* Descubiertas por Alfred Watkins, cualquier línea que une más de cinco puntos de renombrada antigüedad y justifica la existencia de un camino. (N. del T.) 101

Kathleen McGowan La esperada es el motivo de que atrajera a alquimistas de toda Europa desde tiempo inmemorial.

—Me estaba preguntando cuando volveríamos a la alquimia —comentó

Peter.

—Lo siento, padre. Tengo tendencia a enrollarme, pero es que no hay explicaciones sencillas. Esa torre de ahí, llamada la Torre de la Alquimia, se construyó, al parecer, sobre el legendario punto de energía, y la Línea de la Magdalena la atraviesa. La torre ha sido escenario de incontables experimentos de alquimia.

—Cuando dices alquimia, ¿te refieres a la creencia medieval de convertir el azufre en oro? —preguntó Maureen.

—En algunos casos, sí, pero ¿cuál es la verdadera definición de alquimia? Si alguna vez quieres iniciar una discusión acalorada, haz esa pregunta en una convención sobre temas esotéricos. La sala se vendrá abajo antes de que se llegue a una respuesta definitiva.

Tammy enumeró los diferentes tipos de alquimia.

—Hay alquimistas científicos, los que intentan transformar de manera física materiales básicos en oro. Algunos de ellos vinieron aquí convencidos de que la magia de la tierra era el factor clave que estaban buscando para completar sus experimentos. Tenemos también a los filósofos, quienes creen que la alquimia es una transformación espiritual, la transformación de los elementos básicos del espíritu humano en un yo de oro. Están los creyentes del esoterismo, aferrados a la idea de que los procesos alquímicos pueden utilizarse para alcanzar la inmortalidad y alterar la naturaleza del tiempo. Después tenemos a los alquimistas sexuales, quienes creen que la energía sexual crea un tipo de transformación, cuando dos cuerpos se unen utilizando cierta combinación de métodos físicos y metafísicos.

Maureen escuchaba con atención. Quería saber más sobre el punto de vista de Tammy.

—¿Por qué teoría te decantas?

—Soy una gran admiradora de la alquimia sexual, pero creo que todas son ciertas. Lo digo de verdad. Creo que la alquimia es un término que designa el conjunto de principios más antiguo de la tierra. Creo que, en otros tiempos, los antiguos conocían esas normas, como los arquitectos de la Gran Pirámide de Gizeh.

La siguiente pregunta vino de Peter.

—¿Qué tiene que ver todo esto con María Magdalena?

—Bien, para empezar, creemos que vivió aquí, o al menos pasó cierto tiempo aquí. Lo cual conduce a la pregunta: ¿por qué aquí? Es un lugar remoto, incluso ahora, con los medios de transporte modernos. ¿Se imagina lo que debía ser atravesar estas montañas en el siglo uno? El territorio era completamente inhóspito. ¿Por qué eligió este lugar? ¿Por qué lo han elegido tantos? Porque la tierra tiene algo especial.

102

Kathleen McGowan La esperada

»Ah, he olvidado mencionar el otro tipo de alquimia que ocurre aquí, y es algo que bauticé hace poco como alquimia gnóstica.

—Suena interesante como nombre de una nueva religión —dijo Maureen, mientras meditaba sobre las palabras.

—O de una antigua. Existe en estos parajes una creencia que se remonta a los cátaros, o tal vez más atrás aún, la creencia de que esta región era el centro de la dualidad, de que el Rey del Mundo, el viejo Rex Mundi en persona, vive aquí. El equilibrio terrenal de luz y oscuridad, bien y mal, tiene lugar en este extraño pueblo y su entorno inmediato. En un determinado nivel, estos dos elementos están en guerra mutua siempre, bajo nuestros pies. ¿Crees que de día es siniestro? Ni pagándome pasearía por estas calles en plena noche. Hay algo muy importante en este lugar, y para nada es bueno.

Maureen asintió.

—Yo también lo presiento. Tal vez Dalí se equivocó por sesenta kilómetros.

¿Será Rennes-le-Château el centro del universo?

Peter intervino, más serio.

—Bien, eso sería lógico para los franceses en el Medioevo, puesto que era su universo, pero ¿la gente lo sigue creyendo?

—Sólo puedo decirle que aquí suceden cosas extrañas que nadie puede explicar, y siguen sucediendo. Aquí, en Arques, en las zonas circundantes donde fueron construidos los castillos. Algunos dicen que los cátaros alzaron sus castillos como fortalezas de piedra contra las energías de la oscuridad. Los construyeron sobre vórtices de puntos de energía, donde podían celebrar ceremonias sagradas para controlar o derrotar a las fuerzas de la oscuridad. Y

todos los castillos tienen torres, lo cual es significativo. Peter escuchaba con atención.

—Pero ¿las torres no eran estratégicas, erigidas con fines defensivos?

—Claro —asintió Tammy—, pero eso no explica por qué cada uno de estos castillos tiene leyendas relacionadas con experimentos alquímicos que se realizaban en sus torres. Las torres tienen fama de ser lugares donde se obraba algún tipo de transformación mágica. Se relacionan directamente con el lema alquímico «Lo que está arriba es igual que lo que está abajo». Las torres representan la tierra, porque están atadas a la tierra, pero también el cielo, porque se elevan hacia las nubes, y de esta manera se convierten en lugares apropiados para llevar a cabo experimentos de alquimia. Al igual que la torre de Saunière, todas tenían veintidós escalones.

—¿Por qué veintidós? —preguntó Maureen, muy intrigada.

—El veintidós es un número maestro, y los elementos de numerología son fundamentales en la alquimia. Los números maestros son el once, el veintidós y el treinta y tres, pero el veintidós es la pauta que se ve con más frecuencia en esta zona, pues pertenece a la energía femenina divina. Observarás que la fiesta de María Magdalena en el calendario eclesiástico es...

103

Kathleen McGowan La esperada

—El veintidós de julio —la interrumpieron al mismo tiempo Maureen y Peter.

—Bingo. Bien, para contestar por fin a vuestra pregunta, tal vez por eso vino aquí María Magdalena, porque conocía los elementos de la energía natural o sabía algo acerca de la lucha entre la luz y la oscuridad que tiene lugar en estas tierras. Esta región no era desconocida para los habitantes de Palestina. La familia de Herodes tenía posesiones no lejos de aquí. Incluso una tradición afirma que la madre de María Magdalena era de ascendencia languedociana. Quizás, en cierto sentido, estaba volviendo a casa.

Tammy alzó la vista hacia la torre en ruinas del castillo de Hautpol.

—Habría dado cualquier cosa por ser una mosca inmortal posada sobre la muralla de ese lugar.

El Languedoc

23 de junio de 2005

DEJARON A TAMMY EN COUIZA, donde iba a encontrarse con unos amigos para comer. Maureen se sintió decepcionada por el hecho de que Tammy no se reuniera con ellos hasta más tarde. Ir a casa de Sinclair, sin una amiga mutua que facilitara las cosas, la ponía nerviosa. También sentía la tensión de Peter. Hacía lo posible por disimularla, pero se notaba en la forma en que aferraba el volante. Quizás alojarse en casa de Sinclair era una equivocación. Pero ya se habían comprometido a hacerlo, y cambiar de opinión ahora sería considerado un insulto y una grosería por su anfitrión. Maureen no quería correr ese peligro. Sinclair era una pieza importante de su rompecabezas. Peter se desvió de la carretera y franqueó las enormes puertas de hierro en el coche de alquiler. Al pasar, Maureen reparó en que las puertas estaban adornadas con grandes flores de lis doradas entrelazadas con vides (o quizá

manzanas azules). El camino de entrada serpenteaba a través de la enorme y suntuosa propiedad que era el Château des Pommes Bleues.

Se detuvieron ante el castillo, los dos sin habla un momento al ver el tamaño y el esplendor del edificio, un castillo perfectamente restaurado del siglo XVI. Cuando Peter y Maureen bajaron del coche, el imponente mayordomo de Sinclair, el gigantesco Roland, salió por la puerta principal. Dos criados con librea acudieron al instante para recoger el equipaje y seguir las instrucciones de Roland.

—Bonjour, mademoiselle Paschal, abbé Healy. Bienvenus. —Sonrió de repente y su expresión se suavizó, de modo que tanto Maureen como Peter dejaron escapar el aliento—. Bienvenidos al Château des Pommes Bleues. Monsieur Sinclair se alegra mucho de su llegada.

104

Kathleen McGowan La esperada Maureen y Peter se quedaron esperando en el lujoso vestíbulo de entrada, mientras Roland iba en busca de su amo. No se arrepintieron: la sala estaba llena de obras de arte valiosas y antigüedades de valor incalculable, que podían compararse con las de muchos museos de Francia.

Maureen se detuvo ante una vitrina que constituía el centro de interés de la sala, seguida de Peter. Había un enorme y trabajado cáliz de plata en la vitrina, y una calavera humana ocupaba un lugar de honor en el relicario. El tiempo había blanqueado la calavera, pero se advertía con nitidez una hendidura en el hueso craneal. Un mechón de pelo, descolorido, pero que todavía conservaba pigmento rojo discernible, estaba colocado junto a la calavera dentro del cáliz.

—Los antiguos creían que el pelo rojo era una fuente de magia poderosa. Bérenger Sinclair estaba detrás de ellos. Maureen dio un brinco cuando oyó

la inesperada voz, y después se volvió para contestar.

—Los antiguos no iban a escuelas públicas de Luisiana.

Sinclair rió, un intenso sonido celta, y pasó un dedo por el pelo de Maureen.

—¿No había chicos en su escuela?

Maureen sonrió, pero devolvió a toda prisa su atención a la reliquia de la vitrina, para que el hombre no la viera sonrojarse. Leyó en voz alta la placa que había dentro de la vitrina.

—La calavera del rey Dagoberto Segundo.

—Uno de mis antepasados más pintorescos —replicó Sinclair. Peter se sentía fascinado, a la vez que un poco incrédulo.

—¿San Dagoberto Segundo? ¿El último rey merovingio? ¿Es usted descendiente de él?

—Sí. Y sus conocimientos de historia son tan buenos como los de latín. Le felicito, padre.

—Refrésqueme la memoria. —Maureen parecía avergonzada—. Lo siento, pero mis conocimientos de la historia de Francia no empiezan hasta Luis Catorce. ¿Quiénes fueron los merovingios?

—Una dinastía de reyes de lo que ahora es Francia y Alemania —contestó

Peter—. Gobernaron desde el siglo cuarto al octavo. El linaje desapareció con la muerte de este Dagoberto.

Maureen señaló la fractura del cráneo.

—Algo me dice que no fue por causas naturales.

—No exactamente —contestó Sinclair—. Su ahijado le clavó una lanza en el cerebro a través de la cuenca de un ojo mientras dormía.

—Para que luego hablen de la lealtad familiar —contestó Maureen.

—Por desgracia, primó el deber religioso sobre la lealtad familiar, un dilema que se ha repetido mucho en la historia. ¿No es cierto, padre Healy?

Peter frunció el ceño al captar la indirecta.

—¿Qué quiere decir?

105

Kathleen McGowan La esperada Sinclair hizo un ademán majestuoso en dirección a un escudo que colgaba de la pared: una cruz rodeada de rosas, y encima una inscripción en latín que rezaba

ELIGE MAGISTRUM.

