CAPITULO XII
En los principales acontecimientos de mi vida, siempre se han presentado curiosas circunstancias para hacerme algo supersticioso; me siento humillado cuando, haciendo profundo examen de conciencia, me veo obligado a confesar esta verdad. ¿Pero cómo defenderse? Está en la naturaleza que el azar haga de un hombre lo que hace con una bola de marfil que empuja para reírse cuando por casualidad cae en la tronera; pero me parece que no es natural lo que hace un niño que se entrega a sus caprichos, en un billar, puesto que no es igual a un jugador hábil que calcula la fuerza de la velocidad, la de reacción, la distancia, la medida de los ángulos, y una cantidad de cosas que no ven en un billar los jugadores inexpertos. No me parece natural que yo haga a la fortuna el honor de considerarla como excelente geómetra, ni que suponga a esta también sujeta a las leyes físicas a que veo sometida a toda la naturaleza. Sin embargo, a pesar de esta reflexión, me extraña lo que observo.
Esta fortuna, que he de menospreciar como sinónimo de casualidad, adquiere el carácter muy respetable de una deidad en todos los acontecimientos importantes de mi vida. Siempre ha parecido complacerse en probarme que no es ciega, por mucho que se diga; nunca me ha humillado sino para levantarme según fue mi caída, y diríase que nunca me ha hecho subir muy alto más que para precipitarme en el abismo. Parece que no ha querido ejercer sobre mí un poder absoluto sino para convencerme de que es dueña de todo.
Para llegar a esta demostración siempre ha desplegado medios capaces de hacerme operar, de grado o por fuerza, y para darme a comprender que mi voluntad, lejos de ser libre, no es sino un instrumento de que se servía para hacer de mí lo que se le antojaba. No contaba con nada en España sin el apoyo del representante de mi patria, y éste no se hubiera atrevido a hacer nada por mí sin una carta que le hice entregar.
Es probable que esta carta hubiera quedado sin consecuencias, si no hubiese llegado precisamente en el momento de mi arresto, que era la noticia del día, a causa de la reparación que el conde de Aranda me había hecho dar.
Esta carta hizo arrepentir al embajador de no haber intervenido con su autoridad y de no haber hecho nada todavía en mi favor. Sin embargo, quiso hacer creer al público que el conde de Aranda había obrado así conmigo por instigación suya. Su favorito, el conde Manucci, había venido a comer de su parte, y por suerte yo estaba comprometido a comer con Mengs, lo cual hizo que Manucci tuviese la idea de ir a convidar al gran pintor, invitación que mucho halagó el amor propio y la vanidad de un hombre en cuya casa me había refugiado, aunque inútilmente. Esta invitación tuvo según él todas las apariencias de un acto de gratitud, lo cual le resarcía de la mortificación que había experimentado sin duda al verme detener en su casa. Luego me escribió que vendría a buscarme en su coche.
Al día siguiente visité al conde Aranda, que me devolvió las cuatro cartas que yo había escrito en la cárcel. Estuvo amabilísimo conmigo y me aconsejó que hiciese una visita al alcalde Mesa y otra a don Manuel de Roda, que quería conocerme.
Al separarme del conde, fui a ver al coronel Reya, quien me dijo que yo había hecho mal en decir al ministro que quedaba satisfecho con la reparación.
¿Qué más podía pretender?
–Todo. Destitución del alcalde y cincuenta mil duros de indemnización.
El coronel, que es hoy general, es uno de los españoles más amables que he conocido.
Mengs vino a mi casa a buscarme y fuimos juntos a comer con el embajador de Venecia, quien me hizo una recepción cordial. Los convidados eran el abate Bigliardi, procónsul de Francia, don Rodrigo de Campomanes y el célebre don Pablo de Olavides. Después de haber escuchado el relato de mi entrevista con el conde Aranda, quisieron leer mis cartas y cada uno las interpretó según su óptica, unos aprobándolas y otros calificándolas de feroces.
Me alegré mucho de conocer a Campomanes y a Olavides, hombres de talento de una especie muy rara en España. Sin ser cabalmente hombres sabios, se hallaban por encima de las preocupaciones religiosas, pues no solamente no temían burlarse de ellas en público, sino que trabajaban abiertamente para combatirlas.
Campomanes había proporcionado a Aranda todo el material contra los jesuítas.
Era de observar y el hecho no dejaba de ser gracioso, que Campomanes, el conde de Aranda y el general de los jesuitas eran bizcos. Habiendo preguntado a Campomanes por qué aborrecía a los jesuítas, me dijo que les tenía odio como a todas las órdenes religiosas, raza parásita e inútil que haría desaparecer gustoso de la península y del mundo entero. Era autor de todo lo que se había publicado contra las requisas eclesiásticas y como estaba íntimamente relacionado con el embajador de Venecia, el señor Moncenigo le había comunicado todo lo que el Senado había hecho contra los frailes. Hubiera podido enterarse leyendo lo que nuestro fray Pablo Sarpi ha escrito sobre esta materia. Sagaz, activo, valeroso, fiscal del consejo supremo de Castilla, del cual era presidente Aranda, era tenido por hombre íntegro que no obraba jamás sino para el bien del Estado. Por eso lo apreciaban todos los estadistas; pero los frailes y los beatos lo odiaban, y la Inquisición había jurado su caída. Se decía en público que si dentro de dos o tres años Campomanes no se hacía obispo, moriría en los calabozos de la Santa Hermandad. Esta profecía sólo se realizó en parte. Fue en efecto encerrado, cuatro años después, en la cárcel de la Inquisición; pero salió al cabo de tres años haciéndose el arrepentido.
