* Rey de Escocia que derrotó a los ingleses en la batalla de Bannockburn, en 1314. (N.delT.) 195
Kathleen McGowan La esperada Tammy desactivó el botón de pausa para pasar a la siguiente imagen, la estatua dorada de Juana de Arco que domina la rue de Rivoli de París. Después apareció otra imagen de Juana, la estatua del jardín de Saunière que habían visto dos días antes.
—¿Recuerdas cuando Peter me preguntó por esta estatua de Juana? Dijo que el mundo la considera un símbolo del catolicismo convencional. Bien, ella está aquí porque es cualquier cosa menos eso.
Apareció una foto de Juana de Arco enarbolando su tradicional bandera de
«Jesús-María».
—Los cristianos creen que el lema de Juana se refería a Cristo y a su madre, porque en la bandera se leía «Jhesus-Maria». Pero no es así. Era una referencia a Cristo y María Magdalena, por eso juntó con un guión los nombres, para mostrarlos unidos. Jesús y su esposa, antepasados de Juana.
—Pero creía que era una campesina... Una... pastora.
Maureen emitió un gruñido cuando pronunció la última palabra.
—Exacto. Una pastora. ¿Y qué me dices de su apellido? «De Arco» indica que tenía cierta relación con esta región, Arques, aunque había nacido en Domrémy. Juana de Arco es una referencia a su linaje. Y a su peligroso legado. Berry te habló de la profecía, ¿verdad? De la Esperada.
Maureen asintió pausadamente.
—Creo que el mundo no está preparado para esto. Creo que yo no lo estoy. Tammy pulsó el botón de pausa y se volvió hacia Maureen.
—Necesito que escuches el resto de la historia de Juana, porque es importante. ¿Qué sabes de ella?
—Supongo que lo que sabe casi todo el mundo. Luchó para devolver al delfín al trono de Francia, dirigió batallas contra los ingleses. Fue quemada viva en la hoguera por bruja, aunque todo el mundo sabe que no lo era...
—Fue quemada en la pira porque tenía visiones.
Maureen sopesó las palabras de Tammy, sin saber muy bien adónde quería ir a parar. Su amiga se explicó con vehemencia.
—Juana tenía visiones, visiones divinas. Y era del linaje. ¿Qué significa eso para ti?
No esperó la respuesta de Maureen.
—Juana era la Esperada, y todo el mundo lo sabía. Iba a cumplir la profecía. Tenía visiones que la habrían guiado hasta el Evangelio de la Magdalena. Por eso tuvieron que silenciarla de manera permanente.
Maureen estaba atónita.
—Pero... ¿el día de nacimiento de Juana era el mismo que el mío?
—Sí, pero no lo verás escrito en los libros de historia. Suelen decir que nació
en enero. Fue ocultado a propósito para proteger su verdadera identidad, como bastarda real y como la esperada princesa del Grial.
—¿Cómo lo sabes? ¿Existe documentación que respalde lo que dices?
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Kathleen McGowan La esperada
—Sí, pero has de dejar de pensar como una académica. Tienes que leer entre líneas, porque todo está ahí. Y no deseches las leyendas locales. Eres irlandesa, conoces el poder de las tradiciones orales, que se transmiten de generación en generación. Los cátaros no eran tan diferentes de los celtas. De hecho, existen toneladas de pruebas de que ambas culturas se fusionaron en Francia y España. Protegieron sus tradiciones al no reseñarlas por escrito, sin dejar pruebas para sus enemigos. La leyenda de Juana como la Esperada salta a la luz en cuanto rascas un poco en la superficie.
—Creía que las fuerzas inglesas ejecutaron a Juana.
—Falso. Los ingleses la detuvieron pero fue el clero francés el que la juzgó e insistió en su ejecución. El torturador de Juana fue un sacerdote llamado Cauchon. Por aquí es como un chiste, porque Cauchon suena igual que cochon, que significa cerdo en francés. Bien, fue ese cochino quien extrajo la confesión a Juana, y después manipuló las pruebas para imponerle el martirio. Cauchon tenía que matarla antes de que pudiera desempeñar el papel que le correspondía por ser la Esperada.
Maureen guardaba silencio, escuchando con atención a Tammy.
—Juana no fue la última pastora en morir. ¿Recuerdas la estatua de la santa por la que me preguntaste en Rennes-le-Château, la chica con el cordero?
—Santa Germana —asintió Maureen—. Anoche soñé con ella.
—Porque es otra hija del equinoccio de verano y la resurrección. Se la representa con un cordero pascual por motivos evidentes, pero también con una cría de carnero, lo cual representa que nació bajo el signo de Aries. Maureen recordaba bien la estatua. El rostro solemne de la pastorcilla la había conmovido sobremanera.
—Su madre ocupaba una posición elevada en el linaje, la Marie de Negre de su tiempo. Cuando Germana era una niña, su madre murió de manera muy misteriosa. Ella fue criada por una familia adoptiva que la asesinó mientras dormía cuando estaba a punto de cumplir veinte años.
Tammy tomó la mano de Maureen, muy seria de repente.
—Escúchame, querida. Durante mil años ha existido gente capaz de matar para impedir el descubrimiento del Evangelio de María. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo?
Maureen empezó a darse cuenta de la gravedad de la situación. De pronto, sintió escalofríos.
—Todavía hay gente capaz de matar para impedir el cumplimiento de esa profecía. Si esa gente cree que eres la Esperada, puede que corras un gran peligro.
●
Tammy había tenido la previsión de llevar una botella de vino a la sala. Volvió
a llenar la copa de Maureen, mientras ambas guardaban silencio un momento. Maureen habló por fin, en un tono algo acusador.
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Kathleen McGowan La esperada
—En Los Ángeles sabías mucho más de lo que me dejaste creer, ¿no?
Tammy suspiró y se reclinó en el sofá.
—Lo siento muchísimo, Maureen. Entonces no podía explicártelo todo. Ni ahora tampoco, pensó abatida, antes de continuar.
—No quería asustarte. Nunca habrías hecho este viaje, y no podíamos correr ese riesgo.
—¿Podíamos? ¿Te refieres a ti y a Sinclair? ¿Eres miembro de la Sociedad de las Manzanas Azules?
—No es tan sencillo. Escucha, Sinclair hará cualquier cosa para protegerte.
—¿Porque cree que soy su chica de oro?
—Sí, pero también porque siente un gran afecto por ti. Me he dado cuenta. Pero Berry también se siente responsable. Te condujo al matadero, como al cordero pascual de tu apellido, cuando te exhibió con ese vestido. Debido a su entusiasmo, no se paró a pensarlo.
Maureen tomó otro sorbo del excelente vino tinto.
—¿Qué sugieres que haga? Estoy en territorio desconocido, Tammy. ¿Me marcho? ¿Olvido que esto ha sucedido y vuelvo a mi vida normal? —Lanzó una risita irónica—. Claro, ningún problema.
Su amiga la miró con semblante compasivo.
—Quizá deberías hacerlo, por tu bien. Berry podría sacaros a escondidas, a ti y a Peter, mañana. Eso le matará, pero lo hará si se lo pides.
—Y después, ¿qué? ¿Volveré a Los Ángeles, para vivir atormentada el resto de mi vida por visiones y pesadillas? ¿Se resentirá ni trabajo porque nunca más podré afrontar la historia de la misma manera, y seré incapaz de llevar a cabo futuras investigaciones, por temor a que algunos matones misteriosos me hagan daño? ¿Quién es esa gente tan peligrosa? ¿Por qué quieren impedir que se cumpla la profecía, hasta el punto de matar por ello?
Tammy se levantó y empezó a pasear de un lado a otro.
—Hay cierto número de facciones interesadas en conservar en secreto las opiniones de María Magdalena. Está la Iglesia tradicional, por supuesto, pero ésos no son los peligrosos.
—Entonces, ¿quiénes son? Maldita sea, Tammy, estoy harta de acertijos y jueguecitos. Alguien me debe una explicación completa, y la quiero ya. Tammy asintió con aire sombrío.
—La tendrás por la mañana. Pero no soy yo quien debe dártela.
—¿Dónde está Sinclair? Quiero hablar con él. Ahora.
Su amiga se encogió de hombros.
—Te lo contará todo por la mañana, te lo prometo.
Pero cuando Bérenger Sinclair regresó al Château des Pommes Bleues, el mundo había cambiado.
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Kathleen McGowan La esperada
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... La llegada de Easa llamó la atención de todas las autoridades de Jerusalén, desde los sacerdotes del templo a la guardia de Pilatos. Los romanos estaban preocupados por la Pascua judía. Temían levantamientos o disturbios incitados por alguna oleada de sentimiento o nacionalismo judío. Y como nos acompañaban zelotes, Pilatos no tuvo otro remedio que tomar nota.
Entre nosotros había algunos que tenían hermanos en la casta sacerdotal. Nos informaron de que el sumo sacerdote Caifás, yerno de Anás, quien tanto nos despreciaba, se había reunido en consejo para hablar sobre «esa idea del nazareno convertido en mesías».
Ya he hablado suficiente de este Anás en el pasado, y ahora hablaré más de sus actos, pero con una advertencia: no condenéis a muchos por los actos de un solo hombre. Porque la casta sacerdotal es como todas las demás: algunos son buenos y justos en sus corazones, y otros no. Hay aquellos que obedecieron las órdenes de Anás en los días oscuros, sacerdotes y hombres. Algunos lo hicieron porque eran obedientes al templo, porque eran hombres buenos y justos, como lo era mi hermano cuando tomó aquella terrible decisión.
Nuestro pueblo estaba engañado por líderes corruptos, cegado a la verdad por aquellos que tenían el deber de darles algo más. Algunos se nos oponían porque temían más derramamiento de sangre judía, y sólo deseaban paz para el pueblo durante la Pascua. No puedo culparles por esa elección.
¿Hemos de condenar a los que no vieron la luz? No. Easa nos enseñó que no debemos rechazarlos, sino perdonarlos.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DEL TIEMPO DE LA OSCURIDAD
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Kathleen McGowan La esperada 14
Château des Pommes Bleues
25 de junio de 2005
MAUREEN REGRESÓ A su CUARTO, presa de miedo y angustia. No entendía nada y no sabía qué hacer. Se desvistió poco a poco, intentando pensar, a pesar de las recientes revelaciones y el efecto del vino tinto. Será inútil, —se dijo—. Esta noche no podré dormir.
Pero cuando se entregó a la suntuosa comodidad de la enorme cama, se durmió en cuestión de minutos. Y el sueño la reclamó.
●
La mujer menuda del velo rojo avanzaba sigilosamente en la oscuridad. Su corazón latía acelerado, mientras intentaba no quedarse demasiado atrás de los dos hombres y sus largas zancadas. Era todo o nada, un terrible peligro para todos ellos, pero se trataba de la circunstancia más importante de su vida.
Bajaron a toda prisa las escaleras exteriores. Sería el momento más peligroso, porque quedarían expuestos a la noche de Jerusalén, y sólo podían rezar para que hubieran retirado los guardias, tal como les habían prometido. Se miraron con alivio cuando se acercaron a la entrada subterránea. No había guardias. Un hombre se quedó fuera para vigilar. El otro hombre, que sabía orientarse por los pasillos de la prisión, continuaba guiando a las mujeres. Se detuvo ante una pesada puerta y sacó una llave escondida entre los pliegues de su túnica. Miró a las mujeres y les dijo algo de manera rotunda. Todos sabían que tenían poco tiempo y que corrían el riesgo de ser descubiertos, sobre todo ella. El hombre giró la llave en la cerradura y abrió la puerta para que ella pasara, y la cerró a su espalda con el fin de proporcionar intimidad a la mujer y el prisionero. No sabía qué había esperado, pero no era esto. Habían tratado con crueldad a su hermoso hombre, de eso no cabía duda. Tenía las ropas desgarradas y moratones en la cara. Pero pese a todas sus heridas, él sonrió con ternura y amor a la mujer, que se arrojó
a sus brazos.
La retuvo apenas un momento, pues el tiempo obraba en su contra. Después, la tomó por los hombros y empezó a darle instrucciones, perentorias y categóricas. Ella asintió una y otra vez, le aseguró que le había entendido y que todos sus deseos se cumplirían. Por fin, él apoyó las manos sobre la hinchazón de su estómago y le dio la orden final. Cuando hubo terminado, ella se arrojó en sus brazos por última vez, y trató
con valentía de reprimir los sollozos que estremecían su cuerpo. 200
Kathleen McGowan La esperada
●
Los mismos sollozos estremecían a Maureen. Lloraba de manera incontrolada, con la cara sepultada en la almohada para que nadie la oyera. La habitación de Peter era la más cercana, y no deseaba atraer su atención. Este sueño había sido el peor de todos. Era demasiado real, demasiado intenso. Sentía cada segundo de tensión y dolor, sentía la urgencia de las directrices que habían sido dictadas. Y sabía por qué. Eran las últimas instrucciones que Jesucristo había dado a María Magdalena la víspera del Viernes Santo.
Y había otra directriz urgente en el sueño, ésta para Maureen. Había oído la voz del hombre en su oído... ¿Era su oído? ¿O era el oído de María? La veía a ella desde fuera, pero al mismo tiempo sentía todo cuanto María experimentaba en su interior. Y oyó las instrucciones finales.
—Porque ha llegado el momento. Ve, y asegúrate de que nuestro mensaje perdure.
Maureen se sentó en la cama e intentó pensar. Ahora se estaba guiando por los instintos y otra cosa, algo indefinible, sin lógica ni razón. Algo en lo que tenía que confiar con el corazón, y no analizar con el cerebro. Reinaba la noche en el Languedoc, negra y sedosa, y rayos de luna entraban en la habitación de Maureen. La luz iluminó el hermoso rostro de María Magdalena en el desierto, cuando la Madonna de Ribera miraba hacia el cielo en busca de consejo divino. Maureen decidió imitar a María. Por primera vez desde que tenía ocho años, se puso a rezar para pedir ayuda.
●
Más tarde, Maureen no pudo recordar cuánto tiempo había transcurrido hasta que oyó la voz. ¿Segundos? ¿Minutos? Daba igual. Cuando la oyó, supo lo que debía hacer. Era como en el Louvre, el mismo susurro femenino insistente que la llamaba, que la guiaba. Esta vez, la llamó por el nombre.
—Maureen, Maureen...
El susurro era cada vez más perentorio.
Se vistió y calzó, temerosa de demorarse demasiado y perder el contacto con la guía etérea que la estaba llamando. Abrió la puerta de su habitación con cautela, rezando para que no chirriara y despertara a alguien. Como María Magdalena en el sueño, el sigilo era de capital importancia. No podían verla, todavía no. Era algo que tenía que hacer sola.
El corazón de Maureen martilleaba en sus oídos mientras avanzaba de puntillas por el castillo. Sinclair se había marchado y todo el mundo dormía. Cuando se encaminó hacia la puerta principal, un pensamiento la dejó
petrificada. La alarma. La puerta principal estaba protegida con una alarma codificada. Había visto a Roland desactivarla una mañana después del desayuno, pero no vio el código. Había pulsado el teclado tres veces con 201
Kathleen McGowan La esperada rapidez. Tap tap tap. Tres números. El código de la alarma constaba de tres dígitos.
Se detuvo ante el panel e intentó pensar como Sinclair. ¿Qué código podría utilizar? El 22 de julio era la festividad de María Magdalena. Tecleó el código como había visto a Roland hacerlo. 7-2-2. Nada. Una luz roja destelló y se oyó
un fuerte pitido, lo cual le provocó un gran sobresalto. ¡Maldita sea! Por favor, por favor, no dejes que ese ruido haya despertado a alguien. Se serenó y pensó de nuevo. Sabía que no tenía demasiado margen de error. La alarma se dispararía si seguía pulsando códigos erróneos. Alzó la cabeza hacia el cielo y susurró:
—Por favor, ayúdame. No sabía qué esperar. ¿Contestaría la voz? ¿Le diría el código? ¿Se abriría la puerta como por arte de magia y la dejaría salir? Esperó
un momento, pero no ocurrió ninguna de esas cosas.
No seas idiota. Piensa, Maureen. Y entonces, oyó algo. No la voz etérea de la mujer, sino en su propia cabeza, procedente de su memoria. La voz de Sinclair, la primera noche en el castillo.
—Querida, usted es el cordero pascual.
Maureen se volvió hacia el panel y tecleó los números 3-2-2: su cumpleaños, el día de la resurrección.
Sonaron dos breves pitidos, una luz verde destelló y una voz mecánica dijo algo en francés. Maureen no esperó a ver si había despertado a alguien. Abrió la pesada puerta y salió corriendo hacia el camino adoquinado iluminado por la luna.
●
Maureen sabía muy bien adónde iba. Ignoraba por qué pero sabía cuál era su destino. La voz ya no se oía, pero no la necesitaba. Otra cosa había tomado el mando, una certeza interior a la que seguía sin vacilar.
Rodeó la casa a toda prisa, la misma ruta que Sinclair había tomado cuando fueron a recorrer la finca. Había un sendero, invadido de malas hierbas y difícil, que habría sido imposible recorrer en una noche oscura, pero la luz de la luna iluminaba su camino. Lo siguió a buen paso hasta que vio su objetivo a lo lejos. El Capricho de Sinclair. La torre que Alistair Sinclair había construido en mitad de su propiedad sin ningún motivo concreto.
Sólo que sí existía un motivo, y ella sabía cuál era. Era una torre de vigilancia, como la torre Magdala de Bérenger Saunière en Rennes-le-Château. Los dos hombres vigilaban la región, a la espera del día en que María decidiera revelar sus secretos. Ambas torres dominaban la zona donde se creía que estaba oculto el tesoro. Maureen se dirigió hacia la torre con impaciencia, pero su corazón dio un vuelco cuando estuvo más cerca. Recordó que Sinclair la mantenía cerrada con llave. Había utilizado una llave para abrirla cuando fueron a verla.
202
Kathleen McGowan La esperada Pero ¿qué había hecho al salir? Maureen intentó reconstruir la escena cuando se acercó a la torre. Habían estado conversando muy animadamente, y no recordaba que Sinclair hubiera cerrado con llave la puerta. ¿Era posible que se hubiera olvidado, absorto en la charla? ¿Habría vuelto después para reparar su negligencia? ¿Se cerraba de manera automática?
No tuvo que esperar mucho. Cuando rodeó la torre y llegó a la entrada, vio que la puerta estaba abierta.
Exhaló un suspiro de alivio y gratitud.
—Gracias —dijo al cielo. No sabía si era cosa de Sinclair o intervención divina, pero, fuera lo que fuera, se sentía muy agradecida. Maureen subió por la escalera con cautela. Reinaba una oscuridad absoluta en el interior del extraño edificio de piedra, y no veía nada. Reprimió su tendencia a la claustrofobia y se impuso al miedo que la embargaba. Oyó la voz de Tammy en su cabeza, recordándole que tanto Sinclair como Saunière habían construido sus torres siguiendo la numerología espiritual. Contó con cuidado, pues sabía que encontraría la puerta después del peldaño veintidós. La puerta se abrió, y la luz de la luna inundó la escalera del torreón cuando Maureen salió
al exterior.
Se quedó inmóvil un minuto, escudriñando la belleza sobrecogedora de la tibia noche. Como no sabía lo que estaba buscando, se limitó a esperar. Si había llegado hasta allí, tenía que confiar en que no era el fin de su viaje. La luz de la luna se reflejó en algo que había observado cuando había ido con Sinclair. Grabado en la pared de piedra, detrás de la puerta, había un reloj de sol similar al que había visto en Rennes-le-Château. Maureen pasó la mano sobre el grabado, pero no conocía lo bastante los símbolos para estar segura de si era idéntico o sólo similar al otro. Meditó sobre el dilema mientras regresaba al punto de observación situado más al centro. Por un momento, pensó que había visto algo en el horizonte. Esperó, contemplando la noche del Languedoc. Entonces lo vio, primero como un destello en el límite de su visión. Volvió a mirarlo, como había hecho la primera vez que acompañó a Sinclair. Algo intangible, una especie de luz o movimiento, atrajo su mirada hacia el horizonte. Vio que la luz de la luna parecía hincharse, concentrar un rayo intenso en una zona situada justo delante de ella, a lo lejos. La luz se reflejó en algo. ¿Una piedra? ¿Un edificio?
Entonces, lo supo. La tumba. La luz estaba adquiriendo mayor intensidad en la zona de la tumba de Poussin.
Por supuesto. Oculto a plena vista, como todo hasta el momento. La luz continuaba moviéndose, más opaca, como si estuviera adoptando una forma humana alargada. Ahora era una forma iridiscente, viva y bailarina, que se desplazaba por los campos hacia ella, y luego se alejaba. Le estaba pidiendo que la siguiera, le mostraba el camino. Miró fascinada todo el rato que se atrevió, antes de tomar la única decisión posible: seguirla. 203
Kathleen McGowan La esperada Maureen dejó abierta la puerta para que la luz de la luna iluminara la escalera. Bajó corriendo los peldaños y salió de la torre, pero se detuvo cuando estuvo fuera. Llegar a la tumba en la oscuridad presentaba dificultades. No había un camino recto, ningún atajo. El terreno era accidentado, estaba sembrado de enormes cantos rodados y maleza espesa.
Sólo se le ocurrió un camino seguro: atravesar el sendero de entrada del castillo y seguir la carretera principal que daba la vuelta a la finca, hasta llegar a la tumba. Eso exigía pasar por delante de la puerta principal de la casa, con el peligro de ser vista si alguien circulaba por la carretera. Avanzó con la mayor rapidez posible por el sendero y vio la casa delante de ella. Reinaba el silencio y no se veía ninguna luz. Siguió el borde del largo camino de entrada y corrió
sobre los adoquines hasta llegar a las puertas de acceso al castillo. Experimentó un gran alivio al descubrir que las puertas estaban dotadas de detectores de movimiento, y se abrieron con un susurro mecánico cuando se acercó. Las atravesó y se desvió a la izquierda para seguir la carretera principal. Era noche cerrada, de manera que no parecía probable que pasaran muchos coches por aquella zona apartada. El silencio amenazaba con engullirla. Reinaba una quietud sobrecogedora, el tipo de silencio que desconcierta. La finca era extensa, y no había vecinos en las inmediaciones. El único sonido procedía del corazón de Maureen, que martilleaba desbocado contra su pecho. Procuró no desviarse de la cuneta de la carretera, y mientras caminaba iba mirando a su alrededor.
El corazón le dio un vuelco cuando un sonido rompió el silencio. Procuró
refrenar el pánico. Un vehículo. ¿De qué dirección venía? Era difícil saberlo, debido a la acústica de la montañosa región. No esperó a descubrirlo. Se arrojó
al suelo y rezó para que la maleza y la hierba crecida bastaran para ocultarla a la luz de los faros. Permaneció inmóvil cuando un coche pasó y sus faros barrieron la zona circundante. El conductor debía de tener otras cosas en su mente, pues no disminuyó la velocidad cuando pasó al lado de la pelirroja tirada entre la maleza de la cuneta.
Cuando estuvo segura de que el automóvil se había alejado lo suficiente, se levantó y se sacudió la hierba. Siguió andando por la carretera. Echó un vistazo al castillo, ahora ya lejano. ¿Había una luz en una ventana de arriba? Forzó la vista un momento, con la intención de concretar qué ventana podía ser, pero el edificio era demasiado enorme, y no tenía tiempo para pararse a pensarlo. Aceleró el paso de nuevo, y se quedó atónita cuando dobló un recodo que reconoció. Justo en lo alto de aquella elevación, la tumba de Poussin brillaba bajo la luz de la luna.
—Et in Arcadia ego —susurró Maureen—. Allá voy.
