TRES
el padre de tony había muerto cuando su hijo no contaba más que cinco años. Desde entonces hasta los quince, la niñez y la adolescencia del muchacho transcurrieron en "El Paraíso", dentro de un aislamiento anormal. Su madre se volvió cada vez más rara, más excéntrica, a medida que el tiempo corría, y Tony, entregado a Miss Lucy Landor, a los mucamos y a los jardineros, debió valerse de sí mismo para interpretar y descubrir el mundo. El que lo rodeaba era tan insólito, que la idea que se forjó de la realidad resultó en verdad extravagante. Miss Lucy lo envolvió en una atmósfera singular, mágica, poblada de duendes.
La posición de la inglesa en la casa se fue definiendo con el andar de los lustros. De institutriz de Tony pasó a ser una especie de dama de compañía de Tití —casi habría que decir "dama de honor", si se recuerda al personaje—, y por último se transformó en su sola amiga real, la que estaba más cerca de su intimidad difícil. Pero aún ella debía retroceder ante ciertas zonas vedadas, inexpugnables, que Tití defendía con saña. Había cosas del pasado de la señora que no sabía nadie. Y cuando Lucy, en contadas ocasiones, venciendo su timidez y accediendo al reclamo de su curiosidad alerta, había tratado de cruzar los umbrales de esos aposentos misteriosos, probablemente más extraños todavía que el dormitorio que presidían el esculpido destrozo y la degollación policromada del santoral, la señora Tití la había llamado al orden y la había puesto en su sitio, con un repentino arrebato de la voz agria.
Durante ese período, Tití estuvo bastante alejada de su hijo. Los niños no le interesaban, de modo que la amistad que los unió comenzó después. En cambio Miss Lucy Landor tuvo una honda preocupación por el chico que crecía, solitario, imaginativo, entre los árboles y las estatuas del quintón. Dueña ella misma de una imaginación riquísima, le dio generosamente lo único que su soltería inexperimentada podía entregarle: los elementos requeridos para que su sensibilidad aguda madurara y floreciera. En ese sentido, le hizo mucho bien y mucho mal. Las condiciones de Tony, estimuladas por Miss Lucy, alcanzaron su plenitud; y sus defectos, sus desequilibrios, impulsados por ella también —aunque, como es natural, la señorita de ojos ratoniles ignoraba que estaba contribuyendo a desarrollarlos, y si lo hubiera adivinado el remordimiento le hubiera acortado la vida—, se fijaron, afinaron y refinaron hasta marcar su carácter para siempre.
Tony y Lucy fueron bastante felices en esa época. "El Paraíso" era su paraíso. Independientes, vagaban por él. Pasaban de las habitaciones llenas de objetos disparatados, al parque y a las brumas del río. En el desván, exploraban los roperos antiguos de Tití, que custodiaban mutilados maniquíes. De ellos sacaban, entre palmoteos y gritos, enormes sombreros remotos, pieles apolilladas y vestidos que, al abandonar su apretado refugio, sembraban el piso de una lluvia de naftalinas, lentejuelas y azabaches. Se cubrían ambos con esos trajes fantásticos y jugaban al príncipe y a la princesa. Tony, con un gran chapeo de plumas calado hasta las orejas, corría por las galerías silenciosas cuyas ventanas filtraban los rumores de la siesta campesina: los surtidores, el arrullo de las palomas, los lentos rastrillos, el zumbar de las abejas, algún mugido lejano. Representaban y volvían a representar las mismas escenas admirables. Ella era el hada Viviana, discípula del mago Merlín, y él era Lanzarote del Lago, y vivían en el fondo del Lago de Diana, en un palacio de cristal cuyas irisaciones cambiaban de tono según el humor del hada antojadiza. O era Morgana, hermana del rey Arthur, y él, el caballero Guyomar, su enamorado paladín. Vestidos de trapos multicolores, con largos collares falsos, pasados de moda, con encajes desgarrados y amarillos en los puños, cantaban y bebían vasos de agua azucarada que hacían las veces del filtro fatal. Como Lucy Landor no sabía otra cosa, le enseñó su ciencia alucinante. Tony ignoraba qué es una monocotiledónea; no podía razonar una regla de tres simple; tartamudeaba si le preguntaban el nombre del fundador de Buenos Aires; pero aprendió que los helechos tornan invisibles a las hadas y que esos seres aéreos desaparecen pronunciando las sílabas mágicas fee-fa.
—Por otra parte —le aseguraba Miss Lucy—, así se volvieron invisibles San Patricio y los que lo seguían.
Le hablaba de los libros encantados que los elfos de Escandinavia regalaban a quienes querían y que les permitían predecir el futuro, y del Libro Rojo de Appin, el Libro Hechizado de Escocia, con el cual se obtienen maravillas similares. Le contaba que para ver a los gnomos es menester apoderarse de sus gorros púrpuras, y que si se sale de noche, a la hora en que cae el rocío, conviene ponerse del revés la blusa o el sweater, porque eso aleja a los espíritus malos. Muchas veces recorrieron la casa, tanteando las viejas paredes, en pos de algún agujero hendido en la madera de los tabiques. Atisbaban a través, pues sabían que es el procedimiento más seguro para descubrir un hada, y aunque la suerte no los favoreció con espectáculos feéricos, en más de una ocasión pescaron a los criados en inesperadas actitudes, que si bien encresparon al británico pudor de Miss Lucy, o desconcertaron a su inocencia, a Tony lo nutrieron de experiencias definitivas y fueron abriéndole los ojos asombrados frente a la equívoca complejidad del mundo. Uno de esos mucamos, que los encontró acechando por una cerradura, persiguiendo una dudosa entrevista con Urganda la Desconocida, protectora sobrenatural de Amadís de Gaula, o con Oberón el rey de las hadas, que era enano y que, según se refería, amaba tristemente al caballero Huon de Bordeaux, les informó con burla grosera que en su provincia su madre aconsejaba mirar por el ojo de la cerradura para curarse los orzuelos, pero que esto... este espionaje... no era propio de gente decente. Y Lucy y Tony, la inglesa arrugadita y el chico, escandalizados, sin atinar a responder, como si hubieran cometido una falta de buena educación, huyeron, con gran crujir de vestidos y gran alboroto de collares, hacia la protección de los maniquíes y los roperos, en el desván.
Pero Miss Lucy —y con ello agregó a su educación perspectivas inesperadas e importantes— le enseñó también a su discípulo todo lo que sabía acerca del Hotel Savoy de Londres. Hacía muchos años, había vivido en él largamente. Tony no comprendió nunca, pues su interlocutora la disimuló con habilidad, cuál había sido su exacta función dentro del vasto edificio: ¿ama de llaves? ¿empleada de la administración? ¿algo más modesto aún? ¿Habría sido el hada cambiadora de las sábanas, de las toallas y de las fundas? ¿o la que tenía a su cargo despertar a los clientes que salían, tempranísimo, con sombreros de copa y carpetas atiborradas de documentos? ¿o el hada melancólica de los baños? ¿o el hada de las flores? Lo cierto es que había trabajado allí, y que cuando nombraba a Mr. George Reeves-Smith, el director general, los ojos le fosforecían como cuando mencionaba al rey Arthur. Se refería al Savoy como si se tratara de una "cultura" o de una "era", como si hablara de los Tang, de los Ming, de los Valois o de los Medici, como si el Savoy fuera la Casa de Saboya. Dijérase que nada, nada, había sucedido anteriormente, en ningún otro lugar. En el Savoy se había cenado por primera vez, después del teatro; se había bailado en público por primera vez; había sido el primer hotel con electricidad, con teléfonos privados, con ascensores para el servicio, con lavandería propia, con imprenta propia también, para los "menús"; había sido el primero en instalar la calefacción a vapor y las ventanas a pruebas de ruidos. Miss Landor recitaba con fruición esas maravillas, que sumaban los insólitos beneficios de la higiene audaz a los viejos esplendores de la elegancia mundana. Tony no se cansaba de oírla. Su mentora pasaba de la descripción del hada Madoine, la que casó con el caballero Larís, que la olvidó, a la descripción de fiestas espléndidas en el Savoy, en la época en que se bailaba one-step, two-step y el vals hesitation. Y entonces, milagrosamente, porque Miss Lucy podía dejar un tema por el otro sin ningún esfuerzo, los dos mundos se confundían en la mente de Tony, hasta formar uno solo, fascinador, en el que la Tabla Redonda se trasladaba al Grill Rom del Savoy, y en el que Rolando, Gauvin, el gigante Rainouart y su hijo Maillefer, convivían con las grandes señoras inglesas de comienzos de siglo. Los hombres vestidos de hierro y los hombres vestidos de frac, las hadas medioevales y las duquesas contemporáneas de la juventud de Lucy Landor, anudaban su ronda alrededor de los dos soñadores de "El Paraíso".