—El lema de mi familia. Elige magistrum.

Maureen miró a Peter en busca de una explicación. Algo estaba pasando entre los dos hombres que la ponía nerviosa.

—¿Qué significa?

—Elige amo —tradujo Peter.

Sinclair se explayó.

—El rey Dagoberto fue asesinado por orden de Roma, pues al Papa le inquietaba su versión del cristianismo. Dijeron al ahijado de Dagoberto que eligiera un amo, y se decantó por Roma, y así se convirtió en un asesino al servicio de la Iglesia.

—¿Por qué era tan inquietante la visión de la cristiandad de Dagoberto? —

preguntó Maureen.

—Creía que María Magdalena era una reina y la legítima esposa de Jesucristo, y que él, Dagoberto descendía de ambos, lo cual le concedía el derecho divino de los reyes de una manera que superaba a cualquier otro poder terrenal. En aquel tiempo, el Papa consideró que constituía una terrible amenaza para la Iglesia un rey convencido de aquello.

Maureen se encogió y procuró que la conversación no se agriara. Dio un codazo a Peter.

—¿Prometes que no me atravesarás el ojo con una lanza mientras duermo?

Peter la miró de soslayo.

—Temo que no puedo prometerte nada. Elige magistrum, ya sabes. Maureen le miró con fingido horror y volvió a examinar el pesado relicario de plata, adornado con flores de lis.

—Para no ser francés, tiene mucha debilidad por este símbolo.

—¿La flor de lis? Por supuesto. No olvide que los escoceses y los franceses han sido aliados durante cientos de años. Pero el motivo de que yo la utilice es diferente. Es el símbolo de...

Peter terminó la frase.

—La trinidad.

Sinclair les dedicó una sonrisa.

—Sí, en efecto. Pero me pregunto, padre Healy, si es el símbolo de su trinidad o de la mía.

Antes de que Maureen o Peter pudieran pedir una explicación, Roland entró en la sala y habló con rapidez a Sinclair en un idioma que recordaba al francés mezclado con otros tonos mediterráneos. Sinclair se volvió hacia sus invitados.

—Roland les acompañará a sus aposentos, para que puedan descansar y refrescarse antes de la cena.

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Kathleen McGowan La esperada Dedicó una majestuosa reverencia a Maureen, a la que guiñó el ojo, y salió

de la sala.

Maureen entró en el dormitorio y se quedó boquiabierta. La habitación era espléndida. Una enorme cama de columnas con dosel, provista de colgaduras de terciopelo rojo, que llevaban bordadas las omnipresentes flores de lis, dominaba el espacio. Los restantes muebles eran también antiguos, todos dorados.

El cuadro María Magdalena en el desierto, del maestro español Ribera, cubría una pared. María Magdalena miraba al cielo. Pesados jarrones de cristal de Baccarat, llenos de rosas rojas y lirios blancos, estaban diseminados por toda la estancia, y recordaban los arreglos florales que Sinclair había enviado al piso de Maureen en Los Ángeles.

«Una chica podría acostumbrarse a esta vida», pensó mientras los criados llamaban a la puerta con el equipaje.

La habitación de Peter era más pequeña que la de Maureen, pero también era digna de un rey. Aún no le habían subido la maleta, pero tenía consigo su neceser, suficiente para sus propósitos inmediatos. Sacó la Biblia encuadernada en piel y el rosario de cuentas de cristal de la bolsa negra. Con el rosario en la mano, se dejó caer en la cama. Estaba cansado, agotado del viaje y de la responsabilidad del bienestar de Maureen, tanto físico como espiritual. Ahora se hallaba en territorio desconocido, y eso le ponía nervioso. No confiaba en Sinclair. Peor aún, no confiaba en las reacciones de su prima ante Sinclair. El dinero y la apariencia física del hombre creaban una mística que atraía a las mujeres.

Al menos, sabía que Maureen era una mujer que no se dejaba conquistar con facilidad. De hecho, conocía las escasas relaciones que había mantenido con hombres. El odio manifestado por su madre contra su padre había emponzoñado la opinión de Maureen sobre el amor. Que su desdichado matrimonio hubiera acabado en tragedia era el motivo de que ella se mantuviera alejada de todo cuanto recordara a una verdadera relación. De todos modos, era mujer y humana. Y muy vulnerable en lo tocante a sus visiones. Peter albergaba la intención de no permitir que Sinclair las utilizara para manipular a Maureen. No estaba seguro de lo que ese hombre sabía, o de cómo lo había sabido, pero se proponía averiguarlo lo antes posible. Cerró los ojos y empezó a rezar pidiendo consejo, pero un zumbido insistente interrumpió sus silenciosas plegarias. Al principio, intentó hacer caso omiso de la vibración, pero al final se rindió. Se acercó adonde había dejado la bolsa de viaje, introdujo la mano en el interior y contestó la llamada. 107

Kathleen McGowan La esperada

Por suerte, la habitación de Peter estaba en el mismo pasillo que la de Maureen, de lo contrario tal vez no se habrían encontrado nunca en la inmensa mansión de Sinclair. Maureen estaba fascinada por la casa, absorbía cada detalle de arte y arquitectura mientras pasaban de un ala a la siguiente.

Se proponían salir a investigar juntos el exterior del castillo, pues faltaban varias horas para la cena. Los dos estaban demasiado embelesados por todo cuanto los rodeaba para dejarlo sin explorar. Penetraron en un enorme vestíbulo, iluminado por la luz natural que entraba por una ventana de cristal emplomado. Un enorme y atípico mural, que plasmaba una escena de la crucifixión bastante abstracta, adornaba el vestíbulo en toda su longitud. Maureen se detuvo a admirar la obra. Al lado del crucificado Cristo, una mujer con un velo rojo alzaba tres dedos, mientras una lágrima rodaba por su rostro. Se hallaba de pie junto a un curso de agua (¿un río?), en el cual tres pececillos, uno rojo y dos azules, saltaban en el aire. Tanto el dibujo de los tres peces como los dedos alzados de la mujer evocaban el dibujo de la flor de lis de una manera abstracta.

Había incontables detalles en la recargada pero moderna obra de arte. Maureen estaba segura de que eran simbólicos, pero tardaría horas en localizarlos todos, y tal vez años en comprenderlos.

Peter retrocedió para contemplar mejor la escena de la crucifixión, que era hermosa en su sencillez. Algo parecido a un sol negro ensombrecía el cielo, que a su vez era rasgado por un rayo.

—Recuerda el estilo de Picasso, ¿verdad? —dijo Peter.

Su anfitrión apareció al final del vestíbulo.

—Es de Jean Cocteau, el artista más prolífico de Francia y uno de mis héroes personales. Lo pintó aquí mientras era invitado de mi abuelo. Maureen se quedó patidifusa.

—¿Cocteau se alojó aquí? Caramba. Esta casa debe de ser un tesoro nacional de Francia. Todas las obras de arte son fenomenales. El cuadro de mi habitación...

—¿El Ribera? Es mi retrato de María Magdalena favorito. Captura su belleza y gracia divina mejor que cualquier otro. Exquisito. Peter manifestó su incredulidad.

—No va a decirme que es un original. He visto el original... en el Prado.

—Ah, sí que es un original. Ribera lo pintó a petición del rey de Aragón. De hecho, pintó dos. Y tiene razón, el más pequeño está en el Prado. El rey de España regaló éste a otro de mis antepasados como ofrenda de paz, un miembro de la familia Estuardo. Como verá, el buen arte está muy relacionado con Nuestra Señora. Le enseñaré más ejemplos después de cenar. Pero si no les importa que se lo pregunte, ¿adónde iban ahora?

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Kathleen McGowan La esperada

—Íbamos a dar un paseo antes de la cena —contestó Maureen—. Vi unas ruinas en lo alto de la colina cuando llegamos, y quería examinarlas de más cerca.

—Sí, por supuesto, pero sería un honor para mí ser su guía. Si el padre Healy lo considera aceptable, por supuesto.

—Por supuesto —sonrió Peter, pero Maureen percibió la tensión en las comisuras de su boca cuando Sinclair la tomó del brazo.

Roma

23 de junio de 2005

EL SOL BRILLABA con más fuerza en Roma que en cualquier otro lugar del mundo, o al menos eso pensaba el obispo Magnus O'Connor mientras caminaba sobre las piedras consagradas de la basílica de San Pedro. Se sentía abrumado por el honor de acceder a la capilla privada.

Cuando pisó suelo consagrado, se detuvo ante la estatua de mármol de Pedro sosteniendo las llaves de la Iglesia, y besó los pies descalzos del santo. Después se dirigió a la parte delantera de la iglesia y se acomodó en el primer banco. Dio gracias al Señor por conducirle hasta aquel lugar santo. Rezó por él, rezó por su obispado y rezó por el futuro de la Santa Madre Iglesia. Cuando terminó sus oraciones, Magnus O'Connor entró en el despacho del cardenal Tomás DeCaro, cargado con las carpetas rojas que habían significado su billete para el Vaticano.

—Aquí están, Su Ilustrísima.

El cardenal le dio las gracias. Si O'Connor había esperado una invitación para sostener con el cardenal una prolongada conversación, debió llevarse una gran decepción. El cardenal DeCaro se excusó con un brusco cabeceo, sin decir ni una palabra más.

DeCaro estaba ansioso por ver el contenido de las carpetas, pero la primera vez prefería hacerlo en privado.

Abrió el primer expediente, todos los cuales llevaban escrito en la portada con mayúsculas en negrita: EDOUARD PAUL PASCHAL.

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Kathleen McGowan La esperada

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... Todavía no he escrito sobre la Gran Madre, María la Mayor. He esperado tanto tiempo porque me he preguntado con frecuencia si sería capaz de encontrar las palabras que hicieran justicia a su bondad, a su sabiduría y energía. En la vida de toda mujer siempre habrá lugar para la influencia y enseñanzas de la mujer que se alza sobre todas las demás. Para mí, ésta sólo podía ser María la Mayor, la madre de Easa. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña. No me acuerdo de ella. Si bien Marta siempre cuidó de mí y de mis necesidades terrenales como una hermana, fue la madre de Easa quien me proporcionó instrucción espiritual. Alimentó mi alma y me enseñó

muchas lecciones de compasión y perdón. Me enseñó lo que era ser una reina y me instruyó en el comportamiento apropiado de una mujer con el destino trazado. Cuando llegó el momento de ponerme el velo rojo y convertirme en una verdadera María, ya estaba preparada. Gracias a Ella, y lo que me dio. María la Mayor era un modelo de obediencia, pero la suya era una obediencia que sólo respondía ante el Señor. Oía los mensajes de Dios con absoluta claridad. Su hijo poseía el mismo talento, por eso eran diferentes de otros que también eran de noble ascendencia. Sí, Easa era un hijo del león, heredero de la casa de David, y su madre descendía de la gran casta sacerdotal de Aarón. Nació reina y Easa rey. Pero no era sólo la sangre lo que los diferenciaba de los demás, sino su espíritu y la fortaleza de su fe en el mensaje que Dios nos había enviado.

Si no hubiera hecho otra cosa que caminar a su sombra durante todos mis días, me habría sentido bendecida por ello.