Buscó el sendero que Peter y ella habían descubierto unos días antes, el que estaba oculto de una forma tan evidente. Maureen lo encontró gracias a una combinación de suerte, buena memoria y, tal vez, algo más, y subió hacia el 204
Kathleen McGowan La esperada lugar donde la tumba se alzaba desde hacía siglos, testigo leal y silencioso de un antiguo legado que aún no había revelado sus secretos.
¿Y ahora qué? Maureen paseó la vista a su alrededor y se acercó a la tumba, pensando y a la espera. La asaltó un breve momento de duda, y de nuevo oyó la voz de Tammy en su memoria. «Alistair excavó cada centímetro de aquella tierra, y Sinclair ha utilizado todo tipo de tecnología imaginable». No sólo eso, sino que cientos de cazadores de tesoros habían recorrido también esos terrenos, una y otra vez. Nadie había encontrado nada. ¿Por qué
iba a ser ella diferente? ¿Por qué pensaba que tenía derecho a esperar más?
Pero entonces oyó la voz del sueño. La voz de Él.
—Porque ha llegado el momento.
Un ruido entre los arbustos la sobresaltó hasta el punto de que perdió pie y cayó al suelo. Su mano derecha golpeó una roca afilada, y notó que le hacía un corte en la palma. No podía permitirse el lujo de pensar en el dolor. Estaba demasiado asustada por el ruido. ¿Qué era? Maureen esperó, inmóvil. No podía respirar. Entonces el ruido se repitió, cuando dos palomas blancas salieron volando de los arbustos y se perdieron en la noche del Languedoc. Maureen respiró de nuevo. Se incorporó y avanzó hacia la maraña de arbustos que ocultaban un grupo de cantos rodados encarados a la montaña. Empujó con las manos para ver si había algo detrás. Nada, salvo roca. Empujó
con más fuerza, pero las rocas no se movieron ni cedieron. Se detuvo a descansar un momento y trató de pensar. Le dolía el corte de la mano, y la sangre le corría por la palma. Cuando levantó la mano derecha para examinar la gravedad de la herida, la luz de la luna se reflejó en su anillo, en el dibujo circular grabado en el cobre antiguo.
El anillo. Siempre se quitaba las joyas antes de acostarse, pero esta noche el cansancio se había impuesto a sus hábitos, y se había dormido con el anillo puesto. El dibujo de estrellas circular. Lo que está arriba es igual que lo está abajo. Había un duplicado del dibujo en la parte posterior del monumento. Maureen rodeó la tumba y apartó la maleza en busca del dibujo. Pasó la mano sobre él, y la sangre de su palma manchó el interior del círculo. Contuvo el aliento y se quedó quieta, esperando lo que sucedería a continuación. No pasó nada. El silencio se prolongó varios minutos, hasta que se sintió
atrapada en un vacío: era como si hubieran absorbido el aire de la noche. Entonces, un sonido vibró en el aire. Desde una distancia desconocida, tal vez desde lo alto de la extraña colina donde estaba emplazado Rennes-le-Château, sonó la campana de una iglesia. El sonido estremeció el cuerpo de Maureen. O
bien era el sonido más santo que había escuchado en toda su vida, o bien el más impío. El extemporáneo tañido de la campana en plena noche era ensordecedor. La campana sacudió la oscuridad que rodeaba a Maureen, pero fue seguida a continuación por un agudo y ominoso crujido. Procedía de la losa que tenía a su espalda, el lugar del que se habían elevado las palomas. El extraño foco lunar lo iluminaba ahora, pero había cambiado. Donde antes se alzaba una muralla de 205
Kathleen McGowan La esperada maleza y roca sólida, había ahora una abertura, una hendidura en el costado de la montaña, que invitaba a Maureen a entrar.
Avanzó con cautela hacia la caverna. Temblaba de pies a cabeza, casi de manera incontrolada. Pero siguió adelante. Al acercarse a la entrada, lo bastante grande para estar de pie, vio un tenue resplandor en el interior. Reprimió su miedo, se agachó y entró en las profundidades de la montaña. Nada más entrar contuvo el aliento, estupefacta. Dentro de la cueva había un arcón antiguo y abollado. Maureen lo había visto en su sueño de París. La anciana se lo había enseñado, la había atraído hacia él. Estaba segura de que era el mismo. Un extraño resplandor rodeaba el arcón. Maureen se arrodilló y apoyó las manos sobre el objeto con reverencia. No tenía cerradura. Cuando deslizó los dedos bajo la tapa para levantarla, estaba tan concentrada en la tarea que no oyó los pasos detrás de ella. Después sólo tuvo conciencia del cegador dolor que recorrió su nuca antes de que la negrura invadiera el mundo.
Roma
26 de junio de 2005
SI EL OBISPO MAGNUS O'CONNOR había esperado que el Consejo del Vaticano le recibiera como a un héroe, iba a llevarse una cruel decepción. Los rostros de los estoicos hombres sentados alrededor de la antigua mesa eran inescrutables. El cardenal DeCaro se había convertido en el gran inquisidor.
—¿Tendría la bondad de explicar al Consejo por qué el primer hombre que mostró cinco puntos de estigmas desde san Francisco de Asís no fue tomado en serio?
El obispo O'Connor estaba sudando profusamente. Estrujaba un pañuelo en el regazo, que utilizaba para secar las gotas que se acumulaban sobre su cara. Carraspeó, y habló con voz más temblorosa de lo que había deseado.
—Su Ilustrísima, Edouard Paschal caía en trances preocupantes. Gritaba, lloraba y afirmaba tener visiones. Se decidió que no eran nada más que desvaríos lunáticos de una mente perturbada.
—¿Quién tomó esa decisión oficial?
—Yo, Su Ilustrísima. Pero ha de comprender que se trataba de un hombre vulgar, un cajún de los pantanos...
DeCaro no conseguía controlar su irritación. Ya no le importaban las explicaciones del obispo. Había demasiado en juego, y tenían que actuar con celeridad. Sus preguntas eran cada vez más incisivas, y su tono más áspero.
—Describa esas visiones para los que no han tenido la oportunidad de leer los expedientes.
—Tenía visiones de Nuestro Señor con María Magdalena, visiones muy preocupantes. Vociferaba acerca de su... unión, y hablaba de hijos. Estos desvaríos adquirieron más virulencia después de... los estigmas. 206
Kathleen McGowan La esperada Los miembros del Consejo se removieron inquietos y susurraron entre sí. DeCaro continuó su implacable interrogatorio.
—¿Qué fue de este hombre, Edouard Paschal?
O'Connor tragó saliva antes de contestar.
—Sus delirios le atormentaban hasta tal punto que... se pegó un tiro en la cabeza.
—¿Y después de su muerte?
—Como suicida, no podíamos permitir que se le enterrara en tierra sagrada. Cerramos su expediente y nos olvidamos de él. Hasta..., hasta que su hija reclamó nuestra atención.
El cardenal DeCaro asintió y levantó otra carpeta roja del escritorio. Se dirigió a los demás miembros del consejo.
—Ah, sí, eso nos lleva a la cuestión de la hija.
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Kathleen McGowan La esperada
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... Muchos considerarán sorprendente que incluya a la romana Claudia Prócula, nieta de César Augusto e hija adoptiva del emperador Tiberio, entre nuestros seguidores. Pero no fue su condición de romana lo que la convirtió en un miembro inesperado de nuestro grupo. Claudia era la esposa de Poncio Pilatos, el mismo procurador que había condenado a Easa a morir crucificado.
De los muchos que acudieron en nuestro auxilio durante los días más oscuros, Claudia Prócula arriesgó más por Easa que nadie. De hecho, tenía mucho más que perder que cualquiera.
Pero la noche en que nuestras vidas se cruzaron en Jerusalén, nuestros corazones y espíritus quedaron unidos, y así continuamos desde aquel día, como esposas, madres y mujeres. Leí en sus ojos que llegaría a ser una hija del Camino cuando llegara el momento. Vi la luz que acompaña a la conversión, cuando un hombre o una mujer ve a Dios con toda claridad.
El corazón de Claudia estaba henchido de amor y perdón. Que estuviera al lado de Poncio Pilatos durante todo aquel episodio fue un signo de su fidelidad. Hasta su fin, sufrió por él como sólo puede hacerlo una mujer que ama de verdad. Esto es algo que conozco muy bien.
La historia de Claudia aún no se ha contado. Espero hacerle justicia.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DEL TIEMPO DE LA OSCURIDAD
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Kathleen McGowan La esperada 15
Château des Pommes Bleues
27 de junio de 2005
MAUREEN TENÍA LA BOCA SECA y experimentaba la sensación de que la cabeza le pesaba tres toneladas. ¿Dónde estaba? Intentó darse la vuelta. ¡Ay! El dolor procedía de la cabeza, pero por lo demás estaba cómoda. Muy cómoda. Estaba en la cama, en el castillo. Pero ¿cómo?
Aturdida, todo era confuso. Por un momento, pensó que tal vez la habían drogado, además de golpearla. ¿Quién la había agredido? ¿Dónde estaba Peter?
Voces al otro lado de la puerta. Exaltadas. Disgustadas y preocupadas.
¿Airadas? Hombres. Intentó identificar los acentos. Occitano, sin duda. Roland. La exaltada era... ¿escocesa? Irlandesa. Era Peter. Intentó llamarle, pero sólo consiguió emitir un ronco quejido. De todos modos, bastó para llamar la atención de los que estaban afuera, que entraron corriendo en la habitación.
●
Peter nunca se había sentido más aliviado en su vida que cuando oyó el ruido procedente de la habitación de Maureen. Empujó a un lado al gigantesco Roland y consiguió entrar en la habitación antes que Sinclair. Los otros dos le pisaron los talones. Maureen tenía los ojos abiertos y parecía aturdida, pero consciente. Tenía la cabeza vendada, lo cual le daba el aspecto de una víctima de guerra.
—Maureen, gracias a Dios. ¿Me oyes?
Peter asió su mano.
Ella intentó asentir. Mala idea. La cabeza le dio vueltas, y la vista se le nubló durante un minuto.
Sinclair se detuvo detrás de Peter, y Roland se apostó en silencio al fondo de la habitación.
—No te muevas, si puedes evitarlo —le recomendó Sinclair—. El médico ha dicho que debes permanecer inmóvil el máximo tiempo posible. Se arrodilló al lado de Peter para estar más cerca de Maureen. Su rostro transparentaba dolor y preocupación.
Maureen parpadeó varias veces para indicar que comprendía. Quería hablar, pero descubrió que no podía.
—Agua —logró susurrar.
209
Kathleen McGowan La esperada Sinclair indicó un plato con cubitos de hielo y una cuchara, que descansaba sobre la mesita de noche. Se esforzó por hablar con un tono despreocupado.
—Nada de agua todavía. Órdenes del médico. No obstante, puedes chupar cubitos de hielo. Si te sienta bien, nos darán el aprobado. Sinclair y Peter hicieron de enfermeros de Maureen. Peter ayudó a levantarla con delicadeza, y Sinclair le puso en la boca cubitos de hielo con la cuchara.
Maureen, al sentir que volvía a hidratarse, intentó hablar de nuevo.
—¿Qué...?
—¿Qué ha pasado? —terció Peter. Miró a Sinclair, y después a Roland, antes de continuar su explicación—. Te lo contaremos cuando hayas descansado más. Roland... Bien, es tu héroe. Y el mío.
Los ojos de Maureen se desviaron hacia el mayordomo, quien asintió con aire solemne. Había llegado a sentir un gran afecto por el enorme occitano, y estaba agradecida por lo que hubiera hecho para devolverla al castillo. Pero no estaba preocupada por ella. Aún no había recibido la respuesta que necesitaba. Sinclair le dio otra cucharada de hielo, y ella probó de nuevo.
—¿El... arcón?
Sinclair sonrió por primera vez desde hacía días.
—A buen recaudo. Lo trajeron contigo, y está guardado bajo llave en mi estudio.
—¿Qué...?
—¿Qué hay dentro? Aún no lo sabemos. No lo abriremos sin ti, querida. Sería una equivocación. El arcón te fue encomendado, y tienes que estar presente cuando su contenido salga a la luz.
Maureen cerró los ojos aliviada, y permitió que el sueño confortable de los sedantes se apoderara de ella una vez más, tranquilizada después de saber que no había fracasado.
●
Cuando Maureen se removió por segunda vez, Tammy estaba sentada al lado de su cama en una de las butacas de cuero rojo.
—Buenos días, guapa —dijo, y dejó a un lado el libro que había estado leyendo—. La enfermera Tammy a su servicio. ¿Qué le apetece? ¿Un margarita?
¿Una piña colada?
Maureen quiso sonreír, pero aún no podía.
—¿Prefieres unos cubitos de hielo? Ah, ya veo, el signo internacional de los pulgares hacia arriba. Vamos allá.
Tammy levantó el plato de los cubitos y se acercó a Maureen. Le puso algunos en la boca.
—¿Deliciosos, no? Los preparé esta mañana.
Esta vez, Maureen pudo sonreír un poco. Al cabo de unas cuantas cucharadas más, pensó que podía hablar. Mejor todavía, podía pensar. Le dolía 210
Kathleen McGowan La esperada la cabeza, pero el aturdimiento se estaba desvaneciendo e iba recobrando la memoria poco a poco.
—¿Qué me ha pasado?
El humor desapareció de la cara de Tammy. Se sentó de nuevo al lado de Maureen, muy seria.
—Confiamos en que puedas contarnos la primera mitad. Después nosotros te contaremos la segunda. Ahora no, por supuesto, sino cuando te sientas con fuerzas para hablar. Pero la policía...
—¿La policía? —graznó Maureen.
—Chisss, no te pongas nerviosa. No tendría que haber dicho eso. Todo va bien. Es lo único que debes saber.
—Ni hablar. —Maureen estaba recobrando la voz, además de las fuerzas—. Tengo que saber qué pasó.
—De acuerdo —asintió Tammy—. Iré a buscar a los chicos.
●
Los cuatro entraron en la habitación de Maureen. Primero Sinclair, y después Peter, Roland y Tammy. Sinclair se acercó a su cama y se sentó en la única silla que había al lado.
—Maureen, no puedo decirte cuánto lo siento. Te traje aquí y te puse en peligro, pero jamás imaginé que pudiera ocurrirte algo semejante. Estaba seguro de que podría protegerte en los terrenos del castillo. No habíamos previsto que te aventuraras sola en la noche.
Tammy se acercó más a Maureen.
—¿Recuerdas lo que te dije? ¿Que habría gente empeñada en impedir que descubrieras el tesoro?
Maureen asintió, lo suficiente para que vieran el gesto, pero sin correr el riesgo de que la cabeza le diera vueltas.
—¿Quiénes son? —susurró.
Sinclair intervino de nuevo.
—La Cofradía de los Justos. Un grupo de fanáticos que actúan en Francia desde hace siglos. Sus objetivos son complejos, de modo que te los explicaré
cuando te hayas recuperado por completo.
Maureen empezó a protestar. Quería respuestas verdaderas. Por sorprendente que fuera, fue Peter quien acudió en auxilio de Sinclair.
—Tiene razón, Maureen. Tu estado de salud es todavía delicado, de manera que vamos a dejar los detalles sórdidos para cuando estés más fuerte.
—Te siguieron —continuó Sinclair—. Han controlado tus movimientos desde que llegaste a Francia.
—Pero ¿cómo?
Sinclair se veía pálido y agotado cuando se inclinó hacia ella, que reparó en las ojeras púrpura a causa de la falta de sueño.
211
Kathleen McGowan La esperada
—Es ahí donde te fallé, querida. Teníamos un infiltrado. Yo lo ignoraba por completo, pero uno de los nuestros era un topo, un traidor, desde hacía años. El dolor de aquel fracaso, sumado a la vergüenza, había afectado a Sinclair. No obstante, mientras él parecía abrumado, Roland parecía dispuesto a matar a quien fuera. Maureen le hizo la pregunta a él.
—¿Quién?
El hombretón escupió en el suelo.
—De la Motte.
Se puso a hablar en su lengua natal, el occitano. Sinclair continuó la explicación donde su hombre de confianza la había dejado.
—Jean-Claude. Pero no debes sentirte traicionada por los de tu propia sangre. En realidad, no es del linaje de los Paschal. Eso era una mentira, como todo lo demás que contaba. Confiaba en él, de lo contrario nunca habría permitido que se acercara a ti. Cuando llegó ayer para recogerte, lo hizo como un espía.
Maureen estaba pensando en el encantador Jean-Claude, quien se había mostrado tan deferente y cordial durante la excursión. ¿Era posible que aquel hombre hubiera conspirado contra ella desde el primer momento? Costaba dilucidar el enigma. Además, había algo más que carecía de sentido. Intentó
formular la pregunta.
—¿Cómo lo supieron? El momento elegido...
Roland, Sinclair y Tammy se miraron. Era evidente que se sentían culpables. Tammy levantó una mano, como presentándose voluntaria en broma.
—Yo se lo diré.
Se arrodilló junto a la cama de Maureen, y después miró a Peter para incluirle en la explicación.
—Es parte de la profecía. ¿Recuerdas el extraño reloj de sol de Rennes-leChâteau? Indica una alineación astrológica de la que habla la profecía, la cual sólo ocurre cada veintidós años, más o menos, durante un período total de dos días y medio.
Sinclair continuó.
—Dicha alineación tiene lugar cada veintidós años, y los lugareños vigilan sin cesar la zona por si se produce alguna actividad poco usual. Para eso se construyeron las torres, la de Saunière y la mía. En ella estuve anoche. De hecho, no te vi por muy poco. Estuve vigilando en el Capricho de Sinclair durante varias horas, hasta que me desplacé a RLC para observar desde allí. Es la tradición familiar.
»Desde la Torre Magdala vi un punto brillante que crecía en el horizonte, hacia la zona de Arques, y comprendí que debía volver a mis propiedades de inmediato. Llamé al móvil de Roland, pero ya había salido en tu busca. Los alrededores de la tumba están vigilados por equipos de seguridad, y hay sensores de movimiento que disparan alarmas en las habitaciones de Roland. Los estaba vigilando con suma atención debido a la alineación, y porque 212
Kathleen McGowan La esperada Tammy nos había dicho que nuestros adversarios tal vez se hallaban más cerca de lo que pensábamos. Roland salió en cuanto se disparó una alarma cerca de la tumba, y llegó pocos segundos después de que fueras atacada. Yo llegué en coche enseguida. Diré que tu atacante... hoy no se siente tan bien como tú. Cuando le den el alta en el hospital, curará sus huesos rotos en la cárcel. Maureen comprendió por qué la puerta de la torre estaba abierta: Sinclair había estado en ella.
—Jean-Claude calculó el momento tan bien como nosotros, porque hasta ayer mismo era miembro de nuestro círculo íntimo —continuó Sinclair—. Cuando te descubrimos a ti y a tu obra, dos años antes de la alineación, estuvimos casi seguros de que el momento había llegado, siempre que pudiéramos atraerte hasta aquí durante la alineación.
Peter hizo una pregunta que también estaba rondando por la cabeza de Maureen. Miró a Tammy con expresión acusadora.
—Espere un momento. ¿Desde cuándo sabía esto?
Tammy compuso una expresión abatida. Tenía los ojos enrojecidos a causa de la tensión, el insomnio y las lágrimas reprimidas.
—Maureen... —dijo con voz quebrada, pero se sobrepuso—, lo siento muchísimo. No he sido nada sincera contigo. Cuando te conocí en Los Ángeles hace dos años, vi tu anillo, escuché las historias que me contabas con tanta inocencia... Bien, en aquel momento no tomé ninguna decisión, pero procuré
introducirme en tu círculo de conocidos y espiar tus progresos. En cuanto se publicó tu libro, envié un ejemplar a Berry. Hace años que somos amigos íntimos, y sabía lo que estaba buscando. Lo que todos estábamos buscando. Esta última revelación no agradó a Peter, porque Tammy había terminado por caerle bien. Sabiendo que había utilizado a Maureen, sus sentimientos hacia ella cambiaron de inmediato.
—Le ha estado mintiendo desde el primer momento.
Tammy dejó escapar las lágrimas.
—Tiene razón. Lo siento mucho. Más de lo que imagináis.
Roland rodeó con un brazo protector a Tammy, pero fue Sinclair quien habló en su defensa.
—No la juzguéis con demasiada dureza. Tal vez no os guste lo que hizo, pero tenía buenos motivos para ello. Además, ni siquiera sabéis hasta qué punto se ha arriesgado Tammy. Es generosa, una verdadera guerrera del Camino. Maureen estaba intentando relacionarlo todo: las mentiras, el engaño deliberado, la consumación de años de extrañas profecías y sueños. Su nerviosismo debió reflejarse en su cara, porque Peter se apresuró a intervenir.
—Ya es suficiente por ahora. En cuanto estés mejor, te contarán lo que falta. Maureen meditó unos momentos. Había una pregunta crucial que necesitaba una respuesta.
—¿Cuándo abriremos el arcón?
213
Kathleen McGowan La esperada Le había sorprendido mucho que no lo hubieran hecho. Todos ellos habían dedicado dilatados períodos de su vida a buscar este tesoro. En el caso de Sinclair, varias generaciones habían gastado millones de dólares en su búsqueda. Era cierto que la consideraban la Esperada, pero no creía que mereciera ver el contenido del arcón antes que ellos. No obstante, Sinclair había insistido en que nadie lo tocara hasta que Maureen estuviera preparada, y Roland lo custodió durante las noches, durmiendo entre la puerta y el arcón.
—En cuanto te sientas con fuerzas para bajar —respondió Sinclair. Roland daba muestras de nerviosismo, algo muy llamativo en un hombre de su corpulencia. Tammy se dio cuenta.
—¿Qué pasa, Roland? —preguntó preocupada.
El occitano se acercó más a Maureen.
—El arcón. Es una reliquia sagrada, mademoiselle. Creo... Creo que si lo toca, tal vez sanarán sus heridas.
Su fe conmovió a Maureen hasta lo más hondo. Tocó su mano. —Puede que tenga razón. Vamos a ver si puedo levantarme...
Peter estaba preocupado.
—¿Estás segura de que quieres intentarlo tan pronto? El recorrido por esos pasillos será largo, y hay varios tramos de escaleras.
Roland sonrió a Peter, y después a Maureen.
—No tiene que caminar, mademoiselle.
Como Maureen había dicho que estaba dispuesta, Roland la levantó de la cama y recorrió con ella en brazos el castillo.
●
El padre Peter Healy mascullaba detrás del gigante que cargaba por el castillo con la muñeca de trapo que era su prima. Nunca se había sentido tan impotente en su vida, tan falto de control sobre una situación. Experimentaba la sensación de que Maureen se hallaba ahora en un lugar donde él no podía alcanzarla. El descubrimiento del arcón se había producido mediante una especie de intervención divina. Lo veía en ella, y sabía que los otros se daban cuenta también. Algo monumental estaba sucediendo, y ninguno de ellos volvería a ser el mismo después de que todo hubiera acabado.
Además, era preciso pensar en el estado de salud de Maureen. El médico se había quedado estupefacto al ver la herida de la nuca. Había dicho que estaba viva de milagro. Peter pensó que tal vez habría que tomar aquella frase al pie de la letra. Tal vez Roland estaba en lo cierto. De hecho, Peter había insistido en que su prima fuera ingresada en un hospital. Fue Roland, no Sinclair, quien se opuso a la sugerencia. El hombretón insistía en que no había que alejar a Maureen del arcón. Acaso el contacto de Maureen con la reliquia obrara alguna especie de curación divina, pues el hecho de que hubiera sobrevivido era asombroso.
214
Kathleen McGowan La esperada Cuando se acercaron a la puerta del estudio de Sinclair, Peter cayó en la cuenta de que se estaba clavando la cadena del rosario en la mano, debido a la fuerza con que asía las cuentas.
