15

ANDREA va y viene frenética porque odia llegar tarde a clase y Anunziata no aparece.

El viejo, prudente, se ha replegado a su cuarto para quitarse de en medio. De pronto, ella se asoma:

—¿Se atreve a quedarse solo con el niño, papá? Está dormido y Anunziata no tardará. ¡Tiene que venir; cuando le pasa algo me telefonea!

«¡Mira que preguntarme si me atrevo…! ¡La que no se atreve a dejármelo eres tú!». El viejo, riéndose interiormente, disimula su felicidad poniendo cara de circunstancias.

Andrea se marcha a toda prisa y él se queda pidiendo a la Madonna que le despierte a Brunettino, para cogerle en brazos. Entre tanto, pasa a la alcobita, contempla al niño y se dispone a sentarse en la moqueta. Pero no le da tiempo: aún suena el contrapeso del ascensor en el que baja Andrea cuando oye rechinar las poleas del de servicio… «¡Me fastidió la vieja!», piensa, mientras sale al pasillo de mala gana.

Le detiene el asombro: frente al perchero, una muchacha cuelga una larga bufanda amarilla y se quita un chaquetón de punto. Viste falda violeta como agitanada, con motivos orientales estampados, y calza altas botas color avellana. Cuelga también un bolsón de cuero y ahora se quita la boina, liberando su largo pelo negro. Al volverse muestra bordados de colores en el chalequito, sobre su blusa. Sonríe: boca grande, dientes blanquísimos. Avanza:

—Zío Roncone, ¿verdad? Soy Simonetta, la sobrina de Anunziata. Mi tía se ha puesto enferma.

Tiende la mano como un muchacho. El viejo se la estrecha y sólo acierta a decir «¡Bienvenida!». Ella continúa:

—Llego tarde, ¿verdad? ¡Maldito tráfico! ¡Desde Martiri Oscuri hasta la plaza, el veinte parando a cada momento! ¡Uf, Milán es odioso!

Mientras habla avanza hacia el baño de servicio sin hacer apenas ruido, a pesar de las botas. El viejo la sigue con los ojos hasta que la falda volandera desaparece justo antes de ser atrapada por la puerta que ella cierra.

También las mujeres de Roccasera vestían faldas de vuelo, cuando él era joven. Rojas, las casadas; negras, las viudas; marrón, las solteras; todas, con cenefa de otro color. Y también ellas bordaban motivos populares de colorines en sus corpiños negros. Pero se ceñían además sobre los hombros unos mantoncillos triangulares anudados a la espalda.

Algunas se cubrían la cabeza con la vancala, el tocado de Tiriolo y su comarca. Ninguna calzaba botas, sino abarcas o alpargatas, y nunca, nunca, salían de su alcoba con el pelo suelto. «No obstante, ésta es como ellas: ríe con los mismos dientes y con esos ojos negros… Sí, los mismos ojos: ¡aquellas mozas de Roccasera!».

Reaparece la muchacha. El guardapolvo de su tía se ciñe a sus formas de mujer. Sólo calza gruesas medias de lana.

—Las zapatillas de su tía están en… —explica el viejo, pero ella le ataja:

—No las necesito. En casa siempre estoy así.

Aquellas mozas de Roccasera también solían andar descalzas en el buen tiempo, incluso fuera de casa. Ahorraban medias, y…

El viejo suspende sus añoranzas y corre hacia su cuarto, en donde se ha metido la chica con los chismes de la limpieza.

«¡Madonna, va a descubrir el bacín!».

En efecto; casi tropiezan los dos en la puerta. Ella lo lleva en la mano para vaciarlo y al viejo le da apuro. «¿Por qué? —se reprocha en el acto—. Es lo suyo, faena de mujeres».

—Deje, deje, ya lo llevo yo —dice risueña la chica, reteniendo el orinal en su mano—. En casa vaciaba el de mi padre… También era del Sur. Siracusano.

—Entonces le gustarían los quesos fuertes… —se le ocurre previsoramente al viejo, preparando así una explicación de su despensilla particular y secreta, por si la chica la descubre. Pero a Simonetta ya le advirtió su tía que no debe darse por enterada del escondite en los huecos del diván-cama.

