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EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Control de billetes. Police. Detergentes

No había mucha distancia desde la salida del colector hasta la estación de Aoyama Itchôme. Avanzamos por las vías y, cuando veíamos que se aproximaba un tren, corríamos a escondernos detrás de una columna y esperábamos a que pasara. Nosotros distinguíamos claramente el interior de los vagones, pero los pasajeros no nos veían. En el metro, la gente no contempla el paisaje por las ventanillas. Lee el periódico o mira a las musarañas. El metro no es más que un práctico medio de transporte para desplazarse por la gran ciudad. Nadie sube al metro con el corazón palpitante de alegría.

No había muchos pasajeros. Pocos iban de pie. Aunque hubiese pasado la hora punta, por lo que yo recordaba, a las diez de la mañana pasadas, el metro de la línea Ginza habría tenido que estar más lleno.

—¿Qué día de la semana es hoy? —le pregunté a la joven.

—No lo sé. Ni siquiera he pensado en ello —dijo.

—Para ser un día de entre semana, va muy poca gente en el metro —dije volviendo la cabeza—. Tal vez sea domingo.

—¿Y qué pasaría si fuese domingo?

—Pues nada. Que sería domingo y ya está.

Andar por las vías era más cómodo de lo que imaginaba. Eran anchas, nada interceptaba el paso, no había semáforos, coches, colectas públicas ni borrachos. Los fluorescentes vertían en el suelo la cantidad de luz justa y la atmósfera, gracias al aire acondicionado, era respirable. Imposible encontrarle pegas, sobre todo comparado con la mohosa y pestilente atmósfera del subterráneo.

Primero, dejamos pasar un tren en dirección a Ginza y, después, otro que se dirigía a Shibuya. Acto seguido nos acercamos a la estación de Aoyama Itchôme y, ocultos tras una columna, espiamos el andén. Si un empleado de la estación nos pillaba corriendo por las vías, se armaría la gorda. No se me ocurría una sola razón mínimamente plausible que darle. Descubrimos una escalerilla al principio del andén. Saltar la barrera no parecía difícil. El problema era evitar que nos descubrieran.

Nos agazapamos detrás de una columna esperando a que llegara un tren en dirección a Ginza y se detuviera en el andén, se abrieran las puertas y se apearan los pasajeros, subieran otros pasajeros y se cerraran las puertas. Vimos cómo un interventor salía al andén y cómo, tras controlar cómo subía y bajaba el pasaje, cerraba la puerta y daba la señal de arranque. Cuando el tren desapareció en la boca del túnel, el empleado desapareció también. En el andén opuesto tampoco se veía a ningún empleado del metro.

—¡Vamos! —dije—. No corras, camina como si no pasara nada. Si corremos, la gente sospechará de nosotros.

—¡De acuerdo! —repuso ella.

Salimos de detrás de la columna, nos dirigimos a paso rápido hacia el principio del andén y, con suma indiferencia, como si hiciéramos lo mismo todos los días, subimos la escalerilla y saltamos la barrera. Algunos pasajeros se nos quedaron mirando con cara de asombro. Como si se preguntaran, extrañados: «¿Y quiénes son esos dos?». Era evidente que no éramos empleados del metro. Cubiertos de barro de los pies a la cabeza, con el pantalón y la falda empapados, los cabellos desgreñados, los ojos llorosos por culpa de la luz deslumbrante: con aquella pinta no era fácil que nos confundieran con empleados del metro. Por otra parte, ¿a quién se le ocurría caminar por las vías con el objeto de divertirse?

Sin darles tiempo a que llegaran a conclusión alguna, cruzamos el andén a toda prisa y nos dirigimos a la garita del encargado. Al llegar, nos dimos cuenta de que no teníamos billete.

—Decimos que lo hemos perdido, pagamos el importe y listos —pro— puso ella.

Le dije al joven empleado que habíamos perdido los billetes.