●
El arcón descansaba sobre el suelo, al lado de un suntuoso sofá. Roland depositó a Maureen con delicadeza sobre los almohadones de terciopelo, y ella le dio las gracias en voz baja. Tammy se sentó a un lado de ella, Peter al otro, mientras Roland y Sinclair seguían en pie. Nadie se movió ni habló durante un largo momento. Un leve sollozo de Maureen rompió el silencio. Nadie se movió cuando ella se inclinó hacia adelante con cautela. Posó las manos sobre la tapa del arcón y cerró los ojos. Resbalaron lágrimas por sus mejillas. Por fin, abrió los ojos y miró de uno en uno a sus acompañantes.
—Están aquí —dijo en un susurro—. Lo presiento.
—¿Estás preparada? —preguntó Sinclair con dulzura.
Ella le sonrió, fue una sonrisa serena y cómplice que transformó su rostro. Por un momento, no fue Maureen Paschal, sino alguien por completo diferente, una mujer que transpiraba luz y paz interior. Más tarde, cuando Bérenger Sinclair recordó el momento, dijo que la mismísima María Magdalena había ocupado su lugar.
Maureen se volvió hacia Tammy con una sonrisa de radiante compasión. Apretó con fuerza la mano de su amiga un instante, y luego la soltó. En aquel segundo, Tammy comprendió que la había perdonado. Un propósito divino, un bien superior, las había llevado hasta allí, y todos los presentes en la habitación lo sabían. Era esa certeza lo que los transformaba, y los unía por toda la eternidad al mismo tiempo. Tammy sepultó la cara entre las manos y lloró en silencio.
Sinclair y Roland se arrodillaron al lado del arcón y miraron a Maureen como esperando su permiso. Cuando ella asintió, ambos hombres pasaron los dedos por debajo de la tapa y se prepararon para una operación difícil, pero los goznes no se resistieron como cabía esperar debido a la oxidación de todos aquellos años. La tapa se levantó sin esfuerzo, de tal modo que Roland estuvo a punto de perder el equilibrio. Nadie se dio cuenta. Todos se quedaron boquiabiertos al ver las dos grandes jarras de arcilla perfectamente conservadas que descansaban en el interior del arcón.
●
Peter estaba muy tenso al lado de Maureen, pero fue el primero en romper el silencio.
—Las jarras... Son casi idénticas a las utilizadas para guardar los manuscritos del mar Muerto.
Roland se arrodilló al lado del arcón y pasó la mano con reverencia por encima de una jarra.
215
Kathleen McGowan La esperada
—Perfecto —susurró.
Sinclair asintió.
—En efecto. Mira, no hay polvo ni erosión, ni señales de desgaste o del paso de los años. Es como si estas jarras hubieran estado suspendidas en el tiempo.
—Están precintadas con algo —comentó Roland.
Maureen pasó la mano por una jarra, y pegó un bote como si hubiera recibido una corriente eléctrica.
—¿Podría ser cera?
—Espera un poco —interrumpió Peter—. Hemos de hablar de esto un momento. Si esas jarras contienen lo que ustedes esperan y creen, no tenemos derecho a abrirlas.
—¿No? ¿Y quién lo tiene? —El tono de Sinclair era cortante—. ¿La Iglesia?
Estas jarras no irán a ninguna parte hasta que hayamos comprobado su contenido. El último lugar donde quiero que terminen es en alguna cripta del Vaticano, allí las ocultarían al mundo durante otros dos mil años.
—No me refería a eso —dijo Peter, con más calma de la que sentía—. Lo que quiero decir es que, si los documentos de estas jarras han estado precintados durante dos mil años, exponerlos al aire de repente podría dañarlos, incluso destruirlos. Sólo estoy sugiriendo que busquemos un lugar apropiado aceptable, tal vez por mediación del Gobierno francés, donde abrir estas jarras. Si las estropeamos, su vida consagrada a la búsqueda de estos documentos no habrá servido de nada. Sería un acto criminal, en un sentido tanto literal como espiritual.
El rostro de Sinclair expresó su dilema. La idea de dañar el contenido de las jarras era demasiado horripilante para no tenerla en cuenta, pero costaba muchísimo resistir la tentación de convertir en realidad un sueño de toda la vida, que se encontraba a escasos centímetros de sus dedos, así como hacer caso omiso de las sospechas que despertaban en él los desconocidos interesados en los asuntos del linaje. Se quedó un momento sin habla, mientras Roland se arrodillaba delante de Maureen.
—Mademoiselle —dijo—, usted decide. Creo que Ella la ha conducido hasta nosotros, y que por su mediación nos revelará la verdad. Maureen se dispuso a contestar a Roland, pero en aquel momento se sintió
mareada. Peter y Tammy la sostuvieron para que no se desplomara. Ella perdió
la consciencia, pero sólo un instante. Y después, lo vio todo claro como el cristal. Sus palabras brotaron como una orden.
—Abra las jarras, Roland.
La instrucción salió de su boca, pero la voz que habló no era la de Maureen.
●
Sinclair y Roland sacaron con cuidado las jarras del arcón y las depositaron sobre la gran mesa de caoba.
216
Kathleen McGowan La esperada Roland habló a Maureen con reverencia excepcional.
—¿Cuál primero?
Ella, sostenida por Peter y Tammy, apoyó un dedo sobre una de las jarras. No podía explicar por qué aquélla debía ser la primera, pero sabía que era la decisión correcta. Roland siguió sus instrucciones y pasó un dedo por el borde de la jarra. Sinclair extrajo un abrecartas antiguo del escritorio y empezó a romper el sello de cera. Tammy estaba inmóvil, como transfigurada; no apartaba los ojos de Roland ni un momento.
Peter parecía petrificado. Era el único de ellos que sabía lo que era trabajar con documentos antiguos y datos del pasado de valor incalculable. Las posibilidades de causar daños tremendos eran inmensas. Hasta dañar las jarras sería una pena.
Justo en ese momento un aterrador crujido resonó en la habitación, donde reinaba la tensión. El abrecartas de Sinclair había roto la tapa de la primera jarra y astillado el borde. Peter se encogió y se llevó las manos a la cara. Pero no pudo esconderla mucho rato. La exclamación ahogada de Maureen le obligó a mirar.
—Mis manos son demasiado grandes, mademoiselle —dijo Roland. Maureen avanzó un paso sobre sus piernas inseguras e introdujo una mano en la jarra.
Lo que extrajo, lenta y cautelosamente, parecían dos libros escritos en papel antiguo, similar al lino. La tinta negra de la escritura contrastaba con las páginas de color tostado. Las letras eran pequeñas, meticulosas y perfectamente legibles.
Peter se inclinó sobre Maureen, incapaz de contener su creciente nerviosismo. Miró los rostros embelesados que le rodeaban, pero se dirigió a su prima.
—La escritura —dijo, y su voz se quebró—. Está en... griego. Maureen contuvo el aliento.
—¿Sabes leerlo? —preguntó esperanzada.
Pero ya sabía la respuesta antes de que él hablara. El color había abandonado su rostro. Todos los presentes comprendieron que el mundo que conocía el padre Peter Healy jamás volvería a ser el mismo.
—«Soy María, llamada la Magdalena —tradujo poco a poco—. Y...»
Calló, no para causar un efecto dramático, sino porque no estaba seguro de poder continuar. Una mirada al rostro de Maureen le bastó para comprender que no tenía otra alternativa que seguir traduciendo.
—«Soy la esposa legítima de Jesús, llamado el Mesías, que era hijo soberano de la casa de David.»
217
Kathleen McGowan La esperada 16
Château des Pommes Bleues
28 de junio de 2005
PETER ESTUVO TODA LA NOCHE traduciendo. Maureen se negó a abandonar la habitación, y descansaba de vez en cuando en el sofá de terciopelo. Roland trajo más almohadas y una colcha. Maureen le miraba mientras deambulaba de un lado a otro con cara de preocupación. Por extraño que fuera, se encontraba bien. No le dolía nada la cabeza, y se sentía asombrosamente fuerte. Se quedó en el sofá porque no quería agobiar a Peter. Ya se ocupaba de ello Sinclair, pero a Peter no parecía importarle. Maureen pensó que ni siquiera debía darse cuenta. Su primo estaba absorto por completo en la sagrada naturaleza de sus tareas de escriba.
Tammy aparecía de vez en cuando para saber cuánto avanzaba Peter, pero se retiró tarde, al mismo tiempo que Roland. Maureen los había visto juntos todo el día, y llegó a la conclusión de que no se trataba de una coincidencia. Pensó en la noche de la fiesta, cuando oyó a Tammy en el pasillo de su habitación, en compañía de un hombre que hablaba inglés con acento. Tammy y Roland. Algo se estaba cociendo, y parecía, sin duda, que se trataba de una pareja nueva. Supuso que su relación era reciente. Cuando todo se calmara, arrancaría la confesión a Tammy. Quería saber toda la verdad sobre las relaciones que albergaba el Château des Pommes Bleues.
Su atención se desplazó a los manuscritos al oír la exclamación de Sinclair.
—¡Dios mío! ¡Mirad esto!
Había estado observando por encima del hombro de Peter. Éste escribía como un poseso en libretas, traduciendo el texto griego literalmente. Al principio, sería difícil encontrar sentido a las frases. Primero habría que llevar a cabo la transcripción, para luego aprovechar todos sus conocimientos del idioma con el fin de modificar las frases y dotarlas de una forma lógica, desde el punto de vista del siglo XXI.
—¿Qué pasa? —preguntó Maureen.
Peter alzó la vista y se pasó las manos sobre la cara.
—Tienes que verlo. Ven aquí, si puedes. En este momento, no me atrevo a mover el manuscrito.
Maureen se levantó del sofá poco a poco, aún consciente del golpe en la cabeza, pese a su milagrosa recuperación. Se acercó a la mesa y tomó asiento a la derecha de Peter. Sinclair indicó los manuscritos, mientras Peter se explicaba. 218
Kathleen McGowan La esperada
—Esto aparece al final de cada segmento importante, que nosotros llamaremos capítulos. Parece un sello de lacre.
Maureen siguió el dedo de Sinclair hasta el símbolo en cuestión. El ahora familiar dibujo del anillo de Maureen, nueve círculos que bailaban alrededor de un décimo, aparecía estampado al pie de la página.
—El sello personal de María Magdalena —dijo Sinclair con fervor. Maureen colocó el anillo junto a la imagen. Eran idénticos. De hecho, habrían podido ser obra del mismo orfebre.
●
Cuando el sol se alzó sobre el Château des Pommes Bleues, Peter ya había traducido casi todo el primer libro, la narración en primera persona de la vida de María Magdalena. El sacerdote trabajaba como un hombre poseído en este Evangelio de la Magdalena, encorvado sobre las páginas. Sinclair le había llevado té, pero aparte de un breve descanso para tomar dos sorbos, Peter no quiso interrumpir su trabajo. Estaba muy pálido, y Maureen se sentía preocupada.
—Tienes que descansar, Peter. Has de dormir unas horas.
—No —replicó—. No puedo. Ahora ya no puedo parar. No lo entiendes porque aún no has visto lo que yo he visto. He de continuar. He de saber qué
más dice Ella.
Todos habían decidido esperar a que Peter estuviera satisfecho con la traducción para leer algún fragmento. Respetaban su talento y eran conscientes de la enorme responsabilidad que recaía sobre sus hombros, pero de todos modos les costaba esperar. En aquel momento, sólo Peter conocía el contenido de los manuscritos.
—No puedo abandonarlos —continuó, con los ojos brillando de un modo que Maureen no había visto en su vida.
—Sólo cinco minutos. Acompáñame fuera cinco minutos y respira un poco de aire puro. Te sentará bien. Después vuelves y te traeremos el desayuno.
—No, nada de comer. He de ayunar hasta que acabe la traducción. Ahora no puedo parar.
Sinclair creía comprender lo que Peter sentía, pero también le preocupa su aspecto agotado. Probó una táctica diferente.
—Padre Healy, su labor es encomiable, pero la precisión se verá afectada por el cansancio. Diré a Roland que baje a vigilar los manuscritos mientras usted descansa.
Sinclair tocó un timbre para llamar al mayordomo. Peter miró el rostro preocupado de Maureen.
—De acuerdo —concedió—. Cinco minutos, para respirar un poco de aire matinal.
●
219
Kathleen McGowan La esperada Sinclair abrió las puertas de los Jardines de la Trinidad, y Maureen entró con Peter. Una paloma voló sobre los rosales, mientras la fuente de María Magdalena gorgoteaba bajo el sol de la mañana.
Peter fue el primero en hablar, en voz baja y transida de emoción.
—¿Qué está pasando, Maureen? ¿Cómo hemos llegado, a participar en esto? Es como un sueño, como... un milagro. ¿Te parece real?
Maureen asintió.
—Sí. No sé cómo explicarlo, pero experimento una inmensa sensación de calma. Como si todo estuviera sucediendo según un plan preestablecido. Y tú
estás tan metido en esto como yo, Pete. No es una casualidad que me acompañaras, ni que seas profesor de lenguas muertas y sepas griego. Todo esto fue... orquestado.
—Sí que tengo la sensación de desempeñar un papel en un plan maestro, pero no estoy seguro de cuál, ni por qué.
Maureen se detuvo a oler una gloriosa rosa roja en plena floración. Después se volvió hacia Peter.
—¿Cuándo empezó todo esto? ¿Fue planeado antes de que naciéramos? ¿O
antes incluso? ¿Estaba previsto que tu abuelo trabajara en la Biblioteca de Nag Hammadi con el fin de prepararte para esto? ¿Acaso fue planeado hace dos mil años, cuando María escondió su evangelio?
Peter guardó un momento de silencio antes de contestar.
—Antes de esta noche te habría dado una respuesta muy diferente.
—¿Por qué?
—Por Ella, y por lo que dice en los manuscritos. Afirma exactamente lo mismo que acabas de decir. Es asombroso. Dice que algunas cosas están previstas en el plan de Dios, que algunas personas están destinadas a desempeñar un papel concreto. Es increíble, Maureen. Estoy leyendo un relato de primera mano sobre Jesús y los apóstoles, escrito por alguien que habla de ellos en términos humanos. No hay nada como este... —vaciló sólo un momento en utilizar la palabra— evangelio en ninguna literatura sagrada. Me siento indigno de él.
—Pero eres digno —le aseguró Maureen con vehemencia—. Fuiste elegido para esto. Piensa en la intervención divina que fue necesaria para reunimos a todos en este momento y lugar, con el fin de contar esta historia.
—Pero ¿qué historia contaremos? —Peter parecía atormentado, y por primera vez Maureen comprendió que estaba luchando con demonios interiores muy fuertes—. ¿Qué historia cuento? Si estos evangelios son auténticos... Maureen paró en seco y le miró con incredulidad.
—¿Cómo puedes dudarlo, después de todo lo que nos ha traído aquí, a este lugar?
Maureen se tocó la nuca, en el punto donde el profundo corte estaba cicatrizando.
220
Kathleen McGowan La esperada
—Para mí es una cuestión de fe, Maureen. Los pergaminos están perfectamente conservados, ni un error, no falta ni una palabra. Las jarras ni siquiera estaban cubiertas de polvo. ¿Cómo es posible? Una de dos: falsificación moderna, o acto de la voluntad divina.
—¿Qué crees en el fondo?
—He pasado veinte horas seguidas traduciendo el documento más asombroso. Casi todo lo que estoy leyendo es... herético, en esencia, pero también aporta una perspectiva de Jesús hermosa, desde un punto de vista humano. Pero lo que yo crea carece de importancia. Los manuscritos tendrán que ser autentificados mediante un proceso riguroso, para que el mundo los acepte a la larga.
Hizo una pausa, y aprovechó el tiempo para ordenar todas las ideas que daban vueltas en su cabeza.
—Si se demuestra que son auténticos, esto significará un desafío a todo cuanto ha creído gran parte de la raza humana durante los últimos dos mil años. Pone en duda todo lo que me han enseñado, todo lo que he creído. Maureen miró a Peter, su primo y mejor amigo, durante un largo momento. Siempre había sabido que era una roca, un pilar de fuerza e integridad absoluta. Era un hombre de intensa fe y lealtad a su Iglesia.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—No he tenido tiempo de pensar en eso. Tengo que ver lo que dice el resto de los pergaminos para examinar hasta qué punto contradicen o confirman los evangelios tal como los conocemos. Aún no he llegado a la descripción de la crucifixión ni de la resurrección según María.
Maureen comprendió de repente por qué Peter se resistía tanto a abandonar los pergaminos antes de terminar la traducción. La versión autentificada escrita por María Magdalena de los acontecimientos posteriores a la crucifixión podía ser fundamental para las creencias de una tercera parte de la población de la tierra. El cristianismo se basaba en la idea de que Jesús resucitó de entre los muertos al tercer día. Y como María Magdalena fue la primera testigo de su resurrección según los evangelios, su versión en primera persona de dichos acontecimientos sería vital.
Maureen averiguó en el curso de su investigación que los autores que habían escrito sobre María Magdalena como esposa de Jesús habían adoptado, de manera abrumadora, la postura de que Jesús no era el Hijo de Dios, ni resucitó de entre los muertos. Existían diversas hipótesis sobre el hecho de que Jesús sobreviviera a la crucifixión. Otra teoría habitual era que su cuerpo físico había sido robado por sus seguidores. Nadie había afirmado jamás que Jesús se había casado, siendo al mismo tiempo el Hijo de Dios. Por algún motivo, estas dos circunstancias siempre habían sido consideradas mutuamente excluyentes. Tal vez por eso la existencia de María como primer apóstol siempre había sido tan amenazadora para la Iglesia a lo largo de la historia. 221
Kathleen McGowan La esperada No cabía duda de que todas estas cosas habían estado dando vueltas en la cabeza de Peter durante las últimas e intensas horas. Contestó a la pregunta de Maureen.
—Todo dependerá de la postura oficial que adopte la Iglesia.
—Y si lo rechazan, ¿qué harás? ¿Te decantarás por la institución eclesiástica, o por lo que sabes que es verdad en el fondo de tu corazón?
—Espero que ambas cosas no se excluyan mutuamente —dijo Peter con una sonrisa irónica—. Quizá soy muy optimista. Pero si eso ocurre, llegará el momento.
—¿El momento de qué?
—Eligere magistrum. De elegir amo.
●
Terminaron el paseo y volvieron al castillo. Maureen logró persuadir a Peter de que tomara una ducha para refrescarse antes de regresar al trabajo. Ella volvió a su dormitorio para lavarse la cara y ordenar sus ideas. El agotamiento estaba al acecho, pero aún no podía rendirse. Al menos, hasta conocer el contenido de los manuscritos.
Mientras se secaba la cara con una elegante toalla roja, alguien llamó a la puerta.
Tammy entró en la habitación.
—Buenos días. ¿Me he perdido algo?
—Todavía no. Peter nos leerá el primer libro en cuanto considere que la traducción es aceptable. Dice que el texto es asombroso, pero no sé nada más.
—¿Dónde está?
—En su habitación, descansando un poco. No quería separarse de los manuscritos, pero insistimos. Lo está pasando fatal, aunque no quiera admitirlo. Para él, es una responsabilidad enorme. Incluso una carga enorme. Tammy se sentó en el borde de la cama de Maureen.
—¿Sabes lo que no entiendo? ¿Por qué molesta a tanta gente la idea de que Jesús se casara y tuviera hijos? ¿En qué le disminuye eso, o su mensaje? ¿Por qué los cristianos han de sentirse amenazados?
Tammy continuó con apasionamiento. No cabía duda de que había estado pensando muy en serio al respecto.
—¿Qué me dices de ese famoso párrafo del Evangelio de Marcos, el que leen en las ceremonias matrimoniales? «Mas desde el principio de la creación varón y hembra los hizo; por causa de esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se harán los dos una sola carne.»
Maureen la miró sorprendida.
—No sabía que conocieras tan bien los evangelios.
Tammy le guiñó un ojo.
—Marcos, capítulo diez, versículo diez. La gente utiliza el evangelio contra nosotras sin cesar, y trata de disminuir la importancia de María, de modo que 222
Kathleen McGowan La esperada me dediqué a buscar los versículos que apoyan nuestras creencias. Y es lo que Jesucristo predica en el evangelio. Encuentra una esposa y quédate con ella.
¿Por qué iba a predicar algo que él no pudiera hacer?
Maureen meditó con detenimiento sobre la pregunta de Tammy.
—Buena pregunta. Para mí, la idea de Jesús casado le hace más accesible. Tammy aún no había terminado.
—Y llama padre a Dios, de modo que ¿por qué no podía Cristo, Hijo de Dios hecho a su imagen y semejanza, engendrar hijos? No lo entiendo. Maureen meneó la cabeza. No tenía respuesta para una pregunta tan trascendental.
—Supongo que, en última instancia, es una pregunta para la Iglesia, y para los que aceptan su doctrina.
●
Al anochecer, Peter anunció que había terminado la traducción provisional del primer libro.
Sinclair se levantó de la mesa.
—¿Está preparado para leérnosla, padre? En tal caso, me gustaría llamar a Roland y Tamara. Su papel en todo esto ha sido muy importante. Peter asintió.
—Sí, llámelos. —Después miró a Maureen, con una indescifrable combinación de luces y sombras en los ojos—. Porque ha llegado el momento. Tammy y Roland bajaron corriendo, y se reunieron con los demás en el estudio de Sinclair. Cuando todos estuvieron congregados alrededor de Peter, éste explicó que todavía quedaban algunos fragmentos de la traducción que exigirían más tiempo y opiniones de expertos. En conjunto, no obstante, contaba con una sólida traducción y una idea bastante aproximada de quién era María en realidad, y de cuál había sido su papel en la vida de Jesucristo.
—Llama a éste el Libro del Gran Momento.
Tomó el fajo de libretas y empezó a leer en voz baja a su público.
—«Soy María, llamada la Magdalena, princesa de la tribu real de Benjamín e hija de los nazarenos. Soy la esposa legítima de Jesús, el Mesías del Camino, quien era hijo real de la casa de David y descendiente de la casta sacerdotal de Aarón.
»Mucho se ha escrito sobre nosotros y más se escribirá en tiempos venideros. Muchos de los que escriben sobre nosotros desconocen la verdad y no estuvieron presentes durante el Gran Momento. Juro ante Dios que las palabras que confío a estas páginas son ciertas.
Eso fue lo que ocurrió durante mi vida, durante el Gran Momento, el Tiempo de la Oscuridad, y todo lo que sucedió después.
»Lego estas palabras a los hijos del futuro, para que cuando llegue el momento puedan encontrarlas y saber la verdad sobre aquellos que iniciaron el Camino.»
223
Kathleen McGowan La esperada La historia de María Magdalena se desplegó ante ellos con todos sus detalles, inesperados y sorprendentes.
224
Kathleen McGowan La esperada 17
Galilea
Año 26
MARÍA SENTÍA LA TIERRA blanda y fría bajo los pies. Los miró, consciente de que sus piernas desnudas estaban muy sucias. No le importó lo más mínimo. Además, sólo era uno más de los numerosos elementos indecorosos de su apariencia. Su lustroso pelo rojizo le colgaba suelto y enmarañado hasta la cintura, y llevaba la túnica suelta.
Antes, cuando intentaba salir de la casa sin que nadie la viera, Marta la había descubierto y expresado su desaprobación.
—¿Adónde crees que vas así?
María lanzó una alegre carcajada, indiferente a que la hubieran sorprendido cuando intentaba escapar.
—Sólo voy al jardín. Y está tapiado. Nadie me verá.
Su explicación no pareció convencer a Marta.
—Es indecoroso que una mujer de tu rango y condición corretee por el jardín como una criada descalza.
La regañina de Marta era más rutinaria que sincera. Estaba acostumbrada a las maneras libres de convencionalismos de su joven cuñada. María era una creación de Dios única, y Marta la adoraba. Además, la muchacha gozaba de pocas oportunidades de divertirse. Sobre su vida se proyectaba la sombra de la responsabilidad, y casi siempre soportaba ese hecho con elegancia y valentía. Eran escasos los días que María tenía un momento libre para pasear por el jardín, y sería injusto negarle ese pequeño placer.
