Capítulo 5

 

LOS deliciosos aromas de aquella cálida tarde de junio invadieron el coche de Kingsley cuando entraron el sendero de casa de Beth y George, y Rosalie disfrutó al ver que, por una vez, Kingsley se había quedado mudo. No le había advertido de qué esperar, y era evidente que la antigua casa de campo rodeada de rosas, madreselva y jazmín y enclavada en un perfecto jardín victoriano lo había impresionado.

-Menudo lugar -dijo él en tono de evidente admiración al cabo de unos segundos.

-Precioso, ¿verdad? El jardín trasero también está lleno de flores de todas clases. Siempre me ha parecido una especie de paraíso en la tierra. Un paraíso muy inglés, por supuesto -añadió Rosalie con una sonrisa.

-Debe valer una pequeña fortuna -Kingsley contempló la casa-. No sabía que los profesores universitarios estuvieran tan bien pagados.

-No lo están, pero el padre de George fue un gran negociante, cosa que resulta asombrosa cuando uno conoce a George. Es un encanto, pero apenas parece vivir en este mundo; es un genio en lo suyo y apenas sabe en qué hora del día vive. Beth es perfecta para él; es más una madre que una esposa. El caso es que George heredó todo cuando sus padres murieron en un accidente de coche poco antes de que se casara con Beth y decidió invertirlo en su pequeño trozo de paraíso inglés. Eso fue hace dos décadas, por supuesto, y el precio de la propiedad ha aumentado mucho. Al menos por una vez, el padre de George estaría orgulloso de su hijo. 

-Sin duda -Kingsley se volvió hacia ella y alzó una mano para acariciarle la mejilla-. Melocotón y crema -murmuró, casi para sí-, y muy inglesa. Sin embargo, también se nota tu origen francés -Rosalie le había contado mientras esperaban en el hospital que sus padres murieron cuando ella era joven, pero quería saber más-. ¿Y tus padres? ¿Murieron también en un accidente, como los de George?

Rosalie respondió como la familia decidió hacerlo cuando su padre se suicidó.

-Mi madre murió de una hemorragia cerebral, y mi padre no pudo soportarlo...

-¿Se quitó la vida?

Rosalie asintió y se ruborizó ligeramente. Sintió un gran alivio cuando Beth se asomó a la puerta de la casa y les hizo señas para que entraran.

Cuando se volvió para abrir la puerta, Kingsley la tomó de la mano.

-No hay duda de que tu vida comenzó de una forma muy dura.

-Hay personas que lo pasan peor. Mis abuelos fueron maravillosos conmigo y mis tías me mimaron mucho. Puede que conozcas a Jeanne; normalmente viene de visita cuando estoy aquí. Vive muy cerca.

¿Por qué había dicho aquello? Era algo demasiado íntimo. Como si Kingsley fuera su novio, o algo parecido. No quería que conociera a sus parientes, ni que averiguara más cosas sobre ella. Apartó, la mano, enfadada consigo misma y con todo el mundo. Beth era la persona más agradable y hospitalaria del mundo, pero en aquellos momentos no se encontraba de humor para apreciar su generosidad. 

Esperaba que George y Kingsley se llevaran mal y que éste se aburriera tanto como para irse. A fin de cuentas, estaba acostumbrado a divertirse con la «jet».

-Vuelves a fruncir el ceño -dijo Kingsley, que había rodeado el coche para ayudarla a salir-. Sonríe para Beth. No queremos disgustar a tu encantadora tía, ¿verdad?

Rosalie murmuró una palabra lo suficientemente fuerte como para hacer que Kingsley parpadeara y, animada por aquella pequeña victoria, sonrió mientras se acercaba cojeando hacia la casa, maldiciendo la escayola y no poder moverse con elegancia ante la atenta mirada de Kingsley.

George y Kingsley no se llevaron mal en absoluto. Kingsley mostró tal interés por el trabajo del otro hombre, que George casi se puso efusivo mientras tomaban un cóctel antes de comer. Rosalie estuvo a punto de gemir al ver la expresión satisfecha de su tía.

Cuando no pudo soportarlo más, tomó a Kingsley de un brazo y prácticamente lo arrastró hacia la puerta.

-Voy a enseñarle el jardín -dijo. Una vez fuera, y tras alejarse convenientemente de la puerta, añadió-: No tienes por qué seguirle la corriente a George con tanto entusiasmo. 

-Pero me interesa lo que cuenta -protestó Kingsley con suavidad mientras la hacía sentarse en un banco bañado por el sol-. Siéntate un rato y cálmate. Estás un poco tensa. Tienes que aprender a relajarte.

