De Nueva York no se es, en Nueva York se está”. La frase que uno de los personajes de la novela le dice a Rania Roberts es la clave para definir una ciudad con personalidad y vida propia. Todos los que han estado en Nueva York han podido experimentar el alma de la urbe.
El enigma de Rania Roberts nos permite adentrarnos en las distintas caras de Nueva York. Aquella que hace posible una vida inesperada con momentos mágicos[1] o la que está habitada por ejecutivos sin escrúpulos que consienten que una frase como “el hombre es un lobo para el hombre” siga vigente. Entre sus páginas paseamos por la ciudad multicultural y por la ciudad del glamour. Por los sitios con encanto y por los bajos fondos. Recorremos sus largas avenidas, conocemos sus barrios con espíritu y entramos a sus locales con carácter.
Podemos dar un giro a esa primera frase: De Nueva York no se es, Nueva York se siente. La ciudad tiene incluso banda sonora. Su propio sonido. Cuenta con una mitología popular que se ha convertido en universal…, una mitología que ha sido trazada por notas musicales, por celuloide, por fotografías, por distintas voces y por páginas y páginas de libros, ensayos, revistas o periódicos. Cuando imaginamos Nueva York, es inevitable que nos venga a la cabeza la melodía de Rhapsody in Blue de George Gershwin. O escuchemos a una elegante y glamurosa muchacha cantando Moonriver en el alféizar de una ventana. O que de pronto nos dejemos llevar a un bar de copas de lo más chic ubicado en el Standard Hotel en el Meatpacking District y oigamos New York, New York en la voz de una rubia triste. O que desde una ventana de un barrio populoso, a través de una emisora de radio, suene el Claro de luna de Debussy[2].
Un montón de veces nos hemos parado en el escaparate de Tiffany, hemos paseado en otoño por Central Park o hemos quedado con alguien en lo alto del Empire State Building. Otras nos hemos encontrado en los barcos de inmigrantes, soñando una nueva vida, mientras vislumbramos la Estatua de la Libertad. Luego nuestro paso por la Isla Ellis, la puerta al futuro.
También hemos conocido el Nueva York de la prohibición. Un Nueva York peligroso y violento donde los inmigrantes cuentan que érase una vez en América fueron niños que perdieron la inocencia y luego se convirtieron en gánsteres. Un Nueva York del crimen que cruza Little Italy y pasa por Chinatown…, aunque ahí tienen lugar pequeñas historias costumbristas y multiculturales. En un momento dado, podemos formar parte de pandillas como los Jets y los Sharks… para conquistar una esquina. O buscar un banco eterno con unas vistas preciosas al puente de Brooklyn, donde contar nuestros deseos o sentarnos junto a la persona amada. Sorprendernos ante el paseo hipnótico por el Times Square con luces brillantes y anuncios enormes a lo Blade Runner dentro del coche de un taxista paranoico. Esa intersección mítica en pleno Manhattan, donde se recibe cada nuevo año, en la que nos cruzamos con un solitario cowboy de medianoche o con unos jóvenes bailando encima de los vehículos soñando con la fama. También podemos encontrarnos en la pequeña habitación de un anciano cansado y triste… que ve en las paredes de su habitación las sombras de unas torres que se derrumban[3].
Rania Roberts pasea por un Nueva York del siglo XXI que conserva sus señas de identidad. Una ciudad multicultural, glamurosa, moderna y llena de rincones con magia pero también una ciudad fría, violenta y deshumanizada, centro de la gran crisis económica que ha arrastrado al mundo. La cara y la cruz de la Gran Manzana…