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A la una del mediodía, con el calor que aplastaba la ciudad, los ladridos del perro eran insoportables. Llevaba allí, en la plaza Michelet, dos días, y hacía dos días que ladraba. Era un perro grande, marrón y de pelo corto, sin collar, con una oreja desgarrada. Ladraba metódicamente, una vez cada tres segundos más o menos, con una voz grave que volvía loco.
Dujeux le había tirado dos piedras desde el umbral del antiguo cuartel, que había sido transformado en prisión durante la guerra para los desertores y los espías. Pero no servía de nada. Cuando notaba que el guijarro se acercaba, el perro retrocedía un momento, para luego volver a las andadas con renovados bríos. Solo había un preso en el edificio y no parecía tener intención de evadirse. Lamentablemente, Dujeux era el único guardia y su conciencia profesional le impedía alejarse. No tenía manera de perseguir al animal, ni de asustarlo de verdad.
Con aquella canícula, nadie se atrevía a salir. Los ladridos repercutían de muro en muro por las calles vacías. Por un momento, a Dujeux se le ocurrió recurrir a su pistola. Sin embargo, en la actualidad se hallaban en tiempo de paz, y se preguntaba si tenía derecho a abrir fuego así como así, en plena ciudad, aunque fuese contra un perro. Sobre todo, el preso habría podido reforzar con ello sus argumentos para soliviantar todavía un poco más a la población contra las autoridades.
Decir que Dujeux detestaba a aquel tipo era quedarse corto. También a los gendarmes que lo habían atrapado les había causado mala impresión. El hombre no se defendió cuando lo condujeron a la prisión militar. Los miró con una sonrisa demasiado dulce, que no les gustó nada. Se lo veía seguro de que lo asistía la razón, como si hubiera aceptado lanzarse por propia voluntad, como si solo dependiera de él desencadenar una revolución en el país…
Después de todo, tal vez fuese cierto. Dujeux no habría podido poner la mano en el fuego. ¿Qué sabía él, un bretón de Concarneau, de aquella subprefectura del Bas-Berry? Sea como fuere, no se sentía a gusto allí. El tiempo era húmedo a lo largo de todo el año y demasiado cálido durante las escasas semanas en que el sol brillaba todo el día. En invierno y en las estaciones lluviosas, la tierra exhalaba vapores malsanos, que olían a hierba podrida. En verano, un polvo seco subía de los caminos, y la pequeña ciudad, sin otra vecindad que la campiña, se las arreglaba, nadie sabía cómo, para apestar a azufre.
Dujeux había cerrado la puerta y se sujetaba la cabeza con las manos. Los ladridos le producían migraña. Debido a la falta de personal, jamás lo sustituían. Dormía en su despacho, sobre un jergón que durante el día guardaba en un armario metálico. Había pasado las dos últimas noches en blanco a causa del perro. Ya no tenía edad para eso. Pensaba sinceramente que a partir de los cincuenta años un hombre debía verse dispensado de tales penalidades. Su única esperanza era que el oficial designado para instruir el caso llegara lo antes posible.
Perrine, la muchacha del bar Des Marronniers, atravesaba la plaza mañana y tarde para llevarle vino. Debía aguantar fuera como fuese. La chiquilla le pasaba las botellas por la ventana y él le entregaba el dinero sin una palabra. El perro no parecía preocuparla; incluso, la tarde del primer día, se había parado a acariciarlo. Las gentes de la ciudad habían elegido su bando, que no era el de Dujeux.
Guardaba las botellas de Perrine debajo de la mesa de despacho y se servía a escondidas. Deseaba evitar que lo sorprendieran bebiendo, si el oficial llegaba de improviso. Con lo agotado que estaba a causa de la falta de sueño, no tenía la certeza de que lo oiría llegar.
Y, en efecto, debía de haberse adormilado unos instantes, porque se lo encontró delante al abrir los ojos. En el umbral del despacho, ceñido en una guerrera azul turquí, demasiado gruesa para la estación y sin embargo abotonada hasta el cuello, se hallaba un hombre de elevada estatura que miraba de hito en hito a Dujeux sin indulgencia. El guardia se incorporó y se abrochó varios botones de la chaqueta enredándose los dedos. Acto seguido se puso de pie y se cuadró. Era consciente de que tenía los ojos hinchados y de que olía a vino.
—¿No puede hacer callar a ese chucho?
Tales fueron las primeras palabras del oficial. Miraba por la ventana y no prestaba la menor atención a Dujeux. Sin abandonar la postura de firmes, este sentía náuseas y vacilaba en abrir la boca.
