3
DURANTE todo el día, una lluvia torrencial cayó sobre Tours. Aunque el principio del mes de junio había sido muy suave y soleado, ese viernes hacía un tiempo de perros. En las calles, los bordillos de las aceras se convertían en arroyos, los canalones se desbordaban, se formaban charcos sobre las aceras.
Obligada a renunciar a la pérgola del jardín, Isabelle cambió a toda prisa su idea de hacer una barbacoa.
—Será más convencional dentro; estaremos menos relajados —se quejaba mientras alzaba la tapa de la olla donde guisaba unos pichones.
Lionel se encogió de hombros, fatalista.
—Yo me encargaré de que Richard se sienta cómodo, no te preocupes.
Había venido de París ex profeso para ese encuentro, contento ante la idea de asistir al final de una historia penosa.
—¿Por qué íbamos a estar peleados eternamente? ¿Por culpa de mamá? ¡Tu cena es una idea estupenda, hermanita!
Isabelle se volvió y le sonrió. Fiel a sí mismo, seguía siendo tan superficial, alegre y encantador. Una vez más, lamentó que estuviera tan poco presente en su vida. No ponía un pie en Tours más que en muy raras ocasiones, y ella nunca tenía tiempo de ir a verlo a París. Después de la muerte de su padre, se fue enseguida para poner distancia entre él y su familia. Isabelle sospechaba que, en cierto modo, le alivió que su padre ya no estuviera allí para juzgarlo, y se liberó de la obligación de continuar con sus estudios para forjarse un destino digno de los Ferrière. «No me gusta la provincia, no me gustan las personas importantes, no me gusta el Derecho. Y mamá me exaspera...», confesó a su hermana al hacer las maletas. Ella habría podido contestarle que, sin embargo, le gustaba el confort, y que gracias a todo lo que no soportaba, iba a poder darse el lujo de vivir ocioso. Pero, desolada al verlo marchar, no dijo nada. Su partida se sumó al dolor de la muerte de Lambert y a la ausencia de Richard, y la condenaba a quedarse sola con su madre. Peor aún, se había quedado sola para asegurar el porvenir de la familia. Si en ese momento hubiera renunciado a ser notaria, ¿qué habría sido de ellos? Lo que les permitía vivir eran los ingresos de la notaría Ferrière y Asociados, como su madre había dejado claro en todos los tonos posibles.
—O sea, que Richard se ha casado —continuó Lionel—. ¿Cómo es su mujer?
—Una rubia bajita —suspiró Isabelle.
—Oh, ¿una rubia? Habría jurado que solo le gustaban las morenas. Las morenas como tú. ¿Es mona?
—No está mal... Ya la verás.
—Parece que te fastidia. ¿Hubieras preferido que se casara con una fea? No, ya sé lo que hubieras preferido: ¡que estuviera destrozado! Todas las tías sueñan con ser inolvidables, insustituibles. Cuando dejé a Armelle, ¿sabes lo que me dijo? Que no lo superaría. ¿Te imaginas la vanidad que hace falta para decir una estupidez semejante?
Reía de buena gana, sin ser consciente del cinismo de sus palabras. Con una punzada de tristeza, Isabelle se acordó de que su hermano no solo era alegre y encantador, sino también un gran egoísta. Cada vez que tenía una relación, o una simple aventura, hacía creer a la elegida que estaba enamorado de verdad y para siempre. Por supuesto, mentía, y las cosas terminaban siempre igual, con Lionel aburrido y la chica hecha un mar de lágrimas. Sin embargo, en dos ocasiones le habían cogido la delantera y lo habían dejado plantado sin que él se lo esperara, pero se había limitado a aceptar con una sonrisa el justo cambio de tornas.
—Así que la rubia se llama Jeanne... Y el hotel, ¿qué tal está?
—Impresionante.
El timbre de la entrada impidió que Isabelle describiera el Balbuzard.
—¡Vete a abrir! —le pidió a su hermano—. ¡Y lánzate a sus brazos!
Como al principio se suponía que iban a cenar en el jardín, Isabelle no le había pedido a Sabine que fuera a servir la cena, y empezaba a lamentarlo. Las idas y venidas incesantes entre la cocina y el comedor no le permitirían seguir la conversación, e iba a ser Lionel el encargado de mantener un ambiente agradable. Se quitó el delantal que le protegía el vestido y echó un vistazo al espejo que Solène colgó treinta años antes sobre la puerta del office, y que siempre había que limpiar por culpa de la grasa de la cocina. ¿Su madre era coqueta? Se vestía de manera estricta, no se maquillaba, pero el espejo debía de servirle para asegurarse de que no se le escapaba ningún mechón del moño.
—Los tiempos cambian, mamá —murmuró Isabelle, pasándose la mano por el pelo para revolvérselo.
Su corte, sabiamente estructurado, realzaba su rostro fino y sus grandes ojos almendrados de largas pestañas. Gracias al sol de la primavera, su piel mate se había dorado y contrastaba armoniosamente con el tejido blanco de su escote.
—Todo irá bien —le dijo a su reflejo.
Se dio la vuelta y tomó aire. Después se dirigió al salón, con una sonrisa en los labios.
