5
EL DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Cálculos. Evolución. Deseo sexual

El anciano regresó a la superficie para restituir la voz original a su nieta insonorizada, y yo proseguí a solas mis cálculos mientras tomaba café.

No sé cuánto tiempo estuvo ausente. Yo había programado mi reloj de pulsera digital de modo que la alarma sonara, alternativamente, a la hora y a la media hora, a la hora y a la media hora… para así entregarme al cálculo y al descanso, al cálculo y al descanso, guiándome por la señal. Apagué la esfera del reloj para no ver la hora. Si estoy pendiente del tiempo, me cuesta más concentrarme en mis cálculos. Y es que la hora real no guarda relación con mis operaciones matemáticas. Cuando inicio mis cálculos, empieza la jornada de trabajo; cuando los concluyo, termina. Para mí, el único tiempo válido es el ciclo hora-media hora, hora-media hora.

Mientras el anciano permaneció fuera, descansé dos o tres veces. En las pausas me tendí en el sofá y dejé vagar libremente mis pensamientos, fui al lavabo, hice flexiones. El sofá era muy cómodo. Ni demasiado duro ni demasiado blando, y el cojín se adaptaba a la perfección a la forma de mi cabeza. En todos los sitios a los que voy a trabajar, cuando llega la hora del descanso acostumbro a echarme un rato en el sofá, y lo cierto es que hay poquísimos que valgan realmente la pena. Los sofás son en su mayoría verdaderas chapuzas; parecen comprados para salir del paso, y a menudo, incluso en el caso de los más lujosos, esos cuya calidad se aprecia a simple vista, al acostarte en ellos te llevas una gran decepción. No comprendo cómo la gente es tan descuidada a la hora de elegir un sofá.

Siempre he creído —aunque tal vez sea un prejuicio, vete a saber— que, en la elección del sofá, uno demuestra su categoría. El mundo del sofá tiene unas reglas propias que no puedes transgredir. Pero eso sólo puede entenderlo quien haya crecido sentado en un buen sofá. Sucede como con quien ha crecido leyendo buenos libros o escuchando buena música. Un buen sofá crea buenos sofás, un mal sofá crea malos sofás. Es así como funciona.

Conozco a varios individuos que, pese a conducir automóviles de lujo, tienen en su casa sofás de segunda o tercera categoría. Esos tipos no me merecen excesiva confianza. Un automóvil de lujo tendrá su valor, nadie lo niega, pero no es más que un coche caro. Cualquiera que tenga dinero puede comprarlo. Sin embargo, para adquirir un buen sofá, hace falta juicio, experiencia y filosofía. Cuesta dinero, pero no basta con gastar dinero. Es imposible hacerse con un sofá excelente si no se tiene una imagen clara y definida de lo que es un sofá.

El sofá en el que estaba tendido yo en aquellos momentos era, a todas luces, un sofá de primera categoría. Eso despertó mis simpatías hacia el anciano. Acostado en el sofá, con los ojos cerrados, estuve dándole vueltas a su extravagante conversación y a su extraño modo de reírse. Al recordar lo de la eliminación del ruido, me dije que no cabía duda de que, como científico, pertenecía a la categoría superior. Un científico mediocre jamás podría eliminar o introducir el sonido a su antojo. Es más, a un científico mediocre ni siquiera se le pasaría por la cabeza que cupiera tal posibilidad. También era innegable que el hombre era terco. Entre los científicos abundaban los excéntricos o los misántropos, pero no conocía a ninguno que llegara al extremo de construirse un laboratorio subterráneo detrás de una cascada para huir de las miradas de la gente.

