CAPÍTULO III

EL problema más acuciante en este momento, para Jara y Marek, era encontrar alojamiento.

En el planetillo las casas no se vendían ni alquilaban. El dinero, forma artificiosa de transacción, fue abolido en el remoto siglo XXV con la consumación de la gran revolución socialista mundial. El Estado, formado por los representantes legítimos del pueblo, asumía la responsabilidad de proveer al ciudadano de los elementos básicos para una vida digna: educación, atenciones sanitarias, alimentos y vestidos, vivienda, equipo e información fidedigna. Toda la riqueza del Estado era el vigor de los brazos, la habilidad manual y la inteligencia de los valeranos. Como institución administradora de estos bienes el Estado repartía equitativamente las cargas y la riqueza de la nación.

Saliendo de la Estación de Emigración por las escalinatas que desembocaban en la Plaza de España, Tuanko iba diciendo:

—Andamos escasos de viviendas, y no disponemos de tiempo para construirlas. Todos nuestros esfuerzos están volcados actualmente sobre la producción de guerra.

—Doy por supuesto que nos encontramos en el sistema solar terrícola —dijo Marek. Quien todavía preguntó—: ¿No es así?

Tuanko se detuvo al final de la escalinata y miró la hora de su reloj de muñeca.

—En efecto, en estos momentos debemos estar cruzando la órbita de Plutón. Nos acercamos de nuevo a la Tierra.

—¿Cómo de nuevo? ¿Qué quieres decir?

—Pues que ya estuvimos en este mismo lugar hace siete años y medio. En aquella ocasión cruzamos sin detenernos entre el Sol y la Tierra, le echamos un vistazo al autoplaneta thorbod y nos alejamos. ¿Que por qué nos hemos retirado? Muy sencillo, necesitábamos tiempo para preparar nuestro ataque.

—¿O sea que hace más de siete años que Valera llegó al Sistema Solar y no me habéis restituido hasta hoy? ¿Por qué tanto retraso? —inquirió Marek sorprendido.

—Porque en aquella fecha no acudiste a la llamada, amigo mío. Lo intentamos tres años más tarde con el mismo resultado negativo. Hasta hoy. Pero no es tuya la culpa. Valera batió su propio récord de velocidad y llegó al Sistema Solar antes de lo previsto. Tanto mejor para ti, te has ahorrado siete tediosos años de trabajar a destajo fabricando bombas, aeronaves y demás artefactos diabólicos.

Tuanko echó a andar hacia la zona de estacionamiento de aerobotes. Marek preguntó a donde iban.

—El problema ahora es encontrar alojamiento para los dos. Hay un campamento tapo en las afueras de la ciudad, junto al lago, pero quizás prefiráis estar en familia.

—¿Con qué familia? —preguntó Jara.

—Iremos a ver a Fidel, vuestro bisabuelo. Él vive solo en una casa de tres habitaciones.

—¿Y tú, dónde vives? —inquirió Marek.

—Sé lo que estás pensando, pero siento decirte que no poseo casa propia. Vivo con mis padres y ya somos muchos allí. En realidad, y hasta hoy mismo, me he alojado en un pequeño apartamento de la residencia del Almirante. Pero lo he dejado. Éste es nuestro aerobote —señaló Tuanko.

Confortable como una carroza real, el aerobote era un vehículo aéreo en el que se mezclaban los estilos de un automóvil y un barco; casco flotador, cuatro ruedas, seis plazas y espacioso baúl para equipajes. Esta aeronave singular se sostenía en el aire, se movía y dirigía por ondas antigravitacionales. La energía la recibía a través de un receptor desde cualquiera de las estaciones emisoras que cubrían toda la superficie del planetillo.

Llevando los tres pasajeros en el asiento delantero, la aeronave se elevó verticalmente en el aire, voló alrededor de la Plaza de España y enfiló uno de los canales electrónicos, coincidente con la Avenida de Europa. Cualquiera de las seis avenidas radiales que desembocaban en la Plaza de España tenía veinticinco kilómetros de longitud. A unos dieciséis kilómetros de la Plaza de España el aerobote abandonó la avenida y se internó en uno de los canales de ronda, sobrevolando bajas colinas cubiertas de bosque por donde asomaban los tejados rojos, verdes, amarillos y naranja de gran número de pequeñas casas diseminadas entre la arboleda. Las casas, para su más fácil identificación desde el aire, tenían su número y serie en grandes caracteres de pintura luminiscente en el tejado.

En Valera era imposible determinar por la sola posición del sol si era la mañana o la tarde. La lámpara solar brillando siempre en el cénit sobre todos los puntos del interior del planetillo permanecía inmóvil. En el reloj eléctrico del tablero del aerobote eran las seis y cincuenta minutos P.M. A las siete, la lámpara solar empezaría a atenuar su brillo, extinguiéndose paulatinamente para apagarse totalmente a las siete y treinta minutos.

