10

ISMAEL, incómodo por sentirse como si fuera el amo del lugar, dirigió a Richard una sonrisa un poco lastimosa.

—Está claro, cuando todo se destroza, se desordena mucho. ¡No debes reconocer tu bar!

Richard se unió a él pasando por encima de un montón de escombros.

—Jeanne me ha enseñado los planos. Creo que quedará estupendo una vez terminado —declaró con tono neutro.

Desde su llegada al Balbuzard media hora antes, tenía la desagradable impresión de ser un extraño en su casa. Solo Céline lo había recibido con gestos de alegría, aunque se había apresurado a irse con Nicolas, que pasaba la tarde con ella. ¡Te daremos a probar nuestros buñuelos!, prometió antes de marcharse corriendo. En cuanto a Jeanne, encantadora y feliz con un grueso jersey de cuello vuelto color cereza, le había explicado que sus padres se habían ido de compras a Tours, lo que evitaría un penoso enfrentamiento siempre que Richard se marchara antes de las seis. Finalmente, Ismael, en medio del caos del antiguo bar, dirigía a los obreros como si fuera el propietario.

—¿Para qué fecha está prevista la apertura del restaurante? —preguntó Richard.

—Para el 15 de diciembre. Un poco justo, pero lo conseguiremos. Perdernos el Fin de Año sería una tontería, ¿verdad? Mira, ven a ver por aquí...

Ismael precedió a Richard hacia las cocinas sin dejar de hablar.

—Entre las normas de higiene y las que me impone Jeanne para el medio ambiente, ¡será una cocina modelo! Estaba bien cuando lo organizasteis para preparar desayunos, pero comprenderás que ha habido que derribarlo todo.

Unos albañiles se ocupaban de colocar azulejos blancos sobre las paredes, como si trataran de reconstruir una estación de metro parisino.

—Hasta dos metros de alto —precisó orgulloso Ismael—. El suelo será igual, lo que facilitará la limpieza. La limpieza es mi obsesión, ¡y la de los tíos que vienen a controlar, también! No te imaginas hasta qué punto son quisquillosos... Y mira mis neveras. Una maravilla, ¿no?

Dos neveras como mastodontes de acero reinaban en un rincón, aún sin enchufar.

—La campana y las encimeras serán del mismo metal, reciclable hasta el infinito y que permanece como nuevo.

Por todas partes colgaban tubos llenos de cables que esperaban ser conectados.

—Cuando lo organizamos, como tú dices, estábamos pelados —comentó Richard—. Pero ahora tengo que quitarme el sombrero. Esto es de gran lujo.

—No, solamente profesional. Espero hacer del restaurante del Balbuzard una referencia en la región.

—¿Y La Renaissance?

—Voy a contratar a un cocinero. Un chico estupendo que yo mismo he formado y que conoce mis métodos.

Ismael quitó la vista del trabajo de los albañiles y, volviéndose hacia Richard, lo miró de frente.

—Dime al menos que te gusta.

—No sé.

Ante su falta de entusiasmo, Ismael se entristeció.

—Pero bueno, Richard, ¿has olvidado nuestros sueños cuando estábamos en la escuela de hostelería?

—Los tuyos. Yo, la manduca...

—¿La manduca? ¿No es un poco despreciativa esa expresión? ¿Un poco limitada? Sabes cocinar, y sabes que yo lo sé. Cuando estábamos estudiando, aunque no fuera lo que preferías ni lo que se te daba mejor, al menos te interesabas por ello.

Richard se encogió de hombros y se alejó hacia el fondo de la cocina. Le molestaba estar de mal humor, consciente de que no tenía por qué mostrarse así con Ismael. Pero ¿cómo alegrarse de aquel proyecto realizado con una Jeanne desbordante de energía, y del que él estaba totalmente excluido? Le enseñaban el avance de las obras por cortesía, sin que tuviera nada que decir, hasta el punto de que acababa por preguntarse qué estaba haciendo allí.

—Ahora que estás en ello —preguntó por obligación—, ¿has pensado en aislar las paredes?

—¡Jeanne no me habría permitido olvidarlo! No pudisteis ser eficaces cuando...

—¿... organizamos?

—¡Oh, caramba, qué susceptible estás, hombre! —se acaloró Ismael—. Debería alegrarte el rumbo que está tomando esto.

—¿Por qué?

—Pues porque...

—¡Ismael! —gritó Jeanne desde la entrada—. Hay una entrega para ti. Un chisme enorme, parece ser.

—¡Mi piano!

Con aire extasiado, se precipitó fuera de la cocina mientras Richard le explicaba a Jeanne:

—Sus hornos.

