Marta tiene cinco letras
Nuevo trabajo, nueva ciudad, nueva vida. Su suerte había comenzado a cambiar después de tantas desgracias y sufrimientos; el cambio llegó cuando más desesperada estaba, cuando más lo necesitaba.
Marta dejó atrás su vieja vida de un plumazo, dando un portazo a todo y a todos, y desapareciendo por completo para quienes la conocían.
El día que decidió retomar las riendas de su vida, el karma cambió de repente. En el instante en que soltaba una sonora bofetada acompañada de un «hijo de...» a su ahora exjefe, toda la negatividad que tenía encima se evaporó como por arte de magia. Ese día Marta salió sonriendo por primera vez en cuatro años de su trabajo. Se acabó de una vez por todas. Fue directa a casa, y en apenas dos horas había hecho sus maletas. No se lo llevó todo, tan solo se limitó a coger lo necesario. De todos modos no creía que fuera a necesitar ni la mitad de cosas que tenía por casa. Ni eran necesarias ni tenía por qué tener nada que le recordara su pasado. Punto y final.
Su nuevo apartamento era una monería: pequeño, acogedor, en una zona tranquila de la ciudad, y además, más barato que el moderno piso en el que había pasado los últimos cinco años. Tenía unas vistas al parque maravillosas, quizás era lo que más le gustaba de su nuevo hogar.
De una punta del país a la otra, de extremo a extremo. Cambiaba el sol y el calor del sur por la lluvia y el frío del norte. De ser una de las mejores abogadas a servir cafés y meriendas en una cafetería del centro de la ciudad. «Ya que mi vida va a cambiar, que cambie en todo», se decía a sí misma cada vez que se cruzaba con su imagen en el espejo. Era un cambio que ansiaba.
Faltaba poco para que el sol se ocultase por el horizonte que dibujaban los altos edificios que rodeaban el parque cuando Marta llegó. Detuvo su coche frente al portón que daba acceso a los garajes del sótano. Agarró su bolso del asiento del copiloto y buscó el pequeño mando a distancia que le habían dado en la inmobiliaria. Tras rebuscar en su interior durante unos segundos al final dio con él. Apuntó decidida hacia la puerta y pulsó hasta que la puerta comenzó a subir despacio.
Una sonrisa de satisfacción asomó en su rostro, y al momento estaba soltando una carcajada; vino a su recuerdo el por qué eligió ese piso y no otro. Había visto viviendas más grandes, en mejores zonas, incluso más baratas, pero se decantó por aquel minúsculo pisito por una sola razón; tenía un lugar donde guardar su coche.
Marta sabía que su Buji ya no era nuevo, acababa de cumplir dos años hacía un par de semanas, lo que significaba que aún le quedaban otros seis de seguir pagando letras; pero seguía siendo su pequeño capricho. Lo dejó cuidadosamente aparcado en su plaza de garaje.
Subió las pocas cosas que traía a su nuevo hogar. Se sentía casi exhausta, hasta el punto de no tener ni hambre. Pensó en tomar un par de galletas e irse directa a la cama, a las ocho de la mañana tenía que estar en la cafetería. El primer día trabajaría de mañana, con el jefe, después le habían dicho que su turno habitual sería de tarde. Ella prefería ese horario, seguramente era más tranquilo. Tenía muchas ganas de comenzar su nuevo traba-jo.
Se sentó en el sofá con los pies apoyados sobre la mesita auxiliar. Miró hacia el televisor y se percató de que el mando estaba justo sobre el mismo mueble del aparato. Dudó un instante, pero al final pensó que no tenía tantas ganas de ver la tele como para levantarse del sofá, así que se quedó allí, quieta, en silencio y con su tarro de galletas saladas. Estaba a gusto. Se encontraba bien, muy bien.
Los recuerdos, los pensamientos llegaban a su cabeza mientras el nivel del tarro descendía. Intentaba pensar solo en las cosas buenas de su vida anterior, pero siempre ganaban la batalla los malos recuerdos. Cuando acabó con la última galleta suspiró profundo y se marchó a la cama. Estaba convencida de que dormiría bien esa noche, sentía que se había quitado un gran peso de encima y quería estar pletórica en su primer día de trabajo.
Fue llegar y encontrar aparcamiento casi en frente de la cafetería.