—¡Estoy encantada de veros! —exclamó dirigiéndose a Jeanne, a quien saludó primero—. ¡Qué tiempo más espantoso! ¿Verdad?
Le bastó un segundo para examinar el traje pantalón azul claro, la camisa negra, los mocasines planos. Un conjunto favorecedor pero banal, a todas luces menos elegante que su vestido y sus zapatos de tacón alto.
—Vamos a consolarnos de la lluvia con un poco de champán —propuso Lionel—. Sentaos.
Incómodo, Richard le tendió un soberbio ramo de rosas a Isabelle.
—¡Son preciosas! —exclamó ella—. Ya conoces la casa, los jarrones siguen estando en la parte de abajo del armario del office. ¿Te ocupas tú?
Al dejar que se ocupara de las flores, lo volvía a convertir de inmediato en un íntimo de la familia. Lo vio dudar pero luego cedió, atravesó el salón y desapareció por el pasillo. Jeanne pareció un poco sorprendida por la familiaridad de Isabelle, pero consiguió mantener una sonrisa cortés. Para distraerla, Lionel le sirvió una copa antes de sentarse frente a ella.
—Isa me ha dicho que el Balbuzard es un hotel extraordinario. He entrado inmediatamente en vuestra web y reconozco que me ha impresionado.
—Y ¿por qué? —preguntó la joven, mirando a Lionel a los ojos.
Isabelle la observaba. Comprendió por su actitud que Jeanne estaba incómoda allí, que no se sentía a gusto, aunque no iba a dejarse impresionar.
—Desde un punto de vista arquitectónico, es un logro total —continuó Lionel con el mismo tono amable—. Nunca habría creído que la mezcla de estilos pudiera ser tan atractiva.
—Yo tampoco —admitió Jeanne—. Incluso con los planos en la mano, no estaba convencida. Cuando veía todos aquellos camiones que descargaban paneles solares, cristales y perfiles de aluminio, ¡me decía que estábamos destruyendo el paisaje, no conservándolo!
Soltó una risita muy alegre que fastidió a Isabelle, y luego continuó:
—Tuve que esperar al final de las obras para apreciar el talento de nuestro arquitecto. Durante los dos últimos meses contrató a un paisajista, y juntos hicieron un trabajo notable. La madera y el cristal que necesitábamos para respetar unas normas ecológicas muy estrictas son los materiales que mejor se funden con la vegetación. Hoy día, ningún cliente adivina cuántos bungalós se esconden entre los árboles.
—¿Un pueblo de vacaciones, en suma? —intervino Isabelle—. ¡Como en el Club Med con las chocitas!
Jeanne volvió la cabeza hacia ella y la miró de arriba abajo.
—Si quieres verlo así...
Aparentemente molesta por el comentario de Isabelle, Jeanne dejó de hablar y bebió dos sorbos de champán. Por suerte, Richard llegó en ese mismo momento.
—Ah, lo has encontrado. Ponlo donde quieras y ven a tomar algo con nosotros.
Richard sostenía un gran jarrón de cristal en el que se abrían treinta y tres rosas de diferentes colores. Con precaución lo colocó sobre una consola, igual que había visto hacer a Solène durante años. Siempre había flores en casa de los Ferrière, pues Lambert le llevaba un ramo a su mujer todos los sábados por la mañana.
—No sé lo que nos estarás preparando, pero huele muy bien en la cocina —le dijo a Isabelle.
—Lo ha comprado todo en una tienda de comida preparada —apuntó Lionel—. Lo único que tiene que hacer es calentarlo.
Como en los viejos tiempos, bromeaba para enfurecer a su hermana. Cuando eran adolescentes, los chicos se aliaban contra ella, hasta que Richard empezó a mirar a Isabelle de otra manera.
—Ven a sentarte —lo animó Lionel, dando palmaditas en el sofá a su lado—. Me alegro de verte, amigo. Me alegro de verdad.
Los dos hombres intercambiaron una mirada, primero circunspecta y luego cargada de afecto.
—Todos necesitábamos una separación, Richard, incluso tú. ¡Pero podría haber sido más corta! Nos emperramos como tontos en perpetuar el silencio y nos equivocamos.
Lionel hablaba con un tono natural, cálido, pero Isabelle vio la crispación en los rasgos de Richard. ¿Quizá no estaba preparado para algo tan directo? Se dio cuenta de que lo conocía tan bien que podía interpretar hasta la más mínima de sus expresiones. Y en ese momento estaba luchando con sus emociones.
—Lo he lamentado tanto, si supieras —respondió Richard haciendo un esfuerzo.
—¡Lo sé! —exclamó Lionel—. Y no quiero oírlo. No estamos aquí para eso. Yo he hecho borrón y cuenta nueva, Isa también, así que haz tú lo mismo.
Pero Richard parecía decidido a vaciar el absceso, sin duda animado por la franqueza de Lionel.
—Vuestra madre debe seguir odiándome...
—¡Oh, mamá! Dejémosla a un lado, ya tenemos edad para no tenerla en cuenta. De todos modos, aunque papá te adoraba, ella no te quiso nunca. Las cosas como son, ¿eh?
Lionel dejó de interesarse por Richard y se dirigió a Jeanne.
