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El coche circulaba a través de la campiña. Era una berlina militar con grandes faros cromados y guardabarros de un negro brillante. El sol calentaba la capota y Lantier había bajado el parabrisas para que le diera el aire.
Atravesaba los pueblos entre gritos de chiquillos y se levantaba la gorra para saludar a los hombres que trabajaban en los campos. La víspera habían estallado tormentas y había que apresurarse a recoger los últimos bancales de trigo candeal. El aire olía ya a otoño y aquí y allá los bosques adquirían los primeros reflejos pardos.
Se había empeñado en viajar con ropa de civil, para acostumbrarse ya a la nueva vida que empezaba. Pasado Orleans, se sintió impaciente por llegar a París, por reunirse con su mujer y sus hijos. ¿Cómo se tomarían el regalo que les llevaba? Prefería pensar que se sentirían dichosos de verlo feliz. Pues, a decir verdad, no era un regalo muy bonito. Por lo demás, Morlac no había puesto dificultad alguna en obsequiárselo…
De vez en cuando, Lantier se volvía hacia el asiento trasero y echaba una ojeada para asegurarse: no, realmente no era un regalo muy bonito. O más bien, era únicamente a sí mismo a quien se lo hacía.
Alargó el brazo y notó las viejas quijadas bajo su mano. Decididamente, qué regalo tan extraño.
—¿A que sí, Guillaume? —gritó.
Y también el perro pareció sonreír.