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Octava Semana

EL desconocido iba tan despacio que Ana comenzaba a pensar que la había descubierto. No tardó mucho en darle alcance y tenía que andar con sumo cuidado para no ser vista ni hacer ningún ruido que pudiera delatarla. ¿Por qué iba andando tan despacio? De vez en cuando daba alguna patadita a una piedra del camino. Cualquiera diría que estaba decepcionado por no haberla visto. Lo cierto era que aquella idea le resultaba muy halagadora.

Después de caminar un buen trecho llegaron a un claro en el bosque, donde Ana observó cómo había estacionada una furgoneta de color oscuro. Apenas se podía ver ya, el sol se había puesto hacía ya un rato y cada vez había menos luz, por lo que no pudo distinguir lo que ponía en las letras que llevaba impresas. Posiblemente era el logo y el nombre de alguna empresa. Ya sabía algo más sobre aquel desconocido.

Lamentó que no podría seguirlo más porque ella no disponía de ningún otro vehículo. Barajó la posibilidad de salir de su escondite y preguntarle varias cosas, pero la prudencia pudo más y decidió seguir escondida, algo de lo que no se arrepintió más tarde.

El chico subió en la furgoneta y la puso en marcha. La cara de Ana cambió al mismo tiempo que el chico ponía en marcha las luces de la furgoneta. Ahora podía ver perfectamente la placa de matrícula trasera: “237 FFA” No necesitaba nada más, con ese dato tenía lo suficiente para localizar aquel vehículo. Ana reía sola mientras veía alejarse la furgoneta por un carril de tierra que conduciría hasta la carretera principal.

—Te tengo... —se dijo a sí misma en voz alta.

Regresó a casa lo más rápido que pudo, se había hecho bastante tarde, y el camino de regreso se le hizo muy corto al no poder dejar de pensar en aquel desconocido. Cuando llegó al porche de entrada se encontró a su padre con cara de preocupación, y no le dio tiempo ni a preguntarle qué era lo que le pasaba, su padre se adelantó.

—¿Dónde estabas metida a estas horas, Ana? ¿No ves lo tarde que es?

—Lo siento, papá, salí a dar una vuelta y al final se me hizo tarde.

—Nos tenías ya preocupados, podías haber dicho a dónde ibas, o al menos que ibas a salir, ¿no?

—Ya he dicho que lo siento, papá. Necesitaba salir a dar una vuelta y desconectar un poco. No te preocupes.

—A veces no te entiendo, hija. Hace poco montas un lío de narices haciendo venir al sheriff, y ahora no te asusta estar por ahí a estas horas...

—¡Papá! No mezcles cosas

—Bueno, no me apetece discutir contigo, pasa dentro que tu madre está preocupada. Y la próxima vez al menos avísanos, ¿vale?

—Vale, lo haré. Podéis estar tranquilos.

Después de la reprimenda de su padre vino otra similar por parte de su madre. Mientras la escuchaba pensó que exageraban un poco con todo el asunto, pero al hacerlo más fríamente se dio cuenta de que llevaban razón, quizás no fue una gran idea el irse tan tarde al lago, y eso que no les dijo nada sobre el hecho de que no estuvo sola y además persiguió por el bosque a un desconocido. En realidad sí que había sido un poco temeraria. No podía reprocharles nada a sus padres.

La cena al final resultó ser un tanto incómoda porque a nadie le apetecía sacar ningún tema, y el mutismo presidió toda la velada, interrumpido un par de veces para preguntarle cómo llevaba la preparación de los exámenes. Sin duda, lo mejor de la cena fue el momento en que terminó el postre, recogió sus platos y subió a su habitación para continuar con el estudio.

¡El chico! ¡Se había olvidado completamente del chico! Por extraño que pareciese, entre sermones, reprimendas, silencios incómodos y demás, se le había ido de la mente aquel desconocido, y no podía ni quería dejar pasar aquella ocasión que se le brindaba para descubrir su identidad. Sin pensárselo dos veces cogió su teléfono y marcó el número de Angy. Un tono, dos, tres...

—¡Aló, mon petit...!

—¿Angy? ¿Eres tú?

—¿Es que ya ni me conoces o qué? —Angy reía al otro lado del aparato.

—Deja de decir tonterías... Tengo que preguntarte una cosa.

—Pregunta entonces.

—Tu tío Edward trabaja para el sheriff, ¿no?

—Sí... ¿por...?

—Quiero que le preguntes si me haría un favor.

—¿Un favor? ¿En qué lio andas, Ana.?

—No ando en ningún lio... Pero ¿sabes? Tengo el número de matrícula de la furgoneta de mi admirador secreto....

—¡Cómo! ¿En serio? Pero... ¿Cómo...? ¿Cuándo...?

—Esta noche fui al teatro más tarde de lo habitual y allí estaba... No creo que esperase que fuese a esas horas... Y lo seguí, sin que me viese, hasta su furgoneta, y he anotado su matrícula...