—Supongo que conoces toda la historia. Pero tranquila, no vamos a darte la cena. De hecho, no solo tenemos malos recuerdos, ¡qué va! Nos divertimos con locura cuando éramos niños... Y es cierto que mi padre adoraba a Richard. Yo debía tener muy buen carácter para no sentirme menospreciado.
Isabelle pensó que su hermano iba demasiado lejos, que una reconciliación no suponía que aprovechara para liquidar todos los contenciosos a la vez. Anunció alegre que era hora de sentarse a la mesa.
—¿Te ayudo? —propuso Richard.
—Sí, ven.
Lo llevó hasta la cocina, donde le señaló el sacacorchos y una botella.
—Ábrela, ¿quieres?
De la nevera, sacó un plato de melón al oporto rodeado de jamón de Parma.
—Si no recuerdo mal, esto te gusta.
Él estaba oliendo el vino, pero se volvió para mirarla. Durante unos instantes se miraron a los ojos, hasta que el silencio resultó incómodo.
—Si puedes... —balbuceó ella—, cortar también el pan...
Estaba aún más alterada de lo que se había temido. La presencia de Richard allí la emocionaba, la hacía muy vulnerable. Desde que lo había visto, pensaba en él todos los días. Entre ellos la atracción seguía siendo igual de fuerte, lo sentía de manera palpable. Sobre todo en aquella cocina en la que tan a menudo se habían cogido furtivamente la mano cuando nadie los miraba, donde habían adoptado la costumbre de encontrarse por la noche para tomar cualquier cosa devorándose con los ojos, antes de perderse por el jardín y sentarse hombro con hombro a ver las estrellas. Las noches de verano coqueteaban tras un gran macizo de laureles. Eran jóvenes, se querían e ignoraban que la vida los iba a separar de forma brutal.
—Isabelle... —dijo Richard con voz ronca, sin dejar de mirarla.
Si hubieran podido permanecer más tiempo en la cocina, quizá hubieran pasado la noche entera mirándose. El tiempo no había cambiado nada; hasta el fin de sus días se atraerían como el hierro y el imán. ¿Por qué no podían arrojarse uno en brazos del otro si se morían de ganas?
—¡Tenemos hambre! —gritó Lionel desde el comedor.
Richard fue el primero en romper el encanto rebuscando ruidosamente en un cajón el cuchillo del pan. De mala gana, Isabelle salió de la cocina con el plato de melón.
—Estaba previsto para una cena ante la puesta de sol —declaró, dejando el plato en el centro de la mesa—. ¡Las hermosas noches de junio!
La lluvia caía con fuerza, la oían golpear contra los cristales, y el cielo estaba tan oscuro que parecía que hubiera anochecido. Durante un rato hablaron de lugares comunes, como personas bien educadas. De la temporada turística que ya había empezado, del clima en general más clemente que el de aquella noche, de la prosperidad de la notaría Ferrière y Asociados, que seguía siendo una de las más importantes de Tours.
—¿Y tú? —le preguntó Richard a Lionel—. ¿Qué haces en París?
—Publicidad. He comprado unas acciones de una agencia pequeña y hago trabajo de creativo. ¡Pero debo reconocer que no me mato a trabajar! Cuando imagino a Isabelle haciendo jornadas de dieciocho horas, me quedo hecho polvo.
Su hermana no se tomó la molestia de protestar. Habría podido recordarle que le interesaba de manera indirecta que la notaría fuera bien. A cambio de las participaciones que su madre había donado a Isabelle, esta tenía que asegurarle a Lionel una renta compensatoria.
—Pero supongo que tú también eres un esclavo del trabajo en tu hotel. Isa y tú ya erais muy trabajadores en el instituto, empollones. Los estudios, los exámenes, trabajar como locos... ¡Eso no era para mí!
—Si puedes evitarlo —acabó diciendo Isabelle con tono seco.
Con el rabillo del ojo, advirtió los labios apretados de Jeanne. La expresión «Isa y tú» ya había adornado varias veces las frases de Lionel, como si no consiguiera disociarlos, y la mujer de Richard empezaba a hartarse.
—Te toca hablarnos de tu trabajo —sugirió Isabelle—. Decoradora de interiores, ¿verdad?
—Sí, pero hace mucho que lo he dejado. El Balbuzard me ocupaba demasiado tiempo al principio, y además no quería alejarme de mi marido y de mi hija.
—¿Lo retomarás quizá algún día?
—¿Quién sabe? Me gustaba mucho proyectar, escoger telas, mezclar colores y estilos, encontrar un lugar para cada objeto. Hay un auténtico placer en conseguir un buen ambiente, y eso depende de muy poca cosa. Un detalle lo puede cambiar todo.
Ella se animaba cuando hablaba, lo que la volvía más bonita.
—Elogian la decoración de nuestros bungalós en la mayoría de las guías —subrayó Richard—. ¡Es un valor añadido para el hotel!
Jeanne no pareció apreciar el esfuerzo torpe de su marido para valorarla. Retomando un aire ausente, se puso a jugar con el salvamanteles. Evidentemente, la cena le fastidiaba, no hacía ninguna pregunta y debía sentirse incómoda con todos aquellos recuerdos a los que no dejaban de referirse los tres.