¿Relajarse? Aquello era lo que esperaba conseguir Rosalie aquel fin de semana, pero iba a ser imposible estando Kingsley con ella. Era dolorosamente consciente de tenerlo sentado a su lado, con un brazo extendido sobre el respaldo del viejo banco de madera, ligeramente inclinado hacia ella.

Kingsley estiró las piernas ante sí.

-Es un lugar magnífico, ¿verdad? Resulta tan tranquilo y acogedor, que uno podría llegar a creer que el mundo no existe ahí fuera.

-No pensaba que fueras un hombre que buscara la tranquilidad -Rosalie lamentó de inmediato haber dicho aquello.

-¿No? -Kingsley se inclinó un poco más hacia ella y le hizo volver el rostro-. ¿Por qué?

Rosalie se ruborizó.

-Por tu reputación.

-¿Y qué reputación es esa? -dijo él, sin soltarle la barbilla.

-Mucho trabajo y mucha diversión también.

-Ah, comprendo. Pero, aunque te sorprenda, no soy un robot, Rosie. Me canso, enfermo y sangro como cualquier otro hombre.

Ella bajó la mirada.

-Eso ya lo sé.

-No creo que lo sepas -Kingsley la soltó y siguieron sentados sin hablar en medio de la cálida tarde. 

Los pájaros cantaban en los árboles y la abejas se afanaban entre las flores. Rosalie se preguntó por qué no habría llevado nunca a Miles allí. ¿Acaso había sido tan frenética la vida universitaria, tan absorbente su círculo de amigos? ¿O se había debido a que temía que Beth notara los problemas que habían surgido en su relación poco después de la rápida boda, que reconociera en Miles el mismo espíritu opresivo y tiránico del marido de su hermana?

Se movió un poco en el asiento y apartó un mechón de pelo de su rostro. Al menos su padre había tenido una excusa para actuar como lo hacía, o no una excusa, sino un motivo tras sus acciones que explicaba el comportamiento obsesivo que tuvo con su madre. Y la quería, por retorcido y torturado que fuera ese amor. Sin embargo, Miles había sido un niño rico y mimado por sus padres, que sólo habían vivido para complacer sus caprichos.

-Aún no lo has dejado atrás, ¿verdad? -murmuró Kingsley a su lado, y cuando ella lo miró, la tomó de la mano y se negó a soltarla cuando trató de apartarse-. Está aquí mismo, ¿no? Como un silencioso espectro a nuestras espaldas.

El estómago de Rosalie se encogió. Apartó la mirada. ¿Cómo había podido leer su mente?

-¿Aún lo amas?

-¿Amarlo? -el tono de Rosalie fue tan expresivo, que Kingsley no pudo dudar de su antipatía.

De manera que no era aquello, pensó, momentáneamente aliviado.

-Y si ya no lo quieres, ¿por qué pesa tanto aún en tu vida?

-Te he dicho antes que no quiero hablar de Miles -Rosalie no pudo evitar cierto temblor en su voz-. Tengo frío. Volvamos dentro.

-No -Kingsley apretó su mano con suavidad-. Sólo trato de comprender de dónde vienes. No quiero sacar a relucir recuerdos dolorosos por el mero hecho de hacerlo, pero desde el momento en que te conocí siempre ha habido un tercero presente. Al principio no sabía cuál era el problema, pero es él, ¿verdad?

Kingsley sintió cómo se ocultaba Rosalie tras sus defensas a pesar de que no movió un músculo, y supo que estaba en lo cierto. También sabía que no era así como él solía hacer las cosas. Se maldijo por ser tan estúpido. Ya había pasado una vez por la experiencia del amor y el compromiso y había salido escaldado para el resto de su vida.

-No tienes derecho a preguntarme eso.

Kingsley sabía que aquello era cierto, pero de todos modos dijo:

-Sí lo tengo. Estás aquí conmigo, no con él, y no me gustan los grupitos.

No podía haber dicho nada peor. Rosalie pensó de inmediato que en el fondo todos los hombres eran iguales, aparte de los muy escasos que procedían de otro planeta, como George.

-Yo no te he invitado a venir -dijo con aspereza.

-¿Quieres que me vaya?

¿Lo quería? Supuso una auténtica conmoción para Rosalie darse cuenta de que era lo último que quería.

-Eso es precisamente lo que quiero -dijo de todos modos, con voz temblorosa.

Por un momento el mundo pareció quedar en suspenso. Luego, con un gruñido de irritación, Kingsley la tomó entre sus brazos y la besó una y otra vez, hasta que las débiles protestas de Rosalie se fueron apagando y de algún modo acabó semi tumbada en su regazo con las manos apoyadas en sus hombros.