Intercambiaron una larga mirada. Jeanne pareció comprender lo que sentía, porque se acercó a él con una sonrisa cariñosa.

—Muchos cambios, ¿verdad? ¡Ismael está como un niño con zapatos nuevos!

—¿Y tú?

Inclinando la cabeza hacia un lado, ella reflexionó antes de contestar.

—Sigo convencida de que hacía falta un restaurante en el Balbuzard.

¿Era una manera de reprocharle la negativa que él le había planteado durante tantos años?

—Tienes razón —admitió—, ha llegado el momento de que el hotel crezca. Cuando hablábamos de ello, no imaginaba que se pudiera conseguir un préstamo para pagar toda la inversión. La cantidad de dinero que había que comprometer me daba miedo, pero tú has solventado ese problema muy bien. ¡Bravo!

—Bastaba con encontrar un chef lo bastante motivado. Fuiste tú el que trajiste a Ismael al Balbuzard. Gracias.

Su conversación estaba tomando un cariz cortés pero tenso que no presagiaba nada bueno.

—Te va a interesar más el bungaló. El arquitecto estaba aquí hace un rato y quería hablar contigo.

—Nos hemos cruzado al llegar. Según él, la construcción será rápida. Ha contratado a tres canadienses que saben ensamblar la madera mejor que nadie.

—Sí, está feliz. ¡Se considera el mejor arquitecto sostenible de la región!

Richard cogió a Jeanne por el hombro, la atrajo hacia sí y le dio un beso fugaz en la mejilla.

—Subo a ver a Céline antes de que lleguen tus padres.

—Te acompaño, me apetece un café.

Abandonaron la cocina y pasaron ante el bar devastado. La puerta de la sala de billar estaba cerrada y todo el contorno protegido por anchas tiras de cinta adhesiva.

—No me apetecía ver los tapetes verdes llenos de polvo —comentó Jeanne.

En el vestíbulo de recepción, la consola estaba cubierta con un paño y la gran cristalera tapada por cartones.

—Tus padres son un encanto. Qué bien que hayan venido a hacerte compañía. Cuando cae la noche, estas obras deben parecerte siniestras, ¿no?

—En el apartamento no lo noto. Pero me alegro de que estén aquí, sobre todo por Céline.

—Podías haberme pedido ayuda a mí también —le recordó él.

—¿Habrías dormido atravesado en el pasillo? —ironizó ella.

Cuando llegaron a lo alto de la escalera, oyeron un grito estridente que los dejó clavados en el sitio. Justo después, se oyó un rugido profundo seguido por más gritos agudos. Richard se precipitó como loco a través de la sala de estar, tirando los muebles a su paso. En la cocina, delante de él, altas llamas se elevaban de la freidora. Céline estaba un poco apartada, pero Nicolas sacudía furiosamente su jersey, que se había incendiado. Actuando por instinto, Richard apartó de un manotazo a Céline con una mano para apartarla del peligro y con la otra agarró a Nicolas y se echó a rodar con él por el suelo. En el mismo instante, Jeanne apareció a su lado con una manta y Richard se levantó de un salto, abandonando al niño en manos de Jeanne, que ya lo estaba envolviendo. Cogió una bayeta del fregadero y la colocó con gesto vivo y preciso sobre las llamas, que se apagaron de inmediato. La sostuvo en el sitio unos instantes sin preocuparse del calor de las asas de la freidora, que sostenía cogiéndola con una bayeta.

Hecha un ovillo en el rincón donde había aterrizado, Céline sollozaba repitiendo el nombre de Nicolas.

—¡No tiene nada! —afirmó Jeanne con voz trémula.

Seguía sujetando al niño contra ella y le acariciaba la cabeza. Sin aliento, Richard miró a su alrededor. Aparte de las grandes manchas negras sobre la pared, todo parecía normal. Recuperó la respiración y se acercó a Céline.

—Oh, mi niña, qué susto nos habéis dado...

Sabía que estaba bien, pero la examinó de arriba abajo antes de tomarla en brazos.

—Por Dios, niños —dijo Jeanne—, prometisteis esperarme para hacer la fritura. ¡Teníais que preparar la pasta y venir a buscarme!

—Era para ganar tiempo —gimió Nicolas. Hemos calentado el aceite, pero se puso a hervir y ardió de repente. Quise apagarlo echándole agua encima.

Richard se arrodilló delante de él, esforzándose por sonreír.

—Mala decisión. ¿Tienes alguna quemadura en algún sitio?

Por suerte, el jersey era de lana, una materia poco combustible que había aguantado bien. El niño tenía las cejas y algunos mechones de pelo tostados, pero estaba indemne. Richard le examinó las manos y la cara, y luego lo ayudó a quitarse el jersey. Debajo, la camiseta no mostraba más que una ligera huella marrón.

