* Juego de palabras intraducibie con el nombre de Nostradamus. Dumbass significa «estúpido, tarado». (N. del T.)
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Kathleen McGowan La esperada Derek fue el primer miembro del grupo en reconocer la presencia de Peter, observó Maureen, pero no tuvo mucho tiempo de pensar, porque su primo formuló una pregunta.
—¿Cuál es la relación de Thomas Jefferson con... todo esto?
—Nuestro gran país fue fundado por francmasones. Todos los presidentes norteamericanos, desde George Washington a George W. Bush, han sido descendientes del linaje de una manera u otra.
Maureen se quedó patidifusa.
—¿De veras?
—De veras —contestó Tammy—. Derek puede demostrarlo con documentos. Demasiado tiempo libre en el internado.
Isaac palmeó a Derek en el hombro.
—«Pablo fue el primero que corrompió las teorías de Jesús» —anunció con solemnidad—. ¿No es cierto, Tammy?
Peter se volvió a mirarle.
—¿Perdón?
—Es una de las citas más controvertidas de Jefferson —explicó el inglés. Ahora fue Maureen la sorprendida.
—¿Jefferson dijo eso?
Derek asintió, pero daba la impresión de que sólo escuchaba a medias. Estaba paseando la vista a su alrededor, examinando la fiesta mientras Tammy hablaba.
—Eh, ¿dónde está Draco? He pensado que a Maureen tal vez le gustaría conocerle.
Los tres rieron al mismo tiempo.
—Le ofendí y salió corriendo en busca de los demás Dragones Rojos —
contestó Isaac—. Estoy seguro de que están agazapados en un rincón con sus cámaras ocultas, tomando notas sobre todo el mundo. Hoy se han puesto sus colores, de forma que los reconocerás enseguida.
Maureen estaba intrigada.
—¿Quiénes son?
—Los Caballeros de los Dragones Rojos —contestó Derek, con fingido énfasis dramático.
—Escalofriante —dijo Tammy, y arrugó la nariz para expresar su desagrado—. Llevan esos atavíos parecidos a uniformes del Ku-Klux-Klan, sólo que en raso rojo intenso. Me dijeron que podría acceder a los secretos de su estimado club si donaba mi sangre menstrual para sus experimentos alquímicos. Rechacé la oferta, por supuesto.
—¿Y quién no? —replicó con sequedad Maureen, y después estalló en carcajadas—. ¿Quiénes son esos tipos? Me gustaría verlos.
Paseó la vista alrededor de ella, pero no vio a nadie que encajara con aquella descripción tan extravagante.
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—Los vi salir —explicó Newton—, pero no sé si presentárselos a Maureen todavía. Puede que aún no esté preparada.
—Una sociedad muy secreta —explicó Tammy—, y todos afirman descender de algún miembro de la realeza famoso. El líder es un tipo al que llaman Draco Ormus.
—¿Por qué me suena el nombre? —preguntó Maureen.
—Es escritor. Tenemos el mismo editor de libros sobre esoterismo en Inglaterra, por eso le conozco. Puede que te hayas topado con alguno de sus libros en tus viajes por el territorio de María Magdalena. Lo irónico de él es que escribe acerca de la importancia del culto a la diosa y al principio femenino, pero no admiten mujeres en su club sólo para chicos.
—Muy británico —dijo Derek, y dio un codazo a sir Isaac, que parecía preocupado.
—No me incluyas en esa compañía de lunáticos, vaquero. No todos los ingleses fueron creados iguales.
—Isaac es uno de los buenos —explicó Tammy—. Hay cierto número de genios de buena fe en Inglaterra, y algunos son grandes amigos míos, pero por mi experiencia sé que muchos ingleses dedicados al esoterismo son unos esnobs, todos creen que poseen el secreto del universo, y los demás, en especial los norteamericanos, son idiotas adeptos a las ideas New Age empeñados en investigaciones de pacotilla. Creen eso porque son capaces de escribir trescientas páginas sobre la geometría sagrada del Languedoc, y añadir otras doscientas páginas de árboles genealógicos, la mayoría ficticios, que han descubierto ellos solitos. Pero si dejaran sus brújulas a un lado un momento y se permitieran sentir algo, descubrirían que aquí hay muchas más cosas de las que pueden ser consignadas en el papel.
Tammy cabeceó en dirección a un grupo vestido con disfraces de la era isabelina, al otro lado de sala.
—Allí hay algunos, de hecho. Yo los llamo la Multitud Transportadora. Se pasan la vida analizando la geometría sagrada de los mapas topográficos.
¿Quieres una opinión sobre el significado de Et in Arcadia ego? Ellos te proporcionarán anagramas en doce idiomas diferentes y te los convertirán en ecuaciones matemáticas.
Señaló a una mujer atractiva, pero de aspecto arrogante, embutida en un trabajado vestido estilo tudor. Una «M» dorada, acompañada de una perla barroca, colgaba de una cadena que llevaba al cuello. La Multitud Transportadora congregada a su alrededor la estaba lisonjeando.
—La mujer del centro afirma ser descendiente de María Estuardo. Como si presintiera que hablaban de ella, la mujer se volvió en su dirección. Clavó la vista en Maureen y la miró de arriba abajo con absoluto desprecio; luego volvió a centrar su atención en sus secuaces.
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—Puta altanera —dijo con brusquedad Tammy—. Es la cabecilla de una sociedad casi secreta que quiere restaurar la dinastía Estuardo en la Corona británica. Con ella en el trono, por supuesto.
Maureen estaba fascinada por la cantidad de creencias representadas en la sala, por no hablar de las personalidades tan opuestas.
—Freud se lo pasaría en grande en este lugar —bromeó Peter. Maureen rió, pero devolvió su atención al grupo inglés del otro lado de la sala.
—¿Qué opina de ella Sinclair? Es escocés. ¿No está emparentado con los Estuardos? —preguntó. Su curiosidad por Sinclair era cada vez mayor, y María Estuardo era una mujer hermosa.
—Oh, sabe que está como una chota, pero no subestimes a Berry. Es obsesivo, pero no estúpido.
—Mirad —interrumpió Derek, con su estilo juvenil y desenfadado—. Ahí
van Hans y su banda de famosos. Me han dicho que Sinclair ha estado a punto de prohibirles la entrada este año.
—¿Por qué?
Maureen se sentía cada vez más fascinada por el Languedoc y la extraña subcultura esotérica que había alumbrado.
—Son cazadores de tesoros en el sentido más literal de la palabra —explicó
sir Isaac—. Corren rumores de que ha sido el último grupo en utilizar dinamita en las montañas de Sinclair.
Maureen examinó el grupo de ruidosos alemanes. Los disfraces no mejoraban su imagen: todos iban vestidos de bárbaros.
—¿De qué se supone que van vestidos?
—De visigodos —contestó Isaac—. Esta parte de Francia fue su territorio alrededor de los siglos siete y ocho. Los alemanes creen que los tesoros de un rey visigodo están escondidos en la zona.
—Sería el equivalente europeo de descubrir la tumba de Tutankamón —
continuó Tammy—. Oro, joyas, objetos de un valor incalculable. El típico rollo de los tesoros.
Un grupo particularmente vocinglero de invitados atravesó corriendo la habitación delante de ellos, apartando a empujones a Peter y Tammy. Cinco hombres con túnica perseguían a una mujer vestida con coloridos velos orientales. Portaba una grotesca cabeza humana en una bandeja. Los hombres la llamaban, y al parecer se dirigían a la cabeza cercenada.
—¡Háblanos, Bafomet, háblanos!
Tammy se encogió de hombros.
—Baptistas —explicó.
—Pero no son auténticos —intervino Derek.
—No, no son auténticos.
Tammy se volvió hacia él.
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—Estoy segura de que sabe qué día es hoy en el calendario cristiano,
¿verdad, padre?
Peter asintió.
—Se celebra la festividad de San Juan Bautista.
—Los verdaderos seguidores de Juan el Bautista nunca asistirían a una fiesta como ésta en el día de su onomástica —continuó Derek—. Sería una blasfemia.
Tammy terminó la explicación.
—Son un grupo muy conservador, al menos la rama europea. —Cabeceó en dirección a la mujer que portaba la cabeza en una bandeja—. Es una parodia. Bastante brutal, debería añadir.
Los invitados contemplaban la peregrina escena mostrando diversos grados de diversión. Algunos reían a carcajadas, otros meneaban la cabeza, otros parecían escandalizados.
Derek les interrumpió, al parecer incapaz de ceñirse a un tema durante demasiado rato.
—Necesito una copa. ¿Quién quiere algo del bar?
●
Peter aprovechó la partida de Derek para excusarse un rato. El disfraz le torturaba, y se sentía incómodo por diversos motivos. Dijo a Maureen que iba a buscar un lavabo. En cambio, se dirigió hacia el patio. Al fin y al cabo, estaba en Francia: seguro que allí encontraría a alguien que le diera un cigarrillo.
●
Un francés, increíblemente elegante pese a su sencilla túnica cátara, abordó a Maureen y Tammy. Saludó con una inclinación de cabeza a la segunda y dedicó
una reverencia la primera.
—Bienvenue, Marie de Negre.
Maureen rió, incómoda a causa del saludo.
—Lo siento, mi francés es terrible.
El francés hablaba un inglés perfecto, aunque con algo de acento.
—He dicho que «el color le sienta bien».
Una voz chilló el nombre de Tammy desde el otro extremo de la sala. Maureen pensó que se trataba de Derek, y luego miró a su amiga, que estaba radiante.
—¡Ajá! Parece que Derek ha acorralado a uno de mis inversores en potencia en el bar. ¿Me perdonas un momento?
Tammy se fue en un abrir y cerrar de ojos, y dejó a Maureen con el misterioso francés, quien besó su mano derecha, vaciló un momento mientras miraba el adorno del anillo y se presentó.
—Soy Jean-Claude de la Motte. Bérenger me ha dicho que usted y yo somos parientes. El apellido de mi abuela también era Paschal.
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—¿De veras?
Maureen estaba entusiasmada por la noticia.
—Sí. Aún quedan algunos Paschal en el Languedoc. Conoce nuestra historia, ¿no?
—La verdad es que no. Me avergüenza decirle que lo poco que sé me lo ha explicado lord Sinclair estos últimos días. Me encantaría saber más cosas de nuestra familia.
Invitados disfrazados con vestidos de Versalles del siglo XVIII pasaron bailando junto a ellos mientras Jean-Claude hablaba.
—El apellido Paschal es uno de los más antiguos de Francia. Fue un apellido adoptado por una de las grandes familias cátaras, descendientes directos de Jesús y María Magdalena. Casi toda la familia fue exterminada durante la cruzada contra nuestro pueblo. En la masacre de Montségur, los supervivientes fueron quemados vivos por herejes, pero algunos escaparon, y más tarde se convirtieron en consejeros de los reyes y reinas de Francia. Jean-Claude señaló a una pareja disfrazada de Luis XVI y María Antonieta.
—¿María Antonieta y Luis?
Maureen estaba sorprendida.
—Oui. María Antonieta era una Habsburgo, y Luis un Borbón, ambos descendientes del linaje a través de distintas ramas. Con ellos se unieron dos brazos de la misma estirpe, por eso la gente les tenía tanto miedo. La revolución fue provocada en parte porque se temía que las dos familias, al unirse, formaran la dinastía más poderosa del mundo. ¿Ha estado en Versalles, mademoiselle?
—Sí, durante mis investigaciones sobre María Magdalena.
—¿Conoce, pues, la aldea?
—Por supuesto.
La aldea había sido el lugar favorito de Maureen de todo Versalles. Experimentó una abrumadora compasión por la reina mientras visitaba los salones de la residencia real. Cada una de las actividades cotidianas de María Antonieta, desde sentarse en el retrete hasta los preparativos para acostarse, eran presenciados por nobles que ejercían de perros guardianes. Sus hijos nacieron ante un público compuesto por nobles apretujados en su dormitorio. María Antonieta se rebeló contra las asfixiantes tradiciones de la realeza francesa, e intentó escapar de su prisión dorada.
—Entonces, también sabrá que a María Antonieta le gustaba mucho disfrazarse de pastora. En todas sus reuniones privadas, sólo ella llevaba ese disfraz.
Maureen sacudió la cabeza, asombrada, mientras todas las piezas encajaban en su lugar.
—María Antonieta siempre se vestía de pastora. Lo sabía cuando fui a Versalles, pero no sabía nada de todo esto.
Indicó con un gesto la escena que les rodeaba.
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—Por eso la aldea fue construida lejos del palacio y bajo medidas estrictas de seguridad —continuó Jean-Claude—. Así celebraba María Antonieta en privado las tradiciones del linaje. Pero otros sí lo sabían, pues en aquel palacio no había secretos. Demasiados espías, demasiado poder en juego. Fue uno de los factores que condujeron a la muerte de Marie... y a la revolución.
»Los Paschal fueron leales a la familia real, por supuesto, y a menudo eran invitados a las fiestas privadas de María Antonieta, pero la familia se vio obligada a huir de Francia durante el Reinado del Terror.
Maureen sintió que se le erizaba el vello de los brazos. La historia de la trágica reina austríaca siempre había sido una fuente de intensa fascinación, y se había convertido en un importante factor de estímulo a la hora de escribir su libro. Jean-Claude continuó.
—La mayoría se establecieron en Luisiana.
La atención de Maureen se disparó al punto.
—De ahí era mi padre.
—Por supuesto. Cualquiera con ojos en la cara se daría cuenta de que usted desciende de esa rama del linaje real. Tiene visiones, ¿no?
Maureen vaciló. No le gustaba hablar de sus visiones, ni siquiera con sus íntimos, y aquel hombre era un completo desconocido. No obstante, estar en compañía de otros como ella, otros que consideraban de lo más natural tener tales visiones, era inmensamente liberador.
—Sí —se limitó a contestar.
—Muchas mujeres del linaje tienen visiones de la Magdalena. A veces, incluso los hombres, como Bérenger Sinclair. Las tiene desde niño. Es muy corriente.
A mí no me parece tan corriente, pensó Maureen, pero sintió curiosidad por aquella nueva revelación.
—¿Lord Sinclair tiene visiones?
A ella no se lo había dicho.
Pero tendría la oportunidad de preguntárselo en persona, pues Sinclair estaba atravesando la sala en su dirección, disfrazado del último conde de Toulouse.
—Jean-Claude, veo que has descubierto a nuestra prima perdida.
—Oui. Hace honor al apellido de la familia.
—En efecto. ¿Puedo robártela un momento?
—Sólo si me permites llevarla a dar un paseo en coche mañana. Me gustaría enseñarle algunos lugares relacionados con el apellido Paschal. No ha estado en Montségur, ¿verdad, cherie?
—No. Hemos visitado varios sitios con Roland esta mañana, pero no llegamos a Montségur.
—Es suelo sagrado para los Paschal. ¿Te importa, Bérenger?
—En absoluto, pero Maureen es perfectamente capaz de tomar sus propias decisiones.
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—¿Me concederá ese honor? Le enseñaré Montségur, y después la llevaré a un restaurante tradicional. Sólo sirven comida preparada al auténtico estilo cátaro.
Maureen no hubiera encontrado una forma elegante de negarse aunque hubiera querido, pues la combinación del encanto francés y la posibilidad de averiguar más cosas sobre su historia familiar era irresistible.
—Será un placer —contestó.
—Entonces, nos veremos mañana, prima. ¿A las once?
Jean-Claude besó su mano de nuevo cuando ella accedió, y después se despidió de Bérenger.
—Me marcho, pues quiero hacer planes para mañana.
Maureen y Sinclair sonrieron cuando se fue.
—Veo que ha impresionado mucho a Jean-Claude. No me sorprende. Está
maravillosa con ese vestido, como ya sabía que pasaría.
—Gracias por todo.
Maureen sabía que estaba enrojeciendo, ya que no estaba acostumbrada a tantas atenciones masculinas. Desvió la conversación hacia Jean-Claude.
—Parece muy simpático.
—Es un erudito brillante, un experto absoluto en historia de Francia y Occitania. Trabajó durante años en la Biblioteca Nacional, donde tuvo acceso a los más asombrosos materiales de investigación. A Roland y a mí nos ha ayudado muchísimo.
—¿Roland?
El trato deferente que Sinclair deparaba a su criado sorprendió a Maureen. No parecía el típico comportamiento de un aristócrata.
Sinclair se encogió de hombros.
—Roland es un hijo leal del Languedoc. Está muy interesado en la historia de su pueblo. —Tomó el brazo de Maureen y la guió a través de la sala—. Venga, quiero enseñarle algo.
Subieron un tramo de escaleras y entraron en una pequeña sala de estar con una terraza privada. El balcón dominaba el patio y los enormes jardines que se extendían al otro lado. Los jardines, con sus puertas doradas en forma de flor de lis, estaban cerrados y protegidos por guardias en ambos lados.
—¿Por qué hay tantos guardias en la puerta?
—Es mi dominio más privado, suelo sagrado. Los llamo los Jardines de la Trinidad, y permito la entrada a muy pocos visitantes. Créame, muchos invitados de esta noche pagarían lo que fuera por franquear esas puertas. Sinclair se explicó.
—El baile de disfraces es una tradición, el encuentro anual que preparo para reunir a personas que comparten un mismo interés. —Indicó a los invitados del patio—. Respeto a algunos, incluso los venero. A otros los llamo amigos. Otros... Otros me divierten. Pero a todos los vigilo con cuidado. A algunos, con mucho cuidado.
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—Pensaba que le parecía interesante ver a gente que viene de todas partes del mundo para investigar los misterios del Languedoc.