Poco después, la aeronave descendía verticalmente sobre una losa de hormigón rodeada de verde césped ante un garaje.

Tuanko hizo sonar el claxon. En el jardín contiguo una dama dejó de podar el seto para mirarles con curiosidad.

—¿Está el abuelo en casa? —preguntó Jara.

—Nadie sabe nunca dónde se encuentra ese demonio de “bundo” —dijo Tuanko entre dientes. Suspiró—: Debe de ser el hombre más feliz de este enloquecido mundo. Va y viene por donde le da la gana y nadie se mete con él.

—¿No tiene una ocupación determinada?

—No ha nacido el tipo con agallas para ponerle riendas a Fidel —dijo Tuanko. Y en sus palabras había un acento de profunda admiración.

Pero casualmente Adler Ban Aldrik se encontraba en casa. Al sonar el claxon apareció en el porche. No se molestó siquiera en abrir la puerta; sencillamente pasó a través de ella y se materializó en el porche como surgido de la nada.

También Tuanko, Marek y Jara tenían facultades paragnósticas y podían pasar a través de objetos sólidos. Pero lo que para un tapo suponía un esfuerzo especial era para Fidel la cosa más sencilla. Sus facultades paranormales estaban en él a flor de piel y se manifestaban en cualquier momento de manera espontánea.

Singularmente parcos en sus comunicaciones afectivas, los bartpuranos no solían usar del beso, del abrazo, ni siquiera del corriente apretón de manos. Adler Ban Aldrik saludó a la manera de su pueblo, uniendo las manos a la altura del pecho e inclinando ligeramente el torso. No obstante la frialdad aparente de este recibimiento, mentalmente el “bundo” hizo llegar hasta sus bisnietos la profunda alegría de su corazón. Mentalmente Adler Ban Aldrik interrogó:

—¿Habéis llegado solos? ¿Dónde están vuestros padres?

—Sólo ellos acudieron —dijo Tuanko respondiendo de viva voz a la pregunta telepática de su tío-abuelo.

El bartpurano no hizo ninguna otra pregunta. Telepáticamente había captado toda la información que los muchachos podían darle.

—Entrad en casa —invitó con un gesto. Y abrió la puerta.

En Nuevo Madrid, como en el resto de las ciudades del planetillo, todas las edificaciones respondían a un plan conjunto. Se construían en módulos independientes, con los cuales podían formarse hasta un millar de combinaciones. Pero por sentido común sólo resultaban válidas menos de un centenar. El mobiliario, como el resto del equipamiento de las casas, se fabricaban igualmente en serie y no permitían un número muy grande de variantes.

Pese a todo, la casa de Fidel Aznar, cuyo nombre bartpurano era Adler Ban Aldrik, parecía impregnada de un aire particular que la hacía distinta de las demás. Máscaras, pequeños ídolos de coral y marfil, armas y escudos decoraban las paredes como recuerdo de lejanos y exóticos mundos visitados por Fidel.

La fina sensibilidad del bartpurano estaba atenta a los más pequeños detalles. Así no tardó en darse cuenta de que algo le ocurría a Tuanko.

—¿Qué es ello, Tuanko? —preguntó—. ¿Te has peleado de nuevo con tu abuelo?

—Sí, y esta vez ha sido la última. He dimitido.

—Pero eso se arreglará, supongo. Ya has renunciado otras veces —dijo Fidel.

—¡No, no! Ahora es definitivo. No hay cosa peor que servir directamente a las órdenes de tu propio abuelo. Él se quejaba de mí. ¡Ya sabrá lo que es bueno con su nuevo ayudante!

—¿No es competente su nuevo ayudante?

—Lo mejor que ha sido capaz de seleccionar la computadora de la Sección de Personal, una “rara avis”, una joya. Pero es valerano. Ese no va a adivinarle el pensamiento al Almirante. Aunque bien mirado, quizás le vaya mejor así. ¿Me van a creer si les digo que hasta le molestaba que leyera su pensamiento y me anticipara a sus deseos?

—Siempre le molestó que alguien leyera sus pensamientos, cosa por demás lógica —aseguró Fidel Aznar—. La segunda esposa de su padre, es decir, mi madre, era bartpurana. La infancia de Miguel Ángel fue un auténtico suplicio, porque tanto mi madre como yo poseíamos facultades telepáticas y conocíamos su intimidad, de modo que no le era posible ocultarnos ninguna de sus pequeñas pillerías, ni decir una mentira que nosotros no descubriéramos. Más tarde Miguel Ángel se casó con una muchacha tapo, Banda, que fue la madre de Alejandro y de Dalia. De lo que resultó que no sólo su esposa, sino también sus hijos y después sus nietos han tenido la facultad de penetrar sus pensamientos. Para un hombre que no posee esta facultad tal situación puede llegar a crear un estado de tensión insoportable. Sencillamente, frente a su familia Miguel Ángel no ha podido salvar su intimidad. Según sus propias palabras era como estar psíquicamente desnudo, sin posibilidad de evadirse de un perpetuo interrogatorio.

