6
EL calor alcanzó su momento álgido el 15 de agosto, pero a orillas del Loira el aire aún era respirable. Por suerte, Richard pronto encontró un pequeño apartamento de tres habitaciones en la Rue des Tanneurs, donde podía instalarse inmediatamente. El único requisito que pidió a la agencia inmobiliaria fue disponer de dos habitaciones para que Céline pudiera tener su propio cuarto. Pero ¿Jeanne aceptaría? Ella seguía negándose a hablar con él por teléfono, diciendo que, si quería que hablasen, fuera al Balbuzard.
A su vuelta de la Provenza, Isabelle tuvo una fuerte pelea con Solène, que seguía enfadada y le había dicho que jamás, de ninguna manera, Richard viviría en la casa familiar. De todos modos, él tampoco quería. De momento, prefería un sitio para él solo. Contrariada, Isabelle no dirigía la palabra a su madre, y había ido a visitar el apartamento de Richard de bastante mala gana.
—Lo encuentro un poco pequeño, ¿no? —criticó, nada más entrar—. Además, vas a tener que comprarte muebles que después no te servirán de nada... Y durante ese tiempo, yo estoy sola en una casa demasiado grande para mí. ¡Todo esto es ridículo!
¿Qué se había imaginado? ¿Que iban a vivir juntos de un día para otro, y en la casa de los Ferrière? Como Richard seguía casado, las habladurías no se harían esperar. Tours era una ciudad en la que las noticias volaban, e Isabelle tenía una posición que la obligaba a mantener las apariencias, le gustara o no.
Vestida con un elegante conjunto de shantung color crema, daba vueltas con aire lúgubre por las habitaciones vacías, preguntándose sin duda qué estaba haciendo allí.
—Isa, necesito tener una dirección —le recordó Richard en tono amable—. Y donde podamos dormir...
Enternecida, echó un vistazo por la ventana del salón y luego se fue a examinar el cuarto de baño, que no tenía más que una ducha.
—No habrías debido precipitarte en firmar el contrato. Tenemos una cartera de alquileres en la notaría, y seguro que habrías encontrado algo mejor.
Pero él no quería depender de ella para cualquier cosa. Durante su escapada de una semana, a veces se sintió sobrepasado por las exigencias de Isabelle. Con prisa por planificarlo todo, no le dejaba ningún margen de maniobra, ningún momento para la reflexión.
—Será provisional —dijo para devolverle la sonrisa.
En realidad, la actitud feroz de Solène le había venido bien, pues así no había tenido que explicar a Isabelle por qué no quería vivir con ella de momento.
—¡Ya sabemos que lo transitorio dura toda la vida! —contestó ella—. Te lo advierto, no me harás esa jugarreta.
—No tengo esa intención. Simplemente, necesito un poco de tiempo para organizarme. Todo ha ido muy deprisa, Isa.
Era un eufemismo. Isabelle lo había arrastrado a un torrente de sentimientos donde él ya no controlaba nada.
—Sé muy bien que tratas de proteger a tu mujer, Richard. Pero no le harás menos daño si dejas que las cosas se eternicen.
—Eternizar es un poco excesivo, ¿no?
Él mismo se sorprendió por el tono agresivo que acababa de utilizar. Sin embargo, en lugar de molestarse, Isabelle se echó a reír.
—¡Eh, eh, aquí tenemos de nuevo al gruñón de Richard! Cuando eras pequeño, solías mosquearte exactamente del mismo modo. Papá te llamaba malas pulgas picajoso hasta que se te pasaba, ¿te acuerdas?
Richard no estaba muy seguro de querer hablar de Lambert. Si los estaba viendo desde el cielo, donde debía estar, ¿qué pensaría de ellos?
—Bueno, tengo que volver al trabajo —anunció ella—. ¿Te ocupas tú de buscar una cama, dos almohadas y una cafetera? No voy a poder escaparme a la hora de comer, tengo muchas citas e informes pendientes. Te veo esta noche, cariño.
Se acercó a besarlo, mimosa, pero no alargó el beso, tenía prisa por llegar a la notaría, a sus asuntos. Richard no trató de retenerla y se limitó a abrir una ventana para verla salir a la acera. Con el paso seguro de sus zapatos de tacón alto, su peinado hábilmente desordenado y sus largas piernas morenas por el sol provenzal estaba muy guapa. Atractiva, sensual, segura de sí misma, el tipo de mujer que no pasa desapercibida. Cuando desapareció por la esquina de la calle, Richard tuvo la impresión de que le faltaba algo, de que algo se desgarraba dentro de él. ¿No podía ya estar sin ella? ¿Se había vuelto tan necesaria como el aire? ¿O acaso tenía miedo, lejos de ella, de tener que enfrentarse a sí mismo y ponerse a reflexionar de una vez por todas?
Tras cerrar la ventana, volvió a recorrer el piso. ¡No solo le hacían falta una cama y una cafetera! ¿Tendría que hacer una lista de los objetos que necesitaría para vivir allí? Desanimado, se sentó en la tarima flotante, desnuda y de bastante mala calidad. Estaba acostumbrado a tener un entorno cálido a su alrededor, que Jeanne sabía crear tan bien. Y estaba acostumbrado a los días llenos de responsabilidades y obligaciones, no a esas vacaciones que amenazaban con eternizarse.
«Antes de nada, tengo que hablar con Jeanne.»
Era inútil seguir huyendo de un encuentro que se había vuelto indispensable. Tenían que ponerse de acuerdo respecto a Céline, a la que Richard echaba mucho de menos, también sobre el Balbuzard, sus cuentas respectivas en el banco, sus deudas, un eventual reparto de sus bienes.
«Dios mío, ¿qué he hecho?»
Trató de imaginarse a sí mismo viviendo con Isabelle. Volviéndose a casar con Isabelle. Y quizá siendo padre de nuevo, sin duda ella querría niños. Con un gesto nervioso, buscó su paquete de tabaco aplastado en el bolsillo de sus vaqueros. Desde hacía varios días fumaba más, y había vuelto a comprar Camel, en recuerdo de Lambert.
Los tres niños bajan la cabeza, pesarosos. Isa no es la más culpable, pues apenas ha dado una calada que la ha puesto muy pálida. Pero los chicos no han querido abandonar y han llegado hasta el final del cigarrillo, apurándolo. A fuerza de entrenarse, saben encender una cerilla entre dos dedos y después apagarla con un golpe. Gestos copiados de los adultos, que les hacen sentirse mayores. Sin embargo, allí, bajo la mirada de Lambert que acaba de entrar, alertado por el olor a humo, ellos no las tienen todas consigo.
—¿Os habéis vuelto locos? ¡No es cosa de vuestra edad, y además vais a provocar un incendio! ¿Se os ha metido el demonio en el cuerpo?
Tiende la mano para confiscar cigarrillos y cerillas, y reconoce su paquete de Camel.
—¿Me lo habéis robado? —pregunta con gravedad.
Los mira fijamente uno a uno, y cuando le llega el turno a Isa, ella dice que está mareada.
—Peor para ti. ¡No quiero hijos ladrones! ¿Me oyes, Lionel?
La idea ha sido de Lionel, está claro, y Lambert lo sospecha, pero se apresura a añadir:
—No os pregunto cuál de vosotros ha ido a buscar en el bolsillo de mi abrigo, porque tampoco quiero hijos delatores. ¿Entendido? Y eso va también por ti, Richard. Todo lo que digo va también por ti, puesto que ahora formas parte de la familia.
Se guarda su paquete de Camel y sus cerillas.
—El incidente queda cerrado, pero el primero al que vuelva a encontrar fumando no irá al cine el miércoles. A buen entendedor...
Cuando sale, los tres niños respiran. Lambert siempre es justo, nunca malo, aunque pueda tener un aspecto severo. Su aspecto de notario, dice Lionel, que es el primero que recupera la sonrisa.
Richard observó atentamente el dibujo del camello estilizado sobre el paquete arrugado que sostenía en la palma de la mano, y luego se negó el cigarrillo que se disponía a encender. De hecho, no tenía nada que pudiera servirle de cenicero en aquel apartamento vacío.
«Vacío y siniestro. ¿Habrán vuelto a dar el agua? ¿Y la electricidad?»
