* Publicación sensacionalista. (N. del T.)
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Kathleen McGowan La esperada por lo que sabemos. Creo que sobre este tema es importante andar con cautela, de modo que escribí sólo sobre aquello de lo que estaba segura. Y estoy segura de que María Magdalena no era una prostituta y de que era una seguidora importante de Jesús. Tal vez fue incluso la más importante, pues es la primera persona a la que el Señor resucitado bendice con su aparición. Más allá de eso, no deseo especular sobre el papel que tuvo en su vida. Sería una irresponsabilidad.
Maureen contestó a la pregunta guardándose las espaldas, como de costumbre, pero siempre había pensado que quizá la caída de la Magdalena se produjo porque estaba demasiado cerca del Maestro, y por lo tanto inspiró celos en los discípulos varones, que más tarde intentaron desacreditarla. San Pedro la despreciaba sin disimulos y la regañaba en los Evangelios Gnósticos, basados en aquellos documentos del siglo II que fueron descubiertos en Egipto. Además, daba la impresión de que los últimos escritos de san Pablo eliminaban metódicamente toda referencia a la importancia de la mujer en la vida de Cristo. Como resultado, Maureen había dedicado bastante tiempo a destripar la teoría paulina. Pablo, el perseguidor transformado en apóstol, había moldeado el pensamiento cristiano con sus observaciones, pese a las distancias filosóficas que mediaban entre él y Jesús, y los seguidores elegidos y la familia del Salvador. No tenía conocimiento de primera mano de las enseñanzas de Cristo. Era improbable que un «discípulo» tan misógino y manipulador inmortalizara a María Magdalena como la más devota sierva de Cristo.
Maureen estaba decidida a vengar a María, pues la consideraba el arquetipo de la mujer vilipendiada de la historia, la madre de las incomprendidas. Su historia se repetía, en esencia cuando no en la forma, en las vidas de otras mujeres que había optado por defender en Historia de Ella. Pero para Maureen era imprescindible que los capítulos acerca de la Magdalena fueran lo más fieles posible a la teoría académica. Cualquier insinuación de hipótesis improbables, estilo «nueva era» u otras carentes de base, sobre la relación de María con Jesús, invalidaría el resto de su investigación y dañaría su credibilidad. Era demasiado cautelosa en su vida y en su trabajo para correr ese riesgo. Pese a lo que le dictaba su instinto, Maureen había rechazado todas las teorías alternativas sobre María Magdalena, y se había ceñido a los datos más indiscutibles.
Poco después de tomar esta decisión, los sueños la habían acuciado de una forma más perentoria.
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Tenía la mano derecha entumecida, y su rostro corría el peligro inminente de agrietarse debido a la sonrisa permanente, pero Maureen continuaba trabajando. Su presencia en la librería debía prolongarse durante dos horas, incluido un descanso de veinte minutos. Se había adentrado en la tercera hora sin descanso que valiera, y estaba decidida a continuar firmando hasta dejar 37
Kathleen McGowan La esperada satisfecho al último cliente. Maureen nunca decepcionaba a un lector en potencia. No despreciaba al público comprador que había convertido su sueño en realidad.
Se sentía satisfecha por el gran número de hombres que habían hecho cola. El tema central de su libro debía atraer a un público predominantemente femenino, pero confiaba en haberlo escrito de una forma que atrajera a cualquier persona de mente abierta y provista de sentido común. Si bien su objetivo principal había sido vengar los agravios padecidos por mujeres poderosas a manos de los historiadores, el tiempo y la investigación habían desvelado que los motivos de plasmar la historia de una manera tan selectiva se debían al clima religioso y político. El sexo era un factor secundario. Lo había explicado durante una reciente aparición en televisión, cuando citó a María Antonieta como, quizás, el ejemplo más preclaro de esa teoría politicosocial, porque los ensayos predominantes sobre la Revolución Francesa habían sido escritos por revolucionarios. Si bien la atormentada reina era acusada de los excesos de la monarquía francesa, en realidad no había tenido nada que ver con la creación de tales tradiciones. De hecho, María Antonieta había heredado las prácticas de la aristocracia francesa cuando llegó de Austria como prometida del joven delfín, el futuro Luis XVI. Aunque era hija de la gran María Teresa, la emperatriz austríaca no se había regodeado en los excesos y los vicios. En todo caso, era muy adusta y frugal para una mujer de su posición, y había educado a sus numerosas hijas, incluida la pequeña Antonieta, de una manera muy estricta. La joven dauphine se vio forzada, para sobrevivir, a adaptarse a las costumbres francesas lo antes posible.
El palacio de Versalles, el gran monumento a la extravagancia francesa, había sido construido décadas antes de que María Antonieta naciera, pero se convirtió en un monumento esencial a su codicia legendaria. La famosa réplica a «Los campesinos se mueren de hambre. No tienen pan para comer» fue, en realidad, pronunciada por una cortesana real, una mujer muerta antes de que la joven austríaca llegara a Francia. Sin embargo, hasta nuestros días, «Que coman cruasanes» se reconoce como el grito de guerra de la revolución. Con esa única cita, el Reinado del Terror, y todo el derramamiento de sangre y la violencia instigados desde la Bastilla, quedaron justificados.
Y María Antonieta, de trágico destino, nunca pronunció la maldita frase. Maureen sentía una extraordinaria compasión por la desdichada reina de Francia. Odiada por ser extranjera desde el primer día de su llegada, María Antonieta fue víctima de un racismo empecinado y cruel. Resultó muy conveniente para la etnocéntrica nobleza francesa del siglo XVIII atribuir todas y cada una de las circunstancias políticas y sociales negativas a la reina nacida en Austria. Maureen se había quedado estupefacta por esta actitud mayoritaria durante su visita a Francia. Los guías turísticos de Versalles todavía hablaban de la reina decapitada con no poco rencor, sin hacer caso de las pruebas históricas que exoneraban a María Antonieta de muchas odiosas acusaciones. Y
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Kathleen McGowan La esperada todo esto, pese al hecho de que la pobre mujer había sido brutalmente guillotinada doscientos años atrás.
La primera visita a Versalles había hecho crecer el deseo de investigar de Maureen. Había leído numerosos libros, desde las descripciones más académicas de la Francia del siglo XVIII, hasta complejas novelas históricas centradas en la reina. La imagen global variaba, aunque no demasiado, de la caricatura aceptada: era superficial, inmoderada, poco inteligente. Maureen rechazaba este retrato. ¿Por qué no hablaban de María Antonieta como mujer, una mujer afligida que lloraba la muerte de su hija pequeña, y que más tarde también perdió a su adorado hijo? Por otra parte, estaba María la esposa, vendida como un objeto en el proverbial tablero de ajedrez político, una muchacha de catorce años desposada con un extranjero en un país extraño, rechazada más tarde por la familia de éste, y después por sus súbditos. Por fin, María el chivo expiatorio, una mujer que esperaba en cautividad mientras la gente a la que más amaba era exterminada en su nombre. La amiga más íntima de María, la princesa Lamballe, fue despedazada literalmente por la turba, partes de su cuerpo y diversas extremidades clavadas en estacas y paseadas ante la ventana de la celda de María.
Maureen había tomado la decisión de plasmar un retrato compasivo, pero realista por completo, de una de las monarcas más despreciadas de la historia. El resultado era poderoso, una de las secciones de Historia de Ella que más atención y debates había merecido.
Pero pese a la controversia suscitada por María Antonieta, su favorita siempre había sido María Magdalena.
De esta atracción sobrenatural por María Magdalena estaba hablando ahora Maureen con la vivaracha rubia que tenía delante.
—¿Sabía usted que McLean está considerado un lugar sagrado para los seguidores de María Magdalena? —preguntó de repente la mujer. Maureen abrió la boca atónita, y después la cerró de nuevo, sin lograr articular ninguna palabra.
—No, no sabía nada de eso —alcanzó a responder. Había aparecido de nuevo, esa vibración eléctrica que recorría su cuerpo cada vez que algo extraño asomaba en el horizonte. Sintió que volvía de nuevo, incluso bajo las luces fluorescentes de un centro comercial norteamericano. Maureen recobró la compostura y respiró hondo—. Bien, me rindo. ¿En qué sentido está
relacionado McLean con María Magdalena?
La mujer entregó una tarjeta a Maureen.
—No sé si tendrá tiempo mientras esté en McLean, pero si araña algún minuto, haga el favor de venir a verme.
La tarjeta era de la librería La Luz Sagrada, propietaria, Rachel Martel.
—No tiene nada que ver con esto, por supuesto —dijo la mujer que, supuso Maureen, debía ser Rachel, indicando la enorme librería—, pero creo que tengo 39
Kathleen McGowan La esperada algunos libros que tal vez le interesen. Escritos por gente de aquí y publicados por su cuenta. Versan sobre María. Nuestra María.
Maureen tragó saliva una vez más, comprobó que la mujer era Rachel Martel y preguntó cómo se llegaba a La Luz Sagrada.
Oyó una discreta tosecita a su izquierda, levantó la vista y vio que el director de la librería le hacía señas de que la cola debía seguir moviéndose. Maureen le fulminó con la mirada antes de volverse hacia Rachel.
—¿Estará esta tarde, por casualidad? Es el único rato libre de que dispongo.
—Desde luego. Estoy a unos cuantos minutos, siguiendo la carretera principal. McLean no es tan grande, y soy fácil de encontrar. Llame antes por si necesita que la oriente. Gracias por el autógrafo, y espero verla después. Mientras Maureen seguía con la mirada a la mujer, alzó los ojos hacia el director de la tienda.
—Creo que, después de todo, voy a necesitar un descanso —dijo con voz dulce.
París (Arrondissement I)
Caveau des Mousquetaires
Marzo de 2005
EL SÓTANO DE PIEDRA del viejo edificio era conocido como el Caveau des Mousquetaires desde tiempo inmemorial. Su proximidad al Louvre en los días en que el gran museo había sido residencia de los reyes de Francia le concedía importancia estratégica, algo que no era menos cierto en los tiempos modernos. El escondite llevaba el nombre de los héroes inmortalizados por Alexandre Dumas en su obra más celebrada. El escritor había basado los personajes de los espadachines de su novela en hombres reales, encargados de una misión verdadera. Esta estancia era uno de los lugares de encuentro secretos de la guardia del rey, después de que el malvado cardenal Richelieu les obligara a ocultarse. En realidad, no era al rey de Francia a quien los mosqueteros habían jurado proteger, sino a la reina. Ana de Austria era la hija de un linaje mucho más antiguo y regio que el de su marido.
Dumas se revolvería en su tumba si supiera que este sitio sagrado había caído en manos enemigas. Esta noche, la cueva era el lugar de encuentro de otra hermandad secreta. La organización usurpadora no sólo era mil quinientos años más antigua que los mosqueteros, sino que también se oponía a su misión con un juramento de sangre.
Iluminadas por dos docenas de velas, las sombras bailaban sobre las paredes y revelaban la presencia de un grupo de hombres embozados. Se hallaban de pie alrededor de una maltrecha mesa rectangular, los rostros atrapados en un juego de luces y sombras. Si bien sus facciones no se 40
Kathleen McGowan La esperada distinguían en la semipenumbra, el peculiar emblema de su gremio era visible en todos ellos: un cordón rojo sangre ceñido alrededor del cuello. Las voces quedas revelaban una variedad de acentos: inglés británico y norteamericano, francés e italiano. Todos guardaron silencio cuando el líder ocupó su lugar en la cabecera de la mesa. Ante él, una pulida calavera humana brillaba a la luz de las velas, depositada sobre una bandeja de oro con filigranas. A un lado de la calavera había un cáliz, adornado con espirales doradas a juego con las filigranas de la bandeja. Al otro lado de la calavera, un crucifijo de madera tallado a mano yacía sobre la mesa, con la figura de Cristo cabeza abajo. El líder tocó la calavera con reverencia, y luego alzó el cáliz de oro lleno de un espeso líquido rojo. Habló en inglés con acento de Oxford.
—La sangre del Maestro de Justicia.
Bebió poco a poco antes de pasar el cáliz al hermano de la izquierda. El hombre lo aceptó con un cabeceo, repitió la misma frase en francés y tomó un sorbo. Cada miembro de la hermandad repitió el rito, hablando en su idioma nativo, hasta que el cáliz regresó a la cabecera de la mesa. El líder depositó la copa encima de la mesa ante él. A continuación, alzó la bandeja y besó el hueso de la frente de la calavera con reverencia. Al igual que había hecho con el cáliz, pasó la calavera a la izquierda, y cada miembro de la hermandad repitió el acto. Esta parte del ritual se llevó a cabo en absoluto silencio, como si fuera demasiado sagrado para que las palabras lo profanaran. La calavera completó el círculo de fieles y terminó en manos del líder. Éste alzó la bandeja en el aire antes de devolverla a la mesa con un ademán ostentoso y las palabras:
—El primero. El único.
El líder hizo una pausa, y después levantó el crucifijo de madera. Le dio la vuelta para que la imagen crucificada quedara de cara a él, la levantó hasta la altura de los ojos y escupió con ferocidad en el rostro de Jesucristo. 41
Kathleen McGowan La esperada
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... Sara Tamar viene a menudo y lee mis memorias mientras yo escribo. Me ha recordado que todavía no he hablado de Pedro y de lo que se conoce como su negación. Hay algunos que le juzgaron con dureza y le llamaron «Pedro en Gallicantu»
(Pedro en Negación), lo cual es injusto. Quienes juzgan tan a la ligera ignoran que Pedro se limitó a cumplir los deseos de Easa. Me han dicho que algunos seguidores actuales afirman que Pedro hizo realidad una profecía de Easa, que éste dijo a Pedro:
«Me negarás», y Pedro contestó: «No, no lo haré».
Ésa es la verdad. Easa ordenó a Pedro que le negara. No fue una profecía. Fue una orden. Easa sabía que, si sucedía lo peor, necesitaría que Pedro, de entre todos sus amados discípulos, saliera indemne. Mediante la determinación de Pedro, las enseñanzas continuarían propagándose a lo largo y ancho del mundo, tal como Easa había soñado. Por eso Easa le dijo «Me negarás», pero Pedro, en su tormento, contestó:
«No, no puedo».
Pero Easa insistió: «Tienes que negarme, para que te pongas a salvo y así las enseñanzas del Camino no se pierdan».
Ésa es la verdad de la «negación» de Pedro. Nunca fue una negación, pues cumplió
las órdenes de su maestro. De eso estoy segura, porque yo estaba presente y fui testigo.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS
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Kathleen McGowan La esperada 4
McLean, Virginia
Marzo de 2005
A MAUREEN SE LE HABÍA ACELERADO el pulso de una manera anormal mientras conducía por la carretera principal que atravesaba McLean. No estaba preparada para la extraña invitación de Rachel Martel, pero al mismo tiempo se sentía muy entusiasmada. Siempre había sido así. La suya era una vida plagada de acontecimientos extraños y a menudo intensos, extraordinarias coincidencias que la afectaban para siempre. ¿Sería otro de aquellos sucesos sobrenaturales?
Sentía una especial curiosidad por cualquier revelación relacionada con María.
¿Curiosidad? No era una palabra lo bastante contundente. ¿Obsesión? Ésa era más precisa.
Su relación con la leyenda de María Magdalena había sido una fuerza dominante en su vida desde los inicios de su tarea de investigación y documentación para escribir Historia de Ella. Desde la primera visión en Jerusalén, Maureen había percibido a María Magdalena como una mujer de carne y hueso, casi una amiga. Cuando estaba trabajando en el borrador definitivo del libro, tuvo la impresión de que estaba defendiendo a una amiga calumniada por la prensa. Su relación con María era muy real. O surreal, para ser más precisa.
La librería La Luz Sagrada era pequeña, aunque contaba con un gran escaparate en el que se exponían ángeles de todas clases y de todos los tamaños. Había libros sobre ángeles, figuritas de ángeles y montones de cristales centelleantes rodeados de material gráfico que plasmaba a los querubines de moda. Maureen pensaba que la propia Rachel era de apariencia angelical: algo entrada en carnes, con rizos muy rubios que enmarcaban una cara dulce. Cuando había ido a pedirle el autógrafo, llevaba un conjunto de dos piezas de lino blanco.
El melódico tintineo de campanas anunció la llegada de Maureen cuando abrió la puerta y entró en una versión ampliada de la exposición del escaparate. Rachel Martel estaba agachada detrás del mostrador, buscando en la vitrina contigua un cristal para una cliente.
—¿Ésta? —preguntó a la joven, que tendría unos dieciocho o diecinueve años.
—Sí, ésa. —La chica extendió la mano para examinar la punta de cristal, una piedra lavanda engarzada en plata—. Es amatista, ¿verdad?
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Kathleen McGowan La esperada
—De hecho, es ametrina —corrigió Rachel. Acababa de reparar en que Maureen era la causa de que hubieran sonado las campanillas de la puerta, y le dedicó una veloz sonrisa, como diciendo, enseguida-estoy-con-usted, antes de continuar conversando con la cliente—. La ametrina es la amatista que contiene citrina en su interior. Si la miras a contraluz, verás el hermoso centro dorado. La adolescente miró el cristal a contraluz.
—Es muy bonita —exclamó—. Pero me dijeron que necesitaba amatista.
¿Esto obrará el mismo efecto?
—Sí, y más —sonrió con paciencia Rachel—. Se cree que la amatista expande la naturaleza espiritual, y la citrina sirve para equilibrar las emociones en el cuerpo físico. En conjunto, es una combinación muy potente. No obstante, también tengo amatista pura, si lo prefieres.
Maureen sólo estaba escuchando a medias la conversación. Sentía muchísima más curiosidad por los libros de los que Rachel le había hablado. Daba la impresión de que las estanterías estaban clasificadas por temas, y las examinó con rapidez. Había volúmenes relativos a las culturas autóctonas americanas y hasta una sección celta. En otra ocasión, de haber tenido más tiempo Maureen se habría demorado en ella. No faltaba, por supuesto, la habitual sección de ángeles.
A la derecha de los ángeles había algunos libros sobre pensamiento cristiano. Ajajá, caliente caliente. Siguió mirando, y se detuvo de repente. Había un volumen grande y blanco con gruesas letras negras: MAGDALENA.
—¡Veo que no necesita mi ayuda para localizar lo que anda buscando!
Maureen pegó un bote. No había oído acercarse a Rachel. La joven cliente se marchó con una bolsita azul y blanca, que contenía su cristal.
—Éste es uno de los libros de los que le hablé. El resto son más bien folletos. Creo que debería echar un vistazo a éste.
Rachel extrajo un folleto delgado de la estantería que tenía a la altura de los ojos. Era de color rosa, y parecía haber sido impreso en una impresora casera. María en McLean, anunciaba en letra Times New Roman de 24 puntos.
—¿A qué María se refiere? —preguntó Maureen. Mientras escribía su libro, había seguido cierto número de pistas interesantes, pero al final había descubierto que se referían a la Virgen, y no a la Magdalena.
—Su María —dijo Rachel con una sonrisa de complicidad.
Maureen respondió a la mujer con otra sonrisa, aunque menos convincente. Mi María.
—No hace falta concretar —continuó la librera—, pues fue escrito por una persona de la localidad. La comunidad espiritual de McLean sabe que es María Magdalena. Como ya le dije antes, aquí tiene muchos seguidores. Rachel continuó explicando que, durante muchas generaciones, residentes de esta pequeña ciudad de Virginia habían informado acerca de visiones espirituales.
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Kathleen McGowan La esperada
—Durante el último siglo, Jesús ha sido visto por aquí en casi cien ocasiones documentadas. Lo extraño es que se le suele ver de pie junto a la carretera, la carretera principal, la que usted ha tomado para venir hasta aquí. En algunas visiones está en la cruz, visto también desde la carretera principal. En otras, Cristo ha sido visto caminando con una mujer, que ha sido descrita en numerosas ocasiones como menuda y de pelo largo.
