5

Debía de ser día de ducha. Morlac estaba aseado y recién afeitado, con el cabello peinado, y olía a jabón de Marsella. El intermedio con el perro había puesto a Lantier de buen humor. Al entrar en la celda, ocupó su sitio habitual y abrió la carpeta.

—¿Dónde estábamos? ¡Ah, sí! Tesalónica.

—¿De verdad quiere que le hable de todo aquello?

—De todo no. Solo de lo esencial.

—Pues bien, llegamos al frente, ya está.

—¿En qué consistía el frente en esas regiones?

Morlac se hurgaba una uña con un bastoncillo tallado en bisel. Como limpieza llama a limpieza, se había propuesto restregarse hasta los menores rincones.

—Valles rodeados de montañas bastante redondeadas. No había verdaderas trincheras, no frente a frente como en Picardía o el Somme. Las posiciones enemigas se hallaban bastante lejos. Nos ocultábamos en agujeros y cambiábamos de lugar con frecuencia. La artillería disparaba a ciegas.

—¿Barro?

—No demasiado. Pero en verano hacía calor y en invierno el tiempo era glacial. Unas diferencias de temperatura inimaginables. Sobre todo, lo más duro era que permanecíamos mucho tiempo en primera línea. El ejército de Oriente siempre ha estado falto de hombres. No nos relevaban. Nos aburríamos sobremanera, pasábamos semanas enteras así.

—¿Qué hacía usted?

—Leer.

—¿Los demás también?

—No demasiado.

Lantier se decidió a hacer las preguntas que no había formulado claramente la víspera, cuando lo había visto leyendo a Victor Hugo.

—¿Y cómo es que leía? Según tengo entendido, abandonó usted la escuela muy joven.

Morlac refunfuñó.

—Me gusta leer, no hay nada malo en ello.

—El gusto por la lectura, ¿lo heredó usted de alguien?

El preso se encogió de hombros.

—Puede ser.

Lantier decidió que había llegado el momento. Dejó a un lado sus notas y se levantó. Dio un par de pasos hasta la pared del fondo, que estaba cubierta de grafitos obscenos. Entonces se volvió bruscamente.

—Esta mañana he hecho una visita a su mujer. No parece usted tener prisa por ir a su encuentro, pero estoy convencido de que ella lo espera.

—No es mi mujer.

—Pero es la madre de su hijo.

De repente, a Morlac le brillaron los ojos de odio.

—¡No se meta donde no lo llaman! De hecho, ya basta de interrogatorios. Condéneme y acabemos de una vez.

—En tal caso, volvamos a su perro, puesto que es de él de quien se trata.

Por un momento, sintió la tentación de contar su mano a mano con Guillaume en el banco. No obstante, deseaba mantener su autoridad de magistrado militar y aquella historia habría podido pasar por una familiaridad. Su tono seco y el semblante adusto con que se había sumido en sus notas hicieron efecto en Morlac. Agachó la cabeza, como un alumno al que se castiga, y prosiguió con voz maquinal:

—Después de más de un mes en el frente y en aquellos parajes, nos evacuaron a Monastir. Era el fin de la ofensiva de primavera. Guillaume no pudo seguirnos porque había sido herido en el costado por un trozo de metralla.

—¿Lo dejó usted en el frente?

—El tipo que me había sustituido en la casamata había aceptado quedárselo. Era un serbio, evacuado a Corfú tras la derrota de Belgrado. Tenía una extraña manera de mirar a Guillaume. Me daba la impresión de que se había comido a no pocos perros durante la retirada. Lo único que le pedí fue que lo enterrase si llegaba a morir.

—Pero no murió.

—No, ese perro es duro de pelar. Cuando más o menos se curó, hizo el camino solo a través de las gargantas del Vardar hasta Monastir. Recibió bastonazos en la cabeza y cuando llegó tenía los ojos casi cerrados a causa de la sangre que había manado.