Maureen contempló la escena desde el balcón, y disfrutó de la brisa sedosa que transportaba el aroma de la rosaleda cercana. Observó que Tammy parecía muy pegada a Derek, a quien se le iban las manos sobre el cuerpo de la sensual reina de los gitanos. Vio a alguien que tal vez era Peter, pero luego decidió que no. El hombre estaba fumando. Peter no fumaba desde que era adolescente. De pronto, se volvió hacia Sinclair.
—¿Cómo me localizó?
El hombre levantó su mano derecha con delicadeza.
—El anillo.
—¿El anillo?
—Lo lleva en la foto de la solapa del libro.
Maureen asintió y empezó a comprender.
—¿Sabe lo que significa el dibujo?
—Tengo una teoría sobre ese dibujo, por eso la he traído hasta este balcón en concreto. Venga.
Sinclair tomó a Maureen del brazo y la condujo al interior, hasta un objeto encerrado en una caja de cristal montada en la pared. La pieza era pequeña, no más larga que una fotografía de 20 x 25 centímetros, pero quedaba destacada por el hecho de estar situada en el centro y por la cuidada iluminación.
—Es un grabado medieval —explicó el hombre—. Representa la filosofía. Y
las siete artes liberales.
—Como en el fresco de Botticelli.
—Exacto. Como puede ver, se basa en la perspectiva clásica de que, si abrazas las siete artes liberales, puedes conseguir el título de filósofo. Por eso la figura femenina central está representada como una diosa, Philosophia, y las artes liberales están a sus pies, a su servicio. Pero aquí está lo que, en mi opinión, le parecerá más interesante.
Empezó por la izquierda, y fue nombrando las artes liberales al tiempo que las seguía con los dedos. Se detuvo en la séptima y última.
—Ya hemos llegado. La cosmología. ¿Ve algo que le parezca familiar?
Maureen lanzó una exclamación ahogada.
—¡Mi anillo!
La figura que representaba la cosmología sostenía un disco adornado con el dibujo del anillo de Maureen. Contó las estrellas y levantó la mano hacia la imagen.
—Es idéntico, incluso en la distancia que separa del centro a algunos círculos.
Calló un momento, y luego se volvió hacia Sinclair.
—Pero ¿qué significa todo esto? ¿Qué relación guarda con María Magdalena y conmigo?
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—Hay explicaciones espirituales y alquímicas. En relación con los misterios de María Magdalena, creo que este símbolo aparece con frecuencia como una pista, un recordatorio de que hemos de prestar atención a la relación crítica entre la Tierra y las estrellas. Los antiguos lo sabían, pero nosotros lo hemos olvidado en la edad moderna. Lo que está arriba es igual que lo que está abajo. Las estrellas nos recuerdan cada noche que tenemos la oportunidad de crear el paraíso en la Tierra. Creo que es eso lo que querían enseñarnos. Era su regalo definitivo, su mensaje de amor.
—¿A quiénes se refiere?
—Habló de Jesucristo y María Magdalena. Nuestros antepasados. Como si un temporizador cósmico hubiera sido preparado para puntuar esta frase, los fuegos artificiales iniciaron su espectáculo de luz en el jardín, mientras los invitados miraban complacidos. Sinclair condujo a Maureen al balcón para que viera los estallidos de color sobre los terrenos del castillo. Cuando la rodeó con el brazo, ella se lo permitió, y sintió una extraña comodidad en la calidez de su abrazo.
●
En el patio, el padre Healy no estaba mirando los fuegos artificiales. Al menos, los del cielo no. Su atención estaba concentrada en Bérenger Sinclair, que se hallaba en el balcón rodeando firme y posesivamente con su brazo la cintura de la prima pelirroja de Peter. A diferencia de Maureen, no se sentía nada cómodo, ni con Sinclair, ni con esta gente, ni con sus planes.
Había otros ojos que vigilaban la evolución de la química entre Sinclair y Maureen aquella noche. Derek miraba desde abajo, en el extremo opuesto del patio. Examinó el balcón y vio que su colega francés estaba bien posicionado arriba, tal vez lo bastante cerca para escuchar la conversación entre su anfitrión y la mujer vestida de María Magdalena.
Derek Wainwright palmeó su cuerpo con discreción, para asegurarse de que el cordón rojo ceremonial de su Cofradía estaba bien oculto entre los pliegues de su disfraz de Thomas Jefferson. Aquella noche lo necesitaría más tarde, cuando regresara a Carcasona.
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... Tal vez soy la única defensora de la princesa Salomé, pero es mi deber hacerlo. Lamento haberlo demorado tanto, porque no merecía su terrible destino. Hubo un tiempo en que hablar de ella y de sus actos significaba la muerte, y no podía defenderla sin poner en peligro a los seguidores de Easa y el sendero superior del Camino. Pero como muchos de nosotros, fue juzgada por aquellos que desconocían la verdad. Primero diré esto: Salomé me amaba, y amaba a Easa todavía más. De haber gozado de la oportunidad, en otro tiempo, lugar o circunstancias, la muchacha podría haber sido una verdadera discípula, una sincera seguidora del Camino de la Luz. Por ello la incluyo en el Libro de los Discípulos, por lo que habría podido ser. Como Judas, Pedro y los demás, el papel de Salomé estaba escrito, y pocas oportunidades tuvo de escapar de ese lugar. Su nombre estaba grabado en las piedras de Israel, grabado en la sangre de Juan, y tal vez también en la de Easa.
Si sus actos infantiles e impulsivos fueron fruto de su juventud, de una joven que habla sin pensar, de ello es culpable. Pero ser recordada, insultada y despreciada como la meretriz que ordenó la muerte de Juan el Bautista, creo que es una de los mayores injusticias que puedo recordar.
El Día del Juicio, tal vez me perdone.
Y tal vez Juan nos perdone a todos.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DE LOS DISCÍPULOS
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Kathleen McGowan La esperada 11
Château des Pommes Bleues
24 de junio de 2005
MAUREEN SE ACOSTÓ poco después de que terminaran los fuegos artificiales. Peter había aparecido cuando bajaba la escalera con Sinclair, y se ofreció a acompañarla a la habitación. Ella aceptó la oferta, más que dispuesta a retirarse a una soledad que necesitaba mucho. Habían sido veinticuatro horas abrumadoras, y le dolía la cabeza.
Más tarde, unas voces en el pasillo la despertaron. Pensó reconocer a Tammy, que hablaba en susurros. Le contestó una voz masculina apagada. Después oyó la carcajada ronca, una característica de Tammy tan distintiva como sus huellas dactilares. Maureen escuchó, contenta de que su amiga estuviera disfrutando de la fiesta.
Sonrió mientras volvía a dormirse, con la idea vaga de que la voz que oía susurrar en tono íntimo a Tammy no era norteamericana.
Carcasona 25 de junio de 2005
DEREK WAINWRIGHT GRUÑÓ cuando el sol de la mañana entró a raudales sin compasión a través de la ventana de la habitación de su hotel. Hoy había dos cosas a las que no quería enfrentarse: la resaca y los ocho mensajes nuevos de su móvil.
Se levantó poco a poco para calibrar la intensidad de su dolor de cabeza, se arrastró hasta su bolsa de viaje de piel italiana y sacó un frasco. Lo abrió y vio el surtido de píldoras. Encontró la que buscaba y engulló un Vicodin, al que añadió tres Tylenoles. Fortalecido de esta manera, echó un vistazo a su móvil, que descansaba sobre la mesita de noche. Lo había desconectado anoche, cuando regresó al hotel. No podía soportar los pitidos incesantes, y no tenía el menor deseo de escuchar los mensajes.
Derek se pasaba la vida eludiendo las responsabilidades de forma similar. Hijo de una familia de la costa Este inmensamente rica e influyente, el benjamín del magnate de bienes inmuebles Eli Wainwright lo había tenido todo muy fácil desde el principio. Entró como si nada en Yale gracias a las donaciones de su padre y su hermano mayor, y se adjudicó un empleo de alto ejecutivo en una firma de inversiones pese a sus notas mediocres. Perdió el trabajo al cabo de 149
Kathleen McGowan La esperada menos de un año, cuando decidió que el horario no era compatible con su estilo de vida de playboy. Tampoco era que necesitara trabajar. La fortuna de su familia bastaba para mantenerle durante toda su vida, y las vidas de sus hijos y nietos, si es que alguna vez sentaba la cabeza y tenía alguno. Eli Wainwright había exhibido una paciencia sorprendente con los defectos de su hijo menor. Derek carecía del ansia de aprender y la aptitud de sus hermanos, pero había demostrado el máximo interés en un elemento vital de la vida y éxito de su familia: ser miembro de la Cofradía de los Justos. Bautizado por primera vez de niño, y de nuevo a los quince años tal como era tradicional en la organización, daba la impresión de que Derek poseía una afinidad natural con la sociedad y sus enseñanzas. Su padre lo eligió para sustituirle. Era uno de los miembros de la Cofradía más importantes de Estados Unidos, una organización que se extendía no sólo a lo largo y ancho del mundo occidental, sino también a países de Asia y Oriente Próximo. La Cofradía de los Justos contaba entre sus miembros con algunos de los hombres más influyentes del mundo de los negocios y la política internacional.
La condición de miembro se transmitía de generación en generación, y los hombres bautizados debían casarse con las Hijas de la Justicia, hijas de los cofrades que eran educadas según un estricto código de decoro. Preparaban a las muchachas para que supieran comportarse como esposas y madres, y recibían las lecciones contenidas en un antiguo documento conocido como El libro verdadero del Santo Grial, que había pasado de generación en generación durante siglos. Algunos de los bailes de debutantes y cotillones más concurridos de la costa Este, el sur y Texas eran «fiestas de puesta de largo»
para las Hijas de la Justicia, que anunciaban su buena disposición a ingresar en el mundo como esposas obedientes y virtuosas de los miembros de la Cofradía. Todos los hijos mayores de Eli se habían casado con Hijas de la Justicia, y estaban instalados a la perfección en sus vidas de clase alta. El más joven de los Wainwright, ya con treinta años, estaba empezando a recibir presiones para que se comportara de manera similar. Derek no estaba interesado, aunque no se atrevía a decírselo a su padre. Consideraba a las Hijas de la Justicia inmensamente aburridas, con toda su inmaculada virginidad. La idea de acostarse cada noche con alguna de aquellas princesas de hielo tan bien educadas le provocaba escalofríos. Podría hacer lo mismo que sus hermanos y demás miembros de la Cofradía, es decir, casarse con la adecuada y digna madre de sus hijos, y buscarse por su cuenta alguna zorra seductora para mantener el interés. Pero ¿por qué apoltronarse en esta fase de su vida? Aún era joven y terriblemente rico y tenía pocas responsabilidades. Mientras hubiera mujeres sensuales y exóticas como Tamara Wisdom que le sedujeran, no iba a encadenarse a alguna yegua que le recordara demasiado a su madre. Si su padre seguía convencido de que sólo estaba interesado en la Cofradía, Derek podría evadirse de las demás responsabilidades unos años más. 150
Kathleen McGowan La esperada Lo que Eli Wainwright no veía, con los ojos ciegos de un padre que prefiere no fijarse en los defectos de su hijo, era que a Derek no le atraía la filosofía de la Cofradía, sino la mística de una sociedad al margen de la ley, los ritos, la sensación de elitismo que proporcionaba saber secretos que habían sido transmitidos durante siglos, protegidos por la sangre. La verdadera atracción procedía de saber que cualquier acto repugnante de un miembro de la Cofradía podía ser borrado y ocultado con celeridad, debido a la red mundial de influencias. Estas cosas deleitaban a Derek, así como la forma en que le trataban allá donde iba, debido a la riqueza y los contactos de su padre. O al menos hasta que el ex Maestro de Justicia había muerto de manera misteriosa, siendo sustituido por este nuevo, el fanático inglés que gobernaba la Cofradía con mano de hierro.
Su nuevo líder lo había cambiado todo. Se jactaba de su relación hereditaria con Oliver Cromwell, al tiempo que estudiaba las tácticas despiadadas, y en ocasiones espantosas, de su antepasado para tratar con la oposición. En cuanto accedió al cargo de Maestro de Justicia, John Simon Cromwell dejó clara su postura mediante una horrible ejecución. Cierto, el hombre asesinado era enemigo de la Cofradía y líder de una organización que se les había opuesto durante centenares de años. Pero el mensaje era claro: eliminaré a cualquiera que me desafíe, y lo haré de la forma más desagradable. Decapitar al hombre con una espada y amputarle el dedo índice derecho comunicaba el toque dramático y literal del imparable fanatismo de su nuevo líder. Derek intentó apartar aquella imagen concreta de su cerebro algo obnubilado, mientras conectaba el móvil para ver qué llamadas tenía en su buzón de voz. Había llegado el momento de afrontar los hechos. Tenía una misión que cumplir y se había comprometido a ello, decidido a demostrar a aquel bastardo inglés de una vez por todas de qué pasta estaba hecho. Ya se había hartado de que el francés y el líder le ridiculizaran. Le trataban como a un idiota, y nadie lo había hecho hasta entonces.
Mientras los mensajes empezaban a reproducirse, Derek se preparó para soportar el acento de Oxford, más amenazador a cada mensaje que escuchaba. Después de escuchar las últimas palabras del octavo mensaje, ya sabía qué
debía hacer.
Château des Pommes Bleues
25 de junio de 2005
TAMARA WISDOM SE CEPILLÓ SU lustroso pelo negro, mientras se miraba en el gigantesco espejo dorado. El potente sol de la mañana iluminaba su habitación, tan majestuosa como la de Maureen. Había rosas de tonos crema y lavanda en jarrones de cristal que descansaban sobre todas las mesas. De su enorme cama, 151
Kathleen McGowan La esperada que pocas veces ocupaba sola, colgaban terciopelos púrpura y pesados brocados.
Sonrió, y se regodeó un momento en los recuerdos de la noche anterior. El calor del hombre había dejado una impresión en su piel mucho después de que se marchara, justo antes del amanecer. Gracias a su actitud abierta y desenfrenada ante la vida había conocido muchas grandes pasiones, pero ninguna como ésta. Por fin comprendía lo que los alquimistas querían decir cuando hablaban de la Gran Obra, la unión perfecta de un hombre y una mujer, una fusión perfecta de cuerpo, mente y espíritu.
Su sonrisa se desvaneció cuando volvió a la realidad de lo que debía hacer aquel día.
Al principio, todo había sido muy divertido, como una gran partida de ajedrez que se jugara de continente a continente. Enseguida se había encariñado con Maureen. A todos les había pasado lo mismo. Para colmo, el cura no era la persona entrometida que habían temido. Era un místico a su manera, muy lejos del rígido dogmático que sospechaban.
Después estaba la cuestión del papel que estaba desempeñando ella. Jugar a Mata Hari había sido divertido al principio, pero ahora se le antojaba repelente. Hoy tendría que equilibrar ambos polos opuestos para obtener la información que necesitaba y no perderse en el intento. Tenía que alcanzar varios objetivos, por ella, por la Sociedad y por Roland. No debes olvidar lo que de verdad importa, Tammy —recordó—. Si te alzas con el éxito, lo ganamos todo, pero lo perdemos todo si fracasas.
El juego había cambiado. Y se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso de lo que habían previsto.
Tammy dejó el cepillo y se roció las muñecas y la garganta con una embriagadora fragancia floral, en preparación para lo que se avecinaba. Cuando se disponía a salir de la habitación, se detuvo ante la asombrosa pintura que decoraba su pared. Era del pintor simbolista francés Gustave Moreau, y plasmaba a la princesa Salomé, cubierta con los siete velos y sosteniendo la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja.
—Ésta es mi chica —susurró Tammy para sí, y partió hacia el último y más crucial episodio de su intriga.
●
Maureen desayunaba sola en el comedor. Roland, que pasaba por el corredor contiguo, se dio cuenta y entró.
—Bonjour, mademoiselle Paschal. ¿Está sola?
—Buenos días, Roland. Peter aún duerme, así que no quise molestarle. Roland asintió.
—Le traigo un mensaje de su amiga, la señorita Wisdom. Ahora se aloja en el castillo y le gustaría cenar con usted esta noche.
152
Kathleen McGowan La esperada
—Eso sería estupendo. —Maureen estaba ansiosa por reunirse con Tammy y comentar la fiesta—. ¿Dónde está?
El mayordomo se encogió de hombros.
—Esta mañana se fue temprano a Carcasona. Algo relacionado con la película que está rodando. Sólo me dio este mensaje para usted. Ahora, mademoiselle, iré a buscar a monsieur Bérenger, pues si la descubriera desayunando sola se disgustaría muchísimo.
●
Sinclair interrumpió los pensamientos de Maureen, pues apareció en el comedor apenas se hubo marchado Roland.
—¿Ha podido dormir?
—¿Cómo evitarlo en esa cama? Es como dormir sobre nubes.
Maureen había observado la primera noche que había un enorme colchón de plumas bajo las caras sábanas de algodón egipcio.
—Soberbio. ¿Tiene algún plan esta mañana?
—Hasta las once no. Tengo una cita con Jean-Claude, ¿recuerda?
—Sí, por supuesto. La lleva a Montségur. Un lugar asombroso. Sólo lamento no ser yo quien se lo enseñe por primera vez.
—¿Le gustaría acompañarnos?
Sinclair rió.
—Querida mía, Jean-Claude ordenaría que me colgaran, ahogaran y descuartizaran si yo la acompañara hoy. Ahora es la estrella de la región, después de su gran debut de anoche. Todo el mundo quiere saber más cosas de usted. Aumentará el prestigio de Jean-Claude en cien puntos cuando le vean paseando con usted.
»Pero no le guardaré rencor. Yo también tengo algo que enseñarle, en cuanto haya terminado de desayunar, algo que, estoy seguro, considerará
inolvidable.
●
Estaban en el mismo balcón desde donde habían presenciado los fuegos artificiales la noche anterior. Los extraordinarios jardines del castillo se extendían ante ellos.