La enfermedad que corroe España aún está activa.
Olavides fue tratado más duramente; y el mismo Aranda sólo escapó al monstruo sanguinario mediante varios subterfugios; hombre de buen sentido y de una mente tan penetrante como profunda, pidió la embajada en Francia, que el rey le concedió, contento de escapar así a la obligación de entregarlo al furor de los frailes.
Carlos III, muerto loco como mueren todos los reyes que son al mismo tiempo hombres honrados, había hecho cosas increíbles para los que lo conocían; era testarudo como un mulo, débil como una mujer, materialista como un holandés, beato y muy dispuesto a morir antes que mancharse con el más pequeño de los pecados mortales.
Fácilmente se entiende que un hombre así fuese esclavo de su confesor.
Con el señor de Olavides hablé extensamente acerca de un proyecto de colonia de suizos en la Sierra Morena. Le hice numerosas observaciones que me pidió le presentara por escrito, y accedí a su pedido.
El gabinete de Madrid se ocupaba mucho de esta operación. Se habían hecho venir de diferentes cantones de Suiza mil familias para formar una colonia en la desierta comarca de Sierra Morena. La naturaleza parecía haberse complacido en multiplicar en aquel país todas las ventajas; un clima delicioso, un suelo fértil, aguas puras y abundantes, una posición ventajosísima en el centro de Andalucía; y sin embargo tan hermoso país estaba desierto.
Deseando cambiar aquel estado de cosas anormal y casi inexplicable, Su Majestad Católica había resuelto entregar a colonos inteligentes y laboriosos todos los productos de la tierra durante cierta cantidad de años. Con este fin, había hecho venir a suizos, pagándoles el viaje. Llegaron los suizos y el gobierno español organizó cómo instalarlos y someterlos a una buena vigilancia temporal y espiritual. Olavides, literato distinguido, apoyaba aquella empresa. Conferenciaba con los ministros para organizar aquella nueva población, dotarla de magistrados que administrasen pronta y buena justicia; de curas, de un gobernador, de herramientas necesarias para hacer construir casas, iglesias, y sobre todo una plaza de toros, cosa inútil para los buenos suizos, pero sin la cual los españoles no conciben que se pueda vivir.
En las Memorias que don Pablo Olavides había presentado para la gran prosperidad de la colonia, decía justificadamente que había que evitar todo establecimiento de frailes; pero pronto tuvo en contra a todos los religiosos y monaguillos de España, sin excluir al obispo de la diócesis en que se hallaba la colonia.
Los curas seculares decían que Olavides tenía razón, pero los frailes lo acusaban de impiedad y como la Inquisición era frailuna, las persecuciones empezaban ya.
En mi conversación con el señor de Olavides, dije que en pocos años la colonia, fundada sobre tantos sacrificios económicos, se desvanecería como el humo, por varias razones físicas y morales. La principal que alegué, fue que el suizo difiere de los naturales de todas las naciones.
–Es un vegetal -dije- que trasplantado a un terreno en que no ha nacido, se deteriora y muere. Los suizos son el pueblo más inclinado a la nostalgia. Cuando esta enfermedad empieza a afectarlos, el único remedio que hay es mandarlos de vuelta al país, al chalet, al pueblo, al lago que los vio nacer.
Según mi entender sería mejor combinar la colonia suiza con otra española, a fin de mezclarlos por medio de matrimonios. También sería necesario, por lo menos al principio, no darles más que curas y magistrados suizos, y declararlos, sobre todo, fuera del alcance de la Inquisición por lo que hace a su conciencia.El campesino suizo tiene leyes, usos y costumbres sobre la manera de hacer el amor, inseparables de su condición, y que el ceremonial eclesiástico de España no aprobaría jamás. La menor traba en esta materia acarrearía rápidamente una repulsa general.
Mi razonamiento, que al principio pareció una broma a Olavides, comenzó a darle a entender que bien pudiera yo tener razón. Me pidió que escribiese mis reflexiones y que no comunicase a nadie más que a él mis conocimientos sobre tal materia. Se lo prometí, y Mengs fijó el día en que ambos iríamos a comer juntos en su casa.
Mengs se empeñó en que fuese a vivir con él, y consentí en trasladarme a su casa. Tan pronto como me hallé instalado, me puse a trabajar sobre la cuestión de las colonias, tratando la materia como físico y como filósofo.
