Confusa historia de una mordedura de víbora

Desde hace ya tiempo nuestras serpientes venenosas se hallan perfectamente determinadas. La tarea no ha sido difícil, pues si bien es cierto que una especie se halla difundida en gran parte de la república, las demás tienen un hábitat bastante restringido. Constituye aquella especie la yarará típica del norte y centro del país: la víbora de la cruz. Otra yarará, pequeña de tamaño y de nariz levantada, puebla el sur de nuestro territorio. Todas las demás serpientes venenosas —y son cinco o seis— se hallan limitadas en el extremo norte del país.

Resumiendo: Contamos en todo con cinco yararás (lachesis alternatus, neuwiedi, atroz, lanceolatus y amoditoides); dos pequeñas serpientes de coral (coralinus y frontalis), y una serpiente de cascabel (crotalus terrificus). Ocho especies ponzoñosas en total, entre la innumerable legión de culebras y serpientes inofensivas y útiles que pueblan nuestro suelo.

Estos tres grupos venenosos, constituidos por las yararás, las de coral y la de cascabel, son tan diferentes entre sí a simple vista, cual distinto es el efecto de sus respectivas ponzoñas. Del aspecto de una víbora de la cruz (lachesis alternatus) a una serpiente de cascabel va el mismo mundo de diferencia que de ésta a una radiante víbora de coral. Del mismo modo, la acción del veneno es característica para cada uno de estos grupos, sin que pueda ser confundido con el de ningún otro. Así, mientras el veneno de las yararás (honor a ellas por su fama) obra casi exclusivamente sobre la sangre, el de la serpiente de cascabel actúa con marcadísima preferencia sobre el sistema nervioso. Apenas merecen ser tenidas en cuenta a este respecto las víboras de coral, en razón de la exigua cantidad de veneno de que disponen, y al hecho de ser rarísimas las víctimas que ocasionan. Cumple decir, sin embargo, que su veneno actúa también preferentemente sobre el sistema nervioso, al igual que el de su prima hermana, la cobra capelo de la India.

He aquí las características de la manifestación de estos dos venenos: Tumefacción enorme, dolor en proporción a ella, gangrena, coagulación en masa de la sangre, en los casos muy graves, para la mordedura de las yararás.

Falta de dolor y tumefacción, estado de angustia, convulsiones, asfixia progresiva, parálisis progresiva de los centros nerviosos, para la mordedura de una serpiente de cascabel.

Esta nítida línea diferencial entre los síntomas de una y otra especie de veneno es tan acusada por lo general, que el solo examen de un paciente basta para que él denuncie sin temor de yerro la especie de ponzoña de que éste es víctima.

Así es por lo común. A veces, sin embargo, la influencia de la estación, del tiempo, de la idiosincrasia de agente y paciente, enturbia hasta límites increíbles esta agua clara del límite diferencial.

Una tarde, a la caída del crepúsculo, entraba yo a galope de mi caballo en una picada de la selva de Misiones. Delante de nosotros galopaba también mi perra setter, cachorra aún, que por la dulzura de su carácter y por haber sido criada en los brazos de mis chicos, absorbía el cariño de toda la casa.

Habíamonos internado cien metros en la picada, cuando alcancé a ver en el suelo, justamente en la misma línea que llevaba mi caballo, y ya casi debajo de éste, una gran víbora arrollada. Por la disposición de las curvas de la bestia y la situación de su cuello noté con la brevedad de un relámpago que era una yarará y que iba a atacar. Quise levantar el caballo, pero era tarde ya, y pasamos. Lleno de inquietud eché pie a tierra y examiné las patas del animal, el cual, vuelto hacia el lugar que acabábamos de dejar, dirigía hacia el suelo sus orejas durísimas. Nada hallé felizmente, y me encaminé hacia la víbora.

