Capítulo 7

Al día siguiente, durante el almuerzo, la cafeterroría de Monster High era un hervidero de rumores sobre la extraordinaria, elegante y sobrenaturalmente interesante señorita Alada. Hasta la mismísima Spectra Vondergeist, la fantasma de cabello púrpura preferida por todos, escribía sobre la nueva profesora en su blog, Chismosa espectral. Era como si el alumnado al completo, tanto chicos como chicas, hubieran perdido la cabeza por el miembro más reciente del personal. Bueno, tal vez no fuera el caso de todos los alumnos. Venus, Robecca y Rochelle estaban demasiado concentradas en otro integrante del profesorado como para interesarse por la señorita Alada.

—No tiene sentido andarse con rodeos. ¡Es evidente que hace falta intervenir! —exclamó Rochelle mientras tamborileaba los dedos una y otra vez sobre el tablero de madera de la mesa, provocando diminutas cavidades en la superficie.

—¿Intervenir? ¿En qué sentido? —preguntó Venus sensatamente.

—¡En la depresión, claro está! Regardez! ¡Está intentando ahogarse en su sopa!

Venus dirigió la vista a Rochelle y puso los ojos en blanco antes de caer en la cuenta de que el señor Muerte, en efecto, trataba de sumergir su huesudo rostro en cinco centímetros de sopa de guisantes.

—A ver, no exageremos. Está almorzando con la señorita Su Nami. Creo que todas estaremos de acuerdo en que pasar tiempo con esa mujer acabaría por volver loco a cualquiera —estimó Venus.

—¡Pero mira la ropa que lleva! Solo un hombre sin nada por lo que vivir saldría a la calle así vestido. Además, cuando bostezó hace un rato, me fijé en que sus dientes están un tanto grisáceos. Y, como todo el mundo sabe, cuando los esqueletos dejan de blanquearse los dientes es que han tocado fondo.

—¿Quién te lo ha dicho? ¿Tu dentista? —preguntó Venus, incrédula.

—Apuesto a que las gárgolas son maravillosas como dentistas —aseveró Robecca con entusiasmo.

—Es verdad, lo somos. Ni siquiera necesitamos instrumental; lo podemos hacer todo con nuestro dedo meñique —respondió Rochelle, orgullosa, antes de hacer una pausa para observar a la señorita Su Nami.

La empapada mujer, cuyo perfil recordaba bastante a un cubo de basura lleno a rebosar, se bajó de la silla de un salto con gesto torpe y empezó a agitar los brazos. El hecho de permanecer sentada durante largos periodos de tiempo le producía encharcamiento y, en circunstancias excepcionales, inundaciones. Así, mientras un trol de cara fofa retiraba la bandeja de la mesa, la señorita Su Nami comenzó a sacudir el cuerpo agresivamente, moviendo todas las partes de su anatomía, desde los dedos de los pies hasta el cuero cabelludo. Por desgracia para el señor Muerte, para el almuerzo de este y para el trol, tales movimientos crearon una densa cortina de agua, si bien la señorita Su Nami no se dio por enterada, y aún menos se disculpó por su comportamiento.

—De acuerdo con el párrafo 7.9 del código ético de las gárgolas, una vez que una gárgola ha decidido prestar su ayuda, las acciones han de ser directas y expeditivas —anunció Rochelle quien, a continuación, arrojó su servilleta sobre la mesa y se encaminó hacia el señor Muerte.

Y si bien el recorrido de Rochelle no brilló por su elegancia, pues la chica tendía a desplazarse con paso torpe cuando se alteraba, transmitía bien a las claras la intensidad de los sentimientos de la chica hacia el hombre atacado gravemente por la melancolía.

Bonjour, monsieur Muerte. Me llamo Rochelle Goyle, soy una alumna nueva del instituto y vengo de Scaris.

—¿Scaris? Siempre he querido ir allí. Pasear a lo largo del río, comer queso fétido, incluso ponerme una boina.

—No estoy segura de que una boina le sentara bien, pero creo que, sin lugar a dudas, le encantaría nuestro queso fétido —repuso Rochelle con su habitual pragmatismo.

—No me importa, la verdad. Nunca llegaré a ir a Scaris. Para el caso, más vale que lo añada ahora mismo a la lista —repuso el señor Muerte con un suspiro.

Pardonnez-moi? ¿De qué lista me habla? —preguntó Rochelle.

—Pues de la lista de arrepentimientos. Consiste en un registro completo de todas las cosas de las que tengo la intención de arrepentirme profundamente antes de morir. Solo confío en que mi muerte no sea demasiado repentina: tengo mucho que revisar.

—Perdone la descortesía pero ¿usted no está muerto ya?

—En teoría, así es. Pero estoy hablando de la muerte de mi alma.

—Pero esa es una pesada carga, monsieur Muerte.

—Me ocurre con mucha frecuencia —repuso el hombre con tono quejumbroso.

—De hecho, a mí también me ocurre; aunque por razones diferentes —expuso Rochelle, mientras bajaba la vista hacia su propio cuerpo, esbelto pero robusto—. Monsieur Muerte, me estaba preguntando si me permitiría renovar su vestuario, y ayudarle así a dar un poco de vida a su aspecto. No es que sus pantalones marrones llenos de manchas o su jersey marrón con pelotillas tengan nada malo pero…

—A los alumnos del instituto no se les permite implicarse bajo ningún concepto en la vida privada de los profesores.

—¿Y eso se trata de una norma establecida, o más bien de una sugerencia? —se interesó Rochelle.

—No es una norma desde un punto de vista estricto, solo algo que simplemente se da por aceptado. Y ahora, si me disculpas, debo volver a revolcarme en la autocompasión. Hoy apenas he tenido tiempo para hacerlo.

—Tengo el concepto de norma en una alta estima y, por tanto, establezco una clara división entre normas y sugerencias. Dado que no se trata de una norma en sentido riguroso, no estaríamos haciendo nada malo. Por lo tanto, insisto en que sigamos adelante.

—De acuerdo —masculló el señor Muerte—, pero tendremos que dejarlo de inmediato si empiezas a contagiarte de mi mortal pesimismo. Al fin y al cabo, la tristeza y la juventud no hacen en absoluto buena pareja.

—Salta a la vista que hay muchas cosas de la juventud que usted no entiende —musitó Rochelle para sí misma. Luego, alargó su pequeña mano gris para que el señor Muerte la estrechara—. Le quiero pedir disculpas por la frialdad de mi piel. Es porque soy de granito.

—Te pido disculpas por mi personalidad. Es porque soy así.