—Tu hermano volverá antes de que se ponga el sol —le recordó Marta con énfasis.
—Lo sé. No te preocupes, no me verá. Volveré a tiempo de ayudarte en la cocina.
La mujer más joven dio un beso en la mejilla a la esposa de su hermano, y corrió a disfrutar de la privacidad de su jardín. Marta la vio alejarse con una sonrisa triste. María era tan menuda y esbelta que era fácil tratarla como a una niña. Pero ya no era una niña, se recordó Marta. Era una mujer en edad de casarse, una mujer muy consciente de su profundo y serio destino. María no pensaba en el destino cuando entró en el jardín. Ya tendría bastante de eso mañana. Alzó la cabeza para aspirar el aroma especiado de octubre, mezclado con la brisa del mar de Galilea. El monte Arbel se alzaba 225
Kathleen McGowan La esperada hacia el noroeste, fuerte y tranquilizador bajo el sol de la tarde. Siempre la había considerado su montaña personal, una pila rocosa de suelo rojo y fértil que se elevaba al lado de su pueblo natal. Lo echaba mucho de menos. Últimamente, la familia pasaba más tiempo en la casa de Betania, pues el hecho de que Jerusalén estuviera cerca era importante para el trabajo de su hermano. Sin embargo, María amaba la belleza salvaje de Galilea, y experimentó una gran alegría cuando su hermano anunció que pasarían el otoño allí.
Estos momentos eran sus favoritos, rodeada de flores silvestres y olivos. Cada vez era más difícil encontrar un rato de soledad, y saboreaba cada segundo de estas oportunidades robadas. Aquí podía gozar en paz de la belleza de Dios, libre de las estrictas normas de vestimenta y tradición que eran parte integral de su posición social.
En una ocasión, su hermano la sorprendió en el jardín y le preguntó qué
había hecho durante las horas en que había «desaparecido».
—¡Nada! ¡Absolutamente nada!
Lázaro había mirado con severidad a su hermana pequeña, pero luego se ablandó. Le había enfurecido que no apareciera a la hora de cenar, una ira nacida del miedo. Era algo más que simple preocupación de hermano. Quería muchísimo a su hermosa e inteligente hermana pequeña, pero también era su tutor. Su salud y bienestar constituían su principal prioridad. Debía ser protegida a toda costa, y ésa era su tarea sagrada, con su familia, con su pueblo, con Dios.
Cuando llegó a su lado, ella estaba tumbada en la hierba, con los ojos cerrados y muy quieta, lo cual le aterrorizó por un momento. Por suerte, María se había removido, como si presintiera su pánico. Se protegió los ojos del sol con la mano y miró el rostro furioso de su hermano. Parecía capaz de matar a alguien.
La ira de Lázaro se desvaneció cuando habló con él. Empezó a comprender por primera vez con cuánta desesperación necesitaba la joven estos escasos momentos de soledad. La única hija del linaje de Benjamín, su futuro había sido trazado desde la infancia. Suyo era el privilegiado destino de la sangre real y la profecía. La hermana pequeña estaba destinada a un matrimonio dinástico, predicho por los grandes profetas de Israel, un matrimonio que muchos consideraban voluntad absoluta de Dios.
Unos hombros tan diminutos para una carga tan pesada, había pensado Lázaro mientras la escuchaba. María habló de una manera que no solía permitirse, con franqueza y sentimiento. Consiguió que su hermano comprendiera, con una punzada de culpabilidad, que su papel predestinado en la historia le causaba un gran temor. Pocas veces pensaba en ella como un simple ser humano. Era un bien precioso, que debía proteger y cuidar. Se había dedicado a todas estas tareas con absoluta diligencia, y las había llevado a cabo a la perfección. Pero también la quería, aunque no se permitió tomar plena conciencia de ello hasta que conoció a su mujer, Marta.
226
Kathleen McGowan La esperada Lázaro era muy joven cuando su padre murió. Demasiado joven, tal vez, para asumir la enormidad de las responsabilidades dinásticas de su familia, además de sus obligaciones como terrateniente. No obstante, el joven había jurado a su padre, durante aquellos últimos días, que no decepcionaría a la Casa de Benjamín. No decepcionaría a su pueblo ni al Dios de Israel. Con gran determinación, Lázaro hizo frente a sus numerosas responsabilidades, la principal de ellas cuidar de su hermana menor, María. La suya era una vida de deberes y obligaciones. Lázaro se encargó de la educación de su hermana como correspondía a su noble cuna, pero nunca se permitió
sentir nada. Los sentimientos eran un lujo, y con frecuencia peligrosos. Pero entonces, Dios le dio a Marta.
Era la mayor de tres hermanas de Betania, nacidas de una familia noble de Israel. A decir verdad, había sido un matrimonio de conveniencia, aunque Lázaro pudo elegir entre las tres chicas. Había elegido a Marta por razones prácticas. Al ser la mayor, era sensata y responsable, con más experiencia en la tarea de llevar un hogar. Las hijas menores eran demasiado frívolas y mimadas. Le preocupaba que fueran una mala influencia para su hermana. Todas las muchachas eran encantadoras, pero la belleza de Marta era más serena. Obraba en él un extraño efecto balsámico.
El matrimonio de conveniencia se transformó en un gran amor, y Marta abrió el corazón de Lázaro. Cuando la madre de Lázaro murió de forma inesperada, dejando a María sin influencia materna, Marta adoptó ese papel sin el menor esfuerzo.
María estaba pensando en Marta cuando se sentó a descansar bajo su árbol favorito. Mañana, el sumo sacerdote Anás vendría y empezarían los preparativos de la boda. No habría más oportunidades de escapar sin escolta durante mucho tiempo, de modo que María decidió aprovechar al máximo su tiempo. Llegaría el momento, como todos sabían, en que se vería obligada a abandonar su amado hogar para viajar al sur con su futuro marido. ¡Su marido!
Easa.
Sólo pensar en el hombre al que estaba prometida infundió en María una sensación de felicidad. Cualquier mujer envidiaría su posición de futura reina de un rey dinástico. Pero era algo más que la posición lo que embargaba de gozo a María, era el hombre en cuestión. La gente le llamaba Yeshua, el hijo mayor y heredero de la casa de David, pero María le llamaba Easa, un apodo de la infancia, para disgusto de su hermano y de Marta.
—No es apropiado llamar a nuestro futuro rey y líder elegido del pueblo por un mote infantil, María —la había reprendido Lázaro durante la última visita de Easa.
—Ella puede hacerlo —respondió la voz profunda y dulce que reclamaba la atención sin el menor esfuerzo.
Lázaro calló al oír las palabras. Se volvió y vio al Hijo del León en persona detrás de él.
227
Kathleen McGowan La esperada
—María me conoce desde que era niña, y siempre me ha llamado Easa. No lo cambiaría por nada.
El hermano de María compuso una expresión mortificada, hasta que Easa salvó la situación con una sonrisa. Había magia en su expresión, una transformación imposible de resistir. El resto de la velada había sido maravilloso, con la presencia de la gente a la que María más amaba, reunida alrededor de Easa y escuchando su sabiduría.
Tumbada bajo el más grande de los dos olivos, María se durmió bajo el sol de la tarde, mientras imágenes de su futuro marido desfilaban por su cabeza.
●
Cuando María notó la sombra sobre su cara fue presa del pánico, pues pensó
que había dormido más de la cuenta. ¡Estaba oscureciendo! Lázaro se pondría furioso.
Pero cuando sacudió la cabeza para desprenderse de la modorra, se dio cuenta de que todavía era mediodía, pues el sol brillaba en todo su esplendor sobre el monte Arbel. María alzó la vista para ver qué objeto había arrojado sombra sobre su rostro dormido. Lanzó una exclamación ahogada, paralizada por la sorpresa, antes de lanzarse con toda la exuberancia de una joven enamorada hacia la figura que tenía delante.
—¡Easa! —gritó con alegría.
Él abrió los brazos y la estrechó en un enorme abrazo durante un momento. Después retrocedió para contemplar su rostro exquisito.
—Mi palomita —dijo, utilizando el mote que le había dado de niña—. ¿Es posible que cada día seas más bella?
—¡Easa! No sabía que ibas a venir. Nadie me dijo...
—No lo sabían. Será una sorpresa para ellos. No podía permitir que los preparativos del matrimonio se hicieran sin mí.
Volvió a dirigirle toda la fuerza de aquella sonrisa. María examinó sus facciones un momento, los intensos ojos oscuros resaltados por los pómulos salientes. Era el hombre más bello que había visto, el hombre más bello del mundo.
—Mi hermano dice que es peligroso para ti estar aquí ahora.
—Tu hermano es un gran hombre que se preocupa demasiado —la tranquilizó Easa—. Dios proveerá y protegerá.
Mientras Easa hablaba con ella, María bajó la vista y comprobó horrorizada su apariencia desaliñada. El cabello largo hasta la cintura estaba enredado y lleno de briznas de hierba, aparte de una hoja seca, un marco adecuado para sus extremidades desnudas, cubiertas de tierra. En aquel momento, no parecía ni remotamente una futura reina. Empezó a farfullar una disculpa sobre su aspecto, pero Easa la acalló con una sonora carcajada.
—No te preocupes, palomita. Es a ti a quien he venido a ver, no a tu rango. Le quitó una hoja del pelo.
228
Kathleen McGowan La esperada Ella sonrió, se ajustó la túnica y se sacudió la tierra.
—Mi hermano no pensará lo mismo —dijo con fingida preocupación. Lázaro era muy severo en lo tocante a los asuntos de protocolo y honor. Se enfadaría mucho si llegaba a saber que su hermana estaba en el jardín, sin escolta y mal vestida y en presencia del futuro rey de la Casa de David.
—Yo me ocuparé de Lázaro —la tranquilizó Easa—. Pero por si acaso, entra en casa y finge que no me has visto. Me iré por atrás y volveré esta noche después de haberme hecho anunciar como es debido. De esa forma, no pillaré
desprevenidos ni a tu hermano ni a Marta.
—Entonces, nos veremos esta noche —contestó María, tímida de repente. Se volvió para ir hacia la casa.
—Finge sorpresa —le gritó Easa, y rió mientras veía alejarse a través del jardín a su futura esposa.
●
Aquel día, y la noche que le siguió, quedaron grabados en la memoria de María durante el resto de su vida. Era la última vez que iba a sentirse despreocupada, joven, enamorada y feliz.
Anás vino al día siguiente, pero llegó con intenciones diferentes. El clima político y espiritual de Jerusalén mostraba una inestabilidad creciente, y se habían cambiado los planes para evitar más amenazas de los romanos. Los sacerdotes habían elegido a un nuevo líder durante un consejo secreto, un consejo que declaró a Yeshua inapropiado para asumir las responsabilidades del ungido. Miembros de aquel consejo acompañaron a Anás para anunciar sus conclusiones.
María había sido expulsada de la habitación junto con Marta en cuanto llegaron, pero no quiso mantenerse al margen mientras los más poderosos de su pueblo discutían sobre su futuro. Easa le sonrió para tranquilizarla, pero ella vio algo en sus ojos que la asustó. Inseguridad. Nunca lo había visto antes, pero allí estaba y la aterrorizó. En contra de los deseos de Marta, María se escondió
en el pasillo y escuchó.
Oyó voces alzadas, algunos gritos, hombres hablando entre sí. A veces, era difícil oír con precisión de qué estaban hablando. La voz áspera, sonora y rasposa pertenecía a Anás.
—Tú te lo has buscado por aliarte con los zelotes. Los romanos nunca nos permitirán ningún tipo de alianza contigo, debido a los asesinos y revolucionarios que se encuentran entre tus partidarios. Los invitaríamos a masacrar a nuestro propio pueblo.
La voz melódica que se escuchó después pertenecía a Easa.
—Acepto a todo hombre que elige seguirme y buscar el Reino de Dios. Los zelotes saben que desciendo de David. Soy su líder legítimo. Y el vuestro.
—No entiendes contra qué nos enfrentamos —replicó Anás—. El nuevo procurador, Poncio Pilatos, es un bárbaro. Derramará cuánta sangre le parezca 229
Kathleen McGowan La esperada conveniente para silenciar hasta nuestras demandas más básicas. Exhibe sus banderas paganas en nuestras calles, estampa sus símbolos de blasfemia en nuestras monedas, y todo nos recuerda que somos impotentes ante ello. No dudaría en eliminarnos a todos los que estamos reunidos aquí, si presintiera que estábamos alentando la insurgencia contra Roma desde el templo.
—El tetrarca nos apoyará —dijo Easa—. Tal vez intercedería ante el nuevo procurador.
Anás escupió.
—Herodes Antipas no apoya nada que no sean su lascivia y sus placeres. Roma le paga. Sólo es judío cuando conviene a sus ambiciones.
—Su esposa es nazarena —replicó Easa.
El silencio respondió a su comentario. Easa había abrazado las enseñanzas liberales del pueblo nazareno, uno de cuyos líderes era su madre. Los nazarenos no guardaban la ley con la estricta observancia de los judíos del templo. Entre sus diferentes tradiciones, incluían mujeres en sus ritos e incluso las reconocían como profetas. También permitían que los gentiles escucharan sus enseñanzas y participaran en sus ceremonias.
Aunque Anás había hecho hincapié en que la facción zelote era la razón principal de que el consejo hubiera decidido retirar su apoyo a Easa, todos los presentes en la habitación sabían que era una cortina de humo, destinada a disimular la verdad. Las enseñanzas de Easa eran demasiado revolucionarias, demasiado influidas por los nazarenos. Los sacerdotes del templo no podían controlarle.
Con el comentario de que la esposa de Herodes era nazarena, Easa había desafiado a los sacerdotes del templo. Adoptaría su papel profetizado de rey davídico y mesías sin ellos, y como nazareno. Tal decisión era extremadamente peligrosa. Si bien podía disminuir el poder de los sacerdotes del templo, también podía volverse en contra de Easa si la gente le retiraba el apoyo popular en favor de sus líderes tradicionales.
Pero el ataque de Anás aún no había terminado. Su voz resonó en la atmósfera tensa de la habitación.
—El que tiene esposa es el esposo.
El silencio se hizo de nuevo en la habitación, y María se quedó petrificada al otro lado de la puerta. Notó la lengua seca y pastosa en la boca. Era una referencia al Cantar de los Cantares, el poema escrito por el rey Salomón para celebrar la unión dinástica suprema de las casas nobles de Israel. Con el fin de que un rey gobernara a su pueblo, la tradición mantenía que necesitaba una novia de idéntico linaje real. María, como descendiente benjamita del rey Saúl, era la princesa de mayor rango de Israel por sangre. Como tal había sido prometida a Yeshua, el Hijo del León de Judá, desde su infancia. Las tribus de Judá y Benjamín habían estado emparentadas desde la antigüedad, y el matrimonio dinástico de estos dos linajes se había asegurado desde que la hija de Saúl, Michal, se casara con David.
230
Kathleen McGowan La esperada Pero para ser rey dinástico por ley, debía tener una reina dinástica. Anás había urdido una amenaza frontal al compromiso.
Fue el hermano de María quien habló a continuación. Lázaro era un hombre que siempre controlaba sus emociones, y sólo los muy íntimos habrían percibido la tensión en su voz cuando se dirigió al sumo sacerdote.
—Anás, mi hermana está prometida a Yeshua por ley. Los profetas han dicho que es el Mesías de nuestro pueblo. No sé cómo podemos desviarnos de esta senda, cuando Dios nos la eligió.
—¿Osas decirme lo que Dios ha elegido? —replicó Anás.
María se encogió. Lázaro era un hombre justo, y le mortificaría ofender al sumo sacerdote.
—Creemos que Dios ha elegido a otro hombre. Un recto defensor de la ley, un hombre que defenderá todo lo que es sagrado para nuestro pueblo sin ofender políticamente a los romanos.
Aquélla era la verdad, y todos se dieron cuenta. Un recto defensor de la ley. Era la manera de Anás de demostrar a Easa que no iba a tolerar sus reformas nazarenas, pese a su linaje sin mácula.
—¿Y quién es ése? —preguntó Easa en voz baja.
—Juan.
—¿El Bautista? —preguntó Lázaro con incredulidad.
—Es de la estirpe del León —intervino otra voz áspera, que María no reconoció. Tal vez era el sacerdote más joven, Caifás, yerno de Anás.
—No es de la Casa de David —repuso con calma la voz de Easa.
—No —dijo Anás—, pero su madre es descendiente de la línea de sacerdotes de Aarón, y su padre de los saduceos. El pueblo cree que es heredero del profeta Elías. Será suficiente para animar al pueblo a seguirle, si se casa con la mujer apropiada.
El círculo se había cerrado. Anás había venido para asegurar el compromiso de María con el candidato a mesías de su elección. Ella era el objeto que todos necesitaban para legitimar cualquier monarquía.
La siguiente voz sonó colérica y se expresó a gritos. María no conocía a Santiago, un hermano menor de Easa, pero supuso que era él quien vociferaba. Este hombre sonaba como Easa, pero sin el control sereno omnipresente en su hermano mayor.
—No podéis elegir vuestros mesías como chucherías en un bazar. Todos sabemos que Yeshua es el elegido para liberar a nuestro pueblo de sus cadenas.
¿Cómo osáis adoptar un sustituto, debido a que teméis por vuestras posiciones privilegiadas?
Los hombres se pusieron a chillar entre sí para hacerse oír. María intentó
distinguir las voces y las palabras, pero estaba temblando. Todo estaba a punto de cambiar, lo sentía en el fondo de su alma.
La voz rasposa y autoritaria de Anás se impuso a las demás. 231
Kathleen McGowan La esperada
—Lázaro, como tutor de la muchacha, sólo tú puedes tomar la decisión de romper el compromiso y entregar a la hija de Benjamín al candidato que hemos elegido. Ahora, todo está en tus manos. Pero debo recordarte que tu padre era un fariseo, siervo leal del templo. Yo le conocía bien. Él esperaría de ti que hicieras lo mejor por el pueblo.
María pudo sentir la carga que se abatía sobre los hombros de Lázaro. Era cierto, su padre se había dedicado en cuerpo y alma al templo, y fue siervo de la ley hasta su muerte. Su madre era nazarena, pero eso no importaba a hombres como éstos. Lázaro había jurado a su padre en su lecho de muerte que defendería la ley y protegería la posición de la Casa de Benjamín a toda costa. Se enfrentaba a una terrible decisión.
—¿Deseáis casar a mi hermana con el Bautista? —preguntó Lázaro con cautela.
—Es un hombre justo y un profeta. En cuanto Juan sea ungido como mesías, tu hermana gozará del mismo rango, siendo su esposa, que habría tenido con este hombre —contestó Anás.
—Juan es un eremita, un asceta —interrumpió Easa—. No tiene deseo ni necesidad de esposa. Ha elegido una vida de reclusión, pues considera que de esa forma tiene más posibilidades de escuchar la voz de Dios. ¿Vais a destruir su soledad y su buena obra, obligándole a un matrimonio con todas las responsabilidades que implica la ley?
—No —contestó Anás—. No vamos a obligar a Juan a nada. Se casará con la muchacha para confirmar su rango de mesías al pueblo. Después ella se irá a vivir con los familiares de él y Juan regresará a sus prédicas. Ella cumplirá los deberes dinásticos que exige la ley, y él también.
María escuchaba, rezando para que su estómago revuelto no impusiera su dictado y revelara su escondite. Sabía lo que significaban los «deberes dinásticos que exige la ley»: tener hijos con Juan el asceta. No era suficiente que aquellos hombres intentaran arrebatarle la mayor felicidad con la que había soñado, casarse con Easa. Encima, intentaban despojarle de su lugar como futuro rey.
Además, había que pensar en la idea del propio Bautista. María nunca había visto a este hombre que predicaba en las orillas del Jordán, pero era legendario entre la gente. Era el primo mayor de Easa, pero los dos eran de un temperamento muy diferente. Easa veneraba a Juan, decía de él a menudo que era un gran servidor de Dios, y un hombre sincero y recto. Pero también conocía sus límites. Se lo había explicado a María en una ocasión, cuando ella le preguntó por el fanático predicador que bautizaba con agua. Juan rechazaba a las mujeres, a los gentiles, a los lisiados o a los que consideraba impuros, mientras Easa creía que la palabra de Dios pertenecía a toda la gente que deseaba escucharla. No era un mensaje para las élites, explicaba Easa. Era el mensaje de la buena nueva para todos. Estas diferencias habían sido motivo de discusiones entre Easa y Juan.
232
Kathleen McGowan La esperada Juan había pasado mucho tiempo en las áridas orillas del mar Muerto después de la muerte de sus padres. Se convirtió a las ideas de los esenios de Qumrán, una severa secta de ascetas, de la que había extraído muchas de sus estrictas observancias. La secta de Qumrán vivía en penosas condiciones y despreciaba a los que llamaban «buscadores de molicie». Hablaban de un Maestro de Justicia que les traería el arrepentimiento y la adhesión definitiva a la ley.
Easa también había pasado algún tiempo entre los esenios, y había explicado sus costumbres a María. Respetaba su devoción a Dios y a la ley, y alababa sus buenas obras. Easa contó con muchos esenios entre sus compañeros más íntimos durante toda la vida, y se retiraba a la absoluta soledad de Qumrán de vez en cuando para meditar. Pero mientras que Juan abrazaba las duras observancias de los esenios, Easa rechazaba muchas de sus creencias, por rigurosas y sentenciosas.
Easa explicó a María más detalles de Juan, acerca de la extraña dieta que había adoptado en Qumrán, langostas mezcladas con miel, y de su peculiar vestimenta, hecha de pieles de animales y áspero pelo de camello, que desgarraba la piel y producía urticaria. Había contado que su primo Juan el Bautista había optado por vivir al raso, bajo el cielo, porque se sentía más cerca de Dios. No era una existencia apropiada para una mujer o un hijo noble. Y, desde luego, no era aquello para lo que María Magdalena se había preparado durante toda la vida.
Ahora todo dependía de Lázaro, pensó con tristeza María. Los hombres estaban discutiendo de nuevo en la habitación de al lado, mientras las lágrimas rodaban sobre el rostro de María. Ya no podía distinguir una voz de otra. ¿Cuál era la de Lázaro, y qué estaba diciendo? Su hermano quería y respetaba a Easa, como hombre y como descendiente de David, aunque nunca había aceptado las reformas de los nazarenos. Lázaro era muy tradicional. Su padre había sido un fariseo, y había apoyado económicamente al templo de Jerusalén. Anás le estaba obligando a tomar una dura decisión: si apoyaba a Easa, el legítimo rey dinástico y heredero de todas las profecías, Lázaro sería expulsado del templo. Estaba implícito en las palabras del sumo sacerdote. Lázaro no tendría otro remedio que alinearse con los nazarenos, abrazar un credo reformista en el que no creía.
Los más moderados de su pueblo, incluido Lázaro, se habían sentido satisfechos porque Easa había sido aceptado tanto por los nazarenos como por los sacerdotes del templo. Pero se hallaban en vísperas de un cisma, una separación absoluta de los dos bandos, lo cual crearía hostilidades entre las grandes familias dinásticas de Israel y daría nacimiento a una amarga rivalidad. Era necesario tomar una decisión que resultaría dolorosa para mucha gente corriente.
Pero en aquel momento a María sólo le importaba una decisión. 233
Kathleen McGowan La esperada La decisión de Lázaro de aceptar la orden de los sacerdotes del templo haría algo más que destruir sus sueños juveniles y condenarla a un matrimonio aborrecible. Era una decisión que cambiaría el curso de la historia durante miles de años.