Imaginé las astronómicas cifras que podrían derivarse de la comercialización de la técnica de eliminación e introducción del sonido. Para empezar, los equipos PA desaparecerían de las salas y locales de conciertos. Ya no harían falta aparatosas máquinas para amplificar el sonido. Y también sería posible lo contrario: eliminarlo. Si se dotara a los aviones de mecanismos para anular el sonido, las personas que viven cerca de los aeropuertos lo agradecerían. Al mismo tiempo, era innegable que la industria armamentística y el mundo de la delincuencia también harían uso de esa técnica. Bombarderos silenciosos, armas con silenciador, bombas con el volumen amplificado para hacer estallar el cerebro humano y otros artefactos por el estilo irían apareciendo, uno tras otro, y con ellos la matanza institucionalizada de seres humanos a gran escala alcanzaría un grado de sofisticación sin precedentes. Me parecía estar viéndolo con mis propios ojos. Quizá el anciano fuera consciente de ello y, precisamente por ese motivo, no se atreviera a publicar los resultados de su estudio y se los guardara para él. La simpatía que sentía hacia el anciano aumentó.

Regresó cuando yo había completado ya cinco o seis veces el ciclo de trabajo. De su brazo colgaba una gran cesta.

—He traído café recién hecho, y emparedados —dijo el anciano—. De pepino, de jamón y de queso. ¿Le gustan?

—Gracias. Son mis preferidos —dije.

—¿Va a comérselos enseguida?

—Cuando acabe este ciclo, gracias.

Cuando sonó la alarma del reloj, había completado ya el lavado de cinco de las siete hojas de listas de valores numéricos. Faltaba poco. Lo dejé en este punto, me levanté y, después de desperezarme largamente, empecé a comer.

Había montañas de emparedados, muchos más de los que te sirven los restaurantes y bares en un plato. Devoré dos tercios del montón en silencio. No creo que haya ninguna razón en particular, pero un lavado de cerebro prolongado me despierta un hambre canina. Fui embutiéndome en la boca, por ese orden, emparedados de jamón, de pepino y de queso, acompañándolos de café caliente.

Mientras yo devoraba tres, el anciano mordisqueaba uno. Por lo visto, le gustaba el pepino y, tras levantar la rebanada de pan y salar el pepino con gran cuidado, lo masticaba con fruición entre pequeños crujidos. No sé por qué, pero parecía un grillo bien educado.

—Coma, coma. Coma tanto como quiera —me animó el anciano—. A mi edad, cada vez se come menos. Se come poco y se trabaja poco. Pero los jóvenes tienen que comer mucho. Es bueno comer mucho y engordar. La gente odia engordar. A mi modo de ver, es porque engorda mal. Y cuando engorda mal, pierde la salud y la belleza. Pero si uno engorda bien, eso no sucede. Al contrario: vive la vida en su plenitud, el deseo sexual aumenta, tiene la mente más lúcida. Yo, cuando era joven, también estaba muy gordo. Ahora soy una sombra de lo que era, ¿sabe? —El hombre se rió a carcajadas, frunciendo los labios—. ¿Qué? ¿Qué le parecen? Están buenos, ¿verdad?

—Pues sí. Riquísimos —los alabé. Eran deliciosos. Soy tan exigente con los emparedados como con los sofás, pero aquéllos superaban con creces el límite de lo aceptable. El pan era tierno, esponjoso, cortado con un cuchillo limpio y bien afilado. Por cierto, eso es algo que suele pasar inadvertido, pero para preparar un buen emparedado es indispensable contar con un buen cuchillo. Por excelentes que sean los ingredientes, si el cuchillo es malo, es imposible preparar emparedados que merezcan tal nombre. En aquel caso, la mostaza era de calidad superior; la lechuga, crujiente; la mayonesa, hecha a mano, o lo parecía. Hacía tiempo que no comía unos emparedados tan bien hechos.

—Los ha preparado mi nieta. Como señal de agradecimiento hacia usted —dijo el anciano—. Es su especialidad, ¿sabe?

—Son fantásticos. Ni un profesional los prepararía mejor.

—¡Qué bien! Cuando se lo diga, se pondrá muy contenta. Es que, ¿sabe?, como casi nunca tenemos visitas, tiene poquísimas oportunidades de conocer la opinión de terceros sobre sus emparedados. Los prepara ella, pero siempre nos los comemos nosotros dos.

—¿Viven ustedes dos solos? —le pregunté.