—Con un nuevo ayudante descansará —dijo Tuanko entre despechado e irónico—. Nadie sabrá de sus errores ni conocerá sus dudas. ¡Porque oigan, hasta un Almirante Mayor se equivoca! Y sus decisiones, que son muchas e importantes, las resuelve la mayoría de las veces guiándose por la simple corazonada. O sea, que los ejércitos se ponen en manos de un jefe confiando en la infalibilidad de sus decisiones, olvidando que un Almirante Mayor es un hombre como los demás. Ahora mismo el viejo está asustado. Inyecta moral en sus tropas, arenga a sus divisiones, pero él mismo no está seguro de nada, ni siquiera lo está de ganar esta guerra que se avecina. Yo lo sé, y él sabe que lo sé y eso es lo que más le fastidia.

—Tuanko, me desagrada oírte hablar de tu propio abuelo en ese tono de censura —dijo Fidel Aznar severamente—. Nadie es perfecto ni posee el don de la infalibilidad, pero de una cosa puedes estar seguro. Nadie en su lugar lo haría mejor. Mi hermano tiene profesionalidad, es inteligente y sobre todo posee ese carisma peculiar de los Aznar, capaz de fascinar a todo un pueblo y exigir y obtener de él esfuerzos extraordinarios que nadie más conseguiría. Toda guerra es un azar, pero quizás lo que al fin decida la victoria sean los méritos de cada bando contendiente. Si la tenacidad y el valor se cuentan como méritos, los valeranos merecen ganar esta guerra y seguramente la ganarán.

—Ojalá la ganemos, porque como lleguemos a perderla…

Las últimas palabras de Tuanko quedaron flotando en el aire como una amenaza. Ciertamente era mucho lo que los valeranos se jugaban en este enfrentamiento con el autoplaneta thorbod.

Los Hombres Grises (thorbod) siempre habían deseado tener un autoplaneta de las características de Valera, pero esto sólo pudieron conseguirlo en fecha relativamente reciente, gracias a la aplicación de las modernas técnicas, desarrolladas a partir de un conocimiento más profundo de las leyes de la gravitación.

Hoy día hasta los valeranos podrían construir un planetillo hueco. Pero en la remota edad, cuando el azar les llevó al descubrimiento de Valera, sólo se conocían las propiedades antigravitatorias del exótico metal llamado “dedona”. Valera era un planetillo natural, enteramente constituido de esta materia superdensa.

Los Hombres Grises no tuvieron tanta suerte como los terrícolas. Ellos hubieron de construir su planetillo tomando gas interestelar y comprimiéndolo alrededor de un núcleo gravitacional, enfriando posteriormente y solidificando la materia.

Técnicamente, los thorbod llevaron a cabo toda una hazaña, algo que nadie había hecho anteriormente, a excepción de los bartpuranos quizás. El resultado vino a ser un planetillo hueco de 5.500 kilómetros de diámetro externo, con paredes de basalto de 200 kilómetros de espesor y un espacio útil interior de 81.712.824 kilómetros cuadrados.

Igual que hicieran antes los valeranos, los thorbod formaron una atmósfera de oxígeno y nitrógeno, en proporciones semejantes a la atmósfera de la Tierra. El ciclo para la renovación y conservación de esta atmósfera eran iguales en ambos autoplanetas. Tanto Argos como Valera tenían grandes plantaciones de árboles, mares interiores y un sol artificial que activaba el metabolismo de las plantas verdes y daba origen al alternativo juego de la evaporación y la condensación que producía la lluvia.

El autoplaneta Argos era más grande, pero en cambio los valeranos tenían la ventaja de sus grandes reservas de “dedona”, que era todo su mundo. Este metal, veinte mil veces más pesado que el agua, poseía la mayor concentración de energía conocida, y resultaba un excelente material para alimentar los reactores nucleares.

Actualmente, un reactor nuclear podía funcionar casi con cualquier tipo de materia: agua, hidrógeno, hierro y hasta la simple roca. Los reactores thorbod sólo desintegraban roca, y ésta tenía que ser extraída de la propia corteza de su planetillo. Los valeranos hacían lo mismo, sólo que en vez de roca extraían “dedona”. La diferencia consistía en que mientras los reactores de Valera quemaban un metro cúbico de “dedona”, los thorbod, para obtener la misma cantidad de energía, tenían que consumir siete mil metros cúbicos de roca.