No dejé de visitar a don Manuel de Roda con quien pasé un buen rato hablando de literatura, que era su tema predilecto.
El duque de Losada me felicitó por los elogios que hacía de mí a todo el mundo el embajador de Venecia.
Con éste me invitó a comer el príncipe de la Católica. Todos me aconsejaban que tratase de obtener algún beneficio de mis relaciones y de mis conocimientos. Empezaba yo a pensar seriamente en emplearme, puesto que no recibía carta de Lisboa. Paulina no me escribía y no me era posible averiguar lo que había sido de ella.
En tres semanas conocí a mucha gente importante. Asistía con frecuencia a la tertulia de la Sabatini, a la casa del duque de Medina Sidonia, escudero mayor del rey, literato prestigioso, y a la casa de doña Ignacia, la hija del zapatero. Como estábamos en cuaresma y se acercaba la Semana Santa, la devota muchacha reservaba todos los placeres para después de Pascua, diciendo que en aquellos días, en que Jesús muere por nosotros, sólo había que pensar en hacer penitencia. Moneenigo tenía que presentarme al rey en Aranjuez, pero fui atacado por una espantosa fiebre que duró cuarenta y ocho horas y luego se me formó un abceso, del tamaño de un melón. El abceso supuró durante cuatro días, y me dejó tan débil que estuve en cama varios días más.
En esto habían transcurrido la Semana Santa y las fiestas de Pascua. Entonces recibí de Mengs una nota en los siguientes términos:
"Ayer, el cura de mi parroquia mandó fijar a la puerta de la iglesia parroquial el nombre de las personas que viven en su distrito, y que, no creyendo en Dios, no han comulgado con motivo de la Pascua. Entre esos nombres, figura el suyo con todas sus letras, y he tenido que soportar un reproche del cura, por haber dado asilo a un heterodoxo. No he sabido qué contestarle, porque es evidente que hubiera podido estar un día más en Madrid y cumplir con el precepto, aunque no hubiese sido sino por las consideraciones que me debe. Lo que yo debo al rey, mi señor, el celo con que debo velar por mi reputación y mi tranquilidad para el porvenir me obligan, por ahora, a decirle que mi casa ya no es la suya. Cuando vuelva a Madrid, vivirá donde le dé la gana, y mis criados entregarán su equipaje a quien esté por usted autorizada a recogerlo.
Antonio Rafael Mengs".
"Suyo.
Esta carta brutal, insolente e injustificada me produjo tal sorpresa, que Mengs no hubiera quedado impune a no haberme hallado rendido en cama.
La rabia me dio fuerzas; me levanté y me hice llevar en silla de manos a la iglesia de Aranjuez, donde un fraile me confesó, me dio la comunión y me extendió un certificado que envié al cura de la parroquia de Mengs, suplicándole que me borrase de la lista de los heterodoxos. Al mismo tiempo contesté a Mengs que no merecía su ofensa, por haberle honrado yendo a vivir en su casa; pero que como cristiano que acababa de comulgar, le perdonaba su conducta injustificada.
El embajador, a quien referí el caso, me contestó:
–No me extraña. Mengs no se destaca sino por su talento, y todo Madrid sabe que es un ordinario.
En efecto aquel hombre ambicioso no me había invitado a vivir en su casa sino por vanidad. Quería que toda la ciudad lo supiese, en el momento en que todo el mundo hablaba de la pública satisfacción que yo había obtenido del conde Aranda y que imaginasen que se me había concedido en parte por consideración a él. Me había dicho efectivamente, en un momento de mal humor, que había debido exigir que el alcalde Mesa me acompañase no a mi casa sino a la suya, a la de Mengs, puesto que era allí donde sus secuaces me habían dado a conocer la orden de mi arresto.
Mengs era ambicioso de gloria; gran trabajador, celoso y merecedor de algún mérito. Aunque era gran pintor por el dibujo, carecía de inventiva, parte esencial del pintor como del poeta.
Habiéndole dicho un día:
–Así como todo gran poeta ha de ser pintor, todo gran pintor ha de ser poeta.
Se enojó porque pensó injustificadamente que yo quería reprocharle su defecto, de que estaba convencido, pero que no quería confesar.
Era muy ignorante y tenía la debilidad de querer pasar por erudito; devoto de Baco y de Como, quería pasar por sobrio; era lascivo, colérico, celoso y avaro y aspiraba a ser calificado como hombre virtuoso. Como era muy trabajador, generalmente no comía, porque bebiendo hasta perder el sentido, no podía hacer nada después de comer. Se contentaba con desayunarse y cenar. Cuando comía en casa ajena, no bebía más que agua a fin de no comprometerse. Hablaba cuatro lenguas, pero mal y ni siquiera sabía escribir bien la suya. Sin embargo, en esto, como en todo, quería ser perfecto. Interesándome realmente por él, como huésped suyo, me cobró inquina algunos días antes de irme a Aranjuez, porque la casualidad me puso en la oportunidad de ver sus debilidades y porque tuvo que someterse a mis direcciones. El hombre estaba indignado por deberme obligaciones. Un día yo había impedido que enviase a la Corte una Memoria que lo hubiese puesto en ridículo.