—Es mucho más fácil ver y apreciar los jardines a la luz del día —dijo Sinclair con orgullo, al tiempo que indicaba tres secciones distintas—. ¿Ve que forman un dibujo de flor de lis?
—Son magníficos.
Maureen era sincera. Los jardines eran asombrosos en su belleza escultural, vistos desde arriba.
—Pueden contar la historia de nuestros antepasados mucho mejor que yo. Sería un honor para mí enseñárselos. ¿Me permite?
153
Kathleen McGowan La esperada Ella tomó su brazo. Bajaron la escalera y atravesaron el atrio. Observó que la mansión estaba inmaculada, pese a los cientos de invitados que había recibido la noche anterior. Los criados habrían tenido que trabajar sin descanso para limpiar y sacar brillo. Un orden impecable reinaba en el castillo. Atravesaron las enormes puertas cristaleras y salieron al patio de mármol, y luego siguieron el meticuloso sendero que serpenteaba hacia las puertas doradas. Sinclair extrajo una llave del bolsillo y la introdujo en el grueso candado. Soltó la cadena y empujó las barras doradas, y de esta manera accedieron a su sanctasanctórum.
Una fuente reluciente de mármol rosado gorgoteaba ante ellos, el adorno principal de la entrada del jardín. El sol se reflejaba en las gotas de agua que caían sobre los hombros de una escultura de tamaño natural de María Magdalena, tallada en mármol marfileño. Sostenía una rosa en la mano izquierda. Sobre su mano derecha extendida se posaba una paloma. En la base de la fuente estaba tallada la omnipresente flor de lis.
—Anoche conoció a mucha gente. Todos ellos sostienen teorías sobre esta región y su misterioso tesoro. Estoy seguro de que habrá escuchado muchas, que oscilan entre lo sublime y lo ridículo.
Maureen rió.
—La mayoría ridículas, en efecto.
Sinclair sonrió.
—Todos sostienen teorías, y todos creen, al menos eso diría yo, que María Magdalena es la reina del sur de Francia. Eso es lo único en que todos los congregados aquí anoche coinciden.
Maureen escuchaba con atención. Sinclair hablaba en un tono entusiasta, impaciente. Era contagioso.
—Y todos saben que existe un linaje. Un linaje real que nace de María Magdalena y sus hijos. Pero pocos conocen toda la verdad. La auténtica historia está reservada a los verdaderos seguidores del Camino. El Camino tal como fue enseñado por nuestra Magdalena, el Camino tal como fue enseñado por el propio Jesucristo.
Maureen le detuvo, algo vacilante.
—No sé si es oportuno que se lo pregunte, pero ¿cuál es el objetivo de su Orden de las Manzanas Azules?
—La Orden de las Manzanas Azules es antigua y compleja. Le contaré más a su debido momento. Por ahora, baste decir que la Orden existe para defender y proteger la verdad.
»Y la verdad es que María Magdalena fue madre de tres hijos. Maureen se quedó estupefacta.
—¿Tres?
Sinclair asintió.
—Muy poca gente conoce toda la historia, porque los detalles fueron ocultados a propósito para proteger a los descendientes. Tres hijos. Una 154
Kathleen McGowan La esperada trinidad. Y cada uno fundó una estirpe de sangre real que cambió la faz de Europa, y por fin del mundo. Estos jardines celebran la dinastía fundada por cada hijo. Mi abuelo los creó. Yo los he ampliado y me he comprometido a protegerlos.
Tres pasajes abovedados diferentes se desviaban del jardín principal.
—Venga, empezaremos con nuestra antepasada.
Condujo a la aturdida Maureen a través de la puerta central.
—¿Qué pasa? ¿Le sorprende que seamos parientes? Muy lejanos, sin duda, pero procedemos del mismo linaje.
—Estoy intentando asimilar tanta información. Para usted es algo archisabido, pero para mí resulta sorprendente. No puedo imaginar qué
opinaría el resto del mundo.
Entraron en un jardín de extraordinaria exuberancia. Varias especies de lirios estaban plantadas en círculo alrededor de otra estatua. Esta combinación proyectaba el magnífico perfume que Maureen había percibido la noche anterior.
Una paloma blanca zureaba y volaba sobre las exquisitas rosas entrelazadas, mientras Sinclair y Maureen caminaban en silencio. Ella se detuvo para oler una rosa roja en todo su esplendor.
—Rosas. El símbolo de todas las mujeres del linaje. Y lirios. El lirio es el símbolo específico de María Magdalena. La rosa puede referirse a cualquier mujer que sea descendiente de ella, pero en nuestra tradición sólo Ella es portadora del lirio.
Condujo a Maureen hasta la impresionante estatua, que representaba a una mujer esbelta con el pelo suelto.
A Maureen le costó encontrar la voz. Su pregunta fue poco más que un susurro.
—¿Ésta es la hija?
—Permítame que le presente a Sara Tamar, la única hija de Jesús y María Magdalena. La fundadora de las dinastías reales francesas. Y nuestra mutua tatarabuela de hace mil novecientos años.
Maureen miró la estatua antes de volverse hacia Sinclair.
—Es todo tan increíble... Y sin embargo, no me resulta difícil aceptarlo. Tan extraño, pero parece... cierto.
—Porque su alma reconoce la verdad.
Una paloma zureó desde los rosales como para mostrar su acuerdo.
—¿Oye las palomas? Son el símbolo de Sara Tamar, emblemas de su corazón puro, y más tarde se convirtieron en el símbolo de sus descendientes: los cátaros.
—¿Fue ése el motivo de que la Iglesia ordenara acabar con los cátaros por herejes?
—Sí, en parte. Porque podían demostrar, mediante ciertos objetos y documentos que se hallaban en su posesión, que eran descendientes de Jesús y 155
Kathleen McGowan La esperada María, y su misma existencia significaba una amenaza para Roma. Hombres, mujeres, niños. La Iglesia intentó exterminarlos a todos para guardar el secreto. Pero no se trata tan sólo de eso. Venga.
Sinclair y Maureen describieron un semicírculo entre las rosas, lo cual proporcionó a la joven la oportunidad de experimentar la belleza del jardín bajo el sol del verano de una dorada mañana del Languedoc. Él tomó su mano y ella se lo permitió, pues se sentía sorprendentemente a gusto con aquel excéntrico extranjero. Le siguió cuando la guió a través del pasaje abovedado y rodearon la fuente de María Magdalena.
—Es hora de conocer al hermano pequeño.
Maureen se dio cuenta de que Sinclair estaba cada vez más entusiasmado, y se preguntó qué debía sentir al guardar un secreto de tal magnitud. Pensó por un momento, algo agitada, que pronto lo sabría por experiencia propia. Sinclair la condujo por el pasillo abovedado situado más a la derecha hacia un jardín cuidado con primor.
—Esto parece muy inglés —observó Maureen.
—Muy bien dicho, querida. Ahora le enseñaré por qué.
La estatua de un joven de pelo largo, que sostenía un cáliz en alto, era el motivo central de la fuente de esta parte. Agua transparente como el cristal se derramaba del cáliz.
—Yeshua David, el hijo menor de Jesús y María. Nunca conoció a su padre, porque María Magdalena estaba embarazada de él cuando Cristo fue crucificado. Nació en Alejandría, donde su madre y su séquito se refugiaron antes de embarcarse rumbo a Francia.
Maureen se detuvo en seco. Se llevó una mano al vientre sin querer.
—¿Qué pasa?
—Estaba embarazada. Lo vi. Estaba embarazada en la Vía Dolorosa y... en el momento de la crucifixión.
Sinclair empezó a asentir como si ya lo supiera, y de pronto se detuvo. Ahora le tocó a Maureen preguntar.
—¿Qué pasa?
—¿Ha dicho en la crucifixión? ¿Tuvo una visión de la crucifixión?
Maureen sintió un nudo en la garganta y se agolparon lágrimas en sus ojos. Por un momento, tuvo miedo de hablar, temerosa de que su voz se quebrara. Sinclair se dio cuenta y se dirigió a ella tuteándola con gran ternura.
—Querida, puedes confiar en mí. Habla, por favor. ¿Tuviste una visión de Magdalena durante la crucifixión?
Las lágrimas se derramaron, pero Maureen no sintió la necesidad de reprimirlas. Era liberador, cuando menos, confesarse a alguien que comprendía.
—Sí —susurró—. Ocurrió en Notre-Dame.
Sinclair secó una lágrima de su rostro.
—Querida, querida Maureen. ¿Sabes lo extraordinario que es?
Ella negó con la cabeza. Sinclair continuó en voz baja.
156
Kathleen McGowan La esperada
—A lo largo de nuestra historia, cientos de descendientes han tenido sueños y visiones de Nuestra Señora, incluido yo. Pero las visiones se detienen antes del Viernes Santo. Que yo sepa, nadie la ha visto durante la crucifixión.
—¿Por qué es tan importante?
—La profecía.
Maureen esperó la explicación.
—Existe una profecía que se remonta a tiempos inmemoriales. La leyenda dice que formaba parte de un libro más voluminoso de profecías y revelaciones escrito en griego. El libro se atribuía a Sara Tamar, de modo que habría sido un evangelio por derecho propio. Sabemos que una princesa importante de la estirpe, Matilde de Toscana, duquesa de Lorena, poseía el libro original cuando construyó la abadía de Orval en el siglo once.
—¿Dónde está Orval?
—En lo que ahora es la frontera belga. Hay varios centros religiosos muy importantes en Bélgica que pertenecen a nuestra historia, pero Orval es el lugar donde las profecías de Sara Tamar se guardaron durante cierto número de años. Sabemos que el original de su libro estuvo después en posesión de los cátaros del Languedoc algún tiempo. Por desgracia, desapareció de la historia y se sabe muy poco de lo que fue de él. Nuestra única información sobre su contenido procede de Nostradamus.
—¿Nostradamus?
La cabeza de Maureen daba vueltas. Pensaba que nunca dejaría de sorprenderse de todos los hilos que iban apareciendo y de su mutua relación.
—Sí, sí —confirmó Sinclair—. Se lleva todo el mérito de sus sorprendentes visiones y revelaciones, pero las profecías no eran de él, sino de Sara Tamar. Por lo visto, Nostradamus tuvo acceso a una copia del manuscrito original cuando visitó Orval. La copia desapareció poco después, de modo que extrae tus propias conclusiones acerca de su destino.
Maureen rió.
—No me extraña que Tammy hable de él con tanto desprecio. Nostradamus era un plagiario.
—Y muy listo. Hemos de concederle el mérito de haber creado las cuartetas. Fueron invención suya. Se limitó a reescribir las profecías de Sara Tamar de tal forma que disfrazaran la fuente original y provocaran el máximo impacto en su tiempo. El viejo Michel era muy brillante, la verdad. Sus grandes conocimientos de alquimia le concedieron la posibilidad de descodificar lo que debió ser un documento muy complicado.
»Pero nos ha quedado muy poco de Sara Tamar, aparte de la obra de Nostradamus y la única profecía arraigada en algunos de los que vivimos aquí.
—¿Qué dice la profecía?
Sinclair alzó la vista hacia el agua que se derramaba del cáliz. Cerró los ojos y recitó una parte de la profecía.
157
Kathleen McGowan La esperada
—«Marie de Negre elegirá el momento oportuno para la llegada de la Esperada. La que nace del cordero pascual cuando el día y la noche son iguales, la que es hija de la resurrección. La que transporta el Sangral recibirá la llave tras presenciar el Día Negro de la Calavera. Se convertirá en la nueva Pastora del Camino.»
Maureen estaba aturdida. Sinclair tomó su mano de nuevo.
—El Día Negro de la Calavera. Gólgota, el monte de la crucifixión, que traducido es «el lugar de la calavera», y el Día Negro es lo que hoy llamamos el Viernes Santo. La profecía indica que la hija del linaje que tenga visiones de la crucifixión tendrá la llave.
—¿La llave de qué?
Maureen aún dudaba. Su cabeza daba vueltas; demasiada información.
—La llave que abrirá el secreto de María Magdalena. Su evangelio. Una narración en primera persona de su vida y su época. Lo escondió utilizando un tipo de alquimia. Sólo podrá encontrarse cuando se hayan cumplido ciertos criterios espirituales.
Indicó la estatua del joven, y en concreto el cáliz que sostenía.
—Esto es lo que muchos han buscado durante tanto tiempo.
Maureen intentaba pensar y ordenar los numerosos pensamientos que cruzaban por su mente. El cáliz. Y entonces comprendió.
—El cáliz que sostiene... ¿es el Santo Grial?
—Sí. La palabra Grial procede de un antiguo término, Sangral, que significa la «Sangre de Dios». Simboliza el linaje divino, por supuesto. Pero no sólo estaban buscando a los hijos de dicho linaje. Casi todos los caballeros del Grial eran de la misma estirpe, y conocían muy bien el significado de su herencia. No, estaban buscando un descendiente concreto: una princesa del Grial, que también se conoce como la Esperada. Es la hija que estaba en posesión de la llave que todos ansiaban.
—Espera un momento. ¿Me estás diciendo que la búsqueda del Santo Grial era la búsqueda de la mujer de tu profecía?
—En parte, sí. El hijo menor, Yeshua David, fue a Glastonbury con su tío abuelo, el hombre que la historia conoce como José de Arimatea. Juntos fundaron la primera colonia cristiana de Inglaterra. Allí nacieron las leyendas del Santo Grial.
Sinclair señaló otra estatua del mismo jardín, pero más alejada. Parecía un rey blandiendo una enorme espada.
—¿Por qué se conoce al rey Arturo como el que reinó una vez y volverá a reinar? Porque desciende de Yeshua David. Cierta nobleza inglesa desciende de él. Sobre todo escocesa.
—Incluido tú.
—Sí, por parte de mi madre. Pero también desciendo del linaje de Sara Tamar por parte de mi padre, como tú.
158
Kathleen McGowan La esperada Un pitido inoportuno le interrumpió. Maldijo, levantó el móvil, habló a toda prisa en francés y cortó.
—Era Roland. Jean-Claude ha llegado para alejarte de mí.
Maureen no pudo disimular su decepción. Aún no quería marcharse.
—Pero no he visto la tercera parte del jardín.
Dio la impresión de que el rostro de Sinclair se ensombreció. Algo apenas perceptible.
—Tal vez sea mejor así —dijo—. Hace un día espléndido. Y eso —indicó
con un cabeceo— es el jardín del hijo mayor de la Magdalena. Contestó a la pregunta no verbalizada de Maureen de aquella forma vaga y enigmática que parecía tan querida por los nativos de la región.
—Y si bien es hermoso a su manera, ese jardín parece invadido por sombras en un día como hoy.
●
Cuando salían del jardín, Sinclair se detuvo ante las puertas doradas de la entrada del mismo.
—El día que llegaste, me preguntaste por qué me gustaban tanto las flores de lis. Flor de lis significa «flor del lirio» y, como ya sabes, el lirio representa a María Magdalena. La flor del lirio representa a su progenie. Son tres, como los pétalos de la flor.
Siguió las tres ramas con el dedo.
—La primera rama, su hijo mayor, Juan José, es un personaje muy complicado, del cual te hablaré más cuando llegue el momento. Baste decir que sus herederos florecieron en Italia. El pétalo central representa a la hija Sara Tamar, y esta tercera hoja es el hijo menor, Yeshua David.
»Ése es el secreto bien conservado de la flor de lis. El motivo de que represente tanto a la nobleza italiana como a la francesa. El motivo de que la veas en la heráldica británica. La primera vez fue utilizada por los descendientes de la trinidad de hijos de María Magdalena. En un tiempo fue un símbolo muy secreto, de forma que sólo los iniciados en estas verdades podían reconocerse cuando viajaban por Europa.
La revelación asombró a Maureen.
—Y ahora es uno de los símbolos más conocidos del mundo. Se ve en joyas, ropas, muebles. Oculto a plena vista todo este tiempo. Y la gente no tiene ni idea de lo que simboliza.
El Languedoc
25 de junio de 2005
MAUREEN OCUPABA EL ASIENTO del pasajero del Renault deportivo de JeanClaude, mientras esperaban a que se abriera la puerta electrónica del castillo 159
Kathleen McGowan La esperada que daba a la carretera principal. Vio con el rabillo del ojo que un hombre deambulaba de manera extraña por el perímetro de la verja.
—¿Qué sucede? —preguntó Jean-Claude, mientras observaba la expresión de Maureen.
—Hay un hombre ahí, junto a la verja. Ahora no puede verle, pero estaba hace un momento.
Jean-Claude se encogió de hombros al estilo francés.
—Tal vez es un jardinero o un guardia de seguridad de Bérenger. ¿Quién sabe? Hay mucho personal a su servicio.
—¿Hay guardias de seguridad apostados a todas horas?
Maureen sentía curiosidad por el castillo y todo cuanto contenía, incluido su propietario.
—Ah, oui. Apenas se les ve, porque su trabajo consiste en que no se les vea. Tal vez era uno de ellos.
Pero Maureen no gozó de la oportunidad de meditar sobre los aspectos mundanos de la administración del castillo. Jean-Claude se lanzó a relatar la leyenda de la familia Paschal, tal como él la conocía.
—Su inglés es perfecto —observó Maureen, mientras el hombre refería algunos de los acontecimientos históricos más complejos.
—Gracias. Pasé dos años en Oxford para perfeccionarlo.
Maureen estaba fascinada, pendiente de cada palabra, mientras el historiador francés atravesaba las estribaciones rojizas. Su destino era Montségur, el majestuoso y trágico emblema de la última batalla de los cátaros.