Es decir, valeranos y thorbods estaban devorando su propio mundo mientras iban de un lado a otro, mientras guerreaban y vivían. El consumo continuo de materia era inevitable para la obtención de energía. La electricidad era insustituible en ambos autoplanetas y sin ella no era posible la vida.

Un vuelo por el interior de Valera, como el que Marek y Jara habían realizado durante su anterior visita al autoplaneta, dejaba ver la mordedura que siglos de continua explotación había ocasionado en las montañas metálicas. Algún día el interior de Valera sería una monótona llanura. Al devorar las cordilleras los valeranos tendrían que excavar en la propia corteza del planetillo, haciendo ésta cada vez más delgada.

El tema era preocupante para los valeranos a larga fecha, pero tal preocupación debía ser mucho mayor en los thorbod, que estaban devorando su planetillo siete mil veces más aprisa. Por esta razón quizás, los Hombres Grises se veían obligados a sostener un programa de continuas conquistas territoriales, siempre en busca de espacios donde depositar sus excedentes de población. Los Hombres Grises también utilizaban las máquinas Karendón, tanto para la obtención de productos industriales y alimentos, como para prolongar el tiempo medio de la duración de la vida mediante sucesivos “saltos atrás”. El arma para la consecución de este propósito era el autoplaneta Argos, con el cual iba a enfrentarse el autoplaneta Valera en un encuentro épico, definitivo. Un enfrentamiento del que solamente podría salir un vencedor.

* * *

Alojados temporalmente en casa de su bisabuelo Fidel, tanto Jara como Marek estaban obligados a legalizar su situación. A tal efecto, Jara y Marek solicitaron ser inscritos ante la Junta de Censo Nacional.

Mientras tanto, Valera había penetrado profundamente en el Sistema Solar, frenando continuamente su tremendo impulso al mismo tiempo que se desviaba de su rumbo rectilíneo, hasta situarse en una órbita paralela a la de la Tierra, pero distante de ésta veintidós millones de kilómetros.

Girando alrededor de la Tierra, como una segunda y lejana Luna, estaba el autoplaneta thorbod.

Hacía algo más de sesenta años que los thorbod llegaron al Sistema Solar, pero igual que luego ocurrió a los valeranos no pudieron iniciar inmediatamente el asalto a la Tierra. El problema consistía en que las modernas guerras exigían cuantiosísimos gastos de material bélico. Por ejemplo en las batallas siderales, donde intervenían a veces hasta un millón de aeronaves, el arma de ataque básica eran los torpedos robots provistos de cabeza nuclear. Contra los torpedos se oponían los caza-interceptores, aparatos dotados de gran movilidad que desarrollaban enormes velocidades y eran dirigidos automáticamente por control remoto. Pero ni los torpedos ni los caza-interceptores se lanzaban uno a uno.

Ya desde antiguo el hombre había descubierto que la mayor parte de la materia estaba constituida por espacios vacíos; es decir, nada. Cuando la Ciencia encontró el modo de eliminar la mayor parte de los espacios vacíos intermoleculares, pudo reducir los torpedos atómicos de diez metros de longitud a miniaturas del tamaño de un lápiz corriente. La estrategia de las batallas siderales dio un vuelco; una sola aeronave de combate podía llevar tantos torpedos miniaturizados como toda una flota antigua. Los torpedos miniatura se disparaban en paquetes de varios miles y una vez lanzados recobraban su tamaño natural y su operatividad dirigiéndose al blanco por sus propios medios.

Las máquinas miniaturizadas podían conservarse en este estado por tiempo indefinido y almacenarse en poco espacio. Sin embargo, viajando en el sub-espacio a mayor velocidad que la luz, los autoplanetas Argos y Valera experimentaban ciertos fenómenos de dilatación molecular, durante el cual era imposible mantener el estado de compresión de los objetos miniaturizados. Antes de enfrentarse con los thorbod, los valeranos tenían que comprimir sus reservas de material bélico, así como fabricar millones de torpedos, de caza-interceptores y otros tipos de armas que habrían de intervenir masivamente en el inminente enfrentamiento.

Los Hombres Grises, que habían conquistado la Tierra hacía medio siglo, estaban bien pertrechados de material de guerra, incluso a pesar del cuantioso desgaste que sufrieron para invadir el planeta.

En Valera, la mayor preocupación del momento consistía en acumular reservas de material y los almirantes y generales se interesaban más por las cifras de producción que por los detalles de la estrategia a utilizar en las futuras batallas. Se trabajaba a pleno rendimiento, utilizando todas las máquinas y los brazos disponibles.

Pasados unos días, Marek y Jara recibieron por correo la confirmación de su empadronamiento. Adquirida la nacionalidad valerana, con arreglo a sus conocimientos y aptitudes las destinaron a distintos puestos de trabajo. Marek que era titulado en ingeniería nuclear, fue enviado a una factoría dedicada a la fabricación de reactores nucleares para el Ejército. La misión de Marek consistía en comprobar el correcto funcionamiento de los reactores nucleares a medida que éstos salían de la máquina Karendón.

