2

ISABELLE cerró de golpe la puerta de entrada y dejó caer su montón de informes sobre la cómoda. El chirrido de la madera le recordó que se trataba de un mueble antiguo bastante frágil. De todos modos, llevarse a casa ese montón de papeles no servía de nada, pues nunca tenía ganas de trabajar después de la cena.

La puerta doble que conducía al salón estaba abierta y, como cada noche, Isabelle dejó vagar su mirada por el decorado familiar. Demasiado familiar. Desde su infancia, no había cambiado casi nada. Cuando se marchó para instalarse en un apartamento del centro de la ciudad, su madre no se había llevado gran cosa, y cuando Lionel se fue a vivir a París, no quiso llevarse aquellas «antiguallas». Vivía en un loft del Xe arrondissement, a orillas del canal Saint-Martin, decorado de manera minimalista y original.

—Yo soy la guardiana del templo... —murmuró Isabelle, encogiéndose de hombros.

Lo había conservado todo, la notaría y la casa, el mobiliario y los recuerdos. «¿No estás harta de todo esto?», se sorprendía Lionel las pocas veces que estaba de paso por Tours. Pues sí, estaba harta, pero era prisionera de un horario demencial que no le dejaba tiempo libre para modificar su espacio. A veces soñaba con tomarse ocho días de vacaciones para vaciar la casa y redecorarla a su gusto, pero cuando podía disponer de una semana, se la pasaba durmiendo, o se iba de viaje a tumbarse al sol en una playa lejana.

Después de quitarse los zapatos, cruzó el salón y el comedor. Le gustaba sentir bajo los pies el parqué bien encerado, y luego el frescor de las baldosas de la cocina. Allí tampoco había tocado nada, pero los viejos armarios de roble no le disgustaban, ni la enorme cocina de hierro. El único problema en aquel hogar burgués hecho para una gran familia era que estaba sola. Absoluta y rotundamente sola. Ninguno de sus intentos por establecer una relación duradera con un hombre había llegado a nada. No estaba lo bastante disponible, ni lo bastante enamorada, quizá, y al cabo de unos meses las cosas se degradaban. Durante aquellos diez años, había pasado por cuatro rupturas tormentosas, y empezaba a desesperarse.

De pie delante de la nevera, bebió de la botella grandes tragos de Perrier que hicieron que los ojos se le llenasen de lágrimas. A la vista, en una de las repisas, había un plato de pasta con salmón y crema que había preparado Sabine, la chica que se ocupaba de la casa. Isabelle pensó en ella agradecida, aunque no tenía hambre. Y sobre todo, la perspectiva de cenar leyendo el periódico la deprimía. La mayor parte del tiempo, sin embargo, se alegraba de tener al fin un momento de paz y de silencio tras toda una jornada en la atmósfera asfixiante de la notaría, pero no aquella noche. Por desgracia era un poco tarde para llamar a amigos para que la invitaran a cenar o proponerles una salida. De hecho, la mayoría estaban casados, tenían hijos, y organizar una velada con ellos de improviso se había vuelto difícil.

Fue a abrir la puerta que daba al pequeño jardín, en la parte trasera de la casa. Bajo la pérgola, la mesa y las sillas de hierro forjado se habían limpiado recientemente. Era muy agradable estar allí, en primavera y en verano, escuchando cómo caía el agua de la fuente o preparando una barbacoa. Lambert no había escatimado en arreglar el lugar treinta años antes para que los niños pudieran divertirse fuera. Tampoco allí Isabelle había cambiado nada, pero el champán sustituía hacía tiempo a los vasos de coca-cola.

Descalza, avanzó con cautela sobre la grava y llegó a la pérgola. ¿Todavía le resultaba placentero vivir allí? ¿Por qué no se había ido ella también, como su madre, como Lionel?

—Bueno, es evidente —suspiró, y se sentó.

El encuentro con Richard aquella mañana no era una prueba más e innecesaria para ella. Cada día de su vida en aquella casa, el más mínimo rincón o el más pequeño objeto le recordaban a Richard. Los años de juventud con Richard. Las risas locas y el amor loco. Un hermoso futuro establecido de antemano que se había desintegrado en un instante. Para Isabelle, la fractura había sido espantosa. ¡Quería tanto a su padre! Y tanto a Richard... Después de él, nunca había sido capaz de volver a entregarse de la misma manera. Su separación brutal la había hecho enfermar, ya no sabía amar.

«¿Por qué te hice caso, mamá?»

Porque no tenía más que dieciocho años. Porque su madre odiaba a Richard con toda su alma, hasta el punto de que nadie se atrevía a pronunciar su nombre delante de ella. Porque Isabelle le habría hecho demasiado daño en aquel momento si se enfrentaba a ella. Al principio, la joven se había convencido de que las cosas se suavizarían con el tiempo. Que unas semanas o unos meses después de la muerte de su padre podría hacer entender poco a poco sus sentimientos a su madre. Pero era evidente que se había equivocado. En cuanto intentaba hablar, la respuesta caía como un cuchillo: «¡No sois Romeo y Julieta, que yo sepa! ¡Y no olvides nunca que ese pequeño oportunista es el asesino de tu padre!». Isabelle trataba de no escuchar, de no dejarse influenciar. Para tener la fiesta en paz, aceptó alejarse y, durante su ausencia en el extranjero, su madre se esforzó mucho para borrar toda huella de Richard. Se había hecho cargo de la notaría, había recuperado a los clientes de su marido, lo había facilitado todo para que su hija pudiera sucederlo un día. Viuda, digna, empeñada en preservar el porvenir de sus hijos, trabajando sin descanso: no había nada que reprocharle, y ningún modo de escapar de ella. También había sido muy lista al proponerle a Isabelle que continuara sus estudios en París, con el pretexto de que «cambiara de aires» y tuviera «un nivel más alto en la carrera». En realidad, se había enterado de que Richard estudiaba en la escuela de hostelería de Veigné, demasiado cerca de Tours. Isa se marchó sin adivinar la maniobra de su madre. De todos modos, Richard no daba señales de vida y parecía haber cortado también todos los lazos. El propio Lionel aconsejaba a su hermana que dejara pasar el tiempo. Y el tiempo había hecho su cometido, ¡hasta qué punto! En París, Isabelle había conocido chicos, se había distraído. Un año, dos años y después tres. Los exámenes, las oposiciones, las salidas, las noches en blanco. Cuando Isabelle volvió definitivamente a Tours, Richard acababa de marcharse; en resumen, se cruzaron. Después, Isabelle se vio atrapada por la notaría y las responsabilidades que su madre había descargado sobre ella. «No tengo más que un deseo: jubilarme. He conservado tus clientes, he convencido a nuestros socios, y entras aquí por la puerta grande, como deseaba tu padre. Ahora demuestra lo que vales. ¡Cuento contigo!» Isa se sumergió en el trabajo. Tenía que convencer a todo el mundo de que era una hija digna de Lambert Ferrière, y que con ella los clientes estaban en buenas manos. Seducidos por su rigor, enternecidos por su juventud y su voluntad, los socios de la notaría la ayudaron a abrirse camino.

