CAPITULO 4

 

Los dos gigantones que habitualmente cubrían los movimientos de la hermosa morena habían sido tumbados, por la espalda, a traición, de sendos y certeros culatazos.

Luego, los hechos, se habían desarrollado de manera vertiginosa.

—¡Suéltenme...! ¡Suéltenme, malditos canallas!

Reinaba una total oscuridad en la estrecha y apenas transitada callejuela. En aquel tramo no había ni un solo farol. La muchacha se debatía con desesperación intentando zafarse del acoso entre lúbrico y violento de aquellas manos pegajosas, impúdicas, que la sujetaban por cualquier parte de su cuerpo. En especial por la cintura y en lo alto de sus pechos cálidos y belicosos.

No había nadie.

Ni un alma.

Nadie que pudiera escuchar sus gritos.

Nadie que pudiera prestarle ayuda.

Pero de haber habido alguien por las inmediaciones no se hubiera atrevido a intervenir, a enfrentarse con aquel terceto de canallas.

Fue arrastrada, mientras seguía gimiendo, gritando y sollozando, hacia el carruaje que mantenía la portezuela abierta y lanzada brutalmente a su interior.

Allí, la aferraron las manos no menos violentas del único de los tres que había permanecido dentro del vehículo: se trataba de Lewis Marlowe.

Que lo primero que hizo fue abofetear contundente el rostro de la muchacha y arrancarle el antifaz de un brusco manotazo.

Aquellas facciones no revelaban nada para ninguno de los tres. Gordon y Wilder ya habían subido al carricoche.

—¿Quién eres, muñeca? —preguntó Marlowe.

Ella apretó con fuerza sus labios carnosos en señal evidente de que no estaba dispuesta a responder a ninguna pregunta de aquel grupo de desaprensivos.

—Nos vas a obligar a que empleemos la violencia, pequeña —advirtió Lewis Gordon. Añadiendo sin demasiada convicción—: Y ninguno de nosotros lo desea.

—¿Cómo te llamas? —insistió Elliot Marlowe.

Silencio.

Bofetada.

Y las mejillas de la chica teñidas de color sangre.

—Si es preciso —apuntó Lionel Wilder—, si te pones terca..., estamos dispuestos a matarte.

—Tu nombre —dijo Marlowe por tercera vez.

Ella comprendió que era inútil, y arriesgado, mantenerse en una tesitura que provocara mayor brutalidad por parte de aquellos canallas.

—Beatriz Martos.

—¿De dónde eres? —inquirió Gordon.

—De San Francisco —mintió ella con total aplomo.

—Tenemos entendido que ayer por la noche tuviste un encuentro con Julián Sorenas.

Movió la cabeza en sentido negativo.

—No sé quién es ese hombre.

—¡Sí lo sabes, perra!

Un bulto que pareció nacer en la penumbra de la mal iluminada callejuela se introdujo como una exhalación en el interior del vehículo y el cañón de un «Colt» se apoyó, ominosamente, contra la sien izquierda de Elliot Marlowe, que era quien estaba más cerca de la portezuela.

—Al primero que respire le vuelo la cabeza a éste.

Era un hombre de negro, joven posiblemente, pero del que apenas se podían distinguir las facciones.

Sin que el cañón de su revólver perdiera contacto con la sien de Marlowe tomó asiento al lado de la muchacha.

—Tranquila, Beatriz. Todo ha pasado ya.

—¿Qui-quién es usted...? —la voz le temblaba a Lionel Wilder como la cola de una serpiente de cascabel.

Rubén Colby, sin responder a la pregunta, ordenó:

—Vayan bajando uno tras otro del coche. Las manos bien altas, ¿eh? Cualquier movimiento que no me parezca normal lo corrijo de un balazo. ¡Andando!

Obedecieron, aterrados.

Ya en la calle, el justiciero de negro, anunció:

—Todos de espaldas a la pared y las manos que yo las vea bien.

Siguieron obedeciendo, claro.

—¡Baja, Beatriz!

Cuando ella lo hubo hecho el muchacho espantó los caballos obligando a alejarse al vehículo. Dio unos pasos atrás para ponerse junto a la mujer y le dijo al oído:

—Vete donde está el carruaje y ponte a cubierto.

—¡Rubén, por Dios! Son tres...

—Haz lo que te digo, Beatriz. Por favor.

Ella, resignándose a obedecerle, susurró:

—Como tú digas. ¡Pero ten mucho cuidado!

—Tranquila.

Cuando Beatriz Martos hubo cumplido las instrucciones del sobrino de don Práxedes Cañizares de Abizanda, éste, encarándose con los tres asustados canallas, anunció:

—Me llamo Rubén Colby. Hace nueve años asistí a una partida de naipes que Miles ganó a mi tío usando una baraja con ocho ases y el palo de corazones repetido. ¿Van comprendiendo por qué estoy aquí?

—¡El sobrino de Práxedes! —exclamó, aterrorizado, Lionel Wilder.