—Sí, desde hace tiempo. Yo me relaciono muy poco con el mundo exterior y he acabado contagiando mi actitud a mi nieta. Eso, la verdad, me preocupa. La niña tendría que salir más. Es inteligente y tiene muy buena salud: debería relacionarse más con el mundo exterior. Es joven. Y el deseo sexual tiene que satisfacerse de una manera adecuada. ¿Qué? ¿Qué le parece? ¿Verdad que es atractiva mi nieta?

—¡Oh, sí! Por supuesto.

—El deseo es una energía positiva. Esto está muy claro. Pero, si no se satisface, se acumula y la mente pierde lucidez, y el cuerpo, su equilibrio. Esto les pasa tanto a los hombres como a las mujeres. En el caso de las mujeres, se producen desarreglos menstruales que, a su vez, provocan inestabilidad emocional.

—¡Ah! —exclamé.

—La niña debería tener relaciones lo antes posible con un hombre adecuado. Estoy convencido de ello, como tutor y como biólogo —dijo el anciano sazonando el pepino.

—¿Ah, sí?… Por cierto, ¿ya le ha devuelto el sonido? —le pregunté. En pleno trabajo, no me apetecía demasiado hablar del deseo sexual de los demás.

—¡Vaya! Me había olvidado de decírselo —dijo el anciano—. Sí, por supuesto. Le agradezco mucho que me lo comentara. Si no lo hubiera hecho, la pobre niña habría pasado unos días más insonorizada. Es que me voy a encerrar aquí y no subiré hasta dentro de algunos días. Y vivir sin sonido comporta algunos inconvenientes, ¿sabe usted?

—Pues sí, me lo imagino —asentí.

—La niña, tal como acabo de decirle, apenas se relaciona con la gente, así que el problema no sería tan grave, pero si la llama alguien por teléfono… En ese caso, sería un inconveniente. Mire, yo mismo la llamé desde aquí varias veces y me extrañó mucho que no contestara. ¡Qué desastre!

—Y si no puede hablar, tendrá problemas al ir de compras, supongo.

—No, no. Para comprar no hay ningún problema —dijo el anciano—. En los supermercados, aunque no digas una palabra, puedes comprar lo que quieras. Son muy prácticos. A mi nieta le encantan los supermercados, siempre compra allí. En realidad, se pasa la vida yendo de la oficina al supermercado y del supermercado a la oficina.

—¿Y no regresa nunca a casa?

—A mi nieta le encanta la oficina. Hay cocina, ducha… Nada le impide llevar una vida normal. A casa vuelve, a lo sumo, una vez a la semana.

Asentí, porque me pareció que debía hacerlo, y tomé un sorbo de café.

—Por cierto, creo que usted ha logrado entenderla —dijo el viejo—. ¿Cómo lo ha hecho? ¿Por telepatía?

—Mediante la lectura de labios. Aprendí hace tiempo, en un cursillo municipal. En aquella época disponía de mucho tiempo libre, y pensé que quizá algún día me sería útil.

—¡Vaya! ¡Conque lectura de labios! —dijo el anciano y asintió repetidas veces, convencido—. Una técnica muy efectiva. Yo también la domino un poquito. ¿Y si intentamos hablar un rato sin pronunciar en voz alta las palabras?

—No, no. Dejémoslo. Es mejor que hablemos normal —me apresuré a replicar. Ese día ya había tenido más que suficiente de aquel asunto.

—Por otro lado, es una técnica muy primitiva y presenta varios inconvenientes. Si está oscuro no entiendes nada, y te obliga a mirar constantemente los labios de tu interlocutor. Pero como medida provisional es eficaz. Al aprenderla, demostró ser muy previsor, ¿sabe usted?

—¿Como medida provisional?

—Exacto —dijo el anciano, y asintió con un movimiento de cabeza—. A usted sí puedo decírselo: en el futuro, el mundo será insonoro.

—¿Insonoro? —repetí sin pensar.

