CAPÍTULO 2
Me asomé de nuevo a la ventana, tratando de poner en uso mis dotes de termómetro humano. El día había resultado caluroso pero a mediados de marzo, la noche se enfriaba de manera considerable y por estúpido que resultase, no quería presentarme en aquella cena hecha un cuadro. A tenor de la conversación que había mantenido con Victoria hacía apenas una hora, mi situación personal sería, con toda probabilidad una de las mejores en comparación con mis antiguos compañeros de instituto y aunque eso debiera resultar suficiente, yo era plenamente consciente de que en lo que a trapitos se refería, nunca había sido lo que podía considerarse un modelo a seguir. Bien pensado, ni siquiera sabía qué importancia podía tener aquello pero... sonreí al pensar de nuevo en Marcos. Por estúpido que a mí misma me resultase, el hecho de causarle buena impresión se presentaba como algo importante. No era que esperase dar continuidad a algo que para mí había sido siempre una historia a punto de empezar pero supuse que todos teníamos ese punto de orgullo que hacía que, de algún modo, Marcos llegase a lamentarse de no haberme prestado la atención que en su momento solicité de alguna forma sin llegar a recibir. ¡Qué absurdo! Como si sentirse atraído por alguien fuese algo que pudiera elegirse. Aun así.
Después de mucho dudar, acabé decantándome por algo desenfadado, un vaquero oscuro con pedrería y una camisa roja que acompañaría con una ajustada chaqueta negra.
Justo cuando terminaba de retocar mi pelo y maquillaje, el claxon del coche de Marga me avisaba desde abajo.
*****
Definitivamente mis dotes para encandilar a los clientes estaban funcionando de maravilla con mis antiguos compañeros de clase en el instituto. Mis falsas sonrisas no delataban en ningún momento lo que estaba pensando en realidad. Los comentarios jocosos de Marga y Victoria eran lo único que estaba dotando a la noche de algo que mereciese la pena. No podía creer que la todopoderosa y popular Silvia Benavente hubiera terminado convertida en la mujer regordeta y agria que llevaba casi dos horas taladrándome con la mirada. O que el apuesto Carlos Andrade se hubiera quedado calvo y tratase de cubrir su evidente alopecia con el lamentable truco de peinarse dos mechones de pelo sobre la superficie de su cabeza. Tampoco que el feúcho Andrés Catalán hubiera derivado en el hombre resultón que llevaba toda la noche ligando con la camarera del restaurante. Y mucho menos que Marcos Saavedra no hubiera tenido la decencia de aparecer aún. ¿Dónde demonios estaría metido? Hacía un buen rato que le había echado el ojo a Martín García, su mejor amigo en aquel entonces pero el buenazo de Martín, que había cambiado sorprendentemente poco, charlaba de forma distendida con Pilar Guzmán y Maite Sevillano, flamantes organizadoras del evento.
La cena discurrió entre un sinfín de anécdotas interminables en boca de unos y otros, brindis por tiempos mejores, puestas al día de nuestras respectivas situaciones actuales y, finalmente, conversaciones en pequeños grupos que pusieron el punto y final a una velada que no había resultado tan pesada como había imaginado, aunque continuase guardando para mí un sabor agridulce. No me había atrevido a preguntarle a nadie por él pero su ausencia supuso una pequeña decepción para mí y no podía negarlo.
El frío arreciaba a aquella hora de la noche y lo único que desprendía en mí algo de calidez eran mis propias mejillas, merced de las copas de vino que había ido tomando a medida que la cena avanzaba. Una fina llovizna empapaba despacio el suelo del aparcamiento y mientras Marga y Victoria charlaban animadamente con algunos de los más rezagados, me apresuré a dar alcance a Martín. Siempre me había considerado una persona práctica y acabar la noche con la estúpida duda de por qué Marcos no había ido a la cena, resultaba absurdo.
—¡Martín!
Él se detuvo, con la llave de su viejo coche, dentro ya de la cerradura.
