8

—SI hubieras alquilado un apartamento con armarios, no te pasaría esto.

Burlón, Ismael observaba todos los armarios que se ofrecían a los clientes.

—Son francamente feos —repitió Richard.

—Si buscas muebles de época, no estamos en el sitio adecuado —replicó Ismael.

Se encontraban en una tienda almacén que practicaba una política de precios realmente bajos, en los alrededores de Tours, para encargar la larga lista de cosas que necesitaba Richard.

—Tienes que comprar una mesa de cocina, taburetes, una tabla de planchar y una plancha, una cama para Céline, una cómoda...

—¡Calla, que me estoy agobiando!

—Por eso me has pedido que te acompañe, ¿no?

—No se puede amueblar un apartamento en cinco minutos.

—Pues es lo que estás haciendo.

—Va a ser espantoso.

—No necesariamente. Digamos que un poco austero y descabalado, estilo estudiante con poco presupuesto.

—De acuerdo. Vámonos.

—No, tu ropa no puede estar por el suelo.

—Salgamos al menos a fumar un cigarrillo —rogó Richard—, no puedo más.

Abandonaron la sala de exposición y dieron unos pasos bajo el tibio sol de octubre. A su alrededor, la zona comercial era fea, con sus enormes paneles publicitarios, sus neones encendidos en pleno día y sus aparcamientos interminables.

Richard ofreció un cigarrillo a Ismael, quien, a su vez, le dio fuego.

—Lo estás pasando mal, ¿eh? Vas a gastar un montón de dinero en cosas horrorosas y funcionales, y ya veo que eso no te hace ninguna gracia. ¿De verdad creías que iba a ser fácil?

—Pues...

—Oye, que a lo mejor ni te lo has planteado.

—No. Tengo que reconocer que no.

Con una mueca de queja, Richard abrió los brazos y los dejó caer de nuevo.

—Mira, es fácil, compras lo indispensable sin pensar y lo vuelves a vender todo por Internet cuando ya no lo necesites. ¿Sigues pensando en irte a vivir con Isabelle?

—No en mi piso, en cualquier caso. Ella no viviría allí.

—¿Es de poca categoría para la notaria Ferrière?

Richard no respondió nada. Se apoyó en el escaparate de la tienda y aspiró una larga calada.

—La vida es complicada —dijo al cabo de un momento.

—¡Bonito aforismo! Si lo dices en el Café du Commerce, tendrás un gran éxito.

Su ironía no mejoraba el humor de Richard, que replicó:

—¿Por qué estás aquí, Ismael?

—Para ayudarte. Y te recuerdo que estoy en horario de trabajo. Pero pareces tan perdido que me siento obligado a actuar como buen amigo.

—Sé más preciso.

—Quiero ayudarte a avanzar. No puedes estar con un pie en cada orilla, tío.

—Supongo que te vendría muy bien si...

—¿Si qué?

—Tienes echado el ojo a Jeanne, ¿no?

—Ya me has hecho esa pregunta.

—Pero tú no me has respondido.

—Como hombre de negocios, me interesa el Balbuzard, donde voy a montar mi segundo restaurante. Los bocetos de Jeanne para la decoración de la sala son fabulosos. El proyecto está francamente bien, debería ir de maravilla. Los dos tenemos montones de ideas y estamos de acuerdo en todo. Aparte de eso, es una mujer estupenda, que atraviesa una etapa sentimental difícil.

No pensaba decir más y Richard no tendría más que deducir el resto. Jeanne le gustaba, es cierto, pero nunca se aventuraría en semejante terreno, de momento. Primero, no estaba seguro de sí mismo. Desde la partida de su mujer, tenía complejos, sobre todo cuando se veía en un espejo con sus veinte kilos de más. Quizá no tenía que perder los veinte, no pensaba volver a ser el tirillas que fue en su juventud, pero en fin, tenía que ponerse a régimen. Lo único que se le ocurría para adelgazar era ir a un gimnasio dos veces por semana, donde se musculaba sin perder un gramo. Por otra parte, además de su falta de confianza en sí mismo, adivinaba que Jeanne aún estaba muy apegada a Richard. No había perdido la esperanza de salvar su matrimonio, aunque esa esperanza no fuera lógica. En consecuencia, le parecía prudente esperar. Si un día Richard era feliz por su lado y Jeanne al fin se tranquilizaba, quizá intentara seducirla, pero aún no había llegado la hora. Sin embargo, creía en el proyecto del restaurante, y sabía que trabajar con Jeanne los acercaba. Hacían gestiones juntos, pasaban horas pensando en la sala, los menús, la vajilla, las cocinas. El Balbuzard sería el marco ideal para el restaurante gastronómico que Ismael deseaba inaugurar en cuanto se reabriera el hotel. Quería poner precios ajustados, razonables, y componer menús que respetaran el compromiso ecológico del Balbuzard. Las obras iban a empezar a mediados de noviembre e Ismael pensaba hacer un seguimiento diario. Si su relación con Jeanne tenía que evolucionar, lo más seguro es que lo hiciera durante esa época.