Después de los pichones, Isabelle trajo una bandeja de quesos con una ensalada de brotes. Lionel abrió otra botella, un menetou—salon tinto con cuerpo, que dio a probar a Richard.
—¿Qué te parece?
—Muy bueno, pero ya he bebido bastante.
—Tómatelo, yo conduciré a la vuelta —propuso Jeanne.
La frase, en principio anodina, provocó un silencio helador. Hablar de alcohol y de conducción en la mesa de los Ferrière no podía sino poner a Richard sumamente incómodo. Lionel dudó, con la botella aún sobre el vaso, pero, finalmente, vertió el vino.
—¡Aprovecha! —dijo con ligereza.
Con la mano libre apretó un segundo el hombro de Richard, un gesto amistoso que tranquilizó a Isabelle. Tal como le había prometido, su hermano hacía todo lo posible para que la velada fuera agradable y Richard se sintiera cómodo. Qué se le iba a hacer si Jeanne se aburría. Su estado de ánimo no interesaba a Isabelle.
—¿Por qué te has cortado el pelo? —preguntó Richard con una sonrisa demasiado tierna—. ¿Para que no te tiren de él?
—Parecía una niña con su cola de caballo —se burló Lionel—. No olvides que se ha convertido en la letrada Ferrière, notaria de Tours... ¡Vaya, si parece el título de una novela de Balzac!
Mientras reía, Isabelle y Richard intercambiaron una nueva mirada. ¿Cuántas veces sus ojos se habían buscado, cruzado, se habían quedado prendidos, desde el principio de la cena? Exactamente igual que cuando eran jóvenes, en esa misma mesa, y tenían miedo a que Lambert o Solène descubrieran sus intenciones.
—Voy a buscar el postre —anunció Isabelle.
Jeanne se levantó para ayudarla a quitar la mesa y la siguió hasta la cocina:
—Tienes una casa agradable —comentó con educación.
—Sí, porque está en la ciudad y a dos pasos de la notaría. Por otra parte, es muy vieja y difícil de calentar. ¡Lo contrario de una casa ecológica! Habría que reformarla entera, y no tengo tiempo para ocuparme. ¡Desde luego, no soy una ciudadana ecológica!
—Ridiculizas mucho esa palabra —comentó Jeanne con un tono glacial—. ¿Qué es lo que te molesta de ella?
—La moda. ¡Que esté tan de moda! Todo el mundo hace como que se apropia de la ecología para parecer responsable y comprometido.
—¿Tú no te sientes responsable?
—¿De qué? ¿De la contaminación? No. Pregúntale a la industria, a los grandes grupos petrolíferos y a los especuladores, a quien quieras menos a mí, Isabelle, que cuento menos que una gota de agua en el océano. Un ejemplo al azar, ¿sabes por qué utilizo sin ninguna vergüenza bolsas de plástico? ¡Porque me las dan! En cuanto compro la más mínima cosa, allá donde voy, me dan una. ¿Dónde está mi responsabilidad?
—Cada uno de nosotros tiene su parte de responsabilidad. Varios miles de pequeños esfuerzos individuales pueden producir un gran cambio.
—¿Cambiar qué? ¿El planeta? ¡Para lo que le importa al planeta! Siempre se ha adaptado y seguirá adaptándose, sin el hombre, si es necesario. Desapareceremos, como los dinosaurios. ¡Adiós, muy buenas!
Jeanne alzó la mirada al cielo y dejó bruscamente el montón de platos sobre la encimera. Contenta por la situación, Isabelle continuó:
—Además, no soy tan ingenua como para creer en un mundo perfecto. Eso es lo que nos quieren hacer creer en este momento. Mundo perfecto, riesgo cero. ¡Menuda broma! Se multiplican las prohibiciones, se nos bombardea con consejos, se nos manipula. Bebed agua, al menos un litro y medio diario. Hasta que nos digan lo contrario, es inútil beber si no se tiene sed. Lo de las cinco frutas y verduras por día, pronto nos dirán que eso favorece el cáncer de colon. En resumen, todas esas modas me cansan y no tengo ganas de seguirlas.
—Lo mezclas todo —se indignó Jeanne—. El cambio climático no es una moda.
—Tampoco está demostrado. Para cuando los científicos se pongan de acuerdo...
Al haber encontrado un tema que les permitía expresar su rivalidad, podían enfrentarse abiertamente.
—¿Eres tú quien ha convertido a Richard a la ecología? —prosiguió Isabelle, con una pequeña mueca de lástima—. ¡Porque él ni pensaba en ello cuando era joven!
—Pues ha debido reflexionar después, pero él solo. No es influenciable, deberías saberlo.
—Sí, lo conozco muy bien. Quienes han sido amigos de infancia no pueden esconderse nada.
Con mucha decisión Isabelle le puso a Jeanne en las manos la tarta de fresas.
—Me alegro mucho de que Richard haya aceptado venir esta noche. Veo que sigue estando aquí, donde se educó, como en su casa. Ahora que ha vuelto a encontrar el camino, podremos vernos a menudo.
—Por desgracia, el hotel nos deja muy poco tiempo libre —contestó Jeanne con tono neutro.
Se dio la vuelta, con los dedos crispados sobre el borde del plato de la tarta. Isabelle la siguió con la mirada y luego sonrió. Richard volvería, estuviera de acuerdo su mujer o no, estaba segura. Y quizá un día volviera... para siempre. Era inútil engañarse, eso era lo que Isabelle quería.