—Hoy estás de suerte, Martita —se dijo, en voz alta, mirándose en el retrovisor, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.
Salió del coche y al alejarse de él le guiñó un ojo en plan de «hasta luego, guapo» y se dispuso a cruzar la calle.
La cafetería era una monería. Una gran cristalera y una pequeña puerta contigua formaban la fachada. En el cristal había serigrafiado un enorme tulipán amarillo y el nom-bre del local: La tulipe jaune. Un nombre bastante llamativo. Le gustó desde el mismo instante en que vio el anuncio en el periódico.
Entró muy decidida y con una amplia sonrisa en la cara. Aquella mañana estaba especialmente contenta, tenía bastantes ganas de empezar su nuevo trabajo, su nueva vida.
El local por dentro era diferente a como ella se había imaginado. Por la fachada, por la decoración de la misma, Marta pensaba que por dentro el local seguiría una línea moderna y estilizada, pero para su sorpresa se encontró un espacio recogido, muy acogedor y decorado casi por completo en madera. Miró a su alrededor para no perderse un detalle de nada, era como dar un salto en el tiempo, había cruzado el umbral de la puerta y había viajado un siglo atrás, fue una sensación increíble.
—¡Marta! ¡Marta! —Su nombre resonó por todo el local y acto seguido los ojos de la clientela estaban puestos en ella—. Acércate a la barra, que ahora no puedo salir.
Alzó su mano para saludar al hombre del que provenía aquella voz. Le era bastante familiar, casi con total seguridad pertenecía a Raúl, la persona con la que habló por teléfono sobre la oferta de trabajo. Sorteó mesas y clientes hasta llegar a la zona de la barra reservada para camareros. Había llegado a la hora de los desayunos y el ajetreo era enorme.
—Buenos días —saludó Marta, alzando la voz sobre el murmullo.
—Buenos días, Marta. Soy Raúl, hablamos hace unos días —contestó mientras no dejaba de colocar platos de café sobre la barra—. Tendría que haberte dicho que vinieras un poco más tarde, y no en todo el bullicio de la mañana.
—Ah, no importa, puedo esperar.
—Busca un hueco y desayuna tranquilamente. Hoy invita la casa. ¿Qué te pongo?
—Pues no sé... Un café con leche y uno de esos cruasanes de york y queso que he visto por alguna mesa, si puede ser.
—¡Puede ser y será! —dijo sonriendo y a gritos—. Acomódate y ahora te lo lleva Silvia.
Marta se giró y buscó alguna mesa libre pero sin éxito, y optó por irse a la esquina de la barra y conquistar un pequeño rinconcito con la ayuda disimulada de sus codos. Era increíble la cantidad de personas que había allí, y más aún siendo tan temprano, eran poco más de las ocho y media de la mañana. No quería ni imaginar cómo se pondría el local a eso de las once, cuando parte de los trabajadores de la ciudad hiciera un descanso para tomar un tentempié.
Se quedó mirando a su nuevo jefe. El tal Raúl era un hombre metido en años, aunque solo lo pareciera por los numerosos mechones de pelo canoso que se diseminaban simétricamente por su cabeza. Era alto y de complexión delgada, quizás demasiado para su gusto, pero su rostro alargado y la barba blanquecina de varios días le daban un aspecto ciertamente juvenil; sin duda más atractivo que el asqueroso de su antiguo jefe sí que lo era.
Una joven al otro lado de la barra llegó hasta donde ella se encontraba con su taza de café y su cruasán. Era una chica muy joven y con una sonrisa de esas que parecen conta-giarse. Sus ojos grandes y marrones se acentuaban al llevar el pelo recogido en una cola.
—Hola, soy Silvia, una de tus compañeras de trabajo. —Tenía una voz tan dulce que daban ganas de adoptarla como hermana pequeña—. La leche, ¿la quieres fría o caliente?
—Yo soy Marta, encantada. —Trató de igualar su sonrisa pero le pareció que era una tarea casi imposible, aquella chica destilaba alegría por todas partes—. Caliente, por favor.
—Te va a gustar trabajar aquí —le dijo mientras le completaba la taza con la leche caliente—. ¿De mañana o de tarde?
—Ahora me dirá el jefe, pero creo que por lo que hablamos, será el turno de la tarde.