—¿Volvemos? —le propuso a Richard, pisando la colilla.

—De acuerdo, vamos a quitárnoslo de encima.

—No hagas las cosas de mala gana, que no sirve de nada. ¡Creía que estabas viviendo la historia de amor perfecta, que habías vuelto a los veinte años! Así que ¿qué importancia tiene el mobiliario?

—Ninguna, tienes razón.

Decidido, Richard se dio la vuelta. Aparentemente, no tenía ganas de construirse un nido acogedor, era como un pájaro posado en una rama, a la espera de un destino incierto. Y según sus palabras, Isabelle le estaba poniendo las cosas difíciles, agobiándolo cada día más.

—Espera un segundo, Richard, tengo que preguntarte una cosa.

—¿De qué tipo? ¡Me estás volviendo loco con preguntas desde hace una hora!

—¿Has perdido el sentido del humor? Solo quería que me dijeras si sabes lo que haces. Porque, entre nosotros, tengo que decirte que he conocido a un Richard más inspirado y más luchador.

—Gracias por el cumplido. Pero olvidas que hemos estado mucho tiempo sin vernos. En la época de la escuela de hostelería, me esforzaba por mantenerme a flote, no me hacía preguntas. ¡Después del accidente no tenía nada que perder! Hoy las cosas son distintas.

—De acuerdo. Excepto que no puedes estar encendiendo una vela a Dios y otra al diablo.

—¡Claro que sí! Trato de defender a todo el mundo. Estoy harto de ser el malo, el que siembra la desgracia por donde pasa. ¿Te imaginas lo que siento viendo el cartel de «Se vende» en la casa de Lambert? No me gusta Solène, pero si se ve obligada a vender la casa familiar, es por mi culpa. ¡Oh, cómo debe estar maldiciéndome! No es que haya llevado la felicidad a los Ferrière, ¿verdad?

Su amargura estaba justificada. Al volver a caer en los brazos de Isabelle, había sembrado de nuevo el caos a su alrededor. En aquellas condiciones no se desprendería nunca del sentimiento de culpa que lo perseguía.

—He intentado hacerte comprender que estabas loco por haber vuelto a ver a esa mujer, pero no me escuchaste. Dijiste que estabas loco por sus huesos, ¿te acuerdas? Bueno, si es solo una especie de... dependencia física, ¿adónde quieres que te lleve eso sino a estrellarte contra una pared?

—No, no es solo eso —suspiró Richard—. La quiero de verdad.

Él mismo no parecía estar convencido. Ismael tenía tantas ganas de sacudirlo como de compadecerlo y, al final, optó por reírse.

—Venga, pasa delante de mí y vamos a saquear la tienda. No estamos aquí para hacer un consultorio sentimental, y las horas pasan. Tengo que encender los hornos, amigo mío, y tú, que colgar los trajes.

La amistad era para Ismael algo muy importante, muy fuerte. Su encuentro con Richard en las calles de Tours, tres meses antes, lo alegró mucho. Era una ocasión inesperada de reanudar la amistad con un antiguo compañero al que apreciaba de verdad y, de paso, de reencontrar sus referencias en la ciudad de su juventud. Pero, a fin de cuentas, ese encuentro modificaba un poco el curso de su vida. Un segundo restaurante que montar, una bonita mujer abandonada a la que consolar... y Richard, en el centro de todo, que era su amigo. Un amigo en horas bajas, tan divertido de pasear como una bola de hierro, pero bueno, un buen tío, al que Ismael no traicionaría.

Empujaron por segunda vez la puerta de la tienda y se dirigieron derechos hacia un vendedor.

Isabelle estaba harta de las miradas insistentes y de las sonrisas seductoras de su cliente. Cerró la carpeta con un gesto seco, y se levantó para indicar que la cita había terminado.

—Uno de nuestros pasantes le enviará por mensajero el resumen de nuestra entrevista, con la recapitulación de los puntos abordados, y podrá revisarla tranquilamente...