—Sí. Completamente insonoro. Para la evolución del hombre, la emisión de sonidos no sólo es innecesaria sino que, encima, es dañina. Por lo tanto, voy a hacerla desaparecer.

—¡Vaya! —exclamé—. ¿Y qué pasará con el canto de los pájaros, con el murmullo del agua de los ríos o con la música? ¿Todo eso desaparecerá también?

—Por supuesto.

—Pues me parece muy triste, la verdad.

—La evolución es así. La evolución siempre es despiadada, y triste. No existe una evolución alegre —dijo el viejo, y tras pronunciar estas palabras se levantó, se dirigió a la mesa, sacó un pequeño cortaúñas del cajón, volvió al sofá y empezó a cortarse las diez uñas de las manos, por orden, empezando por la uña del dedo pulgar de la mano derecha y acabando por la del meñique de la izquierda—. La investigación aún no ha concluido y no puedo darle más detalles, pero en líneas generales viene a ser eso. Pero no quiero que se lo revele a nadie. Sería catastrófico que llegara a oídos de los semióticos.

—No se preocupe. A los calculadores nadie nos gana en discreción.

—Me tranquiliza oírlo —dijo el anciano. Con el borde de una tarjeta postal recogió los trocitos de uña, esparcidos por encima de la mesa, y los echó a la basura. Después cogió otro emparedado de pepino, lo espolvoreó con sal y lo mordisqueó con deleite.

—Quizá no me corresponda a mí decirlo, pero está buenísimo —dijo.

—¿Cocina muy bien su nieta? —le pregunté.

—No, no. Sólo sus emparedados son excepcionales. Los otros platos que prepara no están mal, pero no se pueden comparar con los emparedados.

—Vamos, que tiene una especie de talento genuino para eso —dije yo.

—Pues sí —dijo el viejo—. Parece que usted entiende muy bien a mi nieta. A usted sí podría confiársela sin ningún temor.

—¿A mí? —me sorprendí—. ¿Sólo porque he alabado sus emparedados?

—¿No le han gustado?

—Sí, mucho —dije. Y dejé volar mis pensamientos hacia la joven gordita, eso sí, controlándolos en todo momento para que no interfirieran en mis cálculos. Después tomé café.

—Creo que usted tiene algo. O que le falta algo. En realidad, tanto da una cosa como otra.

—A veces yo también pienso lo mismo —le respondí con franqueza.

—A ese estado los científicos lo llamamos estar en pleno proceso evolutivo. Como usted mismo comprenderá antes o después, la evolución es dura. Y lo más duro de todo, ¿qué cree que es?

—No lo sé. Dígamelo usted —repuse.

—Pues que uno no tiene elección. No puede elegir a su gusto. Se parece a una inundación, a un alud o a un terremoto. Nadie sabe cuándo se producirá, y en el momento en que ocurre no caben objeciones.

—Hum… Y esa evolución de la que habla, ¿tiene algo que ver con la insonorización a la que se refería? Quiero decir, con el hecho de que el hombre pierda la capacidad de hablar.

—No del todo. Poder hablar o no, en sí mismo, carece de importancia. No es más que una etapa.

Le dije que no lo entendía. Soy una persona bastante honesta. Cuando entiendo las cosas, lo digo, y, cuando no las entiendo, también. No me gustan las medias tintas. La mayor parte de los problemas, creo yo, surgen por expresarse con poca claridad. Y estoy convencido de que la mayoría de la gente habla de manera ambigua porque, en su fuero interno, busca problemas. Eso creo yo.

—En fin, dejémoslo aquí —dijo el anciano y volvió a reírse con aquellas carcajadas tan ásperas al oído—. Hablar de cosas tan complicadas acabará interfiriendo en sus cálculos. Ya proseguiremos otro día.

