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—Me han encomendado la instrucción del caso de un soldado que está preso en la ciudad y al que usted conoce.

Valentine había comprendido perfectamente, pero su única reacción fue guiñar los ojos. Tenía gran dominio de sí misma.

—Se llama Jacques Morlac.

Resultaba un tanto estúpido presentarlo, pues ambos sabían a qué atenerse. El juez se reprochó haber entrado en su juego. Y a fin de demostrarse a sí mismo que se oponía a seguir por ese camino, se saltó una casilla y preguntó directamente:

—¿Cómo lo conoció?

—Su granja no estaba lejos de aquí.

—Yo creía…

—Sí, por carretera el trayecto es bastante largo, pero hay un camino que acorta entre los estanques y lleva allí en diez minutos.

—En una palabra, lo conoce desde siempre.

—No, porque no nací aquí. Tenía quince años cuando llegué.

—Me dijeron que su familia había sido diezmada por una epidemia de rubéola.

—Solo mi madre y mi hermana.

—¿Y su padre?

Ella bajó la vista y se pellizcó la tela del vestido por encima de la rodilla. Luego alzó la cabeza y miró de nuevo al oficial cara a cara.

—De una enfermedad.

—¿La rubéola no es una enfermedad?

—De otra.

Se dio cuenta de que allí se ocultaba un secreto que le provocaba desazón, pero no intentó forzar sus confidencias. Después de todo, se trataba de un encuentro y no de un interrogatorio. No tenía el menor interés en ponerla todavía más a la defensiva.

—Así pues, llegó usted tras la muerte de sus padres. ¿Por qué la enviaron aquí?

—Mis padres poseían tierras por los alrededores. Y una de mis tías abuelas vivía en esta casa. Ella me acogió. Dos años después, cuando falleció, me quedé sola.

Flotaba en la habitación, cubriendo a duras penas el olor a leña fría y a salitre, un aroma a agua de colonia, sin duda de fabricación casera, como el que se percibe en casa de las solteronas y en los conventos.

—¿Dónde residían usted y sus padres?

—En París.

Así que era eso. Su desgracia no era vivir en el campo y pobremente, sino haber conocido y esperado otra cosa. Se hallaba exiliada en aquel lugar aislado. Las reproducciones y los libros eran los únicos objetos que había podido salvar del naufragio.

—¿A qué edad conoció a Morlac?

—A los dieciocho años.

—¿Cómo fue?

Era evidente que la pregunta le parecía indiscreta. No obstante, se esforzó por responder como a las demás. Lantier tenía la impresión de que estaba muy curtida en aquel juego y que su sinceridad solo era una pantalla destinada a ocultar lo esencial.

—Por entonces aún tenía animales, y necesitaba paja. Fui a su casa para comprarla. Al parecer nos gustamos.

—¿Por qué no se casaron?

—Esperábamos a que yo tuviera la edad adecuada. Y entonces estalló la guerra y se marchó.

—¿Con el perro?

La joven prorrumpió en carcajadas. No la habría creído capaz de reír de aquella manera, sin moderación, con una expresión fugaz pero muy visible de goce en el rostro. Se dijo que debía de amar con idéntica vehemencia y eso lo turbó.

—Sí, con el perro. Pero ¿qué puede importar eso?

—Ya sabe de qué es culpable.

—Oh, ¿eso? —Se encogió de hombros—. Es un héroe, ¿no? No entiendo por qué lo molestan por una fruslería.

Había pronunciado «héroe» de forma curiosa, como si utilizara un vocabulario tomado prestado de alguna lengua extranjera.

—No se trata de ninguna fruslería —respondió secamente Lantier—. Es un ultraje a la nación. Sin embargo, se lo concedo, podrían tenerse en cuenta sus méritos en el combate y pasar página. De hecho, es lo que me he cansado de proponerle. Pero para eso es necesario que él no se oponga.

—¿Qué quiere decir?