A las dos de la mañana, Richard se levantó sin hacer ruido, cansado de luchar contra el insomnio. Cuando franqueaba el umbral de la habitación, Jeanne gimió en sueños pero, en vez de detenerse, se fue de puntillas. Necesitaba moverse, no podía pensar tumbado en la oscuridad.
En lugar de ir al cuarto de estar, donde Jeanne podía aparecer para preguntarle por qué no volvía a acostarse, bajó al vestíbulo y fue hasta la sala de billar. Cuando encendió la luz, las lámparas de cobre iluminaron los tapices verdes de las dos mesas, y dejaron el resto de la sala en penumbra. Allí podría ir y venir sin molestar a nadie. De manera obsesiva, mientras trataba de dormir, había repasado la película de la cena en su mente. La actitud amistosa de Lionel, las miradas de Isabelle, la vieja casa, de la que había reconocido cada rincón. Todo le había llenado y desestabilizado al mismo tiempo. Sin la presencia de Jeanne hubiera podido creer que había rejuvenecido quince años en algunos momentos, pero la expresión molesta de su mujer se lo impidió. Como era de esperar, no le gustó nada la cena. Y no le había caído bien Isabelle, claro, a la que consideraba arrogante, agresiva y antipática.
Daba vueltas alrededor de las dos mesas de billar, con las manos metidas en los bolsillos de la bata. Isa se había convertido en lo que prometía: una mujer hermosa, inteligente y segura de sí misma. Durante su charla de unos minutos en la cocina, Richard habría dado cualquier cosa por poder abrazarla. ¿Realmente era necesario someterse a semejante tentación? Durante toda la velada tuvo que controlarse, obligarse a no comérsela con los ojos. Entre el deseo que sentía hacia ella y la nostalgia que le inspiraba la casa de los Ferrière, se había sentido por momentos en estado de trance.
«¡Sin embargo, eso es lo que querías, amigo! Lo que esperabas desde el día que volviste a Tours.»
La amabilidad de Lionel lo había emocionado, pero en definitiva solo contaba la actitud de Isabelle. Y ella había perdonado, había tachado el drama. «El pasado está olvidado, he pasado página», le había dicho ella un mes antes en su despacho, sin llegar a convencerlo. ¿Acaso se podía olvidar?
Se detuvo delante de la taquera donde se alineaban los tacos de billar. Cogió uno por la base y lo hizo girar entre los dedos. Y él, por su parte, ¿había llegado a olvidar la muerte de sus padres?
Lambert abre con cuidado la puerta de la habitación de invitados y permanece unos instantes en el umbral. Está deshecho, lívido. En plena lectura de un capítulo emocionante de Los tres mosqueteros, Richard lo ve cruzar la habitación, ligeramente preocupado. Lambert se sienta al pie de la cama, carraspea. Anuncia que tiene una muy mala noticia. Richard no imagina lo que va a decir y espera, con el corazón latiéndole un poco más deprisa. Lambert dice al principio que él siempre estará a su lado. ¿Dónde? ¿Al pie de la cama? Richard no quiere comprender aún, así que Lambert le coge las manos y, lentamente, murmura lo impensable. La avioneta alquilada por Gilles y Muriel se ha estrellado. Con la boca abierta en un grito mudo, Richard trata de recuperar la respiración. Lambert sigue hablando, con los ojos llenos de lágrimas. No puede hacer gran cosa por el dolor de Richard, pero este no tiene que temer al futuro. Aquí está en su casa, rodeado de gente que lo quiere mucho. Lambert jura que hará lo posible para sustituir a Gilles. Richard lucha un momento y luego la pena lo eleva como una ola y se pone a llorar. Lambert habla aún, con una voz tranquilizadora, buscando las palabras necesarias. Mucho más tarde, Lionel entra con cautela en la habitación, seguido de Isa, y Lambert les cede su sitio. Los tres niños forman un triángulo sobre la cama, la novela de Dumas yace sobre la alfombra. No es la pérdida de su padre lo que crea un agujero en el corazón de Richard, sino la de su madre. No tiene más que trece años, necesita aún el amor maternal. Solène no se lo dará y él lo sabe. En ese instante decisivo, Isabelle se convierte en el único elemento femenino del que puede esperar ternura.
Un ruido extraño en el jardín hizo sobresaltarse a Richard. Acercándose a una de las ventanas, puso las manos de visera para tratar de ver algo, pero la noche era demasiado oscura. Quizá no se tratara más que del paso de un animal procedente del bosque cercano. O clientes que se daban un paseo nocturno.
—Ingleses, entonces... ¡Son los únicos a los que les gusta este tiempo!
Aunque la lluvia había cesado, aún se oía el estruendo de los truenos a lo lejos y la tormenta podía volver en cualquier momento. Richard reanudó sus idas y venidas, sorprendido al ver que no tenía en la cabeza el listado de clientes del hotel. Desde hacía un mes estaba distraído, el Balbuzard le preocupaba menos. Ni siquiera sabía qué estaba haciendo Martin con la nueva parcela.
—Necesito unas vacaciones, ¿no?