Rachel pasó las páginas del folleto e indicó los diversos capítulos a Maureen.
—La primera visión de este tipo se documentó a principios del siglo veinte. La mujer que tuvo la visión fue Gwendolyn Maddox, y la aparición tuvo lugar en el jardín trasero de su casa, nada más y nada menos. Insistió en que la mujer que iba con Cristo era María Magdalena mientras el sacerdote de su parroquia porfiaba en que la visión había sido de Cristo y la Virgen María. Supongo que consigues más puntos del Vaticano si ves a la Virgen María, pero la vieja Gwen no dio su brazo a torcer. Era María Magdalena. Dijo que ignoraba cómo lo sabía, pero lo sabía. También afirmaba que la visión la había curado por completo de la terrible artritis reumática que sufría. Fue entonces cuando alzó un altar y abrió su jardín al público. Hasta hoy en día, la gente de los alrededores reza a María Magdalena en busca de curación.
»También es fascinante observar que ningún descendiente de Gwen padeció artritis reumática, que por lo que yo sé es una enfermedad hereditaria. Me siento muy agradecida en particular por ello, al igual que mi madre y mi abuela. Soy la bisnieta de Gwendolyn.
Maureen contempló el folleto. Había pasado por alto la pequeña inscripción que había justo en la parte inferior del folleto: María en McLean: por Rachel Maddox Martel.
Rachel entregó el folleto a Maureen.
—Tenga, es un regalo. Contiene la historia de Gwen y algunos detalles sobre su visión. En cuanto a este otro libro —Rachel indicó el volumen blanco con la inscripción en mayúsculas negras MAGDALENA—, también está escrito por una nativa de McLean. La autora ha dedicado mucho tiempo a investigar las apariciones locales de María, pero también ha llevado a cabo una ingente tarea de investigación general. Este libro expone toda la gama de teorías sobre María Magdalena, y debo decir que algunas son un poco excesivas para mi gusto. Pero es una lectura fascinante, y no lo encontrará en ningún otro lugar, porque nunca fue distribuido.
—Me lo llevaré, por supuesto —dijo Maureen, algo ausente. Su mente estaba en varios sitios a la vez—. ¿Por qué McLean, en su opinión? Quiero decir, de todos los lugares de Estados Unidos, ¿por qué se aparece aquí?
Rachel sonrió y se encogió de hombros.
—No tengo una respuesta para eso. Tal vez haya otros lugares de Estados Unidos en que esto también esté pasando, pero lo guardan en secreto. O quizá
la población tiene algo especial. Lo que sé es esto: la gente con un interés 45
Kathleen McGowan La esperada espiritual en la vida de María Magdalena suele venir a McLean, tarde o temprano. No sabría decirle cuánta gente ha entrado en esta tienda en busca de libros sobre ella. Al igual que usted, ignoraban la relación de María Magdalena con esta ciudad. No puede ser una coincidencia, ¿verdad? Creo que ella atrae a sus fieles hasta aquí.
Maureen meditó un momento antes de contestar.
—¿Sabe...? —hizo una pausa, pues aún estaba elaborando la idea—. Cuando empecé a organizar el viaje, tenía la intención de alojarme en Washington. Tengo un buen amigo allí, y habría sido fácil venir en coche a McLean para firmar libros. Washington también era la elección más sensata viniendo en avión, pero en el último momento decidí que me hospedaría aquí. Rachel sonreía mientras Maureen explicaba su cambio de planes.
—¿Lo ve? María la trajo aquí. Prométame que, si la ve mientras conduce por McLean, no se olvidará de llamar para contármelo.
—¿La ha visto alguna vez?
Maureen sentía la necesidad imperiosa de saberlo.
Rachel dio unos golpecitos con una uña sobre el folleto rosa que Maureen sostenía.
—Sí, y el libro explica cómo las visiones han pasado de generación en generación en mi familia —explicó, en un tono sorprendentemente prosaico—. La primera vez, yo era muy pequeña. Tenía cuatro o cinco años, creo. Fue en el jardín de mi abuela, ante el altar. María estaba sola la primera vez que la vi. La segunda visión tuvo lugar cuando yo era adolescente. Fue junto a la carretera, y María estaba con Jesús. Fue muy extraño. Yo iba en un coche lleno de chicas, y volvíamos a casa de un partido de fútbol americano del colegio. Era un viernes por la noche. Bien, mi hermana mayor Judith iba al volante, y cuando doblamos una curva de la carretera, vimos a un hombre y una mujer que caminaban en nuestra dirección. Judy aminoró la velocidad para ver si necesitaban ayuda. Fue cuando nos dimos cuenta de lo que sucedía. Estaban allí parados, como petrificados en el tiempo, pero rodeados de un resplandor.
»Bien, Judy se quedó muy impresionada y empezó a llorar. La chica que iba a su lado preguntó qué pasaba y por qué nos habíamos parado. Fue cuando comprendí que las demás chicas no los veían. Sólo mi hermana y yo podíamos verlos.
»Me he preguntado durante mucho tiempo si la genética estaba relacionada con las visiones. Mi familia ha experimentado muchas, y yo contaba con pruebas auténticas de que podíamos ver visiones que los demás no. La verdad es que aún no lo sé. De hecho, hay gente en McLean sin el menor parentesco conmigo que también ha tenido visiones.
—¿Todas las visiones fueron experimentadas por mujeres?
—Oh, sí. Me había olvidado de eso. Siempre que María ha sido vista sola, que yo sepa, la ha visto otra mujer. Cuando aparece con Jesús, también los 46
Kathleen McGowan La esperada hombres la ven. Pero muy pocos han tenido visiones. O puede que haya más, pero creo que los hombres son más reacios a hablar de esas cosas en público.
—Entiendo —asintió Maureen—. Rachel, ¿vio con mucha nitidez a María?
Quiero decir, ¿podría describir su rostro con detalle?
Rachel seguía sonriendo de aquella manera beatífica que Maureen encontraba extrañamente reconfortante. Hablar con alguien de visiones, como si fuera la cosa más natural del mundo, conseguía que Maureen se sintiera a gusto por completo. Al menos, si no estaba como un cencerro, se encontraba en una compañía de lo más agradable.
—Puedo hacer algo mejor que describir su cara. Acompáñeme. Rachel tomó a Maureen por el brazo y la condujo hasta la parte posterior de la tienda. Señaló la pared que había detrás de la caja registradora, pero los ojos de Maureen ya habían descubierto el retrato. Era un antiguo óleo en el que había representada una mujer pelirroja de rostro exquisito y los ojos color avellana más extraordinarios que había visto en su vida.
Rachel estaba observando con atención la reacción de Maureen, a la espera de que dijera algo. Fue una espera larga. Maureen se había quedado sin habla.
—Veo que ustedes dos ya se conocen —dijo Rachel en voz baja.
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Pese al estupor de Maureen al ver el rostro en el cuadro, le estremeció aún más lo que ocurrió a continuación. Después de la sorpresa inicial, empezó a temblar justo antes de que los sollozos surgieran de su cuerpo.
Lloró durante lo que tal vez fue un minuto, o quizá dos, sollozos que sacudieron su menudo cuerpo durante los primeros segundos, hasta transformarse en un llanto quedo. Sentía una terrible pena, un dolor profundo y lacerante, pero no estaba muy segura de que la tristeza le perteneciera. Era como si estuviera experimentando el dolor de la mujer del cuadro. Pero después cambió. Después del estallido inicial, lloró de alivio y se rindió a él. El óleo representaba un tipo de confirmación. Convertía en real a la mujer del sueño.
La mujer del sueño, que resultaba ser María Magdalena.
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Rachel tuvo la amabilidad de preparar una tisana en la parte de atrás de la tienda. Dejó que Maureen se sentara en el pequeño almacén para gozar de una cierta intimidad. Una pareja joven que buscaba libros de astrología había entrado en la tienda, y Rachel salió a ayudarlos. Maureen estaba sentada ante un pequeño escritorio, bebiendo manzanilla con la esperanza de que la afirmación de la caja, «calma los nervios», no fuera pura publicidad. Cuando Rachel terminó de atender a los clientes en la parte delantera de la tienda, volvió a ver cómo seguía Maureen.
—¿Se encuentra bien?
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Kathleen McGowan La esperada Maureen asintió y tomó otro sorbo.
—Ahora sí, gracias. Lamento mucho haber perdido la compostura, Rachel. Yo, bien... ¿Pintó usted el cuadro?
La mujer asintió.
—Mi familia tiene habilidades artísticas. Mi abuela es escultora. Ha hecho varias versiones de María en arcilla. Me he preguntado a menudo si el motivo de que ella se nos aparezca es porque poseemos el talento de representarla.
—O tal vez porque la gente de tendencias artísticas es más abierta. —
Maureen estaba pensando en voz alta—. ¿Algo que ver con el hemisferio cerebral derecho?
—Es posible. Creo que es una combinación de ambas cosas, como mínimo. Le diré algo más: creo con todo mi corazón que María desea que la oigan. Sus apariciones han aumentado en McLean durante la última década. El año pasado se me apareció con frecuencia, y supe que tenía que pintarla para alcanzar cierto grado de paz. En cuanto el retrato estuvo terminado y expuesto, pude dormir de nuevo. De hecho, no la he visto desde entonces.
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Aquella noche, en la habitación del hotel, Maureen contemplaba el vino tinto en su copa con la mirada perdida. Echó un vistazo a la televisión, sintonizada en un canal por cable, y se esforzó por apartar de su mente la perorata del ultraconservador presentador. Pese a que aparentaba una gran energía, Maureen odiaba los enfrentamientos. Incluso la posibilidad de que tal vez estaban hablando de su obra le resultaba doloroso. Era como presenciar un accidente de tránsito espantoso: no podía apartar los ojos, por desagradable que fuera la escena.
El fanático presentador se volvió hacia su estimado invitado.
—¿Acaso no se trata de uno más en la larga ristra de ataques contra Cristo?
—preguntó.
Las palabras Obispo Magnus O'Connor aparecieron bajo el rostro envejecido de un airado sacerdote, que contestó con un acento inconfundiblemente irlandés.
—Por supuesto. Durante siglos, hemos soportado las difamaciones de individuos errados, cuya intención es atacar la fe de millones de personas para lograr sus propios fines. Estas feministas radicales han de aceptar el hecho de que todos los apóstoles reconocidos eran hombres.
Maureen se rindió. Esta noche no estaba en forma, había sido un día demasiado largo y cargado de emociones. Silenció al sacerdote con un toque del mando a distancia, y deseó que todo en la vida fuera igual de sencillo.
—Disculpe, su santidad —gruñó mientras se iba a la cama.
Un rayo de luz procedente del exterior iluminaba la mesita de noche de Maureen, en especial sus pociones para dormir: una copa de vino tinto medio vacía y una caja de un somnífero que había comprado sin receta. En un 48
Kathleen McGowan La esperada pequeño cenicero de cristal contiguo a la lámpara había colocado el antiguo anillo de cobre de Jerusalén.
Maureen se movía agitadamente en la cama, pese a haber tomado pastillas para dormir a pierna suelta. El sueño se presentó, tan implacable como espontáneo.
Empezó como siempre: el tumulto, el sudor, la muchedumbre. Pero cuando Maureen llegó a la parte en que veía por primera vez a la mujer, todo se oscureció. Se precipitó en un vacío durante un lapso de tiempo incalculable. Y entonces el sueño cambió.
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Un idílico día a orillas del mar de Galilea un niño corría delante de su encantadora madre. No había heredado sus sorprendentes ojos color avellana ni el cabello cobrizo, a diferencia de su hermana pequeña. Tenía una mirada diferente, oscura y penetrante, sorprendentemente meditabunda en un niño tan pequeño. Corrió hasta el borde del mar, recogió una roca interesante que había llamado su atención y la alzó para que brillara al sol.
Su madre le advirtió de que no se adentrara demasiado en el mar. Hoy no se cubría la cabeza y el rostro con el velo, y el largo pelo suelto onduló alrededor de su cara cuando tomó la mano de la niña, una perfecta versión en miniatura de ella misma. La voz de un hombre formuló una advertencia similar, pero amable, a la diminuta niña, que se había soltado de la mano de su madre y corría hacia su hermano. La pequeña parecía rebelde, pero su madre rió, y se volvió para dirigir una sonrisa íntima al hombre que caminaba detrás de ella. En este paseo informal en compañía de su joven familia, iba vestido con ropas de lino crudo que le caían libremente, en lugar del inmaculado hábito blanco que utilizaba en público. Apartó de los ojos largos mechones de pelo castaño y devolvió la sonrisa a la mujer, una expresión henchida de amor y satisfacción.
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Se despertó de repente, como si desde el sueño la hubieran arrojado a su habitación. Estaba temblando. Los sueños siempre la alteraban, pero esta sensación de ser transportada a través del tiempo y el espacio era todavía más desconcertante. Su respiración era agitada e intentó serenarse y respirar más relajadamente.
Maureen estaba empezando a recobrarse, cuando tomó conciencia de que algo se movía delante de la puerta. Adivinó más que vio la figura que había aparecido en la puerta de su habitación. Lo que vislumbró era indefinido: una forma, una figura, un movimiento. Daba igual. Supo quién era, con tanta seguridad como ya sabía que el sueño había terminado. Era Ella. Estaba en su habitación.
Maureen tragó saliva. Tenía la boca seca a causa de la impresión y algo más que un poco de miedo. Sabía que la figura de la puerta no pertenecía al mundo 49
Kathleen McGowan La esperada físico, pero tampoco estaba segura de que eso fuera demasiado consolador. Hizo acopio de toda su valentía y logró emitir un susurro en dirección a la figura.
—¿Qué...? Dime cómo puedo ayudarte. Por favor.
Se oyó un leve roce a modo de respuesta, el susurro de un velo o el aletear de las hojas de primavera, y luego nada. La figura desapareció con tanta rapidez como se había materializado.
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Maureen saltó de la cama y encendió la luz. Las cuatro menos diez de la madrugada, según el reloj digital. Tres horas menos en Los Ángeles. Perdóname, padre, pensó, mientras descolgaba el teléfono de la mesita de noche y marcaba con tanta rapidez como le permitían sus dedos temblorosos. Necesitaba a su mejor amigo (y quizá, sólo quizá), necesitaba a un sacerdote. La voz insistente de Peter, con su consolador acento irlandés, la devolvió a la tierra.
—Es muy importante que no olvides los detalles de estas..., bien..., visiones. Vas tomando nota de ellas, ¿verdad?
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—¿Visiones? Por favor, no me lances al Vaticano encima, Peter —gimió ella—. Preferiría morir antes que convertirme en una cause célebre de la Inquisición.
—Bah, Maureen, nunca te haría algo semejante. Pero ¿y si son visiones? No puedes descartar la importancia potencial de lo que has visto.
—Antes que nada, sólo han sido dos. El resto han sido sueños. Sueños muy vívidos e intensos, pero sueños al fin y al cabo. Tal vez se está imponiendo una locura genética. Cosas de familia, ya sabes —Maureen exhaló un profundo suspiro—. Maldita sea, me estoy asustando. En teoría, deberías ayudarme a recobrar la calma, ¿recuerdas?
—Lo siento. Tienes razón, y quiero ayudarte, pero antes prométeme que anotarás las fechas y las horas de tus vis..., digo, sueños. Sólo para lo que nos interesa. Eres historiadora y periodista. Tú sabes mejor que nadie que documentar los hechos es fundamental.
Maureen se permitió una risita al oír aquello.
—Oh, sí, y no cabe duda de que estamos hablando de hechos históricos. —
Suspiró—. Muy bien, lo haré. Tal vez contribuirá a que lo comprenda mejor algún día. Tengo la sensación de que están sucediendo muchas cosas, y de que he perdido por completo el control.
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Kathleen McGowan La esperada
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... Debo escribir ahora algo más acerca de Natanael, al que llamábamos Bartolomé, porque su devoción siempre me conmovió. Bartolomé era poco más que un muchacho cuando se unió a nosotros en Galilea. Y si bien le habían expulsado de la casa de su noble padre, Tolma de Canae, quedó claro nada más conocerle que no tenía nada de incorregible. Sin duda, un patriarca cruel e insensato había juzgado mal la belleza y la promesa de un alma tan preciosa y especial, un hermoso hijo. Easa también se dio cuenta, y de inmediato.
Bastaba mirarle a los ojos para comprender a Bartolomé. Aparte de Easa y de mi hija, nunca he visto tal pureza y bondad en unos ojos. Su pureza se revelaba por su mediación, un alma pura y prístina. El día que llegó a mi casa de Magdala, mi hijito se acomodó en su regazo y no se separó de él durante el resto de la velada. Los niños son los mejores jueces, y Easa y yo intercambiamos una sonrisa cuando vimos al pequeño Juan con su amigo más reciente. Juan nos confirmó lo que sabíamos después de mirar a Bartolomé: era un miembro de nuestra familia, y lo sería por toda la eternidad.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS
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Kathleen McGowan La esperada 5
Los Ángeles
Abril de 2005
MAUREEN ESTABA AGOTADA cuando entró en el aparcamiento de su lujoso edificio de apartamentos en Wilshire Boulevard. Dejó que André, el empleado de guardia, aparcara el coche, y pidió que le subiera la bolsa. El retraso del vuelo en el aeropuerto de Dulles, combinado con la imposibilidad de conciliar el sueño la noche anterior, habían dejado sus nervios en un estado delicado. Lo último que esperaba o necesitaba era una sorpresa, pero eso era justo lo que la estaba esperando cuando entró en el vestíbulo.
—Buenas noches, señorita Paschal. Perdone. —Laurence era el encargado de la recepción del edificio. Un hombre diminuto y con cara de severidad salió
de detrás del mostrador para hablar con Maureen—. Discúlpeme, pero esta tarde tuve que entrar en su apartamento. La entrega era demasiado grande para guardarla en el vestíbulo. Tendría que habernos avisado de que esperaba algo de ese tamaño.
—¿Entrega? ¿Qué entrega? No esperaba nada.
—Bien, no cabía duda de que era para usted. Debe tener un gran admirador.
Maureen, perpleja, dio las gracias a Laurence y subió en el ascensor al séptimo piso. Cuando la puerta se abrió, percibió un penetrante aroma a flores. El perfume se multiplicó por diez cuando abrió la puerta de su apartamento, y lanzó una exclamación ahogada. No podía ver la sala de estar por culpa de las flores. Había recargados arreglos florales por todas partes, algunos altos y sobre pilares, otros en jarrones de cristal depositados sobre las mesas. Todos contenían variaciones sobre el mismo tema: rosas rojas, calas y lirios blancos de Casablanca. Los lirios estaban florecidos por completo, el origen del olor embriagador de la habitación.
Maureen no tuvo que buscar la tarjeta. Estaba pegada a un enorme cuadro de marco dorado que plasmaba una escena bucólica clásica, apoyado en la pared del fondo de la sala de estar. Tres pastores, vestidos con togas y coronados de laurel, estaban congregados alrededor de un gran objeto de piedra que daba la impresión de ser un sepulcro vertical. Estaban señalando una inscripción. El motivo central era una mujer, una pastora pelirroja que parecía ser su líder.
52
Kathleen McGowan La esperada Habían pintado su rostro de manera que tenía un parecido sobrenatural con Maureen.
●
—Les Bergers d'Arcadie. —Peter leyó la inscripción en una placa de latón que había en la base del marco, impresionado por la excelente copia que se erguía en la sala de estar de Maureen—. De Nicholas Poussin, el maestro del barroco francés. He visto el original de este cuadro. Está en el Louvre. Maureen escuchaba mientras Peter seguía hablando, aliviada de que hubiera llegado tan pronto.
—Traducido, quiere decir Los pastores de Arcadia.
—No estoy segura de si debería estar desaforadamente halagada o completamente asustada. Dime que, en el original, la pastora no se parece a mí
como si hubiera sido la modelo, por favor.