—Que se disculpe, que minimice el asunto, que alegue que había bebido o que ofrezca cualquier otra explicación.

—¿Y se niega?

—No solo se niega sino que agrava su caso con palabras irresponsables. Se diría que quiere ser condenado.

Valentine, con la mirada perdida en el vacío, esbozó una extraña sonrisa. Luego hizo un gesto brusco, como si barriera algún objeto de la mesa con el dorso de la mano. Con el movimiento derribó la botella de sirope, que cayó al suelo. Lo cual desató gran agitación. Se levantó y Lantier hizo lo propio. Ella recuperó una bayeta de debajo de un armarito y recogió los cascos de vidrio con la escoba. El oficial quería ser útil pero no sabía cómo. Finalmente, la dejó hacer y, como estaba de pie, aprovechó para acercarse a los combados estantes sobre los que se alineaban los libros.

Leyó algunos títulos al azar, los de los volúmenes más gruesos. Había varias novelas de Zola. Identificó asimismo La nueva Eloísa, de Rousseau, y en otro estante, aunque no estaba seguro, creyó haber leído Jules Vallès.

—Ya está —dijo Valentine—, perdóneme. Todo está recogido. ¿Qué decíamos?

Lo empujaba hacia la mesa y parecía especialmente preocupada por alejarlo de la biblioteca. Él volvió a sentarse y reflexionó largo rato antes de tomar de nuevo la palabra.

—Verá, señora, el caso que concierne a Morlac será sin duda uno de los últimos de que tendré que ocuparme. Tengo intención de dejar el ejército y entrar en la vida civil. Me gustaría terminar con una nota alentadora, guardar un buen recuerdo de mi función, en cierto modo. Si lograra impedir que el acusado corriese a su perdición, eso me proporcionaría una profunda satisfacción y me marcharía con el corazón más ligero. Como ve, es algo muy egoísta.

Le avergonzaba admitir que se tomaba un interés personal en aquel asunto. Sin embargo, hacía mucho rato que ella lo había comprendido.

—Morlac es en efecto un héroe —prosiguió el oficial—. A personas como él debemos la victoria. Querría salvarlo. Pero solo puede hacerse contra él, pues está decidido a ser condenado y no entiendo por qué. Por eso he venido.

La joven lo miraba sin pestañear. Aguardaba la continuación.

—¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta pero que me parece esencial?

Ella no respondió, pero, tal como imaginaba, tampoco él esperaba respuesta.

—¿Es el padre de su hijo?

La muchacha sabía que era ahí adonde quería llegar.

—Sí, Jules es hijo suyo.

—Como tiene tres años, tuvo usted que concebirlo… durante la guerra.

—Jacques vino de permiso y, durante el tiempo que pasó aquí, hicimos el amor casi sin interrupción.

Lantier sintió que se ruborizaba, pero estaba demasiado exaltado por aquel asunto para parar mientes en cuestiones de pudor.

—¿Lo reconoció en el registro civil?

—No.

—Habría podido hacerlo.

—Sí.

—Pero no lo hizo.

—No.

Lantier se levantó bruscamente y se dirigió a la puerta. Se quedó un momento en el umbral, con los ojos desmesuradamente abiertos, quemados por el sol. El pequeño había vuelto. Era un chiquillo vestido con retazos de tela cosidos, del color de la tierra. Había capturado a un topo y lo golpeaba con un palo, sin odio pero al mismo tiempo sin piedad.

—¿Lo vio tras su regreso? —preguntó el oficial.

—No.

—Y, sin embargo, volvió aquí por usted.

—No creo. Si volvió, sin duda fue por su granja.

—Solo que no puso los pies en ella. Vivía en la ciudad, en un cuarto amueblado.

Era uno de los datos que figuraban en el atestado de los gendarmes. La granja de Morlac era explotada por su cuñado desde la boda de su hermana. Ni siquiera había ido a visitarlos a su regreso. Se había instalado en aquella casa de huéspedes bajo una falsa identidad, pero la patrona lo había reconocido en seguida. Había puesto aquella extravagancia en la cuenta de algún trauma de guerra.