Las máquinas Karendón habían revolucionado de arriba abajo la tecnología, haciendo innecesarias aquellas enormes industrias donde millones de empleados, utilizando medios que hoy podían calificarse de rudimentarios, fabricaban penosamente las armas de las costosas guerras modernas.

El fantástico juego de las Karendón comenzaba con la gigantesca “Karendón Grada”, capaz de integrar en su seno los cruceros de combate de trescientos metros de eslora, que llevaban un monocasco de “dedona” de tres metros de espesor. Las “Karendón G” integraban a su vez otras Karendón que se utilizaban para fabricar locomotoras eléctricas, vagones de ferrocarril y otras Karendón de menor tamaño, como las empleadas para fabricar ordenadores, torpedos robot, caza-interceptores Delta y una enorme variedad de armas.

De arriba abajo, en forma de cascada y de grandes a pequeñas, unas Karendón construían a otras y entre todas lo hacían todo. Dicho así parecía que no debería existir límite para la productividad; todo consistía en hacer mayor número de máquinas Karendón y ponerlas a trabajar. Sin embargo las cosas no eran tan sencillas. Las Karendón no sacaban sus productos de la nada. De hecho cada Karendón consumía en su trabajo cantidades enormes de energía eléctrica, y esta energía tenía que ser fabricada a partir del material de fisión, que era la “dedona”. Dicho de otro modo, se realizaba un cambio continuo de materia-energía-materia, en el que el resultado final, el producto, era equivalente a la cantidad de materia convertida en energía.

¿Cuáles eran las ventajas de todo esto? En el principio de la cadena se echaba “dedona”, ésta pasaba a los reactores nucleares, de los reactores salía la energía eléctrica, y a través de las Karendón la energía era convertida en otras materias ya elaboradas. La productividad se multiplicaba por un millón y una potencia que tuviera máquinas Karendón en abundancia aplastaría con su superioridad industrial a otra potencia que basara su productividad en los métodos clásicos.

Éste, sin embargo, no era el caso de los thorbod. También los Hombres Grises conocían y utilizaban las Karendón. El resultado final era descorazonador. Para librar una batalla tanto valeranos como thorbod tenían que malgastar un millón de veces más material bélico que antes. Los hombres ya no trabajaban en las fábricas; trabajaban en las minas extrayendo “dedona”, vigilando los reactores nucleares, controlando millones de aeronaves, de torpedos, de caza-interceptores, de batallones de infantería robot…

Irreductible antibelicista, Adler Ban Aldrik sacudía su bella y voluminosa cabeza cuando en la conversación con sus bisnietos surgía el tema de la guerra.

—El mundo está loco —decía apesadumbrado—. Si todo el esfuerzo que se dedica a la producción de guerra se dedicara al bienestar de la Humanidad, no habría motivo de querellas y se acabarían las guerras.

—Pero las guerras son necesarias —decía Marek—. No es suficiente que uno no quiera pelear. Pongamos el caso de los thorbod. Ellos vienen y nos atacan en nuestro circumplaneta. Nos invaden, y luego vienen a la Tierra y la invaden también. ¿Qué podemos hacer atolonitas y terrícolas, sino luchar por nuestra propia supervivencia?

—Lo sé, ¡oh, lo sé! —exclamaba el bartpurano—. La paz no será posible hasta en tanto cada hombre no aprenda a respetar a los demás. ¡Pero si es tan sencillo! Todo se reduce a no hacer con los demás lo que no nos gustaría que hicieran con nosotros.

Aunque siempre se aprendían cosas charlando con Fidel Aznar, a veces estas discusiones resultaban exasperantes para Marek. Su bisabuelo partía de una base errónea; la de suponer que cualquiera podía llegar a ser tan bueno y pacífico como él mismo.

Llevaba Marek cuatro semanas trabajando en la factoría cuando decidió que aquello no podía continuar así. Las consignas que podía leer en las paredes de la fábrica, en las estaciones del “metro” y en los “spots” de la televisión no le satisfacían:

“CADA UNO EN SU PUESTO, TODOS SOMOS NECESARIOS” o “SE SIRVE IGUAL A LA PATRIA DESDE EL PUESTO DE MANDO SUPREMO O DESDE EL PUESTO DE TRABAJO MÁS ANODINO.”

Él era astronauta y su ilusión era combatir en primera línea en una unidad de la Armada Sideral. Le habían dicho que la Armada no admitía oficiales tapo en sus cuadros, pero se resistía a creerlo. ¿Por qué habrían de discriminar de forma tan humillante a los tapos? No había razón para ello, sobre todo teniendo en cuenta que los astronautas tapo eran tan buenos como pudieran serlo los valeranos. El sistema de enseñanza en la Armada Tapo era copia fiel del sistema de los valeranos.