—¡Que hiciste qué! ¿Y si te hubiera pasado algo? ¿Y si te descubre? ¡Ana! ¡No sabemos nada de ese desconocido!

—¡Angy, por dios! ¡Pareces mis padres!

—Vale, vale...

—El caso es que tengo el número de placa, y me preguntaba si tu tío podría ayudarme y decirme a quién pertenece.

—No sé, Ana, no creo que eso entre dentro de su trabajo, pero a su sobrina favorita no podrá decirle que no. —de nuevo se escuchó reír a Angy—.Dame el número y mañana por la mañana se lo doy.

—¡Te quiero, Angy! ¡Eres fantástica!

—Ya lo sé, Ana, ya lo sé.

—Y modesta también, y modesta también... —las dos chicas comenzaron a reírse a carcajadas—.Déjate de tonterías, anda, y anota.

—¡Anoto!

—Dos. Tres. Siete. Efe. Efe. A. ¿Lo tienes?

—Dos. Tres. Siete. Efe. Efe. A...

—¡Correcto! Muchas gracias, Angy, de verdad.

—No hay de qué, Ana. Mañana te digo algo, ¿vale?

—Vale. Que tengas buena noche de estudio, Angy.

—Gracias. Tú también, aunque no te haga falta. Buenas noches.

—Buenas noches, Angy.

A la mañana siguiente su madre la despertó temprano y se sentó en la cama a su lado.

—Cariño, tu padre y yo nos vamos al trabajo. ¿Podrías hacerme un favor esta mañana?

—Cla, claro, mamá —dijo todavía adormilada y con los ojos medio cerrados aún —.Dime.

—Necesito que te acerques al pueblo a recoger un collar que dejé para reparar en la joyería. Lo necesito para mañana por la noche y esta mañana nos es imposible pasar a recogerlo. ¿Te importaría acercarte? En el salón te dejo dinero para el taxi, ¿vale?

—Vale, mamá, luego me acercaré.

—Gracias cariño —dijo Anabeth dando un beso en la frente a su hija y levantándose para salir de la habitación.

—Mamá...

—Dime, hija —contestó deteniéndose y girándose hacia Ana.

—Si tuviera coche no tendría que ir en taxi... —dijo Ana con su sonrisa más irónica.

—Muy sutil, hija... — La Señora Lane sonreía —Ya hablaremos de eso más adelante. Hasta luego, cariño.

—Hasta luego, mamá.

Ana se desperezó en la cama estirando todo su cuerpo hasta el máximo, tiró las sábanas al suelo y lanzó un bostezo que parecía no tener fin. No tenía ninguna gana de ir al pueblo, pero no le quedaba más remedio, y cuanto antes hiciera el recado que le había dejado su madre, antes estaría de regreso para ponerse a estudiar el resto del día. Y había otra razón más: la joyería estaba al lado de la oficina del sheriff y podría aprovechar para pasar y preguntarle al tío de Angy si había averiguado algo sobre la furgoneta y su dueño.

Tras ducharse, vestirse y desayunar, cogió el teléfono y pidió un taxi, que no tardó en llegar más de seis o siete minutos. En apenas una hora desde que se levantó, ya estaba dentro de la joyería. Había varios clientes dentro.

—Buenos días —saludó Ana al entrar.

—Buenos días, ¿qué deseaba? —contestó primero el dependiente de la joyería. Acto seguido saludaron los clientes.

—Venía a recoger un collar que dejó la Señora Lane la semana pasada.

—Ah, sí, nos dijo que vendría a por él su hija. Tú debes de ser Ana, ¿verdad?

—Así es. —Ana devolvió una sonrisa.

—En cinco minutos estoy contigo, ¿vale?

—No hay prisa.

Ana se acercó al escaparate. Desde ahí no se podía ver la comisaría, pero se notaba que estaba al lado porque había un par de coches patrulla estacionados en la acera. En cuanto tuviese el collar de su madre iría a preguntarle a Edward. Lo más seguro es que Angy aún no le hubiera dicho nada a su tío, a menos que lo hubiera llamado la noche anterior, lo cual no era muy probable, así que sería ella quien le pidiera el favor. En esas estaba cuando vio llegar una furgoneta muy parecida a la que vio la noche anterior. Aparcó junto a la acera de enfrente. No podía ver la matrícula, y tampoco al conductor. Se quedó mirando con detenimiento, esperando a que el conductor se bajase. El corazón comenzó a acelerarse. No sabría qué hacer si fuera el desconocido que ella creía.

Poco duró la emoción porque fue rescatada de su ensimismamiento por el joyero.

—Señorita Lane, aquí tiene el collar de su madre.

Ana se apartó del escaparate y se dirigió hacia el mostrador. El joyero seguía hablándole.