Se levantó, preocupado por todas las tareas que lo esperaban, siendo la más urgente encontrar una cama y conseguir que se la entregaran ese mismo día.
«Si no, Isa exigirá que vayamos a un hotel, y creo que tengo que dejar de gastar dinero. Ya estoy harto de enriquecer a la competencia...»
Pero pronto no sería la competencia de nadie si perdía el Balbuzard. Estremecido por un mal presentimiento, estaba a punto de marcharse cuando se lo pensó mejor. Cogió su móvil y marcó el número de Jeanne. Atreverse a hablar con ella formaba parte de las cosas urgentes.
—¿Qué haces aquí? —se sorprendió Isabelle al encontrarse cara a cara con su madre en el pasillo.
A la hora de la comida, la notaría estaba casi desierta. Un pasante y una secretaria se calentaban sendos perritos calientes en el microondas de la cocina, pero los socios y el resto del personal habían salido.
—He venido a hablar contigo —explicó Solène con tono afectado.
—¡Estoy hasta las cejas de trabajo!
—Sí, ya me lo imagino, siempre pasa eso cuando se vuelve de vacaciones, cariño. Pero no me llevará mucho tiempo. ¿Puedes concederme cinco minutos?
Isabelle se encogió de hombros antes de dirigirse hacia la cocina a grandes zancadas, con Solène tras ella.
—¡Que aproveche! —les dijo al pasante y a la secretaria—. No os molestéis, solo vengo a tomar un café.
Sin ofrecerle uno a su madre, se sirvió una taza y volvió a su despacho, caminando más despacio esta vez, para no volcar el café.
—Escucha, mamá, ya sé todo lo que vas a decirme...
—¡Lo sabes pero no lo tienes en cuenta, no haces más que lo que te apetece! Tu fuga con Richard ha sido una aberración, te lo aseguro. ¡Marcharte en compañía de un hombre casado, tú! Todo el mundo habla de ello en Tours, y no de manera muy agradable. Aquí eres una persona muy conocida, ¡eres la notaria Isabelle Ferrière! Y a él también lo conoce la gente, por su hotel. Él no...
—Él no será el primer hombre que se divorcia —interrumpió Isabelle.
Con los ojos abiertos como platos, su madre la miró fijamente con aire horrorizado.
—¿Divorciarse? —repitió—. ¿De verdad vas a obligarlo a abandonar a su mujer? ¿Y a su hija?
—Sí, y me voy a casar con él. Pero como tú no quieres que viva en nuestra casa, ¡te la voy a devolver! Compraremos otra, más alegre...
—Creo que te has vuelto loca...
—¿Por qué? ¿Porque hago lo que tendría que haber hecho hace quince años si tú no me lo hubieras impedido? ¡Lo quiero, mamá, siempre lo he querido!
—¿La muerte de tu padre no te hizo cambiar de opinión?
—Deja de insistir —se zafó—. Ya me has cantado esa cantinela durante demasiado tiempo.
—¿Una cantinela, de verdad? ¡Perdí a mi marido en la flor de la vida y eso para mí es un drama, aunque para ti no sea más que una anécdota!
La conversación subió de tono y, al darse cuenta de que estaban gritando, ambas echaron un vistazo hacia la puerta del despacho, que se había quedado abierta.
—No sirve de nada que todo el mundo se entere —murmuró Solène, mientras iba a cerrar—. ¿Has decidido hundir el despacho? Eres joven, Isabelle, y la gente no está obligada a confiar en ti solo porque eres la hija de Lambert Ferrière. Para mi generación, un notario debe ser una persona moral, estable. En cualquier caso, no una devoradora de hombres casados o una destroza familias. La provincia es así, la gente se conoce, se observa y juzga. También tiene memoria. Los que se acuerdan del accidente que le costó la vida a tu padre, ¿cómo reaccionarán cuando te vean del brazo de quien conducía el coche? ¿Te imaginas lo que pensarán de ti?
—Me da igual.
—No debería darte igual. Pero si prefieres el anonimato, vete con tu hermano a París. ¡Y cambia de profesión, de paso!
Isabelle alzó los ojos al techo, exasperada. Se terminó la taza de café. El discurso de su madre, tan previsible, no haría que cambiara en nada sus proyectos. Estaba decidida a conseguir que Richard se divorciara lo antes posible para casarse con él. Qué se le iba a hacer si a algunos viejos clientes de la notaría les parecía mal. Era su vida privada y estaba dispuesta a defenderla con uñas y dientes.
—No te comprendo, hija —continuó Solène con voz cansada—. Tienes todo lo que una mujer puede desear, eres joven, guapa, tu éxito profesional es ejemplar. ¿Por qué quieres estropearlo todo? Richard Castan es dañino, créeme. Siempre ha codiciado la notaría y, a través de ti, acabará por quedarse con ella. Pero ¿es que no te das cuenta?
—El amor es ciego, ya lo sabes —ironizó Isabelle, cínica.
—¡No es una cuestión de amor! Solo es un amorío contrariado que no merece que vuelvas a por él para consumar una pseudo-revancha. En este momento, te equivocas con él y, lo que es más grave, contigo misma. Cuando al fin te des cuenta, vas a lamentarlo mucho.
El rostro de su madre, contraído por la cólera y el desprecio, incomodaba a Isabelle.
—Si has acabado, mamá, de verdad que tengo trabajo.
—No te preocupes, ya me voy.
Como no había soltado su bolso durante toda la discusión, Solène no tuvo más que darse la vuelta para llegar a la puerta y salir. Aliviada por su partida, Isabelle se quedó inmóvil un momento, mirando fijamente el vade de su mesa sin verlo. ¿Existiría algo de verdad en lo que acababa de oír? Su madre, que siempre había detestado a Richard, había tomado partido, como era de suponer, y sin embargo, no había dicho nada que fuera absurdo. Sí, la gente iba a juzgar a Isabelle, no solo los clientes o los empleados de la notaría, sino también los notarios asociados.
—Los mandaré a paseo —gruñó, sentándose a su mesa.
Se encontraba en un momento crucial de su vida, lo sabía. ¿Podía correr el riesgo de poner en peligro su exitosa carrera?
—¡Pero por Dios, ya no estamos en el siglo XIX! Tengo derecho a ser feliz, entre otras cosas.
Y su felicidad incluía a Richard, estaba convencida. Al contrario que otros hombres que había conocido, Richard la hacía vibrar. Vibrar de placer por la noche, y de emoción cuando se despertaba a su lado. Con él se sentía en territorio conocido, no necesitaba interpretar un papel. Volvía a ser la chica más guapa del instituto; estaba exultante.
Cogió un informe que hojeó distraídamente. El verdadero problema no era escandalizar o no a la gente. De momento, el problema era Richard. Su maldita lealtad, su sentido de la responsabilidad, su carácter inamovible. Isabelle no era una ingenua y no creía que olvidara fácilmente a su mujer ni a su hija. Ni a su Balbuzard, de hecho. Tratar de llevarlo por ese camino sería un error. Y el menor paso en falso podía costarle muy caro, lo sabía bien. Richard se sentía culpable, frágil, aún podía dar marcha atrás y volver a su casa. En aquel espantoso apartamento que acababa de alquilar, debía de estar dando vueltas y vueltas a las cosas y mordiéndose las uñas. De la mañana a la noche tenía mucho tiempo para pensar en el daño que le estaba haciendo a Jeanne, en la tristeza de la pequeña Céline, y en lo que iba a ser de él.
«El único remedio es un divorcio rápido de mutuo acuerdo, un reparto de bienes inmediato y consensuado, y después que Richard monte enseguida otro negocio que lo mantenga ocupado. ¡Si lo que le divierte es la hostelería, pues adelante!»
Se reprochó de inmediato esas últimas palabras. Richard había interrumpido sus estudios de Derecho después del accidente, no había llegado a ser notario, que era su sueño, y la escuela de hostelería sin duda había sido para él la única alternativa. Pero en fin, ahora vivía bien y parecía que su profesión le gustaba.
Con la mirada puesta en el desordenado informe, suspiró. Después de la maravillosa escapada provenzal, le resultaba duro volver al trabajo. Quizá podría coger unos días más de vacaciones en septiembre...