Pero era muy consciente de que no deseaba alejarse. Aunque se decía a sí mismo que la temporada alta le impedía marcharse, la verdadera razón estaba en otra parte. Se detuvo en el extremo de una de las mesas de billar y apoyó las manos sobre la banda. Si no tenía cuidado, iba a hacer daño a Jeanne. Al volver de casa de los Ferrière, ella estaba enfadada, y acusó a Richard de haber pasado la velada contemplando a Isabelle como un perro contempla un asado. Jeanne no quería volver a oír hablar de esas cenas y no pensaba devolver la visita. «Si quieres verla, irás sin mí.» Sus celos eran comprensibles, pero él se defendió, habló de reencuentro, de perdón, de paz. La familia Ferrière seguía siendo su familia, no tenía otras raíces. Tajante, Jeanne le había contestado: «Me tienes a mí, y tienes a Céline. Hasta que se demuestre lo contrario, esa es tu familia». ¿Para qué discutir? Richard no podía darse el lujo de ser sincero con Jeanne, estaba obligado a ser escurridizo. Pronto mentiría.
Un relámpago iluminó las ventanas con un brillo fantasmagórico, justo antes de que un trueno sacudiera las paredes. Unos instantes más tarde, la lluvia golpeaba con violencia los cristales. ¿Habría despertado el ruido a Céline? Richard abandonó la sala de billar, atravesó la recepción y se detuvo al pie de las escaleras, escuchando. Esperó dos o tres minutos y luego, como no oyó nada, renunció a subir y se dirigió al bar. Recorrer el hotel de noche era un poco raro, pero no resultaba desagradable. Pasó detrás del gran mostrador y examinó las botellas de alcohol. Se decidió por un coñac muy viejo del que hablaban muy bien todos los clientes. Se sirvió un dedo en una copa de cristal, dudó y añadió un poco más. Beber no lo ayudaría a pensar con claridad o a sentirse mejor, pero quizá sí a vencer el insomnio. ¿Cuántos años hacía que no pasaba una noche en blanco? Sentándose en uno de los grandes sillones club, hizo girar lentamente el coñac en la copa antes de probarlo.
El cielo, limpio tras veinticuatro horas de lluvia, estaba de nuevo azul brillante, y un sol estival secaba las calles de Tours. Al pie de su edificio, Solène Ferrière observaba la moto de su hijo con una mueca de disgusto.
—¡Te matarás en ese cacharro! —le predijo a Lionel.
De todos modos, estaba de mal humor. Que Isabelle hubiera podido invitar a Richard a una gran sesión de reconciliación en su casa, la casa de Lambert, la ponía fuera de sí. Y Lionel apoyaba el asunto, con su habitual ligereza. Lionel, que había pasado a verla como una exhalación antes de volver a marcharse a París. Un café a toda prisa en la cocina, y ya tenía la cabeza en otra parte.
—Soy prudente, no te preocupes —masculló, jugueteando con el casco.
Como cada vez que lo veía, Solène pensó en lo guapo que era. Isabelle y él se parecían, con sus grandes ojos color ámbar, sus rasgos finos y esa manera que tenían de mirar el mundo con la misma seguridad. Podía estar orgullosa de sus hijos, pero ¿por qué no se habían casado ninguno de los dos? ¿Hasta qué edad tendría que esperar para tener nietos?
—¿Estás contento de tu trabajo en París? —le preguntó, para retrasar el momento en que subiría a la moto para irse.
—Sí, no está mal. Pero no es lo más importante, ya lo sabes. Disfruto de la vida, mamá, la disfruto a fondo.
A ella no le gustó nada su risa satisfecha. ¿Por qué se contentaba con una vida profesional mediocre? Habría podido reinar en la notaría en el lugar de su padre, llevar una existencia maravillosa en Tours y ganar mucho dinero. Sin embargo, vegetaba sin acabar de asentarse en nada. La agencia de publicidad en la que, según él, tenía participaciones parecía un pretexto para no hacer nada. Durante todo el año, se permitía una semanita de vacaciones, y Solène recibía postales de las cuatro esquinas del mundo.
—¿Cuándo te volverás una persona seria? —no pudo evitar preguntarle.
No era una pregunta que pudiera hacerse allí, en la acera, mientras él se afanaba por levantar la pata de cabra de la moto y ya no la escuchaba.
—¿Serio? ¡Qué horror, mamá! No lo seré nunca, no estoy hecho para eso. Pero consuélate, tienes a Isa, la pobre ha aceptado adaptarse al molde.
—No creo que puedas llamarla la pobre —repuso amargamente Solène—. Ha triunfado. Ejerce una profesión apasionante, ha entrado en la notaría por la puerta grande, vive en una hermosa casa que...
—Esa casa es un museo espantoso. Si estuviera en el lugar de Isa, habría cambiado todo, pero supongo que no tiene tiempo. De hecho, trabaja tanto que no tiene tiempo para nada. A los treinta y cinco años debería divertirse un poco, si no va a acabar despertándose una mañana y descubriendo que es una vieja.
—¡En absoluto! Tu hermana acabará por casarse, está claro.
—¿Tú crees?
Lionel le lanzó una mirada aguda antes de ponerse el casco.