No tuve nada que objetar. En ese instante sonó la alarma del reloj y reemprendí el lavado de cerebro. El anciano sacó de un cajón de la mesa una especie de tenazas de acero inoxidable de las que se usan para las brasas, las cogió con la mano derecha y empezó a ir y venir por la estantería donde se alineaban los cráneos; con las tenazas daba golpecitos a algún que otro cráneo y aguzaba el oído a su resonancia. Parecía un gran maestro del violín que paseara entre su colección de Stradivarius y que los fuese cogiendo y pellizcara sus cuerdas con los dedos para ver cómo sonaban. Incluso en el simple acto de escucharlos, mostraba hacia los cráneos un amor fuera de lo común. Pensé que, aunque se llamaran todos cráneos por igual, cada uno producía una resonancia muy distinta. Uno sonaba como un vaso de whisky; otro, como una enorme maceta. Todos habían estado en su día recubiertos de carne y de piel, todos habían contenido cerebros —si bien de diferentes capacidades—, todos habían estado dominados por la idea de la comida o por el deseo sexual. Pero ahora todo eso había desaparecido y sólo quedaba una amplia gama de sonidos. Resonancias parecidas a las de un vaso, a las de una maceta, una fiambrera o una tubería de plomo.

Traté de imaginar mi propia cabeza, desollada, con la carne arrancada y el cerebro extraído, alineada en aquella estantería mientras el anciano iba dándole golpecitos con las tenazas de acero inoxidable. La idea me produjo una sensación extraña. ¿Qué diablos descifraría el anciano de la resonancia de mi cráneo? ¿Podría leer mis recuerdos? ¿O tal vez descubriría otras cosas aparte de la memoria? Me invadió un gran desasosiego.

No temía a la muerte en sí. Como dijo William Shakespeare: «Si mueres este año, no tendrás que morir el año que viene».

Al pensarlo, parecía muy simple. Sin embargo, la idea de que, después de muerto, colocaran mi cabeza en una estantería y le dieran golpecitos con unas tenazas no me entusiasmaba. Me deprimía pensar que, una vez muerto, alguien pudiera extraer algo de mi interior. La vida no es nada fácil, pero uno puede ir trampeando, a su buen juicio. Igual que Henry Fonda en El hombre de las pistolas de oro. Pero, al menos después de muerto, me gustaría que me dejasen descansar en paz. Creí entender el deseo de los faraones del antiguo Egipto de que los encerraran dentro de una pirámide al morir.

Unas horas más tarde, concluí finalmente el lavado de cerebro. Como no había calculado el tiempo, ignoraba cuántas horas había necesitado, pero, a juzgar por el cansancio de mi cuerpo, deduje que debían de haber sido unas ocho o nueve horas. Un trabajillo, vamos. Me levanté del sofá, me desperecé largamente, desentumecí algunos músculos. En el manual del calculador hay unas ilustraciones que muestran la forma de desentumecer un total de veintiséis músculos. Si al terminar los cómputos se desentumecen bien los músculos, la fatiga mental desaparece y, si ésta desaparece, se prolonga la vida profesional del calculador. La profesión de los calculadores no ha cumplido siquiera diez años, por eso nadie sabe cuánto puede durar nuestra vida profesional. Hay quien dice que diez años, hay quien defiende que veinte. También hay quien dice que puede prolongarse hasta la muerte. Y quien opina que, antes o después, un calculador acaba quedando incapacitado. Ninguna de estas teorías pasa de ser una simple conjetura. Así que lo único que puedo hacer es desentumecer correctamente mis veintiséis músculos. Y dejar las teorías a las personas adecuadas.

Cuando acabé de desentumecer los músculos, me senté en el sofá, cerré los ojos y uní lentamente el hemisferio derecho y el izquierdo. Con ello, mi tarea finalizó por completo. Tal como indica el manual.

El anciano puso encima del escritorio un cráneo de lo que parecía ser un perro de gran tamaño, midió algunos detalles con un calibrador y apuntó las medidas con lápiz en una fotografía del cráneo.

—¿Ya ha terminado? —preguntó.

—Sí —dije yo.

—Muchas gracias por todo —dijo.

—Ahora me voy a casa. Mañana o pasado mañana haré el shuffling y se lo traeré sin falta antes de tres días al mediodía. ¿Le parece bien?