«Una vez que haya liquidado todo este jaleo...»
El montón de carpetas, en equilibrio sobre la esquina del escritorio, desanimaba a cualquiera. Isabelle se levantó para abrir una de las ventanas que daban a la calle, pero entre el ruido de la circulación y la bocanada de calor que recibió en la cara, la cerró, resignada. Aquella noche no tendrían más que ir a cenar a un pequeño restaurante a la orilla del Loira, disfrutar del pescado a la plancha y de unas verduras frescas aprovechando el frescor del río.
«¡Estaríamos igual de bien en el jardín, en casa!»
Por desgracia, su madre había decidido privarla de ese placer. Si seguía empeñada en esa decisión absurda, Isabelle pondría en práctica su amenaza y le devolvería la casa. La dejaría en sus manos, aunque Solène no volviera jamás a vivir a ella.
«O estoy en mi casa, o en la de Richard, voy a tener que escoger.»
Pero no sería de buena gana, pues a pesar de su aspecto anticuado y detenido en el tiempo, a Isabelle le gustaba su casa. Allí había crecido y allí vivió su primer amor con Richard, se sentía a gusto en medio de sus recuerdos y protegida del resto del mundo.
Un golpe en la puerta la sobresaltó. La contable entró sin esperar respuesta y fue a colocar junto al vade un montón de actas y de cheques que había que firmar.
—Qué calor, ¿eh? Habría que pensar en poner algún día aire acondicionado en los despachos...
Isabelle le dirigió una sonrisa crispada. El aire acondicionado, una mano de pintura en todos los despachos, algunas moquetas que habría que cambiar: sin duda la notaría necesitaba una renovación. Desde la muerte de Lambert, no había cambiado.
—Lo pensaré —afirmó.
De todos modos, prefería pensar en su cena con Richard y en el vestido que escogería. Estar enamorada no le daba ganas de trabajar, sobre todo en pleno mes de agosto. Hizo el esfuerzo de quitarse a Richard de la cabeza. Tenía responsabilidades, colaboradores a los que pagar y decisiones que tomar en el entorno de sus negocios. Si iban a juzgarla por su vida privada, al menos debía ser irreprochable en el aspecto profesional.
Cuando Richard entró en el vestíbulo de recepción, Jeanne estaba ocupada con una pareja de clientes españoles. Le hizo una discreta señal para indicarle que subía a esperarla en su apartamento. Al pasar por la escalera de piedra, se sintió invadido por la nostalgia, como había previsto, pero cuando entró en el salón, la sensación se hizo insoportable. ¡Habían invertido tanto esfuerzo en aquellas paredes, Jeanne y él! En aquella época habrían levantado juntos montañas para construir su hogar. La habitación de Céline les había dado quebraderos de cabeza, con su parqué destrozado en algunas zonas, pero consiguieron superarlos y su hija aplaudió al ver el resultado.
Se acercó a la puerta acristalada de la cocina y la deslizó sobre sus raíles. Las encimeras y el fregadero estaban impecables, como si ya nadie viviera allí. ¿Dónde comía Jeanne en ausencia de Céline? Quizá en la cocina del hotel, en la planta baja, donde debía encontrarse menos sola. Con las idas y venidas de los empleados para la preparación de los desayunos o los zumos recién hechos, siempre había cierta animación allí abajo.
—¡No conseguía deshacerme de los clientes! —dijo Jeanne a sus espaldas—. Y mi español no es muy bueno...
Dándose la vuelta, la vio. Había adelgazado un poco y sus ojos azules parecían más grandes. Su boca también, cosa que a ella debía darle rabia, porque siempre encontraba sus labios demasiado carnosos, pero a Richard le pareció que estaba más guapa.
—¿Qué tal estás? —se interesó él.
—¡Bien!
—¿Estás segura?
—¿Debería haberme desintegrado porque tú te hayas ido?
—Jeanne...
—No te preocupes, todo va bien. No digo que sea fácil, pero me las arreglo. Consigo que el hotel funcione. A pesar de todo, es necesario que alguien se ocupe.
—Sí. Y también es necesario que hablemos.
—Desde luego. ¿Quieres un café?
Richard asintió, conmovido por la actitud tranquila de Jeanne, y sintiéndose desamparado por encontrarse frente a ella. Su mujer. Una hermosa mujer, una buena mujer. A la que él había engañado y abandonado.
—No sé cómo pedirte perdón —murmuró.
—¡Oh, ni lo intentes! No es el tipo de conversación que podamos tener en este momento. Según mi opinión, debemos limitarnos a las cosas urgentes.
—Como quieras.
—No te hagas el arrepentido ni el sufridor, Richard. Limitémonos a hablar de dinero, puesto que has venido para eso.
—No solo. Para empezar, dame noticias de Céline. Tu padre me insulta cuando llamo a su casa, y se niega a pasármela.
—Está estupendamente. De momento no le hemos dicho nada. Tendrás que hacerlo tú cuando vuelva.
—¿Me dejarás verla?
Jeanne le colocó una taza delante y luego, alzando la mirada, lo miró a los ojos sin ninguna indulgencia.
—Eres su padre. No quiero actuar mal. En lo que respecta a la custodia, tendrá que ser un juez quien decida.
A Richard, la frase le cayó como un jarro de agua fría. La palabra juez asociada a su hija lo precipitaba a la cruda realidad del divorcio.
—No necesito un juez, Jeanne. Espero que nos pongamos de acuerdo sobre todo lo referente a Céline pero, al final, haré lo que tú decidas.
Ella pareció reflexionar un segundo y parpadeó varias veces como si estuviera evitando las lágrimas.
—Imaginar a mi hija de fin de semana en casa de Isabelle Ferrière me pone mala —masculló al fin, con voz alterada.
—He alquilado un apartamento —protestó él—. Céline no me verá más que a mí sí me la confías.
—Pero, algún día, esa mujer se convertirá en su madrastra, ¿no?
La mirada de Jeanne brillaba por la rabia, y la manera en que contemplaba a Richard significaba que no le regalaría nada. La perspectiva de ver a su marido casándose con Isabelle la hacía enloquecer.
—Aún no hemos llegado a eso —consiguió decir.
Al decirlo en voz alta se dio cuenta de que no había pensado seriamente en el futuro. ¿De verdad quería rehacer su vida con Isabelle?
—Si tengo que decirte la verdad, Jeanne, no sé en qué punto estoy.
—Lo contrario me sorprendería. Te marchaste de aquí en cinco minutos de reloj. Tu mujer, tu hija, tu casa, a la basura. ¡Y sin hacer recogida selectiva! Yo que creía conocerte, aún estoy con la boca abierta.
—Me parece que no tenía elección.
—Yo no te eché —le recordó ella—. Tú te fuiste solito.
—No podíamos continuar, lo sabes muy bien. Soy quizá un auténtico sinvergüenza, como dice tu padre, pero detesto mentir y no tenía intención de llevar una doble vida.
—En resumen, era ella o yo. Pues bien, te decidiste por ella, ¡así que asunto concluido!
Él no respondió, y el silencio se instaló entre ellos durante unos instantes. Después Jeanne se volvió, encogiéndose de hombros.
—Bueno, vamos a lo fundamental... He conseguido un primer acuerdo con el banco y he visto al arquitecto. Piensa enseñarme muy pronto los planos para el nuevo bungaló. Del tipo de los anteriores, pero más moderno, con normas aún más rigurosas. ¡Una casa ecológica al cien por cien! Hemos pensado en una especie de suite destinada a familias, con dos habitaciones modulables.
Jeanne había recuperado una aparente calma y aprovechó para servirse un café antes de sentarse frente a Richard.
—Está claro que vas a decirme que no es el momento de invertir. No es el momento desde un punto de vista personal, privado. Sin embargo, estaría muy bien para el Balbuzard, porque es el momento de agrandarlo. No se puede perder toda una parcela dedicándola a un jardín, eso no es rentable. De hecho, hay sitio incluso para hacer una piscina, lo que justificaría un aumento del precio de las habitaciones, y la amortización sería rápida.