—¡Claudia! —exclamó, sonriendo—. Me ha alegrado mucho volver a verte esta noche. Ojalá puedas dejarte caer más a menudo por estas cenas.
—Me encantaría, aunque en mis circunstancias, me resulta un tanto difícil.
—Lo entiendo. No puedo creer que estés viviendo en Estados Unidos. Nueva York, la ciudad de los rascacielos. Siempre supe que llegarías alto.
Sonreí al pillar la broma.
—Oye, ¿sabes... sabes por qué no ha venido Marcos? Me hubiera gustado saludarle y... como no sé si podré volver pues...
—Marcos no ha podido venir. Lo cierto es que tiene bastantes ocupaciones en estos últimos meses.
—Entiendo... —Mentira. No entendía nada. ¿Ocupaciones? ¿Qué ocupaciones? ¿En serio no podía tomarse una mísera noche para ir a cenar con un viejo grupo de amigos?
—¿Tienes... alguna forma de contactar con él? No sé, tal vez pueda llamarle y saludarlo antes de volver a Nueva York. Me hacía gracia veros a todos. Por una vez que puedo estar aquí...
—Pues lo cierto es que perdí su número de teléfono; siempre fui un desastre con esas cosas pero puedo darte su dirección por si te apeteciera ir a verle.
Necesité unos segundos para reaccionar. ¿Ir a verle? Supuse que había interiorizado tanto la idea de no tenerlo delante, que la respuesta de Martín me dejó helada.
—Claro —respondí, de forma automática—. Quizás...
La naturalidad con la que Martín tomaba mi interés por Marcos hacía evidente que nunca debía haber sospechado cuáles fueron mis sentimientos hacia él, cosa que agradecía en aquel momento de apuro.
Martín apuntó la dirección en un papelillo y me lo entregó antes de marcharse, despidiéndose de mí con dos besos en las mejillas. Siempre había sido un chico muy majo y me congratulaba saber que seguía siéndolo.
Mientras su coche desaparecía, perdiéndose en la negrura de la noche, leí el papelillo que me había entregado. ¡Por Dios! Marcos vivía a más de 330 kilómetros del pueblo. ¿Qué lo habría llevado tan lejos? ¿Mujer? ¿Hijos? ¿Trabajo? Por un lado me arrepentí de no haber aprovechado la presencia de Martín para bombardearlo a preguntas pero por otra parte, estaba segura de que, de haberlo hecho, hubiera levantado sospechas; unas absurdas e injustificadas sospechas, pues al fin y al cabo, sólo me hacía gracia saludar a alguien que me había despertado algo bonito en mi adolescencia. Por supuesto yo estaba prometida con James, a quien amaba profundamente pero una cosa no tenía nada que ver con otra.
Marga me arrebató el papelillo de la mano, mientras Victoria me echaba el brazo por encima del hombro.
—No puedo creer que no haya un mísero soltero decente en toda la promoción —se quejó esta última.
No respondí. ¿Qué se suponía que debía decir?
—¿Qué es eso? —le preguntó Victoria a Marga—. ¿Ligando con Martín, Claudia? —me espetó a mí—. ¿Qué diría el americano?
—Déjate de estupideces, ¿quieres? —respondí, azorada.
—No estaba ligando con Martín —intervino Marga—; sino que estaba sonsacándole información. ¿Sigues pensando en Marcos Saavedra?
—¡No! —gritó Victoria, sonriendo.
—Por Dios, ¿qué estás diciendo? —exclamé, indignada—. Me ha extrañado no verle en la cena y simplemente le he preguntado a Martín. Nada más.
—Marcos no ha venido a las tres últimas cenas organizadas —me aclaró Victoria, como si tratase de hacer memoria.
—¿Y para qué quieres su dirección? —preguntó Marga, con socarronería.
—Eso es —intervino otra vez Victoria—. Dámela a mí, que soy quien busca marido. Tú ya tienes al tal John.
