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Cuarta Semana

LOS exámenes cada vez estaban más cerca. No es que se estuviera poniendo nerviosa, pero estaba algo intranquila, quizá por los exámenes, quizá por lo de las notitas, pero no estaba como tendría que estar. Era como si esa sensación que tenía todas las mañanas frente al espejo fuera en aumento, como si algo fuera a ocurrir. Sentía que estaba cerca de completar el puzle.

Aquel día amaneció lloviendo a mares. Iba a ser un día de perros. Toda la mañana encerrada en casa y por la tarde en clase. Le agradaban los días de lluvia, aunque no le gustaba que lo hiciese todo el día, con unas horas bastaba, ya que condicionaba que no pudiera salir a pasear, salir a su teatro, o a hacer ejercicio.

Pasó la mañana entera estudiando y haciendo resúmenes y cuando se marchó a clases había dejado de llover momentáneamente, lo que hizo que Ana se olvidase el paraguas en casa. Las clases de esa tarde fueron más aburridas de lo habitual, las horas se hicieron eternas hasta que sonó el timbre que les daba la libertad. Angy la esperaba a la salida de la facultad.

Llovía a cántaros. Hacía mucho tiempo que no había una tormenta de aquella envergadura en la ciudad. Nadie estaba acostumbrado, y por consiguiente, nadie estaba preparado.

En eso pensaba Ana en aquellos instantes, a la vez que se sentía afortunada y agradecida por tener una amiga como Angy, y que además llevaba un bonito paraguas con motivos de Hello Kitty. Tampoco es que fuese de mucha utilidad con aquel temporal, pero al menos evitaba que se empaparan por completo.

Caía tal cantidad de agua que parecía el diluvio universal. Ya llevaba los pantalones y los zapatos chorreando, y el jersey había absorbido tanta agua que comenzaba a calarle hasta los huesos.

Angy miró a su amiga fijamente y cuando Ana le devolvió la mirada, soltó una gran carcajada.

—¿Y tú de qué te ríes? —inquirió molesta.

—De nada, de nada. Es que si te vieras los pelos que llevas...

—Ja, ja, ja. Qué graciosa eres...

Ana era consciente de que cuando llovía o la humedad era más que notable, su cabello se tornaba algo así como el del capitán cavernícola: una desbandada de cabellos sin sentido ni orden. Lo sabía y no le gustaba. Sin embargo no pudo evitar soltar una carcajada mientras volvía la vista al frente.

—Todo me queda bien.

Angy reía cada vez más, estaba a punto de que le diera otro de sus escandalosos ataques de risa mientras no quitaba ojo a su amiga.

Ana era una chica muy bonita, a pesar de que parecía querer esconder aquellos atributos que había recibido. Detestaba destacar, no se maquillaba salvo en raras ocasiones, vestía con recato, y siempre pasaba el período invernal con uno de sus gorros en la cabeza. Ella decía que le daba un toque de la Bohême français parisien.

Empezaban a sentir frío y el bus no llegaba. Al menos llevaban catorce o quince minutos allí, a un par de metros de la calzada, de pie, soportando de manera estoica aquella tormenta. A su lado había tres personas más: un matrimonio bajito y un anciano con su perrito en brazos. En pleno siglo XXI y aún había paradas de bus sin una pobre marquesina para guarecerse de las inclemencias del tiempo.

Ana suspiró resignada, y observó, en la acera de enfrente, un muchacho que caminaba dando un paseo bajo el aguacero que caía. No podía distinguirlo con nitidez por culpa del manto de lluvia, pero se advertía que llevaba unos jeans, camiseta corta y unas converse. “Muy de modelo el chaval” pensó Ana.

El chico se detuvo bruscamente en mitad de la acera y miró hacia donde estaban ellas. Se giró y comenzó a andar de nuevo. Cruzó la calle sin importarle si venían coches o no. Tuvo mucha suerte de salir ileso.

—Está como una cabra —dijo Angy.

—Hay colgados en todos sitios...-respondió Ana.