—Mejor. Ya verás cómo es más tranquilo, no tiene nada que ver con la mañana.
—Entonces no nos veremos, qué pena.
—Sí nos veremos. —De nuevo esa sonrisa contagiosa—. Yo trabajo de mañana, pero vengo los viernes por las tarde a tomar el café aquí, y los lunes todos a descansar, la tulipe jaune cierra.
Silvia volvió a sonreírle y se marchó hasta la puerta de la pequeña cocina de donde salían sin cesar tostadas, cruasanes y todo tipo de dulces. La actividad era frenética en aquellos instantes. La mezcla de aromas que se formaba entre aquella puerta y la parte de la barra donde ella estaba era una auténtica delicia. En aquel lugar, a través del olfato se podía sentir el amargo sabor del café recién hecho, el dulzor del azúcar, de la masa de hojaldre ligeramente tostada, las pepitas de las mermeladas, la cremosidad de la espuma de la leche y lo afrodisiaco de la canela. Era como desayunar sin tomar nada.
Cerró los ojos y, por unos instantes, se sintió parte de aquel local, una más de aquel ir y venir de aromas, sonidos y palabras. Si no permaneció así por más tiempo fue porque el cruasán de york y queso tiraba con fuerza con sus sabrosas cadenas. Disfrutó con total tranquilidad del desayuno, ya no recordaba lo que era eso.
Cuando se vino a dar cuenta, la cafetería se había ido quedando casi vacía y la tranquilidad parecía tan espesa que podría haberse cortado con un buen cuchillo, hasta se podía seguir el hilo del par de conversaciones que transcurrían en algunas de las mesas. Volvió a la realidad cuando observó que Raúl se secaba las manos con un trapo de cocina a la vez que se acercaba a donde ella estaba, sin abandonar la barra.
—Perdona la espera, Marta, esto se vuelve el infierno antes de la hora de comenzar los trabajos, y dentro de un rato ocurrirá de nuevo con el desayuno de media mañana —dijo mientras extendía su mano hacia ella—. Es un placer conocerte en persona.
—No importa. —Marta estrechó su mano con firmeza—. Hacía tiempo que no disfrutaba de un desayuno así. El cruasán estaba riquísimo, de verdad.
—Me alegro. —Y volviéndose le hizo una señal a Judith para que le prestara atención—. Ven un momento, por favor. Y llama a Gloria también, quiero presentaros a nues-tra nueva compañera.
Judith se asomó a la puerta y le dijo algo a Gloria, que al momento asomó por la puerta y miró hacia donde estaban Raúl y Marta. Las dos mujeres salieron por fuera de la barra y se acercaron a ella. Le dieron un par de besos cada una. Judith era mayor que Marta, y, a su vez, bastante más seria. Gloria le recordó a su madre, era una mujer ya mayor, bajita y con algunos kilos de más, y cómo no, con su mandil de flores puesto. Era la única que no llevaba uniforme de trabajo, fue entonces cuando se fijó con mayor detenimiento en el uniforme que muy pronto llevaría ella también. Sencillo, pantalón negro y camiseta entallada del mismo color, con el logotipo de la cafetería en el pecho, sobre el corazón: un precioso tulipán de color amarillo como el de la fachada, y por la espalda el nombre de cada una y el del local. Amarillo sobre negro. Quedaba bastante bonito.
Las chicas volvieron cada una a su trabajo y Raúl, apoyando sus manos en la barra, se dirigió en exclusiva a Marta.
—El sueldo es el que te dije por teléfono. Me gustaría que fuese más, pero por el momento no puedo permitírmelo. —Su gesto de resignación al decirlo le confería sinceri-dad a sus palabras—. Eso sí, las propinas son para que las repartáis entre las cinco. Luego conocerás a Sandra, con la que compartirás el turno de tarde. También es muy simpática.
—Entonces, el turno de tarde, ¿no?
—¡Verdad! —dijo Raúl riendo—. Me pongo a hablar y me he saltado esa parte. Sí, tu turno es de tarde, debí confirmártelo cuando hablamos. ¿Te viene bien?
—Muy bien, de verdad. —Realmente a ella le daba igual, solo quería trabajar y vivir tranquila.