—¿Los han buscado bien? —dijo él—. Tienen muchos bolsillos. Compruébenlo de nuevo.

Ante la garita, fingimos registrar nuestras ropas de arriba abajo. Mientras, el empleado nos miraba de hito en hito, con desconfianza.

Le dije que no los encontrábamos.

—¿Dónde han cogido el metro?

Le dije que en Shibuya.

—¿Y cuánto han pagado desde Shibuya hasta aquí?

Le dije que lo había olvidado.

—Creo que unos ciento veinte o ciento cuarenta yenes.

—¿No lo recuerda?

—Estaba pensando en otras cosas —dije.

—¿Seguro que han subido en Shibuya? —preguntó el empleado.

—Pues claro. Éste es el andén del metro que viene de Shibuya. ¿De dónde cree que venimos, si no? —argumenté.

—Se puede pasar del otro andén a éste. La línea Ginza es muy larga, ¿sabe usted? Podrían haber ido de Tsudanuma a Nihonbashi por la línea Tôzai, haber hecho transbordo y, luego, haber venido hasta aquí.

—¿De Tsudanuma?

—Es un ejemplo —dijo el empleado.

—¿Y cuánto vale, entonces, desde Tsudanuma? Le pago el importe desde allá, ¿le parece bien?

—¿Viene usted de Tsudanuma?

—No —dije—. No he estado allí en mi vida.

—Entonces, ¿por qué está dispuesto a pagarlo?

—Porque usted acaba de decírmelo.

—Era sólo un ejemplo, ya se lo he dicho.

Llegó el siguiente metro, se apearon una veintena de pasajeros, pasaron ante la garita y siguieron adelante. Miré cómo se alejaban. No había ni uno que hubiese perdido el billete. Reemprendimos las negociaciones.

—¿Y desde dónde tengo que pagarle para que se dé por satisfecho?

—Desde la estación donde han cogido el tren —contestó.

—¡Pero si ya le he dicho que era Shibuya!

—Pero no se acuerda del importe del billete.

—Esas cosas se olvidan —dije—. ¿Se acuerda usted de lo que cuesta un café en un McDonald’s?

—Nunca tomo café en un McDonald’s —replicó el hombre—. Es tirar el dinero.

—Es sólo un ejemplo —dije—. Me refería a que el precio de las cosas pequeñas se olvida enseguida.

—Sea como sea, todas las personas que pierden el billete declaran el precio mínimo. Todas vienen aquí y dicen que vienen de Shibuya. Todas igual.

—Ya le he dicho que le pago el billete desde donde sea. ¿Desde dónde quiere que se lo pague?

—Eso no soy yo quien debe decirlo, ¿no le parece?

Me daba pereza prolongar más aquella discusión estéril, así que le dejé mil yenes y nos marchamos por las buenas. A nuestras espaldas, oímos la voz del interventor que nos llamaba, pero fingimos no oírla. Me fastidiaba perder el tiempo discutiendo por uno o dos billetes cuando el mundo estaba a punto de acabar. Además, pensándolo bien, yo apenas cogía el metro.

En la superficie, estaba lloviendo. Gotas diminutas como puntas de aguja empapaban el suelo y los árboles. Debía de haber llovido toda la noche. La visión de la lluvia ensombreció mi espíritu. Aquél era un día precioso para mí. Mi último día. No quería que lloviera. Me bastaba con que hiciese buen tiempo durante un día o dos. Después, ya podía diluviar durante un mes seguido, como en la novela de J.G. Ballard, que yo no iba a enterarme. Quería tenderme en el césped bañado por la esplendorosa luz del sol y tomar cerveza fría mientras escuchaba música. No pedía más que eso.

A pesar de mis deseos, nada indicaba que fuera a parar de llover. Un estrato de nubes de color turbio, que hacía pensar en varias capas de papel de celofán superpuestas, cubría el cielo por entero y dejaba caer una lluvia fina e incesante. Hubiese querido comprar el periódico y consultar el pronóstico meteorológico, pero para ello habría tenido que acercarme otra vez a la garita del interventor y no deseaba enzarzarme de nuevo en aquella interminable discusión sobre los billetes. Renuncié a comprar el periódico. El día empezaba sin pena ni gloria. Ni siquiera estaba seguro de que fuese domingo.