Se dejó caer contra el respaldo del sillón, se sentó sobre las piernas y cerró los ojos. Los ruidos de la ciudad le llegaban mitigados por el follaje de los setos. Vivir en el centro de Tours y a dos pasos de la notaría le facilitaba la vida, pero se sentía prisionera. Había tomado el relevo y hecho lo que se esperaba de ella, pero se había olvidado un poco de sí misma.

—¿Un poco? —rio con amargura, reabriendo los ojos.

¿Qué hacía allí sola, sin saber qué hacer durante la velada? Guapa, aún joven, inteligente... y sola. ¡No tenía siquiera un perro o un gato con el que hablar! Su madre siempre había considerado una molestia los animales domésticos. Diez veces al menos, Lambert había intentando convencerla para complacer a los tres adolescentes, pero ella se había mantenido firme en su rechazo en nombre del orden establecido.

«Qué puñetera...»

En aquellos últimos tiempos, Isabelle había pensado comprarse un cachorro, pero ante la idea de tener que dejarlo solo durante todo el día, se había echado atrás. Se estremeció y se ajustó la chaqueta del traje. A aquella hora, todo el jardín estaba en sombra. Alzó la cabeza y contempló el cielo de un azul puro, ligeramente velado por unas nubes rosadas que anunciaban el crepúsculo.

«Mañana invito a unos amigos a una barbacoa», decidió.

Si no hacía nada para romper su soledad, se dedicaría a recordar una y otra vez su encuentro con Richard, y no quería pensar en ello. Sobre todo, en aquel impulso que la había arrojado hacia él, ignorando durante una fracción de segundo los años de separación. En sus brazos, se había sentido por fin en su sitio, en su verdadero lugar. Pero él había rechazado el contacto, el abrazo. ¿La habría olvidado, habría hecho borrón y cuenta nueva? «Ya no tenemos nada que compartir.» Aquella frase había sido para ella como una bofetada. ¿Qué se pensaba? ¿Que él aún se iba a interesar por ella? ¡Tenía una mujer, una hija, un hotel en auge!

«También dijo que eso lo volvería loco... Loco, definitivamente.»

Podía aferrarse a esas dos palabras para olvidar la decepción, la humillación. Cogiéndose la cabeza entre las manos, trató de contener las lágrimas que afloraban en sus ojos. ¿Por qué demonios se había creído lo bastante madura como para poder aguantar un cara a cara? Richard era una parte de sí misma que había tenido que arrancarse a la fuerza en una época de su vida en la que era muy frágil. Hoy, al imaginarse invulnerable, se había arrojado estúpidamente sobre él sin pensar que volvería a encontrarse, intacto, con aquel sufrimiento del que tanto le había costado desprenderse.

—Idiota, idiota —balbuceó con hipo, antes de romper a llorar.

Solène pretende que no es para tanto. De hecho, los niños no deben llorar, solo las niñas pueden hacerlo. Detrás de ella, Lambert alza los ojos al cielo y luego sonríe a Richard y a Lionel. Solène se va, llevándose la mercromina, los algodones manchados, la caja de tiritas. No es mala, pero es brusca, y la ternura no forma parte de sus cualidades. Lambert, por su parte, aún parece impresionado. Los dos niños han chocado con violencia, torpes sobre sus bicicletas que se embalan en el exiguo jardín. Richard se ha abierto la ceja y Lionel se ha hecho un corte en la rodilla. Lambert ha estado a punto de llevarlos al hospital. En ese momento les dedica una mirada afectuosa, antes de examinar las dos pequeñas bicis. Endereza uno de los manillares, palpa una rueda desinflada. Y de repente, con aire malicioso, declara que va a comprar un remolque para poder llevar a los niños con las bicicletas al bosque los domingos. Los niños dan gritos de alegría, dando vueltas a su alrededor como sioux. Alertada por el escándalo, Isabelle llega en tromba y quiere saber qué pasa. Lambert la sube sobre los hombros. Es un padre estupendo, atento, cariñoso. Richard se alegra de que sea su padrino y está contento de pasar los últimos días del mes de julio en Tours. Sus padres nunca se lo llevan con ellos de viaje porque se van a trabajar, no a divertirse. Lambert le pregunta si está bien, si no le duele la cabeza. Isabelle se revuelve para bajarse de los hombros de su padre porque quiere ir a buscar su disfraz de enfermera. Lionel se burla de ella pero Richard no dice nada, por no molestarla. Hay abejas en los rosales, el sol se refleja en el agua de la fuente. Lambert anuncia que es hora de merendar, que Solène ha preparado una tarta de limón con merengue. Por una ventana del primer piso que da al jardín, Solène dice de mal humor que la tarta es para cenar. ¡Pueden hacerse tostadas con mantequilla! Pero Lambert tiene una idea mejor, y les hace una seña a los niños para que lo sigan, articulando en silencio la palabra «pa-na-de-rí-a». Se dirigen en fila india y de puntillas hacia la pequeña verja oxidada del fondo. Cuando salen a la avenida, Isabelle, prudente, da la mano a su padre, mientras los chicos van corriendo delante. Lambert les grita que no salgan de la acera. Se percibe la risa en su voz.