Pero hacia allá, con aire más curioso que intranquilo, iba también mi perra al encuentro de la víbora. Seguramente ella a su vez había advertido algo anormal al pasar corriendo y aprovechaba nuestra detención para cerciorarse de ello. La contuve con un grito, en el instante en que tendía el hocico hacia la muerte. Acababa de salvar a mi perra, como se había salvado por casualidad mi caballo. No me quedaba por hacer sino concluir con la víbora, y un instante después comprobaba su inequívoca especie. Era una lachesis neuwiedi, de piel recién cambiada y en pleno vigor de lucha, por lo tanto.

Cuando volví hasta mi caballo tuve que palmearlo para que se recobrara, pues sus orejas continuaban con la misma inmovilidad y dureza dirigidas a tierra. No había perdido detalle del drama, seguramente. Reemprendimos la marcha, siguiendo al galope por la picada ya casi sumergida en las tinieblas.

De pronto —no recuerdo por qué ni en qué momento— me di cuenta de que la perra no estaba con nosotros. Y con la misma instantaneidad tuve la iluminación certera y fatal de lo que había pasado en realidad a comienzos de la picada.

Volví riendas llamando a mi perra y un momento después la hallaba sentada y jadeando con extrema velocidad. Estaba loca de alegría por verme. Su mirada azorada dejaba traslucir claramente su sentimiento de incomprensión por lo que le pasaba. Hacía todos los esfuerzos de que es capaz un noble animal por seguir a su dueño. Pero tenía paralizadas las piernas traseras, y un momento después caía de costado, sacudida por convulsiones tetánicas.

De acuerdo con todas las reglas del arte, había sido cazada a la entrada de la picada por la yarará. Con la caída de la noche, la víbora había ido a arrollarse en un costado del sendero, a la espera de una liebre o un agutí. Nuestro galope resonante no la había cogido pues de improviso; y al ver pasar velozmente ante ella una presa —mi perra—, había lanzado adelante sus colmillos. Mi perra lo había sentido sin duda —sensación de golpe, de hincadura de espina—, y aprovechando mi detención para examinar las patas del caballo, había ella retornado sobre sus pasos a investigar la causa del pinchazo. Ello explica la salvación milagrosa de mi caballo, ya que la víbora, casi exhausta de veneno por su primera mordedura, había reservado prudentemente sus últimas gotas de ponzoña.

Omito recordar la impresión de toda nuestra casa cuando ya muy entrada la noche llegamos yo y mi caballo, con el cadáver de la pobre Tuké dentro de una bolsa, y anoto lo siguiente:

Comuniqué por carta el caso al Instituto de Seroterapia Ofídica de San Pablo, Brasil, con el que yo mantenía entonces relación epistolar. Informé detalladamente sobre los síntomas a todas luces anormales que había observado, tratándose, como era el caso, de una mordedura de lachesis, y no de crótalo.

El Dr. Gómez, distinguidísimo herpetólogo del Instituto, me respondió que la sintomatología en cuestión correspondía en efecto al veneno de una serpiente de cascabel. Yo era así quien debía estar equivocado en mi observación, al acusar a una yarará del daño que había causado un crótalo.

Contesté al sabio asegurándole que en el terreno de lucha no había habido serpiente de cascabel alguna, y que la mordedura, los síntomas y la muerte incluso, de mi setter debían ser imputadas a la lachesis neuwiedi cuya descripción detalladísima le remitía también.

Acusó recibo el Dr. Gómez, diciéndome que la descripción que le enviaba era bien y efectivamente la de una neuwiedi. Pero como los efectos del veneno observados no correspondían a los que produce aquella especie, era obvio que la muerte de la perra no podía ser atribuida a una lachesis. Un crótalo, que con seguridad yo no había visto, había huido después de morder al animal, dejando ante mi vista y en reemplazo, a una yarará inocente. Que si yo hubiera buscado bien, etc.

Y así estamos. En cuanto me concierne de este problema, considero hasta hoy absurda la hipótesis del Dr. Gómez. Él por su parte, considera (consideraba: ha muerto hace algunos años) más absurdo todavía el atribuir la acción neurotóxica del veneno del caso, al veneno de una lachesis que, como nadie lo ignora, tiene una acción hemolítica de las más marcadas.