—Me alegro. —Esas palabras sonaron como alivio—. Ya verás que por la tarde es todo mucho más tranquilo, la clientela no viene con prisa y nadie se agobia.
—¡Genial! Cada vez me gusta más este trabajo.
—Estaréis Gloria, Sandra y tú. Ahora te doy tu uniforme y te vienes a las tres, ¿vale? —La forma de decir las cosas de aquel hombre, aquellas maneras, eso sí que resultaba atractivo.
—De acuerdo, estaré un poco antes de las tres. —Comenzaba a entrar gente en el local, la hora del desayuno de media mañana había llegado—. Me voy un rato a casa y os dejo trabajar tranquilos. Dime qué te debo.
—No debes nada, te he dicho que invitaba la casa. Hasta luego, Marta, que pases una buena tarde —contestó mientras se iba hacia la otra parte de la barra a atender a una pareja.
—Hasta luego, Raúl —se despidió Marta, siguiéndole con la mirada hasta que cruzó los ojos con Judith, que la miraba con atención mientras colocaba bien las sillas de una mesa. Marta sonrió, pero Judith se limitó a desviar la mirada y seguir con su quehacer.
Cogió su bolso, se despidió con la mano de todos y se encaminó a la puerta. Al abrirla escuchó de nuevo su nombre, pero en esta ocasión la voz era femenina. Giró la cabeza y vio a Silvia yendo hacia ella con una bolsa de tela en las manos.
—Te ibas sin tu uniforme. —Aquella chica sonreía siempre.
—Muchas gracias, Silvia.
—Oye, Marta. —Bajó la voz casi hasta convertirla en susurro—. No te preocupes por Judith, es algo celosa, pero muy buena.
—¿Qué? —Creía saber por dónde iba la cosa, pero no estaba segura del todo—. Judith y Raúl están...
—Shhh. —Esta vez se le escapó una risa—. Creen que lo llevan en secreto, pero todas lo sabemos.
—Vale, entendido. Seré una tumba.
—Hasta la tarde, Marta. Vendré a que me pongas un café.
—Hasta luego, Silvia.
Salió de la cafetería y se quedó mirando a su Buji. Estaba contenta, después de tantas cosas malas vividas, parecía que su vida comenzaba a cambiar. Se acercó despacio mientras buscaba las llaves del coche. Logró encontrarlas entre aquella maraña de objetos que llevaba en su interior justo en el momento que estaba frente a la puerta del conductor. Un pip-pip y los intermitentes iluminándose eran la invitación de su Buji para que entrara.
El día seguía yendo sobre ruedas, acababa de llegar y encontró un aparcamiento incluso mejor que el de la mañana. Justo frente a la fachada, así podría vigilar de cerca su coche, y él podría acompañarla en su primer día de trabajo. Detuvo el motor y miró hacia la cafetería. Había una chica apoyada en la cristalera fumando un cigarrillo. Llevaba uniforme. Debía ser Sandra. Bajó del coche y se dirigió sonriente hacia la chica.
—Hola. Tú debes ser Sandra, ¿no?
—Y tú Marta, supongo —afirmó acercándose a ella para darle dos besos.
—Encantada de conocerte.
—Lo mismo digo. Ya nos conoces a todas —dijo con un breve gesto señalando el interior con la cabeza y después ofreciéndole un pitillo con la otra mano—. ¿Fumas, Marta?
—No, gracias, lo dejé hace poco, decidí que cambiaba de vida, y fumar es cosa del pasado.
—Eso es voluntad, sí señor. Yo sería incapaz —respondió a la vez que guardaba la pitillera y señalaba con la cabeza hacia la calle—. ¿Es tu coche?
—Sí, es mi Buji
—¡Vaya! —dijo con una leve risa—. Pero si tiene nombre y todo. Me encantan esos coches, pero debe ser caro, ¿verdad?
—Y que lo digas, Sandra, en verdad es del banco hasta que termine de pagarlo.
—Hoy en día es la única forma de poder comprar algo. Lo tienes como nuevo, ¿te falta mucho tiempo por pagar?
—Cinco letras y será todo mío —sonrió Marta mientras volvía la vista hacia su coche—. Cinco letras nada más.
—Vamos dentro, anda, que te explique cuatro cositas y a trabajar. Por cierto, estás muy guapa con el uniforme de trabajo.