María la Mayor fue la primera mujer en estar dotada con un claro conocimiento de lo divino. Esto representaba un reto para los sumos sacerdotes, que ignoraban cómo aceptar a una mujer de tan magno poder. Pero tampoco podían condenarla. El linaje de María la Mayor era impoluto, y su corazón y espíritu irreprochables. Su reputación sin tacha era conocida en muchos países.

Hombres poderosos la temían, pues no podían controlarla. Sólo respondía ante Dios.

EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA

EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS

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Kathleen McGowan La esperada 8

Château des Pommes Bleues

23 de junio de 2005

SINCLAIR GUIÓ A MAUREEN Y PETER por un sendero adoquinado que se alejaba de la inmensa residencia. Estaban rodeados por accidentadas laderas de roca roja, coronadas por las ruinas de un castillo en una colina cercana. Maureen estaba embelesada por el impresionante paisaje.

—Este lugar es asombroso. Tiene algo místico.

—Estamos en el corazón del país cátaro. Toda esta región estuvo dominada en otro tiempo por los cátaros. Los Puros.

—¿Cómo consiguieron ese título?

—Sus enseñanzas descendían en una línea pura e ininterrumpida de Jesucristo. A través de María Magdalena. Fue la fundadora del catarismo. Peter parecía muy escéptico, pero fue Maureen quien verbalizó la duda.

—¿Por qué no lo he leído en ninguna parte?

Bérenger Sinclair se limitó a reír, nada preocupado por si le creían o no. Estaba tan a gusto con sus creencias, y tenía tanta confianza en sí mismo, que la opinión de los demás carecía de valor para él.

—No, ni tampoco lo leerá. La verdadera historia de los cátaros no se encuentra en los libros de historia, y el único lugar donde puede llevar a cabo investigaciones auténticas es aquí. La verdad del pueblo cátaro reside en las rocas rojas del Languedoc, y en ningún otro sitio.

—Me encantaría leer algo sobre ellos —dijo Maureen—. ¿Puede recomendarme algún libro que considere veraz?

Sinclair se encogió de hombros y meneó la cabeza.

—Muy pocos, y casi ninguno que me haya parecido creíble se ha traducido al inglés. La mayor parte de los libros sobre historia cátara se basan en confesiones extraídas mediante tortura. Todos los tratados medievales sobre los cátaros fueron escritos por sus enemigos. ¿Cree que son muy fiables? Espero que entienda ese principio, Maureen, basado en su propio reexamen de la historia. Ninguna práctica cátara auténtica se ha consignado por escrito. En esta zona, sus tradiciones han pasado de generación en generación durante dos mil años, pero son tradiciones orales fuertemente protegidas.

—¿No dijo Tammy que habían lanzado una cruzada oficial contra ellos? —

preguntó Maureen, mientras continuaban por el sendero serpenteante que se internaba en las colinas rojas.

111

Kathleen McGowan La esperada Sinclair asintió.

—Un salvaje acto de genocidio, que acabó con más de un millón de personas y cuyo responsable fue el papa Inocencio Tercero. Un nombre muy irónico. ¿Ha oído alguna vez la frase «Matadles a todos y dejad que Dios los elija?»

Maureen se encogió.

—Sí, por supuesto. Un juicio bárbaro.

—Fue pronunciada por primera vez en el siglo trece, por las tropas papales que masacraron a los cátaros en Béziers. Para ser exactos, dijeron, Neca eos omnes. Deus suos agnoset, lo cual quiere decir: «Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos».

Se volvió hacia Peter con brusquedad.

—¿Reconoce la frase?

Peter negó con la cabeza, sin saber adónde quería ir a parar Sinclair, pero sin ganas de caer en una trampa intelectual.

—La tomaron prestada de san Pablo. De la segunda epístola a Timoteo, versículo segundo: «Conoció el Señor a los que son suyos». Peter levantó una mano para acallar a Sinclair.

—No puede culpar a san Pablo por el hecho de que sus palabras se tergiversaran.

—¿No? Yo creo que sí. Pablo me saca de quicio. No es casual que nuestros enemigos utilizaran sus palabras contra nosotros durante muchos siglos. Eso sólo es el principio.

Maureen intentó aplacar la creciente animadversión entre los dos hombres, retomando el hilo de la historia local.

—¿Qué pasó en Béziers?

—Neca eos omnes. Matadlos a todos —repitió Sinclair—. Eso fue precisamente lo que los cruzados hicieron en nuestra hermosa ciudad de Béziers. Pasaron a cuchillo a todos sus habitantes, desde los más ancianos a los más tiernos infantes. Los carniceros no perdonaron a nadie. Tal vez hasta cien mil personas murieron tan sólo en ese asedio. La leyenda dice que nuestras colinas son rojas, incluso ahora, en duelo por los inocentes exterminados. Caminaron en silencio unos momentos, por respeto a las almas fallecidas de aquella tierra antigua. Las masacres habían tenido lugar casi ocho siglos antes, pero se intuía la presencia de aquellos espíritus errabundos por todas partes, una presencia que flotaba hasta en la brisa que soplaba en las estribaciones de los Pirineos. Aquello era y sería siempre país cátaro. Sinclair reanudó su lección.

—Algunos cátaros escaparon, por supuesto, y se refugiaron en España, Alemania e Italia. Conservaron sus secretos y enseñanzas, pero nadie sabe qué

fue de su gran tesoro.

—¿A qué tesoro se refiere? —preguntó Peter.

112

Kathleen McGowan La esperada Sinclair paseó la vista a su alrededor, su inextricable relación con el terruño era evidente en su expresión. Ese lugar y su historia estaban grabados a fuego en su alma. Por más veces que narrara aquella historia, en cada ocasión se revelaba su pasión sin precedentes.

—Existen muchas leyendas sobre el tesoro de los cátaros. Algunos dicen que era el Santo Grial, otros afirman que era el auténtico sudario de Cristo o la corona de espinas. Pero el verdadero tesoro era uno de los dos libros más sagrados jamás escritos. Los cátaros eran los guardianes del Libro del Amor, el único y verdadero evangelio.

Hizo una pausa para dotar de mayor énfasis a sus palabras, antes de asestar el golpe de gracia.

—El Libro del Amor era el único y verdadero evangelio, porque fue escrito en su totalidad por la mano del mismísimo Jesucristo.

Peter se quedó de una pieza al escuchar aquella revelación. Miró fijamente a Sinclair.

—¿Qué pasa, padre Healy? ¿No le hablaron del Libro del Amor en el seminario?

La expresión de Maureen también era de incredulidad.

—¿De veras cree que algo así existió?

—Ah, claro que existió. María Magdalena lo trajo desde Tierra Santa y fue transmitido con extrema cautela por sus descendientes. Es muy probable que el Libro del Amor fuera el verdadero propósito de la cruzada contra los cátaros. La Iglesia estaba desesperada por apoderarse del libro, pero no para protegerlo y atesorarlo, se lo aseguro.

—La Iglesia nunca dañaría algo tan preciado y sagrado —protestó Peter.

—¿No? ¿Y si dicho documento pudiera ser autentificado? ¿Y si el documento autentificado pusiera en duda no sólo muchos de los principios, sino la misma autoridad de la Iglesia? ¿Qué pasaría entonces, padre?

—Eso no son más que especulaciones.

—Usted tiene derecho a defender su opinión, como yo la mía. No obstante, la mía se basa en el conocimiento de hechos muy ocultos. Pero para continuar con mis... especulaciones, la Iglesia logró sus propósitos hasta cierto punto. Después de la persecución de los cátaros, los Puros se vieron obligados a pasar a la clandestinidad, y el Libro del Amor desapareció para siempre. Muy poca gente conoce su existencia. Menuda tarea, eliminar de la historia algo tan poderoso.

Peter había estado sumido en sus pensamientos durante el discurso de Sinclair. Habló al cabo de otro minuto de meditación.

—Ha dicho que el verdadero tesoro era uno de los dos libros más sagrados jamás escritos. Si el evangelio escrito por la propia mano de Jesús es uno, ¿cuál podía ser el otro?

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Kathleen McGowan La esperada Bérenger Sinclair se detuvo y cerró los ojos. El viento del verano, similar a los mistrales que soplan en Provenza, más al sur, revolvió su pelo. Respiró

hondo, abrió los ojos y miró a Maureen cuando contestó.

—El otro es el Evangelio de María Magdalena, una narración pura y perfecta de su vida con Jesucristo.

Maureen se quedó petrificada. Miró a Sinclair, fascinada por su expresión de embeleso.

Peter rompió el encanto.

—¿Los cátaros afirmaban que también se hallaba en su posesión?

Sinclair apartó la vista de Maureen al cabo de otro segundo, y después meneó la cabeza.

—No. Al contrario que el Libro del Amor, que contaba con testigos históricos, nadie ha visto nunca el Evangelio de María Magdalena. Tal vez se debe a que nunca lo han encontrado. Se cree que tal vez esté oculto cerca del pueblo de Rennes-le-Château, que han visitado antes. ¿Les enseñó Tammy la Torre de la Alquimia?

Maureen asintió. Peter estaba demasiado ocupado intentando discernir cómo estaba tan bien enterado Sinclair de sus movimientos, pero Maureen se sentía cautivada por la historia viva y por el amor sin límites que manifestaba Sinclair por la misma.

—Sí, pero aún no entiendo por qué es tan importante.

—Es importante por muchos motivos, pero para nuestros propósitos actuales, algunos creen que María Magdalena vivió y escribió su evangelio en el lugar donde se alza ahora la torre. Después escondió los documentos en una cueva, para que permanecieran ocultos hasta que llegara el momento de revelar su versión de los acontecimientos.

Sinclair indicó una serie de grietas grandes semejantes a cavernas en las montañas que los rodeaban.

—¿Ven aquellos cráteres en la montaña? Son cicatrices dejadas por los cazadores de tesoros durante los últimos cien años.

—¿Buscaban esos evangelios?

Sinclair emitió una risita irónica.

—La mayoría no sabían ni lo que estaban buscando. Carecían de la más mínima pista. Conocían la leyenda del tesoro cátaro, o habían leído alguno de los numerosos libros sobre Saunière y su misteriosa riqueza. Pero la mayoría no sabía qué era. Algunos creían que era el Santo Grial o el Arca de la Alianza, mientras que otros estaban seguros de que era el tesoro saqueado en el templo de Jerusalén, o un montón de oro visigodo enterrado en una tumba escondida.

»Pronuncie la palabra "tesoro", y los seres humanos racionales se transforman al instante en salvajes. Durante siglos, ha venido gente aquí

procedente de todas partes del mundo para descubrir los misterios del Languedoc. Créanme, lo he visto muchas veces. Los cazadores de tesoros utilizaron dinamita para perforar esas cuevas. Sin mi permiso, debería añadir. 114

Kathleen McGowan La esperada Sinclair señaló más cavernas en la ladera de la montaña, y después prosiguió su explicación.

—Proteger la naturaleza del tesoro se convirtió en algo tan importante como el propio tesoro para los cátaros, por eso tan poca gente conoce en la actualidad la existencia de esos evangelios. Fíjense en la destrucción causada en estas montañas, basada tan sólo en especulaciones. Imagínense qué sería de nuestra tierra si la gente descubriera la naturaleza sagrada e inestimable del verdadero tesoro.