—¡Nunca eches agua sobre aceite ardiendo, Nicolas! ¡Jamás! Creo que lo recordarás. Si te vuelve a pasar, coges un trapo húmedo y cubres totalmente la freidora o la sartén con él. No hay que tener miedo, las llamas se extinguen en cuanto dejan de tener aire.

Céline se dejó caer junto al niño, murmurando:

—Se estropeó lo de los buñuelos.

Jeanne estalló en una risa nerviosa, demasiado aguda.

—Cuando todo se puso a arder —precisó la niña—, Nicolas me dijo que me apartara. Después, cogió el agua. Solo después. No tenéis que regañarlo, no.

—Claro que no —admitió Richard.

—¡Pero Ismael lo va a regañar, lo va a regañar!

—No lo repitas todo dos veces. Creo que su papá se pondrá...

—¿Qué pasa? —exclamó Ismael—. ¿Qué hacéis en el suelo?

Se quedó mirando estupefacto a los cuatro. Su mirada pasó de los niños, apretujados uno contra el otro, a la manta y al jersey tirados sobre las baldosas, y luego se dirigió a la cocina. Vio la bayeta sobre la freidora y las grandes manchas negras que había sobre la pared y la campana.

—Ha sido más el susto que el daño —dijo Richard, incorporándose.

Le tendió la mano a Jeanne para ayudarla a levantarse. Ismael tomó aire y abrió la boca, pero al final permaneció mudo. Muy erguido, con los puños apretados, parecía inmenso en el marco de la puerta corredera.

—Ha sido culpa mía —soltó con brusquedad—. Dejo mucha libertad a Nicolas en la cocina. Ha creído que hacía bien. ¿Verdad, hijo?

Su hijo se precipitó hacia él, muy aliviado por su reacción, mientras que Richard dirigía un guiño de complicidad a Céline.

—¿Y la masa? —añadió Ismael—. ¿Qué tal está?

Nicolas, aún aferrado a su padre, fue a inclinarse sobre la encimera.

—Ah, ¿queríais hacer buñuelos? —preguntó al ver las tiras de masa cortadas en cuadrados.

—Menudos buñuelos... —masculló Jeanne.

Observaba a Ismael con una expresión de ternura que molestó a Richard.

—¿Te he gustado en el papel de bombero de guardia? —le preguntó con tono irónico.

Cuando Jeanne se volvió, su magnífica mirada azul brillaba maliciosa.

—Muy impresionante. Pero no me esperaba menos de ti.

Permanecieron un momento frente a frente, observándose, hasta que Ismael sugirió:

—Vamos a hacer los buñuelos juntos. Si no, ¡me temo que Nick no se atreverá a acercarse nunca más a los fogones! ¿Tienes aceite de sobra, Jeanne?

—En el armario.

—Te lo traeré mañana. Por lo que respecta a los daños, me pondré en contacto con mi aseguradora.

—No ha pasado gran cosa, déjalo.

Le estaba respondiendo a Ismael, pero miraba sin pestañear a Richard. Este tuvo la impresión de que esperaba algo de él, pero ¿qué? ¿Que se marchara antes de la llegada de sus padres? No tenía ninguna gana de irse. Apenas repuesto del susto causado por aquel conato de incendio, lo único que deseaba era no moverse de allí. En aquella cocina donde habían hecho tantas comidas se sentía en su casa, en su lugar con su mujer y su hija. Era su vida, ¿en nombre de qué locura la había echado por la borda?

Al final, consultó el reloj y se dio cuenta de que eran casi las cinco.

—Voy a dejaros —decidió.

—¿Ya? —protestó Céline.

—Volveré muy pronto, mi niña. Hasta entonces, prométeme que escucharás siempre a mamá. Cuando ella te dice algo...

La niña adoptó un aspecto contrito y bajó la cabeza. ¿De quién habría sido la idea de calentar el aceite sin esperar a Jeanne? ¿De ella o de Nicolas? No serviría de nada interrogarlos para empujar a uno a acusar al otro. Sin duda aprenderían ambos la lección. Richard besó a Jeanne en la mejilla y sintió un pellizco en el corazón, como todas las veces, y después estrechó la mano de Ismael, que dijo:

—Te acompaño, tengo que decirte una cosa. ¡Vuelvo a subir dentro de diez minutos, niños!

Acompañó a Richard hasta el vestíbulo de recepción y salió con él. Había caído la noche, hacía frío, ninguna luz alumbraba la escalinata y todas las camionetas de los obreros se habían ido.

—Por lo que he entendido, has actuado justo a tiempo para evitar lo peor hace un momento, ¿no? Tengo que pedirte disculpas por la tontería de Nicolas, y nunca te lo agradeceré bastante.