No tardaría Marek en descubrir que tal discriminación existía. Desde el principio resultaron infructuosas sus tentativas de hacer amigos entre los compañeros de trabajo de la factoría. Al tener certeza de ello, Marek se propuso indagar las causas, con un resultado desesperanzador.

Mal comprendidos por los valeranos, los tapos inspiraban en aquellos un recelo instintivo. Al contrario que los tapos, cuya norma de convivencia se basaba en la lealtad y transparencia de sus intenciones, los valeranos hacían de su intimidad una especie de bastión inexpugnable. Sus leyes protegían la inviolabilidad de su psique y de su hogar contra toda injerencia extrema.

El problema de Marek consistía en que, siendo tapo, poseía el don natural de la telepatía, que le permitía penetrar el pensamiento de la gente. Sus compañeros le rechazaban porque le temían; es decir, temían la facultad del tapo que le permitía investigar en la profundidad de sus mentes y descubrir sus más recónditos secretos.

Recordó Marek el resentimiento de Tuanko por la incomprensión resistente que encontraba en su propio abuelo, el “superalmirante” Aznar, y comprendió y compadeció a su joven tío.

Una tarde, al volver del trabajo, Marek preguntó a Fidel:

—Dime, ¿alguna vez te has sentido discriminado por los valeranos?

El bartpurano lo pensó y dijo:

—No exactamente discriminado.

—¿Tal vez temido?

—Sí, es posible.

—He observado que viviendo en una colonia de científicos, y siendo tú uno de ellos, raramente viene a visitarte alguno de tus colegas. ¿Será porque conociendo tus facultades temen ser desenmascarados en todo lo que tienen consigo de fatuos y pretenciosos?

—A veces pienso que me envidian. No comprendo por qué —murmuró el “bundo” tímidamente.

Pero Marek, que pudo ver en su pensamiento, supo que verdaderamente era así, la gran talla profesional de Adler Ban Aldrik, como científico, como doctor en medicina, psicólogo y filósofo, amedrentaba a sus colegas. La vanidad, mal común entre los científicos valeranos, resultaba demasiado vulnerable a la investigación psíquica. Excepto unos cuantos nombres de auténtica valía, en el noventa y cinco por ciento de los casos sólo había una fachada pretenciosa.

—Me han asegurado que la Armada Valerana no admite astronautas tapos —preguntó Marek—. ¿Es verdad?

—No lo sé, no tengo relación con la Armada.

—¿Cómo dices que no tienes relación con la Armada, siendo hermano del Almirante Mayor?

—Apenas veo a mi hermano, salvo algún raro encuentro casual. Y en esas ocasiones nunca hablamos de los tapos.

—¿Dónde están los tapos que vinieron a Valera? ¿Cuántos son y que hacen?

Adler Ban Aldrik se encogió de hombros. No lo sabía, nunca se había preocupado por este tema. Generalmente el cerebro del “bundo” estaba ocupado en temas filosóficos de mayor altura que las vicisitudes de un puñado de tapos embarcados en la gran aventura de Valera. En verdad, ni siquiera Marek se había preocupado hasta entonces por averiguar dónde estaban los tapos de Valera, cuántos eran, ni cómo vivían. ¡Y él mismo era un tapo!

De una forma vaga recordaba haber oído decir a Tuanko que los tapos vivían en un campamento en el extrarradio de Nuevo Madrid, en las orillas del lago. No sería difícil averiguarlo, en el supuesto que realmente se propusiera saberlo. Pero los tapos en conjunto preocupaban poco a Marek. No sería nostalgia de su pueblo, ya que lo que en realidad deseaba era integrarse en la sociedad valerana, ser un valerano más con todos los derechos y obligaciones. ¿O era que los valeranos le habían otorgado carta de ciudadanía de segunda clase?

—“No lo toleraré —se dijo—. Solicitaré mi ingreso en la Armada y les obligaré a que me acepten o digan claramente que me discriminan. Si es preciso recurriré al Almirante Mayor, por muy ocupado que esté.”

Fiel cumplidor de sus deberes, Marek acudió al día siguiente al trabajo y solicitó permiso del director de la factoría para disponer de unas horas de asueto hasta el mediodía del día siguiente.

Al día siguiente Marek, desayunó con Fidel. Jara, destinada a una factoría-astillero distante de Nuevo Madrid, se hallaba ausente desde hacía dos semanas. Adler Ban Aldrik se ofreció a llevar a su bisnieto en el aerobote propio hasta la Plaza de España, donde estaba el edificio del Almirantazgo.