—Si la hubieras dejado en paz, hoy tendría hijos ya crecidos y sin duda sería feliz. Quería a Richard, mamá. Lo quería de verdad, ¿comprendes? Y quizá no vuelva a querer a nadie más.
—¿Bromeas? —gritó Solène—. ¿Feliz con el niñato que mató a su padre una noche de juerga? ¡No habría podido, habría tenido pesadillas todas las noches! Además, me niego a volver sobre eso. Protegí a mi hija, cumplí con mi deber como madre, no hay nada más que añadir. Ah, cuando pienso que habéis vuelto a ver a ese desgraciado, a ese...
El rugido del motor cubrió su voz. Con un gesto de impotencia, Lionel señaló el casco y bajó la visera. Agitó una mano mientras que, con la otra, aceleraba y hacía rugir la moto. Resignada, Solène se apartó para dejarlo bajar de la acera. Dos segundos más tarde, había desaparecido por el extremo de la calle.
—Ten cuidado —murmuró.
Aunque no comprendía en absoluto el comportamiento de su hijo, lo echaba mucho de menos. En el fondo de su corazón, siempre había sido su favorito, halagada por tener un niño tan guapo, y más tarde, un chico tan atractivo. Pero resultó ser perezoso, inestable, egoísta, hasta el punto que Solène se sentía más cercana de Isabelle que de él. Al menos su hija se había hecho cargo de la notaría y de la casa, todo aquello por lo que habían luchado Lambert y Solène durante cuatro décadas.
Tras un momento de duda, decidió subir por la Rue de la Victoire hasta el mercado. Iba casi todas las mañanas a hacer sus compras, paseaba entre los puestos y charlaba de buena gana con los vendedores habituales. Ese momento del día era el único que le recordaba su antigua vida, aquella en la que había sido esposa y madre de familia. Por entonces, ya compraba allí la fruta y la verdura, pero en grandes cantidades. Llevaba su casa con mano de hierro, preocupada por hacer comidas que gustaran a la vez a su marido y a sus hijos. Al único al que no tenía en cuenta era a Richard, aquel adolescente incrustado en su casa. ¿Por qué debería haberlo mimado? ¡Lambert ya lo tenía tan en cuenta! En su papel de padrino, y después de tutor, se había esforzado mucho. Si se hubiera interesado menos por el niño, quizá habría dado a Solène una oportunidad de ocuparse de él.
«No, de todos modos yo no quería a Richard. ¿Quizá tuviera una premonición? ¿Quizá supiera siempre de manera inconsciente que iba a ser perjudicial para nosotros?»
Explicaba así su antipatía hacia el niño que habían acogido, pero antes de eso, Gilles y Muriel Castan ya le inspiraban un cierto rechazo. Al contrario que Lambert, que se quedaba embobado delante de Gilles, a ella la pareja le parecía frívola e inmadura. Gente superficial, preocupada únicamente por sí misma, que había tenido la suerte que se merecía.
«¡Y qué se le va a hacer si eso no es muy caritativo! No se puede apreciar a todo el mundo.»
Cuando llegó al mercado, trató de pensar en otra cosa. La animación que reinaba en los pasillos la distraía, pero aquella mañana Richard seguía obsesionándola. El hecho de que hubiera vuelto a la casa familiar, aunque solo fuera durante una cena, la había enfurecido. ¿Cómo podían sus hijos traicionar así la memoria de Lambert? ¿Habían borrado el drama del pasado? ¿No se daban cuenta que, sin Richard, su padre seguiría aún entre ellos? Aquella jubilación por la que él tanto había suspirado, un período de descanso y serenidad con el que soñaba, bueno, no lo había llegado a conocer por culpa del jovencito estúpido y achispado que había protegido bajo su ala. ¡Menuda recompensa, la verdad!
Se detuvo ante un puesto y observó los pescados que reposaban sobre un lecho de hielo picado. Sus ojos redondos y sus escamas plateadas no le inspiraban. ¿Qué le apetecía para comer? Nada, no tenía apetito. Richard no debió traspasar nunca el umbral de su casa. Ella se juró que no volvería a poner los pies en ella, y resulta que Isabelle le volvía a hacer los honores. Invitado, absuelto, reintegrado. ¡No, era demasiado fácil!
Pasó del pescadero al frutero, y eligió una cesta de frambuesas. Después de pensárselo, cogió otra, con la idea de invitar a comer a Isabelle. Si se mostraba diplomática, llegaría a enterarse de por qué su hija había decidido volver a ver a Richard.
El aspersor del riego automático hacía un ruido regular, casi tranquilizador. Martin había removido la tierra y había sembrado césped, que saldría al cabo de unos días. También había hecho por todas partes unos agujeros más o menos grandes, en el fondo de los cuales había una capa de grava y otra de compost.
—¿Le has dado carta blanca? —preguntó Jeanne, que acababa de unirse a Richard en la nueva parcela.
—Claro. ¡Él es el profesional!
Por la mañana, Martin se había ido al volante de la camioneta del hotel, contento ante la perspectiva de pasar horas en su vivero favorito, donde iba a escoger con cuidado arbustos y plantas con flor.
—Piensa plantar esta noche, con la fresca —dijo Richard, sonriendo—. Y estoy impaciente por saber lo que nos traerá...