—Para, tío.

—Ha puesto a tu hija en peligro.

—No, le dijo que se apartara.

—El incendio se podía haber propagado a toda velocidad, sé lo que es un fuego en una cocina. Estoy desolado, de verdad. Si Jeanne y tú no hubierais subido en ese momento...

—Con «sies», se reescribiría la historia del mundo. Hoy todos hemos tenido suerte, eso es todo.

Habían llegado junto al coche de Richard y apenas podían verse en la oscuridad.

—Hay otra cosa —añadió Ismael.

—Adelante, te escucho, pero date prisa, que me congelo.

—Quería hablarte de Jeanne.

—Ah...

—Por tu manera de mirarla, está claro que te haces preguntas.

—Es posible.

Se instaló entre ellos un silencio eterno.

—En todo caso —soltó con brusquedad Ismael—, te echa de menos, y por ahora sigue queriéndote. Es lo que quería que supieras. Haz lo que debas.

Richard le oyó alejarse en dirección a la escalinata. Se apresuró a subir a su coche estremecido por un escalofrío, y encendió el motor. Tenía sentimientos contradictorios que se agolpaban en su cabeza. Necesitaba hacer un examen de conciencia urgente. Isabelle lo bombardeaba con mensajes a los que no sabía qué responder, y cada vez que hablaban por teléfono, se peleaban. Ella había aparecido una noche en su casa, más seductora que nunca pero tan exigente como siempre, impaciente, categórica. Después de haber hecho el amor, se habían enfrentado una vez más. Cuando ella se marchó, dando un portazo como de costumbre, él no sintió la necesidad de correr tras ella. Su aventura, que se había vuelto tormentosa y caótica, ¿seguía siendo una auténtica historia de amor?

Arrancó al fin, rodando suavemente sobre la grava. Justo antes de meterse en la carretera, se cruzó con el coche de Lucien y estuvo a punto de saludarlo con la mano. Se abstuvo, seguro de que su gesto sería mal interpretado.

Con la cabeza entre las manos, Isabelle releía el precontrato de venta que había firmado sin pestañear en el despacho de un colega. ¡Ella que aconsejaba siempre a sus clientes que reflexionaran! Pero los acontecimientos se habían precipitado aquellos últimos días y había tenido que improvisar. En primer lugar, Solène le había anunciado que aceptaba la oferta —muy correcta— de un comprador con prisa. Lionel le había enviado un poder y, cuarenta y ocho horas más tarde, la casa familiar de los Ferrière estaba comprometida con un desconocido. Como no tenía más que tres meses, el plazo legal, para buscar un techo, Isabelle había renunciado a la casa donde había imaginado que viviría con Richard. Había demasiadas obras que hacer, demasiadas incertidumbres planeando sobre el futuro. A la desesperada había visto un piso grande cuyas ventanas daban al Loira, y después una casa antigua que acababa de ser totalmente restaurada. Se había decidido por aquella última por su situación, a dos pasos del Gran Teatro y no lejos de la notaría. En la parte de atrás, una hermosa galería de 1900 transformada en jardín de invierno había acabado de convencerla. Aquella misma tarde llamó a la agencia.

Consciente de que se había precipitado un poco, guardó el documento en un cajón. Al menos ella actuaba, no se quedaba a la expectativa, como Richard. Y de todos modos había negociado el precio, obteniendo una rebaja significativa. Quedaban por cuadrar perfectamente las transacciones de venta, la amortización de su parte, la conclusión de la compra y la mudanza.

Se levantó, atravesó su despacho y abrió la puerta. La notaría funcionaba a toda marcha, los empleados iban y venían, con sus carpetas en la mano, los teléfonos sonaban y los clientes ocupaban la sala de espera.

—Su cita de las seis ha llegado —le advirtió su secretaria, interceptándola en el pasillo.

—Antes voy a hacerme un café —protestó Isabelle.

Delante de la máquina dudó un segundo, pero le vendría bien un café pues el día había sido largo y la noche lo sería más aún.

—¡Llueve desde esta mañana! —le espetó uno de los notarios asociados que estaba llenando su vaso de agua en la fuente—. Si esto sigue así, habrá una crecida del Loira.

—No seas pesimista.

—Météo France nos ha puesto en alerta naranja.

—No sé de qué nos va a servir eso —se burló Isabelle—. Si se tiene que desbordar, se desbordará. ¿Se ha ido la pasante?

—Hace cinco minutos.

—Vaya, tenía que preguntarle una cosa. Es estupenda, pero no se queda un minuto de más, ¿eh?

—No, pero es estupenda —repitió el notario.