Sinclair los entretuvo con más relatos sobre las leyendas locales, así como con más historias sórdidas de buscadores carentes de escrúpulos que habían hecho estragos en los recursos naturales de la región. Les contó que los nazis habían enviado equipos durante la guerra, en un esfuerzo por descubrir objetos ocultos que creían enterrados en la zona. Por lo que se sabía, las tropas de Hitler no tuvieron éxito en su búsqueda, y al final se marcharon con las manos vacías y perdieron la guerra poco tiempo después.

Peter guardaba silencio para poder asimilar la cantidad de información que estaba recibiendo. Más tarde, clasificaría los detalles y decidiría cuánto había de cierto y cuánto de romanticismo propio del Languedoc. Era fácil dejarse atrapar por las leyendas del Grial y sobre manuscritos santos desaparecidos en un lugar tan misterioso y místico como ése. Peter sintió que su pulso se aceleraba al pensar en la existencia de tales escritos.

Maureen caminaba junto a Sinclair y escuchaba con reverencia. Peter no estaba seguro de si era Maureen la periodista o Maureen la soltera quien absorbía cada palabra de Sinclair, pero le prestaba toda su atención, concentrada por completo en el carismático escocés.

Cuando doblaron un recodo situado en lo alto de una pequeña colina, vieron una torre de piedra parecida a un torreón de castillo, y que daba la impresión de brotar de la ladera. Tendría una altitud de varios pisos, singular e incongruente en el paisaje rocoso.

—¡Se parece a la torre de Saunière! —exclamó Maureen.

—La llamamos el Capricho de Sinclair. Fue construida por mi bisabuelo. Y

sí, imitó la de Saunière. Nuestra vista no es tan espectacular como la de Rennesle-Château porque la altitud es menor, pero de todos modos es encantadora.

¿Les apetece verla?

Maureen miró al preocupado Peter, para ver si quería explorar la torre. Su primo meneó la cabeza.

—Yo me quedó aquí. Sube tú, si quieres.

Sinclair extrajo una llave de su bolsillo y abrió la puerta de la torre. Entró el primero y guió a Maureen por una empinada escalera de caracol. Abrió una puerta que daba al tejado y le indicó con un ademán que pasara delante. 115

Kathleen McGowan La esperada La vista del país cátaro y los ruinosos y antiguos castillos que se alzaban en la lejanía era magnífica. Maureen saboreó la panorámica un momento.

—¿Por qué la construyó? —preguntó a Sinclair.

—Por la misma razón que Saunière construyó la suya. La vista excepcional. Creían que se podían distinguir muchos secretos desde aquí arriba. Maureen se apoyó en el baluarte y emitió un gemido de frustración.

—¿Por qué todo son acertijos? Me prometió respuestas, pero hasta el momento sólo me ha planteado más interrogantes.

—¿Por qué no pregunta a las voces de su cabeza? O mejor aún, a la mujer de sus visiones. Es quien la ha traído aquí.

Maureen se quedó estupefacta.

—¿Cómo lo sabe?

La sonrisa era de complicidad, pero no engreída.

—Usted lleva sangre Paschal en las venas. Cabía esperarlo. ¿Conoce los orígenes de su apellido paterno?

—¿Paschal? Mi padre nació en Luisiana de ascendencia francesa, como toda la gente del Bayou.

—¿Cajún? Maureen asintió.

—Por lo que tengo entendido. Murió cuando yo era pequeña. No me acuerdo mucho de él.

—¿Sabe de dónde procede la palabra cajún? De arcadiano. Los franceses que se establecieron en Luisiana fueron llamados arcadianos, término que en el dialecto local se convirtió en acadiano y finalmente en cajún. Dígame, ¿ha consultado alguna vez la palabra paschal en un diccionario de la lengua inglesa?

Maureen le estaba mirando con curiosidad, pero cada vez con más cautela.

—No, no puedo decir que lo haya hecho.

—Me sorprende que alguien tan entregado a la investigación sepa tan poco sobre el apellido de su familia.

Maureen desvió la vista cuando habló de su pasado.

—Al morir mi padre, mi madre me llevó a vivir con su familia de Irlanda. Después no volvió a ponerse en contacto con la familia de mi padre.

—De todos modos, uno de sus padres debió de tener una premonición de su destino.

—¿Por qué dice eso?

—Su nombre, Maureen. ¿Sabe qué significa?

El viento cálido sopló de nuevo y alborotó el pelo rojo de Maureen.

—Por supuesto. En irlandés es «pequeña María». Peter siempre me llama así.

Sinclair se encogió de hombros, como si hubiera dejado claro lo que quería decir, y desvió la vista hacia el Languedoc. Maureen siguió su mirada hacia una serie de enormes rocas esparcidas por la llanura cubierta de hierba. A lo lejos se produjo un destello. Maureen forzó la vista, como si hubiera distinguido algo en el campo.

116

Kathleen McGowan La esperada De pronto, Sinclair pareció muy interesado por saber qué había visto Maureen.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Maureen negó con la cabeza—. Sólo... un destello del sol en mis ojos.

Sinclair no estaba muy convencido.

—¿Está segura?

Ella vaciló un largo momento, mientras contemplaba el campo de nuevo. Asintió, y después formuló la pregunta que la atormentaba.

—Tanto hablar sobre mi apellido familiar, pero ¿cuándo me enseñará la carta de mi padre?

—Creo que, cuando acabe la noche, sabrá más de lo que piensa.

Maureen regresó a su lujosa habitación del castillo para bañarse y vestirse para la cena. Cuando salió del cuarto de baño, reparó en algo que no había visto antes. Sobre su cama había un libro grande de tapa dura (un diccionario de inglés), abierto por la «P».

La palabra paschal estaba rodeada por un círculo rojo. Maureen leyó la definición.

—«Paschal: cualquier representación simbólica de Cristo. El Cordero Pascual es el símbolo de Cristo y de la Pascua.»

117

Kathleen McGowan La esperada

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... Muchos me han hablado de ese hombre que se llamaba Pablo. Provocó un gran alboroto entre los elegidos, y algunos recorrieron la gran distancia desde Roma, y también desde Éfeso, para consultarme sobre ese hombre y sus palabras. No soy yo quién para juzgar, ni tampoco puedo decir qué anidaba en su alma, pues no le conocía en persona y no le había mirado a los ojos. Pero puedo decir con certeza que este tal Pablo jamás conoció a Easa, y que me sentí muy afligida cuando me enteré

de que hablaba en su nombre y de sus enseñanzas sobre la luz y la bondad, que constituyen el Camino.

Yo consideraba peligrosas muchas cosas de ese hombre. En el pasado estuvo conchabado con los partidarios más fanáticos de Juan, todos ellos hombres que despreciaban a Easa sobremanera. Se oponían a las enseñanzas del Camino que Él nos había legado. Me han dicho que en otro tiempo era conocido como Saulo de Tarso, y que perseguía a los elegidos. Estuvo presente cuando un joven seguidor de Easa, un hermoso joven llamado Esteban, con un corazón henchido de amor, fue lapidado. Algunos dicen que este tal Saulo alentó la lapidación de Esteban. Fue el primer hombre que murió

después de Easa por su fe en el Camino. Pero no sería el último, ni mucho menos. Por culpa de hombres como Saulo de Tarso.

Había que tener mucho cuidado.

EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA

EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS

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118

Kathleen McGowan La esperada 9

Château des Pommes Bleues

23 de junio de 2005

EL COMEDOR QUE SINCLAIR había elegido para aquella noche era el de las ocasiones íntimas, menos formal que el cavernoso salón principal del castillo. La sala estaba adornada con excelentes réplicas de los más famosos cuadros de Botticelli. Ambas versiones de las obras maestras conocidas como las Lamentaciones cubrían casi toda una pared, mostrando a Jesús crucificado en la posición de la Pietà sobre el regazo de su madre. En la primera versión, una llorosa María Magdalena acuna su cabeza. En la segunda, sujeta sus pies. Tres pinturas de la Madonna del maestro del Renacimiento, Madonna de la granada, Madonna del libro y la Madonna del Magnificat, colgaban enmarcadas en costosos marcos dorados en las otras dos paredes.

Maureen y Peter sólo desviaron su atención de las obras de arte cuando vieron que un banquete tradicional del Languedoc les aguardaba. Soperas burbujeantes de cassoulet, el sabroso guiso de judías blancas con compota de pato y salchichas, llegaron a la mesa transportadas por criadas, mientras dejaban cestas con pan crujiente sobre la mesa. Botellas de vino tinto de Courbières esperaban a ser descorchadas.

—Bienvenidos a la sala de Botticelli —anunció Sinclair cuando entró—. Tengo entendido que, en fechas recientes, se les ha despertado cierta simpatía por nuestro Sandro.

Maureen y Peter le miraron.

—¿Nos ha hecho seguir? —preguntó Peter.

—Por supuesto —replicó Sinclair, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Y estoy contento de haberlo hecho, porque me impresionó

sobremanera que acabaran en los frescos de la boda. Nuestro Sandro estaba dedicado en cuerpo y alma a María Magdalena, lo cual resulta evidente en sus obras más famosas. Como ésta.

Sinclair señaló una réplica de El nacimiento de Venus, el cuadro ahora mítico que plasma a la diosa desnuda surgiendo de una venera sobre las olas.

—Representa la llegada de María Magdalena a las costas de Francia. Toma la apariencia de la diosa del amor, frecuente en la pintura del Renacimiento, y tiene una marcada relación con el planeta Venus.

—He visto ese cuadro cien veces, como mínimo —comentó Maureen—. No tenía ni idea de que era María Magdalena.

119

Kathleen McGowan La esperada

—Casi nadie lo sabe. Nuestro Sandro era un miembro fundamental de una organización de la Toscana dedicada a preservar su nombre y Su recuerdo, la Fraternidad de María Magdalena. ¿Comprendió el significado de los frescos que vio en el Louvre?

Maureen vaciló.

—No estoy segura.

—Inténtelo.

—Primero pensé en astrología, o al menos en astronomía. El escorpión representaba la constelación de Escorpio, y el arco representaba a Sagitario.

—Bravo. Creo que está en lo cierto. ¿Ha oído hablar del Zodíaco del Languedoc?

—No, pero sí del Zodíaco de Glastonbury, en Inglaterra. ¿Se parecen?

—Sí. Si superpone un plano de las constelaciones sobre esta región, descubrirá que diferentes ciudades corresponden a ciertas constelaciones. Lo mismo puede decirse de Glastonbury.

—Lo siento —dijo Peter, confuso—, pero no le sigo.

Maureen le informó.

—Era algo habitual para los antiguos, empezando por los egipcios. Los lugares sagrados de la tierra se han construido de manera que reproduzcan el cielo. Por ejemplo, las pirámides de Gizeh reproducen la constelación de Orión. Ciudades enteras se planificaron de forma que reprodujeran configuraciones estelares. Cumplían la filosofía alquímica de «Lo que está arriba es igual que lo que está abajo».

—El fresco de la boda es un plano —explicó Sinclair—. Sandro nos estaba indicando adónde debíamos mirar.

—Espere un momento. ¿Está diciendo que uno de los pintores más grandes de la historia participaba en esta teoría conspiratoria de María Magdalena?