Entre los balances patrimoniales, los consejos en materia de inversiones, las sucesiones complicadas y las ventas de bienes inmobiliarios, la jornada había sido interminable. Isabelle se preguntó si tenía aún fe en su trabajo o si no era ya más que un medio de ganar dinero. Trató de pensar en su padre, que glorificaba su papel de notario como una vocación inquebrantable y exaltante, casi un sacerdocio.

Más allá de la puerta acolchada de su despacho, la notaría estaría funcionando a toda marcha. Isabelle dudó un instante con la mano sobre el interfono. Quería saber si la salida al mercado de su casa había interesado a alguien, pero era evidente que la mantendrían informada. Al conocer la noticia de la venta, Lionel reaccionó muy bien, encantado ante la perspectiva de conseguir un poco más de dinero. «¿Te has decidido al fin? ¡Estupendo! Y no guardes ni una alcayata de todo ese rastrillo, créeme.» Dos días más tarde, volvía a llamar para decir que, a pesar de todo, se quedaría de buena gana uno o dos recuerdos. Isabelle se había reído, convencida de que si su hermano reclamaba un secreter Imperio o un sillón Luis XV sería para deshacerse de él inmediatamente en un anticuario y comprar un aparato de alta tecnología en su lugar.

—¡Cada uno tiene sus gustos! —canturreó mientras ordenaba sus carpetas.

Su último cliente la había molestado, de acuerdo, aunque estaba acostumbrada a gustar a los hombres, a atraer sus miradas y, en su papel de notaria, subyugaba a más de uno. ¡El día que fuera demasiado vieja para seducir sería peor, sin duda!

Sacó la polvera del bolso y se contempló en el espejo. Su peinado con aquellos pequeños bucles cortos le quedaba muy bien, y no necesitaba ningún retoque de maquillaje. Tranquilizada, guardó sus cosas y cerró su agenda. A las siete y media, ya era hora de reunirse con Richard.

Al salir de la notaría se vio sorprendida por una desagradable lluvia fina y fría que volvía resbaladizas las aceras. El otoño estaba llegando y ya no quedaba nada del verano.

«Pero me acordaré de este toda mi vida, estoy segura.»

¡Habían pasado tantas cosas extraordinarias desde aquel día de mayo en que Richard fue a firmar la compra de su terreno! Bajo su paraguas, Isabelle sonrió con ternura. Había hecho bien en forzar el encuentro, y después en insistir, en no escuchar a su madre, en atacar las defensas de Richard. Como siempre, era suficiente con tener mucha voluntad y, por suerte, a ella no le faltaba.

En lugar de girar a la derecha, como lo hacía cada noche para volver a su casa, torció a la izquierda, en dirección al apartamento de Richard. Él había previsto una cena en su casa, cansado de dar vueltas por los restaurantes. Excepto La Renaissance, donde se negaba a llevarla, habían recorrido todos los restaurantes buenos de la ciudad y de los alrededores.

«¡También acabaré haciéndome amiga de ese Ismael! Mientras tanto, todos mis amigos se convertirán en los de Richard. Tengo que organizar reuniones, presentarlo...»

El único problema era saber dónde. Como no podía recibir en su casa y el apartamento no estaba equipado para dar cenas, lo más sencillo sería que la invitaran los amigos y llevar a Richard. A partir de ese momento serían una pareja semejante a las que envidiaba desde hacía algunos años.

Al pie del edificio, rebuscó en su bolso para encontrar la llave que le había dado. Cuanto más iba allí, menos le gustaba el sitio. La elección de aquel lugar era pésima, Richard debió haberle consultado en lugar de meterse en el primer piso que encontró. Pero aquello solo era provisional, ya se ocuparía ella de que así fuera.

Tras subir los dos pisos, le costó abrir la puerta, bloqueada por cajas medio llenas.

—¿Qué haces, cariño? Dios mío, ¿qué es todo esto?

Con una mirada sorprendida, descubrió un armario de tela sobre ruedas, que Richard estaba acabando de montar.

—Parece una caseta de baño, ya sé —suspiró soltando el martillo.

—Divertido...

Se acercó a ella, la tomó entre sus brazos y le acarició el cabello.

—No te pido que te encante. Al menos podré sacar mi ropa de las maletas. ¿Quieres ver la habitación de Céline? Podrá dormir aquí, he hecho todo lo que he podido, ¡hasta he comprado un edredón rosa! Y también hay una mesa en la cocina, con nuestra cena preparada. ¿Vienes a verlo?