Todo el mundo iba con el paraguas abierto. Nosotros éramos los únicos que no llevábamos. Nos refugiamos bajo el alero de un edificio y durante un largo rato contemplamos la calle con mirada perdida, como si se tratara de las ruinas de la Acrópolis. Una hilera multicolor de coches iba y venía por el cruce. Me costaba lo indecible imaginar que bajo nuestros pies se extendía el mundo misterioso de los tinieblos.

—¡Qué bien que llueva! —exclamó la joven.

—¿Por qué?

—Porque si hiciese buen tiempo, el sol nos habría deslumbrado y no hubiésemos podido salir enseguida a la superficie.

—Ya.

—¿Qué vas a hacer?

—Primero, tomar algo caliente. Después, volver a casa y bañarme.

Entramos en el supermercado más cercano y, en la cafetería, junto a la puerta, pedimos dos potajes de maíz y un emparedado de huevos con jamón. Al principio, la chica de la barra se quedó pasmada al ver nuestro lamentable aspecto, pero luego nos tomó nota del pedido con tono netamente profesional.

—Dos potajes de maíz y un emparedado de huevos con jamón —confirmó.

—Exacto —dije. Luego le pregunté—: ¿Qué día de la semana es hoy?

—Domingo —dijo.

—¡Mira! —dijo la joven gorda—. Has acertado.

Mientras esperábamos a que nos sirvieran los potajes y el emparedado, decidí matar el tiempo leyendo un Sport Nippon que encontré en el asiento contiguo. No creía que la lectura de un periódico deportivo pudiera servirme de algo, pero era mejor leer aquello que nada. En el periódico figuraba la fecha «domingo, 2 de octubre». En los diarios deportivos no hay pronóstico meteorológico, pero las páginas de las carreras de caballos contenían una detallada información sobre el tiempo. La lluvia cesaría al atardecer, pero esto no afectaría a la última carrera, que sería muy dura. Eso decía. En el Estadio de Béisbol Jingû, el Yakult había perdido frente al Chûnichi por 6 a 2. Nadie sabía que justo debajo del estadio se encontraba la gran guarida de los tinieblos.

La joven me dijo que quería leer la última página, así que la separé y se la di. El artículo que quería leer llevaba el siguiente titular: ¿INFERIR SEMEN EMBELLECE LA PIEL? Debajo, había un comentario sobre un libro titulado: Yo, que fui encerrada en una jaula y violada. Me costaba imaginar cómo se podía violar a una mujer metida en una jaula. Seguro que habría algún modo eficaz para conseguirlo. Pero debía de ser muy pesado. Yo no sería capaz.

—Oye, ¿a ti te gustan que se traguen tu semen? —me preguntó la joven.

—A mí tanto me da —respondí.

—Pues aquí lo pone. Dice: «Por lo general, a los hombres les gusta que, cuando una mujer les hace una felación, se trague el semen. De este modo el hombre ve confirmado que es aceptado por la mujer. Es un rito y una confirmación».

—No sé —dije.

—¿Se han tragado alguna vez el tuyo?

—No me acuerdo. Me parece que no.

—¡Mmm! —soltó, y continuó leyendo el artículo.

Miré los resultados de los bateadores de la Liga Central y de la Liga del Pacífico.

Nos sirvieron el potaje y el emparedado. Nos tomamos el potaje, nos partimos el emparedado. Sabía a tostadas, a jamón, a clara y yema de huevo. Me limpié las migas de pan y la yema de huevo de las comisuras de los labios con la servilleta de papel y suspiré. Lancé un suspiro tan profundo que parecía comprender en uno todos los suspiros de mi cuerpo. Suspiros tan profundos como aquél se exhalan pocas veces en la vida.