A veces, un ejemplar del "Times" caía en manos de Miss Lucy. Buscaba ávidamente la columna de noticias de sociedad, y si en ella hallaba el nombre de alguna de las personas a quienes había visto en sus tiempos del Savoy, Tony sabía que no pararía de charlar y charlar, durante una hora, contándole cómo era la capa de terciopelo granate de tal dama y cómo elegía las gardenias tal señor, y cómo eran los coches, los landeaus, los broughams, las victorias que sin cesar llegaban al hotel. Pero al rato, porque estaban en el jardín y descubrían un lienzo blanco cualquiera junto a la estatua de "El dolor de Orfeo", la fantasía vibrante, excitada, de la inglesa, volaba hacia el hada Arma, la que fue reina de Loc-il-Du, en Bretaña, y raptó con otras compañeras a Marc Pen Ru, el joven castellano del lugar, siempre de blanco ataviado, y lo arrastró del manto níveo por los aires, dejándolo caer por fin, desesperada ante la obstinación del mancebo que se negaba a casarse —o a lo que fuera— hasta haber liberado el Santo Sepulcro. Miss Lucy bajaba los escalones de piedra que precedían al corredor de entrada, en el chalet de "El Paraíso", llevando un moribundo abanico de plumas celestes en la mano, y una echarpe hindú al cuello. Le mostraba a Tony, agitando lentamente el abanico de la señora Tití, de qué modo cruzaban las señoras el comedor del Savoy, entre las balaustradas y las columnas de mármol, y en lugar de parecerle grotesca —en lugar de parecerle un ratón disfrazado, de fábula infantil, o, simplemente, una loca, como le parecía a la cocinera de "El Paraíso" que los espiaba desde su ventana batiendo una mayonesa y haciendo visajes—, Miss Lucy le parecía hermosa, porque cada uno de sus ademanes: el recoger de la suntuosa falda ausente, el maniobrar con el complejo collar de perlas ausente también, el tocarse las ondas del peinado que había que suponer perfecto como un casco de bronce cubierto de minuciosos bajorrelieves, la alusión a la "aigrette" o a la diadema, a las pieles o al impertinente, a los guantes o al bolso, simbolizaba la repetición de miles de gestos similares, cumplidos por las señoras de la aristocracia inglesa, de suerte que Miss Lucy se multiplicaba, con su abanico y su chal hindú, en la entrada patriarcal de "El Paraíso" bajo cuyo alero andaban los picaflores y las moscas tenaces, como si estuviera en un salón rodeado de espejos que se enviaban el uno al otro, reverenciosos, en sutil figura de baile, su imagen cortesana que era el resumen, especialmente editado para Tony, del mundo feliz de los que descubrieron —sólo a partir de 1890, como le oyó decir alguna vez Miss Lucy al imponente Mr. George Reeves-Smith— la gloria de comer en público.
La ternura y la imaginación de su institutriz suplieron para el niño la ausencia total de parientes y de amigos de su edad, prohibidos por su madre, que tenía horror de las enfermedades y de los afectos infantiles. Entre las hadas y las señoras del "Times" y del Savoy, Tony circulaba como hechizado. De noche, en su cama, cuando recapitulaba el día transcurrido, ignoraba dónde comenzaba y concluía la realidad, bajo el influjo de un monólogo volandero, pirotécnico, de prestidigitación, de laucha prestidigitadora, en el que, en cualquier instante, Melusina podía convertirse en la duquesa de Marlborough, y Lanzarote en Lord Derby, en uno de esos personajes que estaban fuera del tiempo, porque sus nombres y sus títulos pertenecían a todas las épocas, en uno de esos dueños de parques históricos llenos de fantasmas, de jinetes descabezados que perseguían, las noches sin luna, entre el alarido feroz de las trompas de caza, a espectrales zorros flamígeros. Había pasado la tarde con Miss Lucy, o solo, y sin embargo tenía la impresión, pues todavía temblaban en el aire los ecos de muchas voces, de que lo habían acompañado centenares de personas, de seres, habitantes de la oscura floresta de Brocellanda del rey Arthur, habitantes del Londres optimista del rey Eduardo, centenares de personas y de elfos confundidos en una zarabanda que se desenroscaba en torno de los ceibos criollos y de las palmeras de "El Paraíso", al conjuro de Miss Landor, con un rumor de alas y de vestidos, con un relampaguear de aderezos de esmeraldas y de varitas brillantes, centenares de personas y de elfos, de caballeros de bigotes perfumados, de señoras con estolas de armiño y de súbditos leves de Titania y de Oberón, susurrantes, zumbantes como abejas, trenzados en una larga, larga, larga cinta luminosa y brumosa que aparecía y desaparecía entre los árboles y que doraba la casa de la quinta, como aislándola, como ciñéndola con un aro protector forjado con los dos ingredientes antiguos, densos y delicados y sólo aparentemente contradictorios que constituyen la esencia del alma británica: la magia y el snobismo.
La señora Tití no participaba de esa "féerie" pero ocupaba un lugar importante en ella. A veces Miss Lucy le hablaba a Tony de su madre. Se la explicaba. Le decía que la señora Tití había sido mucho tiempo atrás —un tiempo tan distante que para Tony pertenecía a la edad del rey Arthur—, una gran actriz. Luego se había casado con Don Máximo, hombre poderoso, dueño de vastas tierras, y había renunciado al teatro. Viuda después, conservaba —y Miss Lucy se aplicaba para hacerle comprender eso a Tony— el privilegio de la "rareza", de la excentricidad, propio de los artistas, que según Miss Landor había que respetar cuidadosamente.
Las relaciones entre Tony y su madre no fueron cómodas en ese período. La señora vivía asediada de abogados que la enloquecían. Cuando aparecía Tony, bajito, morenito, dientudo, disfrazado con un sombrero colosal y un batón de puntillas, a Tití, que sufría entonces un permanente dolor de cabeza, le daban ganas de pegarle. También la sacaba de quicio cuando le pedía que le contara sus éxitos teatrales.
Tití, que lo miraba con los anchos ojos entrecerrados, desde la cama, en la penumbra de su dormitorio al que protegían las persianas siempre bajas, se limitaba a sacudir las manos y a repetir con su voz extranjera:
—Ahora no... ahora no, Tony... Tengo que descansar...
Y así, poco a poco, para alejarlo, para alejarlos a todos, al hijo preguntón, a la institutriz loca, escudriñadora y asustadiza, y a los hombres que entraban y salían, sin cesar, con papeles y papeles, exigiendo cheques y firmas, empezó a cambiar el curso de sus horas y a transformar en día la noche. Pero una de esas noches, cuando se aprestaba a iniciar su caminata por el parque, con uno de los perros de la raza de Ulises que invariablemente la escoltaban, llamó a su presencia a Miss Lucy y a su discípulo. Tony tenía a la sazón doce años. Con pocas frases les comunicó que era necesario ocuparse de la educación de Tony, la cual había sido muy descuidada, y que había encargado a varias profesoras de esa tarea. Tony y Lucy supieron después que las había contratado por intermedio de la directora de la biblioteca del pueblo, con quien Tití solía conversar en el curso de sus andanzas nocturnas.
La vida de la inglesa y del pequeño varió radicalmente.
Miss Lucy, abandonada a sus seres invisibles, se vio más y más solicitada por la señora Tití, que se aburría y precisaba una confidente. Tony fue la víctima de cuatro señoritas increíbles, tremendamente eficaces, que surgían en su estudio ojeando el reloj y desplegando los mapas y los cuadernos; que llenaban el pizarrón de cifras y de dibujos; que lo pellizcaban; que le pegaban con reglas en las yemas de los dedos; que usaban unos polvos de olor repugnante; que suspiraban y se quejaban del Consejo Nacional de Educación; que lo ahogaban bajo montañas de deberes.
