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La crónica de Justo Hebencio
Mi querido y admirado señor, obispo Asbag aben Nabil, Dios os ha otorgado un alma grande, una mente prodigiosa, una inteligencia sutilísima y, además, una sabiduría que vos habéis ido acrecentando diligentemente, enriqueciéndola con la lectura de incontables libros. En la vasta biblioteca de nuestro amo, el bondadoso y preclaro califa Alhakén, habéis encontrado las obras de insignes sabios de la humanidad. Ambos hemos escudriñado juntos esos saberes humanos y hemos compartido el deleite del conocimiento. Por eso, cuando me pedisteis que pusiera por escrito lo que vi y pude apreciar en mi estancia en la Gallaecia, inmediatamente acepté y me impuse como obligación esforzar la memoria para no omitir nada verdaderamente interesante de todo aquello que sucedió ante mis ojos entonces, aunque hayan pasado ya por mí las fatigas de dos largas décadas. Trataré pues de narrar con fidelidad lo que encontré en la última etapa de mi viaje, siendo consciente de que, como vos mismo me manifestáis, es lo que os resulta de mayor utilidad a la hora de preparar vuestra próxima peregrinación.
Llegar a Santiago de Compostela es —como tantos que han ido cuentan— una experiencia inolvidable. Después de ascenderse en abrupta pendiente por los apretados montes, entre bosques en los que el camino siempre discurre adentrado en las sombras, se llanea un tiempo. Pero luego aparece, como por la llamada de un ensalmo, la ciudad allá abajo, en el ensanchamiento de unos valles luminosos, proporcionándote una visión tan dichosa y formidable que los peregrinos han bautizado aquellos altos como «monte del gozo». Se avista en una primera mirada la portentosa iglesia mayor, la que alberga el sepulcro del Apóstol, con sus torres asomando en medio de un conjunto de edificaciones que circunda una muralla casi perfectamente redonda, admirable por emerger en el verdor de los prados, los huertos y las arboledas. Después se camina laderas abajo, salvándose todavía algunos altozanos en los que crecen, al pie de los altísimos árboles, matorrales resinosos y aromáticos arbustos. Los arrabales de Compostela constituyen una sucesión de pequeñas aldeas en las que la gente sale al paso de los peregrinos para ofrecer sus productos e indicarles la dirección de la única puerta que permite la entrada a la ciudad santa, la cual se abre hacia el poniente.
Por dicha puerta penetramos jubilosos en una plaza grande, a cuyo fondo, conforme se mira de frente, está el santo templo. Al que llega por primera vez, le admira y sobrecoge el soberbio soportal, bajo el que fluye como un río la multitud de fieles, arrobados los rostros, tanto de los que entran como de los que salen.
Descabalgamos en el centro de la plaza, abarrotada de gentío y bestias de carga; y fuimos apresurados, llevados en vilo por nuestra emoción, hacia la basílica. Nada más penetrar vimos a lo lejos el altar mayor, bajo el ábside principal, todo de piedra. Avanzamos a trompicones y tuvimos que hacer cola para penetrar en la cripta.
Velas y las lamparillas de todos los tamaños iluminaban tenazmente un espacio pequeño, cuadrado, en cuyo centro está el sepulcro. El alma se estremece en aquel sagrado lugar, porque se presiente muy cerca la fuerza del misterio…
Nos arrojamos de bruces al suelo frío y brotó de nuestros labios el rezo del credo:
Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem
factorem cæli et terræ, visibilium omnium
et invisibilium…
Ciertamente, sapientísimo señor mío, Asbag aben Nabil, es más fuerte y más verdadero lo que no se ve que aquello que alcanzan a ver nuestros pobres ojos; porque ver de verdad es saber ver más allá; bien lo sabéis vos…
Se guarda puntual memoria en Santiago de Compostela de lo que sucedió hace dos siglos, en tiempos de Teodomiro, obispo de Iria Flavia, cuando en el sitio que por entonces era el bosque de Libredón un eremita vio una aparición de luces en el cielo, como de estrellas, que iluminaban un antiguo cementerio, revelando el lugar exacto donde descansaban los restos del apóstol san Yacub el Mayor. Se dice que el cuerpo fue llevado por mar a la Gallaecia en una barca por los discípulos del santo, que lo enterraron allí precisamente por hallarse muy próxima la costa que se conoce desde tiempo inmemorial como Finisterrae, pues más allá está el dilatado mar que termina donde se acaba el mundo. Así se dio cumplimiento al mandato del Señor: «Id por toda la tierra y llevad la buena noticia», prometiendo a su vez: «Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo».
Enterado el obispo Teodomiro de que se había hallado el sitio donde yacía el cuerpo de san Yacub, lo puso en conocimiento del rey Alfonso II el Casto; el cual mandó edificar una iglesia en aquel lugar, al que desde entonces se llamó Campus Stellae, por la aparición de estrellas que se vio al descubrirse. Desde entonces, miríadas de peregrinos caminan hacia la nueva ciudad santa, con semejante anhelo que a Jerusalén o Roma.
