El día de campo
La novedad principal fue el estreno del traje necker del señor Cuauhtémoc. Lo mismo que sus hermanas se enamoraron de las bicicletas, desde Loca por la música, él soñaba en ponerse un vestido igual al del camarada Trotski, a quien conoció en las figuras de cera de las calles de República Argentina. Y como Miguelito vino de Torreón ex profeso a socorrer las necesidades de la familia Escamilla, no tuvo dificultad en mandarse hacer uno a su medida en El Palacio de Hierro.
Hubo otra nota interesante: la asistencia de las Amézquitas de las calles de Mina. Previa una cena en El Patio, que le costó más de cien pesos a Miguelito, el señor Cuauhtémoc consiguió que aceptaran su invitación al día de campo.
A la vista del desmantelado departamentito de las Escamillas, las Amézquitas torcieron tan feos los labios, que el señor Cuauhtémoc tuvo que explicar por centésima vez:
—Nos hemos aguantado en este mugrero por evitarnos las molestias del cambio. Sólo faltan unos días para que acaben de instalar los plafoniers y un pullman con su oruga en nuestra residencia de la colonia Anáhuac.
Rosita se enteró de que el maquinista Campillo no concurría a la fiesta y quiso regresar en seguida a su casa; pero la distrajo una escaramuza de tanteo entre su hermana Cuca y Evangelina, sobre el tema de «quiénes tenemos más dinero y quiénes gastamos más», naturalmente insoluble. Tácitamente los circunstantes votaron en favor de las Amézquitas. Las Escamillas no habían perdido su aire cerril y conservaban íntegro el gesto acanallado de sus amistades de Atlampa; no prescindían de sus charmeuses relucientes ni de pintarrajearse furiosamente la boca y los ojos, lo mismo que de todo lo que en los cabarets de Nonoalco era la última palabra de la moda. Las Amézquitas, por el contrario, vestían trajes muy sencillos y perfectamente cortados, cosa que pasó tan inadvertida para las Escamillas, que se secretearon entre sí:
—Es más la facha que la ficha, fíjate: visten muy corrientito.
—Los negocios marchan bien: la gasolinera de San Rafael deja harto, pero podemos ganar mucho más; ¿no es verdad, Miguelito? Tenemos ya en trato un garage por Peralvillo con su taller de reparaciones y todos los aditamentos para un servicio de primera; ¿no es cierto, Miguelito?
Y Miguelito, que hasta ahora no tenía noticia de ello, guiñaba tristemente sus ojos de borrega, respondiendo que sí.
Las Escamillas se acabaron de escamar cuando Cuauhtémoc, tomando el brazo de Cuca Amézquita, abrió el desfile con arrogancia. Sentíase feliz con su grueso pantalón corto, sus medias negras de lana, sus toscos choclos de becerro y su gorra gris de casimir a cuadros.
En el viejo Cadillac se amontonaron doña Concha, doña Tórtola, Lolita la de las jaletinas y demás polilla del vecindario; en el Buick, el señor Cuauhtémoc con las Escamillas, la señorita Angelita del 22 y la señorita Beatriz del 31.
«Nuestro hermano Cuauhtémoc nos hace menos por esas rotitas móndrigas. ¡Ya veremos!»
—Miguelito, lleva tú la guitarra y te vas con las familias a tomar el camión a la Alameda de Santa María. Nos juntamos en Tacubaya.
Evangelina, de pantalón azul de mecánico, blusa roja y boina blanca, tomó el brazo de su novio y el de su hermana Gracia, que salía de falda corta, tobilleras de algodón rosa y orilla azul, mostrando sus pantorrillas abotijadas, color de tierra mojada.
En Tacubaya se tomaba el tren de La Venta. Pero como demoraba aún en llegar, la multitud se dispersó por el mercado a comprar fruta y otros comestibles.
Apenas llegó un tren, todo se volvió gritos, risas y alegría. Constaban de un solo coche con departamentos de primera y segunda clases que en un instante fueron ocupados. No sólo los varones sino muchas muchachas que se quedaron sin asiento y, prendidas de los tirantes de cuero del coche, hicieron de pie el viaje.
Dejaron las calles principales y Chabelón inició la frasca:
—Canten El barrilito.
—¡El barrilito! —lo corearon con entusiasmo, y el señor Cuauhtémoc pidió la guitarra a su socio y la templó.
Chabelón, de suyo tan peripuesto, ahora vestía una guayabera color canela y altas botas de alpinista. Venía cortejando a la señorita Angelita, que por primera vez concurría a fiestas de la vecindad.