Salimos del establecimiento y buscamos un taxi. Con nuestro sucio aspecto, nos costó mucho que se detuviera uno. El conductor era un joven con el pelo largo que escuchaba música de Police por un gran radiocasete estéreo que llevaba en el asiento del copiloto. Tras decirle la dirección, me hundí en el respaldo del asiento.

—¡Vaya! ¿Cómo es que estáis tan sucios? —nos preguntó el taxista echándonos un vistazo por el retrovisor.

—Es que hemos hecho una lucha cuerpo a cuerpo bajo la lluvia —respondió la joven.

—¿Ah, sí? ¡Qué fuerte! —repuso el conductor—. Tenéis una facha espantosa. Y tú, en el cuello, tienes un chupetón enorme.

—Ya lo sé —dije.

—Pero a mí eso me da igual —dijo el conductor.

—¿Por qué?

—Yo sólo cojo a gente joven que tiene pinta de que le guste el rock. Que vaya limpia o sucia me da igual. Lo que quiero es escuchar la música. ¿Os gusta Police?

—No está mal —contesté diplomáticamente.

—En la empresa me dicen que no ponga esta música. Que ponga los programas de música pop de la radio. ¡Eso ni en broma! Matchi, Seiko Matsuda…[16] ¡Puaf! Esas chorradas no las escucho ni loco. Police es lo mejor. Puedo estar escuchándolo el día entero sin hartarme. Y el reggae también mola. ¿Qué os parece a vosotros?

—No está mal —dije.

Cuando se acabó la cinta de Police, el conductor puso una grabación de Bob Marley en concierto. La guantera del taxi estaba atiborrada de cintas. Exhausto, muerto de frío, adormilado, con el cuerpo hecho cisco, no me encontraba en el mejor momento para disfrutar de la música, pero era agradable ir en el taxi. Me quedé contemplando con mirada vaga cómo el joven conducía moviendo los hombros al ritmo del reggae.

Cuando detuvo el taxi frente a mi apartamento, pagué el importe de la carrera, me apeé y le di mil yenes de propina diciéndole:

—Cómprate alguna cinta.

—¡Gracias! ¡Hasta pronto!

—Hasta pronto —dije.

—Oye, ¿no crees que dentro de diez años, o de quince, la mayoría de taxis pondrán música rock? Ojalá, ¿verdad?

—Ojalá —dije.

Pero yo no creía que eso fuera a suceder. Hacía más de diez años que Jim Morrison había muerto, pero aún no había visto un solo taxi que pusiera música de The Doors. En el mundo hay cosas que cambian y cosas que no cambian. Y las cosas que no cambian, pase el tiempo que pase, no cambian jamás. La música de los taxis es una de ellas. Las radios de los taxis siempre sintonizan programas de música pop, tertulias de mal gusto o retransmisiones de partidos de béisbol. Por los altavoces de los grandes almacenes suena invariablemente la orquesta de Raymond Lefevre; en las cervecerías, las polcas; en los barrios comerciales a finales de año, las canciones navideñas de The Ventures.

Subimos en ascensor. La puerta de mi piso seguía desgoznada, pero alguien la había encajado en el marco de tal forma que, a primera vista, parecía cerrada. No sabía quién lo había hecho, pero seguro que había necesitado mucho tiempo y mucha fuerza. Y yo, igual que un hombre de Cromañón abriendo la losa de la entrada de su cueva, desplacé la puerta de acero y dejé pasar a la joven. Un vez dentro, volví a desplazarla de modo que no se viera el interior del piso y puse la cadena para mitigar el temor.

Mi piso estaba completamente limpio y ordenado. Tanto que, por un instante, llegué a dudar de que aquel par me lo hubiera destrozado. Los muebles que debían estar volcados habían vuelto todos a su posición original, habían recogido los alimentos esparcidos por el suelo, los fragmentos de botellas o vajilla habían desaparecido, los libros y discos habían vuelto a sus estanterías, la ropa volvía a estar colgada en el armario. La cocina, el baño y el dormitorio estaban limpios como una patena y en el suelo no se veía una mota de polvo.