—De hecho, padre Healy, estoy diciendo que muchos de los grandes pintores de la historia participaban en ello. Hemos de dar gracias a María Magdalena por muchas cosas, incluyendo un legado de tesoros artísticos de grandes maestros.

—¿Como Leonardo da Vinci? —preguntó Maureen.

El rostro de Sinclair se ensombreció tan repentinamente que Maureen se quedó sorprendida.

—¡No! Leonardo no está incluido en esa lista por buenos motivos.

—Pero pintó a María Magdalena en su fresco de la Ultima Cena. Y se especula con que era el cabecilla de una sociedad secreta que la reverenciaba a ella y a la feminidad divina.

Leonardo era el único artista con el que Maureen se había topado una y otra vez durante su investigación sobre María Magdalena. Se sentía sorprendida y confusa por el aparente desagrado que mostraba Sinclair por el tema.

120

Kathleen McGowan La esperada Sinclair tomó un sorbo de vino y dejó la copa sobre la mesa con mucha lentitud.

—Querida mía, no arruinaremos esta velada hablando de ese hombre o de su obra. No encontrará referencias a Leonardo da Vinci en mi casa, ni en ninguna casa de esta región. De momento, esa explicación bastará. —Sonrió

para animar un poco la atmósfera—. Además, tenemos muchos grandes artistas donde elegir, como nuestro Sandro, Poussin, Ribera, El Greco, Moreau, Cocteau, Dalí...

—Pero ¿por qué? —preguntó Peter—. ¿Por qué todos estos artistas tienen que ver con lo que es, en esencia, una herejía?

—Herejía según se mire. Pero para contestar a su pregunta, estos grandes artistas pintaban para clientes acaudalados que los apoyaban, y la mayoría de estos nobles clientes estaban relacionados con el sagrado linaje y eran descendientes de María Magdalena. Piense en esos frescos de Botticelli, por ejemplo. El novio, Lorenzo Tornabuoni, era de una rama de ese linaje. Su novia, Giovanna Albizzi, era de una estirpe noble todavía más elevada. Observará en el fresco que lleva una capa roja que simboliza su relación con el linaje de María Magdalena. Fue una boda muy importante, porque unió a dos dinastías muy poderosas.

Maureen y Peter guardaban silencio, a la espera de obtener más detalles de Sinclair.

—Incluso hay quien cree que todos estos artistas eran también de dicho linaje, y que su gran talento procedía de genes divinos. Esto es muy posible, probable en el caso de Sandro. Además, estamos seguros de que eso es cierto en el caso de varios maestros franceses, como Gorges de la Tour, que pintaron a su musa y antepasada una y otra vez.

Maureen se entusiasmó cuando reconoció esta referencia.

—Vi un cuadro de De la Tour en el curso de mi investigación. La Magdalena Penitente, en Los Ángeles.

El uso de la luz y la sombra en la hermosa pintura la había conmovido. María Magdalena, con la mano posada sobre la calavera de la penitencia, contempla la luz parpadeante de una vela que se refleja en un espejo.

—Vio una de las Magdalenas Penitentes —aclaró Sinclair—. Pintó muchas con sutiles variaciones. Varias se han perdido. Una fue robada de un museo en tiempos de mi abuelo.

—¿Cómo sabe que Georges de la Tour estaba relacionado con el linaje?

—Su nombre es la primera pista. De la Tour significa «de la torre». Es un juego de palabras, en realidad. El nombre Magdalena proviene de migdal, que significa «torre». Literalmente, es «María del lugar de la torre». Como ya sabe, algunos afirman que Magdalena es un título, significando que María era la torre, o la líder de su tribu.

»Cuando los cátaros fueron perseguidos, los supervivientes se vieron obligados a cambiar de nombre para proteger su identidad, pues los nombres 121

Kathleen McGowan La esperada cátaros se reconocían enseguida. Ocultaron su herencia a plena vista, utilizando apellidos como De la Tour» o... —hizo una pausa para crear un efecto dramático— De Paschal.

El asombro de Maureen fue mayúsculo.

—¿De Paschal?

—Por supuesto. El apellido De Paschal se utilizó para ocultar a una de las familias cátaras más nobles. Se ocultaron a plena vista. Se hicieron llamar De Paschal en francés y Di Pasquale en italiano. Hijos del Cordero Pascual.

»Además —continuó Sinclair—, sé que Georges de la Tour era del linaje, porque era el Gran Maestre de una organización dedicada a conservar las tradiciones del cristianismo puro, tal como lo trajo a Europa María Magdalena. Esta vez fue Peter quien preguntó.

—¿Qué organización era ésa?

Sinclair indicó con un ademán que pasearan la vista a su alrededor.

—La Sociedad de las Manzanas Azules. Están cenando en la sede oficial de una organización que ha existido en esta tierra desde hace más de mil años.

Sinclair se había negado a continuar hablando de la sociedad, y se apartó del tema con la habilidad de un manipulador nato. Pasaron el resto de la cena comentando su visita a Rennes-le-Château y averiguando más datos sobre el enigmático cura Bérenger Saunière. Sinclair estaba muy orgulloso de su patronímico.

—El cura bautizó a mi abuelo en esa iglesia —explicó—. No me extraña que Alistair se dedicara en cuerpo y alma a esta tierra.

—Es evidente que le contagió esa dedicación a usted —observó Maureen.

—Sí. Cuando me dio el nombre de Bérenger Saunière, mi abuelo me bendijo de una manera muy especial. Mi padre se opuso, pero Alistair era un hombre de una voluntad de hierro, y nadie se le oponía mucho tiempo, y mucho menos mi padre.

Sinclair no quiso dar más explicaciones, y Maureen y Peter no insistieron en un tema que, sin duda, era muy personal y sensible.

Una vez terminada la cena, Sinclair salió del comedor, seguido de Maureen y Peter.

—Vengan, quiero volver al tema de Sandro y a su maravilloso descubrimiento del Louvre. Por aquí.

Les condujo hasta una enorme sala, incongruentemente moderna, que albergaba un equipo de cine casero de alta tecnología y varios ordenadores. Roland los esperaba junto a un monitor, y los saludó con un bonsoir cuando entraron. El criado pulsó varias teclas en un teclado, y después se inclinó para apretar el botón de una consola. Una pantalla descendió en la pared del fondo. Apareció en ella un plano de la zona, y Sinclair señaló varios puntos de interés.

122

Kathleen McGowan La esperada

—Observarán pueblos conocidos: Rennes-le-Château está allí, y aquí

estamos nosotros, en Arques. La tumba de Poussin que vieron ayer se encuentra aquí.

—¿Se halla en su propiedad? —preguntó Maureen.

Sinclair asintió.

—Estamos seguros de que uno de los tesoros más preciados de la historia de la humanidad está localizado en estas tierras.

Indicó a Roland con un gesto que dejara descender un mapa cuadriculado de constelaciones sobre el plano de la zona. Las constelaciones llevaban su nombre, y Escorpio estaba situado justo encima de la población de Rennes-leChâteau. Arques se encontraba entre Escorpio y Sagitario.

—Sandro nos dibujó un plano. Ése fue su verdadero regalo de bodas a la noble pareja. De hecho, lo que creó era tan peligrosamente preciso que tuvo que ser destruido de inmediato. Los frescos estaban en unas paredes de la casa de los Tornabuoni, de modo que no pudieron derribarlos. Se limitaron a encalar las pinturas. Permanecieron ocultos hasta finales del siglo dieciocho, cuando fueron descubiertos por accidente.

Entonces Maureen comprendió.

—Por eso vive usted aquí. En Arques. ¿Cree que el Evangelio de María Magdalena está enterrado aquí?

—Estoy seguro. Ya ve que Sandro Botticelli también lo sabía. Mire el fresco de nuevo. Roland, por favor.

Roland pulsó teclas y apareció el fresco del Louvre. Sinclair señaló los elementos.

—Mire, la mujer del escorpión está aquí. Si nos movemos a la derecha, hay una mujer a su lado que no sostiene ningún símbolo. Sentada sobre ellas en un trono está la mujer del arco. Pero fíjese bien: esta mujer va vestida de rojo, las prendas de María Magdalena, y hace la señal de la bendición sobre la cabeza de la mujer que se encuentra entre ella y la mujer del escorpión. Es la «X» que indica el punto en el plano, entre Escorpio y Sagitario.

»Sandro conocía el emplazamiento del tesoro, y Poussin también. Tuvieron la amabilidad de dejarnos unas pistas para poder hallarlo. Para Peter, todo aquel galimatías carecía de sentido.

—Pero ¿por qué esos artistas hicieron planos, que luego se exhibieron en público, con el fin de revelar el emplazamiento de un tesoro tan preciado?

—Porque hay que ganarse este tesoro. No puede ser descubierto por cualquiera. Es posible que estemos pisando cada día de nuestras vidas el mismísimo lugar donde María Magdalena enterró su tesoro, pero no lo veremos a menos que ella decida enseñárnoslo. Fue oculto mediante un procedimiento alquímico, una cerradura que sólo puede abrir la pertinente... energía, podríamos decir. La leyenda dice que el tesoro se revelará en su debido momento, cuando alguien elegido por María Magdalena venga a reclamarlo. 123

Kathleen McGowan La esperada Tanto Sandro como Poussin confiaban en que fuera descubierto durante su vida, y trataron de colaborar en el proceso.

»En el caso de Botticelli, se cree que Giovanna Albizzi poseía la capacidad de encontrar el tesoro. Por lo que se dice de ella, era una mujer virtuosa y espiritual, así como inteligente y culta. En el retrato que le hizo Ghirlandaio, incluyó un epigrama que rezaba: «¡Ojalá pudiera el arte reproducir el carácter y el espíritu! En toda la tierra no se encontraría un cuadro más hermoso».

»Por desgracia, no pudo ser. La pobre y encantadora Giovanna murió al dar a luz, justo dos años después de los esponsales.

Maureen estaba absorbiendo toda la información, intentando combinar la historia italiana con lo que había visto antes en Rennes-le-Château. Se le ocurrió

una idea.

—¿Cree que Saunière pudo encontrar el Evangelio de María Magdalena?

¿Por eso se hizo tan rico?

—No. De ninguna manera. —Sinclair fue contundente en este punto—. Saunière lo buscaba, de todos modos. La gente de los alrededores dice que cada día iba a caminar kilómetros por la zona, examinando rocas, cavernas, en busca de pistas.

—¿Cómo está tan seguro de que no lo encontró? —preguntó Peter.

—Porque si lo hubiera encontrado, mi familia se habría enterado. Además, sólo puede encontrarlo una mujer, una mujer del linaje que haya sido elegida por la propia Magdalena.

Peter ya no pudo ocultar sus sospechas.

—Y usted cree que Maureen es la elegida.

Sinclair calló un momento para reflexionar, y después contestó con su habitual sinceridad.

—Admiro su franqueza, padre. Y para responder de la misma forma... Sí, creo que Maureen es la elegida. Nadie lo ha logrado, y miles lo han intentado. Sabemos que el tesoro está aquí, pero hasta los más intrépidos han fracasado en sus intentos de descubrirlo. Yo incluido.

Cuando se volvió hacia Maureen, su expresión y tono se suavizaron.