Peter lanzó una carcajada.
—No, no. Esto parece un añadido hecho por el autor de la reproducción, o por el remitente. ¿Quién es...?
Maureen meneó la cabeza y entregó un sobre grande a Peter.
—Fue enviado por alguien llamado... Sinclair, o algo por el estilo. No tengo ni idea de quién es.
—¿Un admirador? ¿Un fanático? ¿Un chiflado que acabó de perder la cabeza después de leer tu libro?
Maureen lanzó una carcajada nerviosa.
—Podría ser. Mi editora ha recibido algunas cartas raras para mí durante los últimos meses.
—¿Admiradores o detractores?
—Ambas cosas.
Peter sacó una carta del sobre. Estaba escrita con letra recargada en elegante papel vitela. Una prominente flor de lis grabada, el símbolo de la realeza europea durante siglos, adornaba el pergamino. Letras doradas al pie de la página anunciaban que el autor era Bérenger Sinclair. Peter se colocó sus gafas de leer y leyó en voz alta:
Mi querida señora Paschal:
Le ruego perdone la intromisión.
Pero creo que tengo las respuestas a lo que anda buscando, y usted tiene algunas que yo he estado buscando. Si tiene el valor de defender sus creencias y participar en una asombrosa expedición para descubrir la verdad, espero que se reúna conmigo en París el día del solsticio de verano. La mismísima Magdalena requiere su asistencia. No la decepcione. Tal vez este cuadro sirva para estimular su inconsciente. Considérelo una especie de plano, un plano de su futuro, y tal vez también de su pasado. Confío en que honrará el gran apellido Paschal, tal como su padre lo intentó. 53
Kathleen McGowan La esperada
Suyo sinceramente,
Bérenger Sinclair
—¿El gran apellido Paschal? ¿Tu padre? —preguntó Peter—. ¿Qué quiere decir eso?
—Ni idea.
Maureen estaba intentando asimilarlo todo. La mención a su padre la había perturbado, pero no quería que Peter se percatara. Su respuesta fue frívola.
—Ya sabes cómo era la familia de mi padre. De los pantanos y regiones apartadas de Luisiana. No tenían nada de especiales, a menos que la locura equivalga a la grandeza.
Peter no dijo nada y esperó a que continuara. Maureen hablaba en muy raras ocasiones de su padre, y sentía curiosidad por ver si se explayaría. Se quedó un poco decepcionado cuando desechó el tema con un encogimiento de hombros.
Maureen recuperó la carta y volvió a leerla.
—Qué raro. ¿De qué respuestas crees que está hablando? No es posible que se haya enterado de mis sueños. Sólo lo sabemos tú y yo.
Recorrió la carta con el dedo mientras pensaba.
Peter paseó la vista a su alrededor, y examinó los arreglos florales y la enorme pintura.
—Sea quien sea, este montaje habla de dos cosas: fanatismo y mucho dinero. Según mi experiencia, es una mala combinación.
Maureen sólo estaba escuchando a medias.
—Fíjate en la calidad del papel. Es excelente. Muy francés. Y este dibujo estampado en los bordes... ¿Qué son? ¿Uvas? —El dibujo le sonaba de algo—.
¿Manzanas azules?
Peter se ajustó las gafas sobre la nariz y examinó el pie de la carta.
—¿Manzanas azules? Mmmm, creo que tienes razón. Mira esto, al pie de la página. Parece una dirección: Le Château des Pommes Bleues.
—Mi francés sólo es pasable, pero ¿no habla de manzanas azules?
Peter asintió.
—Castillo, o casa, de las Manzanas Azules. ¿Te dice algo?
Maureen asintió poco a poco.
—Maldita sea, se me escapa. Sé que tropecé con referencias a manzanas azules en el curso de mi investigación. Es una especie de código, me parece. Estaba relacionado con grupos religiosos franceses que adoraban a María Magdalena.
—¿Los que creían que fue a Francia después de la crucifixión?
Maureen asintió.
—La Iglesia los persiguió por herejes, porque afirmaban que sus enseñanzas procedían directamente de Cristo. Se vieron empujados a la 54
Kathleen McGowan La esperada clandestinidad y se convirtieron en sociedades secretas. Las manzanas azules eran el símbolo de una de ellas.
—Muy bien, pero ¿cuál es el significado concreto de las manzanas azules?
—No me acuerdo de la respuesta. —Maureen se esforzaba por pensar, pero no se le ocurría nada—. Pero conozco a alguien que sí lo sabrá.
Marina del Rey, California
Abril de 2005
MAUREEN PASEABA POR EL PUERTO de Marina del Rey. Veleros de lujo, la recompensa de los superprivilegiados de Hollywood, relucían bajo el sol del sur de California. Un surfista con una camiseta raída y el lema «Otro día de mierda en el paraíso» la saludó desde la cubierta de un pequeño yate. Tenía la piel bronceada y el pelo casi blanco por la continua exposición al sol. Maureen no le conocía, pero la sonrisa beatífica, combinada con la botella de cerveza que sostenía en la mano, indicaban que estaba de buen humor.
Maureen le devolvió el saludo y siguió caminando en dirección al complejo de restaurantes y tiendas para turistas. Entró en El Burrito, un restaurante mexicano con una terraza sobre el agua.
—¡Reenie! ¡Estoy aquí!
Maureen oyó a Tammy antes de verla, cosa que sucedía casi siempre. Se volvió en la dirección de la voz y descubrió a su amiga, que estaba bebiendo un margarita de mango en una mesa de la terraza.
Tamara Wisdom era todo lo contrario de Maureen Paschal. Era una belleza exótica, escultural y de piel olivácea. Llevaba el pelo largo hasta la cintura, con mechas de colores brillantes que decidía en función de su humor. Hoy tocaban resplandecientes reflejos violeta. En la nariz exhibía un diamante de buen tamaño, regalo de un ex novio, famoso director de cine independiente. Numerosos piercings adornaban sus orejas, y sobre el top de encaje negro colgaban diversos amuletos de diseño esotérico. Tenía casi cuarenta años, pero aparentaba diez menos.
Tammy era extravagante, llamativa y testaruda, mientras Maureen era conservadora, discreta y cauta. No habrían podido ser más diferentes en la vida y en el trabajo, pero habían encontrado un terreno de respeto mutuo que las había convertido en grandes amigas.
—Gracias por quedar conmigo con tan poca antelación, Tammy. Maureen se sentó y pidió un té helado. Tammy puso los ojos en blanco, pero estaba demasiado entusiasmada por el motivo de la cita para criticar la conservadora elección de bebida de Maureen.
—¿Bromeas? ¿Bérenger Sinclair te persigue y crees que quiero perderme detalle de tan jugosa circunstancia?
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Kathleen McGowan La esperada
—Bien, fuiste muy esquiva conmigo por teléfono, así que será mejor que desembuches. No puedo creer que conozcas a ese tipo.
—Y yo no puedo creer que tú no le conozcas. ¿Cómo es posible, en el nombre de Dios, literalmente, que publicaras un libro en que hablabas de María Magdalena sin ir a Francia a investigar? ¿Y tú te llamas periodista?
—Me considero periodista, y por eso no fui a Francia. No me interesa para nada todo ese rollo de las sociedades secretas. Ésa es tu especialidad, no la mía. Fui a Israel a realizar investigaciones serias sobre el siglo uno. La esgrima verbal era parte integral de su amistad. Maureen había conocido a Tammy cuando investigaba para escribir el libro. Una amiga mutua las había presentado después de averiguar que Maureen estaba investigando la vida de María Magdalena. Tammy había publicado varios libros alternativos sobre sociedades secretas y alquimia, y el documental que había dirigido sobre tradiciones espirituales clandestinas, destacando el culto a María Magdalena, había logrado buenas críticas en el circuito de los festivales. Maureen se había quedado sorprendida por las afirmaciones de una red de investigadores esotéricos, pues daba la impresión de que Tammy conocía a todo el mundo. Y si bien Maureen descubrió enseguida que el enfoque alternativo de Tammy estaba muy lejos de lo que ella buscaba, en términos de fuentes fidedignas, también reconoció la mente penetrante que ocultaba el espeso maquillaje, la sustancia debajo de la fachada. Maureen admiraba la valentía y la sinceridad brutal de Tammy, incluso cuando era el blanco de sus críticas.
Tammy introdujo la mano en su bolso naranja fluorescente y sacó un sobre elegante. Lo agitó ante la nariz de Maureen antes de empujarlo sobre la mesa hacia ella.
—Quería enseñarte esto en persona.
Maureen enarcó una ceja cuando vio el dibujo de la flor de lis, ahora ya familiar, combinado con las extrañas manzanas azules estampadas en el sobre. Extrajo una invitación impresa y se puso a leer.
—Es una invitación para el muy exclusivo baile de disfraces anual de Sinclair. Parece que por fin he triunfado. ¿También te ha enviado una?
Maureen negó con la cabeza.
—No, sólo un mensaje raro para que me reúna con él el día del solsticio de verano. ¿Cómo has conseguido esta invitación?
—Le conocí cuando fui a investigar a Francia —replicó Tammy —. Le he pedido fondos para terminar mi nuevo documental. Le interesa hacer uno, de manera que estamos negociando. O sea, le rascaré la espalda si él me rasca la mía.
—¿Estás trabajando en un nuevo documental? ¿Por qué no me lo has dicho?
—Últimamente no se te ha visto mucho el pelo, ¿no crees?
Maureen compuso una expresión contrita. Había olvidado a su amiga por completo durante la locura de los últimos meses.
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Kathleen McGowan La esperada
—Lo siento. Y basta de parecer tan complacida contigo mismo. ¿Qué me estás ocultando? ¿Sabías que Sinclair me... persigue?
—No, no. En absoluto. Sólo le vi una vez. Ojalá quisiera hablar conmigo. Su fortuna se calcula en mil millones, y es encantador. Rennie, esto podría ser estupendo para ti. Por los clavos de Cristo, suéltate el pelo y ve a vivir una gran aventura. ¿Cuándo fue la última vez que saliste con alguien?
—Ésa no es la cuestión.
—Tal vez sí.
Maureen desechó la pregunta con un ademán, y trató de contener su exasperación.
—No tengo tiempo para relaciones. Tampoco tengo la impresión de que me haya pedido una cita.
—Peor aún. No hay lugar en el planeta más romántico.
—Por eso has pasado tanto tiempo en Francia últimamente.
Tammy rió.
—No, no. Es que Francia es el centro neurálgico del esoterismo occidental, así como el crisol de la herejía. Podría escribir cien libros sobre el tema, o rodar el mismo número de películas, y sólo habría arañado la superficie. A Maureen le costaba concentrarse.
—¿Qué crees que desea Sinclair de mí?
—Quién sabe. Tiene fama de excéntrico y extravagante. Demasiado tiempo libre y demasiado dinero para gastar. Supongo que algo de tu libro le habrá
llamado la atención y quiere añadirte a su colección. Pero no tengo ni idea de qué pueda ser. Tu trabajo no es precisamente su especialidad.
—¿Qué quieres decir? —Maureen se puso un poco a la defensiva—. ¿Por qué no es su especialidad?
—Demasiado convencional y demasiado académico. Vamos, Maureen. Cuando escribiste aquel capítulo sobre María Magdalena fuiste tan cauta, tan políticamente correcta. Puede que María Magdalena sostuviera relaciones con Jesús, pero no hay pruebas, bla, bla, bla... Todo muy comedido. Créeme, Sinclair no tiene nada de comedido. Por eso me gusta.
Maureen replicó con más rudeza de lo que pretendía.
—Tú te dedicas a revisar la historia basándote en tus creencias personales. Yo no.
Tammy le estaba tocando la fibra hoy, pero como de costumbre su amiga se negó a tirar la toalla y siguió acosándola.
—¿Y cuáles son tus creencias? A mí me parece que ni siquiera lo sabes. Escucha, eres una buena amiga y no quiero faltarte al respeto, de modo que no te enfades, pero sabes tan bien como yo que existen pruebas de que María Magdalena sostuvo relaciones con Jesús y de que tuvieron hijos. ¿Por qué te aterra tanto esa posibilidad? Ni siquiera eres creyente. No debería significar una amenaza para ti.
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Kathleen McGowan La esperada
—No significa una amenaza para mí. No quería seguir ese camino. Tenía miedo de que contaminara el resto de mi obra. Está claro que tu punto de vista acerca de las «pruebas» y el mío no son el mismo. Me he pasado casi toda mi vida adulta investigando para ese libro, y no iba a tirarlo por la ventana arrojándome en brazos de una teoría mal hilvanada y carente de sustancia que no me interesa en lo más mínimo.
—La teoría mal hilvanada versa sobre la unión divina —replicó Tammy—. La idea de que dos personas honrándose mutuamente en una relación sagrada es la mayor expresión de Dios en la tierra. Tal vez debería interesarte. Maureen cambió de tema con brusquedad.
—Prometiste que me contarías lo que sabes sobre las manzanas azules.
—Bien, si perdonas mis teorías mal hilvanadas y carentes de sustancia... —
empezó Tammy.
—Lo siento.
Maureen parecía contrita de verdad, lo cual provocó la risa de Tammy.
—Olvídalo. Me han llamado cosas mucho peores. Bien, esto es lo que yo sé
sobre las manzanas azules. Son el símbolo de un linaje. Sí, de ese linaje, el que tú y tus amigos académicos queréis fingir que no existe. El linaje de Jesucristo y María Magdalena, tal como establecieron sus descendientes. Diversas sociedades secretas han utilizado símbolos diferentes para representar el linaje.
—¿Por qué manzanas azules?
—Eso ha sido objeto de discusión, pero en general se cree que es una referencia a las uvas. Las regiones vinícolas del sur de Francia son famosas por sus uvas grandes, que las manzanas azules podrían simbolizar. Acompáñame en el establecimiento de la conexión: los hijos de Jesús son el fruto de la viña, es decir, son uvas, y, por consiguiente, manzanas azules.
Maureen asintió.
—¿Quiere decir eso que Sinclair está metido en una de esas sociedades secretas?
—Sinclair es su propia sociedad secreta —rió Tammy—. Allí es como el padrino. No pasa nada sin su aprobación o conocimiento. Además, es la cuenta bancaria de montones de investigaciones, incluida la mía.
Tammy alzó su copa en un brindis burlón por la generosidad de Sinclair. Maureen tomó un sorbo de té y contempló el sobre que sostenía en la mano.
—Pero ¿crees que Sinclair es peligroso?
—Oh, Señor, no. Es demasiado importante para eso..., aunque tiene dinero e influencias suficientes para ocultar los cadáveres, desde luego... Es broma, de modo que deja de palidecer. Además, debe de ser el mayor experto en María Magdalena del mundo. Podría resultar un contacto muy interesante para ti si decidieras abrir tu mente un poquito.
—Supongo que irás a esa fiesta...
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Kathleen McGowan La esperada
—¿Estás loca? Pues claro que iré. Ya tengo el billete. La fiesta es el 24 de junio, tres días después del solsticio de verano. Mmm...
—¿Qué?
—Está tramando algo, pero no sé qué. Quiere que estés en París el 21 de junio, y la fiesta es el 24, que también es la fiesta de San Juan Bautista. Esto se está poniendo muy interesante. No creo ni por un momento que estas fechas sean una coincidencia. ¿Dónde quiere que te reúnas con él?
Maureen sacó su carta del bolso, junto con el mapa de Francia que iba incluido con ella. Se los dio a Tammy.
—Mira —indicó Maureen—, hay una línea roja desde París al sur de Francia.
—Es el Meridiano de París, querida. Atraviesa el corazón del territorio de la Magdalena, y la propiedad de Sinclair, por cierto.
Tammy dio la vuelta al mapa y apareció otro, el plano de París. Lo siguió
con una uña púrpura y lanzó una estentórea carcajada cuando localizó el punto de referencia de la orilla izquierda, rodeado por un círculo rojo.
—Oh, Dios. ¿Qué estás tramando, Sinclair? —Tammy indicó el plano de París—. La iglesia de Saint-Sulpice. ¿Te ha pedido que os encontréis ahí?
Maureen asintió.
—¿La conoces?
—Por supuesto. Una iglesia enorme, la segunda más grande de París después de Notre-Dame, llamada a veces la catedral de la Orilla Izquierda. Ha sido centro de actividades de las sociedades secretas desde el siglo dieciséis, como mínimo. Ojalá lo hubiera sabido, porque habría comprado mi billete a París para unos cuantos días antes. Daría cualquier cosa por presenciar tu entrevista con el padrino.
—Aún no he dicho que vaya a ir. Todo esto me parece una locura. No tengo ningún medio de ponerme en contacto con él. Ni número de teléfono, ni correo electrónico. Ni siquiera me pidió que le contestara. Da por sentado que iré.
—Es un hombre muy acostumbrado a conseguir lo que desea. Por algún motivo que no se me ocurre, quiere verte. No obstante, si quieres relacionarte con esa gente, has de dejar de ceñirte a las reglas de la sociedad normal. No son peligrosos, pero pueden ser muy excéntricos. Los acertijos forman parte de su juego, y tendrás que solucionar algunos para demostrar que eres digna de entrar en su círculo íntimo.
—No estoy segura de querer hacerlo.
Tammy acabó el resto de su margarita.
—Tú eliges, hermana. Personalmente, no me perdería una invitación como ésta por nada del mundo. Creo que es la oportunidad de tu vida. Ve como periodista, a investigar. Pero recuerda, en cuanto te adentres en este misterio, será como atravesar el espejo y caer por el agujero del conejo.
»De modo que ve con cuidado. Y aférrate a tu realidad, mi querida y conservadora Alicia.
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Kathleen McGowan La esperada
Los Ángeles
Abril de 2005
LA DISCUSIÓN CON PETER había sido más acalorada de lo que había supuesto. Maureen sabía que se opondría a su decisión de reunirse con Sinclair en Francia, pero no estaba preparada para la vehemencia con que defendió su postura.
—Tamara Wisdom es una descerebrada, y no puedo creer que te convenciera de hacer esto. No me fío de su descripción de Sinclair. La discusión se había prolongado durante toda la cena. Peter había interpretado el papel de hermano mayor y protector, preocupado por su seguridad, y Maureen se había esforzado por hacerle comprender su decisión.
—Pete, sabes que nunca me ha gustado correr riesgos. Me gustan el orden y el control en mi vida, y mentiría si te dijera que esto no me aterroriza.
—¿Y por qué lo haces?
—Porque los sueños y las coincidencias me aterrorizan todavía más. No tengo control sobre ellos, y la cosa va empeorando, pues cada vez son más frecuentes y vívidos. Creo que he de seguir este camino y ver adónde me conduce. Quizá Sinclair tenga las respuestas que busco, tal como él afirma. Si es el mayor experto en María Magdalena del mundo, tal vez podrá explicarme algo de esto. Sólo hay una forma de averiguarlo, ¿verdad?
Al final de la agotadora discusión, Peter se rindió por fin, pero con una condición.
—Iré contigo —anunció.
Y así terminó la discusión.
●
Maureen marcó en el móvil el número de Peter cuando salió de la agencia de viajes Westwood el siguiente sábado por la mañana. Aún no le había contado todo a su primo. A veces, la trataba como si todavía fuera una niña y él su protector. Si bien le agradecía que se preocupara por ella, era una adulta que debía tomar decisiones importantes en esta encrucijada de su vida. Con la decisión tomada y los billetes en la mano, había llegado el momento de informarle.
—Hola. Todo está arreglado, y ya tengo los billetes. Escucha, he tomado la decisión repentina de volar a Nueva Orleans un día antes.
Peter guardó silencio un momento, sorprendido.
—¿Nueva Orleans? Muy bien. ¿Iremos a París desde allí?
Ahora venía la parte difícil.