Esta memoria había de ser leída por el rey y Mengs había firmado el más ínclito, queriendo decir el más humilde. Yo le hice observar que el más ínclito significaba el más ilustre, el más noble, el más elevado. El orgulloso ignorante se puso furioso, me dijo que hacía muy mal en creer que sabía el español mejor que él y lo sofocaba el despecho: un diccionario resolvió la cuestión.
Otra vez, creí deber impedirle que cometiera una necedad enviando una crítica laboriosamente escrita contra alguien que había dicho que no teníamos en el mundo ningún monumento antediluviano. Mengs creía rebatir al autor diciendo que estaban las ruinas de la torre de Babilonia; doble barbaridad, puesto que no se ven las supuestas ruinas, y aun cuando se viesen, aquella torre singular es un hecho posdiluviano.
También tenía la manía de plantear cuestiones de alta metafísica, y no entendía nada; su debilidad consistía en hablar de la belleza y definirla, y las necedades que decían eran atroces.
En sus momentos de cólera, Mengs pegaba a sus hijos hasta el caso de estropearlos. Más de una vez arranqué de sus manos a su pobre hijo, que aquel maldito parecía querer destrozar. Se jactaba de haber sido educado por su padre, bohemio y mal pintor, con el bastón en la mano. Decía que a esto debía él ser gran pintor y había decidido emplear el mismo sistema para obligar a sus hijos a llegar a ser alguien.Quedaba muy ofendido cuando recibía una carta sin que en el sobre estuviera su título de caballero ni su nombre de Rafael. Un día me tomé la libertad de decirle que aquellas cosas eran consideradas como bagatelas y que poco me había importado que las cartas que él me había dirigido a Florencia y a Madrid no llevasen mi título de caballero, a pesar de que yo poseía igual nominación que él.
No contestó nada e hizo bien; pero por la omisión de sus nombres de pila, conocía yo la locura que solía acometerlo. Tenía la simpleza de decir que, llamándose Antonio como el Correggio y Rafael como el de Urbino, los que dejaban de hacer preceder su nombre de Mengs de aquellos dos nombres de pila, no podían hacerlo sino con la intención de negarle las dos partes de la pintura que brillan separadamente en aquellos dos grandes pintores y que él reunía en sí.
Un día le dije que la mano de una figura que yo miraba en uno de sus cuadros era defectuosa, porque el dedo anular era más corto que el índice. Me contestó ásperamente que ello tenía que ser así y como prueba me enseñó su mano. Me eché a reír, enseñándole la mía diciéndole que estaba seguro de tener la mano conformada como todos los descendientes de Adán.
–¿De quién pretende, pues, que yo descienda?
–¡Qué se yo! Pero es seguro que no es usted de mi especie.
–Usted no es de la mía, ni la de los hombres comunes, porque todas las manos bien hechas, de hombre o de mujer, son como la mía, no como la suya.
–Apuesto cien doblones a que está equivocado. Se levantó y tiró al suelo su paleta y sus pinceles; llamó a los criados y me dijo:
–Vamos a ver.
Acudieron aquellos y les miró las manos; vio el índice más corto que el anular.Por primera vez lo vi reír y terminar la disputa con un chiste:
–Me alegro de poder decir que soy único en algo.
Voy a contar aquí una cosa muy sensata que Mengs me dijo un día.
Había pintado una Magdalena que, en verdad, era de una hermosura sorprendente. Hacía unos días que me decía por la mañana:
–Esta noche quedará concluido este cuadro. Un día le dije que se había equivocado el día antes, diciéndome que el cuadro quedaría concluido por la noche.
–No -me dijo- porque podría parecer acabado a los ojos del noventa y nueve por ciento de los inteligentes; pero me importa sobre todo el juicio del centésimo y lo miro con esos ojos. Sepa que no hay cuadro en el mundo que su acabado no sea más que relativo. Esta Magdalena no lo será hasta que yo deje de trabajar en ella, un día más, sería más acabada. Sepa que en Petrarca no hay un soneto que sea realmente acabado. Nada de cuanto sale de la mano o de la inteligencia del hombre es perfecto, exceptuando el cálculo matemático.
Cuando terminó de hablar lo abracé por haberlo hecho tan bien. No sucedió lo mismo un día en que me dijo que quisiera haber sido Rafael de Urbino.
–¡Era un gran pintor!
–En efecto -le dije- ¿cómo puede decir que quisiera haber sido? Este deseo es contrario a la naturaleza, porque, si hubiese sido Rafael, no existiría ya. No puede hablar formalmente sino imaginando que gozaría de la gloria del paraíso; y en tal caso no digo nada.
–No, señor; quisiera haber sido Rafael sin pensar en existir hoy, ni en cuerpo ni en alma.
–¡Qué absurdo! Pero reflexione un poco lo que dice. No cabe tener semejante deseo para un ser dotado de razonamiento. Se puso furioso y me llenó de insultos que me hicieron reir.