—Sí, le gustaban mucho, como a mí… Se mató en una obra; era albañil. Mi madre murió poco después. Hermana de Anunziata.

La chica, mientras habla, ha iniciado eficazmente el arreglo de la habitación. El viejo, en vez de batirse en retirada, como los demás días, sigue gustoso la charla. «Una moza que odia a Milán… ¡Vaya, merece oírla!».

—Claro que odio a Milán. Me encanta el campo y los animales. Todos… ¡Todos —insiste riendo—, hasta las moscas!… Por eso estudio veterinaria.

El viejo recuerda al veterinario de su juventud, gordo y coloradote, de cuello duro y corbata, siempre dejando caer ceniza de un puro, hasta cuando estaba curando a las bestias.

—Había que bajárselas a Sersale —le cuenta a Simonetta—, sólo se molestaba en subir a Roccasera para mandar matar ovejas o cabras, cuando se les inflaba la tripa con la epidemia… Se las escondíamos aunque viniera con los carabineros, porque algunas se salvaban ¡y una cabra es una cabra!… Seguro que tú subirás a la montaña mejor que aquel comesopas del Gobierno, amigo de los marqueses… Porque tú serás todo lo estudiante que quieras, pero se ve que no te importa limpiar, ni trabajar con tus manos… ¿No tienes calor con la calefacción y esas medias tan gordas?

—¡Qué va! ¡Si no son medias! Son calcetines, para que no me rocen las botas.

Levanta la bata hasta descubrir la rodilla desnuda. «Así iban aquellas mozas de Roccasera en mis tiempos —explica a Simonetta— sólo que a eso ellas le llamaban medias, porque no las había más largas». El viejo se abstiene de añadir que ninguna hubiera enseñado tan fácilmente la rodilla. El mozo que lo lograba de alguna ya podía esperarlo todo… y acababa consiguiéndolo.

El viejo la ayuda a terminar la cama y ella lo acepta con naturalidad, así como en otras habitaciones. En un momento dado, la Simonetta le mira con asombro, como cayendo en la cuenta:

—Yo creía que en el Sur los hombres no hacían estos trabajos.

—Y no los hacemos. Pero esto no es el Sur.

El viejo comprende que eso no es suficiente y se siente como sorprendido en algo feo.

Pero le viene un recuerdo exculpatorio:

—Tampoco cuidamos niños y yo me ocupo del mío… Además, durante la guerra, en la partida, nos lo hacíamos todo: lavar, coser, guisar… Todo.

La chica corta la corriente de la aspiradora y en el súbito silencio le mira con ojos brillantes:

—¿Fue usted partisano? ¡Qué fantástico!

Ahora les toca a los ojos del viejo iluminarse: ¡es tan raro encontrar jóvenes interesados por la guerra! No quieren oír hablar de ella, pero ¿qué sería de esos desgraciados si los viejos de ahora no hubiesen luchado? ¡Trabajarían como esclavos para los alemanes!

—¿Dónde luchó, dónde? —pregunta Simonetta—. ¿Dónde había de ser? ¡En la Sila, en mis montañas! Allí no podía cazarnos nadie, en la Grande y la Pequeña Sila. A veces llegábamos hasta la Sila Greca, para enlazar con los de la zona. Pero no nos necesitaban, ¡menudos luchadores son! Descienden de albaneses, ¿sabes?, llegados en tiempo de los turcos. Conservan todavía hasta sus popes, porque también padecen de curas, pero los popes se casan y son muy bragados. Una vez…

Trabajan y hablan, se afanan y recuerdan. Para el viejo es como haberse reunido con un camarada y resucitar aquellos tiempos… De pronto, el llanto del niño: ambos corren hacia la alcobita. El viejo mira la hora en su reloj. ¡Increíble, cómo se le ha pasado la mañana!

Simonetta le hace carantoñas al niño, que palmotea y ríe sentado en la cuna, dejando caer un hilito de baba.

—¡Le gusto!, ¡le gusto! ¡Mire cómo ríe! —se ufana la muchacha, y añade—: ¿Puedo cogerle o usted también dice que eso no es bueno?