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Kathleen McGowan La esperada
—No. Voy a Nueva Orleans sola. —Encadenó a toda prisa la siguiente frase para que no pudiera interrumpirla—. Se trata de algo que debo hacer sola, Pete. Nos encontraremos en JFK al día siguiente, y desde allí iremos juntos a París. Peter hizo una pausa, y luego aceptó con un simple «de acuerdo». Maureen se sentía culpable por engañarle.
—Escucha, estoy en Westwood. Acabo de salir de la agencia de viajes.
¿Puedes comer conmigo? Tú eliges. Yo invito.
—No puedo. Hoy tengo seminarios de refuerzo para exámenes finales en Loyola.
—Venga, ¿no hay nadie que pueda dar unas clases de latín durante unas pocas horas?
—Latín, sí, pero soy el único profesor de griego, así que me ha tocado a mí.
—De acuerdo. Quizás otro día me expliques por qué los adolescentes del siglo veintiuno han de aprender lenguas muertas.
Peter sabía que Maureen estaba bromeando. Su respeto por la cultura y el talento para los idiomas de Peter era inmenso.
—Por el mismo motivo que yo tuve que aprender lenguas muertas, y mi abuelo también. Nos ha servido de mucho, ¿no?
Maureen no podía llevarle la contraria, ni siquiera en broma. El abuelo de Peter, el estimado doctor Cormac Healy, había participado en Jerusalén en un comité encargado de estudiar y traducir algunos papiros de la extraordinaria biblioteca de Nag Hammadi. La pasión de Peter por los manuscritos antiguos había florecido de adolescente, cuando pasó el verano en Israel con su abuelo. Peter había participado en la excavación del Scriptorium de Qumrán, donde se habían escrito los manuscritos del mar Muerto. Durante años, había guardado un diminuto trozo de ladrillo de la pared del Scriptorium en una vitrina contigua a su escritorio. Pero cuando su prima mostró auténtica pasión y dedicación por su trabajo de escritora, consideró apropiado que lo guardara ella, como fuente de inspiración. Maureen se colgaba el fragmento de ladrillo, guardado dentro de una bolsa de piel, alrededor del cuello cada vez que se ponía a escribir con ahínco.
Fue durante aquel verano en Israel cuando el joven Peter descubrió su vocación, tanto académica como religiosa. Había visitado los lugares sagrados de la cristiandad con un grupo de jesuitas, y la experiencia había tenido un profundo impacto en el joven e idealista irlandés. La orden jesuita resultó ser el elemento ideal para combinar sus dos pasiones, la religiosa y la erudita. Maureen lo había dispuesto todo para reunirse con él más avanzada la semana. Cuando cerró el teléfono móvil, cayó en la cuenta de que hacía meses que no se sentía tan animada.
No podía decirse lo mismo del padre Peter Healy.
●
61
Kathleen McGowan La esperada La costa Oeste de Estados Unidos posee un rico patrimonio de edificios históricos en las misiones californianas. Fundadas por el diligente monje franciscano fray Junípero Serra en el siglo XVIII, estos vestigios de la arquitectura española, provistos de hermosos jardines, se encuentran en lugares de gran belleza natural.
Peter sentía una gran simpatía por la orden franciscana, y se había propuesto visitar todas las misiones californianas desde que llegó al estado. Las misiones armonizaban la historia con la fe, una combinación que resonaba en el alma y el corazón de Peter. Cuando necesitaba espacio y tiempo para pensar, solía escaparse a una de las misiones del sur de California. Cada una poseía su particular encanto, y representaban un oasis de calma en el centro de su agitado estilo de vida en Los Ángeles.
Hoy había elegido la misión de San Fernando, debido a la proximidad de su amigo, el padre Brian Rourke, que vivía cerca y era el líder de la orden jesuita instalada en el valle de San Fernando. La relación de Peter con el padre Brian se remontaba a sus primeros años en el seminario, cuando aquél había sido su mentor. Ahora, Peter necesitaba un amigo de confianza. Buscaba refugio, incluso de la Iglesia a la que amaba y obedecía. El padre Brian había accedido a recibirle con poca antelación al percibir cierto pánico en la voz de Peter.
—¿Tu prima es católica practicante?
El sacerdote caminaba por los jardines de la misión con Peter. El sol de la tarde bañaba el valle, y Peter se secó una gota de sudor con el dorso de la mano.
—Ya no lo es, pero era muy devota de niña. Los dos lo éramos. El padre Rourke asintió.
—¿Ocurrió algo que la apartó de la Iglesia?
Peter vaciló un momento.
—Problemas familiares. Prefiero no extenderme al respecto. Creía que revelar las visiones de Maureen sin su consentimiento era como una especie de traición. No quería desvelar los demás secretos familiares. Todavía no, al menos. Pero no sabía muy bien qué hacer a continuación, y necesitaba el sabio consejo de alguien de confianza dentro de la estructura de la Iglesia.
El sacerdote de mayor edad asintió, indicando que comprendía su deseo de confidencialidad.
—En muy pocas ocasiones se concede crédito a las visiones divinas. A veces son sueños, a veces fantasías infantiles. Es probable que no haya de qué
preocuparse. ¿Vas a acompañarla a Francia?
—Sí. Siempre he sido su consejero espiritual, y debo de ser la única persona en la que confía de verdad.
—Estupendo, estupendo. Así podrás vigilarla. Llama de inmediato si crees que se está poniendo en peligro de alguna manera. Te ayudaremos.
—Estoy seguro de que no llegaremos a tanto.
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Kathleen McGowan La esperada Peter sonrió y dio las gracias a su amigo. La conversación se transformó en una discusión sobre el calor extremo de California en contraposición a los suaves veranos de su nativa Irlanda. Hablaron de viejos amigos y del paradero de su antiguo profesor y paisano, que ahora era obispo en algún lugar del Profundo Sur. Cuando llegó la hora de marchar, Peter aseguró a su viejo amigo que se sentía mejor después de su charla.
Mentía.
●
El padre Rourke volvió a su despacho con el corazón contrito y la conciencia desgarrada. Estuvo sentado durante mucho rato, contemplando el crucifijo que colgaba en la pared sobre su escritorio. Exhaló un suspiro de resignación, descolgó el teléfono y marcó el código de zona de Luisiana. No tuvo que consultar el número.
Nueva Orleans
Junto de 2005
MAUREEN CIRCULABA POR LAS AFUERAS de Nueva Orleans en su coche de alquiler, con un plano de la zona desplegado sobre el asiento del acompañante. Aminoró la velocidad y se detuvo a un lado, para echar un vistazo al plano y comprobar que iba bien encaminada. Satisfecha, reemprendió el camino. Cuando dobló la siguiente esquina, aparecieron a la vista las tumbas estilo sarcófago y monumentos que han hecho famosos a los cementerios de la ciudad.
Maureen estacionó el coche en el aparcamiento y recogió del asiento posterior su bolso y las flores que había comprado al vendedor callejero. Bajó
del coche, con cuidado de esquivar los charcos fangosos, restos de la tormenta de antes, preludio del verano, y examinó el paisaje de tumbas bien cuidadas. Recargados indicadores y guirnaldas de flores se extendían hasta perderse de vista. Maureen respiró hondo y se encaminó hacia las puertas del cementerio con sus flores. Se detuvo en la entrada principal y alzó la vista, pero se desvió a la izquierda sin entrar en el recinto.
Rodeó el perímetro del camposanto hasta llegar a otra serie de sepulturas. Las tumbas estaban invadidas de musgo y malas hierbas, descuidadas y patéticas. Aquí estaban enterrados los parias.
Caminó con parsimonia y reverencia entre las tumbas. Reprimió las lágrimas cuando pasó junto a tumbas olvidadas, individuos que habían sido abandonados incluso en la muerte. La próxima vez traería más flores, flores para todos ellos.
Se arrodilló, apartó a un lado las malas hierbas que cubrían una lápida en mal estado. El nombre que dejó al descubierto era el de Edouard Paul Paschal. 63
Kathleen McGowan La esperada Maureen arrancó las hierbas invasoras con las manos. Limpió la tumba indiferente a la tierra y el barro acumulados bajo sus uñas y que salpicaban su ropa. Alisó la zona con las manos y frotó la lápida para resaltar las letras del nombre del ocupante.
Cuando estuvo satisfecha de sus esfuerzos, depositó las flores sobre la tumba. Extrajo la foto enmarcada del bolso y miró un momento la instantánea. Entonces, permitió que las lágrimas se desbordaran. La imagen mostraba a Maureen de niña, apenas cinco o seis años, sentada en las rodillas de un hombre que le estaba leyendo un cuento de un libro. Los dos intercambiaban una sonrisa de felicidad, sin hacer caso de la cámara.
—Hola, papá —susurró a la foto, antes de dejarla sobre la lápida. Maureen se demoró un momento, con los ojos cerrados, perdida en su intento de recordar a su padre con detalle. Aparte de esta fotografía, contaba con pocas cosas para despertar recuerdos de él. Después de su muerte, su madre había prohibido cualquier conversación sobre el hombre o el papel que había desempeñado en sus vidas. Había dejado de existir para ellas, así de sencillo, al igual que la familia de él. Maureen y su madre se habían trasladado a Irlanda al cabo de muy poco tiempo. Su pasado en Luisiana quedó relegado a los borrosos recuerdos de una niña traumatizada y afligida. Aquella mañana, Maureen había buscado en el listín telefónico de Nueva Orleans residentes apellidados Paschal. Encontró varios, algunos de los cuales podían ser parientes suyos, pero había cerrado el listín al instante, porque nunca había albergado una auténtica intención de ponerse en contacto con presuntos parientes, sobre todo después de tanto tiempo, y especialmente ahora. Había sido más como un ejercicio memorístico.
Maureen tocó la fotografía a modo de despedida, y luego se secó las lágrimas con una mano fangosa que manchó de barro su cara. No le importó. Se levantó y volvió sobre sus pasos sin mirar atrás, y se detuvo ante las puertas de la entrada principal. Dentro del cementerio, una capilla blanca coronada con una pulida cruz de latón relumbraba bajo la luz del sol.
Maureen contempló la iglesia a través de los barrotes.
Se protegió los ojos de los destellos de la cruz, y después dio la espalda al camposanto y se marchó.
Ciudad del Vaticano, Roma
junio de 2005
EL CARDENAL TOMÁS DECARO se levantó del escritorio y miró la piazza por la ventana. No sólo sus ojos envejecidos necesitaban un descanso de la pila de papeles amarillentos acumulados sobre la mesa. Su mente y su conciencia anhelaban descansar y meditar sobre la información que había recibido aquella mañana. Se avecinaba un terremoto, de eso estaba seguro. De lo que ya no 64
Kathleen McGowan La esperada estaba tan seguro era de los daños que este cataclismo iba a provocar, ni de quiénes serían las víctimas.
Abrió el cajón superior del escritorio y miró el objeto que le daba fuerzas en momentos así. Era un retrato del bendito papa Juan XXIII, bajo el encabezamiento Vatican Secundum. Debajo de la imagen había una cita de aquel gran líder visionario que tanto había arriesgado por integrar a su amada Iglesia en el mundo contemporáneo. Aunque DeCaro se sabía las palabras de memoria, leerlas le confortó:
—«No es el evangelio lo que ha cambiado. Es que hemos empezado a comprenderlo mejor. Ha llegado el momento de discernir el signo de los tiempos, de aprovechar la oportunidad y mirar adelante».
En el exterior, el verano se estaba acercando y prometía un hermoso día en Roma. DeCaro decidió hacer novillos unas horas y dar un largo paseo por su amada Ciudad Eterna.
Necesitaba caminar, necesitaba pensar y, sobre todo, necesitaba rezar para recibir consejo. Tal vez el espíritu del buen papa Juan le ayudaría a orientarse en la crisis inminente.
65
Kathleen McGowan La esperada
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... Bartolomé llegó a nosotros por mediación de Felipe, otro de nuestra tribu que fue incomprendido, y confieso que yo fui la primera en juzgarle mal. Desde hacía mucho tiempo era seguidor de Juan el Bautista, y yo le conocía debido a su amistad. Por dicha causa, tardé cierto tiempo en aprender a confiar en Felipe. Felipe era un hombre enigmático. Práctico y culto. Podía hablarle en la lengua de los helenos, en la cual me habían educado. Era de ascendencia noble, nacido en Betsaida, aunque había optado por una vida de extrema sencillez, negándose el boato de la nobleza. Este rasgo lo había aprendido de Juan. Aparentemente, Felipe era difícil y pendenciero, pero debajo de esta apariencia se ocultaba un carácter alegre y bondadoso. Felipe jamás haría nada que pudiera perjudicar a un ser vivo. De hecho, era muy severo en sus hábitos alimenticios, y no consumía carne que pudiera causar sufrimientos a ningún animal. Mientras el resto de nuestra tribu se alimentaba de pescado, Felipe no quería ni oír hablar de ello. Era incapaz de soportar la idea de las tiernas bocas desgarradas por anzuelos, o la agonía que debían padecer los peces cuando eran atrapados por las redes. Había discutido muchas veces con Pedro y Andrés sobre este dilema. Yo pensaba en ello a menudo. Tal vez estaba en lo cierto, y su compromiso con esta creencia era una de las razones de la admiración que sentía por él.
...A veces pensaba que Felipe era como los animales que reverenciaba, aquellos que se protegen con espinas o armaduras por fuera, para que nada pueda aguijonear al blando animal que yace debajo. No obstante, tomó bajo su protección a Bartolomé
cuando le encontró en el camino sin hogar. Percibió la bondad de Bartolomé, y nos la trajo a nosotros.
Después del Tiempo de la Oscuridad, Felipe y Bartolomé fueron mi mayor consuelo. Llevaron a cabo los preparativos iniciales, junto con José, para trasladarnos sanos y salvos a Alejandría, lejos de nuestra tierra cuanto antes. Para Bartolomé, los niños eran tan importantes como las mujeres. En realidad, fue el mayor consuelo para el pequeño Juan, que ama a todos los hombres. Pero Sara Tamar también quería mucho a Bartolomé. 66
Kathleen McGowan La esperada Sí, esos dos hombres merecen un lugar en el cielo que esté lleno de lux y perfección por toda la eternidad, ha única preocupación de Felipe era protegernos y conducirnos sanos y salvos a nuestro destino. Creo que nada le habría detenido, con independencia de lo que le hubiera pedido. Si hubiera dicho a Felipe que nuestro destino era la luna, habría hecho todo cuanto hubiera estado en sus manos por llevarnos a ella.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS
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67
Kathleen McGowan La esperada 6
París
19 de junio de 2005
EL SOL BRILLABA SOBRE EL SENA, mientras Maureen y Peter paseaban por la orilla del río. La luz de principios de verano bañaba París, y ambos estaban contentos de poder relajarse un poco y disfrutar de los encantos de la ciudad más bella del mundo. Ya tendrían tiempo para preocuparse por el encuentro con Sinclair, que tendría lugar dentro de dos días.
Los dos primos estaban disfrutando de sendos cucuruchos de helado, que consumían con rapidez antes de que el sol los derritiera y dejara una senda arcoirisada en el suelo.
—Mmmm, tenías razón, Pete. Puede que Berthillon sea el mejor helado del mundo. Es asombroso.
—¿Qué sabor has pedido?
Maureen estaba practicando su francés.
—Poivre.
—¿Pimienta? —Peter estalló en carcajadas—. ¿Has pedido helado con sabor a pimienta?
Maureen enrojeció, pero lo intentó de nuevo.
—Pauvre?
—¿Pobre? ¿Es de sabor a pobre?
—De acuerdo, me rindo. Deja de atormentarme. Tiene sabor a pera.
—Poire. Poire es pera. Lo siento, no debería burlarme de ti. Al menos, lo has intentado.
—Bien, no cabe duda de cuál es el miembro de la familia que más facilidad tiene para los idiomas.
Ambos rieron, disfrutando de la frivolidad del momento y la belleza del día.
●
La magnificencia gótica de Notre-Dame dominaba la Île de la Cité, como lo había hecho durante ochocientos años. Cuando se acercaron a la catedral, Peter miró con reverencia la impresionante fachada, con su mezcla de santos y gárgolas.
—La primera vez que la vi dije: «Dios vive aquí». ¿Quieres entrar?
—No, prefiero quedarme fuera con las gárgolas, que es mi sitio. 68
Kathleen McGowan La esperada
—Es el edificio gótico más famoso del mundo, y un símbolo de París. Como turista, estás obligada a entrar. Además, el vitral es fenomenal, y tienes que ver el rosetón al sol de mediodía.
Maureen vaciló, pero Peter la tomó del brazo y tiró de ella.
—Vamos. Te prometo que los muros no se derrumbarán cuando entres.
●
Los rayos solares atravesaban a chorros el rosetón más famoso del mundo, iluminando a Peter y Maureen con una luz azul celeste veteada de púrpura. Él estaba extasiado, con el rostro alzado hacia las ventanas, disfrutando de un momento de perfecto arrobo. Maureen caminaba con parsimonia detrás de él, intentando no olvidar que se trataba de un edificio de enorme significado histórico y arquitectónico, y no de otra iglesia más.
Un sacerdote francés pasó a su lado y cabeceó a modo de solemne saludo. Maureen tropezó en aquel instante. El sacerdote se detuvo y extendió una mano para sostenerla, al tiempo que le hablaba con cierta preocupación en francés. Ella sonrió y levantó una mano para indicar que estaba bien. Peter volvió a su lado y el sacerdote continuó su camino.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. Un poco mareada de repente. Efecto del jet lag, supongo.
—No has dormido mucho estos últimos días.
—Estoy segura de que eso no me ha ayudado. —Maureen señaló uno de los bancos laterales alineados con el rosetón—. Voy a sentarme ahí un momento a disfrutar del vitral. Ve a dar una vuelta.
Él parecía preocupado, pero Maureen le indicó con un ademán que se fuera.
—Estoy bien. Vete. Enseguida voy.
Él asintió y fue a explorar la catedral. Maureen se sentó en el banco. No quería admitir delante de Peter que se sentía muy mareada. Le había sucedido sin previo aviso, y sabía que si no se sentaba caería al suelo. Pero no había querido decírselo a su primo. Debía ser una combinación de jet lag y agotamiento.
Maureen se palmeó la cara con las manos, intentando sacudirse de encima el aturdimiento. Rayos caleidoscópicos de luces de colores, procedentes del rosetón, caían sobre el altar e iluminaban un gran crucifijo. Maureen parpadeó
varias veces. Daba la impresión de que el crucifijo estaba aumentando de tamaño cada vez más.
Se agarró la cabeza cuando el mareo la envolvió y la visión se apoderó de ella.
●
El rayo hendió el cielo anormalmente negro, en aquella lúgubre tarde de viernes, ha mujer de rojo subió la colina dando tumbos, esforzándose por llegar a la cumbre. Era 69
Kathleen McGowan La esperada indiferente a los cortes y arañazos que se iban acumulando en su cuerpo y desgarraban sus ropas. Tenía un único objetivo, y era llegar a él. El sonido de un martillo remachando un clavo, metal contra metal, resonó en el aire con una determinación nauseabunda. La mujer perdió la compostura al fin y lanzó un gemido, un sonido singular de irreprimible desesperación humana. La mujer llegó al pie de la cruz justo cuando empezó a llover. Le miró, y gotas de su sangre cayeron sobre su rostro transido de dolor, y se mezclaron con la lluvia incesante.
●
Perdida en la visión, Maureen no sabía dónde estaba. Su gemido, un eco perfecto de la desesperación de María Magdalena, resonó en toda la catedral de Notre-Dame, asustando a los turistas. Peter corrió a reunirse con ella.
●
—¿Dónde estamos?
Maureen despertó en un sofá, en una habitación chapada en madera. El rostro serio de Peter flotaba sobre ella cuando contestó.
—En una de las oficinas de la catedral.
Cabeceó en dirección al sacerdote francés que habían visto antes, el cual había entrado por una puerta disimulada al fondo de la habitación, con expresión preocupada.