—Muy bien, muy bien —asintió el anciano—. Pero le ruego la mayor puntualidad. Si no llegara antes de mediodía, me vería en serios apuros.

—Lo tendré en cuenta —dije.

—Y extreme las precauciones para que no le roben las listas. Si eso llegara a suceder, yo tendría problemas, y usted también.

—Pierda cuidado. Nosotros, los calculadores, hemos recibido una buena formación al respecto. No nos dejamos robar fácilmente los datos recién procesados. No se preocupe.

De un bolsillo especial, oculto en la parte interior del pantalón, saqué una cartera de metal blando para llevar documentos importantes, introduje las listas de valores y la cerré.

—Esta cerradura sólo puedo abrirla yo. Si otra persona lo intenta, los documentos que hay en su interior se destruyen.

—Veo que está muy bien preparado —dijo el anciano.

Devolví la cartera al bolsillo interior del pantalón.

—Por cierto, ¿le apetece otro emparedado? Aún quedan algunos y yo, mientras trabajo, apenas como. Sería una pena tirarlos.

Aún tenía hambre, así que acepté su ofrecimiento y me zampé todos los emparedados que quedaban. El anciano se había dedicado en exclusiva a los de pepino y sólo había de jamón y de queso, pero, como a mí no me apasiona el pepino, no me importó. El anciano me llenó la taza de café recién hecho.

Me cubrí de nuevo con el impermeable, me puse las gruesas gafas y, linterna en mano, volví al subterráneo. Esta vez, el anciano no me acompañó.

—He ahuyentado a los tinieblos con ondas sonoras, así que no tiene nada que temer. Ésos, de momento, no aparecerán por aquí —dijo el anciano—. Ahora deben de ser ellos los que tienen miedo de asomar la nariz. A ésos basta con amenazarlos un poco, sólo vienen porque se lo piden los semióticos.

Por más optimistas que fueran las palabras del anciano, oír que había unas criaturas llamadas tinieblos pululando por el subsuelo me quitó las pocas ganas que me quedaban de vagar por allí a oscuras. Lo que más me aterraba era desconocer qué diablos eran los tinieblos, qué hábitos y qué forma tenían, no saber, en definitiva, cómo defenderme de ellos. Con la linterna en la mano izquierda y agarrando la navaja con la derecha, emprendí el camino de vuelta a lo largo del río subterráneo.

Dada la situación, al avistar la figura de la joven gordita del traje de color rosa al pie de la larga escalera de aluminio que había descendido a la ida, me sentí a salvo. Me hacía señales, oscilando la luz de la linterna. Cuando llegué hasta ella, me dijo algo, pero el rugido del agua, que volvía a oírse, ahogaba sus palabras, y además estaba demasiado oscuro para poder leer en sus labios, así que no entendí nada de lo que me decía.

Por lo pronto, decidí subir la escalera y salir a la luz. Yo iba delante y ella me seguía. La escalera era altísima. A la ida, como estaba muy oscuro y no veía nada, había descendido sin miedo, pero ahora, mientras subía un peldaño tras otro, al imaginar la altura, mi rostro y mis axilas se cubrieron de un sudor helado. En un edificio, aquella altura habría correspondido a tres o cuatro pisos y, además, los peldaños estaban tan resbaladizos por la humedad que me veía obligado a ascender con grandes precauciones para no sufrir un accidente.

A medio camino quise tomarme un respiro; sin embargo, al pensar en la joven que me seguía, comprendí que no era el momento adecuado y, al final, subí hasta arriba de un tirón. Me deprimía pensar que tres días después tendría que volver al laboratorio por ese mismo camino, pero lo cierto era que no había más remedio: la ruta estaba incluida en el plus.

Tras cruzar el armario empotrado y salir a la habitación, la joven me quitó las gafas y me despojó del impermeable. Yo me quité las botas y dejé la linterna.

—¿Ha ido bien el trabajo? —me preguntó. Su voz, que oía por primera vez, era dulce y clara.

