LA REVOLUCIÓN DEL TREINTA

—Hace tiempo que quería hablar con usted. Porque le digo, usando la ruda franqueza del soldado, que me preocupa mucho el rumbo que está tomando el país. Alvear se niega a intervenir la provincia de Buenos Aires y esto significa, en buen romance, que el próximo presidente será el Peludo. No lo dude, mi amigo. Usted comprenderá lo que ha de significar la vuelta al poder de ese nefasto personaje: la chusma encaramada a las más altas funciones, la demagogia a pleno con ese populacho ávido de puestos, hasta el comunismo agazapado en pos de la disolución nacional.

—¿Es para tanto, mi general?

—Lamentablemente, así es. Fíjese que los peludistas están agitando en el Congreso la bandera, de neto corte bolchevique, de la nacionalización del petróleo. Es decir que expulsarán del país a empresas tan reconocidas como la Standard Oil, la Esso, la Dutch, que trabajan seriamente y pagan al Estado buenas regalías. ¿Eso no es comunismo? No hay otro modo de verlo. Con el Peludo seguirá nuestro aislamiento en el concierto de las naciones, ya que él se negó a que el país integre la Sociedad de Ginebra. Y fíjese lo que pasa en la universidad, que es un quilombo, si me disculpa la expresión. Y bueno, lo que pasa en la universidad es culpa de Yrigoyen porque él fomentó esa espuria Reforma, pero después sucederá en todo el país. Se repetirán los vicios de la presidencia del Peludo, se intervendrán las provincias desafectas, se hará caso omiso del Congreso, se ignorará a los hombres de consejo y experiencia.

—Pero, frente a esta perspectiva tan sombría, ¿qué debemos hacer?

—Amigo capitán, ahora no hay que hacer nada. Pero sí observar muy bien la situación y, dentro de la institución, habrá que fijarse bien en los camaradas que piensan y sienten como nosotros, porque es posible que en algún momento seamos convocados por el clamor del país. Eso, y detectar también a los que no están dispuestos a acompañarnos. Por ahora, le repito, capitán, por ahora, tenemos que contarnos, numerarnos como sí estuviéramos en el cuartel, ¿comprende?”.

Al igual que en la revolución de 1890 los hechos que sucedieron en el año 30 estuvieron anunciados. En alguno de mis escritos intenté pergeñar el estado de ánimo que comenzaba a configurarse en el Ejército antes del golpe.

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El 29 de agosto la ciudad amaneció empapelada de carteles firmados por el presidente de la Liga Patriótica. Exigía la renuncia del presidente: “La renuncia o la guerra necesaria”. Al día siguiente, otros carteles signados por una Juventud Universitaria reclamaban al gobierno explicaciones sobre sus “alarmantes actividades bélicas”. Ese día trasciende que el presidente está enfermo. El 2 de septiembre, la noticia bomba: el ministro de Guerra, Luis Dellepiane renuncia a su cargo. En su dimisión, después de reafirmar su solidaridad con el presidente, denuncia que ha encontrado a su lado a “pocos leales y muchos intereses”.

Dellepiane daba en la tecla. Había seguido el hilo de la conspiración y arrestó a algunos de los jefes comprometidos, pero el presidente le ordenó dejar sin efecto esas medidas: Yrigoyen no creía que se estuviera conspirando y su vicepresidente, Enrique Martínez, así como el ministro del Interior, Elpidio González, le aseguraban que Dellepiane veía fantasmas y creaba inquietud con sus medidas. ¿Qué responsabilidad tu vieron en la indefensión del gobierno? Mucho se ha debatido sobre el tema, pero el veredicto de la historia es, en el caso más benigno, ambiguo. Lo cierto es que Martínez y González mantuvieron hasta el final una actitud sospechosamente pasiva frente a la conjura y ante la revolución misma.