Esa tortura se prolongó dos años. Al cabo de ellos, Tony fue enviado repentinamente, como medio pupilo, a un gran colegio de Buenos Aires. Todas las mañanas, el auto partía con él, muy temprano, desde "El Paraíso". Cumplían un infinito viaje durante el cual, semidormido, Tony se bamboleaba como un muñeco. Pero el sistema no podía prosperar. Y no por culpa de la distancia, no, sino por culpa de Tony y del colegio. Tony y el colegio no estaban hechos para comprenderse.
El colegio representó, para el chico, el primer contacto con la vida, con la aspereza hostil de la realidad, de la verdad. Y lo horrorizó. Hasta entonces había permanecido en su refugio de "El Paraíso", custodiado como un infante. Ahora lo lanzaban a la palestra, a que luchara por sus propios medios. Y era muy débil. El ataque sucesivo de las cuatro maestras, desarrollado entre nubes de polvos de arroz y de tiza, en la sala de estudio de "El Paraíso", no significaba nada, comparado con esta nueva guerra. Por lo pronto, desde el primer día, desde que ingresó en el establecimiento, la afluencia súbita de centenares de alumnos de su edad lo mareó y lo desconcertó, pues hasta esa fecha le había estado prohibido ni siquiera acercarse a uno solo de ellos, como si todos padecieran enfermedades contagiosas y vergonzosas, y le costaba convencerse que, de la noche a la mañana, los impuros se habían convertido en sus semejantes. Y luego advirtió con espanto que cuando hablaba no lo entendían. Eso, exactamente: ni él los entendía a ellos, ni ellos lo entendían a él. No bien Tony pronunciaba una frase, sus compañeros se echaban a reír.
—¡Mariquita! —le gritaban— ¡mariquita! (O cosas por el estilo.)
Y él, a su vez, aunque se esforzaba, porque deseaba congraciarse con esos muchachos y estaba lleno de la mejor voluntad, los oía como si charlaran en un idioma intruso y no sabía qué responder cuando lo interrogaban. Entonces, de miedo de equivocarse y de provocar sus risas y sus insultos, optó por callar. Le bastaba con que se mofaran de sus ojos de color distinto y de sus absurdas corbatas que le compraba Miss Lucy.
Es que en verdad hablaban dialectos diferentes, derivados de un tronco común. El dialecto escolar era una mezcla de lunfardo y de jerga deportivo-cinematográfica, esmaltada de imágenes obscenas. El dialecto de Tony era la parla atroz, remilgada, docente, de las señoritas maestras de "El Paraíso", que le habían enseñado a decir cabello, mi morada, bello, rojo, niño, libar, etc.; y que él completaba con giros ingleses proporcionados por Miss Lucy Landor y con giros internacionales suministrados por la señora Tití. El resultado no podía ser peor, y Tony lo ignoraba. Sus palabras tenían que chocar con las de sus condiscípulos, como ejércitos adversarios, como ejércitos que defendían causas opuestas. Se irritaban; se rechazaban las unas a las otras; imposible la convivencia pacífica de ambos vocabularios en el mismo patio colegial. Y como sus condiscípulos eran desproporcionadamente más numerosos, lo derrotaron. O se derrotó él solo, afligido de no comprender y de que no lo comprendieran; desesperado con eso que tenía dentro de la boca, a flor de labio, con ese monstruo ridículo. Porque era ridículo: de ello no había duda; todo el colegio se burlaba de él; se pasaron la voz de clase en clase, y en cuanto llegaban los recreos, Tony veía que se formaban grupos para interpelarlo. Así que no tuvo más remedio —él, tan comunicativo— que callar. Y como era inteligente, se esmeró por aprender el idioma bárbaro de su generación, que en su casa debía disimular minuciosamente, pues en "El Paraíso" las cosas se enfocaban del revés, y ni su madre ni Miss Landor, extranjeras las dos e insensibles a estas definidoras sutilezas lexicográficas, hubieran tolerado que empleara una sola de las palabras groseras —a las que era menester secundar con ademanes característicos de la misma magia lúbrica-que representaban otros tantos pasaportes fundamentales e insubstituibles para ganarse el derecho de ciudad del colegio y la amistad de los otros chicos.
Cuando empezaba a dominar el dialecto común, el "sermo vulgaris" (hacía dos meses que frecuentaba el colegio porteño), la señora Tití decidió bruscamente partir para Europa. Allí, en el colegio de París, recomenzaron para el desventurado Tony los inconvenientes idiomáticos. Sabía inglés, pero su francés reconocía por fuente modesta al de Miss Lucy, de modo que su confusión renació, intensificada. Encerrado en su minúsculo dormitorio de pupilo, bajo una oleografía de Juana de Arco, miraba, en sus horas libres, hacia "El Paraíso", como hacia una tierra de promisión, en la que las hadas y los señores del hotel Savoy aguardaban su regreso. Las hadas y el Savoy constituyeron su gran fondo de nostalgia. Siempre, en las circunstancias diversas de su vida, suspiró por ellos, por recuperarlos.
La batalla parisiense, con todo, fue menos ardua que la de Buenos Aires. En París descubrió un mundo: los museos, el teatro, el ballet. Descubrió que tenía gusto; que discernía los objetos hermosos y extraños. Se descubrió a sí mismo. Tuvo por primera vez atisbos más claros de lo que se escondía en su interior, en lo más secreto.
Y un día sucedió el milagro, el disparatado prodigio. Había cumplido diecisiete años y estaba habituado, desde la infancia, a moverse sin dinero. De repente las cosas cambiaron. La señora Tití, con uno de los gestos caprichosos que tanta influencia ejercieron sobre la personalidad de Tony, resolvió que había llegado el momento de que éste dispusiera de lo que le pertenecía. Y el dinero llovió sobre él a cántaros, como en la historia mitológica de Dánae.
Llovió y llovió, cuanto quiso. Compró alhajas; su anillo de zafiros; una cadena de oro del Renacimiento; un camafeo con el Arca de Noé, semejante al del Museo Británico, que perteneció a Lorenzo el Magnífico; su madre le hizo grabar sobre dos esmeraldas montadas en gemelos un escudo portugués, diciéndole que era el de su familia. Adquirió un telón inmenso pintado por Braque para un ballet ruso, por encargo de Mme. Nijinska, y lo tuvo enrollado en el "hall" de su departamento, como una alfombra inservible, sin que se le ocurriera dónde colocarlo. La señora Tití estableció que, si se le antojaba, podía viajar solo. Así se haría hombre. Que fuera donde quisiera. Ya tenía edad para ello. Y Tony, entre las lágrimas de Miss Lucy, muy recomendado a la legación argentina, partió para Londres, maravillado y angustiado, a conocer el hotel Savoy.
Su vida se modificó fantásticamente, peligrosamente. Fue como si Melusina o Madoine, las hadas de su niñez, se le hubieran aparecido, en alto las varitas mágicas que convertían cuando rozaban en oro.
Se propuso fascinar a sus compatriotas, a sus compatriotas mundanos, a los más elegantes, tal vez para desquitarse de su infancia solitaria, tal vez porque adivinó, a medida que transcurría el tiempo y se enriquecía su experiencia, que había algo de anormal en su situación, en la situación de su madre, pues lo fue captando a través de frases sueltas oídas a sus nuevos amigos. Inició en Gran Bretaña, con habilidad, el delicado ataque que continuó en París. Tropezó, cayó, volvió a levantarse. Alternó en sus maniobras la munificencia con la bufonería. Utilizó las ventajas de su extrema juventud, de su falta de responsabilidad. Y el dinero corrió, corrió, ante el estupor de quienes no comprendían, irritados y hechizados, que un chico pudiera gastarlo así, a su arbitrio.
—Un amigo mío, Adolfo Mitre —solía explicar después Tony—, dice que los argentinos son adoradores platónicos del dinero. Entiéndanme bien: platónicos, platónicos y nada más. Tiene razón.
Inundó a sus compatriotas de regalos. Los paseó, los aduló. Los deslumbró con sus arbitrariedades, con su gracia, con su "chic" evidente. Se volvió astuto, sagaz. No dio puntada sin nudo. Publicó a los dieciocho años su novela —cien ejemplares en papel del Japón—: era inconsistente, no era nada, y la discutieron, la elogiaron.