Todo esto, con ensimismada elocuencia, nos relató el obispo Ero de Lugo, sin desdeñar aquellas leyendas o acontecimientos posteriores que la imaginación de la gente habría ido forjando con el tiempo. Y siempre, como antes hiciera en León, buscando excitar nuestra admiración y convencernos de que con el auxilio de tan poderoso valedor se habían ganado muchas batallas, como la reciente de Simancas, cuya sonada victoria tenía reunido al reino allí con motivo de la fiesta.
Todo el mundo en Compostela esperaba la llegada del rey, que podía producirse, según decían, de un momento a otro. Y para recibirlo, se había instalado en un lateral de la plaza una elevada tarima, cubierta con un dosel de paños de seda purpúrea, donde descansaban el solio real y las cátedras que debían ocupar la reina y los infantes. También, dispuestos en torno, estaban los escaños preparados para los miembros del Consejo y las banquetas donde debía sentarse la corte al completo. Fronteros a los muros del templo, resplandecían infinidad de estandartes, gallardetes y flámulas, creando un colorido tapiz que se agitaba levemente a causa de la brisa.
En las inmediaciones de la entrada aguardaban cientos de prohombres ataviados ricamente, expectantes, nerviosos por el gran acontecimiento que se avecinaba. Y allí mismo nos recibió y cumplimentó el obispo de la sede, Hermenegildo: hombre de poderosa presencia y pocas palabras. A su lado estaban Oveco, obispo de León, y el insigne Rudesindo, de quien decían que, no obstante su juventud, era la mente más lúcida de toda la Gallaecia. Incontables prelados, caballeros y damas revoloteaban alrededor, impacientes, escudriñando con sus miradas atentas la puerta de la muralla que se abría al poniente.
En un determinado momento, se aproximó a nosotros el frío conde Gundesindo, con su rostro terroso y consumido, por fin trasluciendo algo de entusiasmo, y nos dijo:
—Amigos, embajadores de Córdoba, hoy, si está de Dios, podréis al fin conocer en persona a nuestro señor el rey Radamiro. Pues, según anuncian los alféreces reales, es inminente su llegada.
Hasday ben Saprut acogió estas palabras con una sonrisa escéptica y observó irónico:
—Demasiada gente hay aquí reunida esperándole como para confiar en que pueda dedicarnos al menos un momento de atención.
—No os desesperancéis —repuso el conde con una enigmática expresión—. Todo será tener fe…
Esta contestación nos dejó algo en suspenso, pero decidimos renunciar a las protestas para disfrutar del vistoso espectáculo que teníamos ante nuestros ojos.
Transcurrieron quizá un par de horas y, en torno al mediodía, la gente empezó a levantarse de sus asientos. Se formó un revuelo, que fue creciendo poco a poco, hasta convertirse en un griterío.
—¡Allí! ¡Allí viene! ¡Mirad! —exclamaban.
Al parecer venía el rey al fin, confundido entre una aglomeración de peregrinos que se acercaba caminando por el centro de la plaza, todos con semejantes hábitos, con bordones en las manos y los pies descalzos.
—¡Aquél! —gritaba el gentío—. ¡Aquel de allí es! ¡Mirad! ¿No lo veis? ¡Viva! ¡Viva el rey!…
Por más que mirábamos nosotros, sólo veíamos hombres barbudos y hábitos pardos, sin poder distinguir quién era Radamiro, puesto que no lo habíamos visto nunca. Y un momento después, empezó a formarse un corro alrededor y muchos de los prelados, condes y prohombres se inclinaron, haciendo reverencias. Entonces vimos entre los peregrinos a don Bermudo y pensamos que estaría entre los que caminaban más cercanos al rey. Así que nos arrimamos, confiando en que él nos diría quién de todos ellos era el monarca y tal vez nos abriría el paso hasta alcanzarlo.
—¡Vamos! —dije—. Los peregrinos van a entrar en el templo y el rey está entre ellos según parece. Acerquémonos más para que él nos vea y nos facilite las cosas.
Así lo hicimos. Entramos de nuevo en la basílica, apretujados entre la muchedumbre, y vimos cómo los peregrinos iban a postrarse ante el altar.
Un momento después, sucedió algo que nos dejó pasmados. Avanzó el obispo de León, Oveco, llevando un manto de armiño en sus manos, hacia donde los caballeros peregrinos estaban arrodillados.
—Ahora revestirán al rey —explicó a nuestro lado el obispo Ero—. Es un momento emocionante…
Y nuestra sorpresa fue enorme cuando vimos que el manto era puesto sobre los hombros de don Bermudo y, acto seguido, su cabeza coronada con una diadema de oro.
—¡Viva el rey! —Se pusieron a gritar en derredor—. ¡Dios guarde a nuestro señor Radamiro! ¡Viva, viva, viva…!
Hasday y yo nos miramos, atónitos, sin poder comprender de momento lo que estaba sucediendo ante nuestros ojos. Pero enseguida el judío exclamó con asombro y admiración:
—¡Increíble! Resulta que hemos estado comiendo y bebiendo día tras día con el rey Radamiro… ¡Menudo zorro! Y le llamábamos mula terca…