Otra vez comparó el trabajo del poeta que compone una tragedia con el de un pintor que compone un cuadro, donde toda la tragedia aparece en una sola escena.
Después de haber hecho el análisis de varias diferencias, concluí diciéndole que el poeta trágico se veía obligado a poner en actividad todas las fuerzas de su genio para ordenar los más mínimos detalles, mientras que el pintor, no teniendo que trabajar más que a una superficie, podía elegir y fijar colores hablando con un amigo.
–Esto prueba que un cuadro es tanto el producto manual del artista como la obra de su inteligencia, mientras que en una buena tragedia, todo es obra del genio. Esto demuestra claramente la inferioridad del pintor en relación con el poeta. Halle un poeta que pueda encargar a su cocinero la lista de la cena cuando se halla ocupado en la ardua elaboración de una tragedia o en la textura de versos épicos.
Cuando Mengs se sentía vencido y convencido, antes que ceder, antes que confesar que se equivocaba, se enfurecía y se consideraba insultado. Sin embargo, este hombre, aunque muerto a la edad de cincuenta años, pasará a la posteridad como filósofo, gran estoico, sabio y lleno de virtudes; y esto por la biografía que uno de los devotos de su talento hizo imprimir y dedicó al rey de España. Esta biografía, verdadero panegírico cortesano no es más que un cúmulo de mentiras. Mengs no fue sino un pintor; como tal, aunque no hubiese producido más que el magnífico cuadro que adorna el altar mayor de la capilla real de Dresde, merecía pasar a la posteridad, aunque la idea de esta obra maestra deriva de la admirable creación del príncipe de los pintores, el inmortal Rafael, la Transfiguración.
Hablaré otra vez de Mengs dentro de dos o tres años, época en que lo encontré en Roma…
Manucci me invitó a ir con él a Toledo, y me interesó mucho esta ciudad. La rodea el Tajo, el río de las arenas de oro. Un guía nos acompañó al Alcázar, que es el Louvre de Toledo, gran palacio real. La catedral es un monumento digno de ser visto por las riquezas que encierra. El arzobispo tiene trescientos mil duros de renta y cuatrocientos mil, su clero. El día siguiente nos hicieron visitar los gabinetes de física y de historia natural.
El viaje fortificó mi salud, de modo que a mi regreso a Aranjuez, me puse a visitar a todos los ministros. El embajador de Venecia me presentó al marqués de Grimaldi, con el cual tuve varías entrevistas sobre la colonia de Sierra Morena, proyecto que no avanzaba. Le entregué un informe en que probaba que aquella colonia tenía que estar compuesta por españoles.
–Sí -me dijo- pero España está mal poblada en todas partes; según este plan, sería necesario despoblar un lugar para enriquecer a otro.
–No señor, porque diez habitantes que mueren de miseria en Asturias, no morirían en la colonia sino después de haber producido cincuenta hijos. Estos cincuenta producirían doscientos y así sucesivamente.
Mi proyecto fue remitido a una comisión y el marqués de Grimaldi me aseguró que, si era admitido, yo sería nombrado gobernador de la colonia.
Una compañía de ópera cómica italiana tenía entonces mucho éxito en la corte, exceptuando la aprobación del rey, a quien no le gustaba la música. Este rey tenía la fisiología de órganos como este animal que se halla desprovisto de toda sensación de armonía acústica.
Un maestro de música italiano quería componer una ópera; yo me ofrecí a escribirle el libreto y en pocos días versifiqué tres actos. Se representó la ópera con éxito; el compositor recibió hermosos regalos; a mí me consideraron superior a un poeta que trabaja por dinero y fui pagado en aplausos: verdadera moneda de corte.
La composición de esta ópera me hizo conocer a muchos artistas.
La primera tiple era una romana llamada Pelliccia, ni hermosa, ni fea, un poco bizca y de mediano talento. Tenía una hermana más joven y realmente bonita. A pesar de esta diferencia, la joven no interesaba a nadie y la mayor acaparaba el afecto de todos los que le hablaban.
Su rostro tenía el prestigio de los ojos bizcos, una mirada penetrante y dulce, una sonrisa fina y modesta, un aire desenvuelto y noble, sin pretensión alguna. Todo el mundo se quedaba prendado de ella.
Su marido era un mal pintor, bastante feo, que más parecía su criado que su esposo. Le era muy sumiso y ella le correspondía con muchas consideraciones.
Aquella mujer no me inspiró amor, sino una sincera amistad. Iba a verla cada día y le hacía versos sobre aires romanos que ella cantaba con muchísima gracia. Era para conmigo, lo que yo para con ella: una verdadera amiga.
Un día en que había de ensayar un acto de la ópera cuyo libreto yo había hecho, le hablaba de los grandes personajes que estaban presentes y que no habían venido más que para oir la nueva música.
El empresario Marescalchi se había comprometido con el gobernador de Valencia a ir a pasar en esta población el mes de setiembre con su compañía para poner en escena óperas cómicas en un teatro construido para ello.
