CAPITULO XXI
Hacía una semana que me alojaba en mi nueva casa y aun no había vuelto a ver a Martinelli; el lunes, por la mañana, vino a verme, y le comprometí a quedarse a comer. Me dijo que iba al Museo, donde estaría hasta las dos y me dieron ganas de ir a ver aquel famoso Museo Británico que tanto honra a Inglaterra.
Durante la comida, Martinelli me sirvió de excelente compañía, porque era instruido y conocía profundamente las costumbres inglesas que yo necesitaba conocer si quería ubicarme bien en el país.
Después de hablar largo tiempo de política, costumbres y literatura, asuntos del conocimiento de Martinelli, fuimos al teatro de Drury-Lane, y allí tuve ocasión de observar una muestra de las costumbres poco educadas de los insulares. La compañía, por un accidente que no recuerdo, no podía representar aquel día la función anunciada, y el público produjo un alboroto. Garrik, actor célebre, que veinte años más tarde fue enterrado en Westminster, se presentó para calmarlos y se vio obligado a retirarse. Entonces algunos furiosos gritaron: ¡Sálvese el que pueda! El rey, la reina, todo el mundo en fin, se apresuró a abandonar el teatro, y en menos de una hora todo quedó destruido, hasta las paredes, que no resistieron al furor de un populacho que hacía aquella devastación por el solo placer de demostrar su poderío.
Después de este hecho, al que ninguna autoridad se opuso, los furiosos fueron a llenarse de cerveza y de ginebra.
En quince días fue reedificado el teatro, representóse la pieza anunciada, y al levantarse el telón y presentarse Garrik para solicitar la benevolencia del público, una voz exclamó: "De rodillas". De inmediato mil voces repitieron: "De rodillas", y el Roscins de Inglaterra, que valía cien millares de veces más que todos los exaltados que gritaban, se vio obligado a doblar la rodilla y pedir indulgencia en aquella humillante postura. Entonces se oyó una salva de aplausos, y todo quedó terminado. Así es el pueblo inglés y sobre todo el pueblo de Londres. Se burla hasta del rey, de la reina y de los príncipes cuando los ve en público, así es que no se dejan ver jamás, a no ser en las grandes ceremonias, donde ciertos oficiales procuran mantener el orden público.
Inglaterra es un mar riquísimo, pero lleno de escollos. Los que en él se aventuran por interés o curiosidad han de tomar precauciones.
En casa de la duquesa de Northumberland hice conocimiento con lady Rochefort, cuyo marido acababa de ser nombrado embajador en España. Esta señora era una de las tres ilustres cuya crónica galante proporcionaba cada día nuevos asuntos a las conversaciones de los ociosos de aquella inmensa ciudad.
La víspera de la reunión de Soho-Square, Martinelli comió conmigo y me habló de la señora Cornelis, de las deudas que tenía, y que la obligaban a no salir de su casa sino el domingo, único día privilegiado en el que los acreedores no tienen derecho alguno sobre sus deudores.
–El excesivo gasto que hace -me dijo- la coloca en un estado tal que no puede tardar en verse en las últimas. Debe cuatro veces más de lo que posee, aun contando la casa, que es una propiedad dudosa, puesto que todavía está en litigio.
Su estado no me apenaba sino por sus hijos; porque en cuanto a ella, no me parecía que merecía mejor suerte.
Al día siguiente me dirigí a la reunión, y el secretario colocado a la puerta inscribió mi nombre al recibir mi billete. En cuanto la Cornelis me vio, vino a mí y me dijo que estaba contentísima de verme entre la aristocracia y provisto de mi billete y que no se había equivocado al sospechar que acudiría.
Lady Harrington, que era una de sus grandes protectoras, vino a hablarle.
–Tengo, mi querida Cornelis, que entregarle una cantidad de guineas, entre otras dos del señor de Seingalt a quien he considerado como amigo. Sin embargo, no me he atrevido a decírselo-, añadió dirigiéndome una guiñada significativa y maliciosa.