Mirándola fijamente, asentí:

—Si no hubiera ido bien, no habría vuelto. Mi trabajo es así —añadí.

—Gracias por haberle dicho a mi abuelo lo del sonido. Me has hecho un gran favor. Ya llevaba una semana así.

—¿Y por qué no me lo comunicaste por escrito? Todo habría sido más rápido, me hubiese ahorrado un mal rato.

Sin responder, la joven rodeó el escritorio y se colocó bien los enormes pendientes que llevaba en las orejas.

—Son las normas —dijo.

—¿No comunicar nada por escrito?

—Esa es una de las normas.

—Hum…

—Está prohibido todo lo que pueda ir contra la evolución.

—Ya veo —dije, admirado. Realmente, se tomaba las cosas en serio.

—¿Cuántos años tienes? —me preguntó.

—Treinta y cinco —dije—. ¿Y tú?

—Diecisiete —contestó—. Eres el primer calculador que conozco. Tampoco he visto nunca a ningún semiótico.

—¿Es verdad que sólo tienes diecisiete años? —le pregunté, sorprendido.

—Sí. ¿Por qué iba a mentirte? Tengo diecisiete años. Pero no lo parece, ¿verdad?

—No —le respondí con sinceridad—. La verdad es que aparentas veinte o más.

—Es que no me gusta aparentar diecisiete —dijo ella.

—¿Y no vas a la escuela?

—No quiero hablar de eso. Al menos, ahora. La próxima vez que nos veamos te lo explicaré todo.

—Hum… —musité. Debía de tener sus razones.

—Y dime, ¿qué vida lleva un calculador?

—Verás, los calculadores, o los semióticos, cuando no trabajamos somos personas normales y corrientes, como todo el mundo.

—La gente será corriente, pero no normal.

—Bueno, ésa es una opinión —dije—. Lo que quiero decir es que somos de lo más vulgar. Que cuando nos sentamos al lado de alguien en el tren no llamamos la atención, que comemos como todo el mundo, que bebemos cerveza… Por cierto, gracias por los emparedados. Eran deliciosos.

—¿De verdad? —preguntó ella, y sonrió.

—Es difícil encontrar emparedados tan buenos. ¡Y he comido muchos en mi vida!

—¿Y el café?

—El café también estaba bueno.

—¿Te apetece tomar otro antes de irte? Así podremos hablar un rato.

—No, gracias. Más café, no —dije—. Abajo he tomado demasiado, ya no me cabe ni una gota más. Además, quiero volver a casa cuanto antes y dormir.

—¡Qué lástima!

—Sí, es una lástima.

—Bueno, te acompaño hasta el ascensor. Porque solo no creo que consigas llegar. El corredor es muy largo y complicado.

—Sí, no creo que pudiera —dije.

Ella cogió una especie de sombrerera redonda que había sobre la mesa y me la entregó. La tomé y la sopesé. Para lo grande que era, apenas pesaba. Si realmente contenía un sombrero, éste debía de ser de dimensiones considerables. La caja estaba rodeada de una gruesa cinta adhesiva para que no se abriera.

—¿Y esto qué es?

—Un regalo de mi abuelo. Ábrelo cuando llegues a casa.

Sacudí ligeramente la caja, de arriba abajo, con las dos manos. No se oyó ningún ruido, no se produjo ningún efecto.

—Cuidado, que se rompe —dijo la joven.

—¿Es un jarrón o algo por el estilo?

—No lo sé. Cuando llegues a casa y lo mires, lo sabrás.

Después abrió un bolso de mano de color rosa y me entregó un cheque metido dentro de un sobre. En él figuraba una cantidad ligeramente superior a la que esperaba. Lo metí en la cartera.

—¿Un recibo?

—No hace falta —dijo ella.

Salimos de la habitación y nos dirigimos al ascensor, doblando esquinas, subiendo y bajando por el mismo corredor que a la ida. Sus altos tacones resonaban por el pasillo con un agradable martilleo, como antes. Su gordura había dejado de inquietarme casi por completo. Andando a su lado, apenas me acordaba de que estaba gorda. Posiblemente, con el tiempo, llegara a familiarizarme con su gordura.