—¡Nosotros nada tuvimos que ver con aquello! —gritó Lewis Gordon.

—¡Fue cosa de Stuart Miles! —imploró, casi llorando, Elliot Marlowe.

—Pero los tres os beneficiasteis de aquel amaño que valió setecientos veinte mil dólares... Y estabais junto a Miles cuando fue asesinado mi tío y dos de sus peones. Uno de ellos era el padre de Beatriz... Beatriz Martos que, además, es mi esposa.

—¿Nos vas a matar...? —preguntó Wilder, dándolo no obstante por sentado.

En vez de responder a la absurda pregunta, inquirió a su vez:

—¿Qué os ha parecido lo de Sorenas? ¿Acaso vosotros os merecéis algo mejor?

—¡Te ayudaremos a cazar a Miles! —exclamó Gordon, que no pretendía otra cosa que atraer hacia él la atención del muchacho de negro.

Este, fingió seguirle la corriente.

—¿Cómo...?

—Si nos dejas unos instantes para pensarlo encontraremos un plan perfecto —le contestó el cobarde de Gordon. Añadiendo—: El es en realidad el verdadero motivo de tu venganza. Piensa que aunque nosotros no hubiésemos estado allí, todo habría sucedido exactamente igual. Miles hubiese ganado la partida con trampas aprovechándose de la credulidad y buena fe de tu tío y luego...

Rubén Colby parecía estar muy atento a las desesperadas explicaciones de Lewis Gordon. Elliot Marlowe también lo creyó así y empezó a mover la diestra para que el «Derringer» de dos cañones y achatada culata que llevaba oculto dentro de la manga, comenzara a deslizarse hacia abajo en dirección a la palma de su mano. Pero para ello tenía inevitablemente que...

—... sirviéndose de la cobertura que le daba el sheriff Sorenas, don Práxedes y sus peones hubieran sido asesinados del mismo modo que lo fueron.

—¡Hiciste muy bien en liquidar a Julián! —exclamó Wilder, añadiéndose a los desesperados deseos de su canallesco compañero por retener la atención del vengador. Subiendo todavía más el tono de su voz, al gritar—: ¡¡EL SI QUE TUVO QUE VER EN EL ASESINATO DE DON PRAXEDES!! Pero nosotros... ¿Qué hicimos?

... Bajar el brazo.

Y Elliot Marlowe lo bajó como una centella.

Empuñando el «Derringer».

Apretando los dos gatillos para que ambos cañones vomitasen plomo contra el pecho de Rubén Colby.

Pero el vengador, como si acabaran de propinarle un violento golpetazo en la nunca, había caído instantes ha de rodillas.

Ensayando su velocísimo «saque».

Cantaron los «45» su letal melodía.

—¡Ahora, Wilder! —bramó desesperadamente Lewis Gordon.

Elliot Marlowe no tuvo opción a saber que los plomos de su arma se habían perdido unos centímetros por encima de la cabeza de Rubén, silbando en la oscuridad y yendo a desconchar la pared de enfrente.

Porque un proyectil ardiente le hizo astillas su podrido corazón causándole la muerte instantánea. Rebotó contra el muro con macabro estrépito y luego se fue velozmente contra el suelo estrellándose de bruces.

Lewis Gordon y Lionel Wilder, nerviosos, aterrorizados, habían echado mano de sus armas con torpeza infinita.

Con una lentitud que ningún contrincante, si deseaba salir con vida, podía permitirse frente a un hombre habilidoso y rapidísimo como Rubén Colby.

Gordon se quedó con un «38» a medio empuñar. No consiguió que el cañón del revólver enfilara la horizontal hacia el cuerpo del vengador.

El muchacho, sin mover las rodillas del suelo, había roto de cintura en agilísimo escorzo, al tiempo que sus gatillos propiciaban nuevos disparos.

Una bala atravesó la garganta de Lewis Gordon dejándolo seco en el acto. Lo mismo que Marlowe se estrelló contra la pared para después irse, con sonoro y estremecedor estrépito, de cara al empedrado.

Wilder trató de cambiar de posición exhibiendo ya su «Remington» del 44.

Pero su baldío intento encontró en el camino una bala ardiente, implacable, que se incrustó en su boca cerrándosela para siempre. Dio una vuelta completa sobre sí mismo, braceó desesperadamente como si tratara de aferrarse a una vida que ya había salido de su cuerpo y luego se vino abajo doblado, encogido, como un muñeco de trapo.

Beatriz Martos salió corriendo del lugar donde había permanecido agazapada.

—¡Rubén..., amor mío!

El, ya en pie, la estrechó fuertemente entre sus brazos. Y después de besar la roja boca de la joven con ferviente pasión, pidió:

—Dame los naipes, cariño.

Tres sotas de corazones que fueron prendidas, una tras otra, en las solapas de las levitas de aquel terceto de canallas que para bien del mundo ya lo habían abandonado.