8

 

Zarah no tuvo tiempo de preguntar nada cuando ambos se ensartaron en una violenta pelea.

La puerta principal se abrió, y un tropel de individuos armados comenzó a entrar en la habitación, llamados por el disparo de una alarma cuyo espantoso estrépito retumbaba en todas las paredes. Zarah notó con aflicción que se trataba un ejército completo de guerreros, algunos Kinam, otros Capadocia, pero todos con la determinación de acabar con Tanek.

—¡Tanek, cuidado!—Gritó Zarah afligida al ver que todos ellos se abalanzaban contra él al mismo tiempo.

Tanek se defendía con una destreza magnífica. No cabía duda de que era un guerrero excepcional, usaba al mismo tiempo la espada y un arma de disparo, similar a una pistola de energía, derrotando a cuanto enemigo le hacía frente. No obstante, sus atacantes eran demasiados. Zarah sabía que no podría con todos, era imposible, él era sólo uno y el ejército al que combatía se volvía cada vez más numeroso, a medida que más Raya entraban en la habitación, dispuestos a atacarlo.

Tanek era hábil, pero ni el más hábil podría luchar contra todo un ejército él solo…

Lo sabía bien. Lo había visto en carne viva, el día que murió su madre…

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero se forzó por mantenerse fuerte. Debía ayudar a Tanek, como fuera. Alcanzó a llegar hasta el arma de Flérida, todavía tirada en el piso, y comenzó a disparar contra los Raya.

Por desgracia, eso pareció salirle más en desventaja que ayudarla, pues lo disparos centraron la atención de sus enemigos sobre ella. Sin embargo, ella no dio pie atrás, y continuó atacando a sus enemigos con la misma fiereza que demostraba su padre.

—Esa es mi pequeña—le dijo Tanek sonriéndole paternalmente mientras se defendía de dos Raya con la espada.

Zarah sonrió también, pero la sonrisa se le borró del rostro al ver que uno de sus atacantes se había aproximado demasiado a ella y por poco la alcanza. Tanek, en una juagada sumamente hábil, se apareció a su lado y repelió el golpe por ella, para enseguida desaparecer nuevamente con su hija y aparecer en una habitación continua.

Los Raya no tardaron en llegar al sitio donde ellos se encontraban, pero al menos no eran tan numerosos como en la habitación que acababan de dejar. Zarah disparó contra sus enemigos, mientras su padre continuaba peleando, siguiéndolo por los talones en busca de una salida que no parecía hallarse en ninguna parte.

—¿No podemos sólo aparecernos en otro lugar del planeta?—Le preguntó Zarah, comenzando a impacientarse al ver llegar a un número cada vez mayor de soldados del ejército enemigo.

—Me temo que no, tienen las paredes cubiertas con un revestimiento que impide las apariciones más allá de cierta distancia. Tenemos que llegar lo suficientemente cerca de la salida para poder escapar de aquí…—Tanek no pudo continuar explicándole cuando una nueva horda de Raya le salieron al paso.

Zarah observo con aprensión cómo su padre aparecía y desaparecía en el momento preciso, formando en todo momento un blanco móvil imposible de atrapar. Los Raya los iban separando, pero poco a poco Tanek comenzó a replegarse una vez más en dirección a ella, dispuesto a defenderla con su vida.

—Tranquila, saldremos de esta—le dijo en un murmullo, extendiendo las alas delante de ella de manera protectora.

Zarah lo observó con una mezcla de admiración y fascinación luchar fieramente contra sus atacantes. Era increíble que él fuera su padre, el poderoso Tanek cuya fama trascendía fronteras…

De pronto, alguien la sujetó firmemente por el cuello y la alzó con la misma facilidad que si ella estuviera hecha de plumas.

—¡Detente Tanek, o ella muere!

Tanek se detuvo al instante, observando la escena que tenía por delante; Zarah, atrapada entre los brazos de Flagpaom, frágil como una flor a la que con un simple movimiento podrían desprenderle la cabeza.

—No le hagas daño—pidió Tanek, soltando sus armas.

Un mar de soldados le cayeron encima, reduciéndolo en segundos a un montón de amarres de cadenas de oro que sisearon al contacto con su piel, abrasándolo.

—¡No…!—Chilló Zarah, sintiendo que el corazón se le comprimía de dolor.