En Valencia no habían visto nunca ópera italiana y Marescalchi confiaba en hacer fortuna.
La Pelliccia, deseando obtener de algún personaje de la corte una carta de recomendación para aquella comarca y no conociendo ninguno, me preguntó si podía suplicar al embajador de Venecia que se interesase por ella y pidiese una carta a alguno de sus amigos.
–Le aconsejo -le dije- que la pida usted misma al duque de Arcos.
–¿Quién es ese señor?
–El que la mira a veinte pasos de nosotros.
–¿Pero cómo presentarme?
–Es un gran señor que seguramente se muere de ganas de conocerla y servirla. Vaya a pedirle este favor ahora; estoy seguro de que lo concederá gustoso.
–No me atrevo. Presénteme.
–No, porque todo se echaría a perder. Ni siquiera ha de sospechar que le he dado este consejo. Voy a marcharme; luego irá a solicitar del duque el favor que desea.
Habiéndome dirigido hacia la orquesta, volví la cabeza momentos después y vi al duque que se dirigía hacia la artista.
La cosa está hecha, pensé.
Después de la ópera, la Pelliccia me dijo que tendría la carta el primer día de la ópera.
El duque cumplió su palabra; le entregó una carta para don Diego Valencia, comerciante de la ciudad de ese nombre.
Como ella no había de ir a Valencia hasta el mes de setiembre y estábamos en mayo, faltaba aun mucho tiempo para la entrega de la carta. Más adelante veremos lo que contenía.
En Aranjuez yo veía con frecuencia a don Domingo Varnier, camarero del rey, y a otro camarero del príncipe de Asturias que reina actualmente, y a una camarera de la princesa, hoy reina.
Esta princesa adorada había tenido poder como para suprimir una cantidad de etiquetas tan absurdas como molestas y convertir el tono grave y serio de la corte en algo menos ceremonioso.
Me sorprendía ver a Su M. Católica comer todos los días a las once, como hacían los zapateros de París en el siglo XVII, comer siempre lo mismo, ir a la caza cada día a la misma hora, y volver por la noche, con su hermano, extenuado por la fatiga. El rey era muy feo; pero todo es relativo, pues era buen mozo comparado con su hermano que era horriblemente feo.
Este hermano no viajaba nunca sin una imagen de la Virgen que Mengs le había pintado. Era un cuadro de dos pies de alto sobre tres y medio de ancho. La Virgen estaba sentada sobre el césped con los pies descalzos y las piernas cruzadas a lo moro y desnudas hasta las pantorrillas.
El infante estaba enamorado de su Virgen y tomaba por devoción el más criminal de los sentimientos voluptuosos, pues era imposible que al contemplar aquella imagen no ardiera en uno el apetito carnal de estrechar en sus brazos la realidad viva.
Sin embargo, el infante no sospechaba aquello y se maravillaba de sentirse enamorado de la madre del Salvador. Así suelen ser los españoles. Para interesarles las imágenes han de ser impresionables y no interpretan nada sino en el sentido favorable a la pasión que los domina.
La población de la Sierra Morena me tenía muy ocupado, pues escribía sobre la organización, artículo principal para el logro de la colonia. Mis escritos, que eran simples esbozos, gustaban mucho al ministro Grimaldi y complacían a Moncenigo; este último esperaba que, si conseguía hacerme nombrar gobernador de la colonia, adquiriría realce su embajada y se consolidaría su influencia diplomática.
Sin embargo, mis trabajos no me impedían divertirme. Frecuentaba los hombres de la corte que más podrían interiorizarme de los caracteres particulares de los miembros de la familia real. Don Domingo Varnier, hombre de talento, franco y veraz, era una abundante mina que yo explotaba.
Un día le pregunté si era verdad que el rey quería mucho a Esquilache por haber amado en otro tiempo a su mujer.
–Es una calumnia -me contestó- originada en la imaginación de los que toman por verdadero lo que apenas es verosímil. Si el sobrenombre de casto debe atribuirse a un rey por boca de la verdad y no por la de la educación, Carlos III lo merece quizá más que ninguno de los reyes que lo han merecido.
"En su vida se ha acercado a ninguna mujer sino a la difunta reina, y aun esto no tanto por deber de fidelidad conyugal como por deber de cristiano. Evita el pecado por temor de ensuciar su alma y a fin de evitar la vergüenza de tener que confesar su debilidad al confesor.
"Fuerte, grueso, robusto, con una salud de hierro, dotado de un temperamento muy español, no pasó un solo día sin rendir a la reina sus deberes de esposo, exceptuando cuando la salud de esta princesa exigía una tregua. Entonces, para apagar su celo el casto esposo se extenuaba cazando, absteniéndose de los alimentos irritantes o demasiado nutritivos. Imagine la desesperación de aquel hombre cuando se encontró viudo, dispuesto a morir mil veces antes que verse sometido a la humillación de una querida.