El joven atravesó la calle sin importarle que el agua casi le llegara hasta los tobillos. Subió de un salto a la acera y dio unos cuantos pasos más hasta detenerse enfrente de las chicas. Éstas lo miraron con curiosidad. Tal vez era un conocido. No. No lo conocían de nada. Aunque la verdad es que era un chico bastante guapo: moreno de ojos claros; podrían haber apostado a que eran verdes, aunque la poca luz que había no permitía asegurarlo. Su cabello parecía corto, algo desordenado por la lluvia y sus facciones angulares hacían de aquel rostro algo muy hermoso. Era un palmo más alto que Ana, y pese a que era algo delgado, daba la sensación de ser más fuerte de lo que aparentaba.

Se acercó hasta estar a un palmo de ellas, sin decir nada, echó su cabeza hacia delante y le dio un beso en los labios a Ana. El frío y la sorpresa la dejaron paralizada. A ella y también a Angy. No fueron capaces de articular palabra.

El chico se retiró con lentitud mirándola a los ojos, sonrió, metió las manos en los bolsillos y se giró de forma graciosa para echar de nuevo a andar en dirección a la otra acera...

—¡Ey! ¿Qué pasa contigo? ¿Pero qué te has creído? Eh! —comenzó a gritar Angy cuando pudo reaccionar ante la situación.

El muchacho se detuvo, giró un poco la cabeza y dijo dirigiéndose a Angy:

—No la conozco aún, pero sé que la amaré siempre... —y reanudó su camino.

Angy se quedó petrificada. Ana no supo reaccionar tampoco ahora. «¿Qué? ¿Había dicho realmente lo que le pareció escuchar?»

Las dos chicas persiguieron con la mirada a aquel muchacho que cruzó la calle y desapareció en la siguiente esquina como el que pasea plácido en un día soleado.

Se miraron sorprendidas.

—¿Quién es ése? —dijo Angy con su mirada acusadora.

—Y yo que sé. Creía que tú lo conocías.

—¿Yo? ¡¡No lo había visto en mi vida!!

—¿Me habrá confundido con otra?

—¡Pues vaya confusión!! Ese... otro colgado más... ¡¡vaya morro!!

El bus llegaba en ese instante.

—Ya era hora —dijo Ana mientras subía apresurada en cuanto las puertas se abrieron.

El trayecto hasta casa se hizo bastante largo. Todo el viaje consistió en oír las preguntas de Angy, el divagar sobre aquel extraño encuentro, y el empeño de Ana en afirmar y negar con la cabeza, usando monosílabos para contestar y con la mirada perdida hacia la lluvia a través del cristal.

Por fin se despidieron en el bus y Ana bajó. La casa de sus padres estaba justo en frente de la parada. Aún así, se empapó por completo desde la acera hasta el porche de casa. Buscó las llaves en el bolso tras tocar el timbre y esperar un buen rato a que alguien le abriera, pero no hubo suerte, al parecer sus padres habían salido a cenar.

Entró casi tiritando, subió las escaleras y cogió el pijama y la ropa interior de su habitación y se metió en el baño para darse una buena ducha caliente. «Ojalá no pille un catarro», pensaba mientras alzaba su cara en dirección al chorro de agua caliente. No dejaba de recordar aquel beso. El chico de ojos claros venía a su mente una y otra vez. «Besaba muy pero que muy bien. ¿Quién diablos era? ¿Y por qué me habrá confundido con otra? ¿O no me ha confundido...? ¿No será ese chico el que escribe las notas?». No recordaba haberlo visto por la universidad, por tanto no debía ser un estudiante, así que no tendría acceso a la biblioteca. No podía ser aquel insolente.

Su cabeza estaba hecha una maraña de pensamientos. Terminó de ducharse, vistió su bonito pijama grana con lunares y se fue al sofá a ver un rato la tele. Aún era temprano y no tenía sueño todavía. Cogió el mando de la tele y comenzó a hacer zapping por los innumerables canales que había. Cuando llevaba un par de vueltas a todos se percató de que no prestaba atención a nada de lo que emitían. Tan sólo pensaba en aquel muchacho de ojos claros. Una extraña sensación de ansiedad le recorrió todo el cuerpo en forma de escalofrío.