—El padre Marcel me ayudó a traerte aquí. No podías ni moverte. El padre Marcel avanzó y le ofreció un vaso de agua. Ella bebió agradecida.
—Merci —dijo al sacerdote, quien asintió en silencio y se retiró al fondo de la habitación para esperar con discreción, en caso de que volvieran a necesitar su ayuda—. Lo siento —dijo a Peter sin demasiada convicción.
—Tranquila. Es evidente que no pudiste controlarlo. ¿Quieres decirme qué
viste?
Ella le contó la visión. El rostro de Peter fue palideciendo a cada nueva palabra que oía. Cuando ella terminó, estaba muy serio.
—Maureen, sé que no querrás oír esto, pero creo que estás teniendo visiones divinas.
—¿Crees que debería hablar con un cura? —bromeó la joven.
—Hablo en serio. Esto está fuera de mi esfera de acción, pero encontraré a alguien que sepa de estas cosas. Sólo para hablar. Podría serte de ayuda.
—Ni se te ocurra —replicó Maureen, al tiempo que se incorporaba en el sofá—. Llévame de vuelta al hotel para que pueda descansar un poco. En cuanto haya dormido un rato, estoy segura de que me encontraré bien.
●
Maureen pudo, por fin, sobreponerse a la visión y salir por su propio pie de la catedral. Experimentó un gran alivio al encontrar una salida lateral, lo cual le 70
Kathleen McGowan La esperada ahorró tener que atravesar de nuevo el interior de ese gran icono de la cristiandad.
En cuanto Peter depositó a Maureen sana y salva en su habitación, volvió a la suya. Estuvo sentado un momento, contemplando el teléfono. Era demasiado temprano para llamar a Estados Unidos. Saldría un rato y volvería cuando la hora fuera un poco más apropiada para aquella zona horaria.
●
En las cercanías del Sena, el padre Marcel atravesó el interior iluminado con velas de la catedral gótica más famosa del mundo. Le seguía un sacerdote irlandés, el obispo O'Connor, que intentaba interrogarle en un francés muy deficiente.
El padre Marcel le condujo al banco donde Maureen había tenido la visión y le explicó lo sucedido poco a poco, en un intento de salvar el abismo idiomático. Si bien fue un intento sincero de comunicarse con el irlandés, daba la impresión de que el sacerdote francés estaba hablando con un idiota. O'Connor le despidió con un ademán impaciente, se acomodó en el banco y miró el crucifijo que colgaba sobre el altar, abismado en sus pensamientos.
París
19 de junio de 2005
LA CUEVA DE LOS MOSQUETEROS era menos ominosa de día, iluminada por un tubo fluorescente implacable. Los ocupantes iban vestidos con traje de calle, sin los extraños cordones alrededor del cuello que los identificaban como la Cofradía de los Justos.
Una réplica del retrato de Juan el Bautista pintado por Leonardo Da Vinci colgaba en la pared del fondo, a sólo una manzana de distancia de donde residía el original, en el Louvre. En este famoso cuadro, Juan mira desde el lienzo con una sonrisa de complicidad en la cara. Tiene la mano alzada, y el dedo índice y el pulgar apuntan hacia el cielo. Leonardo pintó a Juan en esta postura, a menudo citada como el gesto de «Acordaos de Juan», en diversas ocasiones. El significado de esta postura concreta había sido objeto de discusiones durante siglos.
El inglés estaba sentado a la cabecera de la mesa, como de costumbre, dando la espalda a la pintura. Un norteamericano y un francés estaban sentados a cada lado de él.
—No entiendo qué está tramando —dijo con brusquedad el inglés. Levantó
un libro de tapa dura de la mesa y lo agitó en dirección a los dos hombres—. Lo he leído dos veces. Aquí no hay nada nuevo, nada que pueda interesarnos. Ni a él. Entonces, ¿qué es? ¿Se os ha ocurrido alguna idea, o estoy hablando con las paredes?
71
Kathleen McGowan La esperada El inglés tiró el libro sobre la mesa con evidente desprecio. El norteamericano lo recogió y pasó las páginas con aire ausente. Miró una de las solapas y examinó la fotografía de la autora.
—Es guapa. Quizá no haya más que eso.
El inglés se encrespó. El típico yanqui ridículo, que no se entera de nada. Siempre se había opuesto al ingreso de miembros norteamericanos en la Cofradía, pero este idiota era de una familia rica relacionada con su legado, y no podían quitárselo de encima.
—Con el dinero y el poder del que dispone, Sinclair tiene algo más que chicas «guapas» a su servicio, las veinticuatro horas del día. Sus hazañas amorosas son legendarias en Inglaterra y en el continente. No, hay algo más que ganas de tirarse a esa tía, y espero que los dos lo descubráis. Cuanto antes.
—Casi estoy seguro de que cree que es la Pastora, pero pronto lo sabré —
aseguró el francés—. Este fin de semana voy al Languedoc.
—Este fin de semana es demasiado tarde —replicó el inglés—. Vete a más tardar mañana. Hoy sería preferible. El tiempo juega en nuestra contra, como ya sabes.
—Es pelirroja —observó el norteamericano.
—Cualquier puta con veinte euros y las ganas puede teñirse el pelo de rojo. Ve allí y averigua por qué es importante. Deprisa. Porque si Sinclair encuentra lo que está buscando antes que nosotros...
No terminó la frase. No hacía falta. Los demás sabían muy bien qué
sucedería en ese caso, sabían lo que había sucedido la última vez que alguien del otro bando se acercó demasiado. El yanqui era particularmente impresionable, y pensar en la escritora pelirroja decapitada le causó desazón. El norteamericano levantó el ejemplar del libro de Maureen de la mesa, lo encajó bajo el brazo y siguió a su compañero francés al deslumbrante sol de París.
●
Cuando sus subordinados se fueron, el inglés, quien había sido bautizado con el nombre de John Simon Cromwell, se levantó de la mesa y caminó hasta la parte posterior del sótano. Al doblar la esquina, había un estrecho nicho que no se veía desde la sala principal. Dentro de ese espacio había un pesado armario de madera oscura. A su derecha, se elevaba un pequeño altar. Un único reclinatorio permitía que una persona se arrodillara ante el altar.
Las puertas del armario tenían elementos de hierro forjado, y el compartimiento inferior estaba cerrado con un candado macizo. El inglés se llevó una mano al cuello, en busca de la llave atada a un cordel que le colgaba alrededor de la garganta. Se arrodilló, aplicó la llave a la cerradura del candado y abrió el compartimiento.
72
Kathleen McGowan La esperada Extrajo dos objetos. En primer lugar, un frasco de lo que parecía ser agua bendita, la cual vertió en una pila dorada que descansaba sobre el altar. A continuación, sacó un relicario pequeño pero recargado.
Cromwell depositó el relicario sobre el altar y hundió las manos en el agua. Se frotó el cuello con el líquido y pronunció una invocación. Después, alzó el relicario hasta la altura de los ojos. A través de una diminuta ventana practicada en la caja de oro macizo se veía un destello marfileño. El hueso humano, largo, estrecho y surcado de muescas, vibró dentro de su estuche cuando el inglés lo miró. Apretó el hueso contra su pecho y rezó una ferviente oración.
—Oh, gran Maestro de Justicia, sabes que no te fallaré, pero suplicamos tu ayuda. Ayúdanos a encontrar la verdad. Ayúdanos, a los que sólo vivimos para servir a tu glorioso nombre.
»Sobre todo, ayúdanos a poner en su sitio a esa puta.
●
El norteamericano, que se había quedado solo, iba por la calle de Rivoli gritando en su móvil para hacerse oír por encima del tráfico de París.
—Ya no podemos esperar más. Es un renegado, y ha perdido por completo el control.
La voz de su interlocutor emulaba su acento norteamericano: educada, del noreste y muy irritada.
—Cíñete al plan. El propósito es alcanzar nuestro objetivo de una manera metódica y total. Fue trazado por gente mucho más sabia que tú —dijo en tono cortante la voz, que pertenecía a un hombre mayor que él.
—Esa gente no está aquí —replicó el más joven—. No ve lo que yo veo. Maldita sea, papá, ¿cuándo vas a reconocer mis méritos?
—Cuando te lo ganes. Entretanto, te prohíbo que cometas cualquier idiotez. El joven norteamericano cerró el móvil con brusquedad, al tiempo que blasfemaba. Había doblado la esquina del hotel Regina, atajando por la Place des Pyramides. Alzó la vista, a tiempo de evitar la colisión con la famosa estatua dorada de Juana de Arco, esculpida por el gran Frémiet.
—Puta —increpó a la salvadora de Francia, y se detuvo el tiempo justo para escupir sobre ella, sin importarle quién le viera.
París
20 de junio de 2005
LA PIRÁMIDE DE VIDRIO de I. M. Pei centelleaba bajo los rayos del sol del verano francés. Maureen y Peter, ambos repuestos después de una noche de verdadero sueño, esperaban en la cola con los demás turistas para entrar en el Louvre.
Peter miró a la gente que esperaba en la larga cola, aferrando sus guías. 73
Kathleen McGowan La esperada
—Tanto alboroto por la Mona Lisa. Nunca lo entenderé. El cuadro más sobrevalorado de todo el planeta.
—Estoy de acuerdo, pero mientras se amontonan para verla, tendremos el ala Richelieu para nosotros solos.
●
Maureen y Peter compraron las entradas y examinaron el plano del Louvre.
—¿Adónde vamos primero?
—Nicholas Poussin —contestó Maureen—. Quiero ver Los pastores de Arcadia con mis propios ojos antes que nada.
Atravesaron el ala que albergaba a los maestros franceses, escudriñando las paredes en busca de la enigmática obra maestra de Poussin.
—Tammy me dijo que este cuadro ha sido objeto de controversia desde hace varios cientos de años —explicó Maureen—. Luis Catorce luchó por obtenerlo durante dos décadas. Cuando por fin se hizo con él, lo encerró en un sótano de Versalles, donde nadie más pudiera verlo. Extraño, ¿verdad? ¿Por qué
crees que el rey de Francia se esforzaría tanto por conseguir una obra de arte importante, y después la ocultó al mundo?
—Es otro en una larga serie de misterios. —Peter iba comprobando los números en la guía mientras escuchaba—. Según esto, el cuadro debería estar...
—¡Aquí! —exclamó Maureen. Peter se detuvo a sus espaldas y los dos contemplaron el cuadro unos instantes. Ella se volvió hacia él y rompió el silencio.
—Me siento tan idiota. Como si estuviera esperando que la pintura me dijera algo. —Se volvió hacia el cuadro—. ¿Intentas decirme algo, pastora?
Una idea asaltó a Peter.
—No puedo creer que no lo pensara antes.
—¿Pensar en qué?
—La idea de la pastora. Jesús es el Buen Pastor. Tal vez Poussin, o al menos Sinclair, estaba indicando la Buena Pastora.
—¡Sí! —gritó Maureen, dejándose llevar por el entusiasmo—. Tal vez Poussin nos estaba enseñando a María Magdalena como la pastora, la líder del rebaño. ¡La líder de su propia Iglesia!
Peter se encogió.
—Bien, yo no he dicho exactamente eso...
—No hacía falta. Mira, hay una inscripción en latín en la tumba del cuadro.
—Et in Arcadia ego —leyó él en voz alta—. Mmm. No tiene sentido.
—¿Cómo se traduce?
—No se puede. Es un absurdo gramatical.
—Dime cuál sería la traducción más aproximada.
—O es un latín muy deficiente, o una especie de código. La traducción literal es una frase incompleta, algo así como «Y en Arcadia yo...» No significa nada.
74
Kathleen McGowan La esperada Maureen intentaba escuchar, pero una voz de mujer empezó a gritar con urgencia al otro lado del museo, y eso la distraía.
—¡Sandro! ¡Sandro!
Buscó a su alrededor el origen de la voz, antes de pedir disculpas a Peter.
—Lo siento, pero la voz de esa mujer me está distrayendo.
La voz llamó otra vez, esta vez con mayor intensidad, lo cual irritó a Maureen.
—¿Quién es?
Peter la miró, perplejo.
—¿Quién es quién?
—La mujer que grita...
—¡Sandro! ¡Sandro!
Maureen miró a Peter cuando la voz se hizo más estentórea. Estaba claro que no la oía. Se volvió para mirar a los demás turistas y estudiantes, absortos en las maravillosas obras de arte que colgaban de las paredes. Nadie parecía ser consciente de la voz perentoria que llamaba.
—Oh, Dios. No la oyes, ¿verdad? Sólo yo la oigo.
Peter parecía desconcertado.
—¿Oír qué?
—Una voz de mujer llama desde el otro lado del museo. ¡ Sandro, Sandro!
Vamos.
Maureen agarró a Peter de la solapa y corrieron en dirección a la voz.
—¿Adónde vamos?
—Vamos a intentar localizar la voz. Viene de esa dirección. Recorrieron a toda prisa los pasillos del museo. Maureen tuvo que disculparse varias veces cuando tropezó con diversos visitantes. La voz se había convertido en un susurro perentorio, pero la estaba conduciendo a alguna parte, y estaba decidida a seguirla. Atravesaron de nuevo el ala Richelieu, sin hacer caso de las miradas irritadas de un guardia del museo, bajaron unos escalones y siguieron otro corredor, pasando ante los letreros que indicaban el ala Denon.
—¡Sandro... Sandro... Sandro!
La voz calló de repente cuando Maureen y Peter subieron la gran escalinata y pasaron ante la mítica estatua de la diosa Nike, en toda su grandeza alada. En lo alto de la escalera, cuando doblaron la esquina, se encontraron con dos de las obras menos conocidas del Renacimiento italiano. Peter fue quien hizo la primera observación.
—Frescos de Botticelli.
Ambos cayeron en la cuenta al instante.
—Sandro. Alessandro Botticelli.
Peter miró los frescos, y luego desvió la vista hacia Maureen.
—¿Cómo lo has hecho?
Maureen se estremeció.
75
Kathleen McGowan La esperada
—Yo no he hecho nada. Sólo escuché y seguí la voz.
Devolvieron la atención a las figuras, casi de tamaño natural, de los frescos que se alzaban codo con codo. Peter tradujo la placa para Maureen.
—Este primer fresco tiene por nombre Venus y las Tres Gradas ofrecen regalos a una joven. El segundo, Un joven es presentado por Venus¿ ? a las Artes Liberales. Este fresco fue pintado para la boda de Lorenzo Tornabuoni y Giovanna Albizzi.
—Sí, pero ¿por qué hay signos de interrogación después de Venus? —
preguntó Maureen.
Peter meneó la cabeza.
—No debían estar seguros de que era ella.
El cuadro era una elegante pero extraña plasmación de un joven que sostenía la mano de una mujer, envuelta en una capa roja. Estaban vueltos hacia siete mujeres, tres de las cuales sostenían objetos inusuales e incongruentes: una aferraba un enorme y amenazador escorpión negro, en tanto la mujer de al lado sujetaba un arco. La tercera asía una herramienta de arquitecto en un ángulo peculiar.
Peter estaba pensando en voz alta.
—Las siete artes liberales. Las esferas del saber superior. ¿Nos está diciendo que se trata de un joven muy culto?
—¿Cuáles son las siete artes liberales?
Peter cerró los ojos para recordar sus estudios clásicos y recitó.
—El trivium, o los tres primeros caminos del estudio, son la gramática, la retórica y la lógica. Las cuatro últimas, el quadrivium, son las matemáticas, la geometría, la música y la cosmología, y fueron inspiradas por Pitágoras y su teoría de que todos los números representaban el estudio de configuraciones en el tiempo y el espacio.
Maureen le sonrió.
—Muy impresionante. Y ahora, ¿qué?
Peter se encogió de hombros.
—No sé cómo encaja esto en nuestro rompecabezas, cada vez más complejo.
Ella señaló el escorpión.
—¿Por qué un retrato de bodas representaría a una mujer sujetando un enorme insecto venenoso? ¿A cuál de las artes liberales podría representar?
—No estoy seguro. —Peter se había acercado al fresco todo cuanto permitían las barreras del Louvre—. Pero fíjate bien: el escorpión es más oscuro y más intenso que el resto del cuadro. Todos los objetos que sujetan las mujeres lo son. Es casi como si...
Maureen terminó la sentencia por él.
—Los hubieran añadido con posterioridad.
—Pero ¿quién? ¿El propio Sandro? ¿Alguien que echó a perder los frescos del maestro?
76
Kathleen McGowan La esperada Maureen meneó la cabeza, perpleja por todo lo que estaba sucediendo.
●
Mientras tomaban un café crème en la cafetería del Louvre, Maureen inspeccionó
sus compras con Peter. En la tienda había adquirido reproducciones de cuadros importantes, así como un libro sobre la vida y el arte de Botticelli.
—Espero averiguar algo más sobre los orígenes de ese fresco.
—A mí me interesa más averiguar el origen de la voz que te condujo hasta el fresco.
Maureen tomó un sorbo de café antes de contestar.
—Pero ¿qué fue? ¿Mi inconsciente? ¿Guía divina? ¿Locura? ¿Fantasmas en el Louvre?
—Ojalá pudiera contestarte, pero no puedo.
—Menudo consejero espiritual estás hecho —bromeó Maureen, y después devolvió su atención a la reproducción de Botticelli que había sacado de su envoltorio. Cuando la luz refractada de la pirámide cayó sobre la reproducción, tuvo una revelación—. Espera un momento. ¿No has dicho que la cosmología era una de las artes liberales?
Maureen miró el dedo en el que llevaba el anillo de cobre. Peter asintió.
—Astronomía, cosmología. Estudio de las estrellas. ¿Por qué?
—Mi anillo. El hombre de Jerusalén que me lo regaló dijo que era el anillo de un cosmólogo.
Peter se pasó la mano sobre la cara, como si con ese gesto pudiera estimular su cerebro para encontrar una solución.
—¿Cuál es la relación? ¿Que deberíamos buscar la respuesta en las estrellas?
Maureen posó su dedo sobre la enigmática mujer que sujetaba el enorme insecto negro, y casi saltó de su asiento cuando gritó:
—¡Escorpio!
—¿Perdón?
—Es el símbolo del signo astrológico, Escorpio. Y la mujer de al lado sostiene un arco. El símbolo de Sagitario. Escorpio y Sagitario están uno al lado del otro en el zodíaco.
—¿Crees que el fresco alberga algún tipo de código relacionado con la astronomía?
Maureen asintió poco a poco.
—Al menos, eso nos proporciona un lugar por donde empezar.
●
Las luces de París brillaban a través de la ventana de la habitación de Maureen, e iluminaban los objetos esparcidos sobre la cama. Se había quedado dormida 77
Kathleen McGowan La esperada leyendo el libro de Botticelli, y la reproducción de Poussin estaba desenrollada, al otro lado.
Maureen no era consciente de su entorno. Estaba de nuevo absorta en un sueño.
●
En una habitación de paredes de piedra, iluminada tenuemente por lámparas de aceite, una mujer anciana estaba encorvada sobre una mesa, ha mujer llevaba un pañuelo rojo desteñido sobre su largo pelo gris. Su mano artrítica sujetaba una pluma de ave, y escribía con cuidado en la página.
El único otro adorno de la habitación era un cofre de madera grande. La anciana dejó de escribir, se levantó de la silla y avanzó poco a poco hacia el cofre. Se arrodilló con cuidado sobre sus articulaciones frágiles y levantó la pesada tapa. Miró hacia atrás, y una sonrisa de serenidad y complicidad se dibujó en su rostro. Se volvió hacia Maureen y le indicó por señas que se acercara.
París
21 de junio de 2005
EN UN ENCANTADOR TRIBUTO a la excentricidad gala, el puente más antiguo de París recibe el nombre de Pont Neuf. Es una arteria principal de la vida parisina, que cruza el Sena para comunicar el elegante Arrondissement I con el corazón de la orilla izquierda.
