CAPITULO 1
Stuart Miles se jactaba de decir a la primera ocasión que tenía:
—La sota de corazones me trae mucha suerte. En un lugar de California, hace nueve años aproximadamente, gané gracias a ella setecientos veinte mil dólares.
Lo que ya no decía el canalla de Miles era que había tenido que repartirlos con quienes en la actualidad eran sus socios, tres tipos tan crueles y despiadados como él, que le dieron cobertura a la hora de estafar impunemente a un mexicano honrado, decente y caballeroso, que había pagado con la vida el gravísimo error de suponer que Miles era tan caballero como él.
Y con el sheriff Sorenas, que dos años atrás había dejado su cargo de primer representante legal en Santa Ana, trasladándose a Frisco para formar sociedad con Miles, como ya había pronosticado el día en que se conocieron. El mismo día en que fue asesinado don Práxedes Cañizares de Abizanda.
—Por eso a mi local —seguía diciendo el impecable y ruin Miles— lo he bautizado con el nombre de Sota de Corazones.
Era uno de los saloons propiedad de él, en aquella ciudad cosmopolita, populosa y turbulenta llamada San Francisco. Turbulenta, sólo desde que los yankees habían sentado en ella sus reales.
El otro establecimiento del que era dueño Stuart Miles, tradicional, bullanguero, y de una índole moral poco aconsejable, se llamaba Belle Unión. Se lo había comprado a su antiguo propietario, un ex sargento del ejército, al día siguiente de que el local quedase prácticamente reducido a ruinas tras registrarse en él un terrible enfrentamiento entre una banda de gun-men y cuatreros y los famosos «Vigilantes de San Francisco», cuya ley no reconocía fronteras y cuya violencia solía ser, en mucho, superior a la de sus enemigos.
Miles había reconstruido la Belle Unión y dispuesto dentro de ella un servicio de seguridad compuesto por eficaces pistoleros, los cuales se encargaban de mantener el orden a toda costa y de que no se produjesen altercados como aquel que casi había acabado hasta con los cimientos del local de atracciones, espectáculos, chicas bonitas y juego.
Aunque, Stuart y sus compinches, solían pasar la mayor parte del tiempo en la Sota de Corazones.
Quizá, por aquello de la buena suerte.
Pero lo cierto del caso era que este establecimiento rentaba a Miles y sus socios mejores y mayores dividendos que los de la Belle Unión, en contra de lo esperado ya que, este último, gozaba de peor fama y mayor tradición entre los habitantes de San Francisco.
Pero la Sota de Corazones contaba con algo que no tenía ninguno de los muchos lugares de solaz y diversión de que constaba la capital de la Costa de California.
Y la razón de los suculentos beneficios que dejaba aquel saloon así como el hecho de que cada noche estuviera lleno a rebosar se debía a la actuación de una bellísima mujer —al menos todos la suponían muy bella—, que bailaba danzas españolas sobre el tablado, pero que lo hacía cubriendo su rostro con un antifaz de seda negra.
Lo cierto, lo innegable, era que al llegar la noche, la mayor parte de los unionistas de la ciudad que conseguían hacerse con un sitio en el local, lo atestaban a rebosar dispuestos a rendir tributo de admiración a la hermosa y enigmática danzarina. Con el íntimo deseo, era obvio, de adivinar su identidad, de ver su faz al descubierto. Mas la mujer poseía una extraña habilidad para desaparecer, después de su actuación, esfumándose en el aire tan misteriosamente como ocultaba su rostro, sin que nadie supiera adónde se dirigía.
Ni el propio Stuart Miles tenía la menor idea.
—¿Y cuando le paga, Miles?
Giró la cabeza lentamente como si le hubiera molestado, y mucho, aquel inesperado interrogante.
Al reconocer a quien lo había formulado entreabrió los labios con una sonrisa.
—¡Caramba...! ¡Pero si es mi amigo el capitán Overton del Ejército de la Unión!
—Usted hizo la guerra con los rebeldes, Miles. No creo que se considere, de verdad, muy amigo mío.