—Dígale a su madre que no ha sido fácil, pero que ha quedado magnífico, no hay apenas diferencia a como cuando estaba nuevo —dijo el dependiente en un tono orgulloso que denotaba su satisfacción por un trabajo bien realizado.

—Se lo diré. Muchas gracias.

Ana cogió la cajita con el collar y lo guardó en su bolso. Hora de ir a ver al tío de Angy. Al salir miró de nuevo hacia la furgoneta. Ahora se fijó mejor en ella. Era una vieja y destartalada Volkswagen dedicada al reparto de flores. El logotipo era el de la floristería que había al lado de donde había estacionado. Ya no estaba el conductor. Cuando comenzó a caminar en dirección a la oficina del sheriff giró de nuevo la cabeza y entonces el corazón sí que le pegó un vuelco. ¡Era la misma placa de matrícula! ¡Aquella era la furgoneta del desconocido! Ana se ocultó tras un árbol y esperó. Esperó hasta que el chico salió de la tienda. Llevaba varios ramos de flores, unas cuantas cestas decoradas, los tulipanes... ¡Ahora todo encajaba! ¡Estaba claro! ¡Aquel era su chico misterioso! El muchacho cargó la furgoneta, se subió a ella y se marchó. En el escaparate de la floristería había un número de teléfono a todo color y en letras muy llamativas. Ana sacó su móvil del bolso y marcó el número. Una amable señora contestó al otro lado del teléfono:

—Flores para todos, ¿en qué puedo ayudarle?

—Buenos días. —El nombre era original, pensó Ana. —Quisiera hacerle una pregunta, si es tan amable.

—No hay problema, pregunte, pregunte.

—Quisiera saber a qué hora terminan el reparto.

—Pues depende de los pedidos, pero normalmente nuestro repartidor trabaja hasta las cinco de la tarde.

—Muchas gracias, señora. Llamaré en unos días para hacer un encargo.—No le gustaba mentir, pero tampoco le gustaba quedar mal.

—Cuando usted quiera, señorita. Gracias por llamar.

—Hasta luego.

Ana buscó un taxi y regresó a casa. Le costó muchísimo concentrarse para estudiar, no dejaba de pensar en el muchacho. ¡Por fin lo había descubierto! Ahora era ella la que llevaba las riendas, y por la tarde volvería al pueblo para averiguar más sobre aquel chico.

Las horas pasaron lentamente, muy despacio hasta la hora de almorzar. Cuando estuvieron los tres sentados a la mesa la madre de Ana le preguntó.

—¿Recogiste el collar?.

—No lo tenían listo aún, me dijeron que pasara esta tarde si no era mucha molestia. —y otra nueva mentira más... —Les he dicho que no me importaba. Luego iré a por él.

—No importa, cariño, que se acerque tu padre luego. —Anabeth vio torcerse el gesto de su marido —¿No te parece bien, mi amor?

—Esta tarde tenía pensado arreglar las maderas sueltas del porche. —contestó Michael.

—Que voy yo, mamá, además, tengo que ir a la papelería para fotocopiar unas cosas. No te preocupes.

—Vale, hija. y puedes llevarte el coche ya que tu padre no lo necesita.

Ana sonrió. Eso sí que era una sorpresa.

Faltaban unos quince minutos para las cinco de la tarde y Ana estaba al principio de la calle, dentro del coche de su padre y esperando a que asomara aquella furgoneta. El plan era sencillo: seguir al chico.

Con puntualidad británica apareció la furgoneta por el otro extremo de la calle y estacionó en frente de la tienda. El chico bajó del vehículo y entró en el establecimiento. Varios minutos más tarde salió de nuevo y cruzó la calle para entrar en un taller cercano. ¿Tendría el coche averiado? Pensó que si así era ella misma podría acercarlo a su casa. Sería la mejor forma de descubrir dónde vivía y sobre todo, quién diablos era.

Al poco se oyó arrancar un motor, pero no le pareció que fuese el de un coche. Una moto customizada salió por el portón del taller. ¡No tenía coche sino moto! Otra sorpresa más. A Ana le encantaban las motos, tanto que si le dieran a elegir entre comprarse un coche o una moto, sin duda elegiría la segunda opción.

El muchacho se despidió de los mecánicos y entró en la calle principal. Ana arrancó el coche y se incorporó a la misma. Trataría de seguirlo a una distancia prudencial sin perderlo de vista. En un principio pensó que no tardaría en desaparecer, pero la fortuna quiso que siguiera en línea recta y no tomara ninguna de las calles transversales. Siguió de frente hasta casi el final de la calle hasta que se apartó y detuvo la moto junto a la acera. Ana aparcó unos coches más atrás. Observó como entraba en un pequeño hostal. «¿Se hospedaba en un hostal?».

Esperó un buen rato, y cuando le quedó claro que ya no iba a salir, dio por confirmada la teoría de que estaba viviendo en ese hostal, arrancó el coche y volvió a casa.