Se dio cuenta de que Jeanne se esforzaba por devolverle la sonrisa. Ella seguía sin digerir la cena en casa de Isabelle, ni lo de despertarse sola a las cuatro de la mañana preguntándose dónde habría ido Richard.
—Los clientes de la 5 querían prolongar su estancia, pero he tenido que decirles que no —informó—. Tengo una reserva en firme para esta noche y el hotel está lleno.
—No me gusta nada eso. Deberíamos reservar siempre una habitación para esas circunstancias. Cuando la gente quiere quedarse, me parece fatal echarlos.
—Si hacemos eso, perderíamos mucho dinero.
—No necesariamente. Todo depende de la clientela a la que aspires. Me gustaría que el Balbuzard sea un hotel excepcional, incluido el recibimiento. Que seamos siempre capaces de arreglárnoslas para complacer a la gente.
Jeanne se encogió de hombros, molesta sin duda por su insistencia, y luego paseó por el terreno.
—Y el claro que Martin ha dejado vacío, por allí, ¿para qué es?
—Lo estoy pensando. Quizá un nuevo bungaló. Hay mucho sitio.
—¿Lo estás pensando? —protestó ella—. ¿Sin preguntarme mi opinión? Creía que pensabas que estábamos demasiado endeudados para hacer más obras. ¡Cada vez que te hablo de un restaurante, te niegas por ese motivo!
Él se dio cuenta de que ella buscaba pelea, por lo que prefirió no responder. Jeanne nunca le montaba escenas, rara vez se enfadaba, e incluso solía estar muy alegre la mayor parte del tiempo. Al menos, así había sido en los primeros años de su matrimonio. ¿Estaría cambiando, o solo estaba exasperada por la irrupción de Isabelle en sus vidas?
—¿Por qué me miras así? —añadió ella con tono brusco.
—No te conocía ese vestido. Es precioso, te queda muy bien.
No lo había dicho para apaciguarla sino porque, en efecto, encontraba muy bonita a Jeanne aquella mañana. Bonita y sexy, aunque él no la deseaba en absoluto. Su único deseo era releer una vez más el mensaje de texto que le había enviado Isabelle una hora antes. Más valiente que él —más libre, también—, no había dudado en expresar en cinco palabras lo que ambos sentían. «Ya te echo de menos.» Era su estilo, directo, espontáneo, a veces brutal. Debió teclear aquella frase entre dos reuniones, en cuanto se le había ocurrido. Richard había estado pensando lo mismo durante toda la noche.
—¡Ya me informarás de tus proyectos! —le gritó Jeanne.
Aludía al nuevo bungaló de vidrio y madera que quería construir, pero su exclamación resonó como una advertencia para Richard. ¿Iba a engañarla, a dejarla?
—Espera —dijo, uniéndose a ella—. ¿Quieres que vayamos a comer a la ciudad? La recepcionista se las arreglará muy bien sola.
Aunque se lo hubiera propuesto para complacerla, se sintió un cobarde. Llevar a su mujer al restaurante mientras su corazón y su cabeza estaban ocupados por Isabelle era una manera de comportarse horrible.
—Pues... ¿por qué no? ¡La semana que viene acabará la escuela y ya no podremos hacer escapadas de enamorados!
De pronto parecía muy contenta y lo recompensó con una sonrisa de verdad, resplandeciente.
—Voy a buscar el bolso y te veo en el coche.
Mientras se alejaba con paso vivo, Richard sacó el móvil del bolsillo. Dispuesto a borrar el mensaje de Isabelle por prudencia, se dio cuenta de que tenía otro. «¿Cuándo volvemos a vernos?», leyó en la pantalla. Sin aliento, al principio se quedó inmóvil. Isa sabía hacer lo que él no era capaz: expresaba sus deseos directamente. Volver a verse, sí, acabarían por hacerlo sin remedio. Ella lo daba por hecho, mientras que él se atascaba en sus dudas. Quizá fuera su destino no escapar el uno del otro, quizá Solène no había hecho más que retrasar el curso de las cosas. Isabelle siempre fue el sueño de Richard, su ambición, su futuro. Sin ella, desde hacía quince años, no había hecho más que sobrevivir, y no había pasado un solo día sin que pensara en ella. Hoy, le tendía la mano, lo llamaba, y él nunca tendría fuerza para negarse.
«Es preciso, si no será una pesadilla...»
Con unos pocos gestos demasiado nerviosos, borró todos sus mensajes y se dirigió hacia el aparcamiento. Un inmenso cansancio empezaba a invadirlo. No responder a Isabelle lo pondría furioso, iba a pensar en ello a cada instante.
Abrió el coche y apoyó los codos sobre el techo. Jeanne no tardaría en unirse a él, solo tenía que darle instrucciones a Éliane, la recepcionista. Tenía la impresión de que su móvil le quemaba el muslo en el bolsillo del vaquero. Isa esperaba su respuesta, lo sabía. ¿Se divertiría pensando cuánto tiempo iba a resistirse?
«Sus ojos se entrecierran cuando se ríe, y ha conservado su sonrisa de niña...»
Alzando la cabeza hacia un cielo sin nubes, dio un gran suspiro de resignación. Un segundo después, tenía el teléfono en la mano.