Sin embargo, al mirar con atención, se descubrían rastros de la catástrofe. El tubo de rayos catódicos del televisor continuaba roto, con la enorme boca abierta como si fuera el túnel del tiempo, y el frigorífico no funcionaba y estaba completamente vacío. Habían tirado toda la ropa rasgada, y la poca que se había salvado cabía en una maleta pequeña. De la vajilla, se habían librado sólo unos cuantos platos y vasos. El reloj de la pared estaba parado y no había un solo aparato eléctrico que funcionara satisfactoriamente. Alguien había separado lo inservible y lo había tirado a la basura. Gracias a ese alguien, mi dormitorio estaba limpio y despejado. Sin ningún objeto superfluo, se veía grande y espacioso como nunca. Debían de faltar algunas cosas, pero no se me ocurría qué podía necesitar yo en aquellos momentos.

Fui al baño, examiné el calentador de gas y, tras comprobar que no estaba estropeado, llené la bañera de agua. Aún quedaba jabón, y vi mi maquinilla de afeitar, mi cepillo de dientes, toallas y champú, y la ducha también funcionaba. El albornoz estaba en buenas condiciones. También debían de haber desaparecido un montón de cosas del baño, pero era incapaz de recordar una sola. Mientras se llenaba la bañera y yo examinaba la habitación, la chica gorda permaneció tendida en la cama leyendo Los chuanes de Balzac.

—Oye, ¿sabes que en Francia también había nutrias? —dijo.

—Sí, claro.

—¿Crees que todavía quedan?

—No lo sé —respondí—. Yo de esas cosas no sé.

Sentado en una silla de la cocina, me pregunté quién diablos habría limpiado mi apartamento. Quién, y con qué objeto, había invertido tanto esfuerzo en ordenar cada uno de los rincones de mi piso. Quizá hubieran sido aquel par de semióticos o, tal vez, los del Sistema. Me costaba imaginar qué criterios seguía esa gente para pensar o actuar. Sin embargo, le estaba agradecido a la persona misteriosa que me había limpiado el piso. Era mucho más agradable regresar a un piso limpio.

Cuando la bañera estuvo llena, invité a la joven a que se bañara primero. Ella introdujo un punto en el libro y se desnudó en la cocina. Se desnudó con tanta naturalidad que yo me quedé sentado en la cama contemplando, abstraído, su cuerpo desnudo. Tenía un cuerpo curioso, adulto e infantil a la vez. Era como si un cuerpo normal hubiese sido recubierto por una gruesa capa de carne blanca y suave, como si lo hubiesen untado uniformemente con gelatina. Era una gordura tan bien distribuida que, de no fijarte bien, acababas olvidando que estaba gorda. Los brazos, los muslos, el cuello, la zona alrededor del vientre, todo estaba maravillosamente hinchado, su piel era lisa como la de una ballena. En relación al volumen de su cuerpo, sus senos no eran muy grandes y tenían una bonita forma; el trasero también era empinado.

—No tengo mal tipo, ¿verdad? —me dijo, mirándome desde la cocina.

—No lo tienes —respondí.

—Me ha costado mucho engordar. Tengo que comer muchísimo, montones de pasteles, cosas grasas —dijo.

Asentí en silencio.

Mientras ella se bañaba, me quité los pantalones mojados y la camisa, me puse algo de ropa de la que había quedado, me tendí en la cama y reflexioné sobre qué haría a continuación. Mi reloj señalaba casi las once y media. Me quedaban poco más de veinticuatro horas. Tenía que pensar bien qué iba a hacer. No podía perder las últimas horas de mi vida de cualquier modo.