A las nueve de la mañana ya estaba Marek ante el Almirantazgo, esperando que abrieran las oficinas de reclutamiento. Y aun así no fue el primero. Otros dos hombres, dos tapos, ya estaban allí cuando él llegó. Fácilmente pudo identificar el emblema bordado que ambos llevaban cosido a la manga; era el de la antigua Armada Oceánica de la República de Electra.

En el circumplaneta Atolón, durante el siglo y medio que duró la dominación thorbod, los grupos de resistencia tapo se constituyeron a veces en pequeñas repúblicas independientes, siendo una de las más importantes la de la ciudad de Electra. Marek había pertenecido a la Armada Oceánica de Electra.

Mirando con más detenimiento a sus antiguos colegas, Marek reconoció entre sorprendido y contento a uno de ellos. Se trataba del capitán Aigor, comandante de la ictionave “Alfil” donde Marek había sido destinado cuando sobrevino el ataque de la Armada Sideral Thorbod y la consiguiente destrucción de la ciudad.

Marek se acercó a los dos hombres.

—¿Capitán Aigor? —preguntó.

El otro se volvió y le miró con atención.

—¿No se acuerda de mí? Soy Marek Aznar, teniente Aznar en los tiempos que fui incorporado al “Alfil” como tercer oficial de máquinas.

Mientras hablaba, Marek se representaba en su mente la escena. Había llegado al muelle subterráneo en el momento que las bombas termonucleares empezaban a caer sobre la montaña que protegía a Electra. Grandes rocas y piedra menuda se desprendían de las bóvedas. Una de las rocas mayores cayó sobre la tubería por la cual el “Alfil” estaba tomando hidrógeno para sus turbinas. El hidrógeno escapó y se inflamó, y Marek salió con otros hombres de la ictionave a cerrar la válvula.

El capitán Aigor vio telepáticamente estas imágenes en la mente de Marek, como si presenciara un filme. Entonces recordó.

—¡Aznar, el nuevo tercer oficial de máquinas! —exclamó con alegría—. Recuerdo el incidente, ¿cómo no? Fue nuestro último día en Electra. Mi ictionave no llegó a salir a la mar porque los thorbod volaron el túnel sumergido que comunicaba con la costa. Ninguno de los barcos que en aquel momento se encontraban en puerto pudo escapar. Lo de Electra fue un auténtico desastre.

Rememoraron brevemente los dramáticos acontecimientos de Electra, relatando cada uno la forma en que logró escapar del holocausto. Aigor, finalmente, presentó a su compañero, capitán de corbeta Nuodo de la antigua flota oceánica de Electra.

—¿Aznar? —preguntó Nuodo con curiosidad—. ¿No serás por casualidad pariente del Almirante Aznar?

—Somos parientes. Yo pertenezco a la rama de la familia que permaneció en Maquetania mientras el Almirante viajaba a la Tierra en busca de Valera.

—De los nuestros, vamos; de los que batimos el cobre en Atolón —remató Aigor, quien preguntó a renglón seguido—: ¿Estás en la Armada Valerana?

—Intento ingresar en ella. He venido a alistarme.

—¿Es cierto entonces que la Armada Valerana va a admitir a los tapos?

—No lo sé. Puede decirse que recién acabo de llegar, sólo llevo un mes aquí.

Marek tuvo que relatar las circunstancias en que había llegado al autoplaneta.

—Nosotros estuvimos aquí desde el principio —dijo Aigor, remachando—. En realidad desde hace seis años. Algunos veteranos probamos a ingresar en la Armada, pero los valeranos no nos aceptaron. Siempre ponían el pretexto de que sus cuadros en la reserva eran suficientes para cubrir las plazas que se iban produciendo a medida que se construían nuevas aeronaves. Hace un par de días empezó a correr el rumor de que la Armada iba a levantar el veto a los tapos, pero aunque hemos preguntado por ahí, nadie ha podido decir de donde salió ese rumor, ni si es falso o si tiene alguna base. La mejor manera de averiguarlo era viniendo a inscribirnos. Es extraño que siendo pariente del Almirante Aznar no estés enterado de nada.

La conversación quedó interrumpida al aparecer una ordenanza femenina para preguntarles qué deseaban. La sorpresa de la muchacha era auténtica. No tenía noticias de que se hubiera abierto la inscripción para los astronautas tapos. Dijo que iba a informarse y regresó casi en seguida acompañando a una oficial “relaciones públicas”. Ésta era una joven alta de formas sinuosas, con un busto extraordinario, el cabello plateado, muy guapa y sonriente, toda ella ceñida por un uniforme muy ajustado con profusión de galones y cordones dorados.

—Soy la capitana Durán. ¿En qué podemos servirles?

—Tenemos entendido que se ha abierto la inscripción para el ingreso de nuevos oficiales astronautas en la Armada. ¿Es cierto? —preguntó Aigor.