●
Hay lugares en la tierra que proyectan un aura poderosa de misterio y tragedia. Con sus raíces hundidas en ríos de sangre y siglos de historia, obsesionan a sus visitantes durante los años venideros, mucho después de que hayan regresado a su hogar y a las comodidades del mundo moderno. Maureen había visto algunos durante sus viajes. Cuando vivía en Irlanda, había experimentado esta sensación en ciudades históricas como Drogheda, donde Oliver Cromwell había exterminado a toda la población, así como en pueblos asolados por la Gran Hambruna de la década de 1840. En Israel, Maureen había subido a la montaña de Masada para ver salir el sol sobre el mar Muerto. Se había sentido conmovida sobremanera mientras caminaba entre las ruinas del palacio donde, en el siglo I, varios centenares de judíos habían preferido quitarse la vida a someterse a los opresores romanos y a una esclavitud segura. Mientras Jean-Claude aparcaba al pie de la colina de Montségur, Maureen experimentó la abrumadora sensación de que se hallaba en uno de esos lugares tan extraordinarios. Incluso en aquel luminoso día de verano, la zona parecía envuelta en la noche de los tiempos. Alzó la vista hacia la montaña, mientras Jean-Claude la guiaba en dirección al sendero que subía a la cumbre.
—Un buen trecho. Por eso le dije que llevara calzado cómodo. 160
Kathleen McGowan La esperada Por suerte, Maureen siempre viajaba con zapatillas de deporte resistentes, pues caminar era su ejercicio favorito. Iniciaron la larga y serpenteante ascensión a la montaña. Ella pensó que sus últimos compromisos no le habían dejado mucho tiempo libre para el ejercicio, y maldijo al descubrir que no estaba en su mejor forma. Sin embargo, Jean-Claude no tenía prisa y caminaba con parsimonia, al tiempo que hablaba sobre los misteriosos cátaros y contestaba a las preguntas de Maureen.
—¿Cuánto sabemos sobre sus prácticas? Con certeza, quiero decir. Lord Sinclair afirma que la mayor parte de lo que se ha escrito sobre ellos no son más que especulaciones.
—Eso es verdad. Sus enemigos inventaron muchos de los detalles que se les han atribuido, con el fin de convertirlos en seres aún más heréticos y monstruosos. Al mundo le da igual que extermines a parias, pero si masacras a cristianos que, en teoría, están más cerca de Cristo que tú, tal vez te encuentres con un problema. Por lo tanto, los historiadores de la época inventaron muchas falacias sobre las prácticas cátaras, y también los posteriores. No obstante, ¿sabe de lo que sí estamos seguros? La piedra angular de la fe cátara era el padrenuestro.
Maureen se detuvo al oír esto, para recuperar el aliento y formular más preguntas.
—¿De veras? ¿El mismo padrenuestro que rezamos hoy?
El hombre asintió.
—Oui, el mismo, pero recitado en occitano, por supuesto. Cuando estuvo en Jerusalén, ¿visitó la iglesia del Pater Noster en el Monte de los Olivos?
—¡Sí!
Maureen conocía muy bien el lugar. Era una iglesia de la zona este de Jerusalén, construida sobre una cueva que tenía fama de ser el lugar donde Jesús había rezado por primera vez el padrenuestro. Un hermoso claustro exterior exhibe la oración en paneles compuestos de mosaicos, escrita en más de sesenta idiomas. Maureen había fotografiado el panel que plasmaba la oración en una forma antigua de irlandés, para regalar a Peter la instantánea.
—Todos los cátaros rezaban la oración en occitano —explicó Jean-Claude—
cuando se levantaban por la mañana. No por costumbre, como afirman muchos hoy, sino como un acto de meditación y verdadera oración. Cada línea significaba una ley sagrada para ellos.
Maureen pensó en esto mientras caminaban. Jean-Claude continuó.
—Como ve, aquí vivía gente en paz, y enseñaba lo que ellos llamaban el Camino, una vida centrada en las enseñanzas del amor. Era una cultura que reconocía el padrenuestro como su escritura más sagrada.
Maureen comprendió adónde quería ir a parar.
—Por lo tanto, si eres la Iglesia y quieres eliminar a esa gente, no puedes permitir que se sepa que son buenos cristianos.
161
Kathleen McGowan La esperada
—Exacto. De manera que se lanzaron falsas acusaciones contra los cátaros para poder exterminarlos.
Jean-Claude se detuvo cuando llegaron a un monumento situado en mitad del sendero. Era una losa de granito grande coronada con la cruz del Languedoc.
—Es el monumento a los mártires —explicó—. Está aquí porque fue el lugar donde se alzó la pira.
Maureen se estremeció. La misma sensación, evocadora pero estimulante al mismo tiempo, se apoderó de ella, la sensación de estar pisando un lugar terrible de la historia. Escuchó mientras Jean-Claude recitaba la historia del último baluarte de los cátaros.
A finales de 1243, el pueblo cátaro había sufrido casi medio siglo de persecución por los ejércitos del Papa. Ciudades enteras habían sido pasadas a cuchillo, y la sangre de los inocentes había corrido literalmente por las calles de ciudades como Béziers. La Iglesia estaba decidida a erradicar aquella «herejía» a cualquier precio, y el rey de Francia aportaba sus tropas de buena gana, porque cada victoria sobre los nobles cátaros, en otro tiempo ricos, significaba más tierras para los territorios franceses. Los condes de Toulouse habían amenazado demasiadas veces con crear su propio estado independiente. Si utilizar la ira de Dios era conveniente para detenerlos, el rey se decantaba por esa solución, confiado en que la historia le absolvería en parte.
Los restantes dirigentes de la sociedad cátara se refugiaron en la fortaleza de Montségur en marzo de 1244. Como los judíos de Masada más de mil años antes, se reunieron para rezar en comunidad con el fin de salvarse del opresor, y juraron que nunca renunciarían a su fe. De hecho, se especuló con que los cátaros habían tomado fuerzas « del legado de los mártires de Masada durante su asedio final. Al igual que los ejércitos romanos que eran sus antepasados, las fuerzas del Papa intentaron rendir por hambre al enemigo, cortando todos los accesos a la comida y el agua. Esto resultó tan difícil en Montségur como lo había sido en Masada, pues ambos estaban situados en precario sobre colinas casi imposibles de vigilar desde todos los ángulos. Los rebeldes de ambas culturas encontraron métodos de frustrar y confundir a sus opresores. Tras varios meses de asedio, las fuerzas papales decidieron poner fin a la situación. Enviaron un ultimátum a los líderes cátaros. Si confesaban y se arrepentían de su herejía ante la Inquisición, salvarían la vida. Pero en caso contrario, todos arderían en la hoguera por insultar a la Santa Iglesia Católica. Les concedieron dos semanas para tomar una decisión.
El último día, los jefes del ejército del Papa encendieron la pira funeraria y exigieron una respuesta. El Languedoc nunca ha olvidado la que recibieron. Doscientos cátaros salieron de la fortaleza de Montségur, vestidos con sus sencillas túnicas y dándose las manos. Cantaron al unísono el padrenuestro en occitano, mientras caminaban en masa hacia la pira funeraria. Murieron como habían vivido, en perfecta armonía con la fe en Dios.
162
Kathleen McGowan La esperada Las leyendas relacionadas con los últimos días de los cátaros eran abundantes, cada una más dramática que la anterior. La más memorable hablaba de los enviados franceses que parlamentaron con los cátaros en nombre de las tropas del rey. Los enviados, mercenarios empedernidos, fueron invitados a quedarse dentro de las murallas de Montségur y a escuchar las enseñanzas cátaras. Lo que vieron en aquellos últimos días fue tan milagroso, tan asombroso, que los soldados franceses solicitaron ser admitidos en la fe de los Puros. Sabiendo que sólo la muerte les esperaba, los franceses tomaron el postrer sacramento cátaro, conocido como el consolamentum, y desfilaron hacia las llamas en compañía de sus hermanos y hermanas recién encontrados. Maureen se secó una lágrima de la cara, mientras alzaba la vista hacia la montaña y luego miraba la cruz.
—¿Qué cree que fue? ¿Qué vieron los franceses, que les animó a morir con aquella gente? ¿Alguien lo sabe?
—No. —Jean-Claude meneó la cabeza—. Sólo son especulaciones. Algunos dicen que el Espíritu Santo apareció durante los rituales cátaros y les mostró el reino de los cielos que les aguardaba. Otros dicen que fue el famoso tesoro que poseían los cátaros.
La leyenda de Montségur siguió desplegándose ante Maureen mientras continuaban subiendo por la empinada senda. El penúltimo día del asedio, cuatro miembros del grupo de cátaros descendieron por la muralla más precaria del castillo y se pusieron a salvo. Se cree que recibieron información de los enviados franceses convertidos al catarismo, los cuales murieron con los demás al día siguiente.
—Se llevaron con ellos el legendario secreto de los cátaros. Lo que era, sigue siendo materia de especulación. Tenía que ser fácil de transportar, pues dos de los elegidos para la fuga eran mujeres jóvenes, y seguramente menudas. Además, todos estaban débiles tras meses de asedio y alimentos racionados. Algunos dicen que se llevaron el Santo Grial, la corona de espinas, o incluso el más valioso tesoro de la tierra, el Libro del Amor.
—¿El evangelio escrito por el propio Jesucristo?
Jean-Claude asintió.
—Todas las leyendas sobre él desaparecieron de la historia alrededor de esa época.
Maureen, como historiadora y periodista, estaba saturada de información.
—¿Puede recomendarme algún libro? ¿Documentos que pueda investigar durante mi estancia en Francia, y que me proporcionen más información sobre esto?
El francés lanzó una leve carcajada y se encogió de hombros.
—Mademoiselle Paschal, a la gente del Languedoc le gusta proteger sus secretos y leyendas, por lo tanto no los consignan por escrito. Sé que a muchos les cuesta comprenderlo, pero mire a su alrededor, chérie. ¿Quién necesita libros, cuando tiene todo esto para que le cuente la historia?
163
Kathleen McGowan La esperada Habían llegado a la cima de la colina, y las ruinas de lo que había sido una gran fortaleza se extendían ante ellos. En presencia de aquellas enormes piedras, que parecían proyectar la historia de su entorno, Maureen comprendió
a la perfección las palabras de Jean-Claude. De todos modos, estaba desgarrada entre lo que le dictaban sus instintos y la necesidad del periodista de autentificar todos sus descubrimientos.
—Un sentimiento extraño para un hombre que se autocalifïca de historiador —observó.
Él rió con ganas, y sus carcajadas resonaron en el verde valle que se abría bajo sus pies.
—Me considero historiador, pero no académico. Existe una diferencia, sobre todo en un lugar como éste. Los académicos no son necesarios en todas partes, mademoiselle Paschal.
La expresión de Maureen debió revelar desconcierto, de modo que el hombre se explicó.
—Para conseguir los títulos más prestigiosos del mundo académico, basta con leer todos los libros adecuados y escribir los documentos apropiados. Cuando estuve dando una serie de conferencias en Boston, conocí a una norteamericana que tenía un doctorado en historia de Francia y estaba especializada en las herejías medievales. Ahora está considerada una de las grandes expertas en el tema, y ha escrito uno o dos textos universitarios. ¿Sabe lo más curioso? Nunca ha estado en Francia, ni una sola vez. Ni siquiera en París, y mucho menos en el Languedoc. Peor todavía, no lo considera necesario. Haciendo honor a la tradición académica, cree que todo cuanto necesita se encuentra en libros o documentos disponibles en las bases de datos de la universidad. La comprensión del catarismo de esa mujer es tan realista como leer un tebeo, y dos veces más risible. No obstante, se la reconoce públicamente como una autoridad muy superior a cualquiera de nosotros, debido a los títulos que posee y a las asociaciones a las que pertenece.
Maureen escuchaba mientras avanzaban entre las rocas y recorrían las magníficas ruinas. El razonamiento de Jean-Claude la impresionó. Siempre se había considerado una académica, pero su experiencia como reportera la había impulsado a investigar los artículos en su entorno nativo. No podía imaginar escribir sobre María Magdalena sin visitar Tierra Santa, y había insistido en ir a Versalles y a la prisión de la Conserjería cuando investigaba para escribir el capítulo sobre María Antonieta. Ahora, pese a los pocos días que había pasado en la historia viva del Languedoc, reconocía que se trataba de una cultura que necesitaba ser vivida.
Jean-Claude aún no había terminado.
—Permítame que le dé un ejemplo. Puede leer cualquiera de las cincuenta versiones de la tragedia de Montségur escritas por historiadores. Pero mire a su alrededor. Si no hubiera subido a esta montaña, ni visto el lugar donde ardió la 164
Kathleen McGowan La esperada hoguera, ni observado lo inexpugnables que son estas murallas, ¿cómo habría podido entenderlo? Venga, le enseñaré algo.
Maureen siguió al francés hasta el borde de un precipicio, donde se habían derrumbado las murallas de la otrora inexpugnable fortaleza. Señaló la pronunciada pendiente que caía hasta el valle. Soplaban vientos tibios, que alborotaron su pelo mientras intentaba ponerse en el lugar de una joven cátara del siglo XIII.
—Por este punto escaparon los cuatro —explicó el hombre—. Imagínelo ahora. En plena noche, cargados con las más preciadas reliquias de su pueblo, sujetas con cuerdas a su cuerpo, debilitados después de meses de nerviosismo y hambre. Uno de ellos es una joven y está aterrorizada, y sabe que, aunque pueda sobrevivir, todas las personas a las que más quiere en el mundo serán quemadas vivas. Con todo esto en su mente, la bajan por una muralla al frío y la soledad de la noche, con bastantes posibilidades de precipitarse al vacío y morir.
Maureen exhaló un profundo suspiro. Era una experiencia emocionante hallarse en un lugar donde las leyendas gozaban de vida y realidad. Jean-Claude interrumpió sus pensamientos.
—Ahora, imagine que de esto sólo sabe lo que ha leído en una biblioteca de New Haven. La experiencia es diferente, ¿no?
Maureen asintió.
—Sin la menor duda.
—Ah, y algo que me olvidaba. La chica más joven que escapó aquella noche es muy posible que sea su antepasada. Más tarde adoptó el apellido Paschal. De hecho, la llamaron la Paschalina hasta que murió.
Maureen se quedó aturdida: otra antepasada Paschal admirable.
—¿Sabe más cosas de ella?
—Muy poco. Murió en el monasterio de Montserrat, en Cataluña, a una edad muy avanzada, y en él se guardan todavía documentos sobre su vida. Sabemos que se casó con otro cátaro refugiado en España y tuvieron varios hijos. Está escrito que llevó al monasterio un regalo de incalculable valor, pero la naturaleza de ese regalo nunca se ha revelado.
Maureen arrancó una de las flores silvestres que crecían en las grietas de las murallas derruidas. Caminó hasta el borde del precipicio, por donde la muchacha cátara, que más tarde sería conocida como la Paschalina, había descendido la montaña, la última esperanza de su pueblo. Tiró la diminuta flor púrpura por el borde y rezó una breve oración por la mujer que tal vez había sido su antepasada. Casi daba igual. Con la historia de aquel hermoso pueblo, y el propio regalo de la tierra, aquel día ya la había cambiado de manera irrevocable.
—Gracias —dijo a Jean-Claude en un susurro. Él la dejó a solas, para que reflexionara sobre la forma en que su pasado y su futuro estaban entrelazados con aquel antiguo y enigmático lugar.
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Kathleen McGowan La esperada
●
Maureen y Jean-Claude comieron en el diminuto pueblo situado al pie de Montségur. Tal como había prometido, el restaurante servía comida al estilo cátaro. El menú era sencillo, pues consistía sobre todo en pescado y verduras frescas.
—Existe la falsa idea de que los cátaros eran vegetarianos estrictos, pero comían pescado —explicó Jean-Claude—. Se tomaban al pie de la letra ciertos aspectos de la vida de Jesús. Como Jesús dio de comer a las multitudes pan y pescado, creían que era una indicación de que debían incluir el pescado en su dieta.
Maureen encontró la comida muy buena, y descubrió que estaba disfrutando mucho. Sinclair tenía razón: Jean-Claude era un historiador brillante. Ella le había ametrallado a preguntas mientras bajaban de la montaña, y él había contestado a todas con paciencia y asombrosa perspicacia. Cuando se sentaron a comer, ella respondió de buen grado a las preguntas del hombre. Jean-Claude empezó preguntándole por sus sueños y visiones. Antes, este tipo de interrogatorio la incomodaba en grado sumo, pero estos últimos días en el Languedoc habían abierto su mente al respecto. Aquí, aquel tipo de visiones se consideraban normales, un hecho más de la vida. Era un alivio hablar de ellas con esta gente.
—¿Tenía visiones de niña? —quiso saber Jean-Claude.
Maureen negó con la cabeza.
—¿Está segura?
—Si las tuve, no me acuerdo. Las primeras que recuerdo son las que tuve en Jerusalén. ¿Por qué lo pregunta?
—Simple curiosidad. Continúe, por favor.
Maureen se explicó con más detalle, mientras Jean-Claude parecía escuchar con mucha atención, y de vez en cuando intercalaba alguna pregunta. Su interés aumentó cuando ella describió la visión de la crucifixión que la había asaltado en Notre-Dame.
Maureen se dio cuenta.
—Lord Sinclair también pensó que esa visión es significativa.
—Lo es —asintió Jean-Claude—. ¿Le habló de la profecía?
—Sí, es fascinante, pero me preocupa un poco que piense en mí como la Esperada de la profecía. Para que luego hablen del miedo a salir a escena. El francés rió.
—No, no. Estas cosas no pueden forzarse. O lo es o no, y si lo es lo sabrá
muy pronto. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse en el Languedoc?
—Habíamos pensado pasar cuatro días antes de volver a París, para estar unos cuantos días más allí. Pero ahora no estoy segura. Aquí hay mucho que ver y aprender. Improvisaré sobre la marcha.
Jean-Claude la escuchaba con semblante pensativo.