–¿Por qué, milady? Hace mucho tiempo que tengo el privilegio de conocer a la señora Cornelis.
–Lo creo -dijo ella riendo- y felicito a los dos. Supongo también, caballero, que conoce a la amable miss Sofía.
–Sin duda, milady; quien conoce a la madre debe conocer a la hija.
–Sí, sí.
Sofía se encontraba cerca de ella, y después de besarla con cariño, milady me dijo:
–Debe quererla mucho porque es su imagen.
–Es uno de los mil caprichos de la naturaleza.
–Seguramente, pero esta vez ha tenido un capricho sensato.
Al acabar estas palabras, milady tomó a Sofía de la mano y apoyándose en mi brazo nos llevó entre la gente y tuve que oír pacientemente muchas preguntas hechas por personas que aun no me habían visto.
–¿Este es el esposo de la señora Cornelis?
–¿Es sin duda el señor Cornelis que ha llegado?
–¡Ah! éste es seguramente el señor Cornelis.
–Indudablemente es el marido de la señora Cornelis.
–No, no no, no -decía lady Harrington a los curiosos.
Esto me fastidiaba, porque no se repetían estas preguntas sino porque la niña llevaba marcado su origen en su rostro, y todos adivinaban que yo era su padre. Yo deseaba que milady dejase marchar a Sofía, pero aquello la divertía y no estaba dispuesta a acceder a mis deseos "Quédese a mi lado -me dijo- si quiere conocer a todo el mundo". Se sentó, me hizo sentar a su lado y sentó a la niña en el otro.
La Cornelis vino para hablarle, y como todos le hacían las mismas preguntas que tanto me habían molestado, se decidió y dijo resueltamente que yo era su mejor y más antiguo amigo y que estaba justificado que se admiraran de la perfecta semejanza que conmigo tenía su hija. Todos se echaron a reír diciendo que aquello era la cosa más natural.
Empezó el baile que duró toda la noche; de allí se pasaba a la sala, donde estaba servida la cena, por grupos y a todas horas; aquello era un verdadero despilfarro como podría ocurrir en la casa de un príncipe. Entonces hice conocimiento de toda la nobleza y de toda la familia real, que asistía, a excepción de Sus Majestades y del príncipe de Gales. La Cornelis había recibido más de mil doscientas guineas, pero el gasto era enorme, sin economía y sin las precauciones necesarias para evitar que se pagara más de lo que correspondía. Presentaba su hijo a todo el mundo, pero el pobre muchacho, como una víctima, no sabía hacer más que profundas reverencias. Me daba verdadera lástima.
De vuelta a mi casa pasé todo el día en la cama, y al día siguiente fui a comer a Star-Tavern, donde me habían dicho que se encontraban las muchachas más bonitas y más discretas de Londres. Me dio este informe lord Pembroke, que acostumbraba ir con frecuencia. Al llegar a la taberna pedí un cuarto particular, y el amo, al notar que yo no hablaba inglés, vino a acompañarme, hablándome en francés y ordenando lo que yo deseaba. Me sorprendió por sus maneras nobles, graves y decentes, hasta el punto de que no tuve valor de decirle que deseaba cenar con una inglesa. Al final de mi cena, le dije con mil respetuosos rodeos que no sabía si lord Pembroke me había engañado al decirme que yo podría encontrar en aquella casa las muchachas más bonitas de Londres.
–No lo ha engañado, señor, y si lo desea puede tener cuantas quiera.
–Con esa intención he venido.
Llamó y se presentó un joven muy aseado y de aspecto decente; le ordenó que hiciera venir una muchacha para mi servicio, con el mismo tono que hubiera podido mandarle traer una botella de vino. El joven salió y algunos minutos después vi entrar una muchacha de formas voluminosas.
–Caballero -le dije- el aspecto de esta joven no me satisface.
–Dé un chelín para los conductores de la silla y despídala. En Londres, caballero, no acostumbramos gastar cumplidos.