—Lo pasado, pasado, capitán. No podemos pasarnos la vida alimentando viejas rencillas. ¿No cree?
—¡Usted sabrá!
—¿Qué me preguntaba, capitán?
—Que si tampoco ve el rostro de esa preciosidad morena cuando le paga sus honorarios.
La sonrisa del propietario del local se hizo más amplia, más irónica.
—Pues no...
—¿No?
—No, de veras. Al terminar la danza subo al tablado y le entrego una bolsa con dinero. ¿No se ha fijado en ese detalle las noches anteriores? Después, ella, desaparece con ese par de gigantones que la esperan detrás del escenario y que no la dejan un solo momento ni a sol ni a sombra.
George Overton, hombre alto y de porte elegante, joven, de largos cabellos rubios, bien parecido, cuya carrera en el ejército había sido meteórica, se atusó orgullosamente las guías de su bigote, comentando:
—Curioso... —Y tras una pausa, agregó—: Lo que me extraña es que usted no haya hecho nada para averiguar qué carita tan hermosa se esconde detrás de ese antifaz.
—No me importa la vida privada de la gente que trabaja para mí. Ella baila, canta y lo hace bien. Si quiere cubrirse el rostro es asunto suyo.
—¡Qué discreto! Semejante actitud no encaja muy bien con un hombre de sus... referencias.
Miles se cuadró y sus ojos brillaron ominosamente.
—Vaya con mucho cuidado, capitán. Con... exquisito cuidado. Un hombre de mis referencias tiene amistades hasta en el infierno. Y el ejército, por supuesto, no es una excepción —jugueteó con uno de los dorados botones de la impecable guerrera del joven capitán, asegurando—: Sería de verdad lamentable que una carrera tan brillante como la de usted quedara truncada por su afición a meter las narices donde no le llaman. ¿Comprende, capitán?
Overton no ignoraba que Miles era hombre de mucho poder e influencia y por ello no quiso llevar más allá aquel tenso diálogo.
—No he querido molestarle, amigo. De veras.
—Mejor así.
El militar, despacio, se retiró discretamente.
Entonces, otra voz, ésta conocida, susurró al oído de Stuart Miles por la espalda de éste:
—Parece que ese capitancillo de tres al cuarto la tiene tomada contigo, ¿eh?
—Conmigo, no, Sorenas. Con la enmascarada.
El cáustico ex sheriff de Santa Ana, comentó:
—A mí también me tiene intrigado esa muñeca del antifaz. Y me gusta, que todavía es peor. Jamás en mi vida he perdido la chaveta por una mujer, pero ésta, estoy seguro de que podría conseguir que sucediera.
—Me satisface comprobar que el diablo también tiene sus debilidades.
—No debes ser tan duro conmigo, socio. Porque de lo contrario, cuando bajes al infierno, no te permitiré tomar asiento al lado de las mujeres hermosas y de las calderas calentitas. ¿Sabes una cosa?
—Viniendo de ti, algo malo debe ser.
Una risita socarrona bailó en los labios de Sorenas.
—Esta noche estoy dispuesto a averiguar el rostro que se esconde bajo ese antifaz y el cuerpo deseable que se oculta al otro lado de esos ropajes. La deseo... Deseo a esa mujer como nunca he deseado a otra.
—A ver si irás a quemar antes de lo previsto —comentó, irónico también, Stuart Miles.
—Descuida. Sé velar por mi seguridad. ¡Pero ella ha de ser mía!
En aquel momento se escuchó el rasgueo de las guitarras y todo el mundo guardó silencio.
Silencio de cementerio.
De aquel que se podía cortar en lonchas y comprobar después lo gruesas que eran.
La mujer ya había aparecido encima de las tablas.
Majestuosa.
Erguida.
Desafiante.
Con un rico traje de amplia falda de volantes, que en los puntos clave donde ceñía, acariciante, al sinuoso cuerpo de la hembra, dejaba entrever la escultural cadencia que lo moldeaba. El escote era amplio, generoso, de hombro a hombro, permitiendo ver cuando ella se inclinaba graciosamente agradeciendo los aplausos de la concurrencia, los ardientes atisbos de sus pechos hermosos y lozanos.