Peter y Maureen pasaron ante la estatua de Enrique IV, uno de los reyes más queridos de Francia, que se erigía en el puente que había sido terminado durante su tolerante reinado, en 1604. Era una hermosa mañana de París, impregnada de la radiante majestuosidad de la incomparable Ciudad de Luz. Pese a este marco perfecto, Maureen estaba nerviosa.
—¿Qué hora es?
—Cinco minutos más tarde de la última vez que me lo has preguntado —
contestó Peter sonriente.
—Lo siento. Todo esto empieza a ponerme muy nerviosa.
—Su carta decía, en la iglesia a mediodía. Ahora son las once. Tenemos mucho tiempo.
Cruzaron el Sena y siguieron el plano de París en dirección a las calles serpenteantes de la orilla izquierda donde el Pont Neuf se convertía en la rue Dauphine, dejaron atrás la estación de metro Odéon y llegaron a la rue SaintSulpice, hasta desembocar en la pintoresca plaza del mismo nombre. Los enormes campanarios disparejos de la iglesia dominaban la plaza, y arrojaban sombras sobre la célebre fuente construida por Visconti en 1844. Cuando Maureen y Peter se acercaron a las enormes puertas de entrada, él advirtió que su prima vacilaba.
78
Kathleen McGowan La esperada
—Esta vez no te dejaré.
Peter apoyó una mano tranquilizadora sobre su brazo y abrió las puertas de la cavernosa iglesia.
●
Entraron en silencio, y vieron un grupo de turistas en la primera capilla de la derecha. Por lo visto, eran estudiantes de arte ingleses. Su profesor les estaba explicando en voz baja las tres obras maestras de Delacroix que adornaban aquella zona de la iglesia: Jacob luchando con el ángel, Heliodoro expulsado del templo y El arcángel Miguel venciendo al demonio. Cualquier otro día Maureen se habría sentido inclinada a escuchar explicaciones en inglés sobre las famosas obras, pero hoy su mente estaba concentrada en otras cosas. Dejaron atrás a los estudiantes ingleses y se internaron en el vientre del edificio, ambos contemplando con admiración el gigantesco edificio histórico. Casi guiada por un instinto, se acercó al altar, flanqueado por un par de enormes pinturas. Cada una mediría unos nueve metros de altura. La primera era una escena en que aparecían dos mujeres: una con capa azul, y la otra con capa roja.
—¿María Magdalena con la Virgen? —preguntó Maureen.
—A juzgar por los colores de la vestimenta, yo diría que sí. El Vaticano decretó que Nuestra Señora sólo debía ser pintada de blanco o de azul.
—Y mi señora siempre de rojo.
Maureen se encaminó hacia la otra pintura.
—Mira esto...
El cuadro plasmaba a Jesús tendido en su sepultura, mientras María Magdalena parecía preparar su cuerpo para el entierro. La Virgen María y otras dos mujeres rezaban en el borde del cuadro.
—¿María Magdalena prepara el cuerpo de Cristo para su entierro? Eso no se cuenta en los evangelios, ¿verdad?
—Marcos quince y dieciséis habla de que ella y otras mujeres llevan especias al sepulcro para ungirle, pero no describe de manera concreta la unción del cuerpo.
—Mmm —meditó Maureen en voz alta—. Y aquí tenemos a María Magdalena haciéndolo. ¿Pero en la tradición hebrea la unción del cuerpo no estaba reservada en exclusiva a...?
—La esposa —contestó una voz aristocrática masculina, con un levísimo deje escocés.
Maureen y Peter se volvieron al instante hacia el hombre que se había acercado por detrás con tanto sigilo. Era una presencia impresionante. Un atractivo hombre moreno, vestido de manera impecable, y si bien sus ropas y su porte delataban a una persona educada, no se le veía pomposo. De hecho, todo en Bérenger Sinclair hablaba de un tipo excéntrico, original e individualista. Su corte de pelo era perfecto, pero lo llevaba demasiado largo para ser aceptado en 79
Kathleen McGowan La esperada la Cámara de los Lores. Su camisa de seda era de Versace, en lugar de Bond Street. El humor atemperaba la arrogancia natural que acompaña a los muy privilegiados, una sonrisa torcida, casi infantil, que amenazaba con encarnarse mientras hablaba. Maureen se quedó fascinada al instante, petrificada mientras escuchaba sus explicaciones.
—Sólo la esposa tenía permiso para preparar el funeral de su marido. A menos que muriera sin casarse, en cuyo caso el honor correspondía a la madre. Como verá en este cuadro, la madre de Jesús está presente, pero está claro que no lleva a cabo la tarea. Lo cual sólo nos puede conducir a una conclusión. Maureen miró el cuadro, y después al hombre carismático erguido ante ella.
—Que María Magdalena era su esposa —terminó Maureen.
—Bravo, señorita Paschal. —El escocés le dedicó una reverencia teatral—. Pero disculpe, he olvidado por completo mis modales. Lord Bérenger Sinclair, a su servicio.
Ella avanzó para estrechar su mano, pero Bérenger la sorprendió al retenerla más de lo debido. No la soltó de inmediato, sino que le dio la vuelta y pasó el dedo sobre el anillo. Volvió a exhibir su sonrisa, algo traviesa, y le guiñó
un ojo.
Maureen se sintió desconcertada. La verdad era que se había preguntado muchas veces cómo sería lord Sinclair en persona. Fueran cuales fueran sus expectativas, la realidad era muy diferente. Procuró no parecer intimidada cuando habló.
—Usted ya sabe quién soy yo. —Se volvió para presentar a Peter—. Éste es...
Sinclair la interrumpió.
—El padre Peter Healy, por supuesto. Su primo, si no me equivoco. Un hombre muy culto. Bienvenido a París, padre Healy. Claro que ya ha estado en otras ocasiones. —Consultó su elegante y carísimo reloj suizo—. Tenemos unos pocos minutos. Venga, hay cosas aquí que, en mi opinión, les van a resultar muy interesantes.
Sinclair habló sin volverse mientras avanzaba a buen paso por la iglesia.
—Por cierto, no se molesten en comprar la guía que venden aquí. Cincuenta páginas que ignoran por completo la presencia de María Magdalena. Como si ignorándola pudieran hacerla desaparecer.
Maureen y Peter le siguieron, y se detuvieron a su lado ante otro pequeño altar lateral.
—Como verán, en esta iglesia aparece de manera repetida, pero se la ignora concienzudamente. Aquí hay un ejemplo maravilloso.
Sinclair los había conducido hasta una elegante estatua de mármol, la clásica escultura de la Virgen María sosteniendo el cuerpo roto de Cristo. A la derecha de la Virgen, habían incluido a María Magdalena en la escena, con la cabeza inclinada sobre el hombro de la Virgen.
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Kathleen McGowan La esperada
—La guía describe esta estatua como «Pietà, siglo dieciocho italiano». Una Pietà tradicional plasma a la Virgen acunando a su hijo después de la crucifixión. La inclusión de María Magdalena en esta pieza es muy poco ortodoxa, pero... se la ignora a propósito.
Sinclair exhaló un suspiro melodramático y meneó la cabeza ante aquella injusticia.
—¿Cuál es su teoría? —preguntó Peter, con más brusquedad de la que pretendía. La arrogancia de Sinclair le estaba sacando de quicio—. ¿Que hay alguna conspiración de la Iglesia para excluir a María Magdalena?
—Extraiga sus propias conclusiones, padre. Pero le diré una cosa: hay más iglesias dedicadas a María Magdalena en Francia que a cualquier otro santo, incluida la Virgen María. Toda una zona de París lleva su nombre. Ha estado en la Madeleine, supongo.
Maureen se quedó asombrada por el descubrimiento.
—No se me había ocurrido hasta ahora, pero Madeleine quiere decir Magdalena en francés, ¿verdad?
—En efecto. ¿Ha estado en la iglesia de la Madeleine? Un edificio enorme, dedicado de manera ostensible a ella, pero no había ni una imagen de María Magdalena entre todas las obras de arte y los adornos del interior. Ni una. Extraño, ¿verdad? Añadieron la escultura de Marochetti sobre el altar, que según me han dicho era en principio la Asunción de la Virgen, y la cambiaron por María Magdalena debido a la presión ejercida sobre ellos..., bien, por aquellos a quienes importaba la verdad.
—Supongo que va a decirme ahora que Marcel Proust dio nombre al célebre bollo por ella —replicó Peter. En contraste con la instantánea fascinación de Maureen, estaba irritado por la seguridad de Sinclair.
—Bien, tienen forma de veneras por algún motivo.
Sinclair se encogió de hombros, y dejó que Peter meditara sobre el acertijo mientras se reunía con Maureen cerca de la Pietà.
—Es como si hubieran intentado borrarla —comentó ella.
—Ya lo creo, señorita Paschal. Muchos han intentado hacernos olvidar el legado de María Magdalena, pero su presencia es demasiado fuerte. Como sin duda habrá observado, no será ignorada, sobre todo...
Empezaron a sonar las doce campanadas del mediodía, interrumpiendo así
la contestación de Sinclair. Volvió a recorrer la iglesia a buen paso. Señaló una estrecha línea del meridiano de bronce empotrada en el suelo de la iglesia, la cual atravesaba el crucero de norte a sur. La línea terminaba en un obelisco de mármol de estilo egipcio, coronado por un globo de oro y una cruz.
—Vengan, deprisa. Es mediodía y han de ver esto. Sólo sucede una vez al año.
Maureen señaló la línea de bronce.
—¿Qué significa?
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Kathleen McGowan La esperada
—El Meridiano de París. Divide Francia de una forma muy interesante. Pero mire, mire allí arriba.
Sinclair indicó una ventana al otro lado de la iglesia. Cuando se volvieron a mirar, un rayo de sol atravesó la ventana e iluminó la línea de bronce empotrada en la piedra. Miraron mientras la luz bailaba sobre el suelo de la iglesia y seguía el latón. La luz ascendió por el obelisco hasta llegar al globo, e iluminó perfectamente la cruz de oro en una lluvia de luz.
—Hermoso, ¿verdad? Esta iglesia está alineada para indicar el solsticio a la perfección.
—Es hermoso —admitió Peter—, y lamento decepcionarle, lord Sinclair, pero existe una legítima razón religiosa para esto. La Pascua se celebra el domingo posterior a la siguiente luna llena del equinoccio de primavera. No era raro que las iglesias se proveyeran de un medio para identificar los equinoccios y los solsticios.
Sinclair se encogió de hombros y se volvió hacia Maureen.
—Tiene toda la razón.
—Pero esto es algo más que el Meridiano de París, ¿verdad?
—Algunos lo llaman la Línea de la Magdalena. Si quieren descubrir por qué, reúnanse conmigo dentro de dos días en mi casa del Languedoc, y les enseñaré el motivo de esto, y de muchas cosas más. Ah, casi me olvidaba. Sinclair extrajo uno de sus lujosos sobres de papel vitela de un bolsillo interior.
—Tengo entendido que conoce a esa deliciosa directora de cine, Tamara Wisdom. Asistirá a nuestro baile de disfraces del fin de semana. Espero que ustedes dos vengan con ella. También insisto en que se queden en el castillo como invitados.
Maureen miró a Peter para evaluar su reacción. No habían esperado esto.
—Lord Sinclair —empezó Peter—, Maureen ha recorrido una enorme distancia para presentarse a esta cita. En su carta, usted prometió algunas respuestas...
Sinclair le interrumpió.
—Padre Healy, la gente intenta comprender este misterio desde hace dos mil años. No puede esperar averiguarlo todo en un solo día. Hay que ganarse el verdadero conocimiento, ¿no? Bien, llego tarde a una cita y debo darme prisa. Maureen apoyó la mano en el brazo de Sinclair para detenerle.
—Lord Sinclair, en su carta mencionó a mi padre. Esperaba al menos que me contara lo que sabe de él.
Sinclair miró a Maureen y se suavizó.
—Querida mía —dijo con ternura—, tengo una carta escrita por su padre que sin duda encontrará muy interesante. No la tengo aquí, por supuesto, sino en el castillo. Ése es uno de los motivos por los que tiene que venir a alojarse conmigo. Y el padre Healy, por supuesto.
Maureen se había quedado sin habla.
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Kathleen McGowan La esperada
—¿Una carta? ¿Está seguro de que fue escrita por mi padre?
—¿Su padre no se llamaba Edouard Paul Paschal, escrito como en francés?
¿No residía en Luisiana?
—Sí —contestó Maureen, con apenas un susurro.
—Entonces, esa carta es de él. La descubrí en nuestros archivos familiares.
—Pero ¿qué dice...?
—Señorita Paschal, sería una terrible injusticia intentar contárselo aquí, puesto que mi memoria es abominable. He de irme, porque ya llego tarde. Si necesita algo antes de venir, marque el número de la invitación y pregunte por Roland. Le ayudará en todo cuanto necesite. Absolutamente todo, sólo tiene que decir en qué.
Sinclair se marchó a toda prisa sin despedirse. Miró un momento hacia atrás.
—Ah, creo que ya lleva un plano. Limítese a seguir la Línea de la Magdalena.
Los pasos del escocés resonaron en la cavernosa iglesia cuando salió del edificio. Maureen y Peter intercambiaron una mirada de impotencia.
●
Repasaron su extraño encuentro con Sinclair mientras comían en un bistrot de la orilla izquierda. Cada uno sostenía una opinión absolutamente diferente sobre el hombre. Peter era suspicaz hasta el borde de la irritación. Maureen estaba fascinada hasta el punto del embelesamiento.
Decidieron bajar la comida dando un paseo por los jardines de Luxemburgo, uno de los parques más famosos de Europa.
Una familia con un grupo de niños alborotadores estaba comiendo en la hierba cuando pasaron. Dos de los niños más pequeños jugaban a fútbol, mientras los mayores y sus padres los jaleaban. Peter se paró a mirarlos con expresión nostálgica.
—¿Qué pasa? —preguntó Maureen.
—Nada, nada. Sólo estaba pensando en mi familia. Mis hermanas, sus hijos.
¿Sabes que hace dos años que no voy a Irlanda? No diré cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que fuiste tú.
—Está a poco más de una hora de avión de aquí.
—Lo sé. Créeme, lo he estado pensando. Veremos cómo van las cosas por aquí. Si tengo tiempo, puede que vaya a pasar unos cuantos días.
—Pete, soy adulta y muy capaz de manejar todo esto. ¿Por qué no aprovechas para ir a casa?
—¿Y dejarte sola en las garras de Sinclair? ¿Has perdido el juicio?
La pelota de fútbol, ahora controlada por los chicos mayores, voló hacia Peter. Éste la paró con un pie y la devolvió a los niños. Les saludó con la mano y siguió paseando con Maureen.
—¿Te has arrepentido alguna vez de tu decisión?
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Kathleen McGowan La esperada
—¿Qué decisión? ¿La de acompañarte?
—No. La de ser sacerdote.
Peter se detuvo con brusquedad, sorprendido por la pregunta.
—¿Por qué demonios me preguntas eso?
—Porque acabo de darme cuenta. Te gustan los niños. Habrías sido un padre estupendo.
Él reanudó el paseo mientras se explicaba.
—No me arrepiento. Sentí la vocación y la seguí. Aún la siento, y creo que nunca la perderé. Sé que siempre te ha costado entenderlo.
—Y aún me cuesta.
—Mmm. ¿Sabes lo más irónico de todo?
—¿Qué?
—Tú eres uno de los motivos de que me hiciera sacerdote.
Esta vez fue Maureen quien paró en seco.
—¿Yo? ¿Cómo? ¿Por qué?
—Leyes anticuadas de la Iglesia te volvieron contra tu fe. Ocurre muy a menudo, y no tiene por qué ser así. Ahora hay órdenes, órdenes más jóvenes, eruditas y progresistas, que intentan inyectar espiritualidad en el siglo veintiuno y hacerla accesible a la juventud. Lo descubrí con los jesuitas que conocí en Israel. Intentaban cambiar las mismas cosas que a ti te alejaron. Quise colaborar. Quería ayudarte a encontrar de nuevo la fe. A ti, y a otros como tú. Maureen le estaba mirando fijamente, y un muro inesperado de lágrimas se agolpó en sus ojos.
—No puedo creer que no me lo dijeras antes.
Peter se encogió de hombros.
—Nunca me lo preguntaste —contestó.
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... El sufrimiento final de Easa fue un gran tormento para todos nosotros, y a Felipe le costó muchísimo asumirlo. Con frecuencia lloraba en sueños, y no me decía por qué ni
permitía que le ayudara. Por fin, fue Bartolomé quien me dijo la verdad, y me reveló que Felipe no quería hacerme daño con aquellos recuerdos tan horribles. La agonía de Easa atormentaba cada noche a Felipe, por la forma en que habían descrito sus heridas. Los hombres me rindieron homenaje, pues fui la única del grupo que presenció la pasión de Easa.
Durante nuestra estancia en Egipto, Bartolomé se convirtió en mi estudiante más entregado. Quería saber lo máximo posible cuanto antes. Estaba ansioso de conocimientos, hambriento como un hombre famélico que anhela un pedazo de pan. Era como si el sacrificio de Easa hubiera abierto un hueco en Bartolomé que sólo pudiera llenarse con las enseñanzas del Camino. Me di cuenta entonces de que tenía una vocación especial, que llevaría las palabras del Amor y la Luz al mundo, y sería capaz de cambiar a los demás. Cada noche, cuando los niños y los demás dormían, yo enseñaba los secretos a Bartolomé. Estaría preparado cuando llegara el momento. Pero ignoraba si yo lo estaría. Había llegado a amarle tanto como a mi propia sangre, y temía por él, pues su belleza y pureza no serían comprendidas por los demás tal como las comprendían aquellos que le amaban. Era un hombre carente de artimañas.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS
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Kathleen McGowan La esperada 7
El Languedoc
22 de junio de 2005
EL VERDOR DE LA CAMPIÑA FRANCESA desfilaba ante las ventanillas del tren de alta velocidad. Maureen y Peter no admiraban el paisaje. Su atención estaba concentrada por completo en el surtido de planos, libros y papeles diseminados ante ellos.
—Et in Arcadia ego —musitaba Peter, mientras escribía en una libreta—. Et... in... Arca-di-a... e-go...
Estaba enfrascado en el mapa de Francia, aquel con la línea roja que atravesaba el centro. Señaló la línea.
—Como ves, el meridiano de París desciende hasta el Languedoc, hasta esta ciudad. Arques. Un nombre muy interesante.
Peter pronunció el nombre de la ciudad de forma muy similar a «arca».
—¿Como el Arca de Noé, o el Arca de la Alianza?
Maureen estaba muy interesada en la posible pista que pudiera proporcionarles el nombre.
—Exacto. Arco es una palabra muy versátil en latín. Por lo general, significa contenedor, pero también puede significar tumba. Espera un momento. Fíjate en esto.
Peter levantó de nuevo la libreta y el bolígrafo. Empezó a escribir las palabras de Et in Arcadia ego. Garabateó ARCA en lo alto de la página en letras mayúsculas. Debajo, escribió ARC con el mismo tipo de letra. Maureen tuvo una idea.
—De acuerdo. ARC. ARC - ADIA. Quizá no sea una referencia a la Arcadia mítica, sino unas cuantas letras unidas. ¿Tendría algún sentido en latín?
Peter escribió en mayúsculas: ARC A ADIA.
—¿Y bien? —Maureen se moría de ganas de saber—. ¿Significa algo?
—Mirándolo así, podría significar «Arca de Dios». Con un poco de imaginación, la frase podría significar «y en el Arca de Dios estoy». Peter señaló en el plano la ciudad de Arques.
—Supongo que no sabes nada de la historia de Arques. Si la ciudad tuviera alguna leyenda sagrada, esto podría significar «y en la ciudad de Dios estoy». Sé que es un poco forzado, pero no se me ocurre otra cosa.
—La propiedad de Sinclair está en las afueras de Arques.