●
Easa llegó a un acuerdo con Lázaro aquella noche: quería ser él quien diera la noticia a María. Lázaro accedió, con bastante alivio, y condujeron a María a una cámara privada para que se reuniera con el hombre que siempre había considerado su futuro esposo.
Cuando Easa vio su cuerpo tembloroso y el rostro empañado en lágrimas, supo que la muchacha había oído lo hablado en la reunión. Y cuando María vio el dolor en los ojos de Easa, supo que su destino estaba sellado. Se arrojó en sus brazos y lloró hasta que las lágrimas se agotaron.
—Pero ¿por qué? —le preguntó—. ¿Por qué has accedido? ¿Por qué dejaste que te robaran tu reino?
Easa acarició su pelo para calmarla, y le dedicó su sonrisa consoladora.
—Tal vez mi reino no es de este mundo, palomita.
María meneó la cabeza. No entendía nada. Easa se dio cuenta y continuó su explicación.
—María, mi trabajo es enseñar el Camino, enseñar a la gente que el Reino de Dios está al alcance de la mano, que tenemos el poder de liberarnos aquí y ahora de la opresión. Para esto no necesito una corona terrenal o un reino. Me bastará con compartir la palabra de Dios con la mayor cantidad de gente posible.
»Siempre había pensado que heredaría el trono de David y que tú te sentarías a mi lado, pero si eso no ocurre en el curso de nuestras vidas, tendremos que resignarnos a la voluntad de Dios.
María reflexionó sobre sus palabras, y procuró ser valiente y aceptarlas con todas sus fuerzas. Había sido educada como una princesa. Por eso le habían dado el nombre de María, un título reservado a las hijas de familias nobles en la tradición nazarena. También había sido educada por mujeres nazarenas, a la cabeza de las cuales se encontraba la madre de Easa. María la Mayor se había ocupado de la educación de María desde muy temprana edad, con el fin de prepararla para la vida con el Hijo de David, pero también para instruirla en las lecciones espirituales de su credo reformista. En cuanto se casara con Easa, María Magdalena adoptaría el velo rojo de las sacerdotisas nazarenas, el mismo velo rojo que llevaba María la Mayor.
Pero eso no iba a suceder.
María no podía soportar el dolor y se puso a llorar de nuevo. En aquel momento, un terrible pensamiento la asaltó, y un sollozo estremecedor sacudió
su cuerpo.
—Easa —susurró, temerosa de formular la pregunta.
234
Kathleen McGowan La esperada
—¿Sí?
—¿Te...? ¿Con quién te casarás ahora?
Easa la miró con tal ternura que María pensó que su corazón iba a estallar. Tomó sus manos y le habló con voz dulce, pero firme.
—¿Te acuerdas de lo que dijo mi madre la última vez que entraste en casa?
María asintió, y sonrió entre las lágrimas.
—Nunca lo olvidaré. Dijo: «Dios te ha hecho la perfecta compañera de mi hijo. Los dos os convertiréis en una sola carne. Ya no habrá dos, sino uno. Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».
Easa asintió.
—Mi madre es la más sabia de las mujeres, además de una gran profeta. Vio que Dios te había hecho para mí. Si Dios ha decidido en su plan que no serás mía, no seré de otra.
María experimentó un inmenso alivio. De todas las cosas que no podía soportar, una mujer que no fuera ella como compañera de Easa era la más impensable. Otra realidad la asaltó con fuerza incontenible.
—Pero... si he de ser la esposa de Juan... nunca permitirá que me convierta en sacerdotisa nazarena.
—No, María —contestó Easa con semblante serio—. Juan insistirá en una observancia estricta de la ley. Desprecia las reformas de nuestro pueblo, y puede que sea muy severo contigo y te imponga crueles penitencias. Pero recuerda lo que te he dicho, y lo que mi madre te enseñó. El Reino de Dios está
en tu corazón, y ningún opresor, ni los romanos, ni siquiera Juan, podrán arrebatártelo.
Alzó la barbilla de María y la miró a los enormes ojos color de avellana cuando habló:
—Escúchame bien, palomita. Hemos de recorrer esta senda con bondad, y hemos de hacer lo que es debido por los hijos de Israel. Esto significa que, en este momento, no puedo oponerme a Anás y al Templo. Acataré su decisión para que la enseñanza del Camino pueda continuar en paz y se propague por el país, y he accedido a dos cosas para demostrar mi apoyo. Asistiré a tu boda con Juan acompañado de mi madre, y permitiré que mi primo me bautice en público para demostrar que reconozco su autoridad espiritual. María asintió con solemnidad. Recorrería esa senda que se extendía ante ella; era su responsabilidad como hija de Israel. Las palabras de amor y apoyo de Easa la ayudarían a superarlo.
Él la besó en la cabeza, y dio la vuelta para marcharse.
—Para ser tan menuda, eres muy fuerte —dijo con dulzura—. Siempre he visto esa fuerza en ti. Algún día serás una gran reina, una líder de nuestro pueblo.
Se detuvo en la puerta para mirarla por última vez y dejarla con un pensamiento final. Se llevó la mano al corazón.
—Siempre estaré contigo.
235
Kathleen McGowan La esperada
●
Manipular a Juan el Bautista no fue tan fácil como Anás y su consejo habían esperado.
Cuando fueron a comunicarle su propuesta, él rugió contra su falta de honradez y les llamó víboras. Les recordó que ya existía un mesías, y era su primo Yeshua, un profeta elegido por Dios, y que él, Juan el Bautista, no era digno de tal empresa. Los sacerdotes replicaron que la gente opinaba que él era un profeta más grande, el heredero de Elías.
—No soy ninguna de esas cosas —replicó Juan.
—Entonces, dinos qué eres, para poder explicárselo al pueblo de Israel, que te seguiría como profeta y como rey —adujeron.
Juan contestó de una manera enigmática.
—Yo soy la voz que clama en el desierto.
Despidió a los fariseos, pero el astuto Caifás había comprendido que la extraña afirmación de Juan, «Yo soy la voz que clama en el desierto», era una referencia al profeta Isaías. ¿Estaba calificándose de profeta Juan mediante las Escrituras? ¿Estaba poniendo a prueba a los sacerdotes?
Los enviados sacerdotales volvieron al día siguiente, y pidieron a Juan que los bautizara. Insistió en que se arrepintieran de todos sus pecados antes de meditar sobre la idea. Los sacerdotes se encolerizaron, pero sabían que debían ceñirse a las reglas de Juan, de lo contrario perderían la clave de su estrategia, el propio Bautista. Recibir el bautismo de Juan fortalecería su posición entre las multitudes que aclamaban al Bautista como profeta, su principal objetivo. Cuando los sacerdotes anunciaron su arrepentimiento, Juan los sumergió
en el Jordán, pero no sin recordarles algo.
—Yo os bautizo con agua, pero el que venga después será más poderoso que yo a los ojos de Dios.
Los sacerdotes se quedaron con Juan aquel día, y le hablaron de su plan en cuanto las multitudes que abarrotaban las orillas del río fueron disminuyendo. Juan no quiso saber nada de ello. Se oponía radicalmente a tomar esposa, y sobre todo si ésta era la prometida de su primo. Pero el consejo estaba preparado para las objeciones de Juan, y las habían analizado con detenimiento debido a su vehemencia del día anterior. Hablaron de Lázaro, el noble, recto y honrado miembro de la casa de Benjamín, y dijeron que aquel buen hombre temía que su piadosa hermana, al casarse, cayera bajo la influencia de los nazarenos.
El Bautista se encogió al escuchar esta revelación. Esta idea era el punto débil de Juan. Si bien aceptaba las profecías de que Yeshua era el elegido, le preocupaba cada vez más la senda que su primo estaba recorriendo con los nazarenos, y su flagrante indiferencia por la ley. Juan les despidió e interrumpió
la discusión.
Los sacerdotes se marcharon sin que Juan hubiera cambiado de decisión. 236
Kathleen McGowan La esperada Aquel día, más tarde, Easa llegó a la orilla este del Jordán para cumplir la promesa hecha a Anás. Un amplio séquito de seguidores le acompañaba, y este encuentro de dos hombres tan célebres atrajo a multitudes hasta el río. Juan el Bautista extendió la mano para detener a Easa.
—¿Vienes a que te bautice? —preguntó—. Tal vez tenga yo más necesidad de bautizo que tú, pues eres el elegido de Dios.
Easa sonrió.
—Primo, así ha de ser. Hemos de seguir el sendero de la justicia. Juan asintió, sin demostrar sorpresa ni emoción alguna por la aceptación de Easa. Era la primera vez que ambos se reunían desde las intrigas de Anás, y la primera oportunidad de medirse mutuamente. El Bautista alejó a Easa de los oídos de la muchedumbre y habló con palabras muy meditadas, con el fin de conocer la opinión de su primo.
—El que tiene esposa es el esposo.
Easa no reaccionó a las palabras de Juan. Se limitó a asentir como si estuviera de acuerdo.
—El amigo del esposo, que le acompaña y le oye, se alegra grandemente de oír la voz del esposo —continuó Juan—. Pues así mi gozo es cumplido, tu generoso regalo de justicia, si es cierto que lo das de buen grado. Easa asintió de nuevo.
—Me conformaré con ser el amigo del esposo. Preciso es que él crezca y yo mengüe, y así ha de ser.
Era un juego de palabras, una especie de danza entre los dos grandes profetas, mientras cada uno tomaba nota de la postura política del otro. Satisfecho de que su primo hubiera accedido pacíficamente a renunciar a su cargo, así como a su novia, Juan se volvió hacia la muchedumbre apelotonada en ambas orillas del Jordán. Habló a la gente antes de pedir a Easa que se adelantara.
—Detrás de mí viene uno que es antes de mí, porque era primero que yo. Easa se sumergió en el río mientras resonaban las palabras de Juan. Habían sido elegidas con suma cautela, para indicar que si Juan debía asumir el papel de mesías, Yeshua sería el heredero de su trono si algo le sucediera. «Porque era primero que yo» era una clara referencia a que Juan todavía aceptaba las profecías sobre el nacimiento de Yeshua. Esta frase protegería a Juan de los moderados que le apoyaban y que tenían miedo de las reformas de los nazarenos, pero al mismo tiempo honraba a Easa como el hijo de las profecías. Sus primeras palabras, «Detrás de mí viene», eran una indicación de que Juan estaba meditando la posibilidad de asumir el papel de ungido. Tal vez era fácil subestimar a Juan, el predicador del desierto, de vestimenta salvaje y estilo evangélico radical, pero aquel día, sus actos y palabras en la orilla del río Jordán demostraron que era un político mucho más avezado de lo que muchos imaginaban.
237
Kathleen McGowan La esperada Cuando Easa salió del agua, la muchedumbre aclamó a los dos hombres, profetas emparentados tocados por la mano de Dios. Pero se hizo el silencio en el valle cuando una paloma surgió de los cielos y voló sobre la cabeza de Easa, el león de David. Fue un momento que sería recordado por la gente del valle del Jordán y de todos los pueblos hasta el fin de los tiempos.
●
Caifás regresó al río Jordán al día siguiente con su contingente de fariseos. Había planeado con mucho cuidado la estrategia relacionada con Juan. El bautismo de Yeshua el día anterior no había servido a los propósitos anhelados por Anás y él. Creían que, al someterse al bautismo, Easa reconocería en público la autoridad de Juan. En cambio, el acontecimiento había servido para recordar a la gente que el molesto nazareno era el elegido de la profecía. Ahora, más que nunca, los fariseos tenían que reducir el impacto de la idea de que Yeshua era el Mesías. La única forma de hacerlo era transferir el título de mesías a otra persona lo antes posible, y el único candidato aceptable era Juan. Pero éste estaba preocupado por la señal de la paloma. ¿Acaso no demostraba esta aparición celestial tras el bautismo que Easa era el elegido de Dios? Juan vaciló, y al final volvió a apoyar la opción de su primo. Caifás, que había aprendido mucho de su suegro Anás, estaba preparado para esta posibilidad y contraatacó.
—Tu primo nazareno ha estado hoy con los leprosos —informó. Juan se quedó estupefacto. No había nada más impuro que aquellos miserables abandonados de Dios. Era impensable que su primo hubiera acudido a aquellos seres después del bautismo.
—¿Estás seguro de que eso es cierto? —preguntó.
Caifás asintió con gravedad.
—Sí. Siento informarte de que Yeshua ha estado en el lugar más impuro esta mañana. Me han dicho que predicó la palabra del Reino de Dios. Hasta permitió que le tocaran.
Juan estaba asombrado de que Yeshua hubiera caído tan bajo. Conocía la profunda influencia que ejercían los nazarenos sobre su primo. ¿Acaso no era la madre de Yeshua una María, y miembro de ese grupo? Pero era una mujer, y por tanto, de escasa importancia, salvo por el hecho de que había influido mucho en su hijo. No obstante, si Yeshua se había mezclado con los impuros, cuando ni tan sólo había transcurrido un día completo desde el bautismo, tal vez Dios le había dado la espalda.
Y había que pensar en la muchacha, la hija de Benjamín. A Juan le preocupaba mucho que se llamara María, un nombre nazareno, una clara señal de que la muchacha había sido educada en sus impías costumbres. Pero era preciso reflexionar con toda seriedad sobre la profecía relacionada con la muchacha, por el bien del pueblo. Se creía que era la Hija de Sión, tal como se describía en el libro del profeta Miqueas. El pasaje se refería a la 238
Kathleen McGowan La esperada Migdal-Eder, la Torre del Rebaño, una pastora que guiaría al pueblo: «A ti, torre del rebaño, fortaleza de la Hija de Sión, volverá tu antiguo poderío, y la realeza que es propia de la Hija de Sión».
Si María era en verdad la mujer de la profecía, Juan tenía la obligación de mantenerla en el camino de la rectitud. Caifás le aseguró que la muchacha era lo bastante joven y piadosa para ser adiestrada tal como él considerara conveniente, siguiendo la ley más tradicional. De hecho, su hermano suplicaba que lo hicieran antes de que fuera demasiado tarde. El compromiso de esta princesa benjamita con Yeshua se había disuelto, basándose en las inclinaciones nazarenas del novio. La ley consideraba esta decisión perfectamente aceptable.
¿Acaso el propio sumo sacerdote, Anás, no había redactado los documentos de disolución?
Lo más importante era que Yeshua y sus seguidores nazarenos no se oponían a esta decisión, y habían prometido apoyar a Juan cuando lo ungieran. Yeshua había accedido incluso a asistir al banquete de bodas para manifestar su apoyo. La oferta era perfectamente aceptable. Si Juan se casaba con la princesa de la Casa de Benjamín y se convertía en el ungido, el número de sus bautismos se multiplicaría por diez. Tendría acceso a muchísimos más pecadores, y les mostraría la senda del arrepentimiento. Se convertiría en el Maestro de Justicia de las profecías de sus antepasados.
Juan, teniendo en cuenta la posibilidad de convertir a más pecadores y enseñar la senda del arrepentimiento a los hijos de Israel, accedió a casarse con la muchacha y ocupar su lugar en la historia de su pueblo.
●
La boda de María, la hija de la Casa de Benjamín, y Juan el Bautista, del linaje sacerdotal de Aarón y Zadok, tuvo lugar en la colina de Caná, Galilea. A ella asistieron nobles, nazarenos y fariseos. Tal como había prometido, Easa fue con su madre, sus hermanos y un grupo de discípulos.
Isabel, la piadosa madre de Juan, era prima de la madre de Easa, María, pero tanto ella como su esposo Zacarías habían muerto hacía muchos años. No había pariente cercano que pudiera ocuparse de los preparativos de la celebración, y Juan desconocía el protocolo que, por otra parte, no le importaba en lo más mínimo. Cuando María la Mayor observó que nadie agasajaba a los invitados, se hizo cargo de los preparativos, como pariente femenino de mayor edad de Juan. Se acercó a su hijo, que estaba sentado con varios de sus seguidores.
—No hay vino para el convite de bodas —dijo.
Easa escuchó a su madre con atención.
—¿Qué tiene que ver esto conmigo? —preguntó—. No es mi boda. No sería apropiado que yo interviniera.
María explicó a su hijo que no estaba de acuerdo. En primer lugar, se sentía obligada a responsabilizarse de que el banquete fuera un éxito, en memoria de 239
Kathleen McGowan La esperada Isabel. Pero, además, María era una mujer sabia, que conocía a la gente y las profecías. Éste sería el momento oportuno de recordar a los nobles y sacerdotes congregados la posición única de su hijo en la comunidad. Easa accedió con cierta reticencia.
María llamó a los criados y les dio instrucciones.
—Haced lo que os pida sin dudarlo.
Los criados esperaron las órdenes de Easa. Al cabo de un momento, pidió
que le trajeran seis tinajas, llenas hasta el borde de agua. Los criados obedecieron, y dejaron las tinajas de arcilla delante de él. Cerró los ojos y rezó
una oración, al tiempo que pasaba las manos sobre cada tinaja. Cuando hubo terminado, aconsejó a los criados que sirvieran el líquido. La primera criada vertió un poco en su copa de servir. Las tinajas ya no estaban llenas de agua, sino de un espeso vino tinto.
Easa dio órdenes a un criado de que llevara una copa de vino a Caifás, quien oficiaba la ceremonia. Caifás levantó la copa en dirección a Juan, el novio, y alabó la calidad del vino.
—La mayoría sirven el mejor vino a primera hora y reservan el de escasa calidad para el final, cuando pocos se dan cuenta —bromeó Caifás—. Pero tú
has reservado el mejor vino para el final.
Juan miró a Caifás, algo confuso. Ni él ni el sacerdote se habían dado cuenta de lo sucedido. El único indicio de que algo extraordinario había ocurrido eran los murmullos de los criados y de algunos discípulos. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que toda Galilea supiera lo que había ocurrido en la boda de Caná.
●
Tras la boda de Juan y María, nadie volvió a hablar del esposo o de la esposa. Algo más extraordinario había relegado a un segundo plano la fusión dinástica. El tema de discusión entre la gente corriente era la milagrosa transformación del agua en vino, llevada cabo por el joven profeta. En la región situada al norte de Galilea, el nombre de Yeshua estaba en labios de todos. Era su único mesías, pese a las manipulaciones urdidas en el Templo.
El poder y la popularidad de Juan crecían en el sur, desde las orillas del Jordán, en las cercanías de Jericó, hasta las zonas desérticas del mar Muerto, pasando por Jerusalén. Auspiciado por los sacerdotes del Templo, el número de seguidores de Juan aumentó hasta que las orillas del río rebosaban de hombres que solicitaban el bautismo. Como Juan insistía en que estos hombres debían mantener la más estricta observancia de la ley, el número de sacrificios aumentó
y, en consonancia, las arcas del Templo se llenaron aún más. Todo el mundo estaba complacido con el resultado del acuerdo.
Todos, salvo María Magdalena, que ahora estaba casada con el Bautista. Tal vez era una bendición que esta unión no fuera deseada ni por el novio ni por la novia. Juan sólo quería volver al desierto y trabajar por Dios. Acataba 240
Kathleen McGowan La esperada la ley, la cual exigía a los hombres que fueran fértiles y se multiplicaran, y visitaba a su esposa en los días apropiados por motivos de procreación. Pero aparte de esos períodos, dictados por la ley y la tradición, detestaba la compañía de las mujeres.
Encontrar un lugar donde María viviera había sido la primera prioridad del recién casado Juan. En ningún momento ocultó que no sería bienvenida en las cercanías de su ministerio. De hecho, los esenios de Qumrán no permitían que vivieran mujeres con ellos, sino que las exiliaban a edificios separados porque eran impuras por naturaleza. Además, la madre de Juan había muerto, lo cual suponía un problema. De haber vivido Isabel, María habría vivido en casa de sus suegros.
Juan y Lázaro hablaron del asunto antes de la boda, pero María ya había expresado sus deseos a su hermano. Lázaro pidió a Juan que María pudiera seguir viviendo con Marta y él en sus propiedades de Magdala y Betania. De esta forma, María siempre tendría compañía, y estaría bajo la vigilancia de un hombre y una mujer piadosos. Además, Betania no estaba demasiado lejos de Jericó, en vistas a las raras ocasiones en que Juan debía visitar a su esposa. Para éste fue una solución fácil y providencial, pues no albergaba el menor interés por las actividades de María, aparte de contar con la seguridad de que se comportara como una mujer piadosa y arrepentida en todo momento. Si esta muchacha tenía que ser la madre de su hijo, debía ser irreprochable. María aseguró a Juan que, durante su ausencia, obedecería en todo a su hermano, como siempre había hecho. Procuró no demostrar su alegría cuando acordaron que se iría a vivir con Lázaro y Marta.
Pero el placer de María duró poco, pues Juan impuso sus restantes leyes. No toleraría que María estuviera presente en prédicas de los nazarenos. No podría visitar el hogar de María la Mayor, su amiga y maestra más venerada. Y, desde luego, jamás aparecería en público si Easa estaba hablando. Juan estaba dolido porque algunos de sus discípulos habían abandonado las orillas del río para seguir a su primo. El Bautista les reprendió por convertirse en nazarenos y los acusó de ser «buscadores de molicie». Poco a poco, se estaba gestando una rivalidad entre los ministerios, muy diferentes, del nazareno Easa y del ascético Bautista. Su esposa no lo avergonzaría. Jamás podría estar en presencia de nazarenos. Juan arrancó esta solemne promesa a Lázaro.
Joven, ingenua, sin haber conocido otra cosa que amor y aceptación, María intentó hablar con él, pero recibió el primer puñetazo de su marido cuando protestó. La mano de Juan dejó una señal en la mejilla de María, lo cual le recordó durante el resto del día que no debía discutir con él sobre asuntos de obediencia. El Bautista abandonó a su esposa en su casa de Magdala el mismo día, sin ni siquiera despedirse.
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241
Kathleen McGowan La esperada María temía las visitas de Juan, y agradecía que fueran escasas y separadas por largos intervalos de tiempo. Juan sólo iba a Betania cuando se hallaba en las cercanías ocupado en sus asuntos, por lo general cuando se desplazaba a Jerusalén. Se interesaba por la salud de María para salvaguardar las apariencias, y cuando era aceptable para la ley cumplía sus deberes de marido. Durante estas visitas, se pasaba el tiempo enseñando la ley a María e imponiéndole penitencias, así como advirtiéndola de que el Reino de Dios estaba cerca. Como princesa de la Casa de Benjamín, María sabía que era indecoroso comparar a su marido con otro hombre, pero no podía evitarlo. Se pasaba los días y las noches pensando en Easa y en lo que le había enseñado. Era asombroso que Easa y Juan predicaran más o menos lo mismo (la cercanía del Reino de Dios), porque el significado era muy diferente para cada profeta. Para Juan, se trataba de un mensaje ominoso, una advertencia terrorífica para los perversos. Para Easa, era una hermosa oportunidad para todo el mundo de abrir sus corazones a Dios.
El día que María averiguó que Easa iría a Betania con su madre y un grupo de seguidores nazarenos, sintió que la alegría volvía a su corazón por primera vez desde hacía muchos días.
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—No se alojarán aquí. Y no puedes ir a verlos, María. Tu marido lo tiene prohibido.
Lázaro se opuso con expresión inexorable a las súplicas de su hermana.
—¿Cómo puedes hacerme esto? —lloró María—. Son mis amigos más antiguos, y algunos también lo son tuyos. Los pescadores, Pedro y Andrés, que jugaban con nosotros en las escalinatas de Cafarnaúm y en las orillas de Galilea.
¿Cómo puedes negarles hospitalidad?
La dificultad de la decisión se leía en el rostro del hermano de María. Dar la espalda a sus amigos de la infancia, así como a Easa y María la Mayor, venerados hijos de David, era un acto espantoso, pero Lázaro había recibido órdenes del sumo sacerdote de no admitir a la facción nazarena cuando pasaran por la ciudad camino de Jerusalén. Además, el marido de su hermana había dado instrucciones explícitas de que ella no debía estar presente cuando los nazarenos predicaran. Lázaro había jurado proteger a María dentro de los límites trazados por su marido.