Estas palabras me hicieron sentir en completa libertad; ordené que se hiciera aquel pago y me trajeran otra muchacha. La segunda me pareció peor y la despedí, lo mismo que a otras diez que después vinieron, satisfecho de ver que lo difícil de mi elección divertía al amo de la casa, quien siempre me acompañaba.
–Ya no quiero ninguna -le dije- sólo quiero comer bien. Estoy seguro de que se han burlado de mí, para beneficiar a los conductores de la silla de manos.
–Es muy posible, señor, y esto suele suceder cuando no se da el nombre y las señas de la casa de la muchacha que se desea.
Por la noche, fui a pasearme al parque de Saint-James; recordando que era el día de Ranelagh, y queriendo conocer aquel sitio, tomé un carruaje y solo, sin criado, me encaminé con ánimo de divertirme hasta medianoche, y buscar una mujer que me agradase.
La rotonda del Ranelagh me gustó; me hice servir un té y bailé algunos minutos, peo sin intimar con nadie; y aunque vi varias jóvenes y damas hermosas, no me atreví a abordar a ninguna. Fastidiado, resolví retirarme. Era cerca de medianoche; me dirigí a la puerta suponiendo encontrar mi coche, que no había pagado, pero no se encontraba allí, y me hallé en un gran apuro. Una preciosa mujer que estaba a la puerta esperando su carruaje, apercibiéndose de mi descontento me dijo en francés que si yo no vivía lejos de White-Hall, ella podría conducirme a mi casa. Le di las gracias, y diciéndole dónde vivía, acepté con agradecimiento. Llegó su coche, un lacayo abrió la portezuela y apoyándose en mi brazo ella subió al vehículo; me invitó a sentarme a su lado y ordenó parar delante de mi casa.
En cuanto me encontré en el carruaje le expresé mi gratitud, y diciéndole mi nombre, le manifesté lo mucho que sentía no haberla visto en la última reunión de Soho-Square.
–No estaba en Londres -me dijo- he llegado hoy de Bath.
Me felicité por la suerte de haberla encontrado, besé su mano y me atreví a darle un beso en la mejilla; no encontrando resistencia sino la dulzura y la sonrisa del amor, uní mis labios a los suyos, y siendo correspondido, pronto me enardecí y le di la prueba más evidente de la pasión que había despertado.
Satisfecho por no haberle desagradado y de haberla encontrado tierna y fácil, le supliqué me dijera dónde podría acudir para verla durante todo el tiempo que pensaba pasar en Londres, pero ella me respondió: "Aun nos volveremos a ver; sea discreto". Se lo juré y no insistí. Un momento después se detuvo el carruaje, le besé la mano y entré en mi casa muy satisfecho de aquella aventura.
Pasé quince días sin volver a verla, cuando por fin la encontré en una casa aristocrática, simuló ella no conocerme, pero comportándose muy amable conmigo.
A los tres días de este nuevo encuentro fui a Covent-Garden, y hallándome frente a una linda joven, me dirigí a ella en francés y le pregunté si quería venir a cenar conmigo.
–¿Qué me dará a los postres?
–Tres guineas.
–Estoy a sus órdenes.
Después del teatro me hice servir una buena cena para los dos, y ella me acompañó, como yo deseaba.
Otro día, en que me hallaba en Vaux-Hall, encontré a Malignan, oficial francés, a quien había prestado plata en Aix-la-Chapelle, y a quien di la dirección de mi casa por haberme dicho que necesitaba hablarme. Encontré también a un hombre llamado el caballero Goudar, hombre muy conocido, que me habló de juego y de muchachas. Malignan me presentó un individuo, hombre raro, y que podría serme muy útil en Londres. Era un hombre de unos cuarenta años, tipo griego, que llevaba el nombre de Federico, hijo del difunto Teodoro, pretendido rey de Córcega que, catorce años antes de esta época había muerto miserable en Londres, un mes después de haber salido de la prisión en que había permanecido durante seis o siete años por la acción de inhumanos acreedores.