—La verdad es que no parece agresivo —prosiguió el juez militar—. Cuando el chófer me ha dejado aquí, ni siquiera se ha movido.
Así pues, un automóvil había estacionado delante de la prisión y Dujeux no había oído nada. Decididamente, había dormido más rato de lo que creía.
El oficial se volvió hacia él y dijo «Descanse» en tono fatigado. Era evidente que no se trataba de un hombre afecto a la disciplina. Actuaba con naturalidad y parecía considerar la puesta en escena militar como un penoso folclore. Cogió una silla de barrotes, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas, inclinado hacia delante sobre el respaldo. Dujeux se relajó. Gustoso habría tomado un trago y tal vez con aquel calor el otro se habría sentido dichoso de acompañarlo. No obstante, ahuyentó la idea y, para aclararse el gaznate, se limitó a tragar saliva con dificultad.
—¿Está ahí? —preguntó el juez, señalando con el mentón la puerta metálica que llevaba a las celdas.
—Sí, mi comandante.
—¿Cuántos tiene en este momento?
—Solo uno, mi comandante. Desde que acabó la guerra se ha ido vaciando…
Era una gran suerte para Dujeux. Con un único cliente, habría podido tumbarse a la bartola. Pero, en fin, tenía que haber un perro desgañitándose sin cesar ante la prisión.
El oficial transpiraba. Se desabrochó con agilidad los veinte botones de la guerrera. Dujeux se dijo que debía de habérsela abotonado justo antes de entrar, para impresionarlo. Se trataba de un hombre de unos treinta años; a raíz de aquella guerra, ver aparecer galones en personas tan jóvenes era un hecho frecuente. El bigote reglamentario no le crecía lo bastante espeso y formaba como dos cejas bajo la nariz. Tenía los ojos de un azul acero pero dulces, ciertamente miopes. Unas gafas de concha asomaban del bolsillo de su chaleco. ¿Era por coquetería por lo que no las llevaba? ¿O bien deseaba dotar a su mirada de una indefinición que debía de turbar a los sospechosos a los que interrogaba? Sacó un pañuelo a cuadros y se enjugó la frente.
—¿Su nombre, ayudante?
—Dujeux, Raymond.
—¿Hizo usted la guerra?
El carcelero se irguió. La ocasión era propicia. Podía apuntarse algunos tantos, hacer olvidar su atuendo y dejar claro que ejercía a disgusto aquella función de celador.
—Ciertamente, mi comandante. Era cazador. No salta a la vista porque me afeité la perilla…
Como el otro no sonreía, prosiguió:
—Herido en dos ocasiones. La primera en el hombro, en el Marne, y la segunda en el vientre, subiendo al Mort-Homme. Por eso desde…
El oficial sacudió la mano para indicar que comprendía, que era inútil añadir nada más.
—¿Tiene usted su expediente?
Dujeux se precipitó hacia un buró, lo abrió y tendió una carpeta al oficial. La tapa de cartón inducía a error. En realidad, dentro solo había dos piezas: el atestado de los gendarmes y la cartilla militar del preso. El juez tomó nota rápidamente. No contenía nada que no supiera. Se levantó, y Dujeux se disponía ya a arrojarse sobre el manojo de llaves, pero el oficial, en lugar de dirigirse a las celdas, volvió a la ventana.
—Debería abrir, aquí uno se ahoga.
—Es a causa del perro, mi comandante…
A pleno sol, el animal ladraba sin solución de continuidad. Cuando recuperaba el aliento, la lengua le colgaba y saltaba a la vista que jadeaba.
—En su opinión, ¿qué raza es? Parece un braco de Weimar.
—Con todos mis respetos, diría que se trata más bien de un bastardo. Perros así se ven a montones en las campiñas de por aquí. Su trabajo consiste en guardar los rebaños. Pero también cazan.
El oficial parecía no haberlo oído.
—A menos que sea un pastor de los Pirineos…
Dujeux se dijo que era mejor no intervenir. Estaba ante otro aristócrata, otro maniático de las monterías, uno de esos hidalgos que tanto daño habían hecho durante la guerra, debido a su altanería y su incompetencia…
—Bien —cortó el oficial sin entusiasmo—. Vamos allá. Escucharé al sospechoso.
—¿Quiere verlo en su celda o lo traigo aquí?
El juez echó una ojeada a la ventana. El ruido del perro no disminuía. Al menos, al fondo del edificio no se oirían tanto los ladridos.
—En su celda —dijo.