—Querida mía, espero que no se haya asustado. Sé que todo debe parecerle extraño, incluso espeluznante. Sólo le pido que me escuche. Nunca se le pedirá

que haga nada en contra de su voluntad. Su presencia aquí es voluntaria por completo, y espero que elija quedarse.

Maureen asintió, pero no dijo nada. No sabía qué decir, cómo reaccionar ante aquella revelación. Ni siquiera estaba segura de qué sentía al respecto. ¿Era un honor? ¿Un privilegio? ¿O se trataba de algo aterrador? Quizá no era más que un peón en manos de un excéntrico y su secta. Parecía imposible que todo esto fuera, no sólo cierto, sino que estuviera relacionado con ella. Pero había algo en el comportamiento de Sinclair que se le antojaba sincero. Pese a sus opiniones radicales y excentricidades, Maureen no le consideraba un loco.

—Continúe—respondió por fin.

124

Kathleen McGowan La esperada Peter pidió más detalles.

—¿Por qué cree que Maureen es la elegida?

Sinclair cabeceó en dirección a Roland.

—Primavera, por favor.

Roland pulsó más teclas, hasta que apareció en la pantalla la obra maestra de Botticelli, la Primavera, en todos sus gloriosos colores.

—Más de Sandro, nuestro muchacho. Lo conoce, por supuesto.

—Sí.

La respuesta de Maureen fue apenas audible. No estaba segura de lo que estaba pasando, pero sentía un nudo en el estómago.

—Por supuesto —contestó Peter—. Uno de los cuadros más famosos del mundo.

—La alegoría de la primavera. Poca gente conoce la verdad que se oculta tras esta pintura, pero Sandro, una vez más, rinde tributo a Nuestra Señora. La figura central es María Magdalena embarazada. Observe la capa roja. ¿Sabe por qué nuestra María representa a la primavera?

Peter estaba intentando seguir los razonamientos de Sinclair.

—¿Por la Pascua?

—Porque la primera Pascua cayó en el equinoccio de primavera. Cristo fue crucificado el veinte de marzo, y resucitó el veintidós de marzo. Una leyenda esotérica de la región indica que Magdalena nació también el veintidós de marzo. El primer rango del primer signo del Zodíaco, Aries, el carnero. Es la fecha de nuevos inicios y de la resurrección, y cuenta con la bendición adicional del número maestro espiritual veintidós, el número de la feminidad divina. Veintidós de marzo. ¿Significa eso algo para usted, Maureen, querida mía?

Peter ya había deducido la relación y se volvió para ver cómo reaccionaba Maureen ante esta revelación. Se quedó sin habla durante un largo momento. Cuando contestó, lo hizo en un susurro, con voz ronca.

—Es el día de mi cumpleaños.

Sinclair se volvió hacia Peter.

—Nacida el día de la resurrección, nacida del linaje de la Pastora. Nacida bajo el signo del carnero el primer día de la primavera y la resurrección. Pronunció la sentencia definitiva.

—Querida mía, usted es el Cordero Pascual.

Maureen se había excusado al instante y había salido de la sala, pues necesitaba tiempo para pensar y asimilar toda la información y las deducciones de Sinclair. Se acostó en la cama y cerró los ojos.

La llamada a la puerta era inevitable, pero llegó antes de lo que esperaba. Por suerte, oyó la voz de Peter al otro lado de la puerta.

—Soy yo. ¿Puedo entrar?

Maureen se levantó de la cama y atravesó la habitación para abrir la puerta. 125

Kathleen McGowan La esperada

—¿Cómo estás?

—Agobiada. Entra.

Le indicó con un ademán que se sentara en una de las butacas de cuero rojo que flanqueaban la chimenea. Peter negó con la cabeza. Estaba demasiado tenso para sentarse.

—Escucha, Maureen. Quiero que te vayas de aquí antes de que la situación se haga más extraña.

Ella suspiró y se sentó.

—Pero si estoy empezando a obtener las respuestas que había venido a buscar. Que vinimos a buscar.

—No puedo decir que me interesen mucho las respuestas de Sinclair. Creo que corres un gran peligro.

—¿Por Sinclair?

—Sí.

Maureen le dirigió una mirada de exasperación.

—Oh, por favor. ¿Cómo quieres que me haga daño, si me considera la respuesta a su búsqueda de toda la vida?

—Porque su búsqueda es una fantasía, envuelta en siglos de supersticiones y leyendas. Esto es muy peligroso, Maureen. Estamos hablando de sectas religiosas. Fanáticos. Lo que me preocupa es qué te hará cuando se dé cuenta de que no eres su salvadora.

Maureen guardó silencio un momento. Formuló su siguiente pregunta con sorprendente calma.

—¿Cómo sabes que no lo soy?

Peter se quedó anonadado por la pregunta.

—¿Te has creído todo ese cuento?

—¿Puedes explicar todas las coincidencias, Pete? ¿Las voces, las visiones?

Porque, aparte de las explicaciones de Sinclair, yo no puedo. El tono de Peter fue firme, como si estuviera hablando con un niño.

—Nos iremos por la mañana. Encontraremos un vuelo a París desde Toulouse. Incluso podemos volar de Carcasona a Londres...

Maureen se mostró inflexible.

—Yo no me voy, Pete. No iré a ninguna parte hasta que encuentre las respuestas que he venido a buscar.

Peter estaba perdiendo los estribos.

—Maureen, juré a tu madre antes de morir que siempre cuidaría de ti, que no permitiría que te pasara lo mismo que a tu padre...

Peter calló, pero no antes de infligir el daño.

Ella experimentó la sensación de haber recibido una bofetada. Su primo dio marcha atrás enseguida.

—Lo siento, Maureen. Yo...

Ella le interrumpió.

126

Kathleen McGowan La esperada

—Mi padre. Gracias por recordarme otro motivo por el que debo seguir aquí. Para descubrir lo que sabe Sinclair acerca de mi padre. Me pasé casi toda la vida intrigada por él, porque mi madre sólo me decía que era un loco suicida. Supongo que a ti también te dijo lo mismo. Pero gracias a mis recuerdos de él, aunque son muy borrosos, sé que no es verdad. Si alguien puede ofrecerme una imagen más completa de él, haré lo que sea con tal de obtenerla. Se lo debo. Y a mí también.

Peter empezó a decir algo, pero desistió. Se dispuso a salir de la habitación, atormentado. Maureen le miró un momento, se ablandó y le llamó.

—Intenta ser paciente conmigo, por favor. He de entender esto. ¿Cómo sabremos que las visiones significan algo si no seguimos hasta el final? ¿Y si fuera verdad tan sólo una ínfima parte de lo que Sinclair ha dicho esta noche?

Tengo que saber la respuesta, Pete. Si me voy ahora, me arrepentiré hasta el día de mi muerte, y no quiero vivir así. He estado huyendo toda mi vida, huyendo de todo. De niña, huí de Luisiana, tan lejos y tan deprisa que ni siquiera me acuerdo. Después de la muerte de mi madre, huí de Irlanda y regresé a Estados Unidos, huí a una ciudad en la que no había recuerdos, a un lugar en que todo el mundo se convierte en alguien diferente de como era al nacer. Los Ángeles es una ciudad donde todo el mundo es como yo, todo el mundo huye de lo que era antes. Pero yo ya no quiero ser así. Cruzó la habitación y se plantó ante él.

—Ahora, por primera vez en mi vida, tengo la sensación de que huyo hacia algo. Sí, es aterrador, pero sé que no puedo detenerme. Y no me gustaría afrontar esto sin ti, pero puedo hacerlo y lo haré si prefieres marcharte por la mañana.

Peter escuchó con atención durante todo su arrebato. Cuando terminó, asintió y dio media vuelta para marcharse. Se detuvo con la mano en la puerta un momento y se volvió hacia ella.

—No me iré, pero procura que no me arrepienta el resto de mis días. O de los tuyos.

Peter volvió a su dormitorio y pasó rezando toda la noche. Se descubrió

meditando largo y tendido sobre las enseñanzas de Ignacio de Loyola, el fundador de la orden de los jesuitas. Un párrafo en particular, escrito por el santo en 1556, le obsesionaba:

Así como el demonio demuestra una gran habilidad para arrastrar a los hombres a la perdición, igual aptitud sería necesaria para salvarlos. El demonio estudió la naturaleza de cada hombre, estudió las características de su alma, se adaptó a ellos y se insinuó poco a poco en la confianza de su víctima, sugiriendo esplendores a los ambiciosos, ganancias a los codiciosos, placer a los lujuriosos y una falsa apariencia de piedad a los piadosos. Un conquistador de almas debería actuar del mismo modo cauteloso y hábil. 127

Kathleen McGowan La esperada

El sueño le esquivaba, mientras las palabras del fundador de su orden recorrían su corazón tanto como su mente.

Roma

23 de junio de 2005

EL OBISPO MAGNUS O'CONNOR se secó una gota de sudor de la frente. La cámara del Consejo del Vaticano tenía aire acondicionado, pero eso no le ayudaba en aquel momento. Estaba sentado en el centro de una gran mesa ovalada, rodeado de autoridades de la Iglesia. Las carpetas rojas que había entregado el día anterior estaban en las manos del vehemente y aterrador cardenal DeCaro, que hacía las veces de interrogador.

—¿Cómo sabe que estas fotografías son auténticas?

El cardenal dejó las carpetas sobre la mesa, pero no las abrió para revelar su contenido a los demás.

—Estaba presente cuando fueron tomadas. —Magnus se estaba esforzando por dominar el tartamudeo que le aquejaba en momentos de tensión—. El sacerdote de la parroquia del sujeto me habló de él.

El cardenal DeCaro extrajo una serie de fotografías de 20 x 25 centímetros de la carpeta. Eran en blanco y negro, y habían amarilleado con el tiempo, pero eso no disminuyó el impacto de las imágenes cuando pasaron alrededor de la mesa.

La primera en circular, etiquetada Prueba I, era una fotografía horripilante de los brazos de un hombre. Colocados uno al lado del otro, con las palmas hacia arriba, exhibían heridas sanguinolentas en las muñecas. La Prueba II mostraba los pies del hombre, ambos con idénticas heridas sangrantes.

En la tercera foto, Prueba III, se veía a un hombre sin camisa. Un corte mellado y sanguinolento corría bajo la caja torácica, en el costado derecho. El cardenal esperó a que las impresionantes fotografías acabaran de circular, para luego devolverlas a las carpetas y dirigirse a los miembros del Consejo. La expresión de los rostros congregados alrededor de la mesa era muy seria, y comprendió que todos sospechaban lo mismo.

—Estamos viendo estigmas auténticos. Aparecen los cinco puntos, incluso los de las muñecas.

Château des Pommes Bleues

24 de junio de 2005

128

Kathleen McGowan La esperada SINCLAIR NO SE DEJÓ VER a la mañana siguiente. Roland recibió a Peter y Maureen, y los acompañó al comedor donde se servía el desayuno. Peter no estaba seguro de si las extraordinarias atenciones que estaban recibiendo eran una muestra de impecable hospitalidad o algo más cercano al arresto domiciliario. Estaba claro que Sinclair no quería que Maureen y él deambularan por su cuenta.