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Kathleen McGowan La esperada
—¿Le ocurrió algo extraño anoche, después de la fiesta? ¿Algo que considerara poco común? ¿Algún sueño nuevo?
Maureen meneó la cabeza.
—No, nada. Estaba agotada y dormí muy bien. ¿Por qué?
Jean-Claude se encogió de hombros y pidió la cuenta. Cuando habló, fue casi como si lo hiciera para sí.
—Bien, eso reduce las posibilidades.
—¿Qué posibilidades?
—Pues que si piensa dejarnos pronto, tendremos que ver qué podemos hacer para decidir si es la descendiente de la Paschalina, si en verdad es la Esperada que nos conducirá hasta el gran tesoro secreto.
Guiñó un ojo a Maureen, mientras le retiraba la silla y se preparaban para abandonar el suelo sagrado de Montségur.
—Será mejor que volvamos, antes de que Bérenger pida mi cabeza. 167
Kathleen McGowan La esperada
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... ¿Cómo empiezas a escribir sobre una época que cambia el mundo?
He esperado tanto porque siempre he temido que este día llegaría y tendría que revivirlo todo de nuevo. Lo he visto en mis sueños todos estos años, una y otra vez, pero llega sin permiso para atormentarme. Nunca he deseado devolverlo a la vida con una intención concreta. Pues si bien he perdonado a todos los que participaron en el sufrimiento de Easa, el perdón no ha traído el olvido. Pero así debía ser, porque soy la única que queda capaz de contar lo que pasó en realidad durante aquellos días de oscuridad.
Hay quienes dicen que Easa lo planeó desde el primer momento. Esto no es cierto. Fue planeado para Easa, y lo vivió debido a su obediencia a Dios. Bebió del cáliz que le sirvieron con una valentía y un talante que nunca más se ha visto, salvo en su madre. Sólo su madre, María la Mayor, oyó la llamada del Señor con la misma claridad, y sólo su madre respondió a esa llamada con idéntico coraje.
Los demás nos conformamos con aprender de la gracia de ambos.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DEL TIEMPO DE LA OSCURIDAD
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Kathleen McGowan La esperada 12
Carcasona
25 de junio de 2005
TAMARA WISDOM Y DEREK WAINWRIGHT PARECÍAN la típica pareja de turistas norteamericanos, paseando ante las murallas de Carcasona. Se encontraron en el vestíbulo del hotel de Derek, y éste la besó con apasionamiento nada más llegar. Ella sonrió con coquetería, al tiempo que le apartaba con suavidad.
—Habrá mucho tiempo después para eso, Derek.
—¿Prometido?
—Por supuesto. —Recorrió con un dedo su espalda como para confirmarlo—. Pero ya sabes que soy una adicta al trabajo. En cuanto me lo quite de encima, tendremos el resto del día para... jugar.
—Bien, vámonos. Será mejor que conduzca yo.
Derek tomó la mano de Tammy y la guió hasta el aparcamiento y el coche que había alquilado. Salió a la calle y rodeó la ciudad amurallada, para luego desviarse por una carretera que se internaba en las colinas.
—¿Seguro que no hay peligro? —preguntó ella.
Derek asintió.
—Todos se han ido a París esta mañana. Todos, excepto...
—¿Excepto quién?
Dio la impresión de que iba decírselo, pero al final se echó atrás.
—Nada. Uno se ha quedado en el Languedoc, pero hoy está ocupado y no existe ninguna posibilidad de que se tope con nosotros.
—¿Te importaría explicarte más?
Derek rió.
—Todavía no. Ya es bastante que corra este riego. ¿Sabes cuál será el castigo si me pillan?
Tammy negó con la cabeza.
—No, ¿cuál? ¿Libertad condicional?
Él la miró de soslayo.
—Bromea lo que quieras, pero estos tipos no juegan.
Se pasó el dedo índice de un lado a otro de la garganta.
—No hablarás en serio.
—Pues sí. El castigo por revelar secretos de la Cofradía a alguien que no pertenece a ella es la muerte.
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Kathleen McGowan La esperada
—¿Ha ocurrido alguna vez o es el hombre del saco que se han inventado para aumentar la mística de sociedad secreta y controlar a sus miembros?
—Hay un nuevo Maestro de Justicia, así llamamos a nuestro líder, y es un radical.
Tammy sopesó la información en serio un momento. Derek le había confesado que era miembro de la Cofradía hacía algunos años, en un momento de indiscreción alcohólica, pero después se serenó y no quiso volver a hablar de ello. Le había extraído más información durante la fiesta de la noche anterior. Al final, la combinación de alcohol y su deseo largamente frustrado de poseerla habían conseguido que revelara el lugar donde se hallaba su sede: en las afueras de Carcasona. O al menos eso creía ella. Derek incluso se había ofrecido a enseñarle el sanctasanctórum hoy. Pero Tammy no quería llevar sobre su conciencia las siniestras consecuencias de su indiscreción, si es que éstas eran ciertas.
—Escucha, Derek, si esto es tan peligroso, no quiero empujarte a hacerlo. En serio. Te puedo utilizar como fuente anónima si decido hablar de la Cofradía en mis proyectos. Volvamos a Carcasona y comamos algo. Podrás explicarme más cosas en la seguridad de un café, a plena luz del día. Ya estaba. Le había proporcionado una salida fácil. Se sorprendió de que no la aceptara.
—Oh, no. Quiero enseñarte esto. De hecho, ardo en deseos de hacerlo. El entusiasmo de su respuesta inquietó a Tammy.
—¿Por qué?
—Ya lo verás.
●
Derek aparcó detrás de un seto, a varios cientos de metros de la entrada de la propiedad. Caminaron con cautela siguiendo la carretera, y después se desviaron por un camino estrecho y sin pavimentar. Anduvieron otros cien metros, hasta que apareció ante su vista la capilla de piedra, la misma iglesia en que los miembros de la Cofradía habían celebrado la ceremonia religiosa la noche anterior.
—Ésa es la iglesia. Entraremos después, si quieres verla.
Tammy asintió, satisfecha con seguirle y ver adónde la conducía. Hacía años que conocía a Derek, pero nunca habían hablado demasiado. Ahora se dio cuenta de que no le conocía lo bastante bien para saber cuáles eran sus verdaderos motivos. Al principio, había supuesto que era una cuestión de instintos básicos masculinos, algo que podía manejar sin problemas. Pero, de repente, hacía gala de una determinación desconocida, algo que jamás había visto en él. La asustaba. Gracias a Dios que Sinclair y Roland sabían dónde estaba.
La guió hasta una casita alargada que había detrás de la iglesia, sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta. El exterior vulgar del edificio no preparó a 170
Kathleen McGowan La esperada Tammy para el tamaño y la ornamentación del Salón de la Cofradía. Era lujoso, dorado, y las paredes estaban cubiertas hasta el último centímetro cuadrado de obras de arte..., y cada una era la copia de un cuadro de Leonardo da Vinci. En la pared opuesta, el primer espacio que se veía al entrar en la sala, dos versiones del San Juan Bautista de Leonardo colgaban una al lado de la otra.
—Dios mío —susurró Tammy—. Así que es verdad. Leonardo era un juanista. Un absoluto hereje.
Derek rió.
—¿Según qué normas? En lo tocante a la Cofradía, los «cristianos» que siguen a Cristo son los verdaderos herejes. Nos gusta llamarle el Usurpador y el Sacerdote Malvado. —Derek abarcó el cuadro con un ampuloso ademán y habló de una forma que Tammy nunca le había oído—. Leonardo da Vinci era el Maestro de Justicia de su tiempo, el líder de nuestra Cofradía. Creía que sólo Juan el Bautista era el verdadero Mesías, y que Jesús le despojó de este puesto mediante la manipulación de las mujeres.
—¿La manipulación de las mujeres?
Derek asintió.
—Es la base de nuestra tradición. Salomé y María Magdalena planearon la muerte de nuestro Mesías con el fin de colocar en el trono a su falso profeta. La Cofradía las llama putas a las dos. Siempre lo ha hecho, y siempre lo hará. Tammy le miró con incredulidad.
—¿Crees eso? Maldita sea, Derek, ¿hasta qué punto estás metido en esta filosofía? ¿Cómo has podido ocultarme este secreto?
Él se encogió de hombros.
—Los secretos es lo nuestro. En cuanto a la filosofía, me educaron para creer en ella y estudié los textos secretos durante años. Es muy convincente.
—¿A qué te refieres?
—Al material que se halla en nuestra posesión. Lo llamamos El libro verdadero del Santo Grial. Ha pasado de generación en generación desde la época de Roma, transmitido por seguidores de Juan el Bautista. Describe con todo lujo de detalles los acontecimientos que rodearon su muerte. Te parecería fascinante.
—¿Puedo verlo?
—Te conseguiré una copia. Tengo una en la habitación de mi hotel. Había algo más que una leve insinuación en esta última frase. Tammy tomó nota mental y procuró no acobardarse. No le cabía duda de lo que Derek esperaba a cambio de un documento tan valioso. Se alejó de él y cruzó la sala para mirar los cuadros.
—¿Observas lo que tienen en común? —preguntó él.
—¿Aparte de que todos son de Leonardo? —Tammy negó con la cabeza. No estaba viendo la relación; sólo distinguía lo evidente —. No. Al principio pensé que todos plasmaban a Juan el Bautista, pero no es así. Ése de ahí arriba parece un detalle de La Última Cena, pero es absurdo, a tenor de lo que acabas 171
Kathleen McGowan La esperada de decir. ¿Por qué estaría aquí, si la Cofradía considera a Jesús un usurpador y culpa a María Magdalena de la muerte de Juan?
—Por eso —dijo Derek, y extendió la mano derecha ante sí en un gesto concreto. Su dedo índice apuntaba al cielo, con el pulgar hacia arriba, y los otros tres dedos doblados hacia abajo. Tammy miró y reparó en que uno de los apóstoles del famoso fresco de Leonardo estaba haciendo el mismo gesto con la mano, de una forma casi amenazadora en dirección al rostro de Jesús.
—¿Qué significa eso? —preguntó Tammy—. Lo he visto antes, en el Juan el Bautista que hay en el Louvre. Supuse que era una referencia al cielo. Derek rió con fingida decepción.
—Vamos, vamos, Tammy. Deberías saber que Leonardo siempre era sutil. Lo llamamos el gesto de «Acordaos de Juan», y posee múltiples significados. En primer lugar, si miras con atención, los dedos forman la «J» de Juan. El dedo índice derecho alzado también representa el número uno. De forma que el gesto, en su conjunto, significa «Juan es el primer Mesías». Ah, y hay otra cosa más importante acerca del gesto de «Acordaos de Juan», y es la reliquia.
—¿Tenéis una reliquia de Juan?
Derek sonrió con malicia.
—Ojalá estuvieran aquí para poder enseñártelas, pero el Maestro de Justicia nunca las suelta. Tenemos las falanges del dedo índice derecho de Juan, el mismo dedo utilizado para hacer el gesto que ha sido nuestra contraseña en público durante mil años. Permitía a caballeros y nobles reconocerse mutuamente con discreción en la Edad Media, y aún lo utilizamos hoy. Usamos el dedo de Juan en nuestras ceremonias iniciáticas. Y también la cabeza. Eso llamó la atención de Tammy.
—¿Tenéis la cabeza de Juan?
Derek rió.
—Sí. El Maestro de Justicia le saca brillo cada día. Es la gran atracción de todos los ritos de la Cofradía.
—¿Cómo sabes que es la auténtica?
—La tradición. Ha sido transmitida desde tiempo inmemorial. Hay una gran historia detrás, pero dejaré que la leas en El libro verdadero del Santo Grial. Bien, a propósito del dedo índice: si te fijas, aparece en todos estos cuadros. Incluso hablando de un tema tan importante, Tammy reparó en que la atención de Derek era errática, e iba saltando de un tema a otro. ¿Era a propósito? ¿Tenía intenciones ocultas? Hasta aquel momento, no había creído que poseyera una gran inteligencia, pero ahora experimentaba la sensación de que le había subestimado. Diversas ideas acudieron a su mente, mientras intentaba conservar la frialdad. ¿Aquel tipo era un fanático? ¿Cómo no se había dado cuenta de lo obcecado que era? Tammy intentaba no dejarse vencer por la espantosa idea de que se había metido hasta las cejas en una situación muy peligrosa.
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Kathleen McGowan La esperada Derek le fue enseñando las pinturas, indicando el gesto de «Acordaos de Juan» en cada una. En los retratos de Juan, el propio Bautista hacía el mismo gesto. En La Última Cena, era uno de los apóstoles, un Tomás muy agitado.
—Varios apóstoles eran seguidores de Juan mucho antes de que Jesús apareciera —le informó Derek—. Lo más importante de esta versión de La Última Cena es que Jesús anuncia que uno de ellos le traicionará. Tomás lo afirma, y le explica el motivo con el gesto de «Acuérdate de Juan», en memoria del Bautista. El sino de Juan será el tuyo. Es lo que está diciendo con el dedo índice en las narices del falso profeta. Serás martirizado como Juan en venganza.
Tammy estaba conmocionada por aquella nueva y sorprendente interpretación de una de las imágenes más famosas del mundo. No pudo contener su siguiente pregunta.
—Supongo que no creerás que María Magdalena está sentada al lado de Jesucristo en La Última Cena.
Derek escupió en el suelo a modo de respuesta.
—Esto es lo que pienso de esa teoría, y de todos quienes la creen. Derek desechó con un ademán La Última Cena, pero aún no había terminado la lección de historia del arte. Condujo a Tammy hasta la pared larga que albergaba las dos versiones de la famosa Virgen de las Rocas, y señaló en primer lugar el lienzo de la derecha.
—Encargaron a Leo un cuadro de la Virgen y el Niño para la fiesta de la Inmaculada Concepción. Por lo visto, esto no era lo que deseaba la Fraternidad de la Inmaculada Concepción. Lo rechazaron. Pero se ha convertido en un clásico de nuestra Cofradía, y todos guardamos una reproducción en casa. El motivo central del cuadro era una Madonna con el brazo derecho alrededor de un niño, y la mano izquierda sobre otro niño sentado bajo ella. Un ángel observaba la escena.
—Todo el mundo cree que es María, pero se equivocan. El título original del cuadro era la Madonna de las Rocas, no la Virgen de las Rocas. Fíjate bien. Es Isabel, la madre de Juan el Bautista.
Tammy no se quedó muy convencida.
—¿En qué te basas para afirmar eso?
—En primer lugar, la tradición de la Cofradía. Lo sabemos —replicó con seguridad teñida de arrogancia—. Pero la historia del arte nos respalda. Leonardo se peleó con la Fraternidad por el pago de este cuadro, de modo que se vengó haciéndoles creer que les entregaba la escena tradicional que habían encargado. Pero en realidad pintó una versión de toda nuestra filosofía que era como una bofetada en plena cara. Era travieso y juguetón. Gran parte del arte de Leonardo consistía en tomar el pelo a la Iglesia y salirse con la suya, porque era mucho más inteligente que los estúpidos papistas de Roma. Tammy intentó disimular la sorpresa que le causaba el fanatismo de Derek. Nunca había conocido esta faceta de él, que cada vez la incomodaba más. 173
Kathleen McGowan La esperada Acarició el móvil en su bolsillo. Si la situación empeoraba, podría enviar un mensaje de socorro. No obstante, se sentía desgarrada. Como escritora y realizadora, había encontrado la gallina de los huevos de oro. ¿Se atrevería a sacar partido de la situación?
Derek seguía perorando sobre Leonardo, su ídolo.
—¿Sabías que la Mona Lisa es un autorretrato? Leonardo hizo un boceto de sí mismo, y después lo convirtió en la mujer que conocemos hoy. Para él, fue una gran tomadura de pelo, y la sigue siendo, porque la gente hace cola durante horas para ver ese cuadro. Odiaba a las mujeres por culpa de su madre. Incluso intensificó las restricciones sobre las mujeres en la Cofradía, a modo de castigo por su desdichada infancia. Consta en una enmienda de El libro verdadero del Santo Grial. Ya lo verás.
Derek se explayó con una breve historia de Leonardo. El artista fue abandonado por su madre natural, y padeció una infancia confusa con una madrastra difícil. De hecho, todas las relaciones documentadas de Leonardo con mujeres fueron negativas o traumáticas. Su aversión hacia las mujeres había sido investigada a fondo por historiadores, quienes también habían consignado que el artista fue detenido y encarcelado en una ocasión por sodomía. Pero el peor estigma para su reputación llegó cuando adoptó a un niño de diez años como aprendiz, que permaneció con él durante largo tiempo. Si bien la vida personal de Leonardo fue escandalosa con frecuencia, se libró de problemas con las autoridades porque pintaba para la Iglesia y contaba con la protección de otros mecenas, que solicitaban favores por su mediación.
—Siempre que se veía obligado a pintar a una mujer, como la Mona Lisa, la convertía en una especie de chiste, sólo para divertirse. Era su forma de superar la aversión a pintar temas que no le apetecían.
Derek se volvió hacia la Madonna de las Rocas.
—La única mujer a la que respetaba, por lo que sabemos, era Isabel, la madre y mujer perfecta. La verdadera Madonna. Aquí está con el brazo alrededor de un niño, su hijo. Es Juan, no cabe la menor duda. Tammy asintió. Estaba claro que el niño refugiado en los brazos de la mujer era Juan el Bautista.
—Ahora, mira la mano izquierda de Isabel. Está apartando a Cristo, para demostrar que es inferior a su hijo. Leonardo llega incluso a situar a Jesús por debajo de Juan para demostrar su inferioridad. Y mira los ojos del arcángel Uriel. ¿A quién está mirando con adoración? ¿Lo ves en la primera pintura?
Está señalando a Juan, pero también está haciendo el símbolo de «Acordaos de Juan».