Refiriéndose a su estada en Inglaterra, que se prolongó seis meses, Tony repetía una frase:
—En Europa se aprende. Yo he aprendido en Londres muchas cosas buenas y casi todo lo malo que sé.
Le encantaba sentirse "terrible". Formulaba declaraciones de ese tipo y luego observaba a su interlocutor, intensificando en los ojos la expresión inocente, buscando la aprobación. Hubo quienes lo odiaron, juzgándolo un imbécil, y quienes se entusiasmaron con él, considerándolo genial. A nadie dejó indiferente.
Le sirvió a Kurt su frase célebre, y se quedó mirándolo. Estaban solos en el cuarto de Tony, en "El Paraíso". Esa mañana, Tony se entretuvo refiriéndole a su amigo la historia de su vida. Quería ofuscarlo, turbarlo, con su cinismo, con su esplendor. Y lo conseguía fácilmente, porque el pobre Kurt, el mínimo ayudante del maestro Silvano, el hijo de un escultor de lápidas mortuorias de la Boca, era una presa sencilla.
—Después de conquistar en Europa a la sociedad argentina —siguió Tony, feliz— quise conquistar a la sociedad cosmopolita. No me dio ningún trabajo. Los snobs son iguales en todas partes. Fíjate en esta fotografía.
Sacó del espejo que coronaba la cómoda una instantánea que empezaba a ajarse.
—Fue tomada en St. Moritz, en 1928: ésta es Duma, una gran señora argentina a quien seguramente habrás oído nombrar... ¿no?... todos la llamaban Tía Duma... un monstruo sagrado; éste es el príncipe Brandini, su amante, un italiano, a quien conocerás cualquier día de estos porque de repente cae por aquí; éste soy yo: éstos son Pío Branca, María Colona, la duquesa de Liria, la tenista Lili Álvarez, Guido de Saboya, Isabella Pignatelli, Stanislas Boncompagni, Bertrand de la Rochefoucauld y el conde-duque de Olivares. Y éste es Don Boní.
—¿Cuál?
—Este.
—¿Don Boní?
—Sí. El mismo que has visto aquí, en "El Paraíso".
—¡Cómo ha cambiado!
—Todos cambiamos.
—¿Y tu mamá?
—Ella no está. Ella no andaba conmigo... con nosotros... Andaba por su lado, consultando videntes y tiradoras de cartas. Iba mucho a las carreras. Y me escribía siempre. Hojas y hojas. Le encantaban mis cuentos. Con Don Boní sí salía. Don Boní es primo de mi padre. Un "homme á femmes", loco por las mujeres. Lo arruinaron. Ahora no le queda nada. Nada más que su boliche de antigüedades y la esperanza del Jardín Botánico. En vida de Papá y mientras estuvimos en "El Paraíso", no lo vimos nunca. Mamá lo conoció en España, por casualidad. Se hicieron amigos inseparables. Siempre andaban juntos. Y esta otra foto fue tomada en Norwich, en una pileta. Estoy con el marqués de Blenheim, Teddy Blenheim. Es el muchacho que me lleva sobre los hombros. ¡Cómo era de flaco yo! Fíjate en mis piernas. Un fakir. Teddy era un muchacho admirable. Murió.
Tony abrió un cajón de la cómoda y esparció más fotografías sobre la cama. Había en ellas señoras viejas, guacamayas, muchachos buenos mozos, gente con pantalones de golf, con ropa de montar, con trajes de baño, con plumas, con fracs, con disfraces. En torno, desde las cuatro paredes, los atisbaban los retratos de la época de Benvenuto Cellini que Tony había hecho reproducir en Italia y que había fijado con chinches en los muros de su dormitorio: el Papa Paulo III y su hijo Pier-Luigi, duque de Parma y de Plasencia, por Tiziano; la medalla de Margarita de Austria, por Pastorino de Siena; la efigie anónima de su marido, Octavio Farnese; Benvenuto Cellini, por Vasari y por Francesco Allegrini, con un camafeo en la diestra y el escudo de la mano que empuña la flor de lis. Alternaban con esas figuras las fotografías del Castel Sant'Angelo, y las de cuatro cuadros del siglo XIX, retóricos, que mostraban a Benvenuto defendiendo el castillo desde una terraza que recordaba a "Tosca", y al mismo artista ayudando al Papa Clemente VII a esconder las joyas de la Santa Sede. Todas esas figuras se mezclaban con las de los amigos mundanos de Tony, quien pasaba de la una a la otra a medida que Kurt le pedía que se las explicara.
—Este es Bertrand de la Rochefoucauld, de nuevo. Este es Pío Branca, en un baile, en Capri. Este es Octavio Farnese, nieto del Papa Paulo III. Esta es su mujer, que era hija natural de Carlos Quinto. Esta es la duquesa de Liria, con un perrito pequinés que ganó en Canes un gran premio y al que le dimos una fiesta...
Como en "El Paraíso", en su lejana niñez, Tony había logrado amalgamar, en la vida, los dos mundos, el de las hadas y el del Savoy, e iba del primero al segundo, naturalmente, del fantasma de Benvenuto Cellini, erguido en un jubón de terciopelo amaranto, a la duquesa de Liria, vestida por Lucien Lelong con la cintura por las rodillas que casi le rozaba un desproporcionado collar de perlas, y con un sombrerito tan encasquetado que le cubría la mitad de la cara. Iba del primero al segundo, revolviendo sus cajones, y de ellos brotaban, en abigarrada cosecha, amarillos recortes de diarios, cartas, dos o tres dibujos de Cocteau, un poema de Mme. de Noailles, la copia de un retrato de Victoria Ocampo: una punta seca de Helleu, de cuando Helleu dibujaba al "smart set" al mismo tiempo que Sargent, allá por 1910...
—Son cosas que me han regalado —repetía—, cosas que me han regalado y que han quedado aquí, en estos cajones... Serge Lifar, con Diaghilew, Nijinski y Karsavina... Y ésta es la fotografía de un baile que di hace años. Alquilé el grill del Plaza Hotel. Instalé la orquesta, los negros de la jazz, debajo de un cuadro de Hubert-Robert, un paisaje con acueductos y obeliscos, y a ambos lados hice colocar dos grandes quimeras de terracota del siglo XVIII, dos faunesas. En cada una de las mesas, cuando se sirvió el souper, puse un objeto raro: los candelabros de Saxe de la Pompadour; las cajas chinas de laca; el laúd veneciano; el incensario gótico... A la una de la mañana, entraron los perros amaestrados, con trajes del Primer Imperio. Me rompieron uno de los candelabros. Y ésta es otra fiesta, que di en San Antonio de Areco, en una casa vieja, cerca de la iglesia, que fue de Papá y que está deshabitada hace veinte años. La iluminé toda con velas, en arañas, en fanales, y en el jardín, entre los árboles, colgué el inmenso telón de Braque. La gente andaba con la boca abierta.
Con la boca abierta lo escuchaba Kurt, levantándose de vez en vez la mecha rubia que le caía sobre la frente. Junto a estos, los cuentos de la familia Soria, que declamaba el orgullo de Silvano, resultaban insulsos.
—Pero ahora —resumió Tony— estoy cansado. Ya los he conquistado, ya los tengo, ya no me interesan. Me han costado mucho dinero y me doy cuenta de que me aburren. La frivolidad, que tiene muchas cosas buenas y que a la larga es una escuela formidable, acaba por hartar. Ahora, en cambio, he descubierto los seres puros. Probablemente para llegar a ellos debía atravesar la etapa anterior. Y estoy encantado. Soy capaz de pasarme un mes en un hotel de mala muerte, en cualquier parte, en Merlo, en Dolores, por estar cerca de una persona que en verdad vale la pena, directa, simple, por verla vivir entre su familia, en su trabajo. Son gente sencilla... muy distinta de los bailarines a quienes he ayudado tanto y entre los cuales, no creas, también hay gente buena... pero estos son mejores... gente del pueblo... qué sé yo... un muchacho que maneja camiones, un cartero, un jugador de fútbol... La sal de la tierra —sonrió— como dicen en el Evangelio. Es como si respirara un aire más limpio... ¡Ah! ¡aquí aparece lo que quería regalarte!