Pero le impedía moverse, apretándola contra él. ¿Tenía miedo de su reacción? Como acababa de anunciar, había hecho lo que había podido. Rápido y barato. De hecho, ¿cómo andaría de dinero? Para Isabelle, la cuestión carecía de importancia. Ella ganaba dinero y entre ella y Richard eso no contaba. No era un extraño al que acabara de conocer, alguien del que no supiera gran cosa y del que fuera a desconfiar. Se habían criado juntos y no lo consideraba solo como su gran amor, sino como a alguien de la familia, casi una parte de sí misma.

Avanzó por el apartamento, echó un vistazo a la habitación de la niña, que parecía con mucho el lugar más cálido de la casa, se fijó al pasar en dos sillones perdidos en el cuarto de estar y terminó en la cocina, donde tres taburetes de plástico rodeaban una mesa alta de bar. Una bombilla desnuda colgaba del techo, iluminando de manera bastante siniestra una ensalada mixta y pan cortado en rebanadas.

—¿Richard?

Estuvo a punto de preguntarle si tenía mucho interés en cenar allí. Sin embargo, debería acostumbrarse, al menos durante algún tiempo. Una vez más, pensó con rabia en su madre, que los obligaba a estar en aquel campamento improvisado. Al abrir la nevera vio una botella de vouvray espumoso que descorchó sin esperar. Sirvió dos vasos, se quitó los zapatos y se unió a Richard en la entrada.

—Deja el bricolaje un rato, brinda conmigo.

—¿Por qué?

—Por nuestro futuro, amor mío. Por la felicidad de estar juntos.

Mirándose a los ojos, bebieron un trago e intercambiaron una sonrisa.

—Como es una cena fría, ¿qué te parecerían unos mimitos antes? —propuso ella abriéndose como si nada la chaqueta del traje.

Él se acercó, desabrochó, uno a uno, los botones de la blusa y le soltó el sujetador. Después se inclinó para besarle los senos, uno tras otro.

—Tengo ganas de ti —susurró mientras Richard la cogía en brazos.

La llevó hasta la habitación y la tumbó sobre la cama.

—¡Harás lo mismo cuando tengamos nuestra casa! Y también la noche de nuestra boda... Tendré que cruzar el umbral colgada de tu cuello.

—¿Una superstición? —preguntó él, riendo.

—Sí, para ser felices y tener muchos hijos, como en los cuentos. Por cierto, he dejado de tomar la píldora.

Vio cómo cambiaba su expresión. Inmóvil al pie de la cama, parecía buscar las palabras.

—¿No crees que es un poco... prematuro?

—Te recuerdo que hay nueve meses de fabricación, y que la puesta en marcha no es automática. Seguro que ya lo sabes, pero no siempre funciona a la primera.

Para que no protestara, deslizó la falda a lo largo de sus piernas. Un hijo de Richard sería la cosa más maravillosa que pudiera sucederle. Ya tenía treinta y cinco años y se negaba a esperar.

—Isa, no estoy de acuerdo.

Bueno, lo había dicho con dulzura, con ternura, pero también con una angustia que no trataba de disimular.

—¿No quieres tener niños? —preguntó con voz trémula.

—No sé... Sí, quizá... Pero no ahora.

—¿Por qué?

Como callaba, ella se arrodilló sobre la cama, le cogió el rostro entre las manos y lo obligó a mirarla de frente.

—¿Por qué no enseguida, Richard?

En ese mismo instante, ella supo que si se atrevía a pronunciar el nombre de Jeanne, si pedía un plazo o si hablaba de su propia hija, no sería capaz de mantener la calma.

—Escúchame bien —susurró—, te quiero, Richard. Eres lo más importante para mí. Por ti, ya has visto que puedo mover montañas. Pero si no ocurre lo mismo en tu caso, quiero saberlo.

—Te quiero, Isabelle.

—¡No es bastante! Y no es lo que te estoy preguntando. Conmigo tiene que ser todo o nada. Hemos perdido quince años y no voy a dejar pasar un día más. ¿Lo entiendes?

Con estupor, Isabelle intuyó que él iba a eludir el tema. Le pedía demasiado, y demasiado deprisa. Y Lionel se lo había advertido, la lealtad de Richard lo ponía en una situación delicada, y plantearle ese ultimátum no servía de nada. Isabelle tenía la costumbre de tratar con situaciones delicadas en la intimidad de su notaría, apaciguar conflictos familiares, encontrar terrenos neutrales para satisfacer a las partes. ¿Por qué no usaba su habilidad con Richard en lugar de enfrentarse a él? ¿Por culpa de los celos insoportables que le inspiraba Jeanne?