—Monsieur Sinclair me ha asegurado que tendrán a su disposición excelentes disfraces para el baile de esta noche. Está ocupado con los preparativos finales de la fête, pero ha puesto al chófer a su disposición por si quieren dar una vuelta por la zona. Pensó que tal vez les gustaría ver los castillos cátaros de la región. Para mí sería un honor servirles de guía. Aceptaron la oferta, y el gigantesco Roland les enseñó la zona, un recorrido que aderezó con excelentes comentarios. Los condujo a las ruinas de las poderosas fortalezas cátaras, explicó que, en tiempos pretéritos, los ricos condes de Toulouse habían rivalizado en poder y privilegios con los reyes de Francia. Todos los nobles de Toulouse eran de ascendencia cátara, o al menos simpatizaban con sus ideales. Era uno de los motivos de las crueles cruzadas contra los Puros, bien recibidas por el rey francés. De tal manera, pudo confiscar lo que había pertenecido a Toulouse, amplió sus posesiones francesas y aumentó sus ingresos, al tiempo que disminuía la influencia de sus rivales. Roland hablaba con orgullo de su país natal y de su dialecto nativo, llamado oc, que daba nombre a la región. La lengua de oc llegó a ser conocida como el Languedoc en Francia. Cuando Peter llamó francés a Roland en un momento de la conversación, el criado afirmó al instante que él no era francés. Era occitano.

Roland narró con todo lujo de detalles las atrocidades que habían asolado su tierra y a su pueblo durante el siglo XIII. Habló con apasionamiento.

—Muchos extranjeros ni siquiera están enterados de la existencia de los cátaros, y si han oído hablar de ellos, creen que se trataba de una secta pequeña carente de importancia atrincherada en estas montañas. La gente no se da cuenta de que los cátaros eran la raza y la cultura dominantes de una zona de Europa extensa y próspera. Lo que sucedió aquí sólo puede ser calificado de genocidio. Cerca de un millón de personas fueron asesinadas por las fuerzas papales.

Miró a Peter con cierta compasión.

—No siento rencor contra los sacerdotes actuales por los pecados de la Iglesia medieval, padre Healy. Usted es sacerdote porque Dios le ha llamado, cualquiera puede darse cuenta de ello.

Roland les guió en silencio a continuación, mientras Maureen y Peter contemplaban maravillados los enormes castillos construidos sobre mellados picos montañosos, casi mil años antes. Estas fortalezas eran prácticamente inexpugnables debido a su emplazamiento montañoso, pero también incomprensibles desde el punto de vista arquitectónico. Estaban intrigados por 129

Kathleen McGowan La esperada los recursos que debía poseer una cultura capaz de construir fortificaciones tan enormes, en un paisaje despiadado e inhóspito, sin las ventajas de la tecnología moderna.

Después de comer en el pueblo de Limoux, Maureen se sintió lo bastante a gusto en la compañía de Roland para interrogarle acerca de su relación con Sinclair. Se encontraban en un café que dominaba el río Aude, que daba nombre a toda la región. El enorme criado había resultado ser una persona simpática y afable, incluso dotada de sentido del humor, traicionando así su apariencia intimidante.

—Me crié en el Château des Pommes Bleues, mademoiselle —explicité—. Mi madre murió cuando yo era un bebé. Mi padre trabajaba al servicio de monsieur Alistair y de monsieur Bérenger, y vivíamos en la propiedad. Cuando mi padre murió, insistí en ocupar su puesto en el castillo. Era mi hogar, y los Sinclair son mi familia.

La imponente estatura de Roland parecía disminuir cuando hablaba de la pérdida de sus padres y su lealtad a la familia Sinclair.

—Debió de ser muy duro para usted perder a sus padres —dijo Maureen. Roland se puso muy rígido.

—Sí, mademoiselle Paschal. Como ya he dicho, mi madre murió cuando yo era un bebé, de una enfermedad incurable. He aceptado que eso era la voluntad de Dios. Pero la muerte de mi padre es otro asunto... Mi padre fue asesinado de una manera absurda, hace pocos años.

Maureen lanzó una exclamación ahogada.

—Dios mío. Lo siento muchísimo, Roland.

No quería forzarle a revelar más detalles. No obstante, Peter sintió que su necesidad de saber era superior a su inclinación normal hacia la discreción, de modo que formuló la pregunta.

—¿Qué ocurrió?

Roland se levantó de la mesa para indicar el final de la comida y de la conversación.

—Existen amargas rivalidades en nuestra tierra, padre Healy. Se remontan a mucho tiempo atrás, y nadie sabe el motivo. Este lugar... Lo baña la luz más hermosa. Pero esa luz atrae en ocasiones a la oscuridad más terrible. Combatimos la oscuridad como mejor podemos, pero al igual que nuestros antepasados, no siempre vencemos.

»No obstante, una cosa es cierta. Aquí no ha triunfado ningún intento de genocidio. Todavía somos cátaros, siempre hemos sido cátaros, y siempre lo seremos. Puede que practiquemos nuestra fe con discreción y en privado, pero es algo tan importante en nuestras vidas como siempre lo ha sido. No deje que los libros de historia o divulgación le convenzan de lo contrario.

130

Kathleen McGowan La esperada Cuando Maureen regresó al castillo aquella tarde, una de las camareras la estaba esperando en su dormitorio.

—La peluquera no tardará en venir, mademoiselle. Su disfraz ya ha llegado. Si puedo hacer algo por usted...

—Non, merci.

Maureen dio las gracias a la camarera y cerró la puerta. Quería descansar antes de la fiesta. Había sido un día estupendo, y había disfrutado de algunos de los paisajes más extraordinarios que había visto en su vida. Pero también estaba agotada, y se sentía algo más que inquieta por las enigmáticas revelaciones de Roland acerca del asesinato de su padre.

Vio una bolsa de ropa de gran tamaño tirada sobre la cama. Supuso que era el disfraz para el baile, bajó la cremallera de la bolsa de plástico y sacó el vestido. Tardó un momento en darse cuenta de lo que era, y después lanzó una exclamación ahogada.

Comparó el vestido con el del cuadro de Ribera y vio que era idéntico al voluminoso modelo con falda púrpura que llevaba María Magdalena en la versión del artista español.

A Peter no le entusiasmaba la idea de disfrazarse. Para empezar, no había entrado en sus planes asistir al baile, pues creía que sería impropio de él. No obstante, debido a la cadena de intrigas de Sinclair (y a la forma en que reaccionaba Maureen a ellas), estaba decidido a no perderla de vista. Esto significaba ponerse la recargada túnica y las mallas del siglo XIII que le habían asignado.

—Tonterías —masculló mientras extraía el disfraz de su envoltorio y se preguntaba por dónde debía ponérselo.

Peter llamó a la puerta de Maureen y se ajustó el disfraz con movimientos desmañados, mientras esperaba en el pasillo. No se pondría el sombrero. Era pesado, y se le acomodaba sobre la cabeza en un ángulo incómodo, al tiempo que le recordaba sin cesar su ridícula apariencia.

La puerta se abrió, y una transformada Maureen le recibió. El vestido de Ribera le sentaba como hecho a medida: el corpiño de encaje con los hombros al descubierto daba paso a un mar de tafetán del púrpura más intenso. Habían peinado el largo pelo rojo de Maureen de tal forma que parecía más abundante y con más volumen, y caía alrededor de sus hombros como una cortina lustrosa. Pero lo que más impresionó a Peter fue el nuevo y sorprendente aire de serenidad y confianza que proyectaba. Era como si hubiera asumido un papel que le sentaba a la perfección.

—¿Qué opinas? ¿No crees que es demasiado...?

—Desde luego. Pero pareces... una visión.

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Kathleen McGowan La esperada

—Interesante elección de palabra. ¿Ha sido a propósito?

Peter guiñó un ojo y asintió, feliz de que volvieran a bromear y de que su relación no se hubiera visto afectada demasiado por la discusión de la noche anterior. La excursión por el extraordinario país de los cátaros les había sentado bien a los dos.

La acompañó por los sinuosos pasillos del castillo, en dirección a la sala de baile, que se hallaba en un ala alejada. Maureen rió cuando Peter se quejó de su disfraz.

—Te da un aspecto noble y gallardo —le aseguró.

—Me siento como un completo idiota —replicó su primo.

Carcasona

24 de junio de 2005

EN UNA VIEJA IGLESIA DE PIEDRA, situada a las afueras de la ciudad amurallada de Carcasona, estaban teniendo lugar los preparativos para otro tipo de celebración. Los miembros de la Cofradía de los Justos se habían reunido con toda solemnidad. Más de doscientos hombres, ataviados con sus hábitos oficiales, asistían a la ceremonia, con los pesados cordones rojos de su orden ceñidos alrededor del cuello.

No había mujeres en el grupo. Ninguna hembra había profanado jamás los salones o capillas privadas de la Cofradía. Placas grabadas con citas de san Pablo sobre las mujeres se exhibían en cada sede de la Cofradía. La primera era un versículo de la Primera Epístola a los Corintios:

Las mujeres en las iglesias callen, pues no les es permitido hablar; antes muestren sujeción, como también la ley lo dice. Que si algo desean aprender, pregunten en casa a sus propios maridos, porque es indecoroso a la mujer hablar en la iglesia. La segunda era de la Primera Epístola a Timoteo:

A la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino que ha de estarse tranquila en casa.

No obstante, pese a que la Cofradía veneraba estas palabras de Pablo, éste no era su Mesías.

Las reliquias de su maestro ancestral se exhibían encima de almohadones de terciopelo sobre el altar: la calavera brillaba a la luz de las velas, y una falange de su dedo índice derecho había sido sacada del relicario para su exhibición anual. Tras la ceremonia oficial y la presentación por parte del Maestro de la Cofradía, cada miembro recibiría permiso para tocar las reliquias. Era un privilegio que, por lo general, se reservaba sólo para el Consejo de la Cofradía después del juramento de sangre de defender las enseñanzas de la 132

Kathleen McGowan La esperada justicia. Pero la fiesta anual era un peregrinaje al que asistían miembros de la Cofradía de todo el mundo, y esa noche se concedía a todos ellos el honor de tocar las reliquias.

El líder subió al púlpito para empezar su discurso de introducción. El aristocrático acento inglés de John Simon Cromwell resonó en las antiguas paredes de piedra de la iglesia.

—Hermanos, esta noche, no lejos de aquí, la semilla de la puta y el sacerdote perverso se han reunido. Celebran su impureza hereditaria con desenfreno. Pretenden profanar adrede esta noche sagrada para alardear de su lascivia malvada y demostrarnos su fuerza.

»Pero no nos sentimos intimidados. Pronto nos vengaremos de ellos, una venganza que ha esperado dos mil años para ver la plena luz de la justicia. Abatimos a su pastor malvado entonces, y ahora abatiremos a sus descendientes. Destruiremos a su Gran Maestre y a sus títeres. Eliminaremos a la mujer a la que llaman su Pastora y nos ocuparemos de que esa reina de las meretrices sea arrojada al infierno antes de que pueda propagar las mentiras de la bruja de quien desciende.

»Lo haremos en el nombre del Primero, el Único y Verdadero Mesías, porque me ha hablado y éste es su deseo. Lo haremos en nombre del Maestro de Justicia y con las bendiciones del Señor Nuestro Dios.

Cromwell empezó el ceremonial de las reliquias. Tocó primero la calavera, y después se demoró con reverencia en la falange del dedo. Dijo en voz alta cuando lo hizo:

—Neca eos omnes.