Sobrepasado por ese discurso, Richard se preguntó adónde querría llegar Jeanne. Su incomprensión debía leerse en su rostro, pues ella se inclinó hacia delante y continuó hablando con la misma calma:
—Es un proyecto de envergadura, que espero llevar a buen puerto.
—¿Sola?
—¿Por qué no? ¿No me crees capaz? Mira, Richard, creo que tengo derecho a exigirte que estés de acuerdo.
—Pero bueno, si nos separamos, si...
—¿Qué quiere decir ese ridículo condicional? ¿Sí? ¡Ya estamos separados! Y si nos divorciamos, si compartimos el Balbuzard, eso no significa que vayamos a venderlo. Tú seguirás siendo propietario de la mitad, eso es todo.
—Y de la mitad de las deudas.
—De la mitad de los ingresos también.
—No, si eres tú la que hace todo el trabajo.
—¡Oh, no te preocupes, me pondré un sueldo! Lo he estado viendo con nuestro contable. Quizá un empleo a media jornada para empezar. Tengo que advertirte que con los pagos de los diferentes préstamos, no quedarán apenas beneficios.
Así pues, ella había pensado en seguir con todo sin él. En menos de dos semanas, había visto al banquero, al arquitecto y al contable, había organizado una nueva obra y había planificado el futuro del hotel y el suyo.
—Jeanne.
Le tendió la mano a través de la mesa y esperó. Después de dudar un momento, ella aceptó cogerla.
—Puedes hacer lo que quieras. Solo tengo miedo de que sea demasiado para ti.
La mano de Jeanne era suave. Tenía unos dedos largos y finos, hechos para sostener un lápiz o un carboncillo.
—Te has quitado la alianza —constató, bajando los ojos hacia su dedo anular.
—Ya no significaba gran cosa. ¿Isabelle soporta que tú conserves la tuya?
Por supuesto, Isa le había pedido que se la quitara, pero hasta entonces él no había podido resignarse, como si se tratara de una última traición. Sintió cómo Jeanne se la quitaba.
—Me quedo con las dos —murmuró—. Algún día se las daré a Céline.
A Richard le alivió que ella se la hubiera quitado y se la quedara.
—Si necesitas mi ayuda en el hotel, no tienes más que decirlo, vendré encantado.
—Contaba con ello. Pero de momento, no, ¿de acuerdo? Eso me pondría demasiado triste. Necesito acostumbrarme a tu ausencia, y a que no seas nada más que... un visitante.
Richard no tuvo la desfachatez de responder que quería seguir siendo su amigo, su cómplice. De hecho, ese papel no le gustaba. Trató de imaginar a Jeanne con otro hombre ocupando su lugar en el Balbuzard, pero desistió al sentir que aparecía una especie de rabia inesperada. ¿Celos? Eso sería muy inoportuno e inexplicable.
—En lo que se refiere a los muebles —continuó ella—, me gustaría que no tocaras nada. Céline no comprendería que faltara un sofá, unas lámparas o una alfombra cuando volviera.
—Sí, por supuesto, no era mi intención. Voy a comprarme lo necesario para hacerme un pequeño campamento provisional, pero montaré una habitación bonita para Céline.
—Avísame cuando esté lista. En ese momento tendrás que decirle la verdad y después, si ella quiere, podrá pasar un fin de semana en tu casa. Solo si ese es su deseo, y solo contigo.
—Entendido.
Dispuesto a ceder sobre lo que fuera, había notado que Jeanne acababa de soltarle la mano. Su conversación se terminaba. Richard iba a tener que marcharse, pero no tenía ganas de irse. Quería quedarse, hacerle más preguntas, quizá estrecharla entre sus brazos para consolarla.
—Tengo que bajar —dijo Jeanne, y se levantó—. Éliane va a hacer el descanso para comer. Si tienes aún cinco minutos, arréglatelas para hablar con Martin y mejorar su humor. Dice que a fuerza de tener un jardín en obras, no volverá a crecer nada.
Se echó a reír sin forzarse, y su alegría sorprendió a Richard. Por su parte, él se sentía muy triste, con la impresión de que las cosas se habían estropeado de manera irremediable. En silencio, siguió a Jeanne a través de aquel apartamento tan familiar, donde sin embargo ya no estaba en su casa. En el penúltimo escalón, Jeanne se detuvo en seco y Richard chocó contra ella, cogiéndola espontáneamente por los hombros para que no tropezara.
—¿Qué piensas hacer, Richard? ¿Volver a montar un negocio de hostelería?
Hablaba en voz baja, para que no los oyeran desde la recepción.
—Sí, eso creo.
—Entonces, ¿seremos competencia?
Con la cabeza vuelta hacia él, abría mucho los ojos, incrédula.
—Es de locos —susurró—. Absolutamente de locos... A propósito, he recibido al representante de una nueva guía que va a publicarse para Navidad. Una guía verde. ¡Creo que el tipo se ha quedado asombrado y que me pondrá una nota alta!
Había utilizado la primera persona, pues el Balbuzard ya solo le concernía a ella. Richard se sintió rechazado, aunque en realidad, era él quien se había marchado. Las circunstancias, la cabezonería sin concesiones de Isabelle y la rapidez de los acontecimientos habían decidido por él. En realidad, se sentía llevado de un lado para otro, como una pluma en el aire.
—Voy a buscar a Martin —dijo.
Al menos con el jardinero se sentiría mejor. Pedirle que aceptara una nueva obra no suponía ningún problema para él, bastaría con explicarle cómo integrarlo en el paisaje para que el jardinero se entusiasmara. Ante cada desafío, refunfuñaba y protestaba, pero luego entraba en el juego.
—Si necesitas cualquier cosa, Jeanne, llámame, no lo dudes.
Ni siquiera se atrevió a besarla en la mejilla. Saltó los dos últimos escalones y cruzó derecho el vestíbulo para escapar de la mirada de Éliane, que lo observaba desde el mostrador de recepción. Todo el personal debía de preguntarse sobre su ausencia, y su visita aquella mañana aumentaría la curiosidad.
Fuera, el calor era insoportable a pesar de que unas gruesas nubes negras tapaban el sol. Pronto habría una tormenta, y Richard deseó que cayera un buen chaparrón para que se llenaran los depósitos de agua de lluvia. Aunque a partir de ese momento el Balbuzard fuese asunto de Jeanne, él seguía sintiéndose muy implicado. ¿Cómo iba a ser capaz de desinteresarse, y luego a vivir sin él?
—¿Sigue viviendo usted aquí o no? —le soltó Martin a la vuelta de un recodo.
La pregunta, demasiado abrupta, lo puso en guardia.
—¿Acaso es asunto suyo?
Se miraron fijamente un segundo o dos, y luego Richard añadió, conciliador:
—Se trata de mi vida privada, Martin. Respecto al Balbuzard, no ha cambiado nada, su puesto de trabajo no está en peligro. La construcción del nuevo bungaló se llevará a cabo, sin duda este invierno, durante el cierre anual. Así que, antes de que empiece la obra, la parcela tendrá que estar bonita durante toda la temporada. Todas las habitaciones están reservadas durante las próximas semanas, complazca a los clientes con flores y plantas aromáticas, ¿de acuerdo?
Martin asintió, dubitativo, antes de apoyar la barbilla sobre el mango de la pala. Su manera de mirar a Richard mostraba su clara desaprobación.
—No me gusta hablar con la señora Castan —concluyó—. Las mujeres no entienden un proyecto desde un punto de vista global. ¡No piensan más que en los ramos de flores o en las plantas aromáticas!
—Jeanne no es así, Martin. Si se tomara la molestia de ser amable con ella, se daría cuenta. Era decoradora de interiores, y creo que maneja tan bien como usted la asociación de colores o el dominio de las perspectivas. Tiene talento y sabe apreciar el suyo.
Un poco descolocado, el jardinero suavizó su mirada, y fijó su vista en el horizonte.
—De acuerdo —dijo al fin—, lo intentaré... ¡Vaya, hombre, otra vez este!
Richard se dio la vuelta y se sorprendió al descubrir que Ismael caminaba hacia ellos.
—¿Lo ve usted a menudo? —preguntó con curiosidad.
—¡Todos los días!
Martin miró al cielo antes de irse, mientras Ismael se reunía con Richard.
—Hola, tío... ¿Vienes a ver a mi mujer?
