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El hombre había hablado en voz bastante baja y sorda. Era imposible que lo hubieran oído desde fuera. Sin embargo, el perro, en la plaza, volvió a ponerse a ladrar de inmediato.

El juez, maquinalmente, miró hacia la puerta.

—He ahí a uno, al menos, que le tiene apego. ¿No hay nadie más que lo aprecie, cabo? ¿Nadie que preferiría que saliera usted bien librado de este lamentable asunto y quedase libre?

—Se lo repito —replicó Morlac—. Soy responsable de mis actos y no veo razón alguna para disculparme.

Era evidente que también él estaba marcado por la guerra. Algo en su voz delataba que era desesperadamente sincero. Como si la certeza de una muerte próxima, experimentada día tras día en el frente, hubiera disuelto en él todos los revestimientos de la mentira, todas esas capas de piel curtida que la vida, las adversidades, la frecuentación de los demás aplican sobre la verdad en los hombres corrientes. Ambos tenían eso en común, esa fatiga que lo deja a uno sin fuerzas y sin ganas de decir o pensar cosas que no sean ciertas. Y al mismo tiempo, en medio de tales pensamientos, los que versaban sobre el futuro, la felicidad, la esperanza eran imposibles de formular, al ser destruidos al instante por la sórdida realidad de la guerra. A tal punto que solo subsistían frases tristes, expresadas con el extremo desapego de la desesperanza.

—¿Hace mucho que ese perro lo sigue?

Morlac se rascó el brazo. Vestía una camiseta sin mangas que realzaba sus músculos. En realidad, no era muy forzudo. De estatura media y cabello castaño, tenía la frente despejada y ojos claros. Saltaba a la vista que era un hombre de campo, pero tenía el aire iluminado y la mirada intensa que uno imagina en los profetas o en los pastores a los que visita alguna aparición.

—Desde siempre.

—¿Qué quiere decir?

Lantier había empezado a redactar el informe del interrogatorio. Para dicho ejercicio necesitaba términos precisos. No obstante, no ponía en ello la menor pasión.

—Me siguió cuando los gendarmes vinieron a reclutarme para la guerra.

—Cuéntemelo.

—Si me da un cigarrillo.

El juez hurgó en su chaleco y sacó una cajetilla arrugada. Morlac encendió un pitillo con el encendedor de yesca que le tendió el oficial. Exhaló el humo por la nariz como un toro furioso.

—Estábamos a finales de otoño. Le consta, figura en sus papeles. Aún teníamos labranzas que hacer. Hacía mucho tiempo que mi padre ya no podía seguir al caballo. Y yo tenía que arar también los campos de los vecinos, porque su hijo había partido de los primeros. Los guripas se presentaron a mediodía. Los vi subir por la avenida de tilos y en seguida comprendí. Mi padre y yo habíamos hablado de lo que me convenía hacer. Yo era partidario de esconderme. Pero él los conocía y me dijo que tarde o temprano me prenderían. De manera que los seguí dócilmente.

—¿Era usted el único a quien debían llevarse?

—Por supuesto que no. Llevaban ya a otros tres reclutas consigo. Los conocía de vista. Los gendarmes me hicieron subir a la carreta y fuimos a recoger a otros tres más.

—¿Y el perro?

—Nos siguió.

¿Acaso el animal lo había oído? No había cesado de ladrar desde que su amo se había despertado y ahora que se hablaba de él guardaba silencio.

—De hecho, no fue el único. Todos los demás también tenían perro, que al principio los siguió. Los polis se reían. Creo que hacían adrede lo de dejarlos correr detrás de la carreta. De ese modo la partida resultaba alegre, se habría dicho que nos íbamos de caza. Y por lo tanto, aquellos a los que habían ido a buscar se dejaban embarcar sin poner dificultades.

Lo contaba riendo con la boca, pero sus ojos permanecían tristes, y el oficial, frente a él, manifestaba el mismo regocijo superficial.

—¿Hacía mucho que tenía a ese perro?

—Me lo dieron unos amigos.

El juez lo anotaba todo escrupulosamente. Resultaba un tanto cómico verlo consignar con gravedad aquellas historias perrunas. Aunque bien es verdad que el animal desempeñaba un importante papel en el asunto que había ido a instruir.

—¿De qué raza es?

—La madre era un mastín, bastante puro, según creo. El padre, nunca lo supimos muy bien. Parece ser que todos los machos del lugar habían pasado por ella.