Para entrar en aquel recinto de Vaux-Hall se pagaba la mitad de lo que se necesitaba para entrar en el Ranelagh, y a pesar de ello se podían obtener los placeres más variados, como una buena comida, música, paseos oscuros y solitarios, avenidas iluminadas con mil linternas, y se encontraban allí mezcladas y confundidas las más famosas beldades de Londres, desde las de más alto rango hasta las de menor categoría.
Entre todos estos placeres yo me aburría, porque no compartía mi buena mesa ni mi encantadora casa con una amiga que me las hiciera agradables. Hacía, sin embargo, seis semanas que me hallaba en Londres. Esto no me había sucedido jamás, y la cosa me parecía inexplicable.
Como esta idea me preocupaba, se me ocurrió otra que quise realizar.
Llamé a mi vieja ama de llaves y le hice decir por la muchacha que nos servía de intérprete, que quería alquilar el segundo o tercer piso para tener compañía y que, aunque yo era el dueño, quería regalarle media guinea por semana; en el acto le ordené fijar a la ventana el siguiente cartel: "Segundo o tercer piso amueblado y barato, para alquilar a una señorita joven y libre que hable inglés y francés y no reciba ninguna visita de día ni de noche". La vieja inglesa, que había comprendido mi intención, se echó a reir de tal manera cuando la muchacha le tradujo el cartel, que creí que iba a reventar de risa.
En cuanto estuvo colgado el cartel, todo el mundo se detenía para leerlo y después de hacer comentarios se alejaban riendo. Desde el segundo día, mi negro Jarbe me dijo que mi anuncio se encontraba citado entero en Saint-James Chronicle con un divertido comentario. Me hice traer el periódico y Fanny me lo tradujo así:
"El dueño del segundo y del tercero ocupa probablemente el primero. Debe ser hombre de gusto y aficionado a los placeres, porque quiere una inquilina joven sin duda, sola y libre, y como ella no podrá recibir visita alguna, será preciso que se comprometa a acompañarle".
Y añadía:
"Lo que puede suceder es que el propietario salga engañado, porque es muy posible que alguna bonita muchacha lo alquile sólo para ir a dormir y aun quizá para ir de vez en cuando; además, la inquilina podrá rehusar, si le conviene, la visita del propietario".
Este comentario, de buen razonamiento, me gustaba porque me ponía en guardia contra las sorpresas.
No cansaré a mis lectores con los detalles de un centenar de muchachas que vinieron durante los nueve o diez primeros días y con quienes me excusé de alquilarles la habitación, aunque algunas de ellas no dejaban de tener gracia o hermosura. Por fin al undécimo o duodécimo día, mientras me hallaba a la mesa, vi aparecer una joven de veinte a veinticuatro años, de estatura mediana, vestida sin lujo, pero con gracia y limpieza, de fisonomía dulce aunque seria, de rasgos regulares, de tez un poco pálida, de cabellos negros y muy hermosa. Me hizo un saludo noble y respetuoso, que me obligó a levantarme para devolvérselo, y como permanecí de pie, me pidió en el tono más educado que no me molestase y que continuara mi comida. Le dije que aceptara una silla, lo que hizo; después le ofrecí un dulce, pero lo rehusó con un tono de modestia que me encantó.
Aquella hermosa joven me dijo, no en muy buen francés, como había empezado, sino en el más puro italiano, puesto que no tenía el más ligero acento extranjero, que tomaría un cuarto del tercer piso.
–Señorita usted es dueña de utilizar un cuarto, pero todo el piso le pertenece.
–Caballero, aunque el cartel dice barato, el piso entero sería muy caro para mí, porque no puedo gastar para mi alojamiento más de dos chelines por semana.
–Este es precisamente el precio que yo pido por todo el piso; ya ve que está al alcance de su presupuesto. Mi criada le servirá y le procurará cuanto le sea necesario para el sustento, y además lavará su ropa. Podrá también servirse de ella para los encargos de comestibles.