El ramalazo de un recuerdo ajeno penetró en su mente, el recuerdo donde veía  a Allan en una postura tan similar a esa, aumentando la aflicción que la corroía…

—Tranquila, Zyanya. Todo va a estar bien—le dijo Tanek, provocando que las lágrimas comenzaran a caer a borbotones de los ojos de Zarah, recordando las mismas palabras pronunciadas por su madre el día de su muerte.

Ahora moriría su padre, y también por culpa suya…

De pronto, Zarah recordó algo que había olvidado hasta entonces. El frasquito con la pócima que Aidan le había dado… Dijo que la ayudaría… Y conociendo a Aidan, sólo había una pócima que él podría considerar que podría sacarla de un asunto apremiante como el ser atacada por los Raya.

La pócima de su madre.

Discretamente, metió la mano en su bolsillo y extrajo el diminuto frasquito que presionó en la palma de la mano hasta romperlo.

El mundo se disolvió a su alrededor en un torbellino tumultuoso que no tenía forma ni lugar.

De pronto apareció una vez más, como si nada hubiese pasado, justo al lado de Tanek.

Sin detenerse a pensar en lo que hacía, cogió la espada de su padre y con ella rompió las cadenas que lo mantenían sujeto. Antes de que los soldados pudieran contraatacar, Tanek la abrazó y juntos se disolvieron en una voluta de humo verde.

Aparecieron una vez más en un pasillo desierto. Los gritos de los hombres buscándolos se escuchaban por doquier, pero ambos los ignoraron, demasiado eufóricos para no celebrar ese repentino golpe de suerte. Tanek la miró con ojos rebosantes de alegría y la abrazó, y Zarah lo abrazó también, contenta de poder volver a abrazar a su padre una vez más, después de esa última despedida en ese trágico día, tantos años atrás…

—Te extrañé tanto, papá…—murmuró sin darse cuenta, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Tanek tomó con suma suavidad su rostro entre sus manos y la miró a los ojos.

—Lo sabes—fue una afirmación más que una pregunta.

Zarah asintió con la cabeza, sintiendo que las lágrimas corrían por sus mejillas.

—¿Por qué nunca me lo dijiste…?—Se escucharon pasos provenientes de pasillo cercano.

—Cuando lleguemos a casa hablaremos sobre esto largo y tendido, hijita. Ahora, debemos rescatar a tu hermano—Zarah, asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Yo te ayudaré.

—Te diría que no, pero me temo que no estoy en condiciones de negarme. No puedo salir de la base contigo y arriesgarme a no volver a entrar para rescatar a Aidan, y no me fío de dejarte escondida en un rincón, los Kinam podemos ver con sentidos mucho más eficientes que los ojos, así que me temo que el lugar donde estarás más segura será a mi lado. Vamos, te llevaré conmigo—le tendió una mano y juntos desaparecieron en otra voluta de humo verde.

Debieron aparecer y desaparecer continuamente, despistando a sus atacantes, que parecían seguirlos por todas partes. Finalmente, llegaron a un sitio donde no había nadie. Tanek pareció contrariado, pero no se detuvo por ello, y juntos volvieron a desaparecerse una vez más.

El sitio donde aparecieron fue un pasillo oscuro, colmado de celdas con rejas de energía, idénticas a las ataduras que a ella la habían mantenido sujeta.

En ese lugar el sonido de la alarma, que continuaba activa, resultaba incluso más estridente, provocando que el ruido chocara contra los muros y aturdiera a sus cautivos.

Zarah no pudo evitar encogerse dolorosamente, llevándose ambas manos a los oídos para cubrirlos del ensordecedor ruido.

—Usa esto, pequeña—le dijo su padre, colocando en sus oídos unos tapones que bloquearon completamente el sonido.

Zarah sonrió agradecida, comenzando a sentir en su corazón la calidez de un recuerdo que había permanecido ausente de su memoria hasta entonces. Había amado que su padre la llamara pequeña, ella siempre había sido su pequeña princesa.

Tomando su mano, Tanek comenzó a recorrer los pasillos, llevando cuidadosamente a Zarah con él, escudándola con su propio cuerpo.

Gracias al estruendo de la alarma, que había hecho huir a los guardias, no se encontraron más que a un par de retrasados que les salieron al paso en medio de tambaleantes pasos aturdidos. Tanek no tardó en dejarlos fuera de combate, quitó un aparato a uno de ellos y lo hizo funcionar. Un mapa se desplegó delante de ellos, señalando a detalle el sitio donde se encontraban los prisioneros.