Intercambiaron una sonrisa cómplice, sabiendo ambos hasta qué punto los trabajos de pasante y de contable eran fundamentales en una notaría.

—¿Tienes algo que hacer esta noche? —preguntó él con tono amistoso.

—Cita de enamorados. ¡Lo siento!

Estaba fanfarroneando, pero una angustia sorda la obsesionaba desde por la mañana. Richard había quedado con ella en el bar del hotel de L’Univers, a las ocho y media, y esperaba tener tiempo para poder ir a cambiarse a su casa. Había escogido aquel lugar por su ambiente confortable, lujoso, donde tomar una copa de champán constituía un excelente principio de velada. A continuación podrían ir a cenar a La Touraine, el restaurante del hotel, o bien acercarse a L’Odéon, muy cercano, cuya atmósfera art déco le gustaba mucho. De un modo u otro, tenía que subyugar a Richard, porque le daba la sensación de que se le estaba escapando.

Cogió el vaso y se dirigió a su despacho.

La lluvia seguía cayendo a raudales y los cristales chorreaban gotitas brillantes. Sentado en uno de los dos sillones que constituían todo el mobiliario del cuarto de estar, Richard reflexionaba. Con un cigarrillo entre los labios, miraba distraído cómo se alzaba la voluta de humo azulado. A sus pies, un cenicero contenía ya varias colillas. En otros tiempos, Jeanne le habría comentado que se estaba matando. De todos modos, nunca le había prohibido nada. En el Balbuzard, si iba a fumar fuera, preferentemente sobre el murete de la huerta, era por respeto a ella y por limitar su consumo. La prohibición o las órdenes no formaban parte del carácter de Jeanne. A lo largo de su matrimonio habían mantenido una relación equilibrada, él no era paternalista y ella no era maternal. Su entendimiento se basaba en la franqueza y el respeto. Al menos, hasta que Isabelle reapareció en la vida de Richard.

Aplastó el cigarrillo, suspiró y estiró las piernas. Al cabo de poco tiempo debía marcharse al hotel de L’Univers si no quería llegar tarde. Entre otras muchas exigencias, Isabelle no soportaba esperar. Cuando ella concertó una cita, supuestamente romántica, él se había prometido a sí mismo que por fin se explicaría con ella. En un lugar público, no tendrían la tentación de caer el uno en brazos del otro ocultando sus problemas con el deseo. Hacer el amor no podía resolverlo todo.

De mala gana abandonó su sillón para ir a cambiarse. Sustituyó su jersey de cuello vuelto por una camisa y una chaqueta, pero renunció a la corbata, que hizo una bola y se metió en el bolsillo, por si acaso. En el cuarto de baño se miró de cerca y decidió que no le vendría mal una pasadita de la maquinilla eléctrica. Como a la mayor parte de los morenos, le crecía la barba rápido, e Isabelle lo odiaba. Mientras que Jeanne, si no se afeitaba durante dos días, lo llamaba, riendo, el hombre de los bosques.

¿Por qué pensaba tan a menudo en Jeanne? Unos meses antes, era Isabelle la que le obsesionaba.

—¡Te comportas como una veleta, amigo! —le dijo al espejo.

Era difícil admitir la verdad. Admitir que su renovada pasión por Isabelle no había sido quizá sino algo efímero. En cuanto se marchó de su casa, había empezado a lamentarlo. Los únicos momentos en los que no dudaba eran los que pasaba acariciando el cuerpo de Isabelle, respirándola, bebiéndola y fundiéndose con ella. Pero después, todas las preguntas volvían con renovada fuerza. Más allá del placer, no quedaba más que la persecución de un viejo sueño que se iba desintegrando día a día. Isa, la pequeña Isa, se convertía en un recuerdo perdido. Hoy, la mujer que era su amante no se parecía ya a Isa.

Se puso el impermeable, cogió un paraguas y abandonó el apartamento. El temporal no había amainado, el agua corría por las aceras y enormes charcos se habían formado por todas partes. Al cabo de cinco minutos de marcha, los mocasines de Richard estaban empapados, pero no se dio cuenta. Perdido en sus pensamientos, se preguntaba por qué se acordaba menos de Lambert en los últimos tiempos, y por qué, cuando le venía a la mente, ya no sentía más que una tristeza difusa, casi serena. Cuando le dijo a Isabelle que su padre había estado al corriente de su historia, ella se limitó a reír y a comentar lo bien que lo había disimulado. Pero no, Lambert no disimulaba nada en absoluto, debía observarlos con su benevolencia acostumbrada. Amaba a Richard como a un hijo y sin duda le parecía adecuado para su hija. Si al menos, la noche del accidente, aquel maldito coche no hubiera...

—¿Recojo su abrigo, señor?