–Yo le diré, pues, lo que debe comprarme cada día para mi comida, sin excederse jamás de la cantidad que le pido.
–También puedo recomendarle a la mujer de mi cocinero, que podrá darle de comer por la misma cantidad que gastará enviando a buscar los comestibles.
–No creo posible la cosa, porque me da vergüenza decirle lo poco que gasto.
–Aun cuando no gastara más que dos sueldos por día, yo le diría que no le diera más que por dos sueldos. Espero que no se ofenda, porque me intereso por usted.
–Caballero, la cosa es sorprendente, es usted muy generoso.
–Un momento, señorita, y ya verá cómo todo se arregla del modo más natural del mundo.
Ordené a Clairmont que hiciera subir a la criada y a la mujer del cocinero, y dije a esta última:
–¿Por cuánto puede dar a comer por día a esta señorita, que no es rica y no quiere comer más que lo indispensable para vivir?
–Podré hacerlo muy barato, porque el señor come casi siempre solo y hace disponer la comida para cuatro.
–Muy bien; por consiguiente, espero que la tratarán bien por lo que ella quiera darle.
–Yo no puedo gastar más que cinco sueldos por día.
–Por ese precio se la alimentará, señorita.
Ordené que al instante quitasen el cartel y que el cuarto que ella quisiese ocupar se preparara en seguida con todo lo confortable. Después, cuando se retiraron la criada y la cocinera, la señorita me dijo que no saldría más que el domingo para ir a misa a la capilla del embajador de Baviera, y una vez al mes para ir a buscar a una persona que le entregaba tres guineas para vivir. "Podrá salir cuando guste, señorita, y eso sin tener que dar cuenta de ello a nadie". Acabó por pedirme que nunca llevara a nadie a su casa, que ordenase a la portera decir a todo el que viniese a informarse de ella, que no la conocía. Le prometí que todo se haría según sus deseos, y salió cutiéndome que iba a hacer traer su reducido equipaje.
En cuanto salió, ordené a todo el mundo que tuviera para ella las mejores atenciones.
La vieja ama de llaves vino a decirme que antes de partir le había pagado adelantada la primera semana y que había aceptado el recibo, marchándose en la silla de manos en que había venido. Después, la buena vieja me hizo decir que tuviera cuidado con los engaños.
–¿Qué engaños? No veo ninguno en perspectiva. Si ella es prudente y me enamoro, tanto mejor: no deseo otra cosa. No necesito más que ocho días para conocerla. ¿Qué nombre le ha dado?
–Mistress Paulina. Ha llegado aquí muy pálida y al marcharse estaba muy sofocada.
Lleno yo de esperanza, aquel hallazgo me llenaba de alegría. Yo no necesitaba mujer para satisfacer mi temperamento, porque eso se encuentra fácilmente en todas partes. Necesitaba alguien a quien amar. Necesitaba encontrar en el objeto de mi amor la belleza y las cualidades previstas en la conquista. En cuanto a la posibilidad del logro, ya lo consideraba como problema resuelto, porque yo no ignoraba que no hay mujer que pueda resistir a todas las atenciones de un hombre que quiera enamorarla, sobre todo cuando este hombre puede hacer grandes sacrificios.
Por la noche, cuando regresaba del teatro, la criada me dijo que la señorita había elegido un modesto cuarto situado en la parte posterior del piso, que no podía servir sino a un criado. Había cenado muy moderadamente, no bebiendo más que agua, y al pedir a la mujer del cocinero que no le diese más que una sopa y un plato, ésta le había respondido que debía aceptar lo que se le sirviese y que la criada comería lo que ella dejara.
–Después de cenar se ha encerrado para escribir y me ha dado las buenas noches con mucha bondad.
–¿Qué toma por la mañana?
–Se lo he preguntado y me ha respondido que no come más que un pedazo de pan.
–Le dirás mañana por la mañana que la costumbre aquí es servir a todos los de la casa un desayuno de café, té, chocolate o caldo, según el gusto, y que al rehusarlo podría disgustarnos. Pero no vayas a decirle que yo te he dicho esto. Aquí tienes una corona, y yo te daré otra todas las semanas para que tengas para ella muchas atenciones.