—Gracias.
La cafetería estaba casi vacía, salvo por una pareja de ancianos que tomaban una copa. Marta siguió a Sandra hasta el interior de la barra, donde estaba Gloria apoyada sobre los codos y bebiendo alguna especie de té con una pajita de plástico.
—Ya te lo habrán dicho —dijo Sandra mientras le entregaba un abrebotellas y un paño—. Las tardes son bastantes tranquilas, en fin de semana viene algo más de gente, pero no llega a ser tan agobiante como por las mañanas. Como ves, de martes a viernes será así, casi soporífero.
—Mañana no tanto —dijo Gloria con una sonrisa en la que Marta juraría haber visto algo de pícara—. Es miércoles, y ya sabes quién viene los miércoles.
—Mañana ya lo verá, dejaremos que sea Marta quien atienda la mesa nueve —añadió Sandra, devolviendo casi la misma sonrisa que Gloria
—¿Qué o a quién veré? —Marta frunció el ceño, aunque sabía que le iban a decir poco más.
—Un cliente un tanto especial —le dijo Sandra mientras se ponía limpiar algunos vasos y tazas—. Atiende las mesas, ¿vale? Si alguna está sucia, pásale el paño, ordena las sillas, y si entra alguien, atiéndelo con mucha educación y una gran sonrisa.
No entró mucha gente aquella tarde, un ejecutivo que vestía con traje elegante y que se bebió de un tirón dos copas de whisky, un par de universitarias que compartieron una coca cola y botella de agua, y una pareja joven que se sentó en una de las mesas de al lado de la ventana y que no dejaba de mirar el coche de Marta.
—A ver si algún día me compras uno igual, cariño. —Oyó decir a la chica mientras les llevaba sus cafés y un par de porciones de tarta de almendras.
—Tiene que costar un ojo de la cara —respondía él con resignación.
—Se puede pagar a plazos... es lo que hago yo —interrumpió Marta mientras colo-caba las cosas en la mesa.
—¿Es tuyo? —preguntó muy interesada la chica—. Me encanta.
—Gracias. En cuanto termine de pagarlo sí que será mío por completo.
—Qué bien, ¿y te queda mucho que pagar?
—Bah... poco ya, cinco letras de nada —respondió mientras se iba a limpiar la mesa que acababa de quedar vacía.
La jornada acabó poco antes de las once de la noche. Hacía rato que no entraba nadie y el local llevaba vacío desde hacía un cuarto de hora, más o menos cuando Sandra decidió cerrar. Había sido una tarde muy tranquila y Marta se fue a casa muy contenta y orgullosa de su nuevo trabajo.
Segundo día de trabajo. Había descansado como un bebé y se levantó casi a la una de la tarde, no dormía tan bien desde hacía mucho. Se sentía alegre y con ganas de comerse el mundo. Tras una buena ducha y almorzar una ensalada de esas tan completas que le gustaba preparar, bajó al sótano para reencontrarse con su Buji.
Aquella tarde no hubo tanta suerte a la hora de encontrar aparcamiento, aunque tampoco tuvo que dejar su coche tan lejos, en apenas tres o cuatro minutos estaba en la cafetería. Como el día anterior, Sandra estaba en la puerta con su pitillo en la mano. Marta saludó y entró. Intercambió algunas palabras con Gloria y se puso a ordenar las mesas. La gente fue entrando poco a poco en un goteo intermitente.
Hasta que llegaron las siete de la tarde. Todo estaba tranquilo dentro del local, Sandra y Marta hablaban de música detrás de la barra y se les unió Gloria en el mismo instante en que la puerta se abría y entraba un joven con una bandolera colgada al hombro. Camisa azul oscura con los faldones por fuera; un pantalón vaquero, que le quedaba como un guante y unos juveniles tenis blancos. Su pelo era negro y a media melena, lo tenía recogido en una pequeña cola, y su rostro lo adornaba una barba un tanto descuidada.
Atravesó todo el local en dirección a la mesa nueve, la del rincón más alejado de la cafetería, y tan solo levantó el brazo muy sutil para saludar a las tres mujeres que lo seguían con la mirada desde que entró por la puerta. Sandra dio un golpecito con el codo a Marta y le indicó que fuera a atenderle.