Richard se apartó en el camino para dejar pasar a una pareja de clientes con sus hijos. Unos ingleses que ocupaban la suite número 5 desde hacía una semana. Hubo un intercambio de sonrisas y de saludos, y luego Richard siguió con la mirada a los niños, que debían tener unos diez años. Una edad feliz, o al menos eso había sido para él.

—¡Señor Castan!

En el umbral de uno de los bungalós de cristal y madera, Colette, una empleada, le hacía señas. Se acercó a ella y escuchó distraído cómo le pedía que le dejara libre el día siguiente, a lo que accedió enseguida. Aprovechó para echar un vistazo a la habitación. Los grandes ventanales dejaban entrar la luz a raudales, apenas tamizada por delicados visillos color pastel. El cubrecama rojo y blanco, de piqué de algodón, hacía juego perfecto con el tono dorado de los muebles artesanales de cerezo, y un gran ramo de flores frescas estaba sobre la estufa de hierro, inútil en esa época del año. Richard observó las litografías, la alfombra de lana, los mullidos cojines de plumas sobre la banqueta de esquina, la pantalla plana colgada en una pared. Jeanne era muy buena para la decoración y desperdiciaba su talento al no querer trabajar fuera del hotel. Pero cada vez que Richard se lo sugería, ella rechazaba la idea con una mueca de contrariedad. Quería dedicarse enteramente al Balbuzard, cuya buena marcha vigilaba hasta en los menores detalles.

—¿Cierra usted, señor Castan?

—No, la sigo, Colette. No tengo la llave maestra.

Fuera ya hacía calor y el jardinero había encendido el riego automático. Reciclaba el agua de lluvia recuperada en grandes cisternas instaladas en las cuatro esquinas de la huerta. Richard llegó al aparcamiento en sombra y se metió en su coche. Después del accidente que le había costado la vida a Lambert, se había pasado un año sin conducir y aún hoy tenía una sensación desagradable cuando arrancaba. Tomó la carretera de Tours mientras pensaba en su lista de compras y en sus citas. Tenía que conseguir arena y grava para la ordenación de la nueva parcela, pasar por la gestoría para firmar la declaración de la renta, encargar botellas para el bar, y visitar a un agricultor que producía unas fresas extraordinarias. Jeanne insistía en que hubiera siempre fruta fresca en las bandejas de los desayunos, y el cuidado que ponía en su composición hacía sonreír a Richard. ¿Era una manera de consolarse por no tener un restaurante? En ese tema no cedería jamás, convencido de que las obligaciones se volverían demasiado pesadas. Además, el Balbuzard daba mucho dinero; ¿por qué iban a correr el riesgo de perderlo? Habían trabajado como locos durante diez años y no era cosa de volver a endeudarse, a ponerse en contacto con las guías de viajes, a pasar noches en blanco. A veces se preguntaba si Jeanne no se aburriría, para querer lanzarse a semejante aventura, y en otros momentos se decía que quizá era él quien carecía de ambición. O quizá, y más probablemente, no tenía ya ganas de luchar junto a Jeanne por un proyecto común. Cuando pusieron en marcha el Balbuzard, se había sentido absolutamente unido a ella, habían actuado mano a mano y compartido el mismo sueño. Pero una vez conseguido su objetivo, y después de que naciera su hija, Richard descubrió que lo que sentía por Jeanne no era más que ternura y aprecio. El amor había desaparecido, o bien nunca existió. Jeanne era su esposa, su amiga, su socia, era sobre todo la madre de Céline y, por último, una mujer a la que deseaba por costumbre. Una evidencia bastante decepcionante como para ignorarla, cosa que Richard conseguía hacer la mayor parte del tiempo.

A través del parabrisas de su coche observó el campo que se extendía a ambos lados de la autopista. Haber visto de nuevo a Isabelle lo perturbaba, lo angustiaba, rompía el caparazón que tanto le había costado construir a lo largo de los años. Isa le recordaba demasiadas cosas; entre otras, que había sabido lo que quería decir amar. Amar de verdad. Por supuesto, en aquella época poseía el ardor de la juventud, pero ese ardor solo había que revivirlo, estaba latente en él, no se había apagado del todo. Por mucho que se hubiera forjado una vida de hombre razonable, trabajador y buen gestor, esposo y padre, ecologista y responsable, no había triunfado. Al menos su vida no era como la había imaginado a los veinte años, tan rica en promesas, tan magníficamente trazada. Pero un conductor imprudente que adelantó a un camión lo había cambiado y destrozado todo. Ya no tenía la mano de Isabelle en la suya, ni habría notaría Ferrière y Castan. No llegó a ser notario, y había perdido a Isabelle. Su única familia lo había repudiado, lanzándolo a un mundo del que no sabía nada. Después, había hecho lo que había podido. La gente decía que «se las había arreglado bien», una expresión que le dejaba un regusto amargo. ¿Cómo «arreglárselas» cuando se ha perdido el paraíso? Y ¿cómo mantenerse cauto cuando se es apasionado? La naturaleza de Richard estaba llena de ardor, de fogosidad, de fervor, un rasgo de carácter que enternecía a Lambert, pero que Richard había tratado de ocultar después del accidente. Era otro, no quería acordarse del joven que había sido. En consecuencia, tenía que seguir manteniéndose muy lejos de Isabelle. Haberla vuelto a ver una vez era haberla visto una vez de más.