Antes de acostarme, le escribí una notita atenta rogándole abandonara el pequeño cuarto que había elegido; lo abandonó, pero hizo llevar sus efectos a un cuarto vecino, también en la parte posterior y aceptó el café. Deseando invitarla a comer conmigo, me vestí para ir a visitarla y obtener su compromiso, de manera que no pudiera rehusar, pero Clairmont me anunció al joven Cornelis. Lo recibí riendo y dándole gracias por la primera visita que me hacía después de seis semanas.
–Mamá no me había permitido venir. No soportaba más y he estado tentado veinte veces de venir a pesar suyo. ¡Tome, lea esta carta y en ella encontrará algo que lo sorprenderá!
Abrí la carta y he aquí lo que decía:
"Ayer un alguacil, aprovechando el momento en que mi puerta estaba abierta, entró en mi cuarto y me arrestó. Me vi obligada a seguirle y heme aquí presa en su casa; si en el día de hoy no presento fíanza me conducirá esta noche a la cárcel de Kings-Beach. Esta fianza es de doscientas libras esterlinas, que debo por una letra vencida que no he podido pagar. Le suplico, mi bienhechor amigo, me haga salir de aquí en seguida, porque puedo tener la desgracia de ver presentarse desde mañana una nube de acreedores que me procesarán, lo que decidiría mi perdición. Evítela, se lo suplico, salvando a mi inocente familia. Como extranjero no puede ser mi fiador, pero no tiene más que decir una palabra a un dueño de casa de comercio y encontrará diez por uno. Si puede pasar por donde me encuentro, venga y sabrá que si no hubiera firmado la letra, no hubiera podido dar el último baile, porque tenía toda mi vajilla y mi porcelana empeñadas."
Furioso contra aquella imprudente, que tanto se había olvidado de mí, le escribí que no podía sino compadecerla, que no tenía tiempo de ir a verla y que además me avergonzaba no conocer a nadie que saliera fiador por ella.
Cuando el pequeño Cornelis partió, muy triste, dije a Clairmont que subiera a casa de Paulina y le preguntara si me permitía pasar a saludarla. Me hizo decir que me presentara. Subí y hallé sobre una mesa varios libros y sobre una cómoda algunos vestidos y ropas que revelaban necesidad.
–Estoy muy agradecida -me dijo- por las bondades que tiene conmigo,
–No hablemos de eso, señorita.
–¿Qué puedo hacer, señor, para demostrarle mi agradecimiento?
–Honrándome con su compañía en las horas de las comidas cuantas veces yo no tenga invitados; porque cuando estoy solo, como demasiado aprisa y mi salud se ve afectada. Si no está dispuesta, me perdonará que se lo haya pedido.
–Tendré el gusto, caballero, de comer con usted siempre que esté solo y me lo avise. Lo único que me apena es no estar segura de que mi compañía pueda serle útil.
–Muy bien, señorita, le quedo muy reconocido y le prometo que no se arrepentirá. Haré lo posible por agradarle y seré feliz sí lo consigo. Comeremos a la una.
No me senté ni miré los libros, ni aun le pregunté si había pasado bien la noche. Lo único que advertí fue que cuando entré estaba pálida e intranquila, y que a mi salida, sus mejillas presentaban el más vivo color.
Fui a pasearme por el parque, muy enamorado de aquella simpática criatura y decidido a cuanto sacrificio hubiera para hacerme amar.
De vuelta a mi casa, Paulina bajó sin que la hiciese llamar.
Le pregunté por su salud, y me contestó:
–La naturaleza me ha dado una constitución buena. En mi vida he tenido la menor indisposición, exceptuando algún mareo.
–¿Ha viajado, entonces, por mar?
–Ha sido necesario para venir a Inglaterra.
–Suponía yo que era inglesa.
–Y con fundamento, porque el inglés me es familiar desde la infancia.