—Ven —murmuró apretándose contra él.

En aquel terreno, estaba más segura de sí misma. Richard la deseaba apasionadamente. Deslizando una mano bajo su camisa, le rozó la cintura con la punta de las uñas. Oyó cómo se le aceleraba la respiración, sintió que los músculos de su espalda se contraían bajo la caricia. Insistió hasta que la tomó por los hombros y comenzó a besarla. Ignorar la opinión de Richard era fácil, pero eso no arreglaba las cosas. Sin embargo, había sido sincera. No tomaba la píldora desde hacía un mes.

—Hay que conservar la sala de billar —afirmó Ismael—. Para el Balbuzard es una atracción suplementaria. Un lugar tranquilo, elegante, donde cualquiera puede venir a relajarse, incluso sin saber jugar. Y los clientes habituales del hotel cuentan con ella. No, créeme, volvamos a nuestra primera idea.

Rebuscó entre los numerosos bocetos amontonados sobre la mesa del cuarto de estar.

—¡Esto, ves, es genial! —exclamó, y enseñó unas cuantas hojas a Jeanne.

—Pero sacrificamos una parte del bar.

—¿Y qué? Tu bar es demasiado grande. ¡Desmesurado! No diriges un Hilton con doscientas cincuenta habitaciones, no tienes aquí fijos a cuarenta hombres de negocios y otras tantas call-girls tomando whisky.

Jeanne se echó a reír y luego se inclinó sobre los esbozos que hizo en Libourne durante las noches en las que no conseguía dormir. Poco a poco se los había ido enviando a Ismael para que él los estudiara. Solo había dos posibilidades, hacer el restaurante en la sala de billar o bien en el bar, e Ismael prefería claramente la segunda.

—Bueno, se atraviesa el bar para ir al restaurante, es normal. Es incluso agradable. Y si tenemos la suerte de tener un poco de público, el cliente podrá esperar su mesa tomando una copa. En tu maqueta, la manera en que separas los dos lugares es muy buena. Los clientes del bar y los del restaurante no se ven, no se molestan. Tu gran mostrador de pañero me sirve de hermosa mesa de servicio en mi sala de restaurante, me la quedo. En cuanto a la barra que has diseñado, eso... ¡me parece inaudito! ¿Conoces a un artesano que pueda realizar un mueble así?

—Sí, un pequeño ebanista de Cheverney, que trabaja a la antigua. Pero no quiero que se utilice cualquier madera, y menos aún una de esas maderas de países exóticos que se importan a ciegas.

—Ya lo sé —dijo él con amabilidad.

Colocó la mano sobre la muñeca de Jeanne, como para indicarle que comprendía sus preocupaciones.

—La ecología no es un pasatiempo o una moda para mí —precisó ella de todos modos.

Ismael sonrió antes de retirar la mano.

—Tienes un gran talento, Jeanne. Cuando todo se haya acabado y el proyecto vaya sobre ruedas, deberías buscar trabajo fuera. Un contrato de vez en cuando te vendría bien, y como puedes dibujar tus proyectos en casa, eso no te alejaría mucho de Céline ni del Balbuzard.

—Hablas como Richard. Él también me aconsejaba que volviera a ponerme a trabajar en la decoración, pero yo creía que quería deshacerse un poco de mí. En realidad, no era un poco...

Ismael seguía sonriendo, y ella se reprochó haber nombrado a Richard una vez más.

—¿Quieres un café o un té? —propuso—. Acabo de recibir uno que...

Una carrera salpicada de carcajadas la interrumpió. Céline apareció en la sala de estar, seguida de cerca por Nicolas, el hijo de Ismael.

—¿Podemos merendar, mamá?

—Por supuesto, venga.

Los dos niños se metieron en la cocina y cerraron la puerta para aislarse.

—No podrás tomar nada —concluyó Jeanne—, quieren estar solos.

—Estoy encantado de que se entiendan tan bien. Si siguen siendo amigos el verano que viene, ¿por qué no mandas a Céline a Australia con él? Es un sitio estupendo, y a mi ex-mujer se le dan bien los niños, siempre que no sean más que unas semanas.

—¿A Australia? —repitió ella, con los ojos muy abiertos.