Se concentró en decidir qué canal ver, y después de dar una pasada más, se decantó por un canal de series antiguas. La escena que se desarrollaba en aquel momento atrajo su atención tanto como para levantar el dedo del botón para cambiar de canal. Pulsó el de información. “Luz de luna”. Así se llamaba la serie. El título al menos le sonaba, casi con total seguridad habría escuchado a sus padres hablar en algún momento acerca de aquella serie. Parecía interesante pese a ser antigua.

Cuando empezó a notar que el hambre le iba ganando batalla poco a poco, se rindió y se levantó para dirigirse a la cocina. Mentalmente iba haciendo una lista con la comida que con seguridad se encontraría en el frigorífico, y la verdad es que nada de lo que venía a su mente era de su total agrado. Reconocía que era todo muy saludable y rico, pero en aquel momento lo que ella necesitaba era algo diferente, algo de dulces, algo de comida basura, algo poco sano a ciencia cierta. No se molestó ni en encender las luces, con la suave luz que entraba por la ventana proveniente de la farola de la calle era más que suficiente para guiarse por la casa.

Al abrir la puerta del frigorífico el haz de luz iluminó la mesa de la cocina e inevitablemente hizo que Ana girase la cabeza. «¡Una caja de pizza!». Soltó la puerta y se abalanzó sobre la mesa, acosando la pequeña caja con el logo de la pizzería del barrio. «Que quede un trozo...Que quede un trozo...», pensaba mientras abría despacio la caja. «¡Aleluya!». Sus ojos se iluminaron cual chiquillo al encontrar un tesoro. A veces hay que hacer excepciones culinarias, ¿no? Por unos instantes, mientras cogía aquella porción de cuatro quesos, le parecía la cosa más maravillosa del mundo. Se paró un momento. «Bueno, el beso estuvo bien...pero no tanto», pensó mientras terminaba de llevar la porción de pizza hasta su boca. Y no tardó mucho en devorarla. Su cara de satisfacción era notable cuando cogió una lata de refresco, cerró el frigo y volvió a la calidez del sofá y su manta.

El sueño comenzaba a apoderarse de ella y decidió irse arriba a su cuarto. Debería ponerse a estudiar un rato, pero estaba bastante cansada, así que optó por descansar y estar a tope de energía al día siguiente. No iba a esperar a que volviesen sus padres, cuando salían sin prisas eran totalmente imprevisibles. Envolvió su cuerpo con la manta, apagó el televisor y la luz del salón y subió a pasos lentos las escaleras que la llevarían a la planta superior. Entraba bastante luz por todas las ventanas, por algunas, luz de las farolas, por otras, la de la luna llena. Al entrar en su habitación se dirigió hacia la ventana y miró por el cristal. Seguía lloviendo. Se veía el lateral de la casa de al lado. Aún no sabían quiénes eran los nuevos vecinos, parecía un secreto de estado, y más cuando ni la madre de Ana pudo averiguar lo más mínimo. Y eso sí que era extraño. Llevaban tres semanas con la mudanza. Cuando menos lo esperaban, llegaba algún camión con muebles, alguna camioneta con albañiles, pintores, y sabe dios quién más, pero nadie sabía nada de los nuevos vecinos.

—A ver si son mafiosos o terroristas y animan un poco el barrio... —dijo Ana en voz alta mientras se le escapaba una risa —O Brad Pitt...

Fue hacia la cama, pero al momento giró la cabeza y volvió a mirar por la ventana. Juraría que había visto una luz en la primera planta de los vecinos. Observó con mayor detenimiento. El corazón se aceleró. Se oyó un coche por la calle, y al pasar al frente de la casa, se dio cuenta de que la luz del auto se reflejó en la ventana de los vecinos.

—Eres una miedica —se dijo para sí misma riendo.

Sacó su diario y se sentó al escritorio. No tardaría mucho en escribir su día, no habían pasado demasiadas cosas salvo... salvo lo de la parada del bus, y claro está lo de aquel chico, y su beso, por supuesto. Todavía parecía sentir la suavidad de aquellos labios empapados por el agua de lluvia. Sería un desconocido y un sinvergüenza, sí, pero aquel beso le había gustado bastante. Miró hacia la ventana para ver como las gotas de lluvia resbalaban por el cristal. Le gustaba la lluvia. Tanto como los tulipanes. Y la luz volvió a aparecer en la casa de los vecinos. No se oía ningún coche. No eran imaginaciones suyas. Había una luz en la casa de al lado. Era como si alguien estuviese andando por la casa con una linterna. ¿Serían ladrones? Ana se asustó y cogió su móvil para llamar a su padre.