Y como el viejo ríe a su vez, protestando de que le atribuyan tales aberraciones, la muchacha levanta al niño y lo estrecha en un vivo gesto tan instintivamente maternal que el viejo se conmueve. ¡La zía Panganata, Tortorella, aquellas madres de Roccasera…!

El niño también percibe el calor del gesto y se instala como un gatito entre los pechos y los brazos que le estrechan. Con una manita rodea el cuello de la muchacha, mientras tiende la otra hacia el viejo, que se le acerca hasta sentir el bracito en torno a su cuello.

El chiquitín aprieta y ríe. ¡Ese otro olor, junto al de Brunettino; esa caricia de cabello negro en su piel!

Revelación para el viejo de que su compañero de faena y de recuerdos guerreros es una mujer. De mujer ese aliento, ese rostro tan próximo, tan próximo al suyo…

El descubrimiento le turba, pero de un modo nuevo, porque con ese niño en sus brazos la muchacha se hace madre. ¿Madre de Brunettino?

El viejo suspira en esa confusión. El niño se cansa pronto. Patalea y tiende la manita hacia su plato vacío, amarillo disco de plástico sobre la cómoda.

—Es su hora, ¿verdad? —apunta Simonetta.

—Sí; debe de tener hambre.

—Quédese con él; yo le haré la papilla.

—¿Sabrás prepararla? —se asombra el viejo, porque las muchachas de ahora ignoran esas cosas.

—Mi tía me lo explicó. Además, yo he cuidado niños. Estuve au pair en Suiza el año pasado, ¿qué se cree?

Lo ha dicho ya desde el pasillo, con un risueño tonillo desafiante. El viejo permanece en la alcobita. «¡Cuántas cosas necesita un niño! Alimentarle, cambiarle a cada paso, bañarle, dormirle, curarle… Y otras más difíciles: calzarle esos zapatitos que Brunettino se quita con tanta facilidad, hacerle echar el aire que se traga, abrocharle esos malditos botones… Hace falta ser mujer para aguantar así meses y meses… ¡Bueno, mujer como es debido!».

El viejo se asombra de cómo una estudiante se ha conquistado ya al chiquillo, que jamás tomó una papilla más dócilmente. Luego se lo llevan a la cocina, donde los enredos del niño tocándolo todo, tan exasperantes para Andrea, desatan la risa de Simonetta, que juega con Brunettino mientras avía unos platos. El viejo, incorporándose a la fiesta, revela el secreto de su despensilla privada y aporta manjares meridionales para alegrar el frío mundo gastronómico de Andrea.

—¡Vaya queso rico! —exclama Simonetta devorándolo. Y, naturalmente, Brunettino también exige probarlo.

—¡Pues si cataras los que hacemos en casa…! ¡Rascu ahumado, o el butirri, con mantequilla dentro…! Pero hay que comerlos allí, saben mejor; sobre todo en la solana de atrás, viendo a lo lejos la montaña. O en día de merienda, a la sombra del castañar. ¡Allí, bajo los árboles, en los días despejados se domina casi todo el país, hasta nuestro mar, a lo lejos!

—¡Me encanta el mar! —exclama Simonetta con la boca llena.

—¡Tonterías! Donde esté la montaña que se quite todo. El mar no es para los hombres; si lo fuera, naceríamos con aletas, ¿es que no?… Aunque —añade pensativo— yo viví unos días junto al mar, el de Rímini, tan azul al mediodía, tan violeta por la tarde…

La muchacha se levanta para alcanzar el vino y se detiene a rodear la silla del viejo.

Desde atrás le acaricia la cabeza cortándole la nostalgia, y declara con desarmante naturalidad:

—Me gusta su pelo, zío. Un gris tan igual, tan crespo y recio… ¡Ojalá mi Romano llegue a ser como usted cuando sea viejo!

—Y a mí me gusta que me llames zío —replica el viejo ocultando su turbación, acrecentada al verla beber con tal viveza que un hilillo rojo resbala por la barbilla femenina sugiriendo la sangre. Sangre, como si le hubiera mordido el labio, sangre de ese cuerpo rotundo y joven… Pero ya se limpia ella con el dorso de la mano y el rostro recobra su inocencia perdida.