Le tendió su impermeable al joven que se lo pedía, dejó el paraguas mojado en medio de un paragüero lleno y se dirigió hacia el bar, admirando al pasar el lujo del vestíbulo del hotel en medio del cual reinaba una escalera monumental. Sus mocasines empapados hacían un curioso ruido sobre la gruesa moqueta, lo que le dio ganas de reír. Aunque él se sintiera un poco desplazado en aquel ambiente, Isabelle, sin embargo, que lo esperaba en el bar, parecía totalmente a sus anchas. Sentada en un gran sillón de cuero, delante de la pared forrada de madera y cubierta de cuadros, ya tenía una copa de champán en la mano. Su vestido negro, con escote drapeado y falda abierta a un lado, era una maravilla de elegancia; estaba resplandeciente. Al acercarse a su mesa, Richard sintió una angustia repentina por lo que tenía que decirle.

—¿Has venido a pie a pesar de este tiempo tan espantoso? —se asombró ella tras echar una mirada a los bajos de su pantalón.

—Ya sabes que me gusta caminar.

Inclinado sobre ella, le dio un beso detrás de la oreja.

—Estás fantástica, como siempre.

—Quería hacerte los honores, cariño. Vamos a pasar una velada excelente, ya lo verás. ¿Champán también?

Sin esperar, le hizo una seña al barman. Por supuesto, no era de las que dejaban que el hombre se ocupara de pedir.

—Este lugar es perfecto para una noche de lluvia, ¿no?

—Muy confortable —admitió él—. Pero entre nosotros, estoy un poco abrumado por toda esta opulencia.

Alzando los ojos, Isabelle exclamó, impaciente:

—Estamos mejor aquí que en tu apartamento, ¿no?

—¿Tú crees?

Debía estar mirándola con demasiada insistencia, porque ella se turbó.

—Estoy bien contigo en cualquier parte, Richard.

—Pero te gusta el lujo.

—El confort. Después de los días demenciales que paso en la notaría, tengo derecho. De todos modos, esta noche eres mi invitado.

—¿Qué más da eso?

Él no lo había preguntado con mala intención, y sin embargo ella pareció descolocada.

—¿Necesitamos todo este decorado? —añadió Richard con una sonrisa forzada—. Isa, tenemos que hablar.

—Estamos aquí para eso. Dime lo que se te pasa por la cabeza en vez de refugiarte en el silencio. Llevas unos días muy poco hablador, y reconozco que eso me preocupa. Cuando éramos jóvenes, no teníamos ningún problema de comunicación. ¡Siempre nos lo contábamos todo!

—Hemos envejecido, hemos cambiado. Y no hemos seguido caminos paralelos.

—Estás muy sentencioso.

Bebió un trago mientras seguía observándolo con el rabillo del ojo.

—Sabes —añadió Isabelle de repente—, tengo que darte una gran noticia. Respecto a la casa, he solucionado el problema. Acabo de comprar una. No la que me había encontrado Sabine. Otra. Eso te sorprende, ¿eh? Bueno, yo soy así, me gusta que las cosas vayan deprisa. Estoy bastante contenta de mi elección, ya verás, tiene una galería preciosa, y además está para entrar a vivir, todo es nuevo. No te planteo ningún ultimátum, pero si quieres vivir conmigo, creo que estaremos muy bien allí. Si prefieres seguir un tiempo en tu apartamento, lo comprenderé.

¿De dónde venía esta repentina indulgencia? Ella misma lo reconocía: no tenía ninguna paciencia y no toleraba las medias tintas. ¿Presentiría que Richard estaba dando marcha atrás?

—Sí —dijo él—, prefiero quedarme... en mi casa. Pero me alegro de que hayas encontrado una casa a tu gusto.

—Era necesario, nuestra casa se ha vendido.

Su voz se endureció, y lo miró a los ojos esperando que se explicara. Debió estar callado demasiado tiempo, porque ella atacó:

—¿De qué manera ves nuestro futuro, cariño? ¿Cada uno en su casa hasta cuándo? Quieres un respiro y te lo doy de buena gana, pero sé más preciso, necesito saber.

Richard se sintió acorralado contra la pared, estaba ocurriendo lo que él quería, y se vio obligado a hacer una inspiración profunda para encontrar el valor de hablar. Aunque no temía la cólera de Isabelle, le asustaba la idea del dolor que le iba a causar.

—Creo que nos hemos equivocado, Isa. Creímos que íbamos a volver a recuperar el pasado, que nuestros sentimientos estaban intactos y que bastaría con reanudar el hilo de la historia, pero nos equivocamos.

—¿No me quieres?

—Sí, pero no como te quise.