—Por aquí—le dijo a Zarah, volviendo a tomar su mano para guiarla por un intrincado laberinto de pasillos.

Zarah agradeció en sobremanera encontrarse con Tanek, estaba segura que nunca habría hallado el modo de llegar al sitio donde se encontraba su hermano, y peor, la manera de salir de ese terrible enredo de pasillos y celdas.

Tanek continuó a paso seguro hasta llegar a un conjunto de celdas ubicadas al final de un pasillo.

—¡Papá!—Gritó Aidan al verlo, poniéndose de pie en el acto—. ¡Zyanya, gracias al cielo que estás viva!

—¡Aidan!—Contestó Tanek, aliviado de encontrarlo con bien—. ¿Te han hecho daño?

Zarah le sonrió a su hermano, encontrándolo bastante bien, con excepción de unos cuantos moretones en el cuerpo.

A su lado, débil y tan delgado que en un principio le costó reconocerlo, Zarah vio a Alberto, y sonrió de alegría por encontrarlo con vida.

—Tranquilo, Tanek…—Aidan miró a su hermana con preocupación, sabiendo que se había dejado llevar por la emoción en un principio—. Todos estamos bien.

—Descuida. Ella ya lo sabe—le informó Tanek.

—Cortesía de nuestra antigua amiga Flérida—Zarah usó esa palabra en doble sentido, provocando que su hermano esbozara una sonrisa.

—Creo que sacaré definitivamente a esa mujer de mi lista de navidad—bromeó Alberto, poniéndose trabajosamente de pie—. Zyanya, me alegra que estés bien. No lo tomes a mal, pero a estas alturas ya te dábamos por perdida.

—No digas tonterías ahora, Alberto—gruñó Tanek, enterrando su espada en los controles de la celda.

La reja de energía desapareció al instante, dejando libres a sus ocupantes.

—Será mejor que vayamos por los otros—dijo Aidan.

—He venido por ustedes—gruñó Tanek.

—No podemos dejarlos…—intervino Zarah—. Ellos están aquí por mi culpa.

—Era su deber protegerte, y si no cumplieron con él…

—No los culpes a ellos por la traición de Flérida. Estoy segura de que ni siquiera Allan la imaginó.

El rostro de Tanek se crispó por la furia.

—Lo que le hagan a Allan lo tendrá bien merecido por permitir que te atraparan a ti y a tu hermano.

—¡Allan fue a rescatarte!

—¿A rescatarme?

—Flérida llegó con un mensaje de tu parte…—intentó explicarse Zarah a toda velocidad—. Decía que estabas atrapado por los Amm…

—Ammit—Massalia.

—Sí, ellos. Y otros, los Aruki…

—Ariki.

—¡Eso! La cosa es que sólo él podía rescatarte.

—¿Y fue tan imbécil para caer en una trampa como ésa y dejarte sin protección?

—No fue un imbécil y no me dejó sin protección, la pista parecía verdadera, recuerda que la trajo Flérida y no teníamos manera de saber que ella era una traidora, y me dejó con el equipo encargado de mi seguridad, después de asegurarse mil veces que el sitio era seguro. De no ser por la traición de Flérida, no me habría sucedido nada. Y eso nada ni nadie podía evitarlo, los traidores siempre saben aprovechar la mejor oportunidad para atacar, y si bien no fue ésta, pudo ser cualquier otra.

Tanek la miró a los ojos, sin poder disimular del todo el desconcierto que sentía.

—Comienzas a hablar como tu madre—espetó en voz baja—. Pero eso no quita que Allan desobedeciera mis órdenes.

—Yo…—Aidan carraspeó—, debo mencionar, que fue por mi culpa que Allan lo hiciera, padre… Yo le ordené, más bien, le imploré que viniera a rescatarte, papá.

—En ese caso, la culpa es mía—intervino Alberto, y a cada uno le dedicó una mirada avergonzada—. Ellos… los Raya, me sacaron información… Un dato que sólo tú podrías saber, Tanek, para asegurar que Allan creyera la falsa pista. No lo habría hecho de no ser porque…—se calló, y Zarah lo comprendió. Lo habían torturado, todo su cuerpo demacrado estaba lleno de cicatrices y heridas todavía abiertas que delataban el terrible hecho.