Explica luego, riéndose, que Romano es su amigo.

—Estudia medicina, zío. ¡Así curaremos a todo el pueblo entre los dos, hombres y animales! Es comunista, como yo. ¡Mi tía Anunziata no le puede ver! —concluye, riendo aún más.

—El comunismo son fantasías, muchacha. Mis tierras son mis tierras; ¿cómo van a ser de otro?… Eso sí, tus comunistas lucharon en la guerra con redaños, y eran buenos compañeros. Dejaron de serlo al final, como todos, cuando se echan a la política y a los cursos.

—¡Todos no! —se exalta ella—. Y hay que hacer política para la libertad… ¿O crees que se puede arreglar nada desde cada pueblo, sin ocuparos más que de vuestras tierras?

En su apasionamiento ha empezado a tutearle, como a un camarada. Y, acabado el arreglo de la casa, pasan a ver la televisión… En el cuarto de estar la discusión se enzarza, interrumpida de vez en cuando para bajar a Brunettino del sillón a donde ha trepado o para quitarle de las manos el frágil cenicero de Murano. «Habla como en los mítines —piensa el viejo escuchándola—. ¡A estos comunistas, labia no les falta!».

Simonetta expone ideas y admite que las debe a su novio. Antes de conocerle sólo pensaba en aprobar los exámenes y luego ganar dinero, pero Romano la hizo consciente… ¡Oh, Romano!

—¡Claro que quiere acostarse conmigo! —responde abiertamente a una alusión del viejo—. ¡Y yo con él!… ¿Qué dices de quince años, zío? ¿No tienes ojos? ¡He cumplido ya diecinueve!

«A los trece, mis mozas de Roccasera ya eran tan cautas y reservadas como las mujeres. En cambio, esta Simonetta…, ¡libre como un muchacho!… El caso es que hace bien, resulta hasta bonito, limpio», piensa el viejo, asombrándose de tener tales ideas.

—No, todavía no hemos hecho el amor. No sé por qué… —y, súbitamente seria, continúa—. No habrá llegado la hora… No queremos empezar de cualquier modo. Romano dice que el principio no hay que estropearlo. Pensamos hacer un buen viaje los dos cuando tengamos dinero… ¡Ya nos desquitaremos, ya! —prosigue, nuevamente alegre—. ¿Cómo dices? —mohín de ofendida—. ¡Pues claro que es guapo; más que yo!

«¿Más que ella? —duda el viejo—. Ciertamente, guapa, guapa, no se la puede llamar… ¡Ni falta que le hace! Tal como es llena la casa… Hasta la televisión interesa con sus comentarios».

Las horas vuelan. Cuando llega Andrea, paga a la muchacha y se parapeta tras de sus papeles, parece que Simonetta, otra vez en la puerta, acaba de entrar. Pero es al contrario: ha concluido y se prepara para irse. El niño quiere impedirlo agarrándose a su falda y chillando, pero acude Andrea y se lo lleva hacia dentro.

El viejo ayuda a Simonetta a ponerse el chaquetón y ella se coloca la boina y se arregla femeninamente el pelo. Se cuelga el bolsón del hombro, se lía al cuello la bufanda amarilla y se vuelve dejando resplandecer su sonrisa:

—¡Qué bien lo he pasado! —exclama sencillamente.

Tiende la mano como cuando llegó, como a un camarada. Pero cambia de idea antes de que el viejo la estreche y le pone en los hombros sus manos, besándole suavemente en la mejilla.

Arrivederci, zío Bruno.

—Hasta la vista, sciuscella —responde el viejo gravemente, bendecido por el roce de esos labios.

Simonetta abre a medias la puerta, se desliza por el hueco y cierra despacio, dejando en prenda la estela de una última mirada risueña, cándidamente cómplice.

El viejo oye la puerta del ascensor. Lentamente llega hasta la alcobita, donde se sienta junto al niño, por fin dormido. En la penumbra crepuscular destaca la brasa de la mariposa enchufada por Andrea. El aire se hace cáliz para el olor lácteo y carnal de Brunettino; el silencio enmarca su respiración tranquila.