Vio cómo se descomponía. Los rasgos de su cara parecieron emborronarse y después quedarse fijos.

—Es muy duro decirlo —prosiguió Richard—. He cometido un error monumental. Uno más...

—¿De qué me estás hablando?

Vuelta hacia él, lo observó unos instantes con una expresión malévola que desconocía.

—Supongo que ahora me vas a hablar de Jeanne.

—No.

—¿De verdad? Pues bien, no me lo creo. Estoy segura de que ella ha hecho todo lo posible para recuperarte, culpabilizarte, volverte loco. ¡Y tú te prestas a su juego porque eres un cobarde, cobarde como todos los tíos! Estaba convencida de que eras distinto a los demás, pero tu maldita mujercita te ha vuelto idiota.

Pronunciaba cada palabra sin gritar y sin dejar de mirarlo.

—Si me pierdes por segunda vez, Richard, no te recuperarás jamás. ¿Qué te piensas? ¿Que no pensarás en mí por la noche, si vuelves al lecho conyugal? ¡Qué tontería! Estamos hechos el uno para el otro, tú y yo, destinados el uno al otro, y no puedes hacer nada en contra.

—Estás equivocada, Isa. Dios sabe que te deseo, pero me pierdo en tus brazos. No seríamos felices. Yo no lo soy en este momento...

—¡Por supuesto! No consigues soltar amarras de una vez, no miras hacia delante. Te refugias en tu piso de tres al cuarto, y te torturas de la mañana a la noche. ¡Eso no sirve para nada! Has dado el primer paso y te has detenido, muerto de miedo. ¿Cómo quieres que esto funcione? No digo que sea fácil divorciarse, pero hay muchísima gente que lo consigue. ¡Tú ni siquiera te has puesto en contacto con un abogado! Todo podría arreglarse en unos meses si te ocuparas de las cosas en lugar de tergiversarlas, y al final sentirías que te habías quitado un peso de encima.

Ella trataba de convencerlo de nuevo, pero aquello se había convertido en un combate inútil.

—No quiero, Isabelle.

—¿No quieres qué? —se enervó ella—. ¿No hacer llorar a la pobre Jeanne, a la buena de Jeanne? ¿Prefieres hacerme daño a mí? ¿Porque yo soy la mala, la que ha arrancado al marido modelo de su dulce hogar? ¡No tuve que insistir demasiado, si no recuerdo mal!

—Para, Isabelle, para...

No conseguiría librarse de aquello sin una pelea violenta, palabras duras, lágrimas.

—¡No me obligaste, oh, no! Durante más de quince años, pensé en ti casi todos los días. Jamás habría podido resistirme, ni siquiera me lo planteé. Esa habitación que habías reservado en Luynes era mi paraíso perdido, mi grial. Entonces creí... ya no sé lo que creí en ese momento. Un momento mágico, lo admito. Pero luego todo se precipitó, y no me atreví a reconocerte que había vuelto a aterrizar. No quiero vivir contigo ni fundar una nueva familia contigo. Nuestros caminos se separaron el día de la muerte de tu padre y no podemos hacer nada, ni tú ni yo.

Silenciosa, ella ya no lo miraba a él sino a su copa vacía. Pasaron varios minutos antes de que se decidiera a murmurar:

—Richard, no tienes derecho a hacerme esto.

Le temblaba la barbilla, pero se recuperó enseguida. Levantó la cabeza y le hizo una seña al barman. Luego esperó a que les cambiara las copas. Por primera vez Richard la encontró frágil, vulnerable, y temió no poder llegar a dejarla. Ya se estaba muriendo de ganas de estrecharla contra él para consolarla.

—No te tengo más que a ti —dijo ella, en voz tan baja que a él le costó oírla.

—Tendrás a quien quieras. A alguien mejor que yo. Un hombre que te hará ver la vida bajo un punto de vista diferente y que te dará lo que esperas. ¡Eres tan hermosa!

Le cogió la mano, le besó la punta de los dedos y la soltó enseguida.

—No —gruñó ella—, ¡tú no lo comprendes, los demás me dan igual! Me dan igual desde hace quince años, y nada ha funcionado nunca porque nadie conseguía ocupar tu lugar. Todo el mundo quiso hacerme creer que te olvidaría, pero no he podido. Al fin te he vuelto a encontrar y tú pretendes que... ¿Que qué, exactamente?

—Que nos tenemos que separar, Isabelle. Ir cada uno por nuestro lado sin remordimientos. Al volver a vernos, los dos quisimos terminar algo inacabado. Digamos que nos hemos vengado. Del destino, de tu madre, de la pena y de la carencia. Hemos hecho como si nos lo creyéramos, peor que unos niños.