Fue la voz de Beth llamándolos desde la casa lo que rompió el embrujo.

-No quieres que me vaya -susurró él; el azul de sus ojos era tan intenso que dolía mirarlo-. Dilo -en un sorprendente e íntimo gesto de ternura, besó la punta de la nariz de Rosalie-. Dilo, Rosie. 

Ella lo miró.

-No quiero que te vayas.

-Bien -cuando Beth volvió a llamarlos, Kingsley se puso en pie y ayudó a Rosalie a hacer lo mismo antes de agacharse para darle sus muletas-. Eso está bien, porque no tengo intención de irme -sonrió-. Y durante el fin de semana vamos a limitarnos a disfrutar de nuestra mutua compañía y a divertirnos, ¿de acuerdo? Se acabaron las preguntas.

Rosalie parpadeó. Aquel hombre parecía un camaleón humano. Cambiaba de personalidad con tanta rapidez que era imposible seguirlo.

Como si hubiera leído su expresión, Kingsley dejó de sonreír.

-No tienes nada que temer. Somos dos adultos conociéndonos mejor y ninguno va a hacer daño al otro. ¿Qué tiene eso de malo?

Expresado así, nada, pensó Rosalie. Pero uno de los adultos era Kingsley Ward, y eso lo cambiaba todo.

-Vamos -dijo él, como si estuviera repentinamente cansado de todo aquello-. Estoy muerto de hambre. Espero que Beth sea buena cocinera.

-Es una cocinera estupenda -aquello era terreno seguro-. Un marido y tres hijos brillantes la impulsaron a superarse en algo que siempre se le había dado bien. Incluso tu amigo Glen se quedaría impresionado.

Kingsley sonrió.

-Creo que voy a disfrutar de este fin de semana aún más de lo que esperaba.

La comida estaba deliciosa, como Rosalie había prometido y, con el vino circulando libremente mientras hablaban, incluso George se animó a hacer un par de bromas.

Rosalie descubrió con sorpresa que estaba disfrutando. Kingsley sabía cómo tratar a las personas, pensó mientras oía cómo alababa la comida de Beth, lo que hizo que George bajara de su planeta para secundarlo en sus cumplidos.

Pero Miles también solía ser capaz de conquistar a cualquiera con su encanto.

Aquel pensamiento fue como un puñetazo en el plexo solar, y Rosalie se enfadó consigo misma por haber permitido una vez más que Miles se entrometiera. No pensaba en él hacía tiempo, pero parecía que últimamente no lograba sacárselo de la mente. ¿Sería Kingsley como su ex?

Miles también era alto, moreno, atractivo y rico, y también poseía ese algo que, junto con el poder y la riqueza, lo hacía irresistible para casi todas las mujeres.

Pero además era un ser cruel e irrazonable, un déspota que ocultaba su verdadera naturaleza tras su buen aspecto y su encanto juvenil. Fue el hombre perfecto hasta que se casaron, y Rosalie sabía que todas sus amigas de la universidad se habían puesto verdes de envidia. ¿Quién habría creído que una vez oculto tras las puertas de su casa podía transformarse en un sádico brutal capaz de volverse loco por algo tan trivial como una tostada quemada? El piso que alquilaron se convirtió en un lugar de terror, hasta el punto de que Rosalie sólo se sentía segura cuando estaba en clase o en grupo con sus amigos.

¿Por qué aguantó tanto tiempo aquella situación? Probablemente porque por aquel entonces creía que el matrimonio era para siempre y, después de lo sucedido con el de sus padres, estaba desesperada por conseguir que el suyo funcionara. Cada vez que Miles le hacía daño se decía que debía esforzarse más por ser una buena esposa. La culpa tenía que ser suya, sin duda. Miles era un hombre perfecto; todo el mundo lo decía. Pero entonces llegó la noche de su graduación...

-¿... no crees, Lee?

Rosalie salió de su aterrorizado ensimismamiento y vio que tres pares de ojos la miraban atentamente.

-Lo siento -dijo, y logró sonreír a pesar de todo-. Estaba pensando en un problema del trabajo.

-Espero que no sea nada relacionado con mi obra -el tono de Kingsley fue totalmente desenfadado, pero su penetrante mirada hizo comprender a Rosalie que no había ocultado sus pensamientos tan bien como creía.

-No hay ningún problema con tu obra -dijo, y volvió enseguida la cabeza hacia Beth, que era quién había dicho su nombre-. ¿Qué estabas diciendo?