Marta aguardó unos instantes a que se sentara a la mesa, tomó su bloc de pedidos y se dirigió hacia él. Cuando llegó a la mesa acababa de sacar un bolígrafo y bloc de notas del tamaño de medio folio del que, a su vez, sacó un buen puñado de servilletas llenas de ano-taciones que se puso a medio ordenar de alguna forma que ella no alcanzó a comprender.
—Buenas tardes, ¿qué va a tomar? —dijo sonriente a la vez que el joven levantaba la cabeza y clavaba sus ojos, de color verde claro, en los de ella.
—Nueva, ¿verdad? —preguntó con una media sonrisa que le hizo entrecerrar un poco los ojos, haciéndolo aún más atractivo que apenas un segundo atrás.
—Ayer por la tarde. Me llamo Marta.
—Encantado, Marta. Yo siempre tomo café solo, largo, bien cargado, con un sobre de azúcar y con hielo. Nada más. Gracias. —Y con las mismas siguió ordenando sus anota-ciones.
Marta se dirigió a la barra. Gloria la miraba con atención mientras Sandra había comenzado a preparar el café, y ambas se aguantaban la risa como podían.
—Muy graciosas... —dijo Marta intentando no contagiarse de sus compañeras.
—Ay, perdona, tía —contestó Sandra—. Es que lo que tiene de guapo lo tiene de raro. Te presentamos a nuestro escritor particular. Se llama Eric no sé qué.
—¿Un escritor? —Marta estaba sorprendida—. ¿Y viene a escribir aquí?
—Sí, chica, todos los días impares, salvo el lunes, claro, se sienta en la mesa nueve y siempre pide lo mismo. No habla con nadie nunca, bueno, no habla nunca, a decir verdad.
—¡Qué guay!, ¿no? ¿Y es famoso?
—Eso parece, la verdad es que a nosotras lo único que nos interesa es ese cuerpazo que tiene, lo de leer lo dejamos para las demás. No intentes hablarle, no te hará ni caso. Un desperdicio, vamos. Ten, llévale su café.
Marta tomó la bandeja con el café, el hielo y volvió a la mesa. Había guardado todas las servilletas en el bloc, pero había sacado otro aparentemente más nuevo.
—¿Comenzando nueva novela? —preguntó, atrevida, mientras dejaba en la mesa el pedido.
—Así es. Gracias. —Fue lo único que recibió por respuesta.
Se pasó la tarde mirando como escribía sin cesar aquel joven, recogido en su rincón, anotando palabras y frases en servilletas que desparramaba por toda la mesa, sin levantar la vista, sin mirar a ningún otro sitio, hasta que llegaron las diez, recogió todo, se levantó de la silla y, dejando un par de monedas en la mesa, salió del local despidiéndose con el mismo gesto que hiciera al entrar tres horas antes.
* * *
El viernes se repitió la misma historia, era como revivir el mismo día que el miérco-les, pero en esa ocasión también estaba Silvia para cotillear sobre aquel extraño escritor.
—¿Por qué será tan raro? —dijo Silvia a Marta.
—Casi todos los escritores lo son, ¿no? —le contestó Marta, encogiéndose de hombros—. Suelen ser extravagantes y de gustos extraños.
—Habló la que tiene un coche rosa... —Silvia reía a carcajadas mientras Marta le daba un pequeño golpe en el hombro—. ¿Cuándo me vas a dar una vuelta en el pastelito?
—Qué graciosa. En cuanto pague las cinco letras que quedan, te dejo que te des una vuelta —le contestó mientras le sacaba la lengua y se daba cuenta de que Eric miraba hacia ella, aunque rápido volvió la vista a sus papeles.
* * *
El domingo hubo algo más de trabajo, el local estuvo lleno hasta casi la hora del cierre. Lo que no parecía cambiar era la rutina de días anteriores: Eric llegó, escribió y se fue. Marta fue a recoger la mesa y allí se encontró una de aquellas servilletas con una pala-bra escrita: corazón. Cogió el trozo de papel y lo guardó en el bolsillo de su pantalón, con la intención de devolvérselo el miércoles siguiente.
* * *
—Disculpa, el domingo te dejaste esto en la mesa —le dijo Marta extendiendo su mano con la servilleta escrita.