No había nada lúbrico en sus palabras, más bien repugnancia. Era curioso cómo la guerra había vuelto insoportables las historias carnales. Como si el magma de los orígenes, los misterios de la generación, respondieran trágicamente a la orgía de la sangre y de la muerte, a la innoble mezcla a que los obuses habían procedido en las trincheras.

—En pocas palabras —cortó el oficial—, el perro lo siguió, ¿y luego?

—Luego continuó detrás. Cabe pensar que era más listo que los demás. Nos reagruparon en Nevers y allí subimos a un tren hacia el este. La mayoría de los perros se quedaron en el andén, pero este tomó impulso y, en el momento en que el tren arrancaba, saltó a la plataforma.

—¿Los suboficiales no lo echaron?

—Les hizo reír. Si hubiera habido treinta, los habrían echado, pero uno solo, en el fondo, no dejaba de hacerles gracia. Se convirtió en la mascota del regimiento. En todo caso, así es como lo llamaban.

Ahora estaban frente a frente, cada uno en un camastro, separados por el estrecho espacio de la celda. Era un poco como el ambiente de la guerra, en las casamatas. Disponían de tiempo. Allí la vida transcurría lentamente, y, sin embargo, en cualquier momento un obús podía poner fin a todo.

—Y a usted, por supuesto, aquello lo complacía. ¿Se sentía apegado a su perro?

Morlac hurgaba pensativo en el paquete de cigarrillos. Sacó uno medio roto, lo partió en dos y encendió uno de los extremos.

—Tal vez le parezca raro, sobre todo después de lo que acabo de hacer, pero nunca he sido muy amigo de los perros. No me gusta hacer daño a los animales; los cuido cuando es necesario. Pero también cuando es necesario los mato, a los conejos o los corderos, por ejemplo. A un perro lo llevo de caza o al campo para guardar a las vacas. Ahora bien, acariciarlo y esas cosas no va conmigo.

—¿No estaba contento de que lo siguiera?

—La verdad es que más bien me molestaba. No me apetecía hacerme notar, en medio de la guerra. Sobre todo al principio. Ignoraba el cariz que tomarían las cosas, pero me decía que quizás en un momento dado tendría que largarme discretamente, así que, con un perro…

—¿Quería desertar?

Lantier no planteaba la pregunta en calidad de juez, sino más bien como el oficial que cree conocer a sus hombres y descubre en uno de ellos un rasgo de carácter que no se esperaba.

—Sin duda usted sabía lo que era la guerra, pero yo no. Cuando empezó, lo que prevalecía por encima de todo eran los campos, que quedaban en manos de mi madre y de mi hermana y que ellas no podrían cultivar, así como el heno sin recoger todavía. Por lo tanto, me decía que si en el ejército no tenían demasiada necesidad de mí, intentaría volver allí donde era útil. ¿Entiende?

El oficial era hombre de ciudad. Había nacido en París y siempre había vivido allí. Con frecuencia había observado, entre sus hombres, hasta qué punto ciudadanos y campesinos veían la retaguardia de manera diferente. Para el hombre de ciudad, la retaguardia suponía el placer, la comodidad; la cobardía, en una palabra. Para el de campo, la retaguardia era la tierra, el trabajo, un combate diferente.

—¿Había perros en su convoy, aparte del suyo?

—En el tren no. Pero en Reims, cuando nos apeamos, encontramos una buena cantidad.

—¿Los oficiales no decían nada?

—No había nada que decir. Aquellos perros se las arreglaban solos. No sé si hurgaban en la basura por la noche o si la gente les arrojaba restos de comida. Ambas cosas, sin duda. Sea como fuere, no necesitábamos ocuparnos de ellos.

—¿Después se dirigieron al frente?

—Yo me quedé seis meses dedicado a tareas de avituallamiento. No estábamos en primera línea pero en ocasiones nos acercábamos mucho y a menudo los obuses causaban estragos.

—¿El perro seguía con usted?

—Siempre.

—No es algo muy común.

—No se trata de un perro común. Incluso en los rincones más devastados llegaba a encontrar qué comer. Sobre todo, sabía montárselo con los suboficiales. La mayoría de los perros acabaron por tener problemas. Incluso los hubo que fueron directamente eliminados a tiros porque robaban las reservas. No sé dónde estaba usted destinado pero sin duda también debió de haber casos similares.

Ciertamente, en las charlas de trincheras a menudo se pasaban por alto los grados. Venía a ser como esas partidas de cartas donde el peón caminero interpela al notario sin que nadie se ofusque por ello. En aquella celda, el juez seguía siendo juez, redactaba cuidadosamente su atestado, pero el interrogatorio constituía asimismo una conversación entre camaradas a los que la muerte no tardaría en convertir en iguales.