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El mismo día de la renuncia de Dellepiane, Crítica publica un título a toda página: “La situación del país es una bomba que no tardará en estallar”. Las oficinas de Crítica eran el centro de reunión de los conspiradores; meses más tarde el diario de Botana sería clausurado por sus compañeros de complot…

El 3 de septiembre se realizan manifestaciones estudiantiles. Como los protestones no son muchos, se decide renovar las manifestaciones al día siguiente, con gente de todas las facultades. El 4 se reiteran los alborotos por el centro de la ciudad; frente a la Casa Rosada estalla un tiroteo y muere un joven. ¡Ya está! ¡El mártir que faltaba! Poco importa que el estudiante asesinado resulte ser un bancario radical: ahora se puede hablar de la sangre derramada.

El 5 de septiembre, Yrigoyen, que sigue afectado por un proceso gripal, delega el Poder Ejecutivo en el vicepresidente Martínez. La noticia desconcierta a todos. Ahora, con la delegación del mando, el objetivo de los conspiradores se ha logrado: el vicepresidente a cargo del Poder Ejecutivo puede descongestionar el ambiente, y de hecho lo hace, suspendiendo las cuestionadas elecciones de San Juan y Mendoza. Puede formar un nuevo gabinete, imprimir otro ritmo al gobierno, dar alguna satisfacción a la oposición.

Pero la conspiración no se detiene: hay que voltear al gobierno, no sólo a Yrigoyen. El 6 de septiembre a la madrugada, un grupo de diputados opositores se constituye en la Base de El Palomar y en Campo de Mayo para “sacar las tropas”. Los aviadores acceden pero el acantonamiento militar se declara legalista; los diputados se van, asustados por su fracaso. El único que sigue adelante es Uriburu; se instala en el Colegio Militar y logra salir a media mañana encabezando algunos centenares de cadetes y unos pocos elementos más que alcanzan a sumársele. Esta breve columna, aclamada por el veleidoso pueblo de Buenos Aires ante el estupor del país y la pasividad del resto del Ejército, será la que llegue a las seis de la tarde a la Casa Rosada, arranque la renuncia a Martínez e imponga un gobierno provisional presidido por Uriburu, preludio de una década signada por el fraude electoral y la degradación de la democracia.

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A las cinco y media de la tarde, un anciano salía de una casa del barrio de Constitución y entraba trabajosamente en un automóvil abierto. Alguien le echó encima de los hombros un sobretodo; una mujer alcanzó a llenar uno de los bolsillos del abrigo con frascos de remedios y cajas de comprimidos. Le alcanzaron un ponchito de vicuña que el anciano, con gesto cansado, puso sobre sus piernas. Dos o tres personas se acomodaron en los asientos. Todos estaban serios y callados. El automóvil arrancó, seguido de otro vehículo con algunos hombres que no disimulaban su aire de policías. Los dos automóviles enfilaron por la calle Brasil hacia el Bajo y luego giraron a la derecha. A veinte cuadras de allí, una columna militar estaba llegando a la Plaza de Mayo, en medio de la creciente aclamación de un público entusiasta.

Hipólito Yrigoyen iniciaba un camino que no lo traería de vuelta a Buenos Aires sino hasta un año y medio más tarde, después de un penoso confinamiento en la isla Martín García. Era el primer presidente constitucional derrocado por una revolución triunfante, esa tarde del 6 de septiembre de 1930.

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Yrigoyen quedó confinado en el islote de Martín García, sujeto a un régimen de prisión atenuada. Al principio estuvo solo; más tarde se logró que su hija Elena pudiera pasar también a la isla para velarlo; con ella fue la señorita Isabel Menéndez, amiga de ella y secretaria del ex presidente desde hacía varios años. Tiempo después también se lo trasladó allí a don Elpidio González. Su sobrino tenía permiso para visitarlo una vez por semana, y a veces viajaba con el doctor Guardo, su dentista, quien con el pretexto de hacerle algún pequeño arreglo dental distraía al prisionero con noticias y comentarios, y servía a la vez de mensajero para los amigos. Todas las entrevistas con personas del exterior debían hacerse en presencia de los oficiales de la Marina a cuyo cargo estaba la isla, o de los pequeños que venían con los visitantes.