Con una gran sonrisa, Ismael asintió.
—Espero que no te moleste. Me cae muy bien, así que le hago compañía de vez en cuando. Tu marcha la ha dejado hecha polvo...
Muy cómodo, Ismael no parecía encontrar la situación nada rara. ¿Desde cuándo era amigo de Jeanne? ¡Si no hacía ni dos meses que se conocían...!
—¿Sabes lo del restaurante que tantas ganas tiene de montar? —continuó como si nada Ismael—. Es un proyecto vago aún, pero me interesa.
Un nuevo bungaló, quizá una piscina, a lo mejor un restaurante: a Jeanne le habían entrado delirios de grandeza.
—No es un buen momento para lanzarse a una cosa de tanta envergadura —replicó.
—¡Al contrario! Para Jeanne, sería una distracción excelente. Así pensaría menos en vuestro divorcio. Y en lo que se refiere a las finanzas, yo...
—¡Richard, Richard!
Asustados por los gritos de Jeanne, que corría atropelladamente por la grava, fueron a ver qué ocurría.
—Mi padre acaba de llamar —anunció con voz entrecortada—. ¡Han hospitalizado a Céline! Tenía un poco de fiebre anoche, pero casi cuarenta esta mañana. ¡Enseguida han llamado a una ambulancia! ¡Puede que tenga meningitis!
—¿Dónde está?
—En el hospital Robert-Boulin, en Libourne.
—Voy para allá —afirmó Richard.
—¡No! —gritó Jeanne, al borde de la histeria—. Voy yo. Llegaré dentro de tres horas por la autopista. Me voy ya, en cuanto coja el bolso. Tú quédate a cargo del Balbuzard. Te llamaré en cuanto tenga...
—Lo siento, Jeanne, pero te acompaño o me voy yo solo por mi cuenta. No me voy a quedar aquí de brazos cruzados, ¿no lo comprendes?
Ella negó furiosa con la cabeza, los ojos llenos de lágrimas.
—Y mientras tanto ¿cerramos el hotel?
—Déjalo en manos de Éliane. Es responsable.
—¡Es una cría! No me fastidies, Richard, ¿no te das cuenta de que esto es urgente?
A punto de venirse abajo, lo cogió por el cuello de la camisa y empezó a sacudirlo.
—Id los dos —intervino Ismael—. Me pasaré por la mañana y por la tarde a echar un vistazo al chiringuito, os lo prometo. Estoy acostumbrado a tratar con el personal, hablaré con ellos, no os preocupéis.
Cogió con suavidad a Jeanne por las muñecas, y la obligó a soltar a Richard.
—No puedes conducir en este estado, Jeanne. Déjale a él llevar el coche y salid pitando.
Jeanne dudó apenas un segundo antes de ceder. Para ella, lo importante era llegar junto a su hija lo antes posible.
—¡Vuelvo ahora mismo! —dijo, mientras corría hacia el hotel.
En estado de shock, Richard trató de ordenar sus ideas. Tenía que avisar a Isabelle antes de meterse en un coche con Jeanne. Se apartó de Ismael, que no se había movido, y sacó el teléfono del bolsillo. Por suerte, Isa no estaba disponible y dejó un mensaje, lo que le evitó dar una larga explicación. Después volvió junto a Ismael.
—¿Estás ligando con Jeanne? —preguntó, escrutando a su amigo con una mirada incisiva.
—¿Por qué no? ¿Tienes que tenerlas a las dos, Dick? ¿A la antigua y a la nueva, a tu mujer y a tu amante?
Utilizar aquel viejo mote era una provocación, y Richard reaccionó con agresividad:
—¿No pretenderás darme una lección de moral, por casualidad?
—No, por casualidad no. Me parece que has sido un memo al ceder al canto de las sirenas, pero es problema tuyo. Aquí está Jeanne...
Ella llegó sin aliento, la angustia se reflejaba en su rostro.
—¿Nos vamos? —preguntó impaciente.
De todos modos, se tomó unos instantes para besar a Ismael, dejarle un juego de llaves y darle las gracias. A su lado era muy pequeña, casi frágil. Sin duda había adelgazado, aun así Ismael parecía un auténtico coloso. El oso y la muñeca. ¿Existiría algo entre ellos? Molesto por plantearse semejante cuestión, cuando no debía pensar más que en su hija, Richard se dirigió hacia el aparcamiento a toda prisa.
Para una vez que podía disfrutar del frescor de su jardín, Isabelle se encontraba sola. Como siempre. Y en la nevera, la esperaba la cena preparada por Sabine. ¿Su maravillosa historia de amor no iba a cambiar el rumbo de su vida? Con el teléfono inalámbrico sujeto entre el cuello y el hombro, se había tumbado en el columpio tras quitarse los zapatos y tirarlos lejos, sobre la arena.
—No quiero estar a merced de todas las rubéolas o escarlatinas de esa mocosa —gruñó.
La risa estridente de Lionel le perforó el tímpano, y se retiró un poco el aparato de la oreja.
—¡Pero bueno, hija, tú ya sabías que no era soltero! Vas a tener que soportar las idas y venidas de su divorcio durante los próximos meses. Y en cuanto a su hija, la tendrá de por vida. Si no te puedes hacer a la idea...
—Es Jeanne la que tiene que ocuparse de ella —cortó Isabelle con mala intención—. ¿Qué necesidad tenía Richard de acompañarla? Se sentarán cada uno a un lado de la cama y dirán una sarta de tonterías, lo que no contribuirá en nada a la curación de la pequeña.
Esta vez, Lionel permaneció en silencio. Luego murmuró:
—¿Te estás oyendo, Isa? Hablas de ella de una manera francamente odiosa.
—¿Tendría que quererla acaso? ¡No conozco a esa cría, y me da igual! Un día, Richard y yo tendremos nuestros propios hijos.
—Eso no eliminará a esta niña del mapa. Cuando te conviertas en su madrastra, tendrás que cuidarla.
Esta vez le tocó a Isabelle callarse, pensando en la predicción de Lionel. ¿Conseguiría querer algún día a la hija de Jeanne? Seguramente no. Ella quería a Richard para ella sola, entero, un Richard sin pasado y sin ataduras. En realidad, el Richard de veinte años al que había perdido por culpa de Solène.
—¿Por qué es todo tan complicado? —gimió.
Sobre la mesa de hierro forjado, delante de ella, un rayo de sol se reflejaba en la botella de quincy que había descorchado al volver de la notaría y de la que había bebido la mitad.
—Me gustaría que estuvieras aquí para beber conmigo. La tarde es magnífica, muy suave, y estoy como una idiota en el columpio, sin nadie con quien hablar.
—Llevas una hora hablando conmigo —le recordó Lionel con amabilidad—. ¿Quieres que vaya a cenar contigo mañana?
—¿Lo harías?
—Me tienta bastante un paseo en moto. Pero te lo ruego, no se lo digas a mamá.
—¡Ni se me ocurriría! Es odiosa, sigue amargándome la existencia, y por su culpa voy a tener que dejar esta casa.
—Tienes suerte. Buscad un nuevo sitio Richard y tú, si no, nunca podréis arrancar.
—¿Tú crees que lo conseguiremos?
—No leo los posos de café. Pero te aconsejo que hagas algunas concesiones. Richard ya no es un niño, tómalo tal como es ahora, o déjalo tranquilo.
Isabelle cambió de postura sobre el columpio y aprovechó para dar dos sorbos al quincy.
—Según tu opinión, Lionel, ¿por qué ni tú ni yo nos hemos casado?
—Porque el modelo familiar no nos inspiraba.
—¡A ti seguro que no! Eres un rebelde. Pero ¿yo? Yo habría entrado por el aro de buena gana. De hecho, lo hice con la notaría...
—No tuviste elección, Isa. Yo no es que fuera muy brillante en la facultad de Derecho, y Richard pasó a ser el enemigo público número uno después del accidente. Te sentiste obligada, o algo así. Después habrías podido fundar tu propia familia, pero Richard seguía rondándote por la cabeza, así que anduviste jugando a los enamoramientos esperando que llegara tu momento.