Matadlos a todos.

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Kathleen McGowan La esperada

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...Los que me informaban acerca de Pablo decían que se pronunciaba en contra del papel de las mujeres en el Camino. Es la prueba más contundente de que un hombre semejante no puede haber conocido la verdad de las enseñanzas de Easa ni la esencia del propio Easa. El gran respeto de Easa por las mujeres es bien conocido por los elegidos, y yo he servido de prueba de ello.

Nadie puede cambiar eso, salvo que me borren de la historia por completo. Me han dicho además que este tal Pablo reverenciaba la forma en que había muerto Easa, más que las palabras pronunciadas por él. Esto me entristece, porque revela una enorme falta de entendimiento.

Este Pablo fue apresado por Nerón durante un largo período de tiempo. Me han dicho que escribió muchas cartas a sus discípulos, propagando enseñanzas que, afirmaba, eran de Easa. Pero los que vinieron a verme decían que él no era quien para hablar del Camino, que sus enseñanzas eran falsas y ajenas a nuestra doctrina. Lloro por cada hombre que ha sido torturado y asesinado en el oscuro reino de ese monstruo llamado Nerón. Al mismo tiempo, siento miedo. Temo que este hombre, Pablo, sea considerado un gran mártir de la Fe, y que muchos confundan sus falsas enseñanzas con las de Easa.

EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA

EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS

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Kathleen McGowan La esperada 10

Le Château des Pommes Bleues

24 de junio de 2005

MAUREEN Y PETER SIGUIERON EL CÁNTICO melódico de los madrigales mientras recorrían los pasillos. Al acercarse a la entrada de la sala de baile, tuvieron un primer atisbo de la suntuosa y barroca fiesta de Sinclair. Maureen experimentó la sensación de que había viajado en el tiempo. Habían adornado con colgaduras de terciopelo la cavernosa sala de baile, y con miles de flores y velas los pasillos. Criados con pelucas y disfraces se movían con celeridad y eficacia por el recinto, ofrecían comida y bebida, y limpiaban con discreción los desastres causados por los invitados más bulliciosos. Pero eran los propios invitados las piedras preciosas de aquel lujoso joyero. Los disfraces eran recargados y extravagantes, trajes pertenecientes a diversas épocas de la historia francesa y occitana, o disfraces que representaban elementos de las tradiciones misteriosas. Una invitación a la fiesta de Sinclair era codiciada por la élite de los adeptos al esoterismo de todo el globo. Los gozosos elegidos dedicaban cantidades enormes de tiempo y dinero a diseñar el atavío apropiado. Se celebraba un concurso para elegir el disfraz más original, el más hermoso y el más humorístico. Sinclair era el único juez y jurado, y los premios que entregaba valían con frecuencia una pequeña fortuna, y lo más importante, ganar significaba un puesto en la lista de invitados del año siguiente.

La música, las risas, el tintineo de las copas de cristal, todo enmudeció

cuando Maureen y Peter entraron en la sala.

Un hombre con librea hizo sonar una trompeta con una nota heráldica cuando Roland avanzó, vestido con un sencillo hábito cátaro, para anunciar su llegada. Maureen se llevó una sorpresa al ver a Roland vestido más como un invitado que como un empleado, pero tuvo poco tiempo para pensar en ello cuando la llamaron a escena.

—Es un privilegio anunciar a nuestros honorables invitados, mademoiselle Maureen de Paschal y el padre Peter Healy.

Los congregados estaban inmóviles como maniquíes de cera, contemplando a los recién llegados. Roland indicó al punto a la orquesta que siguiera tocando para aliviar aquel momento de desconcierto. Extendió el brazo para que Maureen lo tomara y la acompañó al interior de la sala. Los invitados seguían 135

Kathleen McGowan La esperada boquiabiertos, pero de una forma menos descarada. Los más duchos en situaciones semejantes disimulaban su sorpresa con fingido desinterés.

—No se sienta cohibida, mademoiselle. Usted es un rostro nuevo, y un nuevo misterio que hay que descubrir. Pero ahora —dijo de manera intencionada— la aceptarán enseguida. No les queda otra elección. Maureen no tuvo tiempo de pensar en las palabras de Roland, pues la condujo hasta la pista de baile, mientras Peter se rezagaba para contemplar la escena con creciente interés.

—¡Reenie!

El acento americano de Tamara Wisdom llamaba la atención en aquel escenario europeo. Atravesó la sala de baile, donde Maureen había terminado de bailar con Roland. Tammy tenía un aspecto muy exótico con su disfraz de gitana. Su extraordinario pelo estaba teñido de negro como ala de cuervo, y le colgaba hasta la cintura. Brazaletes de oro cubrían sus brazos. Roland guiñó un ojo a Tamara (como si estuviera flirteando con ella, observó Maureen), antes de hacer una reverencia a ésta y excusarse.

Maureen abrazó a Tammy, contenta de ver otra cara conocida en aquel país cada vez más extraño.

—¡Estás guapísima! ¿De qué vas disfrazada?

Tammy giró sobre sus talones, y su pelo de color ébano flotó detrás de ella.

—Sara la egipcia, también conocida como la Reina de los Gitanos. Era la doncella de María Magdalena.

Tammy levantó la falda de tafetán rojo de Maureen con un dedo.

—No hace falta preguntarte quién eres. ¿Berry te lo ha dado?

—¿Berry?

Tammy rió.

—Así llaman sus amigos a Sinclair.

—No sabía que erais tan íntimos.

Maureen esperó que la decepción no se hubiera transparentado en su voz. Tammy no tuvo oportunidad de contestar. Una joven las interrumpió, apenas una adolescente, vestida con una sencilla túnica cátara. La muchacha llevaba un lirio de agua que entregó a Maureen.

—Marie de Negre —dijo, inclinó la cabeza y se alejó a toda prisa. Maureen se volvió hacia Tammy en busca de una explicación.

—¿A qué se refería?

—A ti. Esta noche eres la comidilla de la fiesta. Sólo existe una regla en esta soirée anual, y es que nadie tiene que ir vestido como Ella. Y entonces apareces tú, el vivo retrato de María Magdalena. Sinclair te está anunciando al mundo. Es tu fiesta de presentación en sociedad.

—Encantador. Ojalá me hubieran informado de este detalle. ¿Qué me ha llamado la chica?

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Kathleen McGowan La esperada

—Marie de Negre. María la Negra. En la jerga de la zona es María Magdalena, la Madonna Negra. En cada generación, una mujer de su linaje recibe este nombre como título oficial y lo conserva hasta su muerte. Te felicito, aquí es un gran honor. Es como si hubiera dicho «su majestad». Maureen tuvo poco tiempo para contemplar el caos que remolineaba a su alrededor. La sala rebosaba de distracciones: demasiada música, demasiados invitados excéntricos e interesantes. Sinclair no se veía por ninguna parte. Había preguntado a Roland por él mientras bailaban, pero el gigante se había encogido de hombros y ofrecido una respuesta tan vaga y enigmática como siempre.

Maureen paseaba la vista alrededor mientras Tammy hablaba.

—¿Buscas a tu perro guardián? —preguntó Tammy.

Maureen la fulminó con la mirada, pero asintió, con la esperanza de que su amiga pensara que estaba preocupada por el paradero de Peter. Tammy indicó

que su primo se acercaba a ellas desde atrás.

—Compórtate, por favor — le susurró Maureen.

Tammy no le hizo caso. Ya se había adelantado para dar la bienvenida a Peter.

—Bienvenido a Babilonia, padre.

Él rió.

—Gracias. Creo.

—Llega justo a tiempo. Estaba a punto de dar a Nuestra Señora un paseo por el espectáculo de feria. ¿Se suma a nosotras?

Peter asintió y sonrió en un gesto de impotencia a Maureen, para luego seguir a Tammy a través de la sala de baile.

Mientras los guiaba, Tammy intercambiaba susurros conspiratorios con diversos grupos. Les presentaba cuando veía amigos o conocidos entre la muchedumbre. Maureen era muy consciente de ser el centro de atención de la sala.

El trío pasó junto a un grupo de hombres y mujeres vestidos de la forma más sucinta. Tammy dio un codazo a su amiga.

—El culto sexual. Creen que María Magdalena era la suma sacerdotisa de un extravagante conjunto de ritos sexuales, procedentes del antiguo Egipto. Maureen y Peter se escandalizaron.

—No disparéis al mensajero, sólo los saludo cuando los veo. Pero espera, no contestes todavía. Mirad allí...

El grupo más peculiar hasta el momento, vestidos con atavíos de alienígenas repletos de antenas, se hallaba en la parte posterior de la sala.

—Rennes-le-Château es una puerta estelar, con acceso directo a otras galaxias.

Maureen estalló en carcajadas. Peter meneó la cabeza con incredulidad. 137

Kathleen McGowan La esperada

—No bromeaba acerca del espectáculo de feria.

—Y usted creía que me lo había inventado.

Se detuvieron para observar a un grupo que escuchaba con atención a un hombrecillo corpulento con perilla. Daba la impresión de estar hablando en verso, mientras sus admiradores intentaban absorber cada palabra.

—¿Quién es? —susurró Maureen.

—Nostradumbass* —bromeó Tammy.

Maureen reprimió una carcajada y Tammy continuó.

—Afirma ser la reencarnación de ya-sabes-quién. Sólo habla en cuartetos. Aburrido como él solo. Recuérdame después que te cuente porque odio el culto a Nostradamus. —Se estremeció de manera melodramática—. Charlatanes. Más les valdría vender aceite de serpiente.

Tammy siguió guiándolos.

—Por suerte, no todo son fenómenos de feria. Algunas de estas personas son asombrosas, y en este momento veo a dos. Vamos.

Se acercaron a un grupo de hombres vestidos con disfraces de la nobleza de los siglos XVII y XVIII. Una enorme sonrisa apareció en el rostro de un patricio inglés cuando se acercaron.

—¡Tamara Wisdom! Es un placer volverte a ver, querida. Estás espléndida. Tammy dio al inglés un beso en cada mejilla, al estilo europeo.

—¿Dónde está tu manzana?

El hombre rió.

—La dejé en Inglaterra. Haz el favor de presentarme a tus amigos. Tammy procedió, y presentó al inglés como sir Isaac. Les explicó su disfraz.

—La manzana fue lo de menos para sir Isaac Newton. Su descubrimiento de las leyes de la gravedad llegó como consecuencia de su obra más importante. Newton fue uno de los alquimistas más dotados de la historia. Al final del discurso de sir Isaac, un joven norteamericano se acercó al grupo, alto y bastante incómodo con su disfraz de Thomas Jefferson y la peluca empolvada.

—¡Tammy, nena!

Rodeó a Tammy en un abrazo de oso a la norteamericana, seguido de un beso en los labios. Ella rió y se volvió hacia Maureen.

—Te presento a Derek Wainwright. Fue mi primer guía en Francia cuando empecé a investigar esta locura. Habla un francés perfecto, lo cual salvó mi vida más veces de las que puedas imaginar.

Derek hizo una reverencia a Maureen. Su acento era de Cape Code puro, plagado de vocales cerradas de Massachusetts.

—Thomas Jefferson a su servicio, madame. —Saludó a Peter con un cabeceo—. Padre.