Vivía en una pequeña casa. Disponía de unas diez manzanas de terreno para pasear, pero debía hacerlo acompañado siempre de un oficial. Sufría mucho por el clima y le molestaban hasta el espeluzno los bichos que abundaban: ratas, cucarachas y otras alimañas de esa laya. Sus quejas al respecto eran tomadas un poco en solfa por el jefe de la isla, que aseguraba que el preso exageraba enormemente la cantidad y las dimensiones del bicherío; pero su venganza ocurrió el día que al propio jefe lo mordió en la mano una rata. Entonces Yrigoyen mandaba puntualmente todas las mañanas a preguntar al jefe “cómo seguía de la mordedura de la rata”, sin perdonarlo un día…

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Esta ruptura institucional puso en marcha un sistema político basado en la corrupción y el fraude electoral. Sin embargo, seis meses después de la caída de Yrigoyen, el gobierno de Uriburu, que durará sólo dos años, convocó a elecciones en la provincia de Buenos Aires como parte de un plan político consistente en ir abriendo gradualmente los comicios, en la seguridad de que el radicalismo, caído y desprestigiado como estaba, con sus principales jefes presos o desterrados, haría un desairado papel en las elecciones. Esto permitiría ir armando el mapa político para una solución constitucional que tuviera garantías para los revolucionarios, que fuera una solución conservadora en general o una solución radical antipersonalista. El 5 de abril de 1931 inesperadamente triunfa el radicalismo en la provincia de Buenos Aires. Con posterioridad ostas elecciones se anulan. Pero este triunfo del radicalismo de alguna manera fue prefigurando el fraude electoral que caracterizó toda la década posterior. Las fuerzas de la Concordancia que habían armado el esquema político que sostenía al gobierno de Justo no podían gobernar si no se basaban en el fraude electoral. Al principio se realizaba en una forma atenuada, en los primeros años, cuando el radicalismo no participaba en las elecciones. Luego se orquesta un fraude escandaloso, cuando el radicalismo levanta la abstención a partir de 1935 —realmente era una posición que no tenía salida, desembocaba en quién sabe qué caminos para el radicalismo—, se presenta a elecciones, y gana incluso en algunas provincias, en Córdoba con Amadeo Sabatini, en Entre Ríos, en Jujuy con posterioridad.

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Descansaba ya el viejo luchador. Tendido sobre el ataúd, amortajado con el hábito dominico, dormía su último sueño ante la mirada afligida y numerosa del pueblo que desfilaba interminablemente.

Tres días fueron de desfile. Para puntualizar mejor lo que tenía el homenaje de cosa espontánea, popular, la familia rechazó los honores oficiales que el gobierno decretara. Se había pedido que dejaran hacer el velatorio en una plaza o en una iglesia; ambiente de ágora o de templo requerían los honores de este cadáver, pero el gobierno había denegado la autorización. Miles de argentinos venían a velarlo desde las selvas boreales, desde las montañas cuyanas, desde los valles norteños, desde las pampas bonaerenses. Oyhanarte, su hijo casi, regresaba del exilio para dejarse tomar preso, con la condición de que le dejaran asistir al entierro.

Algunos planearon torcer el rumbo de la procesión cívica y llevarla con su yerta bandera al (Vente a tomar la Casa Rosada. Habría sido estremecedor este triunfo póstumo: el viejo Cid ganando batallas después de muerto…

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El abril de 1931, las fuerzas conservadoras provinciales, abandonando su vieja tradición de autonomía local, se habían constituido como Partido Demócrata Nacional; en julio su convención invita a las fuerzas afines a una “concordancia” con candidatos comunes; el 16 de setiembre los conservadores proclaman a Justo como candidato a presidente y a Julio A. Roca, el hijo del general, a vicepresidente. Cuatro días atrás, los “radicales del Castelar” anuncian su apoyo a Justo, con Eduardo Laurencena como compañero de fórmula; al renunciar este prestigioso dirigente entrerriano, lo sustituyen por el constitucionalista José Nicolás Matienzo. Finalmente los socialistas independientes, liderados por Antonio Di Tomaso, levantan también el nombre de Justo. He aquí, pues, armada la “Concordancia”: el viejo partido conservador fraguando el entendimiento con los disidentes del radicalismo y los que desde 1925 lo eran del socialismo. Un invento político que reedita el frente antiyrigoyenista de 1928 y cuya fuerza es indiscutible en algunos distritos, pero que no puede obtener la mayoría del electorado en elecciones limpias.