En el instante en que Isabelle entró en el vestíbulo, Jeanne supo quién era. Unos años antes, una amiga se la había señalado en una tienda y ella pudo ponerle cara a la mujer que había obsesionado a Richard durante tanto tiempo. Devorada por la curiosidad, pero también por los celos, había observado fijamente la silueta, el perfil, la melena y la ropa sin encontrar defecto alguno. A continuación se sorprendió a sí misma pensando en ella a menudo, como en una amenaza lejana pero persistente.

Estupefacta al ver a la joven atravesar la recepción y venir derecha hacia ella, Jeanne se enderezó, esforzándose por mostrar una expresión afable.

—Buenos días, señora, y bienvenida al Balbuzard —dijo maquinalmente—. ¿En qué puedo servirla?

—Usted debe ser Jeanne Castan.

Ante tanta seguridad, Jeanne contestó inmediatamente:

—Y usted Isabelle Ferrière.

—Así es.

Se miraron de arriba abajo antes de estrecharse las manos.

—¡Este hotel es magnífico! —exclamó Isabelle—. Pero no me esperaba en absoluto este entorno, me habían descrito algo ultramoderno...

—Las habitaciones lo son. Se encuentran en el parque, como anexo.

—No me he dado cuenta al llegar.

—¡Pues eso es un cumplido! Nuestros clientes aprecian la intimidad, la tranquilidad, la impresión de estar solos en medio de los árboles y de las flores.

Con una sonrisa, Isabelle ladeó la cabeza, como si estuviera reflexionando.

—No he venido para eso —acabó por decir.

—Sí, ya lo supongo.

Jeanne no estaba dispuesta a hacer nada para facilitar la conversación, pero Isabelle la cogió desprevenida con un gesto elocuente en dirección al cartel que indicaba el bar.

—¿Podemos ir a un sitio tranquilo? Tengo una propuesta que hacerle.

Rígida, Jeanne accedió y precedió a Isabelle hasta una gran sala, cuyas paredes estaban cubiertas por paneles de madera. El mismo Richard había decapado y encerado aquellos paneles, incluso los que estaban encima de la chimenea, y después había restaurado las cuatro ventanas con parteluz que daban al parque. Por toda la sala, cómodos sillones club de cuero patinado rodeaban unas mesitas circulares adornadas con lámparas art déco. En el fondo, un largo mostrador de tienda de tejidos hacía las veces de barra. Jeanne no había dudado en mezclar estilos para dar al lugar un ambiente cálido, y los clientes se quedaban por allí de buena gana para beber una copa de champán o saborear un licor antes de irse a la cama. A esas horas de la mañana no había nadie, pero Jeanne decidió instalarse en el rincón más apartado, junto a la ventana de la esquina. Frente a ella, Isabelle cruzó las piernas y se tomó un tiempo para examinar con interés la decoración del lugar.

—¿Su castillo tiene una historia? —preguntó al fin, con un tono entusiasta.

Jeanne se moría por saber el verdadero motivo de aquella visita tan inesperada, pero contestó con naturalidad:

—Nada extraordinario. Fue edificado en el Renacimiento por un noble modesto y después ardió casi en su totalidad a causa de un accidente doméstico dos siglos más tarde. Apenas queda un ala de la construcción original. Perteneció a la misma familia durante casi ciento cincuenta años más, pero se deterioró mucho por falta de dinero. Nosotros se lo compramos a los últimos herederos, que no tenían un céntimo y querían deshacerse de lo que consideraban una ruina. No quedaban más que unas pocas habitaciones, así que hubo que emprender un trabajo de rehabilitación enorme.

Isabelle asintió, atenta y sonriente, como si no estuviera allí más que para oír la historia del lugar.

—Lo que nos gustó a Richard y a mí fue el magnífico terreno que se extiende alrededor del estanque. Así fue como nació nuestro hotel.

De manera consciente, Jeanne había marcado el «a Richard y a mí». Sabía que la cuestión iba sobre su marido, pero no adivinaba aún el porqué. Miró fijamente a los ojos a Isabelle, sin devolverle la sonrisa, y dejó que se hiciera un silencio. Por desgracia, no era experta en ese tipo de estrategias, y al cabo de unos instantes no pudo evitar murmurar:

—¿Y bien?

Bien instalada en su sillón, Isabelle la miró de arriba abajo una vez más.

—Supongo que Richard le habrá hablado de mí y de mi familia. Crecimos juntos.

—Sí, estoy al tanto. Y también del... del accidente.

—Un auténtico drama. Pero que pertenece al pasado, ¿no es cierto? Hace unos días, una serie de casualidades llevó a Richard a mi notaría y se me ocurrió que era el momento de poner fin a todos estos años de silencio.

Como Jeanne no tenía nada que responder, se calló, muy incómoda. Isabelle marcó una pausa antes de continuar:

—Richard fue como un segundo hermano para mí.

—Segundo hermano y primer amor, ¿no?

Jeanne no había podido contenerse. Quería demostrar que sabía, que Richard confiaba en ella, que no existía ningún secreto entre ellos.

—Amor de juventud —repuso Isabelle con voz tranquilizadora—. ¡Queda tan lejos! Y éramos muy inocentes.

Se inclinó por encima de la mesa y, antes de que Jeanne pudiera reaccionar, le cogió la mano.

—De vez en cuando he tenido noticias suyas. Su matrimonio, el éxito del hotel, me alegro por él. Sinceramente.

Jeanne puso mala cara ante la última palabra, pero Isabelle estaba lanzada.