—¿Y después?

—Pasamos el invierno en un acantonamiento y eso fue lo que nos salvó. Hizo un frío increíble. Aparte de los cazadores alpinos, nadie había visto jamás temperaturas semejantes. En marzo, cuando nos enviaron de nuevo al frente, aún había masas de nieve de dos metros de altura al borde de las carreteras.

—Y el perro, ¿seguía tan esforzado?

—Recuperó la salud en Monastir. Yo no me ocupaba demasiado de él. Pero había un fusilero inglés, un tipo con el que jugaba a las cartas por la noche, al que le caía simpático. Ya sabe cómo son los ingleses con los animales. Le llevaba cosas de comer, sobras de raciones, no desperdicios. E incluso encontró desinfectante para las heridas que tenía en el lomo.

—¿Y no se sintió tentado de marcharse con el inglés? No debería decirlo, pero no parece usted haber prodigado mucho afecto a su perro.

—Ya se lo he dicho. Yo soy así. Pero era su amo y él lo sabía.

—En resumidas cuentas, se quedó con usted durante toda la guerra.

—Sí.

—¿Hubo muchos combates en ese frente?

—No demasiados. Era una guerra extraña, con pocos contactos. En cierto momento, nos tropezamos con una patrulla austríaca. Tuvimos que abrirnos paso con la bayoneta. Era la primera vez que veía a Guillaume en acción. Había comprendido quién era el enemigo y atacaba a los austríacos sin equivocarse.

—No se lo mencionó en relación con ese combate.

—No había por qué. No tuvo nada de glorioso. Nos limitamos a salvar el pellejo. Y los boches solo tenían un deseo, librarse también de nosotros.

—¿Qué hacían el resto del tiempo?

—Seguir la rutina: patrullas, turnos de guardia, varios reconocimientos. Pero, sobre todo, estábamos enfermos. Se trata de un clima pésimo. Yo me libré de la malaria, pero sufrí una disentería terrible. Ya que es el perro el que parece interesarle, le diré que me veló durante toda la enfermedad y que iba en busca de ayuda cada vez que yo necesitaba algo.

Ahora que Lantier conocía un poco a Guillaume, encontraba muy conmovedor el relato de su devoción durante la guerra. No obstante, precisamente por eso la frialdad de su amo resultaba aún más sorprendente. Que, al igual que todos los campesinos, hubiera mantenido con los animales una relación utilitaria y desprovista de toda efusión podía comprenderlo. Sin embargo, parecía haber otra cosa, una especie de resentimiento. ¿Qué había ocurrido entre ellos que el preso no contaba?

El juez siguió ahondando.

—¿Guillaume tomó parte en el combate que le valió esa distinción? —inquirió.

Morlac había dado cuatro o cinco caladas seguidas a su cigarrillo. El humo producía en él una visible relajación. Se echó hacia atrás hasta que su cabeza tocó la pared. Permaneció largo rato en esa postura y de pronto se incorporó y miró a Lantier.

—Es una larga historia, señor juez. Estaríamos mejor fuera para contársela, ¿no le parece? ¿No podríamos salir a pasear?

Lantier no estaba lejos de hacerse la misma reflexión. Empezaba a estar harto de aquella celda oscura que olía a cerrado y a tabaco, cuando en el exterior hacía tan buen tiempo. Estaba llegando al punto decisivo de la declaración de Morlac y deseaba infundirle confianza.

—Tiene usted razón. Podríamos caminar por el patio.

No era la hora pero, después de todo, no había ningún otro detenido y Dujeux bien podía abrir el patinillo que servía para los paseos. El oficial fue en busca del guardia, que adoptó cierto aire de importancia y reflexionó largo rato en silencio, a fin de comprobar si semejante petición era compatible con el reglamento. Lantier acabó por decidirlo al decirle que era una orden.