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La crisis del ’29 desatada en los Estados Unidos golpeó a los sectores sociales más desprotegidos. Pero también significó una modificación en la organización productiva nacional. Hay un problema económico-social derivado de la gran crisis que sacude al mundo desde 1928 y que, en ondas concéntricas, va a alterar no solamente la vida y la forma de producción en Europa y en Estados Unidos, sino que va a crear una serie de barreras y trabas aduaneras en el orden internacional. En la Argentina, como los que toman el poder desde 1930 representan tradicionales intereses, harán lo posible para que la crisis repercuta, no sobre ellos sino sobre los hombros de la mayoría de la población. Crearon juntas reguladoras de la producción, abdicando de su viejo pensamiento liberal, como el que caracterizaba al conservadorismo, y crearon un Estado muy dirigista, que tuvo su vigencia en la década de los treinta. Junta de regulación de la carne, que después será la CAP, junta de regulación del algodón, de la yerba mate, del vino, etcétera; prácticamente todos los sectores importantes de las provincias argentinas fueron regulados por estas juntas que estaban designadas por el Estado con representación de los productores. Se crea el Banco Central como un organismo regulador de la moneda y del crédito; se crea el Instituto Movilizador de Créditos Bancarios para ir sacándoles a los bancos los incobrables que les habían dejado los deudores, generalmente vinculados a latifundistas de la pampa húmeda y que, al ser movilizados por el instituto, iban liquidándose de una forma menos brutal, más pacífica.

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El sistema de fraude tenía una extraña característica: permitía la libre expresión política durante los meses previos a las elecciones, pero en los momentos electorales se cometían los más escandalosos atropellos. Se hace necesario, para el gobierno y para la coalición gobernante, montar un aparato de fraude electoral permanente que se traduce en una paradoja que fue muy señalada por los observadores de la época. Durante todo el año había un estado de libertad bastante amplio en cuanto posibilidades de expresión, reunión, manifestación de las opiniones; la minoría opositora se manifestaba en el Congreso a través de sus representantes, incluso llegó a tener mayoría en la cámara de Diputados. Pero el día de las elecciones se cometían todo tipo de tropelías y todo tipo de ardides electorales, desde la expulsión de los fiscales que representaban a los partidos opositores de las mesas electorales hasta el cambio de urnas, la votación de personajes inexistentes o ciudadanos fallecidos; en fin, todos los trucos y las mañas que se podían emplear.

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Así fue la política oligárquica bajo el gobierno de Justo, carente de toda coherencia y con una única lealtad: la prestada a sus propios intereses. Como Fausto, lo ofrecía todo con tal de prolongarse un instante más. Estaban dadas todas las condiciones para que la dependencia del país se mantuviera indefinidamente sobre la pobreza popular y la atrofia de sus posibilidades. Si ello no ocurrió en última instancia fue porque el plan no se cumplió totalmente en virtud de una instintiva resistencia popular y porque el estallido de la guerra, en 1939, modificó esencialmente el panorama económico del país.

Pero se había hecho lo posible para que el estado colonial subsistiera sin término. Sin embargo, no hay que equivocarse, la entrega no había ocurrido porque la oligarquía fuera esencialmente antipatriótica o corrompida. A ningún grupo social le place entregar a otros poderes la dominación que ejerce sobre un país. Más que expresiones de una voluntad de enfeudamiento, los actos que nos fueron llevando al “estatuto de coloniaje” tradujeron un egoísmo torpe, una absoluta insensibilidad, una falta de solidaridad social y carencia de sentido estratégico. Faltó a la oligarquía de esos años fe en el país y en su propia misión de clase dirigente. Y también le faltó la astucia de castas similares que en otros países renunciaron a determinados privilegios para salvar los más importantes, o la grandeza de quienes cerraron elegantemente su ciclo para dar paso a nuevas realidades económicas y sociales.