"Su recurso fue la caza y un método de emplear el tiempo de tal modo que no le quedaba tiempo para pensar en las mujeres. La cosa era my difícil, porque no le gusta escribir ni leer; la música no es más que un ruido molesto para su oído y toda conversación algo alegre le inspira repugnancia.
"He aquí lo que hace y hará hasta la muerte. Se viste a las siete y pasa luego a un tocador donde lo peinan. A las ocho hace sus oraciones; después oye misa, y concluida ésta, toma su chocolate y un enorme polvo de rapé que mete y revuelve en sus grandes narices durante unos cuantos minutos; este rapé es el único que se permite en todo el día.
"De nueve a once trabaja con sus ministros. Viene luego la comida, que dura tres cuartos de hora; come siempre solo. Luego hace una corta visita a la princesa, y a las doce en punto se mete en el coche y parte para la caza. A las siete toma un bocado en el sitio donde se encuentra y vuelve a las ocho tan cansado que se duerme antes de acostarse. De este modo sofoca sus deseos amorosos.
"Es un pobre hombre, mártir voluntario de sí mismo.
"Ha pensado en casarse en segundas nupcias, pero Adelaida de Francia, al ver su retrato, se espantó, negándose. Tanto le mortificó este rechazo que renunció al matrimonio. Sin embargo, ¡pobre de aquél que le propusiese una amante!"
Hablando de su carácter, don Domingo me dijo que los ministros hacían bien en hacer de él un personaje inaccesible, porque cuando, por sorpresa, alguien puede acercarse a él y pedirle una gracia, hace cuestión de honra el no rehusarla jamás, porque le parece que sólo entonces es rey.
–¿Es falsa entonces su reputación de hombre duro?
–Los reyes pocas veces tienen la reputación que merecen. Los más accesibles son casi siempre los menos generosos; porque, acosados por los importunos, cada vez que ven una cara nueva, lo primero que se les ocurre es negar lo que van a pedirle.
–Pues si Carlos III es inaccesible, no debe hallarse nunca en el caso de rehusar o conceder gracias.
–Se le encuentra sólo en la caza, donde generalmente está de buen humor. Su firmeza es su defecto capital, pues lo que quiere, lo quiere con obstinación, y no le desalientan los imposibles. Tiene para el infante, su hermano, las mayores consideraciones; no sabe negarle nada, aunque no abdica de su soberanía. Se cree que le concederá el permiso de contraer un matrimonio de conciencia; pues teme que se condene, y aunque no le gustan los hijos ilegítimos, el infante tiene ya tres.
Había en Aranjuez una infinidad de personas que asediaban a los ministros para obtener empleos.
–Toda esa gente -me decía don Domingo- se volverá sin haber obtenido nada.
–¿Piden lo imposible?
–No piden nada determinado. "¿Qué quiere?" les pregunta el ministro.
–"Lo que Su Excelencia crea que pueda convenirme.
–"¿Pero para qué sirve?"
–"No sé. Vuestra Excelencia puede examinar mis disposiciones y darme el empleo que mejor pueda desempeñar.
–"No tengo tiempo. Márchese".
Lo mismo sucede en todas partes. Carlos III murió loco; la reina de Portugal está loca; el rey de Inglaterra lo ha estado y hay personas que pretenden que todavía no ha curado totalmente.
Diríase que hay una epidemia real, lo cual no tiene nada de extraño, porque los reyes que quieren cumplir con su deber se ven en la obligación de trabajar demasiado.
…
Fui con Ignacia y la prima suya, a ver una corrida de toros, espectáculo soberbio y bárbaro que hace las delicias de los españoles. Se ha escrito tanto sobre esas corridas, que no cansaré a mis lectores haciéndoles una descripción de la que vi. Sólo diré que es una barbarie que ha de perjudicar a las costumbres de una nación.
Las dos muchachas estaban sentadas en la primera fila de un palco, y yo detrás, en la segunda fila, algo más alta que la primera. Había ya dos señoras, y lo que me hizo reir fue la casualidad de que una de ellas era la duquesa de Villadorias. Estaba sentada delante de mí, de modo que su cabeza estaba casi entre mis pies.
Me conoció y se alegró por la casualidad que hacía que nos encontrásemos en las iglesias y las diversiones públicas; viendo luego a doña Ignacia que estaba a mi lado, me hizo en francés el elogio de su hermosura y me preguntó si era mi mujer o mi amante.
Le contesté que era una beldad por la cual suspiraba en vano. Se sonrió ella diciéndome que era muy incrédula en tal materia y volviéndose hacia la joven le dio varios consejos sobre el amor, considerándola tan sabia como ella. Terminada la corrida, como el día estaba hermoso, mi bella propuso que fuésemos al Prado, donde encontramos lo más elegante de Madrid.
Doña Ignacia, colgada de mi brazo parecía orgullosa de pasear conmigo lo que me colmaba de alegría. De pronto nos encontramos frente a frente con el embajador de Venecia y su favorito Manucci. Habían llegado de Aranjuez aquel mismo día, pero yo lo ignoraba, después de saludarnos con toda la cortesía de la educación española, el embajador me felicitó por la belleza de mi compañera. Doña Ignacia simuló no entenderlo, pero me apretó el brazo con esa delicadeza imperceptible que tan bien conocen las españolas.