»A la gentuza de la Inmaculada Concepción no le gustó ni el cuadro ni su obvio mensaje juanista. Encargaron a Leo un segundo lienzo, y esta vez insistieron en que María y Jesús debían llevar halos, y en que el ángel no señalara a Juan. Mira aquí y verás que recibieron lo que deseaban, más o menos. María y Jesús tienen halo, pero Juan también. Asimismo, concedió a Juan un 174
Kathleen McGowan La esperada báculo bautismal, para dejar todavía más claro quién es y dotarle de más autoridad. En ambos cuadros, Jesús está bendiciendo a Juan. Bien, si miras los dos cuadros, ¿a quién crees que Leonardo veneraba como Mesías y profeta verdadero?
Tammy contestó con sinceridad.
—A Juan el Bautista, sin duda.
—Por supuesto. El arcángel Uriel está afirmando la superioridad de Juan el Bautista, y también la de su madre. En nuestra tradición, veneramos a Isabel de la misma forma que los engañados cristianos veneran a la madre de Jesús. Nuestras chicas son educadas a imagen y semejanza de Isabel, para convertirse en Hijas de la Justicia.
Tammy enarcó una ceja.
—¿Qué significa eso?
Derek sonrió con astucia y se acercó más a ella.
—Las mujeres deberían saber cuál es su lugar, y éste no es otro que ser obedientes y sumisas con los hombres en el curso de sus vidas. Pero no es tan horrible como suena. En cuanto son madres, se ganan el título de «Isabel» y son tratadas como reinas. Deberías ver los diamantes que mi padre regaló a mi madre por cada hijo que tuvo. Créeme, si supieras cómo fue su vida plena de privilegios, no sentirías compasión por ella.
—¿Tú apoyas la idea de que las mujeres han de ser dóciles?
Tammy no cedió terreno, pues no quería que se notara su creciente nerviosismo.
—Como ya he dicho, me educaron así. Ya me va bien.
Se encogió de hombros.
Ella meneó la cabeza, y después se puso a reír, una mezcla de ironía y nerviosismo.
—¿Qué pasa? —preguntó Derek.
—Estaba pensando en esta sala, con las herejías de Da Vinci, y en la sala de Sinclair y las herejías de Botticelli. Es una especia de «Lucha a muerte en el Renacimiento», Leonardo frente a Sandro.
Derek no rió.
—Sería divertido si no fuera tan dramático. La rivalidad entre los descendientes de Juan y los descendientes de Jesús ha causado un gran derramamiento de sangre. Todavía es origen de muchos problemas en la actualidad, más de los que creerías.
Tammy miró a Derek con fingida confusión. Sabía muy bien lo que quería decir, pero no podía permitir que se diera cuenta.
—¿Los descendientes de Juan? —preguntó con inocencia.
Derek pareció sorprenderse.
—Por supuesto. No me digas que no lo sabías.
Ella no cedió y negó con la cabeza.
—Pues no.
175
Kathleen McGowan La esperada Su expresión le imploraba que continuara.
—Vamos, ¿no sabías que Juan tuvo un hijo? Los descendientes de Juan fundaron la Cofradía. Bien, es una larga historia, porque al final la mitad se vendieron a los papistas y a los seguidores de Cristo, como los Médicis. Hizo una mueca cuando mencionó el nombre de la primera familia histórica de Italia.
—Incluso Leonardo acabó al servicio del enemigo al final de su vida, aunque creemos que le retuvieron cautivo en Francia contra su voluntad. Pero los demás, el núcleo duro, formaron nuestra Cofradía. De hecho, estás mirando a un tataranieto de Juan el Bautista, salvando un abismo de unos dos mil años.
●
Tammy temía lo inevitable, que acabaría en la habitación de Derek, y algo aún peor. Pero no había manera de sortear el escollo. Tenía que apoderarse de El libro verdadero del Santo Grial y descubrir que tramaban estos chicos juanistas. Tenía la oportunidad de ser la primera persona ajena a la Cofradía que obtuviera esta información secreta, y no iba a desperdiciarla. Se trataba de algo mucho más importante de lo que habían imaginado, y no pensaba marcharse sin ese libro. Lo haría por su futura película, lo haría por sus amigos de las Manzanas Azules, y sobre todo, lo haría por Roland. Él nunca sabría hasta dónde había tenido que llegar para obtener los documentos. Tendría que inventar una versión verosímil de los hechos. Por suerte, el chófer del Château des Pommes Bleues la recogería por la tarde, de modo que tendría tiempo para meditar sobre su historia durante el viaje de regreso a Arques. Tammy insistió en comer antes de regresar al hotel de Derek, y pidió una botella del vino color rubí del Pays d'Oc. Le había visto ingerir fármacos para combatir la resaca, y albergaba una mínima esperanza de que, combinados con el vino, transformaran a Derek en un ser más dócil, o le sumieran en la inconsciencia.
Durante la comida, Derek confesó a Tammy que le estaba contando secretos de la Cofradía porque quería que los aireara en letra impresa y en una película. Nunca podría hablar en público de ello (sus propósitos eran muy concretos, pero no estaba loco), pero quería que alguien revelara la verdad de la Cofradía.
—Pero ¿por qué? —preguntó Tammy. Para ella, carecía de sentido. Derek estaba metido hasta el cuello en la Cofradía, y la influencia de su doctrina en él era más que notable. La Cofradía era responsable en parte de la riqueza de su familia. ¿Por qué se volvía Derek contra ellos?
—Escucha, Tammy —susurró, al tiempo que se inclinaba hacia ella sobre la mesa—. Quiero contarte muchas cosas, cosas relacionadas con delitos graves. Incluido el asesinato. Pero no puedes decir a nadie que he sido yo, de lo contrario soy hombre muerto.
—Aún no lo entiendo —contestó ella—. ¿Por qué traicionas a una organización tan importante para ti y para tu familia?
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Kathleen McGowan La esperada
—El nuevo Maestro de Justicia —replicó con rabia Derek—. Cromwell. Es un demente bastardo, y nos arrastrará a todos con él. De hecho, soy leal, no desleal. La única esperanza que tenemos de salvar a la Cofradía es eliminarle antes de que cause daños permanentes. Quiero desenmascararle a él, no a la Cofradía. Presentarle al mundo como una bomba de relojería, un loco fanático.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
Tammy se sentía cada vez más inquieta. Esto era mucho más grande de lo que había imaginado, y mucho más turbio de lo que deseaba. Derek acarició su brazo con un dedo, al parecer satisfecho de sí mismo.
—Porque eres ambiciosa y te encantará tener la exclusiva de esta información, que podrás explicar en tu libro y en tu película. Y porque mi fondo fiduciario equivale al producto nacional bruto de varias naciones independientes, y sabes que te extenderé todos los cheques que necesites para financiarte. ¿Me equivoco?
Tammy le sonrió con dulzura y posó la mano sobre la de él, intentando no vomitar. Tenía que seguir el juego.
—Claro que no.
Lo que Derek no había revelado en su conversación era que la delegación norteamericana estaba preparando un golpe en el seno de la Cofradía. En primer lugar, necesitaban atar algunos cabos sueltos en Europa, eliminando a quienes detentaban puestos de poder. Su padre, Eli Wainwright, sería el siguiente Maestro de Justicia (con Derek como eventual sucesor), si eran capaces de neutralizar la estructura de poder europea.
Derek Wainwright sonrió. En su rostro se dibujó la expresión astuta de un depredador. Había estado utilizando a Tammy para sus propósitos desde el primer momento. Si pensaba que le había alentado a revelar secretos de la Cofradía utilizando sus encantos femeninos, entonces era la golfa estúpida que merecía ser manipulada como él deseaba. De todos modos, sería una forma sumamente agradable de acabar la tarde. ¿Y acaso no le había excitado ya bastante la muy puta?
●
Tammy intentó no despertar a Derek mientras recogía sus cosas. Necesitaba salir cuanto antes de allí, ardía en deseos de volver a la seguridad del castillo y tomar una ducha muy larga. Se preguntó si lograría eliminar el hedor de estos fanáticos de la Cofradía que impregnaba su piel.
Por suerte, había evitado el peor desenlace posible. Había calculado bien: el consumo de fármacos, combinado con el vino y el agotamiento, habían hecho que Derek perdiera el sentido en cuanto regresaron a la habitación de su hotel. Al principio, había sido difícil. Las manos de Derek no le concedieron tregua cuando llegaron a su habitación, pero Tammy le recondujo con habilidad hacia su obsesión evidente: derrotar a su rival, John Simon Cromwell. Subrayó
que necesitaba la máxima información posible si iba a ser su socia en un juego 177
Kathleen McGowan La esperada tan peligroso. Derek reveló lo que había prometido, y algo más: documentos, secretos y la descripción horriblemente gráfica de un brutal asesinato cometido en Marsella años antes.
Tammy había necesitado hacer un gran esfuerzo para no vomitar cuando Derek describió la ejecución de un hombre del Languedoc, dos años antes. Habían decapitado y mutilado a la víctima, el dedo índice derecho seccionado como símbolo de la venganza de la Cofradía. Saber que semejante acto se había llevado a cabo le resultaba aborrecible, pero conocer quién había sido el muerto: el ex Gran Maestre de la Sociedad de las Manzanas Azules, hacía que para Tammy todo fuera aún más horrible. No podía permitir que Derek supiera que estaba enterada del crimen. Había procurado mostrarse lo más inexpresiva posible.
Se estaba esforzando por recogerlo todo y salir con sigilo de la habitación, cuando derribó con estrépito una lámpara de mesa. Oyó que Derek se removía y maldijo su torpeza.
—Eh —gruñó el hombre, atontado—. ¿Dónde vas?
—Ha llegado el coche de Sinclair para llevarme a Arques. He de volver para cenar esta noche con Maureen.
Derek intentó incorporarse, se agarró la cabeza y gimió. Se derrumbó de nuevo en la cama.
—Ah, Maureen —dijo—. Maldita sea, casi me olvido de decírtelo. Tammy se quedó petrificada.
—¿Qué?
—Puede que hoy tenga problemas.
—¿Cómo?
—Hoy ha ido de paseo con Jean-Claude de la Motte, ¿verdad?
Tammy asintió, mientras intentaba deducir algo de sus palabras. Derek rodó sobre su espalda y se estiró con languidez.
—Despierta, nena. Jean-Claude es uno de los nuestros. O quizá debería decir uno de ellos. Es el brazo derecho de ese chiflado Maestro de Justicia, y el jefe de nuestra sección francesa. Lo ha sido desde que era joven. Su verdadero nombre no es ni siquiera Jean-Claude, sino Jean-Baptiste. —Hizo una pausa para reír esta pequeña broma antes de continuar—. Pero no creo que le haya hecho nada. Todavía. Están demasiado interesados en si encuentra o no el supuesto tesoro durante su estancia. Y ambos sabemos que esa posibilidad tiene un límite de tiempo.
La cabeza de Tammy daba vueltas. Era incapaz de aceptar la traición de Jean-Claude, tan deprisa no. Hacía años que era amigo de Sinclair y Roland, y ambos confiaban en él. ¿Cuándo había empezado esta infiltración? No obstante, algo más la atormentaba, y debía saber. Rezó para disimular la agitación que experimentaba, y formuló la pregunta con una calma que no sentía.
—Desde un punto de vista histórico, la Esperada fue eliminada antes de que el tesoro se descubriera. ¿Por qué iba a ser ésta diferente? Si Jean... Baptiste 178
Kathleen McGowan La esperada y tu líder creen que Maureen es la de la profecía, ¿por qué no se deshacen de ella antes de que pueda desempeñar ese papel, como hicieron con Juana y Germana?
Derek bostezó.
—Porque quieren que les conduzca hasta el libro de la Magdalena de una vez por todas, y así poder destruirlo. Después tu amiga será historia antes de que tenga la oportunidad de escribir al respecto.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó Tammy con cautela.
—Porque quiero que Jean-Baptiste se hunda con su líder, y me imagino que cuando tu Gran Maestre Sinclair se entere de que le han engañado, eliminará a ese gabacho entrometido y yo me quedaré contento.
Tammy tuvo ganas de chillar, tuvo ganas de decirle que Sinclair y los demás miembros de la organización no eran como Derek y los sembradores de odio de su Cofradía. Pero no iba a decir nada hasta que saliera sana y salva por la puerta.
Pero Derek aún no había terminado.
—Entretanto, digamos que yo en tu lugar sacaría a esa pelirroja del Languedoc lo antes posible.
Tammy se volvió hacia la puerta, y luego se detuvo. Tenía que hacer una última pregunta, tenía que saber hasta qué punto la había engañado Derek durante todos esos años.
—¿Qué sientes al respecto? —preguntó en voz baja.
—Todo me da igual, en realidad —contestó él en tono aburrido, más que dispuesto a volver al sopor inducido por el vino—. Aunque tu amiga parece bastante simpática, es hija de Jesús, y eso la convierte en mi enemiga natural. Las cosas son así. Tal vez no lo entiendas, pero nuestras creencias se remontan a tiempos inmemoriales. En cuanto al descubrimiento de los pergaminos de la puta, todo el mundo parece seguro de que esta vez ocurrirá, porque tu chica encaja en todo lo anunciado en la profecía, no sólo en algunas cosas. Pero no me preocupa. ¿Qué más da?
Rió un segundo y rodó de costado. Luego se incorporó sobre un codo y la miró.
—Lo más divertido es que nadie quiere esos pergaminos. El Vaticano no desea reconocerlos debido al contenido, ni tampoco las principales corrientes cristianas. Los historiadores no los quieren, porque todos los académicos y estudiosos de la Biblia quedarían como idiotas. Por lo tanto, existen muchas posibilidades de que nuestros enemigos los entierren antes de que la gente se entere de su existencia. Eso nos ahorrará el problema de saber qué hacer con ellos. Yo lo veo así.
Bostezó de nuevo, como si el tema fuera demasiado prosaico para concederle más importancia, y se tendió de nuevo.
—Los despreciamos porque sabemos que contienen mentiras sobre Juan el Bautista —añadió—. Y porque los escribió una puta.
179
Kathleen McGowan La esperada
●
Tammy deseaba huir del hotel, alejarse de Derek y de su odiosa filosofía de la Cofradía lo antes posible. Tenía agarrado con fuerza el móvil, y lo sacó del bolsillo en cuanto salió a la calle. No había tiempo para pensar, no había tiempo de hacer nada, salvo averiguar dónde estaba Maureen.
Pulsó la tecla que comunicaba con Roland y le entraron ganas de llorar cuando oyó su consolador acento occitano. La conexión era horrible, y tuvo que chillar varias veces para que la oyera.
—¡Maureen! ¿Sabes dónde está Maureen?
¡Maldición! No pudo oír su respuesta. Gritó de nuevo.
—¿Qué? No te oigo. Grita, Roland. Grita, a ver si te oigo.
—¡Maureen... está... aquí!
—¿Estás seguro?
—Sí. Te estaba buscando. Ella...
La conexión se interrumpió. Mejor —pensó Tammy—. No quiero explicar nada a Roland hasta que haya tenido tiempo de pensar en todo esto. Mientras Maureen estuviera a salvo en el Château des Pommes Bleues, habría tiempo de reorganizarse. Se encontraría con Sinclair antes de la cena para elaborar alguna estrategia.
Tammy consultó la hora en el móvil. Faltaban menos de treinta minutos para la hora en que había quedado con el chofer, cerca de las puertas de la ciudad. No estaba muy lejos, pero se sentía débil y no estaba segura de que sus piernas temblorosas la sostuvieran. Empezó a andar, intentando respirar mientras reflexionaba sobre todas las noticias sorprendentes que Derek le había comunicado. Lo recordó todo en vividos colores y se le revolvió el estómago. Al observar el jardín de un pequeño hotel que había enfrente, corrió y llegó a los arbustos justo a tiempo de vomitar.
Château des Pommes Bleues
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MAUREEN SE SENTÍA MUY CULPABLE por haberse olvidado de Peter, pero cuando regresó de su paseo con Jean-Claude, no lo encontró por ninguna parte.
—No he visto al padre desde esta mañana —le informó Roland—. Desayunó tarde, y al cabo de poco le vi marcharse con el coche que alquilaron. Pero es domingo. A lo mejor ha ido a misa. Hay muchas iglesias en la zona. Maureen asintió, sin preocuparse demasiado. Peter era un hombre de mundo y hablaba francés con fluidez, de modo que era lógico que hubiera decidido ir a misa y seguir explorando aquella extraordinaria región. 180
Kathleen McGowan La esperada Había quedado para cenar con Tammy más tarde en el castillo, algo que estaba impaciente por hacer, pero no a expensas de herir los sentimientos de Peter.
—¿Hay alguna forma de ponerse en contacto con Tamara Wisdom? —
preguntó a Roland—. Olvidé preguntarle si tiene móvil.
—Oui, tiene. La llamaré, porque he de preguntarle algo relacionado con lord Bérenger. ¿Ocurre alguna cosa?
—No, sólo me estaba preguntando si le importaría que Peter cenara con nosotras.
—Estoy seguro de que no habrá ningún problema, mademoiselle Paschal. De hecho, creo que ella espera que el padre acuda. Pidió que preparara cena para los cuatro a las ocho.
Maureen dio las gracias a Roland y se retiró a su habitación. Antes se detuvo ante la puerta de Peter y llamó con los nudillos, pero nadie contestó. Giró el pomo dorado, empujó la puerta con suavidad y asomó la cabeza en el interior. Sus cosas estaban colocadas pulcramente al lado de la cama: la Biblia forrada de cuero y el rosario de cuentas de cristal. Pero él no estaba. Maureen volvió a su suite palaciega y sacó la libreta Moleskine más grande. Quería escribir sobre Montségur mientras todo estuviera fresco en su mente, pero cuando quitó la goma elástica de la libreta y abrió las páginas, se sorprendió de que otra historia de martirio acudiera a su mente.