—No me hace falta, puedes quedártelo o tirarlo —contestó sin ni siquiera mirarla.
Marta no dijo nada, volvió a guardarla en su bolsillo y siguió trabajando.
Día tras día, la rutina era la misma. Miércoles, viernes y domingos, misma hora, misma mesa y mismo pedido. Y así pasaron tres meses. Y como cada domingo, Eric dejaba una servilleta con algo escrito. Y también como cada domingo, Marta guardaba aquel papel. Ya tenía once servilletas, y cada una con una o varias palabras diferentes. A veces le parecían un puzle, pero no tenía ganas de juegos.
«Corazón», «día que», «historia de», «ojos, supe», «desde», «que tú», «en mi», «la mayor», «miré tus», «mi vida», «el primer».
* * *
Era sábado, y pese a ser fin de semana, aquel día consiguió aparcar a unos veinte metros de la cafetería. Bajó de su Buji y abrió el maletero. Traía un libro para regalárselo a Gloria por su cumpleaños. Al cerrar la puerta escuchó una voz que se dirigía a ella.
—Hola, Marta.
—Hola. —Su cara de asombro no podría describirse con palabras—. Hoy es sába-do, no te esperaba por aquí.
—Solo he salido a pasear para aclarar ideas.
—¿Para la novela?
—No, ya está casi terminada, mañana el remate final.
—Me alegro, a ver si puedo leerla algún día —dijo mientras hacía ademán de echar a andar—. ¿Me acompañas hasta la puerta?
—Claro.
—No te ofendas, Eric, pero es súper raro que esta tarde me hayas dicho más palabras que en los tres meses que te pongo el café.
—Lo sé, pero tengo una duda sobre ti y no consigo resolverla.
—¿Una duda? ¿Sobre mí? —Cada vez estaba más sorprendida—. Bien, dime de qué duda se trata.
—Es sobre tu coche.
—¿Mi coche? ¿Qué pasa con mi coche?
—Lo pagas a plazos, ¿no?
—Sí, así es, ¿qué tiene eso de raro?
—¿Cuántos plazos te quedan, Marta?
—Tan solo cinco letras. —Marta lo miraba con la vista clavada en sus ojos.
—Desde la segunda vez que te vi te he estado escuchando decir que te quedan cinco letras para pagarlo, y ya han pasado casi tres meses de eso. No me salen las cuentas.
Acababan de llegar a la puerta, Marta dejó escapar una sonrisa y le lanzó un guiño mientras entraba a la cafetería. El joven se quedó observándola a través del cristal hasta que llegó a la barra y después desapareció.
El domingo todo volvió a la rutina de siempre, salvo que en esta ocasión, Eric ape-nas escribió durante unos minutos, cerró su bloc y se quedó en silencio y quieto, tomando su café y con la mirada perdida.
—¡Anda! Esto es nuevo —dijo Marta dirigiéndose a Sandra—. Nuestro escritor acaba de hacer algo diferente.
—No es eso, Marta —le contestó riendo Sandra—. Eso es porque ha terminado la novela.
En ese momento el joven se levantó, dejó las monedas de costumbre, se despidió como siempre y se dirigió a la puerta. Marta echó a correr hacia él y lo alcanzó en la puerta.
—¡Oye!
—¿Qué?
—Al menos dime cómo se titula, ¿no? Me gustaría leerla cuando se publique —le preguntó, descarada, mientras sujetaba la puerta y él salía—. No me lo vas a decir, ¿verdad?
Eric se volvió, mirándola a los ojos, y sonriéndole, le dijo:
—Marta tiene cinco letras. —Se giró y desapareció por el otro lado de la calle.
«Sabía que no me lo dirías», pensó para sí misma mientras cerraba la puerta y se dirigía a la mesa nueve para recogerla. Allí estaba la servilleta de costumbre, esta vez la palabra era «escribirías».
* * *
Llegó cansada a casa, dejó su bolso y las llaves en la mesita auxiliar y sacó la servilleta del bolsillo para guardarla con las demás en la cajita de zapatos que tenía bajo la tele. Al abrir la tapa fue como si en su mente lo viera claro. Allí estaba el mensaje, ante sus ojos:
«Desde el primer día que miré tus ojos, supe que tú escribirías en mi corazón la mayor historia de mi vida».