Le faltó visión y generosidad. La oligarquía ya no era esa fuerza conservadora que había jugado otrora un papel en la consolidación de la nacionalidad, transmitiendo vivencias consustanciadas con un origen legítimo de la Patria. Ahora era simplemente una casta inescrupulosa y egoísta, que estaba dispuesta a entregar todo con tal de salvarse ella.

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Pero aunque Fausto ofreciera todo, el tiempo no se detenía. El fin era cuestión de unos pocos años más.

¿Qué pasaba en la Argentina? El auge del pistolerismo, la explotación del juego que motivaba en Buenos Aires crisis ministeriales o renuncias de diputados, la desembozada trata de blancas, todo era un reflejo de un estado de cosas basado en la inmoralidad, en una total subversión de valores. Faltaba fe en las propias posibilidades. La crisis de los treinta, prolongada por la oligarquía, había asestado un duro golpe a ese optimismo característico de nuestro pueblo. Dios ya no era criollo, había que salir de “la mala” de cualquier forma.

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El gobierno de Justo era pública y notoriamente un ladrón de la voluntad popular. “Bendito sea el fraude”, decía un diputado conservador en pleno Congreso. Fresco sostenía que el voto secreto minaba las virtudes viriles de nuestro pueblo. Caras y Caretas glosaba cada escamoteo electoral con una chistosa caricatura. Si robar votos era simplemente “meter la mula”, era cosa de vivos, entonces no había sino una diferencia de grado con el secuestro de chicos o los espectaculares asaltos que protagonizaron por entonces Caprioli, “Male Cocido”, Chicho Chico o el “Pibe Cabeza”… Todo estaba permitido: la entrega de nuestra economía, las palabras vergonzosas de un Roca, un Leguizamón o un Pinedo, el asesinato de Bordabehere, los matones de Fresco, el caloteo de urnas y las designaciones “a dedo” de gobernadores, tanto como ese imperio suburbano de Barceló, hecho de quiniela y puterío, o los escándalos de El Palomar, de los colectivos, de los niños cantores…

El estado colonial en el que vivía el país era tema “tabú”, como lo era la miseria de los pueblos agonizantes del interior, el aterrador porcentaje de inaptos para el servicio militar o los clandestinos motivos de juego y repartija.

Así iba terminando su presidencia el general Justo. Había permitido, tolerado, alentado un falseamiento total del país en todos los órdenes, En compensación, trató de hacer buena administración, construir algunos caminos y realizar algunas obras públicas. Pero ¿quién podría reconstruir los valores destruidos? ¿Quién instauraría el honor donde había reinado el cinismo? ¿Quién restauraría la fe popular cuando se había engañado sistemáticamente? ¿Quién brindaría palabras veraces, si ya era común la suma canallada siguiendo a las solemnes promesas?

Terminaba el gobierno de Justo. La trágica muerte de su hijo, en enero de 1938, lo rodeó por un momento de alguna compasión, ya que no de afecto ni respeto. El 20 de febrero entregó las insignias del poder y se fue a tejer su próxima presidencia. Creía ser el tercero en la serie de los grandes generales presidentes.