Dujeux cogió la gruesa anilla en la que estaban ensartadas las llaves. Cuando abrió la puerta que llevaba a las celdas, una vaharada de aire más fresco invadió el despacho. El olor podría haber sido el de un sótano, de no haber flotado en él los hedores corporales y a excrementos. El pasillo estaba iluminado por un tragaluz, en el otro extremo, que vertía gota a gota en la oscuridad una luz fría y lechosa. Era un antiguo cuartel de dormitorios de tropa, y para convertirlo en prisión habían añadido gruesos cerrojos en las puertas. Estas estaban entreabiertas y se atisbaban las celdas vacías. Al fondo de todo, la última estaba cerrada y Dujeux la abrió haciendo mucho ruido, como un caminante que golpea el suelo con el pie para ahuyentar a las serpientes. Luego hizo entrar al oficial.
Un hombre se hallaba tendido en uno de los dos camastros, de cara a la pared. No se movía. Dujeux quiso mostrar su celo y gritó «¡En pie!». El oficial le indicó con un gesto que callara y saliese. Fue a sentarse en el otro catre y esperó un poco. Parecía estar haciendo acopio de fuerzas, no como un atleta que se lanza para batir una marca sino como alguien que debe realizar una molesta tarea e ignora si dispondrá de la energía necesaria para llevarla a cabo.
—Buenos días, señor Morlac —empezó, mientras se masajeaba el puente de la nariz.
El hombre siguió sin moverse. No obstante, a juzgar por su respiración, era obvio que no dormía.
—Soy el jefe de escuadrón Lantier du Grez. Hugues Lantier du Grez. Vamos a charlar un poco, si le parece bien.
Dujeux había oído esa frase y, de vuelta hacia su despacho, meneaba la cabeza con aire contrariado. Desde que había acabado la guerra, nada era ya como antes. Hasta la justicia militar parecía vacilante, debilitada, como aquel joven juez demasiado amable. Atrás quedaba la época en que se fusilaba sin contemplaciones.
El carcelero tomó asiento detrás de la mesa de despacho. Se sentía más relajado, sin saber por qué. Algo había cambiado. No era el calor, que, por el contrario, se le antojó más sofocante tras la zambullida en el frescor de las celdas. No era la sed, cada vez más acuciante, y que se decidió a saciar sacando con prudencia una botella de debajo de la mesa. En realidad, lo que había cambiado era el silencio: el perro ya no ladraba.
Tras dos días de infierno, era el primer momento de calma. Corrió a la ventana para ver si el animal seguía allí. Al principio no lo vio. Luego, inclinando la cabeza, lo descubrió a la sombra de la iglesia, sentado sobre las patas traseras, atento pero silencioso.
Desde que el juez había entrado en la celda de su amo, el perro había dejado de aullar a la muerte.
El juez militar había abierto la carpeta y la tenía sobre las rodillas. Estaba arrellanado en el catre, con la espalda apoyada en la pared. Era obvio que se había instalado para un buen rato y que se tomaba su tiempo. El preso no se había movido. Seguía dándole la espalda, tendido en su duro camastro, pero resultaba evidente que no dormía.
—Jacques Pierre Marcel Morlac —pronunció el oficial en tono maquinal—. Nacido el veinticinco de junio de mil ochocientos noventa y uno. —Se pasó la mano por el cabello mientras calculaba—. En resumidas cuentas, tiene veintiocho años. Veintiocho años y dos meses, puesto que estamos en agosto.
No parecía esperar respuesta, de manera que prosiguió:
—Su domicilio oficial es la granja de sus padres, donde de hecho nació, en Bigny. Está muy cerca de aquí, si no me equivoco. Movilizado en noviembre de mil novecientos quince. ¿En noviembre del quince? Sin duda se le consideró el sostén de su familia y eso le valió un aplazamiento.
El juez estaba avezado en tales presentaciones. Desgranaba los datos de estado civil con expresión abatida. Las diferencias de fecha y lugar que definían a cada individuo resultaban fundamentales: a ellas debía cada cual ser lo que era. Y al mismo tiempo, dichas diferencias eran tan irrisorias, tan minúsculas, que revelaban, mejor que un registro, hasta qué punto los hombres se distinguen unos de otros por muy poca cosa. Exceptuando esos datos (un nombre, una fecha de nacimiento…), constituyen una masa indistinta, compacta, anónima. Era esa masa lo que la guerra había modelado, malgastado, consumido. Nadie que hubiera vivido aquella guerra podía seguir creyendo que el individuo tenía un valor cualquiera. Y, sin embargo, la justicia, a la que Lantier se hallaba ahora destinado, exigía, para condenar, que comparecieran ante ella individuos. Por eso él debía recopilar dichas informaciones, introducirlas en un sumario, donde se secarían como flores prensadas entre las páginas de un grueso libro.