Del fondo de uno de los cajones, pescó un pequeño estuche de cuero escarlata, de cuyo interior sacó una medalla de oro.
—Es la medalla de Don Juan de Austria. Quiero que la conserves, y que cuando la veas te acordés de mí.
La alzó con la punta de los dedos a la luz, y el disco metálico relampagueó. En el anverso, el vencedor de Lepanto, coronado de laureles, enarcaba el busto joven.
—Y este tintero será para el maestro Silvano. Es histórico. Perteneció a Chopin. Tengo una carta.
Como si hubiera respondido, al pronunciar su nombre, Silvano los llamó colérico, desde la terraza:
—¡Tony, Kurt, vengan que voy a pintarlos!
Velozmente, los dos muchachos se despojaron de las ropas y se pusieron unos pantalones de baño. Bajaron a los saltos al jardín. Tony llevaba el tintero de Chopin. Contrastaban, dorado el menor; el mayor, moreno; ambos excesivamente delgados.
Un sol generoso encendía el parque, sus esculturas, su arboleda, sus macizos geométricos. El maestro había plantado su caballete a la sombra de un sauce. A pocos pasos, fluía el arroyo que desembocaba en el lago artificial. Lo bordeaban altas plantaciones de hortensias. Pepe Farfán, Mario y Liny, jugaban en el agua. Por la ribera, Lila Muñiz los perseguía con una caña de pescar. Había alrededor un hondo rumoreo de pájaros y un temblor de mariposas.
—Es para usted, Silvano —dijo Tony, entregándole el objeto hermoso, romántico, de plata, todo cubierto de adornos ojivales y de figurillas de troveros y de damas de largo capirote—. Es el tintero de Federico Chopin. ¡Quién sabe! tal vez el tintero con el cual escribió el Nocturno 27. ¿Se acuerda?... La... la... la... ¡Una maravilla!
El pintor se negó a aceptarlo. Estaba de mal humor. Mezclaba los colores rabiosamente. Terminó por pararlo sobre el césped, sobre los tréboles, junto a su caja de pinturas, y no lo agradeció.
Los muchachos se zambulleron. Musgos verde-oscuros y grises enfundaban los árboles negros. Algunos árboles parecían de bronce patinado; otros hacían pensar en estatuas sin brazos, sin cabezas, antiquísimas, desenterradas o extraídas del fondo del mar. Un colchón de hojas húmedas rodeaba las hortensias azules. Sobre los nadadores, las madreselvas tendidas de una rama a la vecina formaban un túnel espeso. Manchas de sol y de sombra vacilaban entre el follaje. Nadaban el uno en pos del otro, lentamente, dejándose arrastrar por la corriente, bajo el zumbido de los tábanos. A veces sus piernas tropezaban con un viejo tronco semi sumergido, o se rozaban; y a veces se asían, para reposar un instante, de un ceibo inclinado sobre el angosto ropaje del agua, y cortaban una flor. Iban como jóvenes dioses, cubiertas de hojas las cabezas.
Don Boní y Ferrari surgieron en la margen opuesta al sitio donde Silvano limpiaba los pinceles.
—¡Como las hijas del Rin! —gritó Don Boní, haciendo espejear su pulsera—. Comme les filies du Rhin!
Y se lanzó a aplaudir, imitado por Ferrari Espronceda, como si estuviera en el Teatro Colón, meciéndose y acompasándose con largos movimientos cadenciosos de los brazos. Comenzó a tararear destempladamente un fragmento de "Tanháuser", porque para él todo Wagner era una sola cosa, enorme, confusa, estupenda, intercambiable, bostezada en los antepalcos, y a su juicio cualquier trozo musical wagneriano podía aplicarse a cualquiera de sus escenas.
—¡Vengan a posar! —ordenó Silvano nuevamente.
Los cinco muchachos salieron entonces del arroyo, sacudiéndose como perros. Se tumbaron en el césped para secarse.
—Así —dijo el pintor, achicando los ojos.
Componían uno de esos cuadros de "baigneurs" que tanto le gustaban a Cézanne y que tanto le gustaban a Silvano. Al principio conversaron lánguidamente, hasta que la modorra los venció y quedaron medio dormidos, entregados, bajo los sauces, mientras el pincel del maestro golpeaba la tela furiosamente.
Apoyado en un codo, Kurt observó su propio cuerpo con curiosidad. Lo veía, largo y dorado, extendido hacia adelante, como si estuviera separado de él, como si él se hubiera ubicado en la altura, dentro de un mirador que eran sus ojos, y desde allí oteara ese paisaje sobre el cual se movían las sombras transparentes de la fronda, como se mueven sobre los panoramas las sombras de las nubes. Y lo veía, en verdad, como un paisaje, con laderas, con valles, con leves colinas, con manchas vegetales. Recogió una pierna, filosa, huesuda, y fue como si en el paisaje hubiera crecido una montaña. El finísimo vello que la cubría, ascendía por ella, hacia la culminación de la rodilla, como un lejano bosque. Una hebra de hormigas comenzó a trepar hacia su pecho lentamente, como una caravana cargada de mercancías verdes, y aumentó la ilusión misteriosa. Aguijado por su inclinación germana a hilvanar meditaciones, Kurt pensó que ese cuerpo era lo único que poseía, lo único que era totalmente suyo en realidad, de lo cual no podían despojarlo sin darle muerte, y pensó que no sabía casi nada de él. Y, prosiguiendo el paralelo con la tierra, con el paisaje, se dijo que sabía tan poco de su cuerpo como de la tierra sobre la cual reposaba, porque su cuerpo, como esa tierra, albergaba corrientes escondidas, secretas, que discurrían y se bifurcaban a grandes profundidades, y ocultas regiones incógnitas que apenas adivinaba a través de la red de venas azules, delicadas, cuyos canales fluían a flor de piel, de suerte que él ya no era sólo un pequeño paisaje, sino un continente, más todavía, un mundo entero. Él iba de acá para allá, como un mundo por la anchura del espacio, ignorando cuál era su órbita, cuál su destino, qué tremendas leyes siderales, qué Dios gobernaba la marcha de ese mundo, de ese planeta que era él mismo. Tuvo, de repente, una especie de vértigo, de pavor, frente a sí mismo, de angustia ante ese desconocido inmenso a quien debía conducir y a quien ignoraba. Y la idea de su ignorancia de ese cuerpo suyo, al que consideraba súbitamente como algo extraño, extranjero y terrible, lo llevó a pensar que los otros, los demás, los otros mundos-hombres con los cuales convivía en infranqueable soledad y que rotaban en torno siguiendo sus respectivas órbitas, sabían mucho más de su cuerpo —no de su alma, pero sí de su cuerpo— que él mismo, porque los demás lo tenían constantemente bajo los ojos, mientras que él se veía rara vez. ¿Cuándo se veía, en verdad? ¿cuándo, a lo largo del día, se veía la cara que estaba a la disposición de los demás, indefensa, incesantemente? De mañana, un momento, al afeitarse... y luego, en toda la extensión del día, perdía ese rostro, ceñido sobre su alma... hasta que, inesperadamente, la casualidad lo situaba frente a un espejo, en una tienda, y entonces tardaba unos segundos incalculables en reconocerse, en hacer coincidir esa imagen, ese forastero —que según le certificaba el espejo era él mismo—, con la idea que de sí mismo se había forjado y que transportaba consigo, pues lo que él llevaba era una cosa y lo que creía llevar, otra muy distinta. Los espejos son feroces. La noche anterior, Don Boní había referido en la mesa la historia trágica de la condesa de Castiglione, que pasó los últimos veinte años de su vida enclaustrada en un departamento sin ventanas y sin espejos, para no verse envejecer.