Fuera, empezó a llover de nuevo. Una lluvia tan fina y silenciosa que apenas se reflejaba en mis pupilas. Si no hubiera visto las gotas de agua que caían del sobradillo de la ventana, ni siquiera habría sabido que llovía. De vez en cuando se oía cómo un coche que pasaba bajo la ventana alzaba salpicaduras de la fina capa de agua que cubría la calzada. También se oían las voces de unos niños llamando a alguien. En el baño, la joven cantaba una canción cuya melodía yo no acababa de identificar. Quizá se la había inventado.

Tendido en la cama, me entró un sueño irresistible, pero no podía dormir. Si me dormía, se me acabaría el tiempo sin haber podido hacer nada más.

Sin embargo, puestos a decidir qué iba hacer en vez de dormir, no se me ocurría absolutamente nada. Quité el reborde de goma de la pantalla de la lamparilla de noche que estaba junto a la cama, jugueteé con él un rato y lo devolví a su sitio. Fuera como fuese, no podía permanecer en aquella habitación. No ganaría nada quedándome allí inmóvil. Si salía, tal vez se me ocurriera algo. El qué ya lo cavilaría cuando estuviese fuera.

Pensándolo bien, eso de que a uno le quedaran sólo veinticuatro horas de vida era algo muy extraño. Sin duda tenía montones de cosas que hacer, pero en realidad no se me ocurría ninguna. Volví a sacar el reborde de goma de la pantalla de la lámpara y me lo enrollé en el dedo. Entonces me acordé de aquel cartel turístico de Frankfurt que colgaba de la pared del supermercado. En el cartel había un río, un puente colgando sobre el río, unos cisnes surcando la superficie del agua. Aquella ciudad no parecía estar nada mal. Me dio la impresión de que no sería una mala idea ir a Frankfurt y acabar allí mi vida. Pero era imposible llegar a Frankfurt en veinticuatro horas y, aunque fuese posible, quedaba descartado pasarme diez horas embutido en el asiento de un avión ante platos de mala comida. Además, nadie me aseguraba que, una vez allí, no pensase que el paisaje del cartel era mejor que el paisaje real. Prefería que mi vida no acabara con un sentimiento de decepción. Total que, de mis planes, tenía que excluir los viajes. Desplazarse llevaba tiempo y, además, en la mayoría de los casos, la realidad no es tan divertida como uno espera.

En definitiva, que lo único que se me ocurría era tomar una buena comida junto a alguna chica, beber algo. Aparte de eso, no me apetecía hacer nada. Hojeé mi agenda, busqué el número de la biblioteca, lo marqué y pedí que avisaran a la encargada de consultas.

—¿Diga? —dijo la chica encargada de consultas.

—Gracias por los libros del unicornio —dije.

—Gracias a ti por la comida —dijo ella.

—¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? —la invité.

—¿Cenar? —repitió—. Esta noche tengo una reunión de estudios.

—¿Una reunión de estudios? —repetí.

—Sí, sobre la contaminación de los ríos. Sobre la extinción de los peces debido a los detergentes, ya sabes, ese tipo de cosas. Estamos investigando sobre ello. Y esta noche tengo que exponer yo.

—Parece una investigación muy útil —dije.

—Sí, lo es. Por eso —añadió—, si no te importa, podríamos dejarlo para mañana. Mañana es lunes, la biblioteca está cerrada y tendré tiempo libre.

—Mañana a mediodía ya no estaré aquí. Por teléfono no puedo darte detalles, pero estaré lejos durante un tiempo.

—¿Te vas lejos? ¿De viaje? —preguntó ella.

—Más o menos.

—Perdona. Espera un momento —dijo.

La chica parecía estar hablando con alguien que le había ido a hacer una consulta. A través del teléfono, me llegaba el ambiente de la biblioteca en domingo. Una niña gritaba y su padre la reprendía dulcemente. También se oía cómo alguien pulsaba las teclas del ordenador. Parecía que el mundo funcionaba con normalidad. La gente iba a buscar libros a la biblioteca, los empleados del metro perseguían a los pasajeros deshonestos, los caballos de carreras galopaban bajo la lluvia.