Tranquilizada por la voz afectuosa de su hermano, Isabelle empezaba a sentirse mejor. Unas horas antes, el mensaje lacónico de Richard la había angustiado. No por la cría, por supuesto, sino por la idea de que él desapareciese durante un tiempo, en compañía de su mujer. ¿Buscarían un hotel cercano al hospital esa noche? ¿Cogerían dos habitaciones o una, por costumbre? Su angustia de padres ante su hija enferma ¿provocaría un acercamiento entre ellos? Isabelle se sentía de pronto excluida de la existencia de Richard. Apenas lo había vuelto a encontrar, y se le escapaba. No podía soportarlo.
—Hasta mañana, Lionel, y sé prudente en la carretera —le recomendó antes de cortar la comunicación.
Cuando venía a Tours, su hermano dormía en su habitación de siempre, de la que había sacado la mayoría de los muebles, para guardarlos en el desván. Y nueve de cada diez veces evitaba a su madre, o se limitaba a tomar un café en su casa a toda velocidad. Había sabido cortar los lazos, separarse de su familia y cambiar todas sus costumbres. ¿Por qué Isabelle no era capaz?
Se levantó perezosa del columpio y se estiró bajo los últimos rayos de sol. Descalza, dio unos pasos, sin ganas de abandonar el jardín. Finalmente, fue a prepararse una bandeja con la cena fría que le había dejado Sabine, y dos informes que tenía que terminar sin falta. De vuelta bajo el cenador, intentó una vez más llamar a Richard, pero no estaba disponible. Durante un segundo pensó en el apartamento vacío y siniestro en el que había estado a punto de dormir aquella noche. Incluso con una cama, dos almohadas y una cafetera, ¡el lugar seguiría siendo deprimente! ¿Era inevitable pasar por eso? Ella había soñado que Richard estuviera allí, como en los viejos tiempos de su juventud. Él hubiera subido el desayuno, habrían hecho el amor sin miedo a ser descubiertos, felices de poder amarse al fin con libertad. Pero Solène había reducido a la nada su sueño por su intransigencia, interponiéndose una vez más en el camino de su hija. Lionel tenía razón, Isabelle debía encontrar un nido que no fuera ni la casa familiar, demasiado llena de viejos recuerdos, ni aquel pisito lúgubre, alquilado a toda prisa. Iba a ocuparse del asunto en cuanto tuviera una conversación seria con Richard. Cuando volviera de Libourne, no volvería a soltarlo.
Desde la primera mirada, Richard comprendió que no era bienvenido y que su suegro le iba a hacer la vida imposible. Mientras esperaba que un médico acudiera a informarlos sobre el estado de salud de Céline, que seguía siendo preocupante, Lucien Lequenne se había llevado a su yerno fuera de la sala reservada para las familias. En ese momento, delante de la máquina de bebidas del vestíbulo, estaban a punto de llegar a las manos.
—Espero que no pienses poner los pies en nuestra casa —gruñó Lucien.
—No tenía esa intención.
—¡Menos mal! De todos modos, me pregunto qué estás haciendo aquí. No te necesitábamos para nada.
—Es mi hija, Lucien.
—Tu hija, y también tu mujer, pero tú las has abandonado, ¿no?
—No he abandonado a Céline, me separo de Jeanne. Eso le ocurre a mucha gente.
—¡Pues vaya! ¡En estos tiempos todo es posible, todo está permitido! ¡Es de lo más práctico!
—Y tranquilícese, haremos lo que sea mejor para Céline.
—¿Mejor que qué? —se indignó Lucien—. A la pequeña se le romperá el corazón, eso pasará. ¡Oh, cuando pienso que tenía un buen concepto de ti!
—No me diga que no conoce a más personas en nuestro caso.
—Por supuesto que sí. Hombres que se refugian en el adulterio o que se largan con su secretaria los encuentras en todas las esquinas, por desgracia. ¿Es que no tienes dos dedos de frente para romper tu familia por una ventolera?
—No es lo que usted cree, Lucien.
—Lo único que creo es que, en el fondo, mi pobre Jeanne saldrá ganando, ¡porque menuda suerte que había tenido con un gilipollas como tú!
Al oír aquellas palabras, Richard se estremeció y prefirió darse la vuelta para marcharse, pero Lucien lo retuvo sujetándole con fuerza del brazo.
—No tienes el valor de mirarme a la cara, ¿eh?
Richard se soltó con un movimiento que hizo tambalearse a Lucien.
—¿No iréis a pelearos aquí? —gritó Jeanne—. ¡No me lo puedo creer!
Estaba a sus espaldas y se interpuso entre ellos.
—El médico quiere hablar con nosotros —le dijo a Richard antes de dirigirse a su padre—. Tranquilízate, te lo ruego...
Lucien se encogió de hombros, aún furioso, y luego se volvió hacia la máquina de bebidas. Juntos, Jeanne y Richard atravesaron el vestíbulo y llegaron hasta donde estaba el pediatra con bata blanca que los esperaba. Les anunció que, a pesar de la punción lumbar, Céline no se recuperaba como le hubiera gustado.
—Tiene una meningitis bacteriana —les explicó—, más fastidiosa que una viral, y que ha alcanzado la médula espinal. Por suerte, el diagnóstico ha sido precoz y su hija ha recibido un tratamiento de antibióticos a su llegada al hospital, sin esperar a los resultados de las pruebas. Veremos la evolución de aquí a dos o tres días. De todos modos, creo que Céline no tendrá secuelas neurológicas. De momento, está cansada, aún tiene ligeros dolores de cabeza y necesita reposo, pues esta enfermedad tira mucho de las reservas energéticas del cuerpo. Pero su presencia le gustará, ha preguntado mucho por su papá y su mamá.
Los acompañó hasta la habitación de Céline, que dormitaba muy pálida sobre la almohada. En cuanto vio a sus padres, se enderezó y tendió los brazos. Con gestos de una dulzura infinita, Jeanne la estrechó contra ella, la acarició, la meció murmurándole palabras tranquilizadoras. Al cabo de un momento, se apartó de mala gana para dejar su sitio a Richard.
—Hemos venido tan deprisa que no hemos podido comprarte un regalo, chiquitina. ¡Pero mañana lo compraremos, te lo prometo!
Vio que Céline sostenía el conejo de punto del que no se separaba. Sobre la mesilla, un perro y un burro de peluche se alzaban junto a un libro de cuentos. Sus suegros habían hecho lo que había que hacer por su nieta, no se les podía reprochar nada.
—¿Cuándo vuelvo a casa? —murmuró la niña.
—Cuando estés completamente curada.
—¿Qué día?
—El médico lo dirá.
—Tengo muchas ganas...
Desde ambos lados de la cama, Jeanne y Richard intercambiaron una mirada. En su casa, una sorpresa desagradable estaba esperando a Céline: la ausencia de su padre. Pero aquel no era el momento para hablar de ello. Le preguntaron por el comienzo de las vacaciones, trataron de divertirla y después la ayudaron a dormirse de nuevo leyéndole cuentos por turnos. Cuando salieron de la habitación, de puntillas, ya era de noche.
—Voy a buscarme un hotel cerca de aquí —dijo Richard—. ¿Duermes en casa de tus padres? Puedo dejarte allí y volver a buscarte mañana por la mañana.
—No hace falta, me están esperando en el aparcamiento.
—Perfecto. Intenta descansar...
No se decidía a dejarla, no sabía cómo decirle adiós.
—Las visitas están permitidas a partir de mediodía —recordó—. Pero si vienes antes, no creo que te vayan a echar. Por mi parte, buscaré una tienda de juguetes y compraré cosas de parte de los dos.
Jeanne asintió con la cabeza, esforzándose por sonreír, pero parecía inquieta y agotada.
—No te preocupes demasiado. Ese médico me ha dado muy buena impresión.
Se inclinó hacia ella y la besó suavemente en la sien.
—Céline va a recuperarse, estoy seguro.
Apartarse de Jeanne le costó un gran esfuerzo, tenía muchísimas ganas de estrecharla entre sus brazos para consolarla y tranquilizarla.
—Siento mucho no cenar contigo —dijo ella con voz temblorosa—, pero creo que mis padres necesitan que les suba un poco la moral. Aunque no sea culpa suya, Céline se ha puesto mala en su casa y se sienten responsables. En todo caso, no te enfades con papá, ya sabes que es impulsivo y...