—James —la corregí—. Y no la quiero para nada, evidentemente. Pero Martín se ofreció a dármela y no quise quedar mal con él.
—Marcos era el chico más guapo de la clase —murmuró Marga, sacándome una sonrisa.
—Y Claudia estaba loquita por él —añadió Victoria.
—Cortad ya, ¿vale? Y vámonos a casa. Es tarde.
—¿No es bonito, Viky? —preguntó Marga, siguiendo con su particular broma—. Han pasado 14 años desde la última vez que se vieran y Clau sigue pensando en él.
—Eres idiota. Lo sabes, ¿verdad? —respondí, dando media vuelta y caminando hasta el coche.
Sentía los pasos y las risitas de Marga y Victoria detrás de mí.
—Tienes su dirección —volvió a decir la primera de ellas—. ¿No te gustaría ir a verlo?
—No —respondí sin volverme.
—¿Por qué no? —intervino Victoria—. Ponerte delante de esos ojitos azules y saber qué sientes 14 años después.
Reí y, esta vez sí, me volví.
—Nada, por supuesto. Oíd, sólo lo recuerdo con cariño, con cierto grado de nostalgia pero... por el amor de Dios, voy a casarme con James y si le conocierais, concordaríais en que es un hombre excepcional.
—Nadie te discute eso —respondió Victoria, resuelta—. Pero no puedes empezar una vida con alguien cuando en tu corazón aún vive otra persona. Tres son multitud en asuntos de amor. Créeme.
Reí de nuevo, una risa entre nerviosa y sincera.
—Victoria, cuando bebes pierdes el norte Te lo he dicho mil veces.
—El norte lo perdiste tú la primera vez que viste a Marquitos —dijo entonces Marga— y por fascinante que resulte, 14 años después aún no te has recuperado.
—Definitivamente no se os puede decir nada. Anda, vámonos.
—Oye, ¿por qué no vamos a verlo? —preguntó Marga de nuevo, agarrándome de la mano.
Suspiré, sin decir nada, tratando de calibrar el grado de seriedad que mis amigas estaban concediéndole a aquella alocada conversación.
—¡Sí! —exclamó Victoria, entusiasmada—. Tómalo como una especie de... despedida de soltera.
—¿Despedida de soltera? Me caso en medio año, no mañana. Además, Marcos no es ningún streaper.
—Para nuestra desgracia —respondió Victoria—. Sobre todo, la tuya.
Marga estalló en carcajadas mientras yo negaba con la cabeza. Pero si tan loco me parecía todo aquello, ¿por qué no había subido ya al coche y apremiado a las chicas a marcharnos? ¿Por qué seguía allí de pie, bajo la fina cortina de lluvia, escuchándolas y considerando su alocada sugerencia?
—Estás muy segura de que ya no sientes nada por él —continuó Victoria—. En ese caso, dedícate a saludarle, despedirte de alguna manera y darle carpetazo a lo que pudo ser y no fue. Cásate con tu americano totalmente decidida.
—Viki estoy totalmente decidida a casarme con él. Marcos no es ninguna traba en eso y... es tan surrealista que tenga que explicaros esto...
—Bueno, si estás tan segura y no temes lo que Marcos pueda despertar en ti, entonces vayamos a verlo —intervino Marga—. Carlos estará de viaje dos días por el dichoso trabajo. Casi agradecerá que no los pase sola.
—Me marcho pasado mañana. Me iría bien descansar durante el día y pasar un rato con mis padres. Apenas les he visto el pelo.
—Oh, vamos —se quejó Marga de nuevo—. Ganas tanto dinero que puedes venir cuando te venga a gana a ver a tus padres. Pero esta... esta puede ser una ocasión única, Claudia.
Suspiré mientras negaba con la cabeza. No podía negar que ver a Marcos me hacía ilusión y por alocado que todo aquello resultase, acabé por aceptar, aunque con toda seguridad las copas de más tuvieron algo que ver en aquella determinación.