—Sobre construcción de viviendas —se oyó que decía— hay tres tomos en el número 5 de la estantería F. Mire usted allí.

Luego se oyó cómo su interlocutor comentaba algo al respecto.

—Perdona, ¿eh? —me dijo, de nuevo al teléfono—. Vale. De acuerdo. Me saltaré la reunión. Seguro que protestan, pero ¡en fin!…

—Lo siento.

—No pasa nada. De todos modos, en los ríos de por aquí ya no queda ningún pez. Aunque la exposición se retrase una semana, no pasará nada.

—Visto así, tienes razón —repuse.

—¿Cenamos en tu casa?

—No, mi piso está inutilizable. La nevera no funciona, no me queda casi nada de comer. No se puede cocinar.

—Ya lo sé —dijo ella.

—¿Ya lo sabes?

—Sí. Pero está como los chorros del oro, ¿no?

—¿Lo has limpiado tú?

—Claro. ¿He hecho mal? Esta mañana pasaba por allí y he subido a traerte otro libro. Me he encontrado la puerta abierta, arrancada de los goznes, y todo patas arriba. De modo que me he puesto a limpiar. He llegado un poco tarde al trabajo, pero es un modo de agradecerte la invitación del otro día. ¿Te ha molestado?

—¡En absoluto! —contesté—. Al contrario. Me has hecho un gran favor.

—Entonces, ¿qué te parece si quedamos a las seis y diez delante de la biblioteca? Es que los domingos cerramos a las seis.

—De acuerdo —dije—. Muchas gracias.

—De nada —dijo ella. Y se cortó la comunicación.

Mientras yo estaba buscando alguna ropa para ir a cenar, la joven gorda salió del baño. Le pasé una toalla y un albornoz. Con la toalla y el albornoz en la mano, se quedó unos instantes de pie, desnuda, ante mí. El pelo mojado se le adhería a las mejillas y el extremo de sus orejas puntiagudas asomaba entre los mechones. En los lóbulos lucía aún los pendientes de oro.

—¿Te bañas con los pendientes puestos? —le pregunté.

—Sí, claro. Ya te lo dije, ¿no? No se caen mientras me baño. ¿Te gustan?

—Sí —dije.

Su ropa interior, su falda y su blusa estaban tendidas en el baño. Un sujetador rosa, unas bragas rosa, una falda rosa y una blusa rosa pálido. Sólo de ver aquellas prendas allí, sentí un dolor punzante en las sienes. A mí nunca me había gustado que tendieran las bragas o las medias en mi cuarto de baño. Si me preguntaran por qué, no sabría qué responder, pero era así.

Me lavé el pelo y el cuerpo deprisa, me cepillé los dientes, me afeité. Después salí del cuarto de baño, me sequé con la toalla y me puse unos calzoncillos y unos pantalones. A pesar de la sucesión de acciones estrambóticas que había realizado últimamente, el dolor del corte era mucho más soportable que el día anterior. Tanto que, hasta el instante de meterme en el baño, ni siquiera me había acordado de la herida. La joven gorda se había sentado sobre la cama y estaba leyendo a Balzac mientras se secaba el pelo con el secador. La lluvia todavía no mostraba indicios de cesar. La visión de la ropa interior tendida en el baño, la chica sentada en la cama leyendo mientras se secaba el pelo y la lluvia cayendo en el exterior me transportó a mi vida matrimonial, varios años atrás.

—¿Quieres el secador? —me preguntó.

—No —contesté. Aquel secador lo había dejado mi mujer al marcharse de casa. Yo llevaba el pelo corto y no lo necesitaba.