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En mayo 1933 se firma el controversial Tratado Roca-Runciman como parte de las medidas económicas que venía impulsando Federico Pinedo. Era un pacto que aseguraba a algunos estancieros argentinos, a algunos invernadores, a algunos productores de carne en los niveles más sofisticados, un mercado más o menos garantizado en Inglaterra, a cambio de lo cual la Argentina, a su vez, garantizaba a los capitales británicos radicados en nuestro país un tratamiento benévolo en el terreno legal en materia de control de cambios. Este pacto, sobre el cual se han escrito bibliotecas enteras a favor o en contra —lo cual demuestra que su análisis no es materia simple—, fue bastante complejo, significó el último intento de las clases tradicionales argentinas de seguir atando el destino económico de nuestro país a su viejo socio Gran Bretaña, que ya no tenía la capacidad de metrópoli ni la capacidad de producción industrial y de consumo que había tenido antaño; y además Gran Bretaña —en la década de los treinta y tal vez en previsión de una guerra que ya se veía venir— privilegiaba la propia relación con sus dominios, y no con países terceros, como era el caso de la Argentina. Este contexto explica la famosa frase, la infeliz frase que pronunció el vicepresidente Julio A. Roca, hijo del presidente argentino, negociador principal del tan criticado pacto Roca-Runciman, y padre de una frase desdichada o mal dicha o dicha en un mal momento, que traducía un pensamiento muy inteligente. Roca hijo se expresó diciendo que la Argentina, por sus lazos con Gran Bretaña, debía ser considerada como un dominio británico, es decir, puesto a la altura del Canadá, la Unión Sudafricana o la India. Lo que quería decir Roca era que las preferencias que Gran Bretaña otorgaba a sus dominios en cuanto al comercio debían ser extendidas a la Argentina, porque también los vínculos de la Argentina con la metrópoli eran muy grandes.

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El pacto Roca-Runciman formó parte del paquete de medidas destinadas a superar la crisis. Significó para nuestro país una gran desocupación, cosa que no se había visto antes, también una gran miseria entre las clases populares, al mismo tiempo que una defensa muy acendrada del valor de la moneda: el peso de 1928 valía exactamente lo mismo que el peso de 1935; lo que sucede es que conseguir ese peso daba realmente mucho trabajo, como bien lo expresa la ranchera de esa época: “Dónde hay un mango, viejo Gómez…” Pero fue una manera inteligente y coherente de sortear esa crisis que afectó a todo el mundo como tormentosa vigilia en las vísperas de la guerra mundial. Luego, la industria armamentista, en el caso de Estados Unidos, de Gran Bretaña, de Francia, empieza a dar trabajo a esos desocupados en paro forzoso. En Alemania la industria armamentista y las grandes obras públicas eran emprendidas por el régimen nazi. Fue una crisis que no se supo cómo ni cuándo terminó, pero cuando estalló la guerra mundial ya estaba prácticamente diluida, y en nuestro país antes que en otros.

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Esta crisis económica también se tradujo en un malestar que después fue pasando, indudablemente, pero que dejó algunas enseñanzas para los sectores populares. Para la sociedad quedó en claro el hecho de que, cuando son las clases dominantes las que manejan los resortes del poder económico, las consecuencias en la economía van a caer sobre los hombros de los sectores populares y no sobre todos los sectores.

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Las influencias de las ideologías totalitarias comenzaban a tener eco en los medios militares. Además, los sectores castrenses habían dejado de desenvolverse en los cuarteles para incursionar con algún éxito en la vida política nacional. En la Argentina, desde 1890-93, cuando el ejército reprime la Revolución del Parque y las otras revoluciones radicales, incluso la de 1905 —al decir “ejército” digo Fuerzas Armadas—, se habían mantenido en una posición política de prescindencia, de subordinación al poder civil, y los dirigentes habían tratado de acentuar característica: sacar el ejército de la órbita de la política y mantenerlo en un plano absolutamente profesional.

