a dúo las voces del tenor y del barítono, y Silvano rompía el pan con los dedos y bebía uno tras otro, grandes vasos de vino blanco, mientras la señora Tití, ausente del riesgo que sobre su intimidad se cernía, evocaba el rehusado Palazzo Brandini, donde había almorzado una vez con Tony y con Stanislas de la Rochefoucauld, y alternaba esas imágenes con las que le sugería a su experiencia, sagaz en cuestiones amatorias, la certidumbre de que Kurt se había enamorado de María Lola; mientras Kurt se decía que María Lola era la mujer más admirable del mundo; mientras María Lola comprobaba que las pestañas de Kurt eludían toda comparación; y mientras los demás, sordos al juramento terrible de Ótelo y de Yago, hablaban sobre las aventuras sentimentales de Lord Nelson —"one-armed, one-eyed", apuntó Pepe Farfán—, oyendo de cuando en cuando los golpes de las ráfagas de lluvia contra los cristales. Afuera, en el lago color de arena, las gotas daban la curiosa impresión de que el agua hervía con gruesas burbujas.

Después de la comida, en el "hall", se realizó la ceremonia de la entrega del retrato del rey Arthur a Miss Landor. Pepe lo había terminado con harto esfuerzo. Los toques diestros de Silvano le habían otorgado una extraña calidad al sumar a la estampa ñoña del heredero de las Hadas, relámpagos turquesas, cobaltos y amarillos. Carlota pidió que, como en otras ocasiones, le permitieran quedarse a dormir. Aunque la tormenta había cedido, prefería no regresar a Buenos Aires. La señora Tití tomó el café con sus huéspedes. Se había puesto un kimono escarlata, pues no pensaba, como recalcó, salir a mojarse. Al rato, Ferrari Espronceda y Don Boní partieron. Tony los llevó en automóvil hasta la estación. La lluvia había parado. Entre las nubes prietas, asomaron trozos de cielo gris. Lucy Landor desenfundó su acordeón y se puso a cantar con una vocecita quebrada. Mezclaba los fragmentos de himnos religiosos con algún vals añejo o con composiciones que no sabía muy bien o que había olvidado, y que trenzaban sus compases distintos hasta formar una sola música que aun cuando debía ser alegre se tornaba doliente y nostálgica. Así desfilaron por el disparatado salón de "El Paraíso", el "Liebestraum" de Liszt; "Billy Boy",

"Where have you been, Billy Boy, Billy Boy,

Where have you been, charming Billy";

"Tráumerei", de Schumann;"The last chord", de Sir Arthur Sullivan (sin darle mucha importancia al andante moderato exigido por la partitura); y "On ward, Christian Soldiers", del mismo autor, interpretados de tal manera que resultaban irreconocibles y que hubiera sido arduo indicar cuándo terminaba el uno y comenzaba el otro. Y aquella plañidera mixtura contribuyó al encanto del sitio y de la hora, en la media luz de la sala que bañaba los objetos inútiles, porque Miss Lucy, por su trato especial con la grácil monarquía de las hadas y de los gnomos, por su vejez y por su sangre inglesa, tenía la virtud de hechizar pasajeramente los lugares, de tal modo que si en alguno cabía suponer que aparecerían Madoine y Viviana con sus alas de mariposa, era en los que Miss Landor recorría cantando y susurrando, a la zaga del incorpóreo rey Arthur de la Tabla Redonda, hijo de Uter Pen Dragón. Estaba más fantástica que nunca esa noche. Se había depilado las cejas y, para disfrazar las cicatrices debidas a su falta de habilidad, se había colocado sobre los arcos superciliares sendas medialunas de tafetán rosado, color carne, que desconcertaban por su tersura muerta en la cara tatuada de surcos y de pliegues. Kurt y María Lola la escuchaban, sentados en el sofá, bajo el gran cuadro de Napoleón en Santa Helena; Tití y Carlota jugaban una crapette junto al piano; y el maestro, oscilando a consecuencia del alcohol, caminaba de un extremo a otro del aposento, fumando, sorteando los muebles traidores y atisbando de vez en vez, por las ventanas, el paisaje lavado por la lluvia.

—Me gustaría salir un rato —dijo María Lola en una pausa del acordeón en la que se oyó el chorrear de las gárgolas.

—Que te acompañe Kurt —recomendó Tití—. En el vestiaire hay botas de goma.