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Kathleen McGowan La esperada
—Sí, pero eso no nos explica por qué Nicholas Poussin la pintó hace cuatrocientos años, ¿verdad? Ni por qué escuchaste voces en el Louvre cuando mirabas el cuadro. Creo que hemos de meditar sobre lo que te ha estado pasando, olvidándonos de Sinclair.
Peter procuraba por todos los medios disminuir la importancia de Sinclair en las experiencias de Maureen. Su prima tenía visiones de María Magdalena desde hacía años, mucho antes de que hubiera oído hablar de Bérenger Sinclair. Maureen asintió en señal de acuerdo.
—Digamos que, si Arques era conocida como terreno sagrado por algún motivo, «El Pueblo de Dios», Poussin nos estaba diciendo que había algo importante en Arques, ¿no? ¿Es ésa la teoría? ¿«Y en el pueblo de Dios estoy»?
Peter asintió con aire pensativo.
—Es una simple suposición, pero creo que los alrededores de Arques bien merecerán una visita, ¿no crees?
●
Era día de mercado en el pueblo de Quillan, y la localidad situada al pie de los Pirineos franceses bullía de actividad. Los visitantes corrían de un puesto a otro, haciendo acopio de productos frescos y pescados del Mediterráneo. Maureen y Peter deambulaban por la plaza. Ella sostenía una copia de Los pastores de Arcadia. Un vendedor de fruta la reconoció y se puso a reír, al tiempo que señalaba la reproducción.
—¡Ah, Poussin!
Empezó a darles instrucciones en francés. Peter le pidió que fuera más despacio. El hijo del vendedor, de unos diez años, advirtió la confusión de Maureen cuando su padre habló en francés con Peter, y decidió intervenir con su deficiente pero intrépido inglés.
—¿Quiere ir a tumba de Poussin?
Maureen asintió, emocionada. Ni siquiera sabía que la tumba del cuadro existía, hasta ahora.
—Sí. Oui!
—Okey. Vaya a la carretera principal y baje. Cuando vea la iglesia, izquierda. Tumba de Poussin en lo alto de la colina.
Maureen dio las gracias al niño, introdujo la mano en el bolso y extrajo un billete de cinco euros.
—Merci. Merci beaucoup —dijo, al tiempo que deslizaba el billete en la mano del niño. Éste le dedicó una amplia sonrisa.
—De rien, Madame! Bon chance :—gritó el vendedor de fruta, mientras Maureen y Peter se alejaban.
Su hijo dijo la última palabra.
—Et in Arcadia ego!
El niño rió, y después salió corriendo para comprar caramelos con sus euros recién ganados.
87
Kathleen McGowan La esperada
●
Entre ambos consiguieron aclararse con las indicaciones de padre e hijo, y de esta manera tomaron la carretera que debían. Peter conducía sin prisas, mientras Maureen examinaba el paisaje a través de la ventanilla.
—¡Allí! ¿Ves aquello que hay sobre la colina?
Peter frenó al lado de una pendiente suave, coronada por matorrales y arbustos. Al otro lado, distinguieron los bordes superiores de una tumba de piedra rectangular.
—Vi el mismo estilo de tumba vertical en Tierra Santa, y hay varias en la región de Galilea —explicó Peter. Calló un momento cuando un pensamiento le asaltó.
—¿Qué pasa? —preguntó Maureen.
—Se me acaba de ocurrir que hay una igual en la carretera de Magdala. Se parece mucho a ésta. Hasta puede que sean idénticas.
Se desviaron de la carretera, en busca de un camino que subiera a la tumba. Encontraron uno invadido de malas hierbas. Maureen se detuvo al pie y se arrodilló.
—Mira esta maleza. No está plantada.
Peter se arrodilló a su lado y recogió algunas ramitas y arbustos que habían colocado a la entrada del sendero.
—Tienes razón.
—Parece que alguien ha intentado ocultar el camino —observó Maureen.
—Puede que sea obra del propietario. Quizá se ha cansado de gente como nosotros, que se dedica a invadir sus tierras. Cuatrocientos años de turismo volverían loco a cualquiera.
Avanzaron con cautela, pasaron por encima de la maleza y siguieron el sendero hasta lo alto de la loma. Cuando se toparon con la tumba de granito rectangular, Maureen sacó la reproducción del cuadro de Poussin y lo comparó
con el paisaje. El afloramiento rocoso que había detrás de la tumba era igual al de la pintura de cuatrocientos años de antigüedad.
—Es idéntico.
Peter se acercó a la tumba y pasó la mano sobre la lápida.
—Sólo que la lápida es lisa —comentó—. No hay inscripción.
—¿La inscripción fue una invención de Poussin?
Maureen dejó la pregunta en el aire, mientras daba la vuelta alrededor de la tumba. Al observar que la parte posterior estaba cubierta de maleza y malas hierbas, intentó apartar los obstáculos. Al ver lo que había, lanzó un grito.
—¡Ven aquí! ¡Tienes que ver esto!
Peter se precipitó a su lado y la ayudó a retirar la maleza. Cuando vio la causa del entusiasmo de su prima, meneó la cabeza con incredulidad. En la parte posterior de la lápida habían grabado un dibujo de nueve círculos que rodeaban un disco central.
88
Kathleen McGowan La esperada Era idéntico al del anillo de Maureen.
●
Maureen y Peter pasaron la noche en un pequeño hotel de Couiza, a pocos kilómetros de Arques. Tammy había elegido la población por ellos debido a su proximidad a un enigmático lugar llamado Rennes-le-Château, conocido en círculos esotéricos como El Pueblo del Misterio. Iba a llegar en avión al Languedoc más tarde, y los tres habían acordado reunirse en el comedor por la mañana, para desayunar juntos.
Tammy irrumpió alegremente en la sala, donde Maureen y Peter tomaban café mientras la esperaban.
—Siento llegar tarde. Retrasaron mi vuelo a Carcasona, y cuando llegué
aquí pasaba de la medianoche. Tardé un montón en dormirme, y esta mañana no podía levantarme.
—Estaba preocupada porque anoche no sabía nada de ti —dijo Maureen—.
¿Viniste en coche desde Carcasona?
—No. Tengo otros amigos que van a la fiesta de Sinclair mañana por la noche, y viajé con ellos. Uno es de aquí y nos trajo.
Depositaron una cesta con cruasanes sobre la mesa, y el camarero tomó
nota de la bebida que Tammy deseaba. Ésta esperó a que el camarero se alejara antes de continuar.
—Hemos de marcharnos del hotel esta mañana.
Maureen y Peter la miraron perplejos.
—¿Por qué? —preguntaron al unísono.
—Sinclair se ha enfadado porque nos hemos alojado aquí. Anoche me dejó
un mensaje. Tiene habitaciones en el castillo para todos nosotros. Peter compuso una expresión cautelosa.
—No me gusta esa idea. —Se volvió para convencer a Maureen—. Preferiría quedarme aquí. Creo que será más seguro para ti. El hotel es territorio neutral, un lugar al que poder retirarse si algo te incomoda. Tammy parecía irritada.
—Escucha, ¿sabéis cuánta gente mataría por conseguir esa invitación? El castillo es fantástico, como un museo viviente. Corres el riesgo de ofender a Sinclair si te niegas, y no creo que eso te convenga. Tiene demasiado que ofrecerte.
Maureen estaba indecisa. Paseó la mirada entre los dos. Peter tenía razón, el hotel les proporcionaba un terreno neutral. Pero la idea de alojarse en el castillo (y observar de cerca al enigmático Bérenger Sinclair) espoleaba su imaginación. Tammy intuyó el dilema de Maureen.
—Ya te he dicho que Sinclair no es peligroso. De hecho, creo que es un hombre maravilloso. —Miró a Peter—. Pero si usted no opina lo mismo, mírelo así: es como adoptar la estrategia de «mantener cerca a los amigos, pero aún más a los enemigos».
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Kathleen McGowan La esperada Al terminar el desayuno, Tammy los había convencido de abandonar el hotel. Peter la observó con atención mientras comían, y tomó nota mental de que era una mujer muy persuasiva.
Rennes-le-Château
23 de junio de 2005
—LA PRIMERA VEZ es imposible encontrar el pueblo sin que alguien te ayude
—dijo Tammy desde el asiento de atrás—. Gire a la derecha aquí. ¿Ve esa pequeña pista? Sube por la colina hasta Rennes-le-Château. La estrecha senda, apenas pavimentada, serpenteaba hacia lo alto de la colina en una empinada serie de cambios de rasante muy pronunciados. Al llegar arriba, un tosco letrero parcialmente oculto por la maleza anunciaba el nombre de la diminuta aldea.
—Puede aparcar aquí.
Tammy los guió hasta un pequeño claro polvoriento, situado en la entrada del pueblo.
Al bajar del coche, Maureen consultó su reloj. Volvió a mirarlo antes de comentar:
—Qué raro. Mi reloj se ha parado, y le puse una pila nueva antes de irme de Estados Unidos.
Tammy rió.
—¿Ves? La diversión ya ha empezado. El tiempo cobra un nuevo significado en esta montaña mágica. Te aseguro que tu reloj volverá a la normalidad en cuando abandonemos esta zona.
Peter y Maureen intercambiaron una mirada, y luego siguieron a Tammy. Ésta no se molestó en dar explicaciones, sino que continuó andando.
—Damas y caballeros —bromeó—, están entrando en la Dimensión Desconocida.
El pueblo causaba la sobrecogedora impresión de una tierra olvidada por el tiempo. Era muy pequeño, y parecía extrañamente desierto.
—¿Vive alguien aquí? —preguntó Peter.
—Oh, sí. Es un pueblo con mucha actividad. Menos de doscientos habitantes, pero habitantes al fin y al cabo.
—El silencio es estremecedor —comentó Maureen.
—Siempre es así —explicó Tammy—, hasta que llega un autocar cargado de turistas.
Cuando entraron en el pueblo, vieron a la derecha los restos de un castillo, las ruinas del palacio que daba nombre al pueblo.
—Es el castillo de Hautpol. Fue una fortaleza de los templarios durante las cruzadas. ¿Veis la torre? —Señaló un torreón desmoronado—. Que lo apartado del lugar y su penoso estado no os llamen a engaño. Eso se llama la Torre de la 90
Kathleen McGowan La esperada Alquimia y es uno de los puntos esotéricos más importantes de Francia. Tal vez del mundo.
—Supongo que va a explicarnos por qué.
Peter notaba que su irritación iba en aumento. Estaba harto de juegos envueltos en misterios. Sólo quería que alguien le diera respuestas sensatas.
—Se lo diré, pero todavía no. Sólo porque no significará nada para usted hasta que conozca la historia del pueblo. Lo dejaremos para el final y se lo contaré cuando nos vayamos.
Dejaron una pequeña librería a la izquierda. Estaba cerrada, pero en los escaparates se veían numerosos volúmenes en cuyas portadas había símbolos ocultistas.
—No es el típico pueblo rural católico, ¿verdad? —susurró Maureen a Peter, mientras Tammy se adelantaba.
—Por lo visto no —admitió él, al tiempo que examinaba la extraña selección de libros y el pentagrama del escaparate.
Otro elemento extraño, situado en la pared de enfrente de la angosta calle, llamó la atención de Maureen, mientras seguía a Tammy por las antiguas calles de piedra del peculiar pueblo. En un costado de la casa, a la altura de los ojos, había un bajorrelieve de lo que parecía ser un reloj de sol. Hacía mucho tiempo que el gnomon se había desprendido, dejando un agujero en el centro. Una inspección más detenida revelaba que las marcas eran bastante extrañas. Empezaban con el número nueve y continuaban hasta el diecisiete, con las medias horas señaladas entre ellas. Pero grabados sobre los números había una serie de símbolos de aspecto arcano.
Peter miró el bajorrelieve cuando Maureen señaló los extraños glifos.
—¿Qué crees que significan? —preguntó ella.
Tammy volvió sobre sus pasos, sonriente como el gato que se comió el ratón.
—Veo que habéis descubierto la primera de nuestras rarezas importantes de RLC —dijo.
—¿RLC?
—Rennes-le-Château. Todo el mundo lo llama así, porque el maldito nombre es muy largo. Tenéis que empezar a aprender la jerga local si queréis quedar bien en la fiesta de mañana por la noche.
Maureen se volvió hacia el bajorrelieve de la pared. Peter lo estaba examinando con detenimiento.
—Reconozco los símbolos, los planetas. Ésa es la Luna, y Mercurio. ¿Ése es el Sol?
Señaló un círculo con un punto en el centro.
—Pues claro —contestó Tammy—. Y ése es Saturno. El resto de los símbolos están relacionados con la astrología. Aquí están Libra, Virgo, Leo, Cáncer, y éste es Géminis.
A Maureen se le ocurrió una idea.
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Kathleen McGowan La esperada
—¿Ves Escorpio o Sagitario?
Tammy meneó la cabeza, pero señaló a la izquierda del reloj de sol, donde habrían estado las siete en punto en un reloj normal.
—No. ¿Ves aquí, donde acaban las marcas? Es el planeta Saturno. Si las marcas continuaran en dirección contraria a las agujas del reloj, estaría Escorpio a continuación de Libra, y después Sagitario.
—¿Por qué se detienen en un lugar tan raro? —preguntó Maureen.
—¿Y qué significa eso? —Peter estaba mucho más interesado en hallar una respuesta.
Tammy alzó las manos con las palmas hacia fuera, como diciendo: «No puedo ayudarte».
—Creemos que es una referencia a la alineación de los planetas. Aparte de eso, no sabemos nada más.
Maureen continuaba mirando el reloj. Estaba pensando en el fresco de Sandro que había visto en el Louvre, y trataba de determinar si existía alguna relación con el escorpión de la imagen. Quería entender el posible cometido de un reloj de sol tan extraño, si es que existía.
—¿Es como aquello de «cuando la Luna está en la séptima casa y Júpiter se alinea con Marte»?
—Si os ponéis a cantar Aquarius, me largo —anunció Peter. Todos rieron, y Tammy continuó su explicación.
—Ella tiene razón, de todos modos. Debe de ser una referencia a una posible alineación planetaria. Como está situada delante de una casa de alcurnia, hemos de asumir que era importante para todos los habitantes del pueblo saber dónde estaba.
Se alejaron del reloj de sol, y Tammy señaló una villa que había delante.
—La atracción principal del pueblo es el museo y toda la zona de la villa. Lo tenemos justo ahí delante.
Al final de la estrecha calle se alzaba un edificio residencial, una pintoresca villa de piedra. Una torre de piedra de forma peculiar se veía detrás, a cierta distancia, aferrada a la ladera de la montaña.
—El misterio de este pueblo se centra en una historia muy extraña sobre un sacerdote famoso, o mejor dicho, tristemente célebre, que vivió aquí a finales del siglo dieciocho. El cura Bérenger Saunière.
—¿Bérenger? ¿No es el nombre de Sinclair? —preguntó Peter. Tammy asintió.
—Sí, y no se trata de una coincidencia. El abuelo de Sinclair confiaba en que, poniendo a su nieto el mismo nombre, tal vez heredaría algunas de las cualidades del susodicho. Saunière protegió a capa y espada las historias y misterios locales, y estaba dedicado en cuerpo y alma al legado de María Magdalena.
»En cualquier caso, corren diversas leyendas sobre lo que el cura descubrió
aquí cuando empezó a restaurar la iglesia. Algunos creen que encontró el tesoro 92
Kathleen McGowan La esperada perdido del templo de Jerusalén. Como el castillo adyacente estaba relacionado con los Caballeros Templarios, es posible que utilizaran este apartado reducto para esconder el botín capturado en Tierra Santa. ¿Quién buscaría aquí arriba algo valioso? Otros dicen que Saunière descubrió documentos de valor incalculable. Fuera lo que fuera, se convirtió en un hombre muy rico, de repente y de manera misteriosa. Gastó millones en vida, aunque ganaba el equivalente a veinticinco francos al año con su salario de cura de pueblo. ¿De dónde salió
toda esa riqueza?
»En la década de los ochenta, tres investigadores ingleses escribieron un libro sobre Saunière y su misteriosa riqueza que fue un gran éxito de ventas. Se titulaba El enigma sagrado, y se considera un clásico en los círculos esotéricos. La mala noticia es que ese mismo libro provocó una epidemia de cazadores de tesoros en esta zona. Se explotaron los recursos naturales, fanáticos religiosos y cazadores de recuerdos destrozaron monumentos. Sinclair llegó a apostar guardias armados en sus tierras para proteger la tumba.
—¿La tumba de Poussin? —preguntó Maureen.
Tammy asintió.
—Por supuesto. Es la clave de todo el misterio, gracias a Los pastores de Arcadia.
—Ayer vimos la tumba. No había ningún guardia —dijo Peter. Tammy lanzó una carcajada gutural.
—Porque Sinclair no puso obstáculos. Créame, él estaba enterado de su presencia. Si no hubiera querido que entraran, se habrían enterado. Llegaron al gran edificio que dominaba el pueblo. Un letrero anunciaba:
«Villa Bethania. Residencia de Bérenger Saunière».
Cuando entraron por las puertas del museo, Tammy sonrió y saludó con un cabeceo a la mujer que había en el mostrador de la entrada, la cual indicó con un ademán que pasaran.
—¿No hemos de comprar entradas? —preguntó Maureen, cuando vio el cartel que anunciaba el precio de las mismas.
Tammy negó con la cabeza.
—No, ya me conocen. Utilizo el museo como escenario del documental sobre la historia de la alquimia.
Pasaron ante vitrinas donde se exhibían los hábitos utilizados por el cura Saunière en el siglo XIX. Peter se detuvo a mirarlos, mientras Tammy seguía hasta el final del vestíbulo. Se paró ante un antiguo pilar de piedra en el que había grabada una cruz.
—Se llama el Pilar de los Caballeros, y se cree que fue tallado por los visigodos en el siglo ocho. Formaba parte del altar de la iglesia antigua. Cuando el padre Saunière trasladó el pilar durante la restauración, descubrió unos misteriosos documentos codificados, al menos eso dicen.
Los conservadores del museo habían mandado ampliar las fotografías de los pergaminos, para resaltar la codificación. Letras sueltas destacaban en 93
Kathleen McGowan La esperada mayúsculas, pero cuando se miraba con atención era evidente que no estaban dispuestas al azar. Maureen señaló la frase ET IN ARCADIA EGO, que aparecía en mayúsculas sombreadas.
—Ahí está otra vez —dijo Maureen a Peter. Se volvió hacia Tammy—. ¿Qué
significa? ¿Es alguna especie de código?
—Hay al menos cincuenta teorías diferentes, que yo sepa, sobre el significado de la frase. Por sí sola, ha dado nacimiento a toda una industria artesanal.
—Peter esbozó una teoría interesante en el tren, cuando veníamos hacia aquí —intervino Maureen—. Pensó que estaba relacionada con el pueblo de Arques: «En Arques, el pueblo de Dios, estoy».
Tammy pareció impresionada.
—No está nada mal, padre. La creencia más común es la explicación del anagrama latino. Si reordena las letras, se lee I tego arcana Dei. Peter tradujo.
—Yo escondo los secretos de Dios.
—Sí. No sirve de mucho, ¿verdad? —rió Tammy—. Venid, voy a enseñaros la casa desde fuera.
Peter aún seguía pensando en la tumba de Poussin.
—Espere un momento. ¿No implicaría eso que había algo escondido dentro de la tumba? Si lo pone todo junto, resulta algo así como: «En Arques, la Ciudad de Dios, yo escondo los secretos».
Maureen y Peter esperaron a que Tammy respondiera. Se detuvo a pensar un momento.
—Es una teoría tan buena como cualquier otra de las que he oído. Por desgracia, la tumba ha sido abierta y registrada muchas veces. El abuelo de Sinclair excavó casi tres kilómetros cuadrados de terreno alrededor de ella, y Bérenger ha empleado todo tipo de tecnología imaginable para buscar el supuesto tesoro enterrado: ultrasonidos, radar... De todo.