Pero la sugestión, el mayor encanto de aquella mujer que se intuía maravillosa, radicaba en el enigma nacido del espeso antifaz de color negro que ocultaba por completo su rostro a excepción de aquel par de pequeños orificios que ni con la agudeza visual de un lince permitía, tan siquiera, adivinar el color de sus ojos.
Sorenas alzó significativamente el vaso de whisky, frente a la dama, acercándose unos pasos al tablado, y ordenó que le dejaran libre una de las mesas más cercanas a aquél, a lo que accedieron sus ocupantes de mala gana sabedores de la clase de tipo que era el ex sheriff de Santa Ana, y conocedores también de su condición de socio del propietario del local.
Volvió a brindar por la dama y después consumió el licor de un solo trago.
Pareció que aquel brindis que ella había captado la hizo contraer y empequeñecerse por unos instantes. Era un expresión evidente, silenciosa pero explícita, de asco y repugnancia. Pero Sorenas estaba tan lascivamente atento al hecho de atisbar por el escote que ocultaba aquellos pechos cálidos, turbulentos y magnánimos, erguidos, que no captó el gesto de la sensual hembra.
Al compás de las guitarras, en medio de un reverente silencio, los menudos pies de la enmascarada arrancaron vibrátiles notas de la tarima que sus zapatos taconeaban. Y su cuerpo elástico, cimbreño como el junco y arrogante como la palmera, se entregó con absoluta renuncia de cuanto la rodeaba a la sensualidad de la danza en la que se mezclaban armoniosamente distintos folklores: la voluptuosidad árabe matizada por los desafiantes desplantes hispanos, envuelto todo ello en la perezosa transparencia de la alegría mexicana.
Algo soberbio.
Extraordinario como ella misma.
Julián Sorenas la contemplaba extasiado, sintiendo que sus pupilas, a fuerza de estar prendidas en el cuerpo de la mujer, se iban tornando diminutas.
Un fuego devastador arrasaba su tórax. La pasión y el deseo turbaban su mente. Se dijo que no podía resistir más. Que iba a volverse loco si aquella noche..., aquella misma noche, no conseguía poseerla, penetrarla, desahogar en aquel cuerpo pleno y caliente sus anhelos libidinosos. Si no conseguía volcarse sobre ella y besar sus pechos hasta que no le quedara aliento en los pulmones.
Mientras aquellos sucios pensamientos poblaban hasta el último rincón de la túrbida mente del ex sheriff, la voz de las guitarras y el lenguaje del taconeo cobraban vida y color, alzándose por encima del silencio denso, casi palpable, que daba la sensación de poder desmenuzarse con los dedos. Y la misterios hembra de rostro enmascarado, flor codiciada por cuantos ojos la contemplaban, proseguía con mayor intensidad el vibrátil frenesí de la música que imprimía a su cuerpo sensual una serie de contorsiones inverosímiles.
Gotas de brillante sudor, comenzaron a perlar en forma de visibles puntitos brillantes la frente de Sorenas, al contemplar las epilépticas sacudidas de ella, al tiempo que su calenturienta imaginación, empezaba a jugarle una mala pasada haciéndole ver con la ansiedad de la pasión que la mujer estaba ya entre sus brazos y que él...
Se pasó el pañuelo por la frente enjugándose el sudor.
Engulló toda la saliva que se había apelotonado en su garganta mientras con los ojos cerrados imaginaba la delirante escena.
Se alzó Sorenas de la mesa en el justo instante que la enmascarada ponía punto final a su actuación, recibiendo una cerrada, atronadora e inenarrable salva de aplausos, para dirigirse hacia donde le aguardaban dos tipos de su total confianza.
La fabulosa mujer del antifaz, ante el general asombro, había desaparecido del tablado —con la bolsa que Stuart Miles, diligente, le había subido con rapidez al escenario—, como por arte de magia, igual que cuando sobre él apareciera.