—No creo que te convenga, María Lola —intervino Carlota Bramundo, mirando alternativamente a los dos muchachos—. Además, Tití, usted acaba de decir que no sale por el mal tiempo y ahora los impulsa a que lo hagan.

—Ellos son jóvenes —suspiró la señora.

—Me parece una estupidez —gruñó Silvano—. Te vas a resfriar, Kurt. Este chico se resfría cada dos por tres.

Pero María Lola y Kurt ya se habían puesto de pie y ya buscaban, en el ropero del cuarto vecino, atestado de viejos capotes, palos de golf inservibles y floreros vacíos, las botas marineras.

—¡No vuelvan tarde! —refunfuñó el maestro. Y luego, dirigiéndose a Tití—: Si se enferman será culpa suya. La señora barajó y se echó a reír.

—Son jóvenes —repitió con su voz extranjera, y agitó las mangas del kimono como si deseara volar—. Hay que dejarlos que vivan.

Carlota se mordió los labios y cortó el mazo de cartas. Schariar se refregó contra sus piernas, ronroneando, casi como si se burlara.

—¡Buenas noches! —dijo el pintor, y salió dando un portazo.

—De los artistas, líbranos Señor —exclamó Carlota.

—Los artistas son los reyes de la Tierra —declaró la señora Tití.

Silvano atravesó el jardín, espiando a derecha e izquierda, en pos de la pareja desaparecida, pero no la vio. Junto al lago, la bruma y el titilar de las gotas, como luciérnagas, contribuyeron a acentuar la rara sensación de que el paisaje se desplomaba. Los sauces, los botes abandonados, la choza de los bañistas, mantenida en alto por débiles pilares zancudos; la estacada volcada hacia adelante, con su podrido festón; las lianas vencidas y vencedoras; las hojas muertas de las palmeras que arrastraban hacia abajo la carga de los penachos verdes; todo se conjugaba para suscitar la impresión misteriosa de que el paisaje se había detenido un instante en su derrumbamiento y que aguardaba, milagrosamente suspendido, a que un soplo leve, levísimo, lo precipitara hacia la negrura de las ondas. Silvano subió a su habitación y estuvo observando desde el ventanal, sin ubicar a los paseantes. Cerró las persianas, se sirvió un vaso de vino y se desvistió. En su pintura, sobre la cual proyectó la claridad de la lámpara, los cinco bañistas diseñaban una pálida figura geométrica, un signo hermético, cabalístico, pentáculo pitagórico, clave del Tarot y del Zohar, que el artista no supo interpretar aunque presagió turbiamente que en ese breve espacio se delimitaba una señal, una indicación mágica. Tomó el pincel y añadió, envolviéndolos, separándolos del resto de la composición, un suave trazo azul —que después fue explicado de diversas maneras por los críticos—, el cual infundió de repente al óleo entero una condición nueva, zahorí, pasmosa. Apagó la luz y se tiró en la cama. Lo quemaba una ira sorda contra la señora Tití. Era evidente que ella había enviado a Kurt y a María Lola afuera. ¿Por qué? ¿por qué? ¿qué se proponían? ¿dejarlo solo? ¿que se muriera solo, solo, debajo de los guantes de terciopelo, uno negro y otro rojo, que en cualquier instante, como arañas, podían deslizarse hasta su cuello, sin un rumor, y ahorcarlo? Le dolió el pecho. Ahora le dolía siempre. Le dolió como si manos de hierro, escondidas en los guantes de Tony, le apretaran el pecho hundido.

Kurt y María Lola se habían refugiado en la choza de los bañistas, por cuya rota techumbre se avistaba el cielo hosco que anunciaba la prolongación de la tormenta. No hablaban. Súbitamente, ella rodeó al muchacho con los brazos y lo besó en la boca. Kurt sintió contra él, en la abultada cintura, el pugnar de una vida pequeña, vacilante, y eso, que a otro le hubiera desagradado, quizás repugnado, desató en su interior una ola tibia de ternura, que le inundó el cuerpo y lo mantuvo ceñido contra la carne de la mujer. La besó desesperadamente, balbuceando palabras sueltas. Por primera vez lo colmaba una felicidad maravillosa, incomparable. Y los rezagos de lluvia, aprisionados en las canaletas, lloraban, tañían y gorjeaban alrededor, con tímido murmujear, como si comentaran a un tiempo la derrota del paisaje que zozobraba en los trágicos crespones del lago, y la victoria de esa vida futura, temblorosa, encerrada en un cáliz.