—Lo hago por tu bien, hermana.
—¿También me casaste con Juan el Bautista por mi bien?
María no esperó su respuesta, ni vio su expresión de asombro. Salió como una tromba al jardín, donde pudo llorar por fin.
—Te aseguro que desea lo mejor para ti.
María no había oído que Marta la seguía, tan inmersa estaba en su desdicha. Por más que amara a Marta, no quería oír más discursos sobre obediencia. María empezó a hablar, pero Marta la interrumpió. 242
Kathleen McGowan La esperada
—No he venido para reprenderte. He venido a ayudarte.
María la miró con cautela. Que ella supiera, la esposa de su hermano Lázaro jamás se había opuesto a sus deseos. No obstante, Marta poseía una energía oculta, y María la vio entonces en los ojos de su cuñada.
—María, eres como una hermana para mí, en algunos aspectos como mi propia hija. No puedo soportar ver el dolor que has padecido este último año. Estoy orgullosa de ti, al igual que tu hermano. Sé que él no te lo dice, pero a mí
no para de repetírmelo. Cumpliste tu deber como noble hija de Israel, y siempre con la cabeza bien alta.
María se secó las lágrimas mientras Marta continuaba.
—Lázaro parte hacia Jerusalén en viaje de negocios. No volverá hasta mañana por la noche. Los nazarenos estarán en Betania, y se reunirán en casa de Simón.
María abrió los ojos de par en par mientras escuchaba. ¿La obediente y piadosa Marta estaba planeando una estratagema?
—¿Simón? ¿Te refieres a esa casa?
María señaló la casa en cuestión, que se veía con facilidad desde su propiedad. Marta asintió.
—Si tomas precauciones y eres discreta, haré la vista gorda si decides visitar a tus viejos amigos.
María rodeó a Marta entre sus brazos.
—¡Te quiero! —gritó.
—¡Chisss! —Marta se soltó de María, y miró a su alrededor para comprobar que nadie las había visto—. Si Lázaro viene a verte antes de marcharse a Jerusalén, tienes que estar furiosa con él. No puede sospechar nada, de lo contrario nos veríamos en un terrible trance.
María asintió con solemnidad y reprimió una sonrisa. Marta se marchó
corriendo a la casa para despedir a Lázaro, mientras María bailaba bajo los olivos.
●
María se acercó a la casa de Simón desde una entrada lateral, llevaba su pelirroja cabellera cubierta por uno de sus velos más gruesos. Dijo la contraseña y la dejaron entrar al punto. Sintió una gran alegría cuando vio tantas caras conocidas. Paseó la vista alrededor de la habitación, pero no vio el rostro más amado e importante, pues Easa y su madre aún no habían llegado. Tuvo poco tiempo de pensar en esto, porque en aquel momento una voz femenina juvenil gritó su nombre. María se volvió y vio la exquisita sonrisa de Salomé, la hija de Herodías e hijastra del tetrarca de Galilea, Herodes. María gritó a su vez de júbilo, pues ambas habían sido adoctrinadas a los pies de María la Mayor. Se abrazaron con alborozo y cariño.
—¿Qué haces tan lejos de casa? —preguntó María.
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Kathleen McGowan La esperada
—Mi madre me ha dado permiso para seguir a Easa y continuar mi adoctrinamiento, con el fin de tomar así los siete velos. —Sólo las mujeres que habían sido iniciadas como sumas sacerdotisas podían llevar los siete velos—. Herodes Antipas da a mi madre todo cuanto desea, y además, simpatiza con los nazarenos. Sólo detesta a Juan el Bautista.
Salomé se cubrió la boca al instante después de aquel desliz. Compuso una expresión mortificada.
—Lo siento. Me olvidé.
María sonrió con tristeza.
—No, Salomé, no te disculpes. A veces, yo también me olvido. Salomé la miró compadecida.
—¿Tan horrible es para ti?
María meneó la cabeza. Quería a Salomé como a una hermana, y se llamaban entre sí por el título tradicional de las sacerdotisas nazarenas, pero María era todavía una princesa, educada para comportarse como tal. No hablaría mal de su marido con nadie.
—No, no es horrible. Veo muy pocas veces a Juan.
Salomé habló a toda prisa, como si quisiera seguir disculpándose por la metedura de pata.
—Espero no haberte ofendido, hermana. Es que el Bautista dice cosas terribles sobre mi madre. La llama puta y adúltera.
María asintió. Se había enterado. Herodías, la madre de Salomé, era la nieta de Herodes el Grande, y había heredado la tozudez del infame rey. Abandonó a su primer marido para casarse con Herodes Antipas, quien gobernaba Galilea, y el tetrarca se había divorciado a su vez de su esposa árabe para contraer matrimonio con Herodías. Juan se había sentido indignado por el hecho de que un monarca judío despreciara de una forma tan flagrante la ley, y había denunciado en público el matrimonio de Herodes Antipas con Herodías, acusándoles de adulterio. Hasta el momento, Herodes había expresado irritación, pero demostrado escaso interés por emprender alguna acción contra Juan. Como tetrarca de Galilea, ya tenía bastante con afrontar los caprichos de un césar y las exigencias de su difícil puesto. No necesitaba el dolor de cabeza añadido de un profeta asceta y desabrido.
El hecho de que Herodías fuera nazarena añadía más leña al fuego de Juan, y no mejoraba su opinión sobre la cultura nazarena. Además, demostraba por qué no podía permitirse que las mujeres asumieran cargos de autoridad o gozaran de libertad social. Estaba claro que las convertía en rameras. Juan utilizaba con frecuencia a Herodes y Herodías como ejemplos de la corrupción nazarena.
Pero mientras el Bautista se granjeaba la enemistad del tetrarca, Easa era muy admirado por la esposa de Herodes. Herodías había enviado a su única hija para ser adoctrinada en el Camino cuando tuvo edad para ello. Salomé y 244
Kathleen McGowan La esperada María se habían hecho amigas íntimas durante el tiempo que pasaron juntas en Galilea, unidas en su amor espiritual por María la Mayor y su hijo.
—Nuestra hermana Verónica está aquí —dijo Salomé, ansiosa por cambiar de tema. La sobrina de Simón, Verónica, era una joven espiritual y encantadora, que había sido adoctrinada con ellas en casa de la madre de Easa. María amaba a Verónica, y buscó con la vista a su amiga querida.
—¡Allí está!
Salomé asió la mano de María y la arrastró hacia la sonriente Verónica. Las tres mujeres, hermanas en el credo nazareno, se abrazaron con afecto, pero tuvieron poco tiempo para hablar, porque en aquel instante entró Easa. Le seguían su madre y dos hermanos menores, Santiago y Judas, así como los hermanos pescadores de Galilea y un hombre de aspecto amargado, de nombre Felipe, si María no se equivocaba. Easa saludó a todos los presentes, pero se detuvo delante de María. La abrazó con ternura, pero con el decoro y el respeto debidos a una noble casada con otro hombre. Le dedicó una larga mirada para indicar la sorpresa que le producía el hecho de que hubiera desobedecido a su hermano, pero no dijo nada.
María le sonrió y apoyó la cabeza sobre su corazón.
—El reino de Dios está en mi corazón, y ningún opresor me lo puede arrebatar.
Easa le devolvió la sonrisa, con una expresión de afecto infinito, y después avanzó hacia la parte delantera de la habitación y se puso a predicar.
●
Fue una noche hermosa, impregnada del amor de los amigos y la palabra del Camino. María casi había olvidado hasta qué punto la Palabra había llegado a ser importante para ella, y que Easa era un maestro inspirador. Sentarse a sus pies y escucharle predicar era como experimentar el Reino de Dios en la tierra. No podía imaginar que alguien pudiera condenar palabras tan hermosas, o que intentara a propósito negar aquellas enseñanzas de amor, compasión y caridad. Cuando Easa se levantó para marchar, se acercó a María y le acarició el estómago.
—Estás embarazada, palomita.
María lanzó una exclamación ahogada. Juan se había quedado una noche para cumplir sus deberes durante la última estación, pero ignoraba que había concebido.
—¿Estás seguro?
Easa asintió.
—Un niño crece en tu seno. Cuídale bien, pequeña. Porque quiero que des a luz sin peligro.
Una sombra cruzó su rostro un breve momento.
—Di a tu hermano que has de pasar tu confinamiento en Galilea. Pídele que te deje partir mañana, al alba.
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Kathleen McGowan La esperada María se quedó perpleja. Betania estaba cerca de Jerusalén, y las mejores comadronas estaban al alcance de la mano en caso de necesidad. Lo más sensato era quedarse aquí, y Lázaro tardaría en llegar un día más. No obstante, Easa había visto algo en aquel momento sombrío, algo que le impulsó a recomendarle que se marchara a Galilea de inmediato.
Lo que María ignoraba era que, en un clarividente momento de profecía, Easa había visto que la joven necesitaba alejarse lo máximo posible de Juan.
●
—¡Puta! —gritó Juan, mientras abofeteaba a María una y otra vez—. Sabía que era demasiado tarde para ti y para tus costumbres de ramera nazarena. ¿Cómo osas desobedecer a tu marido y a tu hermano?
Marta y Lázaro estaban en sus habitaciones de la casa de Betania, pero oían el estallido de violencia que se había producido. Marta lloraba en la cama, mientras escuchaba los golpes que llovían sobre el diminuto cuerpo de María. Era culpa de ella. La había animado a desobedecer las órdenes explícitas de su marido y su hermano. Marta pensaba que era ella quien merecía la paliza. Lázaro estaba sentado inmóvil, petrificado de miedo e impotencia. Estaba furioso con Marta y María, pero mucho más preocupado por la paliza que su hermana estaba recibiendo a manos de su marido. No podía hacer nada al respecto. Intervenir sólo serviría para insultar todavía más a Juan, algo que no se atrevía a hacer. Además, era normal que un marido pegara a una esposa desobediente. En los hogares más tradicionales, se trataba de algo habitual. Los actos de Juan se ajustaban a su interpretación de la ley.
Aún no sabían cómo había llegado Juan a descubrir que María había asistido a la reunión nazarena. ¿Había un delator entre los presentes en la velada? ¿O el don de la profecía que poseía Juan el Bautista era tan poderoso que veía a María en sus visiones?
Fuera cual fuera el agente catalizador, Juan había llegado a Betania a la tarde siguiente, preso de una rabia incontrolada, decidido a castigar a todos los implicados en el engaño. Sabía que su joven esposa se había sentado devotamente a los pies de su primo la noche anterior. Peor todavía, se había sentado con la lasciva hija de la puta Herodías. Que María exhibiera sus simpatías por los nazarenos y su amistad por Salomé era una fuente de vergüenza y aflicción para Juan. Era algo susceptible de perjudicar su reputación.
¡Malditas fueran las mujeres! ¿Es que no comprendían que cualquier lacra que manchara su nombre podía influir en su obra y atenuar el mensaje de Dios?
Esto era una prueba de que las mujeres carecían de sentido común, eran incapaces de pensar en las consecuencias de sus actos. Las hembras eran seres pecadores por naturaleza, hijas de Eva y Jezabel. Estaba llegando a la conclusión de que era imposible redimirlas.
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Kathleen McGowan La esperada Juan gritaba estas cosas y otras mientras continuaba propinándole la paliza. María estaba acurrucada en un rincón con los brazos sobre la cabeza, en un esfuerzo inútil para protegerse la cara. Era demasiado tarde. Un círculo púrpura estaba empezando a extenderse alrededor de un ojo, y tenía el labio inferior hinchado y ensangrentado debido a un manotazo.
—¡Basta, vas a matar al niño! —consiguió gritar por fin.
Juan detuvo su mano.
—¿Qué has dicho?
María respiró hondo para calmarse.
—Estoy embarazada.
Juan la miró con frialdad.
—Eres una puta nazarena que ha pasado la noche en casa de otro hombre sin escolta. Ni siquiera puedo estar seguro de que el niño es mío. María habló poco a poco, mientras intentaba levantarse.
—No soy lo que tú me llamas. Acudí a ti como novia virgen y no he estado nunca con otro hombre, excepto contigo, mi esposo según la ley. —Enfatizó las últimas cinco palabras—. Estás furioso por mi desobediencia, y soy merecedora de tu ira.
Le plantó cara. Aunque le sacaba una cabeza, se irguió en toda su estatura y le miró a la cara.
—Pero tu hijo no merece que duden de su origen. Algún día será un príncipe de nuestro pueblo.
Juan emitió un sonido gutural y dio media vuelta para marcharse.
—Explicaré los términos estrictos de tu confinamiento a Lázaro. Abrió la puerta y salió al pasillo. Sin volverse, lanzó una última amenaza.
—Si es una niña, os abandonaré a ambas.
Avanzada la tarde del día siguiente, María decidió salir al jardín para tomar un poco de aire. Se había pasado en la cama casi todo el día, curando sus contusiones. El jardín estaba aislado, encerrado entre muros, de manera que nadie podía ver las marcas del deshonor en su cara. Al menos, eso pensaba ella. María oyó un ruido entre los arbustos que le dejó sin respiración. ¿Qué era?
¿Quién era?
—¿Hola? —preguntó en voz alta, vacilante.
—¿María? —susurró una voz femenina, y se oyeron más ruidos. De repente, una figura salió de detrás de una hilera de setos cercanos al muro del jardín.
—¡Salomé! ¿Qué haces aquí?
María corrió a abrazar a su amiga, una princesa que merodeaba como un vulgar ladrón.
Salomé no pudo contestar enseguida. Se había quedado inmóvil, mirando el rostro amoratado de María.
Ésta volvió la cabeza.
—¿Tanto se nota? —preguntó en un susurro.
247
Kathleen McGowan La esperada Salomé escupió en el suelo.
—Mi madre tiene razón. Juan el Bautista es un animal. ¿Cómo se atreve a tratarte así? Eres una noble.
María quiso defender a Juan, pero no tuvo energías. De pronto se sentía agotada, exhausta por los acontecimientos del día anterior y por los efectos que el embarazo estaba causando en su cuerpo menudo. Se sentó en un banco de piedra, acompañada de su amiga.
—Te he traído esto. —Salomé tendió a María una bolsa de seda—. En el tarro hay un ungüento medicinal. Curará tus heridas.
—¿Cómo te has enterado? —preguntó María. Se le ocurrió de repente que Salomé sabía algo que sólo habían presenciado Lázaro y Marta. Su amiga se encogió de hombros.
—Él lo vio. —Sólo podía referirse a una persona—. No me contó lo sucedido. Me dijo: «Lleva tu mejor ungüento a tu hermana María. Lo necesitará
de inmediato». Y luego añadió que nadie debía verme entrar aquí, por culpa de Juan.
María intentó sonreír al pensar en la visión de Easa, pero el dolor del corte en el labio se lo impidió. El adorable rostro de Salomé se ensombreció cuando vio a su amiga encogerse.
—¿Por qué lo hizo? —preguntó Salomé.
—Le desobedecí.
—¿Cómo?
—Asistiendo a la reunión de los nazarenos.
Salomé empezó a comprender.
—Ah, de manera que ahora somos el enemigo, según él. Me pregunto cuándo denunciará en público a Easa. No me cabe duda de que será pronto. María lanzó una exclamación ahogada.
—Son parientes, y Juan proclamó en público a Easa cuando le bautizó. No haría una cosa semejante.
—¿No? Yo no estaría tan segura, hermana. —Salomé reflexionó—. Mi madre dice que Juan es astuto como una serpiente. Piénsalo. Se casó contigo para legitimar su monarquía, y ahora estás embarazada de su heredero. Denuncia a mi madre por adúltera y utiliza el hecho de que es nazarena en su contra, y como un arma contra nosotros. ¿Cuál es el siguiente paso? Retirar en público su apoyo a Easa, basándose en su creencia de que los nazarenos despreciamos la ley. No quedará satisfecho hasta destruir el Camino.
—Creo que Juan no haría eso, Salomé.
—¿No? —La muchacha rió, un sonido amargo para ser tan joven—. No has vivido tanto tiempo como yo con los Herodes. Lo que hacen los hombres para mejorar su condición es asombroso.
María suspiró y meneó la cabeza.
—Sé que cuesta creerlo, pero Juan es un buen hombre y un verdadero profeta. No me habría casado con él si no lo hubiera creído, ni mi hermano 248
Kathleen McGowan La esperada habría accedido. Juan es diferente de Easa, es rudo y riguroso, pero cree en el Reino de Dios. Sólo vive para ayudar a los hombres a encontrar a Dios por mediación del arrepentimiento y la ley.
—Sí, cree en ayudar a los hombres. En cuanto a las mujeres, Juan preferiría ahogarnos en su precioso río antes que ofrecernos la salvación. —Salomé hizo una mueca para expresar su desdén—. Se ha convertido en un títere de los fariseos, aunque sólo sea porque carece de toda habilidad política o social. Hace lo que le dicen. Te garantizo que le ordenarán cuestionar la legitimidad de Easa aún más si no le detenemos.
María miró a su amiga. La forma de hablar de Salomé la estaba poniendo nerviosa, pero era un temor mezclado con respeto. Su amiga de la infancia había desarrollado una profunda comprensión de la política de su tiempo en los palacios de Herodes.
—¿Qué propones?
Cuando María levantó la vista, un rayo de sol iluminó su rostro, revelando las moraduras y cardenales. La princesa se estremeció al ver semejantes marcas en la cara hermosa y adorable de María. Cuando Salomé habló, lo hizo con suave determinación.
—Lograré que Juan el Bautista pague lo que ha hecho, contra ti, contra Easa y contra mi madre. No escatimaré medios.
Un estremecimiento sacudió el cuerpo de María al oír aquellas palabras. Pese al calor del sol de mediodía, sintió de repente mucho frío.
●
La celeridad de la detención de Juan fue asombrosa. María averiguó mucho después que Salomé había ido sin demora al palacio de invierno del tetrarca, cerca del mar Muerto, donde se celebraba la fiesta de cumpleaños de Herodes Antipas. Éste había pedido que Salomé bailara para él y sus invitados. La gracia y belleza de la muchacha eran legendarias, y había gente que había recorrido grandes distancias para rendir tributo a Herodes. El tetrarca consideraba que sería un gesto de buena voluntad exhibir a su exquisita hijastra. Salomé entró en la sala donde la celebración se hallaba en pleno apogeo. Iba vestida con sedas relucientes y cadenas de oro que le había regalado su generoso padrastro. Cuando hizo acto de aparición, se produjo un revuelo entre los invitados, que estiraron el cuello para ver mejor a la extraordinaria princesa.
—Eres la joya más preciosa de mi reino, Salomé —anunció su padrastro—. Baila para nosotros, te lo ruego. Admirar tu prodigiosa gracia estremecerá de emoción a nuestros invitados.
Salomé se acercó al trono de Herodes, que dominaba el banquete. Era el mal humor personificado.
—No sé si seré capaz de bailar, padrastro. Mi corazón está tan transido de dolor por lo que he tenido que padecer durante mi viaje que no creo tener fuerzas para bailar.
249
Kathleen McGowan La esperada Herodías, reclinada sobre un almohadón al lado de su esposo, se enderezó.
—¿Qué ha obrado ese efecto en ti, hija?
Salomé les contó una historia lacrimógena sobre el hombre horrible al que llamaban el Bautista, y dijo que sus palabras la atormentaban y parecían perseguirla a todas partes.
—¿Quién es este hombre, el Bautista? —preguntó un noble romano que estaba de visita.
Herodes hizo un gesto desdeñoso.
—Nadie. Uno de los diversos mesías que están de moda este año. Es un agitador, pero carece de importancia.
Al oír esto, Salomé estalló en lágrimas y se arrojó a los pies de su madre. Habló entre sollozos de los terribles calificativos que Juan el Bautista dedicaba a Herodías. Estaba asustada, porque este profeta pedía que echaran a Herodes y predecía que el palacio se vendría abajo con todos dentro. Incitaba al odio contra los Herodes, hasta el punto de que Salomé ya no podía viajar con los nazarenos a menos que fuera disfrazada.
—Parece más un insurgente que un profeta —observó el noble romano—. Lo mejor es acabar con los de su ralea lo antes posible.
Herodes no estaba de humor para discutir de política, pero no podía aparecer como un gobernante débil ante un enviado romano. Llamó a sus guardias y dio la orden.
—Detened a ese hombre, el Bautista, y traedle aquí. A ver si tiene la valentía de decirme semejantes cosas a la cara.
Los invitados aplaudieron esta decisión e imitaron al noble romano cuando alzó su copa en honor del anfitrión. Salomé se secó las lágrimas de los ojos y sonrió con dulzura a Herodes Antipas.
—¿Qué danza quieres que baile esta noche, padrastro?
●
Juan el Bautista era un prisionero molesto. Herodes Antipas no había sospechado el número de seguidores de Juan, que había alcanzado extraordinarias proporciones. Invadían el palacio cada día y exigían la liberación de su profeta. Apelaban a Herodes como judío, suplicaban que fuera compasivo con uno de los suyos. Como el palacio de invierno se encontraba en las cercanías de Qumrán, la comunidad esenia enviaba emisarios cada día para pedir la libertad de su virtuoso prisionero. No se trataba de un simple profeta regional, que pudiera ser reprendido y castigado con facilidad. Juan el Bautista era un fenómeno.
Herodes se propuso interrogarle, y ordenó que trajeran a su presencia al ascético predicador. Interrogó a Juan en persona, esperando respuestas farisaicas y los desvaríos típicos de estos predicadores del desierto y supuestos mesías. Para Herodes, esto era una especie de deporte, y tenía muchas ganas de 250
Kathleen McGowan La esperada atormentar al hombre que tan preocupadas tenía a su esposa y a su hijastra. Después de jugar con el prisionero un rato, decidiría la sentencia definitiva. El interrogatorio no siguió el curso que había esperado el tetrarca. Si bien el tal Juan iba vestido como un salvaje y tenía aspecto incivilizado, sus palabras no eran las de un loco. Herodes descubrió que poseía una inquietante inteligencia, tal vez incluso sabiduría. Juan habló con severidad de los pecadores y de la necesidad del arrepentimiento, y no vaciló en mirar a Herodes a los ojos cuando le advirtió de que alguien cargado con los pecados del tetrarca no entraría en el Reino de Dios. Pero aún quedaba tiempo para la redención, si Herodes renunciaba a su esposa adúltera y se arrepentía de sus muchas transgresiones. Al final del interrogatorio, Herodes estaba muy preocupado por el encarcelamiento de Juan. Deseaba liberar al asceta, pero no podía hacerlo sin quedar como un hombre débil e ineficaz ante Roma. ¿No había estado presente un enviado romano cuando dio la orden de prender a Juan? Poner en libertad al hombre daría la impresión de que Herodes era incongruente, y tal vez incluso incompetente para enfrentarse a los insurgentes judíos. No, no se atrevía a liberar a Juan el Bautista, al menos todavía no. A cambio, mejoró las condiciones del encarcelamiento y le permitió que recibiera visitas de sus seguidores y de los esenios de las cercanías.
Cuando se enteró de estas medidas, María de Magdala envió un mensajero a palacio, preguntando si su esposo querría verla o recibir noticias del hijo que llevaba en su seno. Juan hizo caso omiso del mensaje. Las únicas palabras que había recibido María de Juan durante su encarcelamiento fueron de condenación. Sus seguidores más acérrimos le comunicaron que Juan seguía dudando de la paternidad de su hijo, y se refería a ella en los términos más despectivos. Culpaba a su joven esposa de su detención, y sus seguidores más fanáticos habían enviado amenazas a su familia. Por fin, María convenció a su hermano y a Marta de que la llevaran de vuelta a Galilea, lo más lejos posible de Juan el Bautista y de sus seguidores. No entendía cómo era posible que una noche de desobediencia inocente le hubiera hecho merecer una reputación de ramera, pero era la realidad que debía afrontar. María prefería hacerlo en el refugio de su hogar al pie del monte Arbel, más cerca de los nazarenos y de sus simpatizantes.