El barrilito surgió entre carcajadas y berridos: voces masculinas y femeninas, desafinadas, en falsete, estridentes de desgarrar los tímpanos. Rosita Amézquita, que pasivamente los había seguido, apretaba los labios en un tic de dolor. Un viejo pasajero dio un gruñido y se pasó al otro departamento. En vano, porque todos eran de la misma familia.
Sólo dos americanas maduras, vestidas de lino blanco, daban muestras de alegría, contagiadas por el regocijo del concurso.
—¿Y usted por qué no canta, Angelita?
—Porque no sé, Chabelón.
—No se necesita sino abrir bien la boca: fíjese —observó un pasajero hábil en convertir el coraje en risa.
Chabelón y Angelita lo miraron al sesgo.
—Las del interior somos muy payas.
—En cambio, los de la capital carecemos del sentido del ridículo. Mis felicitaciones.
La pareja volvió la espalda al intruso y se alejó algunos pasos de él.
—La verdad es que yo no me hallo entre sus amigas, Chabelón.
No era pretenciosa, sino ingenua. Con mucho trabajo Chabelón había conseguido el permiso de doña Elisa para que le permitiera concurrir al paseo:
—No tema usted nada. Toda es gente decente. ¿Las Escamillas? Ni sombra de las que conocimos. Desde que vino su hermano Cuauhtémoc, son muy otras y me las tiene en un puño. El señor Cuauhtémoc es muy rico y no más vive aquí mientras le acaban su residencia en la colonia Anáhuac.
Angelita le dijo en tono confidencial que ella estaba muy mal acostumbrada; que en su tierra la gente baja no se codeaba con las personas decentes y que ella era de buena familia.
Chabelón se quedó en ayunas.
Por un momento las americanas se distrajeron del pintoresco cuadro vernáculo por otro superior. Afuera, en estribaciones tapizadas de verde apagado, matizado de florecillas silvestres, apareció Cuajimalpa con sus aleros de tejas rojas y sus mujeres vestidas de los mismos colores de las flores en el fondo afelpado de verde marchito.
Gritaron muchas canciones de Agustín Lara y dijeron muchas majaderías con pretensiones de chistes agudos, hasta que el trencito se detuvo en su terminal. La multitud, como caballada, se precipitó a las puertas, atropellándose y estorbándose para bajar. Hubo más estrujones, gritos y carcajadas y el pasajero gruñón les gritó a voz en cuello:
—Cada cual se divierte como puede: los borricos retozando y rebuznando.
—No le hagan caso que está enfermo de neurastenia senil —respondió el señor Cuauhtémoc, coreado por las carcajadas del acompañamiento.
Conforme al lema de estos paseos, «estar contentos», hasta las abuelitas repicaron con sus gargantas de matraca. Los niños dieron la nota de la cordura dispersándose por el bosque sin pedirle permiso a nadie, ni ser advertidos por nadie.
Algunos campesinos se acercaron ofreciendo cabalgaduras que conducían de la brida.
—¿Le gustaría montar a caballo, Angelita?
—Me encanta. En mi tierra lo hacía casi a diario cuando era chica.
Era más bien un pretexto para alejarse del antipático grupo. Tomaron, pues, dos caballucos y, entrando por una sinuosa vereda, desaparecieron entre el tupido pinar. Chabelón iba ebrio de regocijo y dijo que aquél era el día más feliz de su vida. Se apearon cerca del Desierto de los Leones y se sentaron al arrimo de un añoso pino, sobre un tapete de hojas secas que los defendía de la humedad del terreno.
Angelita respiró profundamente, embriagada por el aire saturado de aromas resinosos y mirando el pedazo de cielo azul que asomaba entre las cimas del pinar.
—¿A usted no le gusta el paisaje, Chabelón?
—Mi mamita hacía versos.
—Su mamita no me quiere, Chabelón.
—Es muy buena, usted no la conoce.
—Me niega el saludo cuando me encuentra.
—Es distraída, no más…
—Pero yo estoy muy mal acostumbrada.
Chabelón le tomó una mano, y el conductor de las bestias, ducho en esos idilios, se acercó a cobrar el pasaje de ida y vuelta, y dijo:
—Cuando quieran volverse, patrón, ya sabe: me avisa con un chiflido.
Los demás concurrentes se habían internado en el bosque cerrado, en un ambiente húmedo y frío, adonde ni los rayos del sol lograban alcanzar. Llegaron a una gran glorieta bien asoleada, y allí se detuvieron. El bacardí y la cerveza pronto les devolvieron el calor perdido. De repente una voz fresca, bien timbrada y de expresión llena de ternura los sorprendió.