—La inscripción nunca estuvo cerrada —respondió la “relaciones públicas”, quien preguntó—: ¿Son ustedes atolonitas?

—Somos tapos, por llamar a las cosas por su nombre. Y no me digan que la inscripción siempre estuvo abierta, porque he estado viniendo por aquí al menos una vez al año, y todavía sigo esperando que me llamen a incorporarme.

—¿Pero presentó usted su solicitud?

—Cuatro veces.

—¿Lo ve? La inscripción nunca estuvo cerrada. Lo que ocurre es que todas las plazas que se producen están cubiertas de antemano por nuestros oficiales de la reserva.

—¿Quiere decir que debemos seguir esperando, por lo menos hasta que el último oficial de la reserva haya cubierto su puesto y nos llegue el turno a los demás? —preguntó Nuodo.

—Bueno, ¿qué quiere que les diga? Hay millares de jóvenes valeranos de la primera encamación que también esperan su oportunidad. ¿Por qué no prueban en el Ejército? —sugirió la guapa oficial.

—Porque somos astronautas y es en la Armada donde queremos luchar —dijo Marek Aznar anticipándose a sus compañeros.

—Lo siento, sólo soy una oficial de relaciones públicas. No puedo hacer nada por ustedes.

—Dígame, ¿nos aceptaría la Armada si lleváramos una buena recomendación? —interrogó Marek.

La capitana Durán se turbó visiblemente. Allá para sus adentros la “relaciones públicas” pensó:

“Vaya si sois cargantes, amigos. ¿Cuándo comprenderéis que ni con una recomendación del Almirante Mayor os quiere la Armada?”

Marek, atento a los pensamientos de la oficial, descubrió sus ideas y exclamó indignado:

—¿De modo que es eso? La Armada nos discrimina por el solo hecho de no ser valeranos.

—Nadie ha dicho tal cosa —negó la rubia sonrojándose.

—Pero usted lo ha pensado. ¿Olvida que somos tapos, y que como tales tenemos la facultad de leer su pensamiento?

—¡Usted no tiene derecho! —gritó la oficial, colorada de indignación—. El pensamiento pertenece a la intimidad de las personas. Ustedes no tienen derecho a meterse en mis pensamientos, como yo no tengo derecho a meterme en sus casas y fisgonear lo que hacen. ¡No es decente! ¡Y va contra la ley!

A los gritos de la capitana acudió una pareja de policías militares que guardaban la puerta exterior del edificio. El capitán Aigor también se había puesto a chillar, ofendido por la discriminación y la burla de que se sentía víctima. Uno de los policías le puso la mano en el hombro, Aigor le apartó de un empujón. Entonces se enfadó el policía y echó mano al cuello del tapo. Hubo un forcejeo y el policía saltó rodando al recibir un puñetazo en la cara. Reaccionó el segundo policía haciendo sonar un silbato. Acudieron dos policías más con un sargento y se cruzaron empujones, insultos y amenazas. Aparecieron oficiales, ordenanzas y amanuenses de las oficinas próximas. Finalmente llegó el oficial de guardia y ordenó que los tres revoltosos fueran llevados al calabozo, donde les obligaron a quitarse los cinturones y vaciaron sus bolsillos de todo objeto cortante.

También les tomaron la filiación.

—¿Su nombre?

—Marek Aznar.

El sargento levantó los ojos y le miró escrutador. Aigor apartó el pañuelo de su ojo amoratado y dijo:

—Créalo, es pariente del Almirante Mayor.

—¿Es verdad? —inquirió el sargento.

—Soy su sobrino —admitió Marek a regañadientes.

—¿Quiere hablar por teléfono con el Almirante?

—No. Prefiero no mezclarle en esto —respondió Marek. Reflexionó y añadió—: Pero ya que son tan amables, que alguien avise al doctor Fidel Aznar. Está esperando en su aerobote allá afuera. Díganle que se marche, que tardaré en salir.

Pero no iba a tardar tanto como creía. Media hora más tarde los tres tapos estaban en libertad.

—Oye, a ver si vienes a visitarnos un día al campamento. Es un lugar muy bonito, junto al lago —invitó Aigor.

Marek prometió hacerlo y se despidió de sus amigos para reunirse con Adler Ban Aldrik. El bartpurano ignoraba absolutamente lo ocurrido.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Todo aclarado —respondió Marek—. Ahora sé que nunca me aceptarán en la Armada.

Pero también en esto se equivocaba. Al regresar a casa aquella tarde encontró esperándole un sobre alargado con membrete del Almirantazgo. El Almirante Jefe de Operaciones Combinadas le citaba en su oficina para una conversación “del máximo interés”.

La nota llevaba fecha del día anterior, o sea, que nada tenía que ver con el incidente de aquella misma mañana.