—Pues sí, ¿qué pasa? ¡La Turena no puede ser el único horizonte de tu hija! Viajar le ha venido genial a Nicolas, lo ha vuelto más curioso, más autónomo y más reflexivo. Solo conmigo durante todo el año se aburriría, pero entre el verano con su madre y uno o dos viajes para aprender idiomas, está contento.

Jeanne meditó unos instantes las palabras de Ismael. ¿No estaría Céline demasiado protegida? Hasta entonces, Richard y ella no habían hecho gran cosa para que fuera independiente, y quizá era el momento de pensar en ello. Jeanne iba a estar muy ocupada con las obras de acondicionamiento del Balbuzard, y si Richard volvía a montar un negocio por su parte, tampoco estaría muy disponible.

—Tienes razón —admitió—. Voy a pensarlo. Vivir en un sitio bonito en el campo no facilita las cosas. Cuando Céline quiere merendar o dormir en casa de una amiga, tengo que llevarla en coche, y lo mismo pasa con el tenis o el dentista. Ante el menor desplazamiento, depende de un adulto. El año que viene entrará en el colegio, y si en ese momento está un poco más espabilada, no le vendrá nada mal.

¿Por qué Richard y ella no habían hablado nunca de esa cuestión? De pronto estaba hablando de ello con un amigo, aprobaba sus sugerencias. Pero Ismael había tenido antes que ella la experiencia de ser un padre divorciado, no contaba con nadie más para decidir sobre su hijo, y Jeanne estaba en la misma situación.

«¡No, siempre puedo llamar a Richard, verlo, hablarlo con él! Se ha ido, pero no al otro extremo del mundo...»

—Volvamos a nuestros asuntos —sugirió Ismael—. ¿Estamos de acuerdo en este proyecto?

Había reunido los bocetos del restaurante en el bar, y apartado los demás. Su cabezonería era más bien tranquilizadora. En los negocios, sabía lo que quería.

—Sí, lo hacemos así.

—Muy bien. Hay que ver los presupuestos. ¡Tenemos mucho trabajo!

—¿Y crees que podremos acabar las obras durante el período de cierre?

—Habrá que hacerlo. Daremos una fecha límite a los constructores, con penalizaciones diarias en caso de retraso. ¡Vamos a tener que pelear! Cuando me hice cargo de La Renaissance, la inauguración era un viernes, y el lunes anterior tendrías que haber visto cómo estaba aquello... Pero lo conseguimos, porque todo es posible cuando se desea de verdad.

—Ojalá que... —murmuró Jeanne.

—Estás pensando en Richard, ¿verdad?

Ella asintió, avergonzada de haberse dejado sorprender.

—Tienes derecho —dijo él con amabilidad—. Y si te aconsejo que pienses en otra cosa, creerás que barro para casa.

—¿Que barres para casa? Pero bueno, Ismael, tú no...

—¡Para nuestros negocios! —se apresuró a precisar.

Acababa de ruborizarse de repente y, para disimular, reunió los dibujos y los guardó en su maletín.

—Los niños no han terminado de merendar —señaló Jeanne con un gesto hacia la puerta acristalada—. Creo incluso que se han puesto a hacer un bizcocho.

—A Nicolas le encanta la repostería, y no le sale mal. Pero pronto no tendrás un solo huevo en la nevera, ni una olla limpia.

—No importa, dejémosles hacer, se están divirtiendo. Aprovechemos para bajar. Me gustaría concretar uno o dos detalles sobre las cocinas. Quiero estar segura de haber incluido todos los requisitos sanitarios, ¡así como tus deseos de chef!

Se levantó y le tendió la mano.

—Como ves —añadió—, yo no pienso más que en nuestros negocios...

Quizá se había equivocado. ¿Ismael la miraba con demasiada ternura? ¿Había algo más en sus palabras? ¿De verdad se había ruborizado? No debía haber entre ellos ningún malestar, ninguna ambigüedad, porque si no sería insoportable.

En lo alto de la escalera de piedra, le indicó que pasara primero y aprovechó para soltarle la mano.