●
Una mañana, durante su visita a Tierra Santa, Maureen había subido a las escarpadas montañas de la región del mar Muerto, y seguido la senda rocosa y serpenteante junto con un puñado de turistas. No estaba segura de qué la había impulsado a emprender aquella agotadora ascensión. Incluso a una hora tan temprana, el calor era agobiante. Los otros visitantes eran judíos, y para ellos debía tratarse de un peregrinaje emotivo. Maureen no podía alardear de herencia o religión semejantes.
Se detuvo muchas veces durante el camino para admirar el panorama de luz y color, de una belleza casi dolorosa, que se dibujaba sobre el extraño paisaje lunar y se reflejaba en los cristales de sal del agua dormida. La vista le dio fuerzas para seguir abusando de sus músculos doloridos. Escuchó retazos de conversación de los demás peregrinos mientras subían. No entendía el hebreo, pero la pasión que les había empujado hacia aquel viaje era inconfundible. Se preguntó si estarían hablando de los mártires de Masada, que eligieron morir antes que vivir de rodillas, o ver a sus mujeres e hijos sometidos a la esclavitud y corrupción de los romanos.
Al llegar a la cumbre exploró los restos de lo que había sido una gran fortaleza, deambuló entre los salones en ruinas y los muros derruidos. Al tratarse de un espacio muy amplio, pronto se encontró sola, separada de los demás peregrinos, que estaban explorando otros espacios del recinto sagrado. 181
Kathleen McGowan La esperada Reinaba una quietud absoluta en aquel lugar, un calmo silencio que era una ruina en sí mismo, tan tangible como las piedras. Estaba inmersa en aquella sensación mientras miraba casi ausente las ruinas de un mosaico romano. Entonces la vio.
Sucedió con suma rapidez, sin previo aviso, como sus demás visiones. No podía recordar cómo había sabido que la niña estaba allí, sólo supo que había una presencia cercana. A unos tres metros de distancia, una niña que no tendría más de cuatro o cinco años estaba mirándola con sus enormes ojos oscuros. Su ropa estaba raída y desgarrada. Las lágrimas se mezclaban con el barro que manchaba su cara. No habló, pero en aquel momento Maureen supo que la niña se llamaba Hannah, y que había presenciado acontecimientos que ningún niño debería padecer.
Maureen también sabía que, de alguna manera, la niña había sobrevivido a la indecible tragedia de Masada. Abandonó este lugar y se llevó con ella la historia de lo ocurrido. Ése era su legado, divulgar la verdad de lo ocurrido a su pueblo.
Ignoraba cuánto rato hacía que la niña había aparecido ante ella. Sus visiones parecían ser ajenas al transcurrir del tiempo. ¿Fueron minutos?
¿Segundos? ¿Eternidades?
Más tarde, Maureen habló con uno de los guías israelíes de Masada. Era joven y franco, y se sorprendió a sí misma refiriéndole el encuentro con la niña. El joven se encogió de hombros y dijo que no consideraba increíble o anormal ver algo así en un lugar tan cargado de emociones. Explicó que corrían leyendas sobre los supervivientes de Masada, una mujer y varios niños que se escondieron en una cueva y lograron escapar, y que se llevaron la verdadera historia y la conservaron a su manera.
Maureen creía que la pequeña Hannah era uno de esos niños. Desde aquel día se había preguntado muchas veces por qué había tenido la visión, por qué le había pasado a ella. Se consideraba indigna de aquel honor, de un encuentro tan profundo con la historia sagrada del pueblo judío. Pero después de la experiencia en Montségur, todo comenzaba a formar un delicado dibujo que Maureen estaba empezando a comprender por fin. La pequeña Hannah y la muchacha cátara conocida como la Paschalina estaban relacionadas, en espíritu cuando no por herencia de sangre. Eran niñas que habían huido para conservar la historia, a fin de que la verdad nunca se perdiera. Su destino era convertirse en los más sagrados maestros de la humanidad. Aquellas niñas, y las mujeres en que se convirtieron, encarnaban la historia y supervivencia de la raza humana. Sus experiencias carecían de fronteras. Sus historias pertenecían a todo el mundo, con independencia de razas y creencias religiosas.
Al comprender esa relación, ¿no podíamos compartir todos el conocimiento de que, en último extremo, constituíamos una sola tribu?
182
Kathleen McGowan La esperada Maureen dio las gracias a Hannah y a la Paschalina en un susurro, mientras terminaba de escribir en su diario.
●
Tammy entró corriendo en el castillo, con la esperanza de no cruzarse con nadie antes de tomar una ducha. Estaba agotada, y sentía sucio hasta el último centímetro de su cuerpo. Pero la soledad no le iba a ser concedida. Roland la interceptó cuando llegó a la puerta de su habitación.
La abrió para dejarla pasar.
—¿Te encuentras bien? —preguntó con semblante grave.
—Estoy bien.
Había ensayado un discurso durante el trayecto de vuelta, pero una sola mirada al enorme occitano bastó para derretir su corazón. Experimentó un enorme alivio al encontrarse con él, de forma que se arrojó entre sus brazos y lloró.
Roland se quedó estupefacto. Nunca había observado el menor signo de vulnerabilidad en aquella mujer.
—¿Qué ha pasado, Tamara? ¿Te ha hecho daño? Tienes que decírmelo. Tammy intentó serenarse. Dejó de llorar y miró a Roland.
—No, no me ha hecho daño, pero...
—¿Qué ha sucedido?
Ella tocó su rostro, el rostro anguloso y masculino que estaba empezando a amar.
—Roland —susurró—. Roland... Tenías razón en lo referente a la identidad del asesino de tu padre. Creo que ahora puedo demostrarlo. 183
Kathleen McGowan La esperada
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... Easa era el hijo de la profecía, todo el mundo lo sabía. Y la profecía significaba un destino que debía cumplirse de la manera exacta. Easa lo hizo. No por cubrirse de gloria, sino para que los hijos de Israel comprendieran y abrazaran mejor su papel de Mesías. Cuanto más se adaptara la existencia de Easa a la naturaleza exacta de la profecía, más fuerte sería la gente cuando él se hubiera marchado. Pero pese a todo eso, no esperábamos que sucediera de esa forma. Easa entró en Jerusalén a lomos de un asno, fiel a las palabras del profeta Zacarías acerca de la llegada del ungido. Le seguimos con palmones y cantando hosanas. Una gran muchedumbre se congregó cuando entramos en Jerusalén, y una sensación de alegría y esperanza impregnaba el aire. Muchos nos seguían desde Betania, y salieron a nuestro encuentro los compatriotas de Simón, los zelotes. Hasta representantes de un movimiento muy solitario de esenios habían abandonado su morada del desierto para acompañarnos en este día triunfal.
Los hijos de Israel se regocijaban de que este elegido hubiera venido para liberarlos de Roma y del yugo de la opresión, la pobreza y la miseria. Este hijo de la profecía se había hecho hombre y era un mesías. Había fortaleza en nuestros corazones, y en nuestras filas.
EL EVANGELIO DE ARQUES DE MARÍA MAGDALENA
EL LIBRO DEL TIEMPO DE LA OSCURIDAD
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Kathleen McGowan La esperada 13
Château des Pommes Bleues
25 de junio de 2005
LAS CENAS EN EL CASTILLO siempre implicaban un gran despliegue gastronómico cuando había invitados, y esta noche no era diferente. Bérenger Sinclair había confiado en el personal de cocina y en su bodega para ofrecer una fiesta languedociana de proporciones medievales y decadentes. La conversación también era muy animada. Tammy mostraba un aplomo merecedor de un oscar. Adoptó su habitual actitud provocadora, como si estuviera recuperada por completo.
Maureen disfrutó viendo a Sinclair y Tammy discutir amistosamente con Peter, convencida de que su primo podría salir indemne de cualquier debate teológico. Lo sabía por propia experiencia.
Sinclair se lanzó a su perorata.
—Sabemos que el Nuevo Testamento procede del Concilio de Nicea. El emperador Constantino y su concilio tenían muchos evangelios donde elegir, pero sin embargo seleccionaron cuatro, que luego fueron alterados de manera radical. Fue un acto de censura que cambió la historia.
—No puedes evitar preguntarte qué decidieron ocultarnos —intervino Tammy.
Peter no se sentía nada molesto por una discusión que había sostenido cientos de veces. Su respuesta sorprendió a sus presuntos antagonistas.
—No cejen en su empeño. Recuerden que ni siquiera nosotros sabemos con seguridad quiénes escribieron esos cuatro evangelios. De hecho, sólo estamos seguros hasta cierto punto de que no fueron escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Debieron ser atribuidos a los evangelistas en algún momento del siglo dos, y algunos dirían que ni siquiera eso se acerca a la verdad. Además, incluso con la escasa documentación que posee el Vaticano, no podemos asegurar en qué idioma estaban escritos los evangelios.
Tammy se quedó patidifusa.
—Pensaba que estaban escritos en griego.
Peter negó con la cabeza.
—Las primeras versiones que tenemos están en griego, pero deben de ser traducciones de textos más antiguos. No estamos seguros.
—¿Por qué es tan importante el idioma original? —preguntó Maureen—. Aparte de los errores de traducción.
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Kathleen McGowan La esperada
—Porque el idioma original es la primera indicación de la identidad y el origen geográfico del autor —explicó Peter—. Por ejemplo, si los evangelios originales hubieran sido escritos en griego, eso indicaría que los autores eran helenizantes, una influencia griega reservada para la élite, para los cultos e ilustrados. Por tradición, no pensamos en los apóstoles así, de modo que esperamos otra cosa, una lengua vernácula como el arameo o el hebreo. Si estuviéramos seguros de que los originales estaban escritos en griego, deberíamos investigar quiénes eran los primeros seguidores de Jesús.
—Los evangelios gnósticos descubiertos en Egipto estaban escritos en copto
—aportó Tammy.
Peter la corrigió con delicadeza.
—Existen textos coptos, pero muchos fueron copiados del griego y traducidos al copto.
—¿Y eso qué nos da a entender? —preguntó Maureen.
—Bien, sabemos que ninguno de los seguidores originales era egipcio, lo cual nos dice que algunos se exiliaron a Egipto y que el cristianismo primitivo floreció allí. Los cristianos coptos.
—Pero, entonces, ¿qué sabemos con certeza sobre esos cuatro evangelios?
Maureen se sentía intrigada por la conversación. En el curso de sus investigaciones, no había podido permitirse el lujo de profundizar en los temas relativos a la historia del Nuevo Testamento. Se había concentrado en los pasajes sobre María Magdalena.
—Sabemos que Marcos fue el primero —contestó Peter—, y que el de Mateo es una copia casi exacta del de Marcos, con casi seiscientos párrafos idénticos. El de Lucas también es muy parecido, aunque el autor aporta algunos datos que no se encuentran en Marcos y Mateo. No obstante, el Evangelio de Juan es el más misterioso de los cuatro, pues adopta una postura política y social muy diferente de la de los otros tres.
—Sé que hay quienes creen que María Magdalena escribió el cuarto evangelio, el que se atribuye a Juan —añadió Maureen—. En el curso de mi investigación, entrevisté a un erudito muy brillante que afirmó eso. No es que esté de acuerdo con él, pero la idea me parece fascinante. Sinclair meneó la cabeza y respondió con vehemencia.
—No, yo no lo creo. La versión de María Magdalena aún espera ser descubierta.
—El cuarto evangelio es el gran misterio del Nuevo Testamento —dijo Peter—. Hay muchas teorías, incluida la teoría del concilio: que fue escrito por varias personas a lo largo de un período de tiempo, en un intento por comunicar los acontecimientos de la vida de Jesús de una manera específica. Tammy escuchaba a Peter con interés.
—Pero a mí me parece que muchos cristianos tradicionalistas quieren taparse los oídos y hacer caso omiso de los hechos —contestó. Era un tema que la apasionaba, y había sostenido muchas discusiones similares durante su 186
Kathleen McGowan La esperada vida—. No quieren conocer esta historia, sólo quieren creer a ciegas lo que la Iglesia les dice. O lo que les dicen los curas.
Peter replicó con pasión.
—No, no. No lo entiende. No se trata de ceguera, sino de fe. Para la gente de fe, los hechos no importan. No cometa el error común de confundir fe con ignorancia.
Sinclair lanzó una risita burlona.
—Hablo en serio —continuó Peter—. La gente de fe cree que el Nuevo Testamento fue inspirado por Dios, por lo tanto da igual quién escribió los evangelios o en qué idioma. Los autores fueron inspirados por Dios. Y quien tomó la decisión de compilar los evangelios en los concilios de Constantinopla o Nicea también estaba inspirado por Dios. Etcétera, etcétera. Es una cuestión de fe, y ahí no hay espacio para la historia. Ni se puede discutir. La fe es algo que no puede ser discutido.
Nadie contestó, a la espera de lo que diría Peter a continuación.
—¿Cree que no conozco la historia de mi Iglesia? Pues sí, por eso las investigaciones y opiniones de Maureen no me ofenden en absoluto. Por cierto,
¿saben que algunos estudiosos creen que el Evangelio de Lucas fue escrito por una mujer?
Sinclair expresó su sorpresa.
—¿De veras? No lo había oído nunca. ¿Esa idea no le molesta?
—En absoluto —replicó Peter—. La importancia de las mujeres en la Iglesia primitiva, así como en la propagación del cristianismo, es algo que no se puede negar. Tampoco sería deseable, cuando pensamos en grandes mujeres como Clara de Asís, que mantuvo cohesionado el movimiento franciscano después de que Francisco muriera tan joven. —Peter contempló los rostros asombrados de Sinclair y Tammy—. Lamento arruinar una discusión tan perfecta, pero estoy de acuerdo con la idea de que María Magdalena merece el título de «Apóstol de los apóstoles».
—¿De veras? —preguntó Tammy con incredulidad.
—Desde luego. En los Hechos de los Apóstoles, Lucas explica las condiciones exigidas para ser apóstol: haber sido discípulo de Jesús en vida de éste, haber sido testigo de su crucifixión y su resurrección. Si nos lo tomamos al pie de la letra, sólo hay una persona que cumple esas condiciones: María Magdalena. Los apóstoles varones no presenciaron la crucifixión, lo cual es ciertamente vergonzoso. María Magdalena es la primera persona a la que se aparece Jesús cuando resucita.
Maureen intentaba contener las carcajadas al ver las caras de Sinclair y Tammy. Estaban estupefactos por la demostración de inteligencia y personalidad de Peter.
Su primo continuó.
—Las únicas otras personas que encajan con la descripción de los apóstoles son otras Marías: la Virgen María, así como María Salomé y María la de 187
Kathleen McGowan La esperada Santiago, las cuales estuvieron presentes en la crucifixión y en el sepulcro el día de la resurrección.
Cuando Peter miró a Maureen, ésta ya no pudo contenerse más. Su carcajada resonó en la habitación.
—¿Qué pasa? —preguntó Peter con malicia.
—Lo siento —se disculpó ella, y levantó al instante su vaso de vino para dar un sorbo y ocultar su expresión risueña—. Es que... Bien, Peter suele sorprender a la gente, y a mí siempre me divierte ser testigo. Sinclair asintió.
—Admito que no es usted como había supuesto, padre Healy.
—¿Y qué suponía, lord Sinclair? —preguntó Peter.
—Bien, con las debidas disculpas, esperaba una especie de perro guardián de la Iglesia romana. Alguien inmerso en dogma y doctrina. Peter rió.
—Ay, lord Sinclair, pero ha olvidado algo muy importante. No sólo soy un sacerdote, soy jesuita. E irlandés, encima.
—Touché, padre Healy.
Sinclair alzó la copa en dirección a Peter. La orden de éste, la Compañía de Jesús, más conocida en todo el mundo como los jesuitas, se dedicaba a la educación y a la cultura. Si bien era la orden más numerosa de la Iglesia católica, los conservadores opinaban que los jesuitas formaban un grupo independiente, y así había sido durante varios siglos. Los llamaban la Infantería del Papa, si bien corrían rumores desde hacía cientos de años de que los jesuitas elegían a su propio líder en el seno de la orden, y respondían ante el Pontífice romano sólo para conservar las formas.
—¿Otros sacerdotes de su orden opinan igual que usted? —preguntó
Tammy, intrigada—. Me refiero al papel de las mujeres.
—Siempre es imprudente generalizar —contestó Peter—. Como ha dicho Maureen, la gente tiende a convertir a los curas en estereotipos, dando por sentado que todos pensamos con un solo cerebro, lo cual no es cierto. Los curas son personas, y muchos de nosotros somos muy inteligentes y cultos, además de estar comprometidos con nuestra fe. Cada hombre extrae sus propias conclusiones.
»Pero hemos discutido largo y tendido sobre María Magdalena y la exactitud de los cuatro evangelios. Los apóstoles varones debieron considerar vergonzoso que Jesús confiara toda su misión a esta mujer, fuera cual fuera el papel que desempeñó en su vida y en su ministerio. En aquel tiempo, las mujeres no eran consideradas iguales a los hombres. Por lo tanto, los evangelistas se vieron obligados a escribir esto porque era verdad, por vergonzoso que les resultara. Pues aún en el caso de que los autores de los evangelios manipularan los hechos, no habrían alterado el elemento más importante de la resurrección de Jesús: que se apareció primero a María Magdalena. No se aparece a los apóstoles varones, se aparece a ella. Por lo 188
Kathleen McGowan La esperada tanto, creo que los autores de los evangelios no tuvieron otra alternativa que escribir esto porque era la verdad.
La admiración de Tammy por Peter estaba aumentando, y se reflejaba en su expresivo rostro.