—Y tú eres su única hija. Espero que no tenga que pelearme un día con el marido de Céline, ¡porque sería aún más vengativo que tu padre!
Las palabras de Lucien lo habían herido, no reprochaba su agresividad. Para sus suegros, lo que debía haber sido un verano agradable se había convertido en una pesadilla, entre el divorcio de su hija y la hospitalización de su nieta. De pronto Richard era un indeseable. Siguió a Jeanne con la mirada, vio cómo abandonaba el vestíbulo y después desaparecía en la oscuridad, y una sensación de soledad le atenazó la garganta. No conocía bien Libourne, pero debía buscarse una habitación y un sitio para cenar, estaba muerto de hambre. ¿Cuándo había comido por última vez? Desde el café que le ofreció Jeanne esa mañana, no había tomado nada.
Cuando salió el aire era pesado, saturado de gases de tubos de escape. El turno de día abandonaba el hospital, así como todos los visitantes, y había mucha agitación en el aparcamiento. No vio por ninguna parte el coche de sus suegros, que debían haberse apresurado a llevar a Jeanne a casa. A su edad, un día como aquel debía haber sido muy duro. Sacó su móvil del bolsillo del vaquero y lo volvió a encender. Cinco llamadas perdidas daban testimonio de la impaciencia de Isabelle, lo que le provocó una sonrisa. Ella iba a asediarlo con preguntas, sobre todo sobre la fecha de su vuelta, pero él no tenía ni idea del tiempo que tendría que pasar allí. Mientras Céline estuviera hospitalizada, se quedaría, y después la llevaría al Balbuzard con Jeanne.
Buscó el número de Isa y no le sorprendió que contestara a la primera.
—¡Al fin! —exclamó—. Podías haber encontrado cinco minutos para llamarme, ¿no? ¿Cómo está tu hija?
—No tan bien como quisiéramos. De momento, los médicos la dejan en el hospital.
—Ah... ¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Eso dependerá de su capacidad de recuperación.
—Entonces, ¿no vas a volver?
—Por ahora, no. Creo que tenemos para unos cuantos días.
Tras un corto silencio, Isabelle suspiró:
—Te echo de menos.
—Yo a ti también, amor mío.
—¿Dónde vas a instalarte?
—En un hotel que esté cerca. Todavía no he buscado nada.
—¿Y Jeanne?
Él percibió un matiz de agresividad en su voz. Los celos de Isabelle podían resultarle halagadores, pero no en esas circunstancias.
—Está en casa de sus padres.
Se hizo un nuevo silencio durante unos instantes.
—Si tienes que eternizarte ahí —continuó al fin Isabelle—, puedo ir el fin de semana.
La idea provocó un rechazo inmediato en Richard, sin que pudiera explicarse por qué. Echaba mucho de menos a Isa y le habría encantado pasar la noche con ella, pero no deseaba en absoluto que apareciera por Libourne.
—No creo que sea una buena idea. Si vienes, seguro que te aburres.
—¡Claro que no! Pongamos que llego el sábado a última hora de la tarde. Así tendremos toda la noche para nosotros. Supongo que no dormirás en el hospital, ¿no? Me iré el domingo por la mañana. ¿A cuánto está? ¿Tres horas de carretera?
Acorralado, Richard buscaba desesperadamente una razón que pudiera esgrimir para negarse.
—No vas a pasarte el fin de semana conduciendo, es ridículo. Sé que estás agobiada de trabajo. Aprovecha para descansar un poco.
—Bueno —dijo Isabelle con voz alterada—, ¡no parece que te mueras de ganas de verme!
—Claro que sí. Pero no me siento... disponible. Me preocupa mi hija y quiero pasar el mayor tiempo posible con ella. Cuando esté de vuelta en casa, estaré más libre.
—¿En casa?
—Al Balbuzard.
—¿Sigues pensando que es tu casa?
—He tenido un lapsus, Isa.
—No es muy agradable para mí. Porque, precisamente, tenemos que buscar una. Una casa. La nuestra. ¿Lo entiendes? Tu pisito cutre es muy mono, pero no vamos a vivir allí.
—Solo unos meses, cariño. Déjame tiempo para organizarme, para...
—¿Organizar qué? —preguntó ella con tono cortante.
—En primer lugar, mis finanzas, y después el divorcio, todo eso. Jeanne y yo tenemos que explicar la situación a Céline. Nosotros...
—¡Estoy harta de que me hables de Jeanne!
Estupefacto, él la oyó echarse a llorar.
—Isa, cariño mío —dijo con ternura—, no te lo tomes todo por el lado trágico.
—Estás lejos, yo estoy sola, y tengo la sensación de que tú y yo no estamos yendo a ninguna parte. Si todavía quieres a tu mujer, si es con ella con quien quieres quedarte, ¡será mejor que lo sepa desde ahora!
—Isabelle, vamos... He dejado a Jeanne para estar contigo, no tienes que tener ninguna duda. Pero es imposible cambiar de vida en cinco minutos, y Jeanne será siempre la madre de mi hija. Pero a quien quiero es a ti, te quiero con locura.
Locura era la palabra adecuada, se adaptaba tan bien a los sentimientos excesivos de Richard hacia Isabelle como a esa tormenta en la que se había visto atrapado a su pesar.
—No puedes abrir la boca sin pronunciar varias veces el nombre de Jeanne —comentó ella con tono cansado—. Vuelve a llamarme cuando hayas encontrado un hotel.
Colgó sin darle tiempo a protestar. Como la conocía, supo que al día siguiente estaría allí por la tarde, pero no era capaz de alegrarse. ¿Por qué? Un poco antes, se había sentido muy solo en el vestíbulo del hospital, y en ese mismo momento, en aquel aparcamiento vacío, no sentía más que tristeza.
«Mi hija está en el hospital, me divorcio, me mudo, tacho el Balbuzard de mi vida. ¡Son demasiadas cosas al mismo tiempo!»
Y sobre todo, había vuelto a caer en el malestar de la culpa. Hacía desgraciada a Jeanne, hacía llorar a Isabelle e iba a romperle el corazón a Céline, según la expresión de su suegro. Pero ¿aún estaba a tiempo de escoger? La suerte estaba echada, y él ya no podía cambiar las cosas. Encogiéndose de hombros, abrió la puerta del coche y se sentó al volante.
Émilie Lequenne creía en las virtudes de la buena comida, por lo que había preparado un asado de cerdo con ciruelas, acompañado de macarrones al gratén. Lucien abrió sin dudar una buena botella en honor a su hija, afirmando que un poco de vino ayudaba a recuperarse de las emociones fuertes. Primero mantuvieron una larga conversación sobre Céline, y en ese momento la conversación languidecía alrededor de una tarta de arándanos.
—Has estado odioso con Richard, papá —comentó Jeanne—. En el peor de los casos, ignóralo, pero no lo insultes.
—¿Odioso? Habría podido estarlo mucho más, créeme —gruñó Lucien—. Ese tío no tiene ninguna excusa. Ya no lo reconozco.
Abandonó la mesa, todo digno, y anunció que salía al jardín a fumar su pipa. En realidad se trataba de un patio enlosado, que iba desde la prolongación de la casa hasta la calle. Cerrado por una alta verja y decorado con limoneros y naranjos en macetas, el patio era el lugar preferido de Céline para jugar.
—¿Lo has oído? ¡Richard se ha convertido en un tío! —masculló Jeanne.
—Es normal. Tu padre no le perdonará nunca que te haya dejado. Ya conoces su manera tan florida de hablar. Dice que su yerno se ha largado «como un pedo sobre un hule».
En lugar de molestarse, Jeanne estalló en carcajadas y su madre la miró abriendo mucho los ojos, estupefacta. Unos instantes más tarde, Jeanne pasó de la risa al llanto, aplastando la servilleta sobre los ojos.
—Hija mía —murmuró Émilie—. Sé muy bien que estás pasando por un momento muy duro... y sé hasta qué punto amas a Richard. Porque lo sigues queriendo, ¿verdad?