—Pasé la mayor parte de la guerra con los ingleses en el Somme —dijo el juez.

—¿Había perros?

—Algunos. De hecho, cuando me encomendaron su caso, de inmediato pensé en varios de mis hombres, que se habían apegado a su animal de compañía hasta el punto de que solo podían soportar la guerra gracias a su presencia. Habían acabado por considerarlos hermanos de lucha, alter ego. Para ser sincero, y pese a sus provocaciones verbales, tengo intención de redactar mi informe en ese sentido. En el fondo, usted entabló con ese perro una relación de compañeros de armas. Así explicado, lo perdonarán, estoy seguro.

Morlac se incorporó y arrojó violentamente el cigarrillo contra la pared, al fondo de la celda. Parecía furioso. La guerra, que lo había privado de poder exteriorizar cosas tan gratas como la alegría o el placer, había desarrollado visiblemente en él la capacidad de expresar la cólera e incluso el odio. El oficial conocía esas reacciones de combatientes, pero en el caso presente no se lo esperaba y, sobre todo, no entendía el motivo.

—¡No quiero que escriba eso, me oye! —gritó Morlac—. Es falso, lisa y llanamente. Nunca firmaré una declaración semejante.

—¡Calma! ¿Qué mosca le ha picado? —dijo Lantier con un suspiro de mal humor.

—No hice lo que hice porque quiera a mi perro. Incluso es justo lo contrario.

—¿No lo quiere?

—La cuestión no es si lo quiero o no. No lo hice por él, le digo.

—Entonces, ¿por quién?

—¿Por quién? Vamos a ver, pues por ustedes, por los suboficiales, los políticos, los aprovechados. Por todos los imbéciles que los siguen, que envían a la gente a la guerra, y también por los que van por propia voluntad. Lo hice por los que creen en esa clase de patrañas: ¡el heroísmo!, ¡la bravura!, ¡el patriotismo!…

Se había puesto de pie, gritando las últimas palabras. La manta había caído al suelo, y vociferaba en calzoncillos y camiseta, dirigiendo miradas airadas al oficial. Resultaba ridículo, patético e inquietante a un tiempo, pues saltaba a la vista que la cólera podía conducirlo a actos extremos, que nada ni nadie le impedirían llevar a cabo.

Tras un momento de estupor, Lantier recuperó su instinto de oficial. Cerró la carpeta con un chasquido, se levantó, muy tieso, y con la autoridad que confiere de por sí a un hombre el hecho de ir vestido, de uniforme por añadidura, dijo con voz potente:

—¡Cálmese, Morlac! Se toma demasiadas libertades. No se equivoque respecto de mi bondad. Tiene sus límites.

—Quiere hacerme hablar y yo hablo.

—Y lo que dice resulta inaceptable. Está agravando su caso. No solo no atenúa la acción que lo condujo aquí, sino que añade ultrajes a un oficial e insultos a la nación.

—Ya he sacrificado demasiado a la nación. Eso me da derecho a cantarle ciertas verdades.

No se bajaba del burro. Por desaliñado que fuera su aspecto, Morlac plantaba cara al juez y le replicaba en los mismos términos. Tal era el resultado de cuatro años de guerra: hombres que habían dejado de sentir miedo, que habían sobrevivido a tantos horrores que nada ni nadie les haría bajar la vista. Afortunadamente, tampoco había para tanto. El juez prefirió cortar en seco antes que proseguir una discusión que atentaba contra la autoridad que él representaba.

—Recupere el dominio de sí mismo, amigo mío. Por hoy lo dejaremos aquí.

Dujeux, el carcelero, debía de haberse acercado al oír los gritos. Surgió de detrás de la puerta, fulminó con la mirada a Morlac y acompañó al oficial haciendo sonar las llaves contra el metal de las puertas.

Fuera, el perro se había puesto a ladrar de nuevo.

Lantier du Grez tenía su despacho en Bourges, en pleno centro, en el edificio estilo Luis XIV que la gente del lugar llamaba el cuartel Condé. Allí se sentía a gusto, a la espera de algo mejor. Su mujer se había quedado en París con sus dos hijos y él esperaba un traslado para poder reunirse con ellos por fin.