—No se puede renegar de los recuerdos, ¡y tengo tantos con Richard! Estoy segura de que sufrió mucho la ruptura con mi familia, pero, por supuesto, mi madre estaba furiosa con él al principio. El dolor hizo que se comportara de manera injusta y tardó mucho tiempo en superar su duelo.

—Lo comprendo —dijo Jeanne con la boca pequeña.

—Hoy me gustaría hacer tabla rasa de todo eso. Poner los contadores a cero. En mi despacho, sentí que Richard era bastante desgraciado, como si siguiera considerándose culpable. Al pensar en ello, me pregunté cuántas veces nos habría evitado, a mí, a mi madre o a mi hermano, por las calles de Tours. Es una situación insostenible, ridícula... Así que vine para invitaros a cenar en mi casa. A los dos. Una especie de reconciliación oficial que será saludable para todo el mundo. He hablado con mi hermano, que se unirá a nosotros, porque le apetece mucho. Vendrá de París para la ocasión. Por supuesto, mi madre no va a venir. ¡Cada cosa a su tiempo!

Isabelle se puso a reír, satisfecha de sí misma, sin dudar de que su oferta sería aceptada.

—No soy yo la que tengo que decidirlo —se disculpó Jeanne—. ¿Por qué no se lo pregunta a Richard?

—Me pareció más correcto preguntárselo antes a usted. Además, las cosas funcionan mejor entre mujeres. Sabemos arreglar los problemas, limar asperezas... Es usted la que está en mejor posición para convencer a Richard, pero creo que mi proposición le gustará.

Jeanne no tenía muchos argumentos que oponer a los de Isabelle, pero la idea de ir a cenar a casa de aquella mujer le repugnaba. Era como meterse en la boca del lobo.

—Háblelo con él —concluyó Isabelle, y se levantó—. Cualquier viernes del mes de junio sería perfecto. La llamaré dentro de unos días.

No había salida, ni siquiera una respuesta inmediata que dar. A Richard le iba a encantar aquella invitación. A menos que no le hiciera estremecerse. Estaba segura de que la llevaría a esa cena, aunque solo fuera por volver a ver la casa de los Ferrière, donde había crecido. Para asegurarse de que le habían perdonado. Y por el placer de contemplar a gusto a Isabelle. Tal como había reconocido él mismo, volver a verla no podía dejarlo indiferente.

Sin levantarse, rígida, Jeanne oyó cómo se alejaban los pasos de Isabelle. Unos instantes después, por la ventana, vio que se alejaba hacia el aparcamiento y la siguió con la mirada. Hermosas piernas delgadas, andares de conquistadora, chaqueta beis perfectamente ajustada a su falda negra. Seductora y decidida, poca gente se le resistiría. De hecho, la misma Jeanne no había sabido deshacerse de ella. ¿Por qué se había mostrado tan pasiva? ¡Y, sin embargo, la familiaridad de Isabelle la había exasperado! ¿Aquella mujer se creía en terreno conquistado en el Balbuzard? Su invitación a cenar era una especie de absolución, ofrecida con una desenvoltura muy estudiada. ¿Qué esperaría de Richard?

Invadida por la cólera, Jeanne abandonó el bar. Podía callarse, claro, no decirle nada de aquella visita a su marido, pero adivinaba que Isabelle no pararía hasta conseguir sus fines. En cuanto a Richard, cuando se enterara...

Jeanne se detuvo en medio del vestíbulo y se vio en el gran espejo veneciano colocado sobre la consola. ¡Ella también tenía buen tipo, también iba bien vestida! Acercándose un poco, se examinó el rostro sin indulgencia. Llevaba el cabello rubio, iluminado por unas sabias mechas de su peluquero, semilargo, cortado recto. Sus ojos, de un azul intenso, siempre habían sido su mejor baza, pero no le gustaba su boca, le parecía demasiado grande. Aparte de eso, puede que tuviera que perder uno o dos kilos, pero no tenía ni una arruga. Céline le repetía que era «la mamá más guapa a la salida del colegio». Y Richard, ¿qué decía? Cosas amables en la intimidad de su habitación, palabras de deseo que no demostraban nada. A veces, advertía un vestido nuevo, o un accesorio, y se mostraba siempre galante con ella. Un buen marido, en resumen, pero no muy enamorado. Decía que su pasión de juventud por Isabelle fue tan fuerte y acabó tan mal que se había curado para siempre de los sentimientos excesivos. ¿Un pretexto? ¿Una manera de justificar su tibieza?

Al apartarse del espejo, Jeanne se sintió de pronto muy cansada. Desmotivada, desengañada. Necesitaba un desafío, le gustaba pelear, pero no contra la gente, sino contra las trampas y las dificultades de la vida. Haber luchado al lado de Richard para construir el Balbuzard era lo mejor que le había pasado nunca, y lamentaba amargamente no tener ya un objetivo común con él. Ese restaurante, del cual él no quería oír hablar y que tanto le hacía soñar, sería un proyecto magnífico. Una nueva aventura que compartir. ¿Quizá una nueva ilusión? Ella no tenía ningún deseo de retomar su profesión de decoradora de interiores. Cuando Richard se lo sugería, siempre se preguntaba si no querría poner un poco de distancia. Ir a trabajar fuera supondría contratar a alguien para sustituirla, y ella no deseaba abandonar su lugar.

«¿Y si fuera la solución? ¿Quién sabe si Richard no me miraría de otra manera? La ausencia haría que me echara de menos, nos alegraríamos de reencontrarnos, de tener cosas que contar. Estamos anquilosados en nuestras costumbres, centrados en el hotel, corremos el riesgo de convertirnos en una vieja pareja que ya no tiene nada que decirse. Dos buenos compañeros... ¡Oh, no, cualquier cosa menos eso!»