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En la década de 1930 empiezan a ocurrir algunas circunstancias nuevas dentro del Ejército. En primer lugar, hay un grupo de oficiales que tiene una gran admiración por la capacidad militar de una Alemania que había estado derrotada, hasta hacía poco tiempo, y que sin embargo era capaz de poner en marcha un aparato militar que le permitía, por ejemplo, ese verdadero milagro bélico que fue la campaña de Francia, que en un mes acaba con el ejército considerado como el mejor de Europa. Muchos militares argentinos miraban con admiración eso y no dejaban de trasladar esa admiración al régimen político que había hecho posible esta capacidad profesional en los ejércitos de los países totalitarios. En segundo lugar, había otros militares que, sin ser estrictamente muy democráticos, veían con repugnancia el espectáculo del fraude y se preguntaban hasta qué punto y hasta cuándo el ejército tendría que seguir homologando, aunque fuera con su silencio, estas formas totalmente pervertidas de la democracia que se vivían cada año o cada dos años de manera realmente muy escandalosa. Y había muchos que participaban de ese pensamiento del falangismo español, el nacionalsocialismo de Hitler, el fascismo mussoliniano, y que aquí había tenido sus precursores como Leopoldo Lugones, y que en la década del 30 también consideraban la posibilidad de dejar de lado el modelo de la democracia fraudulenta que se estaba viviendo y sustituirlo por una sociedad donde las cosas fueran mucho más claras y donde los líderes mandaran realmente por encima de intermediarios molestos como el Congreso, valga la sutileza. Todo esto se da además en el marco de la enfermedad de Ortiz, del ascenso de Castillo y de algunos sucesos que hicieron mucho daño a la democracia y a la dirigencia política.

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El gobierno de Ortiz, que comienza en 1938, intenta abrir el juego democrático para terminar con el sistema de fraude. Roberto M. Ortiz, radical antipersonalista, ministro de Hacienda de Justo, llega a la presidencia por intermedio de un gigantesco fraude electoral. Pero Ortiz es un hombre que entiende que no se puede seguir gobernando con el fraude y entonces intenta una política de saneamiento; es decir, se arrepiente de sus orígenes y empieza a tratar de poner orden en los aspectos electorales. Incluso llega a intervenir Catamarca, la provincia de origen de su vicepresidente Castillo, donde había habido fraudes realmente escandalosos, y hace lo mismo en 1940 con la provincia de Buenos Aires, que era el eje de todo el esquema electoral, y donde gobernaba una curiosa expresión de la ultraderecha conservadora: Manuel Fresco, un dinámico, jactancioso, atropellador, médico de los ferrocarriles ingleses que se había convertido en líder de los núcleos nacionalistas crecidos en el amor a los regímenes totalitarios europeos. Admiraba al Duce y había hecho del fraude electoral una máquina incontrastable: la afrenta del voto cantado, la agresión a los opositores, el vuelco de padrones, la sustitución de urnas, el compadraje presionando a los ciudadanos, todas las variantes de la picardía destinadas a trucar los comicios fueron usadas por Fresco. A cambio de estas gabelas, nada inofensivas por cierto, hizo una copiosa obra pública, proveyó de pérgolas a las plazas de la provincia, construyó caminos y edificios administrativos e impuso por decreto la religión católica en las escuelas. Sus desbordes se habían convertido en el símbolo de la corrupción política. Denunciábanse sus persecuciones a las cooperativas eléctricas, se marcaban sus complicidades en el mundo de la delincuencia que señoreaba Barceló y existía una miríada de quejas por la proliferación de los juegos de azar y la prostitución explotada por la maquinaria oficialista.

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En el momento menos indicado Ortiz se enfermó y tuvo que delegar el gobierno en Castillo. Ortiz era un hombre de mala salud, diabético, y de pronto hace crisis esta enfermedad y queda virtualmente ciego. Tiene que delegar el mando en su vicepresidente, pero Castillo tiene otra concepción totalmente distinta: no le importa el fraude electoral. Entiende que no se puede gobernar de otra manera; es un conservador de la vieja escuela, del interior, acostumbrado a un manejo patriarcal de la política, y entonces, para él, el país debe ser manejado por un grupo esclarecido, de gente surgida de las clases altas. La única manera para manejar el país es montar un sistema de fraude electoral permanente. Y Castillo termina con los intentos renovadores o saneadores de Ortiz y convalida todas las prácticas fraudulentas: esto produce un gran deterioro en la percepción democrática del electorado argentino y de la ciudadanía en general. El daño era irreparable.