Lamentablemente, hasta que no hubiera concluido la instrucción del caso Morlac no podía plantearse el regreso, ni a Bourges ni a París. Mientras durase la investigación, seguiría alojado en aquel modesto hotel para viajantes de comercio, cerca de la estación. La cama de cobre chirriaba y las toallas estaban desgastadas hasta la trama. El único momento agradable en aquel establecimiento era el desayuno. La propietaria, una viuda de guerra, poseía una granja a medias con su hermana a la salida de la ciudad. La mantequilla, la leche y los huevos procedían de allí. Ella misma cocía el pan y elaboraba las mermeladas.

A las siete y media de la mañana ya se notaba que iba a hacer calor. El juez había desayunado junto a la ventana, abierta de par en par. Pensaba en aquel demonio de hombre y en su perro. A decir verdad, no había dejado de pensar en ellos desde la víspera.

Se había visto obligado a despedirse con rudeza. No podía dejarse insultar, en consideración a lo que representaba. No obstante, en su fuero interno experimentaba una extraña satisfacción por aquel personajillo obcecado.

Durante aquella guerra interminable, Lantier había pasado por toda clase de sentimientos. Había empezado como un joven idealista dentro de su clase social (un burgués, pese a su patronímico de baja nobleza). Al principio solo contaba la patria y con ella todos los grandes valores: el honor, la familia, la tradición. Creía que estos debían prevalecer sobre los individuos, sobre sus miserables intereses privados. Pero luego, en las trincheras, se había codeado con esos individuos y algunas veces había tomado partido por ellos. Llegado a ese punto se había preguntado, en una o dos ocasiones, si sus sufrimientos no eran más respetables que los ideales en cuyo nombre se les infligían.

Cuando, después del armisticio, lo nombraron juez militar, Lantier vio en ello una afortunada coincidencia. En los despachos debían de haberse dado cuenta de que estaba maduro para tan difícil ejercicio: proteger la institución militar y defender los intereses de la nación, sin por ello dejar de comprender las debilidades de los hombres.

Ahora bien, aquel preso era diferente. Pertenecía a los dos bandos: era un héroe, había defendido a la nación y, al mismo tiempo, la vituperaba.

El juez se pasó toda la mañana vagando por la ciudad. Se detuvo en una taberna, frente a la iglesia abacial, y dio forma a las notas tomadas la víspera en la prisión.

No contaba con volver a ver a Morlac antes de la tarde. Debía concederle tiempo para que se calmara y reflexionase, aunque no creía demasiado en ello.

Cuando dieron las doce en el campanario, la languidez era absoluta en las calles. Lantier atravesó la ciudad para ir a comer a un restaurante que había descubierto, cerca del mercado. En todas las casas, las persianas estaban bajadas para conservar el frescor de las habitaciones. Detrás de los portales de hierro se oían ruidos de vajilla y voces femeninas procedentes de los jardines: se disponían a comer al aire libre.

El restaurante se hallaba desierto, con excepción de una mesa, al fondo, ocupada por un anciano. Lantier du Grez se instaló en el otro extremo de la banqueta, al lado de la ventana. La estancia era de techo alto, con estucos amarillentos de grasa en las paredes y grandes espejos azogados completamente desconchados. El dueño había desenrollado el toldo que cubría la terraza y abierto cuanto podía abrir, puertas, ventanas, tragaluces, para que corriera el aire. Pero el vapor cargado de fritura que salía de las cocinas reducía a la nada todos sus esfuerzos e incrementaba el calor.

Los alimentos ofrecidos eran los mismos a lo largo de todo el año, esencialmente se componían de platos pesados, idóneos para los días de lluvia. Lantier pidió un conejo a la cazadora, confiando, aunque sin creer demasiado en ello, en que la salsa no sería demasiado grasa.

Pidió un periódico y el propietario le llevó uno datado de la antevíspera. Leyó los titulares, que en su mayoría concernían a la proeza del aviador Charles Godefroy, quien había hecho pasar su avión por debajo del Arco de Triunfo.

—Está usted aquí por Morlac, ¿no?

El juez miró al anciano, que lo había interpelado. El otro se levantó ligeramente de la banqueta esbozando un saludo.

—Norbert Seignelet, procurador judicial.

—Encantado. Comandante Lantier du Grez.

Había tenido a un procurador en su sección, cuando era teniente. Era un personaje puntilloso, reivindicativo, siempre negociando sobre la interpretación del reglamento, con el fin de cumplirlo lo menos posible. No obstante, en la primera ofensiva había salido de la trinchera antes que los demás y había resultado muerto a dos metros del parapeto.

—En efecto, he venido a instruir el caso Morlac. ¿Lo conoce usted?