Después de haber dado un corto paseo con nosotros, el señor de Moncenigo me dijo que esperaba que le daría el gusto de ir a comer con él al día siguiente y después de haberle contestado con una inclinación de cabeza a la francesa, nos separamos.
Al anochecer, después de haber tomado helados, regresamos a casa, y en el camino ciertos apretones de brazo me indicaron un cambio de actitud en Ignacia: pensé que me aguardaba la felicidad.
Encontramos al padre en el balcón. Después de haberme saludado afectuosamente, felicitó a la hija por su buen humor y por la alegría que mostraba, sin duda proporcionada por un caballero tan galante como yo.
Se quedó a comer con nosotros a mi pedido, y nos divirtió con cien anécdotas e historietas en las que desplegaba su ingenio. Pero de pronto el hombre me dijo antes de marcharse: amigo señor don Giacomo lo dejo para que disfrute de la frescura de la noche en el balcón con mi hija. Mucho celebro que la ame y le aseguro que sólo de usted dependerá ser mi yerno, cuando me haya puesto en antecedentes de poder decirle que estoy seguro de su nobleza.
Yo disimulé una sonrisa, y cuando hubo partido le dije a su hija:
–Si esto fuese posible, tendría asegurada mi felicidad, encantadora amiga mía; pero tienes que saber que en mi país sólo se llaman nobles a aquellos que tienen derecho a gobernar el Estado por nacimiento. Sería noble si hubiese nacido en España; pero no lo soy y tal como soy te adoro y espero que me hagas feliz.
–Sí amigo mío; enteramente feliz, pero yo quiero serlo contigo: ni una sola infidelidad.
–Palabra de honor, ni una sola.
–Ven, pues, corazón mío; cerremos el balcón.
–No; apaguemos las luces y quedémonos aquí un cuarto de hora. Pero dime, ¿a qué debo esta dicha que no me atrevía a esperar?
–Si dicha es, la debes a una tiranía que quería desesperarme. Dios es bueno, y no quiere, estoy segura, que yo sea mi propio verdugo. Cuando dije a mi confesor que me era imposible dejar de amarte, cómo me era imposible no cometer contigo ningún exceso de amor, me dijo que no podía tener esta confianza en mí, puesto que ya me había encontrado débil. Entonces quiso que le prometiese no volver a encontrarme contigo. "No os lo puedo prometer", le dije. Entonces se negó a darme la absolución.
"Sufrí esta afrenta por primera vez en mi vida, pero la soporté con una fuerza de ánimo que yo no hubiera sospechado en mí, y echándome en brazos de Dios, dije: Señor, hágase vuestra voluntad.
"Mientras oía misa tomé mi resolución, y mientras me ames, seré exclusivamente tuya. Cuando te vayas de España, por mi desdicha, buscaré otro confesor. Lo que me consuela es que mi conciencia está tranquila. Mi prima, a quien se lo conté todo, no vuelve de su sorpresa; pero es corta de alcances. No sabe que mi pasión por ti no es más que el extravío de un momento.
Después de estas palabras, que hubieran destruido todos mis escrúpulos, si los hubiese tenido, la conduje a mi cuarto, y por la mañana, cuando la dejé, estaba más enamorado que nunca.
…
Una indiscreción que cometí y de la cual me acuso y aún me arrepiento, cambió de pronto mi situación. Dije a un aventurero liejano, llamado el barón de Fraiture, que Manucci usaba títulos y condición falsos.
El barón vendió el secreto a Manucci, y esto bastó para que mi mayor amigo se convirtiese en mi enemigo más implacable. Inmediatamente me fueron cerradas las puertas de muchas casas donde era recibido el embajador de Venecia.
–¿Qué ha hecho a su embajador? – me preguntó el conde de Aranda en una entrevista a la que acudí cuando me llamó.
–Directamente nada, pero con una torpeza inexcusable herí el amor propio de su amigo Manucci. Hice una confidencia indiscreta, sin intención de perjudicarle, a un infeliz que ha cometido la deslealtad de vendérsela por cien pistolas. Manucci, irritado, ha lanzado contra mí al hombre que lo idolatra y de quien él hace lo que quiere.
–Ha hecho mal, pero lo hecho hecho está. Siento que lo haya perjudicado con esa imprudencia, porque ya no puede esperar que su proyecto se realice. Al tratar de ubicarlo, el rey pediría informes al embajador de Venecia.
–Lo comprendo; ¿pero debo partir?
–No. Puede quedarse en Madrid, viviendo como hasta aquí, sin obtener nada.
Esta desgracia y el agotamiento de mis recursos
me hicieron tomar la resolución de irme de Madrid. Pasé mis últimos
días, con Ignacia, deliciosas horas de placer, pero envenenado por
la pena de la inmediata separación.
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26/05/2008
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v.0.9; Mikhail Sharonov, 2006;
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