El carcelero giró la llave en la cerradura refunfuñando y penetraron en un espacio del tamaño de una pista de tenis. Entre los adoquines, la hierba y las placas de musgo amarilleaban por efecto de la canícula. Tendrían todo el resto del año para saturarse de humedad. Los muros en derredor eran de piedras rudimentarias y las gruesas junturas de un cemento granuloso conferían al conjunto un aspecto medieval. Por encima de aquel patio carente de encanto y de edad se tendía el dosel de un cielo añil que sobrevolaban lentamente pequeñas nubes anaranjadas. La copa de un alerce sobrepasaba el muro.

Morlac parecía muy feliz de respirar aquel aire llegado de lejos. Al juez le daba la impresión de que la reclusión ya no le pesaba desde el momento en que podía contemplar el cielo.

Cruzaron el patio en diagonal y luego empezaron a deambular por su perímetro, como todos los presos del mundo.

—No querría que hubiera ningún malentendido de resultas del informe que se dispone a redactar. Por eso debo decirle algo de entrada: se equivoca usted respecto de mi mención honorífica.

—¿Qué quiere decir?

—Pues bien, digamos que, y disculpe la expresión, se va usted por las ramas. Me hace preguntas sobre mi perro. Intenta obligarme a decir que lo quiero, que es mi compañero de armas. Ya veo adónde quiere llegar.

—Es en su propio interés, ya se lo he dicho.

Morlac se había detenido en seco y miraba de frente a su juez. Había recuperado su expresión grave y obstinada. Decididamente, los efectos del aire fresco no le habían durado mucho.

—No quiero que me busque circunstancias atenuantes.

—¿No quiere salir de aquí?

—No quiero que desvirtúen el sentido de mis actos. No acallará usted lo que tengo que decir.

—Bien, pues esta es la ocasión de que se explique con claridad. Debo confesarle que no entiendo ni su gesto, ni su empecinamiento en recibir una grave condena.

Morlac no parecía turbado por aquella confesión. Reemprendió la marcha.

—¿Recuerda lo que ocurrió en mil novecientos diecisiete, mi comandante?

Lantier le lanzó una inquieta ojeada. Año 1917, el año negro de la guerra; el año del Camino de las Damas y los grandes amotinamientos; el año de la desesperanza y los choques contradictorios; el desembarco de los americanos y la retirada de los rusos; la derrota de los italianos y el acceso al poder de Clemenceau. La cosa empezaba mal.

Afortunadamente, Dujeux, delante de la puerta, agitaba sus llaves. La salida al patio no había modificado el resto del ritual y la sopa estaba servida. Por una vez, Lantier se felicitó por haber empezado tan tarde el interrogatorio. Al día siguiente tendrían todo el tiempo del mundo para iniciar lo que para el oficial prometía no ser un viaje de recreo.

Al emprender el regreso, Lantier había dudado si dar un rodeo para acariciar al perro. Le contrariaba verlo ladrar de nuevo, al límite de sus fuerzas, recostado en un guardacantón al fondo de la plaza Michelet.

No obstante, a aquellas horas de la tarde la gente empezaba a salir a la calle de nuevo. Una carreta subía de la iglesia abacial haciendo crujir los adoquines. Un artesano con chaqueta negra silboteaba con una escalera de mano al hombro. Lantier no quería correr el riesgo de suscitar rumores en la ciudad acerca de su sensiblería, su piedad por los animales. Atravesó la plaza con porte digno y enfiló la calle 4-Septembre.

Un poco más allá, entró en La Civette a comprar tabaco, en previsión del interrogatorio del día siguiente. Él fumaba poco, pero Morlac había adquirido la costumbre de pedirle cigarrillos y deseaba disponer de esa baza en la partida que se anunciaba.

En el momento en que salía de la expendeduría de tabaco, se encontró con el jefe del pelotón de gendarmería de la ciudad. Había querido conocerlo desde su llegada, pero le indicaron que estaba de viaje.