La conversación continuó normalmente a partir de aquel momento, pero Rosalie era consciente de que, a pesar de sus bromas y risas, Kingsley la miraba de vez en cuando con expresión pensativa.

Casi eran las doce cuando llegó la hora del café, y para entonces Rosalie se sentía agotada después de las conflictivas sensaciones que había experimentado desde que Kingsley se había presentado en su despacho. Afortunadamente, Beth y George solían acostarse muy temprano, de manera que no insistieron para prolongar la sobremesa.

Subieron todos juntos a la planta de arriba y, una vez en el descansillo, Beth y George entraron en su dormitorio tras despedirse mientras Rosalie y Kingsley se quedaban en el descansillo.

-Buenas noches -dijo él, y a continuación inclinó la cabeza y besó a Rosalie antes de darle tiempo a reaccionar. Una agradable calidez, seguida de una creciente pasión, recorrieron su cuerpo como un ponche de vino y especias. Kingsley la estrechó con fuerza contra su cuerpo antes de soltarla.

-Cuando tenía veinte años, hubo una mujer en mi vida; salí escaldado de aquella relación -murmuró-. Desde entonces siempre he procurado ser muy franco respecto a mis sentimientos; nada de promesas ni de compromisos más allá de ser leales mientras la relación dure. Sinceridad y lealtad, sin remordimientos ni recriminaciones. No es una mala filosofía, ¿verdad?

Rosalie se quedó mirándolo. ¿Qué estaba diciendo? ¿Que quería una aventura con ella? ¿Una relación sin compromiso? 

Por un momento, su cerebro dejó de funcionar. Luego evitó el tema diciendo:

-¿Y las mujeres se conforman con eso?

-Por supuesto -Kingsley pareció sorprendido por su pregunta-. Cuando uno llega al fondo de la cuestión, la mayoría de las mujeres reconocen que la idea del amor puede ser muy bonita, pero saben que es algo que no funciona en el mundo real. Antes o después la desconfianza y la duda asoman sus feas cabezas, y si descubres que tu compañera te ha estado engañando... -se encogió de hombros-. Sucede. Todo el tiempo. El número de divorcios que hay hoy en día es evidencia suficiente. Pero la compatibilidad sexual es otra cosa. Es algo real y sincero, y no depende necesariamente de la confianza.

Rosalie respiró hondo.

-¿Me estás haciendo una proposición, Kingsley?

-Tú me deseas, Rosie. Y yo te deseo desde que te vi por primera vez. Tú estás soltera, yo estoy soltero. Es lo más natural del mundo.

Rosalie no estaba segura de lo que sentía, pero sabía que le habría gustado golpearlo aunque, teniendo en cuenta que estaba siendo sincero, hacerlo no habría sido muy justo.

-Lo siento, pero no me gustan las aventuras -logró decir en tono más o menos cortés.

-Eso ya lo sé -Kingsley volvió a atraerla hacia sí-. Y respeto lo que sientes.

Rosalie sintió su fuerza y virilidad apoderándose de ella, y la tentación hizo que su voz surgiera ligeramente ronca cuando habló.

-¿Pero? Y no me digas que no hay ningún pero. «Pero» esto es distinto. «Pero» ambos disfrutaríamos. «Pero» no sucede a menudo que se dé esta empatía entre dos personas. ¿Tengo razón?

Por toda respuesta, Kingsley la apoyó contra la pared del descansillo y la retuvo con su cuerpo contra ella a la vez que volvía a tomar posesivamente su boca. Rosalie podía sentir cada centímetro de su piel presionado contra él mientras un deseo ardiente despertaba en su interior. Por un instante estuvo a punto de ceder, de abrir la puerta de su dormitorio y arrastrarlo al interior.

Aquel pensamiento fue suficiente para hacerla volver a la realidad. Apoyó las manos contra el pecho de Kingsley y lo empujó.

-No. No quiero esto, Kingsley. Suéltame.

Kingsley había conocido a muchas mujeres a lo largo de los años y creía entenderlas bastante bien, pero el temor que percibió en el tono de Rosalie lo dejó desconcertado. Dejó de besarla al instante y se apartó, pero mantuvo los brazos a ambos lados de su cuerpo.

-¿Qué diablos te hizo el tal Miles? -preguntó con suavidad. Al ver la repentina palidez del rostro de Rosalie, se irguió-. De acuerdo, de acuerdo. Ya lo sé. No quieres hablar de ello.

-No puedo -la voz de Rosalie apenas fue un susurro-. No puedo hablar de ello.

-No confías en mí lo suficiente -dijo él con expresión impenetrable.