—¿Y nunca encontraron nada? —preguntó Maureen.
—Nada de nada.
—Tal vez alguien se les adelantó —aventuró Peter—. ¿Qué hay del cura Saunière? ¿Pudo sacar de ahí su riqueza? Quizá descubrió un tesoro.
—Eso es lo que cree mucha gente. Pero ¿sabéis lo más divertido? Después de décadas de investigaciones llevadas a cabo por hombres y mujeres muy testarudos, nadie sabe cuál era el secreto de Saunière, ni siquiera hoy. Tammy los estaba guiando a través de un hermoso patio, dominado por una fuente de piedra y mármol.
—Muy impresionante, para ser un simple cura del siglo diecinueve —
comentó Peter.
—¿Verdad? Pero lo más extraño es que, si bien el cura Saunière se gastó una fortuna en construir este lugar, nunca vivió aquí. De hecho, se negó a hacerlo. Al final, lo legó a su... ama de llaves.
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—Ha hecho una pausa —observó Peter—. Antes de decir «ama de llaves».
—Bien, muchos creen que la mujer era algo más que el ama de llaves de Saunière, que era su compañera sentimental.
—Pero ¿no era un sacerdote católico?
—No juzgue, padre. Ése es mi lema y siempre lo ha sido.
Maureen se había alejado, concentrada su atención en una escultura del jardín maltratada por el tiempo.
—¿Quién es?
—Juana de Arco —contestó Tammy.
Peter se acercó a la estatua.
—Ah, claro. Ya veo su espada y su bandera. Pero aquí parece fuera de lugar
—comentó.
—¿Por qué? —preguntó Maureen.
—Parece... muy tradicional. Un símbolo clásico del catolicismo francés. No obstante, aquí no parece que haya nada ni remotamente convencional.
—¿Juana? ¿Convencional? —Tammy volvió a estallar en carcajadas—. En estos parajes no. Pero eso merece una lección de historia que impartiremos más tarde. ¿Quiere ver algo de verdad poco ortodoxo? Tiene que ver la iglesia.
●
Incluso con el calor y el sol de mediados de verano, Rennes-le-Château era un lugar extraño y sombrío. Maureen experimentaba la desconcertante sensación de que la estaban siguiendo, de que una silueta la acechaba en cada esquina del jardín. Se descubrió dando media vuelta con brusquedad en varias ocasiones, sólo para descubrir que no había nadie. El pueblo la ponía nerviosa, este extraño lugar en que su reloj no funcionaba y sentía sin cesar que alguien la espiaba. Pese a ser fascinante, tenía muchas ganas de irse de allí lo antes posible.
Rodearon la casa, guiados por Tammy. A través de otro patio vieron la entrada de una vieja iglesia de piedra.
—Ésta es la iglesia parroquial del pueblo de RLC. Desde hace mil años ha habido aquí una iglesia dedicada a María Magdalena. Saunière empezó a remozarla alrededor de 1891, la época en que descubrió presuntamente los misteriosos documentos. Los llevó a París, y lo siguiente que sabemos es que se hizo millonario. Utilizó su dinero para llevar a cabo unos añadidos muy peculiares al templo.
Cuando avanzaron hacia la iglesia, Peter se paró a leer una inscripción en latín en el dintel de la puerta.
—Terribilis est locus iste.
—¿Terribilis? —preguntó Maureen.
—«¡Qué terrible es este lugar!» —tradujo Peter.
—¿Lo reconoce, padre? —preguntó Tammy.
Peter asintió.
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—Por supuesto. —Si Tammy quería poner a prueba sus conocimientos bíblicos, tendría que esforzarse mucho más—. Génesis, veintiocho. Jacob lo dice después de soñar con la escalera que sube al cielo.
—¿Por qué un cura mandaría escribir eso sobre la puerta de su iglesia? —
preguntó Maureen, y paseó la mirada entre Peter y Tammy en busca de una respuesta.
—Tal vez deberías echar un vistazo al interior de la iglesia antes de intentar contestar a esa pregunta —sugirió Tammy. Peter la siguió y entró.
—Aquí dentro está oscuro como boca de lobo —dijo en voz alta el sacerdote.
—Ah, espere un momento —dijo Tammy, mientras buscaba en el bolso un euro—. Hay que poner una moneda para que se enciendan las luces. —
Introdujo el euro en un dispositivo que había cerca de la puerta, y las luces se encendieron—. La primera vez que vine, intenté ver la iglesia en la oscuridad. La segunda vez traje una linterna. Fue entonces cuando uno de los porteros me enseñó la caja del dispositivo. De esta forma, los turistas colaboran con la iglesia. Nos proporciona unos veinte minutos de luz.
—¿Qué es eso? —exclamó Peter. Mientras Tammy había estado explicando el problema de las luces, él había descubierto la estatua de un espantoso demonio acuclillado a la entrada de la iglesia.
—Ah, es Rex. Hola, Rex. —Tammy dio una palmadita juguetona en la cabeza de la estatua—. Es algo así como la mascota oficial de Rennes-leChâteau. Como pasa con todo lo demás, hay montones de teorías. Algunos dicen que es el diablo Asmodeo, el guardián de los tesoros secretos y escondidos. Otros dicen que es el Rex Mundi de la tradición cátara, explicación que me convence más.
—Rex Mundi. ¿El Rey del Mundo?
Peter estaba traduciendo.
Tammy asintió.
—Los cátaros dominaron esta zona en la Edad Media —explicó a Maureen—. Recuerda que ha existido una iglesia aquí desde el año 1059, cuando el catarismo estaba en su apogeo. Creían que un ser inferior era el guardián del mundo material, un demonio al que llamaban Rex Mundi, el Rey del Mundo. Nuestras almas se hallan en lucha constante para derrotar a Rex y alcanzar el Reino de Dios, el reino del espíritu. Rex representa todas las tentaciones mundanas y carnales.
—Pero ¿qué hace en una iglesia católica consagrada? —preguntó Peter.
—Ser derrotado por los ángeles, naturalmente. Mire encima de él. Estatuas de cuatro ángeles en el acto de hacer la señal de la cruz se erguían sobre la espalda del demonio, subidos en una pila de agua bendita en forma de venera gigantesca.
Peter leyó la inscripción en voz alta, con dicción impecable, y después la tradujo.
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—Par ce signe tu le vaincras. Con esta señal le vencerás.
—El bien derrota al mal. El espíritu conquista la materia. Los ángeles vencen a los demonios. —Tammy pasó la mano sobre el cuello del demonio—.
¿Ve esto? Hace algunos años, alguien irrumpió en la iglesia y decapitó a Rex. Esta cabeza es una reproducción. Nadie sabía si era un cazador de recuerdos o un católico fundamentalista que protestaba por la presencia de este símbolo dualista en suelo consagrado. Que yo sepa, es la única estatua del demonio que existe en una iglesia católica. ¿Es eso cierto, padre?
Peter asintió.
—Debería decir que no sé de nada semejante en una iglesia católica. Es una blasfemia.
—Los cátaros dominaban esta zona, y eran dualistas. Creían en dos fuerzas divinas opuestas, una que trabajaba para el bien y estaba comprometida con la purificación de la esencia del espíritu, y otra que trabajaba para el mal y estaba unida al mundo material corrupto —explicó Tammy—. Mirad el suelo. Llamó su atención sobre las losas del suelo de la iglesia. Eran negras como el ébano y blancas, dispuestas como en un tablero de ajedrez.
—Otra de las concesiones de Saunière a la dualidad: blanco y negro, bien y mal. Más toques de diseño excéntricos. Creo que Saunière era muy astuto. Nació a pocos kilómetros de aquí y comprendía la mentalidad local. Sabía que su congregación descendía de sangre cátara, y tenían buenos motivos para desconfiar de Roma, incluso tantos siglos después. No se ofenda, padre.
—En absoluto —contestó Peter. Se estaba acostumbrando a las pullas de Tammy. Parecían bienintencionadas, y no le importaban. Sus excentricidades empezaban a gustarle—. La Iglesia hizo frente a la herejía cátara con muy malos modos. Puedo comprender que ese recuerdo aún perdure en la memoria de los lugareños.
Tammy se volvió hacia Maureen.
—La única cruzada oficial de la historia en que los cristianos mataron a otros cristianos. El ejército del Papa masacró a los cátaros, y nadie de los alrededores lo ha olvidado jamás. Por lo tanto, al añadir de manera evidente elementos gnósticos y cátaros a su iglesia, Saunière creó un entorno en que su rebaño podía sentirse cómodo, y así aumentar la asistencia y lealtad al templo. Funcionó. La gente de por aquí le quería hasta el punto de la adoración. Peter recorrió la iglesia fijándose en cada detalle. Todos los elementos de la decoración eran extraños. Llamativos, pomposos y anticonvencionales. Había estatuas pintadas de santos improbables, como el misterioso san Roque, que alzaba su túnica para dejar al descubierto una pierna herida, o santa Germana, plasmada en yeso chillón como una pastora cargada con un cordero. Todas las obras de arte del templo poseían algún elemento irregular o inusual. La más notable era una escultura, casi de tamaño natural, del bautismo de Jesús, con Juan erguido sobre él y vestido de manera incongruente con túnica y capa romanas.
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—¿Cómo se les ocurrió vestir de romano a san Juan Bautista? —preguntó
Peter.
Una sombra cruzó el rostro de Tammy por un breve instante, pero no contestó. En cambio, continuó sus comentarios mientras los guiaba hacia el altar.
—La leyenda local dice que Saunière pintó algunas de las esculturas. Estamos muy seguros de que fue responsable, como mínimo, de una parte del altar. Estaba obsesionado con María.
Maureen siguió a Tammy hasta un bajorrelieve de María Magdalena, que constituía la parte principal del altar. Se hallaba rodeada de sus habituales iconos: la calavera a los pies, el libro a un lado. Miraba con fijeza la cruz, que parecía estar hecha de un árbol vivo.
Peter estaba concentrado en los bajorrelieves que describían las estaciones de la cruz. Al igual que las estatuas, cada obra de arte contenía un detalle o un rasgo extraños, contrarios a la tradición eclesiástica.
Examinaron los elementos extraños de la iglesia, y cada uno ayudaba a consolidar el creciente misterio que los rodeaba.
De repente, se oyó un chasquido y la iglesia se sumió en la penumbra. Maureen sufrió un ataque de pánico en la negrura absoluta. Las sombras que la habían seguido incluso a plena luz del sol eran asfixiantes. Gritó el nombre de Peter.
—Estoy aquí —contestó él—. ¿Dónde estás tú?
La acústica de la iglesia provocaba que el sonido rebotara de una pared a otra del edificio, de forma que era imposible localizar a nadie.
—Estoy al lado del altar —chilló Maureen.
—No pasa nada —gritó Tammy—. No te asustes. Los veinte minutos de luz se han consumido.
Tammy corrió a la puerta y dejó entrar la luz del sol, lo cual permitió que Peter y Maureen se encontraran en la oscuridad. Ella le agarró y corrió hacia la puerta principal, con la vista vuelta a la izquierda a propósito para no ver la estatua del demonio.
—Sé que se trata del mecanismo que regula la luz, pero me he asustado. Toda la iglesia es tan... siniestra.
Maureen estaba temblando, pese al sol del mediodía del Languedoc. Este pueblo sobrenatural olvidado por el tiempo era muy inquietante, algo que jamás había experimentado. Se intuía el caos. El silencio era ensordecedor. Maureen echó un vistazo a su muñeca, lo cual le recordó que el reloj había dejado de funcionar desde su llegada, un hecho que aumentaba su inquietud. Peter siguió haciendo preguntas a Tammy, mientras atravesaban el jardín y rodeaban Villa Bethania.
—Me cuesta imaginar que Saunière hiciera todo esto sin meterse en líos con la Iglesia.
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—Oh, tuvo muchos problemas —explicó Tammy—. Incluso intentaron apartarle de la parroquia en una ocasión y sustituirle por otro cura, pero no lo consiguieron. La gente no aceptaba a nadie que no fuera Saunière, porque éste era de los suyos. Estaba preparado para asumir este cargo, justo lo contrario de lo que afirman algunos libros. Me resulta muy curioso que supuestas autoridades de RLC dijeran que Saunière había llegado aquí por pura casualidad. Créame, en esta región no pasa nada por casualidad. Hay demasiadas fuerzas poderosas en acción.
—¿Se refiere a fuerzas humanas o a fuerzas sobrenaturales?
—A ambas. —Tammy indicó que la siguieran con un ademán. Caminó
hacia una torre de piedra situada al oeste de la propiedad, en lo alto de un precipicio—. Vamos, tenéis que ver la pièce de résistance: la Torre Magdala.
—¿La Torre Magdala?
El nombre intrigó a Maureen.
—La torre de Magdalena. Era la biblioteca privada de Saunière. La vista es espléndida.
Siguieron a Tammy al interior del torreón, y echaron un vistazo a algunos objetos personales de Saunière, guardados dentro de vitrinas, antes de subir los veintidós escalones que conducían a lo alto de la atalaya. La vista del Languedoc era impresionante.
Tammy indicó una colina lejana.
—¿Veis eso? Es Arques. Y ahí, al otro lado del valle, está el legendario pueblo de Coustassa, donde otro cura, un amigo de Saunière llamado Antoine Gélis, fue brutalmente asesinado en su casa, que luego fue saqueada. Se cree que el asesino estaba buscando algo más que dinero. Dejaron monedas de oro sobre la mesa, pero robaron todo lo parecido a documentos. Pobre viejo, tenía más de setenta años y le encontraron tendido en un charco de su propia sangre, asesinado con unas tenazas de chimenea y un hacha.
—Qué horror.
Maureen se estremeció, reaccionando ante la historia que Tammy había contado, pero también por el escenario en el que se encontraban. El lugar la fascinaba tanto como la repelía.
—La gente está dispuesta a matar por esos misterios —comentó Peter.
—Bien, eso fue hace más de cien años. Me gusta pensar que nos hemos vuelto más civilizados.
—¿Qué fue de Saunière?
Maureen intentó concentrarse en la historia del extraño sacerdote y su misteriosa fortuna.
—Acabó de una forma más rara todavía. Sufrió una apoplejía a los pocos días de encargar su ataúd. La leyenda local afirma que llamaron a un cura de otra región para administrarle los últimos sacramentos, pero que éste se negó a hacerlo después de oír la última confesión de Saunière. El pobre hombre 99
Kathleen McGowan La esperada abandonó Rennes-le-Château profundamente deprimido, y se dice que nunca más volvió a sonreír.
—Caramba. ¿Qué le diría Saunière?
—Nadie lo sabe con exactitud, salvo la presunta ama de llaves, Marie Dénarnaud, a quien Saunière dejó todos sus bienes... y secretos. Murió de forma misteriosa unos años después, y durante los últimos días de su vida fue incapaz de hablar, de modo que nadie lo sabe con seguridad.
»Por eso este pueblo ha dado nacimiento a una industria. Cien mil turistas visitan cada año este lugar apartado. Algunos vienen por curiosidad, otros decididos a encontrar el tesoro de Saunière.
Tammy se acercó al borde del torreón y miró el extenso valle que se abría ante ellos.
—Tampoco sabemos con seguridad por qué Saunière construyó esta torre, pero lo más probable es que buscara algo. ¿No cree, padre?
Guiñó el ojo a Peter y luego se dirigió a la escalera.
●
Cuando los tres se encaminaron hacia el coche, Maureen insistió en que Tammy cumpliera su promesa anterior de hablarles de la Torre de la Alquimia, el otrora majestuoso torreón del ahora ruinoso castillo de Hautpol. Tammy se detuvo, sin saber muy bien por dónde empezar. Se habían escrito muchos libros sobre esta zona, y ella había investigado durante años, de manera que pergeñar una versión abreviada siempre le costaba.
—Algo en esta región ha atraído a la gente desde hace miles de años —
empezó—. Ha de ser algo de la propia tierra. ¿Cómo, si no, podemos explicarnos el hecho de que posea un atractivo universal que abarque más de veinte siglos de historia y creencias religiosas tan variadas?
»Como en todo lo que tiene que ver con esta zona, existen incontables teorías. Siempre es divertido empezar con los auténticos chiflados, los que juran que todo está relacionado con extraterrestres y monstruos marinos.
—¿Monstruos marinos? —Peter coreó la carcajada de Maureen cuando ella formuló la pregunta—. Casi me esperaba extraterrestres, pero ¿monstruos marinos?
—No bromeo. En las leyendas locales aparecen sin cesar monstruos marinos. Muy curioso para una zona de tierra adentro, pero no tanto como algunas historias relacionadas con platillos volantes. Os aseguro que hay algo en esta zona que casi vuelve loca a la gente, literalmente.
»Además, no olvidemos el elemento tiempo. ¿Tu reloj sigue parado?
Maureen ya sabía la respuesta, pero consultó su reloj para confirmarla. Marcaba las 9.33 desde hacía más de una hora. Asintió.
—Es probable que no vuelva a funcionar hasta que bajemos de la montaña
—continuó Tammy—. Hay algo aquí que afecta a los relojes y a los aparatos electrónicos, y ésa puede ser una de las razones de que mucha gente todavía 100
Kathleen McGowan La esperada utilice relojes de sol, incluso en el siglo veintiuno. No le pasa a todo el mundo, pero si os dijera la cantidad de cosas raras que me han sucedido a mí. Empezó a explicar una de sus muchas historias sobre los inexplicables fenómenos relacionados con el tiempo en Rennes-le-Château.
—Un día, venía con unos amigos y consulté el reloj del coche antes de subir la colina. Cuando llegamos arriba, el coche indicaba que habíamos tardado casi media hora. Bien, llegamos no hace mucho. ¿Cuánto tiempo hemos tardado, incluso a la poca velocidad a la que íbamos? ¿Cinco minutos?
Hizo la pregunta a Peter, quien asintió.
—No mucho más.
—RLC no está muy lejos, está a unos tres kilómetros. Por lo tanto, pensamos que el reloj del coche estaba averiado, hasta que todos consultamos los nuestros. Había transcurrido media hora. Todos sabíamos que no habíamos estado en aquella carretera media hora, pero no obstante habían pasado treinta minutos hasta llegar aquí. ¿Puedo explicarlo? No. Fue como una especie de repliegue temporal, y desde entonces he hablado con bastante gente que ha vivido la misma experiencia. Los lugareños no sienten la menor preocupación por el problema, porque ya se han acostumbrado. Preguntadles, y se encogerán de hombros como si fuera la cosa más normal del mundo.
»No obstante, se ha informado de fenómenos similares en los alrededores de la Gran Pirámide y en algunos de los sitios sagrados de Inglaterra e Irlanda.
¿Qué es? ¿Alguna especie de fuerza magnética? ¿Algo menos tangible, y por tanto, imposible de comprender por nuestros débiles cerebros humanos?
Tammy enumeró las diversas teorías exploradas por equipos de investigación locales e internacionales, y recitó una lista de posibilidades: líneas Ley*, vórtices, agujeros que comunican con el centro de la tierra, puertas estelares.
—Salvador Dalí creía que la estación de tren de Perpiñán era el centro del universo, porque era el lugar donde se cruzaban estos puntos de energía magnética.
—¿Perpiñán está lejos de aquí? —preguntó Maureen.
—A unos sesenta kilómetros, más o menos. Lo bastante cerca para que resulte interesante, desde luego. Ojalá tuviera una respuesta definitiva para todo, pero no es así. Nadie la tiene. Por eso me he convertido en una adicta a este lugar y no paro de venir. ¿Recuerdas el meridiano que Sinclair te enseñó en la iglesia de Saint-Sulpice de París?
Maureen asintió, mientras procuraba no perder el hilo.
—La Línea de la Magdalena.
—Exacto. Baja desde París en línea recta y atraviesa esta zona. ¿Por qué?
Porque hay algo en esta región que trasciende el tiempo y el espacio, y creo que