Estábamos sentados en un sofá, y en una mesa que teníamos delante se encontraba un juego de ajedrez; Paulina movía los peones y le pregunté si sabía jugarlo.
–No lo juego mal, según dicen.
–Yo lo juego muy poco, pero hagamos una partida; mi derrota la divertirá.
A la cuarta jugada me hizo jaque mate. Ella se rió y yo quedé admirado. Empezamos otra partida y me dio mate a la quinta jugada. Mi convidada se echó a reir a carcajadas lo que me permitió admirar el encanto de su franca alegría. Hicimos la tercera partida; Paulina se descuidó y la puse en apuros.
–Creo que puede vencerme -dijo ella.
–¡Qué fortuna sería para mí!
Avisaron que la mesa estaba servida. Las interrupciones son con frecuencia importunas. Ofrecí mi brazo a la joven y nos dirigimos al comedor.
Apenas nos habíamos sentado a la mesa cuando mi criado me anunció la niña Cornelis con la Rancour.
–Diga que estoy comiendo y que no saldré del comedor hasta dentro de tres horas.
Cuando salía Clairmont a dar mi respuesta, entró Sofía; se echó a mis brazos llorando y sin poder hablar porque la ahogaban los sollozos.
La tomé en mis brazos y la senté sobre mis rodillas; enjugué sus lágrimas; la tranquilicé diciéndole que sabía el motivo de su pena y que por ella haría lo que venía a solicitarme.
Pasando de la tristeza a la alegría, la muchacha me abrazó dándome el nombre de padre y acabó por hacerme llorar.
–Come con nosotros, hija mía; esto me animará a complacerte.
Sofía se desprendió de mis brazos y corrió a abrazar a Paulina, que por explicable simpatía lloraba también.
Mi hija me suplicó que mandase dar de comer a la Rancour, a quien la Cornelis había prohibido subir.
Sofía nos encantó durante la comida. Me preguntó si Paulina era mi esposa, y habiéndole contestado que sí, la cubrió de besos, llamándola su querida mamá.
A los postres saqué de mi cartera cuatro billetes de cincuenta libras esterlinas, se los di a Sofía y le dije que podía regalárselos a su madre, pero el obsequio era para ella y no para su madre. "Con ese dinero -añadí- podrá ir a dormir esta noche a su hermosa casa, donde tan mal me recibió."
–Lo siento en el alma, pero le ruego que se lo perdone.
–Se lo perdono por ti. Puedes decirle que me hará un gran favor cada vez que te permita venir a comer o cenar conmigo.
Se fue Sofía y yo me quedé hablando con la que se había desempeñado en un improvisado papel de esposa. La conversación prosiguió y sólo indirectamente estuvo referida a la profunda simpatía que me había inspirado en tan poco tiempo. De buena gana hubiera yo pasado todo el día con ella, pues raramente había encontrado una mujer de maneras tan afables; pero me pidió permiso para retirarse a su habitación, y tuve que resignarme a quedarme solo.
Entonces experimenté una especie de vacío que me llenó de tristeza.
Al día siguiente, después de comer, hallándome a solas con Paulina, le agarré la mano, se la besé y le dije:
–¿Está casada, Paulina?
–Sí.
–¿Conoce el amor maternal?
–No, pero no necesito esforzarme mucho para hacerme de él una idea exacta.
–¿Está entonces separada de su marido?
–Sí, contra nuestra voluntad. Nos separamos antes de que hubiésemos vivido juntos.
–¿Está en Londres?
–No; está muy lejos de aquí; pero, por favor, no hablemos más de esto.
–Dígame, al menos, si, cuando parta, será para ir a reunirse con su esposo.
–No saldré de esta isla sino para ir a ser feliz con mi querido esposo.
Hostigada por mis preguntas, Paulina concluyó por referirme toda su historia.