—Oh, tío Alberto, cuánto lo siento…—musitó Zarah, sintiéndose culpable de que él hubiese sufrido tanto por ella. Era a ella a quien querían, y por ella todos sus amigos y seres queridos ahora sufrían…

—No es nada—Alberto se encogió de hombros, adivinando el pesar de su sobrina—. Ahora, dejemos de discutir y no perdamos el tiempo, vayamos a liberar a los otros y salgamos de este infierno.

—Escuché hablar a unos guardias—dijo Aidan—, están en el piso superior. No está protegido, papá, tú nos puedes llevar.

Tanek pareció bacilar, pero terminó por consentir la idea determinada por sus hijos y su cuñado.

Tomó a todos en un abrazo grupal y juntos desaparecieron en una voluta de humo verde.

Aparecieron en un piso idéntico al interior, quizá con la única diferencia de que las celdas eran más estrechas y bajas que las anteriores.

—Papá, perdona si soy molesto, pero antes de continuar, deberías hacer algo con el sistema de vigilancia, y ¿crees que podrías callar de una vez esa terrible alarma?

Tanek, en lugar de buscar en su cinturón un nuevo par de tapones para oídos, miró directamente a una de las bocinas encasquetadas a la pared. En segundos, la bocina estalló en pedazos y todo el sistema de sonido y video quedó destrozado.

—¿Lo ves? Hechizos sin palabras—le dijo Aidan a Zarah, arqueando las cejas en un gesto orgulloso por el acto de su padre—. Y tan sólo con su mente ha llegado a introducirse en los sistemas de audio y video, y destruirlos por completo. Cosas como ésas podrás hacer cuando alcances el nivel de un mentalista, como nuestro padre.

Zarah sonrió, dedicándole a Tanek una mirada llena de orgullo.

—Luego continúas la lección, hijo. Vamos a sacar de una vez a tus amigos de este lugar y salgamos de una maldita vez de este puto infierno…—miró a Zarah—. Disculpa, hija. Salgamos de una buena vez de este lugar.

Zarah soltó una carcajada y comenzó a correr tras su padre, Aidan y Alberto, en busca de la celda donde deberían estar apresados sus amigos.

No tardaron mucho en dar con ellos. Patrick y Alessandra se encontraban de pie, mientras Jaqueline paseaba nerviosamente de un lado a otro. Ella fue la primera que los vio y dio aviso a los otros de su llegada, por lo que al momento de alcanzar a llegar a la celda, los tres los estaban esperando con sonrisas de alegría.

—No deberían estar aquí, debieron marcharse con tan sólo tener la oportunidad—les dijo Alessandra a modo de reprimenda, sin dejar de sonreír, agradecida de verlos.

—Si me van a reclamar por rescatarlos, me voy enseguida—gruñó Tanek, hundiendo la espada en la cerradura.

—Sería más interesante si lo hicieras con la mente—comentó Aidan en voz baja a su hermana.

—Te daré unas buenas lecciones de lo que es interesante cuando regresemos a casa—bufó Tanek—. Ahora, todos sujétense de mí. Los voy a sacar de este maldito sitio…

Algo, en una fracción de segundo, sucedió en el interior de Zarah. El mundo se distorsionó y ya nada sucedió como debería.

Y supo que algo malo estaba por pasar…

Tenía que ser así, porque todo a su alrededor no pudo convertirse de repente en una película en cámara lenta.

Un silbido agudo hizo que Zarah se girara en el preciso momento en el que vio a Flérida, oculta unas celdas a la izquierda.

No tenía idea de cómo había conseguido llegar hasta allí, aunque eso fue en lo último que pensó en ese instante,  al ver que levantaba un arma en dirección a ellos.

Tanek debió de percibir lo mismo que ella, porque se volvió hacia ella en una reacción tan rápida que Zarah no tuvo tiempo de resistirse antes de que su padre se colocara entre ella y el rayo disparado por el arma de Flérida.

El rayo impactó de lleno en el pecho de Tanek, destrozando la armadura que llevaba puesta.

Incrédula ante lo que presenciaba, vio a su padre estremecerse y caer de rodillas delante de ella. En su mano erguía el arma que había conseguido extraer de su cinturón.

Hubo otro disparo, éste dirigido en dirección a Flérida.

La mujer salió despedida hacia atrás al ser alcanzada por el haz de energía proveniente de Tanek. La mujer golpeó de lleno contra un muro, antes de caer al suelo.

Estaba muerta.

Zarah lo supo nada más verla.

Y Tanek también debió verlo, porque fue hasta ese momento que se desplomó en el suelo. Inerte.