—Dime, Ana.

—Papá, ¡creo que están robando en la casa de al lado!

—Tranquilízate, cariño. —notó a su hija acelerada y preocupada —¿Qué has visto?

—Veo como si alguien estuviera con una linterna mirando por la segunda planta...

—Vale, Ana, escúchame. Salimos para allá, yo voy a llamar al sheriff para que se acerque a echar un vistazo, ¿vale? Quiero que cierres el pestillo de tu habitación y te quedes ahí hasta que lleguemos, ¿vale, hija? Y tú tranquila...

—Vale, papá.

Colgó el teléfono y miró de nuevo a la casa de al lado. La luz seguía allí, en otra habitación de la segunda planta. De repente el haz de luz se dirigió hasta su ventana. ¿La habrían descubierto? ¿Se habrían dado cuenta de que los miraba? El corazón se puso a mil y comenzó a estar asustada de verdad. Corrió hacia la puerta de la habitación y cerró con el pestillo. Apagó la luz de su habitación y se acercó sigilosamente a la ventana. Ya no se veía ninguna luz. ¿Y si ahora venían a por ella? Todo estaba en silencio, lo único que se escuchaba era el repiqueteo de las gotas de lluvia al chocar sobre el tejado.

El tiempo pareció detenerse, los segundos se hacían eternos. No apartaba la vista de la casa de los vecinos, intentando ver alguna luz o algún movimiento, o si alguien cruzaba la parcela en dirección a su casa. Pronto se oyó a lo lejos el ruido de coches. ¿Sería la policía? ¿Sus padres? ¿O tal vez eran los ladrones? Salió de dudas cuando asomó por la calle el primer coche de policía seguido del de sus padres y un par de coches patrulla más. “Menos mal”. Vaya susto. Los agentes salieron de los coches y rodearon la casa, con las armas en mano. Parecía la escena de una película de acción. Escuchó como sus padres abrían la puerta de entrada y subían corriendo hasta su habitación, aporreando desesperados su puerta. Ana les abrió y tuvo que recibir el efusivo abrazo de sus progenitores.

—Cariño, ¿estás bien?

—Estoy bien, no os preocupéis.

—El sheriff está aquí, van a echar un vistazo.

—Hace un rato que no se ve la luz. Creo que me vieron y han huido.

—¿Que te vieron? —dijo su madre preocupada.

—Sí, mirando por la ventana, apuntaron con la linterna hasta aquí.

—Tranquila, todo ha pasado —dijo su padre sonriendo —Vamos al salón un rato, hasta que la policía termine de hacer su trabajo.

A la media hora tocaron al timbre de casa. Era el sheriff Colt acompañado de un ayudante. Anabeth los invitó a entrar y se ofreció a hacerles un café. El sheriff asintió y entró en el salón.

—Hemos mirado por todas partes pero no hemos hallado a nadie. Las puertas y ventanas están perfectamente cerradas y no hay signos de haber sido forzadas. Dime, Ana, ¿qué es exactamente lo que has visto?

—Había alguien con una linterna mirando por las habitaciones de la casa.

—¿No podía haber sido algún reflejo de alguna farola o algún relámpago? No hemos visto indicios de que nadie haya entrado. No hemos encontrado ni huellas en el barro de alrededor de la casa.

—Lo he visto, sheriff. Se lo juro, había alguien ahí.

—Tranquila, Ana, ya ha pasado todo. Fuera lo que fuese ya no está. Un coche patrulla hará ronda de vigilancia unos días por precaución. ¿Tú te encuentras bien?

—Estoy bien. Sé lo que he visto, no estoy loca.

—Nadie ha dicho eso, Ana. No te preocupes, de verdad.

El sheriff Colt se bebió de un sorbo el café y se despidieron de la familia Lane. Algo le decía a Ana que pensaban que había sido imaginación suya, pero ella estaba segura de lo que había visto.