—¿Quién es?
—Rosita, mi hermana, que le gusta soñar despierta.
—¿Por qué nos ha dejado? Se oye lejos de aquí.
—Es así de extravagante. Sería capaz de volverse sola a tomar el tren a México.
La voz natural, sin cultivo alguno, era hondamente atrayente por su delicadeza expresiva. Pero a poco se extinguió y nadie volvió a preguntar por Rosita.
A poco todos estaban borrachos. Sólo la señorita Beatriz conservaba intacta su dignidad. Gravemente daba una conferencia acerca de nuestra riqueza, desde que México es dueño de su petróleo, pero ante un auditorio tan incomprensivo como distraído. Lolita, que fue la única en tomarla en serio, le dijo:
—No nos quiera tomar el pelo, chula. Ahora no somos dueños siquiera del maíz y del frijol que siempre fue nuestro. El maíz lo traen de la Argentina y el frijol del Japón.
La señorita Beatriz era una paradoja de carne y hueso o más bien de puro hueso. Flaca como espárrago, del no comer, era una de las más ardientes defensoras del presidente Cárdenas y sus sistemas de gobierno. Había gastado la primera mitad de su vida en sostener a un hermano holgazán que a puras trampas consiguió su título de médico, y ahora se gastaba la otra mitad en mantener al mismo holgazán sin clientela que se pasaba la vida tendido en un jergón, metido en una bata mugrienta y deshilachada o en la pulquería, siempre absorto y callado, «meditando en la inmortalidad del cangrejo», al decir de Lola. Y ella eternamente en la ventana, inclinada y de perfil, como viejo vitral empolvado, acabándose los ojos en finísimos bordados que una casa de Mexican Curios le pagaba en vil moneda depreciada y vendía en dólares americanos.
Cuauhtémoc, dedicado exclusivamente a Cuca Amézquita, despertó terribles celos en sus hermanas:
—Esta rota lo que busca es marido. Pero con nosotras se lleva chasco.
—¡Palabra que no hay derecho! Nosotras todo se lo aguantamos, hasta que nos lleve a la casa las muchachas que le gusten. Pero lo que es una novia, nada. Primero está el pan que comemos.
Cuando comenzaron a comer, el cielo se encapotó y se soltó una lluvia menuda y penetrante. Perros viejos, como brotados de la tierra, los rodearon, haciendo brillar sus ojos ávidos, jadeantes sin estar cansados y reteniendo gruñidos de gula no satisfecha.
Chabelón, sin soltar la mano de Angelita, seguía jurando que ése era el día más feliz de su vida, y ella repetía como boba:
—Pero su mamita no me quiere.
El soplo helado del viento junto con el vaho húmedo y cálido que salía del suelo les produjo ese malestar extraño que precede a las enfermedades serias. Angelita se levantó bruscamente:
—Vámonos ya, Chabelón.
Se juntaron de nuevo en el tejabán donde las señoras mayores se habían detenido a matar el tiempo tomando oranges y limonadas. La aparición de la pareja provocó una explosión de risas y aplausos, tan bochornosa para Angelita como de prestigio para Chabelón.
En el mismo vehículo subieron otra vez las americanas, ahora con grandes manojos de flores y su mismo regocijo infantil. Y todo fue risa y gritos y ademanes descompuestos de los que venían más ebrios.
—¡Viva la cucaracha!
Pasó el vetusto Cadillac apretado de viejas y niños y multitud de pañuelos blancos se agitaron con el aire.
—¿Quiere que baje la ventanilla, Angelita?
Más allá de los llanos reverdecidos, del mar de plata de las espigas de maíz, bajo la niebla, inmensos cuarterones baldíos y fangosos se extendían como multicromos tapetes: aceitilla blanca, mirasoles morados, estrellas de oro, y todavía más allá el finísimo manto de la helada llovizna cerrando los horizontes.
—Bájela si le molesta; a mí este aire apenas me refresca la cara.
El paseo acabó mal para el camarada Cuauhtémoc, que dio con sus huesos en la Comisaría por toda una noche. Haciendo chistes, había atropellado a un transeúnte. Primero bañó de lodo a una familia, metiendo las llantas intencionalmente en un bache. Eran señoras y niños. Y como no protestaron, detuvo un poco el coche, sacó una moneda de la bolsa y se la arrojó a la cara:
—Allí les va su níquel de a cinco para que se compren un cafión y se curen el resfrío.
Miguelito ocurrió muy temprano a pagar la multa.
—No te preocupes, Miguelito: esos cincuenta pesos se te convertirán en quinientos en cuanto abramos nuestro garage.