Permanecieron así largamente, besándose, acariciándose, descubriéndose. Por fin oyeron, en la lejanía del parque, los gritos de Tony. Acaso los esperaban. En ese parque, como en la floresta de "El sueño de una noche de verano", se perseguían los unos a los otros, llamándose en la oscuridad. Salieron al encuentro del muchacho, y éste les dijo, con tono alterado, que Silvano estaba inquieto por la tardanza de Kurt y que era necesario que regresaran enseguida. Rehicieron lentamente el camino de las casas. En la principal sólo brillaba una luz: la de la habitación de Pepe Farfán, que conservaba un velador encendido toda la noche, por miedo de que el mundo desapareciera en las tinieblas.

Tony los increpó sin ambages: ¿en qué locura andaban? ¿qué significaba todo eso? ¿no comprendían el mal que podía acarrearle a María Lola?

Las inflexiones adustas y los razonamientos lógicos, no le sentaban. Demasiado se advertía, cuando hablaba de su responsabilidad, de la de su madre, del estado de María Lola y del carácter de Silvano, que sus preocupaciones auténticas llevaban otro rumbo. Pero María Lola y Kurt, tomados de la mano ("como dos atrasados", según Tony), no le prestaban atención.

Cuando Kurt entró en la habitación de Silvano, el maestro dormía. A altas horas, la tormenta, como si hubiera hecho acopio de frescos aliados, redobló su cólera. El viento del sudoeste descargó sus latigazos sobre la chacra, azotando a la lluvia. Los árboles, rabiosamente sacudidos, bramaron como el mar. En los techos de cinc, el agua se precipitó a baldes. Crujieron ventanas y puertas. Soltáronse los postigos, dementes. Parecía que las casas iban a naufragar en un oleaje de ramas retorcidas, arrancadas, de hojas arrojadas a puñados. Kurt se levantó para cerrar la ventana del cuarto del pintor. Desde la cama, Silvano lo llamó con voz queda. Entonces el discípulo, sin poder retener el júbilo que lo llenaba como un cántaro, le dijo que se había enamorado de María Lola, que la quería, que la quería, que se casaría con ella, que la salvaría, que los dos se irían a vivir juntos en el taller de la Boca, en la piecita del fondo, si los recibía el maestro, porque no lo abandonaría por nada del mundo.

Silvano no respondió. Acechaba el cuerpo espigado, que se movía con el fácil impudor propio de la juventud sin vientre; el cuerpo quemado, barnizado, dorado, cuya cintura ostentaba una franja blanca allí donde no la había tocado el sol. Lo miraba como miraba a la naturaleza ese último tiempo, y como miraba a los objetos, exaltados, afinados por el reflejo de una especie de postrera y profunda lucidez. Era como si despidiera de todo, de los seres y de las cosas, y como si los viera y valorara con una intensidad que le había sido negada hasta entonces, y que le mostraba la esencia, la idea decantada de las cosas y de los seres. Se llevó una mano al pecho y no respondió. Que hicieran lo que se les antojara. Que lo dejaran en paz. Kurt entendió esa actitud como una aprobación o como una generosa prescindencia, y se metió en su dormitorio, radiante, en puntas de pie.

Mucho más tarde, al alba, cuando la tempestad había amainado definitivamente, Silvano, que seguía inerte en su lecho, sin pegar los ojos, percibió unos pasos afelpados en la escalera de caracol y distinguió algo más leve que un golpe dado con los nudillos —casi un arañazo— en la puerta del cuarto de Kurt. Se asomó en silencio y, en la penumbra de la galería, reconoció a Carlota Bramundo. Se había embozado en una capa de lluvia y esperaba, rasguñando la puerta.

—¡Váyase! —le dijo apretando los labios.

Sus ojos se cruzaron un instante. Carlota sonrió y la blancura de los dientes le encendió la cara lisa, redonda, la piel de magnolia. Descendió despacio, desafiándolo, la espiral de madera y, sin dejar de sonreír, se perdió entre los coches, las monturas y los trineos, como si regresara a un mundo inmóvil, al palacio de la Bella Durmiente, donde las emociones se escondían en el estatismo de las salas y en el reposo cristalizado de los follajes, aguardando la chispa, la llamarada inevitable que devolvería el color a los rostros y a los sentimientos.