Sentada en el salón, Solène había dejado caer el cuaderno de espiral y el lápiz sobre sus rodillas. ¡Para qué tomar notas si no podía salvarse nada! La cómoda abombada, que había heredado de su abuela, no cabía en su piso. El gran armario regencia, menos aún. Y la alfombra persa, tampoco. Decididamente, habría que venderlo todo. O bien conservar la casa para ella, volver a vivir allí, pero no tenía ni ánimo ni ganas. Sin confesárselo hasta entonces, estaba satisfecha de haberse ido, de haber abandonado aquel entorno distinguido y rígido donde se había desarrollado casi toda su existencia. Comprendió de pronto a Isabelle, aquel cúmulo de muebles y de recuerdos resultaba totalmente asfixiante. Precursor, Lionel fue el primero en menospreciar todo aquello y, por entonces, Solène lo había tachado de rebelde. Pero ¿no había sido para deshacerse de su entorno por lo que había dejado de forma ostentosa a sus hijos una herencia que ellos no querían para nada? Isabelle, sola entre aquellos muros, ocupó el lugar de sus padres, y aseguró su sucesión en la notaría. Ahora el notario Ferrière era ella, una réplica exacta de la generación anterior a fin de que nada cambiara.

—¡Chorradas!

Se sorprendió de haber utilizado aquella palabra, y sobre todo de haberla proferido en voz alta. ¿Era su manera de decir adiós a la casa de Lambert? ¿A quién culpaba pues, sino a sí misma?

«Al vivir aquí, Isa no hará más que pensar en el pasado. Su adolescencia con Lionel y Richard. Richard por todas partes, en cada rincón de cada cuarto... A fuerza de pensar en ello, tuvo ganas de volver a verlo, de retomar la relación, era inevitable.»

¿Por qué no animó a su hija a emanciparse, en lugar de dejarla allí viviendo con los viejos fantasmas?

Se levantó, haciendo una mueca por el dolor que le causaba el reuma.

«La vieja generación siempre se equivoca con la nueva. Fui una torpe.»

Con un vistazo general, se aseguró de que no deseaba nada. ¿El reloj? No, si empezaba a coger cosas, acabaría con un camión lleno. Ya había hecho una selección cuando se mudó, cuando se decidió a comprar aquel delicioso apartamento donde se sentía tan bien. En el fondo, lo único importante era una foto de Lambert, con un hermoso marco, que presidía su mesilla de noche y que veía cada mañana. Todo lo demás podía desaparecer bajo el martillo de un subastador.

«¡No se recupera la juventud coleccionando antigüedades!»

En lugar de entristecerla, como temía, las dos horas pasadas en la casa la habían serenado. Qué paradoja. A partir de aquel momento no exigiría nada más a Isabelle. La dejaría vivir a su modo para no deteriorar su relación. Su única exigencia sería no ver jamás a Richard Castan, aunque un día llegara a convertirse en su yerno.

Tras cerrar la verja, retrocedió unos pasos y alzó la cabeza para ver la casa por última vez. El cartel de «Se vende» estaba colgado en el balcón de la habitación de Lionel, el más visible desde la calle. Retrocedió un paso más y tropezó con un viandante.

—Oh, lo siento, yo...

Se quedó inmóvil cuando reconoció a Richard y se apartó de manera precipitada. A un metro el uno del otro, se miraron de arriba abajo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Solène con voz trémula.

Richard podía responder que tenía derecho a pasearse por Tours, que pasaba por allí por casualidad, pero parecía incapaz de abrir la boca.

—¿Miras el cartel? Estarás contento, ¿eh? Lo has conseguido.

—Solène...

—Sí, sí, te tomas la revancha porque no soportas haberte convertido en un simple posadero. Te conozco, sé todas las ambiciones que escondías apoyándote en nosotros.

—Eso es falso.

—¡Fuiste un desastre para mi familia, y hoy sigues perjudicándonos! Quítate de mi camino.

Nada le impedía marcharse, pero no se movió. Richard había cambiado, parecía más grande y sólido que en sus recuerdos. Evidentemente, ya no era el chico que conocía, pero seguía resultándole enormemente antipático.

—Fui feliz en esta casa —murmuró él—. No deseaba que Isabelle la vendiera.

—¡Es mi casa! —se indignó ella—. Y yo la vendo para que tú no vuelvas a poner los pies en ella. Lambert se revolvería en su tumba si yo permitiera semejante cosa.

Richard la miró a los ojos unos instantes con curiosidad.

—¿Quieres que hablemos de ello, Solène? Después del accidente, me impediste explicarme, decirte hasta qué punto lamentaba...

—¿Creías que te iba a seguir teniendo en mi casa? ¿Que te iba a perdonar? ¡Oh, no tienes dudas! Lambert murió por tu culpa, porque habías bebido y apenas sabías conducir. Estoy segura de que le pediste que te dejara ponerte al volante, para hacerte el machito, para...