—Lo ignoraba —dijo la joven.

—¿Intentó ver a su hijo?

—No que yo sepa.

—¿Lo autorizaría usted a hacerlo?

—Por supuesto.

—¿Me permite que se lo diga?

Ella se encogió de hombros.

—¿Irá a visitarlo a la cárcel?

—No tengo ni idea.

Estaba claro que pensaba en ello desde hacía tiempo. Algo la retenía y Lantier no tuvo corazón para preguntarle qué.

Durante el camino de vuelta en bicicleta, el sol le golpeaba sin piedad. Veía vacilar la rueda delantera por efecto del cansancio y el calor.

Se reprochaba no haberle hecho otras preguntas.

Daban las dos en el campanario de la iglesia abacial cuando Lantier dejó la bicicleta en el patio del hotel. Subió a su habitación para asearse rápidamente y cambiarse de camisa. Acto seguido se dirigió al comedor, donde Georgette, la cocinera, había dispuesto su cubierto en una mesa. En una fuente cubierta con un paño blanco descubrió una cola de rape y puré de salsifíes. Dos copas de burdeos ingeridas desconsideradamente lo obligaron a subir de nuevo para hacer media hora de siesta.

Eran casi las tres y media cuando se puso en camino hacia la prisión. El calor había remitido un tanto. Se matizaba con una pizca de viento del este, que aportaba un aire más fresco y aromas de bosque. Había momentos, como aquel, en que Lantier se sentía ya muy cerca de la vida civil. Entonces lo embargaba cierta nostalgia anticipada de la condición militar. Se decía que iba a echarla de menos. Experimentaba una auténtica voluptuosidad al atravesar la ciudad embutido en aquel uniforme que pronto dejaría de lucir.

Al doblar la esquina de la calle Danton, desembocó en el intenso sol de la plaza a la que daba la cárcel. Estuvo a punto de tropezar con un cuerpo tendido de través en la acera. Era Guillaume, el perro de Morlac. Estaba tumbado de lado y la lengua le colgaba, larga, sobre el pavimento. Parecía agotado tras aquellos días y noches pasados desgañitándose. Tenía los ojos brillantes de fiebre y hundidos en las órbitas. Debía de tener una sed espantosa. Lantier se dirigió a una fuente situada en un rincón de la plaza, a la sombra de un tilo. Asió una pequeña manivela y accionó la bomba. Al oír correr el agua, el perro se incorporó penosamente y caminó hasta la fuente. Bebió a precisos lengüetazos, mientras Lantier seguía bombeando con la pequeña palanca de bronce, que chirriaba.

Una vez que el perro se hubo saciado, el juez se sentó en un banco junto a la fuente, a la sombra. Se preguntaba si Guillaume iba a volver a la plaza y reanudar sus ladridos. Pero, por el contrario, el animal se quedó apostado delante del banco, con la vista clavada en el oficial.

De cerca, aquel perro daba pena de ver. Tenía realmente el porte de un viejo guerrero. Varias cicatrices en el lomo y los costados daban testimonio de heridas de bala o fragmentos de metralla. Saltaba a la vista que no se las habían curado y que la carne se las había apañado para juntarse de nuevo, con mayor o menor fortuna, formando excrecencias, placas duras y callos. Tenía una de las patas traseras deformada, y cuando se sentaba, debía estirarla oblicuamente, a fin de no caer de lado. Lantier alargó la mano y el perro se acercó para recibir una caricia. Su cráneo era irregular al tacto, como si llevara un casco abollado. El borde derecho de su hocico era rosa claro y desprovisto de pelo, secuela de una profunda quemadura. No obstante, en el centro de aquel rostro torturado brillaban unos ojos patéticos. Bajo la caricia, Guillaume permanecía inmóvil. Se notaba que lo habían adiestrado para que no se agitara, para que hiciese el menor ruido posible, excepto si tenía que dar la alarma. Ahora bien, los ojos, por sí solos, expresaban todo lo que los demás perros manifiestan por medio del rabo y las patas, gimiendo o revolcándose por el suelo.