Kurt giró un poco, despacio, y abarcó mejor a la tarda caravana de hormigas en su progreso. Caminaban... caminaban... Recordó que un día había ido con Silvano al taller de un sastre, en la Boca. El maestro le había regalado un traje demasiado amplio y quería hacérselo ajustar. Allí, ante el espejo de tres cuerpos, Kurt tuvo por primera vez una visión total de sí mismo; es decir que por primera vez se "conquistó" plenamente substituyendo el enfoque único que de nosotros mismos alcanzamos, por esa apreciación desde los ángulos más variados e inquietantes, que poseen los demás. Vio allí a una serie de intrusos irreconciliables que eran él mismo y que lo componían como se arma un extravagante rompecabezas: los intrusos, los carceleros a quienes las demás personas llamaban "Kurt" con monstruosa familiaridad, y algunos de los cuales había percibido, sin reconocerlos, en las fotografías que le sacó Pepe Farfán una mañana, porque entonces experimentó una sensación igual a la que sentía frente al espejo, sin resignarse a convenir en que los espejos y las fotografías, por absurdos, por disparatados que parezcan, no hacen más que atestiguar la verdad pura. La verdad pura... y ¿cuál es la verdad, la verdad pura? —se preguntó Kurt, mientras los párpados se le cerraban, dominados por el sueño. Pero al instante —¿o fue una hora después?— despertó, alerta, al sentir una mano que se deslizaba sobre su pecho y al oír una voz tierna que decía:
—Cuidado, Kurt... cuidado con las hormigas... van a terminar devorándolo...
Abrió los ojos asustados y descubrió, inclinada sobre él, a Carlota Bramundo. Su collar de turquesas le tocaba la cara.
El maestro la ahuyentó, agitando en el aire su paleta, como si espantara una mosca, y Carlota, rompiendo a reír, se incorporó y se alejó por el parque, explicando que iba a ponerse la ropa de Girolama Orsini. El gato persa la seguía, erguida la cola. Tony también rió, y Kurt vio que estaba echado a los pies de Silvano. Buscó a los demás y los halló en la otra ribera, ya ataviados con sus jubones y con la ropa de Margarita de Austria. Pepe Farfán los acompañaba con la cámara de filmar. Abrióse la puerta de la cochera, cuya entrada había sido disfrazada con decoraciones de cartón piedra, simulando la fachada de un castillo, y por ella salió un anciano suntuosamente vestido de terciopelo blanco y púrpura.
—Es el Papa Paulo III —dijo Tony—; lo están probando.
Don Boní se adelantó, majestuosamente, bendiciendo a derecha y a izquierda. Su pulsera brilló al sol, sobre el guante blanco que adornaba una amatista.
—¡Quítate la pulsera! —exclamó Tony—. El Papa con Pulsera es una locura.
Ferrari se acercó a su amigo y lo ayudó a despojarse de la cadena. Le enderezó el birrete orlado de piel, dio unas pinceladas más y, volviéndose hacia el muchacho desnudo, tendido a sus pies al lado del tintero de Chopin, interrogó, refiriéndose a Ferrari y a Don Boní:
—¿Siempre están juntos? Parecen tan diferentes...
—Siempre. Desde la historia del Defenestradito.
—¿Qué?
—La historia del Defenestradito. Creí que la conocía.
—No.
—En Buenos Aires, algunos lo llaman a Don Boní, El Defenestradito.
—¿El qué?
—El Defenestradito. Por la Defenestración de Praga. Es un hecho histórico... antiguo... Probablemente ustedes lo recordarán. Lo habrán estudiado. Se estudiaba en el colegio.
Pero Silvano ignoraba absolutamente todo acerca de la Defenestración de Praga. Ni Kurt ni él lo habían estudiado nunca.
Hubo una pausa en el curso de la cual los tres indagaron en sus memorias, pues Tony tampoco podía ubicar cuándo, cómo o por qué se había producido la Defenestración de Praga. En la margen opuesta, teniendo por fondo la estatua barroca del Estío, cuya figura volcaba una cornucopia de mármol, Lila Muñiz hacía una gran reverencia cortesana y besaba la mano del Papa Farnese.
—Bueno... —Tony se encogió de hombros—, no importa. La Defenestración de Praga consistió en que tiraron a alguien por la ventana. Par la fenétre. Es lo que le sucedió a Don Boní.
—¿En Praga? —preguntó Kurt.
—No. En Buenos Aires. En Palermo.
—¡Qué aventura! —comentó Silvano, sin dejar de pintar.
—Exactamente, por una aventura. Por una aventura galante, amorosa... de amor... Don Boní, esto lo sabe todo el mundo, ha sido siempre un gran enamorado. Loco por las mujeres. Un loco. Le han costado más de tres millones de pesos. Parece que se llevó a su departamentito de Palermo —el cual, entre paréntesis, está situado a un paso del Jardín Botánico, de modo que Don Boní insiste en que es suyo y se niega a pagar el alquiler, con el pleito consiguiente-...parece que se llevó allí, hace cinco o seis años, una chica, una menor...
—¿Qué me cuenta?
—Así es, no más. Don Boní no tiene cura. Dice que hasta que las mujeres le fallen, no será viejo. E insiste. Se desespera por gustar, por atraer. Pero la chica de mi historia resultó vivísima; una trucha. Algo completamente distinto de la inocente paloma que Don Boní creía haber cazado. En lo mejor de la fiesta, aparecieron en la casa dos caballeros que aseguraron ser el padre y el hermano de la ingenua víctima. Terror de Don Boní. Hicieron la comedia del honor ultrajado; juraron que la niña tenía diecisiete años. Exageraban. Y terminaron, como es lógico, exigiéndole dinero. Naturalmente, Don Boní no contaba ni con la vigésima parte de lo que reclamaban. Los parientes ofendidos tomaron la plata que había y —aquí llegamos a la defenestración— lo tiraron a Don Boní por la ventana.
—¡Qué bárbaros!
—Sí. Unos bárbaros. Ya no se puede planear aventuras en Buenos Aires. No hay garantías. En Europa es diferente. Probablemente los caballeros proyectaban alzarse con las miniaturas y con las cajas de rapé de oro de Don Boní. Por suerte la ventana estaba sólo a dos metros de la calle, y Don Boní cayó de pie. Pero en ese momento desagradable acertó a pasar por allí un automóvil policial y se los llevó a todos a la comisaría. Nelson Ferrari Espronceda era todavía comisario. Su snobismo invencible de triturador de notas sociales, se conmovió con la presencia de Don Boní en su despacho. No hay que olvidar lo que Don Boní representa. "Mi nombre —dice Don Boní— es como una música de Bach." Quizás tenga razón. Y Ferrari lo salvó de lo que hubiera podido ser un escándalo serio.
—Da la impresión de un buen hombre —apuntó Kurt.
—Sí, pero desde entonces no se le despegó al Defenestradito. Es como si hubieran hecho un pacto. O como si mediara un chantage... moral... Otro tipo de chantage, más sutil, después del de los hidalgos ofendidos. A cambio del auxilio de Ferrari, que lo sacó a flote e hizo echar tierra sobre el asunto, Don Boní no tuvo más remedio que introducir a Ferrari en su mundo. Era el sueño, el gran sueño del comisario en vías de jubilación. Y andan siempre juntos, de cocktail en cocktail. Me recuerda el caso del terrible viejo que, trepado sobre los hombros de Simbad el Marino, y aferrado a él con uñas y dientes, lo obligaba a transportarlo sin aflojar su presión. Sí, es un cuento de "Las mil y una noche". Ya ven: vivimos aquí como en "Las mil y una noche". Tenemos un gato que se llama Schariar, como el sultán... y esto. Claro que yo sospecho que esta vida no lo hace feliz al Defenestradito, aunque nunca protesta. Con todo, me parece que ya ha pagado suficientemente... Ferrari puede ser bastante pesado... pero ¿cómo evitarlo? Además le ha prometido ayudarlo en el asunto del Botánico y el Zoológico. Y además... nunca se sabe... con el ánimo de Don Boní y a pesar de sus años, en cualquier momento puede ocurrir una segunda defenestración. Silvano se rascó la cabeza:
—El De-fe-nes-tra-di-to —deletreó— de Praga.
—El Defenestradito de Palermo. Al caer por la ventana, él le abrió otra ventana a Ferrari. En realidad, fueron defenestrados los dos.
Kurt se incorporó más todavía, en la frescura del césped, y sintió que algo extraño le rozaba el cuello. Era la medalla de oro de Don Juan de Austria, que pendía de una cadena. Tony había aprovechado su sueño para colgársela. Silvano la advirtió también, pues Kurt se le acercó y, cuando salió del refugio sombrío, el sol arrancó chispas del metal.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó.
—Una medalla que me ha regalado Tony.