—En un primer momento lo destinaron a la intendencia en Champagne. Sin duda no fue una labor muy penosa. Requisar forraje en las granjas, eso sabe hacerlo. Y no resulta peligroso.
El oficial hizo una pausa para ver si el acusado reaccionaba. La silueta tendida que tenía delante siguió sin moverse.
—Más tarde lo designaron, junto con su unidad, al ejército de Oriente. Llegado a Tesalónica en julio del dieciséis. ¡Vaya, al menos este calor no debe de molestarlo demasiado! Allí tuvo tiempo de habituarse.
Un camión que subía trabajosamente la calle pasó a lo largo del tragaluz con un ruido ronco y por último se alejó.
—Tendrá que contarme esa campaña en los Balcanes. Nunca he entendido nada al respecto. Quisimos acosar a los turcos en los Dardanelos y ellos nos rechazaron hasta el mar, es eso, ¿no? Luego nos replegamos en Tesalónica y jugamos al gato y al ratón con los griegos, que no se decidían a entrar en guerra a nuestro lado. ¿Me equivoco? En todo caso, nosotros, en el Somme, siempre consideramos que los tipos del ejército de Oriente eran enchufados que se tumbaban a la bartola en las playas…
Al adoptar por sorpresa aquel vocabulario familiar y sobre todo al proferir un verdadero insulto, Lantier sabía lo que hacía. Su rostro seguía expresando la misma lasitud. Aquellos golpes teatrales siempre formaban parte de la rutina de los interrogatorios. Sabía qué fibra tocar en cada hombre, al igual que un campesino conoce los puntos débiles de su ganado. El preso tendido frente a él movió un pie. Era una buena señal.
—Sea como fuere, consiguió distinguirse. Bravo. Agosto del diecisiete, mención honorífica firmada por el general Sarrail: «El cabo Morlac tomó parte decisiva en un ataque contra las fuerzas búlgaras y austríacas. En primera línea durante dicho asalto, puso personalmente fuera de combate a nueve soldados de infantería enemigos, antes de resultar herido en la cabeza y en el hombro, y de caer inconsciente en el campo de batalla. Aguantó hasta que sus camaradas lograron devolverlo a las líneas francesas durante la noche. Esta acción heroica marcó el principio de la contraofensiva victoriosa de nuestras tropas en la región de Tcherna». ¡Magnífico! Mi más efusiva enhorabuena.
Ciertamente, aquella lectura había surtido efecto, pues el preso ya ni siquiera intentaba hacer creer que dormía. Siempre tumbado, cambiaba de posición, tal vez con objeto de cubrir las palabras del oficial.
—Realmente tuvo que ser un acto de excepcional bravura para que le concedieran la Legión de Honor. ¡La Legión de Honor! ¡A un simple cabo! No sé cómo eran las cosas en el ejército de Oriente, pero en Francia creo que solo oí informar de dos o tres casos similares. Hay para sentirse especialmente orgulloso. ¿Se siente especialmente orgulloso, señor Morlac?
El preso se revolvía bajo la manta. Era evidente que no iba a tardar en mostrarse.
—Vayamos al acto por el que fue detenido. No puedo imaginar que un hombre que se ganó la Legión de Honor en tales condiciones pueda ser culpable conscientemente de lo que se le acusa. Imagino que estaba usted ebrio, ¿no, señor Morlac? La guerra nos desquició a todos. Sucede que los recuerdos nos atrapan y, para escapar de ellos, tomamos un trago. Un trago de más. Lo cual lleva a hacer cosas que luego lamentamos. ¿Se trata de eso? En tal caso, ofrezca sus disculpas, exprese un arrepentimiento sincero y fin de la historia.
En el camastro, frente al juez, el hombre se había incorporado por fin. Estaba empapado bajo la manta, las mejillas coloradas, el cabello alborotado. Pero no tenía la mirada nublada. Se sentó en el borde del catre, dejando colgar las piernas desnudas. Se pasó la mano por la nuca con una mueca y se desperezó. Luego miró de hito en hito al juez, que seguía sentado con la carpeta sobre las rodillas y sonreía con aspecto cansado.
—No —dijo el hombre—. No estaba ebrio. Y no me arrepiento de nada.