El llamado nocturno

Nuestra casa se levanta al borde de una amplia meseta que domina por todos lados el paisaje y que declina fuertemente hacia el oeste en una a modo de ancha garganta. En el fondo, el profundo valle así formado limitado por la abrupta costa paraguaya y por dos altos cerros en tierra argentina que cierran el anfiteatro, yace estático el Paraná, convertido en lago escocés por obra del ambiente. El valle, la cordillera, cuanto abarca la vista se halla cubierto por el bosque. En esa mancha uniformemente sombría sólo las aguas del río pincelan de color el paisaje; cinc en las primeras horas de la mañana; plata cuando el sol ya ha ascendido, y oro y sangre a la muerte de la tarde.

La pequeña meseta cuyo centro ocupa nuestra casa se halla bordeada de palmeras. Esta circunstancia, añadida a la disimulación del terreno inmediato, que aleja por todas partes el horizonte, da al palmar un aspecto de atoll o isla polinésica, impresión esta que se torna muy viva en las noches de gran luna, cuando, a favor de la brisa nocturna, se difunde en el ámbito el frufrú marino característico de las palmeras.

Naturalmente no se hallan sólo palmeras en casa. Hacia el este, un macizo de bambúes malayos —hoy un bosque— ha desbordado ya de la meseta. Dos amplias avenidas lo cruzan, y su gran bóveda y la verde penumbra ambiente constituyen el paraíso de los pájaros, sus dueños natales.

Las aves de vida exclusivamente forestal defienden satisfactoriamente su existencia de la garra de los gavilanes y águilas, en razón del obstáculo que la fronda tupida ofrece al vuelo de aquéllos.

No así los pájaros de habitar menos restringido, para quienes el espacio libre constituye un perpetuo peligro. Los bosquecillos aislados e inmediatos al hombre ofrécenles un refugio seguro y un campo de nutrición abundante, que se apresuran a adoptar, y de aquí la riqueza en pájaros de nuestra meseta, que los ampara maravillosamente.

En un principio, como en el mundo bíblico, en nuestra árida meseta era la nada. Cuando los primeros samoliús y eucaliptos hubieron alcanzado algunos metros, un casal de chingolos se atrevió a explorar la meseta; estudió concienzudamente las seguridades que ésta podía ofrecerle, fue y vino por varios días, hasta que pernoctó por fin allí.

Éstos fueron los primeros huéspedes. Más tarde, y hoy mismo, como si una voz de aliento prosiguiera su llamado por la selva, nuevas especies se apresuran a poblar el paraíso.

A los chingolos sucedieron los gargantillas. Tras éstos, las tijeretas, los pirinchos, los mixtos dorados, los annós, las tacuaritas, los pecho-amarillo, los benteveos, los mirlos, los tordos (de vientre oro viejo, los unos, y de rojo sangre, los otros), las tórtolas, los zorzales, los celestes, los tirititís, y tal vez algunos otros.

Estas especies viven con nosotros, nos conocen, y buscan, como pollitos, protección a nuestro lado ante el peligro.

En los últimos meses se ha visto un casal de horneros observando atentamente la meseta y lo que pasa en ella. Estos pájaros eran sumamente raros en el país hace veinte años. En su ascensión hacia el norte desde Corrientes, los postes del telégrafo han ido prestando apoyo a su nido, y en su carrera a lo largo de la línea telegráfica, que les sirve de meridiano, han llegado, poste tras poste, hasta el río Yacanguazú.

De tarde en tarde tenemos también la visita de un pajarillo flameante, todo él una brasa viva, que se posa, inmóvil, a respetable distancia, donde hace tremendo impacto sobre el verde lóbrego del bosque. Tras largas horas de inspección, alza el vuelo y desaparece. Como con los horneros, abrigamos la esperanza de que concluyan por rendirse a la seguridad y las delicias del bambuzal.

Pero el huésped más extraño de nuestra meseta es, sin duda alguna, un ave misteriosa, cuya existencia sólo se delata en circunstancias dramáticas.

Surge, en efecto, en las noches de tempestad, no se sabe de dónde, a golpear desesperadamente con sus alas las vidrieras del hall. Su presencia en casa marca para nosotros una época: aquella en que construimos el gran living, indispensable a nuestra casita de piedra, cuyas piezas no ofrecen la amplitud necesaria al destino de aquél. Alcanzamos asimismo con el living el ideal que alentó constantemente nuestras esperanzas: grandes y bajos ventanales. Tantos, que podemos leer tras ellos de día aún, cuando afuera comienza a helar; y el último rayo de sol que incendia el Paraná enciende también de luz las orquídeas del living. En suma: confort para nosotros en la estación cruda, e invernáculo para nuestras plantas.

Tal fue el plan a que se ajustaron las grandes vidrieras del hall.

Concluyose éste a principios de invierno. Y desde ese instante esperamos impacientes la primera noche de temporal para disfrutarla al amor de la gran chimenea, mientras el agua restallaba en los cristales.

Gran luz, gran chimenea, ambiente tibio, de un lado: del otro, tras las vidrieras, la selva desgajada y chorreante por la tempestad. Preciso es amar la naturaleza, sus luchas y dificultades, para apreciar la calma e intensidad de tal goce.

En una de esas noches hizo su primera aparición el pájaro extraño. Sobre el convulsivo crepitar de la lluvia oímos el choque de su aleteo desesperado contra los cristales.

Era un pájaro pequeño, de lomo verde y pecho ceniciento, en cuanto pudimos apreciar dados los reflejos del agua. No habitaba nuestra casa; más aún: jamás lo habíamos visto.

¿De dónde salía? No podía vivir en casa, oculto constantemente a nuestros ojos. Uno por uno conocíamos a nuestros huéspedes.

¿Había llegado del bosque, barrido por el huracán? Tampoco era esto admisible, puesto que aquél podía y debía ofrecerle refugios de ancestral seguridad.

Sacudiose aún largo tiempo contra los vidrios y desapareció. Un mes más tarde repetíase el drama. Y cada noche de tempestad invernal estamos indefectiblemente seguros de su visita, sin que entretanto, sean cuales fueren las circunstancias, logremos verlo de día.

Es una avecilla desgraciada que vive quién sabe en qué tenebroso rincón del bosque que abandona a los primeros embates de la tempestad para ir a buscar protección en las grandes vidrieras iluminadas. Cada vez que hemos abierto una ventana, inundando con ello el mosaico, para concederle abrigo, ha desaparecido.

Constituye un elemento esencial de nuestras veladas en el living, cuando la lluvia restalla en los cristales. Surge entonces como el fantasma de un gran desamparo en busca de protección, que rehúsa, sin embargo, para hundirse quién sabe dónde y por qué en el seno de la tempestad.