—Es —agregó Tony, con la inflexión especial, un poco burlona y un poco de guía de museo, que adoptaba para explicar sus objetos curiosos— una medalla que se acuñó conmemorando la victoria de Lepanto.
—A ver...
Kurt dio un paso más y entonces, con agilidad imprevista, el pintor estiró la mano y de un zarpazo cortó la cadena.
—Vos no tenés por qué recibir regalos de nadie —balbuceó con voz alterada.
—Pero, maestro...
—No tenés por qué —y el pintor estaba rojo-...no sos ningún muerto de hambre.
—Pero —intervino Tony, asombrado—, no es más que una medalla...
Kurt trató de recuperarla, y Silvano, retrocediendo, la lanzó al arroyo por encima de las cabezas de los jóvenes. Se oyó el golpe ligero de la pieza al rasgar el agua. A la distancia, ausentes de todo, como si en la otra ribera se desarrollara una pantomima imposible de parar, porque se había descompuesto la máquina proyectora, o como si el Tiempo se ajustara allí a una cadencia distinta, Paulo III abría los brazos, y los pajes se postraban de hinojos. Miss Lucy Landor aplaudió. Voló encima, como en los presagios antiguos, una bandada de pájaros negros.
—Anda a buscarla, si tanto te gusta —gritó el pintor.
Los dos muchachos se zambulleron en el arroyo. Bucearon entre las raíces, en el lecho de limo. Sus cabezas desaparecían de la superficie y volvían a surgir. Se miraban las manos sucias de lodo. Entre tanto, desentendido, el maestro recogió sus bártulos y echó a andar hacia la cochera. Le dolía angustiosamente el corazón. Una terrible palidez se extendió sobre su cara.
—¡Qué raro! ¡qué raro! —repetía Tony y, a pesar de su desconcierto y de su fastidio, por eso, tan artista, que llevaba adentro, inseparable de su personalidad, y que no lo abandonaba jamás, ni aun en los instantes de mayor inquietud y duda, no pudo evitar un sentimiento de admiración ante la figura goyesca de Silvano, que se alejaba, aristocrático, erecto, la cintura ceñida, entre las estatuas y los árboles.
Los Farnese multicolores se aproximaron, cuidando de no embarrar las faldas y los borceguíes.
—¿Qué pasa?
—Se ha caído una medalla al arroyo.
—¿Y no la encuentran?
—No. Es la medalla de Don Juan de Austria.
—Magnífica —declaró Don Boní, que se había puesto unos anteojos oscuros cuyas patillas apretaban el birrete papal.
—Nosotros los ayudaremos —exclamó Liny—. Ya hemos ensayado bastante.
Y ahí mismo empezó a quitarse la ropa.
—Váyanse —les dijo Pepe Farfán a Lila Muñiz y a Carlota Bramundo.
Las mujeres se apartaron, no sin que Carlota se volviera de vez en vez, con el pretexto de comprobar si la seguía su gato. Los tres muchachos se desnudaron totalmente en un segundo y saltaron al agua.
—¡Qué jóvenes son! —suspiró Don Boní, y pareció que los bendecía, en alto el guante de blanco terciopelo.
—Usted es joven también —lo socorrió Ferrari.
—No sea pavo.
—Bueno... en todo caso no se puede negar que es buen mozo...
—¡Buen mozo! Cómo se ve que no me ha conocido antes... cuando tenía la edad de estos chicos. Soy una ruina, Ferrari.
—¡Aquí está! —chilló Mario.
—Dámela —dijo Kurt, y añadió en voz más baja—: La guardaré.
Salieron del arroyo, zamarreándose y riendo. Kurt alzó el tintero que había quedado entre los tréboles.
—Iré a vestirme.
—Apurémonos —recomendó Don Boní—. ¡Qué trabajo, ahora, sacarme este traperío!
El discípulo persiguió a Silvano con la mirada. No se lo veía ya. Rápidamente, el muchacho cruzó el parque y entró en la cochera. En el cuarto del pintor no había luz.
—Maestro —llamó-...maestro...
No le contestaron.
Entreabrió un postigo y la claridad le descubrió a Silvano, alargado en la cama, como muerto. Respiraba anhelosamente. Kurt se le aproximó y el maestro le tomó una mano:
—Perdón —le dijo con una voz tan débil que el muchacho debió inclinarse para oírlo—, es mi locura... vos sabes, la locura —y sonrió, exangüe—, la locura de los Soria... Estoy enfermo.
Kurt sintió que una inmensa piedad lo invadía frente al anciano yacente, cuya cara acentuaba su lividez bajo el gran Cristo de hierro.
—Yo no sé tratar con la gente —gimoteó Silvano—. No sé. No sirvo. Lo mejor será que nos vayamos de aquí.
—Sí... nos iremos...
—Y no bajaré a comer.
—No. Yo tampoco bajaré.
—Sí. Vos sí. Anda. Pedíles que me disculpen.
Se dio vuelta contra el muro, y a poco al muchacho le pareció que dormía. En puntas de pie, se deslizó hasta su cuarto. Colocó el tintero de plata dentro de uno de los cajones de la cómoda, y se vistió. Cuando regresó, la posición del maestro no había cambiado. El discípulo le pasó la mano por la frente y notó que ardía. De repente tuvo miedo, pero Silvano giró hacia él, y con tono calmo le dijo:
—No te preocupes. Estoy bien. Te juro que estoy bien. Anda a comer.
—Volveré enseguida.
—Sí... sí...
En el comedor, Kurt se encontró con la novedad de que las puertas corredizas que comunicaban ese aposento con el dormitorio de Tití, estaban cerradas. Pepe Farfán le informó que la señora comería con Miss Landor. Liny, Mario y Lila se habían ido, de modo que sólo rodearon la mesa Don Boní, Carlota Bramundo, Ferrari Espronceda, Tony, Kurt y Farfán. Inquirieron todos por el pintor.
—Ahora descansa —respondió Kurt—. Le conviene quedarse en su cuarto.
Ferrari se lanzó en una disquisición pomposa acerca de la urgencia de soledad que oprime a los grandes artistas. Los demás no lo escuchaban y se servían de las fuentes generosas. De tanto en tanto, a través de las puertas, se oía, ahogada, en el fonógrafo, la voz de María Barrientos. Don Boní la cortejaba a Carlota Bramundo, por costumbre, por cumplir con su obligación donjuanesca. Pero la conversación languidecía.
—¿No hay novedades del Jardín Botánico? —interrogó cortésmente Pepe Farfán.
Don Boní se puso rígido. Parecía un pájaro, un pajarraco. Dijérase que en la cabeza, el plumaje de vetas largas, matemáticamente ordenado, se le iba a encrespar. Luego hizo una pirueta y exclamó:
—Sí. Hay novedades. Y malas. Estúpidas. Hoy recibí una nota de la Municipalidad. Imagínense que se niegan a colocar una placa en la entrada, con una inscripción que indique que ese solar pertenece a mi familia desde 1760. Cualquiera diría que no conocen a mi familia. En este país no hay tradición. Son unos miserables. Arguyen que no tienen antecedentes. ¡Imagínense! ¡Antecedentes! Estoy seguro de que han perdido a propósito el expediente en el cual yo doy pruebas y más pruebas de nuestros derechos. ¡Un expediente de doscientas páginas, con fotografías de planos, de documentos! ¡Como si pudiera perderse! Unos miserables... son unos miserables... ni siquiera una plaquita...
Bebió un sorbo de vino. Hubo un gran silencio.
—¡Qué injusticia! —protestó Carlota Bramundo.
—Mejor sería no tocar el tema —apuntó Ferrari Espronceda, mundano—, aunque es muy interesante. Hay momentos en que ciertos temas se transforman en gaffes.
Rompió a reír pero nadie le hizo eco. En el fondo del mar, María Barrientos modulaba, como una sirena, el Elisir d'Amore.
Don Boní rió a su vez, ácidamente:
—Las gaffes son saludables —declaró con el entusiasmo irónico que ponía al contradecir al ex comisario—. Las gaffes son lo único auténtico, lo único espontáneo, que producimos en un mundo de engaños... en un mundo en el cual, de la mañana a la noche, nos engañamos los unos a los otros. Si bien se mira, las gaffes constituyen la última expresión incontrolable de la verdad. Las gaffes nos acercan a Dios.