Se sobresaltó al oír que entraban clientes en el vestíbulo. Por costumbre, una sonrisa se dibujó en su rostro, mientras los clientes se dirigían a ella en inglés con un espantoso acento alemán.

Tras haber terminado todos sus recados, Richard llegó a pie a la plaza Plumereau. Le gustaba sentarse en la terraza de un café para tomar algo al sol mientras miraba pasar a los turistas o a los estudiantes. Quince años antes había sido uno de ellos, joven, despreocupado y risueño. ¿Cómo habría podido imaginar entonces que un día tendría un hotel? ¿Que se convertiría en un apasionado defensor del medio ambiente, cuando esa era la menor de las preocupaciones de la familia Ferrière? En cuanto a sus padres, según los recuerdos que conservaba de la infancia, solo los cautivaban las civilizaciones antiguas; el futuro del planeta les era indiferente. Si el cielo existía de verdad, ¿qué pensarían de su hijo desde allá arriba?

De pronto, la alegre animación de la plaza Plum’, como se la llamaba familiarmente, le dio ganas de quedarse a comer en la ciudad. Era demasiado tarde para proponer a Jeanne que se uniera a él, y de todos modos, prefería estar solo. Llamó a su mujer por el móvil para avisarla, explicándole que aún tenía mucho que hacer por la tarde. En efecto, pensaba ir a la lavandería donde se ocupaban de toda la ropa del hotel, pues no estaba contento con las últimas entregas, y aprovecharía para comprar en La Livre Tournoi los caramelos favoritos de Céline.

Vagó un rato por las calles peatonales, con la cara al aire y las manos en los bolsillos, feliz de concederse un poco de libertad. En la Rue de la Monnaie entró en el Leonardo da Vinci, donde se sentó a una mesa para degustar algunas especialidades italianas antes de reanudar su paseo. El tiempo era magnífico, la gente paseaba por las aceras sonriendo, un ambiente de verano y de vacaciones animaba a relajarse. En varias ocasiones, Richard sorprendió las miradas que le echaban algunas mujeres. Siempre se extrañaba de gustar, pues no tenía ninguna conciencia del carisma que desprendía. En el Balbuzard le había pasado alguna vez que las clientas se le insinuaran, y había tenido que despedir a una empleada a la que no podía dirigirse sin que ella enrojeciera hasta las orejas. Esas situaciones lo divertían, lo intrigaban, pero jamás se le habría ocurrido aprovecharlas. Era fiel a Jeanne, por una parte porque ella le seguía gustando y, sobre todo, porque odiaba mentir. Las lecciones de moral de Lambert habían dado sus frutos y Richard era honrado, leal, recto. Su única debilidad se llamaba Isabelle Ferrière, por ella habría podido traicionar a cualquiera y traicionarse a sí mismo, estaba seguro.

—¡Castan! ¡Richard Castan! ¡Pero bueno, cuánto tiempo...!

Un hombre de su edad, al que tardó unos instantes en reconocer, acababa de detenerse ante él y lo miraba sonriente.

—Ismael —dijo al fin Richard.

—¡Ah, menos mal! Creí que no ibas a reconocerme.

Los recuerdos de la escuela de hostelería le volvieron de golpe a la memoria. Ismael había sido uno de sus buenos amigos allí, y uno de los mejores de su promoción. Era también el que hacía reír a todo el mundo con sus bromas absurdas. Alto y delgado, por aquel entonces tenía el aspecto de un gato famélico, pero había ganado unos veinte kilos.

—He oído hablar de tu hotel y tenía la intención de ir a verte un día de estos —dijo Ismael, cogiéndolo del brazo—. Venga, vamos a tomar una copa para celebrarlo.

Se sentaron en una terraza porque Ismael quería fumar un cigarrillo, y se pusieron a recordar a sus antiguos compañeros. La mayoría habían abandonado la región, algunos estaban en el extranjero y otros habían dejado la profesión.

—Volví de París el año pasado. Tenía un restaurante que iba bien, cerca de la Bastilla, pero echaba mucho de menos la Turena. ¡Sobre todo el clima! En resumen, lo vendí, y he abierto aquí otra cosa. Una joyita, ya verás, porque tienes que venir a comer a mi casa, serás recibido como un príncipe. De hecho, podríamos intercambiarnos clientes. ¡Comen en mi casa y duermen en la tuya! ¡Todo el mundo contento!

Charlatán, jovial, Ismael parecía extraordinariamente alegre.

—Tu hotel se llama el Balbuzard, ¿no? Se habla muy bien de él, debes de estar muy satisfecho. La ecología es una idea inteligente, que seguramente te permitirá reducir costes, ¿verdad?

—Con la condición de tener el capital inicial. Hay que invertir para ahorrar, para no contaminar, para no destruir. Pero con el precio del petróleo, pronto la gente ya no tendrá elección. Al final, es un mal por un bien.

—¡Siempre la palabra oportuna! —rio Ismael—. En todo caso, hemos avanzado un montón desde la escuela de hostelería... Y me alegro muchísimo de haberte vuelto a ver. Supongo que habrás olvidado tu gran pena de aquella época, ¿no?

Durante los primeros meses de su formación, Richard, aún traumatizado y obsesionado por la culpa, acabó confesándose con Ismael. Este sabía muy bien callar para escuchar los problemas de los demás, y transmitía optimismo. Sin él, Richard quizá no hubiera conseguido pasar el primer año.

—Estoy casado y tengo una niña pequeña —dijo sin responder a la pregunta—. ¿Qué día cierras?

—El lunes.

—Entonces ven a tomarte una copa de champán al Balbuzard el lunes que viene y te presentaré a mi familia.

—¿Una copa? ¡Qué tacaño! Una botella me parece lo mínimo. Llevaré a mi hijo, que tiene trece años. Su madre se largó a Australia mientras yo estaba en los fogones; la restauración le parecía un oficio infernal.

