Tempestad en el vacío

El hombre ha llegado a la frontera tropical sin afán de lucro, lo que es muy raro, y se instala a guisa de huésped en un campamento de yerba mate. No ofrece la vida allí grandes comodidades. Mayordomo, capataces, y peones gustan de la misma pobre comida. El lecho es duro, la cama angosta, el mosquitero corto. Nuestro hombre pasa por todo, como se pasa una eterna Semana Santa en la soledad de la metrópoli. En realidad, una semana es también el plazo que el visitante ha fijado a su vacación agreste. Finalizada ésta, regresará a su hogar rico de impresiones.

Ni rico ni pobre, ciertamente en sólo siete días de selva. ¿Qué puede ver con mirada virgen en tan breve lapso?

¿Cómo lavar sus ojos del paño que la vida urbana ha sedimentado en ellos durante décadas? A lo más, adquirirá de la selva el conocimiento que pudo haber tenido sin moverse de la ciudad, asistiendo durante siete noches consecutivas a la exhibición de cintas naturales. La naturaleza al vivo llaga los ojos; y sólo después de largo tiempo se los recupera.

En fin, aprenderá leyendas selváticas de primera agua.

Tampoco esto le será acordado. Las leyendas de monte —en Misiones, por lo menos— son desconocidas en el país. Las que corren como tales no se sabe de dónde provienen: tal vez de los libros. La tradición nativa no las ha conservado, y en vano se pretenderá escucharlas de labios guaraníes. Estos mismos labios son capaces, sin embargo —hay casos— de repetir todavía el padrenuestro en latín, postrera y única herencia de la educación jesuítica; pero de leyendas nada saben.

El que esto escribe cruzaba una vez el Alto Paraná en guabiroba en compañía de un viejo indígena que conservaba purísimo su guaraní racial. Esto pasaba mucho más allá de la boca del Iguazú. Efectuábamos la travesía bajo una siesta caliginosa, que hacía danzar el basalto y el bosque negro en vibraciones de fuego. El horizonte de agua, muy próximo, sin embargo, reverberaba a tal punto que hacía daño deslizar la vista por él.

—Cuando el sol no es fuerte —me dijo mi acompañante en lengua franca de frontera—, se ve aparecer una canoa tripulada por nueve marineros vestidos de blanco.

—¿De dónde salen? —pregunté.

—No se sabe —me respondió—. A la hora de la siesta, cuando el sol no es tan fuerte, salen de atrás de esa restinga negra. Es una falúa de un buque de guerra…

Éstas no son sus palabras exactas; pero sí la expresión «falúa».

Ahora bien, nadie en aquella latitud es capaz de inventar tal absurdo. Acaso en la época de la conquista o más tarde, una cañonera inglesa remontó el Paraná. Tal vez naufragó en aquellas aguas, pereciendo toda la tripulación. La impresión provocada por la catástrofe ha creado en la mente indígena la leyenda correspondiente que hasta hoy se conserva en la memoria racial transmitida de generación en generación con las mismas expresiones: «falúa», «fantasma»…

Nuestro huésped adquiere a su vez su pequeño grano de leyenda oscura.

En la alta noche se oye distintamente el estrépito fragoroso de la caída de un grueso árbol. Estos árboles, caducos o enfermos, pierden pie a menudo. Pero éste ha caído tan cerca que nuestro huésped cree su deber llamar la atención del capataz que duerme a su lado.

—Mala tarea mañana para ustedes —advierte.

—¿Qué cosa? —responde el capataz.

—Ese árbol que acaba de caer.

—No ha caído ningún árbol —niega el capataz.

—¡Cómo! Usted estaría durmiendo.

—No dormía. No ha caído ningún árbol. Usted mismo lo verá mañana.

Nuestro huésped queda como quien ve visiones. Apenas rompe el día mira desde la carpa y recorre el campamento en todas direcciones. No hay ningún árbol en tierra. Y todos han oído el retumbo de su caída.

—No, no ha caído árbol alguno —le dice más tarde el mayordomo—. Todos conocen en el Alto Paraná este fenómeno, y ya nadie se inquieta.

—¡Pero, en alguna parte ha caído! —observa el huésped—. ¿Cuestión de eco, entonces?

—Tampoco. No ha caído… ahora.

—¿Cómo, ahora?

—No ha caído en el instante en que lo oyó. Cayó antes, hace un año, ¡qué sé yo! Tal vez hace siglos. Se trata de un fenómeno ya conocido, y cuya explicación parece haber sido hallada últimamente. Las primeras observaciones, a lo que entiendo, se hicieron en los cañones del Colorado. Oíase patente allí el desplome de secuoyas que no existían más, y gritos y aullidos lejanos traídos por el viento, tal cual en los asaltos de las caravanas de antaño por los pieles rojas. Otras cosas más se han oído, pero sin comprensión perceptible hasta hoy.

»A estos fenómenos singulares pertenece, sin duda alguna, el fragor del árbol caído que usted oyó anoche, y que cayó.

»¿Explicación científica, dice usted? Yo no la sé, ni creo que nadie pueda dársela todavía. La teoría más aceptada por los que especulan con estas pseudo alucinaciones auditivas, es la siguiente.

»Todo fenómeno físico se verifica con el concurso de una serie de circunstancias concomitantes: temperatura, estado higrométrico, tensión eléctrica, vibraciones telúricas, ¡qué sé yo! En un ambiente tal, y de tales características, se produce, pues, el fenómeno. Agregue a aquél si usted quiere, el estado de la atmósfera solar, de los rayos cósmicos, de los iones siderales; en fin, de todos y cuantos determinantes influyen en la eclosión de un fenómeno.

»Pues bien; dichos determinantes no vuelven a hallarse en conjunción sino en pos de un tiempo breve o largo, pero absolutamente impreciso. Pueden pasar semanas o siglos. Pero llega un día, un momento, en que la atmósfera, el grado de humedad, la tensión eléctrica, etc., etc., tornan a hallarse en las mismas circunstancias de conjunción que la que produjo el fenómeno extinguido y, como a través de una radio, los sonidos tornan a reproducirse exactos: caída de un árbol, aullidos de asalto, y lo demás.

»¿Qué admite usted que puede caber en este demás? La voz de oradores convertidos en polvo hace miles de años. El proceso entero de Cristo, y la voz misma del Sinaí. Más atrás todavía: el paleteo de los plesiosauros en los mares calientes, y el hondo retumbo de los cataclismos primarios. Podríamos ir más atrás todavía, aventurándonos…

»Las vibraciones no se pierden —dice la teoría—. Descentradas en muertas espirales en pos del fenómeno que las produjo, vagan por allí, no se sabe dónde, desmenuzadas en la eternidad. Pero basta que las determinantes causales se hallen en conjunción, para que esas vibraciones se concentren con la velocidad del rayo, y tornen a revivir.

»La radio del porvenir captará —¿por qué no?— esas ondas dispersas que guardan la historia sonora de la humanidad y del planeta aún virgen. Y ella cantará a nuestros oídos lo que Dios mismo tal vez no guarda en la memoria.

»¿No lo cree usted enteramente? Yo tampoco. Pero busque usted entretanto el árbol cuya caída hemos oído todos: no lo encontrará.