—Sargento primero de gendarmería Gabarre —anunció con voz ronca el agente, poniéndose firmes.

Coloradote, paticorto y de vientre prominente, el sargento de gendarmería tenía todo el aspecto de un campesino. Debía de tratarse de un lugareño que había entrado en el cuerpo aprovechando una oportunidad. Sin duda su decisión había respondido al mismo cálculo realista que incita al campesino a sembrar su campo de alfalfa en lugar de avena, en función de las cotizaciones del mercado. Por lo que Lantier había comprendido conversando con el otro gendarme, pues en aquella ciudad tranquila la dotación se limitaba a dos hombres, Gabarre había hecho toda su carrera sin moverse de allí.

—Vengo de un entierro, a treinta kilómetros de aquí, mi comandante. Lamento no haber podido asistirlo en su investigación.

El gendarme no debía de haber hecho la guerra. Temblaba en presencia del oficial y no había adquirido la altanería irónica que los veteranos incorporaban a sus manifestaciones de obediencia.

—Descanse, jefe. Todo va bien, se lo agradezco. ¿Tiene un momento?

—Estoy a sus órdenes, mi comandante.

—En tal caso, acompáñeme a la plaza Étienne-Dolet, creo que así es como llaman a esa pequeña plazoleta que dispone de sillas al pie de los árboles.

Caminaron juntos en silencio. El gendarme cojeaba un poco. Probablemente se debía más a la gota que a una herida de guerra. Llegados a la plaza, se sentaron en sendas sillas alrededor de un velador de esmalte. Gabarre se puso el quepis en el regazo, triturando nerviosamente la visera de charol. El camarero acudió a tomar nota de su comanda y les trajo dos cañas de cerveza.

Una penumbra violeta empezaba a invadir las calles, mientras que el cielo aún estaba claro, estriado de nubes rosadas. El aire era fresco y los muros desprendían toda la humedad acumulada durante los meses de lluvia. Sin embargo, las sillas y el suelo conservaban el calor y dotaban a aquella hora vespertina de una voluptuosidad tanto más preciosa cuanto que la sabían efímera.

—He ido todos los días a la cárcel. El interrogatorio del detenido está casi concluido.

El gendarme se tomó aquel anuncio como un reproche.

—Discúlpeme —dijo.

Pero Lantier no veía en qué podía haberle afectado su ausencia y lo tranquilizó.

—¿Conocía usted al tal Morlac antes de su hazaña?

—De vista, como todo el mundo. —Y con expresión ladina, el gendarme añadió—: Un tipo raro.

—¿Raro en qué sentido?

—No sabría decirle, mi comandante. Es un muchacho que apenas se dejaba ver. No tenía amigos, ni familia. Cuando volvió de la guerra, el alcalde organizó una ceremonia para los combatientes. Él también asistió, se dedicó a beber a solas en su rincón y luego se marchó sin saludar a nadie. El secretario del ayuntamiento estaba convencido de que Morlac había birlado unos cubiertos de plata. Se habló de hacer pesquisas, pero, finalmente, habida cuenta de su hoja de servicios en el frente, la idea se desestimó. No obstante, lo había hecho casi abiertamente, como si deseara provocar un escándalo.

—¿Conoce a Valentine, la madre de su hijo?

—Ah, ya está al corriente.

Gabarre se había relajado un tanto. Se había terminado la caña y el juez hizo una seña al camarero para que trajera otra.

—Esa es harina de otro costal. No le quitamos la vista de encima.

—Yo creía que no salía de su casa. He ido a verla. Vive prácticamente en lo más profundo del bosque.

—No sale, pero hay gente que va a visitarla.

—¿Qué clase de gente?

El gendarme se inclinó hacia delante y lanzó una mirada recelosa en derredor.