—¿Estás casado? —quiso saber la joven.

—No —dije—. Lo estuve hace tiempo, pero ahora no.

—¿Te divorciaste al hacerte calculador? La gente dice que los calculadores no pueden tener un hogar.

—Eso no es verdad. Hay muchos calculadores que tienen familia y a los que, además, les va muy bien. Si bien es cierto que la mayoría piensa que se trabaja mejor sin una familia. Nuestro trabajo comporta un desgaste nervioso enorme, es peligroso, y a veces una mujer e hijos suponen un impedimento.

—Y en tu caso, ¿cómo fue?

—Yo me hice calculador después del divorcio. Así que no tiene nada que ver con mi trabajo.

Se quedó pensativa y dijo:

—Perdona que te haga preguntas raras. Es la primera vez que veo un calculador y tenía ganas de saber muchas cosas.

—No importa —dije yo.

—He oído decir que a los calculadores, al acabar un trabajo, os aumenta mucho el deseo sexual. ¿Es verdad?

—Pues no lo sé. Tal vez sí. Es que nuestro trabajo conlleva una tensión nerviosa muy peculiar.

—Y, en esas ocasiones, ¿con quién te acuestas? ¿Tienes novia?

—No —contesté.

—Entonces, ¿con quién te acuestas? Porque no eres ni homosexual ni una de esas personas que no sienten interés por el sexo, ¿verdad? ¿No quieres contestar?

—¿Y por qué no voy a querer contestar? —repuse. No soy en absoluto un hombre que vaya divulgando su vida por todas partes, pero, como no tengo nada que ocultar, si me preguntan, respondo—. Pues me acuesto con diferentes mujeres, según la ocasión —dije.

—¿Te acostarías conmigo?

—No. Creo que no.

—¿Por qué?

—Por principios. Casi nunca me acuesto con chicas que conozco. Suele traer complicaciones. Tampoco me acuesto con mujeres con las que tengo una relación laboral. Tratándose de un trabajo en el que guardas secretos ajenos, es necesario marcar un límite entre ambas cosas.

—¿No será porque estoy gorda y me encuentras fea?

—No estás tan gorda y, además, no eres nada fea —dije.

Volvió a quedarse pensativa.

—¿Con quién te acuestas entonces? ¿Se lo propones a chicas que encuentras por ahí?

—Alguna vez ha ocurrido.

—¿O te acuestas con prostitutas?

—También ha ocurrido eso.

—Si yo me acostara contigo a cambio de dinero, ¿aceptarías?

—No. No lo creo —respondí—. La diferencia de edad es demasiado grande. Y yo, con chicas demasiado jóvenes, no consigo encontrarme cómodo.

—En mi caso, es diferente.

—Tal vez. Pero no quiero buscarme más problemas de los necesarios. En lo posible, deseo vivir tranquilo.

—Mi abuelo dice que, la primera vez, es mejor que me acueste con un hombre de más de treinta y cinco años. Y dice que, cuando el deseo sexual se acumula y llega a cierto grado de intensidad, se pierde la lucidez.

—Sí, a mí también me lo ha dicho —dije yo.

—¿Crees que es cierto?

—No soy biólogo, no lo sé —dije—. Pero creo que esto depende de cada persona y que no se pueden hacer afirmaciones tan categóricas.

—¿Tú eres de los que tienen una intensidad muy alta?

—Supongo que lo normal —respondí tras reflexionar unos instantes.

—Yo aún sé muy poco sobre mi deseo sexual —dijo la joven gorda—. Por eso quería comprobar algunas cosas.

Mientras dudaba sobre qué responderle, llegamos ante el ascensor. El ascensor se abrió y esperó pacientemente a que yo subiera, como un perro bien adiestrado.

—¡Hasta la próxima! —se despidió.

Las puertas del ascensor se cerraron sin hacer el menor ruido. Yo me apoyé en las paredes de acero inoxidable y suspiré.