—¡No!

Richard había alzado la voz, y una pareja cambió de acera para evitarlos.

—Deja de dar el espectáculo —gruñó Solène.

—Aquella noche, hubiera preferido ser el copiloto. Tenía cosas que confesar, quería que Lambert supiera que Isabelle y yo...

—¡Pues claro que lo sabía, pobre imbécil!

Ante su expresión incrédula, Solène continuó, despreciativa:

—¡No estábamos ciegos, qué te creías! Cuando devorabas con los ojos a nuestra hija, le hacía gracia, pero a mí no. Y se lo había advertido: Isabelle no era para ti. Yo no lo habría aceptado nunca, y sigo sin aceptarlo ahora. Lambert quería esperar, ver cómo iban las cosas entre vosotros. Era de lo más indulgente cuando se trataba de ti, así que exigí que te marcharas, que te buscaras un hogar lejos de nosotros. Isa te habría olvidado en muy poco tiempo, ella...

—¿Lambert lo sabía? —la interrumpió Richard.

En aquel momento su rostro se descompuso, parecía estar en estado de shock. Solène lo miró de arriba abajo por última vez, y luego se dio media vuelta y se marchó con paso apresurado. Richard no trató de retenerla, se limitó a seguirla con la mirada hasta que desapareció al doblar la esquina. Seguía odiándolo con la misma fuerza, la misma cólera, la misma injusticia. Pero, a su pesar y sin sospecharlo, acababa de hacerle un inmenso regalo.

Volvió de nuevo su atención hacia la casa, que examinó desde la puerta de entrada hasta lo alto del tejado.

Lambert cierra su paraguas mojado. La tormenta crepita con violencia sobre la marquesina de la escalinata mientras abre la puerta.

—¡Vaya día! —exclama, empujando a Richard hacia el interior.

Se quitan a la vez los abrigos mojados y los cuelgan.

—Ya verás cuando seas notario. No todo son ventajas...

No le cabe ninguna duda de que Richard e Isabelle lo sucederán. Se da cuenta de que a Lionel no le gusta el Derecho y, sobre todo, no le gusta el esfuerzo.

—En la notaría, esta tarde, he visto a una familia a la que conozco muy bien, una familia unida y respetable, desgarrarse literalmente por una sucesión. La sesión duró horas, nadie quería ceder, se insultaban, se hubieran peleado por una cucharilla del café. ¡Como lobos, como hienas! Por lo tanto, también hay que planificar la propia muerte.

Esboza una sonrisa y de pronto parece ocurrírsele una idea.

—¿Te lo puedes creer? Todavía no he hecho testamento. En casa de herrero, cuchillo de palo, ¿eh? No, en serio, voy a tener que ponerme a pensar en ello.

—¡Tienes tiempo de sobra! —rio Richard.

—¿Quién sabe? Venga, vamos a hacernos un ponche, estoy helado.

Se dirigen hacia la cocina uno detrás del otro, pero Lambert se detiene bruscamente en medio del pasillo y se da la vuelta.

—Richard, hablar de ello no significa que uno vaya a morirse, y querría que me prometieras una cosa.

—De acuerdo.

Lo que desea Lambert es sin duda razonable y sensato, y Richard acepta de entrada.

—Si me llegara la hora demasiado pronto, ¿cuidarás de Isabelle y de Lionel?

—¡Por supuesto! De todos modos, creo que nos cuidaríamos entre todos.

—No, tú. Tú tienes los pies en la tierra. ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo —responde muy serio Richard.

Siente que por medio de esa demanda exigente, Lambert trata de tranquilizarse respecto al porvenir de su familia. Sin duda tiene poca confianza en Lionel, e incluso en Solène, para garantizar la unidad cuando no esté. Pero ¿por qué querer seguir dirigiendo el curso de los acontecimientos una vez que uno ya no está?

Richard apartó la mirada de la casa de los Ferrière. No tenía nada más que esperar allí. El juramento hecho a Lambert había quedado incumplido por las circunstancias de su muerte. ¿Cómo velar por personas que no querían volver a oír hablar de él? Cada uno había seguido su camino, la historia se había escrito de otra manera.

«Lambert sabía que Isa y yo nos amábamos. No estaba furioso, seguía manteniendo intacto su afecto por mí.»

Saber aquello lo aliviaba por encima de todo, borrando una parte de la culpabilidad que pesaba sobre él desde hacía demasiado tiempo. En lugar de ponerlo en la picota, Solène acababa de liberarlo.