Juan continuaba su ministerio desde la cárcel, y su leyenda e influencia seguían aumentando en la región del sur. No obstante, el ministerio de su primo, el carismático nazareno, florecía con renovados bríos en la zona norte del Jordán y en Galilea. Los seguidores de Juan le informaron en la cárcel de las grandes obras y las curaciones milagrosas de Easa, pero también dijeron que el nazareno continuaba siendo indulgente con los gentiles y los impuros. ¡Hasta había impedido la lapidación de una mujer adúltera! Estaba claro que el primo de Juan ya no se ceñía a la ley. Había llegado el momento de que él adoptara una postura.
251
Kathleen McGowan La esperada Siguiendo instrucciones de Juan, sus seguidores asistieron a un numeroso encuentro de nazarenos. Cuando Easa apareció ante la multitud congregada para empezar a predicar, dos embajadores de los ascetas se adelantaron. Habló
el primero, dirigiéndose a Easa, y después a la muchedumbre.
—Venimos de la celda de Juan el Bautista. Nos ruega que os hagamos llegar este mensaje a todos vosotros. Te dice a ti, Yeshua el Nazareno, que duda de ti. Que antes creía que eras el Mesías enviado por Dios, pero no puede creer que aceptar a los impuros esté contemplado por la ley. Por consiguiente, te pregunta si eres tú el esperado, o si debería esta buena gente esperar a otro. Estas palabras inquietaron a la multitud. El bautismo de Jesús por Juan había sido un momento decisivo para algunos de los discípulos más recientes del nazareno. Aquel mágico día a orillas del Jordán, cuando Juan anunció a su primo como el elegido, y Dios demostró su favor en forma de paloma, había transformado a muchos en seguidores del Camino. Ahora, Juan el Bautista estaba retirando el apoyo a su primo al cuestionarle en público. La pregunta dejó indiferente al nazareno, así como el insulto. Silenció a la muchedumbre.
—No hay mayor profeta en esta tierra que Juan el Bautista —contestó. Se volvió hacia los hombres que le habían desafiado.
—Dad recuerdos a mi primo —añadió—. Id y contadle lo que habéis visto y oído hoy.
Mucho tendrían que contar. El líder nazareno se abrió paso entre la multitud y atendió a los enfermos. Se dice que aquel día devolvió la vista a muchos que habían estado ciegos. Curó las enfermedades de los ancianos, expulsó malos espíritus y humores enfermizos de los afligidos. Todo ello sin dejar de predicar la palabra del Camino y hablar a la gente de la luz de Dios. Contó una historia, una parábola acerca de una mujer que fue perdonada de sus pecados porque su corazón estaba henchido de fe y amor. Fue su último mensaje del día.
—Los pecados de los que están henchidos de amor se perdonan, pero si el hombre más recto no guarda amor en su corazón, poco perdón se le otorgará. Fue un día que definió el ministerio de Yeshua el Nazareno como el Camino regenerador del amor y el perdón, un sendero de salvación al alcance de todos cuantos quisieran caminar bajo aquella luz.
●
Herodes Antipas tenía un problema. El enviado romano que había presenciado la orden de detención de Juan el Bautista meses antes había regresado. Cuando el romano preguntó a los funcionarios del tetrarca por qué había tantos judíos rodeando el palacio, le dijeron que el profeta encarcelado continuaba atrayendo seguidores. El enviado se quedó estupefacto al enterarse de que Herodes no había tomado ninguna decisión en firme sobre el insurgente. 252
Kathleen McGowan La esperada Durante la cena, el noble romano habló con Herodes del tema en términos severos.
—No puedes ser blando con esa chusma. Estás aquí porque César confía en ti para representar a Roma, y porque cree que la gente te acepta más por el hecho de ser judío. Sería una terrible equivocación aparentar demasiada debilidad. Este hombre insulta a Roma cada día desde la prisión donde está
encarcelado, y tú lo permites.
El tetrarca defendió su postura.
—Esta tierra desértica está controlada por sectas esenias y otras que llaman profeta a este hombre. Ejecutarle provocaría disturbios.
—¿Tú, ciudadano romano y rey, permites que te tomen como rehén esos habitantes del desierto? —le reprendió el enviado.
Herodes sabía cuándo estaba acorralado. Este hombre regresaría a Roma al día siguiente, y no podía correr el riesgo de que informara de cualquier debilidad a César. Ya tenía bastantes enemigos, que se regocijarían de ver su caída de una vez por todas. Eso no podía suceder. Antipas no era del linaje de tales reyes para nada. ¿Acaso su abuelo no había ejecutado a sus propios hijos, cuando consideró que constituían una amenaza para su trono? Herodes sabía luchar por lo que era suyo.
El tetrarca dio dos palmadas para llamar a sus criados, y ordenó que se presentaran los centuriones.
—Comunicad de inmediato la sentencia al prisionero Juan el Bautista. Será
ejecutado a espada.
El enviado romano asintió vigorosamente cuando Herodes Antipas ocupó
un lugar en la historia por primera vez, pero no la última.
●
Antes de su ejecución, Juan sólo pidió una cosa: que enviaran un mensaje a su esposa en Galilea. Se le permitió recibir a un seguidor que haría las veces de emisario. Juan le dio las últimas instrucciones, antes de que el centurión descargara su espada. El primer golpe separó la cabeza del cuerpo, y Juan el Bautista, profeta del Jordán, fue enviado al Reino de Dios. La cabeza de Juan fue clavada en una lanza, que se colocó en lo alto de la puerta del palacio para demostrar al enviado romano con qué velocidad y severidad se castigaba la traición. Se quedó allí hasta que fue despojada de la carne por las aves carroñeras, pero una noche desapareció misteriosamente. Los restos del cuerpo de Juan fueron entregados a los seguidores esenios para ser enterrados.
●
La noticia de la ejecución de Juan el Bautista fue comunicada a una María de Magdala en fase avanzada de su embarazo. El mensajero repitió ante ellas las últimas palabras de su esposo.
253
Kathleen McGowan La esperada
—Arrepiéntete, mujer. Haz penitencia cada día por los pecados que nos han conducido a este lugar. Hazlo en mi memoria y por el bien del hijo que llevas en tu vientre. Si existe alguna esperanza de que el niño sea aceptado en el Reino de Dios, has de arrepentirte y bautizar al niño cuando nazca. María nunca supo si Juan creía que el hijo era suyo. Que se molestara en enviar un mensaje con su última petición indicaba que tal vez sí. María se tomó
las palabras al pie de la letra y rezó hasta el fin de sus días por el perdón de Juan. Había sido injusto con ella, pero no le guardaba rencor. Easa y María la Mayor le habían enseñado que el perdón era divino, y abrazaba aquel principio con toda sinceridad.
Juan había sido un enigma para ella desde el primer momento. Había sido un hombre rudo que nunca había pedido lo que se le impuso, nunca quiso tomar esposa. Ella hizo lo posible por comportarse de una forma que Juan considerara obediente, pero jamás le había complacido en nada. Por desgracia, se había casado con el único hombre de Israel que no habría dado cualquier cosa por poseerla. Era hermosa, virtuosa, rica por nacimiento y llevaba la sangre real de su pueblo. Ninguna de estas cualidades había interesado lo más mínimo a Juan el Bautista.
El matrimonio había sido una especie de sentencia para ambos. La bendición fue que estuvieron separados casi siempre, y sólo se reunieron cuando los fariseos insistieron a Juan en que tuviera un heredero. Al final, el matrimonio fue más aborrecible para él que para ella. Ahora estaban libres, pero María habría dado cualquier cosa por cambiar las circunstancias que le habían permitido recuperar la libertad.
Al igual que María había sido acusada del encarcelamiento de Juan, sus más leales seguidores la acusaron de la ejecución. La única mujer más vilipendiada del reino era Salomé. La princesa fue acusada de actos terribles, incluido el incesto con su padrastro. Morbosas habladurías hablaban de la sexualidad desatada de Salomé, que había utilizado para pedir la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja de plata. Nada de esto era cierto. Salomé había empleado una argucia infantil para conseguir el encarcelamiento de Juan, pero más tarde confesó entre lágrimas a María que nunca había pensado que le ejecutarían. Sólo quería tener apartado una temporada a Juan, disminuir su creciente poder entre la gente, para que no perjudicara a Easa y María. Salomé
era demasiado joven e inexperta en política y religión para prever que la detención de Juan le granjearía todavía más popularidad entre el populacho. Peor aún, no había previsto el desafortunado dilema de Herodes y su singular solución.
Un anónimo mensajero enviado por los partidarios de Juan entregó una última e inesperada reliquia de arrepentimiento a su joven viuda algunas semanas después. Sin decir palabra, el asceta le tendió una cesta de caña entretejida y partió con celeridad. No iba acompañada de ningún mensaje, y el 254
Kathleen McGowan La esperada correo no la miró a los ojos cuando le entregó la cesta. María levantó la tapa para descubrir su contenido, picada por la curiosidad.
La calavera blanqueada por el sol de Juan el Bautista descansaba sobre un almohadón de seda dentro de la cesta.
●
María dio a luz prematuramente. Fue una bendición, porque su frágil cuerpo no habría sido capaz de llegar hasta el final. En cualquier caso, dio a luz un niño robusto. Llegó a la vida vociferando contra la iniquidad del mundo. Al cabo de un día, era la viva imagen de Juan.
Cualquiera que oyera la insistencia de los lloriqueos del niño le habría reconocido como hijo legítimo de Juan el Bautista.
María de Magdala comunicó mediante un mensaje a María la Mayor y a Easa que su hijo había nacido sano y salvo, y les dio las gracias por sus oraciones de bienvenida.
Puso al niño el nombre de Juan José, el de su padre.
●
Después de la ejecución de Juan, los seguidores de Easa insistieron en que adoptara una postura de firmeza. Fue al desierto y se reunió con los esenios y los discípulos de su primo, y predicó el Reino de Dios a su manera. Algunos esenios aceptaron a Easa como su nuevo Mesías y le siguieron, porque era de la estirpe de David. Otros se opusieron a sus reformas nazarenas, porque Juan había hablado con aspereza de estas cosas al final de su vida. Para la mayoría de habitantes del desierto, Juan era el único Maestro de Justicia, y cualquiera que intentara sustituirle era un impostor.
En aquellos días se creó la profunda división entre los seguidores de Juan y los fieles a Easa. El espíritu nazareno hablaba de amor y perdón, accesible a todos cuantos quisieran abrazarlo. La filosofía juanista era muy diferente, basada en juicios severos y normas estrictas. Mientras que Easa y los nazarenos daban la bienvenida y honraban a las mujeres, los seguidores de Juan las vilipendiaban. Éste siempre había tenido muy mala opinión de las mujeres, y su descripción de María y Salomé como las putas de Babilonia fortaleció la idea entre sus seguidores de que las mujeres eran impuras.
Se forjó una imagen inexacta e injusta de María Magdalena como pecadora arrepentida, y de Salomé como ramera decadente. Los seguidores de Juan el Bautista atizaron estas llamas de injusticia, y dieron lugar a una conflagración que ardería durante varios miles de años.
●
Easa el Nazareno, príncipe de la casa de David, pretendía cambiar la opinión pública sobre la calumniada princesa, recién viuda. Él, más que cualquiera, sabía que esa bondadosa y virtuosa mujer había sufrido una terrible injusticia. 255
Kathleen McGowan La esperada Seguía siendo, como antes, una princesa de la casa de Benjamín. Su sangre aún era real, su corazón todavía puro, y él todavía la amaba.
Lázaro se quedó estupefacto cuando el Hijo del León apareció en su puerta, completamente solo y sin sus seguidores.
—He venido a ver a María y al niño —dijo.
Lázaro, azorado, llamó a Marta, al tiempo que invitaba a Easa a pasar. Su esposa entró en la habitación y no hizo el menor esfuerzo por disimular su alborozo. Hacía mucho tiempo que simpatizaba con los nazarenos, pese al conservadurismo de su familia. Siempre había querido y venerado a Easa.
—Traeré a María y al niño —dijo, y salió a toda prisa de la habitación. Cuando se quedaron solos, Lázaro intentó hablar de nuevo.
—Yeshua, tengo tantas cosas de que disculparme...
Easa alzó una mano.
—Paz, Lázaro. No he sabido jamás que hicieras algo que no consideraras recto y justo en el fondo de tu corazón. Eres fiel a ti mismo y fiel a tu Señor. Por lo tanto, no has de pedirme disculpas ni a mí ni a nadie.
Lázaro experimentó un tremendo alivio. Desde hacía mucho tiempo cargaba con la tristeza de haber roto el compromiso entre Easa y su hermana, y con la culpa de negar alojamiento a los nazarenos aquella noche en Betania, circunstancia que se había convertido en una inmensa calamidad para María. Pero no tuvo tiempo para decir nada de eso, porque el pequeño Juan José
anunció su llegada a la sala con un potente chillido.
Easa se volvió y sonrió a María y a su hijo. Extendió los brazos hacia el niño, que estaba congestionado debido a sus gritos.
—Es tan hermoso como su madre y tan obstinado como su padre —rió, y tomó al niño en sus brazos. En cuanto Easa le tocó, el niño dejó de llorar. Permaneció en silencio y examinó aquella nueva figura con sumo interés. El pequeño Juan emitió unos gorgoritos de felicidad cuando Easa le meció en sus brazos.
—Le caes bien —dijo María, tímida de repente en presencia del hombre que se había convertido en una leyenda entre su pueblo.
Easa la miró con seriedad.
—Eso espero. —Miró a Lázaro—. Querido hermano, me gustaría hablar en privado con María de un asunto muy serio. Es viuda, y lo más apropiado es hablarlo con ella sin intermediarios.
—Claro —murmuró Lázaro, y salió a toda prisa de la habitación. Easa, sosteniendo todavía al pequeño Juan, indicó con un ademán a María que se sentara. Guardaron silencio un momento, mientras el niño seguía emitiendo gorgoritos y agarraba el largo pelo de Easa, que lo llevaba al estilo nazareno.
—He de pedirte algo, María.
256
Kathleen McGowan La esperada Ella asintió en silencio, sin saber qué iba a decirle, pero embargada de una gran felicidad por estar cerca de él otra vez. La presencia de Easa era un bálsamo para su espíritu conturbado.
—Has sufrido mucho, por tu fe en mí y en el Camino. Quiero enmendar ese yerro, por ti y por este niño. María, quiero que seas mi esposa y me des permiso para criar a Juan como si fuera hijo mío.
María se quedó petrificada. ¿Había oído bien? Era imposible, no cabía duda.
—No sé qué decir, Easa. —Hizo una pausa, intentando atajar los pensamientos que desfilaban por su mente sorprendida—. Toda la vida soñé
que me casaría contigo. Cuando no pudo ser... Nunca volví a pensar en ese sueño. Pero no puedo permitir que hagas algo semejante. Sería perjudicial para ti y para tu misión. Hay demasiados que me culpan de la muerte de Juan, hombres que me odian y me llaman pecadora.
—Eso a mí me da igual. Cualquiera que me sigue sabe la verdad, y enseñaremos la verdad a aquellos que todavía no la saben. De hecho, es apropiado que te tome como esposa. Eres la viuda de Juan y yo soy pariente suyo. Soy el pariente varón más cercano de tu esposo, y como tal debería educar a este niño según las mismas tradiciones que obedecen los seguidores de Juan. Y le educaré como príncipe de su pueblo, como mi heredero elegido y el hijo del profeta. Es una unión adecuada, para la ley y para el pueblo de Israel. Todavía soy el hijo de David y tú todavía eres la hija de Benjamín. María estaba abrumada. Nunca había esperado que algo semejante pudiera suceder. A lo sumo, había confiado en que Easa bautizaría a su hijo, tal como Juan había solicitado. Pero ¿adoptar al pequeño y tomarla a ella como esposa?
Era más de lo que podía soportar. Apoyó la cabeza en las manos y se puso a llorar.
—¿Por qué lloras, palomita? No somos menos perfectos el uno para el otro, a los ojos de Dios, que cuando decidimos unir nuestras vidas. María se secó las lágrimas y miró al nazareno, su Easa, que Dios le había devuelto.
—Jamás creí que volvería a conocer la felicidad —susurró.
●
En contraste con la fastuosa boda de Caná, Easa y María contrajeron matrimonio en una pequeña ceremonia íntima, presidida por María la Mayor y rodeados de los nazarenos más leales. El acontecimiento tuvo lugar en Galilea, en el pueblo de Tagba.
Pero la noticia del enlace se esparció con celeridad, y al día siguiente multitudes de personas empezaron a llegar a Tagba. Algunos eran seguidores, otros simples curiosos, atraídos por la idea del novio y la novia anunciados en la profecía de Salomón. A otros no les hacía ninguna gracia que su amado profeta de Galilea se uniera con esa mujer de reputación empañada. Pero Easa 257
Kathleen McGowan La esperada se alegró de la presencia de todos. Repitió a María una y otra vez que cada día significaba una nueva oportunidad de enseñar el Camino a alguien que no lo había visto nunca, una oportunidad de devolver la vista a los ciegos. La noticia de la boda atrajo a miles de personas durante los dos días siguientes.
María la Mayor fue a ver a Easa al final del segundo día. Le recordó el primer milagro de las bodas de Caná, cuando no hubo suficiente vino para el convite. Ahora Galilea rebosaba de viajeros que no habían comido desde hacía varios días, y les quedaban muy pocos alimentos. Su madre le pidió que considerara la posibilidad de celebrar su banquete de bodas aquel día. Easa llamó a sus seguidores más fieles. Les pidió que contaran el número de invitados.
—Hay casi cinco mil —contestó Felipe—, y sólo tenemos dinero para doscientos.
—Conozco a un muchacho que es hijo de un pescador —intervino Andrés, el hermano de Pedro—. Tiene unas cinco hogazas de pan de cebada y dos pececillos, pero eso es todo. No es nada comparado con el número de visitantes.
—Decidles que se sienten en la hierba —dijo Easa—. Traedme los panes y los peces.
Andrés obedeció, y dejó los panes y los peces dentro de una cesta, a los pies del maestro. Easa rezó una oración de acción de gracias por la abundancia de comida, y después devolvió la cesta a Andrés.
—Empieza con esta cesta y pásala entre los invitados. Reúne todos los fragmentos, para que no se pierda nada. Después coloca esos fragmentos en otras cestas y pásalas también.
Andrés obedeció las órdenes, con la ayuda de Pedro y los demás. Se quedaron maravillados al ver que las cestas que apenas contenían unos mendrugos rebosaban de hogazas de pan. Pronto hubo hasta doce cestas grandes cargadas de comida. Las pasaron entre la multitud, hasta que cada persona hubo tomado su parte.
Todos los congregados en las orillas de Tagba aquel día se quedaron convencidos, sin la menor duda, de que Easa el Nazareno era el auténtico Mesías de la profecía. Su reputación de gran obrador de milagros, así como de sanador, continuó propagándose, y sus partidarios aumentaron en número. Muchos más se sintieron inclinados a aceptar a María de Magdala en aquel momento. Si un gran profeta había elegido a aquella mujer, debía ser digna de él.
El rango y posición de María presentaban un problema: su nombre. En una época en que las mujeres eran definidas por su parentesco con los hombres, su situación era delicada y difícil desde un punto de vista político. No habría sido correcto referirse a ella como la viuda de Juan, ni tampoco era del todo aceptable llamarla esposa de Easa. Fue conocida en aquel tiempo por su propio nombre, como líder que era. Reinaría para siempre jamás como Hija de Sión, la 258
Kathleen McGowan La esperada Torre de su Rebaño: la Migdal-Eder. Su nombre era el de una reina. La gente la llamaba sencillamente María Magdalena.
●
Este período de ministerio que siguió al milagro de los panes y los peces sucedido en Tagba fue llamado por María Magdalena el Gran Momento. Poco después de la boda, los nazarenos, con María ahora entre sus filas, partieron hacia Siria. Easa curó a un número asombroso de personas durante el viaje. Dedicó el tiempo a enseñar en sinagogas y llevar la palabra del Camino a nuevos oídos. Pero al cabo de unos meses, el grupo volvió a Galilea. María Magdalena estaba embarazada, y Easa quería que su hijo naciera donde ella se sentía más a gusto: en su hogar.
María dio a luz a una hija perfecta y diminuta nada más regresar a Galilea. Le dieron el doble nombre de una princesa, Sara Tamar. El nombre de Sara evocaba a una noble hebrea de las Escrituras, la esposa de Abraham. Tamar era un nombre galileo. Hacía referencia a las abundantes palmeras que crecían en la región, y había sido elegido para las hijas de casas reales desde hacía generaciones.
La noble familia estaba aumentando en número, su ministerio crecía, y los hijos de Israel albergaban esperanza en el futuro. Era, en verdad, un Gran Momento.
259
Kathleen McGowan La esperada 18
Château des Pommes Bleues
29 de junio de 2005
NADIE HABLÓ CUANDO PETER terminó de leer su traducción del primer libro. Todos guardaron silencio durante un largo momento, asimilando cada cual a su manera la enormidad de la información. Todos habían llorado en un momento u otro: los hombres de una forma más reservada, las mujeres sin disimulos al escuchar la historia de María.
Por fin, Sinclair rompió el silencio.
—¿Por dónde empezamos?
Maureen meneó la cabeza.
—Yo ni siquiera sabría por dónde. —Miró a Peter, para ver cómo afrontaba las circunstancias. Parecía muy sereno, incluso sonriente, cuando sus ojos se encontraron—. ¿Te encuentras bien?
Peter asintió.
—Nunca me había sentido mejor. Es muy extraño, pero no me siento escandalizado, preocupado ni sorprendido... Sólo me siento... satisfecho. No puedo explicarlo, pero eso es lo que siento.
—Parece agotado —observó Tammy—. Pero ha hecho un trabajo asombroso.
Sinclair y Roland manifestaron su acuerdo, y ambos dieron las gracias a Peter por su empeño en terminar la traducción.
—¿Por qué no vas a descansar un poco y empiezas con los demás libros mañana? —sugirió con ternura Maureen—. Te lo digo en serio, Peter, tienes que descansar.
Peter negó con la cabeza, obstinado.
—Ni hablar. Quedan dos libros más: el Libro de los Discípulos y el que ella llama El Libro del Tiempo de la Oscuridad. Creo que hemos de asumir que es la crónica de la crucifixión relatada por un testigo, y no iré a ninguna parte hasta que lo averigüe.
Cuando comprendieron que Peter no cambiaría de opinión, Sinclair mandó
que le trajeran una bandeja con té. El sacerdote se negó a comer, pues creía que debía ayunar mientras efectuaba las traducciones. Después le dejaron solo, y Sinclair, Maureen y Tammy se trasladaron al comedor para tomar una cena ligera. Invitaron a Roland a unirse a ellos, pero el criado se negó cortésmente, 260
Kathleen McGowan La esperada aduciendo que tenía demasiadas cosas que hacer. Miró a Tammy desde el otro lado de la sala y se fue.
La cena fue frugal, pues ninguno tenía demasiada hambre. Aún les costaba expresar con palabras lo que sentían tras la lectura del primer libro. Por fin, Tammy habló de las características de Juan.
—Después de pasar el día con Derek, todo adquiere mucho más sentido. Ahora entiendo por qué los seguidores de la Cofradía odian tanto a María y Salomé, pero es muy injusto.
Maureen estaba confusa. Aún desconocía los descubrimientos de Tammy.
—¿Qué quieres decir? ¿Es la gente que me atacó?
Su amiga explicó todo lo que Derek le había revelado durante aquella horrible visita a Carcasona. Maureen escuchó sumida en un silencio estupefacto.