Era hija única del infortunado conde…, a quien Carvallo Aeyras (marqués de Pombal) hizo morir en la cárcel, despues del atentado a la vida del rey, que fue atribuido a los jesuítas. El tirano ministro portugués no se atrevió a confiscar los bienes de su víctima, pero la hija no podía usufructuarlos sino volviendo a su patria. Puesta en la alternativa de huir o casarse con un hombre a quien no amaba, huyó con el joven conde de…, su novio, de quien estaba muy enamorada. Habían cambiado los trajes en el momento de embarcarse en Lisboa a bordo de un buque, cuyo capitán al llegar a Inglaterra, recibió la orden de impedir que desembarcase la fugitiva y de volverse con ella a la capital portuguesa. Por esta orden terminante, el novio, vestido de mujer, fue devuelto a su patria, mientras la novia, gracias a su traje de hombre, pudo desembarcar sin más inconvenientes que la falta de recursos y de su equipaje de mujer. Haciendo prodigios de economía, había conseguido equiparse modestamente y vivir hasta aquel momento poco menos que en la miseria. Había escrito a Aeyras que estaba dispuesta a volver a Lisboa, si Su Excelencia le aseguraba por escrito que le sería permitido casarse públicamente con el esposo de su elección. Esperaba que la respuesta no se haría esperar mucho tiempo y que sería satisfactoria, pues el novio era protegido del ministro, y éste querría atenuar en parte lo terrible de la muerte del padre de la muchacha.
Viví entonces con Paulina en la mayor intimidad; pero a medida que aumentaba mi amor, más me convencía de que mi huésped era invencible; y a medida que ella engordaba, yo enflaquecía rápidamente.
Por fin me entregó su amor, su cuerpo y fuimos completamente felices durante seis semanas.
El 1° de agosto fue día fatal para los dos. Paulina recibió de Lisboa dos cartas que no le dejaban otra alternativa más que regresar y yo recibí de París una que me anunciaba la muerte de la señora de Urfé. Mi buena amiga la señora de Rumain me escribía, diciendo que los médicos habían declarado que la marquesa se había envenenado involuntariamente con una fuerte dosis de un licor que ella llamaba la panacea. Se había encontrado un testamento según el cual dejaba toda su fortuna al primer hijo o hija que nacería de ella y de que se declaraba encinta. Me había instituido tutor del recién nacido, lo cual mucho lamentaba porque aquella historia era tal que iba a hacer reír a todo París durante una semana. Su hija, la condesa de Chátelet, se había apoderado de todos los inmuebles y de su caja fuerte que contenía cuatrocientos mil francos. Concentré mi dolor y mi arrepentimiento en el interés que me inspiraba Paulina. El ministro le enviaba una letra de dos mil libras esterlinas y la promesa de que, a su regreso, se le entregarían sus bienes y se le permitiría casarse públicamente con su prometido.
Consintió en que Clairmont la acompañase hasta
Madrid, donde este buen criado había de dejarla para volver a
Londres; pero estaba escrito que no la volvería a ver.
Yo la acompañé hasta Calais, donde nuestra
separación fue muy parecida a la que, quince años antes, me fue tan
dolorosa en Ginebra al despedirme de Enriqueta.
Las olvidé porque todo se olvida; pero al acordarme de ellas, hallo más profunda la impresión que me causó Enriqueta, y esto, sin duda, porque yo entonces tenía veintidós años, mientras que tenía treinta y siete en Londres. Con la edad nuestras facultades se hacen menos receptivas.
De regreso a Londres,
Jarbe me atendió. Este Jarbe era un buen muchacho que había tomado
a mi servicio mientras durase la ausencia de
Clairmont.
El día siguiente, en el momento de entrar en
mi cuarto, me sorprendió con una candidez que acabó por hacerme
reír:
–Señorito -me dijo- la vieja me ha encargado que le pregunte si quiere que vuelva a poner el letrero a la puerta.
–¡La miserable! ¿Quiere, acaso que la estrangule de rabia?
–No, señor; si lo quiere mucho, y al verlo tan triste, ha pensado…
–Ve a decirle que no
vuelva a tener semejantes pensamientos.