-No te conozco -replicó ella sinceramente. Sin embargo, había una parte de ella que sentía que lo conocía desde siempre, cosa que la asustaba aún más.

 

Kingsley frunció el ceño, y Rosalie casi pudo ver su brillante cerebro asimilando las implicaciones de lo que acababa de decir. Luego asintió sin que su rostro revelara lo que estaba pensando.

-Eso puedo aceptarlo -dijo-. Pero habrá que poner remedio a la situación.

-¿Qué quieres decir?

Kingsley sonrió.

-Podemos salir juntos una temporada -dijo en tono despreocupado-. Nos lo tomaremos con tanta calma como quieras, pero yo estaré ahí para ti cuando lo necesites, y viceversa -su acento estadounidense sonó más marcado que nunca.

-No creo que...

-Esto no es una sugerencia, Rosie. O aceptas eso, o te beso hasta que acabemos ahora mismo en la cama. Y podría conseguir que te resistieras muy poco si me empeñara en ello.

¡El muy arrogante! Rosalie estaba furiosa por lo que acababa de oír, pero, al mismo tiempo, su innata sinceridad le hizo reconocer que probablemente fuera cierto. No se fiaba de sí misma para resistir un ataque en plena regla de Kingsley. Se contentó con lanzarle una mirada iracunda antes de decir:

-Y en esas citas que dices, ¿te conformarías con un beso de buenas noches? Porque eso es todo lo que ibas a obtener.

-He dicho que nos lo tomaríamos con tanta calma como quisieras -Kingsley tenía las piernas ligeramente separadas y los brazos cruzados sobre el pecho, y parecía muy grande. Tan grande, imponente y sexy, que Rosalie sintió que se le secaba la boca-. A diferencia de lo que obviamente crees, soy capaz de salir a divertirme con una mujer sin esperar nada al final de la cita -añadió con ironía. 

Rosalie se aclaró la garganta y bajó la mirada.

-No he salido con nadie desde... Miles. Y no quiero volver a tener otra relación nunca más. Tengo mi trabajo, mi casa y...

-¿Y estás dispuesta a pasarte el resto de tu vida sin altibajos, sin pasión, en una perpetua y fría calma? -dijo Kingsley-. No creo, Rosie.

-¿Tú qué sabes? -replico ella, indignada-. No me conoces.

-Parece que hemos cerrado el círculo -Kingsley percibió la confusión de Rosalie-. Y supongo que cualquier otra línea de razonamiento nos llevaría al mismo lugar. Así que... salimos y punto. Nada de discusiones al respecto. Lo hacemos. ¿De acuerdo?

A continuación, sin dar tiempo a que ella reaccionara, se volvió y entró en su dormitorio sin una palabra más.

Rosalie no podía creerlo. Permaneció unos momentos contemplando la puerta como si ésta pudiera aclarar su desconcierto. Kingsley Ward era un hombre viril, fuerte, agresivo e implacable, y poseía un magnetismo sexual tan poderoso como formidable. Era el último hombre con el que debería salir. No lograba entender cómo podía haber llegado a encontrarse en la situación de ir a hacer precisamente aquello.

Movió la cabeza mientras repasaba la conversación que acababan de tener.

-¡Al diablo! -murmuró para sí a la vez que lanzaba una mirada furibunda a la puerta. Podría rechazar las citas cuando llegara el momento...

Aquel pensamiento fue un consuelo muy escaso.

Posiblemente porque no se lo creía. Hasta el momento, tratar de rechazar a Kingsley había demostrado ser una tarea imposible para ella.

Pero se enfrentaría a lo que surgiera. Entró en el dormitorio decidida a ignorar que él estaba en la habitación contigua, desvistiéndose, probablemente, o ya desnudo para ducharse... Agitó la cabeza con energía para apartar aquellas imágenes eróticas antes de que pudieran apoderarse de ella.

Si había sobrevivido a Miles Stuart y después había sido capaz de seguir adelante con su vida con bastante éxito, sería capaz de mantenerse firme con Kingsley. Ya no era una jovencita de dieciocho años deslumbrada por el hecho de que el chico más atractivo e interesante que había conocido en su vida le hubiera dicho que quería amarla y cuidar de ella.

Cuidar de ella... Dejó las muletas en el suelo y se tumbó en la cama. Desde luego que había cuidado de ella... ¡Había estado a punto de conseguir que le diera un colapso nervioso!

Kingsley tenía razón respecto a una cosa: Miles pertenecía al pasado. Pero si creía que el hecho de que hubiera firmado un contrato de trabajo con él le daba derecho a tener una aventura estaba equivocado. Muy equivocado.