—Ay, mi comandante, conozco a todo el mundo en esta ciudad e incluso en esta región. Tanto por mi profesión como por mi edad. Añadiré que en mi familia ejercemos este cargo desde hace cinco generaciones.

Lantier asintió, pero como el conejo llegaba muy humeante, se ocupó de sacar los trozos de la cazuelita, sin añadir demasiada salsa.

—Cuando lo vi pasar el catorce de julio con su perro, qué lejos estaba de imaginar…

El procurador esbozaba una mímica prudente que tanto podía transformarse en expresión de indignación como en franca sonrisa, según la pista que le diera su interlocutor. Pero Lantier, que había atacado el conejo, optó por no ayudarlo.

—¿Y qué fue lo que pensó?

El hombre de leyes arrugó los ojos y lo miró con disimulo.

—Me quedé muy sorprendido. No me esperaba eso de su parte.

—¿Qué sabe del tal Morlac?

—Antes de la guerra carecía por completo de historia. Conocía a la familia de vista, su padre era labrador, muy piadoso, muy trabajador. Él y su mujer tuvieron once hijos, pero solo dos siguen con vida, Jacques, que está en la cárcel, y Marie, una hermana cuatro años menor. Los dos son enclenques, podríamos decir. Pero no hay que fiarse. Al fin y al cabo, fueron los que sobrevivieron.

—¿Recibió instrucción?

—Poca. Por estos lares no hay costumbre, sobre todo cuando no hay muchos hijos en la familia. El cura le dio clases, lo justo para enseñarle a leer y a contar. Después se dedicó a las labores del campo, con el fin de ayudar a su padre.

Lantier asentía con la cabeza, pero a decir verdad estaba sobre todo ocupado en sacarse de la boca las esquirlas de hueso que quedaban en la carne. No le gustaba pensar en la forma en que habían matado a los animales que comía. Sin embargo, en el presente caso no podía evitarlo.

—¿Ningún amigo? ¿Ningún compromiso político?

—Conocía a algunos muchachos de los alrededores. Los veía los días de mercado y de vez en cuando en los bailes, aunque no los frecuentaba demasiado. En cuanto a la política, aquí reina la tranquilidad, ya sabe. La gente vota a los mismos que los curas. No faltan un puñado de agitadores, sobre todo maestros y ferroviarios, que se reúnen en un café junto a la estación. Cerca de su hotel, en definitiva.

—¿Sabe en qué hotel me alojo?

El procurador se encogió de hombros y no se tomó la molestia de responder de otro modo que con una sonrisa.

—¿Y desde que volvió de la guerra?

—Casi ni nos habíamos fijado en él, excepto aquel famoso día… Se alojaba en un cuarto amueblado. Como su hermana está casada y él no aprecia demasiado a su cuñado, no ha vuelto a poner los pies en la granja. Pero no resulta demasiado sorprendente. Muchos excombatientes se han vuelto completamente salvajes.

El oficial se aplicó a sí mismo el comentario. Después de todo, también él era un excombatiente. Y si se paraba a pensarlo, debía admitir que ya no veía a mucha gente y que sin duda no les pasaban por alto sus rarezas.

—¿Tiene mujer?

—Es un misterio. Nunca ha vivido con nadie. No obstante, hay una chica, en un pueblecito cerca de aquí, de la que en cierto momento se dijo que era su novia. Ya sabe cómo va la cosa: la gente habla, pero ¿qué hay de cierto en las habladurías?

—¿Cómo se llama?

—Valentine. Vive junto a la aldea de Vallenay.

—¿Tiene familia?

—No, todos murieron durante una epidemia de rubéola. Ella heredó una pequeña propiedad, que puso en arriendo. Eso le reporta algún ingreso, y además fabrica cestas de mimbre. Ah, lo olvidaba. Tiene un hijo.

—¿De qué edad?

—Tres años, creo.

—¿Es de Morlac?

—No tenemos ni idea.

—Pero él estaba en la guerra…

—Volvió con permiso.

Lantier se había acabado el conejo. Debido a la salsa y al calor, quedó empapado en sudor. Se desabrochó el chaleco y se enjugó la cara. Las siguientes horas iban a ser penosas. Más valía volver al hotel y dormir un rato.

El procurador no tenía mucho más que contarle, pero quería ser retribuido por sus confidencias haciendo que le revelase secretos del Estado Mayor. Fue en vano, porque el juez, bostezando, pagó la cuenta y se despidió sin ponerse la chaqueta.