—Pero ¿ya sabíais que María tenía un hijo de Juan el Bautista? —Hizo la pregunta a los dos—. Porque para mí ha sido una absoluta sorpresa. Me he quedado de piedra.
Sinclair asintió.
—Será una sorpresa para casi todo el mundo. Es una tradición conocida por la gente de la región, pero muy pocas personas, aparte de nuestras orgullosas sectas heréticas, la conocen. Se llevó a cabo un esfuerzo compartido... por ambos bandos para eliminar estos hechos de la historia. Es sabido que los seguidores de Jesús no querían que ninguna información sobre Juan hiciera sombra a la historia del Mesías, tal como cuentan cautelosa e inteligentemente los autores de los evangelios.
Tammy le interrumpió.
—Los seguidores de Juan no hablan de ello porque desprecian a María Magdalena. He empezado a leer los documentos de la Cofradía, el llamado Libro verdadero del Santo Grial. Lo llaman así porque creen que la única sangre santa desciende de Juan y su hijo. Eso convierte a su linaje en el verdadero Santo Grial, el único de sangre sagrada auténtica. Si hubieran podido salirse con la suya, habrían eliminado toda mención de María Magdalena, no sólo en las Escrituras, sino en la historia. Una ley de la Cofradía impone que no se la puede mencionar sin añadir el título de puta a su nombre.
—Eso es absurdo —dijo Maureen—. Era la madre del hijo de Juan, y le reconocen como legítimo, así que ¿por qué odian todavía tanto a María Magdalena?
—Porque están convencidos de que Salomé y ella urdieron la muerte de Juan para que María pudiera casarse con Jesús, Easa, de forma que éste accediera al honor de ser ungido. Además, así podía usurpar el lugar de Juan como padre y educar a su hijo en las costumbres nazarenas. Una parte de su ritual consiste en negar a Cristo escupiendo sobre la cruz y llamándole el Usurpador.
Maureen miró a los dos.
261
Kathleen McGowan La esperada
—No sé si debería decirlo, pero me cuesta creer que Jean-Claude esté
implicado en todo esto.
—Te refieres a Jean-Baptiste.
Tammy pronunció el nombre con desdén.
—Cuando estuvimos en Montségur... Sabía mucho de los cátaros. No sólo eso, sino que hablaba de ellos con reverencia, con respeto. ¿Era todo una pantomima?
Sinclair suspiró y le acarició el rostro.
—Sí, y sólo era una parte muy pequeña de una pantomima muy grande, por lo que tengo entendido. Roland ha descubierto que Jean-Claude fue educado desde pequeño para infiltrarle en nuestra organización. Su familia es rica, y gracias a los recursos de la Cofradía pudo crear esta identidad. Cierto, añadió con posterioridad el elemento Paschal, lo cual habría tenido que despertar mis sospechas, pero carecía de motivos para no creerle. Es cierto que se trata de un erudito e historiador consumado, un experto en nuestra historia. Pero en su caso no es para reverenciarla, sino para seguir aquel consejo de
«conoce a tu enemigo».
—¿Desde cuándo se prolonga esta rivalidad?
—Dos mil años —respondió Sinclair—. Pero sólo por un bando. Nuestra gente no tiene nada contra Juan, y siempre ha dado la bienvenida a sus descendientes como hermanos nuestros. Al fin y al cabo, todos somos hijos de María Magdalena, ¿verdad? Así lo vemos aquí, desde siempre.
—Es la rama de su familia la que crea problemas —bromeó Tammy. Sinclair la interrumpió.
—Pero no todos los seguidores de Juan el Bautista son extremistas, y es importante recordarlo. Los fanáticos de la Cofradía constituyen una minoría. Un grupo aterrador, y muy poderoso, pero una minoría. Acompañadme, quiero enseñaros algo.
Los tres se levantaron de la mesa, pero Tammy se excusó. Pidió a Maureen que se reuniera más tarde con ella en la sala de audio y vídeo.
—Ahora que hemos llegado tan lejos, quiero enseñarte algunas cosas más que he descubierto en el curso de mi investigación.
Maureen se citó con Tammy al cabo de una hora, y siguió a Sinclair al exterior. El cielo del ocaso brillaba con los restos del sol del verano, mientras se dirigían hacia la puerta de entrada de los Jardines de la Trinidad.
—¿Te acuerdas del tercer jardín? ¿El que no llegaste a ver el otro día? Te lo voy a enseñar ahora.
Sinclair tomó el brazo de Maureen y la guió alrededor de la fuente de María Magdalena, por el primer pasillo abovedado de la izquierda. Un sendero de mármol los condujo hasta un barroco jardín que recordaba a una villa italiana.
—Parece de estilo románico —observó Maureen.
—Sí. Conocemos muy poco de este joven, Juan José. Por lo que yo sé, no hay nada escrito acerca de él, o al menos no lo había hasta hoy. Sólo contamos 262
Kathleen McGowan La esperada con unas pocas tradiciones y leyendas locales que han ido pasando de generación en generación.
—¿Qué sabes?
—Únicamente que este chico no era hijo de Jesús, sino de Juan. Sabemos su nombre, Juan José, aunque algunas leyendas se refieren a él como Juan Yeshua, e incluso Juan Marcos. La leyenda afirma que fue a Roma en algún momento y dejó a su madre y a sus hermanos en Francia. Si esto era o no parte de un plan maestro, son puras especulaciones. Tampoco sabemos qué fue de él. Hay dos escuelas de pensamiento.
Sinclair la condujo hasta una estatua de mármol de un joven, al estilo del Renacimiento. Se hallaba de pie ante una gran cruz, pero en una mano sostenía una calavera.
—Fue educado por Jesús, así que es posible que se integrara en la floreciente comunidad cristiana de Roma. En tal caso, es probable que acabara sus días como un gran número de los primeros líderes cristianos, que fueron eliminados por Nerón. El historiador romano Tácito dijo que «Nerón castigó
con todo tipo de crueldades al grupo depravado conocido como los cristianos», y sabemos que eso es cierto por las crónicas sobre la muerte de Pedro.
—¿Crees que fue martirizado?
—Es muy posible, hasta puede que fuera crucificado con Pedro. Cuesta imaginar que alguien con sus antecedentes no fuera un líder, y todos los líderes fueron ejecutados. Pero también existe otro punto de vista. Sinclair señaló la calavera que sostenía la mano de mármol de Juan José.
—Ésta es la otra posibilidad. Una leyenda dice que los seguidores más fanáticos de Juan el Bautista buscaron a su heredero en Roma y le convencieron de que los cristianos habían usurpado su legítimo lugar, de que su padre era el verdadero Mesías, y él, su único hijo, era el heredero del trono del ungido. Algunos dicen que Juan José dio la espalda a su madre y a su familia para abrazar las enseñanzas de los seguidores de su padre. No sabemos dónde terminó, pero sabemos que existe una secta de adoradores fanáticos de Juan en Irán e Irak, llamados los mandeanos. Gente pacífica, pero muy estricta en sus leyes y en su creencia de que Juan era el único y verdadero Mesías. Es posible que sean descendientes directos, que Juan José o sus herederos se hayan trasladado a Oriente, después del cisma del cristianismo primitivo. Además, ya te has enterado de la existencia de la Cofradía de los Justos, que afirman ser verdaderos descendientes del linaje aquí en Occidente.
Maureen miraba con atención la calavera, mientras escuchaba la explicación de Sinclair. Se le ocurrió de repente una idea.
—¡Es Juan! La calavera... aparece en toda la iconografía de María Magdalena, en las pinturas. Siempre la plasman con una calavera, y nadie ha sido capaz de darme una buena explicación de ello. Siempre vagas referencias a la penitencia. La calavera representa la penitencia. Pero ¿por qué? Ahora lo 263
Kathleen McGowan La esperada entiendo. Pintaban a María con una calavera porque estaba haciendo penitencia por Juan, literalmente, con la calavera de Juan.
Sinclair asintió.
—Sí. Y siempre aparece con un libro.
—Las Escrituras, tal vez —observó Maureen.
—Podría ser, pero no. María aparece con un libro porque es su libro, el mensaje que nos dejó para que lo encontráramos. Espero que eso sirva para aportar más datos sobre el misterio de su hijo mayor y de su suerte, porque no sabemos nada. Confío en que la María Magdalena ponga fin a ese misterio. Atravesaron el jardín en silencio un momento, y gozaron de la panorámica del cielo del crepúsculo, tachonado de estrellas. Maureen habló por fin.
—Dijiste que había otros seguidores de Juan que no eran fanáticos.
—Por supuesto. Hay millones. Se llaman cristianos.
Maureen le miró, mientras él continuaba.
—Lo digo en serio. Piensa en tu país, en la cantidad de iglesias que se llaman baptistas. Son cristianos que han asumido la idea de Juan como profeta por derecho propio. Algunos le llaman el Precursor, y ven en él al que anunció
la llegada de Jesús. En Europa, hay algunas familias del linaje que se fusionaron, mezclaron la sangre del Bautista con la sangre del Nazareno. La más famosa fue la dinastía de los Médicis. Estaban integrados, honraban tanto a Jesús como a Juan. Nuestro chico, Sandro Botticelli, también era uno de ellos. Maureen se quedó sorprendida.
—¿Botticcelli descendía de ambos linajes?
Sinclair asintió.
—Cuando volvamos dentro, echa otro vistazo a la Primavera de Sandro. A la izquierda verás la figura de Hermes, el alquimista, sosteniendo en el aire su símbolo caduceo. Sus manos hacen el gesto de «Acordaos de Juan» del que te habló Tammy. Sandro nos está diciendo, en esta alegoría dedicada a María Magdalena y al poder de la resurrección, que hemos de reconocer a Juan, que la alquimia es una forma de integración, y la integración no admite la intolerancia ni el fanatismo.
Maureen le observaba con atención. En su interior estaba empezando a nacer una auténtica admiración por aquel hombre, que al principio había constituido un enigma para ella. Era un místico y un poeta por derecho propio, un buscador de verdades espirituales. Más todavía, era un buen hombre, bondadoso, afectuoso y muy leal. Le había subestimado, como fue evidente en sus últimas palabras sobre el tema.
—Opino que una actitud de perdón y tolerancia es la piedra angular de la verdadera fe. Durante las últimas cuarenta y ocho horas, he llegado a creer en eso con más fuerza que nunca.
Maureen sonrió, entrelazó su brazo con el de él y regresaron por el jardín. Unidos.
264
Kathleen McGowan La esperada
Ciudad del Vaticano
29 de junio de 2005
EL CARDENAL DECARO estaba a punto de colgar el teléfono cuando la puerta de su despacho se abrió con estrépito. El prelado se asombró de que el obispo O'Connor todavía no se hubiera dado cuenta de lo precaria que era su situación en Roma, pero daba la impresión de que el hombre no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. DeCaro aún no estaba seguro de si O'Connor estaba poseído por una ambición desmedida, o de si vivía en la inopia. Tal vez ambas cosas. El cardenal escuchó con fingida paciencia y burlona sorpresa al irlandés, mientras éste le refería con palabras atropelladas el descubrimiento que se había producido en Francia. Pero después O'Connor dijo algo que provocó un escalofrío a DeCaro. Se trataba de información reservada. En este momento, nadie debería conocer todavía la existencia de los manuscritos ni su contenido, por supuesto.
—¿Quién es su informante? —preguntó el cardenal, aparentando indiferencia.
O'Connor se encogió. Aún no estaba dispuesto a revelar su fuente.
—Es de mucha confianza. Absoluta.
—Temo que no puedo tomarme esto muy en serio si es incapaz de darme más detalles, Magnus. Ha de comprender que por aquí circula mucha información falsa. No podemos investigarla toda.
El obispo Magnus O'Connor se removió en su asiento, inquieto. No se atrevía a revelar su fuente, aún no. Era el único as en la manga que le quedaba. Si revelaba su fuente, ya no tratarían directamente con él, y quedaría marginado de este importantísimo acontecimiento histórico. Además, tendría que responder ante otros, además del cardenal DeCaro y el Consejo del Vaticano.
—Consultaré con el informante si puedo revelar su identidad —dijo por fin O'Connor.
El cardenal DeCaro se encogió de hombros, lo cual irritó al irlandés. Esta forma indiferente de recibir tan increíble noticia no era lo que deseaba o esperaba.
—Muy bien. Gracias por su información —dijo el cardenal a modo de despedida—. Puede seguir con sus tareas habituales.
—Pero, Su Eminencia, ¿no quiere saber con exactitud qué han descubierto?
El cardenal DeCaro le miró por encima de sus gafas de leer.
—Las fuentes carentes de base no me interesan. Buenas noches, señor. Que el Señor le bendiga y acompañe.
El cardenal dio media vuelta y recogió un fajo de papeles, que empezó a clasificar como si el obispo le hubiera dicho algo tan elemental como que el sol salía por la mañana y se ponía por la noche. ¿Dónde estaba la sorpresa? ¿La preocupación? ¿La gratitud?
265
Kathleen McGowan La esperada El obispo O'Connor masculló una respuesta, furioso, y se marchó. De momento, había acabado con Roma. Iría a Francia. Entonces, les daría una buena lección.
Château des Pommes Bleues
29 de junio de 2005
TAL COMO HABÍA PROMETIDO, Maureen se encontró con Tammy en la sala de audio y vídeo después de su paseo por el jardín con Sinclair. Primero asomó la cabeza en el estudio para comprobar que Peter estaba inmerso en la traducción del segundo libro. Su primo alzó la vista y le dirigió un gruñido ininteligible, con los ojos vidriosos a causa del cansancio. Maureen sabía que no era un buen momento para interrumpirle, y fue en busca de Tammy.
En el castillo reinaba un ambiente de entusiasmo y júbilo. Maureen se preguntó qué sabían los criados, pero supuso que todos eran de absoluta confianza y lealtad. Roland y Sinclair estaban reunidos para hablar de las medidas de seguridad que deberían tomar hasta que se hubiera traducido el resto del Evangelio de María y decidido su futuro. Nadie había hablado de esto todavía, pero Maureen descubrió que sentía mucha curiosidad por las intenciones de Sinclair y por cuándo pensaba llevarlas a cabo.
—Entra, entra —dijo Tammy cuando la vio en la puerta.
Maureen se dejó caer en el sofá al lado de Tammy, y apoyó la cabeza en el respaldo con un gemido.
—¿Qué pasa?
Maureen sonrió.
—Nada y todo. Sólo me estaba preguntando si mi vida volverá a ser como antes.
Tammy contestó con una carcajada ronca.
—No, así que será mejor que te acostumbres a eso. —Tomó su mano. Esta vez, habló con más dulzura—. Escucha, sé que casi todo esto es nuevo para ti, y que has de asimilar muchas cosas en muy poco tiempo. Sólo quiero que sepas que eres mi heroína, ¿de acuerdo? Y también Peter, naturalmente.
—Gracias —suspiró Maureen—, pero ¿de veras crees que el mundo está
preparado para este cataclismo que amenaza a sus creencias más sagradas?
Porque yo no.
—No estoy de acuerdo —dijo Tammy con su habitual convicción—. Creo que es el momento óptimo. Estamos en el siglo veintiuno. Ya no quemamos a la gente en la pira por herejes.
—No, sólo les hundimos el cráneo.
Maureen se masajeó la nuca para subrayar sus palabras.
—Mensaje recibido. Lo siento.
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Kathleen McGowan La esperada
—Me he puesto un poco dramática. Estoy bien, de veras. —Maureen indicó
el televisor de pantalla gigante—. ¿En qué estás trabajando ahora?
—La otra noche nos desviamos del tema, y no tuve la oportunidad de enseñarte el resto. Creo que ahora, más que nunca, lo encontrarás interesante. Tammy sujetaba el mando a distancia. Lo apuntó a la televisión.
—Estábamos mirando fotos del linaje, ¿te acuerdas? —continuó. Liberó el botón de la pausa y la pantalla se llenó de retratos—. El rey Fernando de España. Tu chica, Lucrecia Borgia. María Estuardo. Carlos Tercero de Inglaterra y Escocia, conocido como el Joven Pretendiente. La emperatriz María Teresa de Austria y su hija más famosa, María Antonieta. Sir Isaac Newton. —Detuvo una imagen de varios presidentes norteamericanos—. Y aquí empiezan los norteamericanos, con Thomas Jefferson a la cabeza. Después vamos avanzando poco a poco hacia los tiempos modernos.
Una fotografía actual de una familia norteamericana numerosa llenó la pantalla.
—¿Qué es eso?
●
—La reunión de la familia Stewart en Cherry Hill, Nueva Jersey. La tomé el año pasado. Y ésta también. Gente corriente en lugares corrientes, pero todos son del linaje.
Maureen tuvo una idea.
—¿Has estado alguna vez en McLean, Virginia?
Tammy compuso una expresión de perplejidad.
—No. ¿Por qué?
Maureen le habló de sus improbables experiencias en McLean, y de la encantadora librera que había conocido.
—Se llamaba Rachel Martel, y...
Tammy la interrumpió.
—¿Martel? ¿Has dicho Martel?
Maureen asintió, y Tammy estalló en carcajadas.
—Sí, no me extraña que tenga visiones —dijo Tammy—. Martel es uno de los apellidos más antiguos del linaje. Carlos Martel, de la estirpe de Carlomagno. Si escarbas en esa parte de Virginia, encontrarás una gran concentración de familias del linaje. Debieron de llegar buscando refugio durante el Reinado del Terror. Por eso, casi todas las familias nobles francesas acabaron en Estados Unidos, sobre todo en Pensilvania.
Maureen rió.
—Por eso hay tantas visiones allí. Tendré que llamar a Rachel cuando vuelva a casa para informarla.
Devolvieron su atención a la pantalla, donde había aparecido otro retrato de grupo mientras Tammy hablaba.
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Kathleen McGowan La esperada
—Aquí tenemos una reunión de la familia Saint Clair en Baton Rouge, el verano pasado. Luisiana cuenta con la mayor concentración de familias del linaje, debido a la herencia francesa. Ahora lo sabes de primera mano. ¿Ves este tipo de aquí? —Tammy pulsó el botón de la pausa para congelar la imagen de un joven músico callejero melenudo, que tocaba el saxo en el Barrio Francés. Liberó la pausa, y una melodía de saxo bellísima sonó en la sala. Volvió a congelar la imagen—. Se llama James Saint Clair. Es un indigente. Sobrevive como puede en las calles de Nueva Orleans, pero cuando toca el saxo te parte el corazón. Me senté en la esquina y estuve hablando con él tres horas. Un hombre hermoso y brillante.
—¿Esta gente sabe que es del linaje?
—Claro que no. Eso es lo más bonito de todo, y también el punto final de mi película. En dos mil años de historia y evolución, debe de haber un millón de personas en la tierra portadoras de la sangre de Jesucristo en sus venas. Tal vez más. No es una cuestión de elitismo o secretismo. Podría ser el verdulero del barrio, o el cajero del banco. O el indigente que te parte el corazón cada vez que toca el saxo.
Château des Pommes Bleues
2 de julio de 2005
PETER TRABAJABA SIN CESAR, pero su afán perfeccionista se impuso, y transcurrieron otros dos días antes de que estuviera preparado para leer la traducción de los últimos manuscritos, El Libro del Tiempo de la Oscuridad. Maureen se había quedado dormida en el sofá la tarde del segundo día, contenta de estar en el lugar donde se estaba traduciendo el Evangelio de María.
Los sollozos de su primo la despertaron.
Alzó la vista y vio a Peter, con la cabeza sepultada entre las manos, rendido al agotamiento y la emoción que le invadían. Sin embargo, Maureen no pudo decidir de inmediato cuál era el sentimiento: ¿alegría o dolor? Miró a Sinclair, sentado delante de Peter. Él meneó la cabeza, indicando que tampoco podía comprender la reacción del sacerdote.
Maureen se acercó a Peter y apoyó una mano sobre su hombro.
—Pete, ¿qué pasa?
Él se secó las lágrimas de la cara y miró a su prima.
—Preferiría que te lo contara ella —susurró, al tiempo que señalaba la traducción—. ¿Quieres llamar a los demás, por favor?
●
Tammy y Roland corrieron al estudio de Sinclair. No fue difícil localizarlos, porque ya no disimulaban su intimidad. Tampoco querían estar demasiado 268
Kathleen McGowan La esperada lejos de los manuscritos, por temor a perderse algo. Ambos repararon en la expresión febril de Peter cuando entraron en el estudio.
Roland llamó a una criada y pidió que trajera té para todos. En cuanto la puerta se cerró a su espalda, Peter reanudó la conversación donde la había dejado.
—Ella lo llama el Libro del Tiempo de la Oscuridad —dijo Peter—. Relata la última semana de la vida de Cristo.
Sinclair intentó formular una pregunta, pero Peter le detuvo.
—Ella la cuenta mucho mejor que yo.
Y empezó a leer.
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Kathleen McGowan La esperada
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... Es importante saber quién era Judas Iscariote, con el fin de comprender su relación conmigo, con Easa y con las enseñanzas del Camino. Al igual que Simón, era un fanático en lo tocante a expulsar a los romanos de nuestra tierra. Ya había matado por esta idea, y ardía en deseos de volverlo a hacer. Hasta que Simón le presentó a Easa. Judas abrazó el Camino, pero su conversión no fue ni rápida ni fácil Descendía de un linaje de fariseos, y su concepto de la ley era muy estricto. De joven, era seguidor de Juan, y sospechaba de mí a causa de todo cuanto le habían contado. Con el tiempo, nos convertimos en amigos, hermano y hermana en el Camino, gracias a Easa, el gran unificador. No obstante, había momentos en que Judas y sus antiguas costumbres emergían, lo cual causaba tensión entre sus seguidores. Era un líder nato, y se ganaba a pulso la autoridad. Easa admiraba esta virtud, pero no sucedía lo mismo con otros seguidores. Sin embargo, yo comprendía a Judas. Como yo, su destino era ser incomprendido.
Judas creía que debíamos aprovechar todas las oportunidades de expandir nuestra enseñanza, mediante donaciones a los pobres. Easa lo nombró tesorero, y su responsabilidad principal era recaudar dinero para distribuirlo entre los necesitados. Era un hombre honrado y concienciado en lo referente a esta tarea, pero también era un hombre intransigente.
La mayor discusión se suscitó la noche en que ungí a Easa en Betania, en casa de Simón. Tomé un tarro de alabastro lacrado que nos habían enviado desde Alejandría. Estaba lleno de una mezcla de nardos aromáticos y mirra. Rompí el sello y ungí la cabeza y los pies de Easa con el bálsamo, y le proclamé nuestro Mesías, obedeciendo a las tradiciones de nuestro pueblo y del Cantar de los Cantares, que nos había transmitido Salomón. Fue un momento espiritual para todos nosotros, henchido de esperanza y simbolismo.
Pero Judas no dio su aprobación. Estaba irritado y me reprendió delante de todo el mundo, diciendo: «Ese bálsamo era valioso. Lacrado, habría alcanzado un precio muy elevado, dinero que habríamos podido destinar a los pobres». No tuve que defender mis decisiones, porque Easa lo hizo en mi nombre. Reprobó a Judas, y dijo: «Siempre tendrás a los pobres, pero no siempre me tendrás a mí. Déjame decirte esto: donde se alaben mis actos, también se alabará el nombre de esta mujer. Haced esto en conmemoración de ella y de sus buenas obras». Aquel momento demostró que Judas no acababa de comprender del todo los ritos sagrados del Camino, y enojó a algunos de los elegidos, que nunca volvieron a confiar en él después de aquello.
270
Kathleen McGowan La esperada Como ya he dicho, no le guardo rencor por aquel acto, ni por cualquier otro. Judas era incapaz de sobreponerse a lo que dominaba su corazón, y siempre fue fiel a eso. Todavía le lloro.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA