—Me habéis ayudado.

Aden salió del instituto para esperar a Shannon, aunque sabía que tal vez el otro chico no quisiera volver a casa con él. Sin embargo, estaba dispuesto a intentarlo. Se sentía muy bien, y hubiera esperado al mismo demonio. Tal vez incluso viera a Mary Ann entre la multitud.

La última clase del día no había terminado todavía, así que por el momento estaba solo. Se apoyó contra la pared de ladrillo rojo del edificio y quedó oculto, en parte, por las sombras.

—¿Por qué? —les preguntó.

«Tú querías venir a este instituto, —le dijo Eve—, y nosotros queremos que seas feliz. Claro que te hemos ayudado».

—Pero… si tú odias a Mary Ann.

«No es verdad. Como tú, quiero pasar más tiempo con ella. Es un misterio que quiero resolver».

«Bueno, yo sí la odio, —dijo Caleb—. Esa chica me manda a un agujero negro con alambre de espino alrededor. Pero, a ti te gusta, y yo te quiero a ti». Aquello último fue dicho con un gruñido.

—Yo también os quiero, chicos.

Aden creía que ellos iban a intentar sabotear sus exámenes, que gritarían y lo distraerían. En vez de eso, habían hecho algo inédito: se habían quedado callados durante un largo periodo de tiempo. Aden había podido leer sin interrupciones, había resuelto las ecuaciones sin comentarios negativos y no había llamado la atención de los que lo rodeaban teniendo que hablar solo.

Había hecho algo más que aprobar. Había hecho unos exámenes excelentes.

Estaba sonriendo cuando una chica pasó a su lado y lo miró fijamente. Tenía la misma piel brillante que la mujer del centro comercial, y Aden se dio la vuelta por si acaso ella pretendía hablar con él. Afortunadamente, la chica siguió caminando.

«Y quién sabe, —dijo Elijah con un suspiro—. Tal vez Mary Ann pueda ayudarnos a salir de aquí y a conseguir cuerpos propios».

¡Qué diferencia! Sólo una semana antes, Elijah había tenido un mal presentimiento. Aden quería preguntarle qué era lo que había cambiado, pero no lo hizo, porque temía que la respuesta hiciera cambiar de opinión a sus amigos otra vez.

Sonó una campana.

«Estoy orgulloso de ti, chaval, —le dijo Julian—. Eres oficialmente estudiante. ¿Cómo te sientes?».

Tras él se oyeron pasos. Incluso desde allí, Aden oyó las puertas de las taquillas y los murmullos.

—Muy bien —dijo—. Pero, eh… Tal vez deberíais intentar estar en silencio más veces —les sugirió Aden.

Los cuatro se echaron a reír como si acabara de hacer una broma.

Aden salió al sol y miró hacia la puerta. Los chicos comenzaron a salir rápidamente.

«Por lo menos, tú puedes moverte cuando te aburres. Nosotros estamos atrapados. Lo único que podemos hacer es hablar. Es nuestra única distracción», dijo Julian.

—Hola —dijo alguien.

Aden se dio la vuelta rápidamente y vio a Shannon, que estaba mirando al aparcamiento y no a Aden. ¿De dónde había salido y cómo era posible que Aden no se hubiera dado cuenta de que se le acercaba? Entonces, vio a otros chicos que salían por otras puertas, y se dio cuenta de que había más de una salida.

—Hola —respondió.

Eso era un problema. No podía vigilar todas las puertas para saber por dónde salía Mary Ann.

—Esc-cucha —dijo Shannon, con una mirada de dureza. ¿Había tenido un primer día difícil?—. Sé q-que no nos caemos b-bien, y tú no t-ti-tienes por qué confiar en mí, p-ppero sólo nos t-tenemos el uno al otro aquí. Y, bu-bueno, sí tú me ay-yudas a m-mí, yo t-te ayudaré a ti.

Aden abrió unos ojos como platos.

—Entonces, ¿tregua?

¿En serio? Aden no sabía si aquella tregua se extendía también al rancho, pero no le importaba.

—Tregua —dijo Shannon.

De veras, ¿podía ser mejor aquel día?

—Shannon, se te ha olvidado el horario.

Aden reconoció aquella voz femenina, pero fue el viento afilado que sintió en la piel, los gemidos, y después el silencio, lo que le dio a entender que se trataba de Mary Ann. Aquel día podía ser mucho mejor.

La vio rápidamente. Tenía el brazo extendido y un papel entre los dedos.

Shannon se dio la vuelta. Rápidamente se le hundieron los hombros, como si quisiera esconderse dentro de sí mismo.

Aden notó que se le aceleraba el corazón. Por fin. Estaba otra vez con ella.

El sol brillaba detrás de ella y la enmarcaba en color oro. Ella se tropezó al verlo, y palideció. Afortunadamente no cayó al suelo. Sólo aminoró el paso y bajó el brazo.

—¿Aden?

—Hola, Mary Ann.

Volvió a sentir la necesidad imperiosa de abrazarla, y también la de salir corriendo. Caleb habría dicho que Mary Ann era el cielo y el infierno a la vez, envueltos en el mismo papel de regalo. Una amiga y una enemiga. La cazadora y la presa.

Ella se detuvo ante él, con cautela.

—No esperaba volver a verte.

¿Acaso lo hubiera preferido? Su tono de voz era neutral y no daba ninguna pista.

—Hoy he empezado las clases aquí.

—Eso es estupendo… Tus ojos —dijo ella, pestañeando—. Son azules. Pero yo creía que eran negros. O, más bien, de muchos colores que formaban el negro. No de un solo color.

Así que se había dado cuenta de que le cambiaba el color de los ojos cada vez que hablaba un alma diferente. Él entrecerró los ojos para que ella no siguiera viéndolos.

—Cambian con la ropa que llevo —mintió. Era una mentira que usaba a menudo.

—Ah —dijo ella, aunque sin convencimiento.

¿Cómo había podido confundirla con la chica morena de su visión?, se preguntó Aden. Sí, las dos tenían el pelo oscuro, y eran muy guapas, pero desde aquella distancia, Aden se dio cuenta de que Mary Ann era mucho más delgada y angulosa. La chica de su visión era más curvilínea. Mary Ann tenía algunas pecas por la nariz, y la chica de la visión no tenía ninguna.

—Yo… T-te-ngo que irme —le dijo Shannon a Aden, como si Mary Ann no estuviera presente.

Mary Ann los miró.

—¿Os conocéis?

Ellos asintieron.

—Ah —dijo Mary Ann, y con una expresión de temor, dio un paso atrás.

¿Por qué se había asustado? No parecía que le tuviera miedo en la cafetería.

—¿Vivís con Dan Reeves? —preguntó ella.

Ah. Ahora lo entendía. Conocía el rancho, y tenía miedo de los chicos que vivían allí… y de lo que habían podido hacer para que los enviaran allí. Él no quería mentirle otra vez, pero tampoco quería confirmar sus miedos. Así pues, pasó por alto la pregunta.

—Mi primer día oficial en el instituto es mañana. Tal vez tengamos algunas clases juntos.

Ojalá.

—N-nos vemos en c-casa, Aden —dijo Shannon, que claramente, ya no quería esperar más. Le quitó el papel a Mary Ann de las manos.

Ella dio un respingo mientras Aden se despedía del otro chico.

—Hasta luego, Shannon.

Shannon se alejó sin decir una palabra más.

Aden y Mary Ann se quedaron en silencio durante unos segundos, mientras los otros chicos pasaban a su alrededor rápidamente, impacientes por llegar a la parada de autobús o a los coches.

—Es muy tímido —dijo Aden para excusar a Shannon.

—Ya me he dado cuenta —respondió ella—. Quería decirte que… Me siento mal por cómo te traté la semana pasada en Holy Grounds. Quería disculparme.

—No tienes por qué.

—Sí. Fui muy maleducada. Te habría llamado, pero no tengo tu número.

—De verdad, no te preocupes. Yo te habría llamado al final —dijo Aden, mirándose los pies. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, alzó la cabeza—. Es que he estado enfermo. Me he pasado seis días en la cama.

—Oh, lo siento.

—Gracias —respondió Aden con una sonrisa.

Aquélla era la conversación más larga que había tenido con alguien sin que le interrumpieran sus amigos, y sin que perdiera el hilo de lo que estaba diciendo. No quería que terminara.

—Tal vez pudiéramos quedar aquí mañana para que me enseñes el instituto.

Mary Ann se metió un mechón de pelo detrás de la oreja, y se puso muy roja.

—Yo… eh… bueno…

¿Acaso la había presionado demasiado? ¿Había hecho que se sintiera incómoda? De repente, Aden lamentó que Eve no estuviera allí para darle consejo. Tenía que saber cómo podía hacerse amigo de una chica, lo que tenía que decir.

Al final, optó por decir la verdad.

—No estoy intentando ligar, ni nada de eso, te lo prometo. Aparte de Shannon, tú eres la única a quien conozco en el instituto, y me vendría bien tener una amiga.

—Una amiga —dijo ella, y se mordió el labio inferior.

—Sólo amiga —dijo él, y lo decía en serio. Aden sólo quería salir con la chica de la visión.

Ella siguió mordiéndose el labio inferior, mientras cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro.

—Tengo que decirte una cosa, pero me temo que voy a herir tus sentimientos. Y tal vez no quieras ser amigo mío cuando lo sepas.

Aquello sonaba mal. Muy mal. Aden notó miles de nudos en el estómago.

—Dímelo de todos modos, por favor.

—Me siento rara cuando estoy contigo —dijo ella, y se ruborizó de nuevo—. Dios mío, suena peor en voz alta.

Él se preguntó… ¿Era posible? ¿Sentía también el viento y el malestar?

—¿Cómo te sientes rara?

—No lo sé. Es como si me diera un viento muy raro que me pone la piel de gallina, y sé que es horrible decir esto, y lo siento muchísimo. Pero cuando termina esa sensación, tengo unas ganas terribles de abrazarte, como si fueras mi hermano o algo así, y después…

—De salir corriendo —dijo él. Era posible. Tenían la misma reacción.

Ella abrió mucho los ojos.

—¡Sí!

—Yo siento lo mismo.

—¿De verdad? —preguntó ella. Entonces, el alivio y la confusión dieron paso a la ofensa. Frunció los labios con un gesto muy mono.

Él asintió, sin poder contener la sonrisa.

—¿Y qué crees que significa?

Atracción y rechazo a la vez. Era como si tuvieran un polo negativo y otro positivo; cuando se unían polos opuestos, se atraían. Cuando los polos eran iguales, se repelían. ¿Eran como imanes?

Entonces, ¿significaba eso que ella era como él? ¿O su opuesto?

La observó con suma atención. ¿Sabía algo de lo sobrenatural? Si no lo sabía, y él comenzaba a hablar sobre los muertos vivientes y las almas atrapadas, ella diría que era un loco. Estropearía cualquier oportunidad que tuviera con ella.

—Tengo que irme a casa —dijo, optando por la escapada. Esperaba haber podido dar con una solución al día siguiente—. Tengo hora de llegada, pero me gustaría hablar contigo mañana y…

—Mary Ann —dijo un chico de repente. Se acercó y le rodeó la cintura con un brazo. El propietario del brazo era ancho y sólido como una montaña—. ¿Con quién estás hablando, nena?

Ella cerró los ojos durante un instante y exhaló un suspiro.

—Tucker, te presento a Aden. Es uno de los estudiantes nuevos, y es amigo mío. Aden, te presento a Tucker. Es mi novio.

«Amigo». Había dicho que él era su amigo. Aden no podía dejar de sonreír.

—Encantado de conocerte, Tucker.

Tucker miró la camisa de Aden y leyó lo que había escrito en ella. Se echó a reír.

—Qué gracioso.

A Aden se le borró la sonrisa de los labios. Había estado tan emocionado durante todo el día, aprobando exámenes, haciendo treguas y amigos, que se había olvidado de la camisa.

—Gracias.

—¿Por qué no te largas con tu amigo el Tartamudo? —era una orden, no una pregunta—. Mary Ann y yo tenemos que hablar.

Mensaje recibido. Tucker y él no iban a ser amigos. Muy bien. La única persona que le importaba en aquel momento era Mary Ann. Bueno, y la chica de la visión, pero ella no estaba allí.

—Nos vemos, Mary Ann —dijo.

Ella sonrió con simpatía.

—Nos vemos aquí mañana. Te enseñaré el instituto.

A Tucker le vibró un músculo bajo el ojo.

—Seguro que está muy ocupado. ¿Verdad, Chiflado?

Aden supo que su respuesta definiría el tipo de relación que iba a tener con Tucker. Si decía que sí, Tucker se sentiría superior, y asumiría que Aden estaba intimidado. Si no lo hacía, Tucker lo vería como un competidor por Mary Ann, y lo atacaría a la menor oportunidad.

No podía permitirse tener otro enemigo, pero alzó la barbilla.

—No estoy ocupado en absoluto. Nos vemos por la mañana, Mary Ann.

Asintió para despedirse de ambos y se alejó con calma.

Mary Ann acompañó a Tucker al campo de fútbol para el entrenamiento, explicándole con serenidad, pero con firmeza, que no podía llamar a la gente «Chiflado» y «Tartamudo», porque así les creaba complejos para los que luego necesitarían terapia.

—Deberías darme las gracias por eso, porque estoy contribuyendo a tu futuro negocio, ya que quieres ser psiquiatra —dijo él.

Ella se quedó tan asombrada por aquella respuesta, que se detuvo en seco, boquiabierta. Él nunca le había hablado con tanto sarcasmo.

Él entrecerró los ojos.

—Bueno, estoy esperando.

—¿El qué?

—A que me des las gracias, primero. Y después, tienes que decirme que no vas a volver a ver a ese chico. No me gusta, y no me gusta cómo te miraba. Y si vuelve a hacerlo, le voy a romper los dientes.

—Ni hablar, Tucker. No te acerques a él, ¿me oyes? No quiero que le hagas daño. Y yo seré amiga de quien quiera. Si no te gusta, puedes… podemos…

—No vas a romper conmigo —gruñó él, cruzándose de brazos—. No lo permitiré.

No era eso lo que ella quería decir, pero de repente se vio reflexionando sobre ello. El Tucker que estaba frente a ella no era el Tucker de siempre. Aquel Tucker no estaba haciendo que se sintiera guapa, o especial. Aquel Tucker, con su cara de pocos amigos y sus amenazas, la estaba asustando.

Aquél era el Tucker que había ayudado, de alguna manera, a echarle una serpiente encima a Shannon, y que se había reído del miedo de otra persona. Era un Tucker que no le gustaba.

—No puedes impedírmelo, si lo decido así —le dijo.

Para su sorpresa, la expresión de Tucker se suavizó de inmediato.

—Tienes razón. Perdóname. No debería haberme comportado así. Sólo quiero que estés segura. ¿Es que puedes culparme por eso?

Y, con delicadeza, le acarició la mejilla con un dedo.

Ella se apartó de su caricia.

—Mira, yo… —iba a decir algo, pero uno de los jugadores llamó a Tucker para pedirle ayuda.

Tucker, ajeno a la tensión que sentía Mary Ann, le besó la mejilla que le acababa de acariciar.

—Hablaremos mañana, ¿de acuerdo?

Sin esperar su respuesta, él se alejó.

Entonces, Mary Ann se dio la vuelta y se encaminó hacia el aparcamiento. Estaba enfadada. ¿Qué hacía con aquel chico? Se había disculpado por todo lo que había hecho, pero… ¿de verdad lo sentía?

El Mustang de Penny se alejó justo cuando ella bajaba de la acera. Así pues, se había quedado sin transporte de vuelta a casa. Podía llamar a su padre, y esperar a que él fuera a buscarla. Podía ir a casa sola, o podía seguir a Aden.

—Aden —dijo en voz alta, mientras avanzaba. No lo veía, pero sabía que no había podido alejarse mucho.

El precioso lobo negro, más alto de lo que ella recordaba, y más grande, saltó frente a ella en el mismo momento en que superaba la fila de árboles que había delante del instituto. Mary Ann gritó y se llevó la mano al corazón.

El animal gruñó. Tenía los ojos muy brillantes.

«Tranquilízate. No te voy a hacer daño».

Mary Ann se dio la vuelta, porque pensaba que había alguien detrás. Sin embargo, el lobo y ella estaban solos.

—¿Quién ha dicho eso? —preguntó con la voz temblorosa.

«Como yo soy el único que anda por aquí, creo que puedes suponer que he sido yo».

Mary Ann miró al lobo, y se dio cuenta de que no había nadie junto a él.

—No tiene gracia —dijo—. ¿Quién está ahí?

«Me encanta que me ignoren, de verdad. Mira, soy grande, y soy negro. Estoy ante ti».

Ella miró por los arbustos que la rodeaban.

—Ya te he dicho que no tiene gracia.

«Estás perdiendo el tiempo si buscas a otro, chica».

Mary Ann se fijó de nuevo en el lobo y soltó una carcajada seca.

—Tú no puedes hablar. Es imposible. No eres humano.

«Qué lista, te has dado cuenta. Y tienes razón en otra cosa: no estoy hablando. Al menos, en voz alta».

No. Era cierto. Aquella voz áspera sonaba dentro de la cabeza de Mary Ann.

—Esto es absurdo. Imposible.

«¡Algún día te reirás de lo que acabas de decir, porque estoy a punto de abrirte los ojos a un nuevo mundo. Los hombres lobo son sólo el comienzo!».

—¡Cállate! —dijo ella, y se frotó las sienes.

Era una locura. Se había vuelto loca. Tenía que ser una alucinación, porque de otro modo, no tenía sentido. ¿Un hombre lobo que la acompañaba al instituto y la esperaba a la salida? ¿Un hombre lobo que hablaba con ella por telepatía?

Mary Ann se adelantó y se detuvo justo antes de tocarle la nariz al lobo.

—¿Hay diferencias entre un lobo y un hombre lobo? —preguntó ella, y tragando saliva, alzó el brazo.

«Por supuesto. Un lobo es sólo un animal, y un hombre lobo es capaz de convertirse en hombre. ¿Qué estás haciendo?».

—¿No lo sabes? ¿Es que no puedes leerme el pensamiento? Ya estás dentro de mi cabeza.

«No, no puedo leer el pensamiento. Pero puedo ver las auras, los colores que están a tu alrededor. Esos colores me dicen lo que sientes, y me facilitan el saber lo que estás pensando. Pero, en estos momentos, esos colores están tan mezclados que no veo nada».

—Bueno, pues voy a tocarte. Estate quieto, por favor. Y si me muerdes, yo… yo…

Él puso los ojos en blanco con un suspiro de resignación.

«¿Qué? ¿Me vas a devolver el mordisco? ¿Con esos dientes insignificantes?».

No había respuesta que pudiera intimidar a una bestia tan irreverente, así que Mary Ann se quedó quieta. Y él también. Ni siquiera parpadeó cuando ella volvió a alargar el brazo con el dedo índice extendido. Mary Ann estaba temblando. Finalmente, le tocó el pelo. Era un pelo suave, sedoso.

—Eres de verdad —dijo.

Aquello no era una alucinación. Era de verdad, y estaba hablando dentro de su mente, leyendo su aura. ¿Cómo era posible? Y, algo todavía más increíble, estaba diciendo que era un hombre lobo y que podía hacerse humano. Aquello era… Aquello era… Dios santo.

A él se le escapó un gemido.

«Ráscame detrás de la oreja».

Mary Ann, sin saber lo que estaba ocurriendo, obedeció.

A él se le escapó otro gemido, y ella recuperó el sentido común. Estaba prolongando el contacto de manera voluntaria.

Dejó caer el brazo a un lado, porque de repente le pesaba demasiado.

—Eres real —dijo otra vez. Lo cual significaba que no se había vuelto loca.

Durante un momento, él no respondió. Sólo cerró los ojos, disfrutando del efecto de su caricia. Después abrió los ojos, verdes y feroces, y gruñó.

«Vamos al grano, ¿te parece? ¿Qué es lo que sabes del chico?».

—¿Chico? ¿De qué chico? No sé por qué me estás siguiendo, pero ya puedes dejarlo. Te has equivocado de chica. De verdad, puedes marcharte.

«Es la última vez que te lo pregunto amablemente, guapa. Después voy a empezar a exigirte respuestas. Y no te va a gustar, Mary Ann».

Sabía su nombre, y la estaba amenazando. Caminó hacia ella e insistió:

«¿Qué sabes del chico?».

—¿A qué chico te refieres?

«Creo que se llama Aden».

—¿Y por qué quieres que te hable de él?

«Has hablado con él. ¿De qué habéis hablado?».

—De nada personal. Sólo es otro estudiante de mi instituto. No irás a hacerle daño, ¿verdad?

Él la ignoró de nuevo.

«¿Y el otro chico? Ése con el que has ido al estadio».

—Es Tucker. Estoy saliendo con él. Más o menos. Tal vez. Puede que rompamos. Creo. ¿Estás pensando en hacerle daño a él?

De repente, el lobo gruñó de una manera distinta a las anteriores. Era como si estuviera preparado para atacar. Sonaron unos pasos en la hierba, y el lobo se dio la vuelta y se preparó para hacerle frente a la amenaza.

Aden salió de entre los árboles, con la cara sudorosa.

—Mary Ann —jadeó—. ¿Qué te ocurre? —Entonces, vio al lobo y se quedó inmóvil, en actitud defensiva y protectora—. Rodea el árbol lentamente —dijo. Sin apartar la vista de su enemigo, se agachó y se sacó dos dagas de las botas.

Ella se quedó boquiabierta. ¿Llevaba dagas?

El lobo se inclinó hacia atrás y se preparó para el ataque.

—No, por favor, no —gritó ella—. No os peleéis.

—Vete a casa, Mary Ann —le dijo Aden. Se agachó y añadió—: Ahora mismo.

«Dile que nos deje solos», rugió el lobo, aunque sin apartar la atención de Aden. ¿Por qué no se lo decía él mismo? ¿Es que no podía hablar con dos personas a la vez? ¿O no quería que Aden supiera lo que era?

—A-Aden —dijo ella, intentando colocarse entre ellos dos. Sin embargo, el lobo se movió y le bloqueó el paso—. No te pelees con él, por favor. Estoy bien. Todos estamos bien. Vayámonos cada uno por nuestro camino, ¿de acuerdo? Por favor.

Ni el lobo ni el chico le prestaron atención. Siguieron moviéndose en círculos, mirándose torvamente.

—Ya basta, Eve —dijo Aden—. Necesito silencio.

¿Eve?

Entonces, Aden se quedó inmóvil y pestañeó como si estuviera confuso. Miró a Mary Ann y frunció el ceño.

—Los oigo.

Ella también pestañeó con desconcierto.

—¿A quién?

«¡Ya está bien!, —gruñó el lobo—. Dile que se marche».

—Quiere que te vayas —le dijo Mary Ann a Aden—. Por favor, vete. No me va a pasar nada, te lo prometo.

—¿Puedes hablar con él?

Afortunadamente, no parecía que se sintiera muy horrorizado. No la miraba como si estuviera loca.

—Yo…

«No le digas ni una palabra más, o le arrancaré el cuello, ¿entendido?».

Entonces, ella cerró la boca con un pequeño quejido. Nunca se había sentido tan impotente ni tan asustada. No sabía qué hacer.

—¿Te está amenazando? —le preguntó Aden, en voz baja, pero con ferocidad. Alzó las dagas y dijo—: Ven aquí, grandullón, y veamos si puedes luchar con alguien de tu tamaño.

«Será un placer».

—¡No! —gritó ella, justo cuando el lobo saltaba hacia delante.

Aden se reunió con él en el aire. Pero no chocaron. Aden desapareció como por arte de magia.

El lobo cayó al suelo, retorciéndose y gimiendo. Las dos dagas cayeron a su lado. Mary Ann se acercó rápidamente a él, sin saber qué había ocurrido, ni cómo debía reaccionar. Tal vez estuviera en estado de shock. No había sangre, así que no estaba herido.

Con la mano temblorosa, le palpó el morro.

—¿Estás bien?

Él abrió los ojos, que ya no eran verdes, sino de todos los colores que poseían los ojos de Aden. Entonces, se puso en pie, tambaleándose, y fue alejándose de ella lentamente.

Cuando pasó la fila de árboles, se dio la vuelta y echó a correr.