Suenan las campanas del Duomo, en alas del viento sur. ¡Las seis ya! El viejo cae en la cuenta de que la bicha ha estado tranquila todo el día… Claro, conquistada también por esta muchacha que es como aquellas mozas.

Para Santa Chiara la gente subía hasta los castañares comunales por el camino de la ermita, a lo largo del arroyo, llevando en andas los panes de la santa, que a mediodía se subastarían. En el soto, pasadas las últimas viñas, brotaba el manantial en un hoyo clarísimo, donde el agua rebosante sólo se dejaba notar por las ondulaciones del afloramiento. Ya se podían comer las uvas y aunque las tardes, lentas y doradas, eran todavía de verano, los crepúsculos derramaban ya una otoñal melancolía. El pueblo había descansado de la cosecha y se aprestaba para la otra gran faena en la rueda del año: la vendimia.

«¿Por qué recuerdo aquello, Brunettino, como si estuviera allí cuando joven?… ¿Será que ahora me espera otra faena como a aquella gente, niño mío? ¿Después de mi cosecha, mi vendimia?… Y esta muchacha, ¿sabrá lo que quiere decir sciuscella: más que bonita y buena, no hay palabras en Milán?… Pero ¿qué importa saber? ¿De qué sirve?… Yo tampoco sé cómo no me he sentido cachondo con ella ni un momento; ni siquiera cuando le rebosó el vino de la boca… Ya ves, ¡ni me molestó pensarla luego en la cama con su Romano!… Eso antes me cabreaba y no es que yo esté tan rematado, aunque la Rusca ha empezado a comerme más abajo… Eso es que hoy ha pasado algo…».

Cavila un rato sin palabras y luego piensa para el niño:

«Recuerda bien lo que te digo, hijito; no lo olvides: las mujeres te sorprenderán siempre. Crees que ya conoces toda la baraja, desde la reina a la sota, y te sale una carta nueva… ¿Qué ha pasado hoy? Ella abrazándote como madre ya hecha ¡cuando ni siquiera sabe aún de hombre!… Y yo, viéndole esas caderas, sintiendo su mano en mi pelo, y sin animarme… ¿Tú lo entiendes?».

Se desarruga, sin embargo, su ceño y sonríe.

«De todos modos, ¡qué buen compañero hemos tenido hoy!, ¿verdad? El mejor para ti, y para mí… Si fueses niña tendrías que ser como Simonetta, para dar gozo a tu abuelo… Pero ¡qué tontería! ¡Niño, niño te quiero para ser hombre!… Chocheo, ¿será eso? ¿Me estaré haciendo viejo?… Estos pensamientos, ¿quizás una señal? ¿Me la mandas tú, Salvinia? ¿Vienes a ponerme otra vez en mi camino, como cuando me guiaste para cruzar la plaza contra todos, cuando me metiste en la cama de la Rosa?… Y si no, ¿por qué se me ocurren tales cosas?… ¿Por qué se me presentan ahora tan vivas las mozas de Roccasera? ¿Por qué se ha presentado otra moza como ellas, aquí en este Milán?».

Una idea se le hace de pronto posible:

«¿Para ti, niño mío? ¿Para ayudarme a hacerte hombre? ¿Para tus bracitos ese cuerpo, para ti esos pechos, para tu boquita?».

Contempla los morritos en la cara dormida y se ríe en silencio de sí mismo.

«¡Pero no es tu madre, tesoro, no es tu madre! No tienes más pechos que los míos. Estamos solos, todo he de hacerlo yo, todo… ¡Ah, mi vendimia; ahora lo veo claro!».

De súbito, sin previa decisión consciente, se levanta, abre cauteloso el armario del niño y saca un pelele que esconde bajo su chaqueta. Andrea no notará el bulto si se cruza con ella en el pasillo; ¡es tan pequeño ese cuerpecín!

Llega hasta su cuarto y esconde el pelele del niño en otro hueco de su cabecera. Por las noches se adiestrará en abrochar y desabrochar los botoncitos que días atrás derrotaron a sus manos. Pues aunque son de hombre, ¡ay de quien lo dude!, él las hará también manos de mujer para Brunettino.