—¡Yo no! —gritó ella—. ¡Yo soy sincera, yo te quiero!

Un cliente que pasaba por delante de su mesa no pudo impedir echarles un vistazo, intrigado, y después se apresuró hacia la salida. Ambos debían tener un aspecto perdido, y la exclamación de Isabelle había resonado en el elegante bar.

—Richard, mírame y atrévete a decirme que se ha acabado.

Él se apresuró a hacer lo que ella le pedía. Ni un perdón ni una excusa, sino la verdad, mirándola a los ojos.

—Isa —dijo con mucha suavidad—, no iremos más lejos juntos.

Con un gesto brusco, ella recogió su bolso y se levantó de un salto. Al verla atravesar el bar con andares poco seguros, cuando siempre se desplazaba como una conquistadora, tuvo la impresión de que se le rompía el corazón. A pesar de sí mismo, se lanzó tras ella porque no quería que estuviera sola en la calle, bajo la lluvia, pero primero tuvo que pagar las consumiciones y después recuperar su impermeable. Cuando salió al fin del hotel de L’Univers, la vio alejarse por el bulevar Heurteloup y la alcanzó corriendo. Ella ni siquiera había abierto el paraguas, a pesar de la tromba de agua que caía.

—¡Espera, voy a acompañarte! —le dijo, tomándola por el hombro.

Ella llevaba un largo abrigo claro, con el cuello subido, y los cabellos le goteaban ya, pegándole el pelo a la frente, deshaciendo su maquillaje.

—Tengo mi coche, no te necesito. Supongo que ni hablamos ya de cenar juntos. ¡Para qué prolongar la despedida! En todo caso, Richard, gracias por esta velada, ha sido estupenda.

—Tápate.

Le cogió el paraguas de las manos y lo abrió para protegerla de la lluvia. Él había olvidado el suyo en el hotel, pero le daba igual.

—¿Dónde has aparcado?

—¿Qué más te da? Ya no es problema tuyo, nuestros caminos se separan aquí, lo has dicho muy claro. Así que ¿qué? ¿Lo lamentas?

Ella lo miraba fijamente, con los ojos chispeando de rabia.

—No es fácil escoger, ¿eh? ¿Volver con la cabeza gacha al redil y reencontrarte con tu querida Jeanne? ¿Aprovecharte un poco más de mí? ¿Un último desahogo?

—Isabelle...

—Isabelle... —lo imitó ella con tono de burla—. ¡Isabelle te manda a la mierda!

Las gotas de agua se deslizaban por su rostro, pero no eran lágrimas. De momento, su cólera le impedía llorar.

—Venga, vete, Richard, ¡no te quedes ahí plantado como un imbécil!

—Solo quería...

—¡No sabes lo que quieres!

Alzó la mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas antes de arrojarse sobre él, golpeándolo con los puños.

—¡Eres un cabrón, una basura!

Él soltó el paraguas para agarrarla por las muñecas.

—¿Dónde está tu coche? Tienes que volver a tu casa.

La tormenta seguía empapándolos. Debían de estar dando un curioso espectáculo. Él pensó que mucha gente de aquella ciudad conocía a Isabelle como notaria y que no podían seguir peleándose en la acera. Como ella luchaba con empeño, tratando de soltarse mientras le lanzaba patadas, él alzó el tono:

—¡Cálmate, por el amor de Dios!

Ella se echó a llorar, con grandes sollozos convulsivos que la hicieron hipar.

—Allí —consiguió decir con un movimiento de barbilla hacia una fila de coches aparcados.

Él la acompañó, sujetándola contra él, y tuvo que buscar las llaves en su bolso. Dejarla conducir en aquel estado era una irresponsabilidad, por lo que la ayudó a instalarse en el asiento del copiloto. Con la espalda encorvada y la cabeza entre las manos, ella seguía llorando sin poder detenerse. Preocupado por ella, la acompañó a casa en silencio, encontró un sitio para aparcar cerca y la llevó hasta la verja.

—¿Va a ir todo bien, Isa?

Era el instante más difícil. Mucho peor que hacía un rato, en el bar, cuando ella se había ido. Pues no iba a entrar con ella, no por la prohibición de Solène, sino porque a partir de ese momento no volvería a entrar con ella en ninguna parte. No la estrecharía más entre sus brazos, no dormiría junto a ella. Renunciar a Isabelle definitivamente constituía la única posibilidad para él, pero habría dado cualquier cosa porque ella no sufriera.

La siguió con la mirada mientras ella subía los escalones de la entrada y empujaba la puerta sin volverse. Cuando se encendieron las luces en la planta baja, él retrocedió unos pasos, se dio la vuelta y se alejó despacio, indiferente al diluvio que no cesaba.