—¿Quiere decir que está dispuesto a explorar la posibilidad de que María Magdalena haya sido el discípulo más importante de Jesús? ¿O que haya sido incluso más que eso?
Peter la miró con gran seriedad.
—Estoy dispuesto a explorar cualquier cosa que nos acerque a una sincera comprensión de la naturaleza de Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador.
●
Fue una estupenda velada para Maureen. Peter era la persona en quien más confiaba, pero había llegado a admirar a Sinclair y le consideraba fascinante. El que su primo hubiera encontrado un terreno común con el excéntrico escocés le causaba un profundo alivio. Tal vez podrían trabajar juntos para analizar las extrañas circunstancias de las visiones de Maureen.
Al terminar la cena, Peter, que había pasado el día explorando la región a solas, alegó cansancio y se excusó. Tammy hizo un comentario acerca de que debía efectuar unos retoques en el guión de su documental y le imitó. Sinclair y Maureen se quedaron solos. Animada por el vino y la conversación, acorraló a Sinclair.
—Creo que ha llegado el momento de que cumplas tu promesa —dijo.
—¿De qué promesa hablas, querida?
—Quiero ver la carta de mi padre.
Sinclair meditó unos momentos. Tras una breve vacilación, se rindió.
—Muy bien. Acompáñame.
●
Sinclair condujo a Maureen por un corredor sinuoso hasta una habitación cerrada con llave. Sacó el llavero del bolsillo, abrió la puerta y la dejó entrar en su estudio privado. Accionó un interruptor que había a la derecha, y un enorme cuadro que había en la pared del fondo quedó iluminado.
Maureen lanzó una exclamación ahogada, y después chilló de placer.
—¡Cowper! ¡Es mi cuadro!
Sinclair rió.
—Lucrecia Borgia reina en el Vaticano en ausencia del papa Alejandro VI. Confieso que lo adquirí después de leer tu libro. Fueron necesarias complicadas negociaciones para arrebatárselo a la Tate, pero soy un hombre muy decidido cuando quiero algo.
Maureen se acercó a la pintura con reverencia, y admiró el sentido artístico y el color utilizados por el pintor inglés del siglo XIX Frank Cadogan Cowper, el creador de aquella obra maestra. El cuadro plasmaba a Lucrecia Borgia sentada 189
Kathleen McGowan La esperada en el trono del Vaticano, rodeada de un suntuoso mar de cardenales ataviados de rojo. Había visto por primera vez el cuadro en su antiguo hogar, el Tate Museum de Londres. La había fulminado como un rayo. Para Maureen, esta sola imagen había explicado cientos de años de calumnias que esta hija del Papa había soportado. Le habían dedicado todos los epítetos imaginables, entre ellos puta asesina e incestuosa. Lucrecia Borgia había sido castigada por los historiadores medievales porque había tenido la audacia de sentarse en el sagrado trono de San Pedro, y también había dado órdenes papales durante las ausencias de su padre.
—Lucrecia fue la fuerza impulsora de mi libro. Su historia encarnaba el tema de la mujer que fue escarnecida y despojada de su verdadero poder en la historia —explicó Maureen a Sinclair.
La investigación de Maureen había revelado que las terribles acusaciones de incesto habían sido fraguadas por el primer marido de Lucrecia, un patán violento que quedó arruinado después de la anulación de su matrimonio. Inició
los rumores de que Lucrecia había buscado la anulación porque mantenía relaciones sexuales con su padre y su hermano. Estas malignas mentiras perduraron durante siglos, perpetuadas por los enemigos de la muy envidiada familia Borgia.
—Son de la estirpe.
—¿Los Borgia? —preguntó Maureen con evidente incredulidad—. ¿Cómo?
—Por la rama de Sara Tamar. Sus antepasados fueron cátaros que escaparon a España. Buscaron refugio en el monasterio de Montserrat, y al final se establecieron en Aragón, donde adoptaron el apellido Borgia, antes de inmigrar a Italia. Pero no eligieron el lugar por accidente, espoleados por su legendaria ambición. César Borgia estaba decidido a sentarse en el trono, con el fin de devolver Roma a quienes consideraba sus auténticos regentes. Maureen sacudió la cabeza, asombrada, y Sinclair continuó.
—La subida de su hija al trono fue emblemática de su descendencia cátara. En el Camino, los hombres y las mujeres eran iguales en todos los aspectos, incluido el liderazgo espiritual. César estaba dejando clara una cosa, lo cual provocó la caída de su hija. Por desgracia, la historia recuerda a los Borgia como seres malvados y conspiradores.
Maureen se mostró de acuerdo.
—Algunos escritores han llegado al extremo de llamarles la primera familia del crimen organizado. Me parece brutalmente injusto.
—Lo es, por no decir totalmente equivocado.
—Esa información sobre el linaje... —Maureen aún estaba asimilando la idea—. Añade un nuevo estrato a la historia.
—¿Crees que se avecina una secuela, querida? —bromeó Sinclair.
—Creo que se avecinan dos décadas de investigación, como mínimo. Estoy fascinada. Ardo en deseos de ver adónde me conduce todo esto.
—Sí, pero antes hay que examinar un capítulo de tu propia vida. 190
Kathleen McGowan La esperada Maureen se puso tensa. Le había suplicado este momento, había insistido. Era el motivo de que hubiera ido a Francia. Pero ahora no estaba segura de querer saber.
—¿Te encuentras bien?
Él parecía muy preocupado.
Ella asintió.
—Estoy bien. Es que ahora que estoy aquí... Me siento nerviosa, eso es todo. Sinclair indicó una silla, y Maureen se sentó, agradecida. El hombre abrió
un archivador empotrado con otra llave y extrajo una carpeta.
—Descubrí esta carta en los archivos de mi abuelo, hace años —explicó a Maureen mientras andaba—. Cuando me informaron sobre tu obra y vi tu fotografía con el anillo, se dispararon timbres de alarma en mi cabeza. Sabía que en Francia había descendientes de los Paschal, pero también me acordaba de que, en otro tiempo, hubo un Paschal importante en Estados Unidos. No recordaba por qué, hasta que descubrí esta carta.
Sinclair depositó la carpeta con suavidad delante de Maureen y la abrió, revelando papel amarillento y tinta desteñida.
—¿Quieres que te deje a solas?
Ella le miró y sólo vio comprensión y seguridad en su rostro.
—No. Quédate conmigo, por favor.
Sinclair asintió, palmeó su mano, y después se sentó en silencio al otro lado de la mesa. Maureen levantó la carpeta y empezó a leer.
—«Estimado monsieur Gélis» —empezaba la carta.
—¿Gélis? —preguntó Maureen—. ¿No la enviaron a tu abuelo?
Sinclair negó con la cabeza.
—No, estaba en los archivos de mi abuelo, pero la escribieron a un hombre de la zona, descendiente de una antigua familia cátara apellidada Gélis. Maureen pensó por un momento que se había topado con ese apellido antes, pero no le dedicó mucho tiempo. Estaba demasiado preocupada por los demás elementos de la carta.
Estimado monsieur Gélis:
Le ruego que me disculpe, pero no tengo otra persona a la que acudir. Me han dicho que posee usted extensos conocimientos sobre los asuntos espirituales. Que es usted un verdadero cristiano. Eso espero. Pues desde hace muchos meses estoy atormentado por pesadillas y visiones de Nuestro Señor en la cruz. He sido visitado por Él y me ha dado su dolor.
Pero no escribo por mí. Escribo por mi hijita, mi Maureen. Grita por las noches y me habla de las mismas pesadillas. Es poco más que un bebé. ¿Cómo puede ocurrirle esto? ¿Cómo puedo detenerlo, antes de que sienta el mismo dolor que yo?
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Kathleen McGowan La esperada No puedo soportar ver a mi hija así. Su madre me echa la culpa, amenaza con llevarse a mi hija para siempre. Ayúdeme, por favor. Haga el favor de decirme qué puedo hacer para salvar a mi hija.
Con mi más profundo agradecimiento,
Edouard Paschal
A Maureen se le nubló la vista a causa de las lágrimas. Dejó la carta y se puso a sollozar.
●
Sinclair se ofreció a quedarse con ella, pero Maureen rechazó la oferta. Estaba conmovida por la carta hasta lo más íntimo, y necesitaba estar sola. Pensó por un momento en despertar a Peter, pero luego decidió que no era prudente. Antes necesitaba reflexionar. El reciente desliz de Peter, cuando dijo que había
«prometido a su madre no permitir que aquello volviera a suceder», había despertado sus sospechas. Su primo siempre había sido su ancla, la figura masculina salvadora de su vida. Confiaba en él, y sabía que jamás haría nada que no fuera por su bien. Pero ¿y si Peter estaba mal informado? Lo que él sabía de la infancia de Maureen, y sobre lo cual se negaba a hablar en términos concretos, se lo había contado su madre.
Su madre. Maureen se sentó en la enorme cama y se reclinó sobre las almohadas bordadas. Bernadette Healy había sido una mujer dura e inflexible, o al menos así la recordaba Maureen. Las únicas pistas de que en su juventud hubiera sido distinta procedían de las fotografías: guardaba algunas instantáneas de su madre en Luisiana, con la pequeña Maureen en brazos. Bernadette sonreía a la cámara, la proverbial madre primeriza orgullosa. Maureen se había preguntado muchas veces qué había cambiado a Bernadette, qué había transformado a la joven y optimista madre de las fotos en la fría y severa mujer de sus recuerdos. Cuando se trasladaron a Irlanda, Maureen fue criada sobre todo por sus tíos, los padres de Peter. Su madre la depositó en la seguridad y el anonimato de una remota comunidad rural del oeste de Irlanda, y luego regresó a Galway para reanudar su trabajo de enfermera.
Maureen veía a su madre en raras ocasiones, cuando Bernadette volvía a la granja espoleada por el sentido del deber o la obligación. Estas visitas eran tensas, porque su madre era cada vez más una extraña para ella. Maureen adoptó a la familia de Peter como propia, y se entregó a la ternura reparadora de su numerosa y bulliciosa prole. Tía Ailish, la madre de Peter, desempeñó el papel de figura materna. La ternura y el humor de Maureen procedían de la influencia que había ejercido en ella la familia de Peter. La tendencia a la contención, el orden y la cautela eran de su madre.
192
Kathleen McGowan La esperada Algunas veces, por lo general después de alguna desastrosa y destructiva visita de Bernadette, Ailish hablaba a solas con su sobrina.
—No has de juzgar a tu madre con excesiva severidad, Maureen —decía con tono paciente—. Bernadette te quiere. Tal vez su problema es que te quiere demasiado. Pero su vida ha sido dura, y eso la ha cambiado. Cuando seas mayor, lo entenderás.
El tiempo y el destino habían eliminado cualquier posibilidad de que Maureen llegara a comprender mejor a su madre. Bernadette fue víctima de un linfoma cuando ella era adolescente. Murió al poco tiempo. Peter había sido llamado al lecho de muerte de Bernadette, y fue el sacerdote que le administró
la extremaunción. Oyó su confesión final, y había cargado sobre los hombros el peso de las sorprendentes revelaciones de su tía todos los días de su vida. Pero no quiso nunca hablar de ello con Maureen, alegando el secreto de confesión. Y ahora había una nueva pieza en el rompecabezas. Maureen tenía que buscar una interpretación a la carta de su padre, un breve vistazo a la compleja herencia que le había legado. Lo consultaría con la almohada, y al día siguiente hablaría de ello con Peter, más despejada.
Carcasona
25 de junio de 2005
DEREK WAINWRIGHT DORMÍA a pierna suelta. El cóctel de fármacos y vino tinto se había mezclado con el agotamiento y la tensión, hasta sumirle en una especie de letargo.
De haber estado consciente, tal vez los pasos, el sonido de la puerta al abrirse o el cántico susurrado por su atacante le habrían advertido.
—Neca eos omnes. Neca eos omnes. Deus suos agnoset.
Matadles a todos. Matadles a todos. Dios reconocerá a los suyos. Pero cuando el cordón rojo estuvo anudado alrededor de su cuello, ya era demasiado tarde para Derek Wainwright. Al contrario que Roger-Bernard Gélis, no tuvo la buena suerte de estar muerto cuando el ritual empezó.
Château des Pommes Bleues
MAUREEN SE ENCOGIÓ al oír una llamada en la puerta. En aquel momento no tenía ganas de ver a Sinclair o a Peter. Se sintió aliviada cuando oyó una voz femenina al otro lado de la puerta.
—¿Reenie? Soy yo.
Maureen abrió la puerta y vio a Tammy, que la miró y gimió.
—Estás hecha polvo.
—Caramba, gracias. Me siento de maravilla.
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Kathleen McGowan La esperada
—¿Quieres hablar de ello?
—Todavía no. Estoy asimilando ciertos asuntos personales. Tammy vaciló. Maureen recuperó la concentración cuando vio algo nuevo por completo: Tamara Wisdom estaba nerviosa.
—¿Qué pasa, Tammy?
Su amiga suspiró y se pasó la mano por su largo pelo.
—Detesto hacerte esto cuando ya estás afectada por otra cosa, pero he de hablar contigo.
Maureen indicó el saloncito de su dormitorio.
—Entra y siéntate.
Tammy negó con la cabeza.
—No, necesito que vengas conmigo. He de enseñarte algo.
—De acuerdo —dijo Maureen, y siguió a Tammy por los laberínticos pasillos del Château des Pommes Bleues. Después de todo lo sucedido, no creía que nada pudiera sorprenderla ya. Estaba equivocada.
Entraron en la moderna sala de audio y vídeo donde Sinclair había enseñado a Maureen y Peter los mapas de la región comparados con las constelaciones. Tammy indicó un sofá de piel situado ante una pantalla de televisión gigante. Levantó un mando a distancia y se sentó al lado de Maureen. Respiró hondo y empezó su explicación.
—Quiero enseñarte algunas secuencias en las que he estado trabajando para mi próximo documental. Giran alrededor del linaje. Verás, necesito que me escuches bien, porque es muy importante y al final te concierne a ti y al papel que desempeñas en todo esto.
»Como ya sabes, el misterio de Jesús y María Magdalena ha inspirado a un buen número de sociedades secretas. Hablan en susurros del linaje. Llevan a cabo rituales supersecretos.
Tammy accionó el mando a distancia y la pantalla cobró vida. Por ella fueron desfilando diapositivas de una en una. Las primeras imágenes eran pinturas de María Magdalena, obras de maestros del Renacimiento y del Barroco.
—Algunos de estos grupos están integrados por fanáticos, pero otros cuentan con gente buena y espiritual. Sinclair es uno de los buenos, de modo que aquí estás a salvo. Te lo voy a explicar.
Hizo una pequeña pausa, mientras ordenaba sus ideas.
—Quería rodar una película que mostrara el alcance de este concepto, hasta qué punto la idea de un linaje sagrado está interiorizada en el mundo occidental y en nuestra historia. Mi deseo es plasmar un amplio abanico de quiénes eran, y son, sus descendientes. Desde los famosos hasta los tristemente célebres, pasando por los anónimos.
Retratos conocidos de figuras históricas y religiosas llenaron la pantalla, mientras Tammy continuaba.
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Kathleen McGowan La esperada
—Algunos de ellos tal vez te sorprendan. Carlomagno. El rey Arturo. Robert Bruce*. San Francisco de Asís.
—Espera un momento. ¿San Francisco de Asís?
Tammy asintió.
—Su madre, la dama Pica, nació en Tarascón. De pura cepa cátara, de la rama de Sara Tamar, nacida en la familia noble Bourlemont. De ahí recibió el santo su nombre. Le bautizaron Giovanni, pero sus padres le llamaban Francesco porque les recordaba mucho la rama francocátara de su madre. ¿Has estado alguna vez en Asís?
Maureen negó con la cabeza. Cada nueva revelación la asombraba, la abrumaba. Contempló fascinada las imágenes del pueblo italiano de Asís, el hogar del movimiento franciscano.
—Has de entenderlo, es uno de los lugares más cargados de magia de la tierra. Además, el espíritu de san Francisco y de su compañera, santa Clara, aún sigue vivo allí. Creo que intentaron reproducir los papeles de Jesús y María Magdalena. Fíjate bien en las obras de arte que contiene la basílica de San Francisco. El maestro italiano Giotto, contemporáneo de Francisco, dedicó toda una capilla a María Magdalena, a quien se la ve en un mural llegando a las costas de Francia después de la crucifixión. El artista estaba expresando claramente su opinión. Hay mucho sentimiento cátaro en la filosofía franciscana.
Pulsó el botón de pausa cuando apareció el retrato de san Francisco, pintado por Giotto, en el que recibe estigmas del cielo.
—Francisco es el único santo del que existe constancia de que manifestó los cinco puntos de los estigmas. ¿Por qué? Por el linaje. Es descendiente de Jesucristo. Creo que existe la teoría de que cualquier persona con estigmas autentificados es del linaje. Pero lo importante de Francisco es que muestra los cinco. Y a nadie más le ha sucedido eso.
Maureen estaba contando, intentando seguir a Tammy.
—Las dos manos, los dos pies... Eso hacen cuatro, pero...
—El costado derecho. Donde el centurión atravesó a Jesús con la lanza. Pero debo corregirte. Los verdaderos estigmas no se producen en las manos, sino en las muñecas. En contra de la creencia popular, Cristo no fue crucificado por las manos, sino por las muñecas. Las manos no son lo bastante fuertes para aguantar el peso del cuerpo.
»De modo que, si bien se han observado estigmas autentificados en las manos, como en el caso del santo padre Pío, son los estigmas en las muñecas lo que llama la atención de la Iglesia. Por eso Francisco es tan importante. Aunque artistas como Giotto pintan los estigmas en las manos para causar un efecto dramático, documentos históricos nos cuentan una historia diferente. Francisco mostraba los cinco puntos, incluidas las muñecas.