Tomé asiento a su lado, apoyé la cabeza en el cabezal y cerré los ojos. Al cerrarlos, vi cómo diversos colores surgían y desaparecían en la oscuridad. Pensándolo bien, llevaba varios días sin dormir apenas. Cada vez que lo había intentado, había aparecido alguien y me había despertado sin miramientos. Al cerrar los ojos, sentí cómo el sueño iba arrastrándome hacia el mundo de las sombras profundas. Exactamente igual que los tinieblos, el sueño alargaba el brazo y se disponía a atraerme hacia sí.

Abrí los ojos, me froté el rostro con ambas manos. Tras lavarme la cara y afeitarme después de muchas horas de no hacerlo, notaba el cutis seco y rígido como la piel de un tambor. Parecía que pasara las manos sobre un rostro ajeno. Notaba una quemazón en la zona donde las sanguijuelas me habían succionado la sangre. Al parecer, aquellos dos bichos me habían chupado una gran cantidad de sangre.

—Oye —dijo la joven depositando el libro a su lado—, ¿de verdad no te apetece que se traguen tu semen?

—Ahora no —dije.

—¿No tienes ganas?

—No.

—¿Y tampoco quieres acostarte conmigo?

—Ahora no.

—¿Acaso no te gusto porque estoy gorda?

—No es eso. Tienes un cuerpo muy bonito.

—Entonces, ¿por qué no quieres acostarte conmigo?

—No lo sé —contesté—. No sé por qué, pero me da la sensación de que no debo hacerlo en estos momentos.

—¿Es por razones morales? ¿Va en contra de tu ética vital?

—Mi ética vital —repetí. Esas palabras despertaban en mí extrañas resonancias. Reflexioné unos instantes con los ojos clavados en el techo—. No, no es eso —dije—. Es algo diferente, de otra naturaleza. Tiene que ver con el instinto, con la intuición… O quizá con el reflujo de mi memoria. No puedo explicártelo bien. Ahora tengo unas ganas locas de acostarme contigo, ¿sabes? Pero ese algo me retiene. Me dice que ahora no es el momento.

Con el codo hincado en la almohada, ella me clavó la mirada.

—¿No me mientes?

—Sobre estas cosas yo no miento.

—¿De verdad lo piensas?

—Lo siento así.

—¿Puedes darme alguna prueba?

—¿Una prueba? —me sorprendí.

—Algo que pueda convencerme de que tienes ganas de acostarte conmigo.

—Tengo una erección —dije.

—Enséñamela —dijo.

Tras dudar unos instantes, decidí bajarme los pantalones y mostrársela. Estaba demasiado cansado para seguir discutiendo y, total, dentro de poco ya no estaría en este mundo. No creía que enseñarle un pene sano y erecto a una joven de diecisiete años pudiera originar un grave problema social.

—Hum… —musitó mirando el pene erecto—. ¿Puedo tocarlo?

—No —dije—. ¿Con eso queda demostrado?

—Pues sí. Vale.

Me subí los pantalones y guardé el pene en su interior. Se oyó cómo un enorme camión de transporte pasaba lentamente por debajo de la ventana.

—¿Cuándo volverás junto a tu abuelo?

—En cuanto haya dormido un poco y se me haya secado la ropa. Antes del atardecer se retirará el agua y entonces volveré desde el metro.

—Con este tiempo, la ropa no se te secará antes de mañana por la mañana.

—¿Ah, no? ¿Qué puedo hacer entonces?

—Aquí cerca hay una lavandería de autoservicio. Puedes ir a secarla allí.

—Es que no tengo ropa para salir a la calle.

Me devané los sesos, pero no se me ocurrió nada. La única solución era que fuera yo a la lavandería a secar la ropa. Me dirigí al cuarto de baño y embutí su ropa mojada en una bolsa de plástico de Lufthansa. Luego, de entre la ropa que me quedaba, elegí unos chinos de color verde oliva y una camisa azul con botones en el cuello. Como calzado, cogí unos mocasines de color marrón. De este modo, sentado en una cutre silla de plástico de la lavandería, perdí tontamente una parte del precioso tiempo que me quedaba. Mi reloj señalaba las doce y diecisiete minutos.