—Sí, demasiado. Pero no puedo retenerlo contra su voluntad, mamá. Desde hace tiempo tenía dudas, lo encontraba tibio, un poco distante, desmotivado. Nos dejamos atrapar por el trabajo, las costumbres. Teníamos a Céline y el Balbuzard, por lo que no nos ocupábamos mucho el uno del otro. Y por desgracia, justo en ese momento, ¡fue cuando volvió a ver a Isabelle Ferrière! Oh, de todos modos eso tenía que ocurrir, siempre la tuvo en la cabeza... Si ella también hubiera estado casada, o enamorada de otro al menos, Richard habría tenido que olvidarla. Pero no, ella lo esperaba y él nunca había dejado de pensar en ella. ¿Qué influencia podía tener yo al lado de todo eso? Ninguna en absoluto.
Émilie se levantó, trajo una caja de pañuelos de papel y luego preguntó con curiosidad:
—¿Cómo es esa mujer?
—Guapa, elegante, distinguida... seguramente inteligente y muy voluntariosa.
—¡Qué magnánima eres!
—No, lúcida. Pero Isabelle podría ser también la bruja Piruja, que para Richard sería lo mismo. Quizá uno no se recupera nunca del primer amor.
—Creo que, por suerte o por desgracia, nos recuperamos de todo.
—¿Puedes prometérmelo?
Con sus grandes ojos azules fijos sobre su madre, Jeanne tenía de pronto el aspecto de una niña abandonada.
—Hay cosas más graves que perder a un hombre, estoy segura —afirmó Émilie—. ¡Tú también eres una mujer guapa, inteligente y voluntariosa! Puedes seguir viviendo sin Richard. Un día habrá otro hombre junto a ti, aunque en este momento no lo desees.
Jeanne asintió, pensativa.
—Y eso que era maravilloso... Juntos hicimos un buen trabajo. Compartíamos un ideal, convicciones, estábamos dispuestos a levantar montañas cuando construimos el Balbuzard. En aquel momento no se hablaba todavía de casas «ecológicas», las que producen más energía de la que consumen, pero Richard estaba al tanto de la más mínima novedad en materia de ecología. ¡Habrías tenido que verlo acosando al arquitecto!
—Hablas de él como de un excelente socio —comentó Émilie—. ¿Y el amor? ¿Teníais tiempo para el amor?
—Arreglábamos nuestro apartamento, cargábamos las piedras, quitábamos el papel de las paredes y las planchas de madera carcomida. Las noches en que a Céline le salieron los dientes, la cuidábamos por turnos. Quizá no prestamos atención suficiente al amor.
—Cuando el Balbuzard estuvo acabado, habrías debido buscar un trabajo fuera. Habéis vivido en un espacio cerrado todos estos años.
—Sí, y he aprendido la lección, créeme. Hoy, mientras Richard conducía para venir aquí, tuve una curiosa impresión. Éramos un poco como dos extraños que se descubren y se observan. En absoluto como una vieja pareja. Por desgracia, es un poco tarde...
Sofocó un bostezo y propuso ayudar a su madre a recoger.
—No, ve enseguida a acostarte, estás muerta de cansancio. No tardaré más de cinco minutos en recoger y, de todos modos, espero a tu padre para subir. A propósito, no te enfades con él, yo creo que se ha tomado las cosas muy mal porque quería mucho a Richard. Estaba convencido de que habías encontrado un marido modélico, así que se ha llevado un buen disgusto.
Jeanne esbozó una sonrisa comprensiva, pero no sonreía de corazón. Tras haber dado un beso a su madre, se dirigió hacia la planta de arriba y se detuvo al pie de las escaleras.
—Mamá. No te preocupes mucho por mí. En este momento, mi mayor preocupación es Céline. En cuanto esté mejor, yo también lo estaré. Además... en el fondo, tienes razón en muchas cosas. Hablabas de otro hombre, de futuros encuentros, así que trataré de no estar sorda ni ciega, ni inconsolable, ¡te lo prometo!
Émilie la siguió con la mirada, enternecida. Jeanne reaccionaba con valentía, y eso era tranquilizador para el futuro. De todos modos, tendría que enfrentarse a todo el dolor y a todas las situaciones desagradables de un divorcio. ¿Qué ocurriría con la custodia de Céline? Richard era un buen padre, estaba muy unido a su hija y seguramente sufriría si lo separaban de ella, aunque fuera el responsable de la separación. En el hospital, Émilie se había fijado en su mirada preocupada y sus rasgos tensos y lo veía perdido. Para ser un hombre que estaba viviendo una pasión loca, parecía más bien abrumado. ¿Únicamente a causa de su hija? No, puesto que la vida de Céline no estaba en peligro.
Émilie suspiró, enfadada consigo misma. ¿Por qué iba a preocuparse de su yerno, cuando era el responsable de todo aquel jaleo?
«No de la meningitis de la pequeña. Una bacteria, dicen los médicos. Sus vacaciones con nosotros estaban previstas desde hacía tiempo, y ella la habría cogido de todas maneras.»
Lucien había estado perfecto. En cuanto Émilie le enseñó el termómetro, llamó a su médico de cabecera. Pero este no podía acercarse hasta por la noche, pues hacía sus visitas después de la consulta. Como Lucien no quería esperar, llamó a urgencias. Entretanto, Céline se había puesto a vomitar.
«Es una enfermedad mortal, hemos evitado lo peor. Al lado de eso, el divorcio de Jeanne no es grave.»
Sin embargo, no podría evitar echar de menos a su yerno. Desde el día en que lo había conocido, Richard le caía simpático. Había puesto todos los medios para conseguir sus propósitos y dio muestras de ser una auténtica máquina de trabajo en el Balbuzard. Hábil gestor, era también un hombre prudente, sensible y poseía el sentido de los valores. Hasta entonces, Émilie y Lucien habían pensado que era una persona sólida, leal, recta. ¿Cómo habían podido equivocarse hasta ese punto? A menos que a Richard no le hubiera dado más que un ataque de locura, como sucede con algunos hombres cuando cumplen cuarenta años. ¿Que se hubiera dejado seducir y enredar por aquella mujer? ¡No sería el primero que quisiera recuperar la juventud! Pero quizá hubiera otra cosa. Una fisura, una herida secreta, una necesidad de redimirse que Jeanne había evocado a veces. Ella decía que Richard era prisionero de su pasado y, en efecto, cuando se le observaba de cerca, se adivinaba en él una especie de contención, como si fuera incapaz de ser feliz.
Émilie colgó el paño en la puerta del horno. La cocina estaba recogida y podía ponerse a calentar el agua para las infusiones.
—¡La noche está de lo más agradable! —exclamó Lucien al entrar—. ¿Y si bebemos la tisana fuera?
Entre los naranjos y los limoneros, había instalado una pequeña mesa y tres sillas plegables para las noches de verano, pues a Céline le encantaba cenar en el patio.
—¿Jeanne ha subido?
—Se caía de sueño.
—¡Lo comprendo! Ha tenido tanto miedo, la pobre... ¿Sabes que han venido conduciendo a tumba abierta para llegar?
Lo había dicho con cariño, pero se dio cuenta de que considerar a Jeanne y a Richard como una pareja ya no procedía.
—Tendré que enterarme de a qué hora puedo ir mañana al hospital —gruñó—. No quiero cruzarme con Richard.
—No seas estúpido.
—Émilie, tú me conoces. Hace un momento, he estado a esto de estamparle el puño en la cara. Mejor evitar algo así.
—Lo que vamos a evitar es que te metas. ¿De acuerdo?
Lucien se encogió de hombros sin prometer nada y luego se puso a preparar la bandeja. Colocó ruidosamente las tazas para dejar bien clara su desaprobación.
—Imagina que vuelven —insinuó Émilie—. ¿Cómo quedarías tú entonces, eh?
—¿Juntos? —explotó él—. ¿Mi hija volvería a admitir bajo su techo a un tío capaz de largarse con las primeras faldas que pasan? ¡Me sorprendería que llevara a tal extremo su indulgencia!
—No entiendes nada del amor.
—Al contrario, tengo una idea elevada sobre el amor. Mira, yo te quiero y no te he traicionado nunca, así de fácil. ¡Bah, no quiero tu agua caliente!
Abandonó la bandeja y se volvió a marchar al patio, furioso.