—Lo siento —murmuró Richard.

El tono ligero de Ismael no lo había engañado. Durante un instante, se preguntó cómo reaccionaría si Jeanne se marchara dejando a Céline. Pero no, Jeanne no haría eso, adoraba a su hija y lo amaba a él. Pensar en su mujer le hizo mirar el reloj, que marcaba ya las seis y media.

—Tengo que marcharme —dijo, y se levantó—. Pero no olvides que te espero el lunes. ¿Tienes la dirección?

—¡Está en todas las buenas guías! —contestó Ismael con una risotada—. ¡Venga, vete, yo pago la cuenta, que la próxima vez te toca!

Richard se alejó, pensativo tras aquel encuentro. Reencontrar a un viejo amigo le gustaba, sin duda, pero volvía a hacerlo retroceder en el tiempo. Demasiadas cosas le hacían volver a pensar en Isabelle en aquellos días. ¿Una coincidencia? ¿Un giro inesperado de su existencia? Se sentía un poco extraño, exaltado y angustiado a la vez, como si fuera el comienzo de un gran cambio.

Cuando llegó al Balbuzard, encontró vacío el vestíbulo de recepción. La empleada de turno estaba en el bar, ocupada en servir a unos clientes, y Jeanne debía estar con Céline en el primer piso, en su apartamento privado. Subió de cuatro en cuatro las escaleras de piedra, sintiéndose un poco culpable por haberse pasado todo el día en Tours.

—¡Papá ha vuelto, papá ha vuelto! —canturreó Céline en cuanto lo vio.

Fue corriendo por el pasillo para arrojarse a sus brazos. Con su pijama rosa y su olor a champú de melocotón, estaba para comérsela. Rubia como su madre, con los mismos ojos muy azules, iba a ser muy guapa. Richard le dio la bolsa de caramelos tras asegurarse de que ya había cenado, y después fue hacia el cuarto de estar. Al primer vistazo se dio cuenta de que su mujer estaba molesta y se disponía a disculparse por su retraso cuando ella le dijo:

—He tenido una visita esta mañana. ¡Nunca adivinarías de quién!

Aparentemente, no debía de tratarse de una buena noticia.

—Isabelle Ferrière ha venido a invitarnos a cenar —continuó ella con voz tensa.

—¿Quién es? —preguntó Céline con la boca llena.

—Una amiga de la infancia —respondió Richard demasiado deprisa.

Le costaba creer lo que Jeanne acababa de decir, pero no quería hablar de ello delante de su hija.

—Va a ser ya hora de acostarte, mi niña. Puedes leer un poco e iré a darte un beso de buenas noches.

La niña se alejó hacia su habitación arrastrando los pies, con la bolsa de caramelos apretada contra su cuerpo. Una vez solos, Jeanne y Richard intercambiaron una viva mirada, y Jeanne se encogió de hombros.

—No he entendido bien lo que pretendía. Una especie de... ¿reconciliación? Según ella, su hermano acudiría a esa cena, pero su madre no.

—Estoy muy sorprendido —balbuceó Richard.

Al menos no mentía. Estaba asombrado de la desfachatez de Isabelle. Ella siempre había sido directa, siempre iba hacia su objetivo, pero ¿qué buscaba al ir a ver a Jeanne? ¿Por qué no llamarlo a él? Su número de móvil estaba en el informe de compra del terreno. Habría podido utilizarlo.

«Sabía que le diría que no. Porque tengo miedo de volver a verla, se ha dado cuenta, y también porque no me habría atrevido a contárselo a Jeanne.»

—¡Pareces desolado! —comentó su mujer—. ¡No estás obligado a aceptar!

Bajo la mirada inquisitiva de Jeanne, intentó sonreír sin conseguirlo. De hecho, debía parecer bastante descompuesto, porque ella añadió, más conciliadora de pronto:

—Si es importante para ti, Richard, podemos ir. Saber que ya no te culpa de la muerte de su padre te ayudaría quizá a borrar esa vieja historia.

¿Isabelle lo había culpado? Sin duda, tras el drama había permanecido en silencio y guardado distancias, pero ella no era tan injusta ni estaba tan limitada como Solène, pues habría comprendido mejor las cosas. El propio Lionel, quince años antes, en aquella acera donde se habían visto por última vez, reconoció que nadie está a salvo de un accidente.

—Aparte de eso, cariño, ¿has pasado un buen día?

Jeanne lo miraba ahora con ternura y él se sintió agradecido.

—Muy bueno. He hecho mil cosas, e incluso me he encontrado con un viejo compañero de la escuela de hostelería, Ismael. Ha abierto un restaurante en Tours, La Renaissance. No es un nombre muy original, pero estoy seguro de que la comida será excelente, porque era muy bueno. Lo conocerás la semana que viene, va a venir a vernos.

Atravesó el cuarto de estar y fue a abrir la puerta corredera acristalada que daba a la cocina. Cuando arreglaron aquel piso para que fuera su casa, puesto que la planta baja estaba destinada a los servicios del hotel, no habían tenido los medios para contratar a un arquitecto, y se las habían arreglado solos. Cometieron algunos errores. Las paredes de piedra vista, que Richard había limpiado con arena para devolverles su blancura original, poseían una elegancia innegable, pero carecían de calidez. Las ventanas con parteluz, con sus cristales emplomados, no dejaban pasar mucho sol, y era espantoso el chirrido del antiguo parqué en espiga. En la chimenea monumental, hecha para encender unos buenos fuegos, Richard había instalado una estufa; tragaba menos madera y era mucho más eficaz. Cuando se había decidido a abrir la pared que daba a la sala contigua para hacer la cocina, había dado a la abertura una forma ojival, y él mismo hizo la puerta doble que se deslizaba sobre raíles y que permitía que las dos habitaciones quedaran separadas o se unieran. Durante ese tiempo, Jeanne había recorrido almonedas y ferias para buscar grandes alfombras con mucho color. En las habitaciones, había sustituido los antiguos tejidos damasquinados por papeles pintados de delicados motivos. El segundo piso, en el que solo había buhardillas en mal estado, había sido condenado después de que Richard hubiera cubierto los suelos con una buena capa de aislante. A fin de cuentas, su apartamento era bastante bonito, aunque fuera poco funcional, contrariamente a los bungalós de cristal y madera a los que el Balbuzard debía su buena reputación. De vez en cuando Richard pensaba en reformarlo de arriba abajo. En ese momento, ya tenían fondos, pero les costaba tener que vivir de nuevo en una obra.