—No hables de Dios —dijo Tony—. ¡Es tan exagerado! Y rieron todos, con excepción de Kurt a quien esos juegos lo sobresaltaban.
—Pero... —añadió Don Boní—, me olvidaba que mañana vendrá a comer Marco-Antonio Brandini. Sigue en la quinta de Luis María, en "El Ombú". Habrá que comunicárselo a Tití.
—¿Mañana? —preguntó Nelson Ferrari—. ¿Cómo no me lo dijo, antes? ¡Qué distracción! Yo tenía un asunto... bueno, lo postergaré... No me perdería la visita por nada del mundo. El príncipe Brandini —se esponjó y pareció un ave, pero muy distinta de la que evocaba Don Boní, más bien un ser al que había que ubicar en el orden de las palmípedas y dentro de ellas en la familia de los lamelirrostros que incluye a los patos silvestres—, el príncipe es muy interesante. Un extraordinario conversador. Tiene tanto que contar... ¿Se acuerdan cuando nos habló de aquella fiesta dada por el Káiser, en Berlín, para la cual transportaron el hielo en un tren especial, desde Rusia? ¡Qué vida!
Pasaron al "hall", donde Carlota sirvió el café. Minutos después, cuando Farfán retomaba su retrato del rey Arthur, abrióse la puerta de la galería y entró, inesperadamente, Silvano. Estaba todavía muy pálido, pero sonreía.
—¿No habrá una taza de café —interrogó, llegándose a Tony—, para un viejo gruñón?
Y le acarició la cara, como puede hacer un padre con su hijo. Encantada, la señora de Bramundo le ofreció una tacita temblona.
—Estoy bien... ya estoy bien... no ha sido nada... —contestó el maestro a las preguntas cordiales.
Desenrolló un papel que traía bajo el brazo y se lo entregó a Tony. Era uno de los dibujos que había hecho esa tarde, un boceto de los cinco muchachos tumbados entre las hortensias. A pesar de la rapidez del esbozo, se valoraba en él la seguridad feliz de su trazo, la gracia con que había compuesto las delgadas figuras.
—Permítame que se lo regale, Tony —dijo, apretándole suavemente un brazo—. Cada uno regala lo que puede. Usted acaba de hacernos, a Kurt y a mí, dos regalos espléndidos. El tintero de Chopin es una maravilla. Nunca me separaré de él. Yo... tengo muy poco que dar...
Los ojos de Kurt brillaron en la sombra. Los demás rodearon al pintor y alabaron su trabajo.
—Gracias... gracias... —repetía Tony, confundido.
—Cuando veo obras como ésa —se lamentó Pepe Farfán, alisándose la barba rubia—, me dan ganas de romper en cuatro pedazos este rey Arthur, que no marcha... no marcha...
—A ver... déjeme mirarlo... pero no... si está muy bien —y la voz de Silvano se tornaba cada vez más meliflua, para gozo de Ferrari Espronceda a quien lo embriagaba ese tono pues lo juzgaba la única garantía de la serena convivencia en la buena sociedad.
—Déme la paleta... voy a tratar de ayudarlo... el Diablo sabe más por viejo...
Se sentó frente al caballete y empezó a distribuir pinceladas hábiles, veloces, manchando aquí y allá la tela en la que el heredero del trono de las hadas cruzaba el bosque hechizado, llevando su corcel por la brida. Y el bosque, súbitamente, se fue poblando de misterio, se fue transformando, en verdad, en la floresta de Brocellanda.
A su espalda se escuchó la voz extática de Lucy Landor:
—¡Glorious! ¡Es la floresta de Brocellanda! Y, volviéndose hacia Kurt, la inglesa añadió:
—Chateaubriand cuenta, en el primer tomo de sus Mémoires d'Outre Tombe, que en el siglo XII este bosque se extendía a lo largo de los cantones de Fougéres, de Bécherel, de Renes, de Diñan, de Saint-Malo y de Dol. Era inmensa. Y en ella Chateaubriand encontró a su sílfide. Usted, que según he oído es poeta, lo habrá leído seguramente.
Kurt sonrió con tristeza, sin responder ni sí ni no. Lo abrumaba una gran desazón cada vez que comprobaba cuánto tenía que leer.
—¡Claro que lo ha leído! —dijo Silvano sin dejar de multiplicar las pinceladas—. Kurt ha leído todo.
Carlota, Don Boní y Ferrari se despidieron. Regresaban a Buenos Aires. En cambio Farfán dormiría en "El Paraíso". Ocupaba una habitación en la casa principal, donde dejaba una lámpara encendida la noche entera.
—¿Por qué? —le preguntó un día Tony, sorprendido—. ¿tenés miedo? ¿tenés miedo de los fantasmas?
No era por temor de los fantasmas. Era por un motivo mucho más raro. Desde niño (y el muchacho no había conseguido liberarse después de esa obsesión) a Pepe lo espantaba la idea de que el mundo podía desaparecer en la oscuridad y de que, al encender repentinamente la luz, acaso pudiera encontrarse con un mundo totalmente distinto, extraño, insospechable, monstruoso, en el cual estaría perdido y le sería imposible sobrevivir. Para él, la luz mantenía en su sitio al mundo familiar, lógico. Donde no había luz, porque un temerario la había apagado rompiendo así el vínculo entre nosotros y lo que nos rodea, no se sabía qué había en verdad, qué plantas voraces, qué hombres, qué engendros, qué horribles aberraciones.
Kurt y Silvano retornaron a la cochera, pero antes el muchacho se acercó a Tony y le deslizó algo en el bolsillo.
—Muchas gracias —murmuró—. Te la devuelvo.
Era la medalla de Don Juan de Austria, con el perfil del héroe.
Maestro y discípulo atravesaron el parque sin hablar. A esa hora y en ese sitio la naturaleza lograba ser una fuerza tan primordial, tan imperiosa, que se diría que la noche, en lugar de descender del cielo, ascendía de la tierra, como un vaho, como una bruma emanada de la fecunda humedad. Ese vapor nocturno se elaboraba en el encerrado misterio del río, del lago, del arroyo, de los canales, de enredaderas y de las estatuas celestes, envolviéndolos, saturándolos, hacia la altura que terminaba por invadir y en la que colgaba, amarillo, el empañado fanal de la luna. Niebla verdosa, plateada y negra, como la tierra y el agua dormitante de las cuales procedía, la noche tenía en "El Paraíso" una calidad diferente, mágica.
—¡Es una buena noche para buscar hadas! —les gritó Lucy Landor que entornaba los postigos del quintón.
Kurt pasó su brazo bajo el del maestro y siguieron, mudos.
Más tarde, mientras hojeaba en su cama un álbum de estampas japonesas, Silvano oyó el golpeteo del bastón de Tití en el camino. Se asomó a la ventana y la distinguió, cojeando, el sombrero de ancha pluma erguido sobre la frente. Ulises corría alrededor.
—¿Quién es? —insistió en preguntarse—. ¿Cuándo, dónde la he visto? Y, ¿por qué me importa?
Al meterse de nuevo en el lecho, abierta sobre la sábana, en el álbum, la lámina de Harunobu que se borraba ante sus ojos, musitó:
—¿Quiénes son? ¿qué quieren? Y yo... Dios mío... ¿qué he hecho?... esa medalla... ¿estaré loco, en realidad?
Tiró del cajón de la mesa de luz, sacó de él varias estampas religiosas de esas que le daban las beatas en las iglesias, cuando iba a oír música, o a mirar los cuadros, o a respirar el olor del incienso que le recordaba su infancia y sus tías milagreras; las distribuyó sobre el delicado personaje de Harunobu, disfrazado de mujer, que tocaba una serenata a la puerta de un palacio, y se puso a rezar torpemente, como un niño, como rezaba él, distrayéndose a veces con sus pensamientos y luego reanudando la susurrada oración, hasta que, curiosamente, ya no pareció un fauno arisco, de cara irregular y labios sensuales, sino un viejo, un viejísimo ermitaño que en cualquier momento podía echarse a llorar y besar las imágenes modestas de San Buenaventura, de San Antonio de Padua, de Santa Gertrudis, de la Virgen del Pilar, desparramadas como pétalos sobre el cantor que imploraba frente al palacio gris y ocre, exquisitamente japonés.