Lantier observó la manera que aquel viejo chucho tenía de fruncir las cejas inclinando ligeramente la cabeza, de abrir desmesuradamente los ojos para expresar contento o de arrugarlos adoptando un aire socarrón para interrogar al ser humano que tenía delante sobre sus intenciones y sus deseos. Tales mímicas, junto con leves movimientos expresivos del cuello, le permitían cubrir el amplio abanico de los sentimientos. Mostraba los suyos pero, sobre todo, respondía a los de los demás.

En aquel banco, irritado a causa del calor, el juez sintió crecer en sus adentros una inmensa lasitud. Cuatro años de servir a la nación en el campo de batalla y dos de defender el orden y la autoridad condenando a pobres diablos lo habían dejado agotado. Hacía un momento lo había embargado ya la nostalgia de la vida militar; en aquel instante, lamentaba más bien el vacío que había dejado en él. ¿Algún día sería capaz de hacer otra cosa?

El perro debía de haber percibido su desaliento. Tras acercársele, había posado el morro en su rodilla. Su respiración se había vuelto más lenta. Jadeaba dolorosamente.

Lantier seguía acariciándolo. Su mano se deslizaba afectuosamente por el musculoso cuello del animal; le rascaba las orejas y el perro meneaba la cabeza de felicidad.

También él había tenido un perro, en otro tiempo. Se llamaba Corgan, y Lantier recordaba los prolongados mimos que se prodigaban, en la escalinata de la propiedad de sus padres, en Perche. Era un perro de raza, bien cuidado y alimentado, un pointer de pelaje negro y blanco. Pero albergaba en su interior idéntica devoción, y en el verano de sus trece años Hugues Lantier había tenido ocasión de comprobarlo.

A la sazón, la familia Lantier pasaba los veranos en aquella propiedad a orillas del Huisne y volvían a París hacia el mes de octubre. El único que no podía ausentarse tanto tiempo era el padre. Era apoderado en un banco que tenía su sede en la calle Laffitte y regresaba a París a principios de agosto. Hugues se quedaba en la propiedad con sus dos hermanas menores y su madre.

La familia empezaba a pasar por dificultades económicas, y poco tiempo después se verían obligados a vender aquel patrimonio heredado de un tío. Entre tanto, habían reducido el personal a una cocinera y un viejo casero que se ocupaba de los recados con su carreta.

Un día de otoño, entraron unos ladrones al caer la noche, sencillamente franqueando la tapia del recinto, que en algunos puntos estaba casi derrumbada. Era una banda de saqueadores que no tenían miedo de nada ni de nadie y jamás se quedaban en el mismo lugar. Eran tres y obedecían a un jefe, un muchacho alto y rubio de barba enmarañada.

Irrumpieron en el salón a la hora de la cena. El jefe, a grandes voces, reunió a la madre de Hugues y a sus dos hijas en un rincón de la estancia. Sus compinches fueron en busca de la cocinera y del viejo criado y los empujaron al mismo rincón. El tercer hombre los ató con el hilo de tender y los alineó en el suelo codo con codo, detrás del piano. Únicamente Hugues se les había escapado porque estaba jugando en su cuarto cuando llegaron. Contemplaba la escena entre dos columnillas de la balaustrada, en el descansillo.

Lo que siguió fue muy violento y muy sórdido. Los ladrones reventaron los armarios, vaciaron botellas de vino, se dieron un atracón con lo que encontraron en la despensa. Dos de ellos se habían peleado, arrojándose a la cabeza chucherías y cuadros. Se trataba de un espectáculo inaudito para el niño. En pocos instantes, el orden apacible de aquella casa había sido aniquilado y sustituido por un desenfreno de deseos primitivos y violencia ciega. Hugues aguardaba a que la pesadilla tocara a su fin.