Cogió una botella de vouvray espumoso de la nevera, la abrió y sirvió dos copas que llevó al cuarto de estar.

—¿Cuándo será esa cena?

Incluso planteada de una manera desenvuelta, su pregunta dejaba traslucir un cierto nerviosismo.

—El viernes que queramos. Ella volverá a llamarnos.

Para Jeanne, Isabelle se había convertido en ella, la rival, la enemiga.

—Supongo que eso te fastidia, cariño.

Habría querido decir algo más amable, pero no había encontrado las palabras adecuadas.

—Sin duda hay que pasar por ello —murmuró Jeanne, con malicia.

Para tranquilizarla, podía limitarse a rechazar la invitación. No darse por enterado y olvidarse de Isabelle. Pero es que nunca la había olvidado, claro. Más allá de la atracción que sentía aún hacia ella, necesitaba su perdón. También necesitaba volver a ver a Lionel. Reapropiarse sin tapujos de sus recuerdos de juventud. No seguir siendo el culpable, el renegado, sino ser de nuevo un invitado en la casa de los Ferrière. Pronunciar finalmente el nombre de Lambert, poder comunicar el pesar que aún sentía.

—¿Tienes hambre? —preguntó Jeanne.

Abandonó el viejo sofá de cuero donde se había refugiado mientras bebía su vaso de vino. Acercándose a él, lo cogió por el cuello y le dio un beso fugaz en la comisura de los labios.

—No hagamos de esto un mundo, ¿de acuerdo?

Lo conocía bien, al menos lo bastante bien como para darse cuenta de que él no deseaba estrecharla contra él, aunque lo hizo. A Richard le gustaba su perfume, su piel, pero por otro lado tuvo la impresión de tener a una extraña entre sus brazos. Si hubiera poseído una varita mágica, habría ido a acostarse sin cenar, y solo.

—Voy a tapar a Céline —dijo, soltándose.

Al menos, con su hija, no tendría ese penoso sentimiento de indiferencia. Y en efecto, durante el cuarto de hora que pasó con ella, mimándola y riendo, se distendió hasta volver a ser él mismo. ¿Qué le había ocurrido aquellos últimos días? ¿Por qué rehuía a su mujer y al hotel, y prefería vagar por las calles de Tours?

Cuando Céline se durmió, ordenó con cuidado los peluches al pie de la cama y apagó la luz de la mesilla. Durante unos instantes, gracias a la luz del pasillo, contempló el rostro apacible de la niña. Una encantadora cabeza de ángel colocada sobre una almohada rosa. Contrariamente a Jeanne, él no deseaba tener una familia numerosa, y Céline era suficiente. Al menos podía agarrarse a esa certeza, era un padre feliz. Había conseguido incluso ser feliz, simplemente, al menos eso creía. O casi.

Al volver al cuarto de estar, trató de no pensar en la pregunta que le obsesionaba a pesar de todos sus esfuerzos, la pregunta que iba a tener que acabar planteando, demasiado impaciente para aplazarla: ¿qué viernes? ¿Dentro de una semana, de dos, de tres?

Sobre un baúl antiguo, cerca de la chimenea, vio lápices de colores y dibujos desordenados. Convencido de que se trataba de dibujos de Céline, estaba tendiendo la mano para ordenarlos cuando detuvo su gesto. Esos bocetos de trazos perfectos no eran los de una niña. ¿Jeanne se había puesto a hacer de nuevo proyectos de decoración? Sería maravilloso que se interesara otra vez por su oficio, que consiguiera encargos y recuperara su independencia profesional. Desde hacía mucho tiempo estaban demasiado pendientes el uno del otro, demasiado obsesionados por el Balbuzard. En resumen, vivían en un mundo cerrado.

De la cocina llegaban ruidos de utensilios y un delicioso olor a mantequilla con ajo. Durante la cena, iban a hablar del hotel, del personal, de las facturas, de las mil preocupaciones de intendencia que formaban parte esencial de sus conversaciones cotidianas. Quizá Jeanne hablara una vez más del restaurante que deseaba abrir. O bien de los progresos de Céline en la escuela. Y durante ese tiempo, ¡él pensaría en Isabelle! La verdad, tenía que controlarse.

Con un suspiro de exasperación, cogió los dibujos y se unió a Jeanne. Aquella noche, hablaría de otra cosa que no fuera el Balbuzard. Inclinado por encima del hombro de su mujer, observó lo que estaba preparando. Cuando se disponía a preguntarle acerca de la receta, ella se le adelantó murmurando, de mala gana:

—¿Qué viernes, Richard?

Ella pensaba en lo mismo que él, pero seguramente no de la misma manera. La sombra de Isabelle se había deslizado entre ellos, y Jeanne creía que él era el único que podía hacerla desaparecer.

—El que tú quieras —contestó Richard, sin convicción.

No tenía ninguna posibilidad de convencerla de que aquella cena no tenía importancia.

—Entonces, cuanto antes, mejor. ¡Para quitárnoslo de encima!

Por su voz cortante y su mirada dura, Richard supo que acababa de declararle la guerra.