—Obreros —musitó con voz sorda—. Prófugos. Ella cree que no lo sabemos. Lo hacemos expresamente, para que sigan viniendo. Pero lo cierto es que los vigilamos, y cuando salen de allí les caemos encima.

Sonrió con la expresión astuta del cazador furtivo que revela el emplazamiento de sus trampas.

—¿Conoce a su familia? —preguntó el gendarme, seguro del efecto producido.

Tal como había previsto, Lantier se sorprendió.

—Creía que ya no tenía. Todos murieron por enfermedad. Ella misma me lo dijo.

—Por mucho que hayan muerto, es indudable que vivieron —objetó Gabarre, orgulloso de su lógica.

—Estoy dispuesto a creerle. ¿Y bien?

—Pues bien, ella no le dijo quién era su padre.

—No.

—No se enorgullece de ello. Su padre, mire por dónde, era un judío alemán, allegado de la tal Rosa Luxemburgo, que fue asesinada el invierno pasado en Berlín. Era miembro de la Internacional Obrera. Se trataba de un agitador y un pacifista furibundo. Fue detenido y murió en la cárcel de Angers. Al parecer estaba tuberculoso.

—¿Y su madre?

—Era una muchacha de aquí. Sus padres la habían enviado a París para estudiar costura en una gran casa de modas. Fue allí donde conoció a ese emigrante. Se enamoró locamente de él y se casaron. No obstante, procedía de una buena familia, unos ganaderos que poseían tierras en la región. La mujer heredó una pequeña parte pero el grueso fue a parar a sus hermanos. Afortunadamente para ella, fue después de la muerte de su marido, porque este la habría obligado a venderlo todo para entregar el dinero a la causa.

Con la segunda caña de cerveza, el sargento de gendarmería se había relajado por completo. Lantier se quedó sorprendido al constatar su agilidad mental y lo bien informado que estaba. Sospechaba que ocultaba su juego, pero no hasta ese punto.

—La pobre mujer no pudo disfrutar su herencia —prosiguió—. Una epidemia se la llevó justo después y a su hija mayor con ella. Solo quedó la tal Valentine, que es clavada a su padre, según dicen, y tan acérrima como él.

—Y, sin embargo, no lo parece.

No obstante, al decir eso Lantier rememoró de pronto la dura mirada de la muchacha y la manera en que había hablado de la guerra.

—Es muy astuta. Fue recogida por una tía de su madre medio salvaje que se había instalado en ese rincón perdido para no ver a nadie. Seguro que le enseñó sus trucos de hechicería.

—¿Sabe por qué Morlac no volvió con ella después de la guerra?

El gendarme se encogió de hombros.

—¿Acaso es posible adivinar lo que piensa esa gente? Sin duda se pelearon.

—¿Ha conocido a otro?

—Ya se lo he dicho: pasa gente a menudo por allí. Esos revolucionarios utilizan su casa como escondite para los tipos que tienen problemas con la policía. En cuanto a saber si ha tenido una historia con alguno de ellos, no podría decirle.

Ya era noche cerrada. El camarero había encendido quinqués alrededor de las mesas y dos farolas de gas, a uno y otro extremo de la plaza, difundían una luz malva sobre los adoquines. Lantier consultó su reloj. Era hora de volver al hotel, si es que quería cenar.

—¿Querría prestarme un servicio, jefe?

Gabarre recordó de repente con quién estaba hablando. Se incorporó y dijo con voz fuerte:

—Sí, mi comandante.

—Entonces, intente averiguar si Morlac ha visto a su hijo desde que volvió.

—No será fácil, pero…

—Cuento con usted. Pase a verme cuando pueda, si se entera de algo.

Lantier dejó unas monedas sobre la mesa y se levantó. El gendarme esbozó un saludo militar pero el juez le estrechó la mano.

Mientras bajaba hacia el hotel, le pareció que la brisa transportaba de vez en cuando los ladridos de un perro. Pero eran débiles y muy irregulares.