Más tarde, ya bien entrada la noche, uno de los saqueadores, menos embrutecido por la comilona que los otros, se dio cuenta de que tenían a cuatro mujeres a su disposición y que podrían obtener placer de ellas. Las hermanas de Hugues solo tenían diez y once años, pero al bandido no le preocupaban esas nimiedades. Fue hasta detrás del piano riendo ruidosamente, examinó los cuerpos tendidos y arrastró uno de ellos por los pies hasta el centro del salón. Era Solange, la mayor de las chiquillas, la cual llevaba un vestido azul demasiado holgado que engañaba sobre sus formas. El borracho la hizo levantar y la presentó a los demás, que estaban apoltronados en unos butacones. La desdichada niña estaba aterrorizada. Hugues divisaba su rostro, sus ojos desorbitados de pánico. Al principio lo acometió el instinto de salir de su escondite para ir a socorrer a su hermana. Pero eso implicaba entregar una víctima más a aquellos que ya tenían cinco a su merced. Esperó cerrando los ojos.

Un grito agudo lo obligó a abrirlos. Solange, a quien su agresor acababa de arrancar el vestido, chillaba con todas sus fuerzas. Sorprendido por aquel alarido, el bandido esbozó un movimiento de retroceso. En ese momento, una forma atravesó la estancia y saltó sobre él. Era Corgan. El hombre cayó hacia atrás y se debatió lanzando roncos gritos. El perro lo había agarrado por el cuello y mantenía a su presa en el suelo, mientras le devoraba el rostro. Los demás estaban paralizados de estupor y contemplaban el espectáculo sin moverse. No tardaron en recuperar el dominio de sí mismos y ponerse en pie. Soltando a su primera víctima, que aullaba de dolor, el perro se enfrentó a ellos.

Aprovechando la confusión, Hugues bajó la escalera, oculto por la barandilla. Una vez en la entrada, abrió la puerta vidriera que llevaba al jardín y huyó, recto al frente. La luna había salido, iluminaba el paisaje. No tuvo dificultad en encontrar el camino. El pueblo solo estaba a un kilómetro, a la salida del bosque. Despertó al guarda rural, que dio la alarma. Diez hombres armados salieron de inmediato hacia la propiedad. Cayeron sobre los maleantes, que estaban cargando cuantas vituallas y vino podían en la carreta. Estaban listos para el presidio.

Pero Corgan había muerto.

Lantier jamás había olvidado el sacrificio de aquel perro, aunque rara vez pensaba en ello. Era la historia de Morlac lo que había hecho aflorar aquellos recuerdos. Y ahora que reflexionaba al respecto, se decía que aquel drama no había carecido de consecuencias en su vida. Había entrado en el ejército para defender el orden contra la barbarie. Se había hecho militar con el fin de prestar servicio a los hombres. Se trataba de un malentendido, por supuesto. La guerra no tardaría en hacerle descubrir que era al revés, que el orden se nutre de los seres humanos, los consume y los tritura. No obstante, en lo más profundo de sí mismo, pese a todo seguía ligado a esa vocación. Y en el origen de la misma se hallaba el acto de un perro.

Debía de haberse adormilado. Bien es verdad que había abreviado la siesta en el hotel para volver pronto a la prisión. Y hete aquí que en aquel banco, mientras acariciaba al perro, se había sumido de nuevo en sus ensoñaciones.

Guillaume seguía apoyando el morro en su rodilla. Lo miraba girando los ojos de forma cómica. Lantier retiró suavemente la pierna y apartó al perro. Luego se levantó y se desperezó. Se arregló el uniforme y se encaminó a la cárcel. El sol se había desplazado, la plaza se hallaba casi por entero en sombras.

Llamó a la puerta y Dujeux acudió a abrirle. En el momento en que